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sábado, 24 de abril de 2021

Creo que te inventé en mi mente, Claudia Apablaza

Get along with the voices inside of my head

Rihanna



IRÉ A BENIDORM esta vez. Ordeno mi bolso, pongo un cepillo de dientes, una toalla, una muda de ropa, algo para comer. Salgo de casa. Llego a la estación. Cuando agarro el tren para ir a Benidorm, me arrepiento de no haber tomado un avión para esta ciudad horrible, y como dicen, uno de los mejores atractivos del mediterráneo. Primero debo llegar a Valencia, luego tomar un bus interurbano que me llevará al pueblito en que Sylvia Plath y Ted Hughes fueron a pasar su luna de miel, luego de que pasaran por París y Madrid, todo antes de que ella se suicidara.

Dicen que estaban enamorados. Dicen que se amaban. Leí las cartas de Sylvia a Ted. Se decían cosas linda. Cosas de amor.

Estuvieron un mes en ese sitio escribiendo sus textos, leyendo y asombrándose de la ruralidad de entonces: vacas, muchas nubes y árboles frutales.

Al llegar a Valencia me bajo del tren y entro en un bar para tomar un café con leche, me fumo un cigarrillo y observo los cuadros colgados en las murallas, cuadros horribles por lo demás; cuadros pintados para estimular, seguramente para olvidarse del suicidio de Sylvia.

Saco mi libreta para dibujar y me dedico a hacer un retrato de mi compañero de asiento, que se me ha quedado pegado en la retina. Mi compañero de asiento es un chico guapo. De repente sentí ganas de besarlo ahí mismo, para luego no hablarle más y dejarlo abandonado en el primer pueblo fantasma que pasáramos.

Lamentablemente en el segundo pueblo que pasamos, se subió una mujer y se sentó con él, le dio un beso en la boca que me dio asco por el exceso de saliva que se salpicó en sus mejillas. Ambos se bajaron antes de llegar a Valencia y cortaron así toda mi fantasía romántica de tener uno de esos antiguos amantes en pueblos fantasmas perdidos en otros países, que visitas cada tanto y no te exige más que besos y regalos, chocolates, bombones, viajes y saliva salpicada, todo a cambio de nada.

De Valencia me voy a Gandía y de allí a Benidorm. Gandía, tal como dice en la Wikipedia: “…es una ciudad de la Comunidad Valenciana y se encuentra situada en el sureste de la provincia de Valencia. Es la capital de la comarca de La Safor. Uno de los principales destinos turísticos españoles, por lo que en verano la ciudad triplica su población hasta llegar, en agosto, a los 350.000 habitantes”.

El bus va repleto de unos turistas con playeras de colores y floreadas. Comen bocadillos de patata en el bus y dejan todo de un aroma que a ratos me desagrada muchísimo. Sale un olor a papas fritas, me tapo la nariz con un pañuelo. Bebo un poco de agua. Me pongo mis lentes oscuros y recuerdo que he venido a Benidorm, más que para observar todo este horrible panorama, para huir del sentimiento del amor. El amor a un vecino, un chico que conocí hace meses. A veces viajo para olvidar, para dejar atrás todo.

En principio, debo confesar que no quería venir a Benidorm. Yo no quería subirme a este bus con aroma a patata y sentir arcadas. Yo no quería enamorarme de ese vecino. Tampoco ver cómo la saliva de un baboso se salpicaba en la boca de su novia. Yo no quería llegar a esta ciudad a la que acabamos de llegar. Es la ciudad más horrible que he visto en mi vida, hay carteles que dicen la California de España y en la Wikipedia ponían incluso: “… Aqualandia, la California de España, se trata de uno de los destinos turísticos más importantes y conocidos de todo el Mediterráneo gracias a sus playas y su vida nocturna”.

Leí en un periódico que era el sitio en que habían veraneado Sylvia Plath y Ted, y más que veraneado, pasado su dichosa luna de miel. Por eso me conformo y sé que aunque sea la ciudad más turística del mundo, por lo menos, Sylvia y Ted pasaron acá su luna de miel.

Me bajo del bus, los turistas aplauden haber llegado a Benidorm. Miro con una mueca de burla a una de las mujeres que aplaude desaforada. Ella se parece a mi vecino, tal vez es su hermana. Luego deja de aplaudir y se pone a llorar. Me voy rápido caminando, no quiero volver a verla en mi vida. No ver en todas las caras, la cara de mi vecino.

Saco el mapa que compré en la estación de Valencia. Lo abro, lo pongo en el suelo y me siento tan mal como la mujer que hacía muecas hace un rato. Desde hace meses que me siento mal, muy mal, como bolsa desechable y plástica, de esas verdes del supermercado del Bon Preu.

Pongo el mapa en el suelo. No debería hacer esto en el suelo, me van a confundir con una turista desquiciada; pensarán que también vengo a hacer esas cosas como jugar paletas en la playa, conmoverme, broncearme, usar camisas floreadas y buscar chicos aburridos por el día, tomar unos tragos, cenar con un grupo que no conozco nada, ir de noche a bares a buscar chicos que me hablen de automóviles, fútbol y bronceados, para finalmente, llevarme a la cama uno o dos por noche. Luego regresar de las vacaciones y contarles a mis amigas oficinistas a cuántos chicos me he agarrado este verano. Contarles con lujos de detalles todo lo que ellos me enseñaron en la cama, todo lo que yo les enseñé.

No quiero que me confundan con una turista aburrida que hace listas de hombres y pone al lado números o estrellas para calificarlos.

Me levanto del suelo. No quiero ser confundida con una de esas chicas, ni yo confundir los rostros de las chicas con con mi vecino.

Miro el mapa con detención, recuerdo el artículo que leí antes de agarrar el bus para acá. Leo el poema de Sylvia Plath que venía leyendo en el bus:


Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;
Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.



Creo que es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida. Se lo enviaré por SMS a mi vecino. Lo escribo. Un SMS. Segundo SMS. Tercer SMS: Se fueron. Espero su respuesta.

Recuerdo a Sylvia. Ella se escribía con su madre. Apuntó en su diario, o en las cartas a su madre el año 1956, años en que pasó por esta ciudad con Ted: "Tan pronto como divisé aquel pueblecito... después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, y vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles –todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño–, sentí instintivamente, igual que Ted, que ése era nuestro lugar...".

Ted seguro estaba afuera mirando a las chicas mientras ella escribía sus textos; miraba a cada chica que pasaban mientras Sylvia se dedicaba a escribir, a leer, a decirle cosas bellas a su madre. A veces me siento como Sylvia, como Alejandra Pizarnik, como Simone de Beauvoir, como cualquiera que ha sido engañada por un hombre que se las da de escritor.

Escondo el mapa, lo guardo, me da terror parecer por un segundo a estos turistas que se pasean por Benidorm, es también la forma de olvidarlo; de olvidar esa noche y las otras, todas las noches; aparte de que no es bueno para el sí mismo, el sí mismo se desorganiza, se aleja de la unidad a la que debiéramos todos aspirar, se estremece, se desarticula, se va a la mierda. Lo sé por experiencia propia, desde niña siento que tengo divididos mi inteligencia de mis emociones, busco reunirlas en una, pero mis estados afectivos son tan potentes, que a veces destruyen todo lo que soy capaz de construir con el intelecto y ¡adiós!

También la conciencia de sí la tengo alterada, sólo me siento una especie de punto negro idiota y malformado. Cuando logro algo que buscaba hace tiempo, me digo a mí misma que es una ilusión, que no es una situación real, que es una ilusión, que es el simulacro de ese logro, su lado B, su impostura.

Camino. Busco la calle Tomás de Ortuño, es ahí donde se quedaron ambos. Intento no preguntar a nadie, que piensen que soy muda. Camino quince minutos, no encuentro la calle Tomás de Ortuño, es al parecer una de las arterias de este infierno. Calle que antes estaba en las afueras de la ciudad. Sylvia se pudo dedicar a escribir y leer con tranquilidad mientras Ted debe haber salido a dar sus paseos de galán de pueblo, a buscarse unas mujeres, alemanas, francesas y lo que viniera.

T de Turista,
T de tarado,
T de tontera,
T de Ted.
T de Ted, te odio.


Doy con la calle. Es realmente la calle más bulliciosa de la ciudad. “Por la calle empinada suben del pueblo los últimos carros tirados por burros, familias que vuelven a sus hogares en las montañas”, escribía Sylvia en las cartas a su madre cuando describió la ciudad. Pero ahora no es así. Ahora es la California de España; chicos con músculos las siguen a las heladerías o a buscar una cerveza. Sé que acá mi vecino, que de seguro también es un turista, estaría encantado, mientras yo odio esta ciudad; la odio con toda mi alma, la aborrezco; él sí se sentiría encantado. Yo no, yo odio a ese hombre, a Ted.

Miro hacia todos lados. Es un sitio horrible. Ni siquiera podría llegar a decir cosas cuerdas acerca de él. No sé por qué ellos vinieron a este sitio, no me lo explico. No tengo la menor idea de esa decisión. Es de los peores sitios que he pisado en mi vida. Hay una avenida para patinar e ir de pantalón corto. Las mujeres intentan estar muy bronceadas y mostrar el ombligo, no sé para qué, asunto de cada uno, yo jamás estaría bronceada ni intentaría mostrar mi ombligo. No es mi problema eso, el punto es que vine a buscar el sitio en que se alojó Sylvia Plath y Ted Hughes y no doy con él. Vine a pisar tierra de turistas para olvidarme de mi vecino. Vine a matarlo desde el fondo; a matar el amor que me negó el supuesto cielo que él anunciaba.

Recibo un mensaje de texto: “¿Para qué me escribes eso?”.

Lo ignoro. Camino. Recuerdo la dulzura de Sylvia.

No veo ahora los paisajes de Sylvia. No lo veo, no veo a las vacas y a las mujeres que llevaban cacharros con leche. Dónde estará el sitio. Camino. Escondo el mapa. Camino. Me arrepiento de haber venido, me produce una gran repulsión y un gran asco. No sé cómo Sylvia Plath pudo estar aquí. Ni siquiera lo creo. Ted Hughes sí, él era igual a mi vecino. De eso me he dado cuenta al llegar a esta ciudad horrible, que Ted Hughes es igual a mi vecino, hacía los mismos gestos de ver desfilar a mujeres por avenidas y patios, y por lo tanto quiero sepultarlos a ambos, tal vez agarrarlos, ir a dejarlos a un pueblo fantasma.

Camino. Quiero estar tranquila. Quiero dejar de pensar en esta ciudad horrible, en esta ciudad que huele a USA, en esta ciudad que quiero dinamitar porque hombres como Ted, hombres como el turista lo han arruinado todo. Han dejado todo en el suelo.

T de Ted,
T de turista.
T de Tonto,
de tontera,
T de turbio,
T de tara, de tú, tacón, tarima, tacaño, tasa, tao te King, terruño, tuyo, toldo, tilde, Tetuán, Tse Tse, todos, tantos, timos, tierra, terra, tieso, tentar.

Unos hombres me hablan en inglés, me preguntan por una calle, les digo que no sé en español, otros me hablan en francés y suena el ritmo de las guayaberas, de una música horrible, espantosa, suena una música infernal que viene de los autos que pasan a toda velocidad, pasan chicas con el ombligo afuera, todos pasan cerca de todo, hay roces, y recuerdo cuando conocí al vecino el día que llegué a España; día del que no he podido desligarme, situación que se repite, situación de tener a este hombre que es una especie de representante de otro hombre, que de seguro lo fue de otro y así, hasta lograr una gran cadena de hombres y desastrosos amores vencidos por una situación y otra y otra, hasta el fin.

He llegado a la calle. Camino mirando los números. Camino. Miro los números: 1, 3, 5, 7, 9, etc. He llegado al número. Es este el sitio. Lo sé. Toco el timbre de la casa para ver si alguien vive acá aún; no me abre nadie, vuelvo a tocar y nadie, tal vez se han ido a la playa. Forcejeo la puerta, está dura, difícil de abrir, no abre, saco un alicate que llevo en el bolso, golpeo la cerradura, la golpeo, la golpeo, la rompo, le doy nuevamente, le doy fuerte, termino de romperla, cae al suelo, abro la puerta, entro, ¿aló?, ¿aló?, digo, no hay nadie al parecer, no, no hay nadie, entro, voy mirando en las habitaciones, miro en una, en otra, voy entrando en cada una de ellas, al parecer acá no vive nadie es una casa abandonada, es raro. ¿Aló?, hay algunas fotografías, recortes antiguos, hay algunos cuadernos, hay algunos escritos en el suelo. ¿Aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, ¿aló?; parece que no hay nadie en este sitio, aunque hay un olor a ropa vieja, ¿aló?, hay olor a polvo, a encierro, ¿aló? al parecer hace años que esto no se abría, ¿aló?, ¿aló?, creo que nadie ha entrado a este sitio en años, hay telas de arañas, hay mucho polvo, humedad, papeles en el suelo, está hecho un asco, qué asco, hay mucho polvo, estornudo; tal vez debía haberme quedado en casa o haber llamado a mi vecino una vez más, recibir un “no puedo” una vez más, vestirme de hombre y pasar desapercibida, seguirlo por los bares que sé que frecuenta, seguro que nadie se daría cuenta de que yo estaba allí y podría haberle seguido luego hasta su casa para saber con quién iba a dormir, y luego huir si es que llegaba a ver a ese hombre que lo seguía, o incluso dispararle por todo lo que me ha ido haciendo estos meses.

¿Aló? Creo que mi voluntad y el temor son mucho más potentes. ¿Aló?, creo que jamás voy a matarme por el vecino ése, creo que jamás; sigo caminando, ¿aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, la verdad es que se ve extrañísimo este sitio, tal vez no lo abrían desde que ella murió a los treinta y un años; ¿aló?, ¿aló?, yo voy a cumplir treinta y un años el mes que viene y no quiero morir como Sylvia, siempre he tenido miedo de correr la misma suerte que algunas escritoras, ¿aló?, y que después el turista dijera que él me amó mucho mientras yo vivía y se quede con todos mis manuscritos inéditos y los venda a agentes y editores, ¿aló?, hola, hay alguien en casa, la verdad es que no creo que me suceda, si mi vecino apenas me conoce, no estamos casados como Sylvia y Ted, apenas lo he visto tres veces en mi vida, pero no sé, uno nunca sabe, ¿hay alguien en casa?; sólo sé que quiero que me deje de perseguir su imagen; no soporto tener su imagen en mi cabeza, es como una especie de demonio, tal vez debería quedarme en esta habitación a dormir algunos días; ¿aló?, ¿aló?; es una habitación cálida al fin y al cabo, no es nada de ruidosa, podría terminar de escribir la novela que debo entregar a mi editor la semana que viene, tal vez aquí, ¿aló?, ¿aló?, con este silencio sí que me inspiraría del todo y podría definitivamente acabar de escribir todo lo que me falta por escribir; esas novelas que he venido dibujando en mi cabeza hace años, ¿aló?, ¿aló? Siento unos ruidos, risas, son turistas, sí, son turistas, hablan en otro idioma, hablan en inglés, hablan en francés, hablan, hablan, ¿aló?, ¿aló?, hola, Thanks you; ¿está Sylvia aquí? Qué raro, qué extraño que ahora haya turistas en este sitio, hablan, hablan, ríen. Me siento en la cama. Si me preguntan algo, les diré que esta es mi casa, que se vayan inmediatamente de aquí, que este es un sitio privado. ¿Aló?

Me encerraré en una habitación y pondré una cama como refuerzo; me quedaré aquí unos días, lo necesito. Ahora que me falta poco para cumplir mis treinta y un años, quisiera estar cerca de Sylvia, de la casa en que vivió, pero realmente no sé si fue buena opción venir acá. Me siento rara, el corazón se me ha acelerado. Tal vez debí quedarme en Barcelona. Me siento débil. Me siento sin deseos de seguir, creo que no lo tolero. No me la puedo, no puedo más, no alcanzo a procesar todo eso de ambos mundo. No sé cómo es que se procesa. T de Ted. T de tú. Me pondré a rezar un poco, siempre rezar me alivia la ansiedad, me alivia de todo el miedo que le tengo a mi vecino. Rezar quita el miedo, el temor a estos paseos que no sé por qué doy. No tengo claridad de por qué estoy aquí aparte de sentir que quería venir a la tierra en donde estuvo Sylvia Plath con Ted Hughes para ver si se me pasaba el miedo a estar cerca de mi vecino. Para ver si lo olvidaba. La mente la tengo dividida entre el mundo real y el mundo ficcionado; entre el mundo de mis emociones y el de mi intelecto. Hay una barrera entre ambos mundos que no sé unir. ¿Aló?, he venido acá a intentar hacer esa unión, pero no sé si me resulte, no sé si me siento bien haciéndolo, ¿aló?, ¡Salga!

Me acuesto en la cama que debe de haber sido de ella. Seguro que éste era su despacho. Se parece a lo que ella me ha dicho que es su despacho. Es igual, es exactamente lo mismo. Pero yo sólo quiero olvidar a mi turista. Permíteme olvidarlo, por favor, permíteme, lo necesito, quiero dejar de pensar en él, por favor, en esta casa tal vez podría hacerlo; T de tú, T de Todo, T de Ted, Te de Turista. ¿Aló?

Sé que debo razonar. Entender que estoy en una situación horrible, espantosa. No debí venir a Benidorm. ¿Cuánto me demoraré en regresar? Extraño mi casa en Barcelona, cuánto extraño mis cosas. Mi cueva. Twittear en mi cueva. Luego cerrar los ojos y descansar. Creo que te inventé en mi mente. Cuando estaba sola en casa pensaba que él podía llegar. A veces el timbre sonaba y pensaba que era él. Cierro los ojos y creo que lo inventé en mi mente. ¡Salga, hemos dicho! Eso lo tuve que aprender a pulso de soledades.

Abro los ojos y veo un espejo enorme en el techo. Veo mi imagen en ese espejo. Aprendí a extrañar desde lejos, ¿aló? ¡Entraremos! Extrañar sin tener a ese otro y pasé así la frontera que divide todo esto de las necesidades y los cuerpos reales; la posibilidad de tener algo y la necesidad de tenerlo. Todo lo material, ya sean cuerpos, dinero, comida que quiero, no la obtengo; sólo esa necesidad se queda suspendida en una especie de diario mural y la observo, a veces se me acerca y me lleva a cometer actos como el de pedir algo para que esa necesidad se cumpla, desde solicitudes a santos, como a personas de carne y hueso; llamadas telefónicas para conseguir algo, reuniones y encuentros fallidos; pero y siempre quedo con la necesidad intacta, allí está, me mira como si la vida no fuese nada, el suceder del tiempo, allí está y al final de todo siempre se queda impávida como una estatua, como una necesidad tan sólo. ¿Aló?

Es cuando siento que las acciones y la voluntad sólo pesan como actos simbólicos, palabras, el cuerpo tal vez no me pertenece, el cuerpo tal vez me fue dado para disimular el daño, el cuerpo tal vez es un sombra, una línea que me ha sido dada para llegar a la gran representación, ¿aló?, a la gran idea, el cuerpo me está vedado y me debo quedar en esta gran idea de todo, por más que he intentado años llegar tan solo a comer y amar. ¿Aló?

No me veo en el espejo. ¿Dónde estoy?

Ok. Ok, Ok, grito, grito, hay un eco espantoso. ¡Ok! ¡Vine a Benidorm, lo acepto! ¡Vine, vine aquí, estoy aquí, vine a buscar esto de Sylvia Plath! ¡Vine a mirar si era posible que esta ciudad existiera independiente de mi voluntad, de mi cuerpo, porque mi cuerpo ya sólo existe en relación a la idea esa de sujeto, y al llegar acá me di cuenta de que Benidorm sí existía; sí es un algo real, sí es, pero no es lo que en su momento fue para ellos!

Dejo de gritar.
Me siento agotada.
Me canso.
Me tiro al suelo.
Saco mi cuaderno.

Anoto: dos escritores pasaban su luna de miel y se extasiaban de la sencillez del pueblo y de las mujeres que bajaban por agua. ¡Ok! Lamento no poder disfrutar de eso ahora, sólo escuchar desde lejos a ese grupete de turistas que se han entrometido en mi espacio sagrado.

¿Aló?, ¿aló? Hay alguien dentro. Tal vez quieren matarme. Qué horror, no debí venir acá. Han forcejeado la puerta, escucho. ¿Dónde está?, dice un hombre. Salga de ahí, gritan. Yo quiero que a algunos les puede parecer una mierda, quiero hacer lo siguiente en esta casa en que habitó Sylvia Plath: establecer la regla entre la necesidad y la obtención de ella, con su excepción también. ¡Salga! ¡Salga o disparamos!

A mayor brecha entre objeto necesitado y satisfacción de ese objeto, mayor nobleza de alma y espíritu. ¡Salga, hemos dicho! Al parecer lleva un arma, gritan. Salga o disparamos. ¡Entregue el arma!

No va a salir. Vuelve a sonar de forma la puerta, vuelvo a sentir de forma estrepitosa la puerta, no sé si tengo puerta, no sé si escucho, creo que te inventé en mi mente, creo que te inventé en mi mente, pero igual sigo pensando en ti, maldito vecino, maldición, mejor morir si no te olvido, como en las películas, qué horror, qué patético; no va a salir, tiene un arma. Espero que no vuelvas a aparecer en mi cabeza, en mis emails, en mis plataformas todas y ésas que siempre apareces, sin decirme nada y sin yo decirte algo; algo simple, aunque sea algo sencillo, inútil, sin sentido, algunos no entienden esto, pero yo no debí venir a este sitio a estar como Sylvia esperando a que un hombre de cualquier tipo me amara; déjala que no ha hecho nada, ¡salga!, intenta robarnos todo lo que tenemos, es una delincuente. Se ha metido en nuestra casa, está en nuestra habitación, estará robando. Y yo que quería que me dijera cosas bellas y gratas, y que estuviese al fin. Ha sido por decirlo de una forma algo complejo, triste. ¡Salga! No, no dispares, tal vez es sólo una indigente. Salga. Lo siento, dispararé, no me fío, debe tener un arma. Salga. T de Turista, T de Ted, T de tú. Tú abres la puerta y yo disparo. ¡Ahora! Creo que te inventé en mi mente. T de Ted, T de turista, T de T amo, de T odio, ¿qué haces? Ten cuidado, ¿qué haces? ¿Qué haces tú en nuestro hogar? Este no es tu hogar. Vete. Es mi sitio. Es el mío. Hay un hombre que siempre me ha engañado. Hay un hombre que siempre me buscó para engañarme. Y el arma se va a disparar. Lo sé. Déjala. Va a dispararse. Lo sé. Se dispara. Se dispara. Se ha disparado. Escucho de lejos la detonación. Lo siento. Corro. Salgo a la calle. Corro. Uno de ellos tal vez ha muerto.

Creo que te inventé en mi mente. Corro. Corro. Cruzo Benidorm corriendo. Llego a la estación. Sudo. Agarro el bus hasta Gandía. Creo que te inventé en mi mente. Me deben venir siguiendo. Luego hasta Valencia. Barcelona. Estación de Sants. Me bajo. Me compro la T-10. Me subo al metro. Una sola parada. Metro Universitat. Toco el timbre de tu casa. Nadie me abre. Subo. Igual logro entrar. Hola, hola. ¿Hay alguien aquí? Hola, hola. Me desnudo, me pongo tu traje. Me desnudo. Me pongo tu pijama. Uso tu cepillo de dientes. Tu After Shave. Tu perfume. Me perfumo mucho. Me fumo el cigarrillo que dejaste en la mesa de noche. Me tomo un vaso de tu whisky. Me acuesto en tu cama. Me duermo, despierto. Comienzo a prepararme el desayuno. Una tostada y aceite de oliva. Café negro y cargado. Saco la cafetera. Está caliente. Me quemo un poco. El café está demasiado caliente. Me gusta frío. Me llega un SMS. Nuevamente será ella que me llama para fastidiarme. Es un SMS vacío. Maldita, ya no la soporto. Voy al cajón de mi velador. Abro la puerta de su casa. Ahí está sentada. Disparo.

sábado, 6 de febrero de 2021

Mi nombre en el google, Claudia Apablaza

Enciendo el computador. Veo cómo aparece ante mí una foto de Diane Arbus en la pantalla: Gigante judío en casa con sus padres en el Bronx. Es mi fotógrafa preferida. Algunos la llaman sarcástica, otros demente, perversa, retorcida. Yo la llamo mujercita divina. Cada noche busco mi nombre en el google. Hace exactamente tres semanas que no aparece nada nuevo. Esto me irrita, me molesta, me produce mucha rabia. A estas alturas si no apareces en el google, no eres nadie.

Enciendo un cigarrillo, el silencio de mi departamento me agrada y me deja tranquilo. Sólo a intervalos escucho algún auto que pasa y se mezcla con la música de Philip Glass. Me paro y voy a la cocina. Me preparo un whisky con mucho hielo. El cigarrillo se consume mientras intento conectarme a internet. Afuera llueve y los cables de desconectan cuando hay tormenta. ¡País de mierda! Nunca debí haber vuelto del extranjero. Vuelva a conectarse más tarde, intente de nuevo. ¡País de mierda! Agarro el teléfono, en la empresa servidora aparece una contestadora automática. Recuerdo a un amigo, un escritor que nunca contesta el teléfono, sólo la contestadora automática y además se da el lujo de escuchar a los que lo llaman y no responderle. A veces se burla, se ríe, a veces llora, otras veces se sonroja. Recuerdo también a un amigo que le gusta tener sexo por teléfono. Tuve sexo con una mexicana, me dijo hace unos días. En este país están cada día más tarados: un amigo que se sonroja y llora frente a una grabadora y otro que tiene sexo por teléfono con una mexicana.

La grabadora dice que apriete el número uno si tengo problemas con el servidor, dos si necesito información acerca de mi cuenta, tres si quiero información de los nuevos servicios, cuatro si quiero contratar internet, cinco si quiero comunicarme con una operadora. Aprieto el cinco. La voz es bastante sensual. Incita a llamar siempre y contratar todos los servicios. Recuerdo a mi amigo que tiene sexo con una mexicana y de verdad creo que no es tan tarado. Me excito y pienso que terminaré teniendo sexo con la mujer de la otra línea. Philip Glass suena y el viento golpea las ventanas. Einstein on the Beach, disco uno, se confunde con el ruido de afuera y siento cómo el whisky va relajando mi cuerpo. Mi garganta se relaja. Ya no odio a la contestadora. Incluso quisiera tener sexo con esa mexicana que mi amigo me contó. Debería llamarlo y pedirle su número telefónico. “Nuestras operadoras están ocupadas, espere en línea o vuelva a marcar más tarde”. Espero en línea. Nuevamente: “Nuestras operadoras están ocupadas, espere en línea o vuelva a marcar más tarde”. La voz de esa mujer me seduce. ¿Será la mexicana? Espero en línea. Tal vez aparece su voz en tiempo real y la invito a tomar un trago a mi departamento. “Nuestras operadoras..”.. Cuelgo, tengo paciencia, pero no demasiada. No puedo esperar infinitamente en línea. Debería llamar a mi amigo para pedirle el teléfono. Tomo un trago y enciendo otro cigarrillo. Abro la ventana y veo que la ciudad está dormida. Una luz se enciende a lo lejos e imagino que debe ser una mujer, noctámbula, estará casi desnuda, fumando un cigarrillo y pensando en el hombre que ama. Estará tomando un vodka tónica con dos hielos y escuchando canciones romanticonas: Camilo Sesto o Leonardo Favio.

Vuelvo a sentarme frente al computador. Son las doce de la noche y debería salir a un café internet a ver mi correo y a buscarme en el google. Además hoy me iba a escribir mi editor y me diría si me publicarían mi última novela. Algo me anticipó, que tal vez habría que sacar a un personaje demasiado misógino. ¡A la mierda!, le dije, si lo sacas, me llevo la novela a otra editorial. Debes sacarlo, Mariano Infante, debes sacar a ese misógino. ¡A la mierda, viejito, soy un escritor y no un carnicero! Mariano, debes lidiar con nuestra línea, nuestras colecciones. ¡A la mierda, soy un escritor, no soy carnicero!

Vivo solo hace un par de años. Me cuesta decirlo, pero no puedo vivir con ninguna mujer; la verdad es que no puedo vivir con nadie. Graciela, mi última pareja, se fue con un vendedor de alfombras exóticas. Siempre buscó la aventura. En un principio me mintió, me dijo que era escritora y que podríamos congeniar nuestros caracteres apáticos, que no me preocupara, que me dejaría encerrarme todo un día y escuchar la música que yo quisiera: Stockhousen, Laurie Anderson o algo de jazz ligero. De a poco fue hastiándose. No escribió ni media letra durante los dos años en que vivimos juntos. Luego comenzó a salir de noche, a bares, luego algunos hombres le dejaban mensajes en la contestadora. Se notaba que decía que era soltera. “Graciela, anoche estuviste una diosa”. “Graciela, hoy podemos ir al mismo lugar y jugamos a aquello”. “Graciela, mañana podría venir a desayunar a mi departamento y luego te vas a tu trabajo”. ¡Maldita, nunca le trabajó un día a nadie! ¡Tuve que mantenerla durante dos años! Yo no se lo recriminaba, no le decía nada, no teníamos contrato de fidelidad y sus aventurillas, al principio, me importaban una mierda. Hasta que se fue. Bendito el día en que se fue. Dejé de escuchar esos mensajitos y preocuparme de que no le pasara nada. Dejé de estar insomne, de pasearme dentro del departamento esperando a que llegara, dejé de gastar dinero en ropa de marca y perfumes caros.

Intento conectarme. Abriendo el puerto. Error 680: No hay tono de marcado...

Voy hacia la ventana y exhalo aire. Se forma un humo que se dispersa y se fusiona con la neblina. Más allá de esa lucecita, no se ve nada. La única luz, el departamento del frente. Ella se pasea de un lado a otro. Debe esperar a un amante que se fue hace años.

Necesito volver a llamar a la empresa servidora. Levanto el auricular. Un botón rojo pestañea, sé que hay algunos mensajes atascados en la grabadora.

“Mariano, soy Jorge Olavaria, sólo hasta mañana podemos esperar la crítica de En la frontera, de McCarthy. Dijiste que la traías hoy al diario. Envíala a mi correo, a más tardar a las once de la mañana. Vamos a despachar a las once cinco minutos, te lo repito: once con cinco minutos”. ¡Imbécil, qué se cree este maldito, no le enviaré ninguna crítica! “Mariano, hola amor, soy Julieta, no me has llamado, ¿qué pasa?, ¿acaso te molestaste por lo que te dije el otro día?”. Sí, me molesté, no me gusta que me manden mensajes de texto a las cuatro de la mañana y además que me das lata, pendeja ladilla. “Mariano, hijo, tu hermano necesita conversar contigo, al parecer te encontró un trabajo estable en una revista, llámalo cuanto antes..”.. “Aló, Mariano, soy Andrés Cuello, el sábado estaré de cumpleaños, lo celebraré en el bar Tópico Urbano, espero puedas venir, tal vez puedes traer a tu nueva amiga, esa sueca que me comentaste”. ¡Ya les dije que no me interesa andar en bares de nombres estúpidos! ¡Malditos! ¡Menos presentarle a mis amiguitas, ni trabajar en revistas de ciudadanos civilizados! ¡No quiero escuchar más esta maldita contestadora!

Vuelvo a la ventana y miro el cielo. No hay estrellas, sólo unas nubes negras que amenazan con tenerme desconectado todo el fin de semana. Marco nuevamente el número de estos malditos servidores de internet. “Si tiene problemas con el servidor, marque uno; dos, si necesita información acerca de su cuenta; tres, si quiere información de los nuevos servicios; cuatro, si quiere contratar internet; cinco, si quiere comunicarse con una operadora”. Cuelgo. ¡Malditos, yo sólo quiero ver mi nombre en el google!

Hace seis meses que dejé mi novela en la editorial. La aprobaron. Te publicaremos, me dijo mi editor, saldrás en un mes más. Hoy se cumplen exactos los treinta días y nadie ha dicho nada en los medios, salvo una nota de un periodista, cuarenta y dos caracteres: Mariano Infante firmó contrato con una editorial.

Tomo un trago, y mi garganta lo agradece. Soy libre, escucho mi música, publicaré donde quiero y no sacaré los párrafos como los que se dedican a hacer recortes. No soy un carnicero. Tampoco me interesa quién me hablará del otro lado, menos la mexicana que tiene sexo con mi amigo, ni la tipa del frente que se pasea de un lado a otro, ni menos aun Graciela. Sólo me interesa entrar al google y descubrir que alguien ha dicho algo importante acerca de mí. Que publicaré en pocos meses más, que los periodistas se pelearán la primicia, que luego me daré el gusto de no dar ninguna entrevista. Que me criticarán en todos los medios, incluso en periódicos extranjeros.

Llueve. La mujer romanticona ha apagado la luz. Estará llorando o masturbándose, quién sabe. Las romanticonas se masturban mientras fantasean con tipos gordos y desaseados. Tuve una amante que me lo confesó en un acto de locura, en una de esas crisis maniacas de las más severas. Las mujeres siempre nos masturbamos cuando estamos solas, más aun si llueve y apagamos la luz.

Me sirvo lo último que queda de la botella. En el congelador quedan sólo dos hielos. Disfruto. Enciendo un cigarrillo y la pantalla del computador está hibernando. Aprieto el botón azul y vuelve a aparecerelGigante judío en casa con sus padres en el Bronx. ¿Seré como él?, pienso. No, Olavarría es como él. Intento nuevamente y esta vez se conecta. ¡Se ha conectado! ¡Ahora sí! Tal vez debería enviar la crítica de McCarthy de inmediato, la tengo lista, corregida, pero no, no lo haré. Olavarría cree que estamos en la época de los esclavos. Le falta la fusta y el caballo para aparecer como el clásico patrón de fundo. La enviaré a otro diario, el viejo Maldonado me la publica sin siquiera leerla. Necesito entrar al google. Me tomo un trago: whisky de primera.

Estoy conectado, primero mi correo. La contraseña y ya está. Tengo diez sin leer, cinco son de Olavarría. Asunto: Urgente, crítica. Los elimino. Otro de Graciela. Asunto: en blanco. También lo elimino. Dos de mi editor. Asuntos: Dejaremos al personaje, no te preocupes, el libro sale a imprenta dentro de la semana. Mi hermano: “¿Quieres trabajar en la revista Tácito?”. Por último, la sueca: “Quiero verte”. Los elimino uno a uno. ¿Está seguro de que quiere eliminar los correos marcados? Aceptar.

Ahora iré al google. Directo a mi nombre. Ya habrán salido los primeros rumores de mi publicación. ¡Ahora sí! Seguro estaré en el google. Enciendo un cigarrillo. En la cajetilla sólo me quedan dos. Olvidé comprar de repuesto. Tendré que salir. Afuera llueve y la ventana suena. Cada noche pongo mi nombre en el google y espero que alguien diga algo, que se anuncie mi novela, que se mencione que publicaré dentro de los próximos meses, pero nada. El encargado de prensa de la editorial se dedica a tomar café con las periodistas. Lo he visto llevarle libros a algunas chicas en los cafecitos de Providencia. Seguro el muy desgraciado dice que va a reunión.

M-a-r-i-a-n-o - I-n-f-a-n-t-e. Tecleo. El cigarrillo se consume. Aprieto enter... ¡A la mierda, se demora! Enter. Enter. Enter. Enter, enter, enter. ¡A la mierda!

Acción cancelada. Internet no pudo vincular a la página web solicitada. Puede que la página no esté disponible temporalmente. Pruebe lo siguiente: Haga clic en...

¡Se desconectó! ¡A la mierda!

Agarro el teléfono. “Si tiene problemas con el servidor, marque uno; dos, si necesita información acerca de su cuenta, tres si quiere información de los nuevos servicios, cuatro si quiere contratar internet, cinco si quiere comunicarse con una operadora”.

Cinco.

“Nuestras operadoras están ocupadas...”.

¡A la mierda!

Un trago, otro. Mi cabeza da vueltas. Philip Glass, Einstein on the beach, disco dos.

Al seco, el último trago, mastico los hielos, se derriten en mi lengua, mis dientes hacen cric, cric, crac. Mi cabeza da vueltas y cric, cric, crac.

Mi nombre. Enter. ¡A la mierda! Mi nombre. Enter. ¡A la mierda! Última vez, cierro los ojos, pido que esta vez sea, escribo mi nombre. Enter. ¡Eso es! ¡Esta vez sí! ¡Hay cuatro nuevos links! ¡Eso! ¡Seguro a este imbécil lo pillaron y le prohibieron salir a sus reuniones! ¡Lo habrán amenazado con despedirlo! ¡Hay cuatro nuevos links!

“Por fin aparece el gran Mariano Infante, triunfa en las tablas del teatro de La esquina, la joven promesa chilena...”.

“Una velada espectacular, Mariano Infante, joven actor...”.

“...gracias a su maestro, está donde está, declara Mariano Infante en entrevista exclusiva después de su primera actuación en...”.

“...Mariano Infante, joven actor, hoy debuta en Chile y...”.

¡¿Qué pasa?! Me están agarrando el pelo, seguro me están agarrando el pelo.

¡¿Quién mierda es este pendejo?! ¡¿Quién mierda se atreve a llamarse Mariano Infante?!

Suena el teléfono. Miro la pantalla, es mi editor. No voy a contestarle. “Mariano, ¿estás ahí?, ¿cómo estás? Sucedió algo inesperado. Sucedió algo no muy bueno para tu carrera literaria. Hoy apareció en todos los medios un tipo que se llama igual que tú, es un actor, un tipo de unos treinta años... un aparecido... bueno, pero estaba pensando si en tu novela agregamos además de Infante, tu segundo apellido... llámame, que la novela va a imprenta el viernes y tenemos que resolverlo pronto... No es tan terrible tener que agregar tu segundo apellido, ¿o no?”. ¡A la mierda! ¡Cagué! Escucho cómo los autos pasan por la calle, un bocinazo, otro, otro, miles de bocinas. Unos tipos se ríen. ¡Estarán celebrando el triunfo de Mariano Infante a secas, el actor, sin segundo apellido! Miro por la ventana y mi vecina, la llorona, tiene encendido su televisor. La muy tonta lo habrá encendido para ver las noticias de medianoche y enterarse de lo último de Infante. No tengo televisor. Enciendo la radio. Siento que mi boca se seca. Siento la rabia, la decadencia de mi carrera literaria. Ese maldito debe morir. ¡No!, pasará a ser un mito, lo adorarán y venderán chapitas para las colegialas. ¡No!, pero sí, debe morir. Busco la Cooperativa. Seguro ahí dirán algo. No me equivoco: “Hoy triunfa en las tablas Mariano Infante, joven promesa, actor, estudió en Francia y hoy vuelve a Chile y debuta con su obra Momias, del cual es director y actor”. ¡Imbécil! “...en entrevista exclusiva con cooperativa dijo acerca de su carrera: bueno, lo primero es que no quiero que me confundan con el escritor...”. ¡Maldito! “...ya me lo han preguntado varias veces, yo soy Mariano Infante a secas, creo que él firma sus libros con su segundo apellido”. ¡Mentira! ¡Maldito! “...bueno, desde que llegué a Chile he sido muy bien recibido. El movimiento cultural y la diversidad en Chile es maravillosa...”. ¡Hueco de mierda! “...me he encontrado con muchas sorpresas, carreras de gestión cultural, diplomados...”. ¡Este es un imbécil! ¡Me están tomando el pelo! ¡No podré publicar, me asociarán con este imbécil!

Vuelvo al google, lo necesito. Entraré a cada una de esas páginas. Ahí debe salir algún contacto de este pendejo. Voy a salir a buscarlo. Debe andar celebrando en los bares de Lastarria o en los bares ultra urbanos y electrónicos. Voy a abrir cada uno de los links que encuentre. Buscaré una foto. Aquí está el desgraciado, es atractivo, delgado, viste de negro, peinado punk, debe andar con la misma ropa que sale en la foto, quizás ya tuvo sexo con mi vecina y la mexicana juntas. Voy a salir a buscarlo, ¡Maldito! ¡Él deberá usar su segundo apellido, él viene llegando, yo no, yo soy Mariano Infante y tengo mi prestigio en este país!

Marco el número de Patricia, actriz, ella debe saber de este tipo. Aló, Patricia. Estoy ocupada, Mariano. Patricia, es urgente, debo preguntarte algo. ¿Qué sucede?, dime rápido que estoy ocupadísima. ¿Conoces a un actor que se llama Mariano Infante y que llegó hace unos días a Santiago? ¿Para eso me llamas, imbécil? No conozco a ningún otro imbécil llamado Mariano Infante. Tuuuuuuut.

Llamaré a Olavarría o al viejo Maldonado, editores de cultura. Ya habrán hecho el contacto con él, y mañana sacarán la exclusiva en sus diarios. Ellos sabrán, seguro. El whisky se acabó, necesito un trago. Creo que queda algo de ron del fin de semana pasado. Lleno el vaso. Un sorbo, sin hielo. Está dulce, tibio. Un sorbo largo, larguísimo. Me sé el número de memoria. Aló, Olavarría. Mariano, por fin apareces, tenemos ese compromiso con la editorial, debes enviar la crítica ahora, ¿recuerdas el canje que hicimos con la editorial? Te llamo por otra cosa, te enviaré la crítica... ¡La quiero ahora en mi correo o te olvidas que seguirás colaborando! Dame el número de teléfono de Mariano Infante ¡¿Te volviste loco huevón? ¿De qué hablas?! ¡¿Crees que me tomarás el pelo para no enviar la crítica?! Tuuuuuuu.

Aló, viejito, viejito Maldonado, tú me vas a ayudar, necesito el número de Mariano Infante, necesito el número de ese maldito. Mariano, tranquilo, estaba esperando que me llamaras. Anota... Hotel Victoria, habitación 32, teléfono tanto y tanto. Gracias, viejo. ¿Te interesa una crítica de McCarthy? ...Te la envío, gracias viejo.

Bienvenido al Hotel Victoria, si conoce el anexo, márquelo. Otra caliente más en las grabadoras, seguro será la mexicana multiplicada por mil. Tuuuuuuuuuu. Me sirvo otro ron.

No sé aún lo que le diré a este pendejo. Es difícil enfrentarse a los cuarenta y cinco años con una situación así. Otro trago. Camino de un lado a otro. Gracias. Digo gracias mirando el cielo. Veo de lejos la luz de la ventana de mi vecina romanticona que parpadea, y siento deseos de ir a buscarla y darla vuelta en mi cama. Ella será mi madre y me consolará esta noche.

Bienvenido al Hotel Victoria, si conoce el anexo, márquelo. Anexo 32.

Aló, aló... ¿quién es?... Aló, aló... Tuuuuuuuu.

Imprimo la foto de Infante. El último trago de ron, está tibio, el último, el penúltimo, el último y ya está: todo al seco. Salgo. La mujer romanticona debe ser insomne, la muy caliente seguirá masturbándose. La luz aún está encendida. Tomo mi paraguas, las llaves de mi auto, mi abrigo. El abrigo está húmedo. Dejaré encendida la luz del comedor para que la romanticona crea que no está tan sola en este mundo. Todos los demás departamentos están apagados. El computador está hibernando.

En el auto, a todo volumen Nickita Serrano. Acelero, una luz en rojo, paso, otra y me detengo. Miro hacia ambos lados y paso. Otra roja y una amarilla. Un peatón se me cruza, casi lo atropello, pero lo esquivo al límite. Llevo mi celular. Me aseguro de que este imbécil esté ahí. Bienvenido al Hotel Victoria, si conoce el anexo, márquelo. Aló, aló... diga quién es... Aló. Tuuuuuuuuu. ¡Es este imbécil!

Tomo Bilbao y bajo a toda velocidad. Veo, de lejos, que los pacos están en la esquina controlando. Bajo la velocidad. Subo la música. Ellos me miran. Me observan, me miran, me miran y no me detienen, me miran y no me detienen. “Casi”, imagino estúpidamente. Bajo la música y subo la velocidad. Voy a noventa, a cien, ciento veinte kilómetros por Bilbao a buscar a este maldito pendejo de mierda que me ha robado el nombre. Una luz roja, la paso, otra y vuelvo a pasarla. Hotel Victoria, calle Monjitas. Me estaciono a dos cuadras. Me bajo del auto y tomo mi paraguas, estoy tranquilo, ahora debo dejar que las cosas sucedan.

Bienvenido al Hotel Victoria, si conoce el anexo, márquelo. Anexo 32.

Aló... ¡¿Vas a contestar o pido que la operadora me reconozca el número, y luego llamamos a los pacos?!

Tuuuuuuut.

Suena mi teléfono. Este pendejo habrá reconocido mi número. Miro la pantalla y es Olavarría. ¡¿Qué quieres?! Estás despedido. ¿Cómo que estoy despedido? No me has enviado la crítica, marqué tu número fijo y no estabas. ¡Borracho! Seguro que mañana a las once de la mañana estarás hecho un trapo y me llamarás diciéndome que estás con mal de amores, que eres un pobre abandonado, y etcétera, etcétera. No, Mariano Infante, ahora te la verás con la editorial. No te publicarán, ya que debes más de diez críticas y los libros los arrumbas junto a tu computador y los lees por placer. Este es un trabajo, alcohólico de mierda. ¡Yo publico donde quiero, Olavarría! No creas que es por ese canje ordinario que me van a publicar. ¡Hasta pronto, viejo! Tuuuuuuuuuuu.

Siento cómo el ron sube a mi cabeza, la mezcla de whisky y ron no es la mejor. Siento cómo mi cabeza hierve a ochenta grados. El google, maldito google. Este Infante me las va a pagar. Ese Infante va a desaparecer hoy de la tierra y se irá derecho al infierno. Siempre estuve preparado para matar a cualquiera que se me cruzara en el camino. Mi carrera literaria, mi nombre en el google, mi nombre en el google es mío. Mañana aparecerá muerto en los diarios, en la cooperativa, en la tele, y deberán poner su nombre completo. Decir que era el actor aparecido y no Infante, el escritor de renombre. Mariano Infante tanto y tanto, el actor, murió de una bala que interceptó su cráneo medio a medio. Los sesos quedaron desparramados por el departamento en donde se quedaba durante su visita a Chile. El mayordomo del hotel dice no haber visto nada. Las mucamas dormían y probablemente los demás turistas estaban ebrios en el bar del Hotel. Se teme sea el asesino de hombres famosos. Se teme que vuelva a atacar en los próximos días. ¡Imbéciles! Pero estaré yo, el único y real Mariano Infante, estaré para decir quién soy realmente. Me publicarán de un día para otro. Seré el que vivió y sobrevivió y además el que vende por montones. Mi nombre no se topará con el de un muerto, porque de los muertos no se habla demasiado, dicen los cristianos. Y el lolito que vino a probar fama a su país después de ir con una beca al extranjero será olvidado porque la información va demasiado rápido. Y me encargaré yo mismo de que se olviden de él y de sus nuevas costumbres extranjeras. Taparé su fama post mortum con excelentes críticas a escritores norteamericanos o europeos: Philip Roth, Anne Marlowe, Paul Auster, John Banville, Bernard Schlink y Gabrielle Wittkop. Estaré serenísimo escribiendo todas las críticas que debo y los cuentos por encargo que tengo para las antologías temáticas: cuentos de ciudad, cuentos eróticos, cuentos de invierno, cuentos de muerte, cuentos de desamor y de sexo, cuentos de países y de aeropuertos.

Camino. Buscaré antes un café internet abierto. Debo corroborar lo que pasa. La lluvia moja mis zapatos de cuero y siento cómo traspasa mis calcetines. Estoy ebrio. Veo que las luces de la ciudad están apagadas. Nadie en la calle. Debo entrar a internet. La romanticona y la mexicana pensarán sólo en mí. Estaré en el google. En este país de mierda si no apareces en el google, no eres nadie.

Camino y no encuentro nada abierto. Me mojo los zapatos y mis calcetines absorben el agua. Camino hacia mi auto. De lejos veo el letrero del hotel Victoria. Miro hacia el tercer piso y las luces están apagadas. Tal vez debería volver a llamar y cerciorarme de que este pendejo está ahí, y que además está solo. De pronto puede estar con una mujer montada sobre él y también tendré que eliminarla a ella. El ron está en mi cabeza. Ochenta grados. Tiemblo y siento algo de sueño. Podría dormir de pie. Podría agarrar la pistola y lanzar tiros al aire, luego correr hasta mi auto y dejar esto abandonado. Un auto pasa y se estaciona cerca mío. Camino. Dos tipos se bajan y me miran sospechosos. Camina en dirección al hotel Victoria. Los observo, uno de ellos a mí. Tal vez vienen por Infante. Tal vez Infante tiene guardaespaldas y éstos son. Tal vez Infante los ha llamado porque tiene miedo. Camino en dirección a ellos. Caminan más rápido y entran al hotel. Estamos los tres en recepción. El mayordomo se ha dormido. Cabecea. Estos tipos deben alojarse en este hotel. Subimos al ascensor y yo me bajo en el tercero, ellos también. Entran a la pieza 33, yo sigo y busco el 32, el de Infante. Departamento 38, 36, 34, departamento 32. He llegado. No golpeo. No toco el timbre. La manilla de la puerta se abre, está sin seguro. Entro. Lentamente voy tanteando qué sucede aquí adentro. Enciendo una luz. Primero la cocina, está frente a frente a la puerta de entrada. No hay nadie.

Aló, aló, ¿hay alguien aquí? Temo encontrarme con desconocidos. Aló. Enciendo la luz del comedor. Miro debajo de la mesa. Aló. Aló, ¿hay alguien aquí? El teléfono suena. No contesto. Voy al dormitorio. No hay nadie. He llegado. Por fin he llegado al departamento. Mi cabeza da vueltas. El ron no ha bajado. Encima del escritorio está el computador hibernando. Lo enciendo. Gigante judío en casa con sus padres en el Bronx, de Diane Arbus, mi fotógrafa preferida. Intento conectarme a internet. ¡Mierda! La página web solicitada no está disponible sin conexión. Haga clic en Conectar para ver esta página. Miro por la ventana.

Necesito buscarme, encontrarme en el google. Soy Mariano Infante. Hace tres semanas que no aparece nada nuevo. Intento conectarme. Mi cabeza da vueltas. Vuelva a conectarse más tarde. El teléfono suena, miro el visor, es Olavarría. Aló, Infante, te he llamado toda la noche. Haga clic en Conectar para ver esta página. ¿Me enviarás la crítica de McCarthy? ¿Dónde estabas? ¿Por qué no me contestabas? ¡Seguro dormías completamente borracho, como siempre! Cuelgo. Haga clic en Conectar para ver esta página. Abro la ventana, tomo el vaso, mi mano agarra fuerza y lo tiro sobre el poste de luz, que seguro es el que conecta los cables a internet. Suena como una bala apresurada, como el inicio de una pequeña guerra. Del frente, se abre la ventana del único departamento que permanece todas las noches encendido, mi cabeza da vueltas, se abre la ventana, y no era una vieja romanticona, es un anciano, que me mira asustado, y me grita que soy un imbécil, que si tengo algún problema de personalidad.