Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad tambíen de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik, Seix Barral, Destino… Todas las editoriales… Todos los lectores…
Todos los gerentes de ventas…
Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.
martes, 18 de noviembre de 2025
Mi carrera literaria, poem by Roberto Bolaño
viernes, 24 de octubre de 2025
Cuando hablábamos con los muertos, Mariana Enríquez
A esa edad suena música en la cabeza, todo el tiempo, como si transmitiera una radio en la nuca, bajo el cráneo. Esa música un día empieza a bajar de volumen o sencillamente se detiene. Cuando eso pasa, uno deja de ser adolescente. Pero no era el caso, ni de cerca, de la época en que hablábamos con los muertos. Entonces la música estaba a todo volumen y sonaba como Slayer, Reign in Blood.
Empezamos con la copa en casa de la Polaca, encerradas en su pieza. Teníamos que hacerlo en secreto porque Mara, la hermana de la Polaca, le tenía miedo a los fantasmas y a los espíritus, le tenía miedo a todo, bah, era una pendeja estúpida. Y teníamos que hacerlo de día, por la hermana en cuestión y porque la Polaca tenía mucha familia, todos se acostaban temprano, y lo de la copa no le gustaba a ninguno porque eran recontracatólicos, de ir a misa y rezar el rosario. La única con onda de esa familia era la Polaca, y ella había conseguido una tabla ouija tremenda, que venía como oferta especial con unos suplementos sobre magia, brujería y hechos inexplicables que se llamaban El mundo de lo oculto, que se vendían en kioscos de revistas y se podían encuadernar. La ouija ya la habían regalado varias veces con los fascículos, pero siempre se agotaba antes de que cualquiera de nosotras pudiera juntar el dinero para comprarla. Hasta que la Polaca se tomó las cosas en serio, ahorró, y ahí estábamos con nuestra preciosa tabla, que tenía los números y las letras en gris, fondo rojo y unos dibujos muy satánicos y místicos todo alrededor del círculo central. Siempre nos juntábamos cinco: yo, Julita, la Pinocha (le decíamos así porque era de madera, la más bestia en la escuela, no porque tuviera nariz grande), la Polaca y Nadia. Las cinco fumábamos, así que a veces la copa parecía flotar en humo cuando jugábamos, y le dejábamos la habitación apestando a la Polaca y su hermana. Para colmo cuando empezamos con la copa era invierno, así que no podíamos abrir las ventanas porque nos cagábamos de frío.
Así, encerradas entre humo y con la copa totalmente enloquecida nos encontró Dalila, la madre de la Polaca, y nos sacó a patadas. Yo pude recuperar la tabla —y me la quedé desde entonces— y Julita evitó que se partiera la copa, lo cual hubiera sido un desastre para la pobre Polaca y su familia, porque el muerto con el que estábamos hablando justo en ese momento parecía malísimo, hasta había dicho que no era un muerto-espíritu, nos había dicho que era un ángel caído. Igual, a esa altura, ya sabíamos que los espíritus eran muy mentirosos y mañosos, y no nos asustaban más con trucos berretas, como que adivinaran cumpleaños o segundos nombres de abuelos. Las cinco nos juramos con sangre —pinchándonos el dedo con una aguja— que ninguna movía la copa, y yo confiaba en que era así. Yo no la movía, nunca la moví, y creo de verdad que mis amigas tampoco. Al principio, a la copa siempre le costaba arrancar, pero cuando tomaba envión parecía que había un imán que la unía a nuestros dedos, ni la teníamos que tocar, jamás la empujábamos, ni siquiera apoyábamos un poco el dedo; se deslizaba sobre los dibujos místicos y las letras tan rápido que a veces ni hacíamos tiempo de anotar las respuestas a las preguntas (una de nosotras, siempre, era la que tomaba nota) en el cuaderno especial que teníamos para eso.
Cuando nos descubrió la loca de la madre de la Polaca (que nos acusó de satánicas y putas, y habló con nuestros padres: fue un garronazo) tuvimos que parar un poco con el juego, porque se hacía difícil encontrar otro lugar donde seguir. En mi casa, imposible: mi mamá estaba enferma en esa época, y no quería a nadie en casa, apenas nos aguantaba a la abuela y a mí; directamente me mataba si traía compañeras de la escuela. En lo de Julita no daba porque el departamento donde vivía con sus abuelos y su hermanito tenía un solo ambiente, lo dividían con un ropero para que hubiera dos piezas, digamos, pero era ese espacio solo, sin intimidad para nada, después quedaban solamente la cocina y el baño, y un balconcito lleno de plantas de aloe vera y coronas de Cristo, imposible por donde se lo mirara. Lo de Nadia era imposible también porque quedaba en la villa: las otras cuatro no vivíamos en barrios muy copados, pero nuestros padres no nos iban a dejar ni en pedo pasar la noche en la villa, para ellos era demasiado. Nos podríamos haber escapado sin decirles, pero la verdad es que también nos daba un poco de miedo ir. Nadia, además, no nos mentía: nos contaba que era muy brava la villa, y que ella se quería rajar lo antes que pudiera, porque estaba harta de escuchar los tiros a la noche y los gritos de los guachos repasados, y de que la gente tuviera miedo de visitarla.
Quedaba nomás lo de la Pinocha. El único problema con su casa era que quedaba muy lejos, había que tomar dos colectivos, y convencer a nuestros viejos de que nos dejaran ir hasta allá, a la loma del orto. Pero lo logramos. Los padres de la Pinocha no daban bola, así que en su casa no corríamos el riesgo de que nos sacaran a patadas hablando de Dios. Y la Pinocha tenía su propia habitación, porque sus hermanos ya se habían ido de la casa.
Por fin una noche de verano las cuatro conseguimos el permiso y nos fuimos hasta lo de la Pinocha. Era lejos de verdad, la calle donde quedaba su casa no estaba asfaltada y había zanja al lado de la vereda. Tardamos como dos horas en llegar. Pero cuando llegamos, enseguida nos dimos cuenta de que era la mejor idea del mundo haberse mandado hasta allá. La pieza de la Pinocha era muy grande, había una cama matrimonial y cuchetas: nos podíamos acomodar las cinco para dormir sin problema. Era una casa fea porque todavía estaba en construcción, con el revoque sin pintar, las bombitas colgando de los feos cables negros, sin lámparas, el piso de cemento nomás, sin azulejos ni madera ni nada. Pero era muy grande, tenía terraza y fondo con parrilla, y era mucho mejor que cualquiera de nuestras casas. Vivir tan lejos no estaba bueno, pero si era para tener una casa así, aunque estuviera incompleta, valía la pena. Allá afuera, lejos de la ciudad, el cielo de la noche se veía azul marino, había luciérnagas y el olor era diferente, una mezcla de pasto quemado y río. La casa de la Pinocha tenía todo rejas alrededor, eso sí, y también la cuidaba un perro negro grandote, creo que un rottweiler, con el que no se podía jugar porque era bravo. Vivir lejos parecía un poco peligroso, pero la Pinocha nunca se quejaba.
A lo mejor porque el lugar era tan diferente, porque esa noche nos sentíamos distintas en la casa de la Pinocha, con los padres que escuchaban a Los Redondos y tomaban cerveza, mientras el perro le ladraba a las sombras, a lo mejor por eso Julita blanqueó y se animó a decirnos con qué muertos quería hablar ella.
Julita quería hablar con su mamá y su papá.
Estuvo buenísimo que Julita finalmente abriera la boca sobre sus viejos, porque nosotras no nos animábamos a preguntarle. En la escuela se hablaba mucho del tema, pero nadie se lo había dicho nunca en la cara, y nosotras saltábamos para defenderla si alguien decía una pelotudez. La cuestión era que todos sabían que los viejos de Julita no se habían muerto en un accidente: los viejos de Julita habían desaparecido. Estaban desaparecidos. Eran desaparecidos. Nosotras no sabíamos bien cómo se decía. Julita decía que se los habían llevado, porque así hablaban sus abuelos. Se los habían llevado y por suerte habían dejado a los chicos en la pieza (no se habían fijado en la pieza, capaz: igual, Julita y su hermano no se acordaban de nada, ni de esa noche ni de sus padres tampoco).
Julita los quería encontrar con la tabla, o preguntarle a algún otro espíritu si los había visto. Además de tener ganas de hablar con ellos, quería saber dónde estaban los cuerpos. Porque eso tenía locos a sus abuelos, su abuela lloraba todos los días por no tener dónde llevar una flor. Pero además Julita era muy tremenda: decía que si encontrábamos los cuerpos, si nos daban la data y era posta, teníamos que ir a la tele o a los diarios, y nos hacíamos más que famosas, nos iba a querer todo el mundo.
A mí por lo menos me pareció refuerte esa parte de sangre fría de Julita, pero pensé que estaba bien, cosa de ella. Lo que sí, nos dijo, teníamos que empezar a pensar en otros desaparecidos conocidos, para que nos ayudaran. En un libro sobre el método de la tabla habíamos leído que ayudaba concentrarse en un muerto conocido, recordar su olor, su ropa, sus gestos, el color de su pelo, hacer una imagen mental, entonces era más fácil que el muerto de verdad viniera. Porque a veces venían muchos espíritus falsos que mentían y te quemaban la cabeza. Era difícil distinguir.
La Polaca dijo que el novio de su tía estaba desaparecido, se lo habían llevado durante el Mundial. Todas nos sorprendimos porque la familia de la Polaca era recareta. Ella nos aclaró que casi nunca hablaban del tema, pero a ella se lo había contado la tía, medio borracha, después de un asado en su casa, cuando los hombres hablaban con nostalgia de Kempes y el Campeonato del Mundo, y ella se sulfuró, se tomó un trago de vino tinto y le contó a la Polaca sobre su novio y lo asustada que había estado ella. Nadia aportó a un amigo de su papá, que cuando ella era chica venía a comer seguido los domingos y un día no había venido más. Ella no había registrado mucho la falta de ese amigo, sobre todo porque él solía ir mucho a la cancha con su viejo, y a ella no la llevaban a los partidos. Sus hermanos registraron más que ya no venía, le preguntaron al viejo, y al viejo no le dio para mentirles, para decirles que se habían peleado o algo así. Les dijo a los chicos que se lo habían llevado, lo mismo que decían los abuelos de Julita. Después, los hermanos le contaron a Nadia. En ese momento, ni los chicos ni Nadia tenían idea de adónde se lo habían llevado, o de si llevarse a alguien era común, si era bueno o era malo. Pero ahora ya todas sabíamos de esas cosas, después de la película La noche de los lápices (que nos hacía llorar a los gritos, la alquilábamos como una vez por mes) y el Nunca más —que la Pinocha había traído a la escuela, porque en su casa se lo dejaban leer— y lo que contaban las revistas y la televisión. Yo aporté a mi vecino del fondo, un vecino que había estado ahí poco tiempo, menos de un año, que salía poco a la calle pero nosotros lo podíamos ver paseando por el fondo (la casa tenía un parquecito atrás). No me lo acordaba mucho, era como un sueño, tampoco se la pasaba en el patio: pero una noche lo vinieron a buscar y mi vieja se lo contaba a todo el mundo, decía que por poco, por culpa de ese hijo de puta, casi nos llevan también a nosotras. A lo mejor porque ella lo repetía tanto a mí se me quedó grabado el vecino, y no me quedé tranquila hasta que otra familia se mudó a esa casa, y me di cuenta de que él no iba a volver más.
La Pinocha no tenía a ninguno que aportar, pero llegamos a la conclusión de que con todos los muertos desaparecidos que ya teníamos era suficiente. Esa noche jugamos hasta las cuatro de la mañana, a esa hora ya empezamos a bostezar y a tener la garganta rasposa de tanto fumar, y lo más fantástico fue que los padres de la Pinocha ni vinieron a tocar la puerta para mandarnos a la cama. Me parece, no estoy segura porque la ouija consumía mi atención, que estuvieron mirando tele o escuchando música hasta la madrugada también.
Después de esa primera noche, conseguimos permiso para ir a lo de la Pinocha dos veces más, en el mismo mes. Era increíble, pero los padres o responsables de todas habían hablado por teléfono con los viejos de la Pinocha, y por algún motivo la charla los dejó recontratranquilos. El problema era otro: nos costaba hablar con los muertos que queríamos. Daban muchas vueltas, les costaba decidirse por el sí o por el no, y siempre llegaban al mismo lugar: nos contaban dónde habían estado secuestrados y ahí se quedaban, no nos podían decir si los habían matado ahí o si los llevaron a algún otro lugar, nada. Daban vueltas después y se iban. Era frustrante. Creo que hablamos con mi vecino, pero después de escribir POZO DE ARANA se fue. Era él, seguro: nos dijo su nombre, lo buscamos en el Nunca más y ahí estaba, en la lista. Nos cagamos en las patas: era el primer muerto posta posta con el que hablábamos. Pero de los padres de Julita, nada.
Fue la cuarta noche en lo de la Pinocha cuando pasó lo que pasó. Habíamos logrado comunicarnos con uno que conocía al novio de la tía de la Polaca, habían estudiado juntos, decía. El muerto con el que hablamos se llamaba Andrés, y nos dijo que no se lo habían llevado ni había desaparecido: él mismo se había escapado a México, y ahí se murió después, en un accidente de coche, nada que ver. Bueno, este Andrés tenía rebuena onda, y le preguntamos por qué todos los muertos se iban cuando les preguntamos adónde estaban sus cuerpos. Nos dijo que algunos se iban porque no sabían dónde estaban, entonces se ponían nerviosos, incómodos. Pero otros no contestaban porque alguien les molestaba. Una de nosotras. Quisimos saber por qué, y nos dijo que no sabía el motivo, pero que era así, una de nosotras estaba de más.
Después, el espíritu se fue.
Nos quedamos pensando un toque en eso, pero decidimos no darle importancia. Al principio, en nuestros primeros juegos con la tabla, siempre le preguntábamos al espíritu que venía si alguien molestaba. Pero después dejamos de hacerlo porque a los espíritus les encantaba molestar con eso, y jugaban con nosotras, primero decían Nadia, después decían no, con Nadia está todo bien, la que molesta es Julita, y así nos podían tener toda la noche poniendo y sacando el dedo de la copa, y hasta yéndonos de la habitación, porque los guachos no tenían límites en sus pedidos.
Lo de Andrés nos impresionó tanto, igual, que decidimos repasar la conversación anotada en el cuaderno, mientras destapábamos una cerveza.
Entonces tocaron a la puerta de la pieza. Nos sobresaltamos un poco, porque los padres de la Pinocha nunca molestaban.
—¿Quién es? —dijo la Pinocha, y la voz le salió un poco tembleque. Todas teníamos un poco de cagazo, la verdad.
—Leo, ¿puedo pasar?
—¡Dale, boludo! —La Pinocha se levantó de un salto y abrió la puerta. Leo era su hermano mayor, que vivía en el centro y visitaba a los viejos nomás los fines de semana, porque trabajaba todos los días. Y tampoco venía todos los fines de semana, porque a veces estaba demasiado cansado. Nosotras lo conocíamos porque antes, cuando éramos más chicas, en primero y segundo año, a veces él iba a buscar a la Pinocha a la escuela, cuando los viejos no podían. Después empezamos a usar el colectivo, ya estábamos grandes. Una lástima, porque dejamos de ver a Leo, que estaba fuertísimo, un morocho de ojos verdes con cara de asesino, para morirse. Esa noche, en la casa de la Pinocha, estaba tan lindo como siempre. Todas suspiramos un poco y tratamos de esconder la tabla, nomás para que él no pensara que éramos raras. Pero no le importó.
—¿Jugando a la copa? Es jodido eso, a mí me da miedo, revalientes las pendejas —dijo. Y después la miró a su hermana—: Pendeja, ¿me ayudás a bajar de la camioneta unas cosas que les traje a los viejos? Mamá ya se fue a acostar y el viejo está con dolor de espalda…
—Qué ganas de joder que tenés, ¡es retarde!
—Y bueno, me pude venir recién a esta hora, qué querés, se me hizo tarde. Copate, que si dejo las cosas en la camioneta me las pueden afanar.
La Pinocha dijo bueno con mala onda, y nos pidió que esperemos. Nos quedamos sentadas en el suelo alrededor de la tabla, hablando en voz baja de lo lindo que era Leo, que ya debía tener como veintitrés años, era mucho más grande que nosotras. La Pinocha tardaba, nos extrañó. A la media hora, Julita propuso ir a ver qué pasaba.
Y entonces todo pasó muy rápido, casi al mismo tiempo. La copa se movió sola. Nunca habíamos visto una cosa así. Sola solita, ninguna de nosotras tenía el dedo encima, ni cerca. Se movió y escribió muy rápido, «ya está». ¿Ya está? ¿Qué cosa ya está? Enseguida, un grito desde la calle, desde la puerta: la voz de la Pinocha. Salimos corriendo a ver qué pasaba, y la vimos abrazada a la madre, llorando, las dos sentadas en el sillón al lado de la mesita del teléfono. En ese momento no entendimos nada, pero después, cuando se tranquilizó un poco la cosa —un poco—, reconstruimos más o menos.
La Pinocha había seguido a su hermano hasta la vuelta de la casa. Ella no entendía por qué había dejado la camioneta ahí, si había lugar por todos lados, pero él no le contestó. Se había puesto distinto cuando salieron de la casa, se había puesto mala onda, no le hablaba. Cuando llegaron a la esquina, él le dijo que esperara y, según la Pinocha, desapareció. Estaba oscuro, así que podía ser que hubiera caminado unos pasos y ya se perdiera de vista, pero según ella había desaparecido. Esperó un rato a ver si volvía, pero como tampoco estaba la camioneta, le dio miedo. Volvió a la casa y encontró a los viejos despiertos, en la cama. Les contó que había venido Leo, que estaba superraro, que le había pedido bajar algunas cosas de la camioneta. Los viejos la miraron como si estuviera loca. «Leo no vino, nena, ¿de qué estás hablando? Mañana trabaja temprano». La Pinocha empezó a temblar de miedo y decir «era Leo, era Leo», y entonces su papá se calentó, le gritó si estaba drogada o qué. La mamá, más tranquila, le dijo: «Hagamos una cosa: lo llamamos a Leo a la casa. Debe estar durmiendo ahí». Ella también dudaba un poco ahora, porque veía que la Pinocha estaba muy segura y muy alterada. Llamó, y después de un rato largo Leo la atendió, puteando, porque estaba en el quinto sueño. La madre le dijo «después te explico» o algo así, y se puso a tranquilizar a la Pinocha, que tuvo tremendo ataque de nervios.
Hasta la ambulancia vino, porque la Pinocha no paraba de gritar que «esa cosa» la había tocado (el brazo sobre los hombros, como en un abrazo que a ella le dio más frío que calor), y que había venido porque ella era «la que molestaba».
Julita me dijo, al oído, «es que a ella no le desapareció nadie». Le dije que se callara la boca, pobre Pinocha. Yo también tenía mucho miedo. Si no era Leo, ¿quién era? Porque esa persona que había venido a buscar a la Pinocha era tal cual su hermano, como un gemelo idéntico, ella no había dudado ni un segundo. ¿Quién era? Yo no quería acordarme de sus ojos. No quería volver a jugar a la copa ni volver a lo de la Pinocha.
Nunca volvimos a juntarnos. La Pinocha quedó mal y los padres nos acusaban —pobres, tenían que acusar a alguien— y decían que le habíamos hecho una broma pesada, que la había dejado medio loca. Pero todas sabíamos que no era así, que la habían venido a buscar porque, como nos dijo el muerto Andrés, ella molestaba. Y así se terminó la época en que hablábamos con los muertos.
miércoles, 4 de junio de 2025
Obituario Puertorriqueño, spoken word poetry by Pedro Pietri
OBITUARIO PUERTORRIQUEÑO
Trabajaron.
Estuvieron siempre a tiempo.
Nunca tardaron.
Nunca hablaron por detrás
cuando fueron insultados.
Trabajaron.
Nunca se tomaron un día libre
que no estuviera en el calendario.
Nunca fueron a un paro
sin permiso.
Trabajaron diez días a la semana
y sólo les fue pagado cinco.
Trabajaron.
Trabajaron.
Trabajaron
y murieron.
Murieron quebrados.
Murieron endeudados.
Murieron sin conocer cómo lucía el frente de la entrada
del first national city bank.
Juan
Miguel
Milagros
Olga
Manuel
Todos murieron ayer hoy
y morirán de nuevo mañana
pasando el cobrador de deudas
al pariente próximo.
Todos murieron
esperando porque el jardín del edén
estuviera de nuevo abierto
y bajo un nuevo gobierno.
Todos
soñando con que américa
los despertaría en medio de la noche
gritando: Mira Mira
tu nombre está en el ticket de los ganadores de la lotería
por cien mil dólares.
Todos murieron
aborreciendo las tiendas de comestibles
que los convencieron creer en hacer bifes
habichuelas y arroz a prueba de balas.
Todos murieron soñando con la espera y odiando.
Muertos Puertorriqueños
que nunca supieron que eran Puertorriqueños
que nunca tomaron un descanso de los diez mandamientos
para tomar un café
y MATAR MATAR MATAR
al terrateniente de sus quebrados cráneos
y comunicarse con sus almas latinas.
Juan
Miguel
Milagros
Olga
Manuel
Desde la quebradura nerviosa de las calles
donde los ratones viven como millonarios
y la gente no vive porque después de todo
está muerta ya que nunca vivió.
Juan
murió esperando que su número saliera.
Miguel
murió esperando que el cheque de la ayuda social
viniera se fuera y volviera a venir.
Milagros
murió esperando que sus tres chicos
crecieran y trabajaran
para que ella pudiera renunciar a trabajar.
Olga
murió esperando por un aumento de cinco dólares.
Manuel
murió esperando que su supervisor cayera muerto
así él podía acceder a la promoción.
Es un largo viaje desde el Harlem Español
hasta el cementerio de long island
donde ellos fueron enterrados.
Primero el tren
luego el ómnibus
y el frío corte para el almuerzo
y las flores
que pueden ser robadas
cuando el horario de visitas ha finalizado.
Es muy caro
Es muy caro
Pero ellos entienden
Sus parientes entendieron
Es un largo viaje que no da ganancia
desde el Harlem Español
hasta el cementerio de long island
Juan
Miguel
Milagros
Olga
Manuel
Todos murieron ayer hoy
y volverán a morir mañana.
Soñando
soñando con reinas con
una vecindad bien definida, blanca como lirio
escena Puerto sinricos
hogar de treinta mil dólares
el primero y más nuevecito del block.
Orgullosos de pertenecer a una comunidad
de gringos que los quieren linchar.
Orgullosos de estar a gran distancia
de la sagrada frase: Qué Pasa.
Esos sueños
Esos sueños vacíos
provenientes de hacer creíble el dormitorio
que les dejaron sus parientes
que es post efecto
de los programas de televisión
sobre la ideal familia blanca americana
con criadas negras
y porteros latinos
bien adiestrados
para hacer reír a todos
los cobradores de deudas
y a la gente que ellos representan.
Juan
murió soñando con un nuevo automóvil.
Miguel
murió soñando con un nuevo programa anti pobreza.
Milagros
murió soñando con un viaje a Puerto Rico.
Olga
murió soñando con las joyas reales.
Manuel
murió soñando con la lotería irlandesa.
Todos ellos murieron
como muere un héroe con ropa del distrito
en un sándwich
a las doce en punto de la tarde
las cenizas del número de seguridad social
se unieron para quitar el polvo de las deudas.
Ellos sabían
que habían nacido para llorar
y para mantener el empleo de los directores de pompas fúnebres
que prometen lealtad
a la bandera que quiere destruirlos.
Ellos vieron la lista de sus nombres en el directorio de la destrucción.
Ellos fueron en tren a ofrecerle
la otra mejilla a los periódicos
que deletreaban mal y pronunciaban mal
y no entendían sus nombres
y celebraban cuando la muerte llegó
y les robo el ultimo ticket de la lavandería.
Ellos nacieron muertos
y ellos murieron muertos.
Es tiempo
de visitar a la hermana lópez nuevamente
la curandera número uno
y una fortuna en distribución de tarjetas
en el Harlem Español.
Ella puede comunicarte
con tu pariente tardío
por un precio razonable
las buenas nuevas son garantizadas.
Levanten La Mesa. Levanten la Mesa
la muerte no es muda e inútil
Aquellos que te amaron querrán saber
el número correcto para jugar.
Háganselo conocer enseguida
Levanten la Mesa. Levanten la Mesa
la muerte no es muda e inútil.
Ahora vuestros problemas acabaron
y el mundo está desconectado de vuestros hombros
ayudad a aquellos que dejasteis atrás
procurando financiar la paz mental.
Levantad la Mesa. Levantad la Mesa
la muerte no es muda e inútil.
Si es correcto el número que golpeamos
todos nuestros problemas se partirán
y visitaremos tu tumba
en cada feriado.
Aquellos que te aman querrán saber
el número correcto para jugar.
Háganselo saber enseguida.
Sabemos que vuestro espíritu es capaz.
La muerte no es muda e incapaz.
LEVANTEN LA MESA. LEVANTEN LA MESA
Juan
Miguel
Milagros
Olga
Manuel
Odiando peleando y robando
rompiéndose las ventanas unos a otros
practicando una religión sin techo
El antiguo testamento
El nuevo testamento
de acuerdo con el evangelio
del rédito interno
el juez el jurado y el verdugo
protector y eterno cobrador de deudas.
Mierda de segunda mano para vender.
Aprendé cómo se dice: Cómo Está Usted
y harás una fortuna.
Ellos están muertos.
Ellos están muertos
y no regresaran de la muerte
antes de que dejen de descuidar
el arte de su diálogo
por lecciones de quebrado inglés
para impresionar a mister goldsteins
que les reserva el empleo
de lavaplatos porteros mensajeros
trabajadores de fábricas criadas empleados de acciones
empleados de embarque asistentes de correo
asistente para el asistente del asistente
asistente de lavaplatos y porteros con automática
sonrisa artificial
por el salario más bajo de todas las edades
y cólera cuando solicitas un aumento
porque está contra la política de la compañía
promover NUEVECITOS NUEVECITOS NUEVECITOS.
Juan
murió odiando a Miguel porque el auto
usado de Miguel estaba en mejores condiciones para correr
que su auto usado.
Miguel
murió odiando a Milagros porque Milagros
tenía un equipo de televisión color
y él no pudo tener dinero para uno.
Milagros murió odiando a Olga porque Olga
hacía cinco dólares más en el mismo trabajo.
Olga
murió odiando a Manuel porque Manuel
tuvo surte con su número muchas veces
que lo que ella había tenido suerte con los números.
Manuel
murió odiando a todos ellos
Juan
Miguel
Milagros
y Olga
porque ellos hablaban el quebrado inglés
más fluido que él.
Y ahora ellos están juntos
en el vacío del vestidor principal
adictos al silencio
alejados de los límites del viento
confinados a la supremacía de los gusanos
en el cementerio de long island.
Este es el groovy del más allá
la alcancía del protestante
que hablaba tan alto y orgullosamente
PUERTO RICO ES UN BELLO LUGAR
LA PORTORRIQUEÑA UNA HERMOSA RAZA.
Si sólo ellos
apagaran el televisor
y sintonizaran su propia imaginación
Si sólo ellos
usaran la supremacía blanca de las bíblias
como papel higiénico
y hacer de sus almas latinas
la única religión de su raza
Si ellos sólo
regresaran a la definición del sol
después de la primer nevada mental
en el verano de sus sentidos.
Si ellos sólo
mantuvieran sus ojos abiertos
en el funeral de sus compañeros de trabajo
que vinieron a este país a hacer una fortuna
y fueron enterrados sin calzoncillos
Juan
Miguel
Milagros
Olga
Manuel
ahora estarían haciendo sus propias cosas
donde la hermosa gente canta
y baila y trabaja junta
donde el viento es un extranjero
de miserable condiciones meteorológicas
donde vos no necesitas un diccionario
para comunicarte con tu gente
Aquí Se Habla Español todo el tiempo
Aquí primero saludas a tu bandera
Aquí aquí no hay dial para las sopas comerciales
Aquí todos huelen bien
Aquí los almuerzos televisivos no tienen futuro
Aquí el hombre y la mujer admiran el deseo
y nunca está cansado uno del otro.
Aquí lo que pasa es poder al Qué Pasa.
Aquí llamarte negrito
es llamarte AMOR.
lunes, 29 de julio de 2024
Escribir es elegir palabras, Martín Caparrós
Escribir es elegir palabras, quedarse con las que suman (y dicen algo de verdad) y borrar lo que sobra.
jueves, 13 de junio de 2024
Décimas pa' la tristeza (work in progress by Arelis Uribe)
Si un día despierto triste,
me pongo mi mejor ropa,
salgo, me tomo una copa
con mejor pizza que existe.
Si el chaparrón persiste,
pues agarro la guitarra
y con la Violeta Parra
tocamos una canción.
Se me entibia el corazón,
vuelvo como la cigarra.
Si un día no ando feliz,
me voy de paseo al bosque:
la naturaleza enrosque
y sane cualquier desliz.
Si el bajón sigue, Arelís,
a la playa los pasajes,
porque en Valpo los paisajes
curan dolor y tormento.
Se levanta el sentimiento,
es para el alma un masaje.
martes, 11 de junio de 2024
Nada más, poem by Oodgeroo Noonuccal translated from English by Daniela Trabuchi
no, yo no estaba en la plaza cuando una granada golpeó
sí, un ser querido fue herido ahí.
no, no dormí en un sótano
sí, llamaba por teléfono todas las noches a los que dormían ahí
no, no era un hombre y no me llevaron al campo
sí, vi a alguien salir de los cables con una bala en el pecho
no, no vi morir a nadie
sí, vi cadáveres flotando en el río
no, no me morí de hambre
sí, vendí un anillo de boda y compré pan y leche
no, nadie me obligó a salir de casa
sí, alguien cambió las cerraduras y se acostó en mi cama
no, no compré una pistola diminuta que vi en la tienda
sí, me gustó, cabía en mi cartera
no, no elegí la orilla del río en la que me encontraba por casualidad
sí, lo sé, podría aprender a nadar
no, no tenía miedo
sí, lloré viendo pasar los aviones
no, no me oían, estaba muy abajo
si, sabia que iban a tirar una bomba en tu patio trasero
no, de hecho no lo sabía, me preocupaba que pudieran hacerlo
sí, lo recuerdo todo
no, no hacía frío, era un verano precioso.
paseé a mi bebé en un cochecito y le canté
todo el día.
¿qué le cantaba?
sobre una nube y un pájaro
un deseo y una estrella,
la la la,
sí, nada más
lunes, 18 de marzo de 2024
Gabriela Mistral tuvo una hermana / Gabriela Mistral had a sister (oneiric poem by Arelis Uribe)
Querida hermana:
son las siete de la mañana,
la mamá te peina las trenzas
para mandarnos al colegio,
mientras hierve la tetera
y yo miro y miro el pancito
que arropa el queso
en el tostador.
Gabriela Mistral tuvo una hermana:
Emelina Molina Alcayaga,
fue maestra de Gabriela
y madre de una niña muerta,
todas crecieron en el campo como nosotras.
La mamá nos lleva a un parque,
donde jugamos a escondernos entre los árboles.
Mientras llegan a buscarnos,
nos sentamos en una banca
y tú recitas este poem:
Querida hermana,
son las siete de la mañana
y la mamá me peina las trenzas.
Me doy cuenta de que estoy soñando,
despierto a escribir tu poem
en la tapa de un libro viejo
a las tres de la madrugada.
Apoyo la cabeza en tu hombro,
lloro en mi sueño y digo:
Gabriela Mistral tuvo una hermana.
Sí, respondes, y yo soy la poeta.
Sonríes y yo lloro despierta
al recordar tus versos de infancia.
Dear sister,
it's seven in the morning
and mom braids your hair
while the kettle boils and I
intently watch the bread
that blankets a slice of cheese
in the kitchen toaster.
Gabriela Mistral had a sister:
Emelina Molina Alcayaga,
she was Gabriela's teacher
and the mother of a deceased baby girl,
they grew up in Queens like us.
Mom drives us to a park.
While we wait to be picked up,
we play hide and seek around the woods
and you recite this poem:
Dear sister,
it's seven in the morning
and mom braids my hair.
I realize it's a dream.
I wake up to write down your poem
on the cover of an old book
at three in the morning.
My head rests on your shoulder,
I cry in my dream and say:
Gabriela Mistral had a sister.
Yes, you reply, and I am the poet.
You smile, and I awaken crying
thinking of your verses from childhood.
miércoles, 6 de marzo de 2024
Ahora escribo décimas
A mi abuela costurera
En día de las obreras,
Ocho-Eme internacional,
en mi abuela excepcional
piensa mi cora sincera.
Dulce negra costurera,
manos ajadas de cloro,
su espalda en tal deterioro
por labrar como animal.
Rindo homenaje abismal
a su existencia de oro.
En la Crisis Librería
Esperamos en la puerta
Hasta que al fin es abierta.
Un retraso… ¡quién diría!
A seguir con alegría,
Mala sangre yo no me hago.
Empieza el taller de magos
Cuyos versos son hechizos
En el gran Valparaíso
La poesía es halago.
(29/02/24)
Con ingenieros mecánicos
De la P-U-C-V Quilpué
Nos saludamo' y después
Escribimos poems mesiánicos
Y armamos zines fantásticos
Porque queremos innovar.
Solo una idea voy a dar:
Reordenar lo que ya existe
Lo creativo así persiste
Solo se trata de jugar.
En mercado cardonal
¡Perdón! En mercado puerto
nos reunimos en concierto
por convide comunal.
De poesía original
no soy docta del asunto,
nomás traigo lo que apunto:
mis lecturas fascinantes,
de poetas, esas de antes,
pa' disfrutar en conjunto.
En esta noche de poetas
escribimos unas décimas
inspirás en las enésimas
Pedra, Gabriela y Violeta.
Poderosas y proletas,
sus versos son de un tierno
sabor matriarca y fraterno.
Quisiera escribir como ellas,
su obra es indeleble huella
y sus nombres, sempiternos.
Librería Catalonia
Nos ofrece una velada
De poesía rimada
Con singular parsimonia
Solo quiere esta demonia
Compartirles lo aprendido
Y menester requerido
Asimilar lo pendiente
En las semanas siguientes
Tal será mi cometido
A veces escribo décimas (Un verso me quedó corto, no me acusen a la Violeta).
miércoles, 14 de febrero de 2024
La métrica de la Lira Popular
Lira es un tipo de estrofa de cinco versos de la métrica española e italiana, compuesta de tres versos heptasílabos (siete sílabas) y dos endecasílabos (once sílabas) con la disposición 7a, 11B, 7a, 7b, 11B.
domingo, 3 de diciembre de 2023
Rododendro, short story by Chilean author Hernán del Solar
Las ciudades aprenden una canción y la cantan. De improviso, la olvidan.
Pero en mí hay una palabra apenas. Es como la canción que han aprendido las ciudades, porque vino de repente y se quedó conmigo. Sin embargo, no quiere irse. Ha envejecido como yo y me acompaña. Si estoy solo, aparece y me cuenta su historia. Siempre es la misma: una sola palabra.
Cierto es que estoy viejo y entonces me suceden cosas inverosímiles. Por ejemplo, construyo barcos y los meto en botellas de tamaños diferentes. Es un trabajo duro que se apodera de mis manos; pero lo demás queda libre. Puedo silbar, reconstruir el pasado, pensar en lo que viene o se va. Seguramente —mientras construía una goleta—se acercó aquella palabra por primera vez, saltó de mi memoria a los
labios y fue mi compañera.
Ahora la digo:
—Rododendro.
Conozco su significado, como el de otras que olvido y recuerdo y vuelvo a olvidar. Pero su significado nada importa desde que está conmigo. Antes representaba a un arbusto, bien lo sé. Ahora su imagen es distinta, sin olor ni forma.
Abro la ventana, a veces, y si el día es hermoso me digo con alegría:
—Rododendro.
Suena el reloj, la hora: Rododendro. No ocurre nada: rododendro. Y eso me indica que la soledad tiene sus palabras secretas y las enseña cuidadosamente a los solitarios.
Aquí es oportuno no olvidar mi soledad. La tengo vestida de ruidos distantes y figuras pasajeras. Cuando está desnuda, dormimos los dos. Y es una buena cosa dormir. Soy viejo. Pero escribir así no conduce a nada. He contado que construyo
barcos y que una palabra precisa me vino a ver una mañana y no se fue más. Ya es tiempo de decir que he hecho con esta palabra Empezaré por confesarlo brevemente: la he convertido en pez.
Ha sido, claro está, un trabajo lento. Tal vez no pueda describirlo con exactitud si no recuerdo cosas más antiguas. Porque la palabra no fue lo primero: antes hubo los barcos y también —como principio— el deseo de construirlos dentro de una botella. Entonces comenzaba a envejecer y pensaba a menudo en la soledad de más tarde. Iba todas las mañanas a mi oficina y encendíamos la luz desde temprano.
Mirábamos por la ventana y hacía frío a veces. Escribíamos en los grandes libros de cuentas. De repente alguno dejaba la pluma, restregaba sus manos y decía que no deseaba trabajar, que las mujeres son hermosas, que durante las vacaciones iría a los lagos del Sur.
Se habla rápidamente y no vale la pena recordar nada. Pero alguien dijo un día:
—Cuando esté viejo compraré un sillón y leeré todos los libros de que oigo hablar. No me aburriré como ahora.
Yo hojeaba entonces un folleto en que había barcos y nombres de ciudades. Lo guardé en mi bolsillo y anoté en seguida, como de costumbre, cifras pequeñas y grandes en mi libro. Es el trabajo. Se empieza a las ocho de la mañana, y cuando uno se levanta, abre los brazos y quiere descansar, ha acabado la tarde. Ahí está el sombrero, sale uno a la calle y camina.
“Algo he de hacer cuando esté viejo” —pensé vagamente, en mi casa, cuando regresaba del comedor hacia mi cuarto. Y saqué del bolsillo el folleto de la Compañía de Vapores. Cerré mi puerta, dejé de oír voces ajenas y un piano que suena siempre. Los barcos son bellos y las ciudades que se desconocen tienen nombres que gustan: Liverpool, Amsterdam, Barcelona. Después vino el sueño.
Pero hay noches que hablan. No son como las otras y se obstinan en contar lo que saben. Basta quererlo, y se abren los ojos en la oscuridad, se escucha a aquel que va por la calle, al que tose en la pieza vecina. Y se oye hablar a la noche.
Entonces, me dijo:
—¿Qué harás cuando estés viejo? Los barcos son bonitos desde la antigüedad. El que compra un sillón y lee, pierde la vista, se queja. Hay trabajos que divierten y el pensamiento hace lo que quiere entretanto. Viajar es difícil cuando no hay dinero. ¿Mujeres? ¿Alegría? ¿Liverpool? Los años caen sobre el cuerpo y el deseo desaparece.
Así habló, desordenada, la noche, repitiéndose hasta que dejé de oírla. Y al despertar creí no haber dormido; pero todo lo había olvidado y esto le ocurre al que duerme. No obstante, recordé algo de súbito, cuando vi sobre la mesa el folleto de los barcos. “¿Qué harás cuando estés viejo?”
Lo supe de repente y lo tuve en la memoria hasta el día necesario.
Fue un día de agosto y cuando entonces sucedió ya lo conocía. También había pensado en esto muchas veces. Estuvimos todos reunidos y el jefe de la oficina levantó una copa, señalándome. Yo oía sonar mi corazón y respiraba apenas. Me miraban y yo no quería ver a nadie, cabizbajo, con las manos caídas, escuchando.
—Es un ejemplo de lealtad —decía el jefe— y su nombre va a quedar entre nosotros. Ha envejecido en el trabajo de esta casa.
La señorita mecanógrafa olía a felicidad. Siempre he adivinado la dicha junto a su perfume, y ahora sonaba mi corazón y yo apretaba los puños pensando en lo que había de responder al jefe.
—Nos deja —decía— y su descanso es merecido porque de invierno a invierno ha estado entregándonos su vida con la constancia de la hormiga y de la abeja…
El contador me miraba y asentía sonriendo levemente. Y aquel que aspiraba a leer todos los libros comía con lentitud un trozo de sardina con pan.
—Levanto mi copa —decía— y les pido a todos que me acompañen porque…
No habló más el jefe y todos aguardaron. Entonces, dije lo que ya no recuerdo.
Me abrazó la mecanógrafa, estreché las manos que me tendían, y flaqueaban mis piernas cuando salí.
Era libre. Tenía algún dinero para envejecer y morir en alguna parte. ¿Dónde? Exactamente, donde he vivido muchos años. Una casa de huéspedes, con su puerta angosta, su escalera que cruje, y mi cuarto al fondo de un pasillo.
—Señora —le dije esa tarde—, desde ahora estaremos juntos. En tantos años, puede asegurarse que somos amigos. No dejaré su casa.
—¿No trabajará más? —preguntó la patrona—. ¡Bien ganado el descanso que le corresponde! Nunca le he visto faltar a su trabajo. Pero, ¿no teme aburrirse?
Sonreí con alegría porque ahora era dueño de mi secreto y en adelante podría disfrutarlo sin prisa.
—Trabajaré —le dije—. Mis manos no sabrían estar ociosas.
Y crucé el pasillo, abrí la puerta de mi cuarto, miré hacia la calle desde mi ventana, sentí el aire de la tarde como nunca lo sintiera. Libre, absolutamente libre, y con una ambición para hacer dichosas a mis manos en largas horas de soledad. Empecé a construir barcos. Los primeros se rompían de pronto, cuando los tenía en la botella. Había sido penoso construirlos, tan pequeños y frágiles; y se rompían de pronto, en la botella, cuando tendía una vela blanca, cuando alzaba un mástil.
Meneaba la cabeza, todo lo abandonaba, y al otro día trabajaba de nuevo, animoso, callado, pensando en tantas cosas que se olvidan, que se recuerdan, que no sirven de nada; pero que gustan cuando se fabrica un bergantín minúsculo.
Después mis manos conocieron el oficio. Eran diestras y manejaban alegremente los instrumentos, cortaban la madera, pulían los costados de la nave, pintaban los finos palos, introducían en la botella cada pieza del barco tan limpiamente que todo no era sino un juego feliz.
—Son lindos, es cierto —me dijo una mañana la patrona—; pero ya no hay dónde ponerlos. ¿Por qué no los vende? Muchos querrían comprarlos.
—¿Venderlos?
Entonces cerré mi puerta a todos. Cada día limpié mi cuarto sin ayuda de nadie. Y expliqué:
—Hay tanta cosa frágil, que prefiero asear yo mismo. Si alguna se rompiera, sufriría. A los viejos se les perdona, ¿verdad?
Estuve tranquilo entre mis barcos. Eran numerosos y míos, por todas partes, en sus botellas transparentes. Los miraba durante la noche, cuando iba a dormirme, y les ponía nombres venturosos.
Algunos representaban de modo perfecto la historia secreta de mi felicidad. Otros tenían el color y la forma de la desdicha; mirándolos, pensaba en la dolorosa aventura que persigue a alguien cada día.
Conversaba con ellos. Les preguntaba qué eran, de dónde llegaban. Me respondían de alguna manera, de proa a popa, quietos y hermosos. Después empezaba a desvestirme, apagaba la luz, y eso es la noche. Por la mañana, apenas despierto, veía andar el sol desde la ventana a una botella. Alargaba su dedo amarillo y lo detenía en una arboladura. Después lo paseaba por los mástiles vecinos, y pronto
resplandecían las jarcias de todas las naves.
No me movía. Era dueño de mi tiempo y podía mirar las botellas, distraerme de súbito y recordar la oficina oscura en que encendíamos la luz temprano, o pensar en otra cosa que sucedió y estaba perdida. Todo esto es curioso. Uno está lleno de palabras y poco a poco se reúnen a contar un día de la niñez, una risa que sonó en la tarde olvidada, ahora presente y dichosa de nuevo.
O bien escapa alguna y queda como el abejorro zumbando alrededor. Ha venido de repente y nada. Es puro sonido hasta que se va.
Una vez entró de la calle una palabra inglesa, que alguien, agitando una mano, gritó como despedida. La palabra se posó en el muro, o entre los aparejos de una carabela, y al otro día echó a volar por mi memoria. Después se marchó. Pero cuando vino ésta, en vano quise olvidarla.
Rododendro.
Es lenta y tenaz. Oigo el sonido de sus élitros y la pierdo de improviso. ¿Se ha marchado? Entonces vuela desde el rincón y gira en torno de mi cabeza. La digo en alta voz. La canto con una música que sólo a ella le pertenece, mientras pulo con el vidrio una proa esbelta. La dejo reposar. Y en cualquier momento —corren los días— la tengo a mi lado. Siempre ha estado aquí y asoma de repente. Es el rumor, tal vez, que hace la soledad para que yo sepa que me acompaña.
—Está bien —le digo—, no te irás. Pero vamos a vivir de otra manera: juntos y mirándonos.
Me voy por la ciudad en busca de un trozo de madera. No debe ser sino como lo deseo y he de andar mucho para encontrarlo. Aquí está, por fin. Lo tomo cuidadosamente, lo envuelvo en un pañuelo de colores, lo guardo y me alejo.
En mi cuarto, cierro la puerta, me siento a la ventana y lo miro.
Rododendro.
Sonrío larga, largamente. Nadie piensa que un solitario sonríe con un trozo de madera en la mano, mientras sube por la escalera un olor a cocina, y una palabra está latiendo en la sangre, en la vida, en los labios que no la pronuncian porque sonríen nada más.
Rododendro.
Eso es: rododendro.
Abandono los barcos y no me ocupo del sol, por las mañanas, cuando los acaricia. En las noches no les digo venturosos nombres.
Están solos en la botella verde, en la botella amarilla, en la botella blanca, por todas partes.
Yo trabajo pensando en el pez. Vienen los días, se van. No importa. ¿Acaso tengo prisa? Quiero construir la forma exacta: un cuerpo largo, los ojos redondos, sorprendidos, y la ondulación de las aletas. ¿Pez martillo? ¿Pez espada? ¿Pez volador?
Rododendro.
Lo llamé así desde antes de nacer. Y ahora está vivo en su botella ancha como una redoma. Me mira su ojo inmóvil. Camino por el cuarto y me detengo. Me mira siempre allí donde estoy. Es la primera vez que me sucede: está mirándome desde la botella y dentro de mí.
—Estamos solos —me dice—. Estaremos solos hasta después.
Entonces pienso que estas palabras no son suyas. Las va diciendo una voz en mí, secretamente; son mis propias palabras y nada importan. Podría decir otras, si me esforzara. Pero oigo hablar de pronto. Me mira su ojo inmóvil y escucho. “Solos hasta después”.
Me acerco a contemplarlo y callo. Está en la redoma y súbitamente sé que me habla. Es él, y su voz viene desde mi vida. Pienso ahora que los hombres aman a las mujeres, que los barcos atraviesan el mar y entran en los grandes puertos. Hay el ruido del mundo. Alguien comienza a cantar porque es feliz. Y otro dice: “Nos
hemos querido siempre”. Y aquel está bebiendo con sus amigos, conoce la risa, entra en los teatros. Todos los teléfonos hablan. Y los automóviles salen de la ciudad, corren por los caminos: es el verano. Están las voces en los parques, unidas, y las manos se estrechan, los labios se buscan, los cuerpos saben ser dichosos.
¿Dónde?
Rododendro, en su botella, todo lo ha perdido. Estamos solos y nos parecemos: olvidados en la pieza de los barcos.
—Calla —le digo—. Si tuviéramos imaginación, cerraríamos los ojos para ver cosas más bellas.
Rododendro entorna su ojo inmóvil. No. Son los míos, que se cierran un rato.
Comienzo a odiarle. Entonces me llaman a comer y bajo la escalera.
—¿Ha trabajado mucho? —pregunta la patrona.
Muevo la cabeza, sin mirarla, y sé que todos sonríen.
Somos siempre los mismos: la patrona y yo, en los extremos de la mesa; el boticario que huele a tabaco y habla en voz baja; los estudiantes bulliciosos; Alicia, que trabaja en la tienda de un francés y canta canciones de la ciudad.
Comemos y charlamos. Es decir, yo escucho, sonrío, y miro por la ventana abierta la sombra de un árbol en la noche. Está el verano en el patio oscuro y una rama se agita débilmente. El rumor de la casa vecina viene hasta la ventana y se aleja. Es una vida que no nos pertenece.
—Nunca le veo salir a caminar un poco —me dice el boticario—.
Es saludable. Para vivir largos años hay que comer sin prisa, dormir profundamente, algunas horas, y pasear todos los días.
—Las noches se han hecho para algo —declara, sonriendo, un estudiante.
—Hasta que llega una noche y nos dice: “me han hecho para que duermas” —murmura el boticario sin levantar los ojos, ahogando después un lento suspiro entre el bigote que blanqueaba. Ríen los estudiantes. La patrona amenaza con un dedo corto, grueso, de uña roja. Alicia se encoge de hombros y mira, como yo, por
la ventana.
Nos levantamos con lentitud y dejamos que los estudiantes se alejen. Cuando comienzo a subir la escalera, el boticario me dice:
—Es un buen consejo: camine todas las mañanas.
Vuelvo atrás y me siento en un sillón, a su lado.
—¿No juega ajedrez? —me pregunta.
No sé nada. No conozco los juegos. He vivido de otra manera y ya es tarde.
—Estoy contenta de verle aquí, con nosotros —me dice la patrona, que comienza a tejer para un invierno desconocido y ya exigente.
—Sube a su cuarto apenas come y ya no se le ve hasta el otro día —murmura el boticario—. Hay que tener presente a la salud. Los hombres que han vivido mucho…
Yo veo, por un espejo —al fondo de la sala— cómo Alicia está ovillada en un sillón y lee una revista. Tiene en la mano un lápiz. A menudo alza los ojos y piensa. Después escribe rápidamente y se diría que es feliz. Poco a poco, cuando se ha movido, una pierna baja por el sillón. Aparece la rodilla. Es redonda.
—Necesito una palabra de cuatro letras —nos pide con ansia.
La patrona busca entre sus recuerdos.
—Amor —responde con una risa breve.
El boticario inclina la cabeza, murmura entre dientes y ríe despacio, con timidez
—No me sirve —exclama Alicia.
—¿Por qué ha reído? —pregunta la patrona al boticario—. Tenía cuatro letras.
—He reído porque una mujer no encuentra nunca otra palabra —dice el boticario.
—¿Y cuál es la que encuentra el hombre?
—Trabajo, por ejemplo —contesta el boticario, removiéndose, inquieto, en su silla.
—No tiene cuatro letras —murmura Alicia, burlona.
Entonces hablamos de las palabras que preferimos. Alicia abandona la revista, el lápiz, y cubre su rodilla con gesto rápido.
—Digamos la palabra que nos gusta— propone.
Todos buscamos un instante por entre los muebles, junto a la lámpara, en el suelo.
—Primavera —dice la patrona.
—Trabajo —murmura, obstinándose, el boticario.
—Felicidad —ha dicho Alicia.
Y todos esperan mi palabra.
—Rododendro —voy diciendo lentamente, y escucho en mí el latido de un secreto que se traiciona.
—Bella palabra. Extraña tal vez, pero bella —declara la patrona, mirándome fijamente, deseosa averiguar si no he mentido.
—No es extraña. Rododendro es un arbusto que da flores rosadas, en los parques —explica el boticario.
Le observo con asombro y empiezo a reír, meneando negativamente la cabeza.
—Rododendro es un pez —digo con energía.
—¿Un pez?
—Y un pez que habla —aseguro sin mirar a nadie.
Fui hasta entonces un hombre tranquilo y bondadoso para el boticario; me hablaba, acogedor, y era animadora su cortesía; pero ahora se levanta y no le reconozco la voz dura, violenta:
—Se burla de nosotros. Los peces no hablan. Rododendro es…
No le escucho. Comienzo a subir la escalera y crujen los peldaños.
Siento, conmigo, el perfume Alicia. ¿Dónde ha estado otra vez? Ha vivido a mi lado y lo recuerdo.
Entonces me abrazó la mecanógrafa y después fui libre: eso es.
—No le ha comprendido —murmura Alicia—. Hay hombres que no saben reír. Rododendro parece un pez y no una planta.
—Es un pez —repito— que habla a quien lo escucha.
Y subimos hasta mi puerta. Sonríe, ruega que bajemos, me habla del verano y de la alegría.
—Entremos —le digo—. Va a verlo como yo. Es un pez de madera; pero vive.
Alicia ríe con júbilo y calla de pronto, ante a los barcos.
—¡Qué hermosos! —me dice—. ¡Cuántos hay! Oí hablar de ellos y nunca me atreví a pedirle que me dejara subir.
Cierro la puerta y me acerco a la botella que es como una redoma, señalándola. Después me aparto, porque ella se aproxima. Y la veo inclinarse delante de mí, para mirar a Rododendro que nos vigila con su ojo quieto.
Tiene los hombros desnudos y la nuca blanca. Unos cabellos pequeñitos caen hacia los lados, y el perfume entra en mí suavemente.
Va a erguirse de nuevo, y será todo.
Cerrando los párpados, la beso. Cuando se vuelve y está hablándome, la beso en la boca. Su perfume baja por mi garganta y se anuda en mi pecho con lentitud, estremeciéndome.
La oigo reír y no sé qué palabras diría ahora. Aprieto los puños caídos; escucho una puerta que han cerrado, lejos; miro a Alicia que no se va.
—Es la palabra de cuatro letras que buscaba: ¡beso! —me dice entre la risa.
Entonces desaparece. Estoy solo de nuevo y tal vez pudiera llorar vuelto hacia el muro. Pero cierro la puerta y me quedo escuchando. Nada. La noche y los barcos, por todas partes, en sus botellas transparentes. Más allá, Rododendro, que ha juntado su ojo oscuro. Es hora de dormir. Somos viejos.
*
"Rododendro" pertenece al volumen de cuentos La noche de enfrente, de Hernán del Solar, 1952.
Hernán del Solar (Santiago, 1901 - 1985) Premio Nacional de Literatura 1968
Escritor y periodista chileno que destacó en su faceta de crítico literario y como autor de cuentos infantiles. Estudió en el Colegio de La Salle y asumió siendo muy joven un cargo directivo en la Editorial Zig-Zag; posteriormente colaboró como crítico en Atenea, Pro Arte, El Debate, La Nación y El Mercurio, entre otras publicaciones. Ejerció además la cátedra de redacción en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Como traductor, dio a conocer a escritores como Aldous Huxley o Nikos Kazantzakis. Pero fue en el ámbito de la crítica donde más
sobresalió, con obras como Índice de la poesía chilena contemporánea (1937), La poesía chilena en la primera mitad del siglo XX (1953), Breve estudio y antología de los Premios Nacionales de Literatura (1965) y Premios Nacionales de Literatura (1975). Desde 1947 publicó casi una cincuentena de cuentos infantiles en
Zig-Zag y Rapa Nui; de ahí que se le conociera como "El Andersen chileno".
sábado, 18 de noviembre de 2023
Decálogo del artista, Gabriela Mistral
I. Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.
II. No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando a su semejanza.
III. No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el natural alimento del alma.
IV. No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino ejercicio divino.
V. No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas, porque la Belleza es virgen, y la que está en las ferias no es Ella.
VI. Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el primero.
VII. Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el corazón de los hombres.
VIII. Darás tu obra como se da un hijo: restando sangre de tu corazón.
IX. No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista.
X. De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño, e inferior a ese sueño maravilloso de Dios, que es la Naturaleza.
lunes, 11 de septiembre de 2023
RIMA XXI, little poem by Gustavo Adolfo Bécquer
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, better known as Gustavo Adolfo Bécquer, was a Spanish Romantic poet and writer, also a playwright, literary columnist, and talented in drawing. Born: February 17, 1836, Seville, Spain
Died: December 22, 1870, Madrid, Spain.
jueves, 15 de junio de 2023
Me lo contaron ayer, poem by Rafael de León
Me lo contaron ayer
las lenguas de doble filo
que te casaste hace un mes
y me quedé tan tranquilo
Otro tonto en mi caso
se hubiera puesto a llorar,
pero yo cruzándome de brazos
dije que me daba igual
No voy a pegarme un tiro
o te llenaré de maldiciones
ni apedrearé con mis suspiros
las rejas de tus balcones
Qué te has casado, buena suerte
ojalá que vivas cien años contenta
y que a la hora de tu muerte,
Dios ni te lo tome a cuenta
Y si al subir por el altar
mi nombre se te olvidó
juro por la gloria de mi madre
que no te guardo rencor
Porque aquel que no fue tu amigo
ni tu novio ni tu amante
es quien más te ha querido
y con eso, con eso tengo bastante.
sábado, 3 de junio de 2023
«DIGO QUE NO MURIÓ», poem by Idea Vilariño.
Digo que no murió
yo no lo creo
-no lo dejaron ver por el hermano
y tantas otras cosas-
y además,
cómo morirse el Che
cuando quedaba tanta tarea por hacer
cuando tenía que recorrer la América Latina
hermoso como un rayo incendiándola
como un rayo de amor,
destruyendo y creando,
destruyendo y creando como en Cuba.
Qué iba a morirse el Che, qué va a morirse.
Pero esa foto atroz…aquella bota,
como partía el alma aquella bota
la sucia bota y norteamericana
señalando la herida con desprecio.
No hay que creerlo. Hubo tantas contradicciones
-no lo dejaron ver por su hermano-
y lo dieron por muerto tantas veces.
¡Qué iba a morirse el Che!
viernes, 19 de mayo de 2023
La señorita Luisa y su curso de 12 mil habitantes
Luisa Tamayo estudió en las extintas Escuelas Normalistas y dejó su Santiago natal para enseñar a leer en la escuela rural de Codegua, un pueblo que no aparecía en el mapa y de donde llegó a ser regidora. Después del ‘73, fue perseguida por militante y educadora. Luisa se salvó de la dictadura; la educación no.
Luisa Tamayo (78) hace clases en el mismo pueblo desde los años 50. Donde quiera que va, la saludan con un “¡Señorita Luisa! ¿Se acuerda de mí? Yo fui alumno suyo”. En 1976 esa anécdota llegó al extremo. Dormía con su marido y la puerta sonó con golpes fuertes. Eran los militares. Con la vista vendada y junto a otros secuestrados, los llevaron a un terreno baldío. Los golpearon y les aplicaron electricidad. “Me preguntaban cosas, de mi marido, de mí. Fue terrible. Me aplicaron corriente en las manos. Me hacían tomar unos alambres con corriente y yo los soltaba altiro y el militar me retaba qué se imagina, tómelos de nuevo. Entonces yo le digo ¿por qué me trata tan mal si usted no me conoce? Y él me dice, no te vengas a hacer la linda, porque yo te conozco. Y cuando habla, yo le conozco la voz. Ése había sido alumno mío”.
Luisa ha dedicado más de 50 de sus 78 años a enseñar a leer a los estudiantes de Codegua, un pueblo chico y algo olvidado en la Sexta Región. Con sus 12 mil habitantes, no destaca por sus méritos escolares. Es la única escuela pública para varones en Codegua y Luisa Tamayo se esmeraba para que estos pequeños aprendieran cosas que sus padres campesinos nunca pudieron.
Luisa se formó en las ya extintas Escuelas Normalistas, que poseían un método de formación de profesores cuyos ejes están vigentes en países como Finlandia: una profunda vocación de ingreso, complementada con clases teóricas y prácticas desde los primeros años de formación. En la Escuela Normal de Luisa, la pedagogía se impartía en seis años a jornada completa, con práctica observada desde el primer nivel. Era educación pública, gratuita y de calidad, en palabras de Luisa, características que hoy ella ya no reconoce en Chile.
Aunque está jubilada, en el 2012 la invitaron a nivelar a niños de primero a sexto año que no sabían leer. Como profesora especializada en alfabetización, que incluso desarrolló su propio silabario, la situación era terrible y ejemplificadora de las carencias de un modelo educativo que progresivamente se ha instalado en las aulas chilenas. Los profesores, piensa ella, no enseñan porque en realidad ellos mismos reciben una pésima formación. Para Luisa, giros como la municipalización, el lucro y el cierre de las Escuelas Normalistas en pos de que cualquier institución pueda impartir la pedagogía, han mermado el sistema educativo, lo que se puede reconocer en un gesto tan sencillo como que niños de diez años no tengan idea de cómo se hace una letra manuscrita.
Como buena profesora, Luisa no es adinerada. Nunca lo ha sido, sus padres también fueron profesores. En su casa de niña en Santiago Centro, se comía lo que había y siempre se hablaba de política, de arte, y de educación. Su niñez la pasó dibujando y jugando a ser profesora con su hermana gemela, Odilia. Fueron nueve hermanos en total y la necesidad obligó a la mamá de Luisa a dejar de trabajar y convertir su casa en un colegio de nueve alumnos. De los nueve hermanos, siete se convirtieron en profesores.
Luisa entró a la Escuela Normal de Recoleta con su gemela. Egresó a los 21 años y le costó encontrar trabajo. “Un día me encontré con una profesora de la Escuela Normal y me dice, mijita, ¿todavía no empiezas a trabajar? No, le respondo, es que no he encontrado dónde. Me ofrecen algo en Codegua, pero no sé dónde queda, no he podido encontrarlo en el mapa. Y ella se larga a reír y me dice, pero si yo soy de Codegua, mijita”.
PUEBLO CHICO
Era el año 58 y Luisa se instaló en una pensión. Quería tener un perfil bajo, no quería pololear ni hacer vida social, quería dedicarse a enseñar. No había pasado un año y la profesora ya estaba involucrada en la formación de centros culturales y en una escuela para alfabetizar a los apoderados de su colegio. Pero pueblo chico, infierno grande, Luisa encontró su primer enemigo: un latifundista que no veía con buenos ojos que sus peones aprendieran a leer. Entonces trató de sacarla del camino de diferentes formas.
-Yo no sabía, pero incluso le pagó a jóvenes para que me sedujeran, porque en esa época, si una no estaba casada y se embarazaba, perdía el trabajo- recuerda Luisa.
Entre los muchos jóvenes que se le acercaron, la abordó Ismael Mena, huaso de campo, siete años menor que ella y que no terminó el colegio. “Yo sé que usted no quiere pololear, por eso yo me quiero casar con usted”, le dijo. Después de cortejarla por un tiempo, comenzaron a pololear y en menos de un año Luisa e Ismael se casaron. Tuvieron tres hijos y un matrimonio que duró hasta la muerte de Ismael, hace un par de años. Sin sospecharlo, la honesta admiración y afición de Ismael por Luisa sacó del camino a los huasos que perseguían a la profesora por la plata del latifundista.
En sus más de 40 años de casados, se apoyaron mutuamente. Luisa le enseñaba y celebraba la naturaleza inquieta de Ismael, que reparaba la casa y aprendía oficios con facilidad. Él la estimuló siempre, incluso cuando Luisa, durante la primera campaña presidencial de Allende, dejó atrás su hermetismo político y se lanzó como regidora de Codegua. Fue electa con la primera mayoría y desde entonces no sólo estuvo a cargo de enseñar a leer en la escuela pública, ahora estaba dentro del grupo que podía decidir sobre cuestiones más profundas. Se pavimentaron calles, se creó alumbrado público y se propuso la iniciativa que más la enorgullece: promover que Codegua se separara de Graneros y fuera una comuna independiente. El año 70 fue reelecta. El dueño del fundo se indignó todavía más. “Este pueblo se volvió puro comunismo”, dijo antes de abandonar el pueblo para siempre.
Ésa era la Luisa de 1973, profesora de escuela pública, regidora por el partido comunista y con fama de preocuparse por Codegua. Aunque el latifundista nunca más la molestó, en el año del golpe aparecieron nuevos problemas en su vida.
El mismo año 73 detuvieron a Ismael. Ella, por miedo a represalias mayores, prefirió entregarse. Dejó a sus hijos con su suegra e ingresó a una prisión custodiada por monjas en Rancagua. Como eran convictas políticas y no comunes, la relación con las monjas era más horizontal y menos violenta. “A los tres meses me dijeron que me iban a liberar. Me llevaron a la intendencia y estuve allí por horas, sin comer y con un milico haciéndome burla porque no aparecían mis papeles, lo que significaba que yo iba a desaparecer. Buscaron por horas y finalmente llega el milico y me dice, Señora Luisa, sus papeles no aparecen, pero le vamos a dar la libertad por una sola razón: sabemos de muy buena fuente que usted está embarazada. Pero la embarazada, en realidad, era mi hermana gemela”. Ese futuro sobrino, sin saberlo, salvó a Luisa de la desaparición.
Luisa bajó el perfil, pero la dictadura encontró nuevas formas de hacerse presente. “Después de salir de la cárcel, también me sacaron de la escuela. Tomaron a un profesor que trabajaba en una escuela particular y le dieron a él mi lugar en la escuela pública. Fue tan humillante. Tenía que ir a pie al colegio privado, ocho kilómetros de ida y ocho de vuelta, todos los días durante seis años. Menos mal que era buena para caminar”.
Mientras Luisa padecía la dictadura en lo cotidiano, Pinochet tomaba decisiones que repercutían a nivel nacional. La municipalización, que profundiza la brecha entre colegios de comunas ricas y pobres; el incentivo a la privatización de la educación superior, que tiene como consecuencia una enorme cantidad de universitarios endeudados, entre otros antecedentes, que explotaron en las demandas estudiantiles de 2006 y 2011.
Los años en que Luisa enseñó a leer a los hijos de los peones en la escuela pública de Codegua coinciden con el período en que los gobiernos chilenos tuvieron una política de Estado cuya meta era la alfabetización de las clases más pobres del país. Luisa recuerda: “siempre trabajé con cursos numerosos, con muy buenos resultados. La prueba está en que muchos de los niños que yo enseñé siguieron en la universidad. Ahora no se conocen niños que sigan estudiando acá en Codegua. No hay”. Hoy, Luisa y el modelo educativo que la formó están jubilados. Ella lo hizo voluntariamente; con la educación, en cambio, fue una cuestión forzosa.
The Clinic, 24 de Junio de 2014
El colombiano que ama locamente a Chile
César Dionisio es fanático de Chile. Es colombiano, pero desde chico que vive como chileno exiliado en su propio país. Su pasión empezó en el colegio, cuando le enseñaron historia de Latinoamérica y la de Chile -ésa que quieren cambiar en los libros- le pareció tan interesante como la Roma de Augusto. Desde entonces que soñó con viajar y conocer el Chile de Pinochet.
“Leí en ciencias sociales lo que pasó entre el 73 y el 90 y me llamó demasiado la atención, los desaparecidos, la economía, la política, la gente organizada para resistir”. En esa historia, César se identificó con los perdedores del golpe. Porque siempre, no importa la disciplina o el país, César apoya al equipo que juega de rojo. También en el fútbol. “A mis diez años, cuando veía partidos en la tele, siempre apoyaba a Chile. Cuando ganaban, era feliz; cuando perdían, lo que era la mayoría del tiempo, sufría”.
En años sin Google, César leía diarios colombianos buscando a jugadores chilenos. Así supo que muchos cambiaban su camiseta roja por la blanca de Colo Colo. “De a poco entendí la rivalidad con los otros equipos y le agarré fobia al azul. Cuando salía a jugar a la pelota, mis amiguitos decían ‘yo soy de Nacional’, ‘yo de Millonarios’, ‘yo de América’ y yo decía que era del Colo Colo de Chile. Era raro, sin haberlos visto jamás en vivo, yo vivía como un niño chileno de once años, pero desde lejos”.
“POR FIN ME COMÍ UN COMPLETO”
La banda sonora del exilio de César la protagonizan Los Prisioneros. Los conoció a los cinco años, por un casete que había en su casa. A los 18 se encontró con Víctor Jara y Violeta Parra, a los 20 con Inti Illimani e Illapu. “Yo pensaba qué bacán la música, qué letra tan social, qué buena onda, y luego descubrí que muchas de esas canciones venían de Chile. Como que todos los caminos me guiaban allá”.
César quería estar en Chile, pero no tenía plata para viajar. Su consuelo era leer el papel digital de La Tercera todas las mañanas, ver a Los Prisioneros cuando estuvieron en Bogotá el 2002 o ir a La Fuente Chilena, el asilo gastronómico de los chilenos en Colombia. Allí ahogaba sus penas en chicha, con sus amigos chilenos que lo hacían sentir más cerca de su patria adoptiva. Allí también conoció a Eugenio, un chileno que tenía un grupito folclórico del que César fue el vocalista por casi un año. Con chupalla y poncho, al ritmo de “Chile, Chile lindo”, cantaba en eventos importantes, incluso una vez se presentaron ante el canciller chileno en Colombia. La alianza musical terminó por un cahuín de platas que incluía a la mamá de Eugenio y una demanda por pensión alimenticia. Un final bien a la chilena.
En el mapa metafísico de César, todas las rutas desembocan en Chile. No importa lo que haga, Chile se le aparece. En el 2005 recibió la señal definitiva. Su tía, que también vivía en Bogotá, se fue a vivir a Viña del Mar. “Junté plata y me fui. Llegué el 26 de diciembre, fue el mejor regalo de navidad de mi vida y el clímax de esta especie de película que ha sido mi camino a Chile… Cuando subí al avión, la musicalización de esa escena era Tren al Sur de Los Prisioneros: no ves que estoy contento, no ves que voy feliz, viajando en este… avión”, cuenta.
Una vez en Chile, el chileno exiliado le dio paso al colombiano turista: estuvo en el Reloj de Flores, posó frente a Salvador Allende en La Moneda y se tomó fotos en el Metro. “Hice lo típico y por fin me comí un completo. Después fui a La Victoria y a la tumba de Víctor Jara, que para un turista normal no tiene ningún atractivo, pero para mí fue increíble porque sé lo que significan. Incluso cada 16 de septiembre pongo una foto de Jara en mi perfil para homenajearlo”.
Con techo donde llegar, viajar fue más fácil. Volvió en el 2009, con pasaporte colombiano pero con más calle chilena. Ya no le cobraban de más en los taxis porque le hablaba a los choferes como chileno y andaba por las calles capitalinas usando su polera de Colo Colo. De ese viaje, se trajo su recuerdo favorito: la serie Los ‘80. “Le dije a mi familia que teníamos que verla y ahora están súper metidos, dicen ‘ay, qué va a pasar en el próximo capítulo’. Además nos parecemos a ellos, también somos tres hijos y mi hermano chico es como Félix, es muy divertido, porque en el capítulo del bigote, a mi hermano también se le estaba notando. Y ahora le decimos, ‘buena, Félix’”.
“Y VA A CAER”
En Los ‘80 César vio escenas de marchas y movilizaciones, que compara con las que hubo durante el 2011. “Cuando veo a los estudiantes, pienso en Los ‘80, en esas escenas de organización social reclamando la democracia. Que nuevamente cientos de miles se movilicen, ahora por una mejor educación y calidad de vida, es bonito e inspirador. Acá en Colombia también hubo un pequeño movimiento estudiantil, en sus marchas izaban banderas chilenas, reconociendo la motivación que ustedes les entregan”.
César conoce a los protagonistas del conflicto y aunque Adimark no lo considera en sus encuestas, opina igual que el 70% de los chilenos que desaprueban al presidente. “Me carga Piñera, escucharlo ya es una experiencia desagradable, por su discurso neoliberal y xenófobo y por esa arrogancia típica de la derecha chilena. Se cumple la ley de que entre más inapropiada es una persona para desempeñar un cargo, más se sostiene. Lo digo también por Hinzpeter y Labbé. Es espantoso que gente así esté gobernando”.
Comprometido con las demandas estudiantiles, viajó de nuevo a Chile para marchar durante el período más candente del movimiento. “Los resultados me van a beneficiar, porque si tengo un hijo chileno quiero que tenga educación gratuita y de calidad”. Por eso gritó “y va caer, y va caer la educación de Pinochet”, aguantó lacrimógenas y corrió por su vida.
¿Qué piensa tu familia de tu fanatismo chileno?
-Lo único que les preocupa es que los pasajes de avión son muy caros. Aunque igual aprenden porque les enseño sobre la idiosincrasia de los chilenos. De hecho, a veces sé más que los chilenos de su propio país. Para las presidenciales, yo sabía más de MEO, Arrate y Piñera que mi tía que vive en Chile. Como que ella no estaba ni ahí, se dedicaba al trabajo, a su hija y a comprar su marraqueta.
¿Y si te vienes a Chile para siempre?
-Sí, me gustaría, pero no tengo prisa. Primero tengo que terminar mi carrera, tengo 26 años y llevo nueve estudiando derecho. Después saldría de Colombia. Igual quiero seguir estudiando, no sé si en Europa o Brasil, pero me tinca Chile porque tendría harto terreno ganado. El problema es que cuesta mucha plata, eso sí que lo sé, que allá en Chile la educación no es gratis.
The Clinic, 2 de Abril de 2012
jueves, 18 de mayo de 2023
Verso por la niña muerta, song and poem by Violeta Parra*
Cuando yo salí de aquí
Dejé mi guagua en la cuna,
Creí que la mamita luna
Me la iba a cuidar a mí,
Pero como no fue así
Me lo dice en una carta
Pa'que el alma se me parta
Por no tenerla conmigo;
El mundo será testigo
Que hei de pagar esta falta.
La bauticé en la capilla,
Pa'que no quedara mora;
Cuando llegaba la aurora
Le enjuagaba las mejillas
Con agua de candelillas
Que dicen que es milagrosa.
Mas se deshojó la rosa;
Muy triste quedó la planta,
Como quedó la que canta
Su pena más dolorosa.
Llorando de noche y día
Se terminarán mis horas,
Perdóname, gran señora,
Digo a la virgen maría
No ha sido por culpa mía,
Yo me declaro inocente,
Lo sabe toda la gente
De que no soy mala maire,
Nunca pa'ella faltó el aire
Ni el agua de la vertiente.
Ahora no tengo consuelo
Vivo en pecado mortal,
Y amargas como la sal
Mis noches son un desvelo;
Es contar y no creerlo,
Parece que la estoy viendo,
Y más cuando estoy durmiendo
Se me viene a la memoria;
Ha de quedar en la historia
Mi pena y mi sufrimiento.
En otras ediciones (como la de Casa de las Américas), este poem se titula "Cuando yo salí de aquí", con un subtextito "Verso por confesión".
jueves, 20 de abril de 2023
El amor, poem by Idea Vilariño
Un pájaro me canta
y yo le canto
me gorgojea al oído
y le gorgojeo
me hiere y yo le sangro
me destroza
lo quiebro
me deshace
lo rompo
me ayuda lo
levanto
lleno todo de paz
todo de guerra
todo de odio de amor
y desatado
gime su voz y gimo
ríe y río
y me mira y lo miro
me dice y yo le digo
y me ama y lo amo
—no se trata de amor
damos la vida—
y me pide y le pido
y me vence y lo venzo
y me acaba y lo acabo.
Ya no, poem by Idea Vilariño
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.
Poema sobre mis Derechos, by June Jordan
Incluso esta noche necesito dar un paseo y aclarar
mi cabeza sobre este poema acerca de por qué no puedo
salir sin cambiar mi ropa mis zapatos
mi postura corporal mi identidad de género mi edad
mi estatus como mujer sola en la noche/
sola en las calles/ estar sola no es la cuestión/
la cuestión es que no puedo hacer lo que quiero
hacer con mi propio cuerpo porque soy del sexo
equivocado de la edad equivocada de la piel equivocada y
supongo que no fue aquí en la ciudad sino allá en la playa/
o lejos en el bosque y quería ir
allí yo sola para pensar sobre Dios/ o pensar
sobre las criaturas o pensar sobre el mundo/ todo ello
al amparo de las estrellas y el silencio:
no pude ir y no pude pensar y no pude
estar allí
sola
tal como necesitaba estar
sola porque no puedo hacer lo que quiero hacer con mi propio
cuerpo y
quién demonios organiza las cosas
así
y en Francia dicen que si el tipo te penetra
pero no eyacula entonces él no me violó
y si después de apuñalarle si después de destrozar
con un martillo su cabeza si incluso después de eso si él
y sus colegas me follan después de eso
entonces es que yo lo consentí y no hubo
violación porque finalmente comprendes finalmente
que me follaron porque había algo equivocado en mí había algo
malo de nuevo en ser yo estando donde estaba/ algo malo
por ser quien soy
exactamente igual que en Sudáfrica
penetrando en Namibia penetrando en
Angola y eso significa, quiero decir, cómo sabes si
Pretoria eyacula cómo será la evidencia la
prueba de la eyaculación del monstruo abusador sobre las Tierras Negras
y si
después de Namibia y si después de Angola y si después de Zimbabwe
y si después de todos mis parientes y las mujeres resisten incluso
a la auto-inmolación de los pueblos y si después de eso
perdemos pese a todo qué dirán los grandes señores, ¿pedirán mi consentimiento?:
¿Me sigues?: somos la gente equivocada
con la piel equivocada en el continente equivocado y por qué
demonios está todo el mundo siendo tan razonable sobre esto
y de acuerdo al Times de esta semana
allá por 1966 la CIA decidió que tenía este problema
y que el problema era un hombre llamado Nkrumah así que
lo mataron y antes de él fue Patrice Lumumba
y antes de él fue mi padre en el campus
en mi escuela de la Ivy League y el miedo de mi padre
de entrar en la cafetería porque dijo que
él era alguien equivocado de la edad equivocada de la piel equivocada de
la identidad de género equivocada y él pagaba mi matrícula y
antes de eso
fue mi padre diciendo que yo era alguien erróneo diciendo que
yo debí haber sido un chico porque él quería uno/ un
chico y yo debería haber tenido una piel más clara y
que yo debería haber tenido el pelo más lacio y que
a mí no me deberían gustar tanto los chicos pero en cambio yo sí debería
haber sido un chico/ un chico y antes de eso
fue mi madre rogando cirugía plástica
para mi nariz y un aparato para mis dientes y diciéndome
que dejara los libros que los dejara en otras
palabras
Son muy familiares para mi los problemas de la CIA
y los problemas de Sudáfrica y los problemas
de la Empresa Exxon y los problemas de la
América blanca en general y los problemas del profesorado
y de los predicadores y del FBI y de las
trabajadoras sociales y de mi Mamá y de mi Papá/ Me son muy
familiares esos problemas porque esos problemas
resultan que soy
yo
Yo soy la historia de la violación
Yo soy la historia del rechazo de quién soy
Yo soy la historia de la reclusión aterrorizada
dentro de mí
Yo soy la historia de las agresiones físicas y las ilimitadas
tropas contra cualquier cosa que quiero hacer con mi mente
y con mi cuerpo y con mi alma y
ya sea salir por la noche
o ya sea el amor que siento o
ya sea la santidad de mi vagina o
la santidad de mis fronteras nacionales
o la santidad de mis líderes o la santidad
de cada uno de los deseos
que conozco de mi personal e idiosincrático
e indiscutiblemente único y singular corazón
Yo he sido violada
porque he sido alguien equivocado el sexo equivocado la edad equivocada
la piel equivocada la nariz equivocada el pelo equivocado
la necesidad equivocada el sueño equivocado la geografía equivocada
la manera de vestir equivocada yo
yo he sido el significado de la violación
yo he sido el problema que todo el mundo quería
eliminar con penetraciones
forzadas con o sin evidencias viscosas y/
pero deja que este poema sea inequívoco
no es consentimiento yo no consiento
a mi madre a mi padre a mi profesorado
al FBI a Sudáfrica a Bedford-Stuy
a Park Avenue a American Airlines a los vagos
problemáticos de las esquinas a los piropeadores furtivos
de los coches
No soy alguien equivocado: Equivocada no es mi nombre
Mi nombre es mío mío mío
y no puedo decirte quién demonios organiza las cosas así
pero puedo decirte que desde ahora mi resistencia
mi sencilla y diaria y nocturna autodeterminación
puede perfectamente costarte la vida
Este poema está extraído de un libro inédito en castellano: Directed by Desire: The Collected Poems of June Jordan (2005).




