1896
Manuel Rojas Sepúlveda nace el 8 de enero en Buenos Aires, Argentina, en la calle Combate de los Pozos 1678, ubicada en el actual barrio Parque Patricios; hijo de Dorotea Sepúlveda González, talquina, comerciante de artículos usados, y Manuel Rojas Córdoba, zapatero, santiaguino.
Ambos padres eran de origen campesino y tuvieron una existencia nómade, emigraron a Argentina en busca de mejores oportunidades. Manuel heredaría esa característica: «Mis padres eran un poco vagabundos –escribió–, como yo lo he sido».
1897 – 1902
Después de vivir en la modesta casa en la que nació, se traslada junto a sus padres a Chile. El viaje lo hacen en vehículo desde Mendoza hasta Puente del Inca y de ahí a lomo de mula hasta Juncal, luego nuevamente en vehículo hasta Los Andes. Sus padres instalan un almacén en Santiago, en la esquina noroeste de Nataniel Cox y Coquimbo.
A los 36 años, el 17 de noviembre de 1900, fallece su padre en el hospital San Vicente de Paul.
1903 – 1904
Su madre, viuda y con escasos recursos, decide volver a Buenos Aires, convencida de que allí podrá darle una mejor educación formal a su único hijo. Viven primero en una casa de inquilinato –término argentino usado para las casas donde se arriendan piezas– ubicada en la calle Rincón, actual barrio Balvanera. Luego se trasladan a otra ubicada en la calle Estados Unidos del barrio Boedo y al poco tiempo se mudan a la calle Colombres 721, en el mismo barrio.
1905
El niño Manuel asiste a varios colegios muy lejanos los unos de los otros, en las calles Triunvirato y Luzuriaga de los barrios Chacarita y Barracas: «Esa sensación de espacio –recordará más tarde– no la puede percibir el que ha vivido solo en un barrio; pero yo que además de lo indicado trabajé a los diez años en un oficio que me obligaba a recorrer todos los alvéolos bonaerenses, tengo de mi ciudad una sensación… de cuyos límites no se conoce sino el congruente con el río. Los demás son infinitos».
1906
Es matriculado en la Escuela Campero, actual Escuela Martina Silva de Gurruchaga, ubicada en calle Boedo 657, muy cerca de su casa.
1907
Se mudan al barrio Caballito y asiste, como alumno interno y por un breve período, al Colegio San Carlos.
Entre las diferentes mudanzas y escuelas realiza numerosos trabajos para ayudar a su madre: ayudante de sastre, mensajero, asistente en una talabartería…
1908
Junto a su madre se va a vivir a la ciudad de Rosario, donde asiste transitoriamente a otro colegio.
Leyendo folletines a la dueña de la casa donde viven, desarrolla el gusto por la lectura. Lee novelas de aventuras, especialmente las de Emilio Salgari y Julio Verne.
1909
A los trece años abandona los estudios, alcanzando solo el equivalente a sexto grado. Consigue trabajo, primero como aprendiz de carpintero y luego en las maestranzas del Ferrocarril Central Argentino en Rosario.
En esta ciudad ve por primera vez películas de cine mudo, proyectadas al aire libre al frente de su casa, en la plaza General López. Más tarde se apasiona por las obras de Chaplin.
1910
Se muda junto a su madre a Mendoza; hace de figurante en una ópera y de policía en un circo, luego se emplea como electricista, pintor de brocha gorda y en la vendimia de la zona.
No deja su gusto por la lectura y conoce a los primeros anarquistas que le recomiendan libros de Víctor Hugo, Vargas Vila y Eduardo Zamacois.
1911
Contratado por el Ferrocarril Trasandino que une Mendoza a Los Andes, se va a trabajar a la cordillera Alta. Trabaja como ayudante de carpintero en la construcción de cobertizos de madera y zinc que protegen la línea férrea de rodados, entre las estaciones Las Cuevas y Puente del Inca. En ese lugar conoce a otro peón chileno apellidado Laguna, protagonista de su primer cuento.
1912
Le ofrecen seguir trabajando para el Ferrocarril Trasandino y decide bajar a Mendoza a comprar ropa para invernar a dos mil doscientos cuarenta metros de altura en la estación Las Leñas, pero de vuelta la compañía ferroviaria desconoce ese compromiso, negándole el pasaje. Debe retornar a pie a Las Leñas para recuperar un colchón y dos frazadas: «Una fortuna para un obrero como yo, aunque allí no fui más que un peón». Una vez en Las Leñas decide continuar a pie hasta Chile. Cruza la cordillera de noche en medio de una tormenta de nieve y llega a Santiago el 29 de abril, junto a Laguna.
Se aloja por unos meses en La Peluquería del Pueblo, atendida por los ácratas Teodoro Brown y Víctor Garrido, ubicada en el barrio Mapocho. Se involucra en grupos libertarios y trabaja como aprendiz de pintor en una fábrica de carruajes.
Aparece su primer escrito en el periódico La Batalla, se titula «Efraín Plaza Olmedo», defiende allí la acción violenta –a la que más tarde se opondrá– y lo firma con el seudónimo de Tremalk Naik, nombre de un personaje de Emilio Salgari.
1913
Llega su madre de Mendoza. Hay indicios ciertos de que esta era, al menos, simpatizante del movimiento libertario y que fue apoyada por sus redes solidarias en los lugares en que residió.
En el Centro de Estudios Sociales Francisco Ferrer, Manuel conoce al poeta mártir José Domingo Gómez Rojas. De esa época recuerda: «Estimulado por [Gómez Rojas] empecé a escribir poesías y produje las peores que se hayan escrito en el hemisferio sur… ¿Valía la pena que aquel joven insistiera en el cultivo de la poesía y del cuento? Seguramente, no, habrían contestado; pero yo insistí y cuatro o cinco años después fui presentando, como poeta joven, a la edad de veintidós años, en la antología de Los Diez».
Conoce al escritor José Santos González Vera, quien será el compañero de toda su vida, también a Antonio Acevedo Hernández, pionero de la dramaturgia social. En agrupaciones teatrales de obreros participa como actor eventual y especialmente como consueta, oficio que lo acompañará buena parte de su juventud.
1914
Su vida se hace inestable y en más de una ocasión es detenido. Luego de un incidente entre maleantes y anarquistas huye a Valparaíso. Pasa la noche sentado en una banca de la estación Bellavista: «Poco a poco –recuerda– amaneció y Valparaíso y el mar aparecieron. Creí, de pronto, que aquella ciudad que surgía en el alba había sido hecha para mí, durante esa noche, cerro por cerro, quebrada por quebrada, rancho por rancho, casa por casa». En el puerto se aloja en el cerro Bellavista en casa del Marusiña, «el apóstol de los anarquistas»: José Encarnación Novoa Orellana, retratado por Carlos Pezoa Véliz en su libro Alma chilena.
Trabaja como guachimán o cuidador nocturno de faluchos y estibador, experiencias que son relatadas en su primera novela: Lanchas en la bahía. Sigue escribiendo para el periódico La Batalla y, paralelamente, trabaja como corresponsal del diario La Protesta de Buenos Aires. En diciembre de 1914 participa en un motín por el alza de las tarifas de los tranvías del puerto. Es arrestado, de la Sección de Detenidos pasa al juzgado donde es dejado en libertad.
1915
Vuelve a Santiago y se instala en el barrio Matta. Continúa trabajando como consueta para teatros obreros. Conoce a varios pintores de la llamada Generación del 13, como Andrés Madariaga, Guillermo Vergara, Exequiel Plaza, Abelardo Bustamante y Pedro Luna. De ellos recuerda: «Dudo que hayan existido en Chile, en ese tiempo o antes o después, individuos de tan doliente y a la vez tan atrayente simpatía, tan dotados y al mismo tiempo tan sacrificados… Después de haberlos conocido quedé con la convicción de que la peor de las bohemias es en Chile la de los pintores».
Viaja al balneario de Cartagena a pintar casas, acompañado por varios compañeros necesitados.
1916
Junto a González Vera, Gómez Rojas, Acevedo Hernández, Juan Tenorio, Arturo Zúñiga y Alfredo Valenzuela crea El Círculo de los Siete, sobre el que comenta: «¿Y qué iba a hacer El Círculo de los Siete? Lo que hace o pretende hacer todo grupo de escritores jóvenes: publicar una revista. No era una iniciativa extraordinaria. Lo que sí era extraordinario era que la iniciativa surgiera de un grupo que no tenía con qué hacer cantar a un ciego. Pero eso no era obstáculo para El Círculo de los Siete. Ya que no podíamos editar una revista impresa, haríamos una manuscrita. Sobre el número de ejemplares no hubo discusión alguna: uno y gracias».
1917
La revista Pacífico Magazine le encarga dos reportajes, redacta entonces sus primeros trabajos periodísticos que tratan del Matadero Modelo y de La Vega Central de Santiago.
Aparece su poema «Gusano» –bajo el título de «Soneto»– en la antología de poesía publicada por el afamado grupo Los Diez.
1918
Su poema «Abs» se publica en la revista Selva Lírica, la que el año anterior le había dedicado una reseña, entre los poetas «Acráticos» de la nueva generación, en la famosa antología Estudios sobre los poetas chilenos.
Se incorpora a diferentes compañías teatrales como apuntador y, ocasionalmente, como actor; viaja con la compañía de Alejandro Flores al sur de Chile, llegan hasta Chiloé. Sobre esos días recuerda este diálogo: «–Una compañía de teatro necesita actores, actrices, un apuntador, un traspunte, utilero, maquinista. Tú lees bien, puedes ser apuntador; no tenemos. Aniceto no se atreve a preguntar si le pagarán: está enterado de que rara vez ganan algo más de lo necesario para cubrir los gastos y en general tienen que irse de los teatros como a escondidas. Pero tampoco le importa si no le pagan nada».
1919
Trabaja como encuadernador en el diario La Opinión y luego aprende el oficio de linógrafo en la revista e imprenta Numen. Participa activamente del movimiento estudiantil opuesto a una nueva guerra con el Perú y al desmantelamiento de las organizaciones obreras.
Escribe algunas obras dramáticas que terminan perdiéndose. Lee el Eclesiastés y filosofía, especialmente a Schopenhauer; crea el grupo Los Cansados de la Vida, de corta existencia.
Algunos de sus poemas se publican en las revistas Numen y Juventud, esta última de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH).
1920
Luego del violento asalto a la FECH, por parte de los conservadores, estos se dirigen en la noche con igual propósito a la imprenta donde trabaja. Temiendo ser expulsado de Chile y deportado a Argentina –por no tener sus papeles de nacionalidad–, se incorpora como consueta a la compañía de teatro de Casimiro Ros y Alejandro Flores, con la que recorre nuevamente el sur de Chile, pero esta vez llega hasta Punta Arenas, ciudad donde la compañía quiebra.
1921
La Beneficencia Pública lo traslada en barco de vuelta a Santiago: «Regresé a Santiago como impedido, con un certificado donde decía que yo estaba loco…».
Ya instalado en la capital, trabaja como apuntador de la compañía teatral de Arturo Mario y María Padín, con ellos viaja a Valparaíso y luego a Argentina y Uruguay. Durante su viaje envía algunas crónicas que se publican en la revista Claridad.
A su paso por Mendoza y gracias a Miguel Lauretti –linógrafo argentino que había conocido años antes–, la revista mendocina Ideas y Figuras publica una recopilación de sus poemas con el título de Poéticas.
1922
Luego de la disolución de la compañía teatral que lo empleaba, permanece en Argentina, instalándose en Banfield, a las afueras de Buenos Aires, junto a su primera pareja: la actriz Dalila Barrios, exmujer del actor cómico Evaristo Lillo.
Consigue trabajo de linotipista en una imprenta de calle Corrientes en el centro de la ciudad, donde se imprimen los diarios La Época y La Patria degli Italiani.
Queda cesante y participa en el concurso de cuentos del diario La Montaña: obtiene el segundo premio con su relato «Laguna», donde narra su estadía en la cordillera. Este concurso se considera el origen del Grupo literario de Boedo.
1923
En Buenos Aires vive en la localidad de Lanús con Máximo Jeria con el que desarrolla una estrecha amistad. Trabaja entre las siete de la tarde y las tres de la mañana en imprentas localizadas en las calles Callao, Belgrano y Avenida de Julio.
Participa de la floreciente vida cultural bonaerense; en sus teatros ve danzar a Tórtola Valencia, cantar a Titta Ruffo y actuar a grandes figuras nacionales e internacionales, como «La Argentinita», María Guerrero, Miguel Lamas y Florencio Parravicini.
Consigue nuevamente un segundo lugar, esta vez en el concurso de la revista Caras y Caretas con su cuento «El hombre de los ojos azules». Luego, esta misma revista y El Suplemento publican sus relatos «Un espíritu inquieto» y «El cachorro».
1924
Llega a Chile por tercera vez, en esta oportunidad acompañado de su pareja Dalila Barrios con quien vivirá hasta 1926.
Los reconocimientos que obtuvo de la prensa bonaerense lo motivan para incursionar de lleno en la narrativa: continúa escribiendo relatos breves inspirados en su propia experiencia y en las historias de bandidos y cuatreros que le contara su madre durante su infancia.
Se integra activamente a la joven generación política e intelectual de los años veinte, conoce a Gabriela Mistral y Pablo Neruda, con este último firman una proclama en contra del movimiento militar que derrocó al presidente Alessandri y que instalará más tarde la dictadura de Ibáñez del Campo.
1925
Sigue trabajando en compañías teatrales, al tiempo que labora como linógrafo en la Imprenta Cervantes que publica El Diario Ilustrado, y en la del Partido Comunista que edita el periódico La Justicia dirigido por Luis Emilio Recabarren. Conoce ahí a Elías Lafertte.
Es llevado detenido junto al personal de dicho diario y encerrado en una celda unipersonal; al declarar que nació en Buenos Aires por poco es expulsado del país, de no ser por su amigo González Vera.
1926
A través de Gabriela Mistral y Eduardo Barrios conoce a la maestra y poeta María Baeza con quien establece una relación sentimental epistolar.
Varios de sus cuentos se publican en las primeras páginas de los diarios La Nación y El Mercurio. Gracias a la intervención de Eduardo Barrios, quien le presenta al editor Carlos George Nascimento, aparece su primer libro de relatos: Hombres del sur, el que goza de una excelente crítica.
1927
Parte de gira por el norte del país como apuntador en la compañía dirigida por Enrique Aguirrebeña, la que divulga obras históricas chilenas. El itinerario de la compañía incluye La Serena, Ovalle, Copiapó, Chañaral, Iquique, Antofagasta…, hasta llegar a Tacna. En el viaje escribe algunos poemas que luego serán publicados con el título de «Poemas del Norte». El grupo se disuelve y al regresar a Valparaíso se incorpora a una compañía española dirigida por Ramón Caralt.
Comienza a colaborar con ensayos y críticas en la revista Atenea de la Universidad de Concepción, colaboración que se mantendrá por más de tres décadas.
La editorial Nascimento publica Tonada del transeúnte, una recopilación de sus poemas. A petición del director del diario El Mercurio, Carlos Silva Vildósola, escribe La Ciudad de los Césares en forma de folletín.
1928
En septiembre se casa en Los Andes con María Baeza, la que ha terminado la Escuela Normal. La pareja se instala en una casa de la calle Santiago Concha del barrio Matta.
Trabaja de tipógrafo y luego es nombrado redactor de planta del diario La Nación: durante un año escribe varios artículos semanales en su edición vespertina llamada Los Tiempos y que firma con el seudónimo de Pedro Norte. Sus artículos tratan de temas muy diversos: de política y literatura, de cine, de ciencia y hasta de turismo y deporte.
Actúa en el filme La calle del ensueño de Jorge «Coke» Délano, haciendo el papel de un arriero cordillerano. El filme obtiene el máximo galardón en la Feria Internacional de Sevilla de 1928-1929.
Eduardo Barrios, quien era director de la Biblioteca Nacional, le tiende nuevamente una mano y se emplea como bibliotecario tercero. Ahí se codea con otros escritores e intelectuales, como Benjamín Subercaseaux, Ricardo Latcham y Mariano Picón Salas, los que forman el Grupo Índice.
1929
El 29 de marzo muere su madre y en junio nace su hija María Eugenia. Inicia la escritura de sus memorias, que luego publicará en su libro Imágenes de infancia.
Publica la colección de cuentos El delincuente en la que aparece «El vaso de leche», uno de sus relatos más conocidos; el libro gana los premios Marcial Martínez de la Universidad de Chile y Atenea de la Universidad de Concepción.
Por esos años, lee intensamente poesía y a los clásicos rusos –especialmente a Dostoievski, Tolstoi y Gorki–, también se apasiona por las obras de Kipling, Panait Istrati y Samuel Butler.
1930
Se traslada al barrio Ñuñoa, vive en las calles Ossa, Lyon, Coventry y Dr. Johow; en agosto nace su hijo Patricio. Pasa los fines de semana en La Obra en casa de la familia Baeza y desde allí hace largos paseos solitarios por la precordillera.
Presenta su primera novela Lanchas en la bahía al concurso del diario La Nación. En esta novela cuenta sus experiencias laborales y amorosas en Valparaíso; crea el personaje llamado Rucio del Norte, alter ego de Gyp Nolan, protagonista de la novela El delator del irlandés Liam O’Flaherty.
1931
Es nombrado jefe de las Prensas de la Universidad de Chile. En su oficina de la Casa Central, en la que trabaja junto a su secretaria Aura Salces y al poeta Francisco Pezoa, mantiene una intensa vida intelectual, no deja de leer y de corregir pruebas de imprenta.
Tras la renuncia del dictador Carlos Ibáñez del Campo, se entera de que su novela Lanchas en la bahía había obtenido, un año antes, el primer premio en el concurso del diario La Nación.
Junto a sus amigos: Juan Gandulfo, González Vera y Sergio Atria, participa como editor de la revista Claridad.
1932
En enero nace su hija menor María Paz.
Crea junto a González Vera, Sergio Atria, Santiago Ureta, Abraham Schweitzer y Jorge Jiles el periódico Célula, que interviene en la agitada contingencia política, marcada por la corta proclamación de la llamada República Socialista de Chile. El periódico es varias veces víctima de la censura.
Comienza a colaborar con el diario Las Últimas Noticias y se publica Lanchas en la bahía con un prólogo de Alone.
1933
Lee vorazmente, desde literatura clásica hasta filosofía y psicoanálisis, se interesa especialmente por las obras de Sigmund Freud y Bertrand Russell.
Continúa su labor de ensayista y crítico en la revista Atenea, allí publica varios ensayos sobre escritores, además de sus «Divagaciones alrededor de la poesía», en las que estudia la poesía novísima de los años treinta.
1934
Se dedica a su mujer y a sus tres hijos, con ellos logra salir a veranear a Cáhuil, pueblo de salinas de la provincia de Colchagua.
Recibe desde Buenos Aires la visita de su amigo Enrique Espinoza –intelectual y editor de la revista Babel, que antes lo había puesto en relación con Horacio Quiroga–, con el que luego comparte su admiración por Trotski y la promoción de las redes culturales latinoamericanas a través de proyectos editoriales.
Publica en Nascimento el libro Travesía, con el subtítulo de Novelas breves.
1935
En diciembre muere la esposa de su amigo Máximo Jeria, en momentos en que Jeria se embarcaba desde Honduras hacia Perú, por lo que acoge a los cuatro hijos del matrimonio en su casa; entre ellos, a Ángela, madre de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet.
Compone a mano e imprime en las prensas de la Universidad de Chile Canciones para ellos, libro de poemas de su mujer María Baeza. Obsequia a poetas y escritores un ejemplar con su respectivo nombre impreso. El poemario es alabado por la crítica.
1936
El 23 de agosto fallece abruptamente su esposa de una simple bronconeumonía. Queda viudo y a cargo de sus tres pequeños hijos; consigue trabajo como corrector de traducciones en la editorial Ercilla.
Crea junto a Enrique Espinoza la revista Onda Corta, que se da por misión la defensa de la cultura en medio de la guerra civil española y el auge del fascismo. Entre los colaboradores de esta publicación destacan: Ricardo Latcham, Ernesto Montenegro, Marta Vergara y la filósofa española María Zambrano.
Es elegido presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH). Hace una gira por el sur, en compañía del poeta y folclorista Tomás Lago, para dar conferencias.
Se publica en forma íntegra La ciudad de los Césares, obra que también es editada en Estados Unidos por el profesor Roberto Benaglia de la Universidad de Stanford.
1937
Es reelegido en el cargo de presidente de la SECH y edita, nuevamente junto a Enrique Espinoza, la revista homónima donde escribe destacados ensayos sobre Horacio Quiroga y José Martí. Organiza, junto a su colega Alberto Romero, el primer congreso de escritores de Chile.
1938
La editorial Ercilla publica su libro De la poesía a la revolución, en él reúne algunos de sus ensayos sobre literatura y política, aparecidos previamente en las revistas SECH y Atenea.
Trabaja los fines de semana como vendedor de cartillas en el Hipódromo Chile, empleo que desempeñará durante diecisiete años hasta jubilarse: «De canillero –recuerda– pasé a lo que se llama “desarrollo”, o sea, el intrincado camino de las cartillas jugadas. Manejé durante años una máquina sumadora eléctrica que imprimía, gracias a un teclado de diez números…, el número de la cartilla ganadora y la cantidad ganada. Muchos días de fiesta y festivos y muchos días de vísperas de festivos y de fiestas quedaron sepultados allí».
1939
Es nombrado redactor de planta del diario Las Últimas Noticias, ejerciendo nuevamente el periodismo, pero esta vez de manera ininterrumpida durante siete años. Ahí publica varias columnas semanales sobre temas muy diversos y especialmente sobre la Segunda Guerra Mundial; entrevista a destacados intelectuales, médicos, antropólogos y naturalistas.
«De mi trabajo como periodista –comenta– he estado siempre agradecido, aunque los sueldos que gané no merecieron nunca mi agradecimiento. Escribiendo para un diario…, el escritor, si está poco tiempo en eso, gana en dos aspectos importantes: en primer lugar, en destreza para el manejo de los temas e ideas y en segundo lugar en composición y en vivacidad de lenguaje… Si puede, como en el caso mío, escribir solo sobre lo que le gusta o interesa, la ganancia será mucho mayor, ya que los temas que trate pueden servirle después para su trabajo literario, o por lo menos le ampliarán los puntos que llegarán a interesarle».
1940
Desarrolla un gran entusiasmo por la ornitología, la astronomía y el andinismo. Forma parte del Club Andino de Chile; emprende varias excursiones a la cordillera Central, especialmente a los cerros y quebradas del Cajón del Maipo. En estos años entabla amistad con Luis Cuevas Mackenna, administrador de los fundos de San Juan de Pirque, y con el escritor Álvaro Yáñez (Juan Emar).
Extiende sus lecturas sobre ecología y se apasiona por las obras de Hudson, Thoreau y Darwin. En Las Últimas Noticias escribe múltiples crónicas sobre pájaros y exploradores, así como sobre sus propios viajes y excursiones, parte de estas serán posteriormente recopiladas en su libro A pie por Chile.
Es invitado por María Romero a publicar sus críticas de cine que escribe para Las Últimas Noticias, pero esta vez en la revista Ecran, especializada en el séptimo arte.
1941
Se casa con Valérie López Edwards, con la que vivirá más de veinte años; la pareja se instala en la que será su casa definitiva, diseñada por el arquitecto y pintor Guillermo Ulriksen y ubicada en la calle Llewellyn Jones del barrio Los leones.
Continúa colaborando estrechamente con el grupo Babel, junto a González Vera, Ernesto Montenegro, Ezequiel Martínez Estrada, Luis Franco y Enrique Espinoza. En la revista del grupo aparecen su poema mayor: Deshecha rosa, dedicado a su difunta mujer, y las primeras versiones de su novela Hijo de ladrón.
1942
Acompaña en su viaje por el sur de Chile al escritor norteamericano Waldo Frank, quien había sufrido en Buenos Aires un atentado fascista, por ser judío y promover un frente antifascista. Relata los pormenores de este viaje en sus columnas de Las Últimas Noticias. Frank se refiere a él como «El andariego Sherwood Anderson de los Andes que ha hecho poesía con lo más natural y lo más prosaico».
La Universidad de Chile publica su bigrafía de «José Joaquín Vallejo», en un libro que analiza el movimiento literario de 1842. Dedica la mayor parte de los próximos ocho años a escribir lo que será su obra cumbre: Hijo de ladrón, que lleva inicialmente por título Tiempo irremediable.
1943
Asiste regularmente a los estrenos del Teatro Experimental de la Universidad de Chile y escribe interesantes críticas sobre sus puestas en escena.
Eduardo Teachel y O’Higgins Palma, sus compañeros del Club Andino de Chile, lo invitan a la Masonería: por algunos años participa de la logia Germinación y publica un escrito sobre la iniciación.
La editorial Cruz del Sur, creada por sus amigos republicanos españoles: Arturo Soria y Mauricio Amster, publica su libro de cuentos El bonete maulino.
1944
En sus columnas de Las Últimas Noticias y en sus escritos en la revista Babel analiza y comenta las crisis nacionales y las batallas y masacres de la Segunda Guerra Mundial. Escribe destacados reportajes sobre la situación social del pueblo chileno y sus condiciones de salud, así como ensayos sobre las dictaduras estalinista y fascistas en Europa.
1945
Se hace construir una casa en el balneario de El Quisco, diseñada por el arquitecto catalán de Neruda: Germán Rodríguez Arias; conoce a los pescadores locales y recrea al llamado El Lobo –alcalde de mar de la caleta El Quisco– como personaje de sus narraciones.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, deja su trabajo de periodista en Las Últimas Noticias.
1946
Junto a su esposa mantiene una rica vida social e intelectual. En las tertulias a las que invita a sus amigos escritores y artistas, les lee los borradores de sus novelas y les comenta sus lecturas: en especial de Proust, Faulkner, Thomas Mann y D. H. Lawrence.
Por su conocido interés sobre los pueblos originarios y la antropología, se le invita a escribir el prólogo del libro del médico francés Stephen Chauvet: La isla de Pascua y sus misterios.
1947
Se publican en la revista Babel sus ensayos sobre el asesinato de los obreros libertarios Sacco y Vanzetti y el titulado «Dos centenarios», en el que hace un paralelo entre El Manifiesto Comunista de Marx y Walden o la vida en los bosques de Thoreau, es decir, entre socialismo y ecología.
1948 – 1949
Viaja regularmente a su casa de El Quisco a escribir y revisar sus manuscritos. Recibe la ayuda de sus hijos y de sus amigas Frida Trumper y la filósofa Carla Cordua.
Es nombrado jefe de la sección de publicaciones de la Universidad de Chile. Se publica en Babel su conocido ensayo «De qué se nutre la esperanza».
1950
Presenta Tiempo irremediable con el seudónimo de Torrestín a un concurso abierto por la SECH; Joaquín Ortega Folch es el triunfador con Infierno gris.
1951
Es nombrado director de los Anales de la Universidad de Chile. Ingresa al Partido Socialista y le confían la divulgación cultural, pero justo el día en que debía comenzar su labor, el partido decide apoyar a Ibáñez del Campo, por lo que presenta su renuncia en el acto.
Se publican sus cuentos «Pancho Rojas», «Mares libres» y «Oro en el sur». Propone Tiempo irremediable a la editorial Nascimento y llegan al acuerdo de cambiarle el título.
Luego del éxito de Hijo de ladrón, viaja junto a Enrique Espinoza por Centroamérica realizando conferencias; visita Panamá, Cuba y Puerto Rico, al retornar pasan por Colombia.
1952
Tras regresar a Chile en barco es nombrado asesor literario para la radiodifusión de la Universidad de Chile. Trabaja en su novela Mejor que el vino.
Dirige la colección de autores chilenos de la editorial Cruz del Sur, en la que edita, entre otros, a Marta Brunet, Vicente Huidobro y Mariano Latorre.
El diario El Mercurio publica su primera crónica sobre Cuba, titulada «Adiós a la Habana».
1953
En su colección Archivo de la Palabra, la editorial Cruz del Sur lanza un disco en el que lee su cuento «El vaso de leche». En la colección discográfica participan, entre otros, Marcel Bataillon, Julián Marías y Francisco Coloane.
1954
Acepta el cargo de profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile: dicta el curso de redacción y estilo.
Continúa escribiendo Mejor que el vino. Compila y corrige varios artículos sobre sus memorias de infancia.
Se publican algunos de sus ensayos en la prensa latinoamericana, especialmente en Venezuela, México y Puerto Rico.
1955
Deja la Escuela de Periodismo: «porque me convencí de que no se puede enseñar lo que se ama sino a quien realmente lo ama también».
Jubila como director de los Anales de la Universidad de Chile y de sus demás empleos. Babel publica su libro de memorias Imágenes de infancia.
1956
Hijo de ladrón se reedita varias veces en Chile y se traduce al inglés, alemán, italiano y portugués. La editorial Zig-Zag publica sus antologías Chile: 5 navegantes y 1 astrónomo –en la que reúne crónicas de exploradores que visitaron Chile– y Alberto Edwards: Cuentos fantásticos, donde recupera algunos relatos del olvidado autor chileno.
1957
El 14 de junio obtiene el Premio Nacional de Literatura, otorgado por un jurado compuesto por el rector de la Universidad de Chile, Juan Gómez Millas, y por los escritores Ricardo Latcham, en representación de la SECH, y Carlos Préndez Saldías, en representación del Ministerio de Educación.
Viaja en barco a Estados Unidos invitado por el Departamento de Estado; aprovecha de visitar gran parte del país. Desde Nueva York viaja a Puerto Rico, convidado por la Universidad de Puerto Rico y la subsecretaría del Estado.
Es contratado por el diario Las Noticias de Última Hora como crítico literario y se publica su estudio Los costumbristas chilenos y la antología Mariano Latorre: Algunos de sus mejores cuentos.
1958
Regresa a Chile y es nombrado Ciudadano Ilustre de Valparaíso, por sus vínculos con esta ciudad que se encuentran en su vida y obra.
Viaja nuevamente a Puerto Rico, luego visita Venezuela y Argentina dando conferencias.
La editorial Zig-Zag publica Mejor que el vino, novela que obtiene el Premio Mauricio Fabry de la Cámara del Libro. La novela está dedicada a Valérie, su mujer.
1959
Es invitado por el hermano menor de Federico García Lorca a Estados Unidos a dar conferencias en la escuela de verano del Middlebury College, en Vermont. Viaja acompañado de su hija Paz Rojas.
De regreso a Chile, el Teatro de la Universidad de Concepción estrena Población Esperanza, obra escrita en colaboración con la dramaturga Isidora Aguirre e inspirada por el autor inglés Bernard Shaw: «Busqué a Isidora Aguirre, a quien conocía desde niño, la quería mucho y también la admiraba por sus excelentes cualidades. Sabía también que ella poseía la técnica teatral no solo porque había escrito, para la escena, sino porque había estudiado y aún enseñaba la materia…». Posteriormente la obra se estrena en Santiago, Buenos Aires y Montevideo y tiene un gran éxito.
1960
Invitado por Mariano Picón Salas, viaja a Caracas a dictar clases en la Universidad Central de Venezuela, la que publica sus cursos de redacción y estilo con el título de Apuntes sobre la expresión escrita.
Pasa los meses de invierno en Buenos Aires donde termina su novela Punta de rieles, que se publica ese mismo año con éxito de ventas. En la capital argentina inicia gestiones para llevar Hijo de ladrón al cine. Productoras y realizadores destacados, como Leopoldo Torre Nilsson, se interesan en la idea. Augusto Roa Bastos escribe un guion y una escaleta para respaldar el proyecto.
Escribe crónicas para la revista Zig-Zag. Publica un estudio y una antología sobre Blest Gana y aparece su libro de ensayos El árbol siempre verde –título escogido en homenaje a Flaubert–, allí reúne algunos de sus escritos sobre literatura, en especial su texto «Algo sobre mi experiencia literaria» en el que describe sus inicios como escritor.
1961
Trabaja como visiting professor en la Universidad de Washington en Seattle, dicta diez horas semanales de clases sobre literatura hispanoamericana. Con su mujer se instala en un departamento a tres cuadras de la universidad, en la calle NE 43. Allí estima que podrá escribir tranquilo y reconcentrado; proyecta terminar Sombras contra el muro, su novela inconclusa: «La gente habla inglés y yo castellano. Afuera habrá frío y nieve. No tendré auto. Podré trabajar».
Establece una relación de amistad con su alumna Julianne Clark, amistad que con el tiempo se convierte en una apasionada relación. Ante esta situación, se separa de su mujer, quien regresa a Chile.
Colabora con el periódico La Prensa de Buenos Aires. Zig-Zag publica Obras completas de Manuel Rojas, libro que reúne gran parte de sus escritos, algunos de los cuales ha revisado una última vez. Se estrena el documental Un país llamado Chile, para el que ha escrito el guion.
1962
En el verano da conferencias en la Universidad de California en Los Ángeles y luego, junto a Clark, cruza la frontera hacia México. Después de casarse en Ciudad de Juárez, viven casi un año en Ciudad de México; él realiza todo tipo de trabajos literarios y periodísticos para ganarse la vida.
La Universidad Autónoma de México le encarga una historia sobre la narrativa chilena que aparece con el título de Manual de literatura chilena. Posteriormente se publican en México Esencias del país chileno, una antología de poesía chilena, y Cuentos del sur y diario de México, una recopilación de sus cuentos y un relato de sus viajes por el país junto a Clark y su hija María Eugenia Rojas.
En Chile se edita Antología autobiográfica, libro en el que describe los eventos de su vida real distinguidos en su narrativa, así como la génesis de algunas de sus obras.
1963
Piensa regresar a Chile con su nueva pareja, sin embargo, es nuevamente invitado, esta vez por el escritor y crítico Fernando Alegría, a dar clases en el College of Liberal Arts de la Universidad de Oregón en Eugene. Imparte los cursos de redacción y conversación en lengua española junto al profesor Richard J. A. Kerr, y el que titula: «El movimiento modernista, interpretación y crítica de los escritores modernistas latinoamericanos».
En Eugene termina su novela Sombras contra el muro, dedicada a sus amigos González Vera y Enrique Espinoza. Se publica en Francia Hijo de ladrón, novela que se traduce también al sueco y polaco, entre otros idiomas.
Durante su estadía en los Estados Unidos lee a los autores en boga –en especial a James Baldwin y William S. Burroughs– y es testigo del asesinato del presidente J. F. Kennedy, primer magnicidio transmitido en directo por televisión.
1964
De regreso a Santiago arrienda un departamento en la avenida Américo Vespucio. Es contratado como redactor de la revista Ercilla, en este medio publica destacadas crónicas sobre su vida en los Estados Unidos, el asesinato de Kennedy y la actualidad literaria chilena: comentando particularmente las obras de sus colegas Francisco Coloane y Pablo Neruda.
La editorial Zig-Zag publica Sombras contra el muro en la colección Biblioteca de Novelistas. Escribe libretos para el programa El Guaripola del Canal 13 de televisión de la Universidad Católica, que trata de las aventuras de un organillero, siempre acompañadas de alguna reflexión. Junto a un grupo de escritores, entre los que se cuenta Alicia Serrana, Mercedes Valdivieso y Enrique Lafourcade, viaja a Antofagasta a dar charlas. Luego visita a su hijo Patricio en Huasco, juntos recorren la mina de hierro El Algarrobo y el puerto mecanizado Guacolda.
Cercano a Salvador Allende, colabora con él en sus compañas políticas.
1965
Vuelve a visitar Cuba –por primera vez después de la Revolución– invitado como jurado del concurso de Casa de las Américas.
Zig-Zag publica en Chile su libro Historia breve de la literatura chilena, el que genera una gran polémica entre sus colegas que no son mencionados y entre la crítica que cuestiona sus capacidades académicas. Se edita también Pasé por México un día, su relato de viajes y experiencias en el país azteca.
Colabora con la revista Eva, en la que escribe una elogiosa crítica a la novela Patas de perro de Carlos Droguett, a quién considera el mejor escritor de la nueva generación.
Conduce, junto a Enrique Lafourcade, el programa Jurado literario del Canal 9 de televisión de la Universidad de Chile.
1966
Regresa a Cuba, esta vez invitado como delegado cultural a la Primera Conferencia Tricontinental, representando a los intelectuales de izquierda; la delegación chilena es dirigida por Allende. La revista Casa de las Américas publica su ensayo: «La responsabilidad del escritor ante América Latina y el mundo».
Desde Cuba viaja a Europa, se reúne en Barcelona con su agente literaria Carmen Balcells y recorre España, Portugal, Italia, Francia, Inglaterra y Rusia. Vuelve a Chile pasando por Estados Unidos y México.
1967
En la revista Ercilla publica una serie de artículos titulados «Desde el principio»: estos son una extensión de sus memorias de infancia, las que su hija María Eugenia editará de manera póstuma en Imágenes de infancia y adolescencia. Comienza a escribir La oscura vida radiante, para ello se instala por largos períodos en su casa de El Quisco y en la de Pablo Neruda, en Isla Negra.
Poco antes de la muerte de Violeta Parra –a la que había ayudado a revisar sus décimas–, graba junto a Ángel Parra un disco llamado Chile de arriba a abajo, para el que escribe las letras de las canciones y de los textos introductorios que él mismo lee, y Ángel compone la música.
Viaja a Guadalajara, México, invitado al Segundo Congreso Latinoamericano de Escritores junto a Vargas Llosa, Rulfo y Onetti, entre otros. Allí se da a conocer un manifiesto que describe el rol social que debe tener el escritor en Latinoamérica, entre los firmantes destacan: Mario Benedetti, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Enrique Lihn y Augusto Monterroso.
De México pasa a Cuba y acepta la invitación de celebrar el 1º de mayo en La Habana. De regreso a Chile, participa del acto en memoria del Che Guevara –caído ese año en Bolivia– y en defensa de su compañero Régis Debray, su discurso se publica en la revista Punto Final.
Con el título de A pie por Chile, la editorial Santiago edita una compilación de sus crónicas de excursiones y viajes aparecidas en distintos medios de prensa desde los años treinta en adelante.
1968
Preside la Conferencia Sudamericana de Intelectuales sobre la represión a los judíos en la Unión Soviética, que se realiza en Chile y a la que asisten, especialmente, Jorge Luis Borges, José Revueltas, Luis Franco y Leopoldo Hurtado.
La Universidad Autónoma de México edita un disco, dentro de su colección Voz viva de América Latina, en el que lee tres fragmentos de Hijo de ladrón; el disco lleva una introducción del famoso crítico mexicano Emmanuel Carballo.
Colabora con la revista En Viaje de Ferrocarriles de Chile: escribe crónicas sobre viajeros y exploradores, y relata sus nuevas excursiones por el país.
1969
Es invitado a Francia por un mes, en París se reúne con el escritor Benjamín Subercaseaux, agregado cultural de Chile.
Recibe una invitación para visitar Israel y recorre el país especialmente interesado por la vida comunitaria en los kibutz. Desde Israel viaja a Grecia y España. De vuelta en Buenos Aires, publica un libro sobre sus impresiones de la tierra santa, llamado Viaje al país de los profetas.
1970
Se separa de Julianne Clark y dedica su tiempo a viajar por Chile y visitar a viejas amistades. Muere su compañero González Vera, lo que lo deja emocionalmente muy afectado.
El diario Clarín lo contrata como columnista, trabajo que realiza asiduamente hasta pocos meses antes de morir. En sus columnas comenta el acontecer nacional y el triunfo de la Unidad Popular; luego del atentado de la extrema derecha contra el general Schneider, se opone a la violencia como acción política en democracia.
La editorial Sudamericana publica en Buenos Aires Cuentos, una recopilación de todos sus relatos, los que ha revisado una última vez y que incluye «Hablo de mis cuentos», prólogo donde expone el origen de cada uno de ellos.
1971
Junto a Francisco Coloane y Antonio Skármeta, viaja nuevamente a Cuba invitado por Casa de las Américas. Vive más de seis meses en la isla –permaneciendo una gran parte del tiempo en el hotel Habana Libre–, allí prepara una edición de la obra clásica de Vicente Pérez Rosales: Recuerdos del pasado. Desde la Habana envía crónicas semanales sobre sus impresiones de la isla y su revolución. Frente al llamado «caso Padilla» –que divide a los intelectuales latinoamericanos– toma partido por la Revolución, uniéndose a Gabriel García Márquez y Mario Benedetti.
De La Habana viaja a Madrid a encontrarse con su hija Paz. Es convidado a Hungría y Bulgaria, pero cambia de planes y recorre la península ibérica junto a los escritores Mercedes y Jaime Valdivieso.
De regreso a Chile, trabaja en la edición de sus obras completas, de la que la editorial Aguilar de España alcanzará a publicar solo un tomo en 1973, con el título de Obras.
Viaja a Buenos Aires para entregar los originales de su última novela La oscura vida radiante, cuya primera edición publica la editorial Sudamericana. En la capital argentina asiste a los conciertos de Víctor Jara, Los Parras y Daniel Viglietti. Sus amigas Marilú Huidobro y Marta Rivas le presentan a Hortensia Dittborn, quien será su última pareja.
1972
Viaja por el sur de Chile, visita el Salto del Laja, Angelmó y Chiloé.
La editorial Quimantú, dirigida por Joaquín Gutiérrez, edita cincuenta mil ejemplares de Hijo de ladrón, edición que se agota en cuatro meses.
En octubre, una úlcera estomacal lo mantiene en cama; en la operación los médicos le descubren cáncer.
En medio de la creciente agitación social y política que se vive en Chile, el 20 de octubre aparece su última crónica periodística en Clarín, titulada «Busca de modelos».
1973
El 11 de marzo fallece en la casa de su hija Paz, quien recuerda: «Esa noche, tras la última inyección de morfina que yo le había puesto para que no sufriera, su inquietud de siempre apareció y me hizo una pregunta muchas veces oída por todos nosotros: “¿Qué estamos esperando?” Y se durmió para siempre». A sus exequias asiste el presidente Salvador Allende y el Senado de la República de Chile le rinde un sentido homenaje.
Después del golpe de Estado de septiembre, se prepara una edición de La oscura vida radiante en Chile, pero la censura exige sacar del original el siguiente texto: «Cuando piden, no piden gran cosa, pero siempre se les niega; cada huelga cuesta días, semanas, meses y a veces los milicos matan algunos huelguistas, los mataron en Iquique y los volverán a matar cualquier día». Sus hijos rechazan la expurgación y el libro no aparece. En 1984 se autoriza su publicación sin censura y Zig-Zag hace una edición en dos volúmenes dentro de su colección «Los grandes de la literatura chilena».
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florilegios
lunes, 26 de octubre de 2026
Manuel Rojas, una cronología
Mares libres, Manuel Rojas
La Skúa, entre pardo y ocre sucio la color, vivísimo el ojo, ancha de pecho, pico de matarife, vuela y revuela sobre la bahía. Desde donde vuela y revuela todo lo vigila y todo lo ve; ningún movimiento se le escapa. Distingue a los peces bajo el agua y a los pájaros sobre ella y sabe quién se lanza sobre la presa, qué presa y si tiene suerte…, la presa o el pájaro. Si el bocado es bueno y el pescador lo consigue, siente un estremecimiento y las alas tienden a lanzarla hacia el afortunado. Pero se retiene. ¿Por qué? De todas las aves que vuelan sobre la bahía o que están inmóviles en alguna parte de ella, la Skúa, bien llamada Gaviota Salteadora es la más desalmada, ningún pájaro puede pescar a su vista ni el más miserable de los peces sin correr el riesgo que ella se lo arrebate a picotazos. A pesar de ello. representa allí, en este momento, a su especie. ¿Cómo? Es difícil explicarlo. Solo se podría hacerlo si se recuerda que muy rara vez o nunca las especies escogen con tino a sus representamos.
Representa a su especie y vigila.
Un Piquero se lanza en gran estilo. La Sardina le muestra, como una burla, un resplandor de plata y se va a fondo. El pájaro, cariacontecido, remonta el vuelo. La Skúa sonríe de lado, como por un colmillo: ella no habría fracasado, no en coger la Sardina, sino en arrebatársela al Piquero. Es salteadora, no pescadora, reina de la costa desde más allá de la Tierra de Graham, en la Antártida, donde nacen las últimas skúas, hasta las playas de Trujillo o de Chiclayo, adonde llegan las primeras.
Vuela desde muy temprano y tiene hambre. Bajo ella el Piquero y el Blanquillo, la Gaviota Cocinera y la Garuma, la Monja y el Cágüil de Cabeza Gris, el Chibrillo y la Gaviota Dominicana vuelan y revuelan, pescando, y más abajo, a ras del agua o en el agua misma, el Pato Yeco y el Pato Lile, el Alcatraz y el Pato Yunco Zambullidor del Norte no hacen otra cosa que comer, pero aprisa, como si el tiempo de que dispusieran para ello se fuese a acabar de un momento a otro.
“Nunca han comido tanto como hoy”, intenta pensar, mirando hacia abajo.
Y no se equivocaría si llegara a pensar así: los pájaros, aprovechando la tregua, se atiborran.
“Supongo que no se habrán burlado de mí”, intenta pensar de nuevo.
Pero no ha sido una burla. Sus ojos, al mirar hacia el norte, ven llegar lo que espera: una mancha blanca vuela cerca de la playa, zigzagueando. La Skúa, maestra del vuelo remado, gira y en rápidos y poderosos aletazos baja hacia la playa, que toca, al posarse, con sus patas membranosas. Allí queda, frente a la mancha que volaba y que ahora está detenida.
—¡Hola! —grazna.
Ante ella, macilentos, se halla una bandada de cáhuiles blancos.
—Hola —responde uno de ellos, el más estragado, sin gran entusiasmo.
La Skúa avanza un paso; el Cáhuil retrocede tres. Delante de la Skúa no tiene figura: aquel cuerpazo lo domina, ese pico de matarife puede matarlo de un golpe. Además, vuela desde hace muchos días y está cansado.
—Estaba esperándolos —masculla la Skúa.
El guía siente deseos de agradecer la atención, pero sabe que de una Gaviota Salteadora no se puede esperar nada que haya que agradecer, y calla.
La Skúa los examina: los cáhuiles, treinta o cuarenta, ágiles, de alas angulosas, remadores del aire también, esbeltos, esperan. Vienen del norte. Algunos han nacido ese año en la parte alta de la cuenca del Misisipi, otros más allá aún y todos han atravesado volando el Golfo de México y el Trópico. Algunos llegan por primera vez; otros, por segunda o tercera. Estos, cuando partieron hacia el norte, vestían la caperuza negra del plumaje nupcial. Ahora, de regreso, la caperuza es de nuevo color café.
—¿Alguna novedad? —pregunta el guía, mirando a su vez a la Skúa.
—Sí —responde gravemente el representante—; hay una novedad.
—¿Y qué es ello?
—Tenemos que hablarlo, pero no aquí ni solamente nosotros. Hay más interesados y querrán estar presentes.
—¿Quiénes?
La Skúa señala hacia el mar, hacia la playa, hacia el cielo: por todas partes hay pájaros, y dice:
—Pájaros.
—¿Todos?
—Todos los del mar.
—¿Y si no queremos ir?
La Skúa prorrumpe en un atroz graznido: es una carcajada y los cáhuiles sienten desgarrárseles los tímpanos. Si aquello es una carcajada, ¿cómo será un lamento o una injuria?
—Si no quieren ir se expondrán a cosas peores.
Frunce el ceño y mira hacia el norte: a unas cuadras de distancia, entre la arena y los rompientes, algo se mueve y avanza, pequeños puntos que se desplazan con gran rapidez y con irregularidad, internándose tan pronto en el mar como en la tierra. Momentos después rueda sobre la arena, cerca de la Skúa y de los cáhuiles, una bandada de pollitos de mar blancos.
—Otros viajeros —rezonga la Skúa, con aire de vista de aduanas.
Avanza hacia ellos.
—¡Hola! —gruñe.
Los pollitos miran de lado, recelosos. No saben si contestar o huir.
—¡Hola! —vuelve a gruñir la Skúa, irritada al no recibir respuesta.
—Hola —se atreve a exclamar, desganado, el guía de la bandada.
—¿Ya de vuelta, eh?
El Pollito, desconfiado, temeroso, responde en un susurro:
—Sííí…
Durante el día llegan la Perdiz de Mar y el Vuelvepiedras, el Pitotoy Chico y el Gaviotín Elegante, el Chorlito de Mar y el Perrito, y por fin, ya casi anochecido, El Salteador Chico de Cola Larga. Unos solos, en parejas otros, éstos en pequeñas bandadas, recién nacidos aquellos en las costas de Alaska o de Groenlandia, de California o de Canadá, y los de más allá, adultos, de espléndida madurez, otra vez de regreso a las tierras del sur; turistas del aire y del océano, pero turistas sin máquinas fotográficas y sin pasaportes; solo alas, grandes o chicas, remadoras o planeadoras, grises o blancas. A todos los notifica la Skúa con su graznido, y al día siguiente, muy temprano, en la solitaria caleta de los Pájaros Niños, el representante abre el pico y grita:
—Queridos…
¿Queridos qué? La segunda palabra no se oye: un grupo de garumas y de pilpileones, de monjas y de gaviotas dominicanas prorrumpe en agudo griterío:
—¡Queridos, queridos, queridos!…
El griterío se convierte al fin en carcajada. La Skúa se yergue y grazna, dominando el bullicio. —¡Silencio!
Y agrega:
—No hablo en mi nombre. Hablo en nombre de los hermanos de la costa, es decir, de ustedes, que me han elegido. Déjenme hablar o me voy.
Una garuma —su grupo es, como siempre, el más numeroso y bullicioso— se adelanta y dice, con atiplada voz:
—Es cierto lo que dices, pero no nos llames queridos… Nos da risa.
Cloquea de nuevo una carcajada, mueve, como una señora antigua, la cenicienta cola y se retira. La mirada de la Skúa parece atravesarla.
Sobre las rocas y sobre la arena, sobre la tierra y en la pendiente de barranco hay pájaros, decenas de pájaros, y no solo marítimos: los hay también terrestres, loicas y zorzales, jilgueros y chercanes, queltegües y jotes, bailarines y canasteros, chincoles y remolineras, diucas y golondrinas, tencas y chirigües, turcas y gallinas ciegas, pero todos éstos arriba en el filo de la barranca, espectadores sin voz ni voto, humildes semilleros éstos, modestos comedores de gusanos aquellos, cazadores de insectos estos otros, atrapadores de ratones y culebras los de acá, basureros, en fin, los de allá.
Sobre una pequeña roca, aislada, reluciente, fino, de patas amarillas, gris oscuro el cuerpo, un Petrel de Wilson, el bailarín del mar, solitario del océano, contempla la escena. ¿Qué hace allí el descendiente de aquel que dicen que pretendió andar sobre las aguas?
Cerca, solitario también, se yergue el Salteador Chico de Cola Larga, pariente, aunque menor, de la Gaviota Salteadora, pero tan bandido como ella.
La Skúa prosigue:
—No hablo solo en mi nombre, he dicho, y es cierto. Se trata de lo siguiente.
Carraspea y alza la voz:
—Los hermanos de la costa aseguran que cada día hay menos pescado en estos mares. No me consta, pero ellos lo dicen; y dicen más todavía: dicen que ese pescado debe ser para los que nacen y viven en estos mares y no para los que nacen en otras partes y vienen aquí a comer lo que no les pertenece.
Calla y da unos pasos sobre la arena. Pregunta en seguida:
—¿Han entendido?
Hay un silencio. La Skúa añade:
—En pocas palabras: los cáhuiles y los pollos de mar blancos, las perdices de mar y los vuelvepiedras, los pitotoyes chicos y los gaviotines elegantes, los chorlitos de mar y los perritos, los… —vacila y mira a su pariente, el Salteador Chico de Cola Larga, que no pierde palabra— salteadores chicos —recalca un poco despectivamente esta última palabra— y todos los pájaros que no han nacido ni nacen en estos lugares, deben ir pensando en renunciar a sus viajes de todos los años y quedarse en sus tierras.
Calla de nuevo. Da una mirada a todos y termina:
—Tienen la palabra los…
No sabe qué palabra agregar: ¿extranjeros, extraños, forasteros? Intrusos le parece demasiado. Por fin encuentra una:
—Los afuerinos…
Es una palabra criolla.
Su discurso ha terminado. Carraspea de nuevo y espera. ¿Quién hablara?, se pregunta a sí misma. Piensa que ella debe defender la causa, a pesar de que es salteadora y no trabajadora. Trabaje quien trabaje, ella siempre tendrá que comer: es la suerte de los representantes; pero los representantes deben defender la causa de los representados, aunque no crean en ella ni les interese. Y ya cree que nadie se atreverá a tomar la palabra, cuando se oye una voz que dice con firmeza:
—Oye…
Es el Salteador Chico de Cola Larga.
—Oye —repite, dirigiéndose a la Skúa—: ¿dónde naciste tú?
La Skúa, sorprendida por la pregunta, no contesta.
—Te pregunto que dónde naciste.
—Pues allá, hacia el sur, en la Tierra de Graham… —responde, un poco atragantada, la Gaviota Salteadora.
—¿En la misma Tierra de Graham? —insiste el Salteador Chico.
La Skúa vacila:
—No, más allá, en la Tierra de Hearst.
Su voz ha perdido tono.
—¿Y por qué no te quedaste allá?
La Skúa no contesta.
—¿Por qué no te quedaste allá? —vuelve a preguntar el Salteador Chico—. Tu tierra está más lejana que la mía, y si tú naciste más lejos que yo de estos mares, ¿por qué puedes estar tú aquí y yo no? Y no me refiero al pescado: ni tú ni yo hemos pescado nunca ni una miserable anchoveta. Todo lo que hemos comido y comemos lo hemos robado y lo seguiremos robando hasta que alguien venga a poner orden en ese asunto. Hablo de ti y de los demás, de los hermanos de la costa, como tú les llamas, y pregunto: ¿cómo puede haber alguien tan estúpido como para elegir representante de sus bienes y de su trabajo a quien vive de los bienes y del trabajo ajenos? Contésteme.
Nadie, por supuesto, contesta.
—No me importará irme —termina el Salteador Chico—. Puedo ir a otros mares y a otras costas. Pero no quiero que me eche de aquí quien no tiene ningún derecho para hacerlo.
Hay un largo momento de silencio. El Salteador Chico da unos pasos, arrastrando la cola, y mira a su alrededor. ¿Nadie más hablara? ¿Será aquello solo una discusión entre ladrones, en tanto los honrados, que deberían hablar, callan? ¿Siempre ocurrirá lo mismo? Mira a los cagüiles, a los pollitos de mar blanco, a los pitotoyes, a los gaviotines elegantes. ¿Qué esperan?
Un Cágüil se adelanta. Vacila un poco y luego habla. Su voz es débil, casi tímida, sin la brusquedad que tiene la de la Gaviota Salteadora y sin la arrogancia que luce la del Salteador Chico.
—Yo —empieza, y se detiene. Ha empezado mal y recomienza—: Nosotros, es cierto, no hemos nacido en estas costas, pero ¿tenemos nosotros la culpa? ¿Sabe alguien, con seguridad, por qué emigran algunos pájaros? No, nosotros tampoco. Y si nadie lo sabe, ¿por qué va a ser nuestra la culpa? Además, ¿de dónde es uno? ¿Del lugar en que nace o del lugar en que vive? No hay, en toda la región en que los cágüiles de cabeza oscura nacen, un solo lugar que lleve su nombre; sin embargo, lo hay en estas costas. ¿Por qué lo hay, si somos extranjeros, o afuerinos, como dice la Gaviota Salteadora? ¿Quién puede contestar estas preguntas? Nadie. Pero hay un pueblo y hay una laguna que se llaman como nosotros y eso lo saben el Runrún y el Siete Colores, el Trabajador y la Guala, la Tagua y el Flamenco, el Cisne de Cuello Negro y el Canastero. Que ellos lo digan.
Ha hablado demasiado y calla. ¿No vendrá nadie a certificar lo que ha dicho? Un pájaro vuela desde el filo de la barranca y se posa al lado del Cágüil. Parece un Tordo, pero no es un Tordo: no es todo negro; parece un Trile, pero no es un Trile: le falta el toque amarillo de los codos alares. Es un Runrún. Dice:
—No tengo nada que hacer aquí, pero he venido y puedo hablar en nombre de los pájaros de laguna, sobre todo de aquellos que no son comedores de pescado.
Parece la caricatura de un escribano antiguo: negra la levita, anteojos con armadura de color limón, pico ribeteado de amarillo. Tiene blancas las puntas de las plumas voladoras.
—¿Por qué no ha venido el Trabajador? —pregunta la Skúa.
—Tenía mucho trabajo —contesta el Runrún.
—Debió haber venido. Se llamó a todos.
—No quiso venir. Dijo que si todos trabajáramos más y hablásemos menos, las cosas andarían mejor para todos.
Calla y agrega después:
—Lo que dice el Cáhuil es cierto. Hay un pueblo y una laguna que se llaman como él. He tenido el honor de nacer allá. ¿Por qué, si los cáhuiles son extranjeros, esa laguna y ese pueblo se llaman así? Otra pregunta para agregar a las que no tienen respuesta.
Dice y se pierde entre la multitud que le abre paso respetuosamente. Hay otro momento de silencio. La Skúa sospecha que los otros afuerinos no hablarán: el Pollito de Mar es demasiado pequeño; el Vuelvepiedras, a causa de su trabajo, es muy confuso para expresarse, y el Gaviotín Elegante solo se preocupa de su ropa. ¿Quién hablará?
La que se oye es una voz extraña y más que voz parece el susurro del viento, pero de un viento solitario, un viento de desierto o de alta mar. En el primer instante, todos se miran entre sí, sorprendidos, sin saber si aquello es realmente una voz o solo un sonido. ¿Puede alguien hablar así?
—…no somos pescadores —se oye—. Como los picaflores de tierra, los petreles de Wilson nos alimentamos de la flor del mar, una flor que los otros pájaros marinos no ven, así como los otros pájaros de tierra no ven lo que los picaflores encuentran entre los pétalos de las flores. Comemos plancton y, como el Runrún, que no es comedor de pescado, no tengo nada que hacer aquí. He venido solo porque me han invitado.
—¿Quién te invitó? —pregunta la Skúa sordamente. Su voz ha adquirido, de pronto, una mayor ferocidad.
—El Alcatraz —contesta el Petrel, con su extraña voz.
—Sí, yo lo invité —interviene el Alcatraz.
Su voz es terrible, una voz fuerte y gangosa. Parece hablar con la nariz.
—Me invitó el Alcatraz y yo vine. Tengo muchas cosas que decir y contar. Los petreles de Wilson nacemos también en la Tierra de Graham y a veces más allá aún, en la de Hearst, donde nacen las últimas skúas.
Calla y mira fijamente a la Gaviota Salteadora.
—¿No es cierto, Skúa? —pregunta.
El representante desvía la mirada y no contesta. Empieza a darse cuenta de que dentro de un minuto, de dos o de tres —todo dependerá del Petrel—, se verá obligada a hacer cualquiera de estas dos cosas: matar o huir. Pero matar le parece terrible. Es un representante y un representante no puede matar a nadie por sí mismo. Ella, sin embargo, no tiene a quién mandar: no tiene comisarios, ni ministros, gendarmes ni soldados. Nadie, por otra parte, será capaz allí de matar, excepto quizá, el Salteador Chico de Cola Larga, con quien no se debe contar; está en el otro bando. ¿Por qué se habrá metido en esto? ¿Quién le mandó ser representante, mucho más de aquellos pobres diablos pescadores de sardinas? Ella es una Gaviota Salteadora. ¿Por qué aquellos estúpidos no eligieron a un Pato Yeco o a un Alcatraz?
Huirá, pues. Sabe que no tiene la culpa de ser como es, así como el Cáhuil no la tiene de nacer en otra tierra; pero su pecado, el pecado de su género —no el robo, que no le importa—, es demasiado espantoso: no es un pecado para pájaros; es un pecado para animales, y su solo reproche es ya insoportable.
No le importará huir. A pesar de ello siempre será la reina de la costa.
—¿Qué importa que el Cáhuil nazca en el norte o en el sur? —sigue diciendo el Petrel con su voz de viento en soledad—. ¿Y qué importa que venga aquí o vaya a otra parte a vivir? Hay en el océano muchos más peces que los que pueden comer los pájaros, muchos más. ¿Y qué importa que la Gaviota Salteadora arrebate ahora una Sardina a una Garuma o un Jurel a un Piquero? Nada. Cuando una bandada de piqueros se tira de cabeza sobre un cardumen, solo se come la milésima parte del cardumen. El océano es generoso. Sus seres se reproducen por millares, y mientras más desaparecen, más nacen, y el débil se reproduce más abundantemente que el fuerte. ¡Oh, hermanos!
Su voz crece como crece el zumbido del viento en alta mar al encontrar en el camino la arboladura de una embarcación. Hay un gran silencio. Los pájaros escuchan su voz como un hombre puede escuchar, en un bosque o en la orilla del mar, el rumor del surazo: con temor y con placer. Hasta la Skúa parece dominada por el encanto de aquella voz.
—Lo terrible es el crimen —asegura aquella voz—. Lo terrible es el crimen que el hermano fuerte comete contra el débil.
Ha llegado el momento. La Skúa corre tres o cuatro pasos, abre las alas, aletea y se va. Los pájaros la siguen con la mirada, levantando o torciendo el cuello, y luego, al perderla de vista, vuelven a mirar al Petrel de Wilson, que está inmóvil, reluciente, fino, la garganta hinchada y estremecida por aquel sonido de viento en soledad que surge extrañamente de él.
—Pero tampoco el crimen tiene remedio entre nosotros — continúa el Petrel—; tampoco. En la Tierra de Graham y en la de Hearst, todos los años, las gaviotas salteadoras matan centenares de petreles. ¿Por qué? Ni ellas mismas lo saben. Las madres han terminado por hacer galerías, como los ratones, para defender sus crías. A pesar de ello, mueren muchos todos los años bajo los picotazos de las gaviotas salteadoras. ¿Qué hacer? No podemos hacer nada y no podemos hacer nada porque, como pájaros, no sabemos dominar nuestros instintos.
Calla de nuevo y luego agrega:
—Hermanos de la costa: dejad que los pájaros vayan y vengan, que coman aquí o que coman allá. Eso no tiene importancia. Hay comida para todos y tierra y mar para muchos más. Lo importante sería terminar con el crimen y el robo, pero eso es imposible: no tenemos conciencia, como la tienen los hombres, y eso nos impide hacerlo. Ellos son felices. Su conciencia les permite arreglarlo todo.
Calla y mira hacia el mar, pero muy hacia adentro, más allá de la línea del horizonte, mucho más allá aún. Abre las alas, las sacude como abanicándose el cuerpo y dice:
—Adios, amigos.
Su vuelo es una delicia. El viento parece llevarlo.
La conferencia ha terminado. Una Garuma, sin embargo, se adelanta y dice, con su voz de falsete:
—Hermanos: mares libres. Nada ha cambiado.
Se escucha un solo rumor de alas.
El Runrún vuela hacia el filo de la barranca y se reúne allí con el Canastero.
—¿Vamos?
Viven en la misma laguna.
—Vamos.
—¿Qué te pareció el Petrel?
—Sabe mucho de las cosas de la mar —asegura el Canastero con su voz de obrero manual—, pero parece que no entiende nada de las cosas de la tierra.
La Gaviota Salteadora, muerta de hambre, vuela y revuela sobre la bahía.
*FIN*
El Mercurio, Chile, 1951
Algo sobre mi experiencia literaria, Manuel Rojas
Algunas personas me han preguntado, al entrevistarme como escritor, cuándo nací y en dónde, cuándo escribí mis primeras poesías o mis primeros cuentos, cuántos hijos tengo y cuáles son mis autores predilectos. Nunca se me ha preguntado por qué escribí y cómo lo hice o lo hago. El primero en hacerme esa pregunta fui yo mismo, y, con gran sorpresa de mi parte, no supe qué contestarme, y aún ahora, después de haberlo pensado varias veces, no tengo una respuestas satisfactoria.
Al reflexionar sobre este asunto debo remontarme a mis primeras lecturas. Comencé a leer libros de creación literaria a los doce años. Nadie me indujo a ello y no tuve, como otros niños, quién me regalara libros. Vivía entonces en la ciudad de Rosario, en Argentina. En el trayecto entre mi casa y el colegio a que asistía se hallaba un negocio en cuya vitrina descubrí cierta tarde un libro cuya carátula me atrajo: se veía en ella un salvaje que era alcanzado, en plena carrera, por una flecha que le hería la espalda.
Pensé varias semanas mirando esa carátula, hasta que se me ocurrió que podía comprar el libro. Entré y pregunté el precio: una fortuna de veinte o treinta centavos. Mi madre me daba, al irme al colegio, una moneda de dos centavos o una de un centavo, y con esa moneda compraba yo dulces o cigarrillos. Me propuse economizar algo de la moneda de dos centavos, no de la de uno, que no se prestaba sino a economías absolutas o derroches absolutos, y fumando menos y privándome de golosinas reuní la suma necesaria, con la cual entré a la librería y retiré el libro. Ya en la calle me enteré de que se trataba de la segunda parte de una novela titulada Los náufragos del Liguria, el autor era Emilio Salgari. No me desanimé. Leí el volumen y comencé a economizar de nuevo.
Uno o dos años después, mientras seguía leyendo lo que compraba a duras penas, me sucedió lo que, un poco deformadamente, he contado en Hijo de ladrón: durante un tiempo mi madre arrendó dos habitaciones en la casa de una señora cuyo único sostén era aquella propiedad, de la que arrendaba las habitaciones principales, reservándose una construcción de madera, separada del cuerpo principal del edificio, que su marido había levantado para utilizarla como depósito. Al quedar viuda, hizo arreglar ese galpón y lo convirtió en una pieza a la que agregó una cocina y un gallinero, disponiéndose a pasar allí el resto de sus días. La construcción estaba en el fondo del terreno, rodeada de un jardincito y cerrada por una reja. Yo iba a veces a mirar a la señora, al jardín y a los árboles entre los cuales había algunos durazneros. Un día, maduros ya los duraznos, fui a echar una ojeada: la señora trataba de leer un diario. Me invitó a entrar y me preguntó: "¿Sabe leer?". Le contesté que sí, y entones se quejó de que apenas podía hacerlo; se cansaba y le dolía la cabeza. "En este diario sale un folletín muy bueno", agregó. Yo no sabía lo que era un folletín y miraba una rama llena de duraznos. Me preguntó: "¿Quieres sacar algunos? Saque. Hay muchos. "Saqué dos o tres, y mientras los comía se me ocurrió ofrecerme para leer el folletín: era una manera de retribuirle los duraznos y de asegurarme otros para el futuro. El verano es largo y la fruta es siempre cara para los pobres. Aceptó mi proposición y me alcanzó el diario. Lo tomé y leí de un tirón todo lo que había que leer. Al día siguiente se repitió lo del anterior: comí los duraznos y leí el folletín y así ocurrió hasta después de que se acabara la fruta. La curiosidad me tomó, sin embargo, y quise enterarme de lo que había ocurrido antes. La señora, que lo tenía recortado, me lo facilitó. Tenía recortados, además, otros folletines, que me prestó, y entre los cuales aparecieron novelas de varias nacionalidades. En poco tiempo conocí un mundo que Salgari, autor de novelas cuya acción transcurre al aire libre, no me pudo presentar.
Seguí leyendo, sin tener quién me aconsejara sobre lo que debería leer y sin más interés que el placer que me proporcionaba la lectura. Dos años después, alrededor de 1910, abandonados los estudios y obligado a ganarme la vida, llegué a Mendoza, ciudad en la que hice amistad con obreros anarquistas, entre quienes había uno, de profesión tipógrafo, que me tomó gran aprecio y que me proporcionó libros de otro carácter. Conocí entonces a Víctor Hugo, cuya Leyenda de los siglos leí dos o tres veces; a Vargas Vila, a Eduardo Zamacois y a otros. Por ese tiempo trabajaba como pintor, sin que me asustara la electricidad o el acarreo de cajones en las vendimia mendocinas. Después de dos años en Mendoza y luego de trabajar como peón en el Ferrocarril Transandino, en Las Cuevas, atravesé a pie la cordillera y llegué a Chile, trabajo y travesía que he contado en mi cuento Laguna y recordado en Hijo de Ladrón.
miércoles, 21 de octubre de 2026
Jack, Pedro Lemebel
El instructor ha muerto: el perro no tenía humor para recibir órdenes esa mañana.
domingo, 18 de octubre de 2026
Breviario de Playa de Miramar, María Luisa Bombal
A Patricia Lutz
a su encanto personal
a su talento que es poesía y adivinar,
y a su infinita paciencia
para con este autor
...Y aún cuando con los ojos vendados me pasearan por el mundo entero tratando de perderme por sus caminos, con los ojos vendados me bastaría respirar hondo, tan sólo una vez, para saber que me encuentro en Viña del Mar.
—Pero, cómo, ¿por qué?— se me pregunta.
—Porque nadie que haya nacido y vivido sus primeros años en Viña del Mar dejaría de reconocer al instante ese aire oloroso, mezcla de jardines recién regados y de cálidas neblinas, más la fragancia amarga de los pinos en los cerros de la Quinta Vergara, unida al aliento azul y frío del mar.
—Un perfume único— diríamos...
—En todo caso, inconfundible... para nosotros— contesto.
—Bien, sí, tal vez— se me responde. Pero, aparte de su perfume y siempre con los ojos vendados, ¿en qué se reconocería Ud., además, en Viña el Mar?
La pregunta me parece interesante, un desafío.
—Con los ojos vendados —contesto después de una pausa— uno también puede escuchar, oír. Y ahora mismo desde una ausencia de tantos años, yo escucho... oigo.
—¿Y qué oye?
—Oigo el silencio de Viña del Mar en un día tibio de invierno. Silencio desgarrado a ratos por gritos gozosos de niños a caza de los tímidos, destructivos caracoles, escondidos tras las enredaderas de geranios siempre en flor...
—¿A caza... de caracoles?
—Claro —río—, los jardineros no tienen tiempo que perder en tales guerrillas. Éramos los niños los encargados; soldados, he de confesar, a menudo mercenarios. ¡Una chaucha por el ciento de caracoles que se nos solía ofrecer! Un balde lleno de pobres bichos condenados a morir escaldados. Escaldados, Uds. saben lo que es...
—Sí, ¡oh sí! —se me interrumpe precipitadamente—; pero díganos: ¿qué otra cosa oye Ud., así de tan lejos y después de tantos años?
—Bueno... algo insignificante. Algo así como el goteo de mil pies muy livianos en una marcha como de duendes... es la garúa azotando al asfalto de avenidas y calles tranquilas donde taciturnos faroles se empiezan a encender uno a uno.
—El silencio, los niños, los caracoles, la lluvia..., pero ¿y el mar?; ¿que no existe?, ¿que no se le oye?
—Ah, el mar... por supuesto, ahí está —contesto con inconsciente frivolidad—, pero si he de hablar con franqueza, durante el invierno los viñamarinos lo echamos totalmente al olvido. Despechado por cierto, se levanta de pronto en temibles temporales, y amenaza, y grita ronco, llevándose cuanto puede alcanzar por sus orillas. Y así y todo no es mucho lo que puede impresionarnos.
—Durante el invierno. Pero, ¿y en verano?
—En el verano... oh, es muy distinto... Y súbitamente arrastrada por la pasión del recuerdo hablo y explico de nuestro mar en verano.
De cómo apenas lo buscamos él vuelve a ser nuestro mejor amigo. De cómo ya de muy niños, allá en la playa Miramar, él nos permitía corretear cerca y a lo largo de sus orillas jugando a mojar y remojar nuestros pies desnudos en el venir de sus primeras horas. Venir brusco y bravo durante el cual él encontraba, sin embargo, la manera de salpicarnos hasta la frente su helado beso de buenos días.
De cómo en cambio, nosotros, ya entrada la mañana, sin su permiso ni respeto alguno, solíamos aventurarnos paso adelante en su dominio. Las niñas, faldas alzadas, caminando hasta hundir la rodilla y muslo inseguro en sus aguas ahora vivas de sal y sol. Los niños, ellos dejándonos allí varadas —es la palabra— y prosiguiendo orgullosos la marcha hasta donde pudiéramos divisarlos, sumir cintura, luego medio pecho, para continuar internándose, los muy inconscientes...
—Es que ellos tal vez sabrían nadar —se me insinúa con leve sonrisa.
—¿Nadar? No, por cierto, ni ellos ni nosotras —reacciono brusco—. Si no éramos más que una banda de infelices chiquilines.
—Y entonces, ¿cómo hacían para volver de semejante travesía?
—Las niñas —replico— nada más sencillo, caminando tomadas de la mano y siguiendo tranquilas la huella que nuestros inquietos pies supieran recordar bajo el agua en la arena. Ni un solo desliz, ni el menor malhadado enterrarse de nuestros pasos. Viaje feliz en el ascender cordial de la marea hasta alcanzar la playa mucho antes que nuestros valientes exploradores... y sin haber necesitado de su compañía ni el apoyo galante de su brazo —concluyo, echándome de pronto a reír junto con mis interlocutores de lo infantil de mi despecho y desahogo final.
—Pero ellos —me preguntan gozando aún de aquella pausa de espontánea e inocente hilaridad—, ellos, los arrogantes exploradores, ¿cuándo y cómo volvieron?, si es que volvieron...
—Volvieron. Sí que volvieron. O mejor dicho, llegaron, los trajeron...
Y libre ya de todo resentimiento, les cuento de cómo en tanto nosotras los esperábamos triunfantes, nuestros héroes, allá en su elemento, decidieron detenerse... cosa de un respiro.
Fue este punto de la hazaña que, comprendiendo sus intenciones de reanudar la marcha en busca obstinada de algún peligro cierto y seguro, nuestro amigo Mar se dignara al fin acusar recibo del atropello y enviar al encuentro de los invasores una de sus olas predilectas. Una de aquellas que él permite dormir apacibles y largo en lo recóndito de su ser, y que despertando alertas a su llamado, acuden sigilosas desde lo hondo.
Y levantando apenas el lomo poderoso por sobre la superficie de sus aguas, avanzan lentas a fin de empujar calladas y por la espalda al náufrago perdido, al nadador cansado.
Misión: los niños.
Destino: Playa Miramar, a la que los devolviera, dejándolos tendidos por las arenas, tiritando de susto y muertos de rabia y de vergüenza.
Pausa larga.
—A pesar de todo actuó noblemente su mar— declaran mis oyentes.
—Es que tiene corazón y es de verdad amigo...
Empiezo a contarles del castillo que intentara hablarles minutos antes.
Era un castillo de arena.
Castillo que, escarmentados con lo de los socavones, empezamos a construir playa arriba y a vista de la hilera multicolor de nuestras carpas de familia.
Castillo, pese al pasado, hecho de las duras arenas mojadas y de las grises piedras alisadas, que bajábamos por turno a recoger a lo largo de las orillas de nuestro atrabiliario pero siempre generoso mar. Material éste con que él nos permitía llenar a gusto los baldes de lata que cargáramos trabajosamente de vuelta a La Obra.
Bien, aquel castillo construido con tanto amor y empeño, aquel hermoso castillo con sus dos imponentes cuerpos de edificio, sus almenas ornadas de conchillas, sus puentes, torres y torreones y sobre el que flameaba al tope la banderita chilena de papel que entusiasmado nos regalara de yapa uno de los fotógrafos de la playa... Bien, aquel castillo único, recién terminado y alrededor del cual empezaban a apiñarse chicos y grandes, todos estupefactos, lelos, maravillados... he aquí una ola, que memoria de viñamarino alguno recordara haber subido así de veloz a semejante hora, irrumpe salvaje y derecho hacia él y arrollándolo todo a su paso alcanza hasta las misma carpas, entra en ellas para salir y retirarse con igual tanto desenfado como viniera... llevándose y sembrando tras sí, al azar, quitasoles, zapatos, carteras, sombreros de paja y hasta la banderita del castillo... nuestro castillo, ahora tan sólo un informe montón de piedras y arena.
Breve, atribulado silencio.
—Pero, díganos: ¿qué hacían Uds. toda la mañana?
—Verán— replico.
Y haciendo memoria, les cuento de cómo apenas llegados a las carpas y luego de habernos descalzado y desvestido para vestir y calzar nuestras cómodas, descuidadas prendas de playa, salíamos corriendo escapados en dirección a las rocas.
Aquellas altas y empinadas rocas, verdadero bastión de aventuras y acechanzas.
¡Con qué bélico entusiasmo emprendíamos su asalto y escalar! Buscando asideros y apoyos para pies y manos en las erizadas peñas y sus escondidos huecos, subíamos, escudriñándolo todo entremedio, hasta alcanzar la cúspide.
Allí, las gaviotas, su grito errabundo, el aliento de la brisa, el acariciar del sol, y nosotros observando desde lo alto y sin que él lo supiera al amigo traidor.
Y mirándolo y admirándolo en toda su inmensidad y esplendor, extendiendo más allá del horizonte aquellas sus aguas azul-frío, ya refulgentes, ya apagadas... misteriosas.
Sí, era de verdad un espectáculo nuestro mar... y entretenido, además. Porque ya fuese a que jugase a jugar o a no jugar, él...
Hasta que súbitamente y junto con el cañonazo de las doce viniendo a revolver el aire y las gaviotas, recordáramos a tiempo no estar en buenos términos con él y dándole precipitadamente la espalda emprendíamos aquel alarmado regreso.
Saltando entre las rocas hasta encontrar cierta determinada y estrecha pendiente, tapizada verde y amarillo de aquel resbaladizo musgo marino llamado luche, nos deslizábamos como montaña rusa hacia abajo. Y una vez tocado playa corríamos acezando de vuelta a las carpas, frente a las cuales Amelia y Rosa, nuestras respectivas niñeras, esperaban sentadas un poco adelante en la arena, conversando y tejiendo de memoria... aunque, tal como lo presumiéramos, ya no sólo inquietas sino bastante irritadas.
—¡De nuevo en las rocas! ¿Que no se los habíamos prohibido? ¡Y no, no lo nieguen...!, que desde aquí mismo los divisamos allá arriba en la punta, hechos unos locos. ¡Un día de éstos se quiebran una pierna!
—¡O se rompen la cabeza! se lo diré a la señora...
A la hora en que ya sea por grupos o en parejas, tomados del brazo o caminando aparte, los elegantes de Santiago así como los distinguidos rezagados de Viña del Mar, iban y venían a lo largo de la playa, cruzándose y saludándose, recruzándose y sonriéndose, pero todos ellos visiblemente disfrutando del aire y del sol... y de aquella tan exclusiva como placentera vida social.
Telón de fondo: palmeras, coches victoria, cocheros amables y caballos relucientes trayendo o esperando a sus felices veraneantes.
Detenidos a la vera de esta procesión de refinada magnificencia y discreta ostentación, los niños aguardábamos pacientes, no por cierto a los tiranos que dejáramos atrás, sino al desfile ante nos de las muchachas de moda y primer baile.
Y entre ellas, por sobre todo ver, con nuestros propios ojos, ver a la más rubia y graciosa, a la más transparente y azul, a la de la nerviosa risa de cristal y de porte alado, a la que muy pronto después fue la primera reina de belleza oficialmente consagrada en nuestra historia de Chile.
Pila, Pilar, o, para ser más exactos: Felicitas Subercaseaux. Quisiera decirte: ¡Cuán pequeño tu título y cetro en nuestro recuerdo, comparado a nuestro verte pasar! Verte pasar era milagro y emoción. Era el pasar de algo inasible, muy querido y muy frágil. Ráfaga de alegría mezclada a eso que uno siente cuando va a llorar...
Razón por la cual, perturbados, comprendiendo apenas lo que nos pasaba dentro, emprendíamos súbita y atropellada carrera hacia el fin del paseo y hasta el último banco en donde aquel viejo señor alemán, siempre solo, acogía gustoso nuestra visita regalándonos helados y barquillos que, alineados junto a él, cual bandada de pajarillos sobre un alambre, saboreábamos a gusto, escuchando apenas sus consejos y raras ocurrencias.
—Niños —nos advertía—, en las horas de bajamar quedan al descubierto, en las rompientes, pintados lechos de delicadas anémonas, pero, ¡ay del que huelle esa alfombra ardiente que devora...!
Un silencio, luego.
—Niños, ¿sabían Uds. que existe una ahogada muy blanca y enteramente desnuda que todos los pescadores de Chile tratan en vano de recoger en sus redes?
—Tal vez una sirena... insinúa tímidamente una de las niñas.
—¡Inocente! ¡Cabeza de chorlito! —reta severo nuestro viejo amigo—. Nada más que una gaviota desmayada que llevan y traen las corrientes del Pacífico —agrega frívolamente.
Reír de todos. Luego calma y el seguir saboreando helados hasta nueva declaración del amigo.
—Niños, Uds. no lo creerán, pero yo conozco las escondidas vetas, las venas comunicantes por donde el océano infiltra sus mareas en la tierra para subir hasta las pupilas de ciertas mujeres que nos miran de pronto con ojos profundamente verdes. ¡Y cuidado hijos! Desconfiar de ellas, que son brujas...
—Pero si mamá tiene los ojos verdes y no es bruja —protesta uno de los niños.
—He dicho que esas mujeres que miran de pronto con ojos demasiado verdes —replica golpeado nuestro viejo señor—. ¿Que no se les ha enseñado a escuchar?
Apenas si empezábamos a disculparnos, cuando he aquí nuestra Amelia y Rosita cayendo jadeantes, y esta vez francamente enojadas, sobre la reunión.
—¡Si ya es el colmo! Arrancarse con tal descaro...
—¡Y nosotras buscándolos como tontas!
Acto seguido, sin miramientos ni explicaciones, fue el tomarnos de un ala para seguir rápida marcha a casa, quejándose y retándonos “todo el camino”.
—¡Y ahora de nuevo atrasados para el almuerzo!
—Y claro, porque a los preciosos se les antoja ir a sentarse con el viejo loco.
Y sacarle tanto helado y barquillos.
—¿Que no les da vergüenza? Pobre caballero. Se lo diré a la señora.
A este momento yo aquí, en Nueva York, siento y caigo en cuenta que me he extraviado en detalles pueriles y ajenos al propósito de la entrevista. Y ante todo que he hablado mal y que no he hecho del todo justicia a nuestro mar.
Porque de noche, ¡oh, sí, nuestro mar es otro ser!
Y entonces, voz y ánimo cambiado, recuerdo y cuento ahora de cómo desde mi casa, allá en el fondo de la calle Montaña, la noche entera percibíamos nítidamente el nacer, alzarse y desplomarse de cada ola, y hasta el suspiro de la espuma que ésta desparramara por las arenas. Un breve silencio hecho de luna, y de nuevo el murmullo del nacer, alzarse y desplomarse de la próxima ola, y de la siguiente, y de la otra...
El mar en verano, el corazón mismo de Viña. Un corazón cuyos latidos podíamos contar.
Luego, más tarde, en medio de la noche, era el pitido orgulloso del expreso de Santiago a Valparaíso, rayo luminoso cortado por entre pueblos y jardines... el temblar de las grandes casas dormidas a ambos lados de la línea...
Sí, oigo todavía ese pasar fantasma del “Nocturno”, marcando para los que no dormíamos la hora exacta de nuestro insomnio y tristeza.
—Tristeza, ¿habla Ud. de tristeza cuando empezaba a convencernos de que pudiera aún existir un pequeño rincón de paraíso?
Esta reacción de parte de mis interlocutores, reacción que no esperaba y que siendo sincera, me conmueve y sobrecoge a la vez.
¿Existe, existe ese rincón del paraíso —me pregunto súbitamente alarmada—, o es que sin darme cuenta, por mero placer poético, he estado propagando una ficción?
Y a mi memoria acuden presurosos mis últimos recuerdos de Viña del Mar.
El casino con sus jardines bien trazados, su golf miniatura, sus iluminaciones, sus salas de juego y de baile, sus comedores y bares y orquestas... y al borde del mar, una que otra mansión convertida en lujoso restaurant.
Y el Hotel O'Higgins, moderno, cosmopolita, eficiente.
Y la plaza, aquel pequeño parque umbrío, despojado de su misterio... ¡pavimentada! Desaparecido el viejo estanque con sus cisnes. Uno de ellos era negro.
Y desaparecida en Miramar la playa en que de niños ahondamos socavones y levantábamos castillos de arena.
Las altas rocas que solíamos escalar, desaparecidas, tragadas ellas también por el mar que avanza ahora triunfante hasta la rambla.
Rambla defensora, y a su largo, ancha vereda práctica, moderna y... desierta.
¡De ayer el Paseo Miramar y su pasear de moda al mediodía! ¡De ayer sus coches tirados por briositos y bien cuidados caballos, trayendo y esperando a sus veraneantes junto a las palmeras!
Pila, Pilar, Felicitas Subercaseaux paseando su belleza e inquietud por otras playas y otros mundos.
Y muerto ya hace mucho, me dijeron, el viejo y solitario señor alemán que nos regalara de helados y barquillos, mientras contándonos de cosas que ahora comprendo no fueran locura sino... poesía.
¿Existe, existe aún ese rincón de paraíso? me pregunto más y más angustiada, mientras afluyen a mi memoria las últimas noticias oídas aquí en Nueva York.
Edificios-departamentos, grandes garajes-modelos y la marea agresiva del turismo...
A este punto de la entrevista no sólo me atemoriza ya la idea de un desmentido al pequeño mundo que acabo de describir, sino la del derrumbe de otro mundo dentro de mi propio corazón.
Fue un silencio, si largo para mis interlocutores, infinito para mí.
Nueva York, 1959
jueves, 15 de octubre de 2026
Los cuatro ciclos, Jorge Luis Borges (con coda de Roberto Bolaño)
Cuatro son las historias, una, la más antigua, es la de una fuerte ciudad que cercan y defienden hombres valientes. Los defensores saben que la ciudad será entregada al hierro y al fuego y que su batalla es inútil; el más famoso de los agresores, Aquiles, sabe que su destino es morir antes de la victoria. Los siglos fueron agregando elementos de magia. Se dijo que Helena de Troya, por la cual los ejércitos murieron, era una hermosa nube, una sombra; se dijo que el gran caballo griego en el que se ocultaron los griegos, era también una apariencia. Homero no habrá sido el primer poeta que refirió la fábula; alguien, en el siglo catorce, dejó esta línea que anda por mi memoria: The borgh brittened and brent to brontes and ashes.[ ] Dante Daniel Rosetti, imaginaría que la suerte de Troya quedó sellada en aquel instante en que Paris arde en amor de Helena; Yeats elegirá el instante en que se confunden Leda y el cisne que era un dios.
Otra, que se vincula a la primera, es la del regreso. El de Ulises, que, al cabo de diez años de errar por mares peligrosos y de demorarse en islas de encantamiento, vuelve a su Ítaca; el de las divinidades del Norte que, una vez destruida la tierra, la ven surgir del mar, verde y lúcida, y hallan perdidas en el césped las piezas de ajedrez con que antes jugaron.
La tercera historia es la de una busca. Podemos ver en ella una variación de la forma anterior. Jasón y el Vellocino; los treinta pájaros del persa, que cruzan mares y montañas y ven la cara de su Dios, el Simurgh, que es cada uno de ellos y todos. En el pasado toda empresa era venturosa. Alguien robaba, al fin, las prohibidas manzanas de oro; alguien, al fin, merecía la conquista de Grial. Ahora, la busca está condenada al fracaso. El capitán Ahab da con la ballena y la ballena lo deshace; los héroes de James o de Kafka sólo pueden esperar la derrota. Somos tan pobres de valor y de fe, que ya el happy-ending no es otra cosa que un halago industrial. No podemos creer en el cielo, pero sí en el infierno.
La última historia es la del sacrificio de un dios. Attis, en Frigia, se mutila y se mata; Odín, sacrificando a Odín, Él mismo a Sí mismo, pende del árbol nueve noches enteras y es herido de lanza; Cristo es crucificado por los romanos.
Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.
Borges ya dijo que en la literatura existían cuatro temas: el amor, los viajes, la muerte y el laberinto. Incluso viajes y laberinto podrían confundirse. Roberto Bolaño
miércoles, 14 de octubre de 2026
Laguna, Manuel Rojas
De aquella época de mi vida, ningún recuerdo se destaca tan nítidamente en mi memoria y con tantos relieves como el de aquel hombre que encontré en mis correrías por el mundo, mientras hacía mi aprendizaje de hombre. www.letras.mysite.com
… Hace ya muchos años. Al terminar febrero, había vuelto del campo donde trabajaba en la cosecha de la uva. Vivía en Mendoza. Como mis recursos dependían de mi trabajo y éste me faltaba, me dediqué a buscarlo. Con un chileno que volvía conmigo, recorrimos las obras en construcción, ofreciéndonos como peones. Pero nos rechazaban en todas partes. Por fin alguien nos dio la noticia de que un inglés andaba contratando gente para llevarla a Las Cuevas, en donde estaban levantando unos túneles. Fuimos. Mi compañero fue aceptado en seguida. Yo, en ese entonces, era un muchacho de diecisiete años, alto, esmirriado, y con aspecto de débil, lo cual no agradó mucho al inglés. Me miró de arriba abajo y me preguntó:
… -¿Usted es bueno para trabajar?
… -Sí –le respondí-. Soy chileno. www.letras.mysite.com
… -¿Chileno? Aceptado.
… El chileno tiene, especialmente entre la gente de trabajo, fama de trabajador sufrido y esforzado y yo usaba esta nacionalidad en esos casos. Además mi continuo trato con ellos y mi descendencia de esa raza me daban el tono de voz y las maneras de tal.
… Así fue cómo una mañana, embarcados en un vagón de tren de carga, hacinados como animales, partimos de Mendoza en dirección a la cordillera. Eramos, entre todos, como unos treinta hombres, si es que yo podía considerarme como tal, lo cual no dejaba de ser una pretensión. www.letras.mysite.com
… Había varios andaluces, muy parlanchines; unos cuantos austríacos, muy silenciosos; dos venecianos, con hermosos ojos azules y barbas rubias; unos pocos argentinos y varios chilenos.
… Entre estos últimos estaba Laguna. Era un hombre delgado, con las piernas brevemente arqueadas, el cuerpo un poco inclinado, bigote lacio de color que pretendía ser rubio, pero que se conformaba modestamente con ser castaño. Su cara recordaba inmediatamente a un roedor: el ratón.
… Le ofrecí cigarrillos y esto me predispuso a su favor. Me preguntó mi edad y al decírsela movió la cabeza y suspiró: www.letras.mysite.com
… -¿Diecisiete años? Un montoncito así de vida. www.letras.mysite.com
… Y señalaba con el pulgar y el índice una porción pequeña e imaginable de lo que él llamaba vida.
… Usaba alpargatas y sus gruesas medias blancas subían hacia arriba aprisionando la parte baja del pantalón. Una gorra y un traje claro, muy delgado, completaban su vestimenta que, como se ve, no podía ser confundida con la de ningún elegante. A la hora del almuerzo compartí con él mi pequeña provisión y esto acabó de atraerlo hacia mí. Más decidor ya, por efecto de la comida, me contó algo de su vida; una vida extraña y maravillosa, llena de viscisitudes y de pequeñas desgracias que se sucedían sin interrupción. Hablando con él, observé esta rara manía o costumbre: Laguna no tenía nunca quietas sus piernas. Las movía constantemente. Ya jugaba con los pies cambiando de sitio o posición una maderita o un trocito de papel que hubiera en el suelo; ya las movía como marcando el paso con los talones; ya las juntaba, las separaba, las cruzaba o las descruzaba con una continuidad que mareaba. Yo supuse que esto provendría de sus costumbres de vagabundo, suposición un tanto antojadiza, pero yo necesitaba clasificar este rasgo de mi nuevo amigo. Su cara era tan movible como sus piernas. Sus arrugas cambiaban de sitio vertiginosamente. A veces no podía yo localizar fijamente a una. Y sus pequeños ojos controlaban todo este movimiento con rápidos parpadeos que me desconcertaban.
… -¿De dónde es usted, Laguna?
… (¿Por qué se llamaría Laguna? ¿Sería un mote o un nombre? Nunca lo supe.)
… Contestóme: www.letras.mysite.com
… -Soy chileno; de Santiago. Pura araucanía.
… Parecía tener el orgullo de su raza y seguramente decía aquella última frase para significar que era un chileno de pura sangre araucana.
… En el tren intimamos mucho. Los demás no me llamaban la atención. Laguna era una fuente inagotable de anécdotas y frases graciosas. Mi juventud se sentía atraída por este hombre de treinta y cinco años, charlador inagotable, cuya vida era para mi adolescencia como una canción fuerte y heroica que me deslumbraba. Su tema favorito era su mala suerte: www.letras.mysite.com
… -Yo soy roto muy fatal, hermano. Usted se morirá de viejito, le saldrá patilla hasta para hacerse una trenza y nunca encontrará un hombre tan desgraciado como yo.
… El dolor de su vida, en lugar de entristecerme, me alegraba. Contaba sus desgracias con tal profusión de muecas e interjecciones, que yo me reía a gritos. Se paraba un instante, se ponía serio y me decía:
… -No se ría de la desgracia ajena; eso es malo.
… Y seguía contando. En las partes que él consideraba trágicas o patéticas, sus ojos se cerraban y sus orejas, largas y transparentes, parecían trasladarse hacia la nuca.
… -Y entonces, cuando gritaron: ¡cuidado, que vamos a largar!, yo me hice a un lado, el poste cayó, una piedra saltó y me rompió la cabeza.
… Sus arrugas tornaban a su posición normal, sus ojos se abrían, las orejas volvían al sitio predilecto y me miraba para ver qué impresión hacía en mí su relato.
… -¡Ja, ja, ja! ¡Qué Laguna!
… Y toda la peonada hacía coro a mis risas.
*** *** ***
… Al anochecer del mismo día llegamos a Las Cuevas. Yo conocía la cordillera por haberla atravesado dos veces en mi niñez, pero de ella no guardaba más recuerdo que el de una mulita muy suave, un arriero que me cuidaba, de un coche que rodaba entre dos murallas de nieve y de mi madre, este último más patente que los otros. Por lo tanto, el espectáculo era nuevo para mí. Una sensación inmensa de pequeñez sobrecogió mi espíritu, cuando, al descender del tren, mi vista recorrió ese inmenso anfiteatro de montañas. El cielo me parecía más lejano que nunca. Ni un árbol. Aridez absoluta en todo lo que veía. Rocas que se erguían, crestas rojas o azules, manchones de nieve, soledad, silencio. El tren se perdía como un gusano, entre las moles, ridículo de pequeño. Y los hombres parecíamos más pegados al suelo que en ninguna parte.
… Como no nos esperaban con alojamiento preparado en el hotel, tuvimos que proceder inmediatamente al levantamiento de las carpas que nos servirían de habitación. A cinco chilenos, entre los cuales estaba Laguna, nos dieron una. La paramos en medio de maldiciones y juramentos. Corría un viento fuerte que azotaba la tela y la hacía hincharse como una vela. Cuando ya la teníamos casi armada, el viento la tumbaba. Laguna cogía su gorra, la tiraba al suelo, zapateaba un poco sobre ella, luego se tomaba la cabeza con ambas manos y levantando al cielo su cara, exclamaba:
… -¡Por Diosito, Señor!www.letras.mysite.com
… Esta parecía ser su exclamación favorita.
… Por fin la carpa quedó en estado de habitarla y nos repartimos el pedazo de terreno, sembrado de piedras del tamaño de un puño, que utilizaríamos a modo de blanda cama. Extendimos nuestras ropas en el suelo. Laguna nos miraba hacer. Alguien preguntó:
… -¿En qué irá a dormir Laguna?
… Este lo miró y bajó la cabeza avergonzado. Nada que denunciara la presencia de una prenda de vestir o de cama había en su equipaje, que llevaba envuelto en un pañuelo.
… Cuando nos acostamos, Laguna estuvo un momento parado, con expresión de hombre indeciso; conversaba y fumaba. Luego se decidió y sin hacer ningún preparativo se tendió en el desnudo suelo, al lado mío. Yo quise ofrecerle mi cama, pero el temor de avergonzarlo me hizo desistir. Se apagó la luz. Con los ojos abiertos en la sombra, tendido de espaldas en mi lecho, conversé un momento con él. A la luz de su cigarro veía a intervalos su nariz aguileña y su bigote lacio. Después, insensiblemente me quedé dormido. Desperté al cabo de unas horas y mientras orientaba mi pensamiento escuché los ruidos de la noche. Afuera el viento, muy frío, parecía aullar como un animal aguijoneado. El rumor del río aumentaba con su rodar de piedras aquel grito prolongado del viento. La carpa crujía violentamente. En medio de toda aquella sinfonía salvaje percibí un sonido humano. Pensé que alguien rondaba, tal vez perdido, alrededor de la carpa e incorporándome en la cama escuché con atención. Pero no era afuera. Era al lado mío. Laguna, dormido seguramente helado de frío, castañeteaba los dientes y se quejaba.
… -Laguna…
… No me contestó.
… -Laguna.
… Silencio.
… -Laguna.www.letras.mysite.com
… -¡Ah!
… -¿Qué le pasa?
… -Tengo frío, hermanito.
… -Acuéstese aquí.
… -No, gracias.
… -Venga, hombre.
… Se levantó y empezó a desnudarse. De repente oí un sollozo y Laguna lo comentó diciendo:
… -Yo soy un roto muy fatal.
… Después, como un perro, buscó la cama y se acurrucó entre las ropas, tiritando.
… -Hermanito…
… -¿Qué quiere?
… -Muchas gracias.
… No contesté. Laguna suspiró, se movió un poco, se encogió, seguramente hizo una de sus muecas acostumbradas y por fin se durmió. Yo escuché un momento su respiración, cortada a trechos por suspiros, y luego me dormí.
… Al otro día empezó el trabajo. Se trataba de hacer túneles para resguardar la línea de las nevazones y los pequeños rodados. El trabajo era fuerte, pero como el frío también lo era, ambos se neutralizaban con gran alegría nuestra y satisfacción del inglés.
… A los diez días de estar allí, nuestros rostros habían cambiado completamente. El frío quemaba la piel, la rajaba; la cara se despellejaba, las pestañas caían quemadas también y a todo este trabajo de destrucción y transformación contribuía el hecho de que nadie se lavara la cara sino los domingos. El agua era tan helada que nadie se animaba a hacerlo. Solamente los días de descanso se calentaba agua y se procedía a una limpieza, minuciosa por parte de unos, somera por la de otros. Además, nuestras ropas viejas y sucias, los ponchos oscuros y las barbas crecidas, aumentaban el cambio, haciéndonos aparecer, a los ojos de cualquier viajero erudito, como descendientes directos de una familia de trogloditas.
*** *** ***
… A los quince días de estar ahí le sucedió la primera desgracia a Laguna, si es que desgracia puede llamarse lo que voy a narrar. El ya lo extrañaba; me decía:
… -¿No le parece raro que no me haya pasado nada?
… Y arrugaba la nariz.
… Fue un día jueves. El día anterior había nevado y el frío era intenso. Trabajábamos en una zorra y Laguna era el "bandera". Su trabajo consistía en ir delante de nosotros, a distancia de una cuadra, llevando una bandera roja con la cual anunciaba la proximidad del tren.
… Veníamos con una carga de madera. Cuando llegamos al sitio en que debíamos descargar, vimos que Laguna estaba sentado detrás de un peñasco y bien arrebujado en su poncho. Silbaba monótonamente:
… - Fi…, fi…, fiiii…
… Le dijimos algunas bromas y empezamos a descargar. En los ratos que descansábamos, Laguna nos advertía su presencia con el fi fi de su silbido. Corría un vientecillo que cortaba las carnes. De repente Laguna dejó de silbar. No paramos en ello la atención y cuando terminamos uno gritó:
… - ¡Ya, Laguna, vamos!
… Pero Laguna no contestó.
… - ¿Se habrá quedado dormido? Vamos a darle una broma.
… Uno de los compañeros fue sigilosamente hacia él. Cuando estuvo delante, levantó el poncho como para pegarle. De pronto se inclinó, miró fijamente a laguna y alzando los brazos gritó:
… - ¡Muchachos, vengan!
… Corrimos. Cuando llegamos, Laguna, con la cabeza inclinada sobre un hombro, sonreía dulcemente como si soñara. Se estaba helando. Lo levantamos violentamente y mientras uno lo sujetaba, descargamos sobre él una verdadera lluvia de ponchazos, pellizcones bofetadas y creo que hasta puntapiés. Al cabo de un rato abrió los ojos y nos miró atontado. Le refregamos la cara con nieve y le seguimos pegando. De pronto gritó:
… - ¡Ya está bueno! ¡Ya está bueno!
… Y salió corriendo. Como un caballo que ha estado largo tiempo atado, Laguna daba saltos, tiraba puntapiés, se revolcaba en el suelo, lanzaba fuertes puñetazos, hacía mil contorsiones y, por último, variando el ejercicio, cantó, mientras se acompañaba de un furioso zapateo:
Suspirando te llamé
y a mí llamado no vienes;
como me ves sin trabajo
te haces sorda y no me entiendes.
… Hasta que cayó al suelo, jadeando como una bestia.
*** *** ***
… Mientras tanto, el trabajo adelantaba rápidamente. Ya en algunos sitios la vía estaba cubierta por los túneles. Se hacían hoyos en el suelo, se metían en ellos enormes postes, éstos se juntaban por medio de una trabazón de madera y luego todo se revestía de planchas de zinc. Como el terreno era pedregoso, muchas veces en los hoyos se encontraban gruesos peñascos que era necesario partir con dinamita. Todos los días, a la hora del almuerzo o de la comida, fuertes detonaciones rajaban el silencio de la cordillera. Los estampidos resonaban contra los cerros más cercanos y éstos devolvían un eco que chocaba en otros, sucesivamente, hasta convertirlos en un trueno prolongado y profundo.
… A consecuencia del accidente anterior, la movilidad de Laguna se acrecentó extraordinariamente. El miedo a helarse nuevamente lo hacia andar en un perpetuo entrenamiento físico. Saltaba, corría, bailaba y zapateaba.
… ¡Pobre Laguna! Verdaderamente, era fatal. Un día cayó un poste; todos corrieron, Laguna más que nadie; pero, al ir corriendo y mirar hacia atrás, tropezó en un durmiente de la vía y el filo de otro casi le quebró una pierna. Otro día lo llevaron preso sin causa alguna y lo tuvieron todo el día haciendo un camino en la nieve, entre el cuartel y la estación, en medio de un fuerte frío. Parece que esto era un recurso de que se valían los guardias cada vez que la nieve tapaba el camino.
… Después los acontecimientos se precipitaron y la fatalidad se apretujó más sobre su cabeza de roedor.
… Andábamos trabajando en la zorra y volvíamos de La s Cuevas con una carga de ochenta planchas de zinc que pesaban once kilos cada una. Como de la estación al campamento la vía tenía un profundo declive, largamos los frenos y la zorra se precipitó velozmente hacia abajo. Con el impulso que traía, ayudado por la pesada carga y por la pendiente de la línea, el vehículo se cargó. Agarró tal velocidad, que un poco más allá del puente del río los postes y las rocas pasaban ante nuestra vista con tal continuidad, que parecía que entre ellos no había ninguna distancia. Cuando quisimos frenar, la zorra no obedeció y de esa manera pasamos por el campamento en una carrera trágica. Yo iba en el freno delantero y Laguna en el de atrás. Ya la peonada corría detrás nuestro, gritando:
… - ¡Tírense! ¡Tírense!
… Uno gritó:
… - ¡Hay que tirarse!
… Se envolvió la cabeza con el poncho y saltó. Dio una vuelta en el aire y luego pareció hundirse en el suelo. Otro de los peones cayó de lado y quedó inmóvil. El tercero quedó parado después de describir un círculo que habría causado admiración a cualquier geómetra. Yo tiré mi poncho y luego me arrojé de espaldas al vacío. Caí de bruces. Cuando levanté la cabeza, la zorra iba a una cuadra de distancia. Laguna iba parado en el freno; su poncho oscuro se agitaba a impulsos del viento como una bandera de muerte. La boca de un túnel pareció tragarse al hombre y al vehículo, que después de un instante reaparecieron por el otro lado. Todos corríamos detrás. De repente, el freno resbaló, Laguna vaciló y por un segundo sus manos arañaron el vacío. Luego cayó de boca. A los treinta metros, en una violenta curva de la vía, la zorra saltó y las planchas de zinc se clavaron en los postes. Cuando llegamos, Laguna yacía a un costado de la línea. Había caído sobre la cremallera y del golpe se le saltaron casi todos los dientes. Después rebotó y cayó en una acequia, en cuyo filo se hizo dos heridas en la cabeza. Tenía la cara llena de sangre y respiraba quejumbrosamente. Al otro día se lo llevaron al hospital.
*** *** ***
… A los pocos días, antes de terminarse los trabajos del túnel, yo bajé a Mendoza. Había sido hablado para invernar, como peón, en una estación situada entre Las Cuevas y Puente del Inca, y necesitaba comprar ropas de invierno. Cuando quise volver, la Compañía me negó el pasaje por no presentar una autorización del jefe o del capataz. Como mi ropa había quedado allá, resolví regresar a pie. Me uní con dos anarquistas chilenos que regresaban a su tierra y emprendimos el viaje, saliendo de Mendoza una noche de abril. Después de tres días de viaje, llegamos al campamento y allí me encontré con Laguna, que ya había vuelto del hospital. Estaba visiblemente cambiado. La cara se le había hecho más pequeña, tenía la boca hundida a causa de la falta de los dientes, y toda su persona parecía estar inclinada bajo un peso invisible. Me llamó a su lado y me dijo casi llorando:
… - Hermano, vámonos a Chile. Siento que si me quedo aquí me voy a morir.
… Lo pensé y me decidí. Le dije que sí. Se alegró tanto que me dio un abrazo. Esperamos la noche para salir. De día era peligroso pasar porque había nevado y el camino del cuartel a la estación estaba tapado. Los peones nos dieron carne, queso, charqui y café. A unos cuantos arrieros que venían de Chile les preguntamos si el tiempo era bueno en la cordillera y nos contestaron que el viento que corría no era fuerte y que la nieve caída era muy poca.
… A las nueve, después de efusivas despedidas, partimos los cuatro: Laguna, los dos anarquistas y yo.
… Había nevado bastante y el camino estaba tapado. Nos orientamos por las luces de la estación. Atravesamos un pequeño puente y empezamos a buscar el camino ancho. A las dos cuadras nos perdimos. Por fin, después de varias vueltas, encontramos la buena ruta y empezamos a subir. A los mil metros de altura empezó a nevar fuertemente. La noche era oscurísima. Caminábamos un trecho y descansábamos. El peso de nuestra ropa, que llevábamos a la espalda, nos fatigaba un poco. No hablábamos. Laguna iba adelante con la cabeza gacha y silbando despacito. De vez en cuando, con un dulce dejo de pena, cantaba:
Dos corazones tengo
para quererte;
uno tengo de vida
y otro de muerte.
… De repente se detuvo y nos dijo:
… - Oigan.
… Escuchamos. Un ruido profundo y sostenido llegó hasta nosotros. De pronto el ruido se trocó en un clamor casi humano. Parecía que una garganta enorme, de voz ronca, gritaba en la cumbre.
… Laguna dijo:www.letras.mysite.com
… - Es el viento.
… El era. Llegaba loco, furioso, estruendosamente. Después de un momento, el clamor subió a rugido y éste se multiplicó en todos los tonos. Golpeaba en las rocas, saltaba de quebrada en quebrada, se azotaba contra un cerro y rebotaba en otro. Parecía que un ejército de leones bajaba rugiendo hacia el llano. Era horrible y hermoso.
… Como íbamos a favor de un cerro, no lo sentíamos en nuestros cuerpos, pero, al dar vuelta el camino, el viento nos detuvo como una mano poderosa. Daban ganas de gritar y de llorar. La sangre zumbaba bajo la impresión de este emocionante e invisible espectáculo. El viento subía rabiosamente desde el lado chileno, llegaba a la cumbre y se derrumbaba poderosamente hacia el llano argentino.
… Nos detuvimos a conferenciar. Hablábamos en voz baja, como temiendo que el viento nos oyera. Volver era peligroso. Nos exponíamos a que el viento nos cogiera de espaldas y nos lanzara cerro abajo, como a las mulas cargadas. Decidimos seguir. Y nos lanzamos al camino. A los pocos pasos nos detuvimos, ahogados. La fuerza del viento era tal, que nos impedía arrojar el aire absorbido en la respiración. Laguna gritó:
… - ¡ Tápense la boca con un pañuelo!
… Seguimos su consejo y pudimos respirar. Caminábamos de lado para ofrecer menos blanco al viento. A los tres mil ochocientos metros nos detuvimos indecisos. Un pequeño rodado había tapado el camino, y en lugar de la línea recta de éste, sólo se veía una blanca raya oblicua que bajaba vertiginosamente hacia la quebrada. La nieve, endurecida, era resbaladiza como jabón.
… - Hasta aquí llegamos.
… ¿Cómo pasar? No traíamos ni un miserable palo con que ayudarnos. Uno de los anarquistas, llamado Luis, dijo:
… - Es preciso pasar.
… Sacó un largo cuchillo y se lanzó sobre aquella raya, en cuyo fin la muerte abría la boca enorme de la quebrada.
… Inclinados bajo el viento, lo miramos pasar. Clavaba el cuchillo, agarrado a éste daba un paso, se tendía en la nieve, sacaba el cuchillo, lo clavaba, daba otro paso y poco a poco se alejaba de nosotros. De repente resbaló y rodó un metro. Lanzamos un grito. El hombre quedó un momento inmóvil y luego empezó a subir, arrastrándose, hasta que logró asirse del cuchillo que había quedado clavado. Demoró veinte minutos en atravesar los ochenta metros del rodado.
… Después pasé yo. Nunca, como aquel momento, me he sentido más cerca de la muerte. Apretados los dientes, hincando con todas mis fuerzas los zapatos en la nieve, buscando en la sombra los hoyos abiertos por el cuchillo del anarquista, atravesé aquel camino angustioso. Caer era rodar mil o dos mil metros hasta quedar convertido en una cosa sin nombre. Cuando llegué al camino, permanecí un momento desorientado y luego me lancé a correr hacia la casilla del Cristo Redentor. Allí estaba Luis. Con fósforos hicimos arder papeles y nos calentamos las entumecidas manos.
… - ¿Y los otros?
… - Ya vienen.
… Esperamos un largo rato y no aparecieron.
… - ¿Se habrán perdido? Vamos a buscarlos.
… Salimos y gritamos.
… - Si han seguido hacia delante es inútil gritar. El viento nos devuelve los gritos.
… Recorrimos los alrededores y de pronto oímos una voz que llamaba a lo lejos. Buscamos al que gritaba y encontramos al otro anarquista, abrazado a un poste de los que marcan los límites de Chile y Argentina. Lo levantamos y lo sacudimos un poco hasta que se repuso.
… - ¿Y Laguna?
… - No sé; cuando yo llegué a este lado del rodado, él empezaba a atravesarlo.
… - Habrá seguido.
… - No; no ha seguido. Debe haberse perdido.
… Una enorme angustia me subió del corazón a la garganta y corrí como un loco, gritando:
… - ¡Laguna! ¡Hermanito!
… Pero el viento me devolvía sarcásticamente los gritos.
*** *** ***
… Al otro día, mientras bajábamos, busqué por todas partes los rastros de Laguna. Pero seguramente la nieve había tapado sus huellas, porque ni en el camino, ni en las quebradas, ni en ninguna parte la marca de un pie o de un cuerpo quebraba la armoniosa tersura de aquella inmensa sábana, bajo la cual, seguramente, Laguna dormía su último sueño.
… - ¡Pobre roto fatal!