lunes, 28 de septiembre de 2026

En Nueva York con Sherwood Anderson, crónica de María Luisa Bombal

A sesenta años de su muerte, recordamos al célebre escritor norteamericano en las palabras de una joven María Luisa Bombal, quien, atraída por el genio de este autor,
quiso entrevistarlo en Nueva York.


Encontrarse de pronto con que una ciudad encaja dentro de su leyenda es, desde luego, una emocionante sorpresa. Pero si llega, como Nueva York, a sobrepasar su leyenda, con qué infinito bienestar se mueve uno por ella.

En Nueva York no hay rascacielos. Quiero decir lo que nosotros entendemos por rascacielos: un edificio descomunal e indiscreto como un grito. (...) Manhattan está toda construida a una misma escala, sin nada que sobresalga, sin nada que pretenda pujar, como un desafío a la lógica y a las leyes de la armonía. (...)

Nueva York es la ciudad del silencio. Porque Nueva York, la ciudad en donde transitan y se entrechocan todas las razas, donde se hablan todas las lenguas, la ciudad del movimiento, de las aglomeraciones es una ciudad... silenciosa. Los límites de su silencio comienzan en los muelles adonde la aduana canaliza y distribuye el aporte humano de varios vapores a un tiempo. De entrada, la ciudad impone natural y automáticamente la más elegante de las disciplinas: el silencio. Y también la ciudad del orden es la ciudad de la simpatía y el respeto al prójimo. Los americanos parecen haber comprendido mejor que nadie que la civilización consiste ante todo en un pacto y una transacción. Un pacto consigo mismo, con la parte subversiva de sí mismo, y un pacto y una transacción con los demás. (...)

Nueva York es una ciudad poética. Allí no se ha perdido el impulso imaginativo, sentimental o "feérico", porque se ha ganado en organización y en practicismo. (...)

Cuando dije que quería conocer a Sherwood Anderson hubo sonrisas irónicas, exclamaciones escépticas: "¿Sherwood Anderson? Nunca ve a nadie. ¡Es inaccesible! Hay que entenderse con su editor".

Sin embargo, fue W.W. Norton, que no es el editor de Sherwood Anderson, quien me consiguió, rápida y gentilmente, la entrevista que solicitaba. Mrs. Sherwood Anderson me llamó al hotel una mañana y me citó para esa misma tarde a las 16.

A bordo ya había preparado, con la inexperiencia de una periodista de ocasión, una serie de preguntas pomposas con las que me proponía poner al descubierto "el espíritu del escritor americano"; a saber:
a) ¿Tiene, según usted, derecho el escritor a aislarse, a permanecer ajeno a los problemas sociales, a no tomar parte activa en la política?
b) ¿Qué escritores, qué literatura, qué tendencias han ejercido según usted influencias en su propia literatura?
c) ¿Qué opina usted de la América del Sur, de su cultura, cuáles pueden ser nuestras afinidades intelectuales con los Estados Unidos, etcétera?

Pero Sherwood Anderson vino a abrirme en persona la puerta de su casa, un espacioso estudio de altos vitrales. Esta recepción tan poco solemne no estaba en mis cálculos. Sin embargo, sin inmutarme me puse a observar con curiosidad alrededor mío. Sherwood Anderson me advirtió sonriente: "No se dé tanto trabajo. Este estudio no es mío. Nos lo ha prestado una amiga mientras estamos aquí. Nosotros vivimos en el campo. En Virginia". Y sin más preámbulos me presentó a su señora, una graciosa americana tan inteligente como tranquila. A pesar de todo, y para no dejar de cumplir con lo que yo consideraba mi deber de periodista formulé la primera pregunta.

- ¿Tiene, según usted, el escritor derecho a aislarse, a no tomar parte activa en la política? Sherwood Anderson me miró gravemente un instante. - Oh sí; si es que puede.

- ¿Cómo es posible que no haya concurrido un solo escritor americano a las sesiones del P.E.N. Club? - traicionando desde luego mi programa.

- Oh, sabe usted, a nosotros los escritores americanos no nos gusta hablar tanto y tanto. Preferimos escribir cada cual en su rincón: mal o bien, pero escribir.

Y Sherwood Anderson sonrió con simpatía y con un poco de cansancio.

La ocasión me pareció buena para sincerarme:

- Francamente (no pude menos que decirle) no tengo pasta de periodista.
Sherwood Anderson. ¡Qué parecido es usted a Sherwood Anderson!

Porque el autor de Poor White y de Death in the woods era realmente igual a la idea que nos hacemos de él: varonil, franco, canoso, de una seriedad tan alegre, de una inteligencia accesible y serena. La señora de Anderson trajo "whisky". Ella y su marido me mostraron luego el jardincito sobre el que se abría el estudio, luego el estudio y los cuadros de la amiga, y sonriendo con benevolencia de mis entusiasmos, me hicieron a su vez preguntas.

Pero fue a mí a quien tocó sonreír cuando Sherwood Anderson manifestó su sorpresa ingenua a la par que cierta incredulidad de que en la América del Sur pudieran conocer sus libros.

- ¿Cómo? ¿En qué idioma? ¡En inglés!

- Sí, en inglés o en traducciones al francés y al español también.

- ¿Así es que en la América del Sur saben que yo existo? ¡Qué raro! ¡Qué maravilla! (...)

"América del Sur, América del Sur", repetía, mientras me acompañaba hasta la puerta.

Al día siguiente me mandó una carta de la que transcribo aquí algunos renglones.
"Se está hablando mucho de la necesidad para todos nosotros, en nuestras dos Américas, de tratar de conocernos mejor los unos a los otros. Creo que esto debiera emprenderse comenzando por la traducción y publicación aquí de vuestros novelistas y poetas. En estos momentos existe, sin duda alguna, un gran interés por la América del Sur. Me atrevo a afirmar que no es sólo un interés de orden comercial; hay en este interés una especie de sentimiento nuevo. Algo terrible parece haberse apoderado del Viejo Mundo. Ya no podemos seguir tomando nuestros impulsos culturales de allí. Algo está allí corrompido".

Como invitada al congreso de los P.E.N. clubs, no pudo menos que impresionarme profundamente la última frase de su carta. Todos los escritores europeos que frecuentaba en las sesiones y en los viajes sólo me parecían preocupados en vigilar sus derechos de autor. Yo los observaba moverse en ese maravilloso país. Los intelectuales europeos vienen a América a ver América según se les ha antojado a ellos qué es América, me decía. Tienen miedo de ver las cosas limpia y sinceramente, sin prejuicios ni lugares comunes. Parecería que temiesen recoger nuevas impresiones, ver nuevos paisajes, como si cada nuevo elemento, en lugar de enriquecerlos, fuera a romper el equilibrio precario de sus parsimoniosas vidas intelectuales.

¡Qué distinto fue, en cambio, el gran paseo a que nos invitó en su coche Sherwood Anderson para mostrarnos algunos aspectos de Nueva York! China Town, Harlem, donde cada espectáculo y cada tipo de negro entusiasmaban a Sherwood como si los estuviera viendo con nosotros por primera vez. A la vuelta de una calle un negro muy elegante y deportivo se bajó de su automóvil y vino a reprender a Sherwood, que manejaba deplorablemente. El más ilustre de los escritores americanos escuchó con atención y expresión suave el discurso, por lo demás bastante insolente, del "gentleman" de color, y poco faltó para que se excusara.

- Jamás un negro se atreve a interpelar así a un americano - intercedió alguien. Ha sido usted demasiado indulgente.

Anderson sonrió y explicó.
- Si hubiera sido un blanco, no respondo de lo que hubiera pasado, pero a un negro mejor es dejarle la ilusión de sus derechos.

Como la mayor parte de los intelectuales americanos, Sherwood Anderson ama a los negros: un amor hecho de curiosidad y a la vez de prudente e inteligente admiración.

Después fue Wall Street y los "docks", la ciudadela industrial de Nueva York. Y entre los bancos y las centrales de grandes compañías comerciales, la iglesia de la Trinidad, negra y esbelta, rodeada del apacible y abierto cementerio, y el gran revuelo de las palomas en las estrechas calles empinadas. (...)

Durante el trayecto de vuelta, Sherwood Anderson, con un entusiasmo y una sencillez sin límites, me habló del libro que estaba escribiendo, del capítulo que acaba de resolver esa misma tarde, antes de venir a buscarnos. Me preguntaba casi mi opinión. (...)

Por la noche tuvo lugar el banquete solemne con que fueron cerradas las sesiones del congreso de los P.E.N. clubs. Ochocientas personas, pero muy pocos escritores americanos. Negrín estaba sentado en la mesa cabecera. El día anterior había llegado de España. Algunos sudamericanos lo mirábamos ingenuamente emocionados, conmovidos por el drama que significaría para él tener que sentarse vestido de frac a una mesa, por demás literario y elegante, al día siguiente de una capitulación tan dolorosa. No fue lo mismo cuando al final del banquete accedió a tomar la palabra y con la copa en la mano bromeó sobre su mala dicción inglesa, habló de la belleza de los rascacielos, etcétera. Entonces su resignación nos pareció un tanto exagerada.

Pero la noche nos tenía reservadas otras sorpresas: Pearl Buck nos habló breve y sobriamente de la China destrozada, y luego... luego se levantó y habló la China misma en la persona del ilustre escritor Lin Yutang; habló esta vez con la alegría y la verbosidad de un "speaker" de radio.

No sé qué pensaría en ese momento Pearl Buck. Por mi parte, mientras volvía al hotel, la frase de Sherwood Anderson me resonaba en los oídos:
- Algo terrible parece haberse apoderado del viejo mundo. No podemos ya seguir tomando nuestros impulsos culturales allí. Algo está allí corrompido.

Publicado en "El Mercurio", 5 de noviembre de 1939
 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Larga vida y ancho amor a la crónica

Soy periodista, entré a la escritura por la puerta de la no-ficción. Primero columnas de opinión, que pensé como mini-ensayos que mezclaban filosofía política con autobiografía y cultura pop. Después, crónica, que es cuando el periodismo conoce a la literatura. Una crónica es un reportaje contado con maestría. En la universidad, descubrí la crónica leyendo A Sangre Fría en clases de redacción, las historias de Martín Caparrós en la clase de Antropología y las vivencias maricuecas de Lemebel en la especialización de Cultura. Luego, seguir a ciegas pero con esperanza las huellas hacia el patíbulo de Julius Fučík (que no dejó de escribir hasta el día en que los nazis lo colgaron de la horca), la matanza del seguro obrero según el patasdeperro de Carlos Droguett, la bomba atómica polifónica y coral de John Hersey, el náufrago colombiano y Miguel Littin clandestino en Chile según García Márquez, las desgarradoras cartas a sus amigos montoneros, a su hija montonera asesinada, que escribió Rodolfo Walsh, las historias radiofónicas recolectadas por el gringo Paul Auster. Un inspirador y hediondo a testosterona panel de hombres. Hasta que Svetlana Aléxievich gana el Premio Nobel. Y aprendo que crónica también es arder en preguntas para tu abuela.

Mis maestros directos: Juan Pablo Meneses. En 2014 participé de un taller de crónica con él en la Biblioteca Nacional. Ahí conocí a Paulina Flores y a Cristóbal Gaete. Éramos tan jóvenes, éramos doce años atrás. Meneses me muestra el trabajo de Gabriela Wiener, de Alma Guillermo Prieto, de Leila Guerriero. Y ellas me llevan a Hebe Uhart, a Mariana Enríquez. Tomo un taller con la argentina Josefina Licitra en Santiago y en el delirio escritural postulo a un taller de la Fundación Para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, la escuela donde todos los periodistas jóvenes latinoamericanos queremos estudiar. Me aceptan, me voy a Nicaragua a un taller con Alberto Salcedo Ramos. En Managua llueve largo y con calor, no hay transporte público de noche, aprendo nuevas formas de transpirar. En una semana me voy a reportear a la selva sobre una escuela de rehabilitación para machistas, historia que nunca logro concluir; me compro la poesía completa de Rubén Darío y un libro de Gioconda Belli, que ella me firma en persona sin yo tener idea de la autoraza guerrillera que tenía en frente. El viaje lo corona una cena en casa del cuiquísmo Sergio Ramírez, donde termino tomándome una selfie con Ernesto Cardenal.

Como cronista, en ese entonces, escribo incendiarias columnas, que se publican en Noesnalaferia, un blog inventado por periodistas de la Chile. Cumplo mi sueño de colaborar en The Clinic, una revista donde escribe gente que me gusta leer. Me publican entrevistas y notas breves. Más tarde, trabajo un año en una crónica sobre una dueña de casa que trabaja cazando concursos de Facebook, texto que obtiene un premio latinoamericano y con el que estoy bastante satisfecha. Luego me voy a Arica y a la selva peruana a perseguir otra historia que si bien termino nunca logro publicar. Lo bueno es que en Perú descubro al Inca Garcilazo de la Vega y a Poma de Ayala Felipe Guaman.

Conclusiones: Periodismo y crónica no son lo mismo. Como son distintos escribir que ser poeta. Escribir bien lo puede hacer cualquiera, la poesía, gentecita, eso se entrena leyendo, se cultiva escribiendo, se cosecha batallando. Cuando la poesía te cuenta una historia larga basada en datos duros, eso es la crónica, eso es literatura de no ficción. Eso es La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Los Fusileros, de Juan Cristóbal Peña. Chicas muertas, de Selva Almada. El empampado Riquelme, de Francisco Mouat. 

García Márquez dijo que la crónica es un cuento que pasó de verdad. John Lee Anderson, que escribir crónica es como componer una sinfonía fantástica. Leila Guerriero, que una crónica es un documental hecho con palabras. Federico Bianchini, que el cronista trabaja con el lenguaje para que el lector no vea letras sobre el papel sino personajes actuando. Y alguien que podría ser Gay Talese, que la crónica se alimenta de las corrientes subterráneas de la ficción. Es decir, tomar todas las estrategias narrativas que hemos conversado en el taller y aplicarlas para relatar una anécdota factual.

En la bibliografía de hoy encuentran dos ejemplos para entrar a la crónica. La implacable primera persona propia y la delicada primera persona del otro. Una es heredera del gringo Hunter S. Thompson y éste, de los beats. Toda la obra de Gabriela Wiener es así, literatura del yo. El segundo caso es el de Svetlana Alexévich, que enseña a escuchar cómo habla la gente y a encontrar en tu aldea el espejo de la violencia universal.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Las historias que circulan son las que las novelas convierten en ficción

Me parece que la novela como género, desde el «Quijote», trabaja con la realidad «ya narrada»: las historias que circulan, que oímos, que nos cuentan, que andan por ahí, son las que las novelas convierten en ficción. A veces son voces o noticias, a veces son fragmentos de experiencias, realidad narrada sobre la que uno improvisa al escribir, como si la realidad fuera uno de esos temas a los que recurren los músicos de «jazz» para improvisar. Ricardo Piglia.

Alguien que oye voces a través de las voces, Sergio Pitol

Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces. Se mete en la cama y de pronto esas voces lo obligan a levantarse, a buscar una hoja de papel y escribir tres o cuatro líneas, o tan sólo un par de adjetivos o el nombre de una planta. Esas características, y unas cuantas más, hacen que su vida mantenga una notable semejanza con la de los dementes, lo que para nada lo angustia; agradece, por el contrario, a las Musas el haberle transmitido esas voces sin las cuales se sentiría perdido. Con ellas va trazando el mapa de su vida. Sabe que cuando ya no pueda hacerlo le llegará la muerte, no la definitiva sino la muerte en vida, el silencio, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor.

Autobiografía pesimista de Artl y Walsh

Autobiografía de Artl

He cursado las escuelas primarias hasta el tercer grado. Luego me echaron por inútil.
Fuí alumno de la Escuela de Mecánicos de la Armada.
Me echaron por inútil.
De los 15 a los 20 años practiqué todos los oficios. Me echaron por inútil de todas partes.
A los 22 años escribí El juguete rabioso, novela. Durante cuatro años fue rechazada por todas las editoriales.
Luego encontré un editor inexperto.
Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir desechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos. Pero la gente nos agradecería más esto último. 
El hombre en general me da asco, y tengo como única virtud el no creer en mi posible valor literario sino cinco minutos por día.

La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese idiota chiste de Rilke: si usted piensa que puede vivir sin escribir; no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie.
(...)
En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.

Esto no es una novela, carajo

"No me fastidien con el estilo ni con la estructura: esto no es una novela, carajo. Me estoy jugando la vida".

Mario Levrero

Rechazados, Cynthia Rimsky (excerpt)

 En cuanto a mí, los rechazos comienzan en la Escuela de Periodismo; demasiado literarios, poco objetivos, coloquiales, no se entiende lo que quieres decir, falta un orden claro, datos, nombres completos, estatus de las fuentes. Los profesores colocan los textos en un molde. Lo que sobresale es inmediatamente tachado. Si al sacarlo quedan espacios en blanco, son marcados como faltas. ¿De dónde sacan el molde? Por más que los interrogamos, no saben decirlo. A lo más. que «es así y punto».

A los 18 años me han convencido de que escribo mal. En tercer año de Periodismo la mayoría del curso está con depresión; quienes entraron porque les gustaba escribir, no vuelven a dibujar una palabra. Los que deseaban ser periodistas, dudan. Las clases sólo ahondan la confusión. Ignoramos que lo peor vendrá en los diarios, las revistas, las radios, las oficinas de relaciones públicas; somos demasiado jóvenes, inexpertos, o debemos esperar a tener un cargo. Curiosamente, los que llegan a ocupar uno se ensañan ante cualquier actitud que les recuerde sus expectativas. Hay una periodista, que posteriormente recibirá un reconocimiento por los derechos humanos, que premunida de un lápiz rojo se encarniza con mis textos con aires de maestra.

Del Facebook del Alfredo García Cid