jueves, 3 de septiembre de 2026

Últimos atardeceres en la tierra (2001), by Roberto Bolaño

La situación es ésta: B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco. Parten muv temprano, a las seis de la mañana Esa noche, B duerme en casa de su padre. No tiene sueños o si los tiene los olvida nada más abrir los ojos. Oye a su padre en el baño. Mira por la ventana, aún está oscuro. B no enciende la luz y se viste. Cuando sale de su habitación su padre está sentado a la mesa, leyendo un periódico de- portivo del día anterior y el desayuno está hecho. Café y huevos a la ranchera. B saluda a su padre y entra en el baño.

El coche del padre de B es un Ford Mustang del 70. A las seis y media de la mañana suben al coche y comienzan a salir de la Ciudad. La ciudad es México Distrito Federal, y el año en que B y su padre abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el año de 1975. El viaje es, en líneas generales, plácido. Al salir del DF, ambos, padre e hijo, tienen frío, pero cuando abandonan el valle y comienzan a bajar en dirección a las tierras calientes del estado de Guerrero, el calor se impone y tienen que quitarse los suéters y abrir las ventanillas. El paisaje, al principio, ocupa toda la atención de B, que tiende a la melancolía, pero al cabo de las horas las montañas y los bosques se hacen monótonos y B prefiere dedicarse leer un libro de poesía.

Antes de llegar a Acapulco el padre de B detiene el coche delante de un tenderete de la carretera. En el tenderete ofrecen iguanas. ¿Las probamos?, dice el padre de B. Las iguanas están vivas y apenas se mueven cuando el padre de B se acerca a mirarlas. B lo observa apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin esperar respuesta, el padre de B pide una ración de iguana para él y para su hijo. Sólo entonces B se mueve. Se acerca al comedor al aire libre, cuatro mesas y un toldo que el viento escaso apenas agita, y se sienta en la mesa más alejada de la carretera. Para beber, el padre de B pide cervezas. Los dos llevan las camisas arremangadas y desabotonadas. Los dos llevan camisas de colores claros. El hombre que los atiende, por el contrario, lleva una camiseta negra de manga larga y el calor no parece afectarlo.

¿Van a Acapulco?, dice el hombre. El padre de B asiente. Ellos son los únicos clientes del tenderete. Por la carretera brillante los coches pasan y no se detienen. El padre de B se levanta y se dirige hacia la parte de atrás. Por un momento B cree que su padre va a orinar, pero pronto se da cuenta de que se ha metido en la cocina para observar cómo cocinan la iguana. El hombre lo sigue en silencio. B los oye hablar. Primero habla su padre, después la voz del hombre y por último una voz de mujer a la que B no ha visto. B tiene la frente perlada de sudor. Sus gafas están mojadas y sucias. Se las quita y las limpia con el borde de la camisa. Cuando vuelve a ponerse las gafas observa a su padre que lo está mirando desde la cocina. En realidad, sólo ve la cara de su padre y parte de su hombro, el resto queda oculto por una cortina roja con lunares negros, una cortina que a B, por momentos, le parece que no sólo separa la cocina del comedor sino un tiempo de otro tiempo.

Entonces B desvía la mirada y vuelve a su libro, que permanece abierto sobre la mesa. Es un libro de poesía. Una antología de surrealistas franceses traducida al español por Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Desde hace dos días B está leyendo este libro. Le gusta. Le gustan las fotos de los poetas. La foto de Unik, la de Desnos, la de Artaud, la de Crevel. El libro es voluminoso y está forrado con un plástico transparente. No es B quien lo ha forrado (B nunca forra sus libros) sino un amigo particularmente puntilloso. Así que B desvía la mirada, abre su libro al azar y encuentra a Gui Rosey, la foto de Gui Rosey, sus poemas, y cuando vuelve a levantar la mirada la cabeza de su padre ya no está.

El calor es sofocante. De buena gana B volvería al DF, pero no va a volver, al menos no ahora, eso lo sabe. Poco después su padre está sentado junto a él y ambos comen iguana con salsa picante y beben más cerveza. El hombre de la camiseta negra ha encendido una radio de transistores y ahora una música vagamente tropical se mezcla con el ruido del bosque y con el ruido de los coches que pasan por la carretera. La iguana sabe a pollo. Es más chiclosa que el pollo, dice B no muy convencido. Es sabrosa, dice su padre y pide otra ración. Toman café de olla. Los platos de iguana se los ha servido el hombre de la camiseta negra, pero el café lo trae la mujer de la cocina. Es joven, casi tan joven como B, y va vestida con shorts blancos y una blusa amarilla con estampado de flores blancas, unas flores que B no reconoce y que tal vez no existen. Cuando están tomando café, B se siente descompuesto, pero no dice nada. Fuma y mira el toldo que apenas se mueve, como si un delgado hilo de agua permaneciera allí desde la última tormenta. Pero eso no puede ser, piensa B. ¿Qué miras?, dice su padre. El toldo, dice B. Es como una vena. Esto último B no lo dice, sólo lo piensa.

Al atardecer llegan a Acapulco. Durante un rato vagan por las avenidas cercanas al mar. Las ventanillas del coche están bajadas y la brisa les revuelve el pelo. Se detienen en un bar y entran a beber. Esta vez el padre de B pide tequila. B se lo piensa un momento. También pide tequila. El bar es moderno y tiene aire acondicionado. El padre de B conversa con el camarero, le pregunta por hoteles cercanos a la playa. Cuando vuelven al Mustang ya se ven algunas estrellas y el padre de B parece, por primera vez en lo que va de día, cansado. Sin embargo aún recorren un par de hoteles que, por un motivo u otro, no les satisfacen, antes de dar con el elegido. El hotel se llama La Brisa y es pequeño, tiene piscina y está a cuatro pasos de la playa. Al padre de B le gusta el hotel. A B también le gusta. Como es temporada baja, está casi vacío y los precios resultan asequibles. La habitación que les asignan tiene dos camas individuales y un pequeño baño con ducha; la única ventana da al patio del hotel, en donde está la piscina, y no al mar como era el deseo del padre de B. La ventilación, no tardan en descubrirlo, no funciona. Pero la habitación es bastante fresca y no protestan. Así que se instalan, deshacen cada uno su maleta, meten la ropa en los armarios, B deja sus libros sobre el velador, se cambian de camisa, el padre de B se da una ducha de agua fría, B sólo se lava la cara y cuando han terminado salen a cenar.

En la recepción del hotel encuentran a un tipo bajito y con dientes de conejo. Es joven y parece simpático, les recomienda un restaurante cercano al hotel. El padre de B le pregunta por algún sitio animado. B entiende a lo que se refiere su padre. El recepcionista no lo entiende. Un sitio con acción, dice el padre de B. Un lugar donde se puedan encontrar muchachas, dice B. Ah, dice el recepcionista. Durante un instante B y su padre permanecen inmóviles, sin hablar. El recepcionista se agacha, desaparece debajo del mostrador y luego vuelve a aparecer con una tarjeta que le tiende al padre de B. Este la mira, pregunta si el establecimiento es de confianza, y después extrae de la billetera un billete que el recepcionista coge al vuelo.

Pero esa noche, después de cenar, vuelven directos al hotel.

Al día siguiente B despierta muy temprano. Sin hacer ruido se ducha, se lava los dientes, se pone el traje de baño y abandona la habitación. En el comedor del hotel no hay nadie, por lo que B decide desayunar afuera. La calle del hotel baja perpendicularmente hacia la playa. Allí sólo hay un adolescente que alquila tablas. B le pregunta el precio por una hora. El adolescente dice una cifra que a B le parece razonable, así que alquila una tabla y se mete en el mar. Enfrente de la playa hay una pequeña isla y hacia allí dirige B su embarcación. Al principio le cuesta un poco, pero no tarda en dominarla. El mar, a esa hora, es cristalino y antes de llegar a la isla B cree ver peces rojos bajo su tabla, peces de unos cincuenta centímetros de longitud que se dirigen hacia la playa mientras él rema hacia la isla.

El trayecto entre la playa y la isla dura exactamente quince minutos. B no lo sabe, pues no tiene reloj, y el tiempo se le alarga. La travesía entre la playa y la isla le parece que dura una eternidad. Y justo antes de llegar unas olas imprevistas dificultan su aproximación a la playa, una playa que puede apreciar de arena muy distinta a la playa del hotel, pues en aquélla la arena, tal vez por la hora (aunque B no lo cree así), era de un color de tonos dorados y marrones y la de la isla es una arena blanca, refulgente, tanto que hace daño mirarla mucho rato.

Entonces B deja de remar y se queda quieto, a merced del oleaje, y las olas comienzan a alejarlo paulatinamente de la isla. Cuando por fin reacciona, la tabla ha retrocedido y está otra vez a medio camino. Después de calcular las distancias, B opta por regresar. Esta vez la singladura transcurre plácidamente. Al llegar a la playa, el muchacho que alquila las tablas se le acerca y le pregunta si ha tenido algún problema. Ninguno, dice B. Una hora más tarde, sin haber desayunado, B regresa al hotel y encuentra a su padre sentado en el comedor, con una taza de café y un plato en donde aún quedan restos de tostadas y huevos.

Las horas siguientes son confusas. Vagabundean, observan a la gente desde el interior del coche, a veces bajan y se toman un refresco o un helado. Esa tarde, en la playa, mientras su padre duerme estirado en una tumbona, B lee otra vez los poemas de Gui Rosey y la breve historia de su vida o de su muerte.

Un dia un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y el oeste están ocupados por los alemanes. El sur está bajo la égida de Pétain. El consulado norteamericano dilata la decisión día tras día. En el grupo de surrealistas está Breton, está Tristán Tzara, está Péret, pero también hay otros que son menos importantes. A este grupo pertenece Gui Rosey . Su foto es la foto de un Poeta menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. El grupo de surrealistas se reúne cada tarde en un café cerca del puerto. Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un día, sin embargo (un atardecer, intuye B), Rosey desaparece. Al principio, nadie lo echa de menos. Es un poeta menor y los poetas menores pasan inadvertidos. Al cabo de los días, no obstante, comienzan a buscarlo. En la pensión en donde vivía no saben nada de él, sus maletas, sus libros, están allí, nadie los ha tocado, Por lo que resulta impensable que Rosey se haya marchado sin pagar, una práctica común, por otra parte, en ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo buscan. Recorren hospitales y retenes de la gendarmería. Nadie sabe nada de él. Un día llegan los visados y la mayoría de ellos coge un barco y salen para los Estados Unidos. Los que se quedan, aquellos que no van a tener visado nunca, pronto olvidan a Rosey, olvidan su desaparición ocupados en ponerse a salvo a sí mismos en unos años en donde las desapariciones masivas y los crímenes masivos son una constante.

De noche, después de cenar en el hotel, el padre de B propone ir a visitar un lugar en donde haya acción. B mira a su padre. Es rubio (B es moreno), tiene los ojos grises y aún es fuerte. Parece feliz y dispuesto a pasarlo bien. ¿Acción de qué tipo? dice B, que sabe perfectamente a lo que se refiere su padre. La de siempre, dice el padre de B. Trago y mujeres. Durante un rato B permanece en silencio, como si cavilara una respuesta. Su padre lo mira. Se diría que en esa mirada hay expectación, pero en real¡dad sólo hay cariño. Finalmente B dice que no tiene ganas de hacer el amor con nadie. No se trata de ir a echar un polvo, dice su padre, sino de ir y mirar y tomar y departir con los amigos. ¿Con qué amigos, dice B, si aquí no conocemos a nadie? Uno siempre hace amigos en los picaderos, dice su padre. La palabra picadero hace que B piense en caballos. Cuando tenía siete años su padre le compró un caballo. ¿De dónde era mi caballo?, dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se sobresalta. ¿Qué caballo?, dice. El que me compraste cuando yo era chico, dice B, en Chile. Ah, el Zafarrancho, dice su padre y sonríe. Era un caballo chilote, de Chiloé, dice, y tras pensar un instante vuelve a hablar de los burdeles. Por su manera de evocarlos, se diría que habla de salas de baile, piensa B. Pero luego ambos se quedan callados.

Esa noche no van a ninguna parte.

Mientras su padre duerme, B se va a leer a la terraza del hotel, junto a la piscina. No hay nadie más que él. La terraza está limpia y vacía. Desde su mesa B puede observar una parte de la recepción, en donde el recepcionista de la noche anterior lee algo o hace cuentas, de pie sobre el mostrador. B lee a los surrealistas franceses, lee a Gui Rosey. Y la verdad es que Rosey no le parece interesante. Le gusta Desnos, le gusta Eluard, mucho más que Rosey, aunque al final siempre vuelve a los poemas de éste y a contemplar su fotografía, una foto de estudio en donde Rosey aparece como un ser sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata oscura que parece estrangularlo.

Seguramente se suicidó, piensa B. Supo que no iba a obtener jamás el visado para los Estados Unidos o para México y decidió acabar sus días allí. Imagina o trata de imaginar una ciudad costera del sur de Francia. B aún no ha estado nunca en Europa. Ha recorrido casi toda Latinoamérica, pero en Europa aún no ha puesto los pies. Así que su imagen de una ciudad mediterránea está condicionada directamente por su imagen de Acapulco. Calor, un hotel pequeño y barato, playas de arenas doradas y playas de arenas blancas. Y ruidos lejanos de música. B no sabe que falta en su imagen un ruido o un rumor determinante: el de las jarcias de las pequeñas embarcaciones que suelen amarrar en todas las ciudades costeras. Sobre todo en las pequeñas: el ruido de las jarcias en la noche, aunque el mar esté liso como un plato de sopa.

De pronto alguien más entra en la terraza. Es una silueta femenina que toma asiento en la mesa más retirada, en una esquina, junto a dos grandes jarrones de pie. Al poco rato, el recepcionista se acerca a la mujer con una bebida. Después, en lugar de regresar a la recepción, el recepcionista se aproxima a B, que está sentado al borde de la piscina y le pregunta qué tal lo están pasando su padre y él. Muy bien, dice B. ¿Les gusta Acapulco?, pregunta el recepcionista. Mucho, dice B. ¿Qué tal el San Diego?, pregunta el recepcionista. B no entiende la pregunta. ¿El San Diego? Por un instante cree que le está preguntando por el hotel, pero de inmediato recuerda que el hotel no se llama así. ¿Qué San Diego?, dice B. El recepcionista sonríe. El club de putas, dice. Entonces B recuerda la tarjeta que el recepcionista le dio a su padre. Aún no hemos ido, dice. Es un sitio de confianza, dice el recepcionista. B mueve la cabeza en un gesto que podría ser interpretado de muchas maneras. Está en la avenida Constituyentes, dice el recepcionista. En esa misma avenida hay otro club, el Ramada, que no es de fiar. El Ramada, dice B, mientras observa la silueta femenina inmóvil en el rincón de la terraza, en medio de los enormes jarrones cuya sombra se alarga y adelgaza hasta perderse debajo de las mesas vecinas, el vaso con la bebida en la mesa, aparentemente intacto. Al Ramada es mejor que no vayan, dice el recepcionista. ¿Por qué?, dice B por decir algo, en realidad él no tiene intención de ir a ninguno de los dos clubes. No es de confianza, dice el recepcionista y sus dientes de conejo, blanquísimos, brillan en la semipenurnbra que se ha apoderado repentinamente de toda la terraza, como si alguien desde la recepción hubiera apagado la mitad de las luces.

Cuando el recepcionista se va, B vuelve a abrir el libro de poesía, pero las palabras ya son ilegibles, así que deja el libro abierto sobre la mesa y cierra los ojos y no oye el rumor de las jarcias sino un ruido atmosférico, de enormes capas de aire caliente que descienden sobre el hotel y sobre los árboles que rodean el hotel. Tiene ganas de meterse en la piscina. Por un instante cree que podría hacerlo.

Entonces la mujer del rincón se levanta y comienza a caminar en dirección a las escalinatas que unen la terraza con la recepción, aunque a medio camino se detiene, como si se sintiera mal, una mano apoyada en un cantero en donde ya no hay flores sino maleza. B la observa. La mujer lleva un vestido claro, holgado, de tela ligera, con un amplio escote que deja desnudos sus hombros. B cree que la mujer seguirá su camino, pero ella no se mueve, la mano fija en el cantero, la mirada baja, y entonces B se levanta, con el libro en la mano, y se acerca. Su primera sorpresa se produce al observar su rostro. La mujer debe tener, calcula B, unos sesenta años, aunque él, de lejos, no le hubiera echado más de treinta. Es norteamericana y cuando B se le aproxima levanta la vista y le sonríe. Buenas noches, dice ella un tanto incongruentemente. ¿Le sucede algo?, dice B. La mujer no entiende sus palabras y B tiene que repetírselas, pero esta vez en inglés. Sólo estoy pensando en algo, dice la mujer sin dejar de sonreírle. B reflexiona durante unos segundos en lo que la mujer le acaba de decir. Pensando en algo. Y de pronto percibe en esa declaración una amenaza. Algo que se acerca por el lado del mar. Algo que avanza arrastrado por las nubes oscuras que cruzan invisibles la bahía de Acapulco. Pero no se mueve ni hace el más mínimo ademán de romper el encanto en el que se siente sujeto. y entonces la mujer mira el libro que cuelga de la mano izquierda de B y le pregunta qué es lo que lee y B dice: poesía. Leo poemas. Y la mujer lo mira a los ojos, siempre con la misma sonrisa en la cara (una sonrisa que es reluciente y ajada al mismo tiempo, piensa B cada vez más nervioso) y le dice que a ella, en otro tiempo, le gustaba la poesía. ¿Qué poetas?, dice B sin mover un sólo músculo. Ahora ya no los recuerdo, dice la mujer y parece sumirse nuevamente en la contemplación de algo que sólo ella puede vislumbrar. Sin embargo B cree que está haciendo un esfuerzo por redordar y espera en silencio . Al cabo de un rato vuelve a posar en él su mirada y dice: Longfellow. Acto seguido recita un texto con una rima pegajosa que a B le parece similar a una ronda infantil, algo, en cualquier caso, muy lejano a los poetas que él lee. ¿Conoce usted a Longfellow? dice la mujer. B niega con la cabeza, aunque la verdad es que ha leído a Longfellow. Me lo enseñaron en la escuela, dice la mujer con la misma sonrisa invariable Y luego añade: ¿no cree que hace demasiado calor? Hace rnucho calor, susurra B. Puede que se esté acercando una tormenta, dice la mujer. Parece muy segura de sus palabras. En ese momento B levanta la mirada: no ve ninguna estrella. Lo que sí ve son algunas luces del hotel encendidas. Y en la ventana de su habitación ve una silueta que los está mirando y que lo sobresalta como si de ¡mproviso se hubiera desatado la lluvia tropical.

Al Principio no comprende nada.

Su padre está allí, al otro lado de los cristales, enfundado en una bata azul, una bata que ha traído desde su casa y que B no conoce, en cualquier caso no es un albornoz del hotel, y los está mirando fijamente, aunque cuancio B lo descubre se echa para atrás, retrocede corno picado por una serpiente (levanta una mano en un tímido saludo) y desaparece tras las cortinas.

La canción de Hiawatha, dice la mujer. B la mira. La canción de Hiawatha, dice la mujer, el poema de Longfellow. Ah, sí, dice B.

Después la mujer le da las buenas noches y desaparece gradualmente: primero sube la escalinata hasta la recepción, allí se detiene unos instantes, cruza unas palabras con alguien a quien B no puede ver y finalmente se pierde, silenciosa, por el lobby del hotel, su figura delgada enmarcada por las sucesivas ventanas hasta que dobla por el pasillo de la escalera interior.

Media hora más tarde B entra en su habitación y encuentra a su padre dormido. Durante unos segundos, antes de dirigirse al baño a lavarse los dientes, B lo contempla (muy erguido, como dispuesto a sostener una pelea) desde los pies de la cama. Buenas noches, papá, dice. Su padre no hace la menor señal de haberlo escuchado.

Al segundo día de estancia en Acapulco, B y su padre van a ver a los clavadistas. Tienen dos opciones: mirar el espectáculo desde una plataforma al aire libre o entrar al restaurante-bar del hotel que domina La Quebrada. El padre de B pregunta los precios. La primera persona a la que interroga no lo sabe. El padre de B insiste. Por fin, un viejo ex clavadista que está allí sin hacer nada, le dice dos cifras. Instalarse en el mirador del hotel es seis veces más caro que hacerlo en la plataforma al aire libre. El padre de B no lo duda: vamos al bar, dice, estaremos más cómodos. B lo sigue. En el bar sus vestimentas desentonan con las del resto, turistas norteamericanos o mexicanos con prendas claramente veraniegas. La ropa de B y de su padre es la típica ropa de los habitantes del DF, una ropa que parece salida de un sueño interminable. Los camareros se dan cuenta. Saben que esa gente da poca propina y no los atienden con la prontitud necesaria. El espectáculo, para colmo, no se ve nada bien desde donde se han sentado. Hubiéramos hecho mejor en quedarnos en la plataforma, dice el padre de B. Aunque esto tampoco está mal, añade. B asiente. Finalizada la sesión de saltos y tras haberse bebido dos jaiboles cada uno, salen al aire libre y comienzan a hacer planes para el resto del día. En la plataforma casi no queda nadie, pero el padre de B distingue, sentado en un contrafuerte, al viejo ex clavadista y se le acerca.

El ex clavadista es bajo y tiene las espaldas muy anchas. Está leyendo una novela de vaqueros y no levanta la mirada hasta que B y su padre están a su lado. Entonces los reconoce y les pregunta qué les ha parecido el espectáculo. No ha estado mal, dice el padre de B, aunque en los deportes de precisión es necesaria una experiencia mayor para hacerse una idea cabal. ¿El caballero ha sido deportista? El padre de B lo estudia durante unos segundos y luego dice: algo hemos hecho en la vida. El ex clavadista se pone de pie con un movimiento enérgico, como si de pronto estuviera otra vez en el borde de los acantilados. Debe tener, piensa B, unos cincuenta años, por lo tanto no es mucho mayor que su padre, aunque la piel de la cara, con arrugas que parecen heridas, le proporciona un aire de persona más vieja. ¿Los caballeros están de vacaciones?, dice el ex clavadista. El padre de B asiente con una sonrisa. ¿Y cuál es el deporte que el caballero ha practicado, si se puede saber? El boxeo, dice el padre de B. Ah, caray, dice el ex clavadista, pues sería en peso pesado, ¿no? El padre de B sonríe ampliamente y dice que sí.

Sin saber como, de pronto B se encuentra caminando con su padre y con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado aparcado el Mustang y luego los tres se montan en el coche y B oye como si estuviera escuchando la radio las instrucciones que el ex clavadista le da a su padre. El coche durante un rato se desliza por la avenida Miguel Alemán, pero luego gira hacia el interior y pronto el paisije de hoteles y restaurantes dedicados al turismo se transforma en un paisaje urbano ligeramente tropical. El coche, sin embargo, sigue subiendo, alejándose de la herradura dorada de Acapulco, internándose por calles mal asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a una especie de restaurante o más bien casa de comidas corridas (aunque para ser un establecimiento de comidas corridas es demasiado grande, piensa B) en cuya acera polvorienta se detiene. El ex clavadista y su padre bajan de inmediato. Durante todo el trayecto no han parado de hablar y en la acera, mientras lo esperan y hacen gestos incomprensibles, siguen con su plática. B tarda un momento en descender del coche. Vamos a comer, dice su padre. Es verdad, dice B.

El interior del local es oscuro y sólo una cuarta parte está ocupada por mesas. El resto parece una pista de baile, con un estrado para la orquesta, enmarcada por una larga barra de madera basta. Al entrar B no puede ver nada por el contraste de la luz. Luego observa a un hombre, que se parece al ex clavadista, acercarse a éste y a su padre y tras escuchar atentamente una presentación que B no comprende, darle la mano a su padre y segundos después tendérsela a él. B extiende la mano y aprieta la del desconocido. Este dice un nombre y estrecha la mano de B con fuerza. El gesto es amistoso, pero el apretón resulta más bien violento. El hombre no sonríe. B decide no sonreír. El padre de B y el ex clavadista ya están sentados a la mesa. B se sienta junto a ellos. El tipo que se parece al ex clavadista y que resulta ser su hermano menor se mantiene de pie, atento a las instrucciones. Aquí, el caballero, dice el ex clavadista, fue campeón de los pesos pesados de su país. ¿Extranjeros?, dice el hombre. Chilenos, dice el padre de B. ¿Hay huachinango?, dice el ex clavadista. Hay, dice el hombre. Pues ponnos uno, un huachinango a la guerrerense, dice el ex clavadista. Y cervezas para todos, dice el padre de B, para usted también. Agradecido, murmura el hombre mientras saca tina libretita del bolsillo y apunta con dificultad un pedido que, a juicio de B, resulta un juego de niños memorizar.

Con las cervezas, el hermano del ex clavadista les trae una botana de galletitas saladas y tres vasos no muy grandes de ostiones. Son frescos, dice el ex clavadista mientras les pone chile a los tres. Qué curioso, ¿verdad? Que esto se llame chile y que su país se llame Chile, dice el ex clavadista mientras señala el frasco lleno de salsa picante de color rojo intenso. En efecto, no deja de ser curioso, concede el padre de B. A los chilenos, añade, esto siempre nos ha picado la curiosidad. B mira a su padre con una incredulidad apenas perceptible. El resto de la conversación, hasta que llega el huachinango, gira en torno a temas de boxeo y de clavadismo.

Después B y su padre se van del establecimiento. El tiempo ha pasado deprisa, sin que ellos se den cuenta, y cuando suben al Mustang ya son las siete de la tarde. El ex clavadista se sube con ellos. Por un momento, B piensa que no se lo van a poder quitar de encima nunca, pero cuando llegan al centro de Acapulco el ex clavadista se baja delante de un local de billares. Cuando se quedan solos, el padre de B comenta favorablemente el trato y los precios que han pagado por el huachinango. Si lo hubiéramos comido aquí, dice señalando los hoteles del paseo costero, nos habría salido por un ojo de la cara. Al llegar a su habitación, B se pone el traje de baño y se va a la playa. Nada durante un rato y luego intenta leer aprovechando la escasa luz del crepúsculo. Lee a los poetas surrealistas y no entiende nada. Un hombre pacífico y solitario, al borde de la muerte. Imágenes, heridas. Eso es lo único que ve. Y de hecho las imágenes poco a poco se van diluyendo, como el sol poniente, y sólo quedan las heridas. Un poeta menor desaparece mientras espera un visado para el Nuevo Mundo. Un poeta menor desaparece sin dejar rastros mientras desespera varado en un pueblo cualquiera del Mediterráneo francés. No hay investigación. No hay cadáver. Cuando B intenta leer a Daumal la noche ya ha caído sobre la playa, cierra el libro y vuelve lentamente al hotel.

Después de cenar, su padre le propone salir a divertirse. B rechaza la invitación. Le sugiere a su padre que vaya solo, que él no está para divertirse, que prefiere quedarse en la habitación y ver una película en la tele. Parece mentira, dice su padre, que a tu edad te estés comportando como un viejo. B observa a su padre, que se ha duchado y se está poniendo ropa limpia, y se ríe.

Antes de que su padre se marche B le dice que se cuide. Su padre lo mira desde la puerta y le dice que sólo va a tomarse un par de tragos. Cuídate tú, dice y cierra suavemente.

Al quedarse solo B se quita los zapatos, busca sus cigarrillos, enciende la tele y vuelve a tumbarse en la cama. Sin darse cuenta, se queda dormido. Sueña que vive (o que está de visita) en la ciudad de los titanes. En su sueño sólo hay un deambular permanente por calles enormes y oscuras que recuerda de otros sueños. Y hay también una actitud suya que en la vigilia él sabe que no tiene. Una actitud delante de los edificios cuyas voluminosas sombras parecen chocar entre sí, y que no es precisamente una actitud de valor sino más bien de indiferencia.

Al cabo de un rato, justo cuando la teleserie se ha acabado, B se despierta de golpe, como impelido por una llamada, se levanta, apaga la tele y se asoma a la ventana. En la terraza, semioculta en el mismo rincón de la noche anterior, está la norteamericana delante de un vaso de alcohol o de zumo de frutas. B la observa sin curiosidad y luego se aparta de la ventana, se sienta en la cama, abre su libro de poetas surrealistas y trata de leer. Pero no puede. Así que trata de pensar y para tal efecto se tiende en la cama otra vez, cierra los ojos, deja los brazos estirados. Por un instante cree que no tardará en quedarse dormido. Incluso puede ver, sesgada, una calle de la ciudad de los sueños. No tarda, sin embargo, en comprender que sólo está recordando el sueño y entonces abre los ojos y se queda durante un rato contemplando el cielo raso de la habitación. Luego apaga la luz de la mesilla de noche y vuelve a acercarse a la ventana. La norteamericana sigue allí, inmóvil, y las sombras de los jarrones se alargan hasta tocar las sombras de las mesas vecinas. El agua de la piscina recoge los reflejos de la recepción que permanece, al contrario que la terraza, con todas las luces encendidas. De pronto un coche se detiene a pocos metros de la entrada del hotel. B cree que se trata del Mustang de su padre. Pero durante un tiempo excesivamente largo nadie aparece por la puerta del hotel y B piensa que se ha equivocado. Justo en ese momento distingue la silueta de su padre que sube las escalinatas. Primero la cabeza, luego los hombros anchos, después el resto del cuerpo hasta acabar en los zapatos, unos mocasines de color blanco que a B le disgustan profundamente pero que en ese momento le producen algo similar a la ternura. Su padre entra en el hotel como si bailara, piensa. Su padre hace su entrada como si viniera de un velorio, irreflexivamente feliz de seguir vivo. Pero lo más curioso es que, tras asomarse durante un instante a la recepción, su padre retrocede y toma el camino de la terraza: desciende las escaleras, rodea la piscina y va a sentarse en una mesa cercana a la de la norteamericana. Y cuando por fin aparece el tipo de la recepción con una copa, tras pagarle y sin esperar siquiera a que el recepcionista haya desaparecido del todo su padre se levanta y se acerca, con la copa en la mano, hasta la mesa de la norteamericana y durante un rato se queda allí, de pie, hablando, gesticulando, bebiendo, hasta que la mujer hace un gesto y su padre toma asiento a su lado.

Es demasiado vieja para él, piensa B. Luego vuelve a la cama, se acuesta, no tarda en darse cuenta de que todo el sueño que tenía acumulado se ha evaporado. Pero no quiere encender la luz (aunque tiene ganas de leer), no quiere que su padre pueda creer, ni por un segundo, que él lo está espiando. Durante mucho rato, B se dedica a pensar. Piensa en mujeres, piensa en viajes. Finalmente se duerme.

Durante la noche, en dos ocasiones, se despierta sobresaltado y la cama de su padre está vacía. A la tercera vez ya está amaneciendo y ve la espalda de su padre que duerme profundamente. Entonces enciende la luz y durante un rato, sin salir de la cama, se dedica a fumar y a leer.

Esa mañana B vuelve a la playa y alquila otra vez una tabla. Esta vez no tiene ningún problema para llegar a la isla de enfrente. Allí toma un zumo de mango y se baña durante un rato en un mar en donde no hay nadie. Luego vuelve a la playa del hotel, le entrega la tabla al adolescente que lo mira con una sonrisa y regresa dando un largo rodeo. En el restaurante del hotel encuentra a su padre tomando café. Se sienta a su lado. Su padre está recién afeitado y su piel despide un olor a colonia barata que a B le gusta. En la mejilla derecha exhibe un arañazo desde la oreja hasta el mentón. B piensa preguntarle qué ocurrió anoche, pero finalmente decide no hacerlo.

El resto del día transcurre como entre brumas. En algún momento B y su padre se marchan a una playa cercana al aeropuerto. La playa es enorme y en los lindes abundan las cabañas con techos de cañizo en donde los pescadores guardan sus artes. El mar está revuelto: durante un rato B y su padre contemplan las olas que se estrellan contra la bahía de Puerto Marqués. Un pescador que está cerca les dice que no es un buen día para bañarse. Es verdad, dice B. Su padre, sin embargo, se mete en el agua. B se sienta en la arena, con las rodillas levantadas y lo observa internarse al encuentro de las olas. El pescador se lleva una mano de visera a la frente y dice algo que B no entiende. Durante un momento la cabeza de su padre, los brazos de su padre que nada hacia dentro desaparecen de su campo visual. junto al pescador hay ahora dos niños. Todos miran hacia el mar, de pie, menos B que sigue sentado. En el cielo aparece, de forma por demás silenciosa, un avión de pasajeros. B deja de mirar el mar y contempla el avión hasta que éste desaparece detrás de una suave colina llena de vegetación. B recuerda un despertar, justo un año atrás, en el aeropuerto de Acapulco. El venía de Chile, solo, y el avión hizo escala en Acapulco. Cuando B abrió los ojos, recuerda, vio una luz anaranjada, con tonalidades rosas y azules, como una vieja película cuyos colores estuvieran desapareciendo, y entonces supo que estaba en México y que estaba, de alguna manera, salvado. Esto ocurrió en 1974 y B aún no había cumplido los veintiún años. Ahora tiene veintidós y su padre debe andar por los cuarentainueve. B cierra los ojos. El viento hace ininteligibles las voces de alarma del pescador y de los niños. La arena está fría. Cuando abre los ojos ve a su padre que sale del mar. B cierra otra vez los ojos y los vuelve a abrir sólo cuando una mano grande y mojada se posa sobre su hombro y la voz de su padre lo invita a comer huevos de caguama.

Hay cosas que se pueden contar y hay cosas que no se pueden contar, piensa B, abatido. A partir de este momento él sabe que se está aproximando el desastre.

Las cuarentaiocho horas siguientes, no obstante, transcurren envueltas en una suerte de placidez que el padre de B identifica con "el concepto de las vacaciones" (y B no sabe si su padre se está riendo de él o lo dice en serio). Van a la playa cada día, comen en el hotel o en un restaurante de la avenida López Mateos que tiene precios económicos, una tarde ambos alquilan una embarcación, un bote de plástico, minúsculo, y recorren el perfil de la costa cercana a su hotel, navegando junto a los vendedores de baratijas que se desplazan en tablas o en botes de ínfimo calado, como funambulistas o marineros muertos, llevando sus mercaderías de playa en playa. Al regreso, incluso, sufren un percance.

El bote, que el padre de B lleva demasiado próximo a los roqueríos, vuelca. El incidente, por supuesto, no tiene mayor importancia. Ambos saben nadar bastante bien y el bote está hecho para volcar, no cuesta nada darle la vuelta y subirse a él otra vez. Y eso es lo que hacen B y su padre. En ningún momento ha habido el menor peligro, piensa B. Pero entonces, cuando ambos han vuelto a subir al bote, el padre de B se da cuenta de que ha perdido la billetera y lo anuncia. Dice, tocándose el corazón: "mi billetera", Y sin dudarlo un segundo se sumerge de cabeza en el agua. A B le da un ataque de risa, pero luego, tirado en el bote, observa el agua y no ve señal alguna de su padre y durante un instante se lo imagina buceando o, aún peor, cayendo a plomo, pero con los ojos abiertos, por una fosa profunda, fosa en cuya superficie se balancea su bote y él mismo, a mitad de camino ya de la risa y de la alarma. Entonces B se yergue y tras mirar hacia el otro lado del bote y no ver señales de su padre, procede a sumergirse a su vez y sucede lo siguiente: mientras B desciende, con los ojos abiertos, su padre asciende (y podría decirse que casi se tocan) con los ojos abiertos y la billetera en la mano derecha; al cruzarse ambos se miran, pero no pueden corregir, al menos no de manera instantánea, sus trayectorias, de modo que el padre de B sigue subiendo silenciosamente y B sigue bajando silenciosamente.

Para los tiburones, para la mayoría de los peces (excepto para los peces voladores), el infierno es la superficie del mar. Para B (para la mayoría de los jóvenes de veintidós años), el infierno a veces es el fondo del mar. Mientras baja recorriendo en sentido inverso la estela que ha dejado su padre, piensa que precisamente ahora hay más motivos que nunca para reírse. En el fondo del mar no encuentra arena, como su imaginación de algún modo esperaba, sino sólo rocas, rocas que se sostienen unas en otras, como si aquel lugar de la costa fuera una montaña sumergida y él estuviera en la parte alta, apenas iniciado el descenso. Después sube y desde abajo contempla el bote que por momentos parece levitar y por momentos parece a punto de hundirse, con su padre sentado en el centro exacto, intentando fumar un cigarrillo mojado.

Y luego se acaba el paréntesis, se acaban las cuarentaiocho horas de gracia en las cuales B y su padre han recorrido algunos bares de Acapulco, han dormido tirados en la playa, han comido e incluso se han reído, y comienza un período gélido, un período aparentemente normal pero dominado por unos dioses helados (dioses que, por otra parte, no interfieren en nada con el calor reinante en Acapulco), unas horas que en otro tiempo, tal vez cuando era adolescente, B llamaría aburrimiento, pero que ahora de ninguna manera llamaría así, sino más bien desastre, un desastre peculiar, un desastre que por encima de todo aleja a B de su padre, el precio que tienen que pagar por existir.

Todo comienza con la aparición del ex clavadista. B se da cuenta de inmediato que viene a buscar a su padre y no al, llamémosle así, conjunto familiar que conforman ambos. El padre de B invita al ex clavadista a tomarse una copa en la terraza del hotel. El ex clavadista dice que conoce un lugar mejor. El padre de B lo mira y sonríe y luego dice órale. Cuando ganan la calle comienza a atardecer y por un segundo B siente una punzada inexplicable y cree que tal vez hubiera sido mejor quedarse en el hotel, dejar que su padre se divirtiera solo. Pero ya es demasiado tarde. El Mustang sube por la avenida Constituyentes y el padre de B saca de un bolsillo la tarjeta que días atrás le diera el recepcionista. El picadero se llama San Diego, dice. El ex clavadista arguye que ese lugar es demasiado caro. Tengo dinero, dice el padre de B, vivo en México desde 1968 y ésta es la primera vez que me doy unas vacaciones. B, que va sentado junto a su padre, busca el rostro del ex clavadista en el espejo retrovisor y no lo encuentra. Así que primero van al San Diego y durante un rato beben y bailan con chicas a las que por cada baile hay que entregar un boleto que previamente compran en la barra. El padre de B, al principio, sólo compra tres boletos. Este sistema, le dice al ex clavadista, tiene algo de irreal. Pero luego se entusiasma y compra un fajo entero. B también baila. Su primera pareja es una muchacha delgada y de rasgos aindiados. La segunda es una mujer de grandes pechos que parece preocupada o enfurruñada por algo que B jamás podrá comprender. La tercera es gorda y feliz y al poco rato de estar bailando le confiesa al oído que está drogada. ¿Qué has tomado?, dice B. Hongos alucinantes, dice la mujer y B se ríe. Su padre, mientras tanto, baila con la muchacha que parece india y B los observa de tanto en tanto. En realidad, todas las muchachas parecen indias. La que baila con el padre de B tiene una bonita sonrisa. Hablan (de hecho hablan sin parar) aunque B no oye lo que dicen. Después su padre desaparece y B se acerca a la barra junto al ex clavadista. Ellos también se ponen a hablar. De los tiempos pasados. Del valor. De las quebradas en donde rompe el mar. De mujeres. Temas que a B no le interesan o que, al menos, no le interesan en ese momento. Y sin embargo hablan.

Al cabo de media hora su padre vuelve a la barra. Su pelo rubio está mojado y recién peinado (el padre de B se peina para atrás) y tiene la cara enrojecida. Sonríe sin decir nada y B lo observa sin decir nada. Hora de comer, dice. B y el ex clavadista lo siguen hasta el Mustang. Cenan mariscos variados en un local oblongo como un ataúd. Mientras comen, el padre de B mira a B como buscando una respuesta. B sostiene su mirada. Telepáticamente le dice: no hay respuesta porque la pregunta no es válida. La pregunta es imbécil. Después, sin saber cómo, B sigue a su padre y al ex clavadista (que hablan todo el rato de boxeo) hasta un local en los suburbios de Acapulco. El edificio es de ladrillo y madera, carece de ventanas y en el interior hay un juke-box con canciones de Lucha Villa y Lola Beltrán. De pronto B siente náuseas. Sólo entonces, mientras se separa de su padre y busca un lavabo o el patio trasero o la salida a la calle, se da cuenta de que ha bebido demasiado. También se da cuenta de algo más: unas manos aparentemente hospitalarias no le han permitido salir a la calle. Temen que me escape, piensa B. Luego vomita varias veces en un patio abierto en donde se acumulan cajas de cerveza y en donde hay un perro atado, y tras aliviarse se pone a contemplar las estrellas. No tarda en aparecer junto a él una mujer. Su sombra se recorta más oscura que la noche. Su vestido, sin embargo, es blanco y eso hace que B la pueda distinguir. ¿Te hago un guagüis?, dice. Tiene una voz joven y aguardentosa. B se la queda mirando sin entender. La puta se arrodilla a su lado y le abre la bragueta. Entonces B comprende y la deja, hacer. Cuando acaba siente frío. La puta se levanta y B la abraza. juntos contemplan la noche. Cuando B dice que quiere volver a la mesa de su padre, la mujer no lo sigue. Vamos, dice B, tirando de su mano, pero ella se resiste. Entonces B se da cuenta de que no ha visto apenas su rostro. Es mejor así. Sólo la he abrazado, piensa, ni siquiera sé cómo es. Antes de volver a entrar se da vuelta y ve que la puta se acerca al perro y lo acaricia.

En el interior, su padre está sentado a una mesa junto al ex clavadista y otros dos tipos. B se le acerca por la espalda y le susurra unas palabras al oído. Vámonos. Su padre está jugando a las cartas. Voy ganando, dice, no puedo irme. Nos van a robar todo el dinero, piensa B. Luego contempla a las mujeres que a su vez lo contemplan a él y a su padre con una conmiseración palpable. Ellas saben lo que nos va a pasar, piensa B. ¿Estás borracho?, le pregunta su padre mientras pide una carta. No, dice B, ya no. ¿Estás drogado?, dice su padre. No, dice B. Entonces su padre sonríe y pide un tequila y B se levanta y va hacia la barra y desde allí observa con ojos de loco el escenario del crimen. En ese momento B sabe que aquél es el último viaje que hará con su padre. Abre los ojos, cierra los ojos. Las putas lo miran con curiosidad, una le ofrece un trago que B rechaza con un gesto. A veces, cuando tiene los ojos cerrados, puede ver a su padre con una pistola en cada mano saliendo de una puerta que está en un lugar en donde jamás debía estar una puerta. Sin embargo su padre aparece por allí, de prisa, con los ojos grises brillantes y el pelo despeinado. Nunca más volverán a viajar juntos, piensa B. Eso es todo. Lucha Villa canta en el juke-box y B piensa en Gui Rosey, poeta menor desaparecido en el sur de Francia. Su padre reparte las cartas, se ríe, cuenta historias y escucha historias que rivalizan en sordidez. B recuerda cuando volvió de Chile, en 1974, y fue a verlo a su casa. Su padre se había roto un pie y estaba leyendo en la cama un periódico deportivo. Le preguntó cómo le había ido y B le contó sus aventuras. Sucintamente: las guerras floridas latinoamericanas. Estuvieron a punto de matarme, dijo. Su padre lo miró y se sonrió. ¿Cuántas veces?, dijo. Por lo menos dos, respondió B. Ahora su padre se ríe a carcajadas y B trata de pensar con claridad. Gui Rosey se suicidó, piensa, o lo mataron, piensa. Su cadáver está en el fondo del mar.

Un tequila, dice B. Una mujer le pone un vaso lleno hasta la mitad. No se emborrache otra vez, joven, dice. No, ya estoy bien, dice B perfectamente lúcido. No tardan otras dos mujeres en acercarse a él. ¿Qué quieren tomar?, dice B. Su papá de usted es muy simpático, dice una de ellas, la más joven, de pelo largo y negro, tal vez la misma que me lo chupó hace un rato, piensa B. Y recuerda (o trata de recordar) escenas en apariencia inconexas: la primera vez que fumó en su presencia, a los catorce años, un Viceroy, una mañana en que los dos esperaban la llegada de un tren de carga en el interior del camión de su padre y hacía mucho frío; armas de fuego, cuchillos; historias familiares. Las putas beben tequila con coca-cola. ¿Cuánto rato estuve afuera vomitando?, piensa B. Parecía moto, dice una de las putas, ¿quiere un poquito? ¿Un poquito de qué?, dice B temblando pero con la piel fría como un témpano. Un poquito de mota, dice la mujer, de unos treinta años, el pelo largo como su compañera, pero teñido de rubio. ¿Golden Acapulco?, dice B dando un trago de tequila mientras las dos mujeres se le acercan un poco más y le acarician la espalda y las piernas. Simón, para tranquilizarse, dice la rubia. B asiente con la cabeza y lo siguiente que recuerda es una nube de humo que lo separa de su padre. Usted quiere mucho a su papá, dice una de las mujeres. Pues no tanto, dice B. ¿Cómo no?, dice la morena. La que atiende la barra se ríe. A través del humo, B observa que su padre da vuelta la cabeza y durante un instante lo mira. Me está mirando con una seriedad de muerte, piensa. ¿Te gusta Acapulco?, dice la rubia. El local, sólo en ese momento lo percibe, está semivacío. En tina mesa hay dos tipos que beben en silencio y en la otra están su padre, el ex clavadista y los dos desconocidos jugando a las cartas. Todas las demás mesas están desocupadas.

La puerta del patio se abre y aparece una mujer con un vestido blanco. Es la que me lo chupó, piensa B. La mujer aparenta unos veinticinco años, aunque seguramente tiene muchos menos, tal vez dieciséis o diecisiete. Tiene el pelo largo, como casi todas, y lleva zapatos con tacones muy altos. Cuando cruza el local (se dirige al lavabo), B estudia con detenimiento sus zapatos: son blancos y están sucios de barro en los lados. Su padre también levanta la mirada y la estudia durante un momento. B mira a la puta, que abre la puerta del baño, y luego mira a su padre. Entonces cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir la puta ya no está y su padre ha vuelto a concentrarse en el juego. Lo mejor sería que se llevara a su papá de este lugar, le dice una de las mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo, dice. La mujer le mete la mano por debajo de la camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B. ¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?, dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me largaría. B sonríe y la mira a los ojos por primera vez: vente con nosotros, le dice mientras bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca, dice la mujer. B recuerda entonces una ocasión, antes de que él se marchara para Chile, en que su padre le dijo "tú eres un artista y yo soy un trabajador". ¿Qué quiso decir con eso?, piensa. La puerta del baño se abre y la puta vestida de blanco vuelve a aparecer, esta vez con los zapatos impolutos, y atraviesa el local hasta la mesa en donde juegan a las cartas y allí se queda, de pie, junto a uno de los desconocidos. ¿Por qué tenemos que irnos?, dice B. La mujer lo mira de reojo y no le contesta. Hay cosas que se pueden contar, piensa B, y hay cosas que no se pueden contar. Cierra los ojos.
.......... Como en sueños, regresa al patio trasero del bar. La mujer teñida de rubio lo lleva de la mano. Esto ya lo he hecho, piensa B, estoy borracho, no saldré jamás de aquí. Algunos gestos se repiten: la mujer se sienta en una silla desvencijada y le abre la bragueta, la noche parece flotar como un gas letal a la altura de las cajas de cerveza vacías. Pero faltan algunas cosas: el perro ya no está, por ejemplo, y hacia el este ya no cuelga la luna sino algunos filamentos de claridad que adelantan el amanecer. Cuando acaban, atraído tal vez por los gemidos de B, aparece el perro. No muerde, dice la mujer mientras el perro se detiene a pocos metros de ellos y enseña los dientes. La mujer se levanta y se alisa el vestido. El lomo del perro está erizado y por el hocico le cae una baba transparente. Quieto, Púas, quieto, Púas, repite la mujer. Nos va a morder, piensa B mientras retroceden hasta la puerta. Lo que sigue es caótico: en la mesa donde juega su padre todos se han puesto de pie. Uno de los desconocidos grita a todo pulmón. B no tarda en darse cuenta de que está insultando a su padre. Por precaución, se acerca a la barra y pide una botella de cerveza que bebe a grandes sorbos, ahogándose, antes de aproximarse. Su padre parece tranquilo, piensa B. Junto a él hay una buena cantidad de billetes que coge uno por uno y luego se guarda en el bolsillo. De aquí no vas a salir con ese dinero, grita el desconocido. B mira al ex clavadista. Busca en su rostro por quién va a tomar partido. Probablemente por el desconocido, piensa B. La cerveza le resbala por el cuello y sólo entonces se da cuenta de que está ardiendo.

El padre de B termina de contar su dinero y mira a los tres hombres que tiene enfrente y a la mujer vestida de blanco. Bueno, caballeros, nosotros nos vamos, dice. Hijo, ponte a mi lado, dice. B arroja al suelo lo que queda de cerveza y empuña la botella cogiéndola del cuello. ¿Qué haces, hijo?, dice el padre de B. En su voz B percibe un cierto tono de reproche. Vamos a salir tranquilamente, dice el padre de B y luego se da vuelta y les pregunta a las mujeres cuánto se les debe. La de la barra mira un papel y dice una cifra bastante alta. La rubia, que está de pie a medio camino entre la mesa y la barra, dice otra cifra. El padre de B suma, saca el dinero y se lo tiende a la rubia: lo tuyo y las consumiciones, dice. Luego añade un par de billetes más: la propina. Ahora vamos a salir, piensa B. Los dos desconocidos se plantan interfiriendo el paso. B no quiere mirarla, pero la mira: la mujer de blanco se ha sentado en una de las sillas vacías y revisa con las yemas de los dedos las cartas esparcidas en la mesa. No me estorbes, susurra su padre y B tarda en comprender que le está hablando a él. El ex clavadista se mete las manos en los bolsillos. El desconocido vuelve a insultar al padre de B, lo insta a volver a la mesa, a volver a jugar. Ya no se juega más, dice el padre de B. Durante un instante, mientras contempla a la mujer vestida de blanco (que le parece, por primera vez, muy hermosa), B piensa en Gui Rosey que desaparece del planeta sin dejar rastro, dócil como un cordero mientras los himnos nazis suben al cielo color sangre, y se ve a sí mismo como Gui Rosey, un Gui Rosey enterrado en algún baldío de Acapulco, desaparecido para siempre, pero entonces oye a su padre, que le está recriminando algo al ex clavadista, y se da cuenta de que, al contrario que Gui Rosey, él no está solo.

Después su padre camina un poco encorvado hacia la salida y B le concede espacio suficiente para que se mueva a sus anchas. Mañana nos iremos, mañana volveremos al DF, piensa B con alegría. Comienzan a pelear.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Las Aventuras de El Salustio y El Trúbico, by Alfonso Alcalde

Cuando son contratados para cambiarles el color a los congrios negros en el galpón
de La Cicatriz con Eco en el puerto de San Vicente


Una vez que andábamos fallos al oro con El Salustio le conversé: «¿Qué le parece si echamos un luqui por San Vicente y a lo mejor sacamos el día?»
El compadre terminó de despertar y partimos. Nos bajamos en la picada La Mancha de las Velas. Entonces me pegó un codazo pa alertarme: «Escucha, pailón». Al lado, otros emparafinados estaban dando la noticia: «La Cicatriz con Eco necesita pintores». A los diez minutos tocamos la puerta del clandestino, porque la dueña se dedica al expendio de bebidas sin patente y también le trabaja la sierra ahumada, pero para su propia clientela. Ella misma en persona nos abrió la puerta. Dicen que el firmeza que tiene, llegando la noche, le pasa una espátula pa ocuparla, porque tiene hollín y humo por todas partes y nunca se sabe pa qué lado está ubicada.
El Salustio se encargó de las presentaciones:
—Nosotros estamos dispuestos a prestar nuestros servicios profesionales. Usted sabe que somos como tontos pa la pintura.
—Les conozco la última gracia que hicieron —dijo la vieja con mala intención.
—¿Cuál será? —preguntamos con toda inocencia.
—No se vengan a hacer los cuchos conmigo. ¿O es que se olvidaron cuando subieron al lndus 3 de los Macaya y lo pintarrajearon tantas veces que el buque se fue a pique de un viaje?
Le pedimos a la viejuca que se juera, porque nosotros necesitamos la tranquilidad pa trabajar. No es cuestión de agarrar la brocha y empezar a pintar como locos. Y hay días que uno está con toda la cuerda y otros no. Cuando nos encachamos con la muralla de la cárcel demoramos como dos meses, porque andábamos volando bajo y la pintamos de adentro pa afuera.
—Ahora la cosa es distinta —se defendió El Salustio.
La vieja terminó ablandándose después que le contamos que vivíamos tirándonos por el alambre. Pasamos respirando para adentro para evitar que la atmósfera se recargara con el metasulfito propio. Explicó La Cicatriz con Eco:
—El negocio de los congrios se fue a las pailas. Salen puros negros y pagan muy poco. En cambio los colorados andan por las nubes y cobran un ojo de la cara, pero los diablos no pican ni por travesura.
Se acercó a los maestros para hacerles esta confidencia:
—Lo que yo quiero es que ustedes pinten los «monos» y los dejen más colorados que jaibas.
El Salustio, que siempre ha sido tan bruto, se dio media vuelta:
—Ah, no —dijo—. Mi religión no me lo permite. Usted le quiere meter gato por liebre a la clientela —agregó hecho un quique.
—De eso se trata —le contesté, tratando de explicarle la situación—. Total, si no los pintamos nosotros, no faltará un vivaracho que lo haga.
—También es cierto —contestó con algo de resignación, retrocediendo:
—¿Quién pone los materiales?
—De eso me encargo yo —dijo La Cicatriz con Eco—. Y no sólo eso. También se van a ir de anticipo.
—Con tal que sea un par de guatas de ranas —exigió El Salustio. Partimos y volvimos.
Nos esperaba una montaña de congrios. La viejuca se sorprendió al vernos regresar con la colección de tarros de pintura y los pinceles de pelo de camello.
—No se procupe —le dijimos, pasándole la brocha gorda con pintura verde por la cara para entrar en confianza.
El Salustio, que siempre es tan atravesado, preguntó:
—¿ Quiere que los barnicemos al pájaro verde o a la piroxilina?
Yo traduje la frase al vuelo y le dije:
—Lo que mi compadre pregunta, señora Cicatriz con Eco, es si desea los pescados con brillo natural o artificial.
—Sencillito no más. Así sacan más pronto la tarea. Y no olviden que por cada congrio pintado como es debido van a ganar una luca.
El compadre sopló:
—Esto es igual que el negocio de las picanas. Una picana, una luca. Un congrio, otra luca.
Le pedimos a la viejuca que se juera, porque nosotros necesitamos la tranquilidad pa trabajar. No es cuestión de agarrar la brocha y empezar a pintar como locos. Y hay días que uno está con toda la cuerda y otros no. Cuando nos encachamos con la muralla de la cárcel demoramos como dos meses, porque andábamos volando bajo y la pintamos de adentro pa afuera.
El Salustio desembuchó el pincel más delgado, abriendo el tarro de pintura blanca.
—¿Hai visto alguna vez en tu vida un congrio con anteojos? —No.
—Ahora lo vai a ver —dijo, terminando de hacerle dos enormes redondelas.
—¿Y qué esperái pa entrar a funcionar? me provocó, mientras yo seguía con las manos en los bolsillos. —Estoy esperando que terminen de dar vuelta las ideas por la cabeza mía.
El Salustio se despachó seis congrios, pintándolos color naranja y yema de huevo. A uno le agregó la casa y el mástil con la bandera chilena al tope y el perro olfateando a un par de vecinas que pasaban en ese momento y una carretela.
—Me vai a disculpar —dijo todo fantasioso—.A éste cuadro le voy a poner la rúbrica, no vaya a ser cosa que un día nos coloquemos famosos.
—Oye, Salustio —le contesté un poco picado—. Lo que es yo, me voy a ir de mural.
—No te entiendo.
—¿Qué te parece si agarramos unos diez pescados, los ponemos en fila y les pintamos encima del lomo la batalla de Rancagua o cuando Manuel Rodríguez dejó ni que media escoba en Colchagua?
El compadre se pegó la palmada.
—Tenís la razón —reconoció—, porque así nos cunde más la pega y no se nota tanto que he estamos trabajando por las puras lucas.
Nos dividimos la tarea.
Yo agarré por el lado de los próceres cuando se van de abrazo después de la balacera y los soldados gritaban: ¡Como Colo Colo no hay!, mientras algún comedido salía al buscar la chichita pa armar la fiesta.
—Porque no todo ha de tener gusto a pólvora —decía El Salustio, justificándose.
Yo le advertí al compadre:
—A lo mejor los fusiles no van a salir ni parecidos, pero tenimos que meter también los cañones v la tropa y no dejar a nadie afuera.
Con lo tembleque del pulso y lo resbaladizo de los congrios, los colores salían disparados y los caballos de los generales parecían de goma, con las patas redondas.
El Salustio, que siempre ha sido tan detallista, se empeñaba en ponerles hasta bigotes a los soldados, y luego le vino un arrebato religioso y empezó a ubicar a la Virgen del Carmen encima de la cola de un pescado, diciendo que había llegado el milagro y con ese motivo rezaba como si se juera a terminar el mundo. Después se le cruzó la idea de pintar un edificio de departamentos como de quince pisos. Armó la ruma de los negros y en cada ventana aparecía una profesora de esas jubiladas con el pelo color castaño seco cuando les viene la retención de la orina por causa de la soltería.
A los generales el compadre terminó pintándolos color obispo, y pa diferenciarlos de la tropa les inventó unos inmensos mostachos que casi le ocupaban un congrio entero, y por esos caprichos de él aparecían con los ojos idos, trúbicos. Después fuimos retratando de memoria los familiares nuestros. Entonces fue apareciendo La Flaca, cuando era joven, eso sí, sin arrugas y el choclo completo, pero se le notaba el afeite con navaja de ciertas presas. Y como el Salustio siempre se las da de gracioso con la desgracia ajena, le colgó de los pelos de las patas una gorra de mi general y hasta una cantimplora. Ahí se armó la discusión, porque yo le dije que quién era el arte para meterse en la vida privada de las personas y mostrar a la gente tan al desnudo que iba en contra de su reputación, lo que podría servir pa darles argumento a las comadres del barrio, que siempre andan al cateo de la laucha en relación con el chisme.
También fue apareciendo La Jarabe de Metapío, que por tener un problema con la glándula tuvimos que ocupar tres congrios pa que no le saliera cortada la cabeza ni el cachete izquierdo, que era muy abundante. Apareció con la fuente comiéndose su medio pollo, que es lo primero que traga pa entrar en confianza, fuera de su media docena de huevos duros, el costillar de chancho, la longaniza y los mariscos, que se los comía como postre, como ser una sentada de erizos y piures. Ella era como fideo cuando la subieron al altar, pero al poco tiempo fue descubriendo que su marido le golpeaba firme la nuca y pa puro vengarse empezó a comer, a comer. Ya al final del primer año de matrimonio, de consecuencia de los animales que se había tragado, los pollos y los chanchos, subió a la bonita suma de 176 kilos al aire libre. Lo malo es que la comadre sólo engordaba de ciertas presas y de otras no, con decirles que un día llamó a la puerta un empresario de un circo y la quiso contratar como fenómeno para hacer las delicias de la concurrencia.
—Le falta más color a la batalla —protestó El Salustio.
Entonces dejamos caer unos nubarrones color mostaza y concho de vino entre los
soldados.
—Están muy pálidos los conscriptos —sentenció el compadre.
Les pintamos los cachetes por parejo a los que estaban en las trincheras, haciendo su asaíto caído, pero se notaba que los soldados enemigos tenían buen olfato y muchos pedían una tregua pa untar el pan con el jugo y después seguía el tiroteo duro y parejo. Los generales montaban sus blancos caballos —turnios también—, como si supieran que estaban posando pa nosotros, con un aire distinguido y sin hacer sus necesidades en ningún momento.
Al Salustio le dio por poner a los ñatos de la Cruz Roja, que corrían de un lado pa otro de la cancha llevando los heridos, que por el solo hecho de salir en el retrato mostraban su mejor cara y hasta levantaban la mano pa identificarse.
Yo, por mi parte, aproveché la oportunidad de irme de autorretrato y salí parecido, según dijo el compadre, que me arregló la parte de la cabeza que en la vida real la tengo más bien cuadrada, tipo pepino.
El otro mural que nos dio oportunidad pa demostrar que éramos pintores pasando por nuestro mejor momento, fue el cuadro que intitulamos: «El incendio y pa más recacha el terremoto de Valparaíso».
El Salustio pintó damnificados pal mundo: cojos, mancos, mujeres en pelota, pescadores, curas, vendedores ambulantes, conchenchos, y los gallos con la caña, al fondo.
Los incendios eran tan reales, que empezamos a sentir el olor a fritanga y la gallada,oiga, bajando de los cerros con sus canastos y esos retratos en colores de los abuelos y la cabrería y los perros y también los evangélicos que no sé por qué tienen cara de serrucho y los colegiales y los capitanes de buque con la bolsita de maní al lado y los heladeros y los que limpian las alcantarillas y los que venden huesillos con mote y la señora con arrepentimiento qué se confesaba de rodillas delante de su propio marido, diciendo: «Eufrasio, m’hijito, ahora que somos iguales frente a la pelada, le ruego que me disculpe por habérmelo gorreado tanto», y entonces empezaban las fletas, el marido disparando patadas, combos y su escupo en el ojo mientras entraban a tallar los canutos, poniendo a los contrincantes en sus respectivos rincones, exigiéndoles cumplir el reglamento del box.
—Con esta obra —dijo El Salustio, mirando el cuadro desde lejos— nos vamos a hacer famosos en menos que canta un gallo. Lo que pasa es que los colegas pintores tienen miedo de poner la chusmeque tal cual.
Y sin mayores comentarios le agregó a la fiesta un obispo y un jugador de fútbol declarando a los periodistas: «Estamos bien física y anímicamente y esperamos no defraudar a la hinchada», con decirle que estaba tan embalado que se le terminaron los congrios y siguió pintando la pared y todo lo que encontraba a su paso, risollando como si estuviera herido y echando espuma por la boca.
Como nos habíamos cerrado de puerta, La Cicatriz con Eco tuvo que llamar a los bomberos para abrirla, porque nosotros llegamos a quedar sordos con la inspiración que nos llegó de golpe.
—¿Qué es lo que han hecho? —gritó la vieja al aparecer frente a sus ojos los pescados más tiesos que sábana de monja.
El Salustio le contestó:
—¿Que no te dai cuenta que aquí tenis una verdadera obra de arte, dignorante?
Uno de los bomberos, que todavía estaba con el hacha en la mano, se acercó al mural del puerto y, al mirar uno de los congrios, se puso a llorar mientras repetía:
—Hermanito, hermanito, fíjate dónde te fui a encontrar. —Después nos explicó en medio del lloriqueo—: Este gallo se fue de la casa hace como diez años y ya lo habíamos dado por muerto, y ahora mire adonde está. Si salió igualito, un poco más viejo, eso sí, y hasta le han brotado las canas. —Y volvía a abrazarlo. Luego le preguntó a La Cicatriz con Eco—: Dígame cuánto vale el pescado para llevármelo a la casa y mostrárselo a mi mamá, que no va a creer en el milagro.
El Salustio, que es harto comerciante pa sus cosas, le agregó:
—¿Por qué no se lleva este otro mono también, donde sale una calle y la dirección?, así ya no se equivoca tanto cuando vaya a buscarlo en persona.
—Buena idea —contestó el hombre de casco negro, sacando un fajo de billetes, escupiéndolos para contarlos.
Llegaron otras vecinas del barrio y empezaron las sorpresas. Una de ellas, La Ombligo Flojo, regresó con un cuchillo, gritando:
—Me van a perdonar, pero a este gallo se la tengo jurada después de la que me hizo. —Tuvimos que dominarla porque estaba dispuesta a todo. Contó su tragedia—: ¿No ve que mandó a decir que se había ido a pique en el buque que trabajaba y que lo diera por muerto y desaparecido? Pero ya me habían pasado el soplo que estaba en Valparaíso viviendo con una gorda alimentada con desperdicios. —Y le lanzó una puñalada tan certera, oiga, que lo dejó marcado para el resto de sus días.
El culpable de todo el enredo fue El Salustio, que con lo porfiado que es cuando se monta en el macho no hay quien lo baje.
Yo le había advertido: «Mejor será no meternos en líos de casados». Pero nada.
Las señoras damnificadas organizaron el Comité, y el primer acuerdo fue partir a rescatar a los prófugos que habían apretado cueva a su debido tiempo. Nosotros tratamos por todos los medios de decirles que el mural era una fantasía. No quisieron escuchar.
—¿Cómo va a ser tanta la coincidencia? —dijo una de las damnificadas—, cuando El Afrecho’e Vidrio, que es mi esposo, le sale en el cuadro con el colmillo de menos que le falta. ¿Cómo va a ser tanta la coincidencia?
—Es que en el arte —trató inútilmente de explicar El Salustio— las personas no son las personas con el domicilio reconocido, las cicatrices y los várices.
—Así será —afirmó una vieja en forma rotunda—, pero lo que es yo parto a traerme de una bola al Pichanga de Ave, que es el alias que le tienen puesto a mi marido. Hace como quince años que salió a comprar cigarrillos y nunca más se supo. Ojalá no se haya atosigado con el humo.
La Cicatriz con Eco, después de escuchar las amenazas, siguió llorando.
—Esta es la ruina —repetía.
—Un momento —gritó un caballero de barba terminada en punta, llegando al galpón—. Yo soy —aseguró— el jefato del Museo de Arte Moderno. ¿Cuánto valen sus cuadros, señora?
—¿Los de lana? —consultó la aludida, mostrando los calzones.
—No. Esta maravilla que están viendo mis ojos y que se tragará la tierra.
—No son cuadros, señor —aclaró la afectada—. Si debajo están los congrios.
—Usted no tiene sensibilidad para descubrir dónde está la belleza, señora.
—Eso mismo —se colgó El Salustio—. ¿No ve que se fija en las puras agallas de los animalitos? En el continente y no en el contenido.
El barbón sacó a relucir el oro.
—Esto no tiene precio —aclaró, pasándole a La Cicatriz con Eco la tucada—. Yo me los llevo todos. —Y dándonos un abrazo ordenó que se los embalaran con mucho cuidado y con hielo.
Cuando dejamos la bodega, un grupo de aprovechistos nos subieron en andas, llevándonos hasta el bar del Patas Cortas, interesados en celebrar el acontecimiento. Y como se corrió la bola, empezaron a llegar los sedientos y nos fuimos de autógrafo por primera vez en nuestra vida de artistas.
El Salustio dio una orden:
—Pongan vino como si no lo juéramos a pagar nosotros.
La concurrencia gritaba:
—¡Vivan los pintores de brocha gorda!
—Todo sea por el arte —gritó alguien, dando curso a la tomatera.
Uno de los parroquianos hizo sonar la copa con un tenedor, improvisando un discurso:
—Por los Van Goghes, los Cézannes y los Dolipenes aquí presentes —dijo, sin poder ocultar su emoción.

(Alfonso Alcalde. Las Aventuras de El Salustio y El Trúbico (Chascarros), Quimantú, 1973, pp. 13-36)

Mundo, revelación, espejo, by Samanta Schweblin

La autora ha descrito el concepto de tensión en una obra a través de una fórmula que contiene tres aspectos: la presentación del mundo del cuento, mostrar una revelación que rompa ese mundo y un espejo con el que el lector se identifique para poder empatizar con los personajes. Uno de los fragmentos utilizados durante el taller para trabajar este elemento ha sido un cuento en el que un padre trata de explicar a su hija que no hay monstruos en el armario (presentación del mundo). Por la noche la niña se da cuenta de que sí hay monstruos (revelación que rompe ese mundo) y que debe alimentarlos para que no se coman a su padre (espejo con el que se empatiza).

https://uimp.es/actualidad-uimp/la-uimp-pone-fin-al-taller-impartido-por-la-escritora-argentina-samanta-schweblin.html 

 

PS: "Si les interesa ahondar más en la metáfora del espejo les recomiendo leer la teoría del estadio del espejo de lacan en la que habla que el yo nace de la identificación con una imagen externa (la del reflejo)".  

martes, 1 de septiembre de 2026

El corazón robado, poem by Arthur Rimbaud

 ¡Mi triste corazón babea a popa,
mi corazón que colma el caporal
y me vierten en él chorros de sopa,
mi triste corazón babea a popa:
con las bromas sangrientas de la tropa
que brama un carcajeo general,
mi triste corazón babea a popa,
mi corazón que colma el caporal!

Itiofálicos y soldadinescos
sus chistes sangrientos lo han depravado;
y de noche componen unos frescos
itiofálicos y soldadinescos.
¡Oleajes abracadabrantescos
llevadme el corazón, que sea lavado!
Itiofálicos y soldadinescos
sus chistes sangrientos lo han depravado.

Cuando se agoten sus chimós gargálicos
¿cómo vivir, oh corazón robado?
llegarán con sus estribillos báquicos;
cuando se agoten sus chimós gargálicos
sentiré sobresaltos estomáquicos,
yo, el del corazón despedazado.
Cuando se agoten sus chimós gargálicos
¿cómo vivir, oh corazón robado?

jueves, 6 de agosto de 2026

Unas pocas, columna by Luna Miguel

Marta Sanz, o Sylvia Plath, o Mary Shelley, o Ingeborg Bachmann, o Virginia Woolf, o María Llopis, o Clara Janés, o Yolanda Castaño, o Caitlin Moran, o Virginie Despentes, o Amélie Nothomb, o Natalia Ginzburg, o Chika Sagawa, o Silvina Ocampo, o Gloria Fuertes, o Sara Mesa, o Ruth Llana, o Chantal Maillard, o Cristina Rivera Garza, o Maria Mercè Marçal, o Isla Correyero, o Emma Cline, o Anne Carson, o Yasmina Reza, o Lucy K. Shaw, o Safo,o Jenn Díaz, o JK Rowling, o Alice Munro, o Svetlana Alexievich, o Catalina Stanislav, o Carmen Laforet, o Lisa Dierbeck, o Angela Carter, o Alejandra Pizarnik, o Elena Medel, o Joyce Mansour, Carson McCullers, o Elena Garro, o Iris Murdoch, o Joan Didion, o Simone de Beauvoir, o Belén Gopegui, o Jane Austen, o Sara Torres, o Montserrat Roig, o Elvira Lindo, o Anne Sexton, o Emilia Pardo Bazán, o Sharon Olds, o Emily Witt, o Milena Busquets, o Marie Darrieussecq, o Dorothy Parker, o María Sánchez, o Margaret Atwood, o Rosalía de Castro, o Isabel Escudero, o Luciana Peker, o Laura Fernández, o Forough Farrojhzad, o Emily Dickinson, o Gioconda Belli, o Carmen Martín Gaite, o Patti Smith, o Daniela Camacho, o Emily Berry, o Valeria Luiselli, o Ana María Matute, o Julianne Pachico, o Natalia Litvinova, o Elena Ferrante, o Fatena Al-Gurra, o Claudia Apablaza, o Chimamanda Ngozi Adichie, o Agatha Christie, o Dorothy M. Johnson, o Roxane Gay, o Lara Moreno, o Andrea Wulf, o Gabby Bess, o Amalia Bautista, o Delphine de Vigan, o Lucía Baskaran, o Mina Loy, o Ida Vitale, o Lola Nieto, o Alfonsina Storni, o Elvira Navarro, o Susan Sontag, o Diane di Prima, o Tálata Rodríguez, o Anaïs Nin, o Nina Yargekov, o Sara Herrera Peralta, o Donna Tartt, o Selva Almada, o Valérie Mréjen, o Lila Azam, o Tracy K. Smith… O la que tú quieras, vaya. Pero cuando hables de literatura, cita a una mujer de vez en cuando, ¿vale? Gracias.

7 de abril de 2017
https://www.elespanol.com/el-cultural/opinion/20170407/pocas/206730316_0.html

Basura, columna by Gabriela Cabezón Cámara

Tiradas a la basura, desgarradas, en pelotas: en la montaña asquerosa, un cuerpo como una cosa, como una cosa ya rota y que no sirve para nada, los restos del predador, la carne que le sobró de su festín asesino. Horas antes o después a la chica la buscaron la familia, los amigos, al final la policía y casi siempre la encuentra el que hace de la basura su trabajo cotidiano: un cartonero, el chofer de un camión recolector, alguien que anda por ahí. Después viene la ambulancia, le cambia la bolsa a blanca, se la llevan a la morgue y un auto lleva a los padres a ver si la chica es suya. Afuera espera la prensa: las cámaras y micrófonos buscando mostrarle al mundo el dolor más lacerante, la frase más torturada, la cara más arrugada por la angustia que la arrasa.

Tiradas a la basura en la bolsa de consorcio: igual que se tira un forro, la cáscara del zapallo, los papeles que no sirven y los huesos del asado entre tantas otras cosas. Tiradas como si nada, como objetos de consumo que ya fueron consumidos. Agarrarlas, asustarlas, verlas rogar, desnudarlas, humillarlas, violarlas, después matarlas, meterlas en una bolsa, tirarlas a la montaña de restos de la ciudad. Ya terminó el predador. Seguirán la policía, los abogados, los jueces y las cámaras de TV: sigue la carnicería en una especie de show que explica los femicidios.

Si la chica usaba short. Si tenía más de un novio. Si puso fotos en Facebook con boquita pecadora. Si salía mucho de noche. Si volvía a la mañana y tenía olor a whisky. Si estudiaba o no estudiaba. Si trabajaba de día o repartía tarjetas en la puerta de un boliche. Si era virgen. Si le gustaba enfiestarse. Si fumaba marihuana o sólo tomaba agua. Si tenía buenas notas o había repetido de año. Lo que dicen los amigos. Lo que piensan los vecinos. Lo que recomienda el cura que dirige la parroquia. Lo que supone un psiquiatra que va a la televisión. Lo que dice el movilero. Lo que supone la prensa. La idea que todos dicen sin terminar de decir: si la chica usaba mini y le gustaba bailar y si llevaba adelante su propia vida sexual según lo que le gustaba, era una trola y las trolas se la buscan y la encuentran.

Crimen_daiana_portyap

La construyen poco a poco como si fuera culpable: digamé, comunicador y digan sus audiovidentes, si una mujer joven tiene más de un novio o, peor, ninguno, y vuelve en pedo a las seis y salió en vestido corto, ¿Se está buscando la muerte? ¿Piensa que se la merece? ¿Usted cree que debería volver antes de las doce? ¿Vestirse con una burka e ir a misa los domingos? ¿Usted quiere que le pida permiso a algún buen señor para salir cuando quiere? ¿Que deje de salir sola? ¿Que piense lo que se pone porque si a un hijo de puta le parece algo indecente por ahí la hace pelota? Le pregunto más cortito: ¿Piensa que una chica es propiedad de algún muchacho y que si no tiene dueño pueden matarla tranquilos? ¿De verdad se siente bien eligiendo como elige la foto más provocativa para decir sin decir “la piba era una atorranta", “los padres no la cuidaban”, “su vida no tenía rumbo”? Empieza una denigración, algo que está en la cultura, no digo que lo inventa usted, pero podría revisar la máquina de prejuicios que le salta cuando habla y cuando hablan los demás.

Entre otras cosas se nota la puntuación del mercado: hay cuerpos que valen más y hay cuerpos que valen menos. Casta, rica y estudiosa vale más que pobre y trola pero todas valen menos que el cuerpo del matador que es la manifestación extrema de este estado de las cosas: buena parte del planeta cree, a veces sin saberlo, que cosas somos nosotras. Pobres cosas, poca cosa, algo que se usa y se tira, nada de bienes suntuarios, muñecas que se descartan como globos ya pinchados. Es como canibalismo. Es una bestialidad. Piensen un poco, señores, piensen también las señoras y sientan un poco más: somos sus madres, sus hijas, sus hermanas, sus esposas, sus amigas, sus amantes, sus novias.

Somos más de la mitad del mundo que hacemos juntos. No insumos a descartar.

lunes, 3 de agosto de 2026

“Experimento Bolaño”: La historia de su casa de infancia en Quilpué que busca convertirse en patrimonio

 


A casi 20 años de su muerte, el colectivo Monumentos Incómodos acaba de presentar una solicitud al Ministerio de las Culturas para declarar Monumento Histórico el antiguo inmueble ubicado en el barrio El Retiro de Quilpué, en la V Región, donde el escritor chileno y autor de Los detectives salvajes vivió entre 1960 y 1964. Allí estudió en la escuela pública donde trabajaba su madre, vio entrenar a la selección brasileña de fútbol en pleno Mundial del 62, trabajó cortando boletos de micro y aprendió a montar a caballo con su padre, episodio que después narró en uno de sus relatos más célebres. Nunca volvió a la llamada Ciudad del Sol en sus visitas al país en 1998 y 1999, aseguran amigos y cercanos, pero sí estuvo en su radar hacia el abrupto final de su vida, cuando Bolaño barajó la idea de volver a Chile.

Se reunieron una noche en el bar del hotel. Estaban los dos de paso por Bruselas, invitados junto a otros autores a participar de unas jornadas dedicadas a la literatura chilena post dictadura que organizaban universidades belgas y la embajada de Chile en dicho país. Era enero del 2002 y el poeta Jaime Quezada se reencontraba tras un par de años con su viejo amigo de juventud, Roberto Bolaño. No imaginó, recalca hasta hoy, que se trataría del último encuentro entre ambos.

“Roberto venía de su Blanes catalán y yo de mi Santiago de Chile. Pero tan pronto concluyó por la mañana su ponencia (en verdad, más que una ponencia una lesa y provocativa intervención oral sobre su mala experiencia con la literatura chilena: de los Coloane a los Donoso), desapareció por la tarde por arte de magia o de birlibirloque. Nadie lo vio más”, contó Quezada a El Universal de México, en 2015.

“La noche anterior, sin embargo, habíamos estado conversando largamente en el bar del hotel (‘entre nos’ -me dijo-, estoy barajando la idea de irme a Chile, deberías averiguarme cuánto cuesta vivir en Quilpué), mientras yo bebía mi doble vaso de ginebra y él un fresco de maracuyá morada, saliendo a ratos al lobby para fumar su nunca último cigarrillo. Fue también mi último y final encuentro con un Roberto Bolaños Ávalos que, después de todo, seguía llevando en su memoria aquel Quilpué de los tiempos de su infancia”, añadió el también autor de Bolaño antes de Bolaño (2007).

En su libro, Quezada ahondó en su amistad con el autor Los detectives salvajes, a quien conoció en México a comienzos de los 70. Allí vivió junto a su familia durante dos años, y luego lo recibió en su casa en Santiago, en la comuna de La Cisterna, a dos semanas del Golpe de Estado, cuando Bolaño volvió con la idea de sumarse al proyecto de la Unidad Popular y fue detenido ocho días en una comisaría en Concepción. Fueron yuntas y cómplices hasta el final de su vida.

Un año después de ese último encuentro en Bruselas, el 15 de julio de 2003, Roberto Bolaño falleció en la espera de un trasplante de hígado en Barcelona. Su abrupta y temprana muerte, a los 50 años, y la publicación, solo meses más tarde, de su póstuma novela 2666, convirtieron rápidamente su nombre en un mito de la literatura contemporánea a la par de una figura tan respetada como resistida al interior del panorama literario local.

“Nunca hice averiguaciones por aquello de ‘cuánto costaría vivir en Quilpué’”, cuenta hoy Quezada a The Clinic: “Y aunque Roberto lo decía desde el alma, me pareció una graciosa quimera que bien revelaba ese país de la infancia que iba en él. Más bien imaginación, ficción, presencia del lejano lugar que fue, literatura íntima y emocional presente en ese ‘entre nos’. Las veces que Roberto vino a Chile no habló nunca de Quilpué ni fue a Quilpué. Sí a Los Ángeles, sí a Mulchén, y tal vez para no perder la magia sagrada de una casa-lugar donde fue feliz: la infancia. Acaso una intuitiva manera de inmortalidad más allá de su prematura muerte”.

NIÑO ROBERTO

Llegaban, cada tanto, sudorosos jóvenes mochileros, peregrinos literatos y hippies nostálgicos con alguno de sus libros enrollado entre las manos. No siempre daban con la dirección exacta pero sí con la misma referencia: una antigua casa amarilla con portón negro justo en la esquina de las calles San Enrique e Independencia, en el apacible y residencial barrio El Retiro, en la comuna de Quilpué. Los vecinos y quienes lo conocieron de niño solían decir que ahí había crecido Roberto Bolaño.

Cuando se conmemoraban diez años de su muerte, la municipalidad de la misma localidad de la V Región y la junta de vecinos del sector inauguraron una placa recordatoria en el frontis del antiguo inmueble ubicado en el Nº1890 de la calle San Enrique. En el grabado se lee lo siguiente: “En esta casa vivió, entre los años 1959 y 1964, el destacado escritor chileno Roberto Bolaño Ávalos. La comunidad de El Retiro se enorgullece de recordarlo a 10 años de su sensible fallecimiento. Quilpué, julio de 2013”.

En el terreno, que alguna vez fue una quinta, hoy hay varias construcciones interiores y un patio amplio. Casi no hay movimiento detrás de esas cortinas.

Roberto Bolaño nació el 18 de abril de 1953 en una clínica del Seguro Social, a cuadras de la avenida Recoleta de Santiago, donde además vivían sus abuelos paternos. Hijo mayor del camionero y boxeador profesional León Bolaño y de la profesora de primaria Victoria Ávalos, el niño Roberto tuvo una infancia nómada y movediza desde sus primeros meses de vida. “Yo viví en el cerro Los Placeres de Valparaíso, luego en Quilpué; en Viña; en Cauquenes, una zona llena de alcohólicos y espiritistas, (…) Biobío es la tierra de mis mayores, como diría Serrat, y el lugar donde llegó al menos la parte paterna de mi familia, a Mulchén, viví en Los Ángeles”, contó el propio Bolaño en el 2000.

A Quilpué llegó a vivir con 7 años. Creció con las radionovelas que su mamá y su abuela escuchaban por las tardes, jugando a los vaqueros en el patio de la casa y el olor del pan saliendo del horno de barro que su padre había construido.

Fue inscrito en la escuela pública Nº98, en la calle Granada, donde trabajaba su madre. “Roberto ya sabía leer desde los tres años, no nos dimos ni cuenta de cómo aprendió”, contaba esta última años atrás. De pequeño, su hijo se formó como lector y comenzó poco a poco a poblar su habitación de libros y revistas, que luego compartía con sus compañeros de curso. En el libro de notas del Cuarto año A, el alumno Roberto Bolaño destacaba más, sin embargo, en asignaturas como Artes Plásticas (promedio 7) y Caligrafía (6), que en Castellano (5) o Matemáticas (4).

“Roberto ya despuntaba como líder en el ámbito intelectual, leía más que todos los demás y no paraba de dirigir la orquesta”, comenta el director Ricardo House, autor del documental La batalla futura, filme biográfico sobre Bolaño que reconstruye distintos episodios de su vida a partir de la ruta de los lugares donde vivió. Incluido, por cierto, Quilpué. “Allí Roberto fue un niño feliz. Correteaba con sus amigos entre las vacas y era libre”, agrega House.

Otra de sus pasiones desde muy pequeño fue el fútbol, y una de sus más grandes anécdotas tuvo precisamente lugar durante ese periodo, en 1962, para el Mundial que se realizó en Chile. Tenía 9 años y Roberto Bolaño y sus amigos del barrio se enteraron de que la selección brasileña -la de Garrincha, Didí, Pelé y Zagalo- entrenaba muy cerca de su casa, en el club Retiro. “Vivía a 50 metros de donde estaba alojada la selección brasileña y vi varios partidos en el estadio Sausalito”, reveló Bolaño en una entrevista a Qué Pasa en el año 2000. La anécdota no quedaba ahí: “Recuerdo que Vavá me tiró un penal y se lo atajé. Y para mí es la mayor hazaña que he hecho”.

“Ese hecho tenía revolucionados a todos los niños del barrio. Y existen registros que lo atestiguan en las crónicas fotográficas de la época”, asegura House.

Ya más grande, Roberto comenzó a ayudar a su papá con los repartos arriba del camión y consiguió un trabajo cortando boletos de micro en la línea de buses de la ruta Quilpué-Valparaíso. Compartían también el amor por los caballos, heredado de padre a hijo. “Le regalé un caballo que traje de Magallanes. Fue una odisea, imagínate, paisano. En Quilpué teníamos una quinta y a Roberto le gustaba montar. El caballo era su regalón”, contó León Bolaño en 2007.

Roberto lo bautizó Poncho Roto, y años más tarde lo revivió en la ficción con otro nombre, Zafarrancho, en su cuento Últimos atardeceres en la Tierra de 1999. El relato narra un viaje que hicieron padre e hijo a Acapulco y retrata el ocaso de la relación entre ambos. “Cuando tenía siete años su padre le compró un caballo. ‘¿De dónde era mi caballo?’, dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se sobresalta. ‘¿Qué caballo?’, dice. ‘El que me compraste cuando yo era chico’, dice B, ‘en Chile’. ‘Ah, el Zafarrancho’, dice su padre y sonríe. ‘Era un caballo chilote, de Chiloé’”.

Tras su paso por Quilpué, Bolaño y su familia se radican en Los Ángeles, tierra natal de su padre. El resto de la historia es conocido: su huella se pierde de Chile en 1967, cuando tenía 12 años y partió a México junto a sus padres y su hermana Ximena. El matrimonio se separa y el hijo mayor se embarca en una frenética senda de poeta que lo lleva al infrarrealismo y a un camino de creación y vanguardia que adoptó como forma de vida hasta su último día.

Su paso por Quilpué quedó reducido a unas cuantas anécdotas reveladas en entrevistas o encriptadas en su obra. Ricardo House recuerda su paso por la zona hace ya más de diez años.

“Estuvimos un par de días rodando allá y los amigos de Bolaño y el presidente de los vecinos fueron amabilísimos. Se emocionaban hasta las lágrimas al leer en los periódicos que su vecino y compañero de escuela era famoso, mundialmente conocido. Parecía ser lo mejor que les pudo pasar en mucho tiempo”, comenta el cineasta. “El Retiro es un barrio que hace honor a su nombre; conocido por una enorme fábrica de fideos que ahora está en decadencia y por Bolaño. No está mal que un escritor logre que una localidad o región exista”.
“EXPERIMENTO BOLAÑO”

La ciudad española de Gerona fue la primera en homenajear a Bolaño con una calle que actualmente lleva su nombre, en 2011. Luego vino otra otorgada por el Ayuntamiento de Barcelona en 2015 y que recuerda el paso del autor de Putas asesinas y Amuleto por un humilde piso en el número 45 de la calle Tallers, en el barrio de Raval. Su casa en Quilpué, en tanto, hasta la que aún llegan curiosos lectores y viudos fanáticos de su obra, aspira ahora a convertirse en patrimonio y en un espacio de memoria, preservación y difusión de su obra como parte de una iniciativa presentada por el colectivo Monumentos Incómodos.

Integrado por especialistas de diversas áreas -abogados, arquitectos, historiadores, periodistas y artistas visuales-, el grupo se conformó en pleno estallido social y a solo días del 18 de octubre de 2019, cuando se hizo evidente el descontento popular y la intervención y remoción de ciertos monumentos públicos.

“Llamamos Monumentos Incómodos a aquellos símbolos urbanos, tales como estatuas, nombres de calle, plazas u otros elementos conmemorativos y de homenaje en el espacio público que generan sentimientos de segregación, injusticia y odio en comunidades cuyos derechos han sido violentados sistemáticamente, producto de la colonización, racismo, xenofobia, patriarcado, homofobia, entre otros, y que representan una visión única de la historia de forma tangible, en que formas de abusos y discriminación no eran sancionadas ni menos reconocidas”, se lee en el sitio web de la agrupación, que además apoya e impulsa solicitudes y declaratorias patrimoniales, como la que en marzo pasado se le otorgó a la casa de la casa de Elena Caffarena, que acaba de ser declarada Monumento Histórico por el Consejo de Monumentos Nacionales. La gestión la lideró su nieta, la historiadora Ximena Jiles, apoyada de 300 adherentes, entre las que estaban Michelle Bachelet y Elisa Loncón, además de agrupaciones feministas.

Esta semana, Monumentos Incómodos presentó una solicitud formal para declarar como Monumento Histórico la casa en Quilpué donde Roberto Bolaño creció. “La vivienda ha sido descrita por el poeta Jaime Quezada como ‘seguramente la residencia más emblemática e importante en la vida de Roberto en Chile (…). Es necesario un reconocimiento patrimonial al más universal de los novelistas chilenos, la identificación de un hito material a través del cual se pueda reconocer al intelectual y desde ahí se puedan reconocer sus propios compatriotas por generaciones”, se lee en la carta dirigida a la ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Julieta Brodsky.

El periodista Roberto Manríquez, uno de los impulsores de la propuesta, cuenta que hace algunos meses visitaron la casa y que conocieron a sus propietarios.

“Nosotros hablamos con el nieto de la dueña, ella aún vive allí. Viven ahí hace 70 años, es dueña de todo el terreno y lo que cuenta es que su esposo era el mejor amigo de León Bolaño, el padre de Roberto. Él trabajaba en la aduana y León era camionero, ahí se hicieron amigos. Fruto de esa amistad, le arrendaron la casa de adelante a él y a su familia”, cuenta Manríquez. “Sigue habiendo un vínculo emocional ahí porque se trata de las mismas personas que conocieron a Roberto de niño. La familia, a través del nieto, ha expresado su intención de querer seguir siendo los propietarios pero están de acuerdo en que la casa se preserve además como un espacio de memoria”.

Lo más complejo, considera Manríquez, es pensar en un proceso de patrimonialización que sea coherente con el pensamiento de Bolaño: “Él estaba muy lejos de esas nociones patrimoniales o patriotas. Es interesante cuando él dice: ‘Mi patria es donde están mis hijos’, entonces se vuelve una encrucijada esta idea de proteger y preservar la que fue su casa. Él puso en disputa la idea de ser de un lugar determinado, y esa es la premisa que enfrentamos a la hora de patrimonializar ese lugar. Es un experimento patrimonializar a Bolaño, tiene sus riesgos y debemos movernos según su lógica, sus propias claves; él se hubiese resistido, por ejemplo, a un concepto patrimonial como el del Litoral de los Poetas o al tratamiento que hay con la Mistral en el norte, que está mucho mejor. En cualquiera de los dos casos, seguramente lo hubiese encontrado chovinista y hubiese detestado la idea. Lo más lógico sería que el espacio fuese uno en que se estudiara y leyera y discutiera acerca de su obra”, opina.

“Nuestro punto de vista tiene que ver con observar mínimamente un lugar que abrió en un niño o en un joven una imaginación universal. Eso me parece fascinante: acercarnos a este espacio en donde él creció no para constituir un arraigo localista o nacionalista, sino para pensar el mundo o para sentirse él al mismo tiempo muy universal. Quilpué es, de alguna manera, una interioridad que mira al mundo, a propósito de estar al lado de Valparaíso. Sigue siendo una interioridad pero no ensimismada, sino una que logra verse y sentirse parte del mundo. Bolaño rompió esa antigua noción en Chile de la isla encerrada entre el mar y la cordillera. Esa tensión hace de Quilpué un lugar exquisito, y de esa casa en particular, un lugar muy especial”.

De aprobarse la declaratoria, que ya cuenta con el apoyo del Instituto de Estética de la UC, la casa de Quilpué pasaría a tener tuición del Estado, que no es propiedad, explican desde el colectivo. “Cualquier intervención debe ser consultada previamente con los dueños, como sucede con las declaratorias de los barrios patrimoniales. Estos espacios por lo general tienden a tener mayores facilidades para optar a fondos públicos nacionales e internacionales, y en caso de que los dueños quieran venderla, el primer postor es el Estado”, comenta Ivette Quezada.
NO RETORNO

Volvió 25 años después y su nombre ya resonaba en Chile. En 1998, Roberto Bolaño aceptó participar como jurado en el concurso de cuentos de la revista Paula y arribó a Santiago junto a su entonces esposa Carolina López y su hijo mayor, Lautaro. Fue recibido como visita ilustre: dio numerosas entrevistas y conferencias tras el lanzamiento de su primera novela publicada en Chile, La pista de hielo, que ya había sido publicada en España en 1993 y por la que obtuvo el premio de Narrativa Ciudad Alcalá de Henares. De lentes, chaqueta de cuero y una estela de humo, Bolaño hizo de las suyas en su regreso a un país donde se sintió a ratos incómodo y ajeno.

“Es muy duro ser escritor en un país donde no te consideran de los suyos. He sido escritor siempre en lugares que no son mi país, y aquí mismo no me considerarían chileno”, declaró durante su visita.

Meses más tarde y ya de vuelta en España, publicó un implacable texto en la desaparecida revista Ajoblanco titulado El pasillo sin salida aparente. Con desbordada ironía, su relato comenzaba con una bullada cena en casa de Diamela Eltit; a partir de ese incómodo recuerdo, Bolaño hizo un descarnado retrato, hizo rodar cabezas y barrió con toda la Nueva Narrativa Chilena. También describió la espeluznante anécdota de la escritora Mariana Callejas, esposa del agente de la DINA Michael Townley, al igual que ella, y sus excéntricos talleres literarios en la misma casa donde se cometían torturas.

“Es extraño volver a Chile, el país pasillo, pero si uno lo piensa dos y hasta tres veces, es extraño volver a cualquier parte”, decía el texto: “Las calles, en realidad, parecían las mismas de siempre. Los rostros de los chilenos también. Eso puede conducir al más mortal de los aburrimientos o la locura. Así que esta vez, para variar, me lo tomé con calma y decidí esperar los acontecimientos sentados en un sillón, que es el mejor sitio para evitar que un pasillo te sorprenda. (…) Los escritores chilenos, los que lo son y los que quieren serlo, no tienen remedio”.

Al año siguiente Bolaño regresó a Chile en calidad de rockstar y persona non grata, invitado por la Feria del Libro de Santiago. En 1999 ganó también el premio Rómulo Gallegos y el manuscrito de Los detectives salvajes había llegado a manos del editor de Anagrama Jorge Herralde y estaba a punto de llegar a librerías. Un sector de la prensa local insistió en ignorarlo: ¿A quién le ha ganado este Bolaño?, decía un titular.

La agente literaria Jovana Skarmeta llevó su agenda durante su segunda visita al país, en 1999, y recuerda el tenso ambiente que había alrededor del autor radicado en Blanes. “Yo creo que de no haber conocido a Pedro Lemebel y a Nicanor Parra, Bolaño se hubiese sentido muy solo en Chile. Con ellos se hizo muy amigo”, cuenta.

“La agenda estaba llena de cosas; entrevistas, encuentros familiares, y estaba quedándose en el departamento de Alexandra Edwards y de Marcial Cortés Monroy, en Providencia. Él era muy respetuoso con la agenda, cumplía en todo, pero a veces tenía sus salidas. Era medio estresante todo por esos días, y un día me dijo: ¿oye, y lo de Antonio Skármeta, a qué hora es?, me preguntó. Sabía que teníamos agendado algo con El show de los libros, y me insiste: ¿y va a estar él? Le dije que no, que no iba a estar, porque no siempre iba a las grabaciones. Y me dijo: ‘ah, entonces yo tampoco voy a estar’. Y no fuimos”, revela.

Sí asistió, en cambio, a la entrevista con Cristián Warnken en La belleza de pensar. Este último lo recibió con una cita de Gabriela Mistral: “País de la ausencia/ extraño país/ más ligero que ángel/y seña sutil (…) en país sin nombre/ me voy a morir”. Habló de Lihn, de sus cruces con Baudelaire y arremetió contra la escena literaria local: “La literatura es un oficio bastante miserable, practicado por gente que está convencida de que es algo magnífico. Puedo estar con veinte escritores de mi generación y todos creen que van a perdurar. Además de ser una muestra evidente de soberbia, es un acto absolutamente ignorante”, dijo entonces.

Bolaño dio también su propia lectura del verso de Mistral: “Cuando dice el país sin edad o la edad de siempre, yo creo que se refiere al país de la infancia y eso en alguna medida lo veo como algo muy cercano y como algo nada adverso, la infancia detenida. Tal vez si uno permanece en el sitio, en el lugar de la infancia, las posibilidades de ver cómo se corrompe tu infancia son mayores. En el fondo, siempre vamos a saber cómo se corrompe nuestra infancia, estemos en un sitio u otro”.

Meses después de su convulso paso por Chile, el autor publicó Nocturno de Chile, que originalmente se llamaría “Tormenta de mierda” y donde imprime su mirada del mundillo literario. En el relato aparecen personajes reales pasados por el filtro de Bolaño, como Sebastián Urrutia Lacroix, un cura Opus Dei que además es crítico, y María Canales, una agente de la Dina que organiza fiestas en su casa. 

Al año siguiente, Jovana Skarmeta volvió a llamar a Roberto Bolaño para invitarlo nuevamente a la Filsa. “Me dijo no, no puedo. Decía que le encantaría pero que no, siempre con su humor. Me escribió algo así como: los aviones se caen a veces. Hablan de que hubo una tercera visita que fue más piola, pero yo no creo que exista”, opina.

“Me parece que sí hubo una tercera. Vino, aunque de muy bajo perfil y se entrevistó con alguna gente, no conmigo. Durante ese periodo él tuvo la idea de volver a Chile, de instalarse nuevamente acá. Entiendo que, aunque la desechó rápidamente, al menos lo barajó”, asegura el escritor chileno y amigo de Bolaño, Roberto Brodsky.

“La conexión de Bolaño con Chile estuvo siempre. Es cosa de ver su obra: está cruzada por el tema chileno y siempre lo estuvo. Después de que él vino por primera vez a Chile en 1998, despertó en él la posibilidad y la idea de volver. Lo consideró, tanteó alternativas y de hecho se dio cuenta rápidamente de que eso era bastante difícil. Renunció a la idea y no sé qué lo llevó a hacerlo, o qué lo llevó a pensarlo siquiera. Me consta que acá encontró un ambiente muy cálido, muy acogedor, muy amistoso, pero que cambió de un año para otro en su segunda venida a Chile. Fue muy dura y complicada para él por lo que escribió tras su primera visita. Tuvo total desavenencia y rechazo de gran parte de la tribu literaria. Hubiese sido una locura volver en ese momento”, sostiene el también autor de Veneno, donde repasó su historia junto al autor de 2666.

Jaime Quezada revela otro antecedente: “En carta de Victoria Ávalos, la madre de Roberto, fechada en septiembre de 1995, en Figueres, Girona, España, me dice: ‘Roberto te escribirá para agradecer los libros que le enviaste. Él está bien, esperando cosas y (entre nos) barajando la idea de irse a Chile; en fin, que haga lo mejor para su futuro literario y para su hijito”.

El documentalista Ricardo House coincide: “Sin duda Bolaño masticaba la posibilidad de una vuelta a Chile. Su matrimonio no iba bien y lo pensó más de alguna vez. Pero como dice su amigo Ignacio Echevarría, era muy difícil sobre todo por el vínculo afectivo tan profundo que tenía con sus hijos”.

Bolaño nunca más volvió a Quilpué. En sus dos visitas a Chile sí viajó a Isla Negra, estuvo en Las Cruces con Nicanor Parra e incluso en Mulchén, en la tierra de sus abuelos, pero nunca más volvió a ese otro escenario de su infancia.

Hasta ahora, el colectivo Monumentos Incómodos no ha tomado contacto con la familia ni los representantes legales de los derechos de Roberto Bolaño para ponerlos al tanto de la iniciativa de patrimonializar su casa en Quilpué. “No ha llegado aún ese momento, pero sabemos que tendremos que hacerlo y que no será sencillo”, aseguran. El primer paso ya lo dieron al presentar la solicitud actualmente en manos de la ministra de las Culturas.

Roberto Brodsky valora la iniciativa y advierte: “Son excelentes esta y otras propuestas que se han querido hacer con Bolaño. Llevarlo mucho más al cine y a otras manifestaciones, lo mismo ahora con la gestión en torno a su casa. La idea me parece estupenda, pero el obstáculo es siempre el mismo”, dice.

“El antecedente que uno tiene de esto es lo que pasó con la UDP, cuando la cátedra Bolaño tuvo que cambiar de nombre y tuvo que hacerse una cátedra en homenaje a Bolaño. Cada vez que se ha tratado de hacer algo con él y con su nombre, todo intento ha sido frustrado porque hay mucho recelo en el resguardo de sus derechos, que están manejados por su viuda y la agencia (de Andrew Wylie). Por muy buenas intenciones que haya, el terreno de Bolaño está súper minado”, concluye.