sábado, 5 de septiembre de 2026

Testimonio Autobiográfico, María Luisa Bombal

Nací el 8 de junio de 1910. El primer cónsul alemán en Santiago fue mi bisabuelo y su apellido era Precht. De modo que, por mi madre, venimos de los alemanes de Valparaíso que después, como tú sabes, se fueron a Viña del Mar. Mis ancestros eran hugonotes franceses que emigraron a Alsacia y el tipo que mato a Chejov era pariente nuestro... Amado Alonso siempre me hacía bromas respecto a esto y yo le contestaba "¡Pero qué culpa tengo yo!"... Por el lado de mi padre, los Bombal llegaron a Chile huyendo de la dictadura de Rosas... Muchos años después me impactó la dictadura de Rosas, pero, en la niñez, las historias de su crueldad eran una leyenda para mí (canta) "Ibamos a aunarnos / nos traicionó / y en la victoria / se quedó".

Nací en el Paseo Monterrey, era precioso, ¡lindo!, todo cubierto de madreselvas, los señores se paseaban conversando y veíamos el mar y os barcos que pasaban... ¡Viña era una maravilla!... El otro día, hace como un año, fui y casi me desmayé de asco, todavía está la casa de mi niñez, pero todo pavimentado, con los autos allá arriba y una estación de servicio en la esquina donde vivían los Segnoret. En esa época, Viña era la ciudad jardín, ahora lellaman la ciudad jardín, pero están muy equivocados. Claro que yo no puedo decirlo porque me llaman antipatriota... ¡Ya lo han dicho bastante! Los niños íbamos todos los días a jugar a la playa, como paseo de familia... El Neno Dittborn, Eugenio, era precioso. Una vez lo robamos con mis hermanas y lo escondimos en nuestra casa porque hablaba tan lindo. Nosotros hacíamos castillos de arena y el Neno hablaba, los inauguraba, por eso lo adorábamos... él era más chico que nosotros, debe haber tenido unos cinco años cuando lo robamos, pero lo increíble es que ya adulto todavía se acordaba... ¡Fue una época feliz!

Como a los 8 años, escribí mis primeros poemas que eran muy malos. A la luna, a un canario y unos versos que elogiaban los copihues blancos. Cuando se lo mostré a mi tío Roberto, él dijo: "Ay, esta niñita ¿por qué no escribe sobre los copihues colorados? ¡Qué lata! ¡Copihues blancos! ¡Qué tontería! ¡Qué desabrido!", pero, para mí, hasta ahora, los copihues blancos y la lluvia son la verdadera acogida del sur... Mi padre murió cuando yo tenía nueve años, era su hija predilecta y un tío decía que, si al retrato de mi padre le sacábamos el bigote, era igual a mí. Mi madre nos leía los cuentos de Andersen y de Grimm, los traducía directamente del alemán. Nosotros nos sentábamos y ella nos leía de ediciones alemanas, así que crecimos leyendo todo lo nórdico, todo lo alemán, desde chiquitas... más que lo chileno, todo lo nórdico. De modo que nos educamos dentro de esa línea. En "Washington, ciudad de las ardillas", cuento que mi madre nos enseño que todos los sapos son príncipes y llevan una corona en la cabeza y que, debajo de algunos caracoles, a veces se puede encontrar a una sirenita llorando... (permanece en un silencio melancólico). Todo eso viene de los cuentos de Andersen y Grimm que nos leía mi madre, después, en Estados Unidos, conocí a los descendientes de Grimm... Además, como nos educamos en colegios franceses, también conocíamos lo francés. En Viña, las Monjas Francesas y, después, cuando nos fuimos a Francia, en el Colegio Notre-Dame de l'Assomption, que era un colegio archicatólico, ¡dos misas por la mañana!... Ahora, al llegar a Francia, no sufrimos ninguna sensación de desajuste porque era tan bueno este colegio de las Monjas francesas que no teníamos ni acento. Nos tomaban por francesas, siempre francesas. Pero nosotros manteníamos el castellano en la casa y además en la escuela, que era un internado, había muchas alumnas españolas de familias aristocráticas.

Un libro que me impresionó mucho, yo creo que es el único que me ha inspirado profundamente, lo habré leído a los catorce años porque me lo dio mi primo Antonio Bombal que era muy poeta, muy escritor, pero nunca publicó nada, es Victoria, de Knut Hamsun, noruego. Eso sí que me ha inspirado toda la vida, creo que fue la base. Si yo tengo alguna influencia fue eso, claro que después lo he releído y lo encuentro mucho más materialista que yo, matter of fact. Me impactó tanto porque es la historia de un desencuentro, ellos dos nacieron para amarse, pero, por la situación social, nunca se dicen nada. Como te digo, después lo he vuelto a leer y me parece que es más realista de lo que yo pensaba en esa época. También me impresionó mucho María, de Jorge Isaac (empieza a reír divertida), ¡qué romántico!, ¡con qué amor se miraban! y cuando el pobre Efraín supo de la muerte de María...

¡Ah! Se me había olvidado contarte que de niña en Chile pasaba mis vacaciones en Malleco, en el fundo de los Möller, ¡era tan lindo!, también a los ocho años empecé a estudiar violín con Paco Moreno, quien decía que yo tenía muy buen arco, pero me pilló que tocaba de memoria porque la cabeza nunca me dió para la música, igual que Brígida en El árbol. Después ya no estudié más violín, o era la literatura o la música, no se pueden hacer las dos cosas.

A los diecisiete años, escribí una tragedia de amor y se la mostré a Ricardo Güiraldes, que era muy amigo de mi familia y él, desde entonces me empezó a llamar "colega", ¡imagínate! Algo increible es que en esos años en París, yo iba a la misma iglesia a la que iba quien fue mi marido con sus hijos, que tienen la edad mía... Y, a los dieciocho, entré a la Sorbona donde obtuve un certificado de literatura francesa. Yo quería seguir con la literatura hispánica, pero, para eso, debía ingresar al programa de literatura comparada y ahí exigían el latín... ¡qué lata!... ¡el latín me pareció insoportable! y por eso no soy licenciada en Letras. Ya en el liceo leí a Pascal que también es muy lógico, y cuando yo era joven, ¡era muy lógica!... Fui gran lectora de Paul Valery, aunque ahora hace años que no lo he leído... A Baudelaire y Verlaine sí que los leo siempre, esa música como que me alivia.

Y leí también a Rimbaud. A mí me comparan con Rimbaud y yo me siento halagadísima, pero me comparan en la parte mala (ríe), porque Rimbaud escribió y después ¡plaaf! desapareció; se hizo comerciante el pobrecito... el niño se desapareció, se metió en la marina mercante y de ahí no salió más... ¡un chispazo y fuera!

En la Sorbona, mi profesor Ferdinand Strowski nos hizo escribir un cuento a la manera de Perrault y yo escribí un cuento muy misterioso. Se trataba de un hombre con un sentido alegre de la vida que llegaba silbando a una habitación. Y así estaba, muy contento, cuando empezaba a sentir la presencia de alguien detrás de una cortina, presentía a alguien. Entonces él le hablaba, pero no podía nunca ver a esa presencia que él amaba... "¿Por qué es usted tan trágica?", me preguntó Strowski cuando me entregó el primer premio. No le contesté nada, pero era la imaginación que se adelantaba a lo que yo era.

Cuando uno es joven le atrae lo trágico, ahora tengo una pena inmensa, pero quiero apartarme de lo trágico; es bastante trágico ya no saber qué le va a pasar a uno, qué es lo que va a venir. Yo tengo bastante fe, pero me da mucho susto... Cuando uno no ha sufrido la tragedia, uno se queda admirada como ante una maravilla, igual que en la Biblia. Uno siente que hay algo superior, cualquier personaje es trágico para bien o para mal. La tragedia es un desafío a Dios, hay una comunicación con algo superior que castiga o recompensa. Hay como un mensaje del otro mundo, del más allá. La Margarita de Goethe a mí me producía una profunda tristeza, pero ella no es trágica, sufre un drama romántico, yo diría. El desafío está en Fausto, Margarita me inspira tristeza, es drama del corazón, pero no terror, como la música de Wagner. Thomas Mann me latea, demasiado concepto y teoría sobre las personas. Me lo he leído todo, pero me latea, lo encuenro aburrido. En al Montaña mágica, los personajes son todos inventados para que discutan... En cambio la tragedia, ese desafío a Dios me sobrecoge... La religión ha jugado un papel importante en mi vida, aunque he estado muchos años peleada con El; y así me castigó no más. Pero yo estaba amargada y después, El se puso más generoso conmigo...

En París, también estudié arte dramático con Charles Dullin, lo hacía escondida. Mi mamá se vino y yo me quedé en París con mis tíos, vivía en un pensionado, pero pasaba los fines de semana y las vacaciones con ellos. Tú comprendes que en esa época meterse al teatro era de lo peor... Entonces Dullin utilizaba a sus alumnos de la escuela para salir a escena a hacer papeles menores, por ejemplo, entrar y decir "La comida está servida" (tono teatral) ¿comprendes tú? (ríe) El hijo de don Quijote se llamaba la pieza, todavía me acuerdo del nombre, entonces yo vestida pasaba con una bandeja, unos amigos de la familia estaban entre el público y fueron a decirle a mi tío Pepe. Al otro día mi tío fue y me volvió a ver salir a escena, ¡qué escándalo! Mi tío, muy serio, me llamó y me dijo "María Luisa, te sales del teatro ahora mismo y le escribiré a tu mamá diciéndole que, de ahora en adelante, no nos hacemos más responsables de ti". Así que por eso renuncié al teatro, pero, en el fondo, renuncié porque no era mi vocación.

En esos años estaba Huidobro en París con la chiquilla Amunátegui, no se habían separado todavía, pero no lo conocí porque casi todos los amigos nuestros eran franceses. A quien sí que conocí fue a la Teresa Wilms, la mamá de la Silvia y de la Chepa. La Chepa era una fregada, se peleaba mucho con su mamá, así como yo con mi hija. La Teresa era de la edad de mi madre, de la generación anterior. Don Guillermo, taaan alemán... Era una familia muy rara, imagínate que en una taza de té, el mozo servía vino... (ríe).

Mi tío siempre nos llevaba a conferencias, no me acuerdo cómo se llamaba esa sociedad iban todos los escritores famosos a dar conferencias... Y ahí fue donde conocí a Paul Valery, él leyó un poema en que tenía que silbar y muy serio empezó "Les temps, les temps" y cuando trató de silbar, no podía y nos largamos todos a reír y él también rió... ¡Amoroso! ¡Muy divertido! Ahora yo no alcancé a conocer a André Breton y los escándalos de los surrealista. Todas esas cosas eran ajenas a los estudiantes, ¿comprendes?, totalmente ajenas... no nos importaban un pito, nos importaban los textos ( tono doctoral ) nada más... Todo lo moderno, no. Sólo conocí a Breton y a otros artistas modernos en los Estados Unidos.

Cuando regresé a Chile en 1931, sentí una gran alegría, estaba muy contenta yo. Inmediatamente me conecté con los intelectuales, con Marta Brunet, con Pablo y Barrenechea. De repente, entonces pasé al mundo de los intelectuales, así que no sufrí el cambio porque todos estaban muy unidos con Francia también. Ese año se produjo la caída de Ibañez y desfilé con ellos porque mataron a un médico a las cuatro de la mañana porque había toque de queda... y el pobre iba a atender a un moribundo. Entonces se hizo esta enorme manifestación y desfilamos todos, yo era muy jovencita... Eso fue lo que hizo renunciar a Ibañez porque vio pasar a todo Chile. Ahora yo tenía conciencia sin saber qué significaba una dictadura; pero veía que vivíamos como en la cárcel... la gente vivía muy hostilizada, sobre todo en Viña, como que tuvieron que retirar a los carabineros, eso yo lo vi... Pero mi compromiso era de tipo moral, no político, y en eso coincido con la actitud de Borges. Además, pensaba que la política era cosa de hombres. "¡que se ocupen ellos!, a mí me gusta este árbol, este río, voy a ir a la estancia, voy a ir a un concierto... ¡que se frieguen los hombres!... ellos matan... yo me dedico a otras cosas... " En Chile no vi la pobreza, ahora creo que la vería, y en Argentina tampoco, el mayordomo que se ocupaba en la estancia de cuidar la puerta, nos invitaba a tomar té y en Chile, las empleadas nos trataban muy bien y la gente del campo sacaba a los niños a pasear a caballo.

Partí a la Argentina en 1933 y me fui a vivir a la casa de Pablo Neruda, que estaba casado con Maruca, él era cónsul de Chile. Pablo no iba a ninguna parte sin mí y su mujer, pero ella se aburría tanto, fijate, que en las reuniones sociales pedía permiso y se recostaba. Pablo corría a taparla... Así que yo era la compañera de Pablo y así conocí todo el ambiente artístico, hasta al propio Matos Rodriguez. ¡Uy!, ¡las peleas que teníamos con Matos!... Un día le dije que era un macró, cafiche quiere decir eso en frances; él, muy sorprendido, me preguntó por qué y yo le contesté (ríe) que porque vivía de la Cumparsita, de la che Papusa y de la muchacha del circo... "Pero ¡por qué eres tan agresiva!", replicó... Matos Rodríguez me hizo bastante la corte, era un Don Juan y nunca le faltaba una querida. Una vez me invitó a su fundo en el Uruguay y yo, tan bruta, me metí en el auto cuando veo corer detras de mí a los escritores. Ya estábamos en el muelle cuando veo que se bajan, corren al auto y me sacan de un ala... Ellos me protegían siempre, parece que en el tal fundo hacían una vida bastante desordenada y los escritores corrieron a rescatarme de la Cumparsita (ríe). ¡Estaba la Cumparsita allá en el fundo! Entonces, después de eso, ya se terminaron mis relaciones con Matos; la última vez que lo vi, fue en el teatro, entró con una rubia altanera, me abrazó, gordo y gigantón como era, y yo le dije: "¡Ay, Matos! y ¿quién es esa rubia?", entonces él me miró y comentó muy serio: "Bueno, no has cambiado". Yo era una tandera en ese sentido, en esas cosas, pero en lo literario siempre fui muy seria, con un gran respeto a la literatura y la cultura. Fíjate que Matos me dijo un día: "¡Oh!, gran escritora, hazme una letra de tango. ¡Ah que no puedes!", y yo, aceptando el desafío, empecé a escribir... "Desandando lo andado / yo vuelvo al pasado..." (ríe). ¡Y hasta ahí no más llegué! ¡No pude seguir!

En esa época conocí también a Borges, pero él circulaba en un mundo más cerrado, más intelectual. Nuestro grupo era más literario... Oliverio Girondo, Norah Lange, Federico García Lorca, Conrado Nalé Roxlo, Alfonso Reyes... Georgie era de un grupo más intelectual, pero me hice íntima de Georgie... Todos estos grupos eran muy unidos en el fondo, se respetaban entre ellos, no se veían porque se aburrían... A Victoria Ocampo yo no la visitaba porque me aburría... Además yo también tenía mi grupo de filólogos, pues, Henriquez Ureña, ¡Amado Alonso! Como no tenía máquina de escribir, iba al Instituto Filológico, donde me prestaban una. Yo escribía y pasaba mis cosas al final de la mesa mientras ellos hacían su sesión de filólogos, pero me desesperaba... ¡no podía concentrarme!, porque mientras yo trataba de escribir, ellos discutían las raíces de la palabra "ventana" o decían que "cortina" venía de "cortis"; era como que , para caminar, uno primero tuviera que analizar cómo mueve los pies, oye.

Los escritores de mi grupo eran gente de gran talento, gente vital, no gente de lámpara y vaso de agua, como son los conferencistas (ríe )... me dan ganas de tomar un vaso de vino... Considerábamos que un escritor era un ser de excepción, un ser maravilloso, como persona, como cabeza y como corazón. No nos importaban las faltas que teníamos, y las peleas, no eran peleas, eran discusiones sobre literatura. Ahora, Macedonio Fernández y Alfonsina Storni no circulaban, porque ya estaban muy alto. Alfonsina era profesora y tenía muchas obligaciones. Ya te conté cuando Neruda, como a las cuatro o cinco de la mañana, me hizo que la llamara por teléfono para que viniera al restaurante donde estábamos. Era un lugar bohemio, un ambiente intelectual un poco loco... Y ella me pitó porque me respondió que lo sentía mucho, pero acababa de ponerse el sombrero para salir a hacer clases al liceo... ¡A las cuatro de la mañana! Me pitó, aunque Alfonsina era muy seria. Nosotros admirábamos tanto su poesía...

Ahora en cuanto a nuestra relación con la sociedad, todos teníamos una actitud muy humana, pero no comprometida con la política, lo político "na que ver", como dicen aquí... Nos interesaba la gente, ¿comprendes tú? El señor de la esquina que estaba viviendo una tragedia, el hombre que nos venía a dejar un ramo de flores, la señora que cantaba tangos... escribíamos porque nos gustaba hacerlo y nos pagaban bien, pues era una época floreciente en las letras, tanto para los escritores como para los editores. La posición nuestra era muy natural y no vivíamos la carga del compromiso social. Además, éramos muy correctos, excepto cuando se nos ocurría dirigir el tráfico a las tres de la mañana (ríe ).

Federico García Lorca estrenó sus piezas de teatro en Buenos Aires, y mi marido, Jorge Larco, fue el decorador de todas esas obras... Como un año estuvo en Buenos Aires, después se fue y ésa fue su muerte. Cuando partió, fuimos todos a dejarlo, y cuando el barco se alejaba, gritábamos: "¡Federico! ¡Federico! ¡Federico!" (conmovida). El presentía su muerte, el día que partía estaba muy triste y yo entonces le pregunté: "Pero Federico, ¿que no estás contento de regresar a tu tierra?", y él me respondió: "No, chica, allá van a pasar cosas terribles". Ahora yo no sé si debo contar... esto es íntimo, pero políticamente lo sabía todo, su muerte, claro, no la sabía, pero la presentía. Allí en Buenos Aires, Federico y Neruda se hicieron amigos. Ahora, por Federico, yo conocí a Jorge Larco, en el grupo de pintores, y me casé y ¡así no más me fué! ¡A la semana ya estábamos tirándonos los platos por la cabeza!

Con Borges paseábamos por el riachuelo, él me contaba lo que escribía y yo le contaba lo que escribía. Una tarde le hablé de La amortajada y me dijo que ésa era una novela imposible de escribir porque se mezclaba lo realista y lo sobrenatural, pero no le hice caso y seguí escribiendo... Después nos íbamos al cine porque éramos locos por el cine y, cuando terminaba la película, nos íbamos a un restaurante donde tocaban tangos. Todas las semanas, yo estaba invitada a la casa de Borges por su mamá. Ya te conté la pelea mía con Guillermo de Torre... Un día que llegué a la casa, la mamá de Borges me dijo: "María Luisa, no cruces la puerta porque Guillermo te anda buscando para matarte..." Una noche que estábamos comiendo, Guillermo se puso a despotricar contra los escritores latinoamericanos. Para él, ninguno de nosotros valía un pito...Borges ya estaba publicando su poesía y yo ya había escrito La última niebla . Entonces, ofendidos, le preguntamos quiénes eran, según él, los buenos escritores, y con su acento tan español, respondío: ¡Azorín! ¡Azorín!", Se puso a darnos una larga lección, subió y trajo un libro precioso de Azorín que estaba hasta dedicado. Y, cuando todos se pararon de la mesa, con Borges nos pusimos a corregir el estilo, como si fuera prueba de galera, con comentarios al margen que decían: "Repetición", "Cambiar adjetivo", "mal gusto", "error de sintaxis", Y, por supuesto, que cuando Guillermo abrió el libro, se puso furioso y me quería matar.

Por Jorge Larco, conocí a los pintores más destacados de la época. Al gran pintor uruguayo Jorge Figari, quien vivió esta historia tan linda y tan trágica que yo quería escribir sobre él. "¿Por qué se hizo pintor?", le pregunté un día y me contó que, años atrás, se había producido el asesinato de un político y a dos muchachos que pasaban los habían hecho reos bajo el cargo de asesinato. Figari no era pintor todavía, era juez, él fue a ver a los muchachos a la prisión y se dió cuenta de que había algo político detrás y que estos pobres muchachos eran víctimas. Entonces combatió, tomó partido y defendió a estos dos jóvenes; por razones políticas lo repudiaron, lo hicieron renunciar como juez y todo el mundo se apartó de él, hasta su propia familia. Uno de estos muchachos le decía: "Por favor, no se sacrifique más por nosotros"... Figari, que venía de una familia de fortuna, iba a su fundo con su hijo menor en brazos y, para hacerlo caminar al niño, le ponía una pelota adelante y así llegaban a pie al fundo. Y entonces Figari, que ya estaba aislado de todo, empezó a revisar cajones y baúles en la vieja casona y se encontró con dibujos y acuarelas que había hecho de niño. Empezó a pintar y de ahí nació el gran pintor Figari, de esa tragedia, como una cosa de Dios.

Durante esos años, Victoria Ocampo me pidió una reseña de la pelicula Puerta cerrada, para la revista Sur porque en esa época ningún crítico se iba a dignar comentar un filme del cine nacional. Me la pidió porque todos sabían que a Borges y yo nos encantaba el cine. De modo que me fui a ver Puerta cerrada, que era un melodrama tremendo, con tangos, pero tenía alguna belleza, tenía emoción y Libertad Lamarque estaba fantástica. A mí me conmovió y, desde el punto de vista cinematográfico, este melodramón estaba bien hecho. Y entonces yo, honradamente, escribí una crítica lindísima a favor, la primera que se hacía en Sur a favor del cine criollo y de Libertad, a quien los escritores consideraban cursi. Ellos creían que yo iba a hacer una sátira, porque soy bien buena para reírme, pero mi crítica fue muy positiva y tuvieron que publicarla, puesto que me la habían pedido. A raíz de esa crítica hubo conmoción y se vendieron todos los ejemplares de Sur. Salir en esa revista de intelectuales era muy importante para el cine nacional. Entonces vino el director Luis Saslavsky a pedirme que el próximo guión lo hiciera yo. El grupo de Sur me criticó mucho por haber aceptado, pero a mí siempre me ha gustado la parte romántica del melodrama. Decidí hacer María, de Jorge Isaac, y Luis me guiaba con los términos y expresiones del cine (primer plano, blackout, etc). Ya estaba por terminar el guión cuando el productor me dijo que no iban a poder filmarlo porque los herederos de Isaac ya habían vendido los derechos a Estados Unidos por treinta y ocho mil dolares. Yo me quedé helada hasta que Luis me dijo: "Mire, Bombal, haga su propia María", Y pensé, claro, por qué no, voy a hacer mi historia igual de romántica, de fin de siglo y que pase en la Argentina. Escribí un melodrama también, te voy a decir, pero más romántico, más cultivado, aunque me imponían muchas cosas, que Libertad cantara, por lo menos, tres veces, que siempre tenía que ser buena, porque si no perdía a su público. Pero así y todo, me salió un guión lindo. Y la música de fondo era de Chopin. Así, en 1937, salió La casa del recuerdo, que tuvo un éxito fantástico. La heroína era hija bastarda de un aristócrata y, desde niña, se miraba por encima del muro con el niño del lado. Hasta un duelo metí yo (ríe divertida), ¡a mí me encantan los duelos!... Un día que entran a la iglesia, el amigo del protagonista la llama a ella "hija de una mujerzuela" y él lo reta a duelo... Como en María, él se va lejos por un tiempo y ella se muere porque tenía una enfermedad desconocida, oía campanas..., oía campanas... tenía algo al cerebro, seguro, y ella se desesperaba tanto y se quejaba a su madre de su destino tan injusto... Mis amigos escritores me aconsejaron que sacara mi nombre de la película, pero Luis Saslavsky rehusó y me hizo participar en todo, ahí conocí a Libertad Lamarque y, cuando terminaron de filmar, me sometieron toda la película para que yo la revisara. Y el cine argentino cambió porque, imitando La casa del recuerdo,empezaron a hacer otras películas de fines de siglo y hasta el emperador del Brasil (ríe). Terminé las historias de tango yo y, si no las terminé enteramente, empezó a nacer toda esa cosa romántica.

En Estados Unidos trabajé en doblaje con Ramón Sender y Ciro Alegría en el año cuarenta y tres, antes de que naciera mi hija... Es fregado el doblaje, no es un trabajo creador porque hay que repetir, es ser un obrero, pero es muy bien pagado. A veces uno no sabe que hacer con las cosas más sencillas...Me acuerdo que una vez, un actor español en close-up decía: "Baaasta! ¡Baasta!, la traducción, claro, era "enough" que en inglés se pronuncia con una vocal muy cerrada. Yo no hallaba qué hacer para encontrar un equivalente que mejor correspondiera a la boca tan abierta del actor cuando decía "¡Baasta! y la camara lo mostraba tan de cerca... Con Ciro éramos muy amigos, era un chiquillo muy culto y con gran amor por Chile. Después también hice publicidad en inglés con Cantuarias. Fueron buenas experiencias.

Viví veintinueve años en Estados Unidos, yo digo treinta porque sale más fácil. Pero tú sabes que en ese país los escritores están tan dispersos que no existen los grupos, el único modo de comunicarse con ellos es a través de sus editores. Ahora, cuando fui representante al PEN Club, fue cuando conocí a Sherwood Anderson, a Elskine Caldwell... Fuimos todos a la Casa Blanca y nos recibió Roosevelt. Claro que yo seguí manteniendo contacto con los escritores latinoamericanos y, cuando iban a Estados Unidos, pasaban a verme... De ahí nació mi gran amistad con Gabriela Mistral, éramos grandes amigas y eso que nos veíamos poco. A Gabriela la conocí en Buenos Aires, cuando yo ya había publicado, era admiradora de ella desde chica. Gabriela me leyó a mí cuando estaba en el Brasil y desde allá me enviaba unas cartas muy lindas... Cuando pasó por Buenos Aires, Angélica Ocampo, la hermana de Victoria, me mandó a decir que Gabriela quería verme, así la conocí. Y después la volví a ver en los Estados Unidos, en Los Angeles, en Nueva York, y creo que fui una de las primeras personas que la vio muerta, que le trajo flores... se las puse sobre el pecho, estaba preciosa Gabriela... (emocionada). Su secretaria me avisó que había muerto y que había dejado una carta inconclusa para mí. En Los Angeles, ella estaba pasando una tragedia terrible, los chilenos eran muy injustos con ella... dicen que Gabriela se sentía perseguida... es que la perseguían (indignada)... ¡Yo soy testigo! Y allá en Los Angeles la tuvo que defender México... Los chilenos se portaban pésimo con ella, incluso no le entregaban su correspondencia y la dejaban tirada en el baño... ¡Eso yo lo ví!... Entre los lavatorios donde corría el agua... Allá en su casa, en los alrededores de Los Angeles, la mayordoma, el jardinero y el chofer que tenía le daban pastillas de dormir y hacían fiestocas hasta que ella se dio cuenta y pidió ayuda al cónsul interino de Chile para que le ayudara a echarlos porque tú sabes que allá, por las leyes laborales, etc., no es tan fácil deshacerse de los empleados... Pero, no quiso ayudarla y fue el cónsul de México el que la ayudó... Cuando la ví en su feretro, le comenté a mi marido: "Fíjese que Gabriela estaba aún ahí, no estaba muerta" y él me respondió "Es que en los seres superiores es así" y tenía razón... A diferencia de Neruda que me llamaba "Madame Mérimée" y "abeja de fuego", Gabriela me decía "chiquita", como le decía a todas las escritoras más jóvenes.

Me pides que hablemos de mi obra, pero para mí resulta una laaata, ¡que hablen los críticos!, además, eso está todo en las entrevistas que se han publicado en los periódicos... Bueno, La última niebla está inspirada en haber tenido un amante que no tuve... Mi primera experiencia amorosa fue bastante espantosa, yo lo puse a él como marido, la novela tiene una base autobiográfica bastante trágica y desagradable... La experiencia sexual también; en esa época, las regulaciones eran para que las obedecieran los de la clase media... bastante trágica, pero uno no puede hablar de los secretos del corazón y del alma... Son los secretos que uno no puede estar poniendo en la mesa porque se hace algo público ¿ves tú? La novela está basada en mi primer amor, que terminó a balazo limpio.

Comencé La última niebla mientras Pablo estaba haciendo los poemas de Residencia en la tierra, los dos escribíamos en la cocina de su casa. Recuerdo que un día Pablo me mostró un poema en que tenía la imagen "asustar a una monja con un golpe de oreja", yo la encontré horrorosa, grotesca, y Pablo se enojó mucho. Claro que, en el fondo, eran discusiones amistosas, nos queríamos mucho. Terminé mi novela cuando Pablo ya estaba en España y se la mandé. Yo tenía una carta preciosa en que Pablo me decía: "He hecho una fiesta y ha venido Federico, Aleixandre y todos los amigos y hemos celebrado tu libro". Me decía que yo escribía un mundo que parecía agitado por un agua clara, por un soplo de misterio... (melancólica). Pablo me reprochaba mucho que yo no le diera importancia a lo que había escrito, "Tú no sabes lo que has hecho", me decía, yo no me daba bien cuenta, escribía lo que sentía, pero lo que sí me daba cuenta es que escribía a lo Madame Mérimée, muy lógica. Pero lo demás, yo decía, bueno, es lo que yo siento y nunca creí que iba a tener tanta repercusión, no creí, fíjate. En la novela yo puse la niebla de Santiago porque, mientras ocurría esa tragedia terrible, había mucha niebla en Santiago, pero después yo la poeticé. ¿Ves tú? Era mitad verdad y mitad lo que yo hubiera querido... Después de eso, ya no quise la niebla, de niña siempre me encantó la niebla, ahora la odio, no la puedo soportar.

No me importó para nada el feminismo porque nunca me importó. Sí leía mucho a Virginia Woolf, pero porque sus conceptos los hacía novelas y no daba sermones. Nunca fui amiga de Victoria Ocampo, ella era mi editora y fue generosísima conmigo. No me quería, yo creo, porque yo era tan distinta... Ella era tan solemne, tan gran señora y yo estaba en otra onda, como dicen ahora. Además, no sentía que la mujer estaba subordinada, me parece que cada una siempre ha estado en su sitio, nada más. La última niebla me parece a mí que es un drama sentimental porque son cuestiones pasionales de la mujer, pero no creo que haya existido una imposición del marido. Era una desilusión de ambos. No se comprendían porque el hombre tiene otro carácter. Entonces ella tenía que llenar ese vacío con lo que ella hubiera querido que fuera... Ahora que tú me preguntas, me doy cuenta de que el que se haya casado para no quedarse solterona, sí era una imposición de la sociedad... eso que tú dices es muy serio, yo no lo había pensado...Pero eso sí, quedar solterona en esa época era terrible, ¡Dios nos libre!, era como un estigma... Fíjate que es la primera vez que lo veo y los siento...La mujer solterona quedaba al margen de la vida y de la sociedad. Yo creo que lo social en mi literatura siempre ha sido sólo como un trasfondo y no por ignorancia, porque lo leía todo, sabía todo, pero no lo pensaba. A mí me interesaban las cosas personales, pasionales, el arte, ¿comprendes?; el arte social no existía para mí. ¡Eso! Era un total indefirencia, total. Porque tenía pasión por lo personal, por lo íntimo, por el corazón, por la naturaleza y por el misterio. Todo lo que fuera social, oye, eso, no, pasaba por alto porque no me interesaba, ni me apasionaba, ni me indignaba. No existía para mí, porque yo estaba demasiado agarrada con las tragedias personales, el arte y la poesía.

Claro que siempre el hombre y la mujer han sido muy diferentes. El hombre es intelecto, sabe más, es "the power in the trone" mientras la mujer es puro sentimiento. Yo creo que el amor es lo más importante en la vida de una mujer... La mujer es puro corazón, a diferencia del hombre que es la materia gris...Por eso no se entienden...Y el estilo de la mujer es menos áspero, menos realista; es un estilo más del corazón, diría yo, porque las mujeres somos sentimentales y no materialistas ¿ves tú? Para mí, lo más importante ha sido siempre el ritmo porque, aunque me guste una palabra y sea la palabra precisa la rechazo, ¡fuera! si no entra en el ritmo. Por eso tacho mucho cuando escribo...Siempre busco un ritmo que se parezca a una marea, la oración, es una ola que asciende y desciende y luego vuelve a subir... Yo creo que, en el fonde, soy poeta, mi caso es el del poeta que escribe prosa. Yo soy poeta, pero como tengo una educación francesa también soy la lógica personificada.

Escribí La Amortajada porque siempre, fíjate, me aterró la muerte. Me acuerdo que una vez, cuando vivía con Pablo en Buenos Aires, tuve un sueño terrible, soñaba que veía los pies de alguien que estaba acostado, sólo los pies, pero yo sabía que eran los pies de un muerto y desperté espantada, entonces me fui a contarle a Pablo...La muchacha muerta que ella ve en "La Última Niebla" no es la primera mujer de Daniel, los críticos se equivocan en esto, yo quería que fuera la primera vez que la protagonista se enfrentaba con la muerte ¿comprendes tú? Ahora yo no creo que la muerte sea algo definitivo, no, la muerte para mí es un despegarse gradualmente de la vida, poco a poco...y hay una mujer que está contemplando a la amortajada y siente compasión por lo que a la pobrecita le ocurrió en vida y que solo llega a comprender en la muerte. Yo creo que hay dos muertes, la primera, que significa comprender, y una segunda muerte que a los seres humanos nos está vedado comprender. Eso lo he creído siempre (enfática).

Ahora con El Árbol ocurrió algo muy extraño. Fíjate que después de escribir yo El Árbol un día en Buenos Aires, entro a la casa de Nina Anguita y ¡allí estaba el árbol! Entonces yo lo dije: "Nina, por Dios, yo escribí sobre este árbol mucho antes de conocerlo". Había sido la imaginación que se había adelantado a la realidad... Por eso le dediqué el cuento a Nina...¿Te das cuenta lo que es la imaginación?. Después a mi hija le puse Brigitte, por Brígida en el cuento. A mí antes me gustaba mucho la música clásica. Con mi marido en Estados Unidos pasabamos horas escuchando música clásica, y ahora no la puedo oír porque me pone demasiado triste. Mozart siempre me inspiró el juego, la alegría despreocupada de la niñez, porque él nunca dejó también de ser un niño, mientras que Chopin es la pasión, el sentimiento y Beethoven el horror final, el sufrimiento, ese drama que yo no puedo definir.

Mira, la verdad es que Islas Nuevas es un cuento que surgió de manera misteriosa. Cuando yo vivía en la Argentina, yo siempre visitaba una estancia, "La Atalaya", se llamaba, allá en la pampa, y ahí era testigo de un hecho maravilloso. En la estancia había muchas lagunas y misteriosamente el agua bajaba y aparecían todas estas islas nuevas que después también desaparecían misteriosamente. Era sobrecogedor y este hecho sobrecogedor, maravilloso, me inspiró para imaginar a una mujer que era tan misteriosa como la naturaleza que los hombres "no" comprenden ni quieren comprender. Yolanda, ¡pobrecita!...Esa ala como un estigma que la condenaba a la soledad y su cabellera, porque yo siempre he pensado que el pelo de la mujer es como las enredaderas, ¿ves tú?, el pelo las une a la naturaleza, es una prolongacióbn de la naturaleza. Por eso, mi María Griselda hunde su cabellera en el río Malleco y en mi cuento Trenzas digo que los árboles del bosque y el cabello de la hermana en la ciudad poseen las mismas raíces. Ahora, ese cuento está basado en la realidad. Eso ocurrió efectivamente a dos hermanas... Mientras una estaba en la quinta la otra se moría a la misma hora en que se estaba quemando el bosque...Pasó en la Quinta Vergara, allá en Viña.

La verdad es que María Griselda era sólo un esbozo en La Amortajada, ¿te acuerdas tú?, pero el destino o ella quisieron que yo escribiera su historia. Como tú sabes, yo en Estados Unidos inmediatamente presenté mi obra a Farrar Straus y ellos la aprobaron, pero, como son los editores de allá, me llamaron y me dijeron que tenía que convertir La Ultima Niebla y La Amortajada en novelas de, por lo menos, doscientas páginas. En el caso de La Última Niebla, cambié todo y escribí en inglés "House of Mist". Claro que escribía bajo la supervisión de mi marido, que dominaba el inglés a la perfección. Entonces, no hallaba que hacer con La Amortajada y, de repente, un día me dí cuenta de que podía ampliar la historia de María Griselda. Su belleza es también un estigma, los maravilla a todos, pero solo produce la desgracia ¡Tan sola ella siempre!

Me encanta que menciones "Lo Secreto", porque nadie lo ha comprendido... ¡Y nadie escribe sobre ese cuento, cuando es tan importante para mí! Fíjate que cuando yo era chica, me fascinaban las novelas de piratas, cuando llegaba el capitán y daba órdenes, "Tú, trae tal cosa, tú, pásame esta otra" (imita lenguaje de piratas). ¡Eran tan divertidos! ¡Me encantaban! y ¿te acuerda tú que ellos hablan así en el cuento? El capitán arrogante, dándole órdenes al chico, creyéndose dueño del mundo. En "Lo Secreto", yo ex profeso hice de mis personajes unos verdaeros piratas (ríe). Y entonces van navegando los piratas cuando, en una tormenta, caen al fondo del mar y se encuentran en este lugar tan espantoso... Pero es que han perdido a Dios. Nadie ha entendido que se trata de la pérdida de Dios. Esa situación horrible de enfrentar la nada, de perder todo sentido de la existencia por haber perdido a Dios.
 

(Testimonio autobiografico basado en una serie de entrevistas realizadas por Lucia Guerra y Martín Cerda
en 1979. Publicadas por Lucia Guerra," María Luisa Bombal, obras completas",
Editorial Andres Bello, 1996 )

jueves, 3 de septiembre de 2026

Últimos atardeceres en la tierra (2001), by Roberto Bolaño

La situación es ésta: B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco. Parten muv temprano, a las seis de la mañana Esa noche, B duerme en casa de su padre. No tiene sueños o si los tiene los olvida nada más abrir los ojos. Oye a su padre en el baño. Mira por la ventana, aún está oscuro. B no enciende la luz y se viste. Cuando sale de su habitación su padre está sentado a la mesa, leyendo un periódico de- portivo del día anterior y el desayuno está hecho. Café y huevos a la ranchera. B saluda a su padre y entra en el baño.

El coche del padre de B es un Ford Mustang del 70. A las seis y media de la mañana suben al coche y comienzan a salir de la Ciudad. La ciudad es México Distrito Federal, y el año en que B y su padre abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el año de 1975. El viaje es, en líneas generales, plácido. Al salir del DF, ambos, padre e hijo, tienen frío, pero cuando abandonan el valle y comienzan a bajar en dirección a las tierras calientes del estado de Guerrero, el calor se impone y tienen que quitarse los suéters y abrir las ventanillas. El paisaje, al principio, ocupa toda la atención de B, que tiende a la melancolía, pero al cabo de las horas las montañas y los bosques se hacen monótonos y B prefiere dedicarse leer un libro de poesía.

Antes de llegar a Acapulco el padre de B detiene el coche delante de un tenderete de la carretera. En el tenderete ofrecen iguanas. ¿Las probamos?, dice el padre de B. Las iguanas están vivas y apenas se mueven cuando el padre de B se acerca a mirarlas. B lo observa apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin esperar respuesta, el padre de B pide una ración de iguana para él y para su hijo. Sólo entonces B se mueve. Se acerca al comedor al aire libre, cuatro mesas y un toldo que el viento escaso apenas agita, y se sienta en la mesa más alejada de la carretera. Para beber, el padre de B pide cervezas. Los dos llevan las camisas arremangadas y desabotonadas. Los dos llevan camisas de colores claros. El hombre que los atiende, por el contrario, lleva una camiseta negra de manga larga y el calor no parece afectarlo.

¿Van a Acapulco?, dice el hombre. El padre de B asiente. Ellos son los únicos clientes del tenderete. Por la carretera brillante los coches pasan y no se detienen. El padre de B se levanta y se dirige hacia la parte de atrás. Por un momento B cree que su padre va a orinar, pero pronto se da cuenta de que se ha metido en la cocina para observar cómo cocinan la iguana. El hombre lo sigue en silencio. B los oye hablar. Primero habla su padre, después la voz del hombre y por último una voz de mujer a la que B no ha visto. B tiene la frente perlada de sudor. Sus gafas están mojadas y sucias. Se las quita y las limpia con el borde de la camisa. Cuando vuelve a ponerse las gafas observa a su padre que lo está mirando desde la cocina. En realidad, sólo ve la cara de su padre y parte de su hombro, el resto queda oculto por una cortina roja con lunares negros, una cortina que a B, por momentos, le parece que no sólo separa la cocina del comedor sino un tiempo de otro tiempo.

Entonces B desvía la mirada y vuelve a su libro, que permanece abierto sobre la mesa. Es un libro de poesía. Una antología de surrealistas franceses traducida al español por Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Desde hace dos días B está leyendo este libro. Le gusta. Le gustan las fotos de los poetas. La foto de Unik, la de Desnos, la de Artaud, la de Crevel. El libro es voluminoso y está forrado con un plástico transparente. No es B quien lo ha forrado (B nunca forra sus libros) sino un amigo particularmente puntilloso. Así que B desvía la mirada, abre su libro al azar y encuentra a Gui Rosey, la foto de Gui Rosey, sus poemas, y cuando vuelve a levantar la mirada la cabeza de su padre ya no está.

El calor es sofocante. De buena gana B volvería al DF, pero no va a volver, al menos no ahora, eso lo sabe. Poco después su padre está sentado junto a él y ambos comen iguana con salsa picante y beben más cerveza. El hombre de la camiseta negra ha encendido una radio de transistores y ahora una música vagamente tropical se mezcla con el ruido del bosque y con el ruido de los coches que pasan por la carretera. La iguana sabe a pollo. Es más chiclosa que el pollo, dice B no muy convencido. Es sabrosa, dice su padre y pide otra ración. Toman café de olla. Los platos de iguana se los ha servido el hombre de la camiseta negra, pero el café lo trae la mujer de la cocina. Es joven, casi tan joven como B, y va vestida con shorts blancos y una blusa amarilla con estampado de flores blancas, unas flores que B no reconoce y que tal vez no existen. Cuando están tomando café, B se siente descompuesto, pero no dice nada. Fuma y mira el toldo que apenas se mueve, como si un delgado hilo de agua permaneciera allí desde la última tormenta. Pero eso no puede ser, piensa B. ¿Qué miras?, dice su padre. El toldo, dice B. Es como una vena. Esto último B no lo dice, sólo lo piensa.

Al atardecer llegan a Acapulco. Durante un rato vagan por las avenidas cercanas al mar. Las ventanillas del coche están bajadas y la brisa les revuelve el pelo. Se detienen en un bar y entran a beber. Esta vez el padre de B pide tequila. B se lo piensa un momento. También pide tequila. El bar es moderno y tiene aire acondicionado. El padre de B conversa con el camarero, le pregunta por hoteles cercanos a la playa. Cuando vuelven al Mustang ya se ven algunas estrellas y el padre de B parece, por primera vez en lo que va de día, cansado. Sin embargo aún recorren un par de hoteles que, por un motivo u otro, no les satisfacen, antes de dar con el elegido. El hotel se llama La Brisa y es pequeño, tiene piscina y está a cuatro pasos de la playa. Al padre de B le gusta el hotel. A B también le gusta. Como es temporada baja, está casi vacío y los precios resultan asequibles. La habitación que les asignan tiene dos camas individuales y un pequeño baño con ducha; la única ventana da al patio del hotel, en donde está la piscina, y no al mar como era el deseo del padre de B. La ventilación, no tardan en descubrirlo, no funciona. Pero la habitación es bastante fresca y no protestan. Así que se instalan, deshacen cada uno su maleta, meten la ropa en los armarios, B deja sus libros sobre el velador, se cambian de camisa, el padre de B se da una ducha de agua fría, B sólo se lava la cara y cuando han terminado salen a cenar.

En la recepción del hotel encuentran a un tipo bajito y con dientes de conejo. Es joven y parece simpático, les recomienda un restaurante cercano al hotel. El padre de B le pregunta por algún sitio animado. B entiende a lo que se refiere su padre. El recepcionista no lo entiende. Un sitio con acción, dice el padre de B. Un lugar donde se puedan encontrar muchachas, dice B. Ah, dice el recepcionista. Durante un instante B y su padre permanecen inmóviles, sin hablar. El recepcionista se agacha, desaparece debajo del mostrador y luego vuelve a aparecer con una tarjeta que le tiende al padre de B. Este la mira, pregunta si el establecimiento es de confianza, y después extrae de la billetera un billete que el recepcionista coge al vuelo.

Pero esa noche, después de cenar, vuelven directos al hotel.

Al día siguiente B despierta muy temprano. Sin hacer ruido se ducha, se lava los dientes, se pone el traje de baño y abandona la habitación. En el comedor del hotel no hay nadie, por lo que B decide desayunar afuera. La calle del hotel baja perpendicularmente hacia la playa. Allí sólo hay un adolescente que alquila tablas. B le pregunta el precio por una hora. El adolescente dice una cifra que a B le parece razonable, así que alquila una tabla y se mete en el mar. Enfrente de la playa hay una pequeña isla y hacia allí dirige B su embarcación. Al principio le cuesta un poco, pero no tarda en dominarla. El mar, a esa hora, es cristalino y antes de llegar a la isla B cree ver peces rojos bajo su tabla, peces de unos cincuenta centímetros de longitud que se dirigen hacia la playa mientras él rema hacia la isla.

El trayecto entre la playa y la isla dura exactamente quince minutos. B no lo sabe, pues no tiene reloj, y el tiempo se le alarga. La travesía entre la playa y la isla le parece que dura una eternidad. Y justo antes de llegar unas olas imprevistas dificultan su aproximación a la playa, una playa que puede apreciar de arena muy distinta a la playa del hotel, pues en aquélla la arena, tal vez por la hora (aunque B no lo cree así), era de un color de tonos dorados y marrones y la de la isla es una arena blanca, refulgente, tanto que hace daño mirarla mucho rato.

Entonces B deja de remar y se queda quieto, a merced del oleaje, y las olas comienzan a alejarlo paulatinamente de la isla. Cuando por fin reacciona, la tabla ha retrocedido y está otra vez a medio camino. Después de calcular las distancias, B opta por regresar. Esta vez la singladura transcurre plácidamente. Al llegar a la playa, el muchacho que alquila las tablas se le acerca y le pregunta si ha tenido algún problema. Ninguno, dice B. Una hora más tarde, sin haber desayunado, B regresa al hotel y encuentra a su padre sentado en el comedor, con una taza de café y un plato en donde aún quedan restos de tostadas y huevos.

Las horas siguientes son confusas. Vagabundean, observan a la gente desde el interior del coche, a veces bajan y se toman un refresco o un helado. Esa tarde, en la playa, mientras su padre duerme estirado en una tumbona, B lee otra vez los poemas de Gui Rosey y la breve historia de su vida o de su muerte.

Un dia un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y el oeste están ocupados por los alemanes. El sur está bajo la égida de Pétain. El consulado norteamericano dilata la decisión día tras día. En el grupo de surrealistas está Breton, está Tristán Tzara, está Péret, pero también hay otros que son menos importantes. A este grupo pertenece Gui Rosey . Su foto es la foto de un Poeta menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. El grupo de surrealistas se reúne cada tarde en un café cerca del puerto. Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un día, sin embargo (un atardecer, intuye B), Rosey desaparece. Al principio, nadie lo echa de menos. Es un poeta menor y los poetas menores pasan inadvertidos. Al cabo de los días, no obstante, comienzan a buscarlo. En la pensión en donde vivía no saben nada de él, sus maletas, sus libros, están allí, nadie los ha tocado, Por lo que resulta impensable que Rosey se haya marchado sin pagar, una práctica común, por otra parte, en ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo buscan. Recorren hospitales y retenes de la gendarmería. Nadie sabe nada de él. Un día llegan los visados y la mayoría de ellos coge un barco y salen para los Estados Unidos. Los que se quedan, aquellos que no van a tener visado nunca, pronto olvidan a Rosey, olvidan su desaparición ocupados en ponerse a salvo a sí mismos en unos años en donde las desapariciones masivas y los crímenes masivos son una constante.

De noche, después de cenar en el hotel, el padre de B propone ir a visitar un lugar en donde haya acción. B mira a su padre. Es rubio (B es moreno), tiene los ojos grises y aún es fuerte. Parece feliz y dispuesto a pasarlo bien. ¿Acción de qué tipo? dice B, que sabe perfectamente a lo que se refiere su padre. La de siempre, dice el padre de B. Trago y mujeres. Durante un rato B permanece en silencio, como si cavilara una respuesta. Su padre lo mira. Se diría que en esa mirada hay expectación, pero en real¡dad sólo hay cariño. Finalmente B dice que no tiene ganas de hacer el amor con nadie. No se trata de ir a echar un polvo, dice su padre, sino de ir y mirar y tomar y departir con los amigos. ¿Con qué amigos, dice B, si aquí no conocemos a nadie? Uno siempre hace amigos en los picaderos, dice su padre. La palabra picadero hace que B piense en caballos. Cuando tenía siete años su padre le compró un caballo. ¿De dónde era mi caballo?, dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se sobresalta. ¿Qué caballo?, dice. El que me compraste cuando yo era chico, dice B, en Chile. Ah, el Zafarrancho, dice su padre y sonríe. Era un caballo chilote, de Chiloé, dice, y tras pensar un instante vuelve a hablar de los burdeles. Por su manera de evocarlos, se diría que habla de salas de baile, piensa B. Pero luego ambos se quedan callados.

Esa noche no van a ninguna parte.

Mientras su padre duerme, B se va a leer a la terraza del hotel, junto a la piscina. No hay nadie más que él. La terraza está limpia y vacía. Desde su mesa B puede observar una parte de la recepción, en donde el recepcionista de la noche anterior lee algo o hace cuentas, de pie sobre el mostrador. B lee a los surrealistas franceses, lee a Gui Rosey. Y la verdad es que Rosey no le parece interesante. Le gusta Desnos, le gusta Eluard, mucho más que Rosey, aunque al final siempre vuelve a los poemas de éste y a contemplar su fotografía, una foto de estudio en donde Rosey aparece como un ser sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata oscura que parece estrangularlo.

Seguramente se suicidó, piensa B. Supo que no iba a obtener jamás el visado para los Estados Unidos o para México y decidió acabar sus días allí. Imagina o trata de imaginar una ciudad costera del sur de Francia. B aún no ha estado nunca en Europa. Ha recorrido casi toda Latinoamérica, pero en Europa aún no ha puesto los pies. Así que su imagen de una ciudad mediterránea está condicionada directamente por su imagen de Acapulco. Calor, un hotel pequeño y barato, playas de arenas doradas y playas de arenas blancas. Y ruidos lejanos de música. B no sabe que falta en su imagen un ruido o un rumor determinante: el de las jarcias de las pequeñas embarcaciones que suelen amarrar en todas las ciudades costeras. Sobre todo en las pequeñas: el ruido de las jarcias en la noche, aunque el mar esté liso como un plato de sopa.

De pronto alguien más entra en la terraza. Es una silueta femenina que toma asiento en la mesa más retirada, en una esquina, junto a dos grandes jarrones de pie. Al poco rato, el recepcionista se acerca a la mujer con una bebida. Después, en lugar de regresar a la recepción, el recepcionista se aproxima a B, que está sentado al borde de la piscina y le pregunta qué tal lo están pasando su padre y él. Muy bien, dice B. ¿Les gusta Acapulco?, pregunta el recepcionista. Mucho, dice B. ¿Qué tal el San Diego?, pregunta el recepcionista. B no entiende la pregunta. ¿El San Diego? Por un instante cree que le está preguntando por el hotel, pero de inmediato recuerda que el hotel no se llama así. ¿Qué San Diego?, dice B. El recepcionista sonríe. El club de putas, dice. Entonces B recuerda la tarjeta que el recepcionista le dio a su padre. Aún no hemos ido, dice. Es un sitio de confianza, dice el recepcionista. B mueve la cabeza en un gesto que podría ser interpretado de muchas maneras. Está en la avenida Constituyentes, dice el recepcionista. En esa misma avenida hay otro club, el Ramada, que no es de fiar. El Ramada, dice B, mientras observa la silueta femenina inmóvil en el rincón de la terraza, en medio de los enormes jarrones cuya sombra se alarga y adelgaza hasta perderse debajo de las mesas vecinas, el vaso con la bebida en la mesa, aparentemente intacto. Al Ramada es mejor que no vayan, dice el recepcionista. ¿Por qué?, dice B por decir algo, en realidad él no tiene intención de ir a ninguno de los dos clubes. No es de confianza, dice el recepcionista y sus dientes de conejo, blanquísimos, brillan en la semipenurnbra que se ha apoderado repentinamente de toda la terraza, como si alguien desde la recepción hubiera apagado la mitad de las luces.

Cuando el recepcionista se va, B vuelve a abrir el libro de poesía, pero las palabras ya son ilegibles, así que deja el libro abierto sobre la mesa y cierra los ojos y no oye el rumor de las jarcias sino un ruido atmosférico, de enormes capas de aire caliente que descienden sobre el hotel y sobre los árboles que rodean el hotel. Tiene ganas de meterse en la piscina. Por un instante cree que podría hacerlo.

Entonces la mujer del rincón se levanta y comienza a caminar en dirección a las escalinatas que unen la terraza con la recepción, aunque a medio camino se detiene, como si se sintiera mal, una mano apoyada en un cantero en donde ya no hay flores sino maleza. B la observa. La mujer lleva un vestido claro, holgado, de tela ligera, con un amplio escote que deja desnudos sus hombros. B cree que la mujer seguirá su camino, pero ella no se mueve, la mano fija en el cantero, la mirada baja, y entonces B se levanta, con el libro en la mano, y se acerca. Su primera sorpresa se produce al observar su rostro. La mujer debe tener, calcula B, unos sesenta años, aunque él, de lejos, no le hubiera echado más de treinta. Es norteamericana y cuando B se le aproxima levanta la vista y le sonríe. Buenas noches, dice ella un tanto incongruentemente. ¿Le sucede algo?, dice B. La mujer no entiende sus palabras y B tiene que repetírselas, pero esta vez en inglés. Sólo estoy pensando en algo, dice la mujer sin dejar de sonreírle. B reflexiona durante unos segundos en lo que la mujer le acaba de decir. Pensando en algo. Y de pronto percibe en esa declaración una amenaza. Algo que se acerca por el lado del mar. Algo que avanza arrastrado por las nubes oscuras que cruzan invisibles la bahía de Acapulco. Pero no se mueve ni hace el más mínimo ademán de romper el encanto en el que se siente sujeto. y entonces la mujer mira el libro que cuelga de la mano izquierda de B y le pregunta qué es lo que lee y B dice: poesía. Leo poemas. Y la mujer lo mira a los ojos, siempre con la misma sonrisa en la cara (una sonrisa que es reluciente y ajada al mismo tiempo, piensa B cada vez más nervioso) y le dice que a ella, en otro tiempo, le gustaba la poesía. ¿Qué poetas?, dice B sin mover un sólo músculo. Ahora ya no los recuerdo, dice la mujer y parece sumirse nuevamente en la contemplación de algo que sólo ella puede vislumbrar. Sin embargo B cree que está haciendo un esfuerzo por redordar y espera en silencio . Al cabo de un rato vuelve a posar en él su mirada y dice: Longfellow. Acto seguido recita un texto con una rima pegajosa que a B le parece similar a una ronda infantil, algo, en cualquier caso, muy lejano a los poetas que él lee. ¿Conoce usted a Longfellow? dice la mujer. B niega con la cabeza, aunque la verdad es que ha leído a Longfellow. Me lo enseñaron en la escuela, dice la mujer con la misma sonrisa invariable Y luego añade: ¿no cree que hace demasiado calor? Hace rnucho calor, susurra B. Puede que se esté acercando una tormenta, dice la mujer. Parece muy segura de sus palabras. En ese momento B levanta la mirada: no ve ninguna estrella. Lo que sí ve son algunas luces del hotel encendidas. Y en la ventana de su habitación ve una silueta que los está mirando y que lo sobresalta como si de ¡mproviso se hubiera desatado la lluvia tropical.

Al Principio no comprende nada.

Su padre está allí, al otro lado de los cristales, enfundado en una bata azul, una bata que ha traído desde su casa y que B no conoce, en cualquier caso no es un albornoz del hotel, y los está mirando fijamente, aunque cuancio B lo descubre se echa para atrás, retrocede corno picado por una serpiente (levanta una mano en un tímido saludo) y desaparece tras las cortinas.

La canción de Hiawatha, dice la mujer. B la mira. La canción de Hiawatha, dice la mujer, el poema de Longfellow. Ah, sí, dice B.

Después la mujer le da las buenas noches y desaparece gradualmente: primero sube la escalinata hasta la recepción, allí se detiene unos instantes, cruza unas palabras con alguien a quien B no puede ver y finalmente se pierde, silenciosa, por el lobby del hotel, su figura delgada enmarcada por las sucesivas ventanas hasta que dobla por el pasillo de la escalera interior.

Media hora más tarde B entra en su habitación y encuentra a su padre dormido. Durante unos segundos, antes de dirigirse al baño a lavarse los dientes, B lo contempla (muy erguido, como dispuesto a sostener una pelea) desde los pies de la cama. Buenas noches, papá, dice. Su padre no hace la menor señal de haberlo escuchado.

Al segundo día de estancia en Acapulco, B y su padre van a ver a los clavadistas. Tienen dos opciones: mirar el espectáculo desde una plataforma al aire libre o entrar al restaurante-bar del hotel que domina La Quebrada. El padre de B pregunta los precios. La primera persona a la que interroga no lo sabe. El padre de B insiste. Por fin, un viejo ex clavadista que está allí sin hacer nada, le dice dos cifras. Instalarse en el mirador del hotel es seis veces más caro que hacerlo en la plataforma al aire libre. El padre de B no lo duda: vamos al bar, dice, estaremos más cómodos. B lo sigue. En el bar sus vestimentas desentonan con las del resto, turistas norteamericanos o mexicanos con prendas claramente veraniegas. La ropa de B y de su padre es la típica ropa de los habitantes del DF, una ropa que parece salida de un sueño interminable. Los camareros se dan cuenta. Saben que esa gente da poca propina y no los atienden con la prontitud necesaria. El espectáculo, para colmo, no se ve nada bien desde donde se han sentado. Hubiéramos hecho mejor en quedarnos en la plataforma, dice el padre de B. Aunque esto tampoco está mal, añade. B asiente. Finalizada la sesión de saltos y tras haberse bebido dos jaiboles cada uno, salen al aire libre y comienzan a hacer planes para el resto del día. En la plataforma casi no queda nadie, pero el padre de B distingue, sentado en un contrafuerte, al viejo ex clavadista y se le acerca.

El ex clavadista es bajo y tiene las espaldas muy anchas. Está leyendo una novela de vaqueros y no levanta la mirada hasta que B y su padre están a su lado. Entonces los reconoce y les pregunta qué les ha parecido el espectáculo. No ha estado mal, dice el padre de B, aunque en los deportes de precisión es necesaria una experiencia mayor para hacerse una idea cabal. ¿El caballero ha sido deportista? El padre de B lo estudia durante unos segundos y luego dice: algo hemos hecho en la vida. El ex clavadista se pone de pie con un movimiento enérgico, como si de pronto estuviera otra vez en el borde de los acantilados. Debe tener, piensa B, unos cincuenta años, por lo tanto no es mucho mayor que su padre, aunque la piel de la cara, con arrugas que parecen heridas, le proporciona un aire de persona más vieja. ¿Los caballeros están de vacaciones?, dice el ex clavadista. El padre de B asiente con una sonrisa. ¿Y cuál es el deporte que el caballero ha practicado, si se puede saber? El boxeo, dice el padre de B. Ah, caray, dice el ex clavadista, pues sería en peso pesado, ¿no? El padre de B sonríe ampliamente y dice que sí.

Sin saber como, de pronto B se encuentra caminando con su padre y con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado aparcado el Mustang y luego los tres se montan en el coche y B oye como si estuviera escuchando la radio las instrucciones que el ex clavadista le da a su padre. El coche durante un rato se desliza por la avenida Miguel Alemán, pero luego gira hacia el interior y pronto el paisije de hoteles y restaurantes dedicados al turismo se transforma en un paisaje urbano ligeramente tropical. El coche, sin embargo, sigue subiendo, alejándose de la herradura dorada de Acapulco, internándose por calles mal asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a una especie de restaurante o más bien casa de comidas corridas (aunque para ser un establecimiento de comidas corridas es demasiado grande, piensa B) en cuya acera polvorienta se detiene. El ex clavadista y su padre bajan de inmediato. Durante todo el trayecto no han parado de hablar y en la acera, mientras lo esperan y hacen gestos incomprensibles, siguen con su plática. B tarda un momento en descender del coche. Vamos a comer, dice su padre. Es verdad, dice B.

El interior del local es oscuro y sólo una cuarta parte está ocupada por mesas. El resto parece una pista de baile, con un estrado para la orquesta, enmarcada por una larga barra de madera basta. Al entrar B no puede ver nada por el contraste de la luz. Luego observa a un hombre, que se parece al ex clavadista, acercarse a éste y a su padre y tras escuchar atentamente una presentación que B no comprende, darle la mano a su padre y segundos después tendérsela a él. B extiende la mano y aprieta la del desconocido. Este dice un nombre y estrecha la mano de B con fuerza. El gesto es amistoso, pero el apretón resulta más bien violento. El hombre no sonríe. B decide no sonreír. El padre de B y el ex clavadista ya están sentados a la mesa. B se sienta junto a ellos. El tipo que se parece al ex clavadista y que resulta ser su hermano menor se mantiene de pie, atento a las instrucciones. Aquí, el caballero, dice el ex clavadista, fue campeón de los pesos pesados de su país. ¿Extranjeros?, dice el hombre. Chilenos, dice el padre de B. ¿Hay huachinango?, dice el ex clavadista. Hay, dice el hombre. Pues ponnos uno, un huachinango a la guerrerense, dice el ex clavadista. Y cervezas para todos, dice el padre de B, para usted también. Agradecido, murmura el hombre mientras saca tina libretita del bolsillo y apunta con dificultad un pedido que, a juicio de B, resulta un juego de niños memorizar.

Con las cervezas, el hermano del ex clavadista les trae una botana de galletitas saladas y tres vasos no muy grandes de ostiones. Son frescos, dice el ex clavadista mientras les pone chile a los tres. Qué curioso, ¿verdad? Que esto se llame chile y que su país se llame Chile, dice el ex clavadista mientras señala el frasco lleno de salsa picante de color rojo intenso. En efecto, no deja de ser curioso, concede el padre de B. A los chilenos, añade, esto siempre nos ha picado la curiosidad. B mira a su padre con una incredulidad apenas perceptible. El resto de la conversación, hasta que llega el huachinango, gira en torno a temas de boxeo y de clavadismo.

Después B y su padre se van del establecimiento. El tiempo ha pasado deprisa, sin que ellos se den cuenta, y cuando suben al Mustang ya son las siete de la tarde. El ex clavadista se sube con ellos. Por un momento, B piensa que no se lo van a poder quitar de encima nunca, pero cuando llegan al centro de Acapulco el ex clavadista se baja delante de un local de billares. Cuando se quedan solos, el padre de B comenta favorablemente el trato y los precios que han pagado por el huachinango. Si lo hubiéramos comido aquí, dice señalando los hoteles del paseo costero, nos habría salido por un ojo de la cara. Al llegar a su habitación, B se pone el traje de baño y se va a la playa. Nada durante un rato y luego intenta leer aprovechando la escasa luz del crepúsculo. Lee a los poetas surrealistas y no entiende nada. Un hombre pacífico y solitario, al borde de la muerte. Imágenes, heridas. Eso es lo único que ve. Y de hecho las imágenes poco a poco se van diluyendo, como el sol poniente, y sólo quedan las heridas. Un poeta menor desaparece mientras espera un visado para el Nuevo Mundo. Un poeta menor desaparece sin dejar rastros mientras desespera varado en un pueblo cualquiera del Mediterráneo francés. No hay investigación. No hay cadáver. Cuando B intenta leer a Daumal la noche ya ha caído sobre la playa, cierra el libro y vuelve lentamente al hotel.

Después de cenar, su padre le propone salir a divertirse. B rechaza la invitación. Le sugiere a su padre que vaya solo, que él no está para divertirse, que prefiere quedarse en la habitación y ver una película en la tele. Parece mentira, dice su padre, que a tu edad te estés comportando como un viejo. B observa a su padre, que se ha duchado y se está poniendo ropa limpia, y se ríe.

Antes de que su padre se marche B le dice que se cuide. Su padre lo mira desde la puerta y le dice que sólo va a tomarse un par de tragos. Cuídate tú, dice y cierra suavemente.

Al quedarse solo B se quita los zapatos, busca sus cigarrillos, enciende la tele y vuelve a tumbarse en la cama. Sin darse cuenta, se queda dormido. Sueña que vive (o que está de visita) en la ciudad de los titanes. En su sueño sólo hay un deambular permanente por calles enormes y oscuras que recuerda de otros sueños. Y hay también una actitud suya que en la vigilia él sabe que no tiene. Una actitud delante de los edificios cuyas voluminosas sombras parecen chocar entre sí, y que no es precisamente una actitud de valor sino más bien de indiferencia.

Al cabo de un rato, justo cuando la teleserie se ha acabado, B se despierta de golpe, como impelido por una llamada, se levanta, apaga la tele y se asoma a la ventana. En la terraza, semioculta en el mismo rincón de la noche anterior, está la norteamericana delante de un vaso de alcohol o de zumo de frutas. B la observa sin curiosidad y luego se aparta de la ventana, se sienta en la cama, abre su libro de poetas surrealistas y trata de leer. Pero no puede. Así que trata de pensar y para tal efecto se tiende en la cama otra vez, cierra los ojos, deja los brazos estirados. Por un instante cree que no tardará en quedarse dormido. Incluso puede ver, sesgada, una calle de la ciudad de los sueños. No tarda, sin embargo, en comprender que sólo está recordando el sueño y entonces abre los ojos y se queda durante un rato contemplando el cielo raso de la habitación. Luego apaga la luz de la mesilla de noche y vuelve a acercarse a la ventana. La norteamericana sigue allí, inmóvil, y las sombras de los jarrones se alargan hasta tocar las sombras de las mesas vecinas. El agua de la piscina recoge los reflejos de la recepción que permanece, al contrario que la terraza, con todas las luces encendidas. De pronto un coche se detiene a pocos metros de la entrada del hotel. B cree que se trata del Mustang de su padre. Pero durante un tiempo excesivamente largo nadie aparece por la puerta del hotel y B piensa que se ha equivocado. Justo en ese momento distingue la silueta de su padre que sube las escalinatas. Primero la cabeza, luego los hombros anchos, después el resto del cuerpo hasta acabar en los zapatos, unos mocasines de color blanco que a B le disgustan profundamente pero que en ese momento le producen algo similar a la ternura. Su padre entra en el hotel como si bailara, piensa. Su padre hace su entrada como si viniera de un velorio, irreflexivamente feliz de seguir vivo. Pero lo más curioso es que, tras asomarse durante un instante a la recepción, su padre retrocede y toma el camino de la terraza: desciende las escaleras, rodea la piscina y va a sentarse en una mesa cercana a la de la norteamericana. Y cuando por fin aparece el tipo de la recepción con una copa, tras pagarle y sin esperar siquiera a que el recepcionista haya desaparecido del todo su padre se levanta y se acerca, con la copa en la mano, hasta la mesa de la norteamericana y durante un rato se queda allí, de pie, hablando, gesticulando, bebiendo, hasta que la mujer hace un gesto y su padre toma asiento a su lado.

Es demasiado vieja para él, piensa B. Luego vuelve a la cama, se acuesta, no tarda en darse cuenta de que todo el sueño que tenía acumulado se ha evaporado. Pero no quiere encender la luz (aunque tiene ganas de leer), no quiere que su padre pueda creer, ni por un segundo, que él lo está espiando. Durante mucho rato, B se dedica a pensar. Piensa en mujeres, piensa en viajes. Finalmente se duerme.

Durante la noche, en dos ocasiones, se despierta sobresaltado y la cama de su padre está vacía. A la tercera vez ya está amaneciendo y ve la espalda de su padre que duerme profundamente. Entonces enciende la luz y durante un rato, sin salir de la cama, se dedica a fumar y a leer.

Esa mañana B vuelve a la playa y alquila otra vez una tabla. Esta vez no tiene ningún problema para llegar a la isla de enfrente. Allí toma un zumo de mango y se baña durante un rato en un mar en donde no hay nadie. Luego vuelve a la playa del hotel, le entrega la tabla al adolescente que lo mira con una sonrisa y regresa dando un largo rodeo. En el restaurante del hotel encuentra a su padre tomando café. Se sienta a su lado. Su padre está recién afeitado y su piel despide un olor a colonia barata que a B le gusta. En la mejilla derecha exhibe un arañazo desde la oreja hasta el mentón. B piensa preguntarle qué ocurrió anoche, pero finalmente decide no hacerlo.

El resto del día transcurre como entre brumas. En algún momento B y su padre se marchan a una playa cercana al aeropuerto. La playa es enorme y en los lindes abundan las cabañas con techos de cañizo en donde los pescadores guardan sus artes. El mar está revuelto: durante un rato B y su padre contemplan las olas que se estrellan contra la bahía de Puerto Marqués. Un pescador que está cerca les dice que no es un buen día para bañarse. Es verdad, dice B. Su padre, sin embargo, se mete en el agua. B se sienta en la arena, con las rodillas levantadas y lo observa internarse al encuentro de las olas. El pescador se lleva una mano de visera a la frente y dice algo que B no entiende. Durante un momento la cabeza de su padre, los brazos de su padre que nada hacia dentro desaparecen de su campo visual. junto al pescador hay ahora dos niños. Todos miran hacia el mar, de pie, menos B que sigue sentado. En el cielo aparece, de forma por demás silenciosa, un avión de pasajeros. B deja de mirar el mar y contempla el avión hasta que éste desaparece detrás de una suave colina llena de vegetación. B recuerda un despertar, justo un año atrás, en el aeropuerto de Acapulco. El venía de Chile, solo, y el avión hizo escala en Acapulco. Cuando B abrió los ojos, recuerda, vio una luz anaranjada, con tonalidades rosas y azules, como una vieja película cuyos colores estuvieran desapareciendo, y entonces supo que estaba en México y que estaba, de alguna manera, salvado. Esto ocurrió en 1974 y B aún no había cumplido los veintiún años. Ahora tiene veintidós y su padre debe andar por los cuarentainueve. B cierra los ojos. El viento hace ininteligibles las voces de alarma del pescador y de los niños. La arena está fría. Cuando abre los ojos ve a su padre que sale del mar. B cierra otra vez los ojos y los vuelve a abrir sólo cuando una mano grande y mojada se posa sobre su hombro y la voz de su padre lo invita a comer huevos de caguama.

Hay cosas que se pueden contar y hay cosas que no se pueden contar, piensa B, abatido. A partir de este momento él sabe que se está aproximando el desastre.

Las cuarentaiocho horas siguientes, no obstante, transcurren envueltas en una suerte de placidez que el padre de B identifica con "el concepto de las vacaciones" (y B no sabe si su padre se está riendo de él o lo dice en serio). Van a la playa cada día, comen en el hotel o en un restaurante de la avenida López Mateos que tiene precios económicos, una tarde ambos alquilan una embarcación, un bote de plástico, minúsculo, y recorren el perfil de la costa cercana a su hotel, navegando junto a los vendedores de baratijas que se desplazan en tablas o en botes de ínfimo calado, como funambulistas o marineros muertos, llevando sus mercaderías de playa en playa. Al regreso, incluso, sufren un percance.

El bote, que el padre de B lleva demasiado próximo a los roqueríos, vuelca. El incidente, por supuesto, no tiene mayor importancia. Ambos saben nadar bastante bien y el bote está hecho para volcar, no cuesta nada darle la vuelta y subirse a él otra vez. Y eso es lo que hacen B y su padre. En ningún momento ha habido el menor peligro, piensa B. Pero entonces, cuando ambos han vuelto a subir al bote, el padre de B se da cuenta de que ha perdido la billetera y lo anuncia. Dice, tocándose el corazón: "mi billetera", Y sin dudarlo un segundo se sumerge de cabeza en el agua. A B le da un ataque de risa, pero luego, tirado en el bote, observa el agua y no ve señal alguna de su padre y durante un instante se lo imagina buceando o, aún peor, cayendo a plomo, pero con los ojos abiertos, por una fosa profunda, fosa en cuya superficie se balancea su bote y él mismo, a mitad de camino ya de la risa y de la alarma. Entonces B se yergue y tras mirar hacia el otro lado del bote y no ver señales de su padre, procede a sumergirse a su vez y sucede lo siguiente: mientras B desciende, con los ojos abiertos, su padre asciende (y podría decirse que casi se tocan) con los ojos abiertos y la billetera en la mano derecha; al cruzarse ambos se miran, pero no pueden corregir, al menos no de manera instantánea, sus trayectorias, de modo que el padre de B sigue subiendo silenciosamente y B sigue bajando silenciosamente.

Para los tiburones, para la mayoría de los peces (excepto para los peces voladores), el infierno es la superficie del mar. Para B (para la mayoría de los jóvenes de veintidós años), el infierno a veces es el fondo del mar. Mientras baja recorriendo en sentido inverso la estela que ha dejado su padre, piensa que precisamente ahora hay más motivos que nunca para reírse. En el fondo del mar no encuentra arena, como su imaginación de algún modo esperaba, sino sólo rocas, rocas que se sostienen unas en otras, como si aquel lugar de la costa fuera una montaña sumergida y él estuviera en la parte alta, apenas iniciado el descenso. Después sube y desde abajo contempla el bote que por momentos parece levitar y por momentos parece a punto de hundirse, con su padre sentado en el centro exacto, intentando fumar un cigarrillo mojado.

Y luego se acaba el paréntesis, se acaban las cuarentaiocho horas de gracia en las cuales B y su padre han recorrido algunos bares de Acapulco, han dormido tirados en la playa, han comido e incluso se han reído, y comienza un período gélido, un período aparentemente normal pero dominado por unos dioses helados (dioses que, por otra parte, no interfieren en nada con el calor reinante en Acapulco), unas horas que en otro tiempo, tal vez cuando era adolescente, B llamaría aburrimiento, pero que ahora de ninguna manera llamaría así, sino más bien desastre, un desastre peculiar, un desastre que por encima de todo aleja a B de su padre, el precio que tienen que pagar por existir.

Todo comienza con la aparición del ex clavadista. B se da cuenta de inmediato que viene a buscar a su padre y no al, llamémosle así, conjunto familiar que conforman ambos. El padre de B invita al ex clavadista a tomarse una copa en la terraza del hotel. El ex clavadista dice que conoce un lugar mejor. El padre de B lo mira y sonríe y luego dice órale. Cuando ganan la calle comienza a atardecer y por un segundo B siente una punzada inexplicable y cree que tal vez hubiera sido mejor quedarse en el hotel, dejar que su padre se divirtiera solo. Pero ya es demasiado tarde. El Mustang sube por la avenida Constituyentes y el padre de B saca de un bolsillo la tarjeta que días atrás le diera el recepcionista. El picadero se llama San Diego, dice. El ex clavadista arguye que ese lugar es demasiado caro. Tengo dinero, dice el padre de B, vivo en México desde 1968 y ésta es la primera vez que me doy unas vacaciones. B, que va sentado junto a su padre, busca el rostro del ex clavadista en el espejo retrovisor y no lo encuentra. Así que primero van al San Diego y durante un rato beben y bailan con chicas a las que por cada baile hay que entregar un boleto que previamente compran en la barra. El padre de B, al principio, sólo compra tres boletos. Este sistema, le dice al ex clavadista, tiene algo de irreal. Pero luego se entusiasma y compra un fajo entero. B también baila. Su primera pareja es una muchacha delgada y de rasgos aindiados. La segunda es una mujer de grandes pechos que parece preocupada o enfurruñada por algo que B jamás podrá comprender. La tercera es gorda y feliz y al poco rato de estar bailando le confiesa al oído que está drogada. ¿Qué has tomado?, dice B. Hongos alucinantes, dice la mujer y B se ríe. Su padre, mientras tanto, baila con la muchacha que parece india y B los observa de tanto en tanto. En realidad, todas las muchachas parecen indias. La que baila con el padre de B tiene una bonita sonrisa. Hablan (de hecho hablan sin parar) aunque B no oye lo que dicen. Después su padre desaparece y B se acerca a la barra junto al ex clavadista. Ellos también se ponen a hablar. De los tiempos pasados. Del valor. De las quebradas en donde rompe el mar. De mujeres. Temas que a B no le interesan o que, al menos, no le interesan en ese momento. Y sin embargo hablan.

Al cabo de media hora su padre vuelve a la barra. Su pelo rubio está mojado y recién peinado (el padre de B se peina para atrás) y tiene la cara enrojecida. Sonríe sin decir nada y B lo observa sin decir nada. Hora de comer, dice. B y el ex clavadista lo siguen hasta el Mustang. Cenan mariscos variados en un local oblongo como un ataúd. Mientras comen, el padre de B mira a B como buscando una respuesta. B sostiene su mirada. Telepáticamente le dice: no hay respuesta porque la pregunta no es válida. La pregunta es imbécil. Después, sin saber cómo, B sigue a su padre y al ex clavadista (que hablan todo el rato de boxeo) hasta un local en los suburbios de Acapulco. El edificio es de ladrillo y madera, carece de ventanas y en el interior hay un juke-box con canciones de Lucha Villa y Lola Beltrán. De pronto B siente náuseas. Sólo entonces, mientras se separa de su padre y busca un lavabo o el patio trasero o la salida a la calle, se da cuenta de que ha bebido demasiado. También se da cuenta de algo más: unas manos aparentemente hospitalarias no le han permitido salir a la calle. Temen que me escape, piensa B. Luego vomita varias veces en un patio abierto en donde se acumulan cajas de cerveza y en donde hay un perro atado, y tras aliviarse se pone a contemplar las estrellas. No tarda en aparecer junto a él una mujer. Su sombra se recorta más oscura que la noche. Su vestido, sin embargo, es blanco y eso hace que B la pueda distinguir. ¿Te hago un guagüis?, dice. Tiene una voz joven y aguardentosa. B se la queda mirando sin entender. La puta se arrodilla a su lado y le abre la bragueta. Entonces B comprende y la deja, hacer. Cuando acaba siente frío. La puta se levanta y B la abraza. juntos contemplan la noche. Cuando B dice que quiere volver a la mesa de su padre, la mujer no lo sigue. Vamos, dice B, tirando de su mano, pero ella se resiste. Entonces B se da cuenta de que no ha visto apenas su rostro. Es mejor así. Sólo la he abrazado, piensa, ni siquiera sé cómo es. Antes de volver a entrar se da vuelta y ve que la puta se acerca al perro y lo acaricia.

En el interior, su padre está sentado a una mesa junto al ex clavadista y otros dos tipos. B se le acerca por la espalda y le susurra unas palabras al oído. Vámonos. Su padre está jugando a las cartas. Voy ganando, dice, no puedo irme. Nos van a robar todo el dinero, piensa B. Luego contempla a las mujeres que a su vez lo contemplan a él y a su padre con una conmiseración palpable. Ellas saben lo que nos va a pasar, piensa B. ¿Estás borracho?, le pregunta su padre mientras pide una carta. No, dice B, ya no. ¿Estás drogado?, dice su padre. No, dice B. Entonces su padre sonríe y pide un tequila y B se levanta y va hacia la barra y desde allí observa con ojos de loco el escenario del crimen. En ese momento B sabe que aquél es el último viaje que hará con su padre. Abre los ojos, cierra los ojos. Las putas lo miran con curiosidad, una le ofrece un trago que B rechaza con un gesto. A veces, cuando tiene los ojos cerrados, puede ver a su padre con una pistola en cada mano saliendo de una puerta que está en un lugar en donde jamás debía estar una puerta. Sin embargo su padre aparece por allí, de prisa, con los ojos grises brillantes y el pelo despeinado. Nunca más volverán a viajar juntos, piensa B. Eso es todo. Lucha Villa canta en el juke-box y B piensa en Gui Rosey, poeta menor desaparecido en el sur de Francia. Su padre reparte las cartas, se ríe, cuenta historias y escucha historias que rivalizan en sordidez. B recuerda cuando volvió de Chile, en 1974, y fue a verlo a su casa. Su padre se había roto un pie y estaba leyendo en la cama un periódico deportivo. Le preguntó cómo le había ido y B le contó sus aventuras. Sucintamente: las guerras floridas latinoamericanas. Estuvieron a punto de matarme, dijo. Su padre lo miró y se sonrió. ¿Cuántas veces?, dijo. Por lo menos dos, respondió B. Ahora su padre se ríe a carcajadas y B trata de pensar con claridad. Gui Rosey se suicidó, piensa, o lo mataron, piensa. Su cadáver está en el fondo del mar.

Un tequila, dice B. Una mujer le pone un vaso lleno hasta la mitad. No se emborrache otra vez, joven, dice. No, ya estoy bien, dice B perfectamente lúcido. No tardan otras dos mujeres en acercarse a él. ¿Qué quieren tomar?, dice B. Su papá de usted es muy simpático, dice una de ellas, la más joven, de pelo largo y negro, tal vez la misma que me lo chupó hace un rato, piensa B. Y recuerda (o trata de recordar) escenas en apariencia inconexas: la primera vez que fumó en su presencia, a los catorce años, un Viceroy, una mañana en que los dos esperaban la llegada de un tren de carga en el interior del camión de su padre y hacía mucho frío; armas de fuego, cuchillos; historias familiares. Las putas beben tequila con coca-cola. ¿Cuánto rato estuve afuera vomitando?, piensa B. Parecía moto, dice una de las putas, ¿quiere un poquito? ¿Un poquito de qué?, dice B temblando pero con la piel fría como un témpano. Un poquito de mota, dice la mujer, de unos treinta años, el pelo largo como su compañera, pero teñido de rubio. ¿Golden Acapulco?, dice B dando un trago de tequila mientras las dos mujeres se le acercan un poco más y le acarician la espalda y las piernas. Simón, para tranquilizarse, dice la rubia. B asiente con la cabeza y lo siguiente que recuerda es una nube de humo que lo separa de su padre. Usted quiere mucho a su papá, dice una de las mujeres. Pues no tanto, dice B. ¿Cómo no?, dice la morena. La que atiende la barra se ríe. A través del humo, B observa que su padre da vuelta la cabeza y durante un instante lo mira. Me está mirando con una seriedad de muerte, piensa. ¿Te gusta Acapulco?, dice la rubia. El local, sólo en ese momento lo percibe, está semivacío. En tina mesa hay dos tipos que beben en silencio y en la otra están su padre, el ex clavadista y los dos desconocidos jugando a las cartas. Todas las demás mesas están desocupadas.

La puerta del patio se abre y aparece una mujer con un vestido blanco. Es la que me lo chupó, piensa B. La mujer aparenta unos veinticinco años, aunque seguramente tiene muchos menos, tal vez dieciséis o diecisiete. Tiene el pelo largo, como casi todas, y lleva zapatos con tacones muy altos. Cuando cruza el local (se dirige al lavabo), B estudia con detenimiento sus zapatos: son blancos y están sucios de barro en los lados. Su padre también levanta la mirada y la estudia durante un momento. B mira a la puta, que abre la puerta del baño, y luego mira a su padre. Entonces cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir la puta ya no está y su padre ha vuelto a concentrarse en el juego. Lo mejor sería que se llevara a su papá de este lugar, le dice una de las mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo, dice. La mujer le mete la mano por debajo de la camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B. ¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?, dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me largaría. B sonríe y la mira a los ojos por primera vez: vente con nosotros, le dice mientras bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca, dice la mujer. B recuerda entonces una ocasión, antes de que él se marchara para Chile, en que su padre le dijo "tú eres un artista y yo soy un trabajador". ¿Qué quiso decir con eso?, piensa. La puerta del baño se abre y la puta vestida de blanco vuelve a aparecer, esta vez con los zapatos impolutos, y atraviesa el local hasta la mesa en donde juegan a las cartas y allí se queda, de pie, junto a uno de los desconocidos. ¿Por qué tenemos que irnos?, dice B. La mujer lo mira de reojo y no le contesta. Hay cosas que se pueden contar, piensa B, y hay cosas que no se pueden contar. Cierra los ojos.
.......... Como en sueños, regresa al patio trasero del bar. La mujer teñida de rubio lo lleva de la mano. Esto ya lo he hecho, piensa B, estoy borracho, no saldré jamás de aquí. Algunos gestos se repiten: la mujer se sienta en una silla desvencijada y le abre la bragueta, la noche parece flotar como un gas letal a la altura de las cajas de cerveza vacías. Pero faltan algunas cosas: el perro ya no está, por ejemplo, y hacia el este ya no cuelga la luna sino algunos filamentos de claridad que adelantan el amanecer. Cuando acaban, atraído tal vez por los gemidos de B, aparece el perro. No muerde, dice la mujer mientras el perro se detiene a pocos metros de ellos y enseña los dientes. La mujer se levanta y se alisa el vestido. El lomo del perro está erizado y por el hocico le cae una baba transparente. Quieto, Púas, quieto, Púas, repite la mujer. Nos va a morder, piensa B mientras retroceden hasta la puerta. Lo que sigue es caótico: en la mesa donde juega su padre todos se han puesto de pie. Uno de los desconocidos grita a todo pulmón. B no tarda en darse cuenta de que está insultando a su padre. Por precaución, se acerca a la barra y pide una botella de cerveza que bebe a grandes sorbos, ahogándose, antes de aproximarse. Su padre parece tranquilo, piensa B. Junto a él hay una buena cantidad de billetes que coge uno por uno y luego se guarda en el bolsillo. De aquí no vas a salir con ese dinero, grita el desconocido. B mira al ex clavadista. Busca en su rostro por quién va a tomar partido. Probablemente por el desconocido, piensa B. La cerveza le resbala por el cuello y sólo entonces se da cuenta de que está ardiendo.

El padre de B termina de contar su dinero y mira a los tres hombres que tiene enfrente y a la mujer vestida de blanco. Bueno, caballeros, nosotros nos vamos, dice. Hijo, ponte a mi lado, dice. B arroja al suelo lo que queda de cerveza y empuña la botella cogiéndola del cuello. ¿Qué haces, hijo?, dice el padre de B. En su voz B percibe un cierto tono de reproche. Vamos a salir tranquilamente, dice el padre de B y luego se da vuelta y les pregunta a las mujeres cuánto se les debe. La de la barra mira un papel y dice una cifra bastante alta. La rubia, que está de pie a medio camino entre la mesa y la barra, dice otra cifra. El padre de B suma, saca el dinero y se lo tiende a la rubia: lo tuyo y las consumiciones, dice. Luego añade un par de billetes más: la propina. Ahora vamos a salir, piensa B. Los dos desconocidos se plantan interfiriendo el paso. B no quiere mirarla, pero la mira: la mujer de blanco se ha sentado en una de las sillas vacías y revisa con las yemas de los dedos las cartas esparcidas en la mesa. No me estorbes, susurra su padre y B tarda en comprender que le está hablando a él. El ex clavadista se mete las manos en los bolsillos. El desconocido vuelve a insultar al padre de B, lo insta a volver a la mesa, a volver a jugar. Ya no se juega más, dice el padre de B. Durante un instante, mientras contempla a la mujer vestida de blanco (que le parece, por primera vez, muy hermosa), B piensa en Gui Rosey que desaparece del planeta sin dejar rastro, dócil como un cordero mientras los himnos nazis suben al cielo color sangre, y se ve a sí mismo como Gui Rosey, un Gui Rosey enterrado en algún baldío de Acapulco, desaparecido para siempre, pero entonces oye a su padre, que le está recriminando algo al ex clavadista, y se da cuenta de que, al contrario que Gui Rosey, él no está solo.

Después su padre camina un poco encorvado hacia la salida y B le concede espacio suficiente para que se mueva a sus anchas. Mañana nos iremos, mañana volveremos al DF, piensa B con alegría. Comienzan a pelear.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Las Aventuras de El Salustio y El Trúbico, by Alfonso Alcalde

Cuando son contratados para cambiarles el color a los congrios negros en el galpón
de La Cicatriz con Eco en el puerto de San Vicente


Una vez que andábamos fallos al oro con El Salustio le conversé: «¿Qué le parece si echamos un luqui por San Vicente y a lo mejor sacamos el día?»
El compadre terminó de despertar y partimos. Nos bajamos en la picada La Mancha de las Velas. Entonces me pegó un codazo pa alertarme: «Escucha, pailón». Al lado, otros emparafinados estaban dando la noticia: «La Cicatriz con Eco necesita pintores». A los diez minutos tocamos la puerta del clandestino, porque la dueña se dedica al expendio de bebidas sin patente y también le trabaja la sierra ahumada, pero para su propia clientela. Ella misma en persona nos abrió la puerta. Dicen que el firmeza que tiene, llegando la noche, le pasa una espátula pa ocuparla, porque tiene hollín y humo por todas partes y nunca se sabe pa qué lado está ubicada.
El Salustio se encargó de las presentaciones:
—Nosotros estamos dispuestos a prestar nuestros servicios profesionales. Usted sabe que somos como tontos pa la pintura.
—Les conozco la última gracia que hicieron —dijo la vieja con mala intención.
—¿Cuál será? —preguntamos con toda inocencia.
—No se vengan a hacer los cuchos conmigo. ¿O es que se olvidaron cuando subieron al lndus 3 de los Macaya y lo pintarrajearon tantas veces que el buque se fue a pique de un viaje?
Le pedimos a la viejuca que se juera, porque nosotros necesitamos la tranquilidad pa trabajar. No es cuestión de agarrar la brocha y empezar a pintar como locos. Y hay días que uno está con toda la cuerda y otros no. Cuando nos encachamos con la muralla de la cárcel demoramos como dos meses, porque andábamos volando bajo y la pintamos de adentro pa afuera.
—Ahora la cosa es distinta —se defendió El Salustio.
La vieja terminó ablandándose después que le contamos que vivíamos tirándonos por el alambre. Pasamos respirando para adentro para evitar que la atmósfera se recargara con el metasulfito propio. Explicó La Cicatriz con Eco:
—El negocio de los congrios se fue a las pailas. Salen puros negros y pagan muy poco. En cambio los colorados andan por las nubes y cobran un ojo de la cara, pero los diablos no pican ni por travesura.
Se acercó a los maestros para hacerles esta confidencia:
—Lo que yo quiero es que ustedes pinten los «monos» y los dejen más colorados que jaibas.
El Salustio, que siempre ha sido tan bruto, se dio media vuelta:
—Ah, no —dijo—. Mi religión no me lo permite. Usted le quiere meter gato por liebre a la clientela —agregó hecho un quique.
—De eso se trata —le contesté, tratando de explicarle la situación—. Total, si no los pintamos nosotros, no faltará un vivaracho que lo haga.
—También es cierto —contestó con algo de resignación, retrocediendo:
—¿Quién pone los materiales?
—De eso me encargo yo —dijo La Cicatriz con Eco—. Y no sólo eso. También se van a ir de anticipo.
—Con tal que sea un par de guatas de ranas —exigió El Salustio. Partimos y volvimos.
Nos esperaba una montaña de congrios. La viejuca se sorprendió al vernos regresar con la colección de tarros de pintura y los pinceles de pelo de camello.
—No se procupe —le dijimos, pasándole la brocha gorda con pintura verde por la cara para entrar en confianza.
El Salustio, que siempre es tan atravesado, preguntó:
—¿ Quiere que los barnicemos al pájaro verde o a la piroxilina?
Yo traduje la frase al vuelo y le dije:
—Lo que mi compadre pregunta, señora Cicatriz con Eco, es si desea los pescados con brillo natural o artificial.
—Sencillito no más. Así sacan más pronto la tarea. Y no olviden que por cada congrio pintado como es debido van a ganar una luca.
El compadre sopló:
—Esto es igual que el negocio de las picanas. Una picana, una luca. Un congrio, otra luca.
Le pedimos a la viejuca que se juera, porque nosotros necesitamos la tranquilidad pa trabajar. No es cuestión de agarrar la brocha y empezar a pintar como locos. Y hay días que uno está con toda la cuerda y otros no. Cuando nos encachamos con la muralla de la cárcel demoramos como dos meses, porque andábamos volando bajo y la pintamos de adentro pa afuera.
El Salustio desembuchó el pincel más delgado, abriendo el tarro de pintura blanca.
—¿Hai visto alguna vez en tu vida un congrio con anteojos? —No.
—Ahora lo vai a ver —dijo, terminando de hacerle dos enormes redondelas.
—¿Y qué esperái pa entrar a funcionar? me provocó, mientras yo seguía con las manos en los bolsillos. —Estoy esperando que terminen de dar vuelta las ideas por la cabeza mía.
El Salustio se despachó seis congrios, pintándolos color naranja y yema de huevo. A uno le agregó la casa y el mástil con la bandera chilena al tope y el perro olfateando a un par de vecinas que pasaban en ese momento y una carretela.
—Me vai a disculpar —dijo todo fantasioso—.A éste cuadro le voy a poner la rúbrica, no vaya a ser cosa que un día nos coloquemos famosos.
—Oye, Salustio —le contesté un poco picado—. Lo que es yo, me voy a ir de mural.
—No te entiendo.
—¿Qué te parece si agarramos unos diez pescados, los ponemos en fila y les pintamos encima del lomo la batalla de Rancagua o cuando Manuel Rodríguez dejó ni que media escoba en Colchagua?
El compadre se pegó la palmada.
—Tenís la razón —reconoció—, porque así nos cunde más la pega y no se nota tanto que he estamos trabajando por las puras lucas.
Nos dividimos la tarea.
Yo agarré por el lado de los próceres cuando se van de abrazo después de la balacera y los soldados gritaban: ¡Como Colo Colo no hay!, mientras algún comedido salía al buscar la chichita pa armar la fiesta.
—Porque no todo ha de tener gusto a pólvora —decía El Salustio, justificándose.
Yo le advertí al compadre:
—A lo mejor los fusiles no van a salir ni parecidos, pero tenimos que meter también los cañones v la tropa y no dejar a nadie afuera.
Con lo tembleque del pulso y lo resbaladizo de los congrios, los colores salían disparados y los caballos de los generales parecían de goma, con las patas redondas.
El Salustio, que siempre ha sido tan detallista, se empeñaba en ponerles hasta bigotes a los soldados, y luego le vino un arrebato religioso y empezó a ubicar a la Virgen del Carmen encima de la cola de un pescado, diciendo que había llegado el milagro y con ese motivo rezaba como si se juera a terminar el mundo. Después se le cruzó la idea de pintar un edificio de departamentos como de quince pisos. Armó la ruma de los negros y en cada ventana aparecía una profesora de esas jubiladas con el pelo color castaño seco cuando les viene la retención de la orina por causa de la soltería.
A los generales el compadre terminó pintándolos color obispo, y pa diferenciarlos de la tropa les inventó unos inmensos mostachos que casi le ocupaban un congrio entero, y por esos caprichos de él aparecían con los ojos idos, trúbicos. Después fuimos retratando de memoria los familiares nuestros. Entonces fue apareciendo La Flaca, cuando era joven, eso sí, sin arrugas y el choclo completo, pero se le notaba el afeite con navaja de ciertas presas. Y como el Salustio siempre se las da de gracioso con la desgracia ajena, le colgó de los pelos de las patas una gorra de mi general y hasta una cantimplora. Ahí se armó la discusión, porque yo le dije que quién era el arte para meterse en la vida privada de las personas y mostrar a la gente tan al desnudo que iba en contra de su reputación, lo que podría servir pa darles argumento a las comadres del barrio, que siempre andan al cateo de la laucha en relación con el chisme.
También fue apareciendo La Jarabe de Metapío, que por tener un problema con la glándula tuvimos que ocupar tres congrios pa que no le saliera cortada la cabeza ni el cachete izquierdo, que era muy abundante. Apareció con la fuente comiéndose su medio pollo, que es lo primero que traga pa entrar en confianza, fuera de su media docena de huevos duros, el costillar de chancho, la longaniza y los mariscos, que se los comía como postre, como ser una sentada de erizos y piures. Ella era como fideo cuando la subieron al altar, pero al poco tiempo fue descubriendo que su marido le golpeaba firme la nuca y pa puro vengarse empezó a comer, a comer. Ya al final del primer año de matrimonio, de consecuencia de los animales que se había tragado, los pollos y los chanchos, subió a la bonita suma de 176 kilos al aire libre. Lo malo es que la comadre sólo engordaba de ciertas presas y de otras no, con decirles que un día llamó a la puerta un empresario de un circo y la quiso contratar como fenómeno para hacer las delicias de la concurrencia.
—Le falta más color a la batalla —protestó El Salustio.
Entonces dejamos caer unos nubarrones color mostaza y concho de vino entre los
soldados.
—Están muy pálidos los conscriptos —sentenció el compadre.
Les pintamos los cachetes por parejo a los que estaban en las trincheras, haciendo su asaíto caído, pero se notaba que los soldados enemigos tenían buen olfato y muchos pedían una tregua pa untar el pan con el jugo y después seguía el tiroteo duro y parejo. Los generales montaban sus blancos caballos —turnios también—, como si supieran que estaban posando pa nosotros, con un aire distinguido y sin hacer sus necesidades en ningún momento.
Al Salustio le dio por poner a los ñatos de la Cruz Roja, que corrían de un lado pa otro de la cancha llevando los heridos, que por el solo hecho de salir en el retrato mostraban su mejor cara y hasta levantaban la mano pa identificarse.
Yo, por mi parte, aproveché la oportunidad de irme de autorretrato y salí parecido, según dijo el compadre, que me arregló la parte de la cabeza que en la vida real la tengo más bien cuadrada, tipo pepino.
El otro mural que nos dio oportunidad pa demostrar que éramos pintores pasando por nuestro mejor momento, fue el cuadro que intitulamos: «El incendio y pa más recacha el terremoto de Valparaíso».
El Salustio pintó damnificados pal mundo: cojos, mancos, mujeres en pelota, pescadores, curas, vendedores ambulantes, conchenchos, y los gallos con la caña, al fondo.
Los incendios eran tan reales, que empezamos a sentir el olor a fritanga y la gallada,oiga, bajando de los cerros con sus canastos y esos retratos en colores de los abuelos y la cabrería y los perros y también los evangélicos que no sé por qué tienen cara de serrucho y los colegiales y los capitanes de buque con la bolsita de maní al lado y los heladeros y los que limpian las alcantarillas y los que venden huesillos con mote y la señora con arrepentimiento qué se confesaba de rodillas delante de su propio marido, diciendo: «Eufrasio, m’hijito, ahora que somos iguales frente a la pelada, le ruego que me disculpe por habérmelo gorreado tanto», y entonces empezaban las fletas, el marido disparando patadas, combos y su escupo en el ojo mientras entraban a tallar los canutos, poniendo a los contrincantes en sus respectivos rincones, exigiéndoles cumplir el reglamento del box.
—Con esta obra —dijo El Salustio, mirando el cuadro desde lejos— nos vamos a hacer famosos en menos que canta un gallo. Lo que pasa es que los colegas pintores tienen miedo de poner la chusmeque tal cual.
Y sin mayores comentarios le agregó a la fiesta un obispo y un jugador de fútbol declarando a los periodistas: «Estamos bien física y anímicamente y esperamos no defraudar a la hinchada», con decirle que estaba tan embalado que se le terminaron los congrios y siguió pintando la pared y todo lo que encontraba a su paso, risollando como si estuviera herido y echando espuma por la boca.
Como nos habíamos cerrado de puerta, La Cicatriz con Eco tuvo que llamar a los bomberos para abrirla, porque nosotros llegamos a quedar sordos con la inspiración que nos llegó de golpe.
—¿Qué es lo que han hecho? —gritó la vieja al aparecer frente a sus ojos los pescados más tiesos que sábana de monja.
El Salustio le contestó:
—¿Que no te dai cuenta que aquí tenis una verdadera obra de arte, dignorante?
Uno de los bomberos, que todavía estaba con el hacha en la mano, se acercó al mural del puerto y, al mirar uno de los congrios, se puso a llorar mientras repetía:
—Hermanito, hermanito, fíjate dónde te fui a encontrar. —Después nos explicó en medio del lloriqueo—: Este gallo se fue de la casa hace como diez años y ya lo habíamos dado por muerto, y ahora mire adonde está. Si salió igualito, un poco más viejo, eso sí, y hasta le han brotado las canas. —Y volvía a abrazarlo. Luego le preguntó a La Cicatriz con Eco—: Dígame cuánto vale el pescado para llevármelo a la casa y mostrárselo a mi mamá, que no va a creer en el milagro.
El Salustio, que es harto comerciante pa sus cosas, le agregó:
—¿Por qué no se lleva este otro mono también, donde sale una calle y la dirección?, así ya no se equivoca tanto cuando vaya a buscarlo en persona.
—Buena idea —contestó el hombre de casco negro, sacando un fajo de billetes, escupiéndolos para contarlos.
Llegaron otras vecinas del barrio y empezaron las sorpresas. Una de ellas, La Ombligo Flojo, regresó con un cuchillo, gritando:
—Me van a perdonar, pero a este gallo se la tengo jurada después de la que me hizo. —Tuvimos que dominarla porque estaba dispuesta a todo. Contó su tragedia—: ¿No ve que mandó a decir que se había ido a pique en el buque que trabajaba y que lo diera por muerto y desaparecido? Pero ya me habían pasado el soplo que estaba en Valparaíso viviendo con una gorda alimentada con desperdicios. —Y le lanzó una puñalada tan certera, oiga, que lo dejó marcado para el resto de sus días.
El culpable de todo el enredo fue El Salustio, que con lo porfiado que es cuando se monta en el macho no hay quien lo baje.
Yo le había advertido: «Mejor será no meternos en líos de casados». Pero nada.
Las señoras damnificadas organizaron el Comité, y el primer acuerdo fue partir a rescatar a los prófugos que habían apretado cueva a su debido tiempo. Nosotros tratamos por todos los medios de decirles que el mural era una fantasía. No quisieron escuchar.
—¿Cómo va a ser tanta la coincidencia? —dijo una de las damnificadas—, cuando El Afrecho’e Vidrio, que es mi esposo, le sale en el cuadro con el colmillo de menos que le falta. ¿Cómo va a ser tanta la coincidencia?
—Es que en el arte —trató inútilmente de explicar El Salustio— las personas no son las personas con el domicilio reconocido, las cicatrices y los várices.
—Así será —afirmó una vieja en forma rotunda—, pero lo que es yo parto a traerme de una bola al Pichanga de Ave, que es el alias que le tienen puesto a mi marido. Hace como quince años que salió a comprar cigarrillos y nunca más se supo. Ojalá no se haya atosigado con el humo.
La Cicatriz con Eco, después de escuchar las amenazas, siguió llorando.
—Esta es la ruina —repetía.
—Un momento —gritó un caballero de barba terminada en punta, llegando al galpón—. Yo soy —aseguró— el jefato del Museo de Arte Moderno. ¿Cuánto valen sus cuadros, señora?
—¿Los de lana? —consultó la aludida, mostrando los calzones.
—No. Esta maravilla que están viendo mis ojos y que se tragará la tierra.
—No son cuadros, señor —aclaró la afectada—. Si debajo están los congrios.
—Usted no tiene sensibilidad para descubrir dónde está la belleza, señora.
—Eso mismo —se colgó El Salustio—. ¿No ve que se fija en las puras agallas de los animalitos? En el continente y no en el contenido.
El barbón sacó a relucir el oro.
—Esto no tiene precio —aclaró, pasándole a La Cicatriz con Eco la tucada—. Yo me los llevo todos. —Y dándonos un abrazo ordenó que se los embalaran con mucho cuidado y con hielo.
Cuando dejamos la bodega, un grupo de aprovechistos nos subieron en andas, llevándonos hasta el bar del Patas Cortas, interesados en celebrar el acontecimiento. Y como se corrió la bola, empezaron a llegar los sedientos y nos fuimos de autógrafo por primera vez en nuestra vida de artistas.
El Salustio dio una orden:
—Pongan vino como si no lo juéramos a pagar nosotros.
La concurrencia gritaba:
—¡Vivan los pintores de brocha gorda!
—Todo sea por el arte —gritó alguien, dando curso a la tomatera.
Uno de los parroquianos hizo sonar la copa con un tenedor, improvisando un discurso:
—Por los Van Goghes, los Cézannes y los Dolipenes aquí presentes —dijo, sin poder ocultar su emoción.

(Alfonso Alcalde. Las Aventuras de El Salustio y El Trúbico (Chascarros), Quimantú, 1973, pp. 13-36)