miércoles, 14 de octubre de 2026

Laguna, Manuel Rojas

       De aquella época de mi vida, ningún recuerdo se destaca tan nítidamente en mi memoria y con tantos relieves como el de aquel hombre que encontré en mis correrías por el mundo, mientras hacía mi aprendizaje de hombre. www.letras.mysite.com
        … Hace ya muchos años. Al terminar febrero, había vuelto del campo donde trabajaba en la cosecha de la uva. Vivía en Mendoza. Como mis recursos dependían de mi trabajo y éste me faltaba, me dediqué a buscarlo. Con un chileno que volvía conmigo, recorrimos las obras en construcción, ofreciéndonos como peones. Pero nos rechazaban en todas partes. Por fin alguien nos dio la noticia de que un inglés andaba contratando gente para llevarla a Las Cuevas, en donde estaban levantando unos túneles. Fuimos. Mi compañero fue aceptado en seguida. Yo, en ese entonces, era un muchacho de diecisiete años, alto, esmirriado, y con aspecto de débil, lo cual no agradó mucho al inglés. Me miró de arriba abajo y me preguntó:
        … -¿Usted es bueno para trabajar?
        … -Sí –le respondí-. Soy chileno. www.letras.mysite.com
        … -¿Chileno? Aceptado.
        … El chileno tiene, especialmente entre la gente de trabajo, fama de trabajador sufrido y esforzado y yo usaba esta nacionalidad en esos casos. Además mi continuo trato con ellos y mi descendencia de esa raza me daban el tono de voz y las maneras de tal.
        … Así fue cómo una mañana, embarcados en un vagón de tren de carga, hacinados como animales, partimos de Mendoza en dirección a la cordillera. Eramos, entre todos, como unos treinta hombres, si es que yo podía considerarme como tal, lo cual no dejaba de ser una pretensión. www.letras.mysite.com
        … Había varios andaluces, muy parlanchines; unos cuantos austríacos, muy silenciosos; dos venecianos, con hermosos ojos azules y barbas rubias; unos pocos argentinos y varios chilenos.
        … Entre estos últimos estaba Laguna. Era un hombre delgado, con las piernas brevemente arqueadas, el cuerpo un poco inclinado, bigote lacio de color que pretendía ser rubio, pero que se conformaba modestamente con ser castaño. Su cara recordaba inmediatamente a un roedor: el ratón.
        … Le ofrecí cigarrillos y esto me predispuso a su favor. Me preguntó mi edad y al decírsela movió la cabeza y suspiró: www.letras.mysite.com
        … -¿Diecisiete años? Un montoncito así de vida. www.letras.mysite.com
        … Y señalaba con el pulgar y el índice una porción pequeña e imaginable de lo que él llamaba vida.
        … Usaba alpargatas y sus gruesas medias blancas subían hacia arriba aprisionando la parte baja del pantalón. Una gorra y un traje claro, muy delgado, completaban su vestimenta que, como se ve, no podía ser confundida con la de ningún elegante. A la hora del almuerzo compartí con él mi pequeña provisión y esto acabó de atraerlo hacia mí. Más decidor ya, por efecto de la comida, me contó algo de su vida; una vida extraña y maravillosa, llena de viscisitudes y de pequeñas desgracias que se sucedían sin interrupción. Hablando con él, observé esta rara manía o costumbre: Laguna no tenía nunca quietas sus piernas. Las movía constantemente. Ya jugaba con los pies cambiando de sitio o posición una maderita o un trocito de papel que hubiera en el suelo; ya las movía como marcando el paso con los talones; ya las juntaba, las separaba, las cruzaba o las descruzaba con una continuidad que mareaba. Yo supuse que esto provendría de sus costumbres de vagabundo, suposición un tanto antojadiza, pero yo necesitaba clasificar este rasgo de mi nuevo amigo. Su cara era tan movible como sus piernas. Sus arrugas cambiaban de sitio vertiginosamente. A veces no podía yo localizar fijamente a una. Y sus pequeños ojos controlaban todo este movimiento con rápidos parpadeos que me desconcertaban.
        … -¿De dónde es usted, Laguna?
        … (¿Por qué se llamaría Laguna? ¿Sería un mote o un nombre? Nunca lo supe.)
        … Contestóme: www.letras.mysite.com
        … -Soy chileno; de Santiago. Pura araucanía.
        … Parecía tener el orgullo de su raza y seguramente decía aquella última frase para significar que era un chileno de pura sangre araucana.
        … En el tren intimamos mucho. Los demás no me llamaban la atención. Laguna era una fuente inagotable de anécdotas y frases graciosas. Mi juventud se sentía atraída por este hombre de treinta y cinco años, charlador inagotable, cuya vida era para mi adolescencia como una canción fuerte y heroica que me deslumbraba. Su tema favorito era su mala suerte: www.letras.mysite.com
        … -Yo soy roto muy fatal, hermano. Usted se morirá de viejito, le saldrá patilla hasta para hacerse una trenza y nunca encontrará un hombre tan desgraciado como yo.
        … El dolor de su vida, en lugar de entristecerme, me alegraba. Contaba sus desgracias con tal profusión de muecas e interjecciones, que yo me reía a gritos. Se paraba un instante, se ponía serio y me decía:
        … -No se ría de la desgracia ajena; eso es malo.
        … Y seguía contando. En las partes que él consideraba trágicas o patéticas, sus ojos se cerraban y sus orejas, largas y transparentes, parecían trasladarse hacia la nuca.
        … -Y entonces, cuando gritaron: ¡cuidado, que vamos a largar!, yo me hice a un lado, el poste cayó, una piedra saltó y me rompió la cabeza.
        … Sus arrugas tornaban a su posición normal, sus ojos se abrían, las orejas volvían al sitio predilecto y me miraba para ver qué impresión hacía en mí su relato.
        … -¡Ja, ja, ja! ¡Qué Laguna!
        … Y toda la peonada hacía coro a mis risas.

        *** *** ***

        … Al anochecer del mismo día llegamos a Las Cuevas. Yo conocía la cordillera por haberla atravesado dos veces en mi niñez, pero de ella no guardaba más recuerdo que el de una mulita muy suave, un arriero que me cuidaba, de un coche que rodaba entre dos murallas de nieve y de mi madre, este último más patente que los otros. Por lo tanto, el espectáculo era nuevo para mí. Una sensación inmensa de pequeñez sobrecogió mi espíritu, cuando, al descender del tren, mi vista recorrió ese inmenso anfiteatro de montañas. El cielo me parecía más lejano que nunca. Ni un árbol. Aridez absoluta en todo lo que veía. Rocas que se erguían, crestas rojas o azules, manchones de nieve, soledad, silencio. El tren se perdía como un gusano, entre las moles, ridículo de pequeño. Y los hombres parecíamos más pegados al suelo que en ninguna parte.
        … Como no nos esperaban con alojamiento preparado en el hotel, tuvimos que proceder inmediatamente al levantamiento de las carpas que nos servirían de habitación. A cinco chilenos, entre los cuales estaba Laguna, nos dieron una. La paramos en medio de maldiciones y juramentos. Corría un viento fuerte que azotaba la tela y la hacía hincharse como una vela. Cuando ya la teníamos casi armada, el viento la tumbaba. Laguna cogía su gorra, la tiraba al suelo, zapateaba un poco sobre ella, luego se tomaba la cabeza con ambas manos y levantando al cielo su cara, exclamaba:
        … -¡Por Diosito, Señor!www.letras.mysite.com
        … Esta parecía ser su exclamación favorita.
        … Por fin la carpa quedó en estado de habitarla y nos repartimos el pedazo de terreno, sembrado de piedras del tamaño de un puño, que utilizaríamos a modo de blanda cama. Extendimos nuestras ropas en el suelo. Laguna nos miraba hacer. Alguien preguntó:
        … -¿En qué irá a dormir Laguna?
        … Este lo miró y bajó la cabeza avergonzado. Nada que denunciara la presencia de una prenda de vestir o de cama había en su equipaje, que llevaba envuelto en un pañuelo.
        … Cuando nos acostamos, Laguna estuvo un momento parado, con expresión de hombre indeciso; conversaba y fumaba. Luego se decidió y sin hacer ningún preparativo se tendió en el desnudo suelo, al lado mío. Yo quise ofrecerle mi cama, pero el temor de avergonzarlo me hizo desistir. Se apagó la luz. Con los ojos abiertos en la sombra, tendido de espaldas en mi lecho, conversé un momento con él. A la luz de su cigarro veía a intervalos su nariz aguileña y su bigote lacio. Después, insensiblemente me quedé dormido. Desperté al cabo de unas horas y mientras orientaba mi pensamiento escuché los ruidos de la noche. Afuera el viento, muy frío, parecía aullar como un animal aguijoneado. El rumor del río aumentaba con su rodar de piedras aquel grito prolongado del viento. La carpa crujía violentamente. En medio de toda aquella sinfonía salvaje percibí un sonido humano. Pensé que alguien rondaba, tal vez perdido, alrededor de la carpa e incorporándome en la cama escuché con atención. Pero no era afuera. Era al lado mío. Laguna, dormido seguramente helado de frío, castañeteaba los dientes y se quejaba.
        … -Laguna…
        … No me contestó.
        … -Laguna.
        … Silencio.
        … -Laguna.www.letras.mysite.com
        … -¡Ah!
        … -¿Qué le pasa?
        … -Tengo frío, hermanito.
        … -Acuéstese aquí.
        … -No, gracias.
        … -Venga, hombre.
        … Se levantó y empezó a desnudarse. De repente oí un sollozo y Laguna lo comentó diciendo:
        … -Yo soy un roto muy fatal.
        … Después, como un perro, buscó la cama y se acurrucó entre las ropas, tiritando.
        … -Hermanito…
        … -¿Qué quiere?
        … -Muchas gracias.
        … No contesté. Laguna suspiró, se movió un poco, se encogió, seguramente hizo una de sus muecas acostumbradas y por fin se durmió. Yo escuché un momento su respiración, cortada a trechos por suspiros, y luego me dormí.
        … Al otro día empezó el trabajo. Se trataba de hacer túneles para resguardar la línea de las nevazones y los pequeños rodados. El trabajo era fuerte, pero como el frío también lo era, ambos se neutralizaban con gran alegría nuestra y satisfacción del inglés.
        … A los diez días de estar allí, nuestros rostros habían cambiado completamente. El frío quemaba la piel, la rajaba; la cara se despellejaba, las pestañas caían quemadas también y a todo este trabajo de destrucción y transformación contribuía el hecho de que nadie se lavara la cara sino los domingos. El agua era tan helada que nadie se animaba a hacerlo. Solamente los días de descanso se calentaba agua y se procedía a una limpieza, minuciosa por parte de unos, somera por la de otros. Además, nuestras ropas viejas y sucias, los ponchos oscuros y las barbas crecidas, aumentaban el cambio, haciéndonos aparecer, a los ojos de cualquier viajero erudito, como descendientes directos de una familia de trogloditas.

        *** *** ***

        … A los quince días de estar ahí le sucedió la primera desgracia a Laguna, si es que desgracia puede llamarse lo que voy a narrar. El ya lo extrañaba; me decía:
        … -¿No le parece raro que no me haya pasado nada?
        … Y arrugaba la nariz.
        … Fue un día jueves. El día anterior había nevado y el frío era intenso. Trabajábamos en una zorra y Laguna era el "bandera". Su trabajo consistía en ir delante de nosotros, a distancia de una cuadra, llevando una bandera roja con la cual anunciaba la proximidad del tren.
        … Veníamos con una carga de madera. Cuando llegamos al sitio en que debíamos descargar, vimos que Laguna estaba sentado detrás de un peñasco y bien arrebujado en su poncho. Silbaba monótonamente:
        … - Fi…, fi…, fiiii…
        … Le dijimos algunas bromas y empezamos a descargar. En los ratos que descansábamos, Laguna nos advertía su presencia con el fi fi de su silbido. Corría un vientecillo que cortaba las carnes. De repente Laguna dejó de silbar. No paramos en ello la atención y cuando terminamos uno gritó:
        … - ¡Ya, Laguna, vamos!
        … Pero Laguna no contestó.
        … - ¿Se habrá quedado dormido? Vamos a darle una broma.
        … Uno de los compañeros fue sigilosamente hacia él. Cuando estuvo delante, levantó el poncho como para pegarle. De pronto se inclinó, miró fijamente a laguna y alzando los brazos gritó:
        … - ¡Muchachos, vengan!
        … Corrimos. Cuando llegamos, Laguna, con la cabeza inclinada sobre un hombro, sonreía dulcemente como si soñara. Se estaba helando. Lo levantamos violentamente y mientras uno lo sujetaba, descargamos sobre él una verdadera lluvia de ponchazos, pellizcones bofetadas y creo que hasta puntapiés. Al cabo de un rato abrió los ojos y nos miró atontado. Le refregamos la cara con nieve y le seguimos pegando. De pronto gritó:
        … - ¡Ya está bueno! ¡Ya está bueno!
        … Y salió corriendo. Como un caballo que ha estado largo tiempo atado, Laguna daba saltos, tiraba puntapiés, se revolcaba en el suelo, lanzaba fuertes puñetazos, hacía mil contorsiones y, por último, variando el ejercicio, cantó, mientras se acompañaba de un furioso zapateo:

        Suspirando te llamé
        y a mí llamado no vienes;
        como me ves sin trabajo
        te haces sorda y no me entiendes.

        … Hasta que cayó al suelo, jadeando como una bestia.

        *** *** ***

        … Mientras tanto, el trabajo adelantaba rápidamente. Ya en algunos sitios la vía estaba cubierta por los túneles. Se hacían hoyos en el suelo, se metían en ellos enormes postes, éstos se juntaban por medio de una trabazón de madera y luego todo se revestía de planchas de zinc. Como el terreno era pedregoso, muchas veces en los hoyos se encontraban gruesos peñascos que era necesario partir con dinamita. Todos los días, a la hora del almuerzo o de la comida, fuertes detonaciones rajaban el silencio de la cordillera. Los estampidos resonaban contra los cerros más cercanos y éstos devolvían un eco que chocaba en otros, sucesivamente, hasta convertirlos en un trueno prolongado y profundo.
        … A consecuencia del accidente anterior, la movilidad de Laguna se acrecentó extraordinariamente. El miedo a helarse nuevamente lo hacia andar en un perpetuo entrenamiento físico. Saltaba, corría, bailaba y zapateaba.
        … ¡Pobre Laguna! Verdaderamente, era fatal. Un día cayó un poste; todos corrieron, Laguna más que nadie; pero, al ir corriendo y mirar hacia atrás, tropezó en un durmiente de la vía y el filo de otro casi le quebró una pierna. Otro día lo llevaron preso sin causa alguna y lo tuvieron todo el día haciendo un camino en la nieve, entre el cuartel y la estación, en medio de un fuerte frío. Parece que esto era un recurso de que se valían los guardias cada vez que la nieve tapaba el camino.
        … Después los acontecimientos se precipitaron y la fatalidad se apretujó más sobre su cabeza de roedor.
        … Andábamos trabajando en la zorra y volvíamos de La s Cuevas con una carga de ochenta planchas de zinc que pesaban once kilos cada una. Como de la estación al campamento la vía tenía un profundo declive, largamos los frenos y la zorra se precipitó velozmente hacia abajo. Con el impulso que traía, ayudado por la pesada carga y por la pendiente de la línea, el vehículo se cargó. Agarró tal velocidad, que un poco más allá del puente del río los postes y las rocas pasaban ante nuestra vista con tal continuidad, que parecía que entre ellos no había ninguna distancia. Cuando quisimos frenar, la zorra no obedeció y de esa manera pasamos por el campamento en una carrera trágica. Yo iba en el freno delantero y Laguna en el de atrás. Ya la peonada corría detrás nuestro, gritando:
        … - ¡Tírense! ¡Tírense!
        … Uno gritó:
        … - ¡Hay que tirarse!
        … Se envolvió la cabeza con el poncho y saltó. Dio una vuelta en el aire y luego pareció hundirse en el suelo. Otro de los peones cayó de lado y quedó inmóvil. El tercero quedó parado después de describir un círculo que habría causado admiración a cualquier geómetra. Yo tiré mi poncho y luego me arrojé de espaldas al vacío. Caí de bruces. Cuando levanté la cabeza, la zorra iba a una cuadra de distancia. Laguna iba parado en el freno; su poncho oscuro se agitaba a impulsos del viento como una bandera de muerte. La boca de un túnel pareció tragarse al hombre y al vehículo, que después de un instante reaparecieron por el otro lado. Todos corríamos detrás. De repente, el freno resbaló, Laguna vaciló y por un segundo sus manos arañaron el vacío. Luego cayó de boca. A los treinta metros, en una violenta curva de la vía, la zorra saltó y las planchas de zinc se clavaron en los postes. Cuando llegamos, Laguna yacía a un costado de la línea. Había caído sobre la cremallera y del golpe se le saltaron casi todos los dientes. Después rebotó y cayó en una acequia, en cuyo filo se hizo dos heridas en la cabeza. Tenía la cara llena de sangre y respiraba quejumbrosamente. Al otro día se lo llevaron al hospital.

        *** *** ***

        … A los pocos días, antes de terminarse los trabajos del túnel, yo bajé a Mendoza. Había sido hablado para invernar, como peón, en una estación situada entre Las Cuevas y Puente del Inca, y necesitaba comprar ropas de invierno. Cuando quise volver, la Compañía me negó el pasaje por no presentar una autorización del jefe o del capataz. Como mi ropa había quedado allá, resolví regresar a pie. Me uní con dos anarquistas chilenos que regresaban a su tierra y emprendimos el viaje, saliendo de Mendoza una noche de abril. Después de tres días de viaje, llegamos al campamento y allí me encontré con Laguna, que ya había vuelto del hospital. Estaba visiblemente cambiado. La cara se le había hecho más pequeña, tenía la boca hundida a causa de la falta de los dientes, y toda su persona parecía estar inclinada bajo un peso invisible. Me llamó a su lado y me dijo casi llorando:
        … - Hermano, vámonos a Chile. Siento que si me quedo aquí me voy a morir.
        … Lo pensé y me decidí. Le dije que sí. Se alegró tanto que me dio un abrazo. Esperamos la noche para salir. De día era peligroso pasar porque había nevado y el camino del cuartel a la estación estaba tapado. Los peones nos dieron carne, queso, charqui y café. A unos cuantos arrieros que venían de Chile les preguntamos si el tiempo era bueno en la cordillera y nos contestaron que el viento que corría no era fuerte y que la nieve caída era muy poca.
        … A las nueve, después de efusivas despedidas, partimos los cuatro: Laguna, los dos anarquistas y yo.
        … Había nevado bastante y el camino estaba tapado. Nos orientamos por las luces de la estación. Atravesamos un pequeño puente y empezamos a buscar el camino ancho. A las dos cuadras nos perdimos. Por fin, después de varias vueltas, encontramos la buena ruta y empezamos a subir. A los mil metros de altura empezó a nevar fuertemente. La noche era oscurísima. Caminábamos un trecho y descansábamos. El peso de nuestra ropa, que llevábamos a la espalda, nos fatigaba un poco. No hablábamos. Laguna iba adelante con la cabeza gacha y silbando despacito. De vez en cuando, con un dulce dejo de pena, cantaba:

        Dos corazones tengo
        para quererte;
        uno tengo de vida
        y otro de muerte.

        … De repente se detuvo y nos dijo:
        … - Oigan.
        … Escuchamos. Un ruido profundo y sostenido llegó hasta nosotros. De pronto el ruido se trocó en un clamor casi humano. Parecía que una garganta enorme, de voz ronca, gritaba en la cumbre.
        … Laguna dijo:www.letras.mysite.com

        … - Es el viento.
        … El era. Llegaba loco, furioso, estruendosamente. Después de un momento, el clamor subió a rugido y éste se multiplicó en todos los tonos. Golpeaba en las rocas, saltaba de quebrada en quebrada, se azotaba contra un cerro y rebotaba en otro. Parecía que un ejército de leones bajaba rugiendo hacia el llano. Era horrible y hermoso.
        … Como íbamos a favor de un cerro, no lo sentíamos en nuestros cuerpos, pero, al dar vuelta el camino, el viento nos detuvo como una mano poderosa. Daban ganas de gritar y de llorar. La sangre zumbaba bajo la impresión de este emocionante e invisible espectáculo. El viento subía rabiosamente desde el lado chileno, llegaba a la cumbre y se derrumbaba poderosamente hacia el llano argentino.
        … Nos detuvimos a conferenciar. Hablábamos en voz baja, como temiendo que el viento nos oyera. Volver era peligroso. Nos exponíamos a que el viento nos cogiera de espaldas y nos lanzara cerro abajo, como a las mulas cargadas. Decidimos seguir. Y nos lanzamos al camino. A los pocos pasos nos detuvimos, ahogados. La fuerza del viento era tal, que nos impedía arrojar el aire absorbido en la respiración. Laguna gritó:
        … - ¡ Tápense la boca con un pañuelo!
        … Seguimos su consejo y pudimos respirar. Caminábamos de lado para ofrecer menos blanco al viento. A los tres mil ochocientos metros nos detuvimos indecisos. Un pequeño rodado había tapado el camino, y en lugar de la línea recta de éste, sólo se veía una blanca raya oblicua que bajaba vertiginosamente hacia la quebrada. La nieve, endurecida, era resbaladiza como jabón.
        … - Hasta aquí llegamos.
        … ¿Cómo pasar? No traíamos ni un miserable palo con que ayudarnos. Uno de los anarquistas, llamado Luis, dijo:
        … - Es preciso pasar.
        … Sacó un largo cuchillo y se lanzó sobre aquella raya, en cuyo fin la muerte abría la boca enorme de la quebrada.
        … Inclinados bajo el viento, lo miramos pasar. Clavaba el cuchillo, agarrado a éste daba un paso, se tendía en la nieve, sacaba el cuchillo, lo clavaba, daba otro paso y poco a poco se alejaba de nosotros. De repente resbaló y rodó un metro. Lanzamos un grito. El hombre quedó un momento inmóvil y luego empezó a subir, arrastrándose, hasta que logró asirse del cuchillo que había quedado clavado. Demoró veinte minutos en atravesar los ochenta metros del rodado.
        … Después pasé yo. Nunca, como aquel momento, me he sentido más cerca de la muerte. Apretados los dientes, hincando con todas mis fuerzas los zapatos en la nieve, buscando en la sombra los hoyos abiertos por el cuchillo del anarquista, atravesé aquel camino angustioso. Caer era rodar mil o dos mil metros hasta quedar convertido en una cosa sin nombre. Cuando llegué al camino, permanecí un momento desorientado y luego me lancé a correr hacia la casilla del Cristo Redentor. Allí estaba Luis. Con fósforos hicimos arder papeles y nos calentamos las entumecidas manos.
        … - ¿Y los otros?
        … - Ya vienen.
        … Esperamos un largo rato y no aparecieron.
        … - ¿Se habrán perdido? Vamos a buscarlos.
        … Salimos y gritamos.
        … - Si han seguido hacia delante es inútil gritar. El viento nos devuelve los gritos.
        … Recorrimos los alrededores y de pronto oímos una voz que llamaba a lo lejos. Buscamos al que gritaba y encontramos al otro anarquista, abrazado a un poste de los que marcan los límites de Chile y Argentina. Lo levantamos y lo sacudimos un poco hasta que se repuso.
        … - ¿Y Laguna?
        … - No sé; cuando yo llegué a este lado del rodado, él empezaba a atravesarlo.
        … - Habrá seguido.
        … - No; no ha seguido. Debe haberse perdido.
        … Una enorme angustia me subió del corazón a la garganta y corrí como un loco, gritando:
        … - ¡Laguna! ¡Hermanito!
        … Pero el viento me devolvía sarcásticamente los gritos.

        *** *** ***

        … Al otro día, mientras bajábamos, busqué por todas partes los rastros de Laguna. Pero seguramente la nieve había tapado sus huellas, porque ni en el camino, ni en las quebradas, ni en ninguna parte la marca de un pie o de un cuerpo quebraba la armoniosa tersura de aquella inmensa sábana, bajo la cual, seguramente, Laguna dormía su último sueño.
        … - ¡Pobre roto fatal!

El delincuente, Manuel Rojas

Yo vivo en un conventillo. Es un conventillo que no tiene de extraordinario más que un gran árbol que hay en el fondo de su patio, un árbol corpulento, de tupido y apretado ramaje, en el que se albergan todos los chincoles, diucas y gorriones del barrio; este árbol es para los pájaros una especie de conventillo; es un conventillo dentro de otro. Ignoro si la vida que se desarrolla en ese conventillo de ramas y hojas tiene algún parecido con la que se vive en el mío. Bien pudiera ser. He leído que algunos sabios han encontrado analogías entre la vida de ciertas aves y animales y la de los seres humanos. Si los sabios lo dicen, debe ser verdad. Yo, como soy peluquero, no entiendo de esas cosas.

Bien; a este conventillo, es decir, al mío, se entra por una puerta estrecha y baja, que tiene, como el conventillo, sólo una cosa extraordinaria: es muy chica para un conventillo tan grande. Se abre a un pasadizo largo y obscuro, pasado el cual aparece el gran patio de tierra, en cuyo fondo está el árbol de que le he hablado. Al pie del tronco de este árbol, en la noche, las piadosas viejecitas del conventillo encienden velas en recuerdo de un inquilino que asesinaron ahí un día dieciocho de septiembre. Con palos y latas han hecho una especie de nicho y dentro de él colocan las velas. De ahí se surten de luz los habitantes más pobres del conventillo.

Enfrente de este patio, y a la derecha del pasadizo, hay otro patio, empedrado con pequeñas piedras redondas, de huevo, como se las llama. En el centro hay una llave de agua y una pileta que sirve de lavadero. Alrededor de este último patio están las piezas de los inquilinos, unas cuarenta, metidas en un corredor formado por una veredita de mosaicos rotos y el entablado del corredor del segundo piso, donde están las otras cuarenta piezas del conventillo. A este segundo piso se sube por una escalera de madera con pasamanos de alambre, en los cuales, especialmente los días sábados, los borrachos quedan colgando como piezas de ropa puestas a secar.

Como usted ve, mi conventillo es una pequeña ciudad, una ciudad de gente pobre, entre la cual hay personas de toda índole, oficio y condición, desde mendigos y ladrones hasta policías y obreros. Hay, además, hombres que no trabajan en nada; no son mendigos ni ladrones, ni guardianes ni trabajadores. ¿De qué viven? ¡Quién sabe! Del aire, tal vez. No salen a la calle, no trabajan, no se cambian nunca de casa, en fin, no hacen nada; por no hacer nada ni siquiera se mueren. Vegetan, pegados a la vida agria del conventillo, como el luche y el cochayuyo a las rocas.

Bueno; veo que me he excedido hablándole a usted del conventillo y sus habitantes, cuando en realidad éstos y aquél no tienen nada que ver con lo que quería contarle.

Discúlpeme; es mi-oficio de peluquero el que me hace ser inconstante y variable en la conversación.

Yo vivo en la primera pieza que hay a la entrada del patio, a la salida del pasadizo. Debido a esto, soy el primero que siente a las personas que entran desde la calle. Conozco en el paso a todos los habitantes del conventillo; sé cuándo vienen borrachos y cuándo sin haber bebido, cuándo alegres y cuándo de mal humor, cuándo la jornada ha sido buena y cuándo ha sido mala. De noche, echado en mi cama, los cuento uno a uno. Y la otra noche, día sábado, como a eso de las doce y media, en momentos en que estaba por acostarme, oí las voces de dos personas que discutían a la salida del pasadizo. Me sorprendí, pues no las había sentido entrar y desconocía las voces. Escuché. Una voz era alta y llena, sonora; la otra, delgada, empezaba las palabras y no las terminaba o las terminaba sin que se entendieran.Descubrir Libros

“¡Ah! —me dije—. He ahí dos compadres, uno más borracho que otro, que han entrado al conventillo equivocadamente y que ahora discuten si éste es o no es el conventillo donde viven.”

Diciéndome estaba estas palabras, cuando uno de los amigotes dio con su cuerpo contra mi puerta y casi la abre hasta atrás. Juzgué prudente intervenir en la discusión y abrí la puerta, saliendo en mangas de camisa al patio. En ese mismo momento un carpintero que vive en el segundo piso, el maestro Sánchez, venía entrando de la calle. Me tranquilicé al verlo venir, y digo me tranquilicé porque la mirada que eché a los dos compadres no me produjo ningún sentimiento de confianza. Debajo del chonchón de parafina que hay a la salida del pasadizo, chonchón que el mayordomo enciende solamente los días sábados, veíase a dos personas, dos hombres; uno muy delgado, con sombrero de paja echado hacia atrás; los ojos azules, pero un azul claro, trémulo, desvanecido, un color de llama de alcohol; la frente muy alta; la nariz larga y delgada, un poco roja en la-punta. La cara, es decir, la nariz y los ojos, era lo único notable en ese individuo. Lo demás iba vestido con un traje obscuro y calzado con unos zapatos largos y puntiagudos. Todo él daba la impresión de una persona que se iba andando de puntillas, con aquellos ojos azules, esa nariz delgada y larga y esos zapatos puntiagudos… iAh!, además llevaba un enorme cuello que parecía no ser de él y una corbata negra con un nudo muy grande. Hablaba con una voz que no tenía nada que ver con su débil aspecto físico, ni con sus ojos ni con su nariz, una voz enérgica, fuerte, constructiva, parecía persuadir…

Este individuo sostenía, haciendo un gran esfuerzo, a su acompañante, que, en contraste con él, daba la impresión de algo que se quedaba, que no se iba a ninguna parte. Más alto que el otro, ancho y derecho de hombros, grueso todo su cuerpo, llevaba un sombrero claro, achatado de copa y de alas cortas; rostro moreno, con bigote negro hacia abajo; camisa sin cuello, traje obscuro, zapatos manchados de cal o de pintura. Toda su persona parecía saturada o llena de algo que no lo dejaba moverse.

Cuando el hombre delgado me vio aparecer, hizo un movimiento como para soltar al otro y marcharse, pero la presencia del maestro Sánchez lo detuvo. Yo seguí examinándolos hasta que el carpintero llegó donde estábamos. Dio una mirada al grupo y preguntó:

—¿Qué pasa, maestro Garrido?

—Lo ignoro; me estaba acostando, sentí discutir a estas dos personas y he salido a ver lo que sucedía. Este señor nos lo dirá.

El hombre de la nariz delgada retrocedió y pareció hundirse en la muralla, al mismo tiempo que el gordo, al ser soltado por su compañero, se dobló violentamente hacia el suelo. Lo sujetamos, enderezándolo. Estaba borracho hasta la idiotez.

—¿Qué pasa? Conteste —dije al hombre delgado.

Se encogió de hombros, sonriendo, y estiró una mano que parecía una ganzúa, larga y fina.

—Nada, pues, señor; ¿qué va a pasar? El maestro que me convidó a su casa, diciéndome que había unas niñas que cantaban, y ahora se está echando para atrás.

El gordo resoplaba ruidosamente, como si el vino ingerido luchara dentro de él con el aire que aspiraba. Lo sacudí por un brazo; enderezó la cabeza, abrió un ojo y haciendo un esfuerzo poderoso buscó dentro de sí algo que no estuviera saturado de alcohol y que le permitiera responder. Por fin, dijo con una voz de falsete:

—Sí, échale no más…

La frase fue más larga, pero no le entendimos más que eso; lo demás se enredó y ahogó entre su bigotazo negro, haciendo un ruido de borboteo.

En ese momento el maestro Sánchez dijo:

—¡Bah! ¿Y esto?

Y acercándose al hombre gordo tomó un pedazo de cadena que pendía de su chaleco.

—¿Y esto? —repitió, mirando al hombre del ojo azul desvanecido.

Este retrocedió un paso más y abriendo los brazos contestó:

—¡Chis! ¿Qué sé yo?

Nos quedamos un instante silenciosos. Yo, francamente, no tengo nervios para soportar esos momentos expectantes que se alargan y me estaba sintiendo molesto.

—¿Qué hacemos? —pregunté al maestro Sánchez.

Le tomaba el parecer nada más que por cortesía y por el interés que demostraba. Al estar solo hubiera procedido de la siguiente manera: habríale dado un puntapié al hombre delgado, diciéndole: “¡Vete, ladrón!” Y otro al gordo, agregando: “¡Ándate, idiota!” Y entrándome al cuarto me habría acostado, quedándome dormido tan ricamente. Pero el maestro Sánchez, que es demócrata, no tiene iniciativas ni ideas propias y prefiere siempre acogerse a lo acostumbrado. Contestó:

—Vamos a buscar un guardián y se los entregaremos. Acompáñeme, maestro…

Estuve tentado de echarlo al diablo, meterme en mi cuarto y cerrar la puerta; pero, no sé si se lo he dicho: soy un hombre tímido; mis iniciativas, al encontrarse en oposición con otras, quedan siempre en proyecto; no sé discutir ni me gusta imponer mis ideas.

—Bueno; espérese…

Entré a mi cuarto, me eché un revólver al bolsillo trasero del pantalón —ignoro por qué motivo hice esto, ya que el arma estaba descargada y tampoco la necesitaría—, me puse el saco, desperté a mi mujer, y después de decirle que iba a salir y que tuviera cuidado con la puerta, me reuní con el maestro Sánchez, quien estaba parado en medio del pasadizo, dominando con su alto y musculoso cuerpo a los dos pobres diablos que allí estaban.

—Vamos, en marcha, y sí intenta arrancarse le daré un puntapié que le va a juntar la nariz con los talones.

Al oír esta terminante declaración, el hombre delgado pareció encogerse. En seguida, malhumorado, tironeó de un brazo al borracho, y éste desprevenido, dio una brusca media vuelta y se fue de punta al suelo. Lo levantamos como quien levanta un barril de vino, mientras gimoteaba, quejándose amargamente de que la policía procediera de ese modo pon él, que era un obrero honrado y trabajador.

¿Para qué voy a contarle, detalle por detalle, paso por paso, el horrible viaje de nosotros tres, el maestro Sánchez, el ladrón y yo, en la noche, en busca de un guardián, empujando a aquel hombre borracho que caía y levantaba, gritando y quejándose como un niño, con aquella voz que parecía no pertenecerle? Teníamos el aspecto de descargadores de mercaderías. Yo tuve que quitarme el paleto; sudaba como un jornalero.

Anduvimos cuatro o cinco cuadras de ese modo, sin encontrar un solo policía. Hubo un momento en que los tres, sentados en el cordón de la vereda, descansando, olvidamos el martirio de nuestra diligencia y conversamos como viejos camaradas, hablando de los inconvenientes de beber hasta ese extremo. El borracho, tirado sobre los adoquines, roncaba plácidamente, como si estuviera durmiendo en su cama.

Eran ya como las dos de la mañana. Quise proponer que dejáramos al borracho sentado en el umbral de una puerta, y los demás nos lanzáramos cada uno a su casa, pero en el momento en que iba a hacerlo, el maestro Sánchez se levantó y dijo:

—Iremos hasta la comisaría…

—¿A qué? —pregunté, distraído; pero en seguida repuse—: ¡Ah, sí!…

Me parecía tan estúpido todo aquello, y tan triste; las calles solitarias, obscuras, llenas de hoyos, con unas aceras deplorables, y los tres cansados, sudorosos, los tres aburridos de aquella faena extraordinaria que nos había tocado. Sentía ira y desprecio contra aquel cuerpo inerte, fofo, tendido entre nosotros, que resoplaba como un fuelle agujereado, inconsciente, feliz tal vez, y que obligaba a tres hombres a andar a esas horas por las calles, llevándolo con tanta delicadeza como si se tratara de un objeto de arte o de un mueble frágil.

La comisaría quedaba a ocho cuadras de distancia. ¡Ocho cuadras! Eso era la fatiga, la angustia, el desmayo… En fin, andando, andando. Levantamos al borracho, que se despertó gritando y protestando que ni en su casa lo dejaran descansar tranquilo. Recurrimos a las buenas palabras.

—Camina, pues, ñatito; ya vamos a llegar.

—Ya, hermanito; váyase, por aquí.

Entre dos lo tomamos de los brazos y otro marchó detrás, sujetándolo por la espalda. Resbalaba, se tumbaba ya a un lado, ya a otro, se echaba hacia atrás, se inclinaba. ¡Dios mío! Eran inútiles las buenas palabras y los cariñosos consejos. De pronto ocurrió algo inaudito: el maestro Sánchez, de ordinario tan paciente y tan constitucional, largó al borracho, echó un tremendo juramento y le soltó un puntapié, gritando:

—¡Camina, animal!

Yo quedé helado. En cambio, el ladrón se puso a reír a gritos. Reía con una risa asnal, estruendosa. Me contagió esa risa y de repente nos encontramos riendo los tres a grandes carcajadas y dándonos, unos a otros, golpecitos en la barriga y en los hombros.

—¡Ja, ja, ja!

Con la risa se nos espantó el cansancio; pero volvió de nuevo cuando reanudamos la marcha con aquella preciosa carga. Nuestro viaje no tenía ya sentido real. Nadie se acordaba de lo sucedido en el conventillo. Allí no había ni ladrones ni hombres honrados. Sólo un borracho y tres víctimas de él.

—¿A dónde me llevan? —preguntó de improviso el ebrio.

—¿A dónde? Al Hotel Savoy, viejo mío —contestó el ratero.

—Sí. Allí te servirán una limonada y en seguida te acostarás en una cama con colchones de pluma —agregó el maestro Sánchez.

Nos sentamos los tres a reír, dejando al borracho afirmado en un farol.

Así marchamos, unas veces silenciosos, otras riendo, pero ya mecánicamente, sin ganas de nada. Nos sentíamos vacíos de todo.

Llegamos por fin a la comisaría. Estaba cerrada. Golpeamos. Se sintieron pasos, alguien abrió una pequeña ventanilla y por ella asomaron un casco y un rostro de guardián. Nos echó una mirada de inspección.

—¿Qué quieren?

¿Qué queríamos? Ninguno supo contestar.

—Abra usted; ya le explicaremos.

Se oyó el descorrer de una barra y la puerta se abrió pesadamente. Apareció un ancho zaguán y más allá de él un patio amplio y obscuro; ruido de cascos de caballos.

—Adelante. ¡Cabo de guardia!

Acudió un hombre alto y moreno.

—Pasen por aquí.

Nos introdujo en un cuarto en el que había un escritorio, delante de éste una barandilla de madera y varias bancas afirmadas en la pared. Una luz en el techo.

—Vamos a ver, ¿qué pasa?

Yo tomé la palabra y conté lo acaecido. Había encontrado a esos dos hombres en tal y cual circunstancia y no sabiendo qué resolver, decidimos venir a la comisaría para que la autoridad tomara conocimiento y resolviera el caso. El cabo guardó silencio; después dijo:

—Mi inspector no está aquí en este momento; ha salido de ronda. Tendrán que esperar un rato.

Después, con voz de trueno, gritó:

—Y vos, siéntate en ese rincón. Tienes cara de pillo. ¿Cómo te llamas?

—Vicente Caballero, mi cabo.

—Caballero… ¡Miren qué trazas de caballero! ¿Has estado preso alguna vez aquí?

—Nunca, señor.

—¡Hum! Eso lo vamos a ver. Espérate que llegue el inspector.

Hizo ademán de retirarse, pero yo lo detuve.

—Dígame, ¿qué hacemos con este hombre?

—¿Con el borracho? Déjenlo ahí sentado que duerma.

Y salió. Sentamos en una de las bancas al borracho, que inmediatamente se tumbó, subió las piernas a la banca y se dispuso a dormir. Procedía Como persona acostumbrada.

Y ahí nos quedamos los otros tres, mirándonos, examinándonos, viéndonos a plena luz por primera vez en esa noche, tomando cada uno la impresión que el otro le producía.

Todo quedó en silencio en la comisaría. Pasó una media hora, marcada minuto a minuto en un gran reloj colgado en la pared. Nadie hablaba; los tres pensábamos en nuestros asuntos, indiferentes al sitio donde nos encontrábamos y al motivo de nuestra estada allí.

Pasó otra media hora. Las tres y media de la mañana. Ya no podía más. Tenía los ojos pesados y el cuerpo todo dolorido. El maestro Sánchez empezó a cabecear. Solamente el ladrón, aquel hombre delgado, de ojo azul, permanecía imperturbable. Parecía acostumbrado a las largas y pacientes esperas y a los amaneceres sin sueño. Sentado, con las espaldas afirmadas en la pared, los brazos cruzados, miraba, parpadeando rápidamente, el reloj, las tablas del techo, las del suelo, la ampolleta eléctrica, parecía contar una y otra vez los barrotes de la ventana que daba a la calle y los travesaños de la barandilla de madera.

El cansancio y el sueño me rendían. Pensé fumar para distraerme y busqué en mis bolsillos el paquete de cigarrillos que siempre guardo en ellos; no los encontré. Con el apresuramiento de la salida se me habían olvidado encima de la mesa de mi cuarto. El ratero, que me vio hacer todos esos movimientos, se incorporó preguntando:

—¿Qué quiere, patrón? ¿Cigarrillos? Aquí tiene.

Se levantó y avanzó hasta donde yo estaba, ofreciéndome sus cigarrillos; pero en ese momento una voz terrible salió de la obscuridad del zaguán y dijo:

—¿Para dónde vas? Siéntate ahí.

Detenido por aquella voz, el hombre quedó inmóvil en medio de la oficina, con el brazo extendido.

—Voy a darle un cigarrillo al caballero —explicó.

—Siéntate ahí, te digo.

Retrocedió el ladrón, aturdido y confuso. Yo quedé silencioso, avergonzado por aquel hecho, doliéndome de que mi calidad de hombre honrado impidiera a otro hombre acercarse a mí y convidarme un cigarrillo.

Patrón, uno procede siempre por estado de ánimo y no por ideas fijas. A veces les tengo rabia a los ladrones; otras, lástima. ¿Por qué los ladrones serán ladrones? Veo que siempre andan pobres, perseguidos, miserables; cuando no están presos andan huyendo; los tratan mal, les pegan, nadie puede estar cerca de ellos sin sentirse deshonrado. Cuando le roban a uno, le da rabia con ellos; cuando los ve sufrir, compasión. Lo mismo pasa con los policías cuando lo amparan y lo defienden a uno, les tiene simpatía y cariño; cuando lo tratan injustamente y con violencia, odio. El ser humano es así, patrón; tiene buenos sentimientos para con el prójimo, pero siempre que ese prójimo no le haga nada.

Así nos quedamos, mirándonos y sonriéndonos con simpatía. Él, entonces, sacó un cigarrillo del paquete y me lo tiró por el aire, y como le hiciese señas de que tampoco tenía con qué encenderlo, hizo lo mismo con una caja de fósforos. Pité, patrón, con ganas, gozando, echando grandes bocanadas de humo, regocijado, agradecido. ¡Aquel ladrón era muy simpático! Tan de buen humor, tan atento con las personas, tan buen compañero. Claro es que si me pillara desprevenido me robaría hasta la madre, y si yo lo pillara robándome le pegaría y lo mandaría preso, pero en aquel momento no era éste el caso. Yo estaba alegre fumando y esa alegría se la debía a él. Lo demás no me importaba.

Las cuatro. Y en el momento en que el reloj las daba, se sintió en la calle el paso de un caballo que se detuvo ante el portón. Abrieron y el caballo avanzó por el zaguán, deteniéndose ante la oficina. Una voz gritó:

—¡Cabo de guardia!

Se sintió correr a un hombre. Yo toqué en el hombro al maestro Sánchez, quien despertó e incorporóse sorprendido, diciendo:

—¡Ah! ¿Qué pasa?

Pero después de mirar hizo un gesto de hombre desilusionado y se sentó de nuevo. El cabo de guardia entró a la oficina y detrás de él el inspector, un joven alto, rubio, muy buen mozo. Se detuvo en medio del cuarto y mientras daba una mirada circular, examinando a todos los que allí estábamos, se quitó el quepis y los guantes. Después avanzó, abrió una puertecilla que había en la baranda de madera y se sentó ante el escritorio.

—Vamos a ver. ¿Qué pasa, señores?

Avancé y recité de nuevo la estúpida letanía: este hombre y aquél, etc. Luego que hube terminado, volví a mi sitio, y el oficial, estirando los brazos, juntó las manos sobre la mesa con un gesto de satisfacción.

—¡Ajá! Muy bien.

El asunto pareció interesarle. Después, sin mirar a nadie y levantando la voz, dijo:

—A ver, vos, ven para acá.

Cualquiera de los tres hombres despiertos que allí estábamos podía ser el llamado; pero el único que se movió fue el ladrón. Avanzó hasta quedar frente al oficial.

—Sácate el sombrero —dijo el oficial con una voz muy suave—. ¿No sabes cómo debes estar en una comisaría?

El infeliz, sacándose el sombrero, murmuró:

—Disculpe, señor…

Y descubrió su cabeza, una cabeza pequeña, calva hasta la mitad, con unos pocos pelos claros atravesados sobre ella; una cabeza humilde y triste.

El oficial le dirigió una mirada aguda, fina, que lo recorrió por entero.

—Tú eres Juan Cáceres —le dijo—. Alias “El Espíritu”, ladrón, especialidad en conventillos y borrachos. ¿No es cierto?

El hombre delgado bajó la cabeza y estuvo un momento silencioso, mirando la copa de su sombrero, como si viera en ella algo que le llamara la atención. Cuando levantó el rostro, su expresión había cambiado. La pequeña y alargada cabeza pareció llenarse de malicia y astucia, y los ojos azules, a la luz del alba que entraba por la ventana, achicados, tenían un tinte más obscuro.

Abrió los brazos y dijo:

—No, señor; yo me llamo Vicente Caballero, clavador de tacos de zapatos; no soy ladrón ni tengo ningún apodo.

—Bueno, eso lo dirás mañana en la Sección de Seguridad. ¿Dónde están el reloj y el pedazo de cadena que le faltan a ese hombre?

—No sé, señor.

—¿No sabes, no?

—No, señor; y para que el señor inspector vea que soy inocente y que no he intentado robar a ese hombre, le pido que ordene su registro. Ustedes me acusan del robo de un reloj, sin saber si ese reloj ha sido robado o no.

—¡Hum! Tú conoces demasiado las leyes para ser un hombre honrado… Cabo de guardia, registre a ese borracho.

El cabo tomó de un hombro al borracho y lo sentó. El hombre gordo, a quien el sueño dormido había espantado bastante la embriaguez, abrió los ojos y preguntó estupefacto:

—¿Qué pasa?

Eran sus primeras palabras conscientes. Hizo ademán de resistirse al registro, pero al ver el uniforme del que lo registraba, se quedó callado, con los brazos abiertos, observando sorprendido todos los movimientos del cabo. Este sacóle del ojal el pedazo de cadena que de allí colgaba y lo depositó en el escritorio. El borracho, al ver el resto de su cadena, dijo:

—¡Bah!

Y se miró el chaleco. En los bolsillos interiores del saco no tenía nada, ni una cartera, ni un papel, ni una caja de fósforos. Por fin, el cabo dijo:

—Aquí hay un reloj.

Y de un bolsillo exterior sacó un reloj negro, de acero, con un trozo de cadena colgando.

El ratero lanzó una exclamación de triunfo:

—¿No ve, señor, no ve? ¿Qué le decía yo?

Pero estas palabras fueron dichas de un modo tan exagerado y con un tono tan falso, que todos los que allí estábamos sentimos esa especie de vergüenza que produce el oír mentir descaradamente a una persona que se sabe que está mintiendo, y que ella misma lo sabe.

Este sentimiento nuestro alcanzó a ser percibido por el ratero. Miró nuestros rostros y viendo que en ellos no había sino compasión y piedad, se encogió de hombros, dejó caer el brazo que había extendido en demanda de aprobación y de ayuda y retirándose a un lado pareció entregarse.

—Cabo de guardia, registre a ese hombre.

El cabo de guardia puso una mano sobre el hombro de aquel pobre diablo y haciendo una pequeña presión sobre él lo hizo girar, y él giró con una condescendencia automática. Había perdido ya toda voluntad propia y el cabo de guardia hizo con él lo que quiso.

—Levanta los brazos.

Levantó los delgados brazos, seguramente tan ágiles y diestros en su oficio, pero en esos momentos tan tiesos como si hubieran estado sostenidos por resortes a los débiles hombros.

—Date vuelta.

A cada orden obedecida, el hombre empequeñecía más, perdiendo ante nuestros ojos, poco a poco, sus últimos restos de dignidad humana.

Una vez registrados todos los bolsillos, el cabo le ordenó nuevamente levantar los brazos, que había dejado caer cansados, e hizo correr sus manos a lo largo del cuerpo del ratero con un suave movimiento palpatorio, deteniéndose debajo de los brazos, hurgando alrededor de la cintura, entre las piernas. Y aquel movimiento recordaba el que hacen las lavanderas al estrujar una gran pieza de ropa, una colcha o una sábana, empezando por una punta, retorciendo, apretujando la tela hinchada de agua, que se estira, enroscándose, hasta reducirse a su mínimo volumen.

Cuando el cabo llegó a los zapatos, preguntó:

—¿Qué es esto?

—La llave de mi cuarto, señor.

—¿Llevas la llave de tu cuarto en los zapatos? Es una ganzúa, mi inspector.

—Colóquela sobre el escritorio.

Puso el cabo sobre la felpa verde del escritorio una ganzúa larga y fina, que brilló a la luz como un pececillo plateado al sol.

Hízose a un lado el cabo y en medio de la oficina sólo quedó Juan Cáceres, alias “El Espíritu”, ladrón, especialidad en borrachos y conventillos. Los mechones de pelo castaño, que detenían en mitad de la cabeza el avance de su calva, habían resbalado hacia abajo y aparecían estirados, pegados por el sudor sobre la alta frente. Los ojos habíanse redondeado y obscurecido, y la nariz, larga y colorada en la punta, avanzaba grotescamente, como pegada con cola a los pómulos demacrados. Con los forros de los bolsillos hacia afuera, el sombrero en la mano, el delgado pescuezo emergiendo del enorme cuello, el esmirriado cuerpo estrujado por las manos duras y hábiles del cabo, aquel ser no era ya ni la sombra del hombre que era cuando veníamos por la calle, alegres o fatigados, empujando a aquel otro hombre, el borracho, que sentado en la banca miraba la escena con ojos asombrados y tenía en el rostro la expresión del que oye narrar un cuento de ladrones y criminales.Descubrir Libros

El inspector dijo:

—Muy bien, compañero Cáceres, lo hemos pillado sin perros.

Después, dirigiéndose a mí, dijo:

—Pondremos en el parte que este individuo fue sorprendido en momentos en que robaba a otro y que al ser registrado se le encontró encima el reloj de la víctima y una llave ganzúa. Con eso tiene para un rato. ¡Cabo de guardia!

—Mande, señor.

—Sáquele a ese hombre el cuello y la corbata y échelo a un calabozo. Mañana irá con parte al juzgado.

El cabo despojó al ratero de su enorme cuello y su gran corbata negra.

—¡Andando!

Y el hombre del ojo azul desvanecido salió, seguido del cabo, como resbalando en la luz cruda del alba.

Después que el ratero hubo salido, se levantó el borracho y preguntó al oficial:

—Señor, ¿qué piensa hacer de mí?

—Espérate, borracho indecente.

Volvió el cabo.

—A este individuo métalo al calabozo junto con el otro. Le haremos parte por ebriedad y escándalo.

—¡Andando!

Y el hombre gordo fue a reunirse con el hombre flaco.

—Ustedes pueden retirarse, señores…

Salimos silenciosos de la oficina. Un policía, que dormitaba afirmado en el portón del zaguán, al vernos preguntó hacia adentro:

—¿Y estos individuos?

—Déjelos salir; van en libertad —contestó la voz del oficial.

Salimos.

Y después, el regreso en el alba, patrón, el regreso a la casa; cansados, con los rostros pálidos y brillantes de sudor, sin hablar, tropezando en las veredas malas, con la boca seca y amarga, las manos sucias y algo muy triste, pero muy retriste, deshaciéndose por allá dentro, entre el pecho y la espalda.

*FIN*

La Nación, Chile, 1927

Manuel Rojas y sus cuentos, Raúl Silva Castro

  En la existencia literaria de Manuel Rojas la publicación de la novela Hijo de ladrón señala una etapa decisiva. Desde esa fecha (1951) se le comienza a conocer ampliamente fuera de Chile, y el autor vence en fin la barrera del idioma, de modo que se traduce aquel libro con cierta generosidad. Abrióse la singular bibliografía extranjera de Hijo de ladrón con las versiones al inglés (en los Estados Unidos), alemán e italiano, publicadas todas en 1955, a las cuales siguieron una edición en Inglaterra que repitió el texto de la versión ya publicada en los Estados Unidos, y otra en yugoslavo, ambas de 1956.

¿Y qué era hasta entonces Manuel Rojas? Se le tenía principalmente como cuentista, poeta y ensayista, puesto que la única novela que antes había producido, La ciudad de los Césares (1936, con segunda edición en 1958), había quedado un tanto a trasmano y ni siquiera su progenitor la recordaba con especial cariño. Algún tiempo después, sin embargo, cuando el autor de esa novelita de aventuras, muy adecuada a la lectura infantil, fue a los Estados Unidos, pudo comprobar que allí se le conocía más por esa obra que por otra alguna, ya que ella servía de texto de lectura para aprender el español en aquellas cátedras en que se presta atención a las letras hispanoamericanas.[1]

Tan amplio fue el cambio que se abrió en la vida de Manuel Rojas con su novela Hijo de ladrón, que pronto comenzaron a llover sobre él recompensas cuya esperanza, aunque remota, hace cortejo a todo escritor. Se le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 1957, muy corto de pesos, pues en sustancia monta a poco más de trescientos dólares, pero que en sustitución de los pesos abre una nombradía pública a la cual de ninguna otra manera puede llegarse. No se le invitó, dentro de Chile, a nada especial, porque el uso nacional no permite semejantes rasgos de diplomacia con los escritores; pero sí ha sido invitado fuera de Chile. Fue a los Estados Unidos, como decíamos, en calidad de huésped del Departamento de Estado, que debidamente advertido de los méritos literarios de Manuel Rojas merced a los buenos oficios de sus funcionarios Miss Elinor Halle y Mr. Albert Harkness, le proporcionó una gira panorámica por diferentes rincones del país, la cual permitió al escritor chileno encontrar amigos y admiradores dispersos.

Pero Manuel Rojas ha querido ahora que el público le tenga presente también como cuentista, y de sus producciones en el relato breve, que son muchas, ha autorizado dos antologías que han ido al encuentro de la calle en corta sucesión. La primera, Antología de cuentos, [2] fue organizada por el propio autor pero lleva prólogo de Enrique Espinoza, escritor argentino avecindado en Chile hace ya muchos años; la segunda aparece titulada El vaso de leche y sus mejores cuentos y no lleva prólogo o explicación editorial de ninguna especie.[3] La distancia de tiempo que media entre ambas recopilaciones contraría el orden cronológico de las producciones, ya que, en términos generales, son más recientes los cuentos de la primera de las dos antologías que los de la segunda.

Antes de las antologías de que estamos dando cuenta, los cuentos de Manuel Rojas se habían publicado en los libros que se indican.

Hombres del Sur. 1926. Contenido: «Laguna», «Un espíritu inquieto», «El Cachorro», «El bonete maulino» y «Leyendas de la Patagonia».

El delincuente. 1929. Contenido: «El delincuente», «El vaso de leche», «Un mendigo», «El trampolín», «El colocolo», «La aventura de Mr. Jaiba», «Pedro el pequenero», «Un ladrón y su mujer», «La compañera de viaje».

Travesía. 1934. Contenido: «Bandidos en los caminos», «El hombre de la rosa», «La suerte de Cucho Vial», «Canto y baile», «El león y el hombre», «El fantasma del patio», «Historia de hospital», «Poco sueldo», «El rancho en la montaña».

Otros cuentos más quedan en páginas de diarios y de revistas. Manuel Rojas no es un escritor extraordinariamente fecundo, pero oportunidades ha tenido para publicar algunos relatos que no caben en ninguno de los tres volúmenes mencionados. Veremos en seguida el destino que ha cabido a algunas de esas producciones dispersas.

En la antología titulada El vaso de leche aparecen, además del cuento así titulado, los siguientes: «Laguna», «El delincuente», «Un ladrón y su mujer», «El colocolo», «Canto y baile», «El hombre de la rosa», «El bonete maulino» y «El león y el hombre». En la otra se leen: «Una carabina y una cotorra», «Bandidos en los caminos», «Oro en el Sur», «La aventura de Mr. Jaiba», «Pancho Rojas», «Pedro el pequenero», «El fantasma del patio», «El rancho en la montañas, «Mares libres», «Historia de hospital» y «Poco sueldo».

Si leemos estas producciones del autor en el orden que se indica y no en el de la publicación de los libros antológicos en que han sido recogidas, puede advertirse un avance notable en el estilo, en la composición, en la concepción del asunto y en la elección de los personajes adecuados para manifestarlo. Es verdad que en el segundo grupo hay cuentos muy antiguos dentro de la carrera de Rojas, pero otros son sumamente nuevos, a saber: «Una carabina y una cotorra», «Pancho Rojas» y «Mares libres», si mis informaciones no yerran, recopilados por primera vez en libro. En los del Vaso de leche aparecen, de otra parte, numerosos elementos folklóricos de la tradición oral chilena primitiva, y otros de tradición más reciente, que no son folklore todavía, si bien no carecen de condiciones para llegar a serlo. Entre estos últimos cabe citar los relatos «El bonete maulino», «El delincuente», «Pedro el pequenero», «Un ladrón y su mujer» y «El hombre de la rosa», en los cuales la crítica folklórica del futuro habrá de señalar el singular mérito que ostentan precisamente desde ese punto de vista. Manuel Rojas, cabe decirlo ya, es el más significativo de los escritores chilenos modernos a quienes ha interesado el folklore no como tema de estudio antropológico sino como base para creaciones literarias. Otro escritor chileno que ha seguido camino semejante, Ernesto Montenegro, en sus Cuentos de mi tío Ventura (1933, con segunda edición en 1938), merece que se le cite no sólo por la calidad de su intento sino por el singularísimo cariz de su producción. Pero no nos desviemos, por tentadora que sea la obra de Montenegro.

De los cuentos de Rojas hemos dicho los críticos chilenos, generalmente, que son reminiscencias de su propia vida, en la cual, durante los años iniciales, por haber ensayado el autor diversas profesiones y oficios, antes de remansarse en la quietud burocrática, fuele dado entrar en las experiencias más variadas. De un hombre que ha sido peón de trabajo cordillerano (Laguna), guardador de barcos (Lanchas en la bahía), apuntador de compañías teatrales (Mejor que el vino), linotipista, pintor de muros, agitador callejero y compañero de bohemia de no pocos seres extraños, inquietos y descentrados, bien pueden esperarse los relatos más sorprendentes, como, en efecto, a veces lo son los que llevan su firma. Entre ellos abundan, desde luego, los que aparecen motivados en la vida delictual, como «Bandidos en los caminos», «El delincuente», «El rancho en la montaña», «Un ladrón y su mujer» y «El bonete maulino», y este último, a mayor abundamiento, debe anotarse que es un completísimo surtido de las fechorías cometidas por una banda de salteadores a la cual se añade, esporádicamente, un zapatero cansado de hacer la comedia de la labor diurna. Esta veta de vida irregular no es desconocida en la literatura chilena; pero debe aceptarse que Manuel Rojas ha procedido, dentro de ella, con verdadera acuciosidad a dar paso en sus relatos a múltiples episodios de la existencia de los ladrones y de los bandidos. A quien no haya leído la novela conviene recordarle que Hijo de ladrón contiene magistrales capítulos dedicados a contar que el padre, ladrón como ya dice el título, aparece y desaparece con el sigilo felino, la prontitud y la esquivez propias de tan riesgoso oficio...

Algunos de los cuentos de Manuel Rojas no han sido, naturalmente, vividos u observados en persona por él. «Oro en el Sur» desde luego le fue narrado al cuentista por el pintor Julio Ortiz de Zárate, que en compañía de su hermano Manuel vivió efectivamente aquella aventura del hallazgo de oro en Putú, que por algunas semanas resucitó en Chile la impresión de prodigio causada por las noticias del oro de California en el siglo anterior. En el cuento, además, aparece el padre de los expedicionarios, el compositor musical Eliodoro Ortíz de Zárate, quien fomenta la aventura de sus hijos diciéndoles: «Apenas termine un vals que estoy escribiendo, les daré la plata». Pero el relato de Julio Ortiz de Zárate fue tan eficaz, que «Oro en el Sur», con el poco aliño literario de que es responsable Manuel Rojas, queda como un cuento excelente. De otro, «El bonete maulino», existe también una fuente conocida y respetable: «El autor confiesa que se lo ha oído contar repetidas veces a la madre, cuya entonación chilena cree advenir todavía en la última parte del texto», afirma el prologuista ya mencionado, Enrique Espinoza.

En términos generales, pues, para dar fin a estas líneas, puede aseverarse que Manuel Rojas no es sólo gran novelista, como ya aceptaron los editores extranjeros que han publicado versiones de su Hijo de ladrón, sino también excelente cuentista, y en cualquier fecha próxima comiencen a dar sus producciones breves traducidas a los mismos idiomas en que ha sido vertida Hijo de ladrón y aún a otros. El despejo para narrar, la sencillez de la psicología de los personajes escogidos, la chistosa amenidad, son valores que no abundan con exceso en el cuento chileno y que el público busca con ahínco. No podría decirse de este autor que es un escritor humorístico en el sentido en que lo es, por ejemplo Mark Twain; pero hay chiste subyacente en casi todas sus producciones, y en algunas la risa se obtiene con facilidad extrema, gracias a los resortes que para provocarla pone en obra Manuel Rojas.

También se da en los cuentos de Rojas algo que conquista la adhesión de los lectores: todos esos relatos parecen vividos, de todos se podría asegurar que son auténticos, ya que en ellos queda a la vista, a poco que se lea, la sinceridad con que fueron observados. No hay trampa, y la emoción corre despejadamente desde la pluma del narrador hasta el corazón de quien lee. Y eso, dígase lo que se quiera, es maestría de artista. Manuel Rojas se gradúa con nota eximia en el conjunto de la literatura chilena y es por ello perfectamente digno del Premio Nacional que le fue otorgado hace dos años.

Revista Hispánica Moderna. Año 27, N° 3/4 (Jul. - Oct., 1961), pp. 325-328

El vaso de leche, Manuel Rojas

Afirmado en la barandilla de estribor, el marinero parecía esperar a alguien. Tenía en la mano izquierda un envoltorio de papel blanco, manchado de grasa en varias partes. Con la otra mano atendía la pipa.

Entre unos vagones apareció un joven delgado; se detuvo un instante, miró hacia el mar y avanzó después, caminando por la orilla del muelle con las manos en los bolsillos, distraído o pensando.

Cuando pasó frente al barco, el marinero le gritó en inglés:

-I say; look here! (¡Oiga, mire!)

El joven levantó la cabeza y, sin detenerse, contestó en el mismo idioma:

-Hallow! What? (¡Hola! ¡Qué?)

-Are you hungry? (¿Tiene hambre?)

Hubo un breve silencio, durante el cual el joven pareció reflexionar y hasta dio un paso más corto que los demás, como para detenerse; pero al fin dijo, mientras dirigía al marinero una sonrisa triste:

-No, I am not hungry! Thank you, sailor. (No, no tengo hombre. Muchas gracias, marinero.)

-Very well. (Muy bien.)

Sacose la pipa de la boca el marinero, escupió y colocándosela de nuevo entre los labios, miró hacia otro lado. El joven, avergonzado de que su aspecto despertara sentimientos de caridad, pareció apresurar el paso, como temiendo arrepentirse de su negativa.

Un instante después un magnífico vagabundo, vestido inverosímilmente de harapos, grandes zapatos rotos, larga barba rubia y ojos azules, pasó ante el marinero, y éste, sin llamarlo previamente, le gritó:

-Are you hungry?

No había terminado aún su pregunta cuando el atorrante, mirando con ojos brillantes el paquete que el marinero tenía en las manos, contestó apresuradamente:Modelos Anatomía

-Yes, sir, I am very hungry! (Sí, señor, tengo harta hambre.)

Sonrió el marinero. El paquete voló en el aire y fue a caer entre las manos ávidas del hambriento. Ni siquiera dio las gracias y abriendo el envoltorio calentito aún, sentose en el suelo, restregándose las manos alegremente al contemplar su contenido. Un atorrante de puerto puede no saber inglés, pero nunca se perdonaría no saber el suficiente como para pedir de comer a uno que hable ese idioma.

El joven que pasara momentos antes, parado a corta distancia de allí, presenció la escena.

Él también tenía hambre. Hacía tres días justos que no comía, tres largos días. Y más por timidez y vergüenza que por orgullo, se resistía a pararse delante de las escalas de los vapores, a las horas de  comida, esperando de la generosidad de los marineros algún paquete que contuviera restos de guisos y trozos de carne. No podía hacerlo, no podría hacerlo nunca. Y cuando, como es el caso reciente, alguno le ofrecía sus sobras, las rechazaba heroicamente, sintiendo que la negativa aumentaba su hambre.

Seis días hacía que vagaba por las callejuelas y muelles de aquel puerto. Lo había dejado allí un vapor inglés procedente de Punta Arenas, puerto en donde había desertado de un vapor en que servía como muchacho de capitán. Estuvo un mes allí, ayudando en sus ocupaciones a un austriaco pescador de centollas, y en el primer barco que pasó hacia el norte embarcose ocultamente. Lo descubrieron al día siguiente de zarpar y enviáronlo a trabajar en las calderas. En el primer puerto grande que tocó el vapor lo desembarcaron, y allí quedó, como un fardo sin dirección ni destinatario, sin conocer a nadie, sin un centavo en los bolsillos y sin saber trabajar en oficio alguno. Mientras estuvo allí el vapor, pudo comer, pero después… La ciudad enorme, que se alzaba más allá de las callejuelas llenas de tabernas y posadas pobres, no le atraía; parecíale un lugar de esclavitud, sin aire, oscura, sin esa grandeza amplia del mar, y entre cuyas altas paredes y calles rectas la gente vive y muere aturdida por un tráfago angustioso.

Estaba poseído por la obsesión del mar, que tuerce las vidas más lisas y definidas como un brazo poderoso una delgada varilla. Aunque era muy joven había hecho varios viajes por las costas de América del Sur, en diversos vapores, desempeñando distintos trabajos y faenas, faenas y trabajos que en tierra casi no tenían explicación.

Después que se fue el vapor anduvo, esperando del azar algo que le permitiera vivir de algún modo mientras volvía a sus canchas familiares; pero no encontró nada. El puerto tenía poco movimiento y en los contados vapores en que se trabajaba no lo aceptaron.

Ambulaban por allí infinidad de vagabundos de profesión; marineros sin contrata, como él, desertados de un vapor o prófugos de algún delirio; atorrantes abandonados al ocio, que se mantienen de no se sabe qué, mendigando o robando, pasando los días como las cuentas de un rosario mugriento, esperando quién sabe qué extraños acontecimientos, o no esperando nada, individuos de las razas y pueblos más exóticos y extraños, aun de aquellos en cuya existencia no se cree hasta no haber visto un ejemplar.

*

Al día siguiente, convencido de que no podría resistir mucho más, decidió recurrir a cualquier medio para procurarse alimentos.Explorar Menús

Caminando, fue a dar delante de un vapor que había llegado la noche anterior y que cargaba trigo. Una hilera de hombres marchaba, dando la vuelta, al hombro los pesados sacos, desde los vagones, atravesando una planchada, hasta la escotilla de la bodega, donde los estibadores recibían la carga. Estuvo un rato mirando hasta que atreviose a hablar con el capataz, ofreciéndose. Fue aceptado y animosamente formó parte de la larga fila de cargadores.

Durante el tiempo de la jornada trabajó bien; pero después empezó a sentirse fatigado y le vinieron vahídos, vacilando en la planchada cuando marchaba con la carga al hombro, viendo a sus pies la abertura formada por el costado del vapor y el murallón del muelle, en el fondo de la cual, el mar, manchado de aceite y cubierto de desperdicios, glogloteaba sordamente.

A la hora de almorzar hubo un breve descanso y en tanto que algunos fueron a comer en los figones cercanos y otros comían lo que habían llevado, él se tendió en el suelo a descansar, disimulando su hambre.

Terminó la jornada completamente agotado, cubierto de sudor, reducido ya a lo último. Mientras los trabajadores se retiraban, se sentó en unas bolsas acechando al capataz, y cuando se hubo marchado el último acercose a él y confuso y titubeante, aunque sin contarle lo que le sucedía, le preguntó si podían pagarle inmediatamente o si era posible conseguir un adelanto a cuenta de lo ganado.

Contestole el capataz que la costumbre era pagar al final del trabajo y que todavía sería necesario trabajar el día siguiente para concluir de cargar el vapor. ¡Un día más! Por otro lado, no adelantaban un centavo.

-Pero -le dijo-, si usted necesita, yo podría prestarle unos cuarenta centavos… No tengo más.

Le agradeció el ofrecimiento con una sonrisa angustiosa y se fue. Le acometió entonces una desesperación aguda. ¿Tenía hambre, hambre, hambre! Un hambre que lo doblegaba como un latigazo; veía todo a través de una niebla azul y al andar vacilaba como un borracho. Sin embargo, no había podido quejarse ni gritar, pues su sufrimiento era obscuro y fatigante; no era dolor, sino angustia sorda, acabamiento; le parecía que estaba aplastado por un gran peso. Sintió de pronto como una quemadura en las entrañas, y se detuvo. Se fue inclinando, inclinando, doblándose forzadamente y creyó que iba a caer. En ese instante, como si una ventana se hubiera abierto ante él, vio su casa, el paisaje que se veía desde ella, el rostro de su madre y el de sus hermanos, todo lo que él quería y amaba apareció y desapareció ante sus ojos cerrados por la fatiga… Después, poco a poco, cesó el desvanecimiento y se fue enderezando, mientras la quemadura se enfriaba despacio. Por fin se irguió, respirando profundamente. Una hora más y caería al suelo.

Apuró el paso, como huyendo de un nuevo mareo, y mientras marchaba resolvió ir a comer a cualquier parte, sin pagar, dispuesto a que lo avergonzaran, a que le pegaran, a que lo mandaran preso, a todo; lo importante era comer, comer, comer. Cien veces repitió mentalmente esta palabra; comer, comer, comer, hasta que el vocablo perdió su sentido, dejándole una impresión de vacío caliente en la cabeza.Explorar Menús

No pensaba huir; le diría al dueño: “Señor, tenía hambre, hambre, hambre, y no tengo con qué pagar… Haga lo que quiera”.

Llegó hasta las primeras calles de la ciudad y en una de ellas encontró una lechería. Era un negocio muy claro y limpio, lleno de mesitas con cubiertas de mármol: Detrás de un mostrador estaba de pie una señora rubia con un delantal blanquísimo.

Eligió ese negocio. La calle era poco transitada. Habría podido comer en uno de los figones que estaban junto al muelle, pero se encontraban llenos de gente que jugaba y bebía.

En la lechería no había sino un cliente. Era un vejete de anteojos, que con la nariz metida entre las hojas de un periódico, leyendo, permanecía inmóvil, como pegado a la silla. Sobre la mesita había un vaso de  leche a medio consumir. Esperó que se retirara, paseando por la acera, sintiendo que poco a poco se le encendía en el estómago la quemadura de antes, y esperó cinco, diez, hasta quince minutos. Se cansó y parose a un lado de la puerta, desde donde lanzaba al viejo una miradas que parecían pedradas.

¿Qué diablos leería con tanta atención! Llegó a imaginarse que era un enemigo suyo, quien, sabiendo sus intenciones, se hubiera propuesto entorpecerlas. Le daban ganas de entrar y decirle algo fuerte que le obligara a marcharse, una grosería o una frase que le indicara que no tenía derecho a permanecer una hora sentado, y leyendo, por un gasto reducido.

Por fin el cliente terminó su lectura, o por lo menos, la interrumpió. Se bebió de un sorbo el resto de leche que contenía el vaso, se levantó pausadamente, pagó y dirigiose a la puerta. Salió; era un vejete encorvado, con trazas de carpintero o barnizador.

Apenas estuvo en la calle, afirmose los anteojos, metió de nuevo la nariz entre las hojas del periódico y se fue, caminando despacito y deteniéndose cada diez pasos para leer con más detenimiento.

Esperó que se alejara y entró. Un momento estuvo parado a la entrada, indeciso, no sabiendo dónde sentarse; por fin eligió una mesa y dirigiose hacia ella; pero a mitad de camino se arrepintió, retrocedió y tropezó en una silla, instalándose después en un rincón.

Acudió la señora, pasó un trapo por la cubierta de la mesa y con voz suave, en la que se notaba un dejo de acento español, le preguntó:

-¿Qué se va a servir?

Sin mirarla, le contestó:

-Un vaso de leche.Menaje cocina

-¿Grande?

-Sí, grande.

-¿Solo?

-¿Hay bizcochos?

-No; vainillas.

-Bueno, vainillas.

Cuando la señora se dio vuelta, él se restregó las manos sobre las rodillas, regocijado, como quien tiene frío y va a beber algo caliente. Volvió la señora y colocó ante él un gran vaso de leche y un platito lleno de vainillas, dirigiéndose después a su puesto detrás del mostrador. Su primer impulso fue beberse la leche de un trago y comerse después las vainillas, pero en seguida se arrepintió; sentía que los ojos de la mujer lo miraban con curiosidad. No se atrevía a mirarla; le parecía que, al hacerlo, conocería su estado de ánimo y sus propósitos vergonzosos y él tendría que levantarse e irse, sin probar lo que había pedido.

Pausadamente tomó una vainilla, humedeciola en la leche y le dio un bocado; bebió un sorbo de leche y sintió que la quemadura, ya encendida en su estómago, se apagaba y deshacía. Pero, en seguida, la realidad de su situación desesperada surgió ante él y algo apretado y caliente subió desde su corazón hasta la garganta; se dio cuenta de que iba a sollozar, a sollozar a gritos, y aunque sabía que la señora lo estaba mirando no pudo rechazar ni deshacer aquel nudo ardiente que le estrechaba más y más. Resistió, y mientras resistía comió apresuradamente, como asustado, temiendo que el llanto le impidiera comer. Cuando terminó con la leche y las vainillas se le nublaron los ojos y algo tibio rodó por su nariz, cayendo dentro del vaso. Un terrible sollozo lo sacudió hasta los zapatos.

Afirmó la cabeza en la manos y durante mucho rato lloró, lloró con pena, con rabia, con ganas de llorar, como si nunca hubiese llorado.

*

Inclinado estaba y llorando, cuando sintió que una mano le acariciaba la cansada cabeza y que una voz de mujer, con un dulce acento español, le decía:Modelos Anatomía

-Llore, hijo, llore…

Una nueva ola de llanto le arrasó los ojos y lloró con tanta fuerza como la primera vez, pero ahora no angustiosamente, sino con alegría, sintiendo que una gran frescura lo penetraba, apagando eso caliente que le había estrangulado la garganta. Mientras lloraba pareciole que su vida y sus sentimientos se limpiaban como un vaso bajo un chorro de agua, recobrando la claridad y firmeza de otros días.

Cuando pasó el acceso de llanto se limpió con su pañuelo los ojos y la cara, ya tranquilo. Levantó la cabeza y miró a la señora, pero ésta no le miraba ya, miraba hacia la calle, a un punto lejano, y su rostro estaba triste. En la mesita, ante él, había un nuevo vaso de  leche y otro platillo colmado de vainillas; comió lentamente, sin pensar en nada, como si nada le hubiera pasado, como si estuviera en su casa y su madre fuera esa mujer que estaba detrás del mostrador.

Cuando terminó ya había oscurecido y el negocio se iluminaba con una bombilla eléctrica. Estuvo un rato sentado, pensando en lo que le diría a la señora al despedirse, sin ocurrírsele nada oportuno.

Al fin se levantó y dijo simplemente:

-Muchas gracias, señora; adiós…

-Adiós, hijo… -le contestó ella.

Salió. El viento que venía del mar refrescó su cara, caliente aún por el llanto. Caminó un rato sin dirección, tomando después por una calle que bajaba hacia los muelles. La noche era hermosísima y grandes estrellas aparecían en el cielo de verano.

Pensó en la señora rubia que tan generosamente se había conducido e hizo propósitos de pagarle y recompensarla de una manera digna cuando tuviera dinero; pero estos pensamientos de gratitud se desvanecían junto con el ardor de su rostro, hasta que no quedó ninguno, y el hecho reciente retrocedió y se perdió en los recodos de su vida pasada.

De pronto se sorprendió cantando algo en voz baja. Se irguió alegremente, pisando con firmeza y decisión.

Llegó a la orilla del mar y anduvo de un lado para otro, elásticamente, sintiéndose rehacer, como si sus fuerzas interiores, antes dispersas, se reunieran y amalgamaran sólidamente.

Después la fatiga del trabajo empezó a subirle por las piernas en un lento hormigueo y se sentó sobre un montón de bolsas.

Miró el mar. Las luces del muelle y las de los barcos se extendían por el agua en un reguero rojizo y dorado, temblando suavemente. Se tendió de espaldas, mirando el cielo largo rato. No tenía ganas de pensar, ni de cantar, ni de hablar. Se sentía vivir, nada más.

Hasta que se quedó dormido con el rostro vuelto hacia el mar.

FIN

El Mercurio, Chile, 1927

martes, 13 de octubre de 2026

Jorge Luis Borges: The unending gift

Un pintor nos prometió un cuadro.
Ahora, en New England, sé que ha muerto. Sentí, como otras veces, la tristeza de comprender que somos como un sueño.
Pensé en el hombre y en el cuadro perdidos.
(Sólo los dioses pueden prometer, porque son inmortales.)
Pensé en un lugar prefijado que la tela no ocupará.
Pensé después: si estuviera ahí, sería con el tiempo una cosa más, una cosa, una de las vanidades o hábitos de la casa; ahora es ilimitada, incesante, capaz de cualquier forma y cualquier color y no atada a ninguno.
Existe de algún modo. Vivirá y crecerá como una música y estará conmigo hasta el fin. Gracias, Jorge Larco.
(También los hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo inmortal.)


En Elogio de la sombra (1969)
 

lunes, 28 de septiembre de 2026

En Nueva York con Sherwood Anderson, crónica de María Luisa Bombal

A sesenta años de su muerte, recordamos al célebre escritor norteamericano en las palabras de una joven María Luisa Bombal, quien, atraída por el genio de este autor,
quiso entrevistarlo en Nueva York.


Encontrarse de pronto con que una ciudad encaja dentro de su leyenda es, desde luego, una emocionante sorpresa. Pero si llega, como Nueva York, a sobrepasar su leyenda, con qué infinito bienestar se mueve uno por ella.

En Nueva York no hay rascacielos. Quiero decir lo que nosotros entendemos por rascacielos: un edificio descomunal e indiscreto como un grito. (...) Manhattan está toda construida a una misma escala, sin nada que sobresalga, sin nada que pretenda pujar, como un desafío a la lógica y a las leyes de la armonía. (...)

Nueva York es la ciudad del silencio. Porque Nueva York, la ciudad en donde transitan y se entrechocan todas las razas, donde se hablan todas las lenguas, la ciudad del movimiento, de las aglomeraciones es una ciudad... silenciosa. Los límites de su silencio comienzan en los muelles adonde la aduana canaliza y distribuye el aporte humano de varios vapores a un tiempo. De entrada, la ciudad impone natural y automáticamente la más elegante de las disciplinas: el silencio. Y también la ciudad del orden es la ciudad de la simpatía y el respeto al prójimo. Los americanos parecen haber comprendido mejor que nadie que la civilización consiste ante todo en un pacto y una transacción. Un pacto consigo mismo, con la parte subversiva de sí mismo, y un pacto y una transacción con los demás. (...)

Nueva York es una ciudad poética. Allí no se ha perdido el impulso imaginativo, sentimental o "feérico", porque se ha ganado en organización y en practicismo. (...)

Cuando dije que quería conocer a Sherwood Anderson hubo sonrisas irónicas, exclamaciones escépticas: "¿Sherwood Anderson? Nunca ve a nadie. ¡Es inaccesible! Hay que entenderse con su editor".

Sin embargo, fue W.W. Norton, que no es el editor de Sherwood Anderson, quien me consiguió, rápida y gentilmente, la entrevista que solicitaba. Mrs. Sherwood Anderson me llamó al hotel una mañana y me citó para esa misma tarde a las 16.

A bordo ya había preparado, con la inexperiencia de una periodista de ocasión, una serie de preguntas pomposas con las que me proponía poner al descubierto "el espíritu del escritor americano"; a saber:
a) ¿Tiene, según usted, derecho el escritor a aislarse, a permanecer ajeno a los problemas sociales, a no tomar parte activa en la política?
b) ¿Qué escritores, qué literatura, qué tendencias han ejercido según usted influencias en su propia literatura?
c) ¿Qué opina usted de la América del Sur, de su cultura, cuáles pueden ser nuestras afinidades intelectuales con los Estados Unidos, etcétera?

Pero Sherwood Anderson vino a abrirme en persona la puerta de su casa, un espacioso estudio de altos vitrales. Esta recepción tan poco solemne no estaba en mis cálculos. Sin embargo, sin inmutarme me puse a observar con curiosidad alrededor mío. Sherwood Anderson me advirtió sonriente: "No se dé tanto trabajo. Este estudio no es mío. Nos lo ha prestado una amiga mientras estamos aquí. Nosotros vivimos en el campo. En Virginia". Y sin más preámbulos me presentó a su señora, una graciosa americana tan inteligente como tranquila. A pesar de todo, y para no dejar de cumplir con lo que yo consideraba mi deber de periodista formulé la primera pregunta.

- ¿Tiene, según usted, el escritor derecho a aislarse, a no tomar parte activa en la política? Sherwood Anderson me miró gravemente un instante. - Oh sí; si es que puede.

- ¿Cómo es posible que no haya concurrido un solo escritor americano a las sesiones del P.E.N. Club? - traicionando desde luego mi programa.

- Oh, sabe usted, a nosotros los escritores americanos no nos gusta hablar tanto y tanto. Preferimos escribir cada cual en su rincón: mal o bien, pero escribir.

Y Sherwood Anderson sonrió con simpatía y con un poco de cansancio.

La ocasión me pareció buena para sincerarme:

- Francamente (no pude menos que decirle) no tengo pasta de periodista.
Sherwood Anderson. ¡Qué parecido es usted a Sherwood Anderson!

Porque el autor de Poor White y de Death in the woods era realmente igual a la idea que nos hacemos de él: varonil, franco, canoso, de una seriedad tan alegre, de una inteligencia accesible y serena. La señora de Anderson trajo "whisky". Ella y su marido me mostraron luego el jardincito sobre el que se abría el estudio, luego el estudio y los cuadros de la amiga, y sonriendo con benevolencia de mis entusiasmos, me hicieron a su vez preguntas.

Pero fue a mí a quien tocó sonreír cuando Sherwood Anderson manifestó su sorpresa ingenua a la par que cierta incredulidad de que en la América del Sur pudieran conocer sus libros.

- ¿Cómo? ¿En qué idioma? ¡En inglés!

- Sí, en inglés o en traducciones al francés y al español también.

- ¿Así es que en la América del Sur saben que yo existo? ¡Qué raro! ¡Qué maravilla! (...)

"América del Sur, América del Sur", repetía, mientras me acompañaba hasta la puerta.

Al día siguiente me mandó una carta de la que transcribo aquí algunos renglones.
"Se está hablando mucho de la necesidad para todos nosotros, en nuestras dos Américas, de tratar de conocernos mejor los unos a los otros. Creo que esto debiera emprenderse comenzando por la traducción y publicación aquí de vuestros novelistas y poetas. En estos momentos existe, sin duda alguna, un gran interés por la América del Sur. Me atrevo a afirmar que no es sólo un interés de orden comercial; hay en este interés una especie de sentimiento nuevo. Algo terrible parece haberse apoderado del Viejo Mundo. Ya no podemos seguir tomando nuestros impulsos culturales de allí. Algo está allí corrompido".

Como invitada al congreso de los P.E.N. clubs, no pudo menos que impresionarme profundamente la última frase de su carta. Todos los escritores europeos que frecuentaba en las sesiones y en los viajes sólo me parecían preocupados en vigilar sus derechos de autor. Yo los observaba moverse en ese maravilloso país. Los intelectuales europeos vienen a América a ver América según se les ha antojado a ellos qué es América, me decía. Tienen miedo de ver las cosas limpia y sinceramente, sin prejuicios ni lugares comunes. Parecería que temiesen recoger nuevas impresiones, ver nuevos paisajes, como si cada nuevo elemento, en lugar de enriquecerlos, fuera a romper el equilibrio precario de sus parsimoniosas vidas intelectuales.

¡Qué distinto fue, en cambio, el gran paseo a que nos invitó en su coche Sherwood Anderson para mostrarnos algunos aspectos de Nueva York! China Town, Harlem, donde cada espectáculo y cada tipo de negro entusiasmaban a Sherwood como si los estuviera viendo con nosotros por primera vez. A la vuelta de una calle un negro muy elegante y deportivo se bajó de su automóvil y vino a reprender a Sherwood, que manejaba deplorablemente. El más ilustre de los escritores americanos escuchó con atención y expresión suave el discurso, por lo demás bastante insolente, del "gentleman" de color, y poco faltó para que se excusara.

- Jamás un negro se atreve a interpelar así a un americano - intercedió alguien. Ha sido usted demasiado indulgente.

Anderson sonrió y explicó.
- Si hubiera sido un blanco, no respondo de lo que hubiera pasado, pero a un negro mejor es dejarle la ilusión de sus derechos.

Como la mayor parte de los intelectuales americanos, Sherwood Anderson ama a los negros: un amor hecho de curiosidad y a la vez de prudente e inteligente admiración.

Después fue Wall Street y los "docks", la ciudadela industrial de Nueva York. Y entre los bancos y las centrales de grandes compañías comerciales, la iglesia de la Trinidad, negra y esbelta, rodeada del apacible y abierto cementerio, y el gran revuelo de las palomas en las estrechas calles empinadas. (...)

Durante el trayecto de vuelta, Sherwood Anderson, con un entusiasmo y una sencillez sin límites, me habló del libro que estaba escribiendo, del capítulo que acaba de resolver esa misma tarde, antes de venir a buscarnos. Me preguntaba casi mi opinión. (...)

Por la noche tuvo lugar el banquete solemne con que fueron cerradas las sesiones del congreso de los P.E.N. clubs. Ochocientas personas, pero muy pocos escritores americanos. Negrín estaba sentado en la mesa cabecera. El día anterior había llegado de España. Algunos sudamericanos lo mirábamos ingenuamente emocionados, conmovidos por el drama que significaría para él tener que sentarse vestido de frac a una mesa, por demás literario y elegante, al día siguiente de una capitulación tan dolorosa. No fue lo mismo cuando al final del banquete accedió a tomar la palabra y con la copa en la mano bromeó sobre su mala dicción inglesa, habló de la belleza de los rascacielos, etcétera. Entonces su resignación nos pareció un tanto exagerada.

Pero la noche nos tenía reservadas otras sorpresas: Pearl Buck nos habló breve y sobriamente de la China destrozada, y luego... luego se levantó y habló la China misma en la persona del ilustre escritor Lin Yutang; habló esta vez con la alegría y la verbosidad de un "speaker" de radio.

No sé qué pensaría en ese momento Pearl Buck. Por mi parte, mientras volvía al hotel, la frase de Sherwood Anderson me resonaba en los oídos:
- Algo terrible parece haberse apoderado del viejo mundo. No podemos ya seguir tomando nuestros impulsos culturales allí. Algo está allí corrompido.

Publicado en "El Mercurio", 5 de noviembre de 1939
 

jueves, 24 de septiembre de 2026

Larga vida y ancho amor a la crónica

Soy periodista, entré a la escritura por la puerta de la no-ficción. Primero columnas de opinión, que pensé como mini-ensayos que mezclaban filosofía política con autobiografía y cultura pop. Después, crónica, que es cuando el periodismo conoce a la literatura. Una crónica es un reportaje contado con maestría. En la universidad, descubrí la crónica leyendo A Sangre Fría en clases de redacción, las historias de Martín Caparrós en la clase de Antropología y las vivencias maricuecas de Lemebel en la especialización de Cultura. Luego, seguir a ciegas pero con esperanza las huellas hacia el patíbulo de Julius Fučík (que no dejó de escribir hasta el día en que los nazis lo colgaron de la horca), la matanza del seguro obrero según el patasdeperro de Carlos Droguett, la bomba atómica polifónica y coral de John Hersey, el náufrago colombiano y Miguel Littin clandestino en Chile según García Márquez, las desgarradoras cartas a sus amigos montoneros, a su hija montonera asesinada, que escribió Rodolfo Walsh, las historias radiofónicas recolectadas por el gringo Paul Auster. Un inspirador y hediondo a testosterona panel de hombres. Hasta que Svetlana Aléxievich gana el Premio Nobel. Y aprendo que crónica también es arder en preguntas para tu abuela.

Mis maestros directos: Juan Pablo Meneses. En 2014 participé de un taller de crónica con él en la Biblioteca Nacional. Ahí conocí a Paulina Flores y a Cristóbal Gaete. Éramos tan jóvenes, éramos doce años atrás. Meneses me muestra el trabajo de Gabriela Wiener, de Alma Guillermo Prieto, de Leila Guerriero. Y ellas me llevan a Hebe Uhart, a Mariana Enríquez. Tomo un taller con la argentina Josefina Licitra en Santiago y en el delirio escritural postulo a un taller de la Fundación Para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, la escuela donde todos los periodistas jóvenes latinoamericanos queremos estudiar. Me aceptan, me voy a Nicaragua a un taller con Alberto Salcedo Ramos. En Managua llueve largo y con calor, no hay transporte público de noche, aprendo nuevas formas de transpirar. En una semana me voy a reportear a la selva sobre una escuela de rehabilitación para machistas, historia que nunca logro concluir; me compro la poesía completa de Rubén Darío y un libro de Gioconda Belli, que ella me firma en persona sin yo tener idea de la autoraza guerrillera que tenía en frente. El viaje lo corona una cena en casa del cuiquísmo Sergio Ramírez, donde termino tomándome una selfie con Ernesto Cardenal.

Como cronista, en ese entonces, escribo incendiarias columnas, que se publican en Noesnalaferia, un blog inventado por periodistas de la Chile. Cumplo mi sueño de colaborar en The Clinic, una revista donde escribe gente que me gusta leer. Me publican entrevistas y notas breves. Más tarde, trabajo un año en una crónica sobre una dueña de casa que trabaja cazando concursos de Facebook, texto que obtiene un premio latinoamericano y con el que estoy bastante satisfecha. Luego me voy a Arica y a la selva peruana a perseguir otra historia que si bien termino nunca logro publicar. Lo bueno es que en Perú descubro al Inca Garcilazo de la Vega y a Poma de Ayala Felipe Guaman.

Conclusiones: Periodismo y crónica no son lo mismo. Como son distintos escribir que ser poeta. Escribir bien lo puede hacer cualquiera, la poesía, gentecita, eso se entrena leyendo, se cultiva escribiendo, se cosecha batallando. Cuando la poesía te cuenta una historia larga basada en datos duros, eso es la crónica, eso es literatura de no ficción. Eso es La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Los Fusileros, de Juan Cristóbal Peña. Chicas muertas, de Selva Almada. El empampado Riquelme, de Francisco Mouat. 

García Márquez dijo que la crónica es un cuento que pasó de verdad. John Lee Anderson, que escribir crónica es como componer una sinfonía fantástica. Leila Guerriero, que una crónica es un documental hecho con palabras. Federico Bianchini, que el cronista trabaja con el lenguaje para que el lector no vea letras sobre el papel sino personajes actuando. Y alguien que podría ser Gay Talese, que la crónica se alimenta de las corrientes subterráneas de la ficción. Es decir, tomar todas las estrategias narrativas que hemos conversado en el taller y aplicarlas para relatar una anécdota factual.

En la bibliografía de hoy encuentran dos ejemplos para entrar a la crónica. La implacable primera persona propia y la delicada primera persona del otro. Una es heredera del gringo Hunter S. Thompson y éste, de los beats. Toda la obra de Gabriela Wiener es así, literatura del yo. El segundo caso es el de Svetlana Alexévich, que enseña a escuchar cómo habla la gente y a encontrar en tu aldea el espejo de la violencia universal.