lunes, 3 de agosto de 2026

“Experimento Bolaño”: La historia de su casa de infancia en Quilpué que busca convertirse en patrimonio

 


A casi 20 años de su muerte, el colectivo Monumentos Incómodos acaba de presentar una solicitud al Ministerio de las Culturas para declarar Monumento Histórico el antiguo inmueble ubicado en el barrio El Retiro de Quilpué, en la V Región, donde el escritor chileno y autor de Los detectives salvajes vivió entre 1960 y 1964. Allí estudió en la escuela pública donde trabajaba su madre, vio entrenar a la selección brasileña de fútbol en pleno Mundial del 62, trabajó cortando boletos de micro y aprendió a montar a caballo con su padre, episodio que después narró en uno de sus relatos más célebres. Nunca volvió a la llamada Ciudad del Sol en sus visitas al país en 1998 y 1999, aseguran amigos y cercanos, pero sí estuvo en su radar hacia el abrupto final de su vida, cuando Bolaño barajó la idea de volver a Chile.

Se reunieron una noche en el bar del hotel. Estaban los dos de paso por Bruselas, invitados junto a otros autores a participar de unas jornadas dedicadas a la literatura chilena post dictadura que organizaban universidades belgas y la embajada de Chile en dicho país. Era enero del 2002 y el poeta Jaime Quezada se reencontraba tras un par de años con su viejo amigo de juventud, Roberto Bolaño. No imaginó, recalca hasta hoy, que se trataría del último encuentro entre ambos.

“Roberto venía de su Blanes catalán y yo de mi Santiago de Chile. Pero tan pronto concluyó por la mañana su ponencia (en verdad, más que una ponencia una lesa y provocativa intervención oral sobre su mala experiencia con la literatura chilena: de los Coloane a los Donoso), desapareció por la tarde por arte de magia o de birlibirloque. Nadie lo vio más”, contó Quezada a El Universal de México, en 2015.

“La noche anterior, sin embargo, habíamos estado conversando largamente en el bar del hotel (‘entre nos’ -me dijo-, estoy barajando la idea de irme a Chile, deberías averiguarme cuánto cuesta vivir en Quilpué), mientras yo bebía mi doble vaso de ginebra y él un fresco de maracuyá morada, saliendo a ratos al lobby para fumar su nunca último cigarrillo. Fue también mi último y final encuentro con un Roberto Bolaños Ávalos que, después de todo, seguía llevando en su memoria aquel Quilpué de los tiempos de su infancia”, añadió el también autor de Bolaño antes de Bolaño (2007).

En su libro, Quezada ahondó en su amistad con el autor Los detectives salvajes, a quien conoció en México a comienzos de los 70. Allí vivió junto a su familia durante dos años, y luego lo recibió en su casa en Santiago, en la comuna de La Cisterna, a dos semanas del Golpe de Estado, cuando Bolaño volvió con la idea de sumarse al proyecto de la Unidad Popular y fue detenido ocho días en una comisaría en Concepción. Fueron yuntas y cómplices hasta el final de su vida.

Un año después de ese último encuentro en Bruselas, el 15 de julio de 2003, Roberto Bolaño falleció en la espera de un trasplante de hígado en Barcelona. Su abrupta y temprana muerte, a los 50 años, y la publicación, solo meses más tarde, de su póstuma novela 2666, convirtieron rápidamente su nombre en un mito de la literatura contemporánea a la par de una figura tan respetada como resistida al interior del panorama literario local.

“Nunca hice averiguaciones por aquello de ‘cuánto costaría vivir en Quilpué’”, cuenta hoy Quezada a The Clinic: “Y aunque Roberto lo decía desde el alma, me pareció una graciosa quimera que bien revelaba ese país de la infancia que iba en él. Más bien imaginación, ficción, presencia del lejano lugar que fue, literatura íntima y emocional presente en ese ‘entre nos’. Las veces que Roberto vino a Chile no habló nunca de Quilpué ni fue a Quilpué. Sí a Los Ángeles, sí a Mulchén, y tal vez para no perder la magia sagrada de una casa-lugar donde fue feliz: la infancia. Acaso una intuitiva manera de inmortalidad más allá de su prematura muerte”.

NIÑO ROBERTO

Llegaban, cada tanto, sudorosos jóvenes mochileros, peregrinos literatos y hippies nostálgicos con alguno de sus libros enrollado entre las manos. No siempre daban con la dirección exacta pero sí con la misma referencia: una antigua casa amarilla con portón negro justo en la esquina de las calles San Enrique e Independencia, en el apacible y residencial barrio El Retiro, en la comuna de Quilpué. Los vecinos y quienes lo conocieron de niño solían decir que ahí había crecido Roberto Bolaño.

Cuando se conmemoraban diez años de su muerte, la municipalidad de la misma localidad de la V Región y la junta de vecinos del sector inauguraron una placa recordatoria en el frontis del antiguo inmueble ubicado en el Nº1890 de la calle San Enrique. En el grabado se lee lo siguiente: “En esta casa vivió, entre los años 1959 y 1964, el destacado escritor chileno Roberto Bolaño Ávalos. La comunidad de El Retiro se enorgullece de recordarlo a 10 años de su sensible fallecimiento. Quilpué, julio de 2013”.

En el terreno, que alguna vez fue una quinta, hoy hay varias construcciones interiores y un patio amplio. Casi no hay movimiento detrás de esas cortinas.

Roberto Bolaño nació el 18 de abril de 1953 en una clínica del Seguro Social, a cuadras de la avenida Recoleta de Santiago, donde además vivían sus abuelos paternos. Hijo mayor del camionero y boxeador profesional León Bolaño y de la profesora de primaria Victoria Ávalos, el niño Roberto tuvo una infancia nómada y movediza desde sus primeros meses de vida. “Yo viví en el cerro Los Placeres de Valparaíso, luego en Quilpué; en Viña; en Cauquenes, una zona llena de alcohólicos y espiritistas, (…) Biobío es la tierra de mis mayores, como diría Serrat, y el lugar donde llegó al menos la parte paterna de mi familia, a Mulchén, viví en Los Ángeles”, contó el propio Bolaño en el 2000.

A Quilpué llegó a vivir con 7 años. Creció con las radionovelas que su mamá y su abuela escuchaban por las tardes, jugando a los vaqueros en el patio de la casa y el olor del pan saliendo del horno de barro que su padre había construido.

Fue inscrito en la escuela pública Nº98, en la calle Granada, donde trabajaba su madre. “Roberto ya sabía leer desde los tres años, no nos dimos ni cuenta de cómo aprendió”, contaba esta última años atrás. De pequeño, su hijo se formó como lector y comenzó poco a poco a poblar su habitación de libros y revistas, que luego compartía con sus compañeros de curso. En el libro de notas del Cuarto año A, el alumno Roberto Bolaño destacaba más, sin embargo, en asignaturas como Artes Plásticas (promedio 7) y Caligrafía (6), que en Castellano (5) o Matemáticas (4).

“Roberto ya despuntaba como líder en el ámbito intelectual, leía más que todos los demás y no paraba de dirigir la orquesta”, comenta el director Ricardo House, autor del documental La batalla futura, filme biográfico sobre Bolaño que reconstruye distintos episodios de su vida a partir de la ruta de los lugares donde vivió. Incluido, por cierto, Quilpué. “Allí Roberto fue un niño feliz. Correteaba con sus amigos entre las vacas y era libre”, agrega House.

Otra de sus pasiones desde muy pequeño fue el fútbol, y una de sus más grandes anécdotas tuvo precisamente lugar durante ese periodo, en 1962, para el Mundial que se realizó en Chile. Tenía 9 años y Roberto Bolaño y sus amigos del barrio se enteraron de que la selección brasileña -la de Garrincha, Didí, Pelé y Zagalo- entrenaba muy cerca de su casa, en el club Retiro. “Vivía a 50 metros de donde estaba alojada la selección brasileña y vi varios partidos en el estadio Sausalito”, reveló Bolaño en una entrevista a Qué Pasa en el año 2000. La anécdota no quedaba ahí: “Recuerdo que Vavá me tiró un penal y se lo atajé. Y para mí es la mayor hazaña que he hecho”.

“Ese hecho tenía revolucionados a todos los niños del barrio. Y existen registros que lo atestiguan en las crónicas fotográficas de la época”, asegura House.

Ya más grande, Roberto comenzó a ayudar a su papá con los repartos arriba del camión y consiguió un trabajo cortando boletos de micro en la línea de buses de la ruta Quilpué-Valparaíso. Compartían también el amor por los caballos, heredado de padre a hijo. “Le regalé un caballo que traje de Magallanes. Fue una odisea, imagínate, paisano. En Quilpué teníamos una quinta y a Roberto le gustaba montar. El caballo era su regalón”, contó León Bolaño en 2007.

Roberto lo bautizó Poncho Roto, y años más tarde lo revivió en la ficción con otro nombre, Zafarrancho, en su cuento Últimos atardeceres en la Tierra de 1999. El relato narra un viaje que hicieron padre e hijo a Acapulco y retrata el ocaso de la relación entre ambos. “Cuando tenía siete años su padre le compró un caballo. ‘¿De dónde era mi caballo?’, dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se sobresalta. ‘¿Qué caballo?’, dice. ‘El que me compraste cuando yo era chico’, dice B, ‘en Chile’. ‘Ah, el Zafarrancho’, dice su padre y sonríe. ‘Era un caballo chilote, de Chiloé’”.

Tras su paso por Quilpué, Bolaño y su familia se radican en Los Ángeles, tierra natal de su padre. El resto de la historia es conocido: su huella se pierde de Chile en 1967, cuando tenía 12 años y partió a México junto a sus padres y su hermana Ximena. El matrimonio se separa y el hijo mayor se embarca en una frenética senda de poeta que lo lleva al infrarrealismo y a un camino de creación y vanguardia que adoptó como forma de vida hasta su último día.

Su paso por Quilpué quedó reducido a unas cuantas anécdotas reveladas en entrevistas o encriptadas en su obra. Ricardo House recuerda su paso por la zona hace ya más de diez años.

“Estuvimos un par de días rodando allá y los amigos de Bolaño y el presidente de los vecinos fueron amabilísimos. Se emocionaban hasta las lágrimas al leer en los periódicos que su vecino y compañero de escuela era famoso, mundialmente conocido. Parecía ser lo mejor que les pudo pasar en mucho tiempo”, comenta el cineasta. “El Retiro es un barrio que hace honor a su nombre; conocido por una enorme fábrica de fideos que ahora está en decadencia y por Bolaño. No está mal que un escritor logre que una localidad o región exista”.
“EXPERIMENTO BOLAÑO”

La ciudad española de Gerona fue la primera en homenajear a Bolaño con una calle que actualmente lleva su nombre, en 2011. Luego vino otra otorgada por el Ayuntamiento de Barcelona en 2015 y que recuerda el paso del autor de Putas asesinas y Amuleto por un humilde piso en el número 45 de la calle Tallers, en el barrio de Raval. Su casa en Quilpué, en tanto, hasta la que aún llegan curiosos lectores y viudos fanáticos de su obra, aspira ahora a convertirse en patrimonio y en un espacio de memoria, preservación y difusión de su obra como parte de una iniciativa presentada por el colectivo Monumentos Incómodos.

Integrado por especialistas de diversas áreas -abogados, arquitectos, historiadores, periodistas y artistas visuales-, el grupo se conformó en pleno estallido social y a solo días del 18 de octubre de 2019, cuando se hizo evidente el descontento popular y la intervención y remoción de ciertos monumentos públicos.

“Llamamos Monumentos Incómodos a aquellos símbolos urbanos, tales como estatuas, nombres de calle, plazas u otros elementos conmemorativos y de homenaje en el espacio público que generan sentimientos de segregación, injusticia y odio en comunidades cuyos derechos han sido violentados sistemáticamente, producto de la colonización, racismo, xenofobia, patriarcado, homofobia, entre otros, y que representan una visión única de la historia de forma tangible, en que formas de abusos y discriminación no eran sancionadas ni menos reconocidas”, se lee en el sitio web de la agrupación, que además apoya e impulsa solicitudes y declaratorias patrimoniales, como la que en marzo pasado se le otorgó a la casa de la casa de Elena Caffarena, que acaba de ser declarada Monumento Histórico por el Consejo de Monumentos Nacionales. La gestión la lideró su nieta, la historiadora Ximena Jiles, apoyada de 300 adherentes, entre las que estaban Michelle Bachelet y Elisa Loncón, además de agrupaciones feministas.

Esta semana, Monumentos Incómodos presentó una solicitud formal para declarar como Monumento Histórico la casa en Quilpué donde Roberto Bolaño creció. “La vivienda ha sido descrita por el poeta Jaime Quezada como ‘seguramente la residencia más emblemática e importante en la vida de Roberto en Chile (…). Es necesario un reconocimiento patrimonial al más universal de los novelistas chilenos, la identificación de un hito material a través del cual se pueda reconocer al intelectual y desde ahí se puedan reconocer sus propios compatriotas por generaciones”, se lee en la carta dirigida a la ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Julieta Brodsky.

El periodista Roberto Manríquez, uno de los impulsores de la propuesta, cuenta que hace algunos meses visitaron la casa y que conocieron a sus propietarios.

“Nosotros hablamos con el nieto de la dueña, ella aún vive allí. Viven ahí hace 70 años, es dueña de todo el terreno y lo que cuenta es que su esposo era el mejor amigo de León Bolaño, el padre de Roberto. Él trabajaba en la aduana y León era camionero, ahí se hicieron amigos. Fruto de esa amistad, le arrendaron la casa de adelante a él y a su familia”, cuenta Manríquez. “Sigue habiendo un vínculo emocional ahí porque se trata de las mismas personas que conocieron a Roberto de niño. La familia, a través del nieto, ha expresado su intención de querer seguir siendo los propietarios pero están de acuerdo en que la casa se preserve además como un espacio de memoria”.

Lo más complejo, considera Manríquez, es pensar en un proceso de patrimonialización que sea coherente con el pensamiento de Bolaño: “Él estaba muy lejos de esas nociones patrimoniales o patriotas. Es interesante cuando él dice: ‘Mi patria es donde están mis hijos’, entonces se vuelve una encrucijada esta idea de proteger y preservar la que fue su casa. Él puso en disputa la idea de ser de un lugar determinado, y esa es la premisa que enfrentamos a la hora de patrimonializar ese lugar. Es un experimento patrimonializar a Bolaño, tiene sus riesgos y debemos movernos según su lógica, sus propias claves; él se hubiese resistido, por ejemplo, a un concepto patrimonial como el del Litoral de los Poetas o al tratamiento que hay con la Mistral en el norte, que está mucho mejor. En cualquiera de los dos casos, seguramente lo hubiese encontrado chovinista y hubiese detestado la idea. Lo más lógico sería que el espacio fuese uno en que se estudiara y leyera y discutiera acerca de su obra”, opina.

“Nuestro punto de vista tiene que ver con observar mínimamente un lugar que abrió en un niño o en un joven una imaginación universal. Eso me parece fascinante: acercarnos a este espacio en donde él creció no para constituir un arraigo localista o nacionalista, sino para pensar el mundo o para sentirse él al mismo tiempo muy universal. Quilpué es, de alguna manera, una interioridad que mira al mundo, a propósito de estar al lado de Valparaíso. Sigue siendo una interioridad pero no ensimismada, sino una que logra verse y sentirse parte del mundo. Bolaño rompió esa antigua noción en Chile de la isla encerrada entre el mar y la cordillera. Esa tensión hace de Quilpué un lugar exquisito, y de esa casa en particular, un lugar muy especial”.

De aprobarse la declaratoria, que ya cuenta con el apoyo del Instituto de Estética de la UC, la casa de Quilpué pasaría a tener tuición del Estado, que no es propiedad, explican desde el colectivo. “Cualquier intervención debe ser consultada previamente con los dueños, como sucede con las declaratorias de los barrios patrimoniales. Estos espacios por lo general tienden a tener mayores facilidades para optar a fondos públicos nacionales e internacionales, y en caso de que los dueños quieran venderla, el primer postor es el Estado”, comenta Ivette Quezada.
NO RETORNO

Volvió 25 años después y su nombre ya resonaba en Chile. En 1998, Roberto Bolaño aceptó participar como jurado en el concurso de cuentos de la revista Paula y arribó a Santiago junto a su entonces esposa Carolina López y su hijo mayor, Lautaro. Fue recibido como visita ilustre: dio numerosas entrevistas y conferencias tras el lanzamiento de su primera novela publicada en Chile, La pista de hielo, que ya había sido publicada en España en 1993 y por la que obtuvo el premio de Narrativa Ciudad Alcalá de Henares. De lentes, chaqueta de cuero y una estela de humo, Bolaño hizo de las suyas en su regreso a un país donde se sintió a ratos incómodo y ajeno.

“Es muy duro ser escritor en un país donde no te consideran de los suyos. He sido escritor siempre en lugares que no son mi país, y aquí mismo no me considerarían chileno”, declaró durante su visita.

Meses más tarde y ya de vuelta en España, publicó un implacable texto en la desaparecida revista Ajoblanco titulado El pasillo sin salida aparente. Con desbordada ironía, su relato comenzaba con una bullada cena en casa de Diamela Eltit; a partir de ese incómodo recuerdo, Bolaño hizo un descarnado retrato, hizo rodar cabezas y barrió con toda la Nueva Narrativa Chilena. También describió la espeluznante anécdota de la escritora Mariana Callejas, esposa del agente de la DINA Michael Townley, al igual que ella, y sus excéntricos talleres literarios en la misma casa donde se cometían torturas.

“Es extraño volver a Chile, el país pasillo, pero si uno lo piensa dos y hasta tres veces, es extraño volver a cualquier parte”, decía el texto: “Las calles, en realidad, parecían las mismas de siempre. Los rostros de los chilenos también. Eso puede conducir al más mortal de los aburrimientos o la locura. Así que esta vez, para variar, me lo tomé con calma y decidí esperar los acontecimientos sentados en un sillón, que es el mejor sitio para evitar que un pasillo te sorprenda. (…) Los escritores chilenos, los que lo son y los que quieren serlo, no tienen remedio”.

Al año siguiente Bolaño regresó a Chile en calidad de rockstar y persona non grata, invitado por la Feria del Libro de Santiago. En 1999 ganó también el premio Rómulo Gallegos y el manuscrito de Los detectives salvajes había llegado a manos del editor de Anagrama Jorge Herralde y estaba a punto de llegar a librerías. Un sector de la prensa local insistió en ignorarlo: ¿A quién le ha ganado este Bolaño?, decía un titular.

La agente literaria Jovana Skarmeta llevó su agenda durante su segunda visita al país, en 1999, y recuerda el tenso ambiente que había alrededor del autor radicado en Blanes. “Yo creo que de no haber conocido a Pedro Lemebel y a Nicanor Parra, Bolaño se hubiese sentido muy solo en Chile. Con ellos se hizo muy amigo”, cuenta.

“La agenda estaba llena de cosas; entrevistas, encuentros familiares, y estaba quedándose en el departamento de Alexandra Edwards y de Marcial Cortés Monroy, en Providencia. Él era muy respetuoso con la agenda, cumplía en todo, pero a veces tenía sus salidas. Era medio estresante todo por esos días, y un día me dijo: ¿oye, y lo de Antonio Skármeta, a qué hora es?, me preguntó. Sabía que teníamos agendado algo con El show de los libros, y me insiste: ¿y va a estar él? Le dije que no, que no iba a estar, porque no siempre iba a las grabaciones. Y me dijo: ‘ah, entonces yo tampoco voy a estar’. Y no fuimos”, revela.

Sí asistió, en cambio, a la entrevista con Cristián Warnken en La belleza de pensar. Este último lo recibió con una cita de Gabriela Mistral: “País de la ausencia/ extraño país/ más ligero que ángel/y seña sutil (…) en país sin nombre/ me voy a morir”. Habló de Lihn, de sus cruces con Baudelaire y arremetió contra la escena literaria local: “La literatura es un oficio bastante miserable, practicado por gente que está convencida de que es algo magnífico. Puedo estar con veinte escritores de mi generación y todos creen que van a perdurar. Además de ser una muestra evidente de soberbia, es un acto absolutamente ignorante”, dijo entonces.

Bolaño dio también su propia lectura del verso de Mistral: “Cuando dice el país sin edad o la edad de siempre, yo creo que se refiere al país de la infancia y eso en alguna medida lo veo como algo muy cercano y como algo nada adverso, la infancia detenida. Tal vez si uno permanece en el sitio, en el lugar de la infancia, las posibilidades de ver cómo se corrompe tu infancia son mayores. En el fondo, siempre vamos a saber cómo se corrompe nuestra infancia, estemos en un sitio u otro”.

Meses después de su convulso paso por Chile, el autor publicó Nocturno de Chile, que originalmente se llamaría “Tormenta de mierda” y donde imprime su mirada del mundillo literario. En el relato aparecen personajes reales pasados por el filtro de Bolaño, como Sebastián Urrutia Lacroix, un cura Opus Dei que además es crítico, y María Canales, una agente de la Dina que organiza fiestas en su casa. 

Al año siguiente, Jovana Skarmeta volvió a llamar a Roberto Bolaño para invitarlo nuevamente a la Filsa. “Me dijo no, no puedo. Decía que le encantaría pero que no, siempre con su humor. Me escribió algo así como: los aviones se caen a veces. Hablan de que hubo una tercera visita que fue más piola, pero yo no creo que exista”, opina.

“Me parece que sí hubo una tercera. Vino, aunque de muy bajo perfil y se entrevistó con alguna gente, no conmigo. Durante ese periodo él tuvo la idea de volver a Chile, de instalarse nuevamente acá. Entiendo que, aunque la desechó rápidamente, al menos lo barajó”, asegura el escritor chileno y amigo de Bolaño, Roberto Brodsky.

“La conexión de Bolaño con Chile estuvo siempre. Es cosa de ver su obra: está cruzada por el tema chileno y siempre lo estuvo. Después de que él vino por primera vez a Chile en 1998, despertó en él la posibilidad y la idea de volver. Lo consideró, tanteó alternativas y de hecho se dio cuenta rápidamente de que eso era bastante difícil. Renunció a la idea y no sé qué lo llevó a hacerlo, o qué lo llevó a pensarlo siquiera. Me consta que acá encontró un ambiente muy cálido, muy acogedor, muy amistoso, pero que cambió de un año para otro en su segunda venida a Chile. Fue muy dura y complicada para él por lo que escribió tras su primera visita. Tuvo total desavenencia y rechazo de gran parte de la tribu literaria. Hubiese sido una locura volver en ese momento”, sostiene el también autor de Veneno, donde repasó su historia junto al autor de 2666.

Jaime Quezada revela otro antecedente: “En carta de Victoria Ávalos, la madre de Roberto, fechada en septiembre de 1995, en Figueres, Girona, España, me dice: ‘Roberto te escribirá para agradecer los libros que le enviaste. Él está bien, esperando cosas y (entre nos) barajando la idea de irse a Chile; en fin, que haga lo mejor para su futuro literario y para su hijito”.

El documentalista Ricardo House coincide: “Sin duda Bolaño masticaba la posibilidad de una vuelta a Chile. Su matrimonio no iba bien y lo pensó más de alguna vez. Pero como dice su amigo Ignacio Echevarría, era muy difícil sobre todo por el vínculo afectivo tan profundo que tenía con sus hijos”.

Bolaño nunca más volvió a Quilpué. En sus dos visitas a Chile sí viajó a Isla Negra, estuvo en Las Cruces con Nicanor Parra e incluso en Mulchén, en la tierra de sus abuelos, pero nunca más volvió a ese otro escenario de su infancia.

Hasta ahora, el colectivo Monumentos Incómodos no ha tomado contacto con la familia ni los representantes legales de los derechos de Roberto Bolaño para ponerlos al tanto de la iniciativa de patrimonializar su casa en Quilpué. “No ha llegado aún ese momento, pero sabemos que tendremos que hacerlo y que no será sencillo”, aseguran. El primer paso ya lo dieron al presentar la solicitud actualmente en manos de la ministra de las Culturas.

Roberto Brodsky valora la iniciativa y advierte: “Son excelentes esta y otras propuestas que se han querido hacer con Bolaño. Llevarlo mucho más al cine y a otras manifestaciones, lo mismo ahora con la gestión en torno a su casa. La idea me parece estupenda, pero el obstáculo es siempre el mismo”, dice.

“El antecedente que uno tiene de esto es lo que pasó con la UDP, cuando la cátedra Bolaño tuvo que cambiar de nombre y tuvo que hacerse una cátedra en homenaje a Bolaño. Cada vez que se ha tratado de hacer algo con él y con su nombre, todo intento ha sido frustrado porque hay mucho recelo en el resguardo de sus derechos, que están manejados por su viuda y la agencia (de Andrew Wylie). Por muy buenas intenciones que haya, el terreno de Bolaño está súper minado”, concluye.


jueves, 16 de julio de 2026

Es absolutamente falso, by Gabriela Mistral

Publicado en revista Mapocho, N°43, 1988

Es absolutamente falso que mi padre fuese blanco puro. Mi abuela, su madre, tenía un tipo europeo puro; su marido, mi abuelo, era menos que mestizo de tipo, era bastante indígena. La afirmación no es antojadiza. En dos retratos borrosos que tengo de él, la fisonomía es cabalmente mongólica, los Godoyes del Valle del Huasco tienen, sin saberlo, tipo igual. Digo sin saberlo porque el mestizo de Chile no sabe nunca que lo es. Quienes han visto las fotos de mi padre y que saben alguna cosa de tipos raciales no descartan ni por un momento que mi padre era un hombre de sangre mezclada.

Fue por un tiempo también director del colegio católico de Santiago San Carlos Borromeo. Dibujaba muy bien y hacía versos de una índole medio clásica, medio romántica según el gusto de la época.

El original de esos versos los conserva mi hermana.

Todas las gentes del Valle me dieron el amor de él, porque todos lo quisieron por el encanto particular que había en su conversación y por la camaradería que daba, a quien se le acercase lo mismo a los más ricos que a los pobrecitos del Valle. En mi abuela, Isabel Villanueva, a quien los curas llamaban «la teóloga» había esta misma atracción que le daba un lenguaje gracioso, criollo y tierno.

No hay tal. Me mandaron a la casa de una tía de mi madre, doña Ángela Rojas a quien mi hermana pagaba por mí una pequeña pensión. Esto duró menos de un año, porque fui expulsada de la escuela primaria superior de Vicuña a la cual había regresado.

El dato es erróneo. Dirigía esa escuela primaria superior doña Adelaida Olivares maestra ciega de casi toda su vida y madrina mía de confirmación. Era persona sobradamente religiosa y cuando en el comienzo hubo entre ella y yo la relación afectuosa que es natural entre madrina y ahijada. Pero cuando mi familia me cambió de apoderado poniéndome a vivir en la casa de una familia Palacios de religión protestante, la directora se sintió muy molesta y me retiró todo su cariño. Vino entonces un incidente tragicómico. Yo repartía el papel de la escuela a las alumnas, el gobierno daba en aquel tiempo los útiles escolares. Era yo más que tímida; no tenía carácter alguno y las alumnas me cogían cuanto papel se les antojaba con lo cual la provisión se acabó a los ocho meses o antes. Cuando la directora preguntó a la clase la razón de la falta de papel mis compañeras declararon que yo era la culpable pues ellas no habían recibido sino la justa ración. La directora, aconsejada por una hermana nuestra ahí mismo, salió sin más hacia mi casa y encontró el cuerpo del delito, es decir, halló en mi cuarto una cantidad copiosísima no sólo de papel, sino de todos los útiles escolares fiscales. Habría bastado pensar que mi hermana era tan maestra de escuela como ella y que yo tomaba de ella cuanto necesitaba. Pero había algo más: el visitador de escuelas del Valle de Elqui me tenía un cariño como de abuelo (don Mariano Araya) y cada domingo iba yo a saludar a su familia y él me abría su almacén de útiles y me daba además de papel en resmas, pizarras, etc.

Yo no supe defenderme; la gritería de las muchachas y la acusación para mí espantosa de la maestra madrina me aplanó y me hizo perder el sentido. Cuando doña Adelaida regresó con el trofeo del robo su hermana hizo con el caso una lección de moral que yo oía medio viva medio muerta. El escándalo había durado toda la tarde, despacharon las clases y todas salieron sin que nadie se diese cuenta del bulto de una niña sentada en su banco, que no podía levantarse. Al ir a barrer la sala la sirvienta que vivía en la escuela me encontró con las piernas trabadas me llevó a su cuarto, me frotó el cuerpo y me dio una bebida caliente hasta que yo pude hablar faltaba algo todavía: las compañeras que se iban por mi calle me esperaban, aunque ya era la tarde caída en la plaza de Vicuña, la linda plaza con su toldo de rosas y de multiflor, era todavía primavera allí me recibieron con una lluvia de insultos y de piedras diciéndome que nunca más irían por la calle con (la) ladrona. Esta tragedia ridícula hizo tal daño en mí como yo no sabría decirlo. Mi madre vino a dar explicaciones a la maestra ciega acerca de mi rapiña y la directora que ejercía un ascendiente muy grande sobre las personas porque era mujer inteligente y bastante culta para su época logró convencer a su comadre de que aunque yo fuese inocente habría que retirarme de esa escuela sin llevarme a otra alguna porque yo no tenía dotes intelectuales de ningún género y sólo podría aplicarme a los quehaceres domésticos.

No se decidió de mí y sólo mi padre al volver por un tiempo a la casa sintió como una injuria el hecho de su comadre ciega y fue a ajustarle cuentas con una gran rudeza a Vicuña. Yo me quedé sin clases porque mi hermana me había hecho terminar la escuela sin decir lo que nunca se ha dicho de ella y es que lo que ella sabía me lo enseñó perfectamente. Fue toda su vida una maestra de índole espiritual con una abnegación que en su madurez tocó los lindes de la santidad yo la tengo pintada en «La maestra rural» pero como es natural no podía alabar así a una hermana y la disfracé al final del poema. La maestra que he pintado allí me la dio ella a lo largo de mi infancia con sólo haberla visto vivir.

Mi famoso «rencor» tiene cierta base de verdad no he perdonado a veces y no he olvidado nunca ninguna de las injusticias recibidas y particularmente no olvidé esta que me magulló toda la adolescencia y que tuvo una repercusión enorme en mi vida de futura (profesora).

Dos veces volví a Vicuña la maestra madrina buscó reconciliarse conmigo sin lograrlo porque no acepté a verla. Pero las cosas tienen caminos maravillosos y la mano de Dios anda metida en todas ellas. Hace tres años, después de 15 de ausencia del Valle de Elqui llegué a Vicuña en visita oficial. Estaba muy enferma doña Adelaida y una de sus exalumnas que la servía de enfermera, me mandó preguntar si yo aceptaba ir a visitarla. Yo consulté con mi alma y ésta no había perdonado todavía. Dos días más tarde del recado la maestra murió. Yo salí a la calle al azar: sola, cosa que nunca me ocurre sin finalidad, a vagabundear como de niña y queriendo caminar la calle Maipú hasta San Isidro. A poco andar vi venir un cortejo que era muy numeroso y no entendía nada cuando el cortejo me rodeó en forma de no poder seguir, pregunté quién era el muerto. Cuando lo supe yo ya había dado vuelta e iba dentro de él como una sonámbula. Llegamos a la iglesia, la pequeña ciudad conocía la vieja historia. Una niña se levantó y me pasó el ramo de flores que llevaba diciéndome que ella prefería que fuese yo quien las pusiese las primeras sobre el ataúd. Yo las puse y le di a doña Adelaida la oración a los muertos. Volví a mi casa no poco turbada de los manejos menudos del Señor que son tan extraños como los grandes.

Dije que el hecho de mi expulsión tuvo muchas consecuencias. Cuando ingresé a la escuela anexa a la Normal de La Serena me encontré allí con que una exalumna de doña Adelaida había informado a mis nuevos profesores de mi vicio de robar y había recomendado que se guardaran los objetos de más o menos valor. Durante varios años -no recuerdo el dato con precisión- mi madre y mi hermana quisieron hacer de mí una buena ama de casa. Yo era tan callada que jamás tuve porfía ni discusión alguna con ellas en mi infancia. Pero en mi ímpetu de rebelión que es de los más vigorosos que haya tenido en mi vida, que yo no aprendería ni a lavar la ropa ni hacer la comida y ni siquiera creo que ayudaba a arreglar la habitación. Yo supe que si obedecía a esa voluntad de volverme criatura ama auxiliar de una casa en que bastaban mi madre y mi hermana yo estaba perdida no sé para qué porque sería tonto pensar que yo creyese en mí, la maestra madrina me había convencido de que yo era una niña necia. Mi rebelión era una cosa confusa siendo en todo caso una rebelión en forma sin rezongo, sin hablar y sencillamente no obedecí.

Mi hermana se había casado con un hombre que tenía algunos bienes y un tiempo vivimos mi madre y yo cómodamente allegados a su casa. Mi cuñado tuvo una larga enfermedad y un mal pleito de un hijo y lo perdió todo. Entonces mi madre supo que yo debía trabajar y decidió ella sola que yo siguiese la profesión de mi padre y de mi hermana la de una de mis dos tías monjas y la de casi todos nuestros amigos. Yo temblé cuando a los 14 años ella y su amiga doña Antonia Molina me llevaron delante de un visitador de escuelas y le pidieron para mí una ayudantía de escuela rural. Yo tenía 14 años, me mandaron a la Compañía Baja, donde el mar me daba muchos ratos felices, lo mismo que mi olivar que costeaba mi casa y que es el más grande que he visto en Chile y la jefe que me tocó y a quien le caí mal por mi carácter huraño y mi silencio que no se rompía con nada me hizo tan poco feliz como es costumbre cuando la maestra es casi vieja y la ayudante es una muchacha. No se quejaba de lo que debía quejarse: de una ignorancia, porque en aquellos tiempos se pedía poco a una ayudante rural y porque además mi lección era la que enseñaba la (cartilla). Desde esta escuela di un salto verdaderamente mortal por buenos oficios del abogado don Juan Guillermo Zabala (aparecen los vascos en mi vida) me llevaron como secretaria-inspectora al Liceo de Niñas de La Serena. Yo sabía muy poca cosa de redacción oficial y tal vez de redacción tout court aunque ya escribiese en los periódicos. Los humildes diarios de provincia reciben y publican casi todo.

Dirigía el liceo una extraordinaria mujer alemana de quien la crueldad no me empañó nunca los ojos para ver de quien se trataba de una mujeraza al lado de la cual las profesoras criollas de su personal eran una (pobre) [ilegible] con excepción [ilegible]. Esta señora gobernaba el colegio según las normas alemanas que eran de todo el gusto de los chilenos por aquel tiempo. Su liceo era medio cuartel medio taller y con lo segundo digo algo parecido a una alabanza. El personal la obedecía con un respeto que iba más allá de lo racional y se pasaba a lo mitológico.

Las pobres mujeres le temblaban sin metáfora, nuestra vida dependía de sus gestos, su mirada y sus gritos. Pero era a pesar de su tremendo desequilibrio una mujer superior. Cuatro cosas me dijo entre sus ofensas que nunca he olvidado porque apuntaban derechamente a mi carácter y en especial a mis defectos y a mis lastimosas limitaciones. Yo era para ella una especie de sirvienta mantenida muy al margen de su vida. Pero un día me llamó a su dormitorio porque estaba enferma y como yo me azorase de que la curiosa mujer [ilegible] poco protestante y algo pagana tuviese una gran [ilegible] virgen de Murillo a su cabecera, me dijo sin [ilegible] ni sonreír. Yo soy lo contrario de Ud., yo no creo en nada pero vivo en una ciudad de beatos y suelo ir a la iglesia y tengo esta virgen por condescenderme con la ciudad. Aunque los chilenos sean gente inferior a mi raza yo soy una empleada pública de Chile. En cambio Ud. cree en todo, cree de más y tiene una apariencia de incrédula para su gente, lo cual le hará mucho daño.

Una vez me llamó a su salón y yo me quedé embobada mirando dos grandes cuadros que eran grabados de Goethe y de Schiller. Ella me dijo más o menos esto. Los escritores se dividen sólo en estos dos tipos los de Goethe son los sensatos y los que llegan a grandes posiciones; los alocados se parecen a Schiller sin que valgan nunca lo que él tampoco y como no lo alcanzan no llegan nunca a nada.

Otra vez -creo que la única en mi año con ella- me llamó para decirme una cosa agradable: «Está bien la letra que le han puesto a la música que le di destinada al colegio. Usted sirve para muy pocas cosas, tal vez para una sola, su mala suerte está en que eso para lo cual sirve es algo que no le importa a nadie».

Otra vez cuando me pidió la renuncia y temió que yo no le firmase el pliego ya escrito me dijo: «Hay gentes que nacen para mandar y yo soy de esas; es inútil luchar contra mí y los de mi raza hemos nacido para eso, y las otras no tienen sino obedecer».

Ud. se refiere a una nota oficial de ella que me declara necia. No la conozco. Es muy probable que exista, aunque esta mujer no haría nada innecesario y sobraba acusarme de idiota puesto que ya había firmado la renuncia.

Me dejó cesante sin ningún escrúpulo porque carecía enteramente de ellos. Dios me ha tenido una gran piedad, una asistencia maravillosa que me hace avergonzarme de algunos versos míos en que hablé de su abandono. Unos días después de lo que cuento encontré en el tren al gobernador de Coquimbo que era un viejo poeta González y González y cuando pasábamos frente a La Cantera me mostró la escuelita detrás de las dunas y me la ofreció. Mi madre tenía su pan a salvo.

Es inexacto su dato de que mi mamá vivió allí todo el tiempo conmigo; no había carne ni había pan todos los días en la aldea y ella fue siempre muy enferma, me acompañó un poco y después se fue con mi hermana. De mis tres aldeas, La Cantera es aquella en que yo viví más acompañada. Me cuidaba una sirvienta buena, de las preciosas criadas nuestras que son tal cosa cuando tienen sangre india; y los niños, los hombres y los viejos de mi escuela nocturna -apenas había asistencia diurna porque la pobre gente trabajaba-.

Se pusieron a hacerme la vida. Por turno me traían un caballo cada domingo para que yo paseara siempre con uno de ellos. Me llevaban una especie de diezmo escolar en camotes, en pepinos, en melones, en papas, etc. Yo hacía con ellos el desgrane del maíz contándoles cuentos rusos y les oía los suyos. Ha sido ese tal vez mi mayor contacto con los campesinos después del mayor del Valle de Elqui.

Un viejo analfabeto, al fin enseñé a leer tocaba muy bien la guitarra y ese iba a darme fiesta con todos, en las noches. Alguna vez que le besé la cara y el cuello a un alumno huérfano y sordo que tenía, los demás se sintieron ofendidos y fueron más allá a lavarse porque había unos tres que se echaban agua florida. Yo les daba la clase en el cuarto de comer en torno de una mesa. Tenía yo de dieciocho a diecinueve años. Nunca les vi una falta de delicadeza o de pudor ni les vi un mal chiste lo cual es raro en un pueblo tan picante como el nuestro. El bello criterio escolar iba a suprimir la escuela por su poca asistencia diurna y sin tomar en cuenta para nada esta escuela nocturna que para mí resultaba tan válida.

Entonces me fui a Cerrillos en el Departamento de Ovalle. Mis biografías no han anotado nunca este nombre. Allí sí tuve soledad y soledades y mi madre muy delicada de salud no pudo estar conmigo; pese a las lenguas de fuego mi madre no pudo vivir conmigo en mis años de trabajo escolar porque su cuerpo sólo se avenía con el clima de La Serena. Lo ensayó varias veces en vano. Mi hermana le dio su compañía y yo su sustento.

Cuando jubilé me fui en seguida con ella a La Serena para quedar con ella hasta su postrimería. Renuncié al cargo que me ofreció Ginebra con este fin y el Ministro don Jorge Matte me obligó a irme cuando Ginebra no aceptó la designación de Pedro Prado que yo indiqué sin consultarlo al interesado. Yo había tenido en Santiago unos meses antes una extraña visita nocturna de la policía a mi casa de la población Huemul durante mi ausencia y el robo de mis archivadores de cartas cuando visitaba a algunas personas de la oposición, como don Manuel Rivas Vicuña, el diligente policía hacía seguir estos dos hechos, que constató en varias ocasiones mi vecino don Luis Popalaire más otros menos visibles hicieron que mi propia viejecita y mi hermana me aconsejasen aceptar el nombramiento de Ginebra e irme de Chile.

Cuento lo anterior en respuesta a la maledicencia de cierta potencia pedagógica sobre mi condición de mala hija que no vivió con los suyos.

Volvamos atrás cuando yo fui echada del Liceo de La Serena mi madre y mi hermana pensaron en sacrificarme en bien mío y hacerme regresar a la Escuela Normal pues las tres habíamos visto claramente que yo no haría carrera en la enseñanza a menos de conseguir la papeleta consabida, que las gentes llaman título, palabra que quiere decir «nombre» pero que no nombra nada.

Yo acepté e hicimos el triple esfuerzo de preparar exámenes, de obtener la fianza del caso, y de comprar el equipo de ropa. El día que mi madre fue a dejarme a la Escuela Normal la subdirectora, una gruesa señora; nos recibió en la puerta y sin oírnos y sin dar explicación alguna que le valiese y me valiese me declaró que yo no había sido admitida. Pedimos hablar con la directora y la obesa señora lo rehusó porque la directora era una norteamericana que no hablaba español. En esto la subdirectora no mentía, el ministerio contrataba para sus criollos algunos profesores que ignoraban la lengua. En mis andanzas por el mundo recibí una vez una invitación a su casa de esta pedagoga yanqui es lástima que no tuviese tiempo de ir para conocer a la buena mujer que me echó de la Normal chilena sin saber por qué y sin haberme visto. Pasaron muchos años y cual fatalismo del mestizo yo no averigüé por qué había sido eliminada. Cuando era profesora de Los Andes unos ocho o diez años después, recibí la versión que dio a mi jefe de mi rechazo aquella subdirectora estupenda. Ella contó a doña Fidelia Valdés que en consejo de profesores de la Normal de La Serena el capellán y profesor don Luis Ignacio Munizaga, había exigido al personal que por solidaridad con él se me eliminase pues yo escribía unas composiciones paganas y podría volverme en caudillo de las alumnas. El ilustre sacerdote (que más tarde será un hombre bastante desgraciado) fue bien lúcido cuando dijo que yo era una pagana. Todo poeta, cualquier poeta es eso o no es cosa alguna. Puede ser un cristiano de aspiración y puede ser un místico si tiene una corporalidad pobre o si va para viejo -a los dieciocho años- era mi edad no es sino un pagano. Cuento el incidente para decir a mis compatriotas que no me quedé sin Escuela Normal por fuerza no por gusto y gana; la vieja chilenidad me la quitó me dejó sin ella, me la quitó a pesar de lo dadivosa que he sido para dársela a unas tres mil mujeres más o menos.

La pérdida hoy no me duele; pero todos los maestros y los profesores que me negarían la sal y el agua en los veinte años de mi magisterio chileno y a los que tengo contados en otra parte, saben muy bien de cuánto me costó vivir una carrera docente sin la papeleta, el cartel y la rúbrica aquella.

La razón que Ud. da para mi salida del liceo no fue sino una de sus causas menores.

Este incidente de la matrícula está muy exagerado, yo no recibí sino muy pocas niñas pobrecitas porque eran poquísimas las que se atrevían a llegar a un liceo hecho y mantenido para la clase pudiente.

Pude matricular a éstas, gracias a una estratagema: la directora me había ordenado aceptar a las que llevasen una carta de recomendación de los miembros de la junta de vigilancia del colegio y siempre que se tratara de buena familia cuando las muchachas me parecían buenas alumnas por su certificado, yo pedía esa famosa carta al Sr. Marcial Ribera Alcayaga, miembro de la unta y pariente de mi madre. Esta fue toda mi malicia y la directora no pudo echar a las candidatas recibidas semioficialmente.

En la semana anterior a mi renuncia la directora que tanto dudaba de que yo me suicidase, poniendo aquella firma en mi propia dimisión, ordenó a su personal que no me dirigiese la palabra. Nos reuníamos sólo a la hora de almuerzo y a excepción hecha de doña Fidelia Valdés mis colegas cumplieron celosamente la orden, tanto, que no me respondían cuando yo les hablaba entre plato y plato. En Chile por aquellos años el extranjero tenía apabullado al nacional y éste vivía en muchas reparticiones públicas servilismo tristísimo.

Cara M. Rosa, le digo con la franqueza ruda con que hablo a los propios, que me cuesta un mundo entrar en un comentario amoroso de mí misma. A pesar de la publicidad cruda y no poco repugnante a que han llegado los biógrafos respecto de los escritores, nunca entenderé y nunca aceptaré que no se nos deje a nosotros, lo mismo que a todo ser humano, el derecho a guardar de nuestros amores cuando nos hemos puesto y que por alguna razón no dejamos allí razones de pudor, que tanto cuentan para la mujer como para el hombre. Pero se han hecho disparates tan descomunales a este respecto, que esta vez tengo que hablar y no por mí sino por la honra de un hombre muerto.

Romelio Ureta no era nada parecido, ni siquiera era próximo a un tunante cuando yo le conocí. Nos encontramos en la aldea de El Molle cuando yo tenía sólo catorce años y él dieciocho. Era un mozo nada optimista ni ligero y menos un joven de zandungas había en él mucha compostura, hasta cierta gravedad de carácter bastante decoro. Por tener decoro se mató nos comprometimos a esa edad. Él no podía casarse conmigo contando con un sueldo tan pequeño como el que tenía y se fue a trabajar unas minas no recuerdo donde. Volvió después de una ausencia larga y me pidió cuentas a propósito de murmuraciones tontas que le habían llegado sobre algún devaneo mío. Yo vivía desde que él se fue con mi vida puesta en él, no me defendí la mitad por aquella timidez que me dejó muda aceptando mi culpa en la escuela de Vicuña y la mitad creo que la otra mitad por esa excesiva dignidad que me han llamado soberbia muchas veces. La queja me pareció tan injusta que pensé entonces, como pienso hoy mismo que no debía responderse y menos hacer una defensa. Por eso rompimos y las novelerías necias tejidas en torno de este punto no son sino cosa de charlatanes. Este hombre siguió su vida y era natural que la viviese como casi todos los hombres chilenos que no sobresalen en la temperancia. Iba a casarse y llevaba a la vez una conducta ligera que no había sido nunca la suya; se divertía demasiado y su novia parece que no lograba retenerlo.

Mucho después de unos cinco años de separación nuestra yo lo encontré casualmente en Coquimbo; hablamos bastante tiempo; negó la noticia de su matrimonio y nos despedimos reconciliados casi sin palabras, tan cordiales como antes y con la impresión de un vínculo reanimado y definitivo. Cuantos lo han denigrado, hablando de un robo común y hasta de una estafa, no han dicho que su hermano, que era casi su padre; pues lo había criado por ser ambos huérfanos era en ese tiempo el jefe de los ferrocarriles en su zona a cualquiera podría ocurrírsele que Romelio Ureta cogió aquel dinero pensando en restituirlo de inmediato o contando con que su hermano, ausente por unos días se lo prestaría. Este señor era persona de situación holgada y lo quería mucho. No creo que nadie piense en arruinar su carrera por la suma infeliz que él cogió de una repartición fiscal. Parece que vino un arqueo impensado de caja: el hermano andaba en Ovalle o en otro punto de la provincia y no pudieron comunicarse de ningún modo. Romelio Ureta era hombre tan pundonoroso como para matarse, antes de sufrir vivo una vergüenza. A esta altura del tiempo y de la costumbre funcionaria, el hecho no se entiende, pues la probidad escasea más que la moneda de oro. Yo lo comprendo de haberle conocido a él y al viejo Chile. Doy cuantiosos detalles porque me irrita que se remuevan los huesos de un muerto con una falta tal de inteligencia y de consideración, más que eso me indigna el que por escribir una gacetilla sobre mí -no es el caso suyo- y por cobrarla en un periódico y también por alimentar la glotonería del público se revuelva una sepultura.

Han creado un semblante enteramente falso con la pretensión de demostrarme solidaridad o con la ocurrencia de defenderme, yo no he sido una víctima de él en ningún aspecto; todos los seres somos cual más cual menos, víctimas de nuestro temperamento nací como otros con una capacidad exacerbada para el sufrimiento y tal vez sin ninguna tragedia en mi vida habría padecido lo mismo según el caso de Leopardi y de otros.

Me repugna por otra parte lo cinematográfico aplicado a los vivos, después que me muera, ya pueden hacer su gusto los noveleros a toda su anchura; pero como estoy viva tengo el derecho mínimo de lavar un nombre querido. He callado bastante a este respecto porque soy harto rica de silencio. Mi paciencia se ha ido gastando y esta vez quiero hablar, por tratarse de una crónica escrita por una mujer y que debe salir limpia de un error tan grave sobre un hombre que se allega a la calumnia. Usted, estoy segura, estará muy contenta de que su compañera cuida de la honradez de su trabajo.

martes, 16 de junio de 2026

A mi planta favorita, poem by Arelis Uribe

A mi planta favorita
esa que vive conmigo
que acaricio su piel
y tomo entre mis brazos, 
le creció un brote extraño. 
Sus crisálidas son siempre alargadas
y esta es corta, tosca, regordeta. 
Temo que esté enferma,
que muera y cese
su alegre compañía.
Una noche beso una hoja, 
la lamo con delicadeza.
Luego me estrecho desnuda
entre sus enormes palmas verdes. 
Acerco mi pubis al grueso tallo, 
sudo mientras ella destila gotas,
me froto hasta el orgasmo. 
Estrechada entre sus ramas
veo que el extraño brote es ahora 
una blanca cala en flor.

domingo, 14 de junio de 2026

Patricia Espinosa y la literatura, extractos de entrevista by Fran Palma

Mi propuesta se vincula con el rechazo al canon, entendido como clausura. Entiendo el canon como representación de la episteme patriarcal y neoliberal que expulsa o anula la potencia de escrituras otras. Eso me llevó a construir un pequeño tramo de las escrituras poéticas de mujeres. Un mapeo que diera cuenta de un trabajo parcial, abierto, la muestra de una parte de las producciones de cada autora, ampliable, sujeta a posibles movilizaciones de orden estético—político.

Tal como señalo en el prólogo, no hay un afán jerárquico, pero sí perspectivista. Esto reafirma mi idea de abrir una zona de escrituras diversas, articuladas a partir de la emancipación.

Una comunidad articulada por la emergencia de una contrahegemonía de base emancipatoria.

Leemos a partir de un condicionamiento de género binario y esencialista. La asignación de femenino que se impone a la mujer, implica modos de escribir y temáticas afines a ello. En el conjunto de escrituras que abordo identifico la subversión al determinismo o esencialismo de género. Esto implica una subjetivación en estado de crisis respecto al femenino creado por el patriarcado: subordinado, pasivo, heterosexual, sensitivo, obligado a la apertura de sus intimidades, apegado a los sentimientos filiales, amorosos o al elogio de la heroicidad masculina. En este libro recojo escrituras ponen en jaque el esencialismo de género y con ello surge una escritura feminista. Con esto me refiero al abandono o puesta en crisis de la categoría “femenina”, inscripción creada por el patriarcado para ejercer sus estrategias de dominio.

La consciencia de género no binario, así como la consciencia crítica, van unidas y son parte de una estética y política emancipatoria, expresada poéticamente. Toda estética es una política en cuanto nos impone aquello que se puede ver, decir y hacer. Por tanto, el arte, en este caso poético, es político cuando funciona como táctica de insubordinación a tales mandatos

El imperio del mercado han generado subjetividades indiferentes a la colonización ideológica. ¿Será posible, es este escenario, el surgimiento de un contrapoder? Desde mi visión, sí, es posible. Entre las variadas formas de resistencia, se encuentra la poesía, la literatura, capaz de generar un contraespacio, reelaborando el fracaso, revinculando literatura y política, levantando utopías y desafiando el proyecto fascista refundacional que se nos impone.

Nuestra literatura, y con ello la poesía, se ha entregado a la estética neoliberal y con ello la denominada literatura de izquierda o no hegemónica, ha pasado a ocupar un lugar residual. Buena parte de la literatura se aleja cada vez más de toda problemática social no burguesa. El pueblo, la comunidad o el trabajo, por nombrar solo algunas realidades, carecen de lugar en la literatura. No hay experiencia compartida siquiera en los momentos de crisis.

La emancipación que articula al feminismo resulta fundamental en la expansión a la que te refieres. Desde el feminismo literario es posible desafiar la estética neoliberal que nos impone a un/x sujete sin utopías, esperanzas, donde se entroniza el individualismo, anula el contexto social, obligándonos a volcarnos en la autonomía de la subjetividad y de la literatura. Por lo mismo, pienso en la necesidad de promover agenciamientos que permitan levantar una discursividad de resistencia, habitada no solo por las elites, pequeña burguesía, sino por voces, de mujeres, aunque también hablo en general, conscientes de la interseccionalidad, de su exclusión por género, raza, clase, discapacidad o diversidad funcional (un término más digno) e incluso edad, condición de salud.

Me interesa compartir con mis estudiantes producciones literarias tanto canónicas como exocanónicas.

https://eldesconcierto.cl/patricia-espinosa-critica-literaria-nuestra-literatura-se-ha-entregado-la-estetica-neoliberal-n5459582

domingo, 29 de marzo de 2026

Las medias de los flamencos, by Horacio Quiroga (from "Cuentos de la selva", 1918)

          Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los peces. Los peces, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río, los peces estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.
         Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de plátanos, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de peces en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los peces les gritaban haciéndoles burla.
         Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada, como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.
         Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.
         Y las más espléndidas de todas eran las víboras de que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, y negras, y bailaban como serpentinas Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.
         Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia.
         Un flamenco dijo entonces:
         —Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
         Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.
         —¡Tan-tan! —pegaron con las patas.
         —¿Quién es? —respondió el almacenero.
         —Somos los flamencos. ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
         —No, no hay —contestó el almacenero—. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así. Los flamencos fueron entonces a otro almacén.
         —¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?
         El almacenero contestó:
         —¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿quiénes son?
         —Somos los flamencos— respondieron ellos .
         Y el hombre dijo:
         —Entonces son con seguridad flamencos locos.
         Fueron a otro almacén.
         —¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
         El almacenero gritó :
         —¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras ? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse en seguida!
         Y el hombre los echó con la escoba.
         Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos.
         Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:
         —¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan . No van a encontrar medias así en ningún almacén . Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.
         Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron :
         —¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
         —¡Con mucho gusto! —respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo en seguida.
         Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros. recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado.
         —Aquí están las medias —les dijo la lechuza—. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.
         Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.
         Cuando vieron a tos flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos únicamente, y como los flamencos no dejaban un Instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.
         Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien.
         Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de la víbora es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.
         Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.
         Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con un yacaré, se tambaleó y cayó de costado. En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos y alumbraron bien las patas de! flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.
         —¡No son medias!— gritaron las víboras—. ¡ Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral
         Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas y les mordían también las patas, para que murieran.
         Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas, Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de medias, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.
         Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido eran venenosas.
         Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.
         Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.
         A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.
         Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los peces saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pececito se acerca demasiado a burlarse de ellos.

Por qué las rosas tienen espinas

 Ha pasado con las rosas lo que con muchas otras plantas, que en un principio fueron plebeyas por su excesivo número y por los sitios donde se les colocara.Flora y fauna

Nadie creyera que las rosas, hoy princesas atildadas de follaje hayan sido hechas para embellecer los caminos. Y fue así sin embargo.

Había andado Dios por la Tierra disfrazado de romero todo un caluroso día, y al volver al cielo se le oyó decir:

—¡Son muy desolados esos caminos de la pobre Tierra! El sol los castiga y he visto por ellos viajeros que enloquecían de fiebre y cabezas de bestias agobiadas. Se quejaban las bestias en su ingrato lenguaje, y los hombres blasfemaban. ¡Además, qué feos son con sus tapias terrosas y desmoronadas!

Y los caminos son sagrados, porque unen a los pueblos remotos y porque el hombre va por ellos, en el afán de la vida, henchido de esperanzas si mercader, con el alma extasiada, si peregrino.

Bueno será que hagamos tolderías frescas para esos senderos y visiones hermosas: sombra y motivos de alegría.

E hizo los sauces que bendicen con sus brazos inclinados; los álamos larguísimos, que proyectan sombra hasta muy lejos, y las rosas de guías trepadoras, gala de las pardas murallas.

Eran los rosales por aquel tiempo pomposos y abarcadores; el cultivo, y la reproducción repetida hasta lo infinito, han atrofiado la antigua exuberancia.

Y los mercaderes, y los peregrinos, sonrieron cuando los álamos, como un desfile de vírgenes, los miraron pasar, y cuando sacudieron el polvo de sus sandalias bajo los frescos sauces.

Su sonrisa fue emoción al descubrir el tapiz verde de las murallas, regado de manchas rojas, blancas y amarillas, que eran como una carne perfumada. Las bestias mismas relincharon de placer. Eleváronse de los caminos, rompiendo la paz del campo, cantos de un extraño misticismo por el prodigio.

Pero sucedió que el hombre, esta vez como siempre, abusó de las cosas puestas para su alegría y confiadas a su amor.

La altura defendió a los álamos; las ramas lacias del sauce no tenían atractivo; en cambio, las rosas si que lo tenían, olorosas como un frasco oriental e indefensas como una niña en la montaña.

Al mes de vida en los caminos, los rosales estaban bárbaramente mutilados y con tres o cuatro rosas heridas.

Las rosas eran mujeres, y no callaron su martirio. La queja fue llevada al Señor. Así hablaron temblando de ira y más rojas que su hermana, la amapola:

—Ingratos son los hombres, Señor; no merecen tus gracias. De tus manos salimos hace poco tiempo, íntegras y bellas; henos ya mutiladas y míseras.

Quisimos ser gratas al hombre y para ello realizábamos prodigios: abríamos la corola ampliamente, para dar más aroma: fatigábamos los tallos a fuerza de chuparles savia para estar fresquísimas. Nuestra belleza nos fue fatal.

Pasó un pastor. Nos inclinamos para ver los copos redondos que le seguían. Dijo el truhán:

-«Parecen un arrebol, y saludan, doblándose, como las reinas de los cuentos».

Y nos arrancó dos gemelas con un gran tallo.

Tras él venía un labriego. Abrió los ojos asombrados, gritando:

-«¡Prodigio! La tapia se ha vestido de percal multicolor, ni más ni menos que una vieja alegre!»

Y luego:

-«Para la Añuca y su muñeca».

Y sacó seis, de una sola guía, arrastrando la rama entera.

Pasó un viejo peregrino. Miraba de extraño modo: frente y ojos parecían dar luz.

Exclamó:

«¡Alabado sea Dios en sus criaturas cándidas! ¡Señor, para ir glorificándote en ella!»

Y se llevó nuestra más bella hermana.

Pasó un pilluelo:

«¡Qué comodidad! –dijo– ¡Flores en el caminito mismo!»Flora y fauna

Y se alejó con una brazada, cantando por el sendero.

Señor, la vida así no es posible. En días más, las tapias quedarán como antes: nosotras habremos desaparecido.

—¿Y qué queréis?

—¡Defensa! Los hombres escudan sus huertas con púas de espino y zarzas. Algo así puedes realizar en nosotras.

Sonrió con tristeza el buen Dios, porque había querido hacer la belleza fácil y benévola, y repuso:

—¡Sea! Veo que en muchas cosas tendré que hacer lo mismo. Los hombres me harán poner en mis hechuras hostilidad y daño.

En los rosales se hincharon las cortezas y fueron formándose levantamientos agudos: las espinas.

Y el hombre, injusto siempre, ha dicho después que Dios va borrando la bondad de su creación.

HISTORIA DE POR QUÉ LA LLOICA TIENE EL PECHO COLORADO, by Chilean author Marta Brunet

Resulta que una vez, hace muchos, pero muchos años, andaba por unos potreros un Hombre, morral al hombro y escopeta lista, viendo si veía algún pájaro para hacerle la puntería. Y en esto se encontró con una Lloica, muy distraída en una rama de un roble, cantando una tonada que recién había aprendido. Verla el Hombre, hacer puntería y disparar fue todo uno.

Pero resultó que la escopeta estaba mal cargada y el tiro reventó, hiriendo en la cara al Hombre, en tal forma, que quedó medio ciego, dando grandes gritos de dolor y auxilio.

Por los contornos no pasaba un alma.

La Lloica, mientras tanto, había volado a un árbol lejano, y desde allí, muy asustada por el peligro que acababa de correr, miraba al pobre Hombre bañado en sangre y quejumbroso.

--Socorro... Socorro... Me he quedado ciego... Auxilio...

Y sus gritos se perdían por las quebradas inútilmente.

Poco a poco el Hombre dejó de gritar. Daba ahora ayes y suspiros y al fin pareció perder el conocimiento y se quedó inmóvil, recostado en el pasto y con la cara mirando al cielo.

La Lloica, mientras tanto, se había ido acercando lentamente, de árbol en árbol, hasta quedar sobre aquel que cobijaba al herido. Desde ahí siguió un rato observándolo. Y cuando se convenció de que estaba como muerto, de un vuelo se dejó caer sobre el pecho del Hombre, escuchando atentamente si el corazón latía aún.

La Lloica era una buena avecilla del bosque, temerosa del Hombre y de su malignidad que se distrae matando. Pero al propio tiempo tenía por el Hombre un gran respeto y admiración: por el hombre que sabe cantar, que sabe silbar, que sabe hablar y. en cuyas manos están el Bien y el Mal de los habitantes de los bosques. Y la Lloica, que nunca había visto abatirse y morir a un Hombre, tuvo una gran compasión por éste que ahí alentaba apenas.

Entonces la Lloica fue hasta el río y trajo unas gotitas de agua, que echó en la boca del Hombre, y fue de nuevo al río y trajo otras gotitas que refrescaron sus heridas, y fue hasta la montaña y trajo hierbas medicinales que fue poniendo sobre las llagas que eran los ojos, y de nuevo trajo agua y de nuevo trajo hierbas, y tanto trabajó la pobre y con tanta inteligencia, que al fin el Hombre dio un suspiro hondo y pareció recobrar el conocimiento.

Entonces la Lloica llamó a la Brisa, que todo lo sabe porque hasta por las rendijas se mete para curiosear, y le preguntó dónde vivía el Hombre. La Brisa dio la dirección y la Lloica se fue de un vuelo hasta la casa que estaba en la colina rodeada de jardines. Ahí llamó al Perro y le dijo:

--Avisa a tus patrones que el Hombre está herido en el potrero, al comienzo de la montaña.

El Perro empezó a ladrar desesperadamente, a correr, a aullar. Hasta que llamó la atención del Hombre Viejo y del Hombre Joven, que salieron detrás de él, encontrando al herido.

Mientras tanto, la Lloica estaba feliz en la rama del roble viendo cómo, con grandes precauciones, se llevaban al Hombre en una improvisada camilla. El Hombre estaba salvado...

Pero resulta que entonces oyó a la señora Cachaña que le decía:

--¡Qué linda pechera roja tiene usted, comadre Lloica! ¿Dónde la ha comprado?

La Lloica se dio cuenta de que la sangre del Hombre le había manchado toda la pechuga.

Y la señora del Jote --que ni siquiera tiene nombre, y que estaba por allí cerca-- se dirigió a la Lloica en forma insidiosa y llena de envidia.

Pero resulta que aquel día San Pedro había bajado a la Tierra a tomar un poquito de fresco a la sombra de unos hualles y había visto todo lo pasado. Entonces se acercó a las aves y les dijo:

--Atestiguo que la Lloica tiene el pecho manchado por obra de una buena acción. Y en premio de ella, con la venia del Padre que está en los cielos, desde hoy en adelante tendrá sobre su noble pecho un escudo escarlata.

Y ya saben ustedes por qué la Lloica tiene esas plumillas rojas que le hacen tanta gracia.