Mostrando entradas con la etiqueta narradora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narradora. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de mayo de 2021

"Amar al padre", Margarita Garcia Robayo

Uno 

Lo primero fue la piel de mi papá.
Era blanda y era tibia, y era color marrón claro —como de blanco curtido o de negro desteñido—. Recuerdo que me daban ganas de hundir las yemas de los dedos en su cara y después metérmelas en la boca para ver a qué sabía. Mi papá tenía la misma piel que yo tengo ahora: delgada como el papel de arroz, hipersensible al frío y al calor. Y al sol, sobre todo al sol. De chica me gustaba pensar que mi papá y yo teníamos pieles de vampiros. De chica me levantaba de noche y me metía en el cuarto de ellos con el sigilo de un insecto. Me paraba a su lado y lo miraba dormir, estiraba los dedos para tocar su cara pálida, pero no lo hacía porque temía despertarlo. Entonces tocaba mi propia cara pálida y me lamía los dedos pero no sabían a nada.
A la mañana, antes de irnos al colegio, mis hermanos y yo —medios cuerpos echados sobre la mesa de la cocina—, retozábamos mientras mi mamá revolvía huevos en un sartén. Mi papá entraba recién bañado —oloroso a colonia y al primer cigarrillo— y nos besaba en la frente: uno, dos, tres, cuatro, cinco besos en cinco frentes de cinco niños engendrados por él. Mi secreto era un guiño de ojo que me hacía al final del recorrido: tú y yo somos distintos, pero no se lo cuentes a nadie. Mi papá nos besaba a todos, pero nadie besaba a mi papá. Ni siquiera mi mamá. Aunque besarlo a él era obedecer una orden de ella: vayan a saludar a su papá, o vayan a despedirse de su papá, o su papá cumple años, ¿ya le dieron un beso? Uno no lo besaba así porque sí, en un arrebato. Él era un señor serio y mayor: a mi mamá le llevaba diecinueve años y a mí me llevaba cincuenta y dos. Mi mamá siempre lo trató con la veneración de una sierva, más que de una esposa —incluso caribeña—.
Una vez, estando muy chica, tuve una alucinación. Durante años dudé si era cierto o no y, por suerte, me decidí por lo segundo. Entré al cuarto de mis padres y encontré a mi mamá arrodillada frente a mi papá, que ocupaba su sillón amplio y mullido de cara al televisor, de espaldas a la puerta. Pensé que le estaba rezando y me asusté: solo se le reza a los muertos. Ella me miró con cara de terror, se levantó del piso, gritando. Me agarró fuerte de un brazo, me sacó del cuarto y cerró la puerta. Quedamos las dos solas en medio del hall oscuro y polvoriento, decenas de libros poblando las paredes, lágrimas que me corrían calientes por la cara. Ella se agachó, me tomó por los hombros: «Nunca más entres sin tocar». Tenía la cara sudada, los ojos muy rojos, la respiración de un toro furioso. Tenía un aliento salado y amoníaco.
Ahí, en la fantasía del olor de mi papá en su boca  —o sea mi olor y el de todos mis hermanos y el de ella misma después de haberse llenado tantas veces de él—, debió empezar oficialmente nuestra competencia. Y se encarnizó cuando yo aprendí a leer y mi papá aprendió el vicio de elegirme los libros. Los sacaba de su biblioteca, me los llevaba a la mesita de luz: «Este te va a gustar». A mí me sorprendía que supiera que me iba a gustar un libro en detrimento de otros libros. Aceptaba todos y pedía más: «Ya terminé, dame otro». Él se reía pasito y descansaba su mano pesada y nicotinada, sobre mi cabeza: «Mi niña chiquita sabe leer».
Sabía. Y lo hacía obsesivamente: buscaba en los libros, como en las sopas de letras, mensajes escondidos; subrayaba en vertical, en diagonal, armaba frases a las que atribuía sentidos disparatados: eran cosas que mi papá quería decirme pero no podía.
Mi mamá también sabía leer, pero sobre todo a Corín Tellado. Supe desde muy temprano que las novelas de Corín no te dejaban bien parada delante de mi papá. ¿Qué te dejaba bien parada delante de mi papá? El diccionario. Así fue como aprendí a meter en frases banales la palabra onomatopeya y la palabra tautología y la palabra emancipar. Los grandes se sorprendían, me miraban perplejos. Mi mamá se avergonzaba, escondía la cara entre las manos y sacudía la cabeza. Después me miraba con miedo, como si yo fuera un Gremlin a punto de saltarle al cuello y sacarle un bocado de garganta. Pero a mí no me importaba, porque mi papá, en cambio, se esponjaba como un pavorreal y decía: «Mi niña chiquita sabe hablar».
Me hice una pequeña genio ante sus ojos, una lectora voraz solo de sus libros, me hice una niña vieja para estar más cerca de él. Los demás no me importaban: mi mamá, mis hermanos, la muchacha del servicio, el perro, las paredes, las calles del barrio, el colegio, los carros de la ciudad, el horizonte después el mar, las murallas y el cielo. Todo era un decorado necesario para que él y yo, y nuestro secreto expresado en guiños matutinos, nos mantuviéramos a salvo.

Dos

Yo soy un dibujo enmarcado que cuelga de la pared de una casa grande, donde unos animales raros caminan por los pasillos: la gallina azul del caldo Maggi y un canguro enano que come plátanos. Un hombre que es mi padre, pero con la cara de otro, me mira desde afuera y yo trato de saludarlo, pero no puedo porque soy un dibujo. El hombre se baja la bragueta, se frota y se viene con un chorro potente que se estrella en el dibujo como en un cuadro de Pollock; el hombre se acerca y restriega la mano empegostada sobre su nueva obra: «Mi semilla es tuya».
Yo soy yo y mi papá es él, tal cual. Y me enseña a flotar en un lago color violeta. Mi espalda descansa relajada sobre la superficie, porque sus manos me sostienen por debajo del agua. Mis ojos se fijan en sus ojos, que en el reflejo son los mismos. Él me dice no te muevas, concéntrate, y que me va a sacar las manos de la espalda. Le pido que no me suelte, pero él me suelta y me hundo, me ahogo, me muero y resucito. Salgo del agua disparada como un cohete, llegó al cielo y encuentro un meteorito: lo lanzo al lago violeta, donde mi papá sostiene por la espalda a una niña igual a mí. Todo vuela en pedazos.
Yo soy mi padre, pero soy mujer. Mi padre es mi hijo: un bebé hermoso al que amamanto por el pene.

Lo segundo fueron los sueños.
A los once, doce años, mis sueños eran el banquete de un psicoanalista. A los trece todo cambió. Empezó una noche que me había acostado con dolor de barriga y mi mamá me preparó un té de miel que me hizo dormir. Soñé que paría un sapo gordo y baboso que, mientras lo expulsaba, iba mordisqueando las paredes internas de mi vientre y el dolor no se parecía a ningún dolor previo. El sapo no quería salir, se aferraba con colmillos filosos a mis entrañas —había leído la palabra entraña, por accidente, en una novelita de Corín— y yo pedía auxilio con gritos desesperados y mudos. Me levanté a la madrugada bañada en un líquido oscuro que era mi sangre. Fui al baño del pasillo, me lavé y me cambié y salí de vuelta para encontrarme de frente con mi papá, sobresaltado: ¿Qué pasó? Nada. Oí ruidos. Fui al baño. ¿Qué te pasa, estás bien? Ya estaba limpia, pero me sentía sucia. Pensé que el bulto de papel que me había puesto para contener la sangre se había mojado tanto que goteaba. No fui capaz de mirar el piso, me imaginé parada sobre un charco rojo que avanzaba por las baldosas del pasillo hasta cubrir todo el piso de la casa, y salía a la vereda por debajo de la puerta, y se desbordaba por las calles del barrio en un arroyo incontenible: se llevaba por delante casas, carros, edificios.
Me pareció ver en la cara de mi papá una mueca de asco que me hizo agachar la cabeza, primero de vergüenza, después de rabia. Entonces apareció mi mamá, traía un vaso de leche y una pastilla: me tomó del brazo, me acompañó a la cama. Ya había puesto sábanas nuevas, olorosas a Woolite. Me arropó y no dijo una palabra.

Tres

Lo tercero fueron los besos de otros hombres: besos húmedos, espesos y nada dulces —como mienten las canciones—. Fue una época marcada por la saliva ajena. Un momento de tránsito que debía soportar en pos de un futuro que prometía saciarme de placeres. No sé de dónde había sacado eso, pero estaba convencida.
Mi mundo previo a los besos era algo así: chicas que odiaba, porque lloraban por chicos que eructaban en público y recibían ovaciones; chicos que odiaba porque sufrían en silencio por chicas que los miraban como plastas y se reían de ellos en su cara. Un espejo redondo que me hacía redonda. Y un cielo raso agrietado, mi único amigo: gastaba buena parte del día echada en la cama, boca arriba, mascando chicle, largando gruñidos.
Una noche abandoné el cielo raso y me fui a una fiesta de quince. Ahí, entre esculturas de hielo seco, comenzó mi colección de novios grandes: se llamaba R, tenía veintidós y fumaba. Le pedí que me diera una pitada y se negó. Le pedí que me besara y dijo ¿estás segura? R fue el primero que me preguntó eso que después me preguntarían C, F, D, F de vuelta, J, G, M, H y L. No todos fueron novios, algunos no pasaron de un beso y, después de los dieciocho, algunos no pasaron de una noche. De cualquier forma, todos me preguntaban lo mismo, como un modo de curarse en salud: entre tú y yo hay siete, diez, trece, dieciséis, veintitrés años de diferencia, ¿estás segura de que quieres? Y yo siempre quería. Cuando la luz es verde, los hombres mayores son la mata de lo asertivo. Me gusta lo asertivo. Detesto el balbuceo, la duda, el nervio visible, el «esto nunca me pasó», el «ahora qué hacemos»: son los gérmenes del engaño.
Entonces: me gustaban los novios grandes por asertivos, sí, pero también —¿sobre todo?—, porque a ellos les maravillaba levantarse a una jovencita como yo. ¿Y cómo era yo? Como todas, pero me creía mejor. Todavía sabía decir tautología y, además, había aprendido a decir: segurísima. Mis amigas no entendían: ¿pero cómo son los novios grandes?, preguntaban, entre asqueadas y curiosas. Y yo decía: son como cualquier novio, solo que más afortunados.
Me gustaban los novios grandes porque, tras la sorpresa inicial, cerraban la boca, llamaban al mozo y seguían: ¿qué tomas? A los dieciséis era delicioso besarse con R y con C —y sobre todo con F— pero la vida no se detenía después de cada beso: ellos seguían siendo funcionales, gente que pide cafés, y la cuenta, y que se portan como si eso mismo —besarse por primera vez— les hubiera pasado mil veces, porque les pasó mil veces.
Mis amigas insistían en no entender: yo despreciaba las primeras veces. ¿Qué son las primeras veces? Un trámite necesario. Años después la mayoría coincidiríamos en que el verdadero mito de la primera vez es más que un trámite necesario: un castigo doloroso, un karma irrenunciable, un momento de mierda. Mi verdadera primera vez, a pesar de mis novios mayores, llegó bastante después que la de mis amigas, acostumbradas a revolcarse con muchachitos granulientos. Me acosté con J a los dieciocho: nos separaban ocho años y dos cuadras. Y yo no lo quería de novio, sino de sicario: quería que hiciera el trabajo sucio, que rompiera el himen y allanara el camino para los que vendrían después. Pero J lo hizo mal, fue piadoso, se asustó con mis quejas de dolor y una noche, cuando ya casi lo conseguía, se encogió como un feto y lloró: perdón, yo no puedo, que lo haga otro.
A los pocos días conocí a otro. Se llamaba G, tenía una guitarra y doce años más que yo. Sus besos eran a veces picantes y a veces amargos, porque fumaba cigarrillos sin filtro. Su saliva era pastosa; se dejaba la barba crecida, lo que le daba un aspecto rudo. A G prácticamente lo obligué a violarme en un cuarto de motel que olía a desinfectante. A pesar de las lágrimas que me encharcaron los ojos, vi todo el episodio en el espejo del techo: su cuerpo entre mis piernas retorciéndose como un gusano, la cama enclenque y temblorosa, las sábanas gastadas, salidas en las puntas del colchón. Duró poco, dolió mucho. La sangre que salió no se parecía a la sangre que solía salir de mí. Era otra sangre más oscura, casi negra. Estuve un rato mirándome en el techo: al principio con más repulsión que curiosidad, al final, verdaderamente fascinada por mi nuevo cuerpo roto. Mientras yo me miraba, G agarró su guitarra y cantó Angel, y de los otros cuartos nos gritaron porquerías. En adelante, casi no me tocó: se sentía culposo y se portaba tan considerado que me recordaba a J. Lo dejé por M.

Cuatro

Lo cuarto fueron los cuartos. Y en los cuartos los amantes. Y en los amantes el sexo. El verdadero sexo, no esa tortura de la iniciación. Cuando se descubre el sexo es mejor no describirlo porque se corre el riesgo de caer en las detestables metáforas bélicas. Es así, qué remedio: un orgasmo es lo más parecido a una explosión. Si la máquina de mirar los pensamientos fuese posible, el momento en que ocurre un orgasmo extraordinario estaría, indefectiblemente, asociado al hongo de Hiroshima. El buen sexo adquiriría un matiz de incorrección insoportable.

En una playa casi vacía, al lado de un desierto en el Caribe, un padre y una niña juegan a nada: a corretearse, a tirarse agua, a reírse juntos. El padre la alza por los tobillos, la pone de cabeza, ella se desternilla de la risa. Después la baja y la toma por las manos y da vueltas rápidas, la hace volar como un cometa alrededor de una órbita cuyo eje es él.
Mi amante y yo reposamos los cócteles de media tarde. Él lee, yo miro al padre y a la niña, imagino lo que pasaría si en una de esas vueltas frenéticas, la soltara.
A mi amante le llamo mi amante pero no es tal cosa: ni él ni yo tenemos compromisos; es decir, él tiene hijos, dos, pero casi no los ve porque viven en Berlín. En el día de hoy hicimos esto: nadar, comer, reposar. Después entramos a la choza que es nuestra habitación, y nos desnudamos. Mi amante me dijo que yo era una criatura hermosa y que el sol me sentaba muy bien. Era mentira, el sol me sentaba pésimo, pero él no lo sabía. Después de la siesta fuimos por más cócteles y llegamos acá, a este momento en que el sol se zambulle en el agua como un Redoxón. ¿Te gustan las vulvas lampiñas?, le pregunto. Él se ríe, pero no contesta.
Nunca me había ido sola a ninguna parte con ningún hombre. Este me llevaba once años y me duraría tres días.

Tengo otro amante. Lo conozco en el bar de un hotel, estoy en un viaje de trabajo en un país donde hace frío. Tomo whisky, ya van dos veces que un mesero me pide la identificación. Creo que eso le gusta al que será mi amante. Me mira y se sonríe, alza la copa, hace cosas predecibles y sobre todo innecesarias. Esa noche terminamos en su habitación, pero no tenemos sexo porque no se le para. Dice que nunca le pasa, pero que está nervioso por su hija Jacqueline, que tiene dieciséis recién cumplidos, problemas de drogas y un novio punk. Dice que cuando Jacqueline está angustiada se arranca cachos de pelo. Después dice que lo punk es retro.
Acá un rasgo lamentable de los hombres mayores: en general tienen hijos, en general hablan de ellos con un grado de intensidad que obliga a la atención y, a veces, a la intervención. Te preguntan ¿a ti te parece que una chica de su edad debería comportarse así? Y esperan que contestes.
Yo le pregunto a mi amante fallido si alguna vez se calentó con Jacqueline a los ocho, nueve años. Me mira fijo, inexpresivo y dice Nunca Jamás. Como el país de Peter Pan. Me pregunta si yo me calenté con mi padre a esa edad y le digo no sé, quizá. Él me toma de las manos y me dice, con expresión agravada, que es normal que las niñas se calienten con sus padres, pero que no es normal que los padres se calienten con las niñas. Ya sé eso.

El siguiente hombre no quiso ser mi amante, no le gustaba ese título. A mí me encantaba, era un homenaje a la que entonces era mi escritora preferida. Le dije eso, pero no entendió. Este se llamaba H, me llevaba diecisiete años y, en vez de un amantazgo, me propuso lo siguiente: que le regalara una década, como máximo, de mi radiante juventud y, después, cuando mis prioridades cambiaran y se me diera por querer hijos o mascotas o un pene más nuevo, lo dejara. ¿Y yo que gano?, le dije. Nada, me dijo, tú ya lo tienes todo. Me pareció encantador.

Mi mamá se quejaba de mis relaciones. Era raro porque ella no sabía nada de mis relaciones. Me había ido de la casa hacía un par de años, la veía los domingos con el resto de la familia, o a veces sola, entre semana, para un café. A mi papá solo lo veía los domingos, rodeado de hijos y nietos. No recuerdo una sola conversación con él después de los trece. Recuerdo en cambio que para ese momento me caía mal: en alguna cavidad de mi cerebro le resentía algo, no sé qué. Una cavidad llena de moho.
Un día se me dio por contarle a mi mamá que estaba saliendo con un tipo grande. ¿Qué tan grande?, preguntó. Muy. La verdad era que no estaba saliendo con ningún tipo grande, ni con uno chico, ni con nadie, pero daba igual: quería ver su reacción. Se escandalizó, dijo tres cosas: 1) que los hombres grandes se gastaban rápido, que podían enfermarse… Cáncer, por ejemplo, podía darles cáncer y una jovencita no quería ni podía lidiar con un cáncer; 2) que las mujeres bellas como yo, con el colágeno intacto y el culo en su lugar, tenían que salir con príncipes o salir con nadie, que los viejos no me sentaban, que si me juntaba con viejos me iba a envejecer; y 3) que ni se me ocurriera usarla a ella y a mi papá de excusa.
¿Por qué?
Porque nosotros somos otra cosa. Tenemos otra historia. Todas las historias son únicas.
Esa tarde, cuando nos despedimos, bajó la guardia. Dijo: sal con quien quieras, los hombres no importan tanto. No hablaba por ella, claro, ni de sus hombres —mi papá y mi hermano—, que eran todo en su vida. Hablaba por mí, porque me conocía. Y la verdad es que, vistos desde ahora, hasta mi último hombre —llamado T— ningún otro me había importado demasiado. El sexo tampoco. El sexo era una instancia de la conversación que degeneraba en la conversación misma y entonces empezaba la mejor parte. Con los hombres grandes era así: primero iba el sexo y después lo demás. El sexo era importante para romper el hielo, para establecer un punto de contacto, pero, después de comprobar que todo estaba bien —sus partes y las mías, sus manos en mis partes— el sexo nunca me pareció algo muy trascendental. Es decir: he tenido polvos memorables; en la sarta de mitos sobre los hombres mayores hay uno que es innegable, el de la experiencia. La experiencia es un privilegio. Encontrar unas manos decididas equivale a encontrar la lámpara del genio de los deseos infinitos. Pero mentiría si digo que el sexo es lo que me atrae de los hombres mayores: no es. Ni de los mayores, ni de los menores, ni de la vida en general.

Cinco

Las relaciones. Eso es lo siguiente.
H volvió con más ímpetu y reiteró su propuesta. Se dio cuenta de que una década, a los veinte, es lo mismo que una vida, así que la reformuló: que el amor dure hasta que se acabe. El amor duró tres años.
H no tenía hijos, ni quería tener. Viajaba mucho y en el último año se mudó de país. Eso estaba bien porque evitaba la temible convivencia. Una amiga de esa época —niña de su casa, casada prematuramente— me había dicho: ¿te gusta el caviar? Me encanta el caviar. Piensa que el amor es comer caviar, y cagarlo es la convivencia: pero cagarlo en simultáneo con el otro, en una espiral de mierda que sale de su culo y entra en el tuyo, que sale de tu culo y entra en el de él. Y así, todos los días de la vida.
H y yo reemplazamos la convivencia por los viajes y también era una mierda. Era horrible ir y venir, despedirse cada vez. También era horrible viajar juntos. Él tenía la necesidad irrefrenable de controlar el camino, de decidir itinerarios y de elegir aquello que mis ojos debían mirar. Él había viajado tanto y yo nada. Él podía enseñarme el mundo, su mundo, y su mundo me aburría demasiado.
Eso me generó un tic: llevarle la contraria. Y una consecuencia: parecer más niña de lo que era.

Una vez alquilamos un departamento en una ciudad europea. Y reservamos un auto, y compramos unos pasajes en tren. El plural es un sofisma: todo lo hizo H por internet. Cuando llegamos el dueño del departamento nos miró perplejo y pidió disculpas: el departamento no está preparado. ¿Por qué?
Estábamos en un monoambiente impecable y hermoso, con una gran cama y un ventanal que miraba a una calle empedrada. El hombre balbuceaba: …no sabía que eran padre e hija, perdón, me esperaba a una pareja, pero no se preocupen, ya mismo les consigo una camita adicional.
No era la primera vez que nos pasaba, pero fue la primera que a H lo afectó. Anduvo todo el día de pésimo humor, yo intentaba animarlo con chistes nabokovnianos que empeoraron la situación. Yo intentaba animarlo con chistes del pasado: ¿te gustan las vulvas lampiñas? Se paró y se fue.
De tirar ni hablar.
Recuerdo un momento de la tarde, bellísimo y fugaz: H y yo sentados en una banca frente a un castillo medieval; yo recostaba mi cabeza en su hombro y le contaba una historia que ya olvidé. Recuerdo que, en medio de mi historia, H me apartó por los hombros, se levantó de súbito y me quedó mirando: ¿por qué te vistes así?
Llevaba unas calzas de colores, un vestido negro corte princesa y una cola de caballo.
¿Así cómo?
La estupidez del casero pasó a ser mi culpa. Yo la había provocado: yo y mi disfraz de falsa nymphet, a quien le han robado su chupete. De vuelta en el departamento me saqué el vestido y lo despedacé. Me acosté boca abajo y pensé en todas las cosas que podría decirle a H si me atreviera. Viejo frustrado, viejo de mierda, viejo marica, viejo impotente, viejo fofo, viejo bobo, viejo maniático, viejo, viejo, viejo. Me dolía mucho la cabeza.
Antes de caer dormida pensé en mi cabeza y en la cabeza de H y en las cabezas de todas las personas conocidas y desconocidas: pensé en cabezas como recipientes de palabras no dichas, de actos fallidos, de intenciones sepultadas, de verdaderas intenciones, de rencores inconfesos, de fantasías vergonzantes, de imágenes que no existen más que allí. Me despedí de H en un aeropuerto enorme —cada quien frente a un destino distinto— con las lágrimas más dolorosas de las que tengo recuerdo.

Todos los hombres mayores con los que tuve una relación saltaron de furia o se desplomaron de tristeza cada vez que alguien confundió el parentesco con la muchachita a su lado. ¿Pero qué pretendían? A mí me gustaban los viejos, no quería ser vieja. Sobre todo no podía.

Después de H estuve con L, que tenía un hijo mayor que yo, cuestión que le hacía ruido, pero esa no era la peor parte. La peor parte con L era su tendencia a confundir el llamado aplomo con la falta de alegría. Con L las noches duraban menos, las fiestas no existían, las madrugadas eran un recuerdo difuso de la ya lejana adolescencia. L no bailaba, le parecía una cosa de bárbaros. ¿Pero alguna vez bailaste?, le preguntaba yo, vestida de noche, maquillada de brillos, indignada. No recuerdo. L no oía música porque tenía que pensar. ¿Pensar en qué? En ti. Bah. L no se reía, salvo de Cantinflas. Yo odiaba a Cantinflas. L no sentía ninguna necesidad de hacer esas cosas que despreciaba, solo por complacerme. ¿Por qué estaba conmigo? Porque yo sí era capaz de ponerme a su nivel: de hablar de libros, de política, de la poca autoestima de su hijo. ¿Por qué estaba yo con él? Porque me gustaba demostrarle que podía.
Nuestra relación duró poco, pero gracias a él me convencí de algo que con H había pasado por alto: la juventud prescribe. La juventud como estado de ánimo, eso que el mito asigna arbitrariamente a todo tipo de personas con cierto talante y actitud, se acaba cuando empieza a ser un esfuerzo. Era ridículo pedirle a L que fuéramos a bailar, a emborracharnos y drogarnos hasta el amanecer, porque ante los ojos del mundo —pero sobre todo ante sus ojos y los míos— él no iba a ser el novio mayor, pero cool, que le hace el aguante a la novia chica y fiestera, que se pone a su nivel para complacerla; él iba a ser el viejo ridículo que hace un esfuerzo desmedido por no parecerlo.
Ahora, que hasta yo he envejecido, recuerdo a L con su pelo canoso, su sonrisa tranquila, su aspecto casi lúgubre pero satisfecho y vuelvo a quererlo, a respetarlo e incluso a admirarlo como no supe hacerlo entonces. Poca gente domina el arte de saber envejecer, L hacía parte de esa respetable minoría.
Seis
Si mi primera relación importante fue con mi papá, mi segunda relación importante fue con T: un hombre que me llevaba más de veinte.
Veinte años es todo lo que el bolero permite, después de ahí es corrupción —corrupción: vicio o abuso introducido en las cosas no materiales. Corrupción de las costumbres, corrupción de la moral—.
Dicen que el gusto por los viejos es un vicio adquirido, que en estos terrenos no se improvisa. Una vez consulté a un psicólogo sobre el tema y me dijo que, en general, las niñas edípicas lo han sido siempre y, si mantienen su fijación en edad adulta, es bastante probable que hayan sido abusadas o expuestas en el curso de la infancia a una relación semicarnal con alguien próximo al núcleo familiar.
Puede que sea mi caso. O puede que no, pero no importa.
Puede que T sea el final. O puede que no, pero tampoco importa.
No conozco el final.

En casa tengo una foto brumosa que nos tomaron a T y  a mí el día que nos conocimos. Estamos en un estrechísimo zaguán cartagenero, protegiéndonos de la lluvia. Íbamos camino a una charla que él daría en una Fundación donde yo trabajaba. En la foto se ve que la humedad había dejado una pátina brillosa sobre nuestras caras. En la foto él tenía cuarenta y seis y yo veintitrés; era flaca y altanera: melena hasta la cintura, ceja alzada como quien domina el mundo. T me mira y se sonríe. No hace una hora que me conoce y ya sabe que me tiene. No me tuvo enseguida, pasaron meses, largos meses, pero en esa foto él ya lo sabe.
Esa tarde la lluvia caía pesada y levantaba un olor fangoso que salía de la alcantarilla. La calle estaba inundada y no podíamos avanzar. No había mucho más que hacer que esperar. Yo dije odio la lluvia y T contestó: es solo agua. Aunque después él lo recordaría al revés. Quizá fue al revés.
Total, que llovía como llueve en mi ciudad: en un persistente chaparrón que levanta los vapores del piso. Al cabo de un rato de estar en el zaguán, envueltos en ese calor sofocante, T prendió un tabaquito marca Meharis y me preguntó cosas: libros, películas, vicios, edad. El humo deformando su cara me hacía pensar en un espía soviético a quien le han encomendado una misión de medio pelo en un país tropical. Al final terminamos hablando del que entonces era mi tema favorito: los padres. Así supe que su padre y el mío habían nacido el mismo año y que tuvieron vidas tan distintas: mientras que el mío era un abogado conservador y de provincia, casado por única vez, el de él era un médico español, anarquista y exiliado que tuvo siete esposas. Supe que él también lo odiaba por algo indescifrable y que lo amaba por todo lo demás. Y que se llamaba como él: T.
Con T, mi referencia se estrechó —lo que ahora hace difícil extrapolar preferencias—: ya no me gustaban los hombres mayores, en general, sino T, con particular intensidad. Aun así, a la distancia, podría decir que gracias a T deduje por fin que de los hombres mayores me atraían principalmente dos cosas, y que la una dependía de la otra.
La primera es la comodidad.
Es así: me siento cómoda entre hombres mayores que yo, me siento incómoda entre contemporáneos. ¿Por qué? No estoy segura. Podría sacarme del bolsillo esa dudosa estadística de que algunas mujeres maduramos más rápido que los hombres, podría decir que yo entro ahí: si fui vieja desde niña, si mi madurez le llevaba ventaja a mi propia edad, debí buscarme hombres acordes a las circunstancias. Pero es mentira. Yo no era nada madura, yo era agalluda. Soy. Me importa la edad porque me importa el tiempo: cuántas cosas caben en el tiempo de la gente. Ya sé que nadie lo llena igual, pero suele pasar que entre más tiempo uno vive, más cosas ve, aprende, come, lee, descubre, pierde, y todo eso te hace una persona más compleja.
Acá la segunda razón: a mí lo complejo me atrae. A mí la simpleza me parece estupidísima.
Lo atractivo de lo joven es: la belleza fresca —que no se reparte indiscriminadamente y que, de todas formas, se acaba con el uso— y la inocencia. Supongo que yo fui inocente. Es decir, que a esos hombres grandes que llamaba amantes les gustaba lo mismo que yo despreciaba en otros: para mí la inocencia es casi tan estúpida como la simpleza. La inocencia es un lastre del que los jovencitos y jovencitas deberían despojarse antes que de su acné. Diría entonces que me gustan los hombres grandes, incluso si yo les gusto. Diría que me gustan, también, porque ya perdieron la inocencia y el acné —y la melena en algunos casos, qué le vamos a hacer— y ganaron otras cosas: densidad, cohesión, solidez, espesor. Lo mismo que los caldos cuando hierven.

La charla de T se canceló por lluvia y estuvimos hablando bajo el zaguán hasta que escampó. El piso se había encharcado y estábamos replegados en una esquina, hombro contra hombro, para no mojarnos los zapatos: T tenía alpargatas de tela y yo sandalias. T olía al tabaco que se había fumado y a un perfume desconocido; miraba dentro de su bolso, buscaba algo: sonaban objetos de consistencia metálica. Canicas, pensé. Imaginé que estiraba mis dedos, los hundía en su cara y luego me los chupaba. Imaginé que él me preguntaba ¿a qué saben? Y yo le decía a sal y agua, y él decía ¿a mar? Y yo decía a mar. T sacó una cámara de su bolso y me miró con esa expresión, entre maliciosa y maravillada, que ya yo había visto en otros ojos. Para él, en cambio, era todo nuevo: él nunca había estado, ni imaginado estar, con una mujer tan joven como yo. En ese terreno T era un novato y yo tenía toda la experiencia.
Empezaba a escampar: pasaba por la vereda una señora que se había hecho un sombrero con una bolsa negra. Detrás, una carreta de verduras cubierta por un plástico. Y un perro esquelético. Y detrás una pareja de turistas a quienes T les pidió que nos tomaran una foto.
A ese día todavía le faltaban horas para producir un beso y un par de años para producir algo bastante parecido a un matrimonio. Le faltaban encuentros fortuitos y felices, visitas sorpresivas, hoteles de paso, sexo grandioso, sexo pésimo, mudanzas en conjunto, casas chicas, casas gigantes, hijos proyectados, hijos descartados, hijos reemplazados por un gato. Le faltaban más mudanzas, un jardín con parrilla, amigos en común, peleas horrendas, sexo de reconciliación, sexo sin ganas, temporadas sin sexo, sexo con otros, sexo con nadie más. Le faltaban enemigos, cumpleaños en familia, cumpleaños íntimos, regalos perfectos, regalos malísimos, aniversarios tristes por la ausencia del otro, aniversarios felices por la ausencia del otro, aniversarios olvidados. Le faltaban seis, siete, ocho aniversarios. Y un auto chocado, dos, tres veces. Le faltaban decenas de viajes, mudanzas en singular, encuentros fortuitos y tristes, recuerdos felices para olvidar y el vacío que resulta de sumar todo eso.
Pero, al mismo tiempo, a ese día no le faltaba nada. Tal como lo confirma la evidencia, en ese pequeño rincón brumoso, T y yo vivimos felices para siempre.

Suelo decirme que ni los buenos ni los malos ratos que pasé con T se relacionan con la diferencia de edad, pero sé que es mentira. A ver: si tuviera que atribuir una razón al éxito —es decir continuidad— de mi relación con T y al fracaso —es decir ruptura— de otras, diría que tiene que ver con la conciencia extrema de la diferencia y la poca necesidad de disimularla. Y si tuviera que atribuir una razón al fracaso —es decir ruptura— de mi relación con T y al éxito —es decir continuidad— de otras, diría que tiene que ver exactamente con lo mismo. Lo de la diferencia funciona en los dos sentidos: la excitación del exotismo —una pareja dispar, diga lo que diga, siempre estará cargada de exotismo— puede ser agotadora. La «normalización», en cambio, es paliativa. Hubo momentos en que, para mí, fue demoledor saberme distinta, y saber, sobre todo, que ser distinta era irremediable; lo que durante mucho tiempo me pareció un ejercicio de poder que demostraba una excentricidad caprichosa —miren: salgo con viejos—, ahora lo reconozco como una diferencia genuina frente a una buena porción de contemporáneas. Quiero decir, no soy tan fea, ni tan tonta, ni siquiera tan gorda. O sea, me creería capaz de conseguir un novio joven y apuesto que me situara en el equilibrio de mi hábitat generacional: las fotos de Facebook donde mis amigas se muestran radiantes con sus vestidos de novia, sus maridos mozuelos y, luego, indefectiblemente, sus bebés rosados y carnosos. Las veces que lo intenté —las veces que me dije ok, quiero ser como el resto—, seguí fracasando empeñosamente: hay algo frágil y volátil en la consistencia de la relación que establezco con los hombres menores, que mi torpeza —inexpertis— no permite que cuaje.
A veces pienso que llegaré a los cincuenta con uno de veintipocos y un día en el que me sienta inusualmente generosa, lo miraré condescendiente: tranquilo, ya se te va a pasar. Y le entregaré en ese gesto todo mi amor. O sea, a veces pienso que a mí también se me va a pasar. A mi madre no se le pasó, mi padre ya no está con ella y no solo lo sigue queriendo sino que lo quiere más. Pero nadie dijo que el amor por los hombres mayores se chupara del líquido amniótico: no soy mi madre, ni busco a mi padre, aunque este texto insinúe lo contrario. Probablemente, de una manera muy distinta a la suya, todo lo que quiera es llegar al final con la fantasía de que mi historia es única y que, aunque el mundo esté lleno de muchachitas insolentes que enamoran viejos, ninguna será como yo, ni sus hombres como el mío, quien seguramente ya no vivirá para oír ese relato, salvo en mi recuerdo magnificado.


Fuente: https://revistaorsai.com/amar-al-padre/

sábado, 24 de abril de 2021

Creo que te inventé en mi mente, Claudia Apablaza

Get along with the voices inside of my head

Rihanna



IRÉ A BENIDORM esta vez. Ordeno mi bolso, pongo un cepillo de dientes, una toalla, una muda de ropa, algo para comer. Salgo de casa. Llego a la estación. Cuando agarro el tren para ir a Benidorm, me arrepiento de no haber tomado un avión para esta ciudad horrible, y como dicen, uno de los mejores atractivos del mediterráneo. Primero debo llegar a Valencia, luego tomar un bus interurbano que me llevará al pueblito en que Sylvia Plath y Ted Hughes fueron a pasar su luna de miel, luego de que pasaran por París y Madrid, todo antes de que ella se suicidara.

Dicen que estaban enamorados. Dicen que se amaban. Leí las cartas de Sylvia a Ted. Se decían cosas linda. Cosas de amor.

Estuvieron un mes en ese sitio escribiendo sus textos, leyendo y asombrándose de la ruralidad de entonces: vacas, muchas nubes y árboles frutales.

Al llegar a Valencia me bajo del tren y entro en un bar para tomar un café con leche, me fumo un cigarrillo y observo los cuadros colgados en las murallas, cuadros horribles por lo demás; cuadros pintados para estimular, seguramente para olvidarse del suicidio de Sylvia.

Saco mi libreta para dibujar y me dedico a hacer un retrato de mi compañero de asiento, que se me ha quedado pegado en la retina. Mi compañero de asiento es un chico guapo. De repente sentí ganas de besarlo ahí mismo, para luego no hablarle más y dejarlo abandonado en el primer pueblo fantasma que pasáramos.

Lamentablemente en el segundo pueblo que pasamos, se subió una mujer y se sentó con él, le dio un beso en la boca que me dio asco por el exceso de saliva que se salpicó en sus mejillas. Ambos se bajaron antes de llegar a Valencia y cortaron así toda mi fantasía romántica de tener uno de esos antiguos amantes en pueblos fantasmas perdidos en otros países, que visitas cada tanto y no te exige más que besos y regalos, chocolates, bombones, viajes y saliva salpicada, todo a cambio de nada.

De Valencia me voy a Gandía y de allí a Benidorm. Gandía, tal como dice en la Wikipedia: “…es una ciudad de la Comunidad Valenciana y se encuentra situada en el sureste de la provincia de Valencia. Es la capital de la comarca de La Safor. Uno de los principales destinos turísticos españoles, por lo que en verano la ciudad triplica su población hasta llegar, en agosto, a los 350.000 habitantes”.

El bus va repleto de unos turistas con playeras de colores y floreadas. Comen bocadillos de patata en el bus y dejan todo de un aroma que a ratos me desagrada muchísimo. Sale un olor a papas fritas, me tapo la nariz con un pañuelo. Bebo un poco de agua. Me pongo mis lentes oscuros y recuerdo que he venido a Benidorm, más que para observar todo este horrible panorama, para huir del sentimiento del amor. El amor a un vecino, un chico que conocí hace meses. A veces viajo para olvidar, para dejar atrás todo.

En principio, debo confesar que no quería venir a Benidorm. Yo no quería subirme a este bus con aroma a patata y sentir arcadas. Yo no quería enamorarme de ese vecino. Tampoco ver cómo la saliva de un baboso se salpicaba en la boca de su novia. Yo no quería llegar a esta ciudad a la que acabamos de llegar. Es la ciudad más horrible que he visto en mi vida, hay carteles que dicen la California de España y en la Wikipedia ponían incluso: “… Aqualandia, la California de España, se trata de uno de los destinos turísticos más importantes y conocidos de todo el Mediterráneo gracias a sus playas y su vida nocturna”.

Leí en un periódico que era el sitio en que habían veraneado Sylvia Plath y Ted, y más que veraneado, pasado su dichosa luna de miel. Por eso me conformo y sé que aunque sea la ciudad más turística del mundo, por lo menos, Sylvia y Ted pasaron acá su luna de miel.

Me bajo del bus, los turistas aplauden haber llegado a Benidorm. Miro con una mueca de burla a una de las mujeres que aplaude desaforada. Ella se parece a mi vecino, tal vez es su hermana. Luego deja de aplaudir y se pone a llorar. Me voy rápido caminando, no quiero volver a verla en mi vida. No ver en todas las caras, la cara de mi vecino.

Saco el mapa que compré en la estación de Valencia. Lo abro, lo pongo en el suelo y me siento tan mal como la mujer que hacía muecas hace un rato. Desde hace meses que me siento mal, muy mal, como bolsa desechable y plástica, de esas verdes del supermercado del Bon Preu.

Pongo el mapa en el suelo. No debería hacer esto en el suelo, me van a confundir con una turista desquiciada; pensarán que también vengo a hacer esas cosas como jugar paletas en la playa, conmoverme, broncearme, usar camisas floreadas y buscar chicos aburridos por el día, tomar unos tragos, cenar con un grupo que no conozco nada, ir de noche a bares a buscar chicos que me hablen de automóviles, fútbol y bronceados, para finalmente, llevarme a la cama uno o dos por noche. Luego regresar de las vacaciones y contarles a mis amigas oficinistas a cuántos chicos me he agarrado este verano. Contarles con lujos de detalles todo lo que ellos me enseñaron en la cama, todo lo que yo les enseñé.

No quiero que me confundan con una turista aburrida que hace listas de hombres y pone al lado números o estrellas para calificarlos.

Me levanto del suelo. No quiero ser confundida con una de esas chicas, ni yo confundir los rostros de las chicas con con mi vecino.

Miro el mapa con detención, recuerdo el artículo que leí antes de agarrar el bus para acá. Leo el poema de Sylvia Plath que venía leyendo en el bus:


Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;
Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.



Creo que es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida. Se lo enviaré por SMS a mi vecino. Lo escribo. Un SMS. Segundo SMS. Tercer SMS: Se fueron. Espero su respuesta.

Recuerdo a Sylvia. Ella se escribía con su madre. Apuntó en su diario, o en las cartas a su madre el año 1956, años en que pasó por esta ciudad con Ted: "Tan pronto como divisé aquel pueblecito... después de una hora de viajar en autobús a través de montes desiertos de arena roja, huertos de olivos y matorrales, todo tan típico, y vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles –todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño–, sentí instintivamente, igual que Ted, que ése era nuestro lugar...".

Ted seguro estaba afuera mirando a las chicas mientras ella escribía sus textos; miraba a cada chica que pasaban mientras Sylvia se dedicaba a escribir, a leer, a decirle cosas bellas a su madre. A veces me siento como Sylvia, como Alejandra Pizarnik, como Simone de Beauvoir, como cualquiera que ha sido engañada por un hombre que se las da de escritor.

Escondo el mapa, lo guardo, me da terror parecer por un segundo a estos turistas que se pasean por Benidorm, es también la forma de olvidarlo; de olvidar esa noche y las otras, todas las noches; aparte de que no es bueno para el sí mismo, el sí mismo se desorganiza, se aleja de la unidad a la que debiéramos todos aspirar, se estremece, se desarticula, se va a la mierda. Lo sé por experiencia propia, desde niña siento que tengo divididos mi inteligencia de mis emociones, busco reunirlas en una, pero mis estados afectivos son tan potentes, que a veces destruyen todo lo que soy capaz de construir con el intelecto y ¡adiós!

También la conciencia de sí la tengo alterada, sólo me siento una especie de punto negro idiota y malformado. Cuando logro algo que buscaba hace tiempo, me digo a mí misma que es una ilusión, que no es una situación real, que es una ilusión, que es el simulacro de ese logro, su lado B, su impostura.

Camino. Busco la calle Tomás de Ortuño, es ahí donde se quedaron ambos. Intento no preguntar a nadie, que piensen que soy muda. Camino quince minutos, no encuentro la calle Tomás de Ortuño, es al parecer una de las arterias de este infierno. Calle que antes estaba en las afueras de la ciudad. Sylvia se pudo dedicar a escribir y leer con tranquilidad mientras Ted debe haber salido a dar sus paseos de galán de pueblo, a buscarse unas mujeres, alemanas, francesas y lo que viniera.

T de Turista,
T de tarado,
T de tontera,
T de Ted.
T de Ted, te odio.


Doy con la calle. Es realmente la calle más bulliciosa de la ciudad. “Por la calle empinada suben del pueblo los últimos carros tirados por burros, familias que vuelven a sus hogares en las montañas”, escribía Sylvia en las cartas a su madre cuando describió la ciudad. Pero ahora no es así. Ahora es la California de España; chicos con músculos las siguen a las heladerías o a buscar una cerveza. Sé que acá mi vecino, que de seguro también es un turista, estaría encantado, mientras yo odio esta ciudad; la odio con toda mi alma, la aborrezco; él sí se sentiría encantado. Yo no, yo odio a ese hombre, a Ted.

Miro hacia todos lados. Es un sitio horrible. Ni siquiera podría llegar a decir cosas cuerdas acerca de él. No sé por qué ellos vinieron a este sitio, no me lo explico. No tengo la menor idea de esa decisión. Es de los peores sitios que he pisado en mi vida. Hay una avenida para patinar e ir de pantalón corto. Las mujeres intentan estar muy bronceadas y mostrar el ombligo, no sé para qué, asunto de cada uno, yo jamás estaría bronceada ni intentaría mostrar mi ombligo. No es mi problema eso, el punto es que vine a buscar el sitio en que se alojó Sylvia Plath y Ted Hughes y no doy con él. Vine a pisar tierra de turistas para olvidarme de mi vecino. Vine a matarlo desde el fondo; a matar el amor que me negó el supuesto cielo que él anunciaba.

Recibo un mensaje de texto: “¿Para qué me escribes eso?”.

Lo ignoro. Camino. Recuerdo la dulzura de Sylvia.

No veo ahora los paisajes de Sylvia. No lo veo, no veo a las vacas y a las mujeres que llevaban cacharros con leche. Dónde estará el sitio. Camino. Escondo el mapa. Camino. Me arrepiento de haber venido, me produce una gran repulsión y un gran asco. No sé cómo Sylvia Plath pudo estar aquí. Ni siquiera lo creo. Ted Hughes sí, él era igual a mi vecino. De eso me he dado cuenta al llegar a esta ciudad horrible, que Ted Hughes es igual a mi vecino, hacía los mismos gestos de ver desfilar a mujeres por avenidas y patios, y por lo tanto quiero sepultarlos a ambos, tal vez agarrarlos, ir a dejarlos a un pueblo fantasma.

Camino. Quiero estar tranquila. Quiero dejar de pensar en esta ciudad horrible, en esta ciudad que huele a USA, en esta ciudad que quiero dinamitar porque hombres como Ted, hombres como el turista lo han arruinado todo. Han dejado todo en el suelo.

T de Ted,
T de turista.
T de Tonto,
de tontera,
T de turbio,
T de tara, de tú, tacón, tarima, tacaño, tasa, tao te King, terruño, tuyo, toldo, tilde, Tetuán, Tse Tse, todos, tantos, timos, tierra, terra, tieso, tentar.

Unos hombres me hablan en inglés, me preguntan por una calle, les digo que no sé en español, otros me hablan en francés y suena el ritmo de las guayaberas, de una música horrible, espantosa, suena una música infernal que viene de los autos que pasan a toda velocidad, pasan chicas con el ombligo afuera, todos pasan cerca de todo, hay roces, y recuerdo cuando conocí al vecino el día que llegué a España; día del que no he podido desligarme, situación que se repite, situación de tener a este hombre que es una especie de representante de otro hombre, que de seguro lo fue de otro y así, hasta lograr una gran cadena de hombres y desastrosos amores vencidos por una situación y otra y otra, hasta el fin.

He llegado a la calle. Camino mirando los números. Camino. Miro los números: 1, 3, 5, 7, 9, etc. He llegado al número. Es este el sitio. Lo sé. Toco el timbre de la casa para ver si alguien vive acá aún; no me abre nadie, vuelvo a tocar y nadie, tal vez se han ido a la playa. Forcejeo la puerta, está dura, difícil de abrir, no abre, saco un alicate que llevo en el bolso, golpeo la cerradura, la golpeo, la golpeo, la rompo, le doy nuevamente, le doy fuerte, termino de romperla, cae al suelo, abro la puerta, entro, ¿aló?, ¿aló?, digo, no hay nadie al parecer, no, no hay nadie, entro, voy mirando en las habitaciones, miro en una, en otra, voy entrando en cada una de ellas, al parecer acá no vive nadie es una casa abandonada, es raro. ¿Aló?, hay algunas fotografías, recortes antiguos, hay algunos cuadernos, hay algunos escritos en el suelo. ¿Aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, ¿aló?; parece que no hay nadie en este sitio, aunque hay un olor a ropa vieja, ¿aló?, hay olor a polvo, a encierro, ¿aló? al parecer hace años que esto no se abría, ¿aló?, ¿aló?, creo que nadie ha entrado a este sitio en años, hay telas de arañas, hay mucho polvo, humedad, papeles en el suelo, está hecho un asco, qué asco, hay mucho polvo, estornudo; tal vez debía haberme quedado en casa o haber llamado a mi vecino una vez más, recibir un “no puedo” una vez más, vestirme de hombre y pasar desapercibida, seguirlo por los bares que sé que frecuenta, seguro que nadie se daría cuenta de que yo estaba allí y podría haberle seguido luego hasta su casa para saber con quién iba a dormir, y luego huir si es que llegaba a ver a ese hombre que lo seguía, o incluso dispararle por todo lo que me ha ido haciendo estos meses.

¿Aló? Creo que mi voluntad y el temor son mucho más potentes. ¿Aló?, creo que jamás voy a matarme por el vecino ése, creo que jamás; sigo caminando, ¿aló?, ¿aló?, hay alguien aquí, la verdad es que se ve extrañísimo este sitio, tal vez no lo abrían desde que ella murió a los treinta y un años; ¿aló?, ¿aló?, yo voy a cumplir treinta y un años el mes que viene y no quiero morir como Sylvia, siempre he tenido miedo de correr la misma suerte que algunas escritoras, ¿aló?, y que después el turista dijera que él me amó mucho mientras yo vivía y se quede con todos mis manuscritos inéditos y los venda a agentes y editores, ¿aló?, hola, hay alguien en casa, la verdad es que no creo que me suceda, si mi vecino apenas me conoce, no estamos casados como Sylvia y Ted, apenas lo he visto tres veces en mi vida, pero no sé, uno nunca sabe, ¿hay alguien en casa?; sólo sé que quiero que me deje de perseguir su imagen; no soporto tener su imagen en mi cabeza, es como una especie de demonio, tal vez debería quedarme en esta habitación a dormir algunos días; ¿aló?, ¿aló?; es una habitación cálida al fin y al cabo, no es nada de ruidosa, podría terminar de escribir la novela que debo entregar a mi editor la semana que viene, tal vez aquí, ¿aló?, ¿aló?, con este silencio sí que me inspiraría del todo y podría definitivamente acabar de escribir todo lo que me falta por escribir; esas novelas que he venido dibujando en mi cabeza hace años, ¿aló?, ¿aló? Siento unos ruidos, risas, son turistas, sí, son turistas, hablan en otro idioma, hablan en inglés, hablan en francés, hablan, hablan, ¿aló?, ¿aló?, hola, Thanks you; ¿está Sylvia aquí? Qué raro, qué extraño que ahora haya turistas en este sitio, hablan, hablan, ríen. Me siento en la cama. Si me preguntan algo, les diré que esta es mi casa, que se vayan inmediatamente de aquí, que este es un sitio privado. ¿Aló?

Me encerraré en una habitación y pondré una cama como refuerzo; me quedaré aquí unos días, lo necesito. Ahora que me falta poco para cumplir mis treinta y un años, quisiera estar cerca de Sylvia, de la casa en que vivió, pero realmente no sé si fue buena opción venir acá. Me siento rara, el corazón se me ha acelerado. Tal vez debí quedarme en Barcelona. Me siento débil. Me siento sin deseos de seguir, creo que no lo tolero. No me la puedo, no puedo más, no alcanzo a procesar todo eso de ambos mundo. No sé cómo es que se procesa. T de Ted. T de tú. Me pondré a rezar un poco, siempre rezar me alivia la ansiedad, me alivia de todo el miedo que le tengo a mi vecino. Rezar quita el miedo, el temor a estos paseos que no sé por qué doy. No tengo claridad de por qué estoy aquí aparte de sentir que quería venir a la tierra en donde estuvo Sylvia Plath con Ted Hughes para ver si se me pasaba el miedo a estar cerca de mi vecino. Para ver si lo olvidaba. La mente la tengo dividida entre el mundo real y el mundo ficcionado; entre el mundo de mis emociones y el de mi intelecto. Hay una barrera entre ambos mundos que no sé unir. ¿Aló?, he venido acá a intentar hacer esa unión, pero no sé si me resulte, no sé si me siento bien haciéndolo, ¿aló?, ¡Salga!

Me acuesto en la cama que debe de haber sido de ella. Seguro que éste era su despacho. Se parece a lo que ella me ha dicho que es su despacho. Es igual, es exactamente lo mismo. Pero yo sólo quiero olvidar a mi turista. Permíteme olvidarlo, por favor, permíteme, lo necesito, quiero dejar de pensar en él, por favor, en esta casa tal vez podría hacerlo; T de tú, T de Todo, T de Ted, Te de Turista. ¿Aló?

Sé que debo razonar. Entender que estoy en una situación horrible, espantosa. No debí venir a Benidorm. ¿Cuánto me demoraré en regresar? Extraño mi casa en Barcelona, cuánto extraño mis cosas. Mi cueva. Twittear en mi cueva. Luego cerrar los ojos y descansar. Creo que te inventé en mi mente. Cuando estaba sola en casa pensaba que él podía llegar. A veces el timbre sonaba y pensaba que era él. Cierro los ojos y creo que lo inventé en mi mente. ¡Salga, hemos dicho! Eso lo tuve que aprender a pulso de soledades.

Abro los ojos y veo un espejo enorme en el techo. Veo mi imagen en ese espejo. Aprendí a extrañar desde lejos, ¿aló? ¡Entraremos! Extrañar sin tener a ese otro y pasé así la frontera que divide todo esto de las necesidades y los cuerpos reales; la posibilidad de tener algo y la necesidad de tenerlo. Todo lo material, ya sean cuerpos, dinero, comida que quiero, no la obtengo; sólo esa necesidad se queda suspendida en una especie de diario mural y la observo, a veces se me acerca y me lleva a cometer actos como el de pedir algo para que esa necesidad se cumpla, desde solicitudes a santos, como a personas de carne y hueso; llamadas telefónicas para conseguir algo, reuniones y encuentros fallidos; pero y siempre quedo con la necesidad intacta, allí está, me mira como si la vida no fuese nada, el suceder del tiempo, allí está y al final de todo siempre se queda impávida como una estatua, como una necesidad tan sólo. ¿Aló?

Es cuando siento que las acciones y la voluntad sólo pesan como actos simbólicos, palabras, el cuerpo tal vez no me pertenece, el cuerpo tal vez me fue dado para disimular el daño, el cuerpo tal vez es un sombra, una línea que me ha sido dada para llegar a la gran representación, ¿aló?, a la gran idea, el cuerpo me está vedado y me debo quedar en esta gran idea de todo, por más que he intentado años llegar tan solo a comer y amar. ¿Aló?

No me veo en el espejo. ¿Dónde estoy?

Ok. Ok, Ok, grito, grito, hay un eco espantoso. ¡Ok! ¡Vine a Benidorm, lo acepto! ¡Vine, vine aquí, estoy aquí, vine a buscar esto de Sylvia Plath! ¡Vine a mirar si era posible que esta ciudad existiera independiente de mi voluntad, de mi cuerpo, porque mi cuerpo ya sólo existe en relación a la idea esa de sujeto, y al llegar acá me di cuenta de que Benidorm sí existía; sí es un algo real, sí es, pero no es lo que en su momento fue para ellos!

Dejo de gritar.
Me siento agotada.
Me canso.
Me tiro al suelo.
Saco mi cuaderno.

Anoto: dos escritores pasaban su luna de miel y se extasiaban de la sencillez del pueblo y de las mujeres que bajaban por agua. ¡Ok! Lamento no poder disfrutar de eso ahora, sólo escuchar desde lejos a ese grupete de turistas que se han entrometido en mi espacio sagrado.

¿Aló?, ¿aló? Hay alguien dentro. Tal vez quieren matarme. Qué horror, no debí venir acá. Han forcejeado la puerta, escucho. ¿Dónde está?, dice un hombre. Salga de ahí, gritan. Yo quiero que a algunos les puede parecer una mierda, quiero hacer lo siguiente en esta casa en que habitó Sylvia Plath: establecer la regla entre la necesidad y la obtención de ella, con su excepción también. ¡Salga! ¡Salga o disparamos!

A mayor brecha entre objeto necesitado y satisfacción de ese objeto, mayor nobleza de alma y espíritu. ¡Salga, hemos dicho! Al parecer lleva un arma, gritan. Salga o disparamos. ¡Entregue el arma!

No va a salir. Vuelve a sonar de forma la puerta, vuelvo a sentir de forma estrepitosa la puerta, no sé si tengo puerta, no sé si escucho, creo que te inventé en mi mente, creo que te inventé en mi mente, pero igual sigo pensando en ti, maldito vecino, maldición, mejor morir si no te olvido, como en las películas, qué horror, qué patético; no va a salir, tiene un arma. Espero que no vuelvas a aparecer en mi cabeza, en mis emails, en mis plataformas todas y ésas que siempre apareces, sin decirme nada y sin yo decirte algo; algo simple, aunque sea algo sencillo, inútil, sin sentido, algunos no entienden esto, pero yo no debí venir a este sitio a estar como Sylvia esperando a que un hombre de cualquier tipo me amara; déjala que no ha hecho nada, ¡salga!, intenta robarnos todo lo que tenemos, es una delincuente. Se ha metido en nuestra casa, está en nuestra habitación, estará robando. Y yo que quería que me dijera cosas bellas y gratas, y que estuviese al fin. Ha sido por decirlo de una forma algo complejo, triste. ¡Salga! No, no dispares, tal vez es sólo una indigente. Salga. Lo siento, dispararé, no me fío, debe tener un arma. Salga. T de Turista, T de Ted, T de tú. Tú abres la puerta y yo disparo. ¡Ahora! Creo que te inventé en mi mente. T de Ted, T de turista, T de T amo, de T odio, ¿qué haces? Ten cuidado, ¿qué haces? ¿Qué haces tú en nuestro hogar? Este no es tu hogar. Vete. Es mi sitio. Es el mío. Hay un hombre que siempre me ha engañado. Hay un hombre que siempre me buscó para engañarme. Y el arma se va a disparar. Lo sé. Déjala. Va a dispararse. Lo sé. Se dispara. Se dispara. Se ha disparado. Escucho de lejos la detonación. Lo siento. Corro. Salgo a la calle. Corro. Uno de ellos tal vez ha muerto.

Creo que te inventé en mi mente. Corro. Corro. Cruzo Benidorm corriendo. Llego a la estación. Sudo. Agarro el bus hasta Gandía. Creo que te inventé en mi mente. Me deben venir siguiendo. Luego hasta Valencia. Barcelona. Estación de Sants. Me bajo. Me compro la T-10. Me subo al metro. Una sola parada. Metro Universitat. Toco el timbre de tu casa. Nadie me abre. Subo. Igual logro entrar. Hola, hola. ¿Hay alguien aquí? Hola, hola. Me desnudo, me pongo tu traje. Me desnudo. Me pongo tu pijama. Uso tu cepillo de dientes. Tu After Shave. Tu perfume. Me perfumo mucho. Me fumo el cigarrillo que dejaste en la mesa de noche. Me tomo un vaso de tu whisky. Me acuesto en tu cama. Me duermo, despierto. Comienzo a prepararme el desayuno. Una tostada y aceite de oliva. Café negro y cargado. Saco la cafetera. Está caliente. Me quemo un poco. El café está demasiado caliente. Me gusta frío. Me llega un SMS. Nuevamente será ella que me llama para fastidiarme. Es un SMS vacío. Maldita, ya no la soporto. Voy al cajón de mi velador. Abro la puerta de su casa. Ahí está sentada. Disparo.

viernes, 9 de abril de 2021

Florilegio de entrevistas de Cecilia Pavón

Cecilia Pavón en Columbia University

http://laiccolumbia.reclaim.hosting/journal-graduate-research/entrevista-cecilia-pavon/

Cecilia Pavón (Mendoza, 1973) es escritora, traductora, editora, artista y parte de la colectividad Belleza y Felicidad. Formada en Letras en la Universidad de Buenos Aires, ha vivido en la ciudad desde 1992. Sus publicaciones incluyen los libros: A Hotel With My Name (Scrambler Books, 2015), Belleza y Felicidad (Sand Paper Press, 2015), Un hotel con mi nombre (Mansalva, 2012), Los sueños no tienen copyright (Blatt & Ríos, 2010), 27 poemas con nombres de persona (Triana, 2010), Once sur (Blatt & Ríos, 2013), Caramelos de anís (Belleza y Felicidad 2004) los blogs Cecilia Pavón y Once sur (oncesur.blogspot.com). Ha traducido Proximidad del amor de Tracey Emin (Mansalva, 2012), Verano del odio de Chris Kraus, con Claudio Iglesias, (Eterna Cadencia, 2014), entre muchos más. 


Creo que la intuición es muy importante en la traducción, que todo lo que rodea el acto de traducir influye en el trabajo final. Como decía antes, las afinidades electivas, el por qué uno decide o no traducir algo, ya está marcando cómo quedará la traducción. No es lo mismo traducir un poeta porque uno se enamoró de su obra que traducirlo por encargo, creo que lo afectivo también juega un rol principal en la traducción.

Pienso que las tecnologías están relacionadas con la visión del mundo de una época, eso no se puede negar. Vivimos en la era de las redes sociales, quizá toda la literatura de Belleza y Felicidad era, un poco intuitivamente, una forma de adaptar el lenguaje a esas formas de la tecnología que estaban en ciernes. (En 1999, en Argentina todavía no había cámaras de fotos digitales por ejemplo, ni banda ancha). Pero también pienso que la poesía es algo antiguo que va adaptándose a cualquier formato a lo largo de los siglos o milenios, en ese sentido podría decirse que el formato en que se publica un poema es azaroso porque lo que transmite la poesía es mucho más antiguo, casi atávico o biológico. Pienso a la poesía como una necesidad biológica antes que cultural.


Cecilia Pavón: "Escribo en primera persona para reírme de mí misma"

https://www.eternacadencia.com.ar/blog/contenidos-originales/entrevistas/item/cecilia-pavon-escribo-en-primera-persona-para-reirme-de-mi-misma.html

Siempre pienso que el yo o la primera persona son solo una excusa para transmitir un estado afectivo, una percepción del mundo a partir del afecto, un universo concebido y experimentado antes que nada desde la emoción, quizás porque vengo de la poesía, para mí lo más importante en la escritura es siempre la emoción. Y el humor, que es una de las emociones centrales de la vida, no sé si lo logro pero al menos lo intento que el yo sea siempre un chiste sobre el yo, digamos que escribo en primera persona para reírme de mí misma, de las cosas que me pasan. Yo diría que mi ideal es lograr que la vida real deje su gravedad de vida real y se transforme en poema. No sé si lo logro, pero lo intento.

La ficción para mí tiene que ver con lo que está pasando aquí y ahora, con reconfirmar que el mundo existe, que no es un sueño y que, al mismo tiempo, también puede ser cualquier cosa distinta, como si todo lo que pasa en la realidad tuviera la potencialidad de tener un final abierto, algo así... Percibir el presente pero intuyendo el futuro que hay en él.

Belleza y Felicidad fue como escribir un poema pero en tres dimensiones y fuera de la página, en ese sentido fue un lugar muy literario. Como mucha gente dijo, la mezcla de poesía y artes visuales en un espacio era y sigue siendo algo bastante raro. En general, las disciplinas se manejan más bien por carriles separados. Belleza y Felicidad fue una especie de sueño, capricho, o de alucinación, tres cosas que para mí tiene que tener la literatura sí o sí.

Cecilia Pavón: “Una editorial independiente es una forma de crítica literaria más potente que la de los diarios”

https://loqueleimos.com/2015/11/cecilia-pavon/

Yo fui al taller de Arturo Carrera cuando tenía veinte años y recién empezaba a escribir y me sirvió mucho, no sé si en términos de “formación” sino de experiencia de vida. A todos los que vienen a mi taller en realidad les digo que no les puedo enseñar a escribir sino que se trata solo de un espacio para experimentar y compartir, también es una especie de terapia donde hablamos de nuestra vida sentimental, o de política y de cómo todo se relaciona con la poesía. No sé, no tengo muy claro el método que uso ni nada, creo en lo espontáneo y en la improvisación y en transmitir autores, creo que después todo se da solo.

En los cuentos me siento como un personaje de una obra de teatro que exagera en todo y a la vez trata de decir la verdad… porque la literatura para mí siempre es en un punto exageración, un acto de deformación de la realidad. En los cuentos trato de buscar un concepto y desarrollar todo en torno a eso, no creo en contar algo o en el verosímil o en la psicología del personaje, los cuentos que me gustan son más bien los que tienen una idea, como los de Borges.

Ese cuento habla de la lucha entre distintos paradigmas del arte, el que sostiene ese chico alemán, basado en la música clásica y otro, más americano diría yo, basado en la experiencia cotidiana. Obviamente esa afirmación es irónica, bueno, todo ese cuento es irónico, fui a un festival de poesía en Alemania y la gente me pareció solemne y grandilocuente, gente joven que se había olvidado de la subcultura y el rock y hablaba de Schubert… y pensé: “Este continente está mal”.

Sí, siempre me gustó el rock y los primeros poemas que escuché eran canciones de Charly García, Virus, Soda Stereo, cuando tenía diez u once años. A los doce me acuerdo que escuchaba todo el día sin parar un disco de Charly García, Piano Bar, estaba fascinada, creo que había más poesía ahí que en muchos poetas. Es una cosa generacional, me parece.