Mi propuesta se vincula con el rechazo al canon, entendido como clausura. Entiendo el canon como representación de la episteme patriarcal y neoliberal que expulsa o anula la potencia de escrituras otras. Eso me llevó a construir un pequeño tramo de las escrituras poéticas de mujeres. Un mapeo que diera cuenta de un trabajo parcial, abierto, la muestra de una parte de las producciones de cada autora, ampliable, sujeta a posibles movilizaciones de orden estético—político.
Tal como señalo en el prólogo, no hay un afán jerárquico, pero sí perspectivista. Esto reafirma mi idea de abrir una zona de escrituras diversas, articuladas a partir de la emancipación.
Una comunidad articulada por la emergencia de una contrahegemonía de base emancipatoria.
Leemos a partir de un condicionamiento de género binario y esencialista. La asignación de femenino que se impone a la mujer, implica modos de escribir y temáticas afines a ello. En el conjunto de escrituras que abordo identifico la subversión al determinismo o esencialismo de género. Esto implica una subjetivación en estado de crisis respecto al femenino creado por el patriarcado: subordinado, pasivo, heterosexual, sensitivo, obligado a la apertura de sus intimidades, apegado a los sentimientos filiales, amorosos o al elogio de la heroicidad masculina. En este libro recojo escrituras ponen en jaque el esencialismo de género y con ello surge una escritura feminista. Con esto me refiero al abandono o puesta en crisis de la categoría “femenina”, inscripción creada por el patriarcado para ejercer sus estrategias de dominio.
La consciencia de género no binario, así como la consciencia crítica, van unidas y son parte de una estética y política emancipatoria, expresada poéticamente. Toda estética es una política en cuanto nos impone aquello que se puede ver, decir y hacer. Por tanto, el arte, en este caso poético, es político cuando funciona como táctica de insubordinación a tales mandatos.
El imperio del mercado han generado subjetividades indiferentes a la colonización ideológica. ¿Será posible, es este escenario, el surgimiento de un contrapoder? Desde mi visión, sí, es posible. Entre las variadas formas de resistencia, se encuentra la poesía, la literatura, capaz de generar un contraespacio, reelaborando el fracaso, revinculando literatura y política, levantando utopías y desafiando el proyecto fascista refundacional que se nos impone.
Nuestra literatura, y con ello la poesía, se ha entregado a la estética neoliberal y con ello la denominada literatura de izquierda o no hegemónica, ha pasado a ocupar un lugar residual. Buena parte de la literatura se aleja cada vez más de toda problemática social no burguesa. El pueblo, la comunidad o el trabajo, por nombrar solo algunas realidades, carecen de lugar en la literatura. No hay experiencia compartida siquiera en los momentos de crisis.
La emancipación que articula al feminismo resulta fundamental en la expansión a la que te refieres. Desde el feminismo literario es posible desafiar la estética neoliberal que nos impone a un/x sujete sin utopías, esperanzas, donde se entroniza el individualismo, anula el contexto social, obligándonos a volcarnos en la autonomía de la subjetividad y de la literatura. Por lo mismo, pienso en la necesidad de promover agenciamientos que permitan levantar una discursividad de resistencia, habitada no solo por las elites, pequeña burguesía, sino por voces, de mujeres, aunque también hablo en general, conscientes de la interseccionalidad, de su exclusión por género, raza, clase, discapacidad o diversidad funcional (un término más digno) e incluso edad, condición de salud.
Me interesa compartir con mis estudiantes producciones literarias tanto canónicas como exocanónicas.
https://eldesconcierto.cl/patricia-espinosa-critica-literaria-nuestra-literatura-se-ha-entregado-la-estetica-neoliberal-n5459582
domingo, 14 de junio de 2026
Patricia Espinosa y la literatura, extractos de entrevista by Fran Palma
martes, 12 de agosto de 2025
Narramos, pero no juzgamos, crítica de Patricia Espinosa a Telepunga
La autora declaró que este libro lo escribió mucho antes que Las heridas. La distancia se deja ver con fuerza, tanto que el desastroso paso dado en 2021 podría quedar atrás. Telepunga es un conjunto de narraciones que revelan seguridad en la escritura, una estética que logra articular inocencia y perversión y, en especial, pocas ganas de hacer concesiones.
Es así como los relatos van construyendo un modo de enfocar la realidad donde tiene más relevancia el tono de ingenuidad de sus personajes que explorar en los derroteros del mal. Es como si existiera en ellos una fractura profunda que no deja ver la depravación que esconden. Esto significa que vemos una capa externa, pero poco a poco van apareciendo indicios de una fuerza capaz de satisfacer los deseos a costa de todo, sin freno de ningún tipo.
La violencia es siempre el vector que desata la acción, una energía maldita que pulsa por materializarse en los cuerpos y las voluntades. Pero hay algo más: estas narraciones desenfocan el porqué llegaron a comportarse así, permitiendo que surja un aire inquietante, una atmósfera que resulta común, reconocible, o si se quiere, normal. Esto en algún momento se quebrará, generando un contraste violento entre lo gentil y lo perverso.
Las 11 narraciones se estructuran, en su mayoría, en torno a un/a personaje inserto en una situación sencilla, asociada con trabajos mal pagados, becas míseras, relaciones amorosas quebradas y tormentosos vínculos familiares.
Tres relatos abren el volumen y nos sitúan en territorios de infancia y adolescencia. En “La escopeta”, un padre violento impone su masculinidad a un niño que está mostrando conductas inquietantes. “Miss Lola” expone a una chica que descubre que el poder y el mal en los adultos van de la mano. “Cuarto medio” se refiere a un adolescente que de testigo pasa a ser cómplice de un acto brutal. En todos estos relatos, los pactos de silencio para resguardar algún orden establecido pesan mucho más que la justicia o la moralidad.
“Trenes” es uno de los mayores aciertos del volumen. También tiene a una niña como protagonista, situada en un hogar precario, donde la madre sostiene la casa haciendo costuras. Un abuso sexual narrado de una manera brutal logra generar un estado de degradación que parece no tener escapatoria. De igual manera, el relato se enfoca con rudeza en la pobreza y la miseria que atrapa cada vez con más fuerza a la madre. A pesar de un desenlace que daba para más, no cabe duda de que Uribe consigue dibujar de manera impecable una escena donde se impone un destino aciago.
Una segunda línea de personajes, además de las infancias, es la de parejas heterosexuales. “La posta” es un relato que presenta a una mujer de clase acomodada que siente la necesidad de vincularse con “otros”. Con un comienzo muy esquemático, especialmente por el simplón contraste entre la cuica y la chica de población, el cuento se logra sacudir del forzamiento inicial. Un accidente callejero permite a la cuica Paula conocer a una joven y a su grupo de amigos, sintiendo una complicidad enorme con aquellos marginados. El foco siempre está en Paula, mostrando su benevolencia de manera constante. De ahí en más, la tensión radicará en si es posible sacudirse el clasismo o si todo no fue más que un entusiasmo pasajero.
En “Nos quedamos a solas”, la protagonista, una mujer acomodada, vive un mundo paralelo al de su compañero, más aun ella siente fascinación por lo marginal. Una mudanza le da la oportunidad de conocer a personas provenientes de un mundo distante. De ahí en adelante se desata en ella una inclinación por las corporalidades imperfectas, incluso monstruosas, pero seductoras. En apariencias se trata de algo simple, ella es capaz de encontrar belleza en aquellos que supuestamente no la tienen. La atracción sexual refuerza un historia donde necesitamos saber qué tanto esta dispuesta a correr los límites. ¿Contradiscurso a favor de la diferencia o simple deseo inconfesable? La mezcla entre lo erótico y una base cristiana otorga al relato un espesor muy interesante.
Siguiendo con las parejas hetero y lo perverso, un punto alto resulta ser “Casa de muñecas”. Una historia muy bien armada donde una trama de indicios resultan capitales para el desarrollo de la acción. Una pareja joven y consolidada visita una casa de campo de la familia de ella. Uribe elabora una masculinidad con dobleces oscuros, dirigidos a una pequeña, prima de la pareja del hombre. El aspecto más turbio en este relato no solo es el deseo del hombre por la niña, sino que la posible atracción de la pequeña hacia el sujeto. El volumen nos enfrenta a uno de los argumentos más sucios usados por los pederastas: son las víctimas las que provocan a los hombres, quienes, como mansos corderos, no hacen más que seguir la ruta del instinto masculino, prácticamente obligados por una suerte de malignidad seductora propia de algunas infancias.
Hacia el final del volumen, se incluyen dos relatos que se desvían del conjunto. “Solo para argentinos”, que aborda la estadía en el país vecino de una becaria chilena, desarraigada y falta de cariño, es fácilmente prescindible por su falta de energía para salir del cliché.
Este mal paso se compensa con “Telepunga”, que da título al libro. Un gran relato. Veloz, contingente, con una crítica social despiadada al trabajo precarizado y una protagonista ladina, con humor, entusiasta, pese a la enorme cantidad de infortunios que le toca pasar. El personaje central trabaja en una pizzería donde impera el descalabro. Son comunes el robo hormiga, el maltrato laboral, las amistades entre los trabajadores, las malas jugadas y los enamoramientos. La narración, cargada de un lenguaje coloquial y una mirada burlesca, reserva un sobrecogedor y cinematográfico desenlace, donde se revierte todo sesgo carnavalesco.
Arelis Uribe ha elaborado un conjunto de relatos destacables en su desenvoltura al momento de elaborar una crítica social y construir personajes excluidos por el sistema. El mayor acierto del conjunto está en la configuración de aquellos sujetos/as que contienen una crueldad larvada, canalizada en impulsos irrefrenables, donde el otro no es más que un instrumento de autosatisfacción. El intento de narrar sin juzgar resulta valioso, porque se sacude de moralismo y deja al lector/a la decisión de enjuiciar. Telepunga, en última instancia, es un enorme paso en la escritura de la autora.
jueves, 31 de julio de 2025
Sobre "La Reina Isabel cantaba rancheras", de Rivera Letelier
Cochino, barroco, proletario. Me recordó a Pedro Lemebel, por los apodos jocosos (la Poto Malo, la Ambulancia, el Astronauta). Tiene oficio Rivera Letelier, logra ese juego que me encanta que es mezclar la jerga callejera cuma con un léxico refinado. Tiene oficio escritural el viejo, alude al azul de Darío, introduce a la Mistral en un poster con bigotes pintados, cita a Neruda, compara a una prostituta blanca y gorda con Moby Dick. Lo que más me gustó fue leer sobre la forma de vida del explotado pueblo en las pampas salitreras, eso de acostarse en catres izados del suelo sobre tarros viejos; dormir en sábanas de sacos de harina; trabajar de sol a sol para ganar en fichas y morir de silicosis. Me encantó la enumeración de comidas, eso de desayunar leche con harina tostada, el pan con mortadela, la cazuela coronada con porotos verdes. Hermoso po. Tengo una teoría: salvo por Violeta Parra, algunos pasajes de la Mistral y la reina Pedro Lemebel, el realismo social chileno hasta la década de los dos mil ha sido hegemónicamente narrado por varones. González Vera, Manuel Rojas, Gómez Morel, Rivera Letelier, Pablo de Rokha, Nicomedes Guzmán. Proletas, sí, pero varones al fin. Es después de los dos mil que aparecen obras como Piñen, de Daniela Catrileo, o Qué Vergüenza, de Paulina Flores, o incluso Quiltras, de su servidora. Mujeres narrando desde la clase popular es algo nuevo, quizá por eso es que dichos títulos han resonado tanto. Qué no me gustó del libro: que encuentro problemático que un varón relate la experiencia de la prostitución femenina. Hay que tener coraje, ser bien patudo. La prostitución femenina es uno de los tópicos no resueltos del feminismo. No hay concenso. Hay autoras que lo defienden como una gran experiencia de vida, como Virgine Despentes; mientras otras lo señalan como una más de las explotaciones patriarcales y como una experiencia de hambre, no una decisión feliz, como Camila Sosa Villada. ¿Qué opino yo? Que es un problema interseccional, no es lo mismo ser puta cuica que puta proleta. Creo en los matices. No me gustó que el libro retratara la prostitución como un llamado divino, alegre, casi altruista. Hay en esta novela un ethos masculino que detesto, ese que romantiza la pedofilia y naturaliza el deseo sexual masculino como una fuerza animal incontrolable. Reproduce la cultura de la violación. En esta historia una niña de once años se enamora de un tipo de veinticuatro y le regala su flor. Eso se cuenta edulcorado, cuando en realidad debiera escandalizarnos. En esta novela un grupo de hombres viola hasta la muerte a una prostituta recién estrenada. Y sin embargo, en este libro se ensalza la épica sindicalista de los obreros del salitre. Se condena la avaricia del patrón que pagaba en fichas. Se celebra la epopeya allendista. Dice la misma Virgine Despentes que hay que ser idiota o absolutamente deshonesto para condenar la explotación obrera y juzgr que la explotación patriarcal está llena de poesía. Dice Brigitte Vasallo que el patriarca es un solo macho capitalista. El discurso explícito de "La Reina Isabel cantaba rancheras" es machista, nada que hacer. Gracias a mí misma por comprar una copia de esta obra en Cuba, hace muchos, muchos años atrás. Y a Simón Soto, por meterme en el mismo saco que este viejujo cochino. Pese a las diferencias políticas, me honra la comparación.