Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas

jueves, 31 de julio de 2025

Sobre "La Reina Isabel cantaba rancheras", de Rivera Letelier

Cochino, barroco, proletario. Me recordó a Pedro Lemebel, por los apodos jocosos (la Poto Malo, la Ambulancia, el Astronauta). Tiene oficio Rivera Letelier, logra ese juego que me encanta que es mezclar la jerga callejera cuma con un léxico refinado. Tiene oficio escritural el viejo, alude al azul de Darío, introduce a la Mistral en un poster con bigotes pintados, cita a Neruda, compara a una prostituta blanca y gorda con Moby Dick. Lo que más me gustó fue leer sobre la forma de vida del explotado pueblo en las pampas salitreras, eso de acostarse en catres izados del suelo sobre tarros viejos; dormir en sábanas de sacos de harina; trabajar de sol a sol para ganar en fichas y morir de silicosis. Me encantó la enumeración de comidas, eso de desayunar leche con harina tostada, el pan con mortadela, la cazuela coronada con porotos verdes. Hermoso po. Tengo una teoría: salvo por Violeta Parra, algunos pasajes de la Mistral y la reina Pedro Lemebel, el realismo social chileno hasta la década de los dos mil ha sido hegemónicamente narrado por varones. González Vera, Manuel Rojas, Gómez Morel, Rivera Letelier, Pablo de Rokha, Nicomedes Guzmán. Proletas, sí, pero varones al fin. Es después de los dos mil que aparecen obras como Piñen, de Daniela Catrileo, o Qué Vergüenza, de Paulina Flores, o incluso Quiltras, de su servidora. Mujeres narrando desde la clase popular es algo nuevo, quizá por eso es que dichos títulos han resonado tanto. Qué no me gustó del libro: que encuentro problemático que un varón relate la experiencia de la prostitución femenina. Hay que tener coraje, ser bien patudo. La prostitución femenina es uno de los tópicos no resueltos del feminismo. No hay concenso. Hay autoras que lo defienden como una gran experiencia de vida, como Virgine Despentes; mientras otras lo señalan como una más de las explotaciones patriarcales y como una experiencia de hambre, no una decisión feliz, como Camila Sosa Villada. ¿Qué opino yo? Que es un problema interseccional, no es lo mismo ser puta cuica que puta proleta. Creo en los matices. No me gustó que el libro retratara la prostitución como un llamado divino, alegre, casi altruista. Hay en esta novela un ethos masculino que detesto, ese que romantiza la pedofilia y naturaliza el deseo sexual masculino como una fuerza animal incontrolable. Reproduce la cultura de la violación. En esta historia una niña de once años se enamora de un tipo de veinticuatro y le regala su flor. Eso se cuenta edulcorado, cuando en realidad debiera escandalizarnos. En esta novela un grupo de hombres viola hasta la muerte a una prostituta recién estrenada. Y sin embargo, en este libro se ensalza la épica sindicalista de los obreros del salitre. Se condena la avaricia del patrón que pagaba en fichas. Se celebra la epopeya allendista. Dice la misma Virgine Despentes que hay que ser idiota o absolutamente deshonesto para condenar la explotación obrera y juzgr que la explotación patriarcal está llena de poesía. Dice Brigitte Vasallo que el patriarca es un solo macho capitalista. El discurso explícito de "La Reina Isabel cantaba rancheras" es machista, nada que hacer. Gracias a mí misma por comprar una copia de esta obra en Cuba, hace muchos, muchos años atrás. Y a Simón Soto, por meterme en el mismo saco que este viejujo cochino. Pese a las diferencias políticas, me honra la comparación.

jueves, 13 de marzo de 2025

What my mom thinks about my first fiction novel

El realismo mágico, precioso. La forma como los árboles y las plantas le entregan sus "recuerdos o vivencias" a Rayén. Imágenes que son gravitantes en el entender qué pasó y cómo fue. Además hermosa la forma de comunicarse y relacionarse con la naturaleza.
Las vivencias familiares. Bueno, descubro a ti abuela en esa Chuchu, en el comportamiento mezquino con la comida o tener que atender el negocio. Exacerbado de pronto. De todas formas creo que es el comportamiento de muchísimos viejitos víctimas del rigor de su infancia y juventud. Es un personaje universal. Ella es una matriarca. Y el Nachito es un Dieguito, me duele más.
Además es hermoso que hayas ocupado la lucha que dimos cómo comunidad contra la megaplanta y la de tu hermana y las mujeres de la coordinadora en particular. Refleja la impunidad y la indefensión en la que vivimos las comunidades de territorios más pobres y expuestos de la sociedad. Deja de manifiesto esa otra forma de explotación de la tierra, condenando a los pobres a vivir en lugares contaminados y la forma de hacer callar a la gente. Matándoles a sus dirigentes o voces más sonoras y así callándolos para siempre. El fin justifica los medios
El final, me hubiese gustado que Nachito se quedara viviendo con Rayén, pero es perfecto que ella decida estudiar, desarrollarse, de lo contrario hubiese sido repetir la historia de las mujeres de su familia. Me encanta que ella tenga anhelos.
Nachito, me da pena que se haya quedado solo, forjándose un futuro. Pero de seguro le irá súper.
Las cartas son como el epílogo. Igual me hubiese gustado leer las peripecias de Nachito con los tíos y todo lo que cuenta en su carta. Triste y hermosa tu novela.
Cobarde, pero estaba cansado el viejo. Pagando en vida todas las barbaridades, con la inconsciencia de siempre. No una gota de arrepentimiento ni autocrítica. Se me asemeja a mi papá.
No hay justicia.
Mi opinión es muy desde la cultura de una simple lectora ignorante. Sin academia. 

Un thriller político con tintes de realismo mágico donde la tragedia ecológica se encuentra con la belleza esperanzadora de la naturaleza.

lunes, 29 de julio de 2024

Página 202 de Mala Onda, de Alberto Fuguet

Decido mirarla fijo. Mirarla a los ojos, como me lo enseñó mi madre. Ella no responde, no acusa recibo, pero me consta que se sabe observada. Me impresiona su fuerza de voluntad. No es que crea que me ama o alguna ingenuidad por el estilo; más bien me sorprende eso de que haya logrado sacarme, así de raíz, de su sistema. Dicho y hecho. No es que haya sido importante para ella alguna vez. Lo dudo. Aunque igual sueño que lo fui. Uno tiene esa prerrogativa: creer que porque uno sintió algo, ese algo de alguna manera logró colarse y depositarse en el sistema digestivo del otro. Por ejemplo, se me ocurre –estoy seguro- que cada vez que ella come pan con palta se acuerda de mí. Quizás no sea verdad. Quizás sí. Nunca lo voy a saber. Incluso si me lo jurara, igual puede ser un invento, una mentira. Uno nunca está del todo seguro. La seguridad surge tan sólo de lo que uno cree, creo. Y yo creo, yo siento, estoy seguro de que eso de no acusar recibo, de no mirarme, de hacerse la indiferente, es la señal más irrefutable de que aún le importo. O, por lo menos, de que me odia pero que, alguna vez, en alguna época pasada cuando todo era mucho pero mucho más fácil, ella me tuvo en cuenta.
El pasado, creo, es mucho más difícil de ocultar que el presente. Por eso, todos en el living en tonos pasteles de la Rosita Barros pueden poner sus manos al fuego de la chimenea y asegurar: “Si, es cierto, es evidente, entre ellos dos hubo, y quizás todavía hay, algo”. En veinte años más, pienso, cuando ella esté casada con el McClure o alguien parecido y averigüe por causalidad sobre mi paradero, de mi vida y mis probables fracasos, estoy seguro de que esos ojos que tiene se llenarán de curiosidad y de nostalgia y hasta de envidia. Y dirá: “Hice lo correcto. No era mi tipo”
Y lo más triste del asunto es que va a tener razón: no soy su tipo. Al menos, ya no lo soy. Porque de que lo fui, lo fui. Pero algo pasó. Y este es el resultado, supongo.

domingo, 28 de abril de 2024

Apuntes de La invención de Morel


Alfredo Gómez Morel estuvo preso en la cárcel de Valparaíso. Tuvo dos hijos y vivió con ellos y su esposa en La Granja, Santiago sur. El incestuoso pasaje "La botella", de su novela "El Río", es autobiográfico. Alberto Fuguet fue el primer cuico que le prestó atención, publicando artículos sobre él y Luis Rivano en la Zona de Contacto. Estuvo internado en el hospital El Pino de San Bernardo. Era alcohólico, murió en el despojo y la miseria absoluta, desnudo, tal como nació.

El alcohol no es buen consuelo para la soledad, ahorra para una casa, la mayoría de los escritores proletarios no abandona jamás su condición de proletariedad.

lunes, 12 de abril de 2021

Las Heridas, de Arelis Uribe (Planeta): "Novela breve, honesta, muy bien escrita y armada de poderosas emociones"

La historia comienza el 14 de febrero, el Día del Amor, y termina 20 días después, luego de un funeral. En ella hay amor, por cierto, pero también pérdidas: la del padre y la de la relación amorosa más importante de la narradora. Heridas y rupturas que estremecen la vida de Arelis, la protagonista, y activan la memoria. La primera novela de la autora de Quiltras nace de las heridas, y se mueve entre el presente y un pasado sembrado de dolores: la pobreza, la enfermedad, el fracaso familiar, la violencia de las desigualdades sociales y de género. Un pasado donde leemos también el despertar de la rebeldía, el hallazgo de la identidad y de una visión sobre el mundo. “La muerte es la herida que absorbe todas las heridas”, dice la narradora de esta novela breve, honesta, muy bien escrita y armada de poderosas emociones. Novela familiar y de formación, relato generacional, Las heridas amplía el sobresaliente proyecto narrativo de Arelis Uribe.

https://www.latercera.com/culto/2021/04/09/resenas-de-libros-de-oliver-sacks-a-arelis-uribe/?outputType=amp

domingo, 23 de junio de 2019

"La herida", Manuel Rojas, capítulo 2 de la segunda parte de la novela “Hijo de ladrón”

(Imagínate que tienes una herida en alguna parte de tu cuerpo, en alguna parte que no puedes ubicar exactamente, y que no puedes ver ni tocar, y supón que esa herida te duele y amenaza abrirse o se abre cuando te olvidas de ella y haces lo que no debes, inclinarte, correr, luchar o reír; apenas lo intentas, la herida surge, su recuerdo primero, su dolor en seguida: aquí estoy, anda despacio. No te quedan más que dos caminos: o renunciar a vivir así, haciendo a propósito lo que no debes, o vivir así, evitando hacer lo que no debes. Si eliges el primer camino, si saltas, gritas, ríes, corres o luchas todo terminará pronto: la herida, al hacerse más grande de lo que puedes soportar, te convertirá en algo que sólo necesitará ser sepultado. Si esto ocurre, querrá decir que tenías un enorme deseo de vivir y que exasperado por la imposibilidad de hacerlo como querías, preferiste terminar, y esto no significará, de ningún modo, heroísmo; significará que tenías una herida, que ella pudo más que tú y que le cediste el sitio. Si eliges el segundo camino, continuarás existiendo, nadie sabe por cuánto tiempo: renunciarás a los movimientos marciales y a las alegrías exageradas y vivirás, como un sirviente, alrededor de tu herida, cuidando que no sangre, que no se abra, que no se descomponga, y esto, amigo mío, significará que tienes un enorme deseo de vivir y que, impedido de hacerlo como deseas, aceptas hacerlo como puedas, sin que ello deba llamarse, óyelo bien, cobardía, así como si elegiste el primer camino nada podrá hacer suponer que fuiste un héroe: resistir es tan cobarde o tan heroico como renunciar. Por lo demás, las heridas no son eternas, y mejoran o acaban con uno, y puede suceder que después de vivir años con una, sientas de pronto que ha cicatrizado y que puedes hacer lo que todo hombre sano hace, como puede ocurrir, también, que concluya contigo, ya que una herida es una herida y puede matar de dos maneras: por ella misma o abriendo en tu cerebro otra, que atacará, sin que te enteres, tu resistencia para vivir; tú tienes una herida, supongamos, en un pulmón, en el duodeno, en el recto o en el corazón, y quieres vivir y resistes, no te doblegas, aprietas los dientes, lloras, pero no cedes y sigues, aunque sea de rodillas, aun arrastrándote, llenando el mundo de lamentaciones y blasfemias; pero un día sientes que ya no puedes resistir; que tus nervios se sueltan, que tus rodillas y tus piernas no te soportan y se doblegan: caes entonces, te entregas y la herida te absorbe. Es el fin: una herida se ha juntado a la otra y tú, que apenas podías aguantar una, no puedas con las dos. Pero imagínate que no tienes ni la primera ni la segunda herida de que te he hablado, sino otra, una con la que puedes nacer o que puede aparecer en el curso de tu existencia, en la infancia, en la adolescencia o en la adultez, espontáneamente o provocada por la vida. Si naces con ella puede suceder que sea pequeña al principio y no te moleste demasiado sin que podamos descartar la posibilidad de que desde el principio sea grande y te impida hablar o caminar. Podrá o no haber, a tu alrededor, gente que se interese o no se interese por ti y que quiera o no quiera ayudarte; si la hay y se interesa y quiere, podrás llegar a ser conservado, excepto si tu herida, esa herida que ni tú ni nadie puede ubicar, pues está en todas partes y en ninguna: en los nervios, en el cerebro, en los músculos, en los huesos, en los tejidos, en los líquidos y elementos que te recorren; excepto si tu herida, digo, puede con todo y con todos: con la medicina, con la educación, con tus padres, con tus profesores, con tus amigos, si es que llegas a tener todo eso, pues hay innumerables seres humanos que no tienen ni han tenido nada de eso, sin que nadie parezca darse cuenta alguna de ello ni le atribuya importancia alguna en un mundo en que la iniciativa personal es lo único que vale, sea esa iniciativa de la clase que sea, siempre que deje en paz la iniciativa de los otros, sea ésta de la índole que sea. Si la herida puede con todo y con todos y sus efectos no disminuyen sino que se mantienen y aumentan con el tiempo, no habrá salvación alguna para ti; salvación no sólo en cuanto a tu alma, que estará perdida y que en todo caso es de segunda importancia en el mundo en que vivimos, sino en cuanto todo tú; y ya podrás tener, en latencia, todas las virtudes y gracias que un hombre y un espíritu pueden reunir; no te servirán de nada y todo en ti será frustrado: el amor, el arte, la fortuna, la inteligencia. La herida se extenderá a todo ello. Si tu gente tiene dinero, llevarás una vida de acuerdo con el dinero que tiene; si tu gente es pobre o no tienes familia, más te valiera, infeliz, no haber nacido y harías bien, si tienes padres, en escupirles la cara, aunque es más que seguro que ya habrás hecho algo peor que eso. Puede suceder que la herida aparezca en tu adultez, espontáneamente, como ya te dije, o provocada por la vida, por una repetición mecánica, supongamos: el ir y venir, durante años, de tu casa al trabajo, del trabajo a tu casa, etcétera, etcétera, o el hacer, día tras día, la misma faena: apretar la misma tuerca si eres obrero, lavar los mismos vidrios si eres mozo, o copiar el mismo oficio, la misma carta o la misma factura si eres oficinista. Empezará, a veces, con mucho disimulo, tal como suele aparecer, superficialmente, el cáncer. No le haces caso al principio, aunque sientes que el camino entre tu casa y la oficina es cada día más largo; que el metro va cada vez más lleno de gente y que los autobuses tocan más brutalmente sus bocinas; tu jefe o patrón tiene cada día una cara más de mierda, como de orangután o de perro, y por otra parte notas que tu mujer ha envejecido y reclama demasiado y tus hijos te molestan cada día más: gritan, pelean, discuten por idioteces, rompen los muebles ensucian los muros, piden dinero, llegan tarde a comer y no estudian lo suficiente. ¿Qué pasa? Una herida se ha abierto, ha aparecido y podrá desaparecer o permanecer y prosperar; si desaparece, será llamada cansancio; si permanece y prospera, tendrá otros nombres y podrá llevarte al desorden o al vicio; al alcoholismo, por ejemplo, al juego, a las mujerzuelas o al suicidio. ¿Has escuchado sobre el cansancio de los metales?, probablemente te causara risa: ¿pueden sufrir tal cosa los metales? ¿Puede alguien imaginarse a la viga de una casa diciendo: estoy cansado? Asombra pensar que un trozo de hierro o acero termine por cansarse y ceder, pero si el hierro cede, si afloja el acero, ¿por qué han de resistir más los nervios, los músculos, los tendones, la sangre? Y eso que muy poca gente sabe hasta dónde es capaz de resistir el ser humano. ¿Qué resistencia tiene? A veces, mayor que la del más duro acero, y lo que es más admirable, algunos parecen soportar más mientras más endebles son y mientras más deleznable es su constitución. Recordarás, de seguro, cómo aquel hombre que conociste en tu juventud, derrotado, herido nadie sabe por qué arma en lo más profundo de su ser animal o moral, resiste aún, vendiendo cualquier tipo de cosa o mendigando; dejas de verlo un año, dos, y un buen día, cuando ya te has olvidado de él, reaparece y te ofrece sus parches o sus chicles o te pide una limosna; cómo el pastero, sin casa, sin trabajo, sin familia resistió durmiendo en las calles, en los bancos de las plazas o bajo los puentes, sin comer, sin abrigarse, con las manos más frías que las del más helado muerto, durante cinco o veinte años, enterrando a su primera y a su segunda mujer, a los hijos de la primera y a los de la segunda e incluso a sus nietos, sin poseer más tesoro que su papelina para la cual tantas veces contribuiste con unos pesos. Y podrás ver en las ciudades, alrededor de las ciudades, muy rara vez en su centro, excepto cuando hay convulsiones populares, a seres semejantes, parecidos a briznas de hierbas batidas por un poderoso viento, arrastrándose apenas, armados con unos simples parches curitas, durmiendo en sitios eriazos, en los rincones de los aceras o la orilla del río, o mendigando, con los ojos rojos y legañosos, la barba grisácea o cobriza, las uñas duras y negras, vestidos con andrajos color orín o musgo que dejan ver, por sus roturas, trozos de una inexplicable piel blanco-azulada, o vagando, simplemente, sin hacer ni pedir nada, apedreados por los niños, abofeteados por los borrachos, pero vivos, absurdamente erectos sobre dos piernas absurdamente vigorosas. Tienen, o parecen tener, un margen no mayor que la medida que puede dar la palma de la mano, medida más allá de la cual está la inanición, el coma y la muerte, y se mueven y caminan como por un senderillo trazado a orillas de un abismo y en el cual no caben sino sus pies: cualquier tropiezo, cualquier movimiento brusco, hasta diríase que cualquier viento un poco fuerte podría echarlos al vacío; pero no; resisten y viven, sin que nadie pueda explicarse cómo pueden existir, en un mundo que predica la democracia y el cristianismo, semejante seres. Pero tú, amigo mío, eres sano, has sido creado como una vara de mimbre, elástica y firme, o como una de acero, flexible y compacta; no hay fallas en ti, no hay, heridas ni aparentes ni ocultas, y todas tus fuerzas, tus facultades, tus virtudes están intactas y se desarrollarán a su debido tiempo o se han desarrollado ya, y si alguna vez piensas en el porvenir y sientes temor, ese temor no tiene sino el fundamento que tienen todos los temores que experimentan los seres humanos que miran hacia el porvenir: la muerte; pero nadie se muere la víspera y el día llegará para todos y, hagas lo que hagas, también para ti. Hoy es un día de sol y de viento y un adolescente camina junto al mar; parece, como te decía hace un instante, caminar por un sendero trazado a orillas de un abismo. Si pasas junto a él y le miras, verás su rostro enflaquecido, su ropa manchada, sus zapatos gastados, su pelo largo y, sobre todo, su expresión de temor; no verás su herida, esa única herida que por ahora tiene, y podrás creer que es un vago, un ser que se niega a trabajar y espera vivir de lo que le den o de lo que consiga buena o malamente por ahí; pero no hay tal: no te pedirá nada y si le ofreces algo lo rechazará con una sonrisa, salvo que al ofrecérselo le mires y le hables de un modo que ni yo ni nadie podría explicarte, pues esa mirada y esa voz son indescriptibles e inexplicables. Y piensa que en este mismo momento hay, cerca de ti, muchos seres que tienen su misma apariencia de enfermos, enfermos de una herida real o imaginaria, aparente u oculta, pero herida al fin, profunda o superficial, de sordo o agudo dolor, sangrante o seca, de grandes o pequeños labios, que los limita, los empequeñece, los reduce y los inmoviliza)