La Italia siempre estaba leyendo un libro. A veces nos tirábamos en el pasto y yo apoyaba la cabeza en sus piernas y ella barría mi cara con su pelo, y me leía las historias de Lemebel o “La noche boca arriba”, diciendo el sueño maravilloso había sido el otro, con su voz raspada y calma, mientras yo me concentraba en su boca, en sus dientes claros y alineados. La Italia escribía cuentos para el Santiago en 100 palabras y participaba en los talleres de Balmaceda 1215 y a veces yo la iba a buscar a sus clases para que tomáramos helado en el Parque Forestal. La Italia se llamaba Italia porque su mamá se había ido exiliada y se casó con un italiano y cuando volvieron juntos a Chile y tuvieron una hija la bautizaron así, por el triunfo del retorno y para no olvidar cómo era vivir el destierro. La Italia tenía dieciséis y estudiaba en un colegio privado al que podía ir con ropa de calle y al que podía llegar en bicicleta. La Italia en vez de decir abuelos decía nonos y hablaba varios idiomas además del español y conocía Europa y sabía que el día que terminara el colegio su vida iba a continuar en otro continente, lejos de acá y lejos de mí.
La primera vez que la vi fue en una clase de pilates, en un gimnasio municipal de Providencia. Usaba la chasquilla gruesa y una cola de caballo larga y ondulada en las puntas. La espié toda la hora a través del espejo. Me gustaron sus pómulos acalorados, sus cejas oscuras y la concavidad de sus piernas delgadas. Imaginé que mi mano encajaría ahí perfectamente. A la salida de la clase le hablé y nos fuimos en bicicleta. Yo vivía en el centro, en el piso veinte de uno de esos edificios nuevos, cerca del Metro Universidad de Chile, y ella en un barrio de casas como las de Mi pobre angelito, al borde del cerro San Cristóbal. Esa primera vez que hablamos pedaleamos por la costanera y la fui a dejar. Su casa me dio miedo, como dan miedo las cosas que no se conocen: la chimenea, los árboles frondosos, la camioneta gigante estacionada afuera. Nos despedimos y me esforcé en olerla y los días que vinieron me esforcé en prolongar esa ruta entre el gimnasio y su casa. Unas semanas más tarde ya nos enviábamos mensajes por celular y ella me prestaba libros y yo enrollaba mis dedos en las puntas de su cola castaña.
La Italia me escribía cartas en las que juntaba palabras que yo no pensaba que se podían juntar. Me llamaba por teléfono, de madrugada, y en vez de hablar, ponía La Noyée —ese tema de Amélie— y yo imaginaba que ese acordeón me decía ven o no te vayas o yo también. Con ella no me daba miedo caminar bajo la lluvia sin paraguas o robar libros en las librerías de Bellas Artes. Con ella desaparecían nuestros años de diferencia y me sentía otra vez una escolar. Me gustaba que se llamase Italia y que me contara que en Francia vio la Mona Lisa y es un cuadro minúsculo y que en Inglaterra llueve tanto que no se puede salir a pasear. Yo le preguntaba qué se sentía andar en avión y cómo se veían las nubes desde el aire. Me gustaba su piel pálida y comparar sus lunares café claro con los míos café oscuro. Me gustaba tocarla y sentir cerca una piel como la suya, que yo cuando chica había añorado tanto, porque en mi colegio de barrio todas las morenas estábamos enamoradas del único rubio del curso, que a su vez estaba enamorado de la única rubia, en una lógica que más que racista respondía a las reglas del mercado; a la ley del exceso de oferta morena y la escasez de pelo claro.
A veces salíamos de clases y caminábamos acarreando nuestras bicicletas con las manos. Llegábamos a la costanera y nos tirábamos ahí, entre los árboles, a frotarnos con desesperación, hasta las nueve, diez, once de la noche, cuando la orilla del río era un soplido frío y algunos corredores seguían quemando calorías, vestidos con ropa deportiva de colores fluorescentes.
Al principio todo lo que la Italia me contaba me ponía eufórica, feliz. Escucharla me abría el apetito por saber cómo vivía. Me embriagaba lo curiosa que era y lo estimulada que había crecido. Quería saber qué libros había leído en su niñez, si había hecho ballet o equitación, a qué edad había usado frenillos, cómo había aprendido a nadar. En sus historias, yo reemplazaba a la protagonista por mí y era yo la que corregía sus dientes chuecos a los ocho años, la que había ido a restoranes desde muy chica y había disfrutado platos mucho más complejos que pollo asado con papas fritas. Era yo la que jugaba con tíos que eran cineastas o académicos de la Chile en vez de heladeros o taxistas y era yo la que tenía pieza sola y nadaba los sábados de enero en la piscina de cemento del patio.
Una tarde nos encontramos en la entrada del gimnasio y decidimos faltar a clases. Nos fuimos al Parque Bustamante y compramos una pizza sin carne en un local que estaba frente al café literario. La pedimos para llevar y nos sentamos a comer con los pies metidos en la laguna artificial. Dije que la pizza estaba rica y la Italia se rió y me explicó que no se decía picsa ni pisa ni pitsa, sino que pizzzza, como la zeta de un zancudo estridente. Cuando la Italia me corregía, me inundaba una amargura extraña. Me gustaba que indicara mis errores, sentía que me volvía más fuerte, más válida para estar con ella. Pero al mismo tiempo me dolía no haber nacido con todas esas sabidurías chicas que se supone son necesarias para que una persona ande firme por el mundo.
Nos tiramos en el pasto y la Italia llenó la caja de la pizza con dibujos y frases. Me hubiera gustado guardar esa caja. Leer su letra imprenta y reírme de sus chistes otra vez. Acercamos nuestras narices y hablamos de ella, de mí, pero sobre todo de ella, de las cosas que sabía ella. De los nombres de los árboles y de los pájaros del parque. Saqué un pito y lo fumamos viendo cómo el cielo se oscurecía y las luces del parque se empezaban a encender.
Esa noche la Italia me invitó a su casa por primera vez. Subimos en bici hasta Pedro de Valdivia. Sentía que en vez de pedalear, flotaba y que las luces de los autos se fundían con las de los focos del parque, estallando en mis anteojos, como una aurora boreal anaranjada y verde (la Italia me había explicado qué era la aurora boreal). En el camino compramos una botella de vino que la Italia guardó en su mochila. Entramos a la casa por la cocina y salió a recibirnos su Nana Carmen. Le dijo mi niña, seguido de frases de abuela preocupada y le ofreció una leche tibia que la Italia rechazó. La Nana Carmen me saludó amorosa y al ver que la Italia no quería nada, se guardó como un conejo en una pieza que estaba conectada con la cocina.
Subimos al segundo piso tomadas de la mano, por una escalera de peldaños de madera gruesa. Ella adelante y yo detrás. Aunque estaba oscuro, me fijé en sus piernas delgadas, en la curvatura en la que yo sabía que mi mano podía encajar. Entramos a un dormitorio grande, tan grande que mi departamento cabía completo. Su cama era de dos plazas y eso también me sorprendió, porque en mi mundo las camas grandes eran para los matrimonios, para los papás; las camas de hijos eran camas de una plaza o eran camarotes para compartir y pelear con el hermano chico.
La Italia se tiró al suelo y se olvidó de encender la luz y de abrir el vino. Me recosté a su lado y la besé y su boca sabía a agua limpia, a papel de revista brillante. No podía verla, pero la sentía. Toqué la curvatura de sus piernas y me inundó un hormigueo. Toqué sus pechos por debajo de la polera y eran suaves y eran pequeños y los imaginé rosados sobre una piel blanca. Encajamos nuestras piernas y me apreté contra ella y ella se apretó contra mí. Imaginé sus pómulos acalorados como en clases de pilates y acaricié su cuello con mi nariz y me quedé allí, con la cabeza apoyada en su hombro, quejándome, jadeando, escuchando sus gritos contenidos. Me saqué la ropa de pilates y ella se sacó la suya y metí mi lengua en su ombligo y volví a su boca y ella lamió mi pecho izquierdo como una guagua hambrienta y ahí no aguanté más y en pocos segundos morí aplastándola con mis calzones.
Nos quedamos tiradas en el suelo, con la piel pegada. Después, nos acostamos en su cama y nos dormimos ahí. Lo que más recuerdo de esa noche son las sábanas. Eran las más blancas y suaves en las que yo había dormido alguna vez.
Al otro día, su papá nos despertó temprano, golpeando la puerta para que bajáramos a tomar desayuno. En la mesa había (al mismo tiempo) jugo de frutilla (natural), queso (varios tipos) y granola (creo). Sus papás eran igual de conversadores que ella. Hablaron sobre su trabajo. Él era ingeniero en alguna parte y ella era dramaturga y profesora universitaria. Comentaban la actualidad con la radio Cooperativa de fondo y me preguntaban qué hacía yo, cómo había conocido a la Italia. Les conté de las clases de pilates y de mí, que recién había terminado Pedagogía Básica, que estaba trabajando en una escuelita en Recoleta y que hace poco me había venido a vivir al centro, a un departamento que esperaba comprar algún día. No me preguntaron qué hacía mi familia o dónde vivía antes. No por falta de interés, sino por delicadeza. O por educación, como diría mi papá.
Terminamos de comer y la Nana Carmen recogió la mesa y la Italia me invitó a un recorrido por la casa. Las murallas eran blancas y los ventanales enormes, enmarcados en bordes de madera limpia y barnizada. Había objetos extraños, como relojes a cuerda, planchas de hierro y vitrolas de diferentes tamaños, que la Italia me enseñó a echar a andar. Había un piano que —me explicó hastiada la Italia— ella no volvería a tocar jamás. En el muro contra el que estaba acomodado el piano había una especie de santuario a Italia (Italia el país) con cuadros, fotos y reliquias que no entendí, junto a dos escudos de los apellidos de la familia.
Como a las once, la mamá de la Italia ofreció llevarme hasta el centro en su auto. Iba a dar una clase en la Católica, a niños talentosos de colegios de todo Santiago o algo así. Yo hubiera preferido irme sola en bicicleta, pero no pude evadir la propuesta: era la Italia y su mamá contra mí.
Subí a la pieza de la Italia a buscar mis cosas y estando allí me fijé en los detalles de su habitación. Era la de una princesa docta, una Barbie artista. Había una guitarra, muchos libros, cuadros pintados por ella y un escritorio de madera frente a la ventana. Era una casa de teleserie. Sobre el velador estaba su carné. Se veía muy niña en la foto, debía tener trece años. Lo tomé rápido y lo guardé en mi bolsillo. Luego, bajé al primer piso como si nada, como si no acabara de secuestrar un pedazo de la Italia para llevarlo conmigo.
Nos subimos al auto. El papá nos ayudó a cargar la bicicleta. La Italia quiso acompañarnos y se sentó de copiloto. Yo me instalé atrás, sola. La Italia ponía discos para que conociera esas cantantes francesas que en mi vida yo había escuchado y que a ella le gustaban tanto. La mamá y la hija conversaban y me daban la palabra como quien tira una pelota para jugar a las quemaditas. Yo respondía corto, sin consistencia. Iba absorta mirando por la ventana, sumergida en el corazón de Providencia, en el verdor intenso de sus calles y en la magnitud cinematográfica de sus casas.
Doblamos por Avenida Portugal y la mamá estacionó el auto y me ofreció un billete, preguntándome si tenía cargada la Bip!, si necesitaba plata para llegar a mi casa. Yo contesté con honestidad que no, que muchas gracias, que me movía en bici. La Italia me miró con las cejas arrugadas y la mamá bufó. Yo no entendí.
Bajé la bicicleta con torpeza y la Italia se despidió con un gesto frío, que me desconcertó. Al llegar a mi casa, abrí el refri, metí el carné de la Italia y no volví a sacarlo de ahí.
Las semanas siguientes nos vimos en pilates y no siempre fui a dejarla a su casa. Los mensajes por celular y las llamadas nocturnas empezaron a disminuir. La Italia se distanció de mí y yo de ella, de manera lenta pero sostenida, como dos trozos de tierra en la deriva continental. Ya no disfrutaba jugando a reemplazarla en sus historias. Me dolía que ese ejercicio fuese sólo una posibilidad. Tenía miedo de que llegara el momento de invitarla a mi casa. No me veía llevándola hasta Quilicura en micro, presentándole a mi mamá, cada día más rubia y más gorda; a mi papá, hablando con la boca llena frente a la tele; a una versión grisácea y desganada de mí misma, sentada en ese living minúsculo con piso de flexit.
Entonces me escondí. Dejé de ir a pilates, cambié el celular. Hasta que no la vi más. Sin embargo, puedo adivinar perfectamente qué fue de ella. Sé que terminó el colegio, que le fue increíble en la prueba para entrar a la universidad y que de todos modos se fue a Europa, con sus nonos. Sé que al final se instaló en Florencia o Barcelona o una ciudad así, de película del Normadie, para estudiar fotografía o pintura o teatro con marionetas. Sé que trabajó allá, de garzona primero y en un centro cultural después. Sé que se emparejó con algún europeo alto y que vivió con él en un departamento con vista abierta a alguna ciudad antigua e iluminada.
A veces pedaleaba por Santiago y me imaginaba que podía encontrarla. También pensaba que quizá ella me vería pasar y pensaría en mí, que añoraría las tardes que gastamos leyendo sobre el pasto de algún parque. Me gustaba fantasear con la posibilidad de ser vista por la Italia, y jamás enterarme de ello.
Una noche pasé en bicicleta por el Barrio Bellavista, frente a una de esas librerías donde entrábamos a liberar libros, como decía ella, pensando que era un lugar propicio para topármela. Entonces apareció. Llevaba el pelo muy corto, a lo Twiggy. Salía de la librería con un grupo de personas, riendo con sus dientes grandes. Nos cruzamos. Fue rápido, algo de un segundo. Me clavé en su cara y el pecho se me acaloró, alegre o asustado, no sé. Ella me miró por ese instinto humano de responder a una mirada ajena, para defendernos de un posible cazador. Me pareció ver en su rostro una chispa de nostalgia, aunque no estoy segura. No me detuve a confirmarlo. Solamente moví las piernas con fuerza, aumentando cada vez más la velocidad por la vereda.
domingo, 4 de junio de 2023
Italia, short story by Arelis Uribe
martes, 23 de marzo de 2021
Quickness, Italo Calvino
I’ll start by telling you an old legend.
Late in life the emperor Charlemagne fell in love with a German girl. The court barons were dismayed to see that their sovereign, overcome by ardent desire and forgetful of royal dignity, was neglecting imperial affairs. When the girl suddenly died, the dignitaries sighed with relief — but only briefly, for Charlemagne’s love did not die with the girl. The emperor had the embalmed body brought to his chamber and refused to leave its side. Archbishop Turpin, alarmed by this morbid passion and suspecting some enchantment, decided to examine the corpse. Hidden beneath the dead tongue he found a gemstone ring. As soon as he took possession of it, Charlemagne hastened to have the corpse buried and directed his love toward the person of the archbishop. To extricate himself from that awkward situation, Turpin threw the ring into Lake Constance. Charlemagne fell in love with the lake and refused to leave its shores.
This legend, “taken from a book on magic,” is recounted even more tersely than I have done here in an unpublished notebook by the French Romantic writer Barbey d’Aurevilly. (It can be found in the Pléiade edition of his works: vol. 1, p. 1315.) Ever since I read it, my mind has kept returning to it, as if the ring’s enchantment were still exerting its pull through the story.
Let’s try to figure out why a story like this one fascinates us. We have a series of events, all of them unusual, that form a chain — an old man’s infatuation with a young girl, a necrophiliac obsession, a homosexual attraction — at the end of which everything subsides into melancholy contemplation: the old king gazing raptly at the lake. “Charlemagne, his gaze fixed on his Lake Constance, in love with the hidden abyss” (Charlemagne, la vue attachée sur son lac de Constance, amoureux de l’abîme caché), writes Barbey d’Aurevilly in the passage of the novel (Une vieille maîtresse, p. 221) whose footnote refers us to the legend.
This chain of events is linked by a verbal element, the word love or passion, which establishes a continuity among different kinds of attraction, and by a narrative element, the magic ring, which establishes a logical relation of cause and effect among the various episodes. The rush of desire toward an object that doesn’t exist, an absence, a lack—symbolized by the empty circle of the ring— is created more by the rhythm of the story than by the events narrated. In the same way, the whole story is shot through with a feeling of death, against which Charlemagne desperately struggles, clinging to what links him to life until his desperation subsides in contemplation of the lake.
The story’s true protagonist, however, is the magic ring, for it is the movement of the ring that dictates the movements of the characters and defines the relationships among them. Around the magic object there forms a kind of force field, which is the field of the story. We might say that the magic object is an outward sign that makes visible the links among characters and among events — a narrative function that goes back to Norse sagas and chivalric romances and that continues to surface in Italian Renaissance epics. In Orlando Furioso we witness an endless series of exchanges of swords, shields, helmets, and horses, each endowed with particular properties, such that the plot can be described through changes in the properties of certain objects endowed with certain powers, which define the relations among certain characters.
In realistic fiction, Mambrino’s helmet can become a barber’s basin, but it doesn’t lose importance or meaning. Similarly, every object that Robinson Crusoe salvages from the wrecked ship or fashions with his own hands takes on crucial importance. We might say that as soon as an object appears in a narrative, it becomes charged with special force, becomes like the pole in a magnetic field or a node in an invisible network of relations. The object’s symbolic value can be explicit or not, but it is always present. We might even say that any object in a narrative is a magic object.
But back to the legend of Charlemagne, which in Italian literature has a tradition behind it. In his Lettere familiari (I.4), Petrarch describes how he heard this “pleasing little tale” (fabella non inamena), which he says he didn’t believe, while visiting Charlemagne’s tomb in Aachen. In Petrarch’s Latin, the story is much richer both in sensory detail — the bishop of Cologne, heeding a miraculous divine instruction, sticks a finger beneath the corpse’s cold, stiff tongue (“sub gelida rigentique lingua”) — and in moral commentary. But I find the bare-bones version, in which everything is left to the imagination and the quickness of events creates a sense of inevitability, much more powerful.
Several versions of the legend appear, with greater emphasis on the necrophiliac element, in the flowery Italian of the sixteenth century. Sebastiano Erizzo, a Venetian short story writer, has Charlemagne utter, while in bed with the corpse, a lamentation of several pages. On the other hand, his homosexual passion for the bishop is barely mentioned or even omitted, as in Giuseppe Betussi’s famous sixteenth-century treatise on love, where the story ends with the discovery of the ring. And speaking of the ending: in Petrarch and his Italian followers, Lake Constance doesn’t appear; the action is set entirely in Aachen, since the legend is meant to explain the origins of the palace and temple built there by the emperor. The ring gets tossed into a swamp, and he inhales the muddy stench like a perfume and “delights in taking the waters” (usa le acque con grande voluttà) — details that recall other local legends about the origins of thermal springs and that further emphasize the deathly mood of the whole.
Earlier still were the medieval German traditions studied by Gaston Paris, in which Charlemagne’s love for the dead woman is varied in ways that make it a very different story: sometimes the beloved is the emperor’s lawful wife, who uses the magic ring to ensure his fidelity; sometimes she is a fairy or nymph who dies as soon as the ring is taken from her; sometimes she is a woman who seems alive but is revealed, once the ring is taken, to be a corpse. A Scandinavian saga is the likely source: the Norse king Harald sleeps with his dead wife, who is wrapped in a magic mantle that makes her seem alive. In short, the medieval versions collected by Gaston Paris lack the chainlike succession of events, and the literary versions by Petrarch and the Renaissance writers lack quickness. That’s why I continue to prefer the version reported by Barbey d’Aurevilly, despite its coarse, patchwork quality. Its secret lies in its economy: events, regardless of their duration, become like points connected by straight-line segments in a zigzag fashion that suggests unceasing motion.
Italo Calvino (1923–1985) attained worldwide renown as one of the twentieth century’s greatest storytellers. Born in Cuba, he was raised in San Remo, Italy, and later lived in Turin, Paris, Rome, and elsewhere. Among his many works are Invisible Cities, If on a winter’s night a traveler, The Baron in the Trees, and other novels, as well as numerous collections of fiction, folktales, criticism, and essays. His works have been translated into dozens of languages.
Geoffrey Brock is an award-winning American poet and translator. His first book of poems, Weighing Light, received the New Criterion Poetry Prize in 2005. His awards include a Wallace Stegner fellowship from Stanford University, a poetry fellowship from the National Endowment for the Arts, a Guggenheim fellowship, and a Cullman Center fellowship from the New York Public Library. He is also a leading translator of Italian poetry and prose, having brought into English major works by Cesare Pavese, Umberto Eco, Roberto Calasso, and others.
Excerpted from “Quickness” from Six Memos for the Next Millennium
by Italo Calvino, translated from the Italian by Geoffrey Brock.
English Translation Copyright (c) 2016 by Geoffrey Brock. Reprinted by
permission of Houghton Mifflin Harcourt. All rights reserved.
Rapidez, Italo Calvino