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domingo, 20 de septiembre de 2026

Mostrar la hilacha o diez consejos para quienes quieren escribir

En septiembre de 2025, fui invitada a la Primavera del Libro a dar una charla sobre el arte de escribir. Titulé la exposición “Mostrar la hilacha”, que es un dicho popular chileno que refiere a mostrarse tal cual una es. El acto (involuntario) de desnudar nuestra esencia cuando estamos en confianza. Mostrar la hilacha es develar el hilo de la costura. De qué estamos hechas. Expuse las costuras detrás de algunos de mis cuentos, que son estrategias narrativas universales. A su vez, establecí la relación entre texto y tejido, que comparten raíz en latín: textum, texto, unión, enlace. Por eso hablamos de la trama de una novela, del nudo del relato, del hilo de la historia. Gabriel García Márquez dijo que leemos para ver las costuras de un escrito. Roberto Bolaño, que leemos para descubrir los trucos del mago.

Así, compartí diez consejos para quienes escribir.

1. Para escribir solo hay que responder dos preguntas: QUÉ y CÓMO. Que corresponden a tema y tratamiento, ética y estética, fondo y forma. Los gringos hablan de style and meaning; estilo y significado. A la hora de escribir, primero pienso el tema, de qué voy a hablar y en general la respuesta a esa pregunta es una anécdota. Una historia o situación. Luego pienso en la forma o manera de contarla. A veces hay estrategias que he visto a otras autoras y quiero probarlas, replicarlas. Igual que una gimnasta que emula el movimiento de otra gimnasta. En literatura la forma es todo, es la forma la que otorga el género literario.

2. Escribe como hablas. Este consejo se lo leí a Kiko Amat y siempre ha guiado mi prosa. Es un consejo sobre la forma. José Saramago dice que todo texto es narrado por alguien, incluso si la perspectiva es omnisciente. Existe una relación indisoluble entre la oralidad y la escritura. Primero fuimos seres orales, nos compartimos anécdotas en corro junto al fuego. Es el lenguaje lo que nos permitió construir comunidad y evolucionar como especie. La escritura vino después, es un invento o artificio para capturar un relato oral y permitir que viaje a través del tiempo y el espacio. Por eso nos referimos al hablante lírico, a la voz narrativa, al tono del poema. El narrador siempre es oral y por escrito simula serlo. Escribir es elegir palabras. Si la palabra no existe en tu registro oral entonces no debería aparecer en tu registro escrito. Dijo Hebe Uhart que para escribir hay que escuchar cómo habla la gente. Esto sirve para construir personajes y diálogos. Patricio Pron dijo que la gente olvida que la literatura debe sonar como alguien contándote un secreto al oído y no como un Shakespeare con estreñimiento en el baño.

3. La prosa es arquitectura, no decoración de interiores. A los diez años, en una clase de Ciencias Naturales, me enseñaron que los seres vivos nacen, crecen, se desarrollan y mueren. Este orden está presente en la academia, donde los ensayos o papers se organizan en introducción, desarrollo y conclusión. Es lo mismo que los tres actos de una obra de teatro. Existe un canon para contar historias, la triada aristotélica inicio, clímax, final. Este molde me ha orientado desde el comienzo para escribir. Es clásico y conservador, pero útil. Pienso que los patrones están allí para ser homenajeados o subvertidos. Dijo Ernest Hemingway que la prosa es arquitectura, no decoración de interiores. En narrativa el orden de los factores sí altera el producto. Si el clímax es la cúspide de la anécdota, la intro es la explicación de cómo llegamos a ese momento donde todo gira, se rompe o cambia; el desenlace es el corolario, lo que pasó después de la metamorfosis. El dust setting, cómo cae el polvo después de la explosión. Una historia es una flecha conducida hacia el centro de la diana. Este orden puede ser trasmutado. Debe serlo. Lo que nunca cambia es que hay final, hay muerte, porque el cierre siempre es la muerte.

4. Contar un cuento es saber guardar un secreto. Otra forma de comprender el canon de tres actos es pensar que una historia siempre cuenta dos historias. Ricardo Piglia escribió un ensayo muy clarificador al respecto, llamado “Tesis sobre el cuento”, donde nos señala que el inicio de un relato y su final son dos historias concatenadas por el clímax. El cierre de la historia se mantiene cautivo, en secreto. No obstante, el arte de la concatenación es anunciar ese remate de forma elíptica. Dar pistas desde el comienzo del inexorable final. Cuando la tensión entre la historia uno y la historia dos se supera, lo que viene es el desenlace: el momento en que el nudo que unía ambos hilos se rompe y la tensión se acaba.

5. Una historia redondita. Otra estructura a la que he echado mano es la que hermana el inicio y el final. Esto da sensación de circularidad, de completitud, de botón de chaleco que se guarda en su ojal. Sandra Cisneros habla de “los ciclos de los cuentos”. Para Julio Cortázar el cuento es una esfericidad.  Hace un momento, me referí al ciclo de la vida: nacer, crecer, morir. A veces, la historia se trata de un viaje que comienza y termina en el mismo lugar (¡la nada!) y el desarrollo es el testimonio de las transfiguraciones entre un momento y el otro. Es darse una vuelta. Ulises parte desde Ítaca a Troya y su odisea es la lucha por retornar a su tierra, al lugar desde el que salió. La Luna gira alrededor de la Tierra, la Tierra gira alrededor del Sol. Un día es una vuelta y no existen dos días iguales. Todo es giro y retorno, por eso al clímax los gringos también lo llaman plot twist: torcedura de la trama, darlo vuelta.

6. Inventar nuevas estructuras. Escribir es jugar con las formas, es deseable que propongamos alegorías novedosas para organizar nuestros relatos. Por ejemplo, mi cuento “Italia”, presente en “Quiltras”, lo ideé con forma de X. Piénsenlo así: hay dos personajes principales, cada cual con su trayectoria simbolizada en una línea (un hilo). Al comienzo del relato ambas líneas están lejos porque los personajes no se conocen (parte superior de la X). A medida que las protagonistas ganan intimidad, comienzan a juntarse hasta llegar al punto más próximo en que pueden estar dos cuerpos: el sexo. El clímax de este cuento es el orgasmo de una relación sexual lésbica. Al final, las chicas de esta historia se desencuentran, terminan su relación y se alejan hasta el punto de partida (parte inferior de la X). Vuelven a cero, pero con toda la experiencia a cuestas. De alguna manera, esta estructura de equis también es una historia redondita.

7. Un conjunto de cuentos también tiene estructura. A la hora de armar un libro de relatos, el orden de los cuentos posee un sentido o está intencionado. En el caso de “Quiltras” dejé los cuentos premiados al comienzo y al final, para asegurarme de abrir con una buena historia y cerrar el libro dejándole una sensación satisfactoria a la audiencia. Entre medio, metí los relatos que funcionaban, mas no habían sido premiados. Al mero centro, "Italia", la historia con estructura de X. Coloqué deliberadamente al final el cuento que titula el libro, para instar a la gente a llegar al último relato y dilucidar por qué nombré así al libro.

8. Escribir es un deporte de resistencia. Si quieres escribir, solo hazlo. Saca la idea de ti y enseguida deja reposar el manuscrito. Una semana, un mes, un año, diez. Entre más te alejes, mejor, porque cuando vuelvas a él tendrás absoluto extrañamiento e independencia para seguir trabajándolo. Relee, edita, corrige, reescribe. El tiempo otorga experiencia. Es igual que practicar un deporte. ¿Cómo vas a entrenar el músculo si no lo mueves? Bolaño dijo que escribir es un deporte de resistencia. Somos gimnastas del lenguaje. Inscríbete en talleres literarios, busca pares que también amen escribir para intercambiar borradores y recibir retroalimentación.

9. Para escribir una página primero hay que haber leído cien. En el colegio nos enseñan conjuntamente a leer y escribir. Son actividades inseparables. Lee metaliteratura, textos sobre el arte de escribir. Roba estrategias de las autorías que admiras, mezcla estilos como si fuese una preparación culinaria. Te recomiendo los ensayos de Úrsula K. Le Guin, de Ricardo Piglia, de Edgar Allan Poe. Lee decálogos: de Gabriela Mistral, de Roberto Bolaño, de Hebe Uhart, de Julio Cortázar, de Horacio Quiroga. Lee “On Writing”, de Stephen King. Encuentra pistas sobre el oficio de escribir en los prefacios de los libros. Busca el del “Martín Fierro”, de José Hernández, o el de “La casa en Mango Street”, de Sandra Cisneros. Revisa entrevistas a tus autorías favoritas. Estudia, aprende. Si quieres escribir, habita tu campo.

10. Persiste, no te rindas. Jon Lee Anderson dijo que escribir es como componer una sinfonía fantástica. Integra desde la práctica de otras artes. En toda disciplina la clave es la REPETICIÓN. Por eso los fotógrafos toman tantas fotos, para elegir la mejor. Por eso las gimnastas practican los ejercicios una y otra vez. Por eso los músicos ensayan la misma pieza al infinito. Lee mucho, escribe más. Si rechazan tu manuscrito, sigue adelante. He golpeado miles de puertas, no todas se han abierto, confío en que se han desplegado las mejores. En esta vida me han dicho no más veces de las que me han dicho sí. Me aferro a esos aciertos y no permito que los rechazos me derrumben, son redireccionamiento. El universo siempre está cuidándote. La creación se trata de porfiar, amar, crear y resistir.

martes, 16 de junio de 2026

A mi planta favorita, poem by Arelis Uribe

A mi planta favorita
esa que vive conmigo
que acaricio su piel
y tomo entre mis brazos, 
le creció un brote extraño. 
Sus crisálidas son siempre alargadas
y esta es corta, tosca, regordeta. 
Temo que esté enferma,
que muera y cese
su alegre compañía.
Una noche beso una hoja, 
la lamo con delicadeza.
Luego me estrecho desnuda
entre sus enormes palmas verdes. 
Acerco mi pubis al grueso tallo, 
sudo mientras ella destila gotas,
me froto hasta el orgasmo. 
Estrechada entre sus ramas
veo que el extraño brote es ahora 
una blanca cala en flor.

lunes, 16 de febrero de 2026

Ser periodista no es ser escritor

Zambra dice que es escritor el que escribe, como asesino es el que mata. Bolaño, que escribir es como un torrente que te vuelve loco, que te posee y necesitas vomitar para mantener la cordura. A mí me pasan las dos cosas, pero jamás estaría a la altura de ninguno de los dos. No soy tan punk, no pienso tan bien, no he leído lo suficiente.


Anoche pensaba que ya son diez años escribiendo. A los 18 tomé esos talleres de la Zona de Contacto, ahí también empecé un blog y a escribir. Mal, con faltas de ortografía y sin ritmo, pero escribía. Quizá mucho más que ahora. A la fecha, yo creo que he escrito como trescientos textos. De esos, cien artículos han sido públicos. No sé si ese número es mucho o poco, más allá de la cantidad, con la calidad no estoy nada conforme. No me enorgullezco de más de diez textos. Los demás, me parecen vómitos sin filtro y con una voz que ya no es la mía.

A veces releo cosas que escribí hace apenas un año y no me reconozco. Escribía mucho peor, con una voz más odiosa, más cursi. Más mala, al final.

Anoche, también pensaba que ser periodista no es ser escritor. Trabajar en emol o en una agencia de noticias y escribir usando moldes previos y siguiendo la corriente y la costumbre de cómo se hacen las cosas en las salas de prensa no te convierte para nada en escritor. Mucho menos hacer críticas musicales a eventos, tratando de emular un tonito de periodismo gonzo, diciendo malas palabras y siendo picao a gringo. Escribir sobre cosas "cool" no garantiza que el periodista lo sea. Mucho menos garantiza que escriba bien.

Alguna vez caí en lo mismo y escribí pura mierda suponiendo que era buena mierda. Ya no podría hacer lo mismo. No rescato lo que hice en la Zona, ni lo que envié a blogs durante el 2012. Algunas cosas de Noesnalaferia sí destaco, como la lista de música pop que habla de la lucha de clases -uno de mis textos favoritos de la vida-, el texto de los peruanos y la carta al facho pobre, aunque este último más por lo que ha pasado alrededor del texto que por lo que él significa en realidad. También me gusta el tirón de orejas a los community managers que publiqué en El Quinto Poder.

De la vida de periodista, los únicos textos que me enorgullecen son los tres que publiqué en The Clinic papel. La historia del colombiano fanático de Chile, la del muñeco de Chávez y la entrevista a Hernán Miranda. Aunque son pocos textos, refleja un estilo que me gustaría defender: la historia excepción, atemporal y no masiva. Creo que es mucho más fácil entrevistar al personaje del momento y golpear por el marco de la agenda, que encontrar una historia nueva e inesperada. Caparrós decía que el buen escritor era ese que encontraba historias en la cuadra donde vivía. Me gusta pensar eso.

A mí nunca se me ha hecho fácil escribir. Me cuesta un mundo organizar las ideas y a veces he escrito mamarrachos que no son dignos de publicar ni siquiera en mi propio blog. Pero hago el intento. Aunque se me hace difícil, me gusta y hay veces en que no descanso hasta que no escribo ideas que me persiguen. Malas ideas en malos textos que después de haberlos escrito me hacen sentir muy bien.

Lo charcha de toda esta reflexión es que en diez años apenas he escrito diez textos realmente buenos. Eso es un poco deprimente. Lo que sí es feliz es que noto una evolución, una mejora. Dicen que Borges escribió sus mejores textos en la adultez y que Bukowski no publicó poesía hasta los 40 años. Quizá la literatura -en su amplio sentido- no es como las matemáticas, donde las mentes jóvenes son las que hacen los descubrimientos más brillantes. Escribir es, probablemente, una tarea de largo aliento, que necesita experiencia y muchos tropezones para salir bien. Muchos tropezones y mucha lectura, también.

Del blog viejo, 16 de febrero de 2014

miércoles, 11 de febrero de 2026

Nunca seré tu madre, poem in progress by Arelis Uribe

Nunca seré tu madre,
nunca usaré vestidos maternales
ni escucharé los latidos de tu corazón
en una ecografía en blanco y negro.
Nunca pariré en cuclillas,
ni contaré los deditos de tu mano
para cerciorarme de que naciste completa.
Nunca cambiaré tus pañales,
ni trituraré tu papilla de verduras,
ni te bañaré ni te calentaré la mamadera. 
Tu madre nunca seré,
ninguna vez te llamaré hija,
tu pelo no será trenzado entre mis dedos.
No pasaré a buscarte al colegio
ni gritaré contigo al viento
la reivindicación histórica del feminismo.
Quizá te lea cuentos en voz alta
y te cante canciones que no son de cuna
antes de irnos a dormir.
Te abrazaré cuando estés triste,
te consolaré con añuñucos tiernos
y te invitaré a una cerveza.
Quizá vengas a mis fiestas de cumpleaños
donde discutiremos la dialéctica marxista,
pero nunca seré tu madre.
Mi cuerpo no se deformará por parir un hijo,
mis tetas no se caerán por amamantar una guagua.
Esta cara desalineada por la pobreza
y arrugada por el tiempo
nunca te mirará con ojos maternos
porque jamás una madre seré.
Déjenle esa tarea a las mujeres despistadas 
o demasiado poderosas.
No a mí. No a una enclenque hormiga latinoamericana.
No a la hija de una mujer que jamás debió parir.

sábado, 20 de septiembre de 2025

Línea de tiempo contratos editoriales

Quiltras
Planeta (Chile, Colombia): 23 de septiembre de 2025 / vence en 2030
Rey Naranjo (Colombia): 18 de noviembre de 2021 / vence en 2026
Bazar do Tempo (Brasil): febrero de 2023 / vence en 2028
Tránsito (España): 4 de diciembre de 2018 / renovado hasta 2028
Paraíso Pérdido (México): diciembre de 2019 / renovado hasta 12 de dic. 2027
Quidam (Francia): 17 de sept 2019 / vence en 2027
Forma (Uruguay): 22 de julio de 2025 / 2030
Audible: 2022 / 2029

QET
Audible: 2020 / 2028
Conejo: Feminismo polifónico / 2032

Telepunga
Chile: mayo 2025 / 2030
España: septiembre 2025 / 2030

jueves, 13 de marzo de 2025

What my mom thinks about my first fiction novel

El realismo mágico, precioso. La forma como los árboles y las plantas le entregan sus "recuerdos o vivencias" a Rayén. Imágenes que son gravitantes en el entender qué pasó y cómo fue. Además hermosa la forma de comunicarse y relacionarse con la naturaleza.
Las vivencias familiares. Bueno, descubro a ti abuela en esa Chuchu, en el comportamiento mezquino con la comida o tener que atender el negocio. Exacerbado de pronto. De todas formas creo que es el comportamiento de muchísimos viejitos víctimas del rigor de su infancia y juventud. Es un personaje universal. Ella es una matriarca. Y el Nachito es un Dieguito, me duele más.
Además es hermoso que hayas ocupado la lucha que dimos cómo comunidad contra la megaplanta y la de tu hermana y las mujeres de la coordinadora en particular. Refleja la impunidad y la indefensión en la que vivimos las comunidades de territorios más pobres y expuestos de la sociedad. Deja de manifiesto esa otra forma de explotación de la tierra, condenando a los pobres a vivir en lugares contaminados y la forma de hacer callar a la gente. Matándoles a sus dirigentes o voces más sonoras y así callándolos para siempre. El fin justifica los medios
El final, me hubiese gustado que Nachito se quedara viviendo con Rayén, pero es perfecto que ella decida estudiar, desarrollarse, de lo contrario hubiese sido repetir la historia de las mujeres de su familia. Me encanta que ella tenga anhelos.
Nachito, me da pena que se haya quedado solo, forjándose un futuro. Pero de seguro le irá súper.
Las cartas son como el epílogo. Igual me hubiese gustado leer las peripecias de Nachito con los tíos y todo lo que cuenta en su carta. Triste y hermosa tu novela.
Cobarde, pero estaba cansado el viejo. Pagando en vida todas las barbaridades, con la inconsciencia de siempre. No una gota de arrepentimiento ni autocrítica. Se me asemeja a mi papá.
No hay justicia.
Mi opinión es muy desde la cultura de una simple lectora ignorante. Sin academia. 

Un thriller político con tintes de realismo mágico donde la tragedia ecológica se encuentra con la belleza esperanzadora de la naturaleza.

martes, 13 de agosto de 2024

Carta de Arelis Uribe para Diálogos en Movimiento

Para ti que estás leyendo,

Ésta es una carta de amor, porque siempre se escribe desde el corazón.

Me llamo Arelis Uribe, tengo 36 años, estudié en un colegio de Gran Avenida, en Santiago, un barrio con poquitos árboles y muchas casitas. Ahí empecé a escribir. De eso se trata “Quiltras”, mi libro de cuentos, de jóvenes que habitan barrios que la gente pituca consideraría feos; chiquillas de piel morena y dientes torcidos, que quieren tener un futuro luminoso pero no saben cómo lograrlo, que van al colegio y se aburren porque los adultos son fomes, que prefieren bailar su música o fumar a escondidas.

Comencé a escribir de ociosa, porque la escritura es el viaje más económico. Una puede inventar lo que quiera en su mente y luego ponerlo por escrito para leerlo más tarde e incluso para que otras personas también lo lean. Es como ver una película creada solo con letras. Siempre me gustó leer, por lo mismo: es la forma más sencilla de viajar. No sé si les dan curiosidad los libros, en serio son muy divertidos. Cuando te metes en uno es como estar en una fiesta escuchando a tus amigas contar una historia. “El Quijote”, por ejemplo, aunque está escrito con palabras muy antiguas, dice cosas demasiado chistosas. Se trata de un tipo que lee tantas novelas de caballeros que empieza a creerse uno y sale a pelear con una armadura ridícula (su casco es una especie de pelela). Es una novela absurda. Lo que quiero decir es que los libros son como las personas: a veces cuesta entrar a ellas, pero cuando una les encuentra la gracia pueden ser muy bacanes.

Solo esa idea aspiro a dejarte: no temas a los libros, dales una oportunidad. Hay escritoras chilenas que son mujeres y fueron estudiantes—igual que vos—y escribieron sobre cosas que estoy segura sientes ahora: Paulina Flores y Daniela Catrileo. También hay autores que en el pasado construyeron obras monumentales y bellas como castillos: Gabriel García Márquez, Svetlana Aléxievich, Annie Ernaux, su trabajo fue tan impresionante y novedoso que recibieron el Premio Nobel. Búscales en bibliotecas, síguelos en redes sociales, acompáñate de sus palabras. Vuélvete una quijota demente que sale a la calle a combatir molinos de viento con una bacinica en la cabeza.

¿Por qué no?

Con cariño,

lunes, 29 de julio de 2024

Soñé que mi padre muerto estaba vivo, poem by Arelis Uribe

Soñé que mi padre muerto
estaba vivo
despertaba en su ataúd
de tierra y raíces de ciprés.
Lo sabíamos porque años después
desenterrábamos su sarcófago
y encontrábamos señas
de su desesperada lucidez.
Soñé que mi padre muerto
estaba vivo
y antes de morir de nuevo
encerrado y solo
se despedía de nosotras,
se ponía llorar.

jueves, 13 de junio de 2024

Décimas pa' la tristeza (work in progress by Arelis Uribe)

Si un día despierto triste,
me pongo mi mejor ropa,
salgo, me tomo una copa
con mejor pizza que existe.
Si el chaparrón persiste,
pues agarro la guitarra
y con la Violeta Parra
tocamos una canción.
Se me entibia el corazón,
vuelvo como la cigarra.

Si un día no ando feliz,
me voy de paseo al bosque:
la naturaleza enrosque
y sane cualquier desliz.
Si el bajón sigue, Arelís,
a la playa los pasajes,
porque en Valpo los paisajes
curan dolor y tormento.
Se levanta el sentimiento,
es para el alma un masaje.

sábado, 23 de marzo de 2024

Hospital de Talagante, poem by Arelis Uribe

Escribo en sala de espera
de mis días hospitalizada
la ventana daba a un verde
blanca la camilla y las murallas

Vino a casa ese tío que odio
pero él dice que me ama
me da tanto miedo verlo
que me escondo bajo la cama

Duermo en lo oscuro por horas
el pecho en baldosa helada
despierto y respirar duele
en las costillas siento lanzas

Mi madre me lleva a urgencias
tengo los pulmones con agua
“neumonía” dice el doctor
esa noche no vuelvo a casa

Soy niña de seis años
mi pieza es la última del ala
en la escuela por mí rezan
llevo sola una semana

Ay ay ay ay

Mi padre trae sus comics
dice “se leen, no se rayan”
imita monos de la tele
nos reímos y me abraza

En secreto me da papitas
me prohíben comida salada
me alimentan peras hervidas
arroz y fideos, saben a nada

Una tarde sonriendo
por afuera veo a mi hermana
no entra por los contagios
nos queremos por la ventana

Otro día en mi velador
encuentro cuentos de hadas
los leo porque leer
siempre a mí me acompaña

Ay ay ay ay

Una noche mi madre llora
sentada al lado de mi cama
le pido que se quede y dice “no”
la lloro mama

Por el pasillo la enfermera
se acerca y me calma
me dice al oído
“tranquilita, ya estarás sana”.

Ay ay ay ay

lunes, 18 de marzo de 2024

Gabriela Mistral tuvo una hermana / Gabriela Mistral had a sister (oneiric poem by Arelis Uribe)

Querida hermana:
son las siete de la mañana,
la mamá te peina las trenzas
para mandarnos al colegio,
mientras hierve la tetera
y yo miro y miro el pancito
que arropa el queso
en el tostador.
Gabriela Mistral tuvo una hermana:
Emelina Molina Alcayaga,
fue maestra de Gabriela
y madre de una niña muerta,
todas crecieron en el campo como nosotras.
La mamá nos lleva a un parque,
donde jugamos a escondernos entre los árboles.
Mientras llegan a buscarnos,
nos sentamos en una banca
y tú recitas este poem:
Querida hermana,
son las siete de la mañana
y la mamá me peina las trenzas.
Me doy cuenta de que estoy soñando,
despierto a escribir tu poem
en la tapa de un libro viejo
a las tres de la madrugada.
Apoyo la cabeza en tu hombro,
lloro en mi sueño y digo:
Gabriela Mistral tuvo una hermana.
Sí, respondes, y yo soy la poeta.
Sonríes y yo lloro despierta
al recordar tus versos de infancia.


Dear sister,
it's seven in the morning
and mom braids your hair
while the kettle boils and I
intently watch the bread
that blankets a slice of cheese
in the kitchen toaster.
Gabriela Mistral had a sister:
Emelina Molina Alcayaga,
she was Gabriela's teacher
and the mother of a deceased baby girl,
they grew up in Queens like us.
Mom drives us to a park.
While we wait to be picked up,
we play hide and seek around the woods
and you recite this poem:
Dear sister,
it's seven in the morning
and mom braids my hair.
I realize it's a dream.
I wake up to write down your poem
on the cover of an old book
at three in the morning.
My head rests on your shoulder,
I cry in my dream and say:
Gabriela Mistral had a sister.
Yes, you reply, and I am the poet.
You smile, and I awaken crying
thinking of your verses from childhood.

miércoles, 6 de marzo de 2024

Ahora escribo décimas



A mi abuela costurera

En día de las obreras,
Ocho-Eme internacional,
en mi abuela excepcional
piensa mi cora sincera.
Dulce negra costurera,
manos ajadas de cloro,
su espalda en tal deterioro
por labrar como animal.
Rindo homenaje abismal
a su existencia de oro.


En la Crisis Librería

Esperamos en la puerta
Hasta que al fin es abierta.
Un retraso… ¡quién diría!
A seguir con alegría,
Mala sangre yo no me hago.
Empieza el taller de magos
Cuyos versos son hechizos
En el gran Valparaíso
La poesía es halago.
(29/02/24)

Con ingenieros mecánicos

De la P-U-C-V Quilpué
Nos saludamo' y después
Escribimos poems mesiánicos
Y armamos zines fantásticos
Porque queremos innovar.
Solo una idea voy a dar:
Reordenar lo que ya existe
Lo creativo así persiste
Solo se trata de jugar.

En mercado cardonal

¡Perdón! En mercado puerto
nos reunimos en concierto
por convide comunal.
De poesía original
no soy docta del asunto,
nomás traigo lo que apunto:
mis lecturas fascinantes,
de poetas, esas de antes,
pa' disfrutar en conjunto.

En esta noche de poetas
escribimos unas décimas
inspirás en las enésimas
Pedra, Gabriela y Violeta.
Poderosas y proletas,
sus versos son de un tierno
sabor matriarca y fraterno.
Quisiera escribir como ellas,
su obra es indeleble huella
y sus nombres, sempiternos.

Librería Catalonia
Nos ofrece una velada
De poesía rimada
Con singular parsimonia
Solo quiere esta demonia
Compartirles lo aprendido
Y menester requerido
Asimilar lo pendiente
En las semanas siguientes
Tal será mi cometido



A veces escribo décimas (Un verso me quedó corto, no me acusen a la Violeta).



viernes, 12 de enero de 2024

Beasts, short-story by Arelis Uribe, translated from the Spanish by Andrea Meador Smith

I get off at bus stop 20. I’m feeling tipsy because I was drinking with my girlfriends from college. It’s so late that the shops on the main drag have already shuttered for the night and the air is covered with that thick fog that smells like fusty smoke, like dirty smog. There is no one out and that scares me. Empty streets creep me out more than crowded ones, I don’t know why. My only line of defense is to furrow my brow, walk fast, and hope that nothing bad happens between here and my house.  

I walk the first block and hear someone following me. My stomach clenches up. I can guess that it’s a gang of delinquents with double-edged knives or the creepy old man masturbating with his pants down. I turn around and find a mutt. Small, black, and wagging its tail. It’s that typical dog that crosses your path, those dogs that come and go, that find you by chance, like loose coins or bills, and that are impossible to recognize when you run into them again. Velcro dogs, I once heard them called. I bend down to pet the dog and he shows me his belly. Then I discover the dangling teats of a new mother. It’s the early hours of the morning and she’s wandering around alone, I think. I imagine that she goes out at night to look for something to feed her pups during the day. I invite her to follow me and she comes along. Now we are two night owls strutting around the streets of the Gran Avenida.

We walk and I hear the clicking of her little paws behind me and I see how her shadow grows and reaches mine, in a game of black and orange lights that the streetlamps cast on the sidewalk. She looks like Cholita, I think, the only dog who ever fulfilled her role of happy family pet. Cholita was a black mutt that my grandmother adopted when I was a girl and we lived in La Florida. She supposedly belonged to me and my brother, but in reality the dog only answered to my grandmother. She slept with her in bed and she stopped to look out the window at 10:00 every night, when my grandma was about to get home from work.

One afternoon she got lost. We don’t know how she learned to get out, but that day, maybe because she was in heat, she ran off. My grandmother was dyeing her hair and she went out with a plastic bag on her head to ask up and down our street if anyone had seen Cholita. No one, nothing. I remember that I cried, but not from sadness. I hadn’t become that fond of the dog. I cried because I knew that I had lost something that was mine and at the age of twelve I already had that notion of ownership.

What hurt most about losing Cholita is that all the boys and girls on our street had their own living, breathing stuffed animal in the front yard. I had nothing. One night I decided to fill in this void. I grabbed my jump rope and my camping backpack and went to look around other neighborhoods, where I didn’t know anyone who could make me feel guilty. I found wild dogs that bared their teeth at me as soon as I got close to the gate and I found houses where you couldn’t see anything inside because an enormous mass of golden privets covered everything up. Until in one house I finally saw a white poodle. I got close and it tilted its head so that I would pet it. I opened the gate to the house carefully. It was unlocked. Lights off. I went inside and put the leash around its neck. The poodle resisted a little, but he was tame and it was no trouble to put him in my backpack. I closed the gate and ran off with the dog howling on my back.

I got home and tied the poodle to a lime tree that was on the far side of the patio. I went to the kitchen and put a little beef stew in an old pot and took it to him. The poodle refused to eat, he was lying down and crying. I bent down in front of him and said: you’re mine now. I tried to hug him and he slipped out of my grasp. He ran toward the gate. The leash was hanging from the dog’s neck like a whip and his screeching was high-pitched and loud. Right then my grandma appeared. She fussed at me, she said I was doing the same thing that someone else had done to me when they stole Cholita. I knew she was right, but I didn’t tell her so.

My grandmother set the poodle free and the dog ran off. I hated her for a long time because of that.

I never had a dog again, except for those Velcro dogs that follow you in the street. Like now, when a Cholita clone with drooping teats keeps me company.

We walk. Every Friday night I go home the same way, but I had never seen this dog. I like her. I start to growl at her and jump from side to side, like a fellow beast, and she growls back at me and jumps and wags her tail because maybe it’s been a long time since anyone on the street has been playful with her. I rub her head and she shows me her belly again. And even though it’s dark outside, I see how fleas are walking around between her pink nipples.

We are already halfway home. Thanks to the walk, the tipsiness eases up and little by little the boxed wine with Kem Piña starts to lose its effect. I think I’m going to wash off the dog and give her Vienna sausages and bread soaked in milk when we get to my house.

Then something terrible happens.

We are approaching Gustavo’s cybercafe and a German shepherd (or maybe a mix) shows up and throws himself on the mama dog. On her neck, as if the dog were an antelope and the German mongrel a jaguar. And I scream, GET OFF OF HER YOU FUCKING DOG, FUCKING GERMAN, FUCKING NAZI. The shepherd tries to mount her and he bites her flank and the mama dog shrieks and it’s been a long time since I’ve been this scared and I start to cry. I grab a big rock from the sidewalk and throw it at him. The German jumps on me and grabs my pant leg and I feel his teeth but more than anything I feel how the injured dog’s eyes are watching me. I raise my right leg and I don’t know how but I kick the shepherd’s head and he backs away and I run, run, run. I run just like in all the cliche movie scenes where someone is running for their life.

I make it to the corner of San Francisco and El Parrón. I’m barely breathing and there’s a stabbing pain in my side. It’s my spleen, I think. My mom thought that pain was good, she would say “if it hurts it’s because you feel something, and if you feel something it’s because you’re alive.” And alive and in one piece is how I want to make it back to my house. I turn around and see the shepherd on top of the mama dog. I look ahead and see the nearly empty plaza and see my house and think about the light on in my grandma’s room and the endless clanking of her sewing machine. I think, am I gonna help this mutt or not. I tighten my gut and sell out the mama dog like everyone sells out and gives up on street dogs. Because they are just part of the landscape, like vagrants or pigeons that no one sees when they’re sleeping in the streets and no one misses when cars run them over.

I go inside my house and hear my grandmother yell my name. I don’t respond. I shut myself in the bathroom and take off my pants. Blood is dripping from my thigh to my foot. It’s not a lot, but it is blood. I clean myself with toilet paper and take out an iodine dropper from the medicine cabinet and put it on top of the wound. It’s small but deep and I think that if I tell my grandma they are going to give me a shot and I prefer to keep my mouth shut, because I already had enough with the German shepherd’s fangs.  

I get in the shower and then lie down to sleep with wet hair. I dream about those cartoons where a dog showed up that was so ugly it wore a doghouse on its head and in my dream the giant ugly dog takes off his house-mask and his head is the same as the German shepherd’s and he opens his crocodile mouth and he follows me because I’m a traitor and I run and I’m dressed in a tunic and sandals like the apostles wear in Jesus of Nazareth.

The next day I wake up early. I’m not hungover, but even still something hurts inside. I leave my house and my grandma asks me where I’m going. I don’t tell her. I walk towards the corner where I abandoned the mama dog and she’s obviously not there anymore. On the cement-covered ground there’s dirt and blood stains. I touch them and move my fingers to my mouth and taste the iron of live blood. I touch the wound and the burning sensation confirms that what happened to me last night was real. I get up to go back home and then I see her. The drooping teats and four little puppies as black as she is that are hiding behind their mother. I walk over and let her know with my eyes that I will seek her out. And she stays very still on the sidewalk, without a single cord that binds her there to wait for me.  

 
Translated by Andrea Meador Smith

From Quiltras (Los Libros de la Mujer Rota, 2022)

https://latinamericanliteraturetoday.org/2023/12/beasts/

domingo, 4 de junio de 2023

Italia, short story by Arelis Uribe

    La Italia siempre estaba leyendo un libro. A veces nos tirábamos en el pasto y yo apoyaba la cabeza en sus piernas y ella barría mi cara con su pelo, y me leía las historias de Lemebel o “La noche boca arriba”, diciendo el sueño maravilloso había sido el otro, con su voz raspada y calma, mientras yo me concentraba en su boca, en sus dientes claros y alineados. La Italia escribía cuentos para el Santiago en 100 palabras y participaba en los talleres de Balmaceda 1215 y a veces yo la iba a buscar a sus clases para que tomáramos helado en el Parque Forestal. La Italia se llamaba Italia porque su mamá se había ido exiliada y se casó con un italiano y cuando volvieron juntos a Chile y tuvieron una hija la bautizaron así, por el triunfo del retorno y para no olvidar cómo era vivir el destierro. La Italia tenía dieciséis y estudiaba en un colegio privado al que podía ir con ropa de calle y al que podía llegar en bicicleta. La Italia en vez de decir abuelos decía nonos y hablaba varios idiomas además del español y conocía Europa y sabía que el día que terminara el colegio su vida iba a continuar en otro continente, lejos de acá y lejos de mí.
    La primera vez que la vi fue en una clase de pilates, en un gimnasio municipal de Providencia. Usaba la chasquilla gruesa y una cola de caballo larga y ondulada en las puntas. La espié toda la hora a través del espejo. Me gustaron sus pómulos acalorados, sus cejas oscuras y la concavidad de sus piernas delgadas. Imaginé que mi mano encajaría ahí perfectamente. A la salida de la clase le hablé y nos fuimos en bicicleta. Yo vivía en el centro, en el piso veinte de uno de esos edificios nuevos, cerca del Metro Universidad de Chile, y ella en un barrio de casas como las de Mi pobre angelito, al borde del cerro San Cristóbal. Esa primera vez que hablamos pedaleamos por la costanera y la fui a dejar. Su casa me dio miedo, como dan miedo las cosas que no se conocen: la chimenea, los árboles frondosos, la camioneta gigante estacionada afuera. Nos despedimos y me esforcé en olerla y los días que vinieron me esforcé en prolongar esa ruta entre el gimnasio y su casa. Unas semanas más tarde ya nos enviábamos mensajes por celular y ella me prestaba libros y yo enrollaba mis dedos en las puntas de su cola castaña.
    La Italia me escribía cartas en las que juntaba palabras que yo no pensaba que se podían juntar. Me llamaba por teléfono, de madrugada, y en vez de hablar, ponía La Noyée —ese tema de Amélie— y yo imaginaba que ese acordeón me decía ven o no te vayas o yo también. Con ella no me daba miedo caminar bajo la lluvia sin paraguas o robar libros en las librerías de Bellas Artes. Con ella desaparecían nuestros años de diferencia y me sentía otra vez una escolar. Me gustaba que se llamase Italia y que me contara que en Francia vio la Mona Lisa y es un cuadro minúsculo y que en Inglaterra llueve tanto que no se puede salir a pasear. Yo le preguntaba qué se sentía andar en avión y cómo se veían las nubes desde el aire. Me gustaba su piel pálida y comparar sus lunares café claro con los míos café oscuro. Me gustaba tocarla y sentir cerca una piel como la suya, que yo cuando chica había añorado tanto, porque en mi colegio de barrio todas las morenas estábamos enamoradas del único rubio del curso, que a su vez estaba enamorado de la única rubia, en una lógica que más que racista respondía a las reglas del mercado; a la ley del exceso de oferta morena y la escasez de pelo claro.
    A veces salíamos de clases y caminábamos acarreando nuestras bicicletas con las manos. Llegábamos a la costanera y nos tirábamos ahí, entre los árboles, a frotarnos con desesperación, hasta las nueve, diez, once de la noche, cuando la orilla del río era un soplido frío y algunos corredores seguían quemando calorías, vestidos con ropa deportiva de colores fluorescentes.
    Al principio todo lo que la Italia me contaba me ponía eufórica, feliz. Escucharla me abría el apetito por saber cómo vivía. Me embriagaba lo curiosa que era y lo estimulada que había crecido. Quería saber qué libros había leído en su niñez, si había hecho ballet o equitación, a qué edad había usado frenillos, cómo había aprendido a nadar. En sus historias, yo reemplazaba a la protagonista por mí y era yo la que corregía sus dientes chuecos a los ocho años, la que había ido a restoranes desde muy chica y había disfrutado platos mucho más complejos que pollo asado con papas fritas. Era yo la que jugaba con tíos que eran cineastas o académicos de la Chile en vez de heladeros o taxistas y era yo la que tenía pieza sola y nadaba los sábados de enero en la piscina de cemento del patio.
    Una tarde nos encontramos en la entrada del gimnasio y decidimos faltar a clases. Nos fuimos al Parque Bustamante y compramos una pizza sin carne en un local que estaba frente al café literario. La pedimos para llevar y nos sentamos a comer con los pies metidos en la laguna artificial. Dije que la pizza estaba rica y la Italia se rió y me explicó que no se decía picsa ni pisa ni pitsa, sino que pizzzza, como la zeta de un zancudo estridente. Cuando la Italia me corregía, me inundaba una amargura extraña. Me gustaba que indicara mis errores, sentía que me volvía más fuerte, más válida para estar con ella. Pero al mismo tiempo me dolía no haber nacido con todas esas sabidurías chicas que se supone son necesarias para que una persona ande firme por el mundo.
    Nos tiramos en el pasto y la Italia llenó la caja de la pizza con dibujos y frases. Me hubiera gustado guardar esa caja. Leer su letra imprenta y reírme de sus chistes otra vez. Acercamos nuestras narices y hablamos de ella, de mí, pero sobre todo de ella, de las cosas que sabía ella. De los nombres de los árboles y de los pájaros del parque. Saqué un pito y lo fumamos viendo cómo el cielo se oscurecía y las luces del parque se empezaban a encender.
    Esa noche la Italia me invitó a su casa por primera vez. Subimos en bici hasta Pedro de Valdivia. Sentía que en vez de pedalear, flotaba y que las luces de los autos se fundían con las de los focos del parque, estallando en mis anteojos, como una aurora boreal anaranjada y verde (la Italia me había explicado qué era la aurora boreal). En el camino compramos una botella de vino que la Italia guardó en su mochila. Entramos a la casa por la cocina y salió a recibirnos su Nana Carmen. Le dijo mi niña, seguido de frases de abuela preocupada y le ofreció una leche tibia que la Italia rechazó. La Nana Carmen me saludó amorosa y al ver que la Italia no quería nada, se guardó como un conejo en una pieza que estaba conectada con la cocina.
    Subimos al segundo piso tomadas de la mano, por una escalera de peldaños de madera gruesa. Ella adelante y yo detrás. Aunque estaba oscuro, me fijé en sus piernas delgadas, en la curvatura en la que yo sabía que mi mano podía encajar. Entramos a un dormitorio grande, tan grande que mi departamento cabía completo. Su cama era de dos plazas y eso también me sorprendió, porque en mi mundo las camas grandes eran para los matrimonios, para los papás; las camas de hijos eran camas de una plaza o eran camarotes para compartir y pelear con el hermano chico.
    La Italia se tiró al suelo y se olvidó de encender la luz y de abrir el vino. Me recosté a su lado y la besé y su boca sabía a agua limpia, a papel de revista brillante. No podía verla, pero la sentía. Toqué la curvatura de sus piernas y me inundó un hormigueo. Toqué sus pechos por debajo de la polera y eran suaves y eran pequeños y los imaginé rosados sobre una piel blanca. Encajamos nuestras piernas y me apreté contra ella y ella se apretó contra mí. Imaginé sus pómulos acalorados como en clases de pilates y acaricié su cuello con mi nariz y me quedé allí, con la cabeza apoyada en su hombro, quejándome, jadeando, escuchando sus gritos contenidos. Me saqué la ropa de pilates y ella se sacó la suya y metí mi lengua en su ombligo y volví a su boca y ella lamió mi pecho izquierdo como una guagua hambrienta y ahí no aguanté más y en pocos segundos morí aplastándola con mis calzones.
    Nos quedamos tiradas en el suelo, con la piel pegada. Después, nos acostamos en su cama y nos dormimos ahí. Lo que más recuerdo de esa noche son las sábanas. Eran las más blancas y suaves en las que yo había dormido alguna vez.
    Al otro día, su papá nos despertó temprano, golpeando la puerta para que bajáramos a tomar desayuno. En la mesa había (al mismo tiempo) jugo de frutilla (natural), queso (varios tipos) y granola (creo). Sus papás eran igual de conversadores que ella. Hablaron sobre su trabajo. Él era ingeniero en alguna parte y ella era dramaturga y profesora universitaria. Comentaban la actualidad con la radio Cooperativa de fondo y me preguntaban qué hacía yo, cómo había conocido a la Italia. Les conté de las clases de pilates y de mí, que recién había terminado Pedagogía Básica, que estaba trabajando en una escuelita en Recoleta y que hace poco me había venido a vivir al centro, a un departamento que esperaba comprar algún día. No me preguntaron qué hacía mi familia o dónde vivía antes. No por falta de interés, sino por delicadeza. O por educación, como diría mi papá.
    Terminamos de comer y la Nana Carmen recogió la mesa y la Italia me invitó a un recorrido por la casa. Las murallas eran blancas y los ventanales enormes, enmarcados en bordes de madera limpia y barnizada. Había objetos extraños, como relojes a cuerda, planchas de hierro y vitrolas de diferentes tamaños, que la Italia me enseñó a echar a andar. Había un piano que —me explicó hastiada la Italia— ella no volvería a tocar jamás. En el muro contra el que estaba acomodado el piano había una especie de santuario a Italia (Italia el país) con cuadros, fotos y reliquias que no entendí, junto a dos escudos de los apellidos de la familia.
    Como a las once, la mamá de la Italia ofreció llevarme hasta el centro en su auto. Iba a dar una clase en la Católica, a niños talentosos de colegios de todo Santiago o algo así. Yo hubiera preferido irme sola en bicicleta, pero no pude evadir la propuesta: era la Italia y su mamá contra mí.
    Subí a la pieza de la Italia a buscar mis cosas y estando allí me fijé en los detalles de su habitación. Era la de una princesa docta, una Barbie artista. Había una guitarra, muchos libros, cuadros pintados por ella y un escritorio de madera frente a la ventana. Era una casa de teleserie. Sobre el velador estaba su carné. Se veía muy niña en la foto, debía tener trece años. Lo tomé rápido y lo guardé en mi bolsillo. Luego, bajé al primer piso como si nada, como si no acabara de secuestrar un pedazo de la Italia para llevarlo conmigo.
    Nos subimos al auto. El papá nos ayudó a cargar la bicicleta. La Italia quiso acompañarnos y se sentó de copiloto. Yo me instalé atrás, sola. La Italia ponía discos para que conociera esas cantantes francesas que en mi vida yo había escuchado y que a ella le gustaban tanto. La mamá y la hija conversaban y me daban la palabra como quien tira una pelota para jugar a las quemaditas. Yo respondía corto, sin consistencia. Iba absorta mirando por la ventana, sumergida en el corazón de Providencia, en el verdor intenso de sus calles y en la magnitud cinematográfica de sus casas.
    Doblamos por Avenida Portugal y la mamá estacionó el auto y me ofreció un billete, preguntándome si tenía cargada la Bip!, si necesitaba plata para llegar a mi casa. Yo contesté con honestidad que no, que muchas gracias, que me movía en bici. La Italia me miró con las cejas arrugadas y la mamá bufó. Yo no entendí.
    Bajé la bicicleta con torpeza y la Italia se despidió con un gesto frío, que me desconcertó. Al llegar a mi casa, abrí el refri, metí el carné de la Italia y no volví a sacarlo de ahí.
    Las semanas siguientes nos vimos en pilates y no siempre fui a dejarla a su casa. Los mensajes por celular y las llamadas nocturnas empezaron a disminuir. La Italia se distanció de mí y yo de ella, de manera lenta pero sostenida, como dos trozos de tierra en la deriva continental. Ya no disfrutaba jugando a reemplazarla en sus historias. Me dolía que ese ejercicio fuese sólo una posibilidad. Tenía miedo de que llegara el momento de invitarla a mi casa. No me veía llevándola hasta Quilicura en micro, presentándole a mi mamá, cada día más rubia y más gorda; a mi papá, hablando con la boca llena frente a la tele; a una versión grisácea y desganada de mí misma, sentada en ese living minúsculo con piso de flexit.
    Entonces me escondí. Dejé de ir a pilates, cambié el celular. Hasta que no la vi más. Sin embargo, puedo adivinar perfectamente qué fue de ella. Sé que terminó el colegio, que le fue increíble en la prueba para entrar a la universidad y que de todos modos se fue a Europa, con sus nonos. Sé que al final se instaló en Florencia o Barcelona o una ciudad así, de película del Normadie, para estudiar fotografía o pintura o teatro con marionetas. Sé que trabajó allá, de garzona primero y en un centro cultural después. Sé que se emparejó con algún europeo alto y que vivió con él en un departamento con vista abierta a alguna ciudad antigua e iluminada.
    A veces pedaleaba por Santiago y me imaginaba que podía encontrarla. También pensaba que quizá ella me vería pasar y pensaría en mí, que añoraría las tardes que gastamos leyendo sobre el pasto de algún parque. Me gustaba fantasear con la posibilidad de ser vista por la Italia, y jamás enterarme de ello.
    Una noche pasé en bicicleta por el Barrio Bellavista, frente a una de esas librerías donde entrábamos a liberar libros, como decía ella, pensando que era un lugar propicio para topármela. Entonces apareció. Llevaba el pelo muy corto, a lo Twiggy. Salía de la librería con un grupo de personas, riendo con sus dientes grandes. Nos cruzamos. Fue rápido, algo de un segundo. Me clavé en su cara y el pecho se me acaloró, alegre o asustado, no sé. Ella me miró por ese instinto humano de responder a una mirada ajena, para defendernos de un posible cazador. Me pareció ver en su rostro una chispa de nostalgia, aunque no estoy segura. No me detuve a confirmarlo. Solamente moví las piernas con fuerza, aumentando cada vez más la velocidad por la vereda.

Defensa del lenguaje inclusivo, short essay by Arelis Uribe

Yo también encuentro horribles las arrobas y las equis en una palabra para volverla neutral. También me agota decir todos y todas, amigos y amigas, niños y niñas. Hace un tiempo, no sólo lo encontraba feo, también lo encontraba inútil. ¿Para qué tanta vuelta si el “nosotros”, si el “todos” ya es inclusivo, ya es neutral?

Hasta que descubrí la trampa: el español y el genérico masculino no son neutrales, tienen la mano cargada hacia el privilegio y la supremacía de lo masculino por sobre lo femenino, como todo en el mundo.

Siempre me hizo ruido que en mi curso hubiera más mujeres que hombres y sin embargo en la mañana la profe saludara “buenos días, niños”. Siempre me extrañó que si un único hombre llegaba a un grupo compuesto por una o mil mujeres, toda la comunicación se tuviera que masculinizar. Encontraba raro que no pasara al revés, que la presencia de una mujer nunca mereciera el mismo trato.

Me di cuenta de algo obvio, que de tan obvio parece natural, pero no lo es. El español tiene género, es macho, es un lenguaje que beneficia a los varones. El español disfraza lo masculino de genérico, de neutral, de aséptico. Lo femenino aparece como excepción, como apéndice del idioma, como fuera de la norma. Es el mito de Adán y Eva en la palabra.

Las mujeres somos la mitad de la población, la mitad más uno. Y sin embargo el mundo es androcentrista y la mayoría de la narrativa y la mitología universal la protagonizan hombres. Cualquier mascota de marca es varón porque eso es lo neutral, desde Hellmins hasta Teletín. También los protagonistas de los videojuegos, desde Pacman a Link. Los próceres, desde Lautaro a O’Higgins y tan antagónicos como el Che y Pinochet. Y en la música, en la tele, en los libros, en el cine. Qué pena me dio notar que Volver al futuro, mi película favorita cuando chica, estaba protagonizada por dos hombres. A tal punto que en la I y la II la polola de Marty cambia de actriz y da exactamente lo mismo. ¿Así de irrelevante somos? Y en Star Wars, ¿es Leia la única mujer en la Galaxia? Y hasta Jesús, Buda y Mahoma. Donde busquen van a encontrar que lo femenino está subrepresentado o caricaturizado dentro de lo rosado, lo maternal, lo emocional. En el lenguaje pasa lo mismo. No sé cómo evolucionó el español, pero es un hecho que relega lo femenino a un segundo plano. Constatar eso me dejó mal. Me hizo cambiar de perspectiva y entender qué hay detrás de esas horribles arrobas en las palabras.

Hace un tiempo, los 31 minutos hicieron un video para el gobierno, en el que Tulio ridiculizaba el lenguaje inclusivo. Decía compatriotas y compatriotos, espectáculos y espectáculas, verano y verana. Cuando lo vi me dio una tristeza enorme. Porque yo uso lenguaje inclusivo, porque me gustan los 31 minutos. Después pensé, qué se puede esperar de un grupo de talentosos, sí, pero poco empáticos que incluyeron un personaje femenino en su programa sólo porque los obligaron y en venganza la bautizaron Patana.

Cuando se vive en el privilegio es difícil reconocer y validar las reivindicaciones del resto. Me dolió que el video se riera del esfuerzo de la gente por lograr que este lenguaje macho y tozudo se tuerza sólo un poco y le dé un espacio chiquito que sea a lo femenino. Porque es tan patriarcal el español, que la única forma de hacerlo igualitario es estrangulándolo y esforzándose en que escupa un poco de paridad, porque de buenas a primeras, a puro uso y costumbre, deja lo femenino regelado. Si nos vamos a reír de algo, que sea de eso, de lo torpe y conservador del idioma, que nos obliga a llenar de arrobas y equis y estrellitas feas las oraciones y los párrafos. Pero si nos vamos a reír de una reivindicación histórica, como es el derecho de las mujeres, de lo femenino, de lo disidente a lo hegemónico masculino a aparecer, a ser reconocido, entonces no, entonces me da rabia, me duele y me enojo y escribo esto para explicar y exigir un pedacito de comprensión.

Esto del todos y todas no es maña, es una lucha, un problema político. El filósofo francés Jacques Rancière dice que la política es la preocupación por verificar la igualdad en el tratamiento de un daño. Tal cual lo que pasa aquí. Hay un daño, el lenguaje masculinizado es lesivo, nos hiere porque nos oculta, porque eclipsa lo femenino. Nos suprime. El trato de la lengua no es igualitario, por eso nos preocupamos por verificar esa brecha, esa falta de equidad. La denunciamos y queremos superarla, que deje de doler, de aplastar.

Hay distintas formas de aplicar ese lenguaje inclusivo. Yo, honestamente, encuentro espantoso lo de las arrobas, pero lo defiendo y lo entiendo. Una vez leía una entrevista de la escritora Yadira Calvo y decía: “Lenguaje inclusivo no es usar, ellos y ellas, muchachas y muchachos y poner arrobas”, entonces invitaba a buscar otras formas. “Podemos usar abstractos cuando se presta, en vez de niños decir niñez”. Yo prefiero esa escuela. Tengo una colección de palabras que me acompañan de forma casi imperceptible en esta lucha. Digo "cada", en vez de todos o todas —es más corto incluso— y me refiero a la gente, las personas, la humanidad. Es bonito encontrar esos términos que son realmente neutrales y que al usarlos evocan eso: inclusión. Lo femenino y masculino conviven como iguales.

A mí no me molestaría ser nombrada dentro del género masculino, si a los varones no les importara generalizarse alternativamente en el femenino. Qué hermoso sería que este español bruto y esta cultura patriarcal lo permitieran. Que habláramos como Lemebel, que en una misma crónica narraba desde una voz de mujer, de loca, y en el párrafo siguiente desde un Pedro. Y disfrutaba las mezclas. Cuánto gozó cuando un amante le dijo al oído “eres mío, niña”. Maravilla de frase. Sería bello que las palabras femeninas y masculinas, en su diferencia, tuvieran la misma densidad y pudiéramos usarlas indeterminadamente. Que decirle “madre” o “monja” a un futbolero no tuviera esa carga tan negativa. Que el “erís niñita” no pasara por ofensa. Que en una sala de clases, al menos primara el criterio literal de la mayoría y se pudiera saludar “buenos días a todas”, si las niñas superaran en número a los niños.

Una amiga decía en Twitter: “No dejan de impresionarme las resistencias que genera el uso del lenguaje inclusivo. El derecho a ser nombradas, a existir”. Eso es, de eso se trata. Quienes arrobamos, quienes escarbamos y atesoramos términos genéricos, quienes generalizamos con letras “e”, quienes replicamos un sustantivo femenino al lado de uno masculino, no pedimos nada más —y nada menos— que ingresar al universo de las palabras. Que nos respeten el derecho justo a inscribirnos en la realidad.


Noesnalaferia, 9 de abril de 2015

Nota 1: esta columna (con otro título) fue finalista del premio periodismo
de excelencia 2015, de la universidad alberto hurtado, en la categoría
“opinión”.

Nota 2: escribí esto antes de que Disney estrenara los episodios nuevos de Star
Wars, protagonizados por mujeres, afros y latinos.

viernes, 19 de mayo de 2023

La señorita Luisa y su curso de 12 mil habitantes


Luisa Tamayo estudió en las extintas Escuelas Normalistas y dejó su Santiago natal para enseñar a leer en la escuela rural de Codegua, un pueblo que no aparecía en el mapa y de donde llegó a ser regidora. Después del ‘73, fue perseguida por militante y educadora. Luisa se salvó de la dictadura; la educación no.

Luisa Tamayo (78) hace clases en el mismo pueblo desde los años 50. Donde quiera que va, la saludan con un “¡Señorita Luisa! ¿Se acuerda de mí? Yo fui alumno suyo”. En 1976 esa anécdota llegó al extremo. Dormía con su marido y la puerta sonó con golpes fuertes. Eran los militares. Con la vista vendada y junto a otros secuestrados, los llevaron a un terreno baldío. Los golpearon y les aplicaron electricidad. “Me preguntaban cosas, de mi marido, de mí. Fue terrible. Me aplicaron corriente en las manos. Me hacían tomar unos alambres con corriente y yo los soltaba altiro y el militar me retaba qué se imagina, tómelos de nuevo. Entonces yo le digo ¿por qué me trata tan mal si usted no me conoce? Y él me dice, no te vengas a hacer la linda, porque yo te conozco. Y cuando habla, yo le conozco la voz. Ése había sido alumno mío”.

Luisa ha dedicado más de 50 de sus 78 años a enseñar a leer a los estudiantes de Codegua, un pueblo chico y algo olvidado en la Sexta Región. Con sus 12 mil habitantes, no destaca por sus méritos escolares. Es la única escuela pública para varones en Codegua y Luisa Tamayo se esmeraba para que estos pequeños aprendieran cosas que sus padres campesinos nunca pudieron.

Luisa se formó en las ya extintas Escuelas Normalistas, que poseían un método de formación de profesores cuyos ejes están vigentes en países como Finlandia: una profunda vocación de ingreso, complementada con clases teóricas y prácticas desde los primeros años de formación. En la Escuela Normal de Luisa, la pedagogía se impartía en seis años a jornada completa, con práctica observada desde el primer nivel. Era educación pública, gratuita y de calidad, en palabras de Luisa, características que hoy ella ya no reconoce en Chile.

Aunque está jubilada, en el 2012 la invitaron a nivelar a niños de primero a sexto año que no sabían leer. Como profesora especializada en alfabetización, que incluso desarrolló su propio silabario, la situación era terrible y ejemplificadora de las carencias de un modelo educativo que progresivamente se ha instalado en las aulas chilenas. Los profesores, piensa ella, no enseñan porque en realidad ellos mismos reciben una pésima formación. Para Luisa, giros como la municipalización, el lucro y el cierre de las Escuelas Normalistas en pos de que cualquier institución pueda impartir la pedagogía, han mermado el sistema educativo, lo que se puede reconocer en un gesto tan sencillo como que niños de diez años no tengan idea de cómo se hace una letra manuscrita.

Como buena profesora, Luisa no es adinerada. Nunca lo ha sido, sus padres también fueron profesores. En su casa de niña en Santiago Centro, se comía lo que había y siempre se hablaba de política, de arte, y de educación. Su niñez la pasó dibujando y jugando a ser profesora con su hermana gemela, Odilia. Fueron nueve hermanos en total y la necesidad obligó a la mamá de Luisa a dejar de trabajar y convertir su casa en un colegio de nueve alumnos. De los nueve hermanos, siete se convirtieron en profesores.

Luisa entró a la Escuela Normal de Recoleta con su gemela. Egresó a los 21 años y le costó encontrar trabajo. “Un día me encontré con una profesora de la Escuela Normal y me dice, mijita, ¿todavía no empiezas a trabajar? No, le respondo, es que no he encontrado dónde. Me ofrecen algo en Codegua, pero no sé dónde queda, no he podido encontrarlo en el mapa. Y ella se larga a reír y me dice, pero si yo soy de Codegua, mijita”.

PUEBLO CHICO


Era el año 58 y Luisa se instaló en una pensión. Quería tener un perfil bajo, no quería pololear ni hacer vida social, quería dedicarse a enseñar. No había pasado un año y la profesora ya estaba involucrada en la formación de centros culturales y en una escuela para alfabetizar a los apoderados de su colegio. Pero pueblo chico, infierno grande, Luisa encontró su primer enemigo: un latifundista que no veía con buenos ojos que sus peones aprendieran a leer. Entonces trató de sacarla del camino de diferentes formas.

-Yo no sabía, pero incluso le pagó a jóvenes para que me sedujeran, porque en esa época, si una no estaba casada y se embarazaba, perdía el trabajo- recuerda Luisa.

Entre los muchos jóvenes que se le acercaron, la abordó Ismael Mena, huaso de campo, siete años menor que ella y que no terminó el colegio. “Yo sé que usted no quiere pololear, por eso yo me quiero casar con usted”, le dijo. Después de cortejarla por un tiempo, comenzaron a pololear y en menos de un año Luisa e Ismael se casaron. Tuvieron tres hijos y un matrimonio que duró hasta la muerte de Ismael, hace un par de años. Sin sospecharlo, la honesta admiración y afición de Ismael por Luisa sacó del camino a los huasos que perseguían a la profesora por la plata del latifundista.

En sus más de 40 años de casados, se apoyaron mutuamente. Luisa le enseñaba y celebraba la naturaleza inquieta de Ismael, que reparaba la casa y aprendía oficios con facilidad. Él la estimuló siempre, incluso cuando Luisa, durante la primera campaña presidencial de Allende, dejó atrás su hermetismo político y se lanzó como regidora de Codegua. Fue electa con la primera mayoría y desde entonces no sólo estuvo a cargo de enseñar a leer en la escuela pública, ahora estaba dentro del grupo que podía decidir sobre cuestiones más profundas. Se pavimentaron calles, se creó alumbrado público y se propuso la iniciativa que más la enorgullece: promover que Codegua se separara de Graneros y fuera una comuna independiente. El año 70 fue reelecta. El dueño del fundo se indignó todavía más. “Este pueblo se volvió puro comunismo”, dijo antes de abandonar el pueblo para siempre.

Ésa era la Luisa de 1973, profesora de escuela pública, regidora por el partido comunista y con fama de preocuparse por Codegua. Aunque el latifundista nunca más la molestó, en el año del golpe aparecieron nuevos problemas en su vida.

El mismo año 73 detuvieron a Ismael. Ella, por miedo a represalias mayores, prefirió entregarse. Dejó a sus hijos con su suegra e ingresó a una prisión custodiada por monjas en Rancagua. Como eran convictas políticas y no comunes, la relación con las monjas era más horizontal y menos violenta. “A los tres meses me dijeron que me iban a liberar. Me llevaron a la intendencia y estuve allí por horas, sin comer y con un milico haciéndome burla porque no aparecían mis papeles, lo que significaba que yo iba a desaparecer. Buscaron por horas y finalmente llega el milico y me dice, Señora Luisa, sus papeles no aparecen, pero le vamos a dar la libertad por una sola razón: sabemos de muy buena fuente que usted está embarazada. Pero la embarazada, en realidad, era mi hermana gemela”. Ese futuro sobrino, sin saberlo, salvó a Luisa de la desaparición.

Luisa bajó el perfil, pero la dictadura encontró nuevas formas de hacerse presente. “Después de salir de la cárcel, también me sacaron de la escuela. Tomaron a un profesor que trabajaba en una escuela particular y le dieron a él mi lugar en la escuela pública. Fue tan humillante. Tenía que ir a pie al colegio privado, ocho kilómetros de ida y ocho de vuelta, todos los días durante seis años. Menos mal que era buena para caminar”.

Mientras Luisa padecía la dictadura en lo cotidiano, Pinochet tomaba decisiones que repercutían a nivel nacional. La municipalización, que profundiza la brecha entre colegios de comunas ricas y pobres; el incentivo a la privatización de la educación superior, que tiene como consecuencia una enorme cantidad de universitarios endeudados, entre otros antecedentes, que explotaron en las demandas estudiantiles de 2006 y 2011.

Los años en que Luisa enseñó a leer a los hijos de los peones en la escuela pública de Codegua coinciden con el período en que los gobiernos chilenos tuvieron una política de Estado cuya meta era la alfabetización de las clases más pobres del país. Luisa recuerda: “siempre trabajé con cursos numerosos, con muy buenos resultados. La prueba está en que muchos de los niños que yo enseñé siguieron en la universidad. Ahora no se conocen niños que sigan estudiando acá en Codegua. No hay”. Hoy, Luisa y el modelo educativo que la formó están jubilados. Ella lo hizo voluntariamente; con la educación, en cambio, fue una cuestión forzosa.

The Clinic, 24 de Junio de 2014

El colombiano que ama locamente a Chile


César Dionisio es fanático de Chile. Es colombiano, pero desde chico que vive como chileno exiliado en su propio país. Su pasión empezó en el colegio, cuando le enseñaron historia de Latinoamérica y la de Chile -ésa que quieren cambiar en los libros- le pareció tan interesante como la Roma de Augusto. Desde entonces que soñó con viajar y conocer el Chile de Pinochet.


“Leí en ciencias sociales lo que pasó entre el 73 y el 90 y me llamó demasiado la atención, los desaparecidos, la economía, la política, la gente organizada para resistir”. En esa historia, César se identificó con los perdedores del golpe. Porque siempre, no importa la disciplina o el país, César apoya al equipo que juega de rojo. También en el fútbol. “A mis diez años, cuando veía partidos en la tele, siempre apoyaba a Chile. Cuando ganaban, era feliz; cuando perdían, lo que era la mayoría del tiempo, sufría”.

En años sin Google, César leía diarios colombianos buscando a jugadores chilenos. Así supo que muchos cambiaban su camiseta roja por la blanca de Colo Colo. “De a poco entendí la rivalidad con los otros equipos y le agarré fobia al azul. Cuando salía a jugar a la pelota, mis amiguitos decían ‘yo soy de Nacional’, ‘yo de Millonarios’, ‘yo de América’ y yo decía que era del Colo Colo de Chile. Era raro, sin haberlos visto jamás en vivo, yo vivía como un niño chileno de once años, pero desde lejos”.

“POR FIN ME COMÍ UN COMPLETO”


La banda sonora del exilio de César la protagonizan Los Prisioneros. Los conoció a los cinco años, por un casete que había en su casa. A los 18 se encontró con Víctor Jara y Violeta Parra, a los 20 con Inti Illimani e Illapu. “Yo pensaba qué bacán la música, qué letra tan social, qué buena onda, y luego descubrí que muchas de esas canciones venían de Chile. Como que todos los caminos me guiaban allá”.

César quería estar en Chile, pero no tenía plata para viajar. Su consuelo era leer el papel digital de La Tercera todas las mañanas, ver a Los Prisioneros cuando estuvieron en Bogotá el 2002 o ir a La Fuente Chilena, el asilo gastronómico de los chilenos en Colombia. Allí ahogaba sus penas en chicha, con sus amigos chilenos que lo hacían sentir más cerca de su patria adoptiva. Allí también conoció a Eugenio, un chileno que tenía un grupito folclórico del que César fue el vocalista por casi un año. Con chupalla y poncho, al ritmo de “Chile, Chile lindo”, cantaba en eventos importantes, incluso una vez se presentaron ante el canciller chileno en Colombia. La alianza musical terminó por un cahuín de platas que incluía a la mamá de Eugenio y una demanda por pensión alimenticia. Un final bien a la chilena.

En el mapa metafísico de César, todas las rutas desembocan en Chile. No importa lo que haga, Chile se le aparece. En el 2005 recibió la señal definitiva. Su tía, que también vivía en Bogotá, se fue a vivir a Viña del Mar. “Junté plata y me fui. Llegué el 26 de diciembre, fue el mejor regalo de navidad de mi vida y el clímax de esta especie de película que ha sido mi camino a Chile… Cuando subí al avión, la musicalización de esa escena era Tren al Sur de Los Prisioneros: no ves que estoy contento, no ves que voy feliz, viajando en este… avión”, cuenta.

Una vez en Chile, el chileno exiliado le dio paso al colombiano turista: estuvo en el Reloj de Flores, posó frente a Salvador Allende en La Moneda y se tomó fotos en el Metro. “Hice lo típico y por fin me comí un completo. Después fui a La Victoria y a la tumba de Víctor Jara, que para un turista normal no tiene ningún atractivo, pero para mí fue increíble porque sé lo que significan. Incluso cada 16 de septiembre pongo una foto de Jara en mi perfil para homenajearlo”.

Con techo donde llegar, viajar fue más fácil. Volvió en el 2009, con pasaporte colombiano pero con más calle chilena. Ya no le cobraban de más en los taxis porque le hablaba a los choferes como chileno y andaba por las calles capitalinas usando su polera de Colo Colo. De ese viaje, se trajo su recuerdo favorito: la serie Los ‘80. “Le dije a mi familia que teníamos que verla y ahora están súper metidos, dicen ‘ay, qué va a pasar en el próximo capítulo’. Además nos parecemos a ellos, también somos tres hijos y mi hermano chico es como Félix, es muy divertido, porque en el capítulo del bigote, a mi hermano también se le estaba notando. Y ahora le decimos, ‘buena, Félix’”.

“Y VA A CAER”

En Los ‘80 César vio escenas de marchas y movilizaciones, que compara con las que hubo durante el 2011. “Cuando veo a los estudiantes, pienso en Los ‘80, en esas escenas de organización social reclamando la democracia. Que nuevamente cientos de miles se movilicen, ahora por una mejor educación y calidad de vida, es bonito e inspirador. Acá en Colombia también hubo un pequeño movimiento estudiantil, en sus marchas izaban banderas chilenas, reconociendo la motivación que ustedes les entregan”.

César conoce a los protagonistas del conflicto y aunque Adimark no lo considera en sus encuestas, opina igual que el 70% de los chilenos que desaprueban al presidente. “Me carga Piñera, escucharlo ya es una experiencia desagradable, por su discurso neoliberal y xenófobo y por esa arrogancia típica de la derecha chilena. Se cumple la ley de que entre más inapropiada es una persona para desempeñar un cargo, más se sostiene. Lo digo también por Hinzpeter y Labbé. Es espantoso que gente así esté gobernando”.

Comprometido con las demandas estudiantiles, viajó de nuevo a Chile para marchar durante el período más candente del movimiento. “Los resultados me van a beneficiar, porque si tengo un hijo chileno quiero que tenga educación gratuita y de calidad”. Por eso gritó “y va caer, y va caer la educación de Pinochet”, aguantó lacrimógenas y corrió por su vida.

¿Qué piensa tu familia de tu fanatismo chileno?
-Lo único que les preocupa es que los pasajes de avión son muy caros. Aunque igual aprenden porque les enseño sobre la idiosincrasia de los chilenos. De hecho, a veces sé más que los chilenos de su propio país. Para las presidenciales, yo sabía más de MEO, Arrate y Piñera que mi tía que vive en Chile. Como que ella no estaba ni ahí, se dedicaba al trabajo, a su hija y a comprar su marraqueta.

¿Y si te vienes a Chile para siempre?
-Sí, me gustaría, pero no tengo prisa. Primero tengo que terminar mi carrera, tengo 26 años y llevo nueve estudiando derecho. Después saldría de Colombia. Igual quiero seguir estudiando, no sé si en Europa o Brasil, pero me tinca Chile porque tendría harto terreno ganado. El problema es que cuesta mucha plata, eso sí que lo sé, que allá en Chile la educación no es gratis.

The Clinic, 2 de Abril de 2012

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Las enseñanzas del kimche: Una historia sobre educación intercultural, por Arelis Uribe


En los colegios públicos de La Araucanía, más de la mitad de los estudiantes son mapuche. Sin embargo, pocos establecimientos se hacen cargo de esa diversidad cultural. El kimche –o sabio– Hernán Marinao trabaja en un liceo de Puerto Saavedra y al repasar su biografía, cuenta cómo, luego de décadas, recién comienza a buscarse en serio la interculturalidad: el equilibrio entre la sociedad winka y el mundo mapuche.

“Mi nombre es Hernán Marinao. Originalmente, mi apellido es “Mari Nawel”. Mari significa diez. Nawel, jaguar. Yo soy diez jaguares, pero como estoy reconocido por un solo apellido, soy Marinao Marinao. Entonces, soy veinte jaguares.

Nací en el año 78, en la costa de la novena región. Con mis ocho hermanos vivíamos en la ruka que construyó mi abuelo. La ruka fue la casa donde vivió, durmió y guardó los cereales. En esa ruka yo me crié.

Crecí con apego a mi abuela. Gracias a ella, mi primera lengua es el mapudungun. Mi abuela me enseñó cómo comportarme en una ruka, cuáles son las oraciones, cuándo ir a buscar el agua al pozo, cómo cocinar la papa asada en el rescoldo. Cada día, nos preguntaba: ¿qué hiciste hoy, tuviste respeto con la naturaleza? Siempre en una conversación, de esa forma aprende nuestra gente.

A los ocho años, entré a la escuela. Yo sentía que no necesitaba ir a la escuela porque ya sabía todo lo que me había enseñado mi abuela. Caminaba siete kilómetros todos los días. Veía el amanecer, los pájaros, el bosque. En la escuela me confundí, porque me enseñaban a escribir y podía jugar con otros niños, pero también me prohibían hablar mapudungun. La enseñanza media la estudié en el Liceo Reino de Suecia, en ese tiempo, Liceo C-19, de Puerto Saavedra. Ahí no me prohibían hablar mapudungun, pero tampoco enseñaban la cultura mapuche. Entonces yo trataba de mostrarla. Armé un grupo con mis compañeros y hacíamos danza para los actos del colegio. Así, sin darme cuenta, terminé cuarto medio y me fui a la universidad.

En la Universidad Católica de Temuco descubrí la diversidad de las personas y de la educación. Me encontré con compañeros mapuche y conversábamos en mapudungun. Estábamos en un programa de ingreso especial para estudiar pedagogía intercultural. La condición era aprobar cuatro ramos. A mí jamás me gustó matemática, y lo reprobé. Justo cuando me di cuenta de que la educación era importante no pude continuar.

Era el año 2000, volví a mi comunidad, pensando en trabajar en el campo. Le conté a una profesora del Liceo de Saavedra que había quedado fuera de la carrera. Ella había observado que yo era destacado por promover la cultura mapuche en el colegio. Me dijo: necesito un inspector, además te ofrezco la misión de representar el tema mapuche en el liceo. Fue bonito. Formé un grupo y enseñé a los estudiantes la danza del choique o ñandú. Ensayábamos después de clases y se sumaban otros chicos. Nos presentábamos en los actos del colegio. Lo mantuvimos durante cinco años, hasta que la profesora se fue del liceo. Ahí sentí un vacío. Alrededor del noventa por ciento de nuestros estudiantes son mapuche y vienen al colegio y su mundo no está. A veces necesitan manifestarse de su cultura y no hay nadie para enseñarles. Están como enjaulados, sin saber dónde ir.

El año pasado hubo personas que se dieron cuenta de esto y armaron un proyecto para que el Liceo Reino de Suecia sea intercultural. La comunidad educativa dijo, ¿quién podría apoyar? Yo estaba en un rinconcito y alguien me señaló: él puede ser. Por mis conocimientos, me nombraron kimche o sabio del colegio. Entonces empezamos a experimentar. Es complejo definir qué es lo intercultural, pero siento que es ser como yo. Yo cuido mi cultura y aprendo de la otra. Hoy no existe ese equilibrio. En la educación tradicional, la sociedad chilena es absorbente e imponente, y no acepta la cultura mapuche.

Después, en el colegio se preguntaron, “¿cómo manifestamos lo intercultural?”. Ahí surgió la idea de la ruka. “¿Y quién va a construir la ruka?”, dijeron. Entonces me miraron, “¿tú sabes armar una ruka?”. Sí, contesté. “¿Y cómo aprendiste?”. Aprendí cuando niño, ayudando a levantar ruka a otras personas. “¿Podrías construirla tú?”. Sí, puedo. “¿Y necesitas un plano?”. No. Está todo aquí, en mi cabeza.

Desde los 15 años que no fabricaba una ruka. Me fui al tiempo en que ayudaba en las construcciones y me acordé muy bien. Caminé por el patio del liceo y empecé a evaluar las dimensiones, la cantidad de palos, de varillas. Me salieron exactas las medidas. Ya está, dije, empecemos.

Primero, se entierran en círculo los troncos de temo, una madera que vive en el fango y resiste la humedad. Los pilares que sostienen el techo son de ciprés –antiguamente se usaba boldo– una madera bastante dura. Las varillas son de eucalipto. Después viene el tejido de totora, sujetado con una enredadera. Todos los materiales los encontramos en la tierra de las comunidades.

Trabajamos rápido, para que no nos encontrara el invierno. De hecho, tocaron dos aguaceros antes de construir. Me sentía como un gran ingeniero al que se le viene abajo su edificación. Rogué siempre a nuestro gran poder y en un mes y tres semanas logramos levantar esta ruka, que tiene quince metros de largo por seis de ancho.

Convocamos a todo el colegio para que participara, porque estábamos construyendo nuestra casa. Los niños chicos eran los más alegres. Tocaban la madera, me venían a ayudar. Vieron cómo nace una ruka desde el inicio, igual como yo cuando era niño.

Al terminar la ruka, empezaron a llegar los estudiantes. Los atendí, con un fogón, un mate y un tukún, una conversación. Les dije: las dos cosas fundamentales para vivir la ruka son el ekún, el respeto, por las cosas, las personas y uno mismo; y el alkutún, el poder de escuchar. Otra cosa –les expliqué– aquí, cuando toca el timbre del recreo, no se corre para salir. Toca el timbre, termina nuestra conversación y el que está al lado mío pasa a despedirse de mano, uno por uno, como mapuche, diciendo peukallal, adiós.

Con la ruka lista, celebramos masivamente el Wetripantu, el regreso del sol o año nuevo. Llegaron todas las comunidades de alrededor y muchos invitados. También las machis y los lonkos, las autoridades políticas y religiosas del pueblo mapuche. Me puso muy contento que nuestros estudiantes vieran una verdadera ceremonia mapuche en su escuela. Días antes, vino el lonko más antiguo a conversar conmigo, me dijo: necesito que usted sea el lonko en la ceremonia y en el colegio. Es un enorme orgullo, no le pude decir que no. El lonko es el jefe de una comunidad, quien dirige a las machis en las ceremonias. A lo mejor aquí en el colegio no se ve como importante, pero en mi cultura sí. Es una gran responsabilidad, un honor. Ahora, para mi pueblo, yo soy el jefe de esta comunidad educativa, yo soy el lonko.

Como constructor de la ruka, hoy siento que he cumplido y debo entregarla. Quedará a cargo de los directivos del liceo, ellos enfocarán cómo la van a utilizar. Si me invitan a seguir participando, lo voy a hacer. Lo que me interesa es que se cumpla el objetivo: lograr que aquí se enseñe mi cultura, tal como a mí me la enseñó mi abuela”.

https://www.eldesconcierto.cl/nacional/2016/03/28/las-ensenanzas-del-kimche-una-historia-sobre-educacion-intercultural.html

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Cosas que te diría si estuvieras vivo [o una última columna para mi viejo]


El 17 de febrero va a ser un año desde que te moriste. Encuentro tan tonto escribirlo, es obvio que no me lees ni me escuchas. Decir “estás muerto” es un mensaje absurdo porque el destinatario jamás puede oírlo. Aun así te escribo, porque tú me enseñaste a escribir.

Papá, han pasado tantas cosas desde que ya no estás. Al principio no quería que avanzaran los días porque a medida que pasaba el tiempo el momento de tu muerte se alejaba, la última vez que sentí tu olor se iba quedando atrás, el permiso para la autocompasión también se difuminaba. Me quedaría a vivir en el día de tu muerte porque de alguna manera seguías aquí. Ya pasó un año y en estos meses te he llorado tanto y en tantos lugares: cuando paso por el Dominó donde nos comimos el último completo juntos, en la micro rumbo a Talagante hace poco, pensando en todas las veces que tomamos esa micro en Estación Central. Tú vivías en La Florida en esa época y me ibas a ver allá, tan lejos. Me sentí querida por ti constatando que destinabas tus fines de semana yendo a verme a ese pueblo. Me dedicabas tiempo y el tiempo es afecto. Es rarísimo, pero también he estado alegre y he disfrutado que estés muerto. Me liberé de muchas cosas gracias a eso y el mapa de mis afectos se reordenó con tu ausencia. Voy a la casa de tu viuda mucho más seguido que cuando tú vivías y de pronto esa familia que era tuya ahora es mía y cuando estoy en tu casa reviso nuestras fotos del pasado o toco tu guitarra o reviso tus libros y es una forma silenciosa e íntima de conocerte, un truco inexplicable que permite que sigas aquí.

Quizá lo que más me duele de tu muerte es ya no poder compartir contigo lo que escribo. A veces me meto al mail y releo nuestros correos viejos, esos donde me enviabas cuentos. O disfruto las frases que has escrito en los papeles que escarbé en una caja tuya que requisamos después de tu muerte. En esos papeles encontré esta frase:

Alguna vez, al menos cuando ya no llueva, invítame a un jugo y pregúntame. Cualquier cosa. Servirá para decir lo que no escribo. Servirá para luego escribir lo que dije.

Me gusta tanto que quiero tatuármela. A veces siento culpa de haber sido demasiado critica con los textos que me mostrabas, me arrepiento de haber sido dura cuando en realidad sí me gustaban tus cuentos. Nunca te lo dije, pero creo que escribías muy bien.

Hay un universo nuevo que descubrí después de tu muerte y es la música. Siempre estuvo en nuestra vida, contigo tocando guitarra e inventando canciones. Me encantaría poder decirte papá, mira, estoy tocando la guitarra que me regalaste, papá, mira, tengo callos en los dedos de tanto tocar, papá, mira, saqué una canción nueva. Te contaría que avanzo más rápido de lo que creo, que mi profe de canto me becó, que compuse dos canciones sobre las palabras y los sentimientos, que toqué en vivo en una mini feria editorial y que grabé un cover de Javiera Mena con un amigo que hace música hace tiempo. Te diría que la música es poesía, es golpe que se vuelve consuelo. Te diría ojalá haberlo descubierto antes y haberlo compartido contigo mientras estabas vivo.

El 17 de febrero se cumple un año de tu muerte y, me imagino, va a ser como tu primer cumpleaños muerto: vamos a ir en familia a sentarnos alrededor de tu tumba, a acompañarte y acompañarnos. Ya sé que nadie muere de pena, que una se paraliza un rato hasta que el dolor y el echar de menos se hace sobrellevable. El 17 de febrero me voy a levantar temprano, voy a comer un completo en el local donde nos vimos la última vez y después iré a verte. Ya no escribiré esta columna, se acabó el duelo como objeto literario. Tengo que escribir de otras cosas, viejo. Te dejo ir, pero me quedo con la guitarra y con nuestros recuerdos.

Publicada en The Clinic
https://www.theclinic.cl/2019/02/14/columna-para-mi-viejo-arelis-uribe/