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jueves, 2 de octubre de 2025

La narración contemplativa del kishotenketsu

Hay otras formas de narrar que no se focalizan en el conflicto. Por ejemplo, tenemos el kishotenketsu, que es un tipo de narración oriental que se centra en la exposición y el contraste.

La estructura del kishotenketsu parece que tiene su origen en la poesía china y japonesa, y se ha exportado a otras culturas sobre todo a través del manga y los videojuegos.

¿No te has dado cuenta de que al leer o ver cine asiático se aprecia un ritmo distinto en la narración? Si no estamos habituados a este tipo de relatos quizá notemos un tempo más pausado y una disposición de los elementos de la trama que no tiene que ver tanto con «cosas que solucionar» sino más bien con la contemplación profunda de algún aspecto de la realidad o de un tema. 

La estructura narrativa del kishotenketsu se compone de cuatro actos: introducción, desarrollo, giro y reconciliación. En estas cuatro partes se narran dos eventos sin aparente relación, pero que al sumarse se transciende su significado.

KI – introducción

En este primer acto, al igual que en la narrativa occidental, se introduce la premisa de la obra y los agentes principales. Se presentan los personajes, la época, el lugar y toda la información necesariapara entender la historia principal. 
SHO – desarrollo

En esta segunda parte se desarrolla la premisa del primer acto, siguiendo una lógica de causa-efecto, parecida a la de nuestra narrativa tradicional. A veces el ki y el sho pueden aparecer tan juntos que parece que forman un solo acto. Aunque el shodesarrolla la tensión que prometía la premisa, lo hace sin grandes cambios ni sobresaltos.
TEN – giro

Este es el acto que introduce la mayor parte de la tensión narrativa, porque de repente aparece un elemento aparentemente fuera de la historia que lo pone todo un poco patas arriba. Este punto de inflexión en la historia supone cierto desequilibriocon respecto a lo narrado en el ki y el sho. A veces el giro del ten consiste en la introducción de un elemento misterioso, que sorprende al lector, o sencillamente de un relato que no parece tener relación directa con la historia principal.

En este acto podríamos enmarcar la aparición de los espíritus del bosque en Mi vecino Totoro, o el regreso al hogar familiar del protagonista de Kokoro, de Natsume Sōseki.

KETSU – reconciliación

Este último acto actúa como conclusión de ambas historias, y unifica el contraste entre los dos primeros actos y el tercero. Es la reconciliación entre los dos elementos yuxtapuestos tan dispares, que juntos alcanzan un nuevo significado. Es lo que sucede en la última parte de Kokoro, donde la carta de Sensei arroja luz sobre todo lo anterior. en este último acto se puede producir un cambio o un aprendizaje, pero no es algo obligatorio.

Como ves, el atractivo de este tipo de estructura no reside en el conflicto del héroe contra algo, sino en el choque y contraste de los elementos del ki y el sho con el elemento del ten. Mientras que en la narrativa occidental el lector sigue pasando páginas para averiguar si el protagonista conseguirá su objetivo o no, el lector de este tipo de historias espera ver cómo se integran todas las partes de la trama en un nuevo equilibrio.

Como señalaba al principio, me parece que nuestras estructuras dicen mucho de nuestra forma de ver el mundo. Entonces, ¿qué dice de nosotros, como sociedad, el que nuestra estructura narrativa tradicional se base en el conflicto y en la lucha? ¿Es realmente imprescindible el conflicto para enganchar al lector en una historia?

Compartido por Emilio, en el taller de Catalonia, 2025. 

lunes, 9 de octubre de 2023

"Todos los pasos", short story by Federico Zurita H.

 

No puedo llevarte, dice mi padre, voy en la dirección contraria. Camino entonces, chuteando mi pelota y pienso, a fin de cuentas la ciudad de Puerto Azola no es tan grande. Él se aleja en el auto del laboratorio bioquímico donde trabaja o en el auto de su jefe o en el de su amigo o en el de su otro amigo. Nunca tuvo uno propio. Mi madre me dice que me cuide y no le quito la vista hasta que doblo en la esquina. El Panchulo, que va a mi lado, piensa que somos cuicos. Tu papá tiene muchos autos y nunca te lleva a la cancha, me dice. Yo quiero pegarle un puntete, pero sólo le pregunto a qué cresta va a la cancha si nunca juega. Es que el Panchulo es Panchula y le gusta la pichula, por eso no juega, dice el Mauri desde atrás. El Panchulo le pega al Mauri, pero éste le contesta y lo deja llorando. Me da pena y se me quitan las ganas de pegarle un puntete. Le digo al Mauri que lo deje tranquilo y me contesta que a mí también me gusta la pichula. ¿Será cierto?, me pregunto, pero lo niego. El Mauri corre con mi pelota, pero no me importa. Es difícil caminar y chutear a la vez. El Panchulo se seca las lágrimas y se arregla el pelo. Lo hace porque ve aquel auto a lo lejos. El auto se detiene, y mi amigo me dice, ¿quieres venir? Niego con la cabeza. El Panchulo se sube. Yo sigo caminando junto al Negro, cada uno con su boogie bajo el brazo. Ojalá estén buenas las olas, dice el Negro. Ojalá no esté llena la playa, digo yo. Ojalá no llegue el Mauri a quebrarse con su tabla, dice el Negro. Luego agrega, yo prefiero el Bodyboard al surf, por eso me compré un boogie y no una tabla. El conchesumare del Mauri tiene tabla sólo para lucirla, concluye. Me quedo en silencio porque me doy cuenta de que hace tiempo que no tengo nada que decir del Mauri. El Negro abre su lata de Bilz sin detener el paso camino al cine o a la fisa o al partido del Deportivo Puerto Azola que por fin está en primera división. Dice que la Jeannette es una maraca y que anda con el Mauri por puro que tiene moto, y en Puerto Azola cualquiera tiene moto. Yo también abro una lata, es Pap. Caminar y beber es más fácil que caminar y chutear, pienso. El Negro se queda atrás. La Jeannette lo llama y va corriendo. Yo sigo solo. Caminar y mirarle el culo a la Carola es más entretenido, pienso. La sigo al colegio o al supermercado El Arcoíris o al cine o a la playa, no estoy seguro. Sólo la sigo. Ella apura el paso y yo también. Ella lo apura más y yo también. Ella lo apura por tercera vez y yo me quedo atrás. Cuando se da cuenta de que ya casi me pierde, camina más lento y la alcanzo. Le agarro el culo y le gusta. Pero en la cuadra siguiente dobla a la izquierda. Yo sigo derecho y cuando el Negro reaparece solo le pregunto, dónde está la Jeannette. Es una maraca, responde. No quiere que lo vea llorando. La Carola me vuelve a alcanzar. Yo la dejo caminar a mi lado y pienso en su culo. ¿Vas a la protesta?, me dice. Yo no entiendo de qué habla. Ella me explica. Es la primera protesta en años, agrega. Luego se va. Yo la miro alejarse. Me gusta, pienso, pero me va a hacer llorar, como la Jeannette al Negro. El Negro abre la primera lata de su sixpack. Yo abro la primera del mío. ¿No será mucha cerveza?, le digo. No seai maricón, me responde, hay que llegar entonado, no veis que va a estar lleno de minas. Se te tienen que acabar de aquí al Rockymar o a la Sunset o a la playa o al gimnasio del colegio Santa Beatriz o donde sea que vamos, ordena mientras comenzamos a caminar en zigzag. El Negro me pregunta si vamos en zigzag o en círculos, porque Puerto Azola es pequeño como para tener que caminar tanto. Hay que seguir caminando, le respondo en el momento en que un auto se detiene junto a nosotros. Es el Mauri con la música a todo volumen. Este conchesumare, murmura el Negro. ¿Los llevo a la fiesta?, dice el Mauri. El Negro se adelanta y al instante se detiene. ¿Tú vas también?, dice el Negro. Niego con la cabeza. El Negro se sube al auto del Mauri y se van. Cuando aún puedo verlos alejarse, el Mauri grita, anda a chuparle el pico al Panchulo. Camino un poco y escucho el estruendo del golpe. Camino otro poco y veo el auto apachurrado contra una palmera. El Negro está muerto. Al Mauri no le pasa nada. Tampoco va preso porque es menor de edad y es hijo de militar. En Puerto Azola está lleno de menores al volante que son hijos de militar. En Puerto Azola los funerales son a pie. La Carola camina al lado mío hacia el cementerio en medio de una inmensa procesión. Vino toda la comunidad del colegio. Le pregunto por la Jeannette. Me dice que no va a venir, que fue a ver al Mauri a la clínica. Nos salimos de la procesión y doblamos por un pasaje. No sé dónde vamos, pero le vuelvo a tocar el culo. Y esta vez también las tetas. Hay otro funeral con cientos de personas y gritos. Es el muerto de la protesta, dice la Carola. Yo me asusto y la Carola se pierde en la multitud. Camino solo en la dirección contraria a la procesión y entre la masa de gente veo, por fin, nuevamente a la Carola. Me hace una seña con la mano y se vuelve a perder. No la sigo. Me voy con un sixpack rumbo al río o a la playa o a la isla, pero no a la parte del Rockymar. Voy solo. La ciudad está en silencio después de los funerales masivos. Hasta el mar se queda mudo por mucho tiempo. Tengo ganas de llorar, pero me aguanto y sigo caminando. Hace frío o calor o frío otra vez. A lo lejos el silencio es interrumpido por el Mauri y sus amigos que le sacan la cresta a alguien. Es el Panchulo. Yo sigo caminando y finjo que no veo. No le cuento a nadie y lloro mientras acelero. Pese a que voy rápido, mi madre me grita que apure el paso, que el camión de la mudanza ya se va y nosotros también. Yo me seco los ojos, acelero y veo cómo el camión se va haciendo pequeño hasta que es sólo un punto al final del camino. Avanzo en esa dirección y cuando creo que el final del camino está cerca, éste se me arranca. El desierto se va tornando amarillo y luego de un verde opaco y seco, hasta que, mientras camino ya en la capital, comienza a llover. No te puedo llevar, me dice mi padre, voy en la dirección contraria, al laboratorio bioquímico. A mí no me importa. Me cubro con un paraguas por primera vez y piso las pozas con mis primeras botas. Mi madre me dice que me cuide y no le quito la vista hasta que llego a la esquina y doblo. Voy al cine o a Fantasilandia o a la galería donde venden poleras con estampados de Siouxsie and the Banshees pero no les quedan y compro una de Sex pistols, que no me gustan tanto. En el camino me encuentro una protesta. Tengo miedo, pero no se me nota porque mi polera es de Sex Pistols. Le digo al Braulio que mejor nos vamos. Él me dice que no sea maricón y me explica que tenemos todo el derecho de protestar. Sigo caminando, pero ya no en la dirección contraria de la masa de gente. Voy en la misma dirección, y acompaño a mi madre a votar. Vamos a decir que no al militar. Apenas comienzo a enterarme del porqué en el camino. Mi madre celebra mientras vamos a votar por segunda vez, ahora por el candidato que nos permitió decirle que no al militar. Mi madre vuelve a celebrar. Ya no habrá más protestas, me dice el Braulio cuando vamos camino al primer día de universidad. Es Ingeniería. Tengo clase de cálculo o álgebra o Química. Pienso, mi padre, que sabe más que yo de estas cosas, podría enseñarme, pero va en la dirección contraria. Tengo clases de física o mecánica o termodinámica o actuación o movimiento o voz o historia del teatro o dramaturgia, no sé cuál es primero, pero ahora es en otro campus. Llevo mi polera de Sex pistols y mientras me acerco a la Escuela de Teatro, unos tipos con poleras de Víctor Jara o el Che Guevara o Silvio Rodríguez me miran feo. No importa, porque la Sandra, que lleva una polera de Bauhaus, camina al lado mío y me toma la mano. Vamos a clases o al teatro o a una fiesta Acid o a otra en el Club Panteón o a otra en su cama. Luego me suelta y camino tomado de la mano de la Maricarmen o de la Andrea o de la Magdalena. Mi madre me alcanza a decir que me cuide y a mí me da vergüenza. Sé a qué se refiere, pero no quiero que la Maricarmen o la Andrea o la Magdalena se den cuenta. Yo nunca le dije a mi madre que se cuide, pienso mientras camino a verla a la clínica o a su funeral o a su tumba. Mi padre camina al lado mío, pero no dice nada. Me adelanto. No tengo el más mínimo interés de ver cómo comienza a zigzaguear. Yo zigzagueo por mi cuenta. El Mario me acompaña a la biblioteca o al teatro o al Bar Danés, zigzaguea conmigo, mientras me dice que está escribiendo una obra de teatro y se toma un pencazo largo de ron. Yo camino a la universidad o al teatro o a una fiesta al Club Panteón o al teatro o a la casa del Mario o al teatro o a ensayo del montaje de egreso a representar a un personaje que camina a todos lados sin poder subirse jamás a un auto o micro o camión. La Mariana detiene su auto junto a mí y me dice si quiero que me lleve. Le digo que sí, pero cambio de opinión. Ella se baja y camina al lado mío. Por qué no quieres subirte a mi auto, me dice. Si quiero, le respondo, pero no lo voy a hacer. No doy más explicaciones. Ella camina a mi lado un rato, me toma de la mano, me enseña su escote y sus piernas. Pero mientras la manoseo, se aburre y se va. Me encamino a la protesta. Le enrostro al Braulio que alguna vez haya dicho que no habría más protestas. Cómo iba yo a saber que todo sería como si el militar aún estuviera a cargo, se excusa. Caminamos juntos, nos apuramos juntos, zigzagueamos. Dejo de zigzaguear pero no de avanzar. Voy al estreno de mi primera obra después de salir de la universidad o a la última función o al estreno de esa otra obra que por fin terminó de escribir el Mario y que dirige él mismo o a la primera obra escrita por mí y que dirige alguien con más trayectoria que yo. Veo a mi padre pasar en un auto del laboratorio de bioquímica donde hace sus investigaciones, o es de su jefe o de su amigo. Me grita que no me puede llevar al teatro porque va en la dirección contraria. Camino apurado a pagar el arriendo o a comprar muebles nuevos o utensilios para la cocina. Camino a visitar a mi padre. Camino junto a él, pero zigzaguea. Le digo que vamos en línea recta, pero insiste en zigzaguear. Yo prefiero seguir derecho. Él zigzaguea y, mientras toma otro camino, apenas escucho que me grita, voy en la dirección contraria, no te puedo acompañar. El Mario me pide que me detenga. No le hago caso y sigo dando pasos. Me dice que ya no puede seguir, que no es posible vivir así, que no va a escribir un diálogo más. Camina de espaldas porque yo no me detengo. Tengo cuentas que pagar, explica. Yo sigo adelante. Él se detiene. Ya no me ve de frente. Me ve de lado. Me ve la espalda. Voy a dejar el teatro, voy a seguir otro camino, concluye, y se va en la dirección contraria. Le digo, sin mirarlo, que le dé saludos a mi padre. Escucho como se aleja a mi espalda. No lo veo, sólo lo escucho. La Renata me toma de la mano. He visto todas tus obras, me dice, mientras caminamos a su restaurante preferido o a una celebración de amigos o a su casa o a nuestra fiesta de matrimonio o a nuestro departamento. Caminamos los dos solos o con amigos o con una guagua en brazos a quien llamamos Raimundo o con el Raimundo de la mano o con el Raimundo un poco más atrás porque no nos quiere dar la mano. Camino solo mientras la Renata y el Raimundo se quedan detenidos. No sé cuánto tiempo se quedan ahí, porque no miro hacia atrás. No sé cuándo toman la dirección contraria. Un tipo se acerca, camina junto a mí y me mira. Eres tú, me dice. Soy yo, le respondo, acelerando el paso. Y yo soy yo, agrega. Es el Mauri, me doy cuenta de pronto. Me quiere detener con un abrazo, pero no lo logra. Me cuenta que trabaja en la exportadora de aceitunas de su suegro, con oficina en Puerto Azola pero que todos los meses viaja a la capital. Me pregunta a qué me dedico. Soy actor, le digo. ¿En qué teleserie actúas?, pregunta. Hago teatro, respondo. ¿Y con qué pagas las cuentas?, dice. Yo no le respondo. Me ofrece trabajo, me cuenta que el Panchulo es travesti y puta, y que la Jeannette es maraca. Pienso en detenerme, pero no lo hago. Quiero preguntarle si sabe qué ha sido de la Carola, pero me quedo en silencio. Se despide y se sube a su auto. Antes de partir me pregunta si me lleva a algún lado. Niego con la cabeza. Me alejo y escucho que me grita, anda a chuparle el pico al Panchulo, actorcito de cuarta. Camino al teatro o a la casa de mi padre o a la casa de mi hijo o al bar. Camino sin compañía un largo trecho. Camino al lado de la Susana, pero no caminamos juntos. Camino tanto rato a su lado que no me doy cuenta cuando ya estamos caminando juntos. Me toma la mano y me la suelta y me la vuelve a tomar. Caminamos así. Veo a mi padre paralizado al borde de la vereda. Tiene una llave de auto en la mano, pero no hay ningún auto donde introducirla. La Susana me aconseja que le hable, que ella va a observar de cerca, que no me va a dejar solo. Me acerco a mi padre y lo envuelvo con mi brazo derecho. Él se deja abrazar. Caminamos así, sin zigzaguear. Dónde vas, me pregunta, siguiendo mi paso. A buscar al Raimundo para llevarlo a la cancha, le digo. Si tuviera un auto te podría llevar, me dice, pero no tengo. Podemos caminar, le digo, yo te enseño cuál es la dirección.

This story was awarded first prize at the—currently disappeared—Paula Magazine short story contest, in the year 2014.

jueves, 15 de junio de 2023

21 de octubre al 21 de noviembre, short (really short) story by Belén Fernández Llanos

Mención Honrosa / Premio del Público

Se amaneció cosiendo el disfraz para esa fiesta. Eligió vestirse de escorpión porque en el curso siempre lo hicieron sentir raro y peligroso al mismo tiempo. Al llegar, las luces de colores lo iluminaron a él, el único con disfraz, y a los demás burlándose, como siempre. Pensó en huir pero no había pegado lentejuelas seis horas para eso. Así que respiró profundo, entró a la pista de baile, formó un círculo alrededor suyo, lo marcó con vodka, le prendió fuego y cansado de tantos años de insultos, se clavó frente a todos su propio aguijón.

    Belén Paulina Fernández Llanos, 30 años
    Santiago

domingo, 4 de junio de 2023

Italia, short story by Arelis Uribe

    La Italia siempre estaba leyendo un libro. A veces nos tirábamos en el pasto y yo apoyaba la cabeza en sus piernas y ella barría mi cara con su pelo, y me leía las historias de Lemebel o “La noche boca arriba”, diciendo el sueño maravilloso había sido el otro, con su voz raspada y calma, mientras yo me concentraba en su boca, en sus dientes claros y alineados. La Italia escribía cuentos para el Santiago en 100 palabras y participaba en los talleres de Balmaceda 1215 y a veces yo la iba a buscar a sus clases para que tomáramos helado en el Parque Forestal. La Italia se llamaba Italia porque su mamá se había ido exiliada y se casó con un italiano y cuando volvieron juntos a Chile y tuvieron una hija la bautizaron así, por el triunfo del retorno y para no olvidar cómo era vivir el destierro. La Italia tenía dieciséis y estudiaba en un colegio privado al que podía ir con ropa de calle y al que podía llegar en bicicleta. La Italia en vez de decir abuelos decía nonos y hablaba varios idiomas además del español y conocía Europa y sabía que el día que terminara el colegio su vida iba a continuar en otro continente, lejos de acá y lejos de mí.
    La primera vez que la vi fue en una clase de pilates, en un gimnasio municipal de Providencia. Usaba la chasquilla gruesa y una cola de caballo larga y ondulada en las puntas. La espié toda la hora a través del espejo. Me gustaron sus pómulos acalorados, sus cejas oscuras y la concavidad de sus piernas delgadas. Imaginé que mi mano encajaría ahí perfectamente. A la salida de la clase le hablé y nos fuimos en bicicleta. Yo vivía en el centro, en el piso veinte de uno de esos edificios nuevos, cerca del Metro Universidad de Chile, y ella en un barrio de casas como las de Mi pobre angelito, al borde del cerro San Cristóbal. Esa primera vez que hablamos pedaleamos por la costanera y la fui a dejar. Su casa me dio miedo, como dan miedo las cosas que no se conocen: la chimenea, los árboles frondosos, la camioneta gigante estacionada afuera. Nos despedimos y me esforcé en olerla y los días que vinieron me esforcé en prolongar esa ruta entre el gimnasio y su casa. Unas semanas más tarde ya nos enviábamos mensajes por celular y ella me prestaba libros y yo enrollaba mis dedos en las puntas de su cola castaña.
    La Italia me escribía cartas en las que juntaba palabras que yo no pensaba que se podían juntar. Me llamaba por teléfono, de madrugada, y en vez de hablar, ponía La Noyée —ese tema de Amélie— y yo imaginaba que ese acordeón me decía ven o no te vayas o yo también. Con ella no me daba miedo caminar bajo la lluvia sin paraguas o robar libros en las librerías de Bellas Artes. Con ella desaparecían nuestros años de diferencia y me sentía otra vez una escolar. Me gustaba que se llamase Italia y que me contara que en Francia vio la Mona Lisa y es un cuadro minúsculo y que en Inglaterra llueve tanto que no se puede salir a pasear. Yo le preguntaba qué se sentía andar en avión y cómo se veían las nubes desde el aire. Me gustaba su piel pálida y comparar sus lunares café claro con los míos café oscuro. Me gustaba tocarla y sentir cerca una piel como la suya, que yo cuando chica había añorado tanto, porque en mi colegio de barrio todas las morenas estábamos enamoradas del único rubio del curso, que a su vez estaba enamorado de la única rubia, en una lógica que más que racista respondía a las reglas del mercado; a la ley del exceso de oferta morena y la escasez de pelo claro.
    A veces salíamos de clases y caminábamos acarreando nuestras bicicletas con las manos. Llegábamos a la costanera y nos tirábamos ahí, entre los árboles, a frotarnos con desesperación, hasta las nueve, diez, once de la noche, cuando la orilla del río era un soplido frío y algunos corredores seguían quemando calorías, vestidos con ropa deportiva de colores fluorescentes.
    Al principio todo lo que la Italia me contaba me ponía eufórica, feliz. Escucharla me abría el apetito por saber cómo vivía. Me embriagaba lo curiosa que era y lo estimulada que había crecido. Quería saber qué libros había leído en su niñez, si había hecho ballet o equitación, a qué edad había usado frenillos, cómo había aprendido a nadar. En sus historias, yo reemplazaba a la protagonista por mí y era yo la que corregía sus dientes chuecos a los ocho años, la que había ido a restoranes desde muy chica y había disfrutado platos mucho más complejos que pollo asado con papas fritas. Era yo la que jugaba con tíos que eran cineastas o académicos de la Chile en vez de heladeros o taxistas y era yo la que tenía pieza sola y nadaba los sábados de enero en la piscina de cemento del patio.
    Una tarde nos encontramos en la entrada del gimnasio y decidimos faltar a clases. Nos fuimos al Parque Bustamante y compramos una pizza sin carne en un local que estaba frente al café literario. La pedimos para llevar y nos sentamos a comer con los pies metidos en la laguna artificial. Dije que la pizza estaba rica y la Italia se rió y me explicó que no se decía picsa ni pisa ni pitsa, sino que pizzzza, como la zeta de un zancudo estridente. Cuando la Italia me corregía, me inundaba una amargura extraña. Me gustaba que indicara mis errores, sentía que me volvía más fuerte, más válida para estar con ella. Pero al mismo tiempo me dolía no haber nacido con todas esas sabidurías chicas que se supone son necesarias para que una persona ande firme por el mundo.
    Nos tiramos en el pasto y la Italia llenó la caja de la pizza con dibujos y frases. Me hubiera gustado guardar esa caja. Leer su letra imprenta y reírme de sus chistes otra vez. Acercamos nuestras narices y hablamos de ella, de mí, pero sobre todo de ella, de las cosas que sabía ella. De los nombres de los árboles y de los pájaros del parque. Saqué un pito y lo fumamos viendo cómo el cielo se oscurecía y las luces del parque se empezaban a encender.
    Esa noche la Italia me invitó a su casa por primera vez. Subimos en bici hasta Pedro de Valdivia. Sentía que en vez de pedalear, flotaba y que las luces de los autos se fundían con las de los focos del parque, estallando en mis anteojos, como una aurora boreal anaranjada y verde (la Italia me había explicado qué era la aurora boreal). En el camino compramos una botella de vino que la Italia guardó en su mochila. Entramos a la casa por la cocina y salió a recibirnos su Nana Carmen. Le dijo mi niña, seguido de frases de abuela preocupada y le ofreció una leche tibia que la Italia rechazó. La Nana Carmen me saludó amorosa y al ver que la Italia no quería nada, se guardó como un conejo en una pieza que estaba conectada con la cocina.
    Subimos al segundo piso tomadas de la mano, por una escalera de peldaños de madera gruesa. Ella adelante y yo detrás. Aunque estaba oscuro, me fijé en sus piernas delgadas, en la curvatura en la que yo sabía que mi mano podía encajar. Entramos a un dormitorio grande, tan grande que mi departamento cabía completo. Su cama era de dos plazas y eso también me sorprendió, porque en mi mundo las camas grandes eran para los matrimonios, para los papás; las camas de hijos eran camas de una plaza o eran camarotes para compartir y pelear con el hermano chico.
    La Italia se tiró al suelo y se olvidó de encender la luz y de abrir el vino. Me recosté a su lado y la besé y su boca sabía a agua limpia, a papel de revista brillante. No podía verla, pero la sentía. Toqué la curvatura de sus piernas y me inundó un hormigueo. Toqué sus pechos por debajo de la polera y eran suaves y eran pequeños y los imaginé rosados sobre una piel blanca. Encajamos nuestras piernas y me apreté contra ella y ella se apretó contra mí. Imaginé sus pómulos acalorados como en clases de pilates y acaricié su cuello con mi nariz y me quedé allí, con la cabeza apoyada en su hombro, quejándome, jadeando, escuchando sus gritos contenidos. Me saqué la ropa de pilates y ella se sacó la suya y metí mi lengua en su ombligo y volví a su boca y ella lamió mi pecho izquierdo como una guagua hambrienta y ahí no aguanté más y en pocos segundos morí aplastándola con mis calzones.
    Nos quedamos tiradas en el suelo, con la piel pegada. Después, nos acostamos en su cama y nos dormimos ahí. Lo que más recuerdo de esa noche son las sábanas. Eran las más blancas y suaves en las que yo había dormido alguna vez.
    Al otro día, su papá nos despertó temprano, golpeando la puerta para que bajáramos a tomar desayuno. En la mesa había (al mismo tiempo) jugo de frutilla (natural), queso (varios tipos) y granola (creo). Sus papás eran igual de conversadores que ella. Hablaron sobre su trabajo. Él era ingeniero en alguna parte y ella era dramaturga y profesora universitaria. Comentaban la actualidad con la radio Cooperativa de fondo y me preguntaban qué hacía yo, cómo había conocido a la Italia. Les conté de las clases de pilates y de mí, que recién había terminado Pedagogía Básica, que estaba trabajando en una escuelita en Recoleta y que hace poco me había venido a vivir al centro, a un departamento que esperaba comprar algún día. No me preguntaron qué hacía mi familia o dónde vivía antes. No por falta de interés, sino por delicadeza. O por educación, como diría mi papá.
    Terminamos de comer y la Nana Carmen recogió la mesa y la Italia me invitó a un recorrido por la casa. Las murallas eran blancas y los ventanales enormes, enmarcados en bordes de madera limpia y barnizada. Había objetos extraños, como relojes a cuerda, planchas de hierro y vitrolas de diferentes tamaños, que la Italia me enseñó a echar a andar. Había un piano que —me explicó hastiada la Italia— ella no volvería a tocar jamás. En el muro contra el que estaba acomodado el piano había una especie de santuario a Italia (Italia el país) con cuadros, fotos y reliquias que no entendí, junto a dos escudos de los apellidos de la familia.
    Como a las once, la mamá de la Italia ofreció llevarme hasta el centro en su auto. Iba a dar una clase en la Católica, a niños talentosos de colegios de todo Santiago o algo así. Yo hubiera preferido irme sola en bicicleta, pero no pude evadir la propuesta: era la Italia y su mamá contra mí.
    Subí a la pieza de la Italia a buscar mis cosas y estando allí me fijé en los detalles de su habitación. Era la de una princesa docta, una Barbie artista. Había una guitarra, muchos libros, cuadros pintados por ella y un escritorio de madera frente a la ventana. Era una casa de teleserie. Sobre el velador estaba su carné. Se veía muy niña en la foto, debía tener trece años. Lo tomé rápido y lo guardé en mi bolsillo. Luego, bajé al primer piso como si nada, como si no acabara de secuestrar un pedazo de la Italia para llevarlo conmigo.
    Nos subimos al auto. El papá nos ayudó a cargar la bicicleta. La Italia quiso acompañarnos y se sentó de copiloto. Yo me instalé atrás, sola. La Italia ponía discos para que conociera esas cantantes francesas que en mi vida yo había escuchado y que a ella le gustaban tanto. La mamá y la hija conversaban y me daban la palabra como quien tira una pelota para jugar a las quemaditas. Yo respondía corto, sin consistencia. Iba absorta mirando por la ventana, sumergida en el corazón de Providencia, en el verdor intenso de sus calles y en la magnitud cinematográfica de sus casas.
    Doblamos por Avenida Portugal y la mamá estacionó el auto y me ofreció un billete, preguntándome si tenía cargada la Bip!, si necesitaba plata para llegar a mi casa. Yo contesté con honestidad que no, que muchas gracias, que me movía en bici. La Italia me miró con las cejas arrugadas y la mamá bufó. Yo no entendí.
    Bajé la bicicleta con torpeza y la Italia se despidió con un gesto frío, que me desconcertó. Al llegar a mi casa, abrí el refri, metí el carné de la Italia y no volví a sacarlo de ahí.
    Las semanas siguientes nos vimos en pilates y no siempre fui a dejarla a su casa. Los mensajes por celular y las llamadas nocturnas empezaron a disminuir. La Italia se distanció de mí y yo de ella, de manera lenta pero sostenida, como dos trozos de tierra en la deriva continental. Ya no disfrutaba jugando a reemplazarla en sus historias. Me dolía que ese ejercicio fuese sólo una posibilidad. Tenía miedo de que llegara el momento de invitarla a mi casa. No me veía llevándola hasta Quilicura en micro, presentándole a mi mamá, cada día más rubia y más gorda; a mi papá, hablando con la boca llena frente a la tele; a una versión grisácea y desganada de mí misma, sentada en ese living minúsculo con piso de flexit.
    Entonces me escondí. Dejé de ir a pilates, cambié el celular. Hasta que no la vi más. Sin embargo, puedo adivinar perfectamente qué fue de ella. Sé que terminó el colegio, que le fue increíble en la prueba para entrar a la universidad y que de todos modos se fue a Europa, con sus nonos. Sé que al final se instaló en Florencia o Barcelona o una ciudad así, de película del Normadie, para estudiar fotografía o pintura o teatro con marionetas. Sé que trabajó allá, de garzona primero y en un centro cultural después. Sé que se emparejó con algún europeo alto y que vivió con él en un departamento con vista abierta a alguna ciudad antigua e iluminada.
    A veces pedaleaba por Santiago y me imaginaba que podía encontrarla. También pensaba que quizá ella me vería pasar y pensaría en mí, que añoraría las tardes que gastamos leyendo sobre el pasto de algún parque. Me gustaba fantasear con la posibilidad de ser vista por la Italia, y jamás enterarme de ello.
    Una noche pasé en bicicleta por el Barrio Bellavista, frente a una de esas librerías donde entrábamos a liberar libros, como decía ella, pensando que era un lugar propicio para topármela. Entonces apareció. Llevaba el pelo muy corto, a lo Twiggy. Salía de la librería con un grupo de personas, riendo con sus dientes grandes. Nos cruzamos. Fue rápido, algo de un segundo. Me clavé en su cara y el pecho se me acaloró, alegre o asustado, no sé. Ella me miró por ese instinto humano de responder a una mirada ajena, para defendernos de un posible cazador. Me pareció ver en su rostro una chispa de nostalgia, aunque no estoy segura. No me detuve a confirmarlo. Solamente moví las piernas con fuerza, aumentando cada vez más la velocidad por la vereda.

miércoles, 26 de abril de 2023

Talcahuano, short story by Paulina Flores

Vivíamos en una de las poblaciones más pobres de una de las ciudades
más feas del país: la Santa Julia, en Talcahuano. Un puerto que a nadie
le gustaba por su cielo encapotado, en donde todo tomaba un tono gris
por el hollín de las industrias y con fama de hediondo por la pesca. Pero
a nosotros no nos molestaba vivir en un lugar que la gente considerara
feo, todo lo contrario, al menos yo me sentía extrañamente orgulloso.
Todos nosotros: Pancho, Julio, Marquito Carrasco y yo, nos sentíamos
fuertes y complacidos. Disfrutábamos con sentarnos a la entrada de la
casa de los Carrasco y contemplar las casuchas que descendían cerro
abajo y el mar que ceñía la cintura de la península, y hacer planes y
comer sandías. Fue a lo que nos dedicamos todo el verano de 1997.
Comimos sandías cada día de esas vacaciones. Pancho y Marquito las
consiguieron con un camionero al que le hicieron dedo en Concepción.
Durante el trayecto, el hombre dijo que hacía mucho que no lo hacían
reír tanto y que podían quedarse lo que quisieran. Esa tarde cargamos
entre todos las catorce sandías hasta la casa de los Carrasco. Y cuando
terminamos, nos sentamos al pie de la escalera, sobreponiendo
medialunas de sandías a nuestros rostros, para lucir unas sonrisas
descaradas ante el paraje ruinoso que teníamos por hogar.
Nos veo claramente, exhibiendo nuestra felicidad con muecas pulposas
de sandía. Riéndonos frente a los rostros cansados y afligidos de
nuestros vecinos. En especial en esa época, cuando por la crisis de la
industria pesquera nadie tenía trabajo y los cesantes solían deambular
por las calles con una expresión de servidumbre y derrota, como si se
tratara de un batallón de soldados vencidos. En realidad, mi padre era
el único militar vencido. Tras quince años en la marina, lo dieron de
baja. Pero aunque ocurrió en el peor momento posible, no fue por la
crisis que no consiguió trabajo. En cierta forma, fue él quien lo decidió.
No quería empezar de nuevo.
Antes de que comenzaran las vacaciones, hubo una especie de pelea
entre mis padres. Digo especie porque, como era lo común entre ellos,
no hubo discusión directa ni siquiera un cruce de palabras. Otro
recuerdo claro en mi memoria. La familia —mis padres, mis dos
hermanas y yo— sentada en torno a la mesa de la cocina. Una fuente de
pan duro en el centro y un té aguado para cada uno. Desde hace días
que la comida escasea en la casa. Mi madre dice que ha calentado el
pan para ablandarlo un poco. Nadie le sigue la conversación. El pan se
quemó, y ahora, además de duro, está negro como el carbón. Tomamos
el té en silencio. De pronto, mi madre se levanta, agarra una de las
marraquetas y la lanza contra la pared gritando. Veo la rabia en el
movimiento de su brazo, como si en vez de pan duro tirase una piedra. Y
el golpe en el suelo de madera suena como una piedra. Mis hermanas y
yo miramos el pan en el suelo. Mi madre se sienta como si nada, pero al
tomar la taza de té le tiemblan las manos. Apenas bebe un trago y
26/144vuelve a pararse, esta vez va a su pieza. La escuchamos sollozar. Mis
hermanas la siguen en el acto y, sentadas junto a ella en el borde de la
cama —puedo verlo desde donde estoy—, se abrazan.
Mi padre, que ha mantenido la mirada en el té durante toda la escena,
sigue sin tomarlo y sin decir nada. Y yo me limito a tomar el mío con él
en la cocina. Me quedo junto a mi padre y no con mi madre y mis
hermanas, aunque no porque esté de su parte. Yo no estoy de parte de
nadie. Por entonces participaba de los problemas familiares tanto como
si viera una película. Una cuya historia desafortunada no podía
afectarme más allá de los segundos en que la contemplaba y que podía
dejar atrás con facilidad. No me preocupaba el silencio de mi padre ni
su rostro vacío al observar el té. Era feliz manteniéndome al margen.
Estaba seguro de que podía arreglármelas por mi cuenta, con mis
amigos.
Por eso me pasaba casi todo el día en la casa de los hermanos Carrasco,
Camilo y Pancho. Teníamos el lugar para nosotros. Su padre trabajaba
como
minero en el norte —era el único papá del grupo que tenía trabajo— y su
madre pasaba todo el día en la casa de la abuela de los Carrasco con su
hija recién nacida. Pancho era el hermano menor y mi mejor amigo. Su
cuello escaso, espalda ancha y piernas cortas le daban un aspecto rígido
que no correspondía en nada con el torrente de energía que liberaba.
Desde chico tenía la habilidad de tramar aventuras y meterse en
problemas. Nada peligroso, solo travesuras infantiles.
Entonces ambos teníamos trece, aunque, por los siete meses que nos
llevábamos, yo pronto lo superaría.
Como vivíamos a un par de cuadras, habíamos pasado prácticamente
cada día de nuestras vidas juntos. Los Carrasco en Pichidegua, que
significa «pequeño ratón», y yo en Malal, «corral». Todas las calles de
la población tenían nombres en mapudungun. Años atrás, con Pancho y
un compañero del liceo mitad mapuche, nos dedicamos a traducir los
nombres de casi todas las calles. Albergábamos la ilusión de descubrir
que aquellos pasajes estrechos de tierra en los que vivíamos tuvieran
nombres importantes —supongo que teníamos una idea heroica del
mapudungun—. Al final eran casi puros nombres de animales comunes
del campo, pero seguimos manteniendo cierto orgullo por nuestras
calles, sobre todo cuando las comparábamos con las de las poblaciones
industriales vecinas, donde los pasajes eran números.
Talcahuano, «cielo tronador», fue el único nombre que confirmó
nuestras ilusiones.
La población Santa Julia nació de una toma en Los Cerros de
Talcahuano, y casi todas las casas fueron construidas por sus dueños
con tablas de madera y planchas de zinc. La de los Carrasco era de las
más grandes y bonitas, con segundo piso, escalera de cemento para la
entrada y panderetas de hormigón que cerraban el patio trasero. La mía
27/144era muy pequeña porque mi padre la construyó en el terreno de la casa
de su mamá, mi abuela. Decidió hacer vivir a su familia en la Santa Julia
y no ocupó una de las viviendas de la Villa Naval, a la que tenía derecho
por ser marino. No es que se avergonzara de ser parte de la Armada, él
como ninguno poseía aquel orgullo típico de los militares, pero decía
que no quería que sus hijos se acostumbraran a ese ambiente y, con eso,
que no quería que ninguno de nosotros terminara también en la
Armada. Además de la casa, mi padre fabricó muchas de las cosas que
teníamos, desde los muebles hasta nuestros juguetes. Le gustaba
trabajar con madera, pero podía ingeniárselas con cualquier basura que
encontrara por ahí: botellas, tapas de aluminio, tarros de leche en
polvo, carriles de hilo. Solía decir que de haber tenido las oportunidades
habría sido ingeniero. Mi madre lo incitaba a que pusiera un taller para
ganar plata extra. Pero él siempre le aclaraba, con tono serio, que ya
tenía un trabajo y que con poder alimentarnos bastaba.
Él ya tenía un trabajo.
Desde niño me acostumbré a que la gente fabulara con el trabajo de mi
padre. Los vecinos, la familia de mi madre, mis profesores y mis
compañeros del liceo lo trataban con mucho respeto. Un respeto que
tenía algo de admiración, pero sobre todo de temor, supongo que por la
dictadura, y que cubría su labor con un halo de expectación y misterio.
Claro que, para su familia, su trabajo no poseía ninguna oscuridad
atrayente. Sabíamos exactamente a lo que se dedicaba.
A veces, cuando era chico y lo acompañaba a la Base Naval, me dejaba
jugando en una bodega llena de torpedos mientras él trabajaba. Yo me
entretenía con un juego simple que podía mantenerme cautivo toda la
mañana: hacer rebotar una pelota de plástico contra la cabeza de los
torpedos. Eso era todo. La bodega con torpedos era lo más cercano al
aspecto bélico y temerario de su trabajo. Que yo supiera, ni siquiera
había estado en alta mar. Entró al servicio en busca de una oportunidad
—algo que hacer— y terminó trabajando en la Base Naval de
Talcahuano. Algunas noches de guardia, la mayoría de las veces como
mesero —«mayordomo», creo que era el título oficial— en el casino de
los uniformados. Pero servir los platos no lo apocaba. Él mismo lavaba
y planchaba su uniforme azul marino, para llevarlo con la misma altivez
que un oficial bajo el delantal blanco de garzón.
Nunca supe por qué lo dieron de baja. Mis hermanas decían que había
sido por un accidente muy tonto en el casino, algo de un altercado con
un capitán. Fuese lo que fuese, lo cierto es que, desde entonces, su
mirada resuelta de militar, que cautivaba a tanta gente, se volvió
indiferente y perdida.
Fue a mediados de enero que Pancho nos anunció su plan. Esa mañana
estábamos Marquito y yo sentados al pie de la escalera. Marquito era el
primo de los Carrasco. Tenía doce, el menor del grupo. También vivía
cerca, en Cahuello («caballo»), y al igual que yo, pasaba todo el día en
la casa de sus primos. En un principio, su mamá lo mandó para que su
28/144hermana lo cuidara mientras ella trabajaba, y luego pasó a ser uno más
de nosotros.
Mientras esperábamos que los hermanos Carrasco se despertaran,
intentábamos traducir la letra de The Headmaster Ritual de los Smiths.
Antes de salir de vacaciones, Pancho y yo robamos dos diccionarios de
inglés del liceo. La idea era traducir las letras de nuestros grupos
favoritos durante el verano. Por esa época estábamos pegados con los
Smiths. En Conchester, como llamábamos a Concepción, había una
disquería y de tanto ver y admirar todo sin comprar nada, el vendedor
nos ofreció grabarnos los álbumes que quisiéramos si le llevábamos los
casetes vírgenes. Pasamos tardes enteras conversando con él. Nos contó
que Morrissey llamó The Smiths a la banda porque era uno de los
apellidos más comunes y vulgares de Inglaterra: creía que era tiempo de
que lo vulgar se mostrara al mundo. Nos brillaban los ojos al escuchar
historias como esa. Queríamos ser como Morrissey y, como él, nos
sentíamos a un mismo tiempo tan vulgares como increíblemente
superiores.
—Lo tengo todo pensado —dijo Pancho tras abrir la puerta de su casa
de un golpe.
Marquito y yo nos giramos y elevamos la vista para verlo. Se golpeaba
la cabeza con el dedo índice repitiendo «está todo aquí». Venía recién
despertando. Tenía el pelo revuelto y los ojos inyectados en sangre. Se
sentó a nuestro lado y miró al frente con esa expresión trastornada que
ponía cada vez que tramaba algo. Con Marquito dejamos los
diccionarios a un lado y esperamos a que nos contara qué era lo que se
traía en mente, pero Pancho no dijo nada. Se limitó a respirar muy
profundo, como si intentara calmar sus pensamientos.
—¿Dónde está el Camilo? —preguntó de pronto.
—¿No estaba contigo, en la pieza, durmiendo? —dije, y volví a tomar el
diccionario. Busqué jealous por «jealous of youth ».
—¿Cómo? —dijo Pancho, confundido. Se levantó de un salto y entró en
la casa.
El viento arremolinó tierra en la calle y yo me cubrí la vista para evitar
que me entrase en los ojos. El viento era algo que nunca se iba de
Talcahuano, no importaba la estación. Pancho volvió a salir de la casa,
esta vez con el pelo mojado y unos trozos de sandía que nos repartió.
—Vamos a robar los instrumentos de la iglesia —dijo, decidido, tras un
par de mascadas—. Yo pido la guitarra.
—¿Y el Camilo? —preguntó Marquito.
29/144—Está en la pieza durmiendo.
—Pensé que el plan era traducir las canciones —dije.
—Ahora vamos a hacer las dos cosas —respondió sin mirarme y escupió
las pepas de la sandía. Pancho siempre quería hacerlo todo al mismo
tiempo.
—¿Qué iglesia? —preguntó Marquito.
—La del papá de la Betsabé —respondió Pancho. Volvió a pararse. Entró
en la casa y puso el primer tema de Meat is Murder en la radio, la
canción que traducíamos. Subió el volumen a todo lo que daba, bailó
moviendo los brazos como si tuviera un ataque de epilepsia y dio un
salto que lo llevó desde dentro al suelo de la calle, delante de nosotros.
La Betsabé era la hija del pastor del ministerio evangélico de
Talcahuano, Bendecidos para Bendecir. Jugábamos con ella de chicos,
hasta que su papá se metió a fondo en lo de la religión y se hizo pastor.
Desde principios del verano que Pancho quería conquistarla. En
realidad, ambos nos habíamos propuesto conquistarla, pero Pancho era
más perseverante que yo, y asistía a las reuniones del ministerio para
verla. En la reunión —así llamaban los evangélicos a las especies de
misas que hacían— del día anterior se le ocurrió lo del robo. Dijo que
fue como una revelación mística. Según él, mientras todos alzaban las
manos al cielo, gritando aleluya y coreando «Él vive, Él vive. De la
muerte resucitó. Él vive, Él vive. Vamos a celebrar», reparó en que la
música de fondo provenía de una banda que tocaba en un pequeño
escenario, a un lado del pedestal del pastor. Vio los instrumentos
flotando en el aire sin los músicos que los tocaban: guitarra, bajo,
batería y teclado. Sintió que Dios se le manifestaba, revelando una
nueva misión, algo así como que Dios quería que se robara los
instrumentos. El año anterior habíamos decidido que Dios no existía o
que si existía no nos interesaba. Pero no era extraño escuchar a Pancho
decir cosas como esa. Había algo de los evangélicos que no dejaba de
encajar con su personalidad: el éxtasis, el delirio impulsado por el
fanatismo. Podías imaginarlo como un cristiano convertido tras años de
pecado, o como un autoproclamado profeta con trances místicos en
medio de la plaza de un pueblo, rodeado de un pequeño grupo de
seguidores, gente como el Marquito y yo.
Cuando Camilo apareció, Pancho todavía no lograba explicarnos del
todo su nuevo plan. Camilo era un año mayor. También era bajo, pero
más flaco. Físicamente no parecía el mayor, como en ninguna de las
otras aptitudes, pero lo compensaba con ser más violento. Solía
agarrarse a combos, sobre todo con Pancho. Vestía solo un pantalón de
buzo, que no se sacaba ni para dormir, y llevaba un trozo de sandía en
la mano para desayunar. Nos saludó alzando las cejas y se sentó en el
suelo, lejos de nosotros tres. Apoyó la cabeza en el muro de la casa con
30/144una actitud malhumorada, como intentando dejar bien claro que no le
interesaba nada de lo que Pancho tramase.
Con Camilo a un costado y nosotros al pie de la escalera estábamos,
finalmente, los cuatro reunidos esa mañana. Puedo vernos como la
pandilla inofensiva que éramos, cada uno desempeñando su papel.
Marquito el del cabro chico, Camilo el del pendenciero, Pancho el del
revoltoso e impulsivo, lleno de ideas locas, y yo como la otra cara de la
moneda y su compañero fiel; mucho más sereno y callado, reflexivo. Ahí
estamos, escuchando a Pancho que, de tan extasiado con sus planes, se
atropella con sus propias palabras y no alcanza a terminar una frase
coherente cuando ya ha lanzado otra, tal como en el oleaje cerro abajo:
una ola no acaba de romper cuando la otra ya está encima. Marquito y
yo lo interrumpimos a cada rato para pedirle que vaya al grano.
Lo más importante es que dejaban los instrumentos en el templo por las
noches. Eso le dijo el bajista de la banda cuando Pancho se acercó a
felicitarlo y a sacar información. En realidad, el templo era un galpón
viejo que tiempo atrás funcionó como gimnasio comunal.
Al principio Camilo se mostró indiferente al plan e intensidad de Pancho,
pero, de pronto, preguntó suspicaz:
—¿Y cómo nos vamos a repartir los instrumentos? La guitarra es mía.
La intervención dio paso a una pelea entre los hermanos que duró, de
manera discontinua, hasta bien entrada la tarde, cuando finalmente
ellos acordaron que Camilo tocaría la batería, Pancho la guitarra,
Marquito el bajo y yo el teclado. Me agradó la idea de tocar el teclado,
parecía un instrumento acorde con mi personalidad. Los tecladistas
solían ser tipos templados y más intelectuales, aunque de poder elegir
me habría quedado con la guitarra.
Al final del día, terminamos todos igual de excitados que Pancho con el
nuevo plan y decidimos que en los próximos días revisaríamos los
detalles. Cuando ya me iba, vi que en la cuneta alguien había escrito con
un trozo de carbón.
«Give up education as a bad mistake.»
Caminando de vuelta a casa, imaginé cómo serían los días siguientes.
Sentí una gran expectación. No sabía en qué podría terminar todo el
asunto del robo, pero pensar en ello me llenaba de energía y confianza.
Sobre todas las incertidumbres y adversidades que podrían
vislumbrarse, se imponía un sentimiento que me alzaba invulnerable.
Nos vi entrando de noche al galpón evangélico y saliendo triunfantes. El
propósito de robar los instrumentos era difuso, no me imaginaba
tocando How soon is now? en el teclado, me veía disfrutando junto a los
Carrasco de unos instrumentos que nunca podríamos pagar.
31/144En la casa me golpeó el olor aséptico de cloro que la invadía desde
hacía unas semanas. Uno nuevo que contrastaba con el familiar olor a
madera humedecida y quemada predominante. Mi madre parecía
obsesionada con la higiene y la limpieza desde que consiguiera trabajo
haciendo el aseo para algunas familias de Concepción.
A excepción de su cuarto, todo estaba en penumbras. Pasaba el rato
junto a mis hermanas. Nunca antes había trabajado fuera de casa y
supuse que celebraban el poder estar juntas algún tiempo, como antes.
Escuchaban un casete mío de Los Tres. Oí como reían y cantaban
«quién es la que viene ahí, tan bonita y tan gentil». Me quedé escondido
tras la cortina a medio correr que hacía de puerta, a oscuras. Era
extraño ver a mi madre alegre. Se veía especialmente joven, casi como
una hermana más. Mi padre no estaba en casa. Las espié durante un
rato, y en cierto momento mi hermana mayor, Carola, miró hacia donde
yo estaba. Pensé que me enfrentaría diciéndome alguna pesadez —hacía
tiempo que intentaba enrostrarme su molestia conmigo, yo no sabía la
razón—, pero hizo como si no me viera. Cantó más fuerte, casi gritando,
y bailó chispeando los dedos y meneándose ridículamente provocativa,
haciendo reír más a mi hermana menor y a mi mamá, que aplaudieron
para que siguiera. Fijé la mirada en Carola, con la seguridad de que ella
sabía que yo la observaba, y por un segundo, al verla desde la
oscuridad, recordé lo mucho que nos divertíamos de chicos. Recordé lo
cercanos que éramos, cuando solo estábamos nosotros dos. Seguí el
camino hasta mi pieza y me tendí de espaldas en la cama y las escuché
cantar y reír hasta muy tarde, cuando mi padre llegó.
La llave giró en la cerradura y a los pocos segundos la casa quedó en
silencio. Caminó por el pasillo sin detenerse. Vi aparecer su perfil
ensombrecido en el umbral de mi puerta. Se quedó parado en la
oscuridad, con la vista alta. Todavía llevaba su peinado de marino,
rapado en la nuca y alisado hacia el lado en la coronilla, y sus mejillas
bien afeitadas y el bigote recortado pulcramente, aunque no tuviera
donde ir. Casi pude sentir el olor a colonia inglesa desde la cama. Pero
era imposible relacionar un aroma tan fresco con su rostro flácido y de
expresión acabada. No me saludó. Tal vez creyó que la pieza estaba
vacía o que yo dormía. Quizá no quiso decir nada. Yo tampoco lo saludé.
Respiró profundo y se dirigió al baño. Salió otra vez de la casa y ya no
volví a escucharlo entrar de nuevo.
La mañana siguiente, Pancho esperaba sentado en la escalinata con una
pila de libros al lado. Se veía aún más inquieto y parecía haber
madrugado o no haber dormido en toda la noche. Con un tono
misterioso me dijo que nos contaría la asombrosa idea que se le había
ocurrido para el asalto cuando estuviéramos todos reunidos. Los libros
eran enciclopedias y diccionarios, robados quién sabe dónde. Marquito
llegó al poco rato con la bolsa de tabaco y comenzó a hacer un cigarro
apenas se sentó en la escalinata. Tenía un talento innato para liar. El
tabaco lo reuníamos de colas de cigarros que recogíamos de la calle y
32/144que guardábamos en papel de diario. De los papelillos también se
encargaba Marquito, se los sacaba a su mamá de la cartera.
—Esta es la última pitiá —sentenció Pancho tras quitarle el cigarro de
las manos a Marquito y aspirarlo profundamente. Nos mostró a todos el
pitillo, luego se lo acercó a la cara, lo miró como dándole un último
adiós y lo lanzó al aire con el dedo gordo y el índice.
—Vamos a tener que hacer algunos sacrificios por el botín.
—¿Y tú nos vai a obligar? —protestó Camilo, que aparecía en el umbral
de la puerta. Pancho le respondió con un suspiro y una sonrisa
condescendiente.
—Nunca dije que iba a ser fácil. Pero si me dejas explicar. —Hizo una
pausa y llenó sus pulmones de aire—. Vamos a dejar los cigarros,
porque vamos a empezar a entrenarnos para el robo. —Volvió a parar y
nos miró abriendo mucho los ojos, excitadísimo—. Porque vamos a
entrenarnos en el antiguo arte de guerra japonés del espionaje y la
guerrilla: el ninjutsu .
—¿Ninjas?
—replicó Camilo riéndose estrepitosamente, una risa forzada—. ¿Querís
que nos disfracemos de ninjas? ¿Como las Tortugas Ninja?
La sonrisa emocionada de Pancho desapareció por un instante.
—Déjame terminar, Camilo —contestó irritado, pero no explicó nada
más. Se quedó callado un rato y luego me preguntó—. ¿Qué pensái tú?
—su mirada suplicaba aprobación.
—Sí, eso, qué opina el cerebrito del grupo.
—No sé..., ¿no se supone que los ninjas son los malos de la película? —
dije dudoso. Los ojos de Pancho se iluminaron y volvió a su sonrisa
confiada.
—¿Y cómo se supone que nos vamos a transformar en ninjas de un día
pa otro? —preguntó Camilo con ironía, dando paso a una nueva
discusión entre los hermanos, que Marquito y yo aprovechamos para
liar y fumar el cigarro que Pancho nos quitó.
Pancho tenía la habilidad de mezclar y complicar siempre las cosas.
Inventaba una idea tras otra, sin concretar ninguna. Aunque eso no
negaba que tuviera una forma maravillosamente auténtica de hacerlo,
fascinante por su irreflexiva espontaneidad. Era como si para Pancho el
mundo fuera un lugar especialmente diseñado para deslumbrarlo a él.
Aún hoy lo recuerdo abstraído en sí mismo, con expresión decidida.
Supongo que en el fondo era algo que Camilo envidiaba, y por eso solía
burlarse de él. Al lado de Pancho, cualquiera parecía un fraude.
33/144Camilo hundió un puño en las costillas a Pancho y dijo: «Bueno, bueno,
¿qué hay que hacer?».
Pancho nos explicó que en realidad no había mucha información sobre
el ninjutsu , así que por mientras leeríamos lo que él había encontrado
en algunas enciclopedias y luego veríamos qué más hacer.
—¿Y por qué no probamos con otra cosa? —preguntó el Marquito—. En
el liceo me hicieron unas clases de kung fu. —Pancho elevó las manos al
cielo como diciendo «por fin».
—Vamos a aprender el arte del ninjutsu , porque los ninjas son más
como nosotros —el tono que usó fue tan ridículamente solemne que
hasta él mismo se largó a reír. Se calmó, saltando en donde estaba un
par de veces, y nos miró con una seriedad cómica, por lo forzada, y
asintió con la cabeza, como si estuviera conforme o convencido de algo,
y luego no pudo resistir más y volvió a reír a carcajadas.
Tras leer lo que me asignó Pancho —unas enciclopedias de tipo facsímil
de diario— creí entender a qué se refería con eso de que los ninjas eran
«más como nosotros».
Toda la información que logramos reunir no llenaba ni tres páginas, eso
sin contar que en su mayoría no se referían directamente a los ninjas,
sino como excusa para hablar sobre los samuráis, reduciendo su
condición al único hecho de ser sus enemigos y opuestos históricos.
Según pude entender, las técnicas y tácticas de combate del ninjutsu
venían a ser una especie de evolución de las de los guerreros samuráis,
y la diferencia primordial radicaba en los ideales que los inspiraban. La
filosofía de los samuráis, como elite militar que gobernó Japón durante
cientos de años, estaba llena de dogmas y valores asociados a la
superioridad, el honor, las obligaciones y la lealtad. Los ninjas, en
cambio, eran un grupo militar de mercenarios que perpetraban el
sabotaje y el espionaje, acciones realizadas siempre desde el anonimato.
En el fondo, las diferencias que los llevaban por veredas opuestas en el
arte de la guerra eran que para ser samurái tenías que provenir
obligatoriamente de una casta, o sea, tener apellido y plata, y para ser
ninja la única condición era que fueras alguien que no tuviera nada que
perder. Eran pobres y por eso aceptaban todo tipo de trabajos, fueran
honorables o no. Supuse que por eso le habían maravillado tanto a
Pancho. Y tenía razón, los ninjas eran más como nosotros.
Esa noche, mientras leía acostado sobre uno de los modos de operación
clásico de los ninjas —penetrar disfrazados en los castillos, ocultarse
hasta el momento oportuno en el cual matar a los guardias y prenderles
fuego a las torres, para luego escapar—, tuve un corto diálogo con la
Andrea, mi hermana menor. A lo mejor llevaba horas en la cama de al
lado mirándome, pero yo estaba absorto en las enciclopedias. Los tres
dormíamos en la misma pieza, una habitación pequeña en la que apenas
cabían el camarote y la cama de una plaza fabricados por mi padre. Mis
34/144hermanas ocupaban el camarote, Carola arriba y Andrea abajo. Yo
gozaba de una estructura cien por ciento para mí.
—Pasado mañana nos vamos donde la abuela —dijo Andrea justo
cuando yo subrayaba en la enciclopedia la oración «huir furtivamente
en el anonimato».
Mi abuela materna vivía en Tirúa, Arauco, a unas cuatro horas de
Talcahuano. Solíamos pasar las vacaciones en su campo. La abuela y
mis tíos sembraban trigo y avena, y el terreno colindaba con las
forestales. De niño disfrutaba pasear por los bosques de eucaliptos junto
a mi mamá y mis hermanas. Siempre terminábamos perdiéndonos entre
los miles de palitroques idénticos y separados por la misma distancia de
manufactura industrial. Claro que en ese momento no pensaba en esos
días de campo, apenas si había escuchado lo que decía mi hermana
menor.
—¡Ya cállate, Andrea! —gritó Carola desde la cama de arriba—. Tan
hocicona que soi.
—¿Cómo? —le dije a Andrea sin apartar mis ojos de la enciclopedia.
—¡Dejen de hablar y apaguen la luz! —protestó Carola otra vez.
—¡Espérate un poco! —le grité. Me exasperaba esa actitud que tenía
conmigo últimamente.
—Que pasado mañana nos vamos a la casa de la abuela —repitió mi
hermana, en voz más baja.
—Ah, qué bueno, mándales saludos a la abuela y a los tíos —respondí
sin mucho interés.
—Te vas a quedar con el papá —dijo hablando aún más bajito y con algo
de indecisión, como si no acabara de decidir si lo que decía era una
afirmación o una pregunta.
—¡Andrea! —volvió a retarla mi hermana mayor.
—Supongo —le respondí sin prestar atención a la nueva interrupción de
Carola.
Dejé la enciclopedia en el suelo y apagué la luz. Mientras me
acostumbraba a la oscuridad de la pieza pude ver que Andrea seguía en
la misma posición de antes, de costado, mirándome. Lo supe por sus
ojos, que brillaban intensamente, y que me recordaron esa clásica
imagen de animalitos ocultos en un bosque tenebroso de las películas de
dibujos animados. Le sonreí pensando que podría verme, pero si me
respondió con algún gesto no pude verlo. Me di media vuelta, cerré los
ojos y comencé a pensar en ninjas otra vez.
35/144—Tu papá era milico, ¿no tiene una pistola o algo así que usemos? —me
preguntó Camilo.
—No sé —contesté incómodo. Aunque era verdad, no sabía. Recordaba
haber jugado con balas sin pólvora de chico.
—¿Cuándo hai visto a un ninja con pistola? —dijo Pancho a su hermano
—. Vamos a usar las armas tradicionales: cuerdas, cadenas y muchas
shuriken .
Las shuriken eran las estrellas ninja. Les dije que yo sabía cómo
fabricarlas. Mi padre me había enseñado a hacer algo parecido con una
tapa de bebida plástica y cinco clavos. Jugábamos a clavarlas en los
árboles cuando podíamos pasar tardes enteras juntos.
Caminábamos hacia la plaza para comenzar nuestro «entrenamiento»
cuando llegó mi mamá con mis hermanas. Cada una traía un bolso
enorme. «¿Se cambian de casa?», bromeó Pancho. Mi mamá lo saludó
muy cariñosa y le preguntó riendo qué tramaba en esta oportunidad.
Otra vez parecía muy joven. Llevaba su pelo negro suelto. Saludó a cada
uno con un beso en la mejilla. A mí me dio un abrazo largo y dijo que se
iban donde la Clara, mi abuela. Mi hermana menor se colgó de mi cuello
y dijo que me extrañaría mucho, pero Carola la tomó por la espalda y la
separó con brusquedad. Yo también quiero despedirme, dijo como
excusa, pero apenas me rozó la mejilla con un beso rápido, y también
brusco. No me miró a los ojos en ningún momento. Le dio unos
golpecitos en la mejilla al Camilo, que siempre había andado detrás de
ella, y les dijo a mi mamá y a mi hermana que se apuraran porque iban
atrasadas.
Faltaban menos de tres semanas para el asalto.
Parte del entrenamiento lo practicamos en la plaza San Francisco de la
Santa Julia. Era ideal, porque tenía unos juegos de madera y metal en
los que podíamos ejercitarnos tranquilos, estaban tan viejos y
desastrados que casi ningún niño los ocupaba. Al final, no conseguimos
más información sobre el ninjutsu , y así, con unos pocos datos y sin
sensei , nos preparamos en lo que por intuición nos parecía primordial.
Se suponía que el ninjutsu significaba «arte de escabullirse», así que por
sobre todo nos esforzamos por aprender a escapar con rapidez y ser
sigilosos en todos los movimientos.
Practicamos equilibrio en la tabla del balancín y trepamos lo que se nos
pusiera al frente, desde los juegos infantiles hasta las panderetas de
algunas casas o los muros de industrias abandonadas. A veces
ocupábamos cuerdas, pero en la mayoría de los casos escalábamos
usando las manos. Para mejorar la velocidad, corríamos cerro abajo,
saltando cualquier obstáculo que pilláramos en el camino. Lo de trepar,
correr y saltar fue la parte fácil. Terminamos llenos de heridas y
36/144moretones, pero nos sobraba energía, sobre todo a Pancho, que, pese a
sus piernas cortas, saltaba más alto que ninguno.
Lo que realmente nos costó fue aprender a ser sigilosos, a desplazarnos
sin hacer ruido. Los ninjas eran tan silenciosos que en algunos castillos
se construyeron pisos especialmente diseñados para rechinar al mínimo
contacto. Se llamaban «pisos de ruiseñor», porque el sonido de alarma
que producían las pisadas era parecido al canto de esos pájaros.
Dividimos el día para ejercitarnos en las dos habilidades: por la mañana
corríamos de un lado a otro y, por la tarde, con el cuerpo más cansado y
menos ansioso, nos dedicamos a acallar nuestras pisadas y
movimientos.
Despejamos la pieza de los Carrasco —durante todo ese tiempo
durmieron en el living — para entrenarnos sobre el piso de madera. Nos
dejábamos puestos los calcetines, el algodón reducía el ruido, y nos
formábamos en fila: el que iba a la cabeza mandaba y se movía por la
habitación con la libertad de meter ruido. El resto debía imitar sus
movimientos, pero sin hacer crujir las tablas. Como en el juego del
monito mayor, aunque levantando las piernas y apoyando la punta de
los pies lentamente y con cuidado. El que hacía ruido perdía. Otro
ejercicio: nos poníamos en cuclillas, sin apoyarnos en nada, y
competíamos por quién aguantaba más tiempo en esa posición que nos
acalambraba las piernas. Casi siempre era yo quien salía victorioso y
Pancho el primero en desistir. Último ejercicio: vendábamos los ojos de
alguno y lo colocábamos al centro de la pieza. Debía atraparnos
mientras nos desplazábamos a su alrededor casi sin respirar, al igual
que en el juego de la gallinita ciega. Por la noche terminábamos
exhaustos, aunque siempre con más energía para la siguiente jornada.
Durante algunas noches, o en los tiempos libres que dejaba el
entrenamiento, me dediqué a buscar una pistola entre las cosas de mi
padre. No sé por qué, pero quería averiguar si tenía una o no. Registré
sus cajones, su ropa, unas maletas viejas, sus cajas de herramientas,
incluso las cosas de mi madre. Lo único que encontré fueron trozos de
madera aquí y allá. Algo extraño en él, ya que era muy ordenado y
meticuloso, por su enseñanza militar. Luego me di cuenta de que había
trozos de madera desperdigados por toda la casa. De diferentes
tamaños y tipos, casi siempre inservibles: rotos, demasiado viejos o
quemados. Pensé que planeaba fabricar algo, o que quizá juntaba
materiales para levantar el taller que mi madre tanto le insistía que
pusiera.
Con el paso de los días siguió acumulándose más madera inútil. Desde
la partida de mi mamá y de mis hermanas que la casa era un desastre,
lo único bueno era que el olor a cloro había desaparecido. También
había pilas de diarios viejos con ofertas de trabajo marcadas con
plumón: «empresa de seguridad requiere contratar guardias de
seguridad...», «obreros para fábrica vibrado...», «trabajo en línea de
proceso de picado y embalaje de materias primas...». La mayoría para
trabajar fuera, en Santiago o más al norte. Mi mamá había comprado
37/144los diarios. Marcaba los anuncios y se los dejaba a mi padre en la mesa,
junto al desayuno. Le decía que en otros lados se podía salir adelante,
que todo el mundo se estaba yendo de Talcahuano. Yo creía que mi
padre los botaba, porque una vez le había gritado a mi mamá que él
nunca se iba a ir de su casa. Pero ahí estaban todos los diarios ahora,
como una última oportunidad, aunque con más resignación que
esperanza.
La basura que acumulaba fue lo único que supe de él por esos días.
Ninguno de los dos pasaba en casa, y apenas lo vi una vez, mientras
entrenábamos en la plaza con los Carrasco. Apareció de repente y se
puso a hurgar en la basura. Llevaba la ropa sucia, el pelo desordenado
y barba de varios días. Los Carrasco no se fijaron en él y yo no me
acerqué. No creo que me viera, parecía realmente perdido. Sacó un par
de tablas y una botella del contenedor, las metió en una bolsa y se fue
caminando con la mirada fija en el suelo. Lo vi alejarse encorvado y
abatido calle arriba. Desapareció al doblar por una esquina y entonces
recordé cuando de niño también lo veía desaparecer, en la esquina de
nuestra casa, para irse al trabajo de madrugada. Yo no pasaba de los
seis años, pero cuando el despertador sonaba a las cinco de la mañana,
me levantaba con él y lo acompañaba a tomar desayuno mientras los
demás dormían. Al terminar, se levantaba de la mesa y yo lo imitaba, le
acercaba su abrigo militar, su maletín, y lo seguía hasta la puerta.
Entonces me daba unas palmaditas en la cabeza de despedida y se iba.
Me quedaba en el umbral de la puerta viendo cómo se alejaba entre la
neblina, y seguía ahí parado aun después de que desapareciera de mi
vista. No quería que se fuera. Y a veces, después de unos minutos, lo
veía regresar apurado y algo molesto, y con sus manos ásperas tomaba
las mías, firme pero tiernamente, para llevarme a trabajar con él.
Con respecto a las acrobacias increíbles que realizaban los ninjas en las
películas y las técnicas de lucha, decidimos, tras varias discusiones —
sobre todo con Camilo—, que no les dedicaríamos gran parte del
entrenamiento. No porque fueran particularmente difíciles, sino porque
no esperábamos utilizarlas con nadie, ya que según Pancho no había
guardias.
Luego de tres semanas llegamos a alcanzar cierta destreza, de seguro
nada en comparación con los ninjas reales. Lo más probable es que
para cualquier sensei nuestro entrenamiento fuera pobre y poco
ortodoxo. Pero estoy seguro de que en el fondo nos acercamos bastante
al espíritu, en el que era fundamental ser práctico, preocuparte por
aquello que podría salvarte la vida.
—LAS TELNICAS CHON INUTLILES, LA INTUILCHON ES TODLO —
decía Pancho cuando ya se aburría de practicar en su pieza.
—TODLO ES UN ARLMA —decía Camilo tirando una patada.
Eran frases de Masaaki Hatsumi, un mítico maestro ninja sobre el que
encontramos un poco más de información.
38/144Lo que sí era un hecho incuestionable es que estábamos preparados
para huir sin ser alcanzados. Éramos más rápidos y ágiles que al
comienzo. De todas formas, y por si nos llegaban a perseguir en autos,
fabricamos unos miguelitos con los clavos que nos sobraron de los
shuriken .
El plan quedó bosquejado, finalmente, de la siguiente manera: teníamos
una hora, entre las tres y las cuatro de la mañana, para entrar al galpón
y sacar los instrumentos. Pancho escalaría el muro del templo y entraría
por una de las ventanas superiores (unas ventanas de metal que por lo
viejas y oxidadas nunca podían cerrarse), a unos tres o cuatro metros
de altura. Ya dentro, y según lo comprobado por él mismo, rompería las
cadenas que cerraban la puerta lateral del templo con un napoleón. Con
la entrada libre empezaba nuestro turno: cargar los instrumentos y salir
lo más rápido y en silencio posible. Huiríamos por la puerta lateral que
daba al cerro El Piñón. Un cerro oscuro con un bosque de melis que nos
llevaría de vuelta por un camino más largo pero seguro. En el bosque
nos repartiríamos el botín. El punto más complejo del plan era trasladar
los instrumentos en un único viaje y sin ruido, sobre todo pensando en la
batería, que de por sí era aparatosa y bulliciosa. Con Pancho dibujamos
en un papel cómo sería: Camilo se amarraría el bombo, con los toms
aún anclados, como una mochila, y se la llevaría tal cual; yo me llevaría
la caja y el timbal amarrados en la espalda y los platos en el pecho;
Marquito cargaría el teclado en la espalda; Pancho se llevaría el bajo y
la guitarra, cruzados atrás y adelante. Camilo se quejó de que a su
hermano le tocara la parte más fácil, y Pancho argumentó que él ya
había tenido bastante trabajo con planearlo todo. Cubriríamos los
instrumentos con los vestidos enormes que usaba la mamá de los
Carrasco de embarazada para apañarlos. Si quedaba tiempo y espacio,
nos llevaríamos algunos cables y atriles. Los amplificadores estaban
descartados, ya nos las arreglaríamos para conseguir unos pequeños.
A todos nos pareció un plan impecable, por lo menos así, dibujado en el
papel, cada uno como un ninja, con instrumentos cruzados a la espalda
por katanas.
El día del robo pesaba sobre nosotros un aire que mezclaba
grandiosidad y peligro. Ya no valía la pena entrenar, y además, al igual
que los deportistas, decidimos que era mejor tener el cuerpo
descansado. Así que lo que hicimos, por la mañana, fue lavar los buzos,
tenderlos al sol y ver la tarde pasar, sentados al pie de la escalera,
comiendo los últimos trozos de sandía que nos quedaban. Camilo le
pidió al Marquito que trajera el tabaco para fumar un cigarro. Confesó
estar demasiado ansioso, y aunque Pancho lo retó por su falta de
compromiso, todos terminamos fumando. Les conté que esa imagen de
los ninjas vestidos de negro era un mito. Usaban el azul marino porque
el negro brillaba en la oscuridad. Marquito dijo que los buzos del liceo
estaban pintados para la misión.
39/144—Igual, son los únicos que tenemos —agregó Pancho, y soltó una
bocanada de humo. Todos asentimos riendo.
Últimos detalles.
Ya que ni el Marquito ni yo tenemos pasamontañas como los Carrasco,
convenimos en usar poleras negras como capuchas. El reloj de la cocina
de los Carrasco marca las 10.30 pm y acabamos de darnos cuenta de
que a su papá le faltan un par de herramientas. No son esenciales para
el atraco, pero no podemos arriesgarnos. Les digo que creo haberlas
visto en la caja de herramientas de mi padre y decidimos que Pancho me
acompañe a buscarlas y que a la vuelta iremos todos a hacer guardia al
templo. Empezaremos con la operación a las 3.00 en punto.
La calle está vacía y durante el camino Pancho no deja de hablar. Está
más excitado que nunca. Me pregunta, una y otra vez, si entiendo lo que
estamos a punto de hacer. «¿Te das cuenta?, ¿te das cuenta?», repite
casi gritando. Camina muy rápido, con determinación, con la vista
perdida, pero luego, por un segundo, me mira directo a los ojos y me
dice que vamos a dar el gran golpe y que después de eso ya nada nos va
a parar, que vamos a ser invencibles. Yo lo miro y le respondo con la
misma seguridad que sí, que me doy cuenta, que vamos a hacerlo, que
ya prácticamente está hecho. Somos invencibles.
Al llegar, la casa está en penumbras y cuando entramos lo primero que
vemos es a mi padre tirado en el sillón. Su posición hace creer que nada
podrá despertarlo. También vemos un charco de bilis en el suelo. Pancho
hace la mímica de beber de una botella y luego ladea la cabeza, saca la
lengua y entorna los ojos tratando de imitar la cara de borracho de mi
padre. Le digo que pase al patio, donde están las herramientas. Sin
Pancho cerca, me acerco a mi padre. Contemplo su cuerpo
desparramado en el sillón, en el viejo sillón de la abuela que él mismo
reparó con un par de clavos y rellenó con lana. Su rostro, a diferencia
de la sala repleta de diarios, trozos de madera y basura, está vaciado de
cualquier expresión. Se ve viejo, viejo e inútil. Mirándolo desde arriba,
iluminado por la escasa luz de la calle que dejan pasar las cortinas,
pienso en lo bajo que ha caído y en lo diferente que soy yo. Y todo aquel
tiempo que estoy mirándolo, todos aquellos pensamientos, todo aquel
silencio revelador, hace que sea aún más increíble, y humillante, que no
me haya dado cuenta de lo que pasaba, y de que fuera Pancho, tras
intentar hacerle una broma con las llaves de tubo que había ido a
buscar, el que gritara que mi padre no respiraba.
Días después, Pancho me dijo que nunca había corrido tan rápido, y que
al final el entrenamiento no había sido un desperdicio. Yo no había
terminado de gritarle que fuera por ayuda, cuando él saltaba fuera de la
casa y corría loma arriba. Claro que para mí nada que tuviera que ver
con el entrenamiento, con el plan, con los ninjas o con el mismo Pancho
tenía sentido.
40/144No fue su respiración, la falta de ella, lo que hizo que me lanzara
encima de mi padre para zamarrearlo e intentar que volviera en sí. Fue
el olor, el olor nauseabundo que despedía. No exactamente a
descomposición, sino a una extraña mezcla entre algo aséptico y
fermentación. Pancho se había equivocado, mi padre sí respiraba. Y no
tuve que acercar mi oreja a su nariz para darme cuenta de que algo
andaba mal. Fue el hedor, el hedor que emanaba de él desde hace tanto
tiempo, y que únicamente pude percibir con los gritos de Pancho, lo que
me llevó a introducir mis dedos temblorosos por su boca para que
vomitara. Porque temblaban, mis manos y mis rodillas. Todo mi cuerpo
temblaba de miedo, mientras con una mano intentaba producirle
arcadas y con la otra le golpeaba el estómago para que botara más de
aquel líquido biliar que nos esperaba desde el principio.
Cloro, mi padre había tomado cloro. Una botella de Coca-Cola de litro y
medio llena del cloro que pasaba vendiendo una furgoneta cada
semana. Había casos de personas muertas por la ingesta de cloro,
aunque se trataba casi siempre de niños que lo tomaban por error. Tal
vez mi padre creyera que aguantaría lo mismo que un niño y que podría
morir. O quizá el cloro fuera lo único que tenía a mano. Al final, no tenía
una pistola. No, no pensó nada de eso. Solo pensó en mi madre. Quería
llamar su atención. Pensó: voy a mandarle un mensaje, voy a tomarme
su trabajo, sus estúpidas aspiraciones. Su ambición. Voy a beberlas y
hacer que me maten con cada trago.
Porque tras las horas de espera en urgencias lo único que me dijo fue
«llama a la Carmen», y luego de que yo intentara explicarle que no se
preocupara, que ella estaba bien, veraneando en la casa de la abuela,
volvió a decirme con aún más severidad:
—Llama a tu madre.
—Sí, papá.
—Llámala.
—Sí, señor.
Y entonces fue como si lo comprendiera todo de una sola vez. No llamé
a nadie, y le dije a la mamá de los Carrasco y a Pancho, que me
acompañaba en el hospital con los demás, que prefería volver por mi
cuenta.
No fui directo a casa. Caminé por el borde costero con mi buzo de ninja,
y mientras lo hacía, imaginé a mi madre lejos, perdida entre los bosques
de eucaliptus y supe que nos había abandonado. Mi madre se había ido,
me había dejado solo en la casa, echado a mi suerte junto a un hombre
moribundo. Todos lo sabían menos yo. Hasta mi hermana chica lo sabía
y había intentado advertirme, pero yo no la escuché.
41/144Llegué al puerto y me senté en las escalinatas a ver cómo se preparaban
unos marinos. Años atrás, solíamos ir con Pancho de madrugada a ver
zarpar los barcos pesqueros. Soñábamos con ser marinos mercantes.
En sus rostros acartonados por el frío, llenos de arrugas, turbados y
preocupados en sus labores de embarque, creíamos reconocer la
expresión de hombres fuertes y rudos. Hombres que no le temían a
nada. Pero entonces, de madrugada y con el mar negro de fondo, lo
único que pude ver reflejado en los rostros de esos marinos fue tristeza.
Una tristeza seca que calaba sus huesos tan profundamente como el frío
de ultramar. Toda mi vida había creído que Talcahuano era un lugar
duro, pero lo cierto es que solo se trataba de un lugar triste. Y entonces
pensé en mi padre en la camilla del hospital, y supe por qué había hecho
lo que hizo. Al fin pude hacerme una idea de él: mi padre era un hombre
desdichado, pero aún podía hacer daño. Herir, aunque no fuera su
intención. Yo debía haberlo sabido antes, pero no fue así.
Cuando mi madre y mis hermanas llegaron, varios días después, la casa
estaba tal como la dejaron. Boté los palos y los diarios, trapeé el vómito.
Limpiar la casa. Eso fue lo primero que hice por mí mismo, para mí. Y
quizá lo hiciera con el deseo de que mi suerte cambiara. Esos primeros
días entré en un estado de anestesia y me convencí de que no me
quedaba otra cosa más que pensar en mí mismo. Fue como si la basura
acumulada por mi padre de pronto me pareciera peligrosa, como si me
acorralara, como si pudiera hundirme con ella sin siquiera darme
cuenta. Toda la basura, y la pobreza, y las tardes con los Carrasco, de
repente se transformaron en una amenaza. No por lo del robo, no es
que temiera que nos convirtiéramos en asaltantes de banco. Lo más
probable es que siguiéramos siendo una banda inofensiva, sentados
para siempre al pie de la escalera, o ya más viejos, en alguna esquina,
ideando planes que nunca llegarían a puerto. Tal vez era justo eso lo que
lo hacía amenazante. Pensé en lo estúpido que había sido todo ese
tiempo, jugando con los Carrasco, jactándonos de lo astutos que
éramos, sin comprender lo que realmente ocurría a nuestro alrededor. Y
entonces, la luz que hacía brillar a Pancho, por ser tan asombrosamente
él mismo, se apagó, dejando la sombra de un muchachito terco, iluso e
insignificante.
El verano terminó rápido, y llegó el invierno con más viento y la lluvia y
el humo de las chimeneas. Cumplí los catorce. Durante un tiempo mi
madre y mis hermanas volvieron a la casa. Ella me explicó su versión de
los hechos y me prometió que las cosas irían mejor, que volveríamos a
empezar todos juntos otra vez, pero yo ya sabía que no podría ser así, y
de todas formas no me importaba. Cuando uno vive experiencias fuertes
se tiene la ilusión de comprender muchas cosas. Yo creí entender cómo
funcionaba la vida. Cuando terminé de limpiar y ordenar la casa quedé
exhausto, y pensé que en adelante debía seguir así: cansarme e
imponerme obligaciones para prosperar en la vida. Creí que eso me
mantendría a salvo. No iba a vagabundear como mi padre ni a
preguntarme, temeroso, qué sería de mí. Iba a resistir, a olfatear las
amenazas en el viento y a construirme una vida propia. Quizá qué
destino me esperaba junto a los Carrasco, no lo conocí. Apenas pude me
42/144marché de Talcahuano, primero a trabajar en el norte con el papá de los
Carrasco —último vínculo que mantuve con Pancho—, luego a Santiago.
Me deshice de mi familia y de los únicos amigos que tuve. Y me endeudé
para estudiar, y trabajé doce horas diarias y gasté dos más en viajes en
micro, e hice todas las cosas que hace la gente para alcanzar cierto
bienestar, y me cansé, me convertí en una persona cansada y viví en
Renca, en Recoleta y en Quilicura, sin saber nunca qué significaban los
nombres de todos esos lugares.

miércoles, 29 de junio de 2022

"Warriache," by Daniela Catrileo, translated from Spanish by Jacob Edelstein

Santiago, San Bernardo, and back to Santiago, that's the trip. I open my eyes and listen: the music, at least, keeps me from running away. I'm crossing the city from one end to the other to celebrate my friend Yajaira's thirtieth birthday. She's my best friend, or at least the one I've known the longest. Neither one of us now lives where we were born, but every so often we go back to pick up pieces of what we abandoned, and visit family while we're there. We reappear to let each another know how the years have been treating us, now that we aren't isolated little girls at the poor Catholic school where we met.

I show up late, as always. I'm a little embarrassed. Her party is a kind of intimate dinner, at least that's what she tells me on the phone. How very her, I think. The house is just like the ones next to it, save for the shape of its fence bars. The colors don't vary much: blandness that feels distinctly middle class. I feel like this condo could be in any part of Chile, housing people who believe themselves to be of that class. I'm not sure when they began to spring up in this graveyard. When I left, we were still girls raised in projects, semidetached but disparate houses, handmade extensions and multicourts without nets. When I left, there were still hills and vineyards where we could camouflage ourselves, get drunk in peace, and lay out on our backs under the sun.

Through the window, I see the guests and don't recognize anyone except for Yajaira's parents, who look older. I feel strange. Just seeing them makes me realize how much time has passed since we lived in this place we put so much effort into hating. I'd like to skip the introductions. Maybe if I'd gotten here earlier, I wouldn't have to make an entrance in front of everyone. It doesn't matter; I head into the house. There's a knot in my stomach and I'm trying to play it cool. It's not that I feel obligated to be here, I'd just rather it was like the parties when we were teenagers, where everything was so dark you didn't have to introduce yourself. [End Page 344]

The first to greet me is Yajaira's mother, María. She hasn't changed. She says a ton of superficial, insufferable things. I've never liked her very much, probably because I know Yajaira so well. She's one of those people you respect only because someone you love respects them. Though that doesn't mean you should. I admit it's hard for me. I was there for the neglect, the separations, the screaming. Those days are etched into my memory. I'm not someone who forgets easily. Still, I can admire her strength from a distance; it's what allows her to stay here. We all drag along more ghosts than even she imagines: knots that not only entangle our hearts, but bind our tongues forever. That's why, in front of her, I prefer to stay silent.

I try to seem normal. María informs me that she no longer lives in the projects, but rather, she lives in a condo now. She speaks in a derogatory tone that I know and abhor. On the outside, I nod with a smile. Inside, I repeat, like a mantra, that she is my best friend's mother, that she has never not been this, that she will never change. Behave, I tell myself. If I keep smiling silently, she won't ask so many questions or realize I came alone. As she continues with her monologue of success, she offers me heaps of canapés. I awkwardly avoid making eye contact. Little by little, her figure begins to blur. It must be a defense mechanism. I can't clearly see her mouth moving anymore. I rub my eyes, but they've already gone...

miércoles, 28 de abril de 2021

It's the fault of the Tlaxcaltecas, by Elena Garro (Translated by Patricia Wahl)

Nacha heard them calling at the kitchen door and froze. When they insisted, she opened it reluctantly and looked out into the night. Laura appeared with a finger over her lips in a sign of silence. She was still wearing the white suit, burnt and soiled with dirt and blood.

`Señora!' whispered Nacha.

Señora Laura entered softly and looked with interrogating eyes at the cook. Later, confident, she sat down next to the stove and examined her kitchen as if she had never seen it before.

`Nachita, give me some coffee. . . I'm cold.'

`Señora, the señor...the señor will kill you. We had already given you up for dead.'

`For dead?'

Laura stared in amazement at the white tiles, drew her feet up on the chair, clasped her knees and became pensive. Nacha put the water on to boil for coffee and looked sideways at her mistress; she couldn't think of anything else to say. Laura rested her head on her knees, she seemed very sad.

`You know, Nacha? It's the fault of the tlaxcaltecas.'

Nacha didn't answer, preferring to stare at the water that wasn't boiling.

Outside, the night erased the roses in the garden and pulled shadows over the fig trees. Far behind the branches, the illuminated windows burned from the neighbors' houses. The kitchen was separated from the world by an invisible wall of sadness, by a compass of hope.

`Don't you agree, Nacha?'

`Yes, señora...'

`I am like them: a traitor...' Laura said mournfully.

The cook folded her arms in hopes the water would boil.

`And you, Nachita, are you a traitor?'

She looked at her expectantly. If Nacha shared her disloyalty, she would understand her, and Laura needed someone to understand her that night.

Nacha reflected a moment, turning to look again at the water that was beginning to boil noisily. She poured it over the coffee and the hot aroma helped made her comfortable around her mistress.

`Yes, I too am a traitor, señora Laurita.'

Satisfied, she served the coffee in a white cup, put in two lumps of sugar and placed it in front of Laura who, deep in thought, took some small sips.

`You know, Nachita? Now I know why we have so many accidents on the infamous road to Guanajuato. At Thousand Peaks we ran out of gas. Margarita was scared because it was already getting dark. A trucker gave us enough to get to Morelia. At Cuitzeo, when crossing the white bridge, the car stopped suddenly. Margarita got upset with me, you know how empty roads and Indians' eyes frighten her. When a car full of tourists came by, she went to the pueblo to look for a mechanic and I stayed in the middle of the white bridge that crosses the dried lake with a bottom of white stones. The light was very white and the bridge, the stones and the automobile began to float in it. Then the light broke into many pieces until it became a thousand points and began to spin until it was fixed like a picture. Time had taken a complete turn, like when you look at a postcard and then turn it over to see what's written on back. That was how I came to the lake of Cuitzeo, to the other girl that I was. Light produces these catastrophes, when the sun turns white and one is at the center of its rays. Thoughts also become a thousand points, and you suffer vertigo. In that moment, I saw the texture of my white dress and in that instant I heard his steps. I wasn't surprised. I looked up and I saw him coming. In that instant, I also remembered the magnitude of my treason, I was afraid and tried to run away. But time closed in on me. It became rare and dying, and I couldn't move from the seat of the automobile. "Some day you will find yourself faced with your actions changed into solid stone like that one," they told me as a child when showing me the image of some god, I don't remember which one now. One forgets, right Nachita? but only for a while. Back then, the words also seemed to me like stone, but like a crystalline and fluid rock. The stone would solidify at the end of each word, to remain written forever in time. Weren't those the words of your elders?'

Nacha reflected for a few moments, then convinced, she agreed.

`So they were, señora Laurita.'

`The terrible thing is, I discovered in that instant that all the unbelievable is real. There he came, moving along the edge of the bridge, with his skin burned by the sun and the weight of defeat over his naked shoulders. His steps rang like dried leaves. His eyes were brilliant. From far away their black spark reached me and I saw his black hair waving in the blinding light of our meeting. Before I could avoid it, he was in front of my eyes. He stopped, grabbed the door of the car and looked at me. He had a cut in his left hand, his hair was full of dust, and from the wound on his shoulder dripped blood so red that it seemed black. He didn't say anything to me. But I knew that he was running, defeated. He tried to tell me that I deserved to die, and at the same time he told me that my death would bring about his own. He was wounded, badly hurt, in search of me.

`It's the fault of the tlaxcaltecas,' I told him.

He turned and looked at the sky. Afterwards, his eyes rested on mine once again.

"`What have you been up to?' he asked with his profound voice. I couldn't tell him that I had married, because I am married to him. There are things you just can't say, you know that, Nachita.

"`And the others?' I asked him.

"`Those who came out alive are in the same situation as I am.'" I saw that each word hurt his tongue and I stopped talking, thinking of the shame of my treason.

"`You already know that I am afraid and that's way I betray...'

"`I already know,' he answered and hung his head. He has known me since childhood, Nacha. His father and mine were brothers and we were cousins. He always loved me, at least he said that, and so everyone believed it. On the bridge I was ashamed. The blood flowed onto his chest. I took out a handkerchief from my purse and without a word, I began to wipe it off. I always loved him, too, Nachita, because he is the opposite of me: he is not afraid and he is not a traitor. He took my hand and looked at me.

"`It's very faded, it looks like one of their hands,' he told me.

"`It's been a while since I've been in the sun.' He lowered his eyes and dropped my hand. We stood that way, in silence, listening to the blood run over his chest. He never reproached me, knowing well of what I'm capable. But the little threads of his blood wrote on his chest that his heart continued to hold my words and my body. There I found out Nachita, that time and love are one and the same.

"`And my house?' I asked.

"`Let's go see it.' He took hold of me with his warm hand, like he used to grab his shield and I realized that he wasn't carrying it. "He lost it in flight," I thought, and I let him lead. His steps sounded in the light of Cuitzeo the same as in the other light: hushed and calm. We walked through the city burning at the water's edge. I closed my eyes. I already told you, Nacha, that I am a coward. Or maybe it was the smoke and dust that brought my tears. I sat down on a rock and covered my face with my hands.

"`I'm not walking anymore...' I told him.

"`We're already here,' he answered. He squatted down next to me and with the tip of his fingers he stroked my white dress.

"`If you don't want to see what it looks like, don't see it,' he said gently.

His black hair sheltered me. He was not angry, he was no longer sad. Before I never would have dared to kiss him, but now I have learned to not have reverence for a man, and I put my arms around his neck and kissed him on the mouth.

"`You have always had the most precious place in my heart,' he said. He looked down at the ground covered with dried stones. With one of them he drew two parallel lines that he extended until they joined and became only one.

"`This is you and I,' he said without raising his eyes. I, Nachita, remained silent.

"`It won't be long before time runs out and we are only one...that's why I have come looking for you.' I had forgotten, Nacha, that when time runs out, the two of us must remain one in the other in order to enter in real time converted into one. When he told me this, I looked in his eyes. Before, I would have dared to look into them only when he made love to me, but now, as I already told you, I have learned not to respect the eyes of a man. It is also true that I didn't want to watch what was happening around me...I am really a coward. I remembered the screams and I listened again: shrill, blazing in the middle of the morning. I also heard the blows of the stones and I saw them whizzing over my head. He kneeled in front of me and crossed his arms over my head to make me a little roof.

"`This is the end of man,' I said.

"`So it is,' he answered with his voice over mine. And I saw myself in his eyes and in his body. Could it be a stag that carried me to his side? Or a star that hurled me out to write signs in the sky? His voice wrote symbols of blood on my chest and my white dress was striped like a red and white tiger.

"`I will return at night, wait for me...' he whispered. He grabbed his shield and looked at me from far above.

"`It won't be long before we are one,' he added with his usual politeness.

When he left, I heard once again the shouts of combat and I left, running in the shower of stones, and I lost myself on the way to the stalled car on the bridge of the Lake of Cuitzeo.

"`What happened? Are you hurt?' Margarita shouted at me when I came. Frightened, she touched the blood on my white dress and pointed out the blood on my lips and the dirt that had fallen in my hair. From another car, the mechanic from Cuitzeo looked at me with his dead eyes.

"`Those savage indians!...A woman shouldn't be left alone!' he said when jumping from his car supposedly to help me.

"At dusk we arrived in Mexico city. How it had changed, Nachita, I almost couldn't believe it! At noon the warriors were still there, and now not even a trace. Nor was there any rubble left. We went through silent and sad Zócalo; there was nothing left of the other plaza, nothing! Margarita looked at me suspiciously. When we came to the house, you greeted us. Do you remember?"

Nacha nodded. It was certainly true that only two short months ago señora Laurita and her mother-in-law had left to visit Guanajuato. The night that she had returned, Josefina the maid and she, Nacha, had noticed blood on the dress and the absent eyes of the señora, but Margarita, the older señora indicated that they should be quiet. She seemed very worried. Much later Josefina told her that at the table the señor sat staring angrily at his wife and told her:

`Why didn't you change? Do you enjoy remembering the bad?'

Señora Margarita, his mother, had already told him what happened and she made a sign as if to say: "Be quiet! Have pity on her!" Señora Laurita didn't answer: she stroked her lips and smiled knowingly. Then the señor spoke again of President LópezMateos.

"`You know that's all he talks about,'" Josefina had commented disdainfully."

In their hearts both women believed that señora Laurita grew bored listening to constant talk of the President and of official visits.

`The way things are, Nachita, I had never noticed how much Pablo bored me until that night!' commented the señora, clasping her knees affectionately and suddenly admitting this to Josefina and to Nachita.

The cook crossed her arms and nodded. `Ever since I entered this house, the furniture, the vases and the mirrors overwhelmed me and left me sadder than I already was. How many days, how many years will I still have to wait for my cousin to come for me? I told myself this and regretted my treason. When we were eating dinner I noticed that Pablo didn't speak with words but with letters. And I started to count them while I watched his thick mouth and his dead eye. Suddenly he was quiet. You know that he forgets everything. He sat with his arms down. "This new husband doesn't have a memory and doesn't know more than daily things." '

"`You have a troubled and confused husband,' he told me looking again at the stains on my dress. My poor mother-in-law grew flustered and since we were drinking coffee, she got up to play a twist.

"`To cheer you up,' she told us with a fake smile, because she saw the fight coming.

"We remained quiet. The house filled with noises. I looked at Pablo. `He reminds me of...' and I didn't dare say his name for fear that he would read my thoughts. It's true that he is like him, Nacha. Both of them enjoy water and cool houses. Both look at the sky in the afternoon and they have black hair and white teeth. But Pablo speaks in short bursts, gets furious for no reason and constantly asks: `What are you thinking about?' My cousin husband doesn't say or do any of that."

`It's true! It's true that the señor is a pain in the ass!' said Nacha with disgust.

Laura sighed and looked at her cook with relief. At least she had her as a confidante.

`During the night, while Pablo kissed me, I would repeat to myself: "When will he come for me?" And I almost cried at the memory of the blood from his shoulder wound. Neither could I forget his arms crossed over my head to shelter me. At the same time I was afraid that Pablo would notice that my cousin had kissed me in the morning. But no one noticed anything, and if it hadn't been for Josefina who frightened me in the morning, Pablo never would have known.'

Nachita agreed. It was Josefina with her love of scandal who was to blame for it all. She, Nacha, had warned her: "Shut up! Keep quiet, for the love of God. There's probably a good reason why they didn't hear our shouts!" But, of course, Josefina had hardly entered the master bedroom with the breakfast tray when she let loose what should have been kept quiet.

"Señora, last night a man was spying through the window of your room! Nacha and I screamed and screamed!"

"We heard nothing..." the señor said, surprised.

"It's him...!" cried the señora without thinking.

"Who is `him'?" asked the señor, looking at the señora as if he were going to kill her. At least this is what Josefina said afterwards.

Terrified, the se$ora put her hand over her mouth and when the señor asked the same question over, each time with more anger, she responded:

"The indian...the indian that followed me from Cuitzeo to Mexico City..."

That was how Josefina found out about the indian and that was how she told it to Nachita.

"We have to call the police immediately!" shouted the señor.

Josefina showed him the window through which the stranger had been peering and Pablo examined it carefully: on the sill were traces of almost fresh blood.

"He's wounded..." said the señor, preoccupied. He walked into the bedroom and stopped in front of his wife.

"It was an indian, señor," Josefina corroborated Laura's words.

Pablo saw the white suit thrown over a chair and he seized it viciously.

"Can you explain to me the origin of these stains?"

The señora remained silent, looking at the blood stains over the breast of her suit, and the señor struck the dresser with a fist. Then he walked over to the señora and gave her a hard slap. This is what Josefina saw and heard.

`His looks are savage and his conduct is as incoherent as his words. It is not my fault that he accepted defeat,' said Laura with disdain.

`That's right,' agreed Nachita.

There was a long silence in the kitchen. Laura traced the bottom of the cup with the tip of her finger to pick up the black powder of the coffee that had settled there and Nacha, on seeing this, got up to serve her more hot coffee.

`Drink your coffee, señora,' she said in sympathy with her employer's sorrow. After all, what could the señor complain about? From a mile away, it was obvious that Laura was too good for him.

`I fell in love with Pablo on a highway during one minute in which he reminded me of someone I knew, but whom I'd forgotten. Later, at times, I would recall that instant in which it seemed he would change into that other whom he resembled. But it wasn't true. Immediately he became absurd, without memory, and he only repeated the gestures of all of the men of Mexico City. How did you expect me not to realize the deceit? When he gets angry he doesn't let me go out. As you well know! How many times does he pick a fight in cinemas and restaurants? You know it, Nachita. On the other hand, my cousin husband never, but never, gets angry at a woman.'

Nacha knew that what the señora told her now was true, because of that morning when Josefina appeared in the kitchen frightened and crying, "Wake up señora Margarita, the señor is beating the señora!" She, Nacha, ran to the room of the older señora.

The presence of his mother calmed señor Pablo. Margarita remained very surprised to hear of the incident of the indian because she had not seen him in the Lake of Cuitzeo, she had only seen the blood that we could all see.

"Perhaps in the Lake you had sun-stroke, Laura, and you suffered a nose bleed. You see, son, we had the top of the convertible down." She said this almost without knowing what to say. The señora Laura lay face down on the bed and buried herself in her thoughts while her husband and her mother-in-law argued.

`You know, Nachita, what I was thinking that morning? What if he had seen me last night when Pablo kissed me? And I wanted to cry. In that moment I remembered that when a man and a woman love each other and don't have children, they are condemned to become one. That is what my other father used to tell me whenever I brought him water and he stared at the door behind which my cousin and I slept. Everything that my other father had told me is coming true now. From the pillow I heard the words of Pablo and Margarita and they were nothing but nonsense. "I'm going to look for him," I told myself. "But where?" Much later, when you came to my room to ask what we should have for dinner, a thought came to my head: "To the café Tacuba!" And I didn't even know that restaurant, Nachita, I only knew it by name.'

Nacha remembered the señora as if she were seeing her right now, putting on her white dress stained with blood, the same one she was wearing this moment in the kitchen.

"For God's sake, Laura, don't put on that dress!" said her mother-in-law. But she paid her no mind. To cover the stains, she put on a white sweater over it, buttoned to the neck, and she went out in the street without saying good bye. Afterwards came the worst. No, not the worst. The worst would come now in the kitchen, if señora Margarita managed to wake up.

`There was nobody at the café Tacuba. It's a very sad place, Nachita. A waiter came up to me. "What can I get you?" I didn't want anything, but I had to order something. "A cocada." My cousin and I ate coconuts as kids...In the café a clock kept the time. "In all the cities there are clocks that keep time, it must be slipping away. When there is only a transparent layer remaining, he will come and the two drawn lines will become only one and I will live in the most precious part of his heart." That is what I told myself while I ate the cocada.

`"What time is it?" I asked the waiter.

`"Twelve o'clock, señorita."

`"Pablo comes at one," I told myself, "if tell a taxi to take the beltway home, I can still wait a bit longer." But I didn't wait and I went out into the street. The sun was silver- plated, my thoughts became a brilliant powder and there was no present, past or future. On the sidewalk my cousin stood in front of me, his eyes were sad, he stared at me for a long time.

`"What have you been up to?" he asked me with his profound voice.

`"I was waiting for you."

He stood still like a panther. I saw his black hair and the red wound on his shoulder.

`"Weren't you afraid of being here alone?"

`The stones and cries began whizzing around us and I felt something burning behind me.

`"Don't look," he told me.

`He knelt on one knee and with his fingers smothered my dress that had begun to burn. I saw his grieving eyes.

`"Take me away from here!" I shouted with all my might because I remembered that I was in front of my father's house, that the house was burning and that behind me my parents and my brothers and sisters lay dead. I saw everything reflected in his eyes while he had one knee on the ground smothering my dress. I let myself fall over him so he would hold me in his arms. With his warm hand he covered my eyes.

`"This is the end of man," I told him with my eyes beneath his hand.

`"Don't look at it!"

`He held me against his heart. I heard it like thunder rolling over the mountains. How much longer before time would stop and I could hear it forever? My tears refreshed his hand that burned in the fire of the city. The shouts and the stones drew closer to us, but I was safe against his chest.

`"Sleep with me..." he said in a very low voice.

`"Did you see me last night?" I asked.

`"I saw you..."

`We slept in the light of the morning, in the heat of the fire. When we awakened, he stood up and grabbed his shield.

`"Hide until dawn. I will come for you."

`He left running, his naked legs moving swiftly...and I escaped again, Nachita, because I was afraid by myself.

`"Señorita, do you feel sick?"

`A voice like Pablo's came close to me in the middle of the street.

`"You fool! Leave me alone!"

`A taxi took me home by the beltway and I made it...'

Nacha remembered her arrival: she had opened the door for her. And it was she who had given her the news. Josefina came down later, tripping over the stairs.

"Señora, the señor and señora Margarita are at the police station!"

Laura stared at her in surprise, silent.

"Where did you go, señora?"

"I went to the café Tacuba."

"But that was two days ago."

Josefina was carrying the "Latest News." She read it out loud: "The señora Aldama is still missing. It is believed that the sinister individual with an indigenous appearance who followed her from Cuitzeo is a madman. The police are investigating in the states of Michoacán and Guanajuato."

Señora Laurita wrenched the newspaper from Josefina's hands and tore it up angrily. Then she went to her room. Nacha and Josefina followed her, it was better to not leave her alone. They saw her throw herself over her bed and dream with her eyes wide open. The two had the same thought and they told each other so later on in the kitchen: "It seems to me that señora Laurita is in love." When the señor arrived, they were still in the bedroom of their mistress.

"Laura!" he cried. He rushed to the bed and took his wife in his arms.

"Love of my life!" sobbed the señor.

Señora Laurita seemed moved for a few seconds.

"Señor!" shouted Josefina. "The señora's dress has been scorched."

Nacha looked at her disapprovingly. The señor scrutinized the señora's dress and legs.

"It's true..even the soles of her shoes are burnt. My love, what happened? Where were you?"

"At the café Tacuba" answered the señora composedly.

Señora Margarita wrung her hands and drew close to her daughter-in-law.

"We already know that the day before yesterday you were there and that you ate a cocada. And then?"

"Then I took a taxi and I came home on the beltway."

Nacha lowered her eyes, Josefina opened her mouth as if to say something and señora Margarita bit her lip. Pablo, on the other hand, seized his wife by the shoulders and shook her forcefully.

"Stop playing the fool! Where were you for two days?...Why is your dress burned?"

"Burned? But he smothered it..." Laura blurted out.

"Him?...That disgusting indian?" Pablo shook her again in his fury.

"He found me at the door of the café Tacuba..." cried the señora, frightened to death.

"I never thought you were so low!" said the señor, and he pushed her back on the bed.

"Tell us who he is," asked her mother-in-law, softening her voice.

`It's true, isn't it Nachita, that I couldn't tell them he was my husband?' Laura sought her cook's approval.

Nacha commended the discretion of her employer, and remembered that day at noon that, she, distressed by the condition of her mistress, had suggested:

"Perhaps the indian of Cuitzeo is a witch."

But señora Margarita turned on her with glaring eyes and responded almost screaming:

"A witch? You mean an assassin!"

Afterwards, they would not let señora Laurita leave the house for many days. The señor ordered that the windows and doors of the house be guarded. The cook and the maid checked in on the señora continually. Nacha refrained from expressing her opinion on the matter or from speaking about peculiar incidents. But, who could silence Josefina?

"Señor, at dawn the indian was at the window again," she announced while bringing in the breakfast tray.

The señor rushed to the window and found more evidence of fresh blood. The señora began to cry.

"Poor thing!...poor thing!..." she said between sobs.

It was that afternoon when the señor arrived with a doctor. From then on, the doctor returned every evening.

`He asked me about my childhood, about my mother and my father. But, I, Nachita, didn't know which childhood, nor which father nor which mother he wanted to know about. That's why I told him about the Conquest of Mexico. You understand me, don't you?' asked Laura peering over the yellow saucepans.

`Yes, señora...' And Nachita, nervous, scrutinized the garden through the kitchen window. The night barely let one see among its shadows. She remembered the señor's loss of appetite at dinner and the afflicted expression of his mother.

"Mama', Laura told the doctor the History of Bernal Di'az del Castillo. She says that it's the only thing that interests her."

Señora Margarita dropped her fork.

"My poor child, your wife is insane!"

"She speaks only of the fall of the great Tenochtitlán," added Pablo in a gloomy tone.

Two days later, the doctor, señora Margarita and Pablo decided that Laura's depression was increasing with her isolation. She should have contact with the outside world and face her responsibilities. From that day on, the señor ordered a car to take his wife to Chapultepec for short strolls. The señora would leave accompanied by her mother-in-law and the chauffeur had orders to watch her closely. But the air from the eucalyptus trees didn't improve her health, because as soon as she returned to the house, señora Laurita would lock herself in her room to read The Conquest of Mexico by Bernal Díaz.

One morning señora Margarita returned from Chapultepec alone and disheartened.

"That crazy woman escaped!" she shouted in a thunderous voice as soon as she entered the house."

`Imagine, Nacha, I sat down on the usual bench and I told myself: "He won't forgive me. A man can forgive one, two, three, four betrayals, but not a permanent betrayal." This thought made me very sad. It was hot out and Margarita bought a vanilla ice cream; I didn't want any, so she sat in the automobile to eat it. I noticed that she was as bored with me as I was with her. I don't like being constantly watched and I tried to look at other things so I wouldn't see her eating her cone and watching me. I saw the grey moss that hung from the pines and I don't know why, but the morning became as sad as those trees. "The trees and I have seen the same catastrophes," I told myself. Along the empty street the hours strolled alone. I was like the hours, alone on an empty street. My husband had contemplated my eternal betrayal through the window and had abandoned me on that street made of things which did not exist. I remembered the smell of the leaves of corn and the whispered rumor of his steps. "That is how he walked with the rhythm of dried leaves when the wind of February carries them over the stones. I never used to have to turn my head to know that he was there watching me from behind"...I was thinking these sad thoughts when I heard the sun slip away and the dry leaves begin to stir. I felt his breath on my back, then he was in front of me, I saw his bare feet in front of mine. He had a scratch on his knee. I raised my eyes and found myself beneath his. We stood for a long time without speaking. Out of respect I waited for his words.'

`"What have you been up to?" he said.

`I saw that he didn't stir and that he seemed sadder than before.

`"I was waiting for you," I answered.

`"The last day is coming...."

`It seemed to me that his voice came from the bottom of time. Blood continued to flow from his shoulder. I was filled with shame, lowered my eyes, opened my purse and took out a handkerchief to wipe his chest. Then I put it away. He stood still, watching me.

`"Let's go to the exit of Tacuba...There are many betrayals..."

`He took my hand and we walked among the people, who were yelling and whimpering. There were many dead floating in the water of the canals. There were women sitting in the grass watching them float. The stench was everywhere and the children ran crying from one end to the other, having lost their parents. I watched everything without wanting to see it. The smashed canoes carried nothing but sadness. My husband sat me beneath a broken tree. He put one knee on the ground and attentively watched the events around us. He wasn't afraid. Afterwards he looked at me.

`"I know you're a traitor and that you have affection for me. The good grows together with the bad."

`I could hardly hear him over the children's cries. They came from far way, but they were so strong that they ruptured the light of the day. It seemed like it was the last time they would cry.

`"It's the children..." he told me.

`"This is the end of man," I repeated, because I could think of nothing else to say.

`He put his hands over my ears and then held me against his chest.

`"As a traitor I met you and as such I loved you."

`"You were born unlucky," I said. I clasped him to me. My cousin husband closed his eyes to keep in the tears. We lay down together over the broken branches of the piru'. The shouts of the warriors, the stones, and the children's tears reached us there.

`"Time is coming to an end..." sighed my husband.

`Through a crevice escaped the women who didn't wish to die along with the day. The ranks of men fell one after the other, in cadence as if they were gathered up by hand and the same blow knocked them all down. Some of them shrieked so loudly that the sound resonated a long while after their death.

`Little time remained before we would become one forever, when my cousin got up, gathered branches and made me a small cave.

`"Wait for me here."

`He looked at me and left to fight with the hope of avoiding defeat. I remained huddled up. I tried not to see the fleeing people to avoid temptation, and I tried not to see the bodies that floated in the water to avoid the tears. I began to count the small fruit that hung from the broken branches: they were dry and when I touched them with my fingers the red rinds fell from them. I don't know why that seemed a bad omen, but I preferred to look at the sky, which began to grow dark. First it became brown, then it began to take on the color of those drowned in the canals. I sat there remembering the colors of other afternoons. But the afternoon became bruised, swelling, as if suddenly it was going to burst and it I realized that time was up. If my cousin didn't return, what would become of me? Perhaps he was already dead in battle. His fate no longer mattered to me and I left that place as fast as I could, pursued by my own fear. "When he arrives and looks for me..." I didn't have time to finish my thought because I found myself in the twilight of Mexico city. "Margarita must have finished her vanilla ice cream and Pablo must be very mad"...A taxi took me home on the beltway. And do you know, Nachita, that the beltways were those canals infested with cadavers? That is why I arrived so sad...Now, Nachita, don't tell the señor that I spent the night with my husband.'

Nachita settled her hands over her lilac skirt.

`Señor Pablo has already been gone ten days to Acapulco. He became very weak during the weeks of the investigation,' explained Nachita with satisfaction.

Laura looked at her without surprise and sighed with relief.

`The one who is up there is señora Margarita,' added Nacha raising her eyes to the kitchen ceiling.

Laura clasped her knees and looked out the windows at the roses erased by the nocturnal shadows and at the lights of the neighboring windows that were beginning to go out.

Nachita poured salt over the back of her hand and ate it as if it were candy.

`So many coyotes! The pack is excited!' she said with a voice full of salt.

Laura sat still, listening a few moments. `Damned animals, you should have seen them this afternoon,' she said.

`As long as they don't obstruct the señor's travel or make him take the wrong road,' commented Nacha, afraid.

`If he's never been afraid of them, why should he be afraid of them tonight?' asked Laura, irritated.

Nacha drew close to her employer to emphasize the sudden intimacy established between them. `They are weaker than the tlaxcaltecas,' she told her in a low voice.

The two women sat quietly. Nacha devoured little by little another small mound of salt. Laura listened worriedly to the howls of the coyotes that filled the night. It was Nacha who saw him coming and who opened the window.

`Señora!...He has come for you...' she whispered to her in a voice so low that only Laura could hear it.

Afterwards, when Laura had already left with him forever, Nachita washed the blood from the window and chased off the coyotes, who came into her century, a century ended in just that instant. Nacha checked with her ancient eyes in order to see if everything was in order: she washed the coffee cup, threw the cigarette butts stained with lipstick into the wastecan, set the coffee pot in the cupboard and turned out the light.

`I say that señora Laurita was not from this time, nor was she meant for the señor,' she said in the morning, when she carried breakfast to señora Margarita.

`I no longer feel at home in the Aldama house. I am going to look for another job. I told Josefina.' And when the maid wasn't looking, Nacha left without even collecting her pay.