El 17 de febrero va a ser un año desde que te moriste. Encuentro tan tonto escribirlo, es obvio que no me lees ni me escuchas. Decir “estás muerto” es un mensaje absurdo porque el destinatario jamás puede oírlo. Aun así te escribo, porque tú me enseñaste a escribir.
Papá, han pasado tantas cosas desde que ya no estás. Al principio no quería que avanzaran los días porque a medida que pasaba el tiempo el momento de tu muerte se alejaba, la última vez que sentí tu olor se iba quedando atrás, el permiso para la autocompasión también se difuminaba. Me quedaría a vivir en el día de tu muerte porque de alguna manera seguías aquí. Ya pasó un año y en estos meses te he llorado tanto y en tantos lugares: cuando paso por el Dominó donde nos comimos el último completo juntos, en la micro rumbo a Talagante hace poco, pensando en todas las veces que tomamos esa micro en Estación Central. Tú vivías en La Florida en esa época y me ibas a ver allá, tan lejos. Me sentí querida por ti constatando que destinabas tus fines de semana yendo a verme a ese pueblo. Me dedicabas tiempo y el tiempo es afecto. Es rarísimo, pero también he estado alegre y he disfrutado que estés muerto. Me liberé de muchas cosas gracias a eso y el mapa de mis afectos se reordenó con tu ausencia. Voy a la casa de tu viuda mucho más seguido que cuando tú vivías y de pronto esa familia que era tuya ahora es mía y cuando estoy en tu casa reviso nuestras fotos del pasado o toco tu guitarra o reviso tus libros y es una forma silenciosa e íntima de conocerte, un truco inexplicable que permite que sigas aquí.
Quizá lo que más me duele de tu muerte es ya no poder compartir contigo lo que escribo. A veces me meto al mail y releo nuestros correos viejos, esos donde me enviabas cuentos. O disfruto las frases que has escrito en los papeles que escarbé en una caja tuya que requisamos después de tu muerte. En esos papeles encontré esta frase:
Alguna vez, al menos cuando ya no llueva, invítame a un jugo y pregúntame. Cualquier cosa. Servirá para decir lo que no escribo. Servirá para luego escribir lo que dije.
Me gusta tanto que quiero tatuármela. A veces siento culpa de haber sido demasiado critica con los textos que me mostrabas, me arrepiento de haber sido dura cuando en realidad sí me gustaban tus cuentos. Nunca te lo dije, pero creo que escribías muy bien.
Hay un universo nuevo que descubrí después de tu muerte y es la música. Siempre estuvo en nuestra vida, contigo tocando guitarra e inventando canciones. Me encantaría poder decirte papá, mira, estoy tocando la guitarra que me regalaste, papá, mira, tengo callos en los dedos de tanto tocar, papá, mira, saqué una canción nueva. Te contaría que avanzo más rápido de lo que creo, que mi profe de canto me becó, que compuse dos canciones sobre las palabras y los sentimientos, que toqué en vivo en una mini feria editorial y que grabé un cover de Javiera Mena con un amigo que hace música hace tiempo. Te diría que la música es poesía, es golpe que se vuelve consuelo. Te diría ojalá haberlo descubierto antes y haberlo compartido contigo mientras estabas vivo.
El 17 de febrero se cumple un año de tu muerte y, me imagino, va a ser como tu primer cumpleaños muerto: vamos a ir en familia a sentarnos alrededor de tu tumba, a acompañarte y acompañarnos. Ya sé que nadie muere de pena, que una se paraliza un rato hasta que el dolor y el echar de menos se hace sobrellevable. El 17 de febrero me voy a levantar temprano, voy a comer un completo en el local donde nos vimos la última vez y después iré a verte. Ya no escribiré esta columna, se acabó el duelo como objeto literario. Tengo que escribir de otras cosas, viejo. Te dejo ir, pero me quedo con la guitarra y con nuestros recuerdos.
Publicada en The Clinic
https://www.theclinic.cl/2019/02/14/columna-para-mi-viejo-arelis-uribe/
miércoles, 14 de septiembre de 2022
Cosas que te diría si estuvieras vivo [o una última columna para mi viejo]
No hay nadie en el mundo más igual a ti que yo [o un homenaje a las hermanas]
Cuando niñas con mi hermana nos llevábamos mal. Era una hermana grande abusiva. Me robaba la mesada, rompía mis juguetes, me decía que yo era recogida y adoptada. Nunca fuimos amigas. Más que mi hermana, era mi rival: tenía que cuidar que no me robara mis cosas y además tenía que evitar cometer los errores que ella había cometido para no defraudar a mis papás. Crecimos como polos opuestos sin nada en común. Ella era buena para hacer amigos, yo miraba por la ventana como otros niños salían a jugar. Ella conocía a muchos chicos que la buscaban para darle besos, yo era demasiado tímida e insegura. Ella escuchaba cumbia, hip-hop, sound, yo escuchaba rock o pop y sentía que su estilo musical era lo peor. Éramos tan diferentes que sentía imposible cualquier vínculo, cualquier amistad. Hasta que murió mi papá.
La muerte es el menor de mis problemas. Me complica más lidiar con los vivos que con los muertos. El duelo es una pena grande que con el tiempo se convierte en otra cosa, nostalgia, indignación, incluso risa. Es loco como pese a estar muerto no dejo de conocer a mi papá. He descubierto cosas de él que no sabía, que me lo complejiza como humano, me lo baja del pedestal héroe que era cuando vivía. El otro día hablábamos con mi hermana de él. Ella decía, qué bacán que era el viejo, una le pedía un disco para navidad y él te lo regalaba nomás, no te cuestionaba la estética. Mi viejo escuchaba Pink Floyd o Los Beatles y no se hacía drama en regalarnos cidís de Ana Bárbara [para mi hermana], de los Backstreet Boys [para mí]. Escuchaba los discos antes y te comentaba: me gustó la guitarra del track seis o qué buena intro se manda el último tema. Aunque mi viejo era un facho que decía “mi general”, jamás fue un nazi de la música. Mi hermana también dijo: qué loco esto de que ni la muerte sea unidimensional, que aunque esté muerto es imposible estar solo en la pena, el espacio que ocupa en mi corazón es diverso como una montaña rusa: a veces es alegría, otras rabia, otras indignación. Sí, le dije, lo loco es que solo lo vivo se mueve, lo sinusoidal es la característica de un corazón que late, como en el electrocardiograma, entonces es difícil llegar y decir que lo muerto está muerto, porque se mueve como cualquier culebrón.
Quizá la muerte no es el final de algo, sino una remoción radical. Lo opuesto a un término: una transformación tan extrema que parece que el antes y el después no tienen relación, pero sí la tienen, es como esa canción de Cerati: el paso que dimos es causa y es efecto. La progresión de la vida como un eje dialéctico. Mi papá murió y reordenó todo el mapa de mis vínculos, en particular el de mi familia. La noche que veníamos del cementerio con mi hermana después de ver el cajón de mi papá abierto por última vez, todo alrededor nos lo recordaba: un afiche pegado en la calle con el número trece (“como el 13 de septiembre, el día que nació él”) o la música de la radio, con Madonna, cantando Like a Prayer, en esa parte que explica que en la vida las cosas no tienen principio ni final, sino que es cíclico, como un espiral. Y estábamos en eso, en la pasta más profunda de echarlo de menos, coincidiendo en el sentimiento, cuando mi hermana dijo: ¿te das cuenta de que no hay nadie en el mundo más igual a ti que yo? Sí, le dije, eres la única que entiende este dolor.
Mi papá murió y se desordenó y se volvió a ordenar la familia. Ahora visito a mi hermana más que nunca porque nuestros corazones encajan. A las dos nos gusta el reguetón y a veces ella pone Jarabe de Palo mientras fumamos pitos y yo pongo Violeta Parra, y nos escuchamos y nos descubrimos. Mi papá tuvo un segundo matrimonio, tuvo hijas gemelas, dos peliclaritas con las que nunca fuimos demasiado cercanas. Ahora que mi papá no está, pareciera que el tiempo y el amor que le dedicaba a él se vierte sobre ellas, sobre mis hermanas. Una es mamá y tiene un guagüito que se parece mucho a mi viejo, la otra estudia literatura y es un lujo prestarle libros, mirar lo que lee, leer lo que escribe. Hablamos por instagram, nos encontramos más. Se lo conté a un amigo hace poco, él dijo: qué bonito, perdiste a tu papá, pero ganaste a tus hermanas. Sí, dije yo, tal cual.
Publicada en The Clinic el 10 de enero de 2019
https://www.theclinic.cl/2019/01/10/columna-no-hay-nadie-en-el-mundo-mas-igual-a-ti-que-yo-o-un-homenaje-a-las-hermanas/
Hacemos lo que nos gusta porque nos vamos a morir
Todos los días muere alguien, o algo. La perrita de toda la vida de una amiga, la mamá de Jorge González, mi papá hace casi un año. Si no muere alguien pensamos en algún muerto. Tengo un tipo de amigos que llamo “Club de los papitos muertos”, personas de mi edad que ya perdieron a sus padres. Es consolador encontrar gente que conoce el dolor de esa muerte. La herida abre conversaciones y las palabras generan un contacto cálido que incinera el frío de la tristeza.
La música acoge igual que una conversación. Nadie sabe por qué estamos aquí, pero estamos. Habitar un único planeta nos obliga a convivir. Entonces inventamos qué hacer para pasar el tiempo. Trabajo, familia, cumpleaños, velorios. Entre todas las cosas que se nos ocurrieron, se nos ocurrió la música. Estoy tomando clases de composición y lo primero que aprendí es que el sonido viene del movimiento. Todo lo que se mueve, todo lo vivo; ruge, canta. Mis zapatillas pisando el maicillo, en el roce de mis palmas con mi piel, el traqueteo agresivo de una escalera mecánica. Todo es música, las cosas sólidas que nos rodean en realidad están bailando.
Se supone que en clases aprendo técnica: qué es ritmo, qué es un acorde, qué es tempo. Pero en realidad aprendo que todo se trata de ciclos, que existe la sincronía, que la música nace de golpes y eso es pura energía. Aprendo a mirar la vida a través de sus ruidos. He pensado que si escuchas lo mismo con otra persona, te conectas. El mismo disparo, el mismo discurso de Pinochet por la tele, la misma canción en una fiesta. Lo escuchado puede ser fortuito o elegido. Como el momento “fogatero” en los carretes. Ahora que aprendí a tocar guitarra [me sé más de diez canciones y compuse una, ¿cuenta como que aprendí, no?] he disfrutado el guitarreo no sólo cantando, sino tocando y es bonito sentir el poder de agarrar una guitarra y liderar una canción en grupo.
La primera vez que canté en un carrete fue hace meses, mi voz salió temblorosa, apretada y enrojecida. Pero lo hice. Esa exposición torpe me dio confianza para seguir y llegar al lugar que añoré cuando empecé: tocando para oír cantar a quienes quiero. Para aprender hay que ser vulnerable. Ahora voy a fiestas y si veo una guitarra siempre propongo que toquemos. Cantamos Álex Anwandter, Los Prisioneros o Shakira. Me he dado cuenta de que conozco mucha gente que no vive de la música, pero vive con la música. Agarran una guitarra o unos tambores, tocan covers o componen sus propios temas, a solas o con gente, para pasar el rato, para descansar el cuerpo en los sonidos.
Hace poco vi esta frase escrita en la calle: “Hacemos lo que nos gusta porque nos vamos a morir”. Entre las cosas que me gusta hacer está la música. Es alegría, consuelo y salvación. Me renueva igual que una conversación en la que se comparten las penas. Me transmite calma, la idea de que los tormentos pueden domarse, aunque sea por un momento.
Publicada en The Clinic el 8 de noviembre de 2018
https://www.theclinic.cl/2018/11/08/columna-de-arelis-uribe-hacemos-lo-que-nos-gusta-porque-nos-vamos-a-morir/
Te dedico esta canción [o el primer cumpleaños de un muerto]
El 13 de septiembre fue el primer cumpleaños de mi papá muerto. Semanas antes, la viuda de mi papá pidió un cambio de sector en el cementerio. Le dieron como fecha de traslado el jueves 13 de septiembre. Fue una coincidencia. El día de su cumpleaños viviríamos otra vez su entierro.
Desde inicios de septiembre que sentía miedo de este día. Tenía miedo de pasar su cumpleaños sin él. Tenía miedo de ver la lápida con su fecha de nacimiento [13-09-1961] junto a la fecha de su muerte [17-02-2018]. Tenía miedo de volver a sentir el dolor que sentí cuando murió, ese rayo que me partió por dentro. Además, sería mi primera vez visitándolo en el cementerio. Aunque también añoraba la fecha, quería mostrarle —de una forma ilusa pero honesta— que estoy aprendiendo a tocar la guitarra que él me regaló; que ahora, igual que él, puedo cantar lo que siento.
Con mi hermana siempre nos acordamos de mi cumpleaños 25, mis papás ya llevaban varios años separados. Mi papá agarró la guitarra y cantó mirando a mi mamá a los ojos: “ella, ella ya me olvidó, yo, yo la recuerdo ahora”. En la casa quedamos en shock, yo le grité: Uribe, eres muy carerraja.
Desde que agarré la guitarra he pensado mucho en situaciones como esa. He pensado en el amor que los compositores ponen en la creación de la música y en cómo toda canción es una canción de amor. He pensado en lo inexplicable y hermoso de que una canción creada por alguien que no conocemos exprese exactamente lo que sentimos. Es el desborde de la coincidencia, algo que parece brujería: cómo es posible que palabras y melodías ajenas puedan usarse como propias.
Igual que mi papá, he dedicado canciones. En mi adolescencia llamaba por teléfono a un chico para cantarle “Angie” de los Rolling Stones, él me la pedía, decía que lo calmaba antes de dormir. Todavía cuando la escucho me quedó en la frase “you can’t say we never tried” [no puedes decir que no lo intentamos], porque es cierto. No escribimos la canción pero nos representa totalmente.
Ahora que aprendí guitarra puedo interpretar yo misma las canciones que dedico. Este último tiempo he vivido encuentros y desencuentros y para todos hay una canción. En citas en parques, juntas en mi living o conversaciones por whatsapp, la música fluye para explicarnos. Me han cantado “I feel it coming”, de The Weekend, “Inoportuna”, de Drexler, y “Mareo”, de Babasónicos. Yo he cantado “Súbitamente”, de Dulce y Agraz, “Linger”, de Cranberries, y “Maldigo del alto cielo”, de Violeta Parra. Ni ellos ni yo somos músicos expertos, nuestra belleza no está en la perfección, sino en una torpeza fuerte que grita: no sé cantar pero tengo ganas de cantarte, no sé querer pero tengo ganas de quererte.
Todas las canciones que he sacado en guitarra las he aprendido pensando en gente que amo, incluyendo a mi papá.
El 13 de septiembre salí rumbo al cementerio con la guitarra al hombro. Allí, nos reunimos alrededor de su nueva tumba y le cantamos cumpleaños feliz con una torta que tenía una vela de número cero. En un momento, mi hermana dijo: ya pues, cante. Agarré la guitarra y toqué “El Jardinero”, de María Elena Walsh, y “De la ausencia y de ti”, de Silvio Rodríguez. Mi hermana se largó a llorar, a mí se me quebró la voz un poquito. Aprendí ambas canciones imaginando que algún día las tocaría sobre la tumba de mi papá. Imaginé que hacerlo sería triste, pero finalmente fue bonito. Le canté lo que siento con una canción que no es mía. Ocurrió la coincidencia, la brujería.
Publicado en The Clinic el 27 de septiembre de 2018
https://www.theclinic.cl/2018/09/27/te-dedico-esta-cancion-o-el-primer-cumpleanos-de-un-muerto/
El principio ya es pasado
A los doce años fui vocalista de una banda. La banda era básicamente mi cuñado y yo. Nos juntábamos a ensayar, cantamos frente a mi mamá y grabamos una canción en un cassette que ya no existe. A los dieciséis formé una banda imaginaria. Con una amiga pensamos en una banda punk llamada “Chimoltrufia”. Nunca tocamos, sólo nos juntábamos a hablar de la banda, a contarnos el cuento de que teníamos una banda. Funcionamos así por años.
Hace poco se me ocurrió armar otra banda, se llamaría “La mini banda” porque sólo tocaríamos instrumentos pequeños. En vez de guitarra, ukelele. En vez de batería, pandero. En vez de piano, melódica. Se me ocurrió la idea con una amiga, pero por más que le insistí por whatsapp la idea no prosperó del chiste.
Una noche estaba carreteando donde mi amiga Lula y le conté esto, que estoy aprendiendo a tocar guitarra y que pensé en fundar una banda. Ella dijo, buena, también tomé clases de canto, tengo una loopera, micrófono, ukelele, pandero. Juntémonos. Hace un mes nos sentamos en su living a jugar. Miramos videos de la música que nos gusta, tocamos las canciones que nos sabíamos. Usé un micrófono por primera vez para escuchar mi voz y entendí la importancia de la respiración para cuidar los silencios.
Como soy autodidacta, trato de aprender de lo que me rodea. Una tarde estaba tocando guitarra en un parque y se me acercó una chica punk. Al principio me asustó, pero cuando la dejé abordarme descubrí una argentina viajera. Le pasé la guitarra y tocó punk español. Me enseñó que el punk se toca en quintas, haciendo una especie de cejillo y golpeando sólo las cuerdas más gruesas.
Otro día, de puro patuda, le escribí a la Josefina González y me invité a su casa. Me gusta porque escribió una obra de teatro que se publicó como novela [“Cómo cuidar de un pato”], grabó un disco que también es un cassette y publicó dos fanzines que se llaman “Mundo absurdo”. Terminamos armando una peña. Tomamos vino, nos intercambiamos nuestros libros, dibujamos y tocamos guitarra. Esa noche aprendí a usar el cejillo metálico para subir la escala en la guitarra y que hay que “hacer tierra” al cantar notas agudas: hundirse para llegar a los altos. También gané confianza, canté frente a ella y a su pareja, que es músico, toca en Protistas, y me escucharon y no salieron arrancando.
Veo a la música crecer en mí como una mancha nueva. La veo absorberme, enlazarme con ella. Días atrás la Javiera Tapia me pidió que llevara mi guitarra a una fiesta con micrófono abierto por si alguien quería tocar. La Grace Caracol y la Chini Ayarza [de Chini and the Technicians] cantaron. Cuando las vi con mi guitarra en las manos, pensé: papá, supieras hasta dónde llegó tu guitarra, dos personas que hacen música de verdad la están tocando. Me sentí bendecida.
Luego, en la fiesta, hubo lecturas y yo leí la primera columna sobre la muerte de mi papá que publiqué aquí. Al bajar del escenario, me alcanzó la Tiare Galaz [Niña Tormenta] y me dio un abrazo largo y generoso. Dijo: yo también empecé a cantar cuando murió mi papá. Sentí que no todo está perdido, que un día quizá sí podré componer una canción.
Disfruto que la música esté en presente en mi vida. Disfruto conocer gente que toca profesionalmente y robar sus técnicas para descubrir las mías. La Yorka me dijo que al principio tampoco sabía qué estaba haciendo, que una fluye con el tiempo. Es cierto. No fuerzo, dejo que las cosas simplemente sucedan. Como el otro día. Desperté con ganas de traducir “Turn into” de los Yeah Yeah Yeahs al español. Llevo meses tocándola en inglés en clases de canto. Le puse “Tornar en ti” y ahora canto un tema que no es mío pero igual tiene algo de mí. Es bonito. Siento que podría morir hoy y ese deseo de ojalá-alguna-vez-tocar-guitarra ya estaría cumplido. Sentiría la satisfacción de que el principio ya es pasado.
Publicada en The Clinic el 31 de agosto de 2018
https://www.theclinic.cl/2018/08/31/columna-de-arelis-uribe-el-principio-ya-es-pasado/
martes, 13 de septiembre de 2022
La música y el duelo
Mi papá me regaló una guitarra a los 16 años. Yo se la pedí, pero nunca la toqué. Él, sí. Cuando niña me componía canciones de cuna. En las fiestas guitarreaba Sui Generis. En sus fotos de joven se ve guapo con una guitarra en las manos. Hace seis meses mi papá murió y decidí aprender a tocar la guitarra que me regaló.
Estoy yendo a clases para aprender a sacar la voz y cuando canto y toco guitarra, se me mezclan el duelo y el aprendizaje. Mi profe de canto es un chico de pelo de colores que también está buscando expresarse a través de la composición. Mis ambiciones son más acotadas, pero ambiciones al fin. Mi papá murió en febrero y yo empecé a arañar la guitarra en mayo. Pensé: de aquí a fin de año, ojalá aprenderme una canción; de aquí a los 35, ojalá haber compuesto una. Han pasado tres meses y ya me sé cinco canciones: de Las ligas menores, de Yeah Yeah Yeahs, de Fun People, de 31 minutos, de Shakira. Miro en videos de Youtube como otras personas tocan y les copio. No es tan difícil si te aprendes los acordes. Lo difícil es hacer el cejillo, que es usar el dedo índice para cubrir todas las cuerdas y así desplazar el lugar donde se tensionan en el mástil. Tengo callos en las yemas de los dedos y en el borde del índice que uso para hacer el cejillo. A veces me arde la piel o me arranco con los dientes las durezas que me van apareciendo.
El canto es otra cosa, una vergüenza, una impotencia, una humillación. Es frustrante querer sacar la voz y que lo que suene sea un raspado ignorante y tímido. Mi profe de canto me enseña dándome consejos que saben a la vida misma. Si te duele es porque lo estás haciendo mal, dice. Sólo tienes que respirar hondo y confiar, dice. Me gustaría cantar como Whitney Houston o Ariana Grande, pero soy Arelis Uribe y me sale cantar como canto. Mi profe dice que sueno medio folclórica, Cranberries. Yo siento lo mismo que cuando estudiaba periodismo y recién tuve que enfrentarme a armar notas o programas de radio y no poder creer lo chillona e insoportable que es mi voz. La mayoría de las veces detesto como sueno. Unas poquitas veces me escucho y vibro con la potencia de algunas notas sostenidas que me salen no sé cómo. En una charla TED, que me gusta mucho, llamada “El poder de la vulnerabilidad”, la autora, Brené Brown, dice que la gente genuina –y quizá feliz– es aquella que dejó de vivir según lo que el resto espera de ellas, para vivir según sus propias pulsiones. En la literatura es igual. Una voz original es la que saca de adentro lo que tiene con honestidad brutal, sin pensar en lo que dirán la mamá, la polola o la vieja que le vende los tomates, como decía Fogwill. En el canto presiento el mismo principio, las veces que toco disfrutando hacerlo, la melodía de mi voz y de mis manos fluye mucho más que cuando toco pensando en no equivocarme. Cuando confío en lo que canto, mi cuerpo vibra conmigo, fallo menos, abandono una expectativa ilusa de perfección inalcanzable.
Mi amigo Feña Lechuck, con quien alguna vez tomé clases de guión, me explicó que los personajes tienen meta y deseo, y que una mezcla de ambos es el vector que los empuja a actuar, a moverse. Mi meta era esa, tocar al menos una canción, pero mi deseo en realidad es otro, algo que corre por debajo. El otro día vino mi mamá y se lo conté. Le dije, ¿te puedo mostrar lo que sé? Y ella, claro, hija. Le canté la canción de Fun People, que es la que me sale más decente, porque es la que disfruto más tocar, ella dijo que mi voz era linda o que estaba bien impostada. Le dije que sí, que eso aprendo en clases y después le confesé todo, le dije, estoy aprendiendo “De la ausencia y de ti”, de Silvio Rodríguez, porque me recuerda a mi papá. Sí, dijo ella, a mí también. Me gustaría que pudiera verme, que viera cómo toco, pero ya no puede, hay un vacío tan grande desde que murió. Sí, dijo ella. Me gustaría hacer eso que hacía él ¿Qué cosa?, preguntó mi mamá. Eso poh, le dije, cantar en las reuniones familiares. Quiero ser esa persona, ocupar el espacio que dejó su voz.
Publicada en The Clinic el 11 de agosto de 2018
https://www.theclinic.cl/2018/08/11/columna-de-arelis-uribe-la-musica-y-el-duelo/
domingo, 11 de septiembre de 2022
About Quiltras
Quiltras is a collection of incisive, bitter and amusing stories at the same time. A brief powerful book that brings together critical stories of subversive significance that are narrated in first person by women that interact –sometimes with mongrel dogs, also used as a metaphor– in peripheral areas of Santiago in Chile, places where opportunities seem twice difficult. How is love and friendship in this narrative space? Arelis´ answers reflects a world of inequality, abuse and machismo in which Quiltras can be read as a manifesto –that could be written from any dusty neighborhood of the world– of common women that have a good reason to rise their voices.
Quiltras also tackles issues like sexuality among women, care and love for animals, travels to Chilean villages, virtual love, adolescence and education in Chile from author´s critical and sharp point of view.
https://1804books.com/products/quiltras





