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viernes, 19 de mayo de 2023

La señorita Luisa y su curso de 12 mil habitantes


Luisa Tamayo estudió en las extintas Escuelas Normalistas y dejó su Santiago natal para enseñar a leer en la escuela rural de Codegua, un pueblo que no aparecía en el mapa y de donde llegó a ser regidora. Después del ‘73, fue perseguida por militante y educadora. Luisa se salvó de la dictadura; la educación no.

Luisa Tamayo (78) hace clases en el mismo pueblo desde los años 50. Donde quiera que va, la saludan con un “¡Señorita Luisa! ¿Se acuerda de mí? Yo fui alumno suyo”. En 1976 esa anécdota llegó al extremo. Dormía con su marido y la puerta sonó con golpes fuertes. Eran los militares. Con la vista vendada y junto a otros secuestrados, los llevaron a un terreno baldío. Los golpearon y les aplicaron electricidad. “Me preguntaban cosas, de mi marido, de mí. Fue terrible. Me aplicaron corriente en las manos. Me hacían tomar unos alambres con corriente y yo los soltaba altiro y el militar me retaba qué se imagina, tómelos de nuevo. Entonces yo le digo ¿por qué me trata tan mal si usted no me conoce? Y él me dice, no te vengas a hacer la linda, porque yo te conozco. Y cuando habla, yo le conozco la voz. Ése había sido alumno mío”.

Luisa ha dedicado más de 50 de sus 78 años a enseñar a leer a los estudiantes de Codegua, un pueblo chico y algo olvidado en la Sexta Región. Con sus 12 mil habitantes, no destaca por sus méritos escolares. Es la única escuela pública para varones en Codegua y Luisa Tamayo se esmeraba para que estos pequeños aprendieran cosas que sus padres campesinos nunca pudieron.

Luisa se formó en las ya extintas Escuelas Normalistas, que poseían un método de formación de profesores cuyos ejes están vigentes en países como Finlandia: una profunda vocación de ingreso, complementada con clases teóricas y prácticas desde los primeros años de formación. En la Escuela Normal de Luisa, la pedagogía se impartía en seis años a jornada completa, con práctica observada desde el primer nivel. Era educación pública, gratuita y de calidad, en palabras de Luisa, características que hoy ella ya no reconoce en Chile.

Aunque está jubilada, en el 2012 la invitaron a nivelar a niños de primero a sexto año que no sabían leer. Como profesora especializada en alfabetización, que incluso desarrolló su propio silabario, la situación era terrible y ejemplificadora de las carencias de un modelo educativo que progresivamente se ha instalado en las aulas chilenas. Los profesores, piensa ella, no enseñan porque en realidad ellos mismos reciben una pésima formación. Para Luisa, giros como la municipalización, el lucro y el cierre de las Escuelas Normalistas en pos de que cualquier institución pueda impartir la pedagogía, han mermado el sistema educativo, lo que se puede reconocer en un gesto tan sencillo como que niños de diez años no tengan idea de cómo se hace una letra manuscrita.

Como buena profesora, Luisa no es adinerada. Nunca lo ha sido, sus padres también fueron profesores. En su casa de niña en Santiago Centro, se comía lo que había y siempre se hablaba de política, de arte, y de educación. Su niñez la pasó dibujando y jugando a ser profesora con su hermana gemela, Odilia. Fueron nueve hermanos en total y la necesidad obligó a la mamá de Luisa a dejar de trabajar y convertir su casa en un colegio de nueve alumnos. De los nueve hermanos, siete se convirtieron en profesores.

Luisa entró a la Escuela Normal de Recoleta con su gemela. Egresó a los 21 años y le costó encontrar trabajo. “Un día me encontré con una profesora de la Escuela Normal y me dice, mijita, ¿todavía no empiezas a trabajar? No, le respondo, es que no he encontrado dónde. Me ofrecen algo en Codegua, pero no sé dónde queda, no he podido encontrarlo en el mapa. Y ella se larga a reír y me dice, pero si yo soy de Codegua, mijita”.

PUEBLO CHICO


Era el año 58 y Luisa se instaló en una pensión. Quería tener un perfil bajo, no quería pololear ni hacer vida social, quería dedicarse a enseñar. No había pasado un año y la profesora ya estaba involucrada en la formación de centros culturales y en una escuela para alfabetizar a los apoderados de su colegio. Pero pueblo chico, infierno grande, Luisa encontró su primer enemigo: un latifundista que no veía con buenos ojos que sus peones aprendieran a leer. Entonces trató de sacarla del camino de diferentes formas.

-Yo no sabía, pero incluso le pagó a jóvenes para que me sedujeran, porque en esa época, si una no estaba casada y se embarazaba, perdía el trabajo- recuerda Luisa.

Entre los muchos jóvenes que se le acercaron, la abordó Ismael Mena, huaso de campo, siete años menor que ella y que no terminó el colegio. “Yo sé que usted no quiere pololear, por eso yo me quiero casar con usted”, le dijo. Después de cortejarla por un tiempo, comenzaron a pololear y en menos de un año Luisa e Ismael se casaron. Tuvieron tres hijos y un matrimonio que duró hasta la muerte de Ismael, hace un par de años. Sin sospecharlo, la honesta admiración y afición de Ismael por Luisa sacó del camino a los huasos que perseguían a la profesora por la plata del latifundista.

En sus más de 40 años de casados, se apoyaron mutuamente. Luisa le enseñaba y celebraba la naturaleza inquieta de Ismael, que reparaba la casa y aprendía oficios con facilidad. Él la estimuló siempre, incluso cuando Luisa, durante la primera campaña presidencial de Allende, dejó atrás su hermetismo político y se lanzó como regidora de Codegua. Fue electa con la primera mayoría y desde entonces no sólo estuvo a cargo de enseñar a leer en la escuela pública, ahora estaba dentro del grupo que podía decidir sobre cuestiones más profundas. Se pavimentaron calles, se creó alumbrado público y se propuso la iniciativa que más la enorgullece: promover que Codegua se separara de Graneros y fuera una comuna independiente. El año 70 fue reelecta. El dueño del fundo se indignó todavía más. “Este pueblo se volvió puro comunismo”, dijo antes de abandonar el pueblo para siempre.

Ésa era la Luisa de 1973, profesora de escuela pública, regidora por el partido comunista y con fama de preocuparse por Codegua. Aunque el latifundista nunca más la molestó, en el año del golpe aparecieron nuevos problemas en su vida.

El mismo año 73 detuvieron a Ismael. Ella, por miedo a represalias mayores, prefirió entregarse. Dejó a sus hijos con su suegra e ingresó a una prisión custodiada por monjas en Rancagua. Como eran convictas políticas y no comunes, la relación con las monjas era más horizontal y menos violenta. “A los tres meses me dijeron que me iban a liberar. Me llevaron a la intendencia y estuve allí por horas, sin comer y con un milico haciéndome burla porque no aparecían mis papeles, lo que significaba que yo iba a desaparecer. Buscaron por horas y finalmente llega el milico y me dice, Señora Luisa, sus papeles no aparecen, pero le vamos a dar la libertad por una sola razón: sabemos de muy buena fuente que usted está embarazada. Pero la embarazada, en realidad, era mi hermana gemela”. Ese futuro sobrino, sin saberlo, salvó a Luisa de la desaparición.

Luisa bajó el perfil, pero la dictadura encontró nuevas formas de hacerse presente. “Después de salir de la cárcel, también me sacaron de la escuela. Tomaron a un profesor que trabajaba en una escuela particular y le dieron a él mi lugar en la escuela pública. Fue tan humillante. Tenía que ir a pie al colegio privado, ocho kilómetros de ida y ocho de vuelta, todos los días durante seis años. Menos mal que era buena para caminar”.

Mientras Luisa padecía la dictadura en lo cotidiano, Pinochet tomaba decisiones que repercutían a nivel nacional. La municipalización, que profundiza la brecha entre colegios de comunas ricas y pobres; el incentivo a la privatización de la educación superior, que tiene como consecuencia una enorme cantidad de universitarios endeudados, entre otros antecedentes, que explotaron en las demandas estudiantiles de 2006 y 2011.

Los años en que Luisa enseñó a leer a los hijos de los peones en la escuela pública de Codegua coinciden con el período en que los gobiernos chilenos tuvieron una política de Estado cuya meta era la alfabetización de las clases más pobres del país. Luisa recuerda: “siempre trabajé con cursos numerosos, con muy buenos resultados. La prueba está en que muchos de los niños que yo enseñé siguieron en la universidad. Ahora no se conocen niños que sigan estudiando acá en Codegua. No hay”. Hoy, Luisa y el modelo educativo que la formó están jubilados. Ella lo hizo voluntariamente; con la educación, en cambio, fue una cuestión forzosa.

The Clinic, 24 de Junio de 2014

El colombiano que ama locamente a Chile


César Dionisio es fanático de Chile. Es colombiano, pero desde chico que vive como chileno exiliado en su propio país. Su pasión empezó en el colegio, cuando le enseñaron historia de Latinoamérica y la de Chile -ésa que quieren cambiar en los libros- le pareció tan interesante como la Roma de Augusto. Desde entonces que soñó con viajar y conocer el Chile de Pinochet.


“Leí en ciencias sociales lo que pasó entre el 73 y el 90 y me llamó demasiado la atención, los desaparecidos, la economía, la política, la gente organizada para resistir”. En esa historia, César se identificó con los perdedores del golpe. Porque siempre, no importa la disciplina o el país, César apoya al equipo que juega de rojo. También en el fútbol. “A mis diez años, cuando veía partidos en la tele, siempre apoyaba a Chile. Cuando ganaban, era feliz; cuando perdían, lo que era la mayoría del tiempo, sufría”.

En años sin Google, César leía diarios colombianos buscando a jugadores chilenos. Así supo que muchos cambiaban su camiseta roja por la blanca de Colo Colo. “De a poco entendí la rivalidad con los otros equipos y le agarré fobia al azul. Cuando salía a jugar a la pelota, mis amiguitos decían ‘yo soy de Nacional’, ‘yo de Millonarios’, ‘yo de América’ y yo decía que era del Colo Colo de Chile. Era raro, sin haberlos visto jamás en vivo, yo vivía como un niño chileno de once años, pero desde lejos”.

“POR FIN ME COMÍ UN COMPLETO”


La banda sonora del exilio de César la protagonizan Los Prisioneros. Los conoció a los cinco años, por un casete que había en su casa. A los 18 se encontró con Víctor Jara y Violeta Parra, a los 20 con Inti Illimani e Illapu. “Yo pensaba qué bacán la música, qué letra tan social, qué buena onda, y luego descubrí que muchas de esas canciones venían de Chile. Como que todos los caminos me guiaban allá”.

César quería estar en Chile, pero no tenía plata para viajar. Su consuelo era leer el papel digital de La Tercera todas las mañanas, ver a Los Prisioneros cuando estuvieron en Bogotá el 2002 o ir a La Fuente Chilena, el asilo gastronómico de los chilenos en Colombia. Allí ahogaba sus penas en chicha, con sus amigos chilenos que lo hacían sentir más cerca de su patria adoptiva. Allí también conoció a Eugenio, un chileno que tenía un grupito folclórico del que César fue el vocalista por casi un año. Con chupalla y poncho, al ritmo de “Chile, Chile lindo”, cantaba en eventos importantes, incluso una vez se presentaron ante el canciller chileno en Colombia. La alianza musical terminó por un cahuín de platas que incluía a la mamá de Eugenio y una demanda por pensión alimenticia. Un final bien a la chilena.

En el mapa metafísico de César, todas las rutas desembocan en Chile. No importa lo que haga, Chile se le aparece. En el 2005 recibió la señal definitiva. Su tía, que también vivía en Bogotá, se fue a vivir a Viña del Mar. “Junté plata y me fui. Llegué el 26 de diciembre, fue el mejor regalo de navidad de mi vida y el clímax de esta especie de película que ha sido mi camino a Chile… Cuando subí al avión, la musicalización de esa escena era Tren al Sur de Los Prisioneros: no ves que estoy contento, no ves que voy feliz, viajando en este… avión”, cuenta.

Una vez en Chile, el chileno exiliado le dio paso al colombiano turista: estuvo en el Reloj de Flores, posó frente a Salvador Allende en La Moneda y se tomó fotos en el Metro. “Hice lo típico y por fin me comí un completo. Después fui a La Victoria y a la tumba de Víctor Jara, que para un turista normal no tiene ningún atractivo, pero para mí fue increíble porque sé lo que significan. Incluso cada 16 de septiembre pongo una foto de Jara en mi perfil para homenajearlo”.

Con techo donde llegar, viajar fue más fácil. Volvió en el 2009, con pasaporte colombiano pero con más calle chilena. Ya no le cobraban de más en los taxis porque le hablaba a los choferes como chileno y andaba por las calles capitalinas usando su polera de Colo Colo. De ese viaje, se trajo su recuerdo favorito: la serie Los ‘80. “Le dije a mi familia que teníamos que verla y ahora están súper metidos, dicen ‘ay, qué va a pasar en el próximo capítulo’. Además nos parecemos a ellos, también somos tres hijos y mi hermano chico es como Félix, es muy divertido, porque en el capítulo del bigote, a mi hermano también se le estaba notando. Y ahora le decimos, ‘buena, Félix’”.

“Y VA A CAER”

En Los ‘80 César vio escenas de marchas y movilizaciones, que compara con las que hubo durante el 2011. “Cuando veo a los estudiantes, pienso en Los ‘80, en esas escenas de organización social reclamando la democracia. Que nuevamente cientos de miles se movilicen, ahora por una mejor educación y calidad de vida, es bonito e inspirador. Acá en Colombia también hubo un pequeño movimiento estudiantil, en sus marchas izaban banderas chilenas, reconociendo la motivación que ustedes les entregan”.

César conoce a los protagonistas del conflicto y aunque Adimark no lo considera en sus encuestas, opina igual que el 70% de los chilenos que desaprueban al presidente. “Me carga Piñera, escucharlo ya es una experiencia desagradable, por su discurso neoliberal y xenófobo y por esa arrogancia típica de la derecha chilena. Se cumple la ley de que entre más inapropiada es una persona para desempeñar un cargo, más se sostiene. Lo digo también por Hinzpeter y Labbé. Es espantoso que gente así esté gobernando”.

Comprometido con las demandas estudiantiles, viajó de nuevo a Chile para marchar durante el período más candente del movimiento. “Los resultados me van a beneficiar, porque si tengo un hijo chileno quiero que tenga educación gratuita y de calidad”. Por eso gritó “y va caer, y va caer la educación de Pinochet”, aguantó lacrimógenas y corrió por su vida.

¿Qué piensa tu familia de tu fanatismo chileno?
-Lo único que les preocupa es que los pasajes de avión son muy caros. Aunque igual aprenden porque les enseño sobre la idiosincrasia de los chilenos. De hecho, a veces sé más que los chilenos de su propio país. Para las presidenciales, yo sabía más de MEO, Arrate y Piñera que mi tía que vive en Chile. Como que ella no estaba ni ahí, se dedicaba al trabajo, a su hija y a comprar su marraqueta.

¿Y si te vienes a Chile para siempre?
-Sí, me gustaría, pero no tengo prisa. Primero tengo que terminar mi carrera, tengo 26 años y llevo nueve estudiando derecho. Después saldría de Colombia. Igual quiero seguir estudiando, no sé si en Europa o Brasil, pero me tinca Chile porque tendría harto terreno ganado. El problema es que cuesta mucha plata, eso sí que lo sé, que allá en Chile la educación no es gratis.

The Clinic, 2 de Abril de 2012

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Cosas que te diría si estuvieras vivo [o una última columna para mi viejo]


El 17 de febrero va a ser un año desde que te moriste. Encuentro tan tonto escribirlo, es obvio que no me lees ni me escuchas. Decir “estás muerto” es un mensaje absurdo porque el destinatario jamás puede oírlo. Aun así te escribo, porque tú me enseñaste a escribir.

Papá, han pasado tantas cosas desde que ya no estás. Al principio no quería que avanzaran los días porque a medida que pasaba el tiempo el momento de tu muerte se alejaba, la última vez que sentí tu olor se iba quedando atrás, el permiso para la autocompasión también se difuminaba. Me quedaría a vivir en el día de tu muerte porque de alguna manera seguías aquí. Ya pasó un año y en estos meses te he llorado tanto y en tantos lugares: cuando paso por el Dominó donde nos comimos el último completo juntos, en la micro rumbo a Talagante hace poco, pensando en todas las veces que tomamos esa micro en Estación Central. Tú vivías en La Florida en esa época y me ibas a ver allá, tan lejos. Me sentí querida por ti constatando que destinabas tus fines de semana yendo a verme a ese pueblo. Me dedicabas tiempo y el tiempo es afecto. Es rarísimo, pero también he estado alegre y he disfrutado que estés muerto. Me liberé de muchas cosas gracias a eso y el mapa de mis afectos se reordenó con tu ausencia. Voy a la casa de tu viuda mucho más seguido que cuando tú vivías y de pronto esa familia que era tuya ahora es mía y cuando estoy en tu casa reviso nuestras fotos del pasado o toco tu guitarra o reviso tus libros y es una forma silenciosa e íntima de conocerte, un truco inexplicable que permite que sigas aquí.

Quizá lo que más me duele de tu muerte es ya no poder compartir contigo lo que escribo. A veces me meto al mail y releo nuestros correos viejos, esos donde me enviabas cuentos. O disfruto las frases que has escrito en los papeles que escarbé en una caja tuya que requisamos después de tu muerte. En esos papeles encontré esta frase:

Alguna vez, al menos cuando ya no llueva, invítame a un jugo y pregúntame. Cualquier cosa. Servirá para decir lo que no escribo. Servirá para luego escribir lo que dije.

Me gusta tanto que quiero tatuármela. A veces siento culpa de haber sido demasiado critica con los textos que me mostrabas, me arrepiento de haber sido dura cuando en realidad sí me gustaban tus cuentos. Nunca te lo dije, pero creo que escribías muy bien.

Hay un universo nuevo que descubrí después de tu muerte y es la música. Siempre estuvo en nuestra vida, contigo tocando guitarra e inventando canciones. Me encantaría poder decirte papá, mira, estoy tocando la guitarra que me regalaste, papá, mira, tengo callos en los dedos de tanto tocar, papá, mira, saqué una canción nueva. Te contaría que avanzo más rápido de lo que creo, que mi profe de canto me becó, que compuse dos canciones sobre las palabras y los sentimientos, que toqué en vivo en una mini feria editorial y que grabé un cover de Javiera Mena con un amigo que hace música hace tiempo. Te diría que la música es poesía, es golpe que se vuelve consuelo. Te diría ojalá haberlo descubierto antes y haberlo compartido contigo mientras estabas vivo.

El 17 de febrero se cumple un año de tu muerte y, me imagino, va a ser como tu primer cumpleaños muerto: vamos a ir en familia a sentarnos alrededor de tu tumba, a acompañarte y acompañarnos. Ya sé que nadie muere de pena, que una se paraliza un rato hasta que el dolor y el echar de menos se hace sobrellevable. El 17 de febrero me voy a levantar temprano, voy a comer un completo en el local donde nos vimos la última vez y después iré a verte. Ya no escribiré esta columna, se acabó el duelo como objeto literario. Tengo que escribir de otras cosas, viejo. Te dejo ir, pero me quedo con la guitarra y con nuestros recuerdos.

Publicada en The Clinic
https://www.theclinic.cl/2019/02/14/columna-para-mi-viejo-arelis-uribe/

No hay nadie en el mundo más igual a ti que yo [o un homenaje a las hermanas]

Cuando niñas con mi hermana nos llevábamos mal. Era una hermana grande abusiva. Me robaba la mesada, rompía mis juguetes, me decía que yo era recogida y adoptada. Nunca fuimos amigas. Más que mi hermana, era mi rival: tenía que cuidar que no me robara mis cosas y además tenía que evitar cometer los errores que ella había cometido para no defraudar a mis papás. Crecimos como polos opuestos sin nada en común. Ella era buena para hacer amigos, yo miraba por la ventana como otros niños salían a jugar. Ella conocía a muchos chicos que la buscaban para darle besos, yo era demasiado tímida e insegura. Ella escuchaba cumbia, hip-hop, sound, yo escuchaba rock o pop y sentía que su estilo musical era lo peor. Éramos tan diferentes que sentía imposible cualquier vínculo, cualquier amistad. Hasta que murió mi papá.

La muerte es el menor de mis problemas. Me complica más lidiar con los vivos que con los muertos. El duelo es una pena grande que con el tiempo se convierte en otra cosa, nostalgia, indignación, incluso risa. Es loco como pese a estar muerto no dejo de conocer a mi papá. He descubierto cosas de él que no sabía, que me lo complejiza como humano, me lo baja del pedestal héroe que era cuando vivía. El otro día hablábamos con mi hermana de él. Ella decía, qué bacán que era el viejo, una le pedía un disco para navidad y él te lo regalaba nomás, no te cuestionaba la estética. Mi viejo escuchaba Pink Floyd o Los Beatles y no se hacía drama en regalarnos cidís de Ana Bárbara [para mi hermana], de los Backstreet Boys [para mí]. Escuchaba los discos antes y te comentaba: me gustó la guitarra del track seis o qué buena intro se manda el último tema. Aunque mi viejo era un facho que decía “mi general”, jamás fue un nazi de la música. Mi hermana también dijo: qué loco esto de que ni la muerte sea unidimensional, que aunque esté muerto es imposible estar solo en la pena, el espacio que ocupa en mi corazón es diverso como una montaña rusa: a veces es alegría, otras rabia, otras indignación. Sí, le dije, lo loco es que solo lo vivo se mueve, lo sinusoidal es la característica de un corazón que late, como en el electrocardiograma, entonces es difícil llegar y decir que lo muerto está muerto, porque se mueve como cualquier culebrón.

Quizá la muerte no es el final de algo, sino una remoción radical. Lo opuesto a un término: una transformación tan extrema que parece que el antes y el después no tienen relación, pero sí la tienen, es como esa canción de Cerati: el paso que dimos es causa y es efecto. La progresión de la vida como un eje dialéctico. Mi papá murió y reordenó todo el mapa de mis vínculos, en particular el de mi familia. La noche que veníamos del cementerio con mi hermana después de ver el cajón de mi papá abierto por última vez, todo alrededor nos lo recordaba: un afiche pegado en la calle con el número trece (“como el 13 de septiembre, el día que nació él”) o la música de la radio, con Madonna, cantando Like a Prayer, en esa parte que explica que en la vida las cosas no tienen principio ni final, sino que es cíclico, como un espiral. Y estábamos en eso, en la pasta más profunda de echarlo de menos, coincidiendo en el sentimiento, cuando mi hermana dijo: ¿te das cuenta de que no hay nadie en el mundo más igual a ti que yo? Sí, le dije, eres la única que entiende este dolor.

Mi papá murió y se desordenó y se volvió a ordenar la familia. Ahora visito a mi hermana más que nunca porque nuestros corazones encajan. A las dos nos gusta el reguetón y a veces ella pone Jarabe de Palo mientras fumamos pitos y yo pongo Violeta Parra, y nos escuchamos y nos descubrimos. Mi papá tuvo un segundo matrimonio, tuvo hijas gemelas, dos peliclaritas con las que nunca fuimos demasiado cercanas. Ahora que mi papá no está, pareciera que el tiempo y el amor que le dedicaba a él se vierte sobre ellas, sobre mis hermanas. Una es mamá y tiene un guagüito que se parece mucho a mi viejo, la otra estudia literatura y es un lujo prestarle libros, mirar lo que lee, leer lo que escribe. Hablamos por instagram, nos encontramos más. Se lo conté a un amigo hace poco, él dijo: qué bonito, perdiste a tu papá, pero ganaste a tus hermanas. Sí, dije yo, tal cual.

Publicada en The Clinic el 10 de enero de 2019
https://www.theclinic.cl/2019/01/10/columna-no-hay-nadie-en-el-mundo-mas-igual-a-ti-que-yo-o-un-homenaje-a-las-hermanas/

Hacemos lo que nos gusta porque nos vamos a morir


Todos los días muere alguien, o algo. La perrita de toda la vida de una amiga, la mamá de Jorge González, mi papá hace casi un año. Si no muere alguien pensamos en algún muerto. Tengo un tipo de amigos que llamo “Club de los papitos muertos”, personas de mi edad que ya perdieron a sus padres. Es consolador encontrar gente que conoce el dolor de esa muerte. La herida abre conversaciones y las palabras generan un contacto cálido que incinera el frío de la tristeza.

La música acoge igual que una conversación. Nadie sabe por qué estamos aquí, pero estamos. Habitar un único planeta nos obliga a convivir. Entonces inventamos qué hacer para pasar el tiempo. Trabajo, familia, cumpleaños, velorios. Entre todas las cosas que se nos ocurrieron, se nos ocurrió la música. Estoy tomando clases de composición y lo primero que aprendí es que el sonido viene del movimiento. Todo lo que se mueve, todo lo vivo; ruge, canta. Mis zapatillas pisando el maicillo, en el roce de mis palmas con mi piel, el traqueteo agresivo de una escalera mecánica. Todo es música, las cosas sólidas que nos rodean en realidad están bailando.

Se supone que en clases aprendo técnica: qué es ritmo, qué es un acorde, qué es tempo. Pero en realidad aprendo que todo se trata de ciclos, que existe la sincronía, que la música nace de golpes y eso es pura energía. Aprendo a mirar la vida a través de sus ruidos. He pensado que si escuchas lo mismo con otra persona, te conectas. El mismo disparo, el mismo discurso de Pinochet por la tele, la misma canción en una fiesta. Lo escuchado puede ser fortuito o elegido. Como el momento “fogatero” en los carretes. Ahora que aprendí a tocar guitarra [me sé más de diez canciones y compuse una, ¿cuenta como que aprendí, no?] he disfrutado el guitarreo no sólo cantando, sino tocando y es bonito sentir el poder de agarrar una guitarra y liderar una canción en grupo.

La primera vez que canté en un carrete fue hace meses, mi voz salió temblorosa, apretada y enrojecida. Pero lo hice. Esa exposición torpe me dio confianza para seguir y llegar al lugar que añoré cuando empecé: tocando para oír cantar a quienes quiero. Para aprender hay que ser vulnerable. Ahora voy a fiestas y si veo una guitarra siempre propongo que toquemos. Cantamos Álex Anwandter, Los Prisioneros o Shakira. Me he dado cuenta de que conozco mucha gente que no vive de la música, pero vive con la música. Agarran una guitarra o unos tambores, tocan covers o componen sus propios temas, a solas o con gente, para pasar el rato, para descansar el cuerpo en los sonidos.

Hace poco vi esta frase escrita en la calle: “Hacemos lo que nos gusta porque nos vamos a morir”. Entre las cosas que me gusta hacer está la música. Es alegría, consuelo y salvación. Me renueva igual que una conversación en la que se comparten las penas. Me transmite calma, la idea de que los tormentos pueden domarse, aunque sea por un momento.

Publicada en The Clinic el 8 de noviembre de 2018
https://www.theclinic.cl/2018/11/08/columna-de-arelis-uribe-hacemos-lo-que-nos-gusta-porque-nos-vamos-a-morir/

Te dedico esta canción [o el primer cumpleaños de un muerto]


El 13 de septiembre fue el primer cumpleaños de mi papá muerto. Semanas antes, la viuda de mi papá pidió un cambio de sector en el cementerio. Le dieron como fecha de traslado el jueves 13 de septiembre. Fue una coincidencia. El día de su cumpleaños viviríamos otra vez su entierro.

Desde inicios de septiembre que sentía miedo de este día. Tenía miedo de pasar su cumpleaños sin él. Tenía miedo de ver la lápida con su fecha de nacimiento [13-09-1961] junto a la fecha de su muerte [17-02-2018]. Tenía miedo de volver a sentir el dolor que sentí cuando murió, ese rayo que me partió por dentro. Además, sería mi primera vez visitándolo en el cementerio. Aunque también añoraba la fecha, quería mostrarle —de una forma ilusa pero honesta— que estoy aprendiendo a tocar la guitarra que él me regaló; que ahora, igual que él, puedo cantar lo que siento.

Con mi hermana siempre nos acordamos de mi cumpleaños 25, mis papás ya llevaban varios años separados. Mi papá agarró la guitarra y cantó mirando a mi mamá a los ojos: “ella, ella ya me olvidó, yo, yo la recuerdo ahora”. En la casa quedamos en shock, yo le grité: Uribe, eres muy carerraja.

Desde que agarré la guitarra he pensado mucho en situaciones como esa. He pensado en el amor que los compositores ponen en la creación de la música y en cómo toda canción es una canción de amor. He pensado en lo inexplicable y hermoso de que una canción creada por alguien que no conocemos exprese exactamente lo que sentimos. Es el desborde de la coincidencia, algo que parece brujería: cómo es posible que palabras y melodías ajenas puedan usarse como propias.

Igual que mi papá, he dedicado canciones. En mi adolescencia llamaba por teléfono a un chico para cantarle “Angie” de los Rolling Stones, él me la pedía, decía que lo calmaba antes de dormir. Todavía cuando la escucho me quedó en la frase “you can’t say we never tried” [no puedes decir que no lo intentamos], porque es cierto. No escribimos la canción pero nos representa totalmente.

Ahora que aprendí guitarra puedo interpretar yo misma las canciones que dedico. Este último tiempo he vivido encuentros y desencuentros y para todos hay una canción. En citas en parques, juntas en mi living o conversaciones por whatsapp, la música fluye para explicarnos. Me han cantado “I feel it coming”, de The Weekend, “Inoportuna”, de Drexler, y “Mareo”, de Babasónicos. Yo he cantado “Súbitamente”, de Dulce y Agraz, “Linger”, de Cranberries, y “Maldigo del alto cielo”, de Violeta Parra. Ni ellos ni yo somos músicos expertos, nuestra belleza no está en la perfección, sino en una torpeza fuerte que grita: no sé cantar pero tengo ganas de cantarte, no sé querer pero tengo ganas de quererte.

Todas las canciones que he sacado en guitarra las he aprendido pensando en gente que amo, incluyendo a mi papá.

El 13 de septiembre salí rumbo al cementerio con la guitarra al hombro. Allí, nos reunimos alrededor de su nueva tumba y le cantamos cumpleaños feliz con una torta que tenía una vela de número cero. En un momento, mi hermana dijo: ya pues, cante. Agarré la guitarra y toqué “El Jardinero”, de María Elena Walsh, y “De la ausencia y de ti”, de Silvio Rodríguez. Mi hermana se largó a llorar, a mí se me quebró la voz un poquito. Aprendí ambas canciones imaginando que algún día las tocaría sobre la tumba de mi papá. Imaginé que hacerlo sería triste, pero finalmente fue bonito. Le canté lo que siento con una canción que no es mía. Ocurrió la coincidencia, la brujería.

Publicado en The Clinic el 27 de septiembre de 2018
https://www.theclinic.cl/2018/09/27/te-dedico-esta-cancion-o-el-primer-cumpleanos-de-un-muerto/

El principio ya es pasado


A los doce años fui vocalista de una banda. La banda era básicamente mi cuñado y yo. Nos juntábamos a ensayar, cantamos frente a mi mamá y grabamos una canción en un cassette que ya no existe. A los dieciséis formé una banda imaginaria. Con una amiga pensamos en una banda punk llamada “Chimoltrufia”. Nunca tocamos, sólo nos juntábamos a hablar de la banda, a contarnos el cuento de que teníamos una banda. Funcionamos así por años.

Hace poco se me ocurrió armar otra banda, se llamaría “La mini banda” porque sólo tocaríamos instrumentos pequeños. En vez de guitarra, ukelele. En vez de batería, pandero. En vez de piano, melódica. Se me ocurrió la idea con una amiga, pero por más que le insistí por whatsapp la idea no prosperó del chiste.

Una noche estaba carreteando donde mi amiga Lula y le conté esto, que estoy aprendiendo a tocar guitarra y que pensé en fundar una banda. Ella dijo, buena, también tomé clases de canto, tengo una loopera, micrófono, ukelele, pandero. Juntémonos. Hace un mes nos sentamos en su living a jugar. Miramos videos de la música que nos gusta, tocamos las canciones que nos sabíamos. Usé un micrófono por primera vez para escuchar mi voz y entendí la importancia de la respiración para cuidar los silencios.

Como soy autodidacta, trato de aprender de lo que me rodea. Una tarde estaba tocando guitarra en un parque y se me acercó una chica punk. Al principio me asustó, pero cuando la dejé abordarme descubrí una argentina viajera. Le pasé la guitarra y tocó punk español. Me enseñó que el punk se toca en quintas, haciendo una especie de cejillo y golpeando sólo las cuerdas más gruesas.

Otro día, de puro patuda, le escribí a la Josefina González y me invité a su casa. Me gusta porque escribió una obra de teatro que se publicó como novela [“Cómo cuidar de un pato”], grabó un disco que también es un cassette y publicó dos fanzines que se llaman “Mundo absurdo”. Terminamos armando una peña. Tomamos vino, nos intercambiamos nuestros libros, dibujamos y tocamos guitarra. Esa noche aprendí a usar el cejillo metálico para subir la escala en la guitarra y que hay que “hacer tierra” al cantar notas agudas: hundirse para llegar a los altos. También gané confianza, canté frente a ella y a su pareja, que es músico, toca en Protistas, y me escucharon y no salieron arrancando.

Veo a la música crecer en mí como una mancha nueva. La veo absorberme, enlazarme con ella. Días atrás la Javiera Tapia me pidió que llevara mi guitarra a una fiesta con micrófono abierto por si alguien quería tocar. La Grace Caracol y la Chini Ayarza [de Chini and the Technicians] cantaron. Cuando las vi con mi guitarra en las manos, pensé: papá, supieras hasta dónde llegó tu guitarra, dos personas que hacen música de verdad la están tocando. Me sentí bendecida.

Luego, en la fiesta, hubo lecturas y yo leí la primera columna sobre la muerte de mi papá que publiqué aquí. Al bajar del escenario, me alcanzó la Tiare Galaz [Niña Tormenta] y me dio un abrazo largo y generoso. Dijo: yo también empecé a cantar cuando murió mi papá. Sentí que no todo está perdido, que un día quizá sí podré componer una canción.

Disfruto que la música esté en presente en mi vida. Disfruto conocer gente que toca profesionalmente y robar sus técnicas para descubrir las mías. La Yorka me dijo que al principio tampoco sabía qué estaba haciendo, que una fluye con el tiempo. Es cierto. No fuerzo, dejo que las cosas simplemente sucedan. Como el otro día. Desperté con ganas de traducir “Turn into” de los Yeah Yeah Yeahs al español. Llevo meses tocándola en inglés en clases de canto. Le puse “Tornar en ti” y ahora canto un tema que no es mío pero igual tiene algo de mí. Es bonito. Siento que podría morir hoy y ese deseo de ojalá-alguna-vez-tocar-guitarra ya estaría cumplido. Sentiría la satisfacción de que el principio ya es pasado.

Publicada en The Clinic el 31 de agosto de 2018
https://www.theclinic.cl/2018/08/31/columna-de-arelis-uribe-el-principio-ya-es-pasado/

martes, 13 de septiembre de 2022

La música y el duelo


Mi papá me regaló una guitarra a los 16 años. Yo se la pedí, pero nunca la toqué. Él, sí. Cuando niña me componía canciones de cuna. En las fiestas guitarreaba Sui Generis. En sus fotos de joven se ve guapo con una guitarra en las manos. Hace seis meses mi papá murió y decidí aprender a tocar la guitarra que me regaló.

Estoy yendo a clases para aprender a sacar la voz y cuando canto y toco guitarra, se me mezclan el duelo y el aprendizaje. Mi profe de canto es un chico de pelo de colores que también está buscando expresarse a través de la composición. Mis ambiciones son más acotadas, pero ambiciones al fin. Mi papá murió en febrero y yo empecé a arañar la guitarra en mayo. Pensé: de aquí a fin de año, ojalá aprenderme una canción; de aquí a los 35, ojalá haber compuesto una. Han pasado tres meses y ya me sé cinco canciones: de Las ligas menores, de Yeah Yeah Yeahs, de Fun People, de 31 minutos, de Shakira. Miro en videos de Youtube como otras personas tocan y les copio. No es tan difícil si te aprendes los acordes. Lo difícil es hacer el cejillo, que es usar el dedo índice para cubrir todas las cuerdas y así desplazar el lugar donde se tensionan en el mástil. Tengo callos en las yemas de los dedos y en el borde del índice que uso para hacer el cejillo. A veces me arde la piel o me arranco con los dientes las durezas que me van apareciendo.

El canto es otra cosa, una vergüenza, una impotencia, una humillación. Es frustrante querer sacar la voz y que lo que suene sea un raspado ignorante y tímido. Mi profe de canto me enseña dándome consejos que saben a la vida misma. Si te duele es porque lo estás haciendo mal, dice. Sólo tienes que respirar hondo y confiar, dice. Me gustaría cantar como Whitney Houston o Ariana Grande, pero soy Arelis Uribe y me sale cantar como canto. Mi profe dice que sueno medio folclórica, Cranberries. Yo siento lo mismo que cuando estudiaba periodismo y recién tuve que enfrentarme a armar notas o programas de radio y no poder creer lo chillona e insoportable que es mi voz. La mayoría de las veces detesto como sueno. Unas poquitas veces me escucho y vibro con la potencia de algunas notas sostenidas que me salen no sé cómo. En una charla TED, que me gusta mucho, llamada “El poder de la vulnerabilidad”, la autora, Brené Brown, dice que la gente genuina –y quizá feliz– es aquella que dejó de vivir según lo que el resto espera de ellas, para vivir según sus propias pulsiones. En la literatura es igual. Una voz original es la que saca de adentro lo que tiene con honestidad brutal, sin pensar en lo que dirán la mamá, la polola o la vieja que le vende los tomates, como decía Fogwill. En el canto presiento el mismo principio, las veces que toco disfrutando hacerlo, la melodía de mi voz y de mis manos fluye mucho más que cuando toco pensando en no equivocarme. Cuando confío en lo que canto, mi cuerpo vibra conmigo, fallo menos, abandono una expectativa ilusa de perfección inalcanzable.

Mi amigo Feña Lechuck, con quien alguna vez tomé clases de guión, me explicó que los personajes tienen meta y deseo, y que una mezcla de ambos es el vector que los empuja a actuar, a moverse. Mi meta era esa, tocar al menos una canción, pero mi deseo en realidad es otro, algo que corre por debajo. El otro día vino mi mamá y se lo conté. Le dije, ¿te puedo mostrar lo que sé? Y ella, claro, hija. Le canté la canción de Fun People, que es la que me sale más decente, porque es la que disfruto más tocar, ella dijo que mi voz era linda o que estaba bien impostada. Le dije que sí, que eso aprendo en clases y después le confesé todo, le dije, estoy aprendiendo “De la ausencia y de ti”, de Silvio Rodríguez, porque me recuerda a mi papá. Sí, dijo ella, a mí también. Me gustaría que pudiera verme, que viera cómo toco, pero ya no puede, hay un vacío tan grande desde que murió. Sí, dijo ella. Me gustaría hacer eso que hacía él ¿Qué cosa?, preguntó mi mamá. Eso poh, le dije, cantar en las reuniones familiares. Quiero ser esa persona, ocupar el espacio que dejó su voz.


Publicada en The Clinic el 11 de agosto de 2018
https://www.theclinic.cl/2018/08/11/columna-de-arelis-uribe-la-musica-y-el-duelo/

jueves, 21 de enero de 2021

Mantenga la calma y proteja los derechos humanos”: La desconocida escuela que enseña a Carabineros a no torturar


Desde 2012 existe el Departamento de Derechos Humanos de Carabineros, que en 2019 se transformó en Dirección. Un equipo que lleva a los policías al Museo de la Memoria, enseña dónde, cómo y cuándo es legítimo golpear a civiles sin cometer tortura y gradúa a Fuerzas Especiales como Instructores en Derechos Humanos. Es una escuela policial de la democracia. Una periodista los siguió por cuatro años. Esto encontró.

Estoy con treinta carabineros en el Museo de la Memoria. La mayoría son hombres y aunque andan de civil, igual parecen uniformados: el mismo corte de pelo, los mismos anteojos de sol, los mismos pantalones plegados.

Es sábado 22 de octubre de 2016, 11 horas. Llegan al museo en bus, traídos por el Departamento de Derechos Humanos de Carabineros, una suerte de escuela de la democracia que intenta sensibilizar a una policía ambivalente.

La ambivalencia surge al googlear “carabineros”. En los resultados, aparecen carabineros que ayudan a perritos a cruzar inundaciones, que asisten partos, que tocan en una banda llamada De Police, que se disfrazan de tortugas ninjas y hacen piruetas en sus motos, que coquetean en Tinder, que protagonizan memes. Carabineros brillantes, que se mezclan en un mismo cuerpo con otros que agarran a lumazos a estudiantes, que encierran en una radiopatrulla a un indigente que muere por calor y asfixia, que disparan contra niños mapuche, que tiran al aire y matan a Manuel Gutiérrez de 16 años, que asesinan a Catrillanca. La misma institución de Ingrid Olderock, quien entrenaba perros para violar a detenidas en dictadura. La misma institución de los carabineros que secuestraron y degollaron a Santiago Nattino, José Manuel Parada y Manuel Guerrero.

Lo que pretende el Departamento es erradicar ese segundo tipo de resultados.

Un año antes de la visita al Museo de la Memoria, voy por primera vez al Departamento de Derechos Humanos. Es miércoles 17 de junio de 2015, 10 horas. La oficina se ubica en el Paseo Bulnes, en ese barrio donde los edificios aún tienen los hoyos de bala del 11 de septiembre del 73. En la puerta, se ve un cartel:

DEPARTAMENTO DE DERECHOS HUMANOS
kükañtuam ta che txokin
Human Rights Department


La puerta la abre Marcelo Balbontín, periodista, experto en derechos humanos y enlace de esta historia. Al entrar, se ven informes del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), un póster del Museo de la Memoria y un paraguas con la frase «Tous les êtres humains naissent libres & égaux». Todos los seres humanos nacen libres e iguales.

El paraguas pertenece al director del departamento, el coronel Rodney Weber, un abogado de la Universidad de Chile que lleva más de 30 años en Carabineros. Sentado en su oficina —de cuya puerta cuelgan poemas de Neruda— y tomando un té, Weber explica que su labor es cambiar sensibilidades. “El carabinero que se ríe de un travesti es un cobarde, ¡un cobarde!”, dice.

Y luego, mientras acomoda las colleras de su camisa, explica que la asepsia es imposible, que siempre hay un margen de daño. ¿Los balines en cuerpos de niños mapuche son un margen?, pregunto. Y él: Yo no llevaría a mi hijo donde se están pescando a piedrazo limpio. Y yo: Eso aparece en los informes del INDH. Y él: Los informes relatan denuncias, pero pocas veces reconocen los méritos. Y yo: ¿Tienen una relación de amor y odio con el INDH? Y él: No, es de amor y amor.

La oficina de Balbontín también tiene decoración humanista. Hay una copia de la declaración de independencia gringa y tres tazones: uno de Naciones Unidas, otro de la Cruz Roja y otro con el escudo de Carabineros junto a la frase «Keep calm and protect human rights». Mantenga la calma y proteja los derechos humanos.

Balbontín explica que el tazón es un souvenir: algo que inventaron para promocionar al Departamento. Luego, con paciencia y modales de médico, explica que en esa oficina de nueve personas se dedican a cuatro labores: colaborar con las causas pendientes de violaciones a los derechos humanos “del período 73-90”; proteger los derechos de los carabineros en la misma institución; ser contraparte de entidades fiscalizadoras de derechos humanos, y enseñar a cada carabinero la aplicación de los DDHH a la función policial.

Quedamos en que acompañaré una de esas clases. Al despedirnos, Balbontín me regala una caja. Cuando la abro encuentro el tazón.

***


El Departamento de Derechos Humanos se creó en 2012, como respuesta a la violencia policial del 2011. Desde entonces, la tarea de sensibilizar y educar se divide en dos ramas: la formación de Instructores en Derechos Humanos —líderes y formadores entre sus pares— y la transversalización del enfoque de DDHH en la labor policial. Hasta ahora se han formado 252 instructores y se ha capacitado a 39.364 policías, en clases, charlas, talleres y cursos breves.

“Como si fueran computadoras —dice Balbontín— aquí les damos actualizar”.

Es viernes 7 de agosto de 2015, 14 horas. Dos meses después de nuestro primer encuentro. Balbontín va por Cerrillos a dar una clase de dos horas al Cenpecar, el Centro Nacional de Perfeccionamiento de Carabineros. Mientras conduce, cuenta que crearon un curso de guía de Museo de la Memoria para visitas policiales y que, periódicamente, carabineros de todas las edades van al museo. ¿Puedo acompañar una visita?, pregunto y Balbontín dice sí. Y agrego: ¿Cómo les dices a esos carabineros jovencitos que la institución a la que ingresaron violó los derechos humanos? Y él: Así, no te podís hacer el loco.

En la sala hay dieciocho carabineros y una carabinera esperando a Balbontín. Vienen de comisarías de Recoleta, Quinta Normal, Estación Central y San Bernardo. Tienen entre veinte y cincuenta años. Son del mando bajo: carabineros, suboficiales. La mayoría no tiene formación en derechos humanos.

La clase arranca con un power point y un video. Balbontín hace preguntas que nadie responde, como: ¿Qué son los derechos humanos? Y se sonríe cuando el curso dice que los derechos humanos protegen a los delincuentes y no a los carabineros. Dice: El único derecho que los carabineros no pueden ejercer es el de asociación política y sindical, por “la naturaleza militar de carabineros”. Se esfuerza en aclarar que el Estado es el único con la potestad de proteger o violar los derechos humanos. Cita el caso de la jueza Karen Atala y el de los conscriptos de Antuco. Nombra brevemente lo que sucedió “en el período 73-90”. Dice que los derechos humanos no tienen color político. Proyecta una lámina con dos imágenes: una con un policía golpeando a un capucha y otra con un capucha golpeando a un policía. Dice: En la primera se violan los derechos humanos, en la segunda se comete un delito. Es imposible que un civil viole los derechos humanos de un carabinero. El Estado viola los derechos de un carabinero cuando no le entrega los implementos necesarios para cumplir su labor. Recuerden: Los derechos humanos los viola siempre el Estado. Dice: Ustedes son la principal institución que vela por los derechos humanos en el país.

Luego explica que hay grupos vulnerables que necesitan especial cuidado: las mujeres, los niños, los migrantes, las personas discapacitadas, los pueblos originarios y la población LGBTIQ. Y cuando Balbontín dice gays y trans, la clase estalla en risas. Cobardes, diría el coronel Weber. Un carabinero cincuentón señala que los travestis son yeta. Otro responde: lo único que aleja la yeta es que aparezca un carabinero colorín.

Después, Balbontín dice lo que también indican los manuales: que el Estado ha otorgado a los carabineros con un poder especial llamado “la fuerza”. Coerción legal, monopolio de la violencia. Cómo se usa la fuerza es un estándar internacional. “En la práctica —dice Balbontín— con qué le pegó, dónde le pego y cuántas veces le pego”. Muestra una tabla. Explica la proporcionalidad: el equilibrio entre la fuerza policial y la resistencia civil. Dice que el bastón se usa para golpear partes blandas. Que el último recurso es el arma de servicio. Que nunca se dispara al aire porque las balas caen.



Según el coronel Weber, el secreto está en el “training americano”: el entrenamiento permanente.

Es miércoles 27 de enero de 2016, 11 horas. Cinco meses después de la visita al Cenpecar. Carabineros de distintas edades y tamaños ocupan el patio de la Esucar, la Escuela de Suboficiales de Carabineros. Aprenden a esposar: cómo se toma el brazo, cuánto debe apretar la argolla. Aprenden que se dice “infractor” o “sujeto sometido a control”, jamás “flaite” o “mechero”, porque son adjetivos denigrantes.

Uno de los profes es Nelson Bersezio, un capitán de Fuerzas Especiales que además es Instructor en Derechos Humanos. Con gritos y sosteniendo su arma, enseña el ingreso a morada habitada. Luego, se compra un café y mientras lo bebe, cuenta que siempre quiso ser carabinero, que le gusta el corte de pelo, que tiene familia en la institución. Que casi pierde un ojo en un enfrentamiento en Puerto Aysén. Que siempre hay adrenalina. Que desde joven sintió el despertar de los derechos humanos en él. Que si la institución fuera como en dictadura, él la abandonaría. Que la política no es parte de su vida. Que de todas las épocas de Carabineros, elige el presente.

Seis meses después de su jornada de instructor en el Esucar, el 28 de julio de 2016, el capitán Bersezio detendrá a un periodista en una manifestación. Lo acusará de agresión a Carabineros. La justicia desestimará el caso por falta de pruebas. La prensa hablará de montaje.

***


Es martes 5 de abril de 2016, 11 horas. Amnistía Internacional organiza una conferencia de prensa para denunciar que Carabineros es “juez y parte”: comete abusos que luego son investigados y sancionados por la justicia militar. Rodrigo Bustos, abogado y jefe de la Unidad Jurídica Judicial del INDH, está presente. Consultado sobre el Departamento de Derechos Humanos, dice que valora su existencia, pero que su labor no es suficiente, ya que persisten los casos de maltrato y tortura. Agrega: El problema es la cultura militar de Carabineros.

Ese mismo 5 de abril, la oficina del coronel Rodney Weber la ocupa la comandante Karina Soza, otra abogada de la Universidad de Chile con estudios de posgrado en Francia. Es la nueva jefa del Departamento de Derechos Humanos y cuenta que una vez la enviaron a trabajar a una comisaría y el mayor la recibió diciendo que él había pedido a un hombre. También dice que si Carabineros realiza más de diez millones de procedimientos al año, dos o tres denuncias en ese universo son algo aislado.

***

Para ser Instructor en Derechos Humanos —como el capitán Bersezio— hay que postular y luego asistir a un curso de 120 horas, en las que se estudia teoría y práctica de la función policial con enfoque de derechos humanos. O cómo ser carabinero sin violar ni torturar. Leen manuales, practican tiro, asisten a charlas de organismos como la Cruz Roja, el INDH o el Movilh.

Es viernes 21 de octubre de 2016, 12 horas. Un grupo de policías aspirantes a Instructores se entrena en la Escuela de Oficiales de Carabineros, en Providencia. Usan un tatami judoca, se esposan entre ellos, se apuntan con sus pistolas, interactúan con “Derechín”, un oso de peluche vestido de carabinero.

Llevan aquí una semana. Al día siguiente tienen agendado un paseo final de curso, que yo también acompañaré: la visita al Museo de la Memoria.


Es sábado 22 de octubre de 2016, 11 horas. Treinta carabineros llegan en bus al Museo de la Memoria. El suboficial Pedro Gómez Insunza y el mayor Daniel Soto Muñoz guían la visita. Arrancan en la explanada de la entrada, leyendo los derechos humanos inscritos en piedra. Luego entran a una sala oscura y subterránea que evoca los rostros de los detenidos desaparecidos. Después ingresan al museo, caminan en silencio, observan las fotos de la época y se detienen en el armamento. Comentan en voz baja la forma de los cinturones. Se fijan en el modelo de los carros lanza agua.

En un momento los guías se detienen y explican que hay un carabinero ejecutado: Guillermo Eugenio Schmidt Godoy, militante de izquierda. El curso se conmueve. Siguen. Encuentran los catres electrificados. Miran los dibujos de los niños de las poblaciones, que retratan a los carabineros como una amenaza aterradora. Caminan en bloque y en silencio, siempre en silencio. Hacia el final, pasan por el segmento del museo dedicado al plebiscito. Una pantalla reproduce imágenes y la canción de propaganda del No: “Chile, la alegría ya viene”. Un carabinero canoso la corea.

El recorrido termina en ese espacio del museo que simula tener velas encendidas, para honrar a todas las víctimas de la dictadura. El suboficial Gómez, solemne, les da la palabra. Uno dice que no sabía de los carabineros desaparecidos. Otro, que le dolió ver los dibujos de niños que mostraban a los carabineros como algo oscuro. Otro se pone a llorar. Luego aplauden, se toman una foto y se suben al bus de vuelta. En el camino, un carabinero comenta que durante el recorrido, pese a andar de franco, siempre tuvo a mano su arma de servicio.


Pasan meses, años. Ahora es lunes 24 de junio de 2019, 14 horas. Otra vez el Cenpecar. Balbontín aún es profesor de derechos humanos, la comandante Karina Soza ahora es coronel y el Departamento ahora es Dirección de Derechos Humanos.

La clase de hoy no se diferencia mucho a la de agosto de 2015. También hay veinte carabineros, también son más hombres que mujeres, también vienen de comunas pobres como Cerro Navia o Conchalí, también son del mando bajo. Y Balbontín usa el mismo video, la misma lámina del capucha y el policía, el mismo ejemplo de Karen Atala y los conscriptos de Antuco, la misma frase “dónde le pego, cómo le pego y cuántas veces le pego”. Otra vez el curso se ríe de la comunidad LGBTIQ. Una carabinera de labios rojos y tomate firme dice: “A mí no me gusta revisar travestis”.

Esta vez, Balbontín muestra un video en el que un carabinero dispara de frente contra un conductor de Uber. “Bien —dice la carabinera que no quiere revisar travestis— yo igual le disparo y en la cabeza”. Balbontín analiza el caso y según la tabla, no existe abuso. Dice que todo carabinero tiene un revólver de cinco tiros con recarga o una pistola de quince tiros. Dice: Se dispara solo para detener una amenaza de muerte. Qué es amenaza, queda a criterio de cada policía. Dice: Se dispara a la primera, al centro y de frente, jamás por la espalda. Dice: Ustedes son como jedis, usan la fuerza.

***


Otra cosa que se mantiene es que en junio de 2019 Rodrigo Bustos aún es jefe de la Unidad Jurídica Judicial del INDH. Su opinión sobre la ahora Dirección de Derechos Humanos tampoco ha cambiado. Dice: No hay ninguna otra institución del Estado que capacite a ese nivel. “No obstante, uno sigue observando situaciones de discriminación, uso excesivo de la fuerza y tortura”.

Según el INDH, el número total de casos registrados por violencia policial es de 181 en 2015; 222 en 2016; 264 en 2017; 367 en 2018, y 139, en lo que va de 2019. Un documento del mismo INDH muestra cientos de denuncias posteriores al 2012, que hablan de un estudiante golpeado hasta quedar inconsciente en Concepción, un grupo de colegialas desnudadas en Rancagua, un detenido agredido con un perro policial en un calabozo de Viña del Mar, un pescador golpeado en la entrepierna en Lebu, manifestantes vejadas sexualmente en Freirina, vecinos detenidos arbitrariamente en Ñuñoa, un joven desaparecido en Alto Hospicio, campesinos con heridas de perdigón en la cara en los potreros de Collipulli, mapuches golpeados y hostigados con preguntas tipo: “¿Dónde están las armas?” en Cañete, una querella por impacto de bomba lacrimógena en la cara en Puerto Montt.

Bustos dice que los cursos no bastan, que se necesita más vínculo entre los protocolos y la formación, menos autonomía de Carabineros y más control civil a las policías. Dice: Carabineros puede humanizarse, pero toma tiempo.

***

La clase en el Cenpecar termina y los carabineros barren y ordenan la sala. Cuando salimos, Balbontín pregunta qué me pareció la clase y yo digo que muy parecida a la primera, la del 2015. Le confieso que me impresiona la forma en que se les permite el uso del arma de servicio, que es fuerte. Sí, dice Balbontín, pero así es.


Nota de la redacción: Desde la dirección del Museo de de la Memoria, Francisco Estévez, informó este jueves 11 de julio a The Clinic que “como institución, nos resulta clave aclarar los criterios que tiene actualmente el Museo con relación a las visitas de personal de Fuerzas Armadas, Carabineros, Investigaciones y Gendarmería. Desde 2017, prevalece la instrucción de que ninguna persona, uniformada o no, puede entrar portando armas. A partir de mayo de ese año, todas las visitas de Fuerzas de Orden y Seguridad Pública se realizan con uniforme y sin el porte de armas, las que se dejan en sus respectivas unidades”.


miércoles, 6 de mayo de 2020

Nos quitaron los abrazos (o diario de la cuarentena en Nueva York)


Miércoles 18 de marzo de 2020:
me quedé entre los muertos por media hora

No hay cuarentena oficial en Nueva York, pero el lunes 16 de marzo empecé a contar los días. La última vez que tomé el tren a la ciudad fue el jueves 12 de marzo. Tuve clases de improvisación musical. Amo esa clase. Es mi único ramo en inglés, el profe es latino y me deja auditarla. Una vez me quedé conversando con él después de clases. Le pregunté: Do you speak spanish, Gustavo? Y él dijo sí y empezó a hablar un español arrastrado de una infancia lejana. Me contó que era hijo de mexicanos nacido en Estados Unidos. “En la escuela nos pegaban si hablábamos español”, dijo. Y me acordé de los mapuches de la Araucanía. Le prometí un fanzine y todavía no puedo entregárselo, porque la clase siguiente a esa conversación la tuvimos por zoom. Salí de casa para tener la clase online desde la universidad. Es que no puedo estar encerrada, es antinatural. En la clase de Gustavo hacemos sonidos con el cuerpo en el espacio. Lo primero que nos enseñó fue a escuchar. Dijo: Listen. En improvisación musical lo primero es escuchar. Listen. Lo más bello que he aprendido hasta ahora. En la primera sesión nos dio de tarea grabar un silencio de nueve minutos. Fui al cementerio cerca de mi casa, que más que cementerio parece parque de ardillas curiosas. Me quedé entre los muertos por media hora. Aun así, al escuchar el audio después, había ruido. El tren a lo lejos, mis pies sobre el maicillo. Luego, en clases, le dimos play a nuestras grabaciones al mismo tiempo y escuchamos los silencios combinados. Bonito. En fin, ahora hay un virus en el aire, originado en China (porque alguien comió un murciélago o algo así) y como viajamos tanto, el virus se propagó. Uno o dos doctores que lo descubrieron ya están muertos. Es un asesino. Es como una plaga de saltamontes de la biblia: pasa por tu lado, lo respiras y se acabó. Todo esto lo leí en internet o me lo contó alguien. También he leído un par de noticias. Todo lo que absorbo sé que es en parte mentira. Es verdad que esto está pasando, pero las descripciones que hacemos los humanos del fenómeno no es lo real. Lo cierto es que la vida comenzó a detenerse en etapas. Primero cancelaron todos los viajes financiados por NYU. Justo me gané una residencia para estudiar a Violeta Parra en París por todo julio y no podré ir. Me daban los pasajes, la estadía y una oficina. Prefiero ni pensarlo, hay cosas peores. Luego, nos impusieron clases remotas. Nunca más vi a Gustavo ni a nadie de la universidad. Después cerraron las facultades, el teatro, el gimnasio, la piscina, la biblioteca. Me da pena, también culpa. Incluso en la catástrofe disfruto vivir aquí. Cuando llegué a Nueva York me armé una agenda, una lista de lugares que visitar e intenté ir a uno cada semana. Tom’s Restaurant, Central Park, MoMa, New Jersey, la niña valiente de bronce, High Line, barrio chino, barrio italiano, barrio coreano, Museo de Brooklyn, Museo de Nueva York, Prospect Park. Me gané una beca para estudiar literatura por dos años en la New York University. No me vine pensando en la ciudad, me vine pensando en el tiempo. Luego la ciudad floreció ante mí. Ahora la amo. Ayer empecé a ver Madmen otra vez, solo para ver las referencias. Y qué, soy desquiciada, ya anoté en mi mente ir a Madison Avenue en Manhattan (aún no la conozco) y descubrí que Peggy Olson, MI PEGGY OLSON, esa mujer maravilla, vive en Brooklyn. Luego se cambia a Manhattan —“a la ciudad”, dice Joan—. I'm from Brooklyn, le dice Peggy al cerdo adorable de Pete Campbell en el primer capítulo. Y pensé: yo también.


Sábado 21 de marzo de 2020:
en el aire hay un virus que te puede matar

Hoy salió el sol después de varios días y aunque afuera los rayos calientan y el cielo está celeste, hay que encerrarse y ver la vida por la ventana. En el aire hay un virus que te puede matar. Pero como me creo inmortal, porque ya he vencido tres veces a la muerte (cáncer a los dos años, atropello a los tres y pleuroneumonia a los seis) y porque crecí en un barrio pobre y peligroso, padezco la tozudez de creer que nada puede herirme, que nadie excepto yo sabe cómo sortear la muerte. Hace días solo se habla del covid-19, que ha matado a tanta gente como si fuera Charles Manson o un adolescente desquiciado de la highschool gringa. Caemos como moscas y la única forma de sortear este resfriado mortal es quedarse en casa, lavarse las manos seguido mientras se canta el cumpleaños feliz y evitar cualquier contacto social. Esta enfermedad es enemiga del amor, nos quita los abrazos, los besos, la piel. En fin, salí porque soy porfiada y porque me suscribí al #692692, un sistema de alerta a través del celular. Cada día me llegan mensajes del gobierno para informarme el estado de las cosas en Nueva York. Y la idea recurrente es la misma: quédate en casa, mantén la distancia social. No nos impiden salir, pero nos ruegan que no lo hagamos. En la semana miré bicicletas en Craiglist y encontré una roja antigua que me gustó. Eso salí a hacer, a buscar mi bicicleta. Quería que estuviera a pocos minutos a pie desde casa para no tomar el tren. Soy tozuda pero no estúpida. No voy a subirme al subway nunca más. Me voy a quedar en Brooklyn hasta que esta locura del virus se acabe, pero en el intertanto, quizá visite en bici a mis amigos que viven en Bushwick, en el mismo barrio que yo, para decirles hola por la ventana y no enloquecer de ostracismo. Fui a pie por la bicicleta, en el camino descubrí un parque nuevo. El chico que me vendió la bici era un puertorriqueño blanco que hablaba buen inglés. Me costó 20 dólares. La dejé en reparación en una tienda de bicis en Broadway, a diez minutos a pie desde mi casa, y me cobraron otros 50 dólares. No está mal. Caminé bastante bajo el sol, como una hora. Cuando llegué a casa después de todo el periplo, empecé a sentirme mal, como la mierda, realmente pésimo. Me toqué la frente y la tenía caliente. Me tiré en la cama y me sentí agotada en extremo. Martine tenía la música muy fuerte en su habitación (que colinda con la mía) y le envié un mensaje de texto: Would you please keep the volume down? I don't feel very well. Y le bajó. Me miré las manos: me temblaban. Conchatumadre, dije, me dio la hueá. Tos, fiebre y respiración entrecortada son los principales síntomas de este resfrío de muerte. Pregunté por el chat de la casa a Martine y Nadia si tenían termómetro y ellas dijeron no. Les dije que quizá tenía el virus, que no salieran de sus habitaciones. Quizá exageré, no sé, pero era una medida de precaución. Entonces Martine escribió: OK, quédate encerrada y no te nos acerques. Me mató. No me preguntó cómo me sentía o si necesitaba algo, solo me dijo que no saliera de mi habitación y me muriera allí sola. O así lo sentí yo.


Domingo 22 de marzo de 2020:
vamos a morir pero podremos emborracharnos

Recibí un mensaje del gobierno de Nueva York, decía que cerrarán todas las tiendas, excepto las esenciales, como bancos, farmacias y licorerías. Vamos a morir, pero podremos emborracharnos. Hoy es domingo y es mi séptimo día de cuarentena. Séptimo día, como la creación. Me bañé anoche, me masajeé el pelo con aceite de coco, me lo trencé y me dormí. Quería despertar temprano hoy, ayer se me hizo demasiado largo pensando que me había contagiado. Desperté en la mañana sintiéndome sana, sin fiebre, sin tos, pero con miedo. Ordené mi pieza, revisé el mail, almorcé viendo Madmen. Cuando estaba en el living comiendo, tomé un sorbo de sidra y me atoré. Comencé a toser. Martine se desesperó y me gritó desde su pieza: Are you OK? Y yo: sí, sí, tragué muy rápido. No sé decir atorarse en inglés, entonces dije: It's the cider, I swallowed too fast. Creo que se asustaron. También tengo miedo, aunque después de comer salí a la calle igual, porque estoy loca, porque siento que el encierro es lo que realmente me va a matar. Fui al banco. Caminé 20 minutos por Broadway hasta un Bank of America. En el camino vi mascarillas y guantes tirados en el suelo junto a la basura tradicional (que va de comida china a toallas higiénicas). Entré al cajero y mientras estuve allí compartí espacio con cuatro personas. Uno de ellos se me paró cerca y yo di un paso al costado. En la calle evadí y me distancié de toda persona. Mujeres, hombres, niños, guaguas. Usaban mascarillas, caminaban o salían con bolsas desde tiendas o farmacias. Me voy a volver loca. Hacía frío. Luego, de vuelta, pasé por un deli y me compré un paquete de papas fritas. Esas marca Utz, cuyo logo es el dibujo azul de una niña parecida a la indiecita de Leche Sur. Antes de entrar a casa me desvié al parque. Había gente, unas seis personas. Hacían ejercicio o escuchaban música en alguna banca. Me senté entre los árboles por diez minutos y partí a casa. Necesitaba estar sola y dejar a las chicas también descansar de mí. En la esquina de Chauncey Street vi tres mujeres paseando un perro. Aún me parece demasiado. Cuando entré al edificio, me quité los zapatos un piso antes para hacer menos ruido, para que Martine y Nadia no se dieran cuenta de que yo había salido o al menos no se percataran de mi regreso. Cuando abrí la puerta, encontré todo en silencio. Desde la mañana Nadia, en su habitación, había estado demasiado silenciosa. No la escuché nunca. Entré a mi pieza, revisé el celular sobre la cama y encontré sus mensajes. Decían que iban camino a Long Island a estar con su familia por algunas semanas. Se fueron. Por la chucha, cabras culiás. Me sentí horrible, poco querida, cero cuidada. Sentí que se fueron porque no quieren que las contagie, aunque igual entiendo, es tiempo para estar en familia. El hecho es que estoy sola. Y eso me da tanto miedo como esperanza. Una parte de mí quiere poner música a todo volumen y limpiar este chiquero como si fuera mi casa. Otra parte sabe que estar sola en un departamento en Brooklyn suena a privilegio, pero en realidad es una versión horrible de la soledad.



Sábado 28 de marzo de 2020:
este hedor a soledad que va pegado a mi alma

Pasé la primera semana sola en casa y cambié del odio al amor, a disfrutar el silencio como nunca antes. Primero, limpié y ordené toda la casa para sentirla propia. Después comencé a explorar los límites. Descubrí que la ventana de la cocina da a una escalera de incendios, que da al techo. Me subí. Vi los patios de las casas vecinas y los edificios de Manhattan a lo lejos. Escuché el rugido de los árboles y vi a los pájaros tomar agua. Me sentí en el campo. Algún día quiero tener una casa en el bosque. Estoy en eso. Mi hermana mayor se fue de vacaciones a la Araucanía y encontró un terreno. Hace años me gané un premio por mi primer libro y despilfarré muy poco, ahorré la mayoría. Con eso me vine a Estados Unidos y pretendo comprar un pedacito de bosque en el sur. Si la vida me alcanza, ahí voy a volver. Pienso mucho en los ciclos estos días, en cómo el cuerpo siente lo mismo cada vez que pasa por este lado del sol. Hace tres años también estaba viviendo sola, en ese departamento enorme que alguna vez fue mío y de mi ex y que ya no existe. Le envío mensajes mentales a la Arelis del pasado, le envío fuerzas para resistir lo viene. Empecé a ver otra serie filmada en Nueva York: High Fidelity. Es sobre música, Brooklyn y desamor. La veo y pienso: qué ganas de un primer beso, de un abrazo. Estoy en cuarentena y hace una semana que no toco a nadie. Aunque en realidad siento la piel fría hace años. En un ramo de la maestría me dieron a leer a esta cubana, Isel Rivero, y me encontré en ella. Escribe Isel:

“Amantes, no son suficientemente fuertes mis brazos para estrecharles y retenerles...”
(Su pecho erguido, los puños cerrados...)
“Este olor a soledad, este hedor que va pegado a mi alma...
Las paredes, las paredes me estorban...”

Ay, Violeta Parra sabe que lo que escribo es verdad.



Lunes 30 de marzo de 2020:
la gente es muy estúpida o muy valiente

Cuando empezaba a ponerse bueno, todo se fue a la mierda. Desperté a las seis de la mañana hoy por ruidos en el living, en la cocina, en la puerta. Salí a mirar y era Nadia y Martine. Volvieron. ¿Por qué no me avisaron?, pregunté y Martine dijo algo sobre la mañana. Volví a acostarme, pero no pude dormir porque Martine golpeó mi puerta para preguntarme por el desodorante ambiental. Le dije dónde estaba y me volví a acostar. “Moviste demasiadas cosas”, dijo Martine. Y la ignoré porque es verdad. En la mañana me levanté y fui a la cocina. Encontré la ventana que da al techo cerrada, con la reja de protección y el seguro. Me sentí presa. Sentí unas ganas terribles de vivir sola, de tener mi casa, pero falta tanto que no debo desesperar. Hoy es mi día 15 de cuarentena, en dos días llega abril y el cambio me da cierta esperanza. Afuera siempre es mejor, me dijo la Feña cuando le pregunté cómo era vivir en otro país. Afuera siempre es mejor. Me encerré en mi pieza para no invadir a las chicas. En la tarde salí. Fui a ver la tienda donde dejé reparando mi bicicleta y estaba cerrado. Cagué con la bici hasta el final de la cuarentena. Después fui al correo. Tengo dos mil fanzines que vender. El otro día descubrí que el servicio postal sigue funcionando, decidí ofrecer los zines por correo. Mi amigo Joel me compró cuatro, veinte dólares. Soy tan rata que ese monto me movilizó y armé envíos gratuitos para escritoras que amo. Lina Meruane en New York, Legna Rodríguez Iglesias en Miami. Una amiga chilena me compró tres envíos más. En total envié siete cartas, como cartas corrientes, porque amo lo público y gastar poco dinero. Salí con mascarilla y abrigada, aún hace frío acá. Mientras caminaba por la calle, sentí que la vida seguía completamente normal. Pensé: la gente es muy estúpida o muy valiente. Después de hacer el envío, me senté en el parque. Siempre respeté la distancia social: no toqué a nadie, nadie me tocó. Me pregunto si eso será suficiente para no enfermar. Necesitaba aire, había empezado a disfrutar la soledad y justo volvieron mis compañeras de casa. Tengo ganas de llorar. Cuando regresé a casa traté de hacer mi día. Me senté en la cocina a leer en el computador y a comer algo. Entonces noté que las chicas armaban bolsas con ropa y mercadería. Are you leaving again?, pregunté. Y ellas: Yes. Justo cuando me estaba acostumbrando a su presencia se volvieron a ir. Vida culiá.


Sábado 4 de abril de 2020:
celebramos el cumpleaños de mamá por whatsapp

Soñé que hacía el amor con una mujer. No sé quién era, no existe en la realidad. Soñé que estábamos sentadas una al lado de la otra, conversando en una habitación. Ella me daba un beso y yo respondía con otro más largo. Me cubría el cuello con sus brazos y yo lanzaba mi cuerpo hacia ella. Nos besábamos intensamente. Entonces yo habría las piernas y la montaba. Movía mis caderas. Escuchaba mis gemidos y los suyos. Luego desperté. Caliente como nunca. Me apreté entre las piernas un rato y me dormí otra vez. Hoy es mi día 20, en este encierro 2020. Es cuatro de abril, cumpleaños de mi madre. Cumplió 57, mi padre murió a los 56. Mi madre era dos años más joven que mi padre pero ahora ella es más vieja que él. Qué delirio, la vida está dada vuelta. Sigo en el encierro, cocinando papas fritas, tomando mezcal mientras hago videollamadas y subiéndome al techo. Es increíble cómo gracias a internet igual estoy llena de gente, estoy rodeada. Mi hermana preparó una torta que dividieron en tres casas: de mi hermana, mi madre y mi abuela (son vecinas en Las Acacias). Yo les miré comer por internet. Quemaría todos mis libros por un abrazo. Hoy leí que un conductor de buses de Nueva York murió dos semanas después de que una mujer le tosiera en la cara. Mi amiga Paulina trabaja en el Hospital de Talagante y vio morir a un hombre por el virus. El ministro de salud de Chile apareció en la televisión hablando de la pandemia y tosió. He visto videos de personas en las cárceles exigiendo mascarillas y jabón. Me dijeron que en Chile tienes que pedir por internet un salvoconducto a carabineros para salir máximo dos veces a la semana. Evito leer las noticias porque los titulares sobre New York son oscuros, hablan de fosas comunes y de más de 5 mil muertes. Tengo mucho miedo de morir, pero tiene algo de bonito saber que no soy la única que se siente así.


Martes 7 de abril de 2020:
sobreviví al cáncer, no me va a matar un resfrío

Hoy me escribió Nadia, dijo que tiene el virus. Quiero llorar a mares, es demasiado lo que pasa. Estuve el lunes 30 de marzo con ella, cuando pasó veloz por casa a buscar sus cosas para volver a Long Island. Han pasado ocho días, se supone que hasta en catorce pueden presentarse síntomas. Estoy cagada de miedo. Lo ideal es no exponerse, pero incluso en el mínimo contacto existe la posibilidad de contagio. Como hoy, cuando mi dealer me rozó la mano al pasarme los pitos o como ayer, cuando caminé por Bushwick Avenue y toqué el pomo de una puerta y después me rasqué la cara o me acomodé la mascarilla (que ya boté). Tengo susto. No creo que muera, sobreviví al cáncer, no me va a matar un resfrío. No quiero estar sola y no poder cuidarme. A eso le tengo miedo. A la soledad.