Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad tambíen de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik, Seix Barral, Destino… Todas las editoriales… Todos los lectores…
Todos los gerentes de ventas…
Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro para verme a mí mismo:
como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo.
Escribiendo poesía en el país de los imbéciles.
Escribiendo con mi hijo en las rodillas.
Escribiendo hasta que cae la noche
con un estruendo de los mil demonios.
Los demonios que han de llevarme al infierno,
pero escribiendo.
martes, 18 de noviembre de 2025
Mi carrera literaria, poem by Roberto Bolaño
sábado, 21 de junio de 2025
Sensini, Roberto Bolaño (Llamadas telefónicas, 1997)
La forma en que se desarrolló mi amistad con Sensini sin duda se sale de lo corriente. En aquella época yo tenía veintitantos años y era más pobre que una rata. Vivía en las afueras de Girona, en una casa en ruinas que me habían dejado mi hermana y mi cuñado tras marcharse a México y acababa de perder un trabajo de vigilante nocturno en un cámping de Barcelona, el cual había acentuado mi disposición a no dormir durante las noches. Casi no tenía amigos y lo único que hacía era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar, momento en el cual mi cuerpo experimentaba algo semejante al jet-lag, una sensación de estar y no estar, de distancia con respecto a lo que me rodeaba, de indefinida fragilidad. Vivía con lo que había ahorrado durante el verano y aunque apenas gastaba mis ahorros iban menguando al paso del otoño. Tal vez eso fue lo que me impulsó a participar en el Concurso Nacional de Literatura de Alcoy, abierto a escritores de lengua castellana, cualquiera que fuera su nacionalidad y lugar de residencia. El premio estaba divido en tres modalidades: poesía, cuento y ensayo. Primero pensé en presentarme en poesía, pero enviar a luchar con los leones (o con las hienas) aquello que era lo que mejor hacía me pareció indecoroso. Después pensé en presentarme en ensayo, pero cuando me enviaron las bases descubrí que éste debía versar sobre Alcoy, sus alrededores, su historia, sus hombres ilustres, su proyección en el futuro y eso me excedía. Decidí, pues, presentarme en cuento y envié por triplicado el mejor que tenía (no tenía muchos) y me senté a esperar
Cuando el premio se falló trabajaba de vendedor ambulante en una feria de artesanía en donde absolutamente nadie vendía artesanías. Obtuve el tercer accésit y diez mil pesetas que el Ayuntamiento de Alcoy me pagó religiosamente. Poco después me llegó el libro, en el que no escaseaban las erratas, con el ganador y los seis finalistas. Por supuesto, mi cuento era mejor que el que se había llevado el premio gordo, lo que me llevó a maldecir al jurado y a decirme que, en fin, eso siempre pasa. Pero lo que realmente me sorprendió fue encontrar en el mismo libro a Luis Antonio Sensini, el escritor argentino, segundo accésit, con un cuento en donde el narrador se iba al campo y allí se le moría su hijo o con un cuento en donde el narrador se iba al campo porque en la ciudad se le había muerto su hijo, no quedaba nada claro, lo cierto es que en el campo, un campo plano y más bien yermo, el hijo del narrador se seguía muriendo, en fin, el cuento era claustrofóbico, muy al estilo de Sensini, de los grandes espacios geográficos de Sensini que de pronto se achicaban hasta tener el tamaño de un ataúd, y superior al ganador y al primer accésit y también superior al tercer accésit y al cuarto, quinto y sexto
No sé qué fue lo que me impulsó a pedirle al Ayuntamiento de Alcoy la dirección de Sensini. Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. Algunos críticos, sobre todo españoles, la habían despachado diciendo que se trataba de una especie de Kafka colonial, pero poco a poco la novela fue haciendo sus propios lectores y para cuando me encontré a Sensini en el libro de cuentos de Alcoy, Ugarte tenía repartidos en varios rincones de América y España unos pocos y fervorosos lectores, casi todos amigos o enemigos gratuitos entre sí. Sensini, por descontado, tenía otros libros, publicados en Argentina o en editoriales españolas desaparecidas, y pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido (al menos por entonces, al menos para mí) era Haroldo Conti, desaparecido en uno de los campos especiales de la dictadura de Videla y sus secuaces. De esta generación (aunque tal vez la palabra generación sea excesiva) quedaba poco, pero no por falta de brillantez o talento; seguidores de Roberto Arlt, periodistas y profesores y traductores, de alguna manera anunciaron lo que vendría a continuación, y lo anunciaron a su manera triste y escéptica que al final se los fue tragando a todos
A mí me gustaban. En una época lejana de mi vida había leído las obras de teatro de Abelardo Castillo, los cuentos de Rodolfo Walsh (como Conti asesinado por la dictadura), los cuentos de Daniel Moyano, lecturas parciales y fragmentadas que ofrecían las revistas argentinas o mexicanas o cubanas, libros encontrados en las librerías de viejo del D.F., antologías piratas de la literatura bonaerense, probablemente la mejor en lengua española de este siglo, literatura de la que ellos formaban parte y que no era ciertamente la de Borges o Cortázar y a la que no tardarían en dejar atrás Manuel Puig y Osvaldo Soriano, pero que ofrecía al lector textos compactos, inteligentes, que propiciaban la complicidad y la alegría. Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a intentar establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuánto lo quería
Así pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, vivía en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí una larga carta en donde hablaba de ligarte, de los otros cuentos suyos que había leído en revistas, de mí, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reía del ganador), de la situación política chilena y argentina (todavía estaban bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más quería junto con Sensini), de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mía, decía que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le había enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no había encontrado tiempo (aunque después, cuando volvía de forma sesgada sobre el mismo tema, decía que no había encontrado ánimo suficiente) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos días se había leído el mío y lo había encontrado de calidad, «un cuento de primer orden», decía, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se «avizoraban en el horizonte», encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Écija, de 25.000 y 30.000 pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraía de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la línea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. «Valor y a trabajar», decía
Recuerdo que pensé: qué extraña carta, recuerdo que releí algunas capítulos de Ugarte, por esos días aparecieron en la plaza de los cines de Girona los vendedores ambulantes de libros, gente que montaba sus tenderetes alrededor de la plaza y que ofrecía mayormente stocks invendibles, los saldos de las editoriales que no hacía mucho habían quebrado, libros de la Segunda Guerra Mundial, novelas de amor y de vaqueros, colecciones de postales. En uno de los tenderetes encontré un libro de cuentos de Sensini y lo compré. Estaba como nuevo —de hecho era un libro nuevo, de aquellos que las editoriales venden rebajados a los únicos que mueven este material, los ambulantes, cuando ya ninguna librería, ningún distribuidor quiere meter las manos en ese fuego— y aquella semana fue una semana Sensini en todos los sentidos. A veces releía por centésima vez su carta, otras veces hojeaba Ugarte, y cuando quería acción, novedad, leía sus cuentos. Éstos, aunque trataban sobre una gama variada de temas y situaciones, generalmente se desarrollaban en el campo, en la pampa, y eran lo que al menos antiguamente se llamaban historias de hombres a caballo. Es decir historias de gente armada, desafortunada, solitaria o con un peculiar sentido de la sociabilidad. Todo lo que en Ugarte era frialdad, un pulso preciso de neurocirujano, en el libro de cuentos era calidez, paisajes que se alejaban del lector muy lentamente (y que a veces se alejaban con el lector), personajes valientes y a la deriva
En el concurso de Plasencia no alcancé a participar, pero en el de Écija sí. Apenas hube puesto los ejemplares de mi cuento (seudónimo: Aloysius Acker) en el correo, comprendí que si me quedaba esperando el resultado las cosas no podían sino empeorar. Así que decidí buscar otros concursos y de paso cumplir con el pedido de Sensini. Los días siguientes, cuando bajaba a Girona, los dediqué a trajinar periódicos atrasados en busca de información: en algunos ocupaban una columna junto a ecos de sociedad, en otros aparecían entre sucesos y deportes, el más serio de todos los situaba a mitad de camino del informe del tiempo y las notas necrológicas, ninguno, claro, en las páginas culturales. Descubrí, asimismo, una revista de la Generalitat que entre becas, intercambios, avisos de trabajo, cursos de posgrado, insertaba anuncios de concursos literarios, la mayoría de ámbito catalán y en lengua catalana, pero no todos. Pronto tuve tres concursos en ciernes en los que Sensini y yo podíamos participar y le escribí una carta
Como siempre, la respuesta me llegó a vuelta de correo. La carta de Sensini era breve. Contestaba algunas de mis preguntas, la mayoría de ellas relativas a su libro de cuentos recién comprado, y adjuntaba a su vez las fotocopias de las bases de otros tres concursos de cuento, uno de ellos auspiciado por los Ferrocarriles del Estado, premio gordo y diez finalistas a 50.000 pesetas por barba, decía textualmente, el que no se presenta no gana, que por la intención no quede. Le contesté diciéndole que no tenía tantos cuentos como para cubrir los seis concursos en marcha, pero sobre todo intenté tocar otros temas, la carta se me fue de la mano, le hablé de viajes, amores perdidos, Walsh, Conti, Francisco Urondo, le pregunté por Gelman al que sin duda conocía, terminé contándole mi historia por capítulos, siempre que hablo con argentinos termino enzarzándome con el tango y el laberinto, les sucede a muchos chilenos
La respuesta de Sensini fue puntual y extensa, al menos en lo tocante a la producción y los concursos. En un folio escrito a un solo espacio y por ambas caras exponía una suerte de estrategia general con respecto a los premios literarios de provincias. Le hablo por experiencia, decía. La carta comenzaba por santificarlos (nunca supe si en serio o en broma), fuente de ingresos que ayudaban al diario sustento. Al referirse a las entidades patrocinadoras, ayuntamientos y cajas de ahorro, decía «esa buena gente que cree en la literatura», o «esos lectores puros y un poco forzados». No se hacía en cambio ninguna ilusión con respecto a la información de la «buena gente», los lectores que previsiblemente (o no tan previsiblemente) consumirían aquellos libros invisibles. Insistía en que participara en el mayor número posible de premios, aunque sugería que como medida de precaución les cambiara el título a los cuentos si con uno solo, por ejemplo, acudía a tres concursos cuyos fallos coincidían por las mismas fechas. Exponía como ejemplo de esto su relato Al amanecer, relato que yo no conocía, y que él había enviado a varios certámenes literarios casi de manera experimental, como el conejillo de Indias destinado a probar los efectos de una vacuna desconocida. En el primer concurso, el mejor pagado, Al amanecer fue como Al amanecer, en el segundo concurso se presentó como Los gauchos, en el tercer concurso su título era En la otra pampa, y en el último se llamaba Sin remordimientos. Ganó en el segundo y en el último, y con la plata obtenida en ambos premios pudo pagar un mes y medio de alquiler, en Madrid los precios estaban por las nubes. Por supuesto, nadie se enteró de que Los gauchos y Sin remordimientos eran el mismo cuento con el título cambiado, aunque siempre existía el riesgo de coincidir en más de una liza con un mismo jurado, oficio singular que en España ejercían de forma contumaz una pléyade de escritores y poetas menores o autores laureados en anteriores fiestas. El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo, decía. Y añadía que ni siquiera el repetido encuentro con un mismo jurado constituía de hecho un peligro, pues éstos generalmente no leían las obras presentadas o las leían por encima o las leían a medias. Y a mayor abundamiento, decía, quién sabe si Los gauchos y Sin remordimientos no sean dos relatos distintos cuya singularidad resida precisamente en el título. Parecidos, incluso muy parecidos, pero distintos. La carta concluía enfatizando que lo ideal sería hacer otra cosa, por ejemplo vivir y escribir en Buenos Aires, sobre el particular pocas dudas tenía, pero que la realidad era la realidad, y uno tenía que ganarse los porotos (no sé si en Argentina llaman porotos a las judías, en Chile sí) y que por ahora la salida era ésa. Es como pasear por la geografía española, decía. Voy a cumplir sesenta años, pero me siento como si tuviera veinticinco, afirmaba al final de la carta o tal vez en la posdata. Al principio me pareció una declaración muy triste, pero cuando la leí por segunda o tercera vez comprendí que era como si me dijera: ¿cuántos años tenés vos, pibe? Mi respuesta, lo recuerdo, fue inmediata. Le dije que tenía veintiocho, tres más que él. Aquella mañana fue como si recuperara si no la felicidad, sí la energía, una energía que se parecía mucho al humor, un humor que se parecía mucho a la memoria
No me dediqué, como me sugería Sensini, a los concursos de cuentos, aunque sí participé en los últimos que entre él y yo habíamos descubierto. No gané en ninguno, Sensini volvió a hacer doblete en Don Benito y en Écija, con un relato que originalmente se titulaba Los sables y que en Écija se llamó Dos espadas y en Don Benito El tajo más profundo. Y ganó un accésit en el premio de los ferrocarriles, lo que le proporcionó no sólo dinero sino también un billete franco para viajar durante un año por la red de la Renfe
Con el tiempo fui sabiendo más cosas de él. Vivía en un piso de Madrid con su mujer y su única hija, de diecisiete años, llamada Miranda. Otro hijo, de su primer matrimonio, andaba perdido por Latinoamérica o eso quería creer. Se llamaba Gregorio, tenía treintaicinco años, era periodista. A veces Sensini me contaba de sus diligencias en organismos humanitarios o vinculados a los departamentos de derechos humanos de la Unión Europea para averiguar el paradero de Gregorio. En esas ocasiones las cartas solían ser pesadas, monótonas, como si mediante la descripción del laberinto burocrático Sensini exorcizara a sus propios fantasmas. Dejé de vivir con Gregorio, me dijo en una ocasión, cuando el pibe tenía cinco años. No añadía nada más, pero yo vi a Gregorio de cinco años y vi a Sensini escribiendo en la redacción de un periódico y todo era irremediable. También me pregunté por el nombre y no sé por qué llegué a la conclusión de que había sido una suerte de homenaje inconsciente a Gregorio Samsa. Esto último, por supuesto, nunca se lo dije. Cuando hablaba de Miranda, por el contrario, Sensini se ponía alegre, Miranda era joven, tenía ganas de comerse el mundo, una curiosidad insaciable, y además, decía, era linda y buena. Se parece a Gregorio, decía, sólo que Miranda es mujer (obviamente) y no tuvo que pasar por lo que pasó mi hijo mayor
Poco a poco las cartas de Sensini se fueron haciendo más largas. Vivía en un barrio desangelado de Madrid, en un piso de dos habitaciones más sala comedor, cocina y baño. Saber que yo disponía de más espacio que él me pareció sorprendente y después injusto. Sensini escribía en el comedor, de noche, «cuando la señora y la nena ya están dormidas», y abusaba del tabaco. Sus ingresos provenían de unos vagos trabajos editoriales (creo que corregía traducciones) y de los cuentos que salían a pelear a provincias. De vez en cuando le llegaba algún cheque por alguno de sus numerosos libros publicados, pero la mayoría de las editoriales se hacían las olvidadizas o habían quebrado. El único que seguía produciendo dinero era ligarte, cuyos derechos tenía una editorial de Barcelona. Vivía, no tardé en comprenderlo, en la pobreza, no una pobreza absoluta sino una de clase media baja, de clase media desafortunada y decente. Su mujer (que ostentaba el curioso nombre de Carmela Zajdman) trabajaba ocasionalmente en labores editoriales y dando clases particulares de inglés, francés y hebreo, aunque en más de una ocasión se había visto abocada a realizar faenas de limpieza. La hija sólo se dedicaba a los estudios y su ingreso en la universidad era inminente. En una de mis cartas le pregunté a Sensini si Miranda también se iba a dedicar a la literatura. En su respuesta decía: no, por Dios, la nena estudiará medicina
Una noche le escribí pidiéndole una foto de su familia. Sólo después de dejar la carta en el correo me di cuenta de que lo que quería era conocer a Miranda. Una semana después me llegó una fotografía tomada seguramente en el Retiro en donde se veía a un viejo y a una mujer de mediana edad junto a una adolescente de pelo liso, delgada y alta, con los pechos muy grandes. El viejo sonreía feliz, la mujer de mediana edad miraba el rostro de su hija, como si le dijera algo, y Miranda contemplaba al fotógrafo con una seriedad que me resultó conmovedora e inquietante. Junto a la foto me envió la fotocopia de otra foto. En ésta aparecía un tipo más o menos de mi edad, de rasgos acentuados, los labios muy delgados, los pómulos pronunciados, la frente amplia, sin duda un tipo alto y fuerte que miraba a la cámara (era una foto de estudio) con seguridad y acaso con algo de impaciencia. Era Gregorio Sensini, antes de desaparecer, a los veintidós años, es decir bastante más joven de lo que yo era entonces, pero con un aire de madurez que lo hacía parecer mayor
Durante mucho tiempo la foto y la fotocopia estuvieron en mi mesa de trabajo. A veces me pasaba mucho rato contemplándolas, otras veces me las llevaba al dormitorio y las miraba hasta caerme dormido. En su carta Sensini me había pedido que yo también les enviara una foto mía. No tenía ninguna reciente y decidí hacerme una en el fotomatón de la estación, en esos años el único fotomatón de toda Girona. Pero las fotos que me hice no me gustaron. Me encontraba feo, flaco, con el pelo mal cortado. Así que cada día iba postergando el envío de mi foto y cada día iba gastando más dinero en el fotomatón. Finalmente cogí una al azar, la metí en un sobre junto con una postal y se la envié. La respuesta tardó en llegar. En el ínterin recuerdo que escribí un poema muy largo, muy malo, lleno de voces y de rostros que parecían distintos pero que sólo eran uno, el rostro de Miranda Sensini, y que cuando yo por fin podía reconocerlo, nombrarlo, decirle Miranda, soy yo, el amigo epistolar de tu padre, ella se daba media vuelta y echaba a correr en busca de su hermano, Gregorio Samsa, en busca de los ojos de Gregorio Samsa que brillaban al fondo de un corredor en tinieblas donde se movían imperceptiblemente los bultos oscuros del terror latinoamericano
La respuesta fue larga y cordial. Decía que Carmela y él me encontraron muy simpático, tal como me imaginaban, un poco flaco, tal vez, pero con buena pinta y que también les había gustado la postal de la catedral de Girona que esperaban ver personalmente dentro de poco, apenas se hallaran más desahogados de algunas contingencias económicas y domésticas. En la carta se daba por entendido que no sólo pasarían a verme sino que se alojarían en mi casa. De paso me ofrecían la suya para cuando yo quisiera ir a Madrid. La casa es pobre, pero tampoco es limpia, decía Sensini imitando a un famoso gaucho de tira cómica que fue muy famoso en el Cono Sur a principios de los setenta. De sus tareas literarias no decía nada. Tampoco hablaba de los concursos
Al principio pensé en mandarle a Miranda mi poema, pero después de muchas dudas y vacilaciones decidí no hacerlo. Me estoy volviendo loco, pensé, si le mando esto a Miranda se acabaron las cartas de Sensini y además con toda la razón del mundo. Así que no se lo mandé. Durante un tiempo me dediqué a rastrearle bases de concursos. En una carta Sensini me decía que temía que la cuerda se le estuviera acabando. Interpreté sus palabras erróneamente, en el sentido de que ya no tenía suficientes certámenes literarios adonde enviar sus relatos
Insistí en que viajaran a Girona. Les dije que Carmela y él tenían mi casa a su disposición, incluso durante unos días me obligué a limpiar, barrer, fregar y sacarle el polvo a las habitaciones en la seguridad (totalmente infundada) de que ellos y Miranda estaban al caer. Argüí que con el billete abierto de la Renfe en realidad sólo tendrían que comprar dos pasajes, uno para Carmela y otro para Miranda, y que Cataluña tenía cosas maravillosas que ofrecer al viajero. Hablé de Barcelona, de Olot, de la Costa Brava, de los días felices que sin duda pasaríamos juntos. En una larga carta de respuesta, en donde me daba las gracias por mi invitación, Sensini me informaba que por ahora no podían moverse de Madrid. La carta, por primera vez, era confusa, aunque a eso de la mitad se ponía a hablar de los premios (creo que se había ganado otro) y me daba ánimos para no desfallecer y seguir participando. En esta parte de la carta hablaba también del oficio de escritor, de la profesión, y yo tuve la impresión de que las palabras que vertía eran en parte para mí y en parte un recordatorio que se hacía a sí mismo. El resto, como ya digo, era confuso. Al terminar de leer tuve la impresión de que alguien de su familia no estaba bien de salud
Dos o tres meses después me llegó la noticia de que probablemente habían encontrado el cadáver de Gregorio en un cementerio clandestino. En su carta Sensini era parco en expresiones de dolor, sólo me decía que tal día, a tal hora, un grupo de forenses, miembros de organizaciones de derechos humanos, una fosa común con más de cincuenta cadáveres de jóvenes, etc. Por primera vez no tuve ganas de escribirle. Me hubiera gustado llamarlo por teléfono, pero creo que nunca tuvo teléfono y si lo tuvo yo ignoraba su número. Mi contestación fue escueta. Le dije que lo sentía, aventuré la posibilidad de que tal vez el cadáver de Gregorio no fuera el cadáver de Gregorio
Luego llegó el verano y me puse a trabajar en un hotel de la costa. En Madrid ese verano fue pródigo en conferencias, cursos, actividades culturales de toda índole, pero en ninguna de ellas participó Sensini y si participó en alguna el periódico que yo leía no lo reseñó
A finales de agosto le envié una tarjeta. Le decía que posiblemente cuando acabara la temporada fuera a hacerle una visita. Nada más. Cuando volví a Girona, a mediados de septiembre, entre la poca correspondencia acumulada bajo la puerta encontré una carta de Sensini con fecha 7 de agosto. Era una carta de despedida. Decía que volvía a la Argentina, que con la democracia ya nadie le iba a hacer nada y que por tanto era ocioso permanecer más tiempo fuera. Además, si quería saber a ciencia cierta el destino final de Gregorio no había más remedio que volver. Carmela, por supuesto, regresa conmigo, anunciaba, pero Miranda se queda. Le escribí de inmediato, a la única dirección que tenía, pero no recibí respuesta
Poco a poco me fui haciendo a la idea de que Sensini había vuelto para siempre a la Argentina y que si no me escribía él desde allí ya podía dar por acabada nuestra relación epistolar. Durante mucho tiempo estuve esperando su carta o eso creo ahora, al recordarlo. La carta de Sensini, por supuesto, no llegó nunca. La vida en Buenos Aires, me consolé, debía de ser rápida, explosiva, sin tiempo para nada, sólo para respirar y parpadear. Volví a escribirle a la dirección que tenía de Madrid, con la esperanza de que le hicieran llegar la carta a Miranda, pero al cabo de un mes el correo me la devolvió por ausencia del destinatario. Así que desistí y dejé que pasaran los días y fui olvidando a Sensini, aunque cuando iba a Barcelona, muy de tanto en tanto, a veces me metía tardes enteras en librerías de viejo y buscaba sus libros, los libros que yo conocía de nombre y que nunca iba a leer. Pero en las librerías sólo encontré viejos ejemplares de Ugarte y de su libro de cuentos publicado en Barcelona y cuya editorial había hecho suspensión de pagos, casi como una señal dirigida a Sensini, dirigida a mí
Uno o dos años después supe que había muerto. No sé en qué periódico leí la noticia. Tal vez no la leí en ninguna parte, tal vez me la contaron, pero no recuerdo haber hablado por aquellas fechas con gente que lo conociera, por lo que probablemente debo de haber leído en alguna parte la noticia de su muerte. Ésta era escueta: el escritor argentino Luis Antonio Sensini, exiliado durante algunos años en España, había muerto en Buenos Aires. Creo que también, al final, mencionaban Ugarte. No sé por qué, la noticia no me impresionó. No sé por qué, el que Sensini volviera a Buenos Aires a morir me pareció lógico
Tiempo después, cuando la foto de Sensini, Carmela y Miranda y la fotocopia de la foto de Gregorio reposaban junto con mis demás recuerdos en una caja de cartón que por algún motivo que prefiero no indagar aún no he quemado, llamaron a la puerta de mi casa. Debían de ser las doce de la noche, pero yo estaba despierto. La llamada, sin embargo, me sobresaltó. Ninguna de las pocas personas que conocía en Girona hubieran ido a mi casa a no ser que ocurriera algo fuera de lo normal. Al abrir me encontré a una mujer de pelo largo debajo de un gran abrigo negro. Era Miranda Sensini, aunque los años transcurridos desde que su padre me envió la foto no habían pasado en vano. Junto a ella estaba un tipo rubio, alto, de pelo largo y nariz ganchuda. Soy Miranda Sensini, me dijo con una sonrisa. Ya lo sé, dije yo y los invité a pasar. Iban de viaje a Italia y luego pensaban cruzar el Adriático rumbo a Grecia. Como no tenían mucho dinero viajaban haciendo autostop. Aquella noche durmieron en mi casa. Les hice algo de cenar. El tipo se llamaba Sebastián Cohen y también había nacido en Argentina, pero desde muy joven vivía en Madrid. Me ayudó a preparar la cena mientras Miranda inspeccionaba la casa. ¿Hace mucho que la conoces?, preguntó. Hasta hace un momento sólo la había visto en foto, le contesté
Después de cenar les preparé una habitación y les dije que se podían ir a la cama cuando quisieran. Yo también pensé en meterme a mi cuarto y dormirme, pero comprendí que aquello iba a resultar difícil, si no imposible, así que cuando supuse que ya estaban dormidos bajé a la primera planta y puse la tele, con el volumen muy bajo, y me puse a pensar en Sensini
Poco después sentí pasos en la escalera. Era Miranda. Ella tampoco podía quedarse dormida. Se sentó a mi lado y me pidió un cigarrillo. Al principio hablamos de su viaje, de Girona (llevaban todo el día en la ciudad, no le pregunté por qué habían llegado tan tarde a mi casa), de las ciudades que pensaban visitar en Italia. Después hablamos de su padre y de su hermano. Según Miranda, Sensini nunca se repuso de la muerte de Gregorio. Volvió para buscarlo, aunque todos sabíamos que estaba muerto. ¿Carmela también?, pregunté. Todos, dijo Miranda, menos él. Le pregunté cómo le había ido en Argentina. Igual que aquí, dijo Miranda, igual que en Madrid, igual que en todas partes. Pero en Argentina lo querían, dije yo. Igual que aquí, dijo Miranda. Saqué una botella de coñac de la cocina y le ofrecí un trago. Estás llorando, dijo Miranda. Cuando la miré ella desvió la mirada. ¿Estabas escribiendo?, dijo. No, miraba la tele. Quiero decir cuando Sebastián y yo llegamos, dijo Miranda, ¿estabas escribiendo? Sí, dije. ¿Relatos? No, poemas. Ah, dijo Miranda. Bebimos largo rato en silencio, contemplando las imágenes en blanco y negro del televisor. Dime una cosa, le dije, ¿por qué le puso tu padre Gregorio a Gregorio? Por Kafka, claro, dijo Miranda. ¿Por Gregorio Samsa? Claro, dijo Miranda. Ya, me lo suponía, dije yo. Después Miranda me contó a grandes trazos los últimos meses de Sensini en Buenos Aires
Se había marchado de Madrid ya enfermo y contra la opinión de varios médicos argentinos que lo trataban gratis y que incluso le habían conseguido un par de internamientos en hospitales de la Seguridad Social. El reencuentro con Buenos Aires fue doloroso y feliz. Desde la primera semana se puso a hacer gestiones para averiguar el paradero de Gregorio. Quiso volver a la universidad, pero entre trámites burocráticos y envidias y rencores de los que no faltan el acceso le fue vedado y se tuvo que conformar con hacer traducciones para un par de editoriales. Carmela, por el contrario, consiguió trabajo como profesora y durante los últimos tiempos vivieron exclusivamente de lo que ella ganaba. Cada semana Sensini le escribía a Miranda. Según ésta, su padre se daba cuenta de que le quedaba poca vida e incluso en ocasiones parecía ansioso de apurar de una vez por todas las últimas reservas y enfrentarse a la muerte. En lo que respecta a Gregorio, ninguna noticia fue concluyente. Según algunos forenses, su cuerpo podía estar entre el montón de huesos exhumados de aquel cementerio clandestino, pero para mayor seguridad debía hacerse una prueba de ADN, pero el gobierno no tenía fondos o no tenía ganas de que se hiciera la prueba y ésta se iba cada día retrasando un Poco más. También se dedicó a buscar a una chica, una probable compañera que Goyo posiblemente tuvo en la clandestinidad, pero la chica tampoco apareció. Luego su salud se agravó y tuvo que ser hospitalizado. Ya ni siquiera escribía, dijo Miranda. Para él era muy importante escribir cada día, en cualquier condición. Sí, le dije, creo que así era. Después le pregunté si en Buenos Aires alcanzó a participar en algún concurso. Miranda me miró y se sonrió. Claro, tú eras el que participaba en los concursos con él, a ti te conoció en un concurso. Pensé que tenía mi dirección por la simple razón de que tenía todas las direcciones de su padre, pero que sólo en ese momento me había reconocido. Yo soy el de los concursos, dije. Miranda se sirvió más coñac y dijo que durante un año su padre había hablado bastante de mí. Noté que me miraba de otra manera. Debí importunarlo bastante, dije. Qué va, dijo ella, de importunarlo nada, le encantaban tus cartas, siempre nos las leía a mi madre y a mí. Espero que fueran divertidas, dije sin demasiada convicción. Eran divertidísimas, dijo Miranda, mi madre incluso hasta os puso un nombre. ¿Un nombre?, ¿a quiénes? A mi padre y a ti, os llamaba los pistoleros o los cazarrecompensas, ya no me acuerdo, algo así, los cazadores de cabelleras. Me imagino por qué, dije, aunque creo que el verdadero cazarrecompensas era tu padre, yo sólo le pasaba uno que otro dato. Sí, él era un profesional, dijo Miranda de pronto seria. ¿Cuántos premios llegó a ganar?, le pregunté. Unos quince, dijo ella con aire ausente. ¿Y tú? Yo por el momento sólo uno, dije. Un accésit en Alcoy, por el que conocí a tu padre. ¿Sabes que Borges le escribió una vez una carta, a Madrid, en donde le ponderaba uno de sus cuentos?, dijo ella mirando su coñac. No, no lo sabía, dije yo. Y Cortázar también escribió sobre él, y también Mujica Lainez. Es que él era un escritor muy bueno, dije yo. Joder, dijo Miranda y se levantó y salió al patio, como si yo hubiera dicho algo que la hubiera ofendido. Dejé pasar unos segundos, cogí la botella de coñac y la seguí. Miranda estaba acodada en la barda mirando las luces de Girona. Tienes una buena vista desde aquí, me dijo. Le llené su vaso, me llené el mío, y nos quedamos durante un rato mirando la ciudad iluminada por la luna. De pronto me di cuenta de que ya estábamos en paz, que por alguna razón misteriosa habíamos llegado juntos a estar en paz y que de ahí en adelante las cosas imperceptiblemente comenzarían a cambiar. Como si el mundo, de verdad, se moviera. Le pregunté qué edad tenía. Veintidós, dijo. Entonces yo debo tener más de treinta, dije, y hasta mi voz sonó extraña.
lunes, 16 de octubre de 2023
Buba, short story by Roberto Bolaño (from "Putas asesinas", Anagrama 2001)
La ciudad de la sensatez. La ciudad del sentido común. Así
llamaban a Barcelona sus habitantes. A mí me gustaba. Era una ciudad
bonita y yo creo que me acostumbré a ella desde el segundo día (decir el
primer día sería una exageración), pero los resultados no acompañaban
al club y la gente como que te empezaba a mirar raro, eso siempre pasa,
hablo por experiencia, al principio los aficionados te piden autógrafos,
te esperan en las puertas del hotel para saludarte, no te dejan en paz
de tan cariñosos que son, pero luego enhebras una racha de mala suerte
con otra y ahí mismo te empiezan a torcer el gesto, que si eres un
flojo, que si te pasas las noches en las discotecas, que si te vas de
putas, ustedes ya me entienden, la gente empieza a interesarse por lo
que cobras, se especula, se sacan cuentas, y nunca falta el gracioso que
públicamente te llama ladrón o algo mil veces peor.
En fin,
estas cosas pasan en todas partes, a mí personalmente ya me había
sucedido algo parecido, pero entonces mi condición era la de nacional,
jugador de la casa, y ahora mi condición era la de extranjero, y la
prensa y los aficionados siempre esperan un plus extra de los
extranjeros, para eso los han traído, ¿no?
Yo, por ejemplo, como
todo el mundo sabe, soy extremo izquierdo. Cuando jugaba en
Latinoamérica (en Chile y después en Argentina) marcaba una media de
diez goles cada temporada. Aquí por el contrario, mi debut fue
asqueroso, al tercer partido me lesionaron, tuvieron que operarme de
ligamentos y mi recuperación, que en teoría tenía que ser rápida, fue
lenta y trabajosa, para qué les voy a contar. De golpe volví a sentirme
más solo que la una. Ésa es la verdad.
Gastaba una fortuna en
llamadas a Santiago y lo único que conseguía era preocupar a mi mamá y a
mi papá, que no entendían nada. Así que un día decidí irme de putas. No
lo voy a negar. Ésa es la verdad. En realidad lo único que hice fue
seguir el consejo que un día me dio Cerrone, el arquero argentino.
Cerrone me dijo: "chico, si no tienes nada mejor que hacer y los
problemas te están matando, consulta a las putas". Qué buena persona era
Cerrone. Por aquella época yo debía de tener diecinueve años a lo más y
acababa de llegar al Gimnasia y Esgrima.
Cerrone ya andaba por
los treinta y cinco o por los cuarenta, su edad era un misterio, y entre
los veteranos era el único que todavía estaba soltero. Algunos decían
que Cerrone era raro. Eso me retrajo al principio en mi trato con él. Yo
era un muchacho más bien tirado a tímido y pensaba que si conocía a un
homosexual éste iba a querer acostarse conmigo al tiro. En fin, puede
que lo fuera, puede que no lo fuera, lo único cierto es que una tarde en
que yo estaba más deprimido que nunca, me cogió aparte, era la primera
vez que hablábamos, podría decirse, y me dijo que esa noche me iba a
llevar a conocer algunas muchachas de Buenos Aires. Nunca me olvidaré de
esa salida.
El departamento estaba en el centro y mientras
Cerrone se quedaba en el living tomando unas copas y viendo un programa
nocturno en la tele, yo me acosté por primera vez con una argentina y la
depresión comenzó a amainar. A la mañana siguiente, mientras volvía a
mi casa, supe que todo mejoraría y que mi carrera en el fútbol argentino
aún me iba a deparar muchas tardes de gloria. Las depresiones eran
inevitables, me dije, pero Cerrone me había dado el remedio para
atenuarlas.
Y eso fue lo que hice en mi primer club europeo: salí
de putas y así fui capeando la lesión, el periodo de recuperación, la
soledad. ¿Que si me acostumbré? Puede que sí, puede que no, no soy quién
para emitir un juicio tan rotundo. Allí las putas son unos verdaderos
bombones, las putas de categoría, quiero decir, además de ser en líneas
generales unas chicas bastantes inteligentes y preparadas, así que
aficionarse a ellas, lo que se dice aficionarse, pues tampoco es tan
difícil.
En resumen, que me dio por salir de noche, incluso los
domingos, cuando había partido y lo que se esperaba de nosotros, los
lesionados, era que estuviéramos allí, en las gradas, convertidos en
hinchas de lujo. Pero así uno no se cura de las lesiones y yo prefería
pasarme las tardes de los domingos en alguna sala de masaje, con mi
whisky y una o dos amigas a cada lado, hablando de cosas más serias. Al
principio, por supuesto, nadie se dio cuenta. No era yo el único que
estaba lesionado, debíamos de ser unos seis o siete los que estábamos en
el dique seco, la mala racha parecía cebarse con nuestro club. Pero
luego, claro, nunca falta el periodista culiado que te ve salir de una
discoteca a las cuatro de la mañana y ahí se acabó el asunto. En
Barcelona, que parece tan grande y tan civilizada, las noticias vuelan.
Quiero decir: las noticias futbolísticas.
Una mañana me llamó el
entrenador y me dijo que se había enterado de que estaba llevando un
ritmo de vida impropio de un deportista y que eso se tenía que acabar.
Yo, por supuesto, le dije que sí, que sólo había sido una canita al
aire, y seguí con mis asuntos, porque, a ver, ¿qué otra cosa podía hacer
mientras duraba la lesión y el equipo bajaba en la tabla que daba pena
abrir el periódico los lunes para repasar las clasificaciones?
Además,
como es lógico, yo pensaba que lo que me había servido en Argentina me
tenía por fuerza que servir en España, y lo peor era que tenía razón: me
servía. Pero entonces entraron los burócratas del club y me dijeron:
"oiga, Acevedo, esto tiene que acabar, usted está resultando un mal
ejemplo para la juventud y una pésima inversión de nuestra sociedad, en
donde sólo trabajan hombres serios, así que a partir de ahora se
acabaron las salidas nocturnas, usted verá". Y luego, sin decir agua va,
me encontré de golpe con una multa que podía pagar, claro, pero que
puestos a perder dinero hubiera preferido enviarlo a Chile, no sé, a mi
tío Julio, por ejemplo, para que se lo gastara arreglando su casa. Pero
estas cosas pasan y hay que aguantarse. Así que me aguanté y me hice el
firme propósito de salir menos, digamos una vez cada quince días, pero
entonces llegó Buba y los del club decidieron que lo mejor para mí era
que dejara el hotel y que compartiera el departamento que habían puesto a
disposición de Buba, un departamento bastante coqueto, con dos
habitaciones y una terraza pequeñita pero con una buena vista, justo al
lado de nuestros campos de entrenamiento. Y eso fue lo que tuve que
hacer. Así que cogí mis maletas y me fui con un administrativo del club
al departamento y como no estaba Buba, pues escogí yo mismo el
dormitorio que quería para mí y saqué mis cosas y las metí en el closet y
entonces el administrativo me dio mis llaves y se marchó y yo me puse a
dormir la siesta.
Eran las cinco de la tarde, aproximadamente, y
antes me había echado entre pecho y espalda una fideuà, un plato típico
de Barcelona que ya había probado y que me encanta, aunque no es un
plato fácil de digerir, y cuando me dejé caer en mi nueva cama me entró
un sopor tan grande que sólo tuve fuerzas para sacarme los zapatos y ya
estaba dormido. Tuve entonces un sueño rarísimo. Soñé que estaba en
Santiago otra vez, en mi barrio de La Cisterna, y que estaba recorriendo
con mi padre la plaza esa en donde estuvo la estatua del Che, la
primera estatua del Che que hubo en América, exceptuando Cuba, y eso era
lo que me iba contando mi padre en medio del sueño, la historia de la
estatua y de todos los atentados que sufrió la estatua hasta que
llegaron los milicos y la volaron definitivamente, y mientras
caminábamos yo miraba hacia todas partes y era como si camináramos por
en medio de la selva, y mi padre decía por aquí debe estar la estatua,
pero no se veía nada, las hierbas eran altas y los árboles apenas
dejaban pasar unos rayitos de sol, suficientes para ver, para darnos
cuenta de que era de día, y nosotros íbamos por un sendero de tierra y
de piedras, pero a los lados hasta lianas había, y no se veía nada, sólo
sombras, hasta que de pronto llegábamos como a una especie de claro, un
claro rodeado de selva, y mi padre entonces se detenía y me ponía una
mano en el hombro y con la otra señalaba algo que se levantaba en medio
del claro, un pedestal de cemento de color gris clarito, y sobre el
pedestal no había nada, ni rastros de la estatua del Che, pero eso mi
padre y yo lo sabíamos y lo esperábamos, al Che lo habían quitado de
allí hacía mucho tiempo, eso no nos sorprendía, lo importante era que
estábamos juntos mi viejo y yo y que habíamos encontrado el lugar exacto
en donde antes se levantaba la estatua, pero mientras contemplábamos el
claro sin movernos, como embebidos en nuestro hallazgo, yo me fijé en
que bajo el pedestal, al otro lado, había algo, una cosa oscura que se
movía, y me solté de la mano de mi padre (me tenía cogido de la mano) y
empecé a rodear lentamente el pedestal.
Entonces lo vi: al otro
lado había un negro en pelotas haciendo unos dibujos en la tierra y yo
supe al tiro que ese negro era Buba, mi compañero de club y mi compañero
de departamento, aunque, sí quieren que les diga la verdad yo a Buba
sólo lo había visto en un par de fotos, yo y todos los demás compañeros,
y nadie se hace una idea cabal de una persona sí sólo la ha visto en la
prensa y además de pasada. Pero era Buba, de eso no me cupo la menor
duda. Y entonces yo pensé: rechuchas, debo de estar soñando, no estoy en
Chile no estoy en La Cisterna, mi padre no me ha traído a ninguna plaza
y este huevón calato no es Buba, el mediopunta africano recién
contratado por nuestro club.
Justo cuando acababa de pensar lo
anterior el negro levantó la mirada y me sonrió, dejó el palito con el
que estaba haciendo unos dibujos en la tierra amarilla (ésa sí una
tierra completamente chilena) y de un salto se puso de pie y me tendió
la mano, ¿tu eres Acevedo?, dijo, "me alegro de conocerte, flaco", eso
dijo. Y yo pensé; tal vez estamos de gira. ¿Pero de gira por dónde?
¿Estábamos
haciendo una gira por Chile? Imposible. Y entonces nos dimos la mano y
Buba me la estrechó muy fuerte y no me la soltó, y mientras me
estrechaba la mano yo miré el suelo y vi los dibujos en la tierra,
garabatos no más, qué otra cosa iba a ser, pero como que le encontré el
hilo a la cuestión, no sé si me explico, los garabatos tenían sentido,
es decir, no eran garabatos, eran otra cosa. Y entonces yo me quise
agachar y ver los dibujos más de cerca, pero la mano de Buba que
estrechaba mi mano me lo impidió, y cuando quise soltarme (ya no para
ver los dibujos sino más bien para alejarme de él, para tomar mis
distancias, porque sentí algo parecido al miedo) no pude hacerlo, la
mano de Buba, su brazo, parecían los de una estatua, una estatua recién
hecha, y mi mano había quedado empotrada en ese material que por
momentos parecía barro y por momentos parecía lava ardiente.
Creo
que fue entonces cuando me desperté. Sentí ruidos en la cocina y luego
pasos que iban desde el living hasta la otra habitación y yo me desperté
con el brazo acalambrado (me había quedado dormido en una mala postura,
algo que por aquellos días, antes de salir de la lesión, me solía
pasar) y me quedé esperando, la puerta de mi dormitorio estaba abierta,
así que él tenía que haberme visto, pero por más que esperé Buba no
apareció en el umbral. Sentí sus pasos, carraspeé, tosí, me levanté, oí
que alguien abría la puerta de la calle y luego, casi sin hacer ruido,
la volvía a cerrar.
El resto del día lo pasé solo, sentado
delante de la tele, cada vez más nervioso. Revisé (yo no soy curioso,
pero no pude evitarlo) su cuarto: en los cajones del closer había puesto
la ropa, ropas deportiva y algo de ropa de vestir y algunos trajes
africanos que a mí me parecieron como disfraces pero que en el fondo
eran bonitos. En el baño estaban sus útiles de aseo, una navaja (yo me
afeito con máquinas desechables y hacía tiempo que no veía una navaja),
una loción, un perfume inglés o comprado en Inglaterra, en la tina una
esponja de color tierra muy grande.
A las nueve de la noche
apareció Buba en nuestra nueva casa. A mí me dolían los ojos de tanto
ver la tele y él, según me dijo, venía de una sesión con la prensa
deportiva de la ciudad. Al principio nos costó un poco hacernos amigos,
aunque a veces, cuando me detengo a reflexionar, llego a la amarga
conclusión de que amigos, lo que se dice amigos, no lo fuimos nunca.
Pero otras veces, ahora mismo sin ir más lejos, creo que sí, que fuimos
bastante amigos y que, en todo caso, si Buba tuvo un amigo en el club,
ése fui yo.
Nuestra vida en común, por lo demás, no fue difícil.
Dos veces a la semana venía una señora a hacernos la limpieza del
departamento y el resto del tiempo cada uno limpiaba lo que ensuciaba,
lavaba sus propios platos, hacía la cama, en fin, lo de siempre. Por las
noches a veces yo me iba por ahí con Herrera, un muchacho de la cantera
que había subido al primer equipo y que terminó siendo titular
indiscutible de la selección española, y a veces se nos unía Buba, pero
pocas porque a Buba no le gustaba la vida nocturna.
Cuando me
quedaba en casa veía la tele y Buba se encerraba en su cuarto y se ponía
a escuchar música. Música africana. Al principio las cintas debuta no
me resultaban nada agradables. La primera vez que las escuche, al
segundo día de estar compartiendo el departamento, incluso me
sobresaltaron. Yo estaba viendo un documental sobre el Amazonas,
haciendo tiempo para la hora en que iba a empezar una película de Van
Damme, cuando de repente sentí como si en la habitación de Buba
estuvieran matando al alguien. Pónganse en mi lugar. La situación era
extraordinaria, capaz de alterarle los nervios al más valiente. ¿Qué
hice? Pues me levanté, estaba de espaldas a la puerta de Buba, y me puse
en guardia, claro, hasta que comprendí que aquello era una cinta, que
los gritos provenían del radiocasette. Después los ruidos se apagaron,
solo se oía algo así como un tambor, y luego los gemidos de una persona,
el llanto de una persona, que poco a poco fue subiendo de volumen.
Hasta ahí aguanté.
Recuerdo que me acerqué a la puerta, que llamé
con los nudillos y que nadie me respondió. En ese momento pensé que las
lágrimas y los gemidos eran de Buba y no de la cinta. Pero entonces oí
la voz de Buba que me preguntaba qué quería y no supe qué contestarle.
Todo resultaba bastante embarazoso. Le dije que bajara el volumen. Se lo
dije con una voz que traté con toda mi voluntad de que me saliera
normal. Durante un rato Buba se mantuvo en silencio. Después la música
(en realidad: el sonido de los tambores, tal vez una especie de flauta
también) se apagó y la voz de Buba dijo que se iba a dormir. Buenas
noches, dije yo y volví al sillón pero durante un rato estuve viendo el
documental sobre los indios del Amazonas sin sonido.
El resto, la
cotidianidad, como se suele decir, era apacible. Buba acababa de llegar
y aún no había jugado ni un partido como titular. El club, en aquel
tiempo, tenía un superávit de jugadores que para qué les voy a contar.
Estaba Antoine García, el líbero francés. Estaba Delève, el delantero
belga, Neuhuys el defensa central holandés, Jovanovic, delantero
yugoslavo, el argentino Percutti y el uruguayo Buzatti, mediocampistas,
además de los españoles, entre los que teníamos a cuatro jugadores de la
selección nacional. Pero las cosas nos iban mal y después de diez
jornadas desastrosas estábamos a mitad de la tabla, más bien tirando
para abajo que para arriba.
La verdad, a Buba no sé por qué no lo
ficharon. Supongo que lo hicieron para acallar las críticas casa vez
más acerbas de nuestros propios aficionados, pero al menos en teoría fue
una cagada completa. Lo que todo el mundo esperaba era un fichaje de
urgencia para cubrir mi lugar, es decir lo que todo el mundo esperaba
era que ficharan a un extremo, no a un mediocampista porque en esa la
posición ya estaba Percutti, pero los directivos suelen ser bastante
imbéciles en todas partes y cogieron lo primero que tuvieron a mano y
entonces apareció Buba. Muchos pensaron que el plan era hacerlo jugar un
tiempo con el segundo equipo, un segundo equipo que por aquellas fechas
estaba hundido en la Segunda División B, pero el representante de Buba
dijo que de eso nada, que el contrato era bien claro al respecto: o Buba
jugaba con el primer equipo o no jugaba.
Así que allí estábamos
los dos, en nuestro departamento cerca del campo de entrenamiento, él
calentando banquillo todos los domingos y yo reponiéndome de mi lesión y
sumido en una melancolía que para qué les cuento. Y los dos éramos los
más jóvenes, como ya les he dicho, y si no lo he dicho lo digo ahora,
aunque sobre eso también se especuló un rato. Yo entonces tenía
veintidós años y eso estaba claro. De Buba decían que tenía diecinueve, y
por descontado no faltó el periodista gracioso que dijo que nuestros
directivos habían sido engañados, que en el país de Buba los
certificados de nacimiento eran a la carta, que en realidad Buba no sólo
parecía tener más edad sino que, en efecto, la tenía, y que en
resumidas cuentas el fichaje había sido un timo.
La verdad es que
yo no sabía a qué carta quedarme. En el día a día, por lo demás, vivir
con Buba no era nada pesado. A veces, por las noches, se encerraba en su
dormitorio y ponía su música de gritos y de gemidos, pero uno a todo se
acostumbra. A mí también me gustaba ver la tele con el sonido muy alto,
hasta altas horas de la madrugada, y Buba, que yo sepa, nunca se quejó
por eso. A l principio la comunicación no era muy fluida, por cuestiones
de idioma, y más bien nos comunicábamos con gestos. Pero luego Buba
aprendió algo de castellano y algunas mañanas, mientras desayunábamos,
incluso hasta hablábamos de películas, que siempre ha sido uno de mis
temas favoritos, aunque la verdad es que Buba no era muy conversador y
tampoco le interesaba demasiado el cine.
En realidad, ahora que
lo pienso, Buba era bastante callado. Y no es que fuera tímido ni que
temiera meter la pata, Herrera, que sabía hablar inglés, una vez me dijo
que lo que le pasaba era que no tenía nada que decir. El loco Herrera.
Qué simpático que era Herrera. Y un buen amigo, además. Cuántas veces
salimos todos juntos. Herrera, Pepito Vila, que también era canterano,
Buba y yo. Pero Buba siempre en silencio, mirándolo todo como si
estuviera y no estuviera, y aunque a veces Herrera lo cogía por su
cuenta y se largaba a hablar en inglés con él, un inglés fluido en de
Herrera, el negro siempre se iba por las ramas, como si le diera pereza
explicar cosas de su infancia y de su patria, menos aún de su familia,
al grado de que Herrera estaba convencido de que a Buba algo malo le
tenía que haber ocurrido cuando era niño, por su reiterada negativa a
referir el más mínimo detalle íntimo, como si hubieran arrasado su
aldea, decía Herrera, que era y es de izquierdas, como si hubiera
presenciado en vivo y en directo la muerte de sus padres y hermanos y
pretendiera borrar de su cabeza todos esos años, algo bastante lógico si
las presunciones de Herrera hubieran sido ciertas, pero en realidad, y
eso yo siempre lo supe, lo intuí, Herrera se equivocaba, Buba hablaba
poco porque él era así, y eso era lo que importaba, más allá de una
infancia o adolescencia atroz o agradable: la vida de Buba estaba
rodeada de misterio porque Buba era así, eso era todo.
En todo
caso lo único cierto es que por aquellas fechas el equipo estaba mal y
Herrera y Buba parecían condenados a calentar banquillo hasta el final
de la temporada, y yo estaba lesionado y cualquier equipo de provincias
era capaz de ganarnos en nuestro propio campo. Fue entonces, cuando peor
íbamos, cuando nada parecía capaz de empeorar el hundimiento del club,
cuando se lesionó Percutti y el míster no tuvo más remedio que alinear a
Buba. Lo recuerdo como si fuera ayer. Teníamos que jugar un sábado y en
el entrenamiento del jueves, en un choque fortuito con Palau, un
defensa central, Percutti se jodió la rodilla. Así que nuestro
entrenador puso a Buba en su lugar en el entrenamiento del viernes y
para Herrera y para mí quedó claro que saldría de titular el sábado.
Cuando
se lo dijimos, por la tarde, en el hotel en donde nos habían
concentrado (pues aunque jugábamos en casa y con un rival en teoría
débil el club había decidido que cada partido era de importancia vital),
Buba nos miró como si nos calibrara por primera vez y luego se encerró
en el lavabo con una excusa cualquiera. Durante un rato Herrera y yo
estuvimos viendo la tele y decidiendo a qué hora nos pensábamos arrimar a
la timba que Buzatti había montado en su cuarto. Con Buba, por
supuesto, no contábamos.
Al poco rato oímos una música salvaje
que salía del lavabo A Herrera ya le había contado de los gustos
musicales de Buba, de las veces que se encerraba en nuestro departamento
con su radiocasette infernal, pero él nunca lo había escuchado en
directo.
Durante un rato permanecimos atentos a los gemidos y a
los tambores, después Herrera, que francamente era un muchacho culto,
dijo que aquello era de un tal Mango no sé cuánto, un músico de Sierra
Leona o Liberia, uno de los mayores exponentes de la música étnica, y
nos desentendimos del asunto. Entonces la puerta se abrió y Buba salió
del baño, se sentó a nuestro lado, en silencio, como si a él también le
interesara la tele, y yo le noté un olor un poco raro, un olor a sudor,
pero no era sudor, un olor a rancio pero que tampoco resultaba ser un
olor a rancio. Olía a humedad, a setas y hongos. Olía raro.
Yo,
lo confieso, me puse nervioso y sé que Herrera también se puso nervioso,
los dos estábamos nerviosos, los dos teníamos ganas de irnos de allí,
de salir corriendo hacia la habitación de Buzatti, en donde seguro
íbamos a encontrar a unos seis o siete compañeros jugando a las cartas,
al póquer descubierto o al once, un juego civilizado. Pero lo cierto es
que ninguno de los dos nos movimos, como si el olor y la presencia de
Buba a nuestro lado nos hubiera dejado sin ánimo para nada. No era
miedo. No tenía nada que ver con el miedo. Era algo mucho más rápido.
Como si el aire que nos rodeara se hubiera condensado y nosotros nos
hubiéramos licuado. Bueno, eso fue al menos lo que sentí. Y luego Buba
se puso a hablar y nos dijo que necesitaba sangre. La sangre de Herrera y
la mía.
Creo que Herrera se rió, no mucho, solo un poquito. Y
luego alguien apagó la televisión, no recuerdo quién, tal vez Herrera,
tal vez yo. Y Buba dijo que lo podía conseguir, que sólo necesitaba las
gotas de sangre y nuestro silencio. ¿Qué es lo que puedes conseguir?
dijo Herrera. El partido, dije yo. No sé cómo lo supe, pero lo cierto es
que lo supe desde el primer momento. El partido, sí, dijo buba. Y
entonces Herrera y yo nos reímos y tal vez nos miramos, Herrera estaba
sentado en un sillón y yo a los pies de mi cama y Buba esperaba sentado
humildemente en la cabecera de su cama.
Creo que Herrera hizo
unas preguntas. Yo también hice un a pregunta. Buba respondió con
cifras. Levantó su mano izquierda y nos mostró tres dedos, el medio, el
anular y el meñique. Dijo que no perdíamos nada con probar. El pulgar y
el índice los tenía cruzados, como si formaran un lazo o una horca en
donde un animal diminuto se asfixiaba.
Predijo que Herrera iba a
jugar. Habló de responsabilidad con los colores de la camiseta y también
habló de oportunidad. Su castellano seguía siendo deficiente.
Lo
siguiente que recuerdo es que Buba volvió a entrar en el lavabo y que
cuando salió llevaba un vaso y su navaja de afeitar. No nos vamos a
pinchar con eso, dijo Herrera. La navaja es buena, dijo Buba. Con tu
navaja no, dijo Herrera. ¿Por qué no?, dijo Buba. Porque no nos sale de
los cojones, dijo Herrera. ¿O no? Me miraba a mí. No, dije yo. Yo me
pincho con mi propia máquina de afeitar. Recuerdo que cuando me levanté
para ir al baño las piernas me temblaban. No encontré mi maquinilla,
probablemente la había olvidado en el departamento, así que cogí la que
el hotel ponía a disposición de los clientes. Herrera aún no había
vuelto y Buba parecía dormido, sentado en la cabecera de su cama, aunque
cuando cerré la puerta levantó la cabeza y me miró sin decir nada.
Permanecimos
en silencio hasta que alguien llamó a la puerta. Fui a abrir. Era
Herrera. Nos sentamos los dos en mi cama. Buba se sentó enfrente, en la
suya, y sostuvo el vaso en medio de las dos camas. Luego, con un gesto
rápido, levantó uno de los dedos de la mano que sostenía el vaso y se
hizo un corte limpio. Ahora tú, le dijo a Herrera, que cumplió el trance
armado con un pequeño alfiler de corbata, el único objeto punzocortante
que había encontrado. Después me tocó mi turno. Cuando quisimos ir al
baño a lavarnos las manos Buba nos adelantó. ¡Déjame entrar, Buba!, le
grité a través de la puerta. Por única respuesta oímos otra vez la
música que unos minutos antes Herrera había calificado de manera un
tanto apresurada (o eso me parecía ahora) como música étnica.
Esa
noche tardé en irme a dormir. Estuve un rato en la habitación de
Buzatti y luego me fui al bar del hotel, en donde ya no quedaba ningún
jugador despierto. Pedí un whisky y me lo tomé en una mesa desde la que
se apreciaban con nitidez las luces de Barcelona. Al cabo de un rato
sentí que alguien se sentaba a mi lado. Me sobresalté. Era el
entrenador, que tampoco podía dormir. Me preguntó qué hacía despierto a
esas horas. Le dije que estaba nervioso. Pero si tú mañana no juegas,
Acevedo, dijo él. Peor todavía, dije yo.
El entrenador miró la
ciudad, asintiendo, y se frotó las manos. ¿Qué estás bebiendo?,
preguntó. Lo mismo que usted, dije. Ah, vaya, dijo él, eso es bueno para
los nervios. Después el entrenador se puso a hablar de su hijo y de su
familia, que vivían en Inglaterra, pero sobre todo de su hijo, y luego
los dos nos levantamos y dejamos nuestros vasos vacíos en la barra.
Al
entrar en mi habitación Buba dormía plácidamente en su cama.
Normalmente no hubiera encendido la luz, pero esta vez lo hice. Buba ni
se movió. Fui al lavabo: todo estaba en orden. Me puse el pijama y me
acosté y apagué la luz. Durante unos minutos estuve escuchando la
respiración acompasada de Buba. No recuerdo en qué momento me quedé
dormido.
Al día siguiente ganamos por tres a cero. El primer gol
lo marcó Herrera. Era el primero que marcaba aquella temporada. Los
otros dos los hizo Buba. La prensa deportiva, un poco reticente, hablaba
de cambio sustancial en nuestro juego y destacaba el gran partido
realizado por Buba. Yo vi el partido. Yo sé lo que realmente ocurrió. En
realidad, Buba no jugó bien. El que jugó bien fue Herrera y Delève y
Buzatti. La línea medular del equipo. En realidad, Buba estuvo como
ausente durante buena parte del partido. Pero marcó dos goles y eso era
suficiente.
Ahora tal vez debería decir algo acerca de los goles.
El primero (que fue el segundo del encuentro) se produjo tras un córner
que sirvió Palau. Buba, en medio del barullo, metió la pierna y marcó.
El segundo fue extraño: el equipo rival ya había aceptado la derrota,
corría el minuto 85, todos los jugadores estaban cansados, los nuestros
probablemente más, el tono del partido era francamente conservador, y
entonces alguien le pasó la pelota a Buba, con la esperanza, digo yo, de
que la devolviese o la retrasara, pero Buba corrió por su banda, mucho
más rápido de lo que había estado en el resto del partido, se acercó a
unos cuatro metros del área grande y cuando todos esperaban que centrara
soltó un tiro que sorprendió a los dos defensas que tenía delante y al
arquero, un tiro con un chanfle como yo no había visto nunca, un disparo
endemoniado propio sólo de los jugadores brasileños, que se coló por la
escuadra derecha de la portería contraria y que puso a todos los
espectadores de pie.
Esa noche, después de celebrar la victoria,
hablé con él. Le pregunté por la magia, por el hechizo, por la sangre en
el vaso. Buba me miró y se puso serio. Acerca tu oreja, dijo.
Estábamos
en una discoteca y apenas nos oíamos. Buba me susurró unas palabras que
al principio no entendí. Probablemente yo ya estaba borracho. Luego
alejó su boca de mi oreja y me sonrió. Tú pronto podrás marcar goles
mejores, dijo. De acuerdo, perfecto, dije yo.
A partir de
entonces todo se encarriló. El siguiente partido lo ganamos cuatro a
dos, y eso que jugábamos en campo contrario. Herrera marcó un gol de
cabeza, Delève uno de penalti, y Buba marcó los otros dos, que fueron
rarísimos, o eso me pareció a mí, que conocía la historia y que antes
del viaje, al que no fui, participé junto con Herrera en la ceremonia de
los dedos cortados y del vaso y de la sangre.
Tres semanas
después me convocaron y reaparecí en la segunda parte, en el minuto 75.
Jugábamos en la casa del líder y ganamos uno a cero. El gol lo marqué yo
en el minuto 88. El pase me lo dio Buba o eso fue lo que pensó todo el
mundo, aunque yo tengo algunas dudas. Sólo sé que Buba se escapó por la
banda derecha y yo eché a correr por la izquierda. Había cuatro
defensas, uno detrás de Buba, dos en el medio y uno a unos tres metros
de donde corría yo. Entonces ocurrió algo que aún no sé explicarme.
Los
defensas centrales parecieron clavarse en sus posiciones. Yo seguí
corriendo con el lateral derecho de ellos pegado a mis talones. Buba se
acercó al área con el lateral izquierdo que tampoco se le despegaba.
Entonces hizo una finta y centró. Yo me metí en el área sin ninguna
posibilidad de darle a la pelota, pero entre que los centrales estaban
como despistados o como repentinamente mareados y el efecto rarísimo que
cogió el balón, lo cierto es que milagrosamente me vi dentro del área,
con la pelota controlada y el portero de ellos que salía y el lateral
derecho pegado a mi hombro izquierdo sin saber si hacerme una falta o
no, y entonces simplemente chuté y marqué el gol y ganamos.
El
domingo siguiente fui titular indiscutible. Y a partir de entonces
empecé a marcar más goles que nunca en mi vida. Y Herrera también tuvo
una racha goleadora. Y todo el mundo adoraba a Buba. Y también nos
adoraban a Herrera y a mí. De la noche a la mañana nos convertimos en
los reyes de la ciudad. Todo nos sonreía. El club inició una ascensión
imparable. Ganábamos y ganábamos.
Y nuestro rito de la sangre
siguió repitiéndose indefectiblemente antes de cada partido. De hecho, a
partir de la primera vez, Herrera y yo nos compramos navajas de afeitar
parecidas a la que tenía Buba y cada vez que íbamos a jugar fuera lo
primero que metíamos en nuestro equipaje eran las navajas, y cuando
jugábamos en casa nos reuníamos la noche anterior en nuestro
departamento (porque ya no nos concentraban en los partidos como
locales) y realizábamos la sesión y Buba recogía su sangre y la nuestra
en un vaso y luego se encerraba en el baño y mientras escuchábamos la
música que salía de allí Herrera se ponía a hablar de libros o de obras
de teatro que había visto y yo me quedaba callado y asentía a todo,
hasta que Buba reaparecía y nosotros lo mirábamos como preguntándole si
todo estaba en orden y Buba entonces nos sonreía y se metía en la cocina
a buscar el estropajo y el cubo de agua y volvía luego al baño, en
donde se estaba por lo menos un cuarto de hora arreglándolo todo, y
cuando nosotros entrábamos en el baño todo estaba igual que antes, y a
veces, cuando me iba con Herrera a una discoteca y Buba no venía (porque
a Buba no le gustaban demasiado las discotecas), Herrera se ponía a
hablar conmigo y me preguntaba qué creía yo que hacía Buba con nuestra
sangre en el baño, porque lo cierto es que cuando Buba desocupaba el
baño ya no había rastros de sangre por ningún lado, el vaso que la había
contenido estaba reluciente, el suelo limpio, vaya, el baño parecía
como cuando venía la señora a hacernos la limpieza, y yo le decía a
Herrera que no sabía, que no tenía idea de lo que hacía Buba cuando se
encerraba allí, y Herrera me miraba y decía: si yo viviera con él me
daría miedo, y yo miraba a Herrera como diciéndole: ¿lo dices en serio o
estás de broma?, y Herrera decía: estoy de guasa, Buba es nuestro
amigo, gracias a él ahora estoy en la selección, gracias a él nuestro
club va a ser campeón, gracias a él la gloria nos sonríe, y eso era
verdad.
Por lo demás, yo nunca le tuve miedo a Buba. A veces.
Mientras veíamos la tele en nuestro departamento antes de irnos a
dormir, me lo quedaba mirando con el rabillo del ojo y pensaba en lo
extraño que era todo. Pero no pensaba mucho rato en esto. El fútbol es
extraño.
Finalmente aquel año que empezamos tan mal fuimos
campeones de Liga y paseamos por el centro de Barcelona entre una
multitud enfervorecida y hablamos desde el balcón del ayuntamiento a
otra multitud enfervorecida que coreaba nuestros nombres y ofrecimos el
título a la virgen de Montserrat, del monasterio de Montserrat, una
virgen negra como Buba, esto parece mentira pero es verdad, y dimos
entrevistas hasta que ya no pudimos hablar. Las vacaciones las pasé en
Chile. Buba se fue a África. Herrera se marchó al Caribe con su novia.
Nos
encontramos en la pretemporada, en el centro deportivo del este de
Holanda, cerca de una ciudad fea y gris que me hizo tener los peores
presentimientos.
Todos estaban allí, menos Buba. No sé qué
problema había tenido en su país de origen. Herrera parecía agotado
aunque exhibía un bronceado de deportista de élite. Me dijo que había
pensado en casarse. Yo le expliqué mis vacaciones en Chile, pero, como
ustedes saben, cuando en Europa es verano en Chile es invierno, así que
mis vacaciones no habían sido muy lucidas. La familia estaba bien. Poco
más. La tardanza de Buba nos intranquilizó. No queríamos reconocerlo,
pero estábamos intranquilos. De repente sentimos, tanto Herrera como yo,
que sin él estábamos perdidos. Por el contrario, nuestro entrenador
contribuyó a quitarle hierro a la impuntualidad de Buba.
Una
mañana, después de un vuelo que hizo escalas en Roma y Frankfurt, el
negro se reintegró en el equipo. Loa partidos de pretemporada, sin
embargo, fueron pésimos. Nos ganó un equipo de la Tercera División
holandesa. Empatamos con el equipo de aficionados de la ciudad donde
residíamos. Ni Herrera ni yo nos atrevíamos a pedirle a Buba el rito de
la sangre, aunque nuestras navajas estaban listas.
De hecho, y
esto tardé en comprenderlo, parecía como si tuviéramos miedo de pedirle a
Buba un poco de su magia. Por supuesto seguíamos siendo amigos y en
alguna ocasión fuimos juntos a una discoteca holandesa, pero de sangre
no hablábamos sino de los chismes que circulan en pretemporada, los
jugadores que cambiaban de equipo, los nuevos fichajes, la Liga de
Campeones que íbamos a jugar ese año, los contratos que se acababan o
que tenían que ser mejorados. También hablábamos de películas y de las
vacaciones que ya habían terminado y Herrera, sólo Herrera, hablaba de
libros, entre otras cosas porque era el único que leía.
Después
volvimos a la ciudad y yo volví a encontrarme solo con Buba y con
nuestra cotidianidad en aquel departamento enfrente de los campos de
entrenamiento, y luego empezó la Liga, en primer partido, y la noche
antes apareció Herrera por nuestra casa y encaró la situación. Le dijo a
Buba que qué pasaba. ¿No iba a haber magia ese año? Y Buba sonrió y
dijo que no era magia. Y Herrera dijo qué coño es entonces. Y Buba se
encogió de hombros y dijo que era algo que sólo él entendía. Y luego
hizo un gesto como quitándole importancia al asunto. Y Herrera dijo que
él quería más, que él creía en Buba, fuera lo que fuera lo que éste
hacía. Y Buba dijo que estaba cansado y cuando dijo eso yo lo miré a la
cara y no me pareció en modo alguno un tipo de diecinueve o veinte años
sino un jugador de más de treinta que ya le ha exigido demasiado a su
cuerpo. Y Herrera, contra lo que yo esperaba, aceptó las palabras de
Buba con una actitud admirable. Dijo: "pues no se hable más del asunto,
os invito a cenar". Así era Herrera. Buen tipo.
De tal manera que
salimos a cenar a uno de los mejores restaurantes de la ciudad, y un
fotógrafo de prensa que había allí nos hizo una foto, es esa que tengo
colgada en el comedor, con Herrera y Buba y yo sonriendo, bien vestidos,
delante de una mesa exquisita, si me permiten la expresión (pero es que
otra no hay), dispuestos a comernos el mundo aunque en nuestro fuero
interno teníamos bastantes dudas (sobre todo Herrera y yo) de que
efectivamente fuéramos a comernos nada. Y mientras estuvimos allí no se
dijo nada de magia ni de sangre: hablamos de películas, de viajes, pero
no de viajes de trabajo sino de viajes de placer, y de poco más.
Y
cuando salimos del restaurante, no sin antes haberle firmado autógrafos
a los camareros y al cocinero y a los pinches de cocina, nos pusimos a
caminar durante un rato por las calles vacías de la ciudad, esa ciudad
tan bonita, la ciudad de la sensatez y del sentido común como la
llamaban algunos exaltados, pero que también era la ciudad del
resplandor en donde uno se sentía bien consigo mismo y para mí ahora es
la ciudad de mi juventud, bueno, como decía, nos pusimos a caminar por
calles de Barcelona, porque un deportista sabe que después de una cena
copiosa lo mejor es estirar las piernas, y entonces, cuando ya
llevábamos un rato dando vueltas y viendo los edificios iluminados (obra
de grandes arquitectos que Herrera nombraba como si los hubiera
conocido personalmente), Buba dijo con una sonrisa más bien triste que
si queríamos podíamos volver a repetir la experiencia del año pasado.
Ésa
fue la palabra que empleó. Experiencia. Herrera y yo nos quedamos
callados. Luego volvimos al parking, nos subimos a mi coche y enfilamos
hasta nuestro departamento sin decir una sola palabra. Yo me hice el
corte con mi navaja. Herrera empleó un cuchillo de la cocina. Cuando
Buba salió del baño nos miró y por primera vez, mientras iba a buscar el
estropajo y el cubo de agua a la cocina, no dejó la puerta cerrada.
Recuerdo que Herrera se levantó pero acto seguido volvió a sentarse.
Luego Buba se encerró en el baño y cuando salió todo estaba como antes.
Yo propuse celebrarlo tomándonos un último whisky. Herrera aceptó. Buba
dijo que no con la cabeza. Ninguno tenía ganas de hablar, supongo,
porque el único que dijo algo fue Buba. Dijo: "esto no es necesario, ya
somos ricos". Eso fue todo. Después Herrera y yo nos bebimos nuestros
whiskys de un solo trago y nos fuimos todos a dormir.
Al día
siguiente empezamos la Liga ganando seis a cero. Buba marcó tres goles,
Herrera uno, yo dos. Fue una temporada gloriosa, a mí me parece mentira
que la gente se acuerde, porque ya ha pasado mucho tiempo, pero si lo
pienso bien, si hago funcionar la memoria, me resulta lógico (perdonen
la vanidad) que todavía no haya caído en el olvido la segunda y última
temporada que jugué con Buba en Europa. Ustedes vieron los partidos por
televisión. Si hubieran vivido en Barcelona se vuelven locos. Ganamos la
Liga con más de quince puntos de ventaja y fuimos campeones de Europa
sin haber perdido ni un solo partido, sólo el Milán nos empató en San
Siro y el Bayern sacó el otro empate en su casa. El resto, puras
victorias.
Buba se convirtió en la estrella del momento, goleador
en la Liga Española y en la Liga de Campeones, su cotización subió por
encima de las nubes. A mitad de temporada su agente intentó renegociar
la ficha a más del triple de su monto anual y el club se vio obligado a
venderlo a la Juve a principios de la pretemporada siguiente. Herrera
también se convirtió en un jugador ambicionado por muchos clubes. Pero
como era canterano, es decir casi se había criado en las categorías
inferiores de nuestro club, no quiso irse, aunque a mí me consta que
tuvo ofertas del Manchester, en donde hubiera ganado más. A mí también
me llovieron las ofertas, pero después de dejar marchar a Buba el club
no podía darse el lujo de desprenderse de mí y me arreglaron la ficha y
me quedé.
Para entonces ya había conocido a una catalana, que no
tardaría en ser mi esposa, y yo creo que esto influyó en mi decisión de
no marcharme. No me arrepiento de haberlo hecho. Aquella temporada
volvimos a ser campeones de la Liga Española, pero en la Liga de
Campeones nos enfrentamos en semifinales con el equipo de Buba y fuimos
eliminados.
En Italia nos metieron tres a cero y uno de los goles
lo marcó Buba, uno de los goles más bonitos que he visto en mi vida, un
gol de falta, o de tiro libre para ustedes, muchachos, desde una
distancia de más de veinte metros, lo que los brasileños llaman una hoja
muerta, una hoja de otoño. Una pelota que parece va a salir y que de
repente cae como una hoja muerta, algo que dicen que sabía hacer Didí,
algo que yo nunca le había visto hacer a Buba, y recuerdo que después
del gol Herrera me miró, yo estaba en la barrera y Herrera estaba detrás
marcando a un italiano, y cuando nuestro arquero iba a buscar la pelota
al fondo de la portería herrera me miró y se sonrió como diciendo
“vaya, vaya”, y yo también me sonreí. Fue el primer gol de los italianos
y a partir de ahí Buba se eclipsó. Lo sacaron en el minuto 50. Antes de
dejar la cancha nos abrazó a Herrera y a mí. Cuando acabó el partido
estuvimos un rato con él en los túneles del vestuario.
En el
partido de vuelta, en nuestro campo, los italianos nos empataron a cero.
Fue uno de los partidos más raros que he jugado en mi vida. Todo
pareció transcurrir como a cámara lenta y al final los italianos nos
eliminaron. Pero en líneas generales fue una temporada como para no
olvidar. Volvimos a ganar la Liga, a Herrera y a mí nos convocaron para
jugar el Mundial con nuestras respectivas selecciones, las noticias que
teníamos de Buba eran magníficas. Él también ganó la Liga italiana (el
famoso Scudetto) y la Liga de Campeones por segundo año consecutivo. Era
el jugador del momento. A veces lo llamábamos por teléfono y hablábamos
durante un rato de banalidades.
Poco antes de que nos
marcháramos a unas vacaciones que iban a ser más cortas de lo usual
(aquel año los internacionales nos concentramos para el Mundial casi sin
tiempo para nada), la noticia salió en la primera página de los
periódicos deportivos. Buba había muerto en un accidente automovilístico
camino del aeropuerto de Turín.
Nos quedamos helados. Poco más
es lo que puedo decir. Con la mano en el pecho: nos quedamos helados y
ya está. El Mundial fue asqueroso. A Chile la eliminaron en octavos,
pero no ganamos ni un solo partido. España ni siquiera pasó a octavos,
aunque ellos sí que ganaron un partido. Mi actuación, ustedes se
acordarán, fue funesta. Así que mejor no hablar. ¿El país de Buba? No,
ellos fueron eliminados en la fase previa por Camerún o Nigeria, no me
acuerdo. Buba no hubiera podido ir al Mundial ni vivo ni muerto. Como
jugador, quiero decir.
Luego pasó el tiempo y vivieron otras
ligas y otros mundiales y otros amigos. En Barcelona permanecí aún seis
años. En España, diez. Por supuesto que todavía alcancé a vivir muchas
noches de gloria, pero nada es comparable. Me retiré del fútbol jugando
en el Colo-Colo, pero ya no de extremo izquierdo, la vida de un extremo
izquierdo es corta, sino de mediocampista. Luego me dediqué a mi tienda
de deportes. Hubiera podido ser entrenador, hice el curso, pero la
verdad es que ya estaba harto. Herrera todavía jugó un par de años más.
Luego se retiró en olor de multitudes. Fue internacional más de cien
veces (yo sólo lo fui en cuarenta y tres ocasiones) y cuando dejó el
fútbol la hinchada de Barcelona le tributó un homenaje como se han visto
pocos. Ahora tiene no sé cuántas empresas en su ciudad y la vida, como
es obvio, le va bien.
Durante muchos años estuvimos sin vernos.
Hasta hace poco, que se hizo un programa de televisión, de esos más bien
nostálgicos, sobre el equipo que había ganado por primera vez la Liga
de Campeones. A mí me llegó la invitación y aunque ahora ya no me gusta
viajar, acepté porque era una ocasión para reunirme con los viejos
amigos. La ciudad, qué otra cosa voy a decir, sigue igual de bonita. Nos
alojaron en un hotel de primera y mi mujer al poco rato ya había
partido a ver a sus familiares y amistades. Yo preferí echarme en la
cama y dormir un rato, pero la verdad es que al cabo de un cuarto de
hora me di cuenta de que no iba a poder dormir.
Después me vino a
buscar un muchacho de la productora y me llevó a los estudios de
televisión. En la sala de maquillaje coincidí con Pepito Vila. Estaba
completamente calvo y me costó reconocerlo. Después apareció Delève y
aquello fue el acabose. Qué viejos estaban todos. La moral me subió un
poco cuando, antes de entrar en el plató, ví a Herrera. A él sí que lo
hubiera reconocido en cualquier parte. Nos dimos un abrazo y cruzamos
una pocas palabras, las suficientes como para que yo supiera que aquella
noche, pasara lo que pasara, cenábamos juntos.
El programa fue
largo y prolijo. Se habló de la Copa, de lo que había significado para
el club, de Buba, de aquel primer año de Buba en Europa, pero también se
habló de Buzatti y de Delève, de Palau y Pepito Vila, de mí y sobre
todo de Herrera y de su larga carrera deportiva, un ejemplo para la
juventud. Éramos siete ex jugadores y tres periodistas y dos aficionados
de relumbrón, un actor de cine y una cantante brasileña, que al final
resultó ser la más fanática seguidora que yo haya visto jamás. Se
llamaba Liza Do Elisa, no creo que fuera su nombre verdadero, pero lo
cierto es que cuando el programa se acabó (yo apenas dije cuatro
tonterías, sentía un nudo en el estómago) la Liza Do Elisa se vino a
cenar con nosotros, con Herrera y conmigo y con Pepito Vila y con uno de
los periodistas, no sé, tal vez fuera amiga de este último, el caso es
que de pronto me encontré en un restaurante en penumbra cenando con toda
esta gente y luego en una discoteca aún más oscura salvo la pista de
baile en donde yo estaba bailando unas veces solo y otras veces con la
Liza Do Elisa y finalmente, a las tantas de la mañana, en un bar del
puerto, bebiéndome un carajillo en una mesa algo sucia en donde sólo
estaba Herrera y la cantante brasileña.
No recuerdo quién de los
dos sacó el tema. Tal vez la Liza Do Elisa estuviera hablando de magia,
puede ser, tal vez Herrera quería hablar de eso y la provocó, magia
negra y magia blanca, decía la brasileña, o eso creí entender, y luego
se puso a contar historias, hechos reales que le habían sucedido en la
infancia o durante su juventud, cuanto tuvo que abrirse un camino en el
mundo del espectáculo. Recuerdo que la miré y pensé que era una mujer de
armas tomar: hablaba igual, con la misma energía y agresividad que
durante el programa de televisión. Le había costado subir y permanecía
en guardia, como si en cualquier momento la fueran a atacar. Era una
mujer hermosa, de unos treintaicinco años, con una buena delantera. Se
notaba que no había tenido una vida fácil. Pero esto no le interesaba a
Herrera, lo comprendí en el acto. Herrera quería hablar de magia, de
vudú, de ritos candomblé, de negros, en suma. Y la Liza Do Elisa no hizo
de rogar.
Así que yo me acabé el carajillo y aguanté mecha y
como el tema, sinceramente, me aburría un poco, pedí un whisky y luego
otro whisky y cuando ya empezaba a entrar la luz del día por las
ventanas del bar Herrera dijo que él tenía una historia parecida a las
historias que le había contado Liza Do Elisa y que se la iba a contar a
ver qué le parecía a ella. Y entonces yo cerré los ojos, como si tuviera
sueño, aunque no tenía nada de sueño, y escuché que Herrera contaba la
historia de Buba y de él y mía, pero sin decir que Buba era Buba ni él y
yo nosotros sino unos jugadores franceses que había conocido hacía
tiempo, y Liza Do Elisa se calló (me parece que era la primera vez que
callaba en toda la noche) hasta que Herrera llegó al final, a la muerte
de Buba, y sólo entonces Liza Do Elisa abrió la boca y dijo que sí, que
eso era posible, y Herrera preguntó por la sangre que los tres jugadores
vertían en el vaso y Liza Do Elisa dijo que aquello era parte de la
ceremonia, y luego Herrera preguntó por la música que salía del baño en
donde se encerraba el negro y Liza Do Elisa dijo que aquello también era
parte de la ceremonia, y luego Herrera preguntó por el destino de la
sangre que el negro se llevaba al baño y por el estropajo y el cubo de
agua con lejía y también quiso saber qué creía Liza Do Elisa que hacía
en el baño, y a todas las preguntas la brasileña respondió que aquello
era parte de la ceremonia, hasta que Herrera se anduvo enojando y dijo
que obviamente todo era parte de la ceremonia pero que él quería saber
en qué consistía la ceremonia. Y entonces Liza Do Elisa le dijo que a
ella no le levantara la voz, mucho menos si quería follarla, textual,
empleó esas palabras, a lo que Herrera respondió con una risotada que me
hizo recordar emocionado al Herrera de la Liga de Campeones y de las
dos Ligas que ganamos juntos, quiero decir, de las dos que ganamos con
Buba y de las cinco que ganamos en total, y después de reírse dijo que
no era su intención ofenderla (la Liza Do Elisa se ofendía por cualquier
detalle) y repitió la pregunta.
Y entonces la brasileña puso
cara de meditar y luego miró a Herrera y me miró a mí (pero a Herrera lo
miro con mucha más intensidad) y dijo que a ciencia cierta no lo sabía.
Que tal vez bebía la sangre o tal vez la arrojaba al inodoro, que tal
vez orinaba o defecaba en la sangre o que tal vez no hacía ninguna de
esas cosas, que tal vez se desnudaba y se empapaba con la sangre y
después se duchaba, pero que todo eso sólo eran suposiciones. Y luego
los tres nos quedamos callados hasta que Liza Do Elisa volvió a abrir la
boca para decir que, fuera lo que fuera, lo cierto es que aquel tipo
sufría y quería mucho.
Y luego Herrera le preguntó si ella creía
que la magia de aquel negro que jugaba en el equipo francés era
efectiva. No, dijo Liza Do Elisa. Estaba loco. ¿Cómo iba a ser efectiva?
Y Herrera dijo: ¿y por qué sus compañeros empezaron a jugar mejor?
Porque eran buenos jugadores, dijo la brasileña. Y entonces yo metí la
cuchara y le pregunté qué había querido decir con que sufría mucho,
¿sufrir cómo?, le dije, y ella respondió que con todo el cuerpo y más
que con el cuerpo con toda la mente.
- ¿Qué quieres decir, Liza? -dije yo.
- Que estaba loco, -dijo la brasileña.
El
bar había bajado la persiana metálica. En una pared distinguí varias
fotos de nuestro equipo. La brasileña nos preguntó (no sólo a Herrera, a
mí también) si estábamos hablando de Buba. Herrera no movió ni un solo
músculo de la cara. Yo tal vez asentí. La Liza Do Elisa se persignó. Me
levanté y fui a echar una ojeada a las fotos. Allí estaba nuestro once:
Herrera, de pie, con los brazos cruzados, junto a Miquel Serra, el
arquero, y Palau, y debajo de ellos, en cuclillas, Buba y yo. Yo estoy
sonriendo, como si no me preocupara nada, y Buba está serio y mira
directamente a la cámara.
Fui al baño y cuando volví Herrera
estaba junto a la barra, pagando, y la brasileña también se había
levantado y se alisaba el vestido, un vestido granate muy ajustado,
junto a la mesa. Antes de marcharnos el encargado del bar o tal vez era
el dueño, el tipo que nos había soportado hasta el amanecer, me pidió
que estampara mi firma en otra de las fotos que adornaban la pared. Allí
estaba yo solo, era una de las primeras fotos que me tomaron cuando
llegué a la ciudad. Le pregunté su nombre. Dijo que se llamaba Narcís.
Se la dediqué con afecto.
Ya clareaba cuando salimos. Como en los
viejos tiempos, caminamos durante un rato por las calles de Barcelona.
Noté sin sorpresa que Herrera llevaba a la brasileña cogida por la
cintura. Después nos metimos en un taxi y me acompañaron hasta mi hotel.
lunes, 8 de febrero de 2021
El Ojo Silva, Roberto Bolaño
Para Rodrigo Pinto y María y Andrés Braithwaite
Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende.
El caso del Ojo es paradigmático y ejemplar y tal vez no sea ocioso volver a recordarlo, sobre todo cuando ya han pasado tantos años.
En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, el Ojo Silva se marchó de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los malos vientos que soplaban en la vecina república lo llevaron a México en donde vivió un par de años y en donde lo conocí.
No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el D.F.: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados.
Nos hicimos amigos y solíamos encontrarnos una vez a la semana, por lo menos, en el café La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle Versalles en donde yo vivía con mi madre y con mi hermana. Los primeros meses el Ojo Silva sobrevivió a base de tareas esporádicas y precarias, luego consiguió trabajo como fotógrafo de un periódico del D.F. No recuerdo qué periódico era, tal vez El Sol, si alguna vez existió en México un periódico de ese nombre, tal vez El Universal; yo hubiera preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirigía el viejo poeta español Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo trabajé allí y nunca vi al Ojo en la redacción. Pero trabajó en un periódico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situación económica mejoró, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se había acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la mirada podía apreciar señales inequívocas que hablaban de un repunte económico.
Los primeros meses en el D.F., por ejemplo, lo recuerdo vestido con sudaderas. Los últimos ya se había comprado un par de camisas e incluso una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos poetas y yo, no usábamos nunca. De hecho, el único personaje encorbatado que alguna vez se sentó a nuestra mesa del café Quito, en la avenida Bucareli, fue el Ojo.
Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculos de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierda que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile.
Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el Ojo correspondía al cariño haciendo de vez en cuando fotos de la familia, es decir de mi madre, de mi hermana, de alguna amiga de mi madre y de mí. A todo el mundo le gusta que lo fotografíen, me dijo una vez. A mí me daba igual, o eso creía, pero cuando el Ojo dijo eso estuve pensando durante un rato en sus palabras y terminé por darle la razón. Sólo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre creyó que el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para él en el futuro.
Una noche me lo encontré en el café Quito. Casi no había parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a Bucareli con un café con leche servido en vaso, esos vasos grandes de vidrio grueso que tenía el Quito y que nunca más he vuelto a ver en un establecimiento público. Me senté junto a él y estuvimos charlando durante un rato. Parecía translúcido. Esa fue la impresión que tuve. El Ojo parecía de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su café con leche parecían intercambiar señales, como si se acabaran de encontrar, dos fenómenos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con más voluntad que esperanza de hallar un lenguaje común.
Esa noche me confesó que era homosexual, tal como propagaban los exiliados, y que se iba de México. Por un instante creí entender que se marchaba porque era homosexual. Pero no, un amigo le había conseguido un trabajo en una agencia de fotógrafos de París y eso era algo con lo que siempre había soñado. Tenía ganas de hablar y yo lo escuché. Me dijo que durante algunos años había llevado con ¿pesar?, ¿discreción?, su inclinación sexual, sobre todo porque él se consideraba de izquierdas y los compañeros veían con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos de la palabra invertido (hoy en desuso) que atraía como un imán paisajes desolados, y del término colisa, que yo escribía con ese y que el Ojo pensaba se escribía con zeta.
Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y que en algún momento yo brindé por los luchadores chilenos errantes, una fracción numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes, entelequia compuesta de huérfanos que, como su nombre indica, erraban por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi siempre, por lo demás, era el peor. Pero después de reírnos el Ojo dijo que la violencia no era cosa suya. Tuya sí, me dijo con una tristeza que entonces no entendí, pero no mía. Detesto la violencia. Yo le aseguré que sentía lo mismo. Después nos pusimos a hablar de otras cosas, libros, películas, y ya no nos volvimos a ver.
Un día supe que el Ojo se había marchado de México. Me lo comunicó un antiguo compañero suyo del periódico. No me pareció extraño que no se hubiera despedido de mí. El Ojo nunca se despedía de nadie. Yo nunca me despedía de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se despedían de nadie. A mi madre, sin embargo, le pareció un gesto de mala educación.
Dos o tres años después yo también me marché de México. Estuve en París, lo busqué (si bien no con excesivo ahínco), no lo encontré. Con el paso del tiempo empecé a olvidar hasta su rostro, aunque siempre persistió en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática que asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no tenía rostro o que había adquirido un rostro de sombras, pero que aún mantenía lo esencial, la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no cabía la quietud.
Pasaron los años. Muchos años. Algunos amigos murieron. Yo me casé, tuve un hijo, publiqué algunos libros.
En cierta ocasión tuve que ir a Berlín. La última noche, después de cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cogí un taxi (aunque usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al que ordené que se detuviera antes porque quería pasear un poco. El taxista (un asiático ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dejó a unas cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no había gente por las calles. Atravesé una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo reconocí hasta que él me habló. Dijo mi nombre y luego me preguntó cómo estaba. Entonces me di la vuelta y lo miré durante un rato sin saber quién era. El Ojo seguía sentado en el banco y sus ojos me miraban y luego miraban el suelo o a los lados, los árboles enormes de la pequeña plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a él con más intensidad (eso creí entonces) que a mí. Di unos pasos hacia él y le pregunté quién era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. ¿El Ojo Silva de Chile?, dije yo. Él asintió y sólo entonces lo vi sonreír.
Aquella noche conversamos casi hasta que amaneció. El Ojo vivía en Berlín desde hacía algunos años y sabía encontrar los bares que permanecían abiertos toda la noche. Le pregunté por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fotógrafo free lancer. Había tenido casa en París, en Milán y ahora en Berlín, viviendas modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. Sólo cuando entramos al primer bar pude apreciar cuánto había cambiado. Estaba mucho más flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Noté asimismo que bebía mucho más que en México. Quiso saber cosas de mí. Por supuesto, nuestro encuentro no había sido casual. Mi nombre había aparecido en la prensa y el Ojo lo leyó o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llamó por teléfono a la organización y consiguió las señas de mi hotel. Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.
Me reí. Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, alguien al que le podías decir adiós en cualquier momento de la noche y él sólo te diría adiós, sin un reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que nunca había abundado mucho en Chile pero que sólo allí se podía encontrar.
Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud. El Ojo jamás se hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro diálogo se desarrolló básicamente en el terreno de las evocaciones, es decir fue un diálogo informativo y melancólico. El diálogo, en realidad el monólogo, que de verdad me interesa es el que se produjo mientras volvíamos a mi hotel, a eso de las dos de la mañana.
La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras atravesábamos la misma plaza en donde unas horas antes nos habíamos encontrado. Recuerdo que hacía frío y que de repente escuché que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que nunca antes le había contado a nadie. Lo miré. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto. ¿Y qué pasó en ese viaje?, le pregunté. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareció existir sólo para contemplar las copas de los altos árboles alemanes y los fragmentos de cielo y nubes que bullían silenciosamente por encima de éstos.
Algo terrible, dijo el Ojo. ¿Tú te acuerdas de una conversación que tuvimos en el Quito antes de que me marchara de México? Sí, dije. ¿Te dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo. Sentémonos, dijo el Ojo.
Juraría que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo aún no hubiera llegado, aún no hubiera empezado a cruzar la plaza, y él estuviera esperándome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alzó el cuello de su abrigo y empezó a hablar. Yo encendí un cigarrillo y permanecí de pie. La historia del Ojo transcurría en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo había llevado hasta allí, en donde tenía que realizar dos trabajos. El primero era el típico reportaje urbano, una mezcla de Marguerite Duras y Hermann Hesse, el Ojo y yo sonreímos, hay gente así, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre India Song y Sidharta, y uno está para complacer a los editores. Así que el primer reportaje había consistido en fotos donde se vislumbraban casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con predominio más bien del restaurante canalla o del restaurante de familias que parecían canallas y sólo eran indias, y también fotos del extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las vías de comunicación, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y trenes que entraban y salían de la ciudad, sin olvidar la naturaleza como en estado latente, una hibernación ajena al concepto de hibernación occidental, árboles distintos a los árboles europeos, ríos y riachuelos, campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.
El segundo reportaje fotográfico era sobre el barrio de las putas de una ciudad de la India cuyo nombre no conoceré nunca.
Aquí empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo aún vivía en París y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido escritor francés que se había especializado en el submundo de la prostitución. De hecho, su reportaje sólo era el primero de una serie que comprendería barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fotógrafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.
No sé a qué ciudad llegó el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benarés o Madrás, recuerdo que se lo pregunté y que él ignoró mi pregunta. Lo cierto es que llegó a la India solo, pues el escritor francés ya tenía escrita su crónica y él únicamente debía ilustrarla, y se dirigió a los barrios que el texto del francés indicaba y comenzó a hacer fotografías. En sus planes y en los planes de sus editores el trabajo y por lo tanto la estadía en la India no debía prolongarse más allá de una semana. Se hospedó en un hotel en una zona tranquila, una habitación con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio que no pertenecía al hotel y en donde había dos árboles y una fuente entre los árboles y parte de una terraza en donde a veces aparecían dos mujeres seguidas o precedidas de varios niños. Las mujeres vestían a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los niños incluso una vez los vio con corbatas. Por las tardes se desplazaba a la zona roja y hacía fotos y charlaba con las putas, algunas jovencísimas y muy hermosas, otras un poco mayores o más estropeadas, con pinta de matronas escépticas y poco locuaces. El olor, que al principio más bien lo molestaba, terminó gustándole. Los chulos (no vio muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales o tal vez (pero esto lo soñó después, en su habitación de hotel con aire acondicionado) eran estos últimos quienes habían adoptado la gestualidad de los chulos hindúes.
Una tarde lo invitaron a tener relación carnal con una de las putas. Se negó educadamente. El chulo comprendió en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llevó a un burdel de jóvenes maricas. Esa noche el Ojo enfermó. Ya estaba dentro de la India y no me había dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlinés. ¿Qué hiciste?, le pregunté. Nada. Miré y sonreí. Y no hice nada. Entonces a uno de los jóvenes se le ocurrió que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en inglés. Así que salieron de aquella casa y caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa cuya fachada era pequeña pero cuyo interior era un laberinto de pasillos, habitaciones minúsculas y sombras de las que sobresalía, de tanto en tanto, un altar o un oratorio.
Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando el suelo, ofrecer un niño a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no sólo no recordaba el nombre de la deidad sino que tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia. El Ojo me miró y sonrió. Trato de olvidar, dijo.
En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé mensurar el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.
La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre aunque los niños no suelen tener más de siete años sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.
Durante un rato no hablamos. Yo encendí un cigarrillo. Después el Ojo me describió el burdel y parecía que estaba describiendo una iglesia. Patios interiores techados. Galerías abiertas. Celdas en donde gente a la que tú no veías espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a un joven castrado que no debía tener más de diez años. Parecía una niña aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. ¿Lo puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hacía ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Sólo una foto.
¿Le sacaste una foto?, dije. Me pareció que el Ojo era sacudido por un escalofrío. Saqué mi cámara, dijo, y le hice una foto. Sabía que estaba condenándome para toda la eternidad, pero lo hice.
Ignoro cuánto rato estuvimos en silencio. Sé que hacía frío pues yo en algún momento me puse a temblar. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana.
Después el Ojo siguió hablando. Dijo que el niño le había sonreído y luego se había escabullido mansamente por una de los pasillos de aquella casa incomprensible. En algún momento uno de los chulos le sugirió que si allí no había nada de su agrado se marcharan. El Ojo se negó. No podía irse. Se lo dijo así: no puedo irme todavía. Y era verdad, aunque él desconocía qué era aquello que le impedía abandonar aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendió y pidieron té o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz provenía de un par de velas. Sobre la pared colgaba un póster con la efigie del dios. Durante un rato el Ojo miró al dios y al principio se sintió atemorizado, pero luego sintió algo parecido a la rabia, tal vez al odio.
Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encendía un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.
En algún momento, mientras el Ojo miraba la efigie del dios, aquellos que lo acompañaban desaparecieron. Se quedó solo con una especie de puto de unos veinte años que hablaba inglés. Y luego, tras unas palmadas, reapareció el niño. Yo estaba llorando, o yo creía que estaba llorando, o el pobre puto creía que yo estaba llorando, pero nada era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que ya no me pertenecía, una cara que se estaba alejando de mí como una hoja arrastrada por el viento), pero en mi interior lo único que hacía era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.
Y después el Ojo y el puto y el niño se levantaron y recorrieron un pasillo mal iluminado y otro pasillo peor iluminado (con el niño a un lado del Ojo, mirándolo, sonriéndole, y el joven puto también le sonreía, y el Ojo asentía y prodigaba ciegamente las monedas y los billetes) hasta llegar a una habitación en donde dormitaba el médico y junto a él otro niño con la piel aún más oscura que la del niño castrado y menor que éste, tal vez seis años o siete, y el Ojo escuchó las explicaciones del médico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en donde se mencionaba la tradición, las fiestas populares, el privilegio, la comunión, la embriaguez y la santidad, y pudo ver los instrumentos quirúrgicos con que el niño iba a ser castrado aquella madrugada o la siguiente, en cualquier caso el niño había llegado, pudo entender, aquel mismo día al templo o al burdel, una medida preventiva, una medida higiénica, y había comido bien, como si ya encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un niño que lloraba medio dormido y medio despierto, y también vio la mirada medio divertida y medio aterrorizada del niño castrado que no se despegaba de su lado. Y entonces el Ojo se convirtió en otra cosa, aunque la palabra que él empleó no fue "otra cosa" sino "madre".
Dijo madre y suspiró. Por fin. Madre.
Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar: la violencia de la que no podemos escapar. El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta. Por supuesto, el Ojo intentó sin gran convicción el diálogo, el soborno, la amenaza. Lo único cierto es que hubo violencia y poco después dejó atrás las calles de aquel barrio como si estuviera soñando y transpirando a mares. Recuerda con viveza la sensación de exaltación que creció en su espíritu, cada vez mayor, una alegría que se parecía peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era (no podía ser) lucidez. También: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos niños que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier otra parte hubiera concitado la atención. Allí, a aquella hora, nadie se fijó en él.
El resto, más que una historia o un argumento, es un itinerario. El Ojo volvió al hotel, metió sus cosas en la maleta y se marchó con los niños. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras. Desde allí en un autobús hasta otra aldea en donde cogieron otro autobús que los llevó a otra aldea. En algún punto de su fuga se subieron a un tren y viajaron toda la noche y parte del día. El Ojo recordaba el rostro de los niños mirando por la ventana un paisaje que la luz de la mañana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrecía, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.
Después cogieron otro autobús, y un taxi, y otro autobús, y otro tren, y hasta hicimos dedo, dijo el Ojo mirando la silueta de los árboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros árboles, innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.
Al cabo de dos meses el Ojo ya no tenía dinero y fue caminando hasta otra aldea desde donde envió una carta al amigo que entonces tenía en París. Al cabo de quince días recibió un giro bancario y tuvo que ir a cobrarlo a un pueblo más grande, que no era la aldea desde la que había mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde vivía. Los niños estaban bien. Jugaban con otros niños, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A él no lo llamaban padre, como les había sugerido más que nada como una medida de seguridad, para no atraer la atención de los curiosos, sino Ojo, tal como le llamábamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo decía que eran sus hijos. Se inventó que la madre, india, había muerto hacía poco y él no quería volver a Europa. La historia sonaba verídica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo soñaba que en mitad de la noche aparecía la policía india y lo detenían con acusaciones indignas. Solía despertar temblando. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dormían los niños y la visión de éstos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.
Se hizo agricultor. Cultivaba un pequeño huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos, por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los demás. El resto del tiempo lo dedicaba a enseñar inglés a los niños, y algo de matemáticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. A veces los veía detener los juegos y caminar por el campo como si de pronto se hubieran vuelto sonámbulos. Los llamaba a gritos. A veces los niños fingían no oírlo y seguían caminando hasta perderse. Otras veces volvían la cabeza y le sonreían.
¿Cuánto tiempo estuviste en la India?, le pregunté alarmado.
Un año y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sabía.
En una ocasión su amigo de París llegó a la aldea. Todavía me quería, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se había puesto a vivir con un mecánico argelino de la Renault. Se rió después de decirlo. Yo también me reí. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los niños corriendo detrás de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el viento que parecía traer buenas y malas noticias.
Pese a los ruegos del francés no volvió a París. Meses después recibió una carta de éste en donde le comunicaba que la policía india no lo perseguía. Al parecer la gente del burdel no había interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidió que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, sólo cambió la vestimenta de los personajes que lo detenían y lo zaherían: en lugar de ser policías se convirtieron en esbirros de la secta del dios castrado. El resultado final era aún más horroroso, me confesó el Ojo, pero yo ya me había acostumbrado a las pesadillas y de alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sueño, que eso no era la realidad.
Después llegó la enfermedad a la aldea y los niños murieron. Yo también quería morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.
Tras convalecer en una cabaña que la lluvia iba destrozando cada día, el Ojo abandonó la aldea y volvió a la ciudad en donde había conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubrió que no estaba tan distante como pensaba, la huida había sido en espiral y el regreso fue relativamente breve. Una tarde, la tarde en que llegó a la ciudad, fue a visitar el burdel en donde castraban a los niños. Sus habitaciones se habían convertido en viviendas en donde se hacinaban familias enteras. Por los pasillos que recordaba solitarios y fúnebres ahora pululaban niños que apenas sabían andar y viejos que ya no podían moverse y se arrastraban. Le pareció una imagen del paraíso.
Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.
Y su amigo francés le dijo que sí, que por supuesto, que lo haría de inmediato, y también le dijo ¿qué es ese ruido?, ¿estás llorando?, y el Ojo dijo que sí, que no podía dejar de llorar, que no sabía qué le pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo francés le dijo que se calmara. Y el Ojo se rió sin dejar de llorar y dijo que eso haría y colgó el teléfono. Y luego siguió llorando sin parar.