para mi amigo el doctor Víctor Vargas,
hepatólogo
Enfermedad y conferencia
Nadie debe extrañarse de que el conferenciante se ande por las ramas. Pongamos el siguiente caso. El conferenciante va a hablar sobre la enfermedad. El teatro se llena con diez personas. Hay una expectación entre los espectadores digna, sin duda, de mejor causa. La conferencia empieza a las siete de la tarde o a las ocho de la noche. Nadie del público ha cenado. Cuando dan las siete (o las ocho, o las nueve) ya están todos allí, sentados en sus asientos, los teléfonos móviles apagados. Da gusto hablar ante personas tan educadas. Sin embargo el conferenciante no aparece y finalmente uno de los organizadores del evento anuncia que no podrá venir debido a que, a última hora, se ha puesto gravemente enfermo.
Enfermedad y estatura
Vayamos al grano o acerquémonos por un instante a ese grano solitario que el viento o el azar ha dejado justo en medio de una enorme mesa vacía. No hace mucho tiempo, al salir de la consulta de Víctor Vargas, mi médico, una mujer me esperaba junto a la puerta confundida entre los demás pacientes que formaban la cola. Esta mujer era una mujer bajita, quiero decir de corta estatura, cuya cabeza apenas me llegaba a la altura del pecho, digamos unos pocos centímetros por arriba de las tetillas, y eso que llevaba unos tacones portentosos, como no tardé en descubrir. La visita, de más está decirlo, había ido mal, muy mal; mi médico sólo tenía malas noticias. Yo me sentía, no sé, no precisamente mareado, que es lo usual en estos casos, sino más bien como si los demás se hubieran mareado y yo fuera el único que mantenía una especie de calma o una cierta verticalidad. Tenía la impresión de que todos iban a gatas o, como suele decirse, a cuatro patas, mientras yo iba de pie o permanecía sentado, con las piernas cruzadas, que a todos los efectos es lo mismo que estar o ir de pie o mantener la verticalidad. En cualquier caso tampoco puedo decir que me sintiera bien, pues una cosa es mantenerse erguido mientras los demás gatean y otra cosa muy distinta es observar, con algo que a falta de una palabra mejor llamaré ternura o curiosidad o mórbida curiosidad, el gateo indiscriminado y repentino de quienes te rodean. Ternura, melancolía, nostalgia, sensaciones propias de un enamorado más bien cursi, y muy impropias de experimentar en el consultorio externo de un hospital de Barcelona. Por supuesto, si ese hospital hubiera sido un manicomio, tal visión no me habría afectado en lo más mínimo, pues desde muy joven me acostumbré —aunque nunca seguí— al refrán que dice que en el país al que fueres, haz lo que vieres, y lo mejor que uno puede hacer en un manicomio, aparte de mantener un silencio lo más digno posible, es gatear u observar el gateo de los compañeros de desgracia.
Pero yo no estaba en un manicomio sino en uno de los mejores hospitales públicos de Barcelona, un hospital que conozco bien pues he estado cinco o seis veces internado allí, y hasta entonces no había visto a nadie caminar a cuatro patas, aunque sí había visto a enfermos ponerse amarillos como canarios y había visto a otros que de repente dejaban de respirar, es decir, se morían, algo no inusual en un sitio así; pero a gatas no había visto, todavía, a nadie, por lo que pensé que las palabras de mi médico habían sido mucho más graves de lo que en principio creí, o lo que es lo mismo: que mi estado de salud era francamente malo. Y cuando salí de la consulta y vi a todo el mundo gateando, esta impresión sobre mi propia salud se acentuó y el miedo a punto estuvo de tumbarme y obligarme agatear a mí también. El motivo de que no lo hiciera fue la presencia de la mujer bajita, que en ese momento se me acercó y dijo su nombre, la doctora X, y luego pronunció el nombre de mi médico, mi querido doctor Vargas, con quien mantengo una relación tipo armador griego millonario, es decir la relación de un hombre casado que ama pero que procura ver lo menos posible a su mujer, y añadió, la doctora X, que estaba al tanto de mi enfermedad o del progreso de mi enfermedad y deseaba incluirme en un trabajo que ella estaba haciendo. Le pregunté educadamente por la naturaleza de ese trabajo. Su respuesta fue vaga. Me explicó que apenas me haría perder media hora de mi tiempo y que se trataba de que yo hiciera algunos tests que tenía preparados. No sé por qué, finalmente le dije que sí, y entonces ella me guió fuera de las consultas externas hasta un ascensor de grandes proporciones, un ascensor en donde había una camilla, vacía, por supuesto, pero ningún camillero, una camilla que subía y que bajaba con el ascensor, como una novia bien proporcionada con —o en el interior de— su novio desproporcionado, pues el ascensor era verdaderamente grande, tanto como para albergar en su interior no sólo una camilla sino dos, y además una silla de ruedas, todas con sus respectivos ocupantes, pero lo más curioso era que en el ascensor no había nadie, salvo la doctora bajita y yo, y justo en ese momento, con la cabeza no sé si más fría o más caliente, me di cuenta de que la doctora bajita no estaba nada mal.
No bien descubrí esto, me pregunté qué ocurriría si le proponía hacer el amor en el ascensor, cama no nos iba a faltar. Recordé en el acto, como no podía ser menos, a Susan Sarandon disfrazada de monja preguntándole a Sean Penn cómo podía pensar en follar si le quedaban pocos días de vida. El tono de Susan Sarandon, por descontado, es de reproche. No recuerdo, para variar, el título de la película, pero era una buena película, dirigida, creo, por Tim Robbins, que es un buen actor y tal vez un buen director pero que no ha estado jamás en el corredor de la muerte. Follar es lo único que desean los que van a morir. Follar es lo único que desean los que están en las cárceles y en los hospitales. Los impotentes lo único que desean es follar. Los castrados lo único que desean es follar. Los heridos graves, los suicidas, los seguidores irredentos de Heidegger. Incluso Wittgenstein, que es el más grande filósofo del siglo XX, lo único que deseaba era follar. Hasta los muertos, leí en alguna parte, lo único que desean es follar. Es triste tener que admitirlo, pero es así.
Enfermedad y Dioniso
Aunque la verdad de la verdad, la puritita verdad, es que me cuesta mucho admitirlo. Esa explosión seminal, esos cúmulos y cirros que cubren nuestra geografía imaginaria, terminan por entristecer a cualquiera. Follar cuando no se tienen fuerzas para follar puede ser hermoso y hasta épico. Luego puede convertirse en una pesadilla. Sin embargo, no hay más remedio que admitirlo. Miren, por ejemplo, las cárceles de México. Aparece un tipo no precisamente agraciado, chaparro, seboso, panzón, bizco, y que encima es malo y huele mal. Este tipo, cuya sombra se desplaza con una lentitud exasperante por las paredes de la cárcel o por los pasillos interiores de la cárcel, al poco tiempo de estar allí se hace amante de otro tipo, igual de feo pero más fuerte. No ha habido un romance prolongado, un romance lleno de pasos y de estaciones. No ha habido una afinidad electiva tal como la entendía Goethe. Ha sido un amor a primera vista, primario, si ustedes quieren, pero cuya finalidad no difiere mucho de la finalidad buscada por tantas parejas normales o que nos parecen normales. Son novios. Sus galanteos, sus deliquios, son como radiografías. Follan cada noche. A veces se pegan. Otras veces se cuentan sus vidas, como si fueran amigos, aunque en realidad no son amigos sino amantes. Los domingos, incluso, ambos reciben las visitas de sus respectivas mujeres, que son tan feas como ellos. Obviamente ninguno de los dos es lo que llamaríamos un homosexual. Si alguien se lo echara encara probablemente ellos se enojarían tanto, se sentirían tan ofendidos, que primero violarían brutalmente al ofensor y luego lo asesinarían. Esto es así. Victor Hugo, que según Daudet era capaz de comerse una naranja entera de un solo bocado, prueba máxima de salud, según Daudet, típico gesto de cerdo, según mi mujer, dejó escrito en Los miserables que la gente oscura, la gente atroz, es capaz de experimentar una felicidad oscura, una felicidad atroz. Según creo recordar, pues Los miserables es un libro que leí en México hace muchísimos años y que dejé en México cuando me fui de México para siempre y que no pienso volver a comprar ni a releer, pues no hay que leer ni mucho menos releer los libros de los cuales se hacen películas, y creo que de Los miserables se hizo hasta un musical. Esa gente atroz, como decía, cuya felicidad es atroz, son aquellos rufianes que acogen a Cosette cuando Cosette aún es una niña, y que encarnan a la perfección no sólo el mal y la mezquindad de cierta pequeña burguesía o de aquello que aspira a formar parte de la pequeña burguesía, sino que con el paso del tiempo y los avances del progreso encarnan, a estas alturas de la historia, a casi la totalidad de lo que hoy llamamos clase media, una clase media de izquierda o de derecha, culta o analfabeta, ladrona o de apariencia proba, gente provista de buena salud, gente preocupada en cuidar su buena salud, gente exactamente igual (probablemente menos violenta y menos valiente, más prudente, más discreta) que los dos pistoleros mexicanos que viven su amor encerrados en un penal.
Dioniso lo ha invadido todo. Está instalado en las iglesias y en las ONG, en el gobierno y en las casas reales, en las oficinas y en los barrios de chabolas. La culpa de todo la tiene Dioniso. El vencedor es Dioniso. Y su antagonista o contrapartida ni siquiera es Apolo, sino don Pijo o doña Siútica o don Cursi o doña Neurona Solitaria, guardaespaldas dispuestos a pasarse al enemigo a la primera detonación sospechosa.
Enfermedad y Apolo
¿Y dónde diablos está el maricón de Apolo? Apolo está enfermo, grave.
Enfermedad y poesía francesa
La poesía francesa, como bien saben los franceses, es la más alta poesía del siglo XIX y de alguna manera en sus páginas y en sus versos se prefiguran los grandes problemas que iba a afrontar Europa y nuestra cultura occidental durante el siglo XX y que aún están sin resolver. La revolución, la muerte, el aburrimiento y la huida pueden ser esos temas. Esa gran poesía fue escrita por un puñado de poetas y su punto de partida no es Lamartine, ni Hugo, ni Nerval, sino Baudelaire. Digamos que se inicia con Baudelaire, adquiere su máxima tensión con Lautréamont y Rimbaud, y finaliza con Mallarmé. Por supuesto, hay otros poetas notables, como Corbière o Verlaine, y otros que no son desdeñables, como Laforgue o Catulle Mendés o Charles Cros, e incluso alguno no del todo desdeñable como Banville. Pero la verdad es que con Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y Mallarmé ya hay suficiente. Empecemos por el último. Quiero decir, no por el más joven sino por el último en morir, Mallarmé, que se quedó a dos años de conocer el siglo XX. Éste escribe en Brisa Marina:
La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.
¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan.
Nada, ni los jardines que los ojos reflejan
sujetará este pecho, náufrago en mar abierta
¡oh, noches!, ni en mi lámpara la claridad desierta
sobre la virgen página que esconde su blancura,
y ni la fresca esposa con el hijo en el seno. ¡He de partir al fin! Zarpe el barco, y sereno
meza en busca de exóticos climas su arboladura.
Un hastío reseco ya de crueles anhelos
aún suena en el último adiós de los pañuelos.
¡Quién sabe si los mástiles, tempestades buscando,
se doblarán al viento sobre el naufragio, cuando
perdidos floten sin islotes ni derroteros!...
¡Más oye, oh corazón, cantar los marineros!
Un bonito poema. Nabokov le habría aconsejado al traductor no mantener la rima, dar una versión en verso libre, hacer una versión feísta, si Nabokov hubiera conocido al traductor, Alfonso Reyes, que para la cultura occidental poco significa pero que para esa parte de la cultura occidental que es Latinoamérica significa (o debería significar) mucho. ¿Pero qué quiso decir Mallarmé cuando dijo que la carne es triste y que ya había leído todos los libros? ¿Que había leído hasta la saciedad y que había follado hasta la saciedad? ¿Que a partir de determinado momento toda lectura y todo acto carnal se transforman en repetición? ¿Que lo único que quedaba era viajar? ¿Que follar y leer, a la postre, resultaba aburrido, y que viajar era la única salida? Yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad, del combate que libra la enfermedad contra la salud, dos estados o dos potencias, como queráis, totalitarias; yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea.
Es decir, está hablando de derrota. Y para revertir la derrota opone vanamente la lectura y el sexo, que sospecho que para mayor gloria de Mallarmé y mayor perplejidad de Madame Mallarmé eran la misma cosa, pues de lo contrario nadie en su sano juicio puede decir que la carne es triste, así, de esa forma taxativa, que enuncia que la carne sólo es triste, que la petit morte, que en realidad no dura ni siquiera un minuto, se extiende a todos los gestos del amor, que como es bien sabido pueden durar horas y horas y hacerse interminables, en fin, que un verso semejante no desentonaría en un poeta español como Campoamor pero sí en la obra y en la biografía de Mallarmé, indisolublemente unidas, salvo en este poema, en este manifiesto cifrado, que sólo Paul Gauguin se tomó al pie de la letra, pues que se sepa Mallarmé no escuchó jamás cantar a los marineros, o si los escuchó no fue, ciertamente, a bordo de un barco con destino incierto.
Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta.
Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que,en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX.
Enfermedad y viajes
Viajar enferma. Antiguamente los médicos recomendaban a sus pacientes, sobre todo a los que padecían enfermedades nerviosas, viajar. Los pacientes, que por regla general tenían dinero, obedecían y se embarcaban en largos viajes que duraban meses y en ocasiones años. Los pobres que tenían enfermedades nerviosas no viajaban. Algunos, es de suponer, enloquecían. Pero los que viajaban también enloquecían o, lo que es peor, adquirían nuevas enfermedades conforme cambiaban de ciudades, de climas, de costumbres alimenticias.
Realmente, es más sano no viajar, es más sano no moverse, no salir nunca de casa, estar bien abrigado en invierno y sólo quitarse la bufanda en verano, es más sano no abrir la boca ni pestañear, es más sano no respirar. Pero lo cierto es que uno respira y viaja. Yo, sin ir más lejos, comencé a viajar desde muy joven, desde los siete u ocho años, aproximadamente. Primero en el camión de mi padre, por carreteras chilenas solitarias que parecían carreteras posnucleares y que me ponían los pelos de punta, luego en trenes y en autobuses, hasta que a los quince años tomé mi primer avión y me fui a vivir a México. A partir de ese momento los viajes fueron constantes. Resultado: enfermedades múltiples.
De niño, grandes dolores de cabeza que hacían que mis padres se preguntaran si no tendría una enfermedad nerviosa y si no sería conveniente que emprendiera, lo más pronto posible, un largo viaje reparador. De adolescente, insomnio y problemas de índole sexual. De joven, pérdida de dientes que fui dejando, como las miguitas de pan de Hansel y Gretel, en diferentes países; mala alimentación que me provocaba acidez estomacal y luego una gastritis; abuso de la lectura que me obligó a llevar lentes; callos en los pies producto de largas caminatas sin ton ni son; infinidad de gripes y catarros mal curados. Era pobre, vivía en la intemperie y me consideraba un tipo con suerte porque, a fin de cuentas, no había enfermado de nada grave. Abusé del sexo pero nunca contraje una enfermedad venérea. Abusé de la lectura pero nunca quise ser un autor de éxito. Incluso la pérdida de dientes para mí era una especie de homenaje a Gary Snyder, cuya vida de vagabundo zen lo había hecho descuidar su dentadura. Pero todo llega. Los hijos llegan. Los libros llegan. La enfermedad llega. El fin del viaje llega.
Enfermedad y callejón sin salida
El poema de Baudelaire se llama “El viaje”. El poema es largo y delirante, es decir posee el delirio de la extrema lucidez, y no es éste el momento de leerlo completo. El traductor es el poeta Antonio Martínez Sarrión y sus primeros versos dicen así:
Para el niño, gustoso de mapas y grabados,
Es semejante el mundo a su curiosidad.
El poema, pues, empieza con un niño. El poema de la aventura y del horror, naturalmente, empieza en la mirada pura de un niño. Luego dice:
Un buen día partimos, la cabeza incendiada, Repleto el corazón de rabia y amargura,
Para continuar, tal las olas, meciendo
Nuestro infinito sobre lo finito del mar:
Felices de dejar la patria infame, unos;
El horror de sus cunas, otros más; no faltando,
Astrólogos ahogados en miradas bellísimas
De una Circe tiránica, letal y perfumada.
Para no ser cambiados en bestias, se emborrachan
De cielos abrasados, de espacio y resplandor,
El hielo que les muerde, los soles que les queman,
La marca de los besos borran con lentitud.
Pero los verdaderos viajeros sólo parten
Por partir; corazones a globos semejantes
A su fatalidad jamás ellos esquivan
Y gritan “¡Adelante!” sin saber bien por qué.
El viaje que emprenden los tripulantes del poema de Baudelaire en cierto modo se asemeja al viaje de los condenados. Voy a viajar, voy a perderme en territorios desconocidos, a ver qué encuentro, a ver qué pasa. Pero previamente voy a renunciar a todo. O lo que es lo mismo: para viajar de verdad los viajeros no deben tener nada que perder. El viaje, este largo y accidentado viaje del siglo XIX, se asemeja al viaje que hace el enfermo a bordo de una camilla, desde su habitación a la sala de operaciones, donde le aguardan seres con el rostro oculto debajo de pañuelos, como bandidos de la secta de los hashishin. Por cierto, las primeras estampas del viaje no rehúyen ciertas visiones paradisíacas, producto más de la voluntad o de la cultura del viajero que de la realidad:
¡Asombrosos viajeros! ¡Cuántas nobles historias
Leemos en vuestros ojos profundos como el mar!
Mostradnos los estuches de tan ricas memorias
Y también dice: ¿Qué habéis visto? Y el viajero, o ese fantasma que representa a los viajeros, contesta enumerando las estaciones del infierno. El viajero de Baudelaire, evidentemente, no cree que la carne sea triste y que ya haya leído todos los libros, aunque evidentemente sabe que la carne, trofeo y joya de la entropía, es triste y más que triste, y que una vez leído un solo libro, todos los libros están leídos. El viajero de Baudelaire tiene la cabeza incendiada y el corazón repleto de rabia y amargura, es decir, probablemente se trata de un viajero radical y moderno, aunque por supuesto es alguien que razonablemente quiere salvarse, que quiere ver, pero que también quiere salvarse. El viaje, todo el poema, es como un barco o una tumultuosa caravana que se dirige directamente hacia el abismo, pero el viajero, lo intuimos en su asco, en su desesperación y en su desprecio, quiere salvarse. Lo que finalmente encuentra, como Ulises, como el tipo que viaja en una camilla y confunde el cielo raso con el abismo, es su propia imagen:
¡Saber amargo aquel que se obtiene del viaje!
Monótono y pequeño, el mundo, hoy día, ayer,
Mañana, en todo tiempo, nos lanza nuestra imagen:
¡En desiertos de tedio, un oasis de horror!
Y con ese verso, la verdad, ya tenemos más que suficiente. En medio de un desierto de aburrimiento, un oasis de horror. No hay diagnóstico más lúcido para expresar la enfermedad del hombre moderno. Para salir del aburrimiento, para escapar del punto muerto, lo único que tenemos a mano,y no tan a mano, también en esto hay que esforzarse, es el horror, es decir el mal. O vivimos como zombis, como esclavos alimentados con soma, o nos convertimos en esclavizadores, en seres malignos, como el tipo aquel que después de asesinar a su mujer y a sus tres hijos dijo, mientras sudaba a mares, que se sentía extraño, como poseído por algo desconocido, la libertad, y luego dijo que las víctimas se habían merecido lo que les pasó, aunque al cabo de unas horas, más tranquilo, dijo que nadie se merecía una muerte tan cruel y luego añadió que probablemente se había vuelto loco y les pidió a los policías que no le hicieran caso.
Un oasis siempre es un oasis, sobre todo si uno sale de un desierto de aburrimiento. En un oasis uno puede beber, comer, curarse las heridas, descansar, pero si el oasis es de horror, si sólo existen oasis de horror, el viajero podrá confirmar, esta vez de forma fehaciente, que la carne es triste, que llega un día en que todos los libros están leídos y que viajar es un espejismo. Hoy, todo parece indicar que sólo existen oasis de horror o que la deriva de todo oasis es hacia el horror.
Enfermedad y pruebas
Y ya es hora de volver a ese ascensor enorme, el ascensor más grande que he visto en mi vida, un ascensor en donde un pastor hubiera podido meter un reducido rebaño de ovejas y un granjero dos vacas locas y un enfermero dos camillas vacías, y en donde yo me debatía, literalmente, entre la posibilidad de pedirle a aquella doctora de corta estatura, casi una muñeca japonesa, que hiciera el amor conmigo o que al menos lo intentáramos, y la posibilidad cierta de echarme a llorar allí mismo, como Alicia en el País de las Maravillas, e inundar el ascensor no de sangre, como en El resplandor de Kubrick, sino de lágrimas. Pero los buenos modales, que nunca están de más y que pocas veces estorban, en ocasiones como ésta son un estorbo, y al poco rato la doctora japonesa y yo estábamos encerrados en un cubículo, con una ventana desde la que se veía la parte de atrás del hospital, haciendo unas pruebas rarísimas, que a mí me parecieron exactamente iguales que las pruebas que aparecen en las páginas de pasatiempos de cualquier periódico dominical.
Por supuesto, me esmeré mucho en hacerlas bien, como si quisiera demostrarle a ella que mi médico estaba equivocado, vano esfuerzo, pues aunque realizaba las pruebas de forma impecable la pequeña japonesa permanecía impasible, sin dedicarme ni la más mínima sonrisa de aliento. De vez en cuando, mientras ella preparaba una nueva prueba, hablábamos. Le pregunté por las posibilidades de éxito de un trasplante de hígado. Muchas posibilidades, dijo. ¿Qué tanto por ciento?, dije yo. Sesenta pol ciento, dijo ella. Joder, dije yo, es muy poco. En política es mayolía absoluta, dijo ella.
Una de las pruebas, tal vez la más sencilla, me impresionó mucho. Consistía en mantener durante unos segundos las manos extendidas de forma vertical, vale decir con los dedos hacia arriba, enseñándole a ella las palmas y contemplando yo el dorso. Le pregunté qué demonios significaba ese test. Su respuesta fue que, en un punto más avanzado de mi enfermedad, sería incapaz de mantener los dedos en esa posición. Éstos, inevitablemente, se doblarían hacia ella. Creo que dije: Vaya por Dios. Tal vez me reí. Lo cierto es que a partir de entonces ese test me lo hago cada día, esté donde esté. Pongo las manos delante de mis ojos, con el dorso hacia mí, y observo durante unos segundos mis nudillos, mis uñas, las arrugas que se forman sobre cada falange. El día que los dedos no puedan mantenerse firmes no sé muy bien qué haré, aunque sí sé qué no haré. Mallarmé escribió que un golpe de dados jamás abolirá el azar. Sin embargo, es necesario tirar los dados cada día, así como es necesario realizar el test de los dedos enhiestos cada día.
Enfermedad y Kafka
Cuenta Canetti en su libro sobre Kafka que el más grande escritor del siglo XX comprendió que los dados estaban tirados y que ya nada le separaba de la escritura el día en que por primera vez escupió sangre. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.
miércoles, 23 de septiembre de 2026
LITERATURA + ENFERMEDAD = ENFERMEDAD, Roberto Bolaño
Vasos comunicantes en la obra de Roberto Bolaño
Leyendo y releyendo a Bolañito, me he percatado de que:
- Lupe, joven prostituta del DF, aparece en un poema de Los Perros Románticos y en Los detectives salvajes. Con idéntica anécdota: sobre un Cadillac, en la calle, sufriendo por un hijo muerto que perdió por no cumplirle la promesa de cambiar de vida a la Virgen de Guadalupe.
- La anécdota autobiográfica del joven Bolaño-Belano detenido en Chile para el golpe del 73 aparece detallada en el testimonio 4, de Auxilio Lcaouture, en Los Detectives Salvajes; en el cuento Detectives (de Llamadas telefónicas), en el cuento Últimos atardeceres en la tierra (de Putas asesinas), y en varias de sus entrevistas.
- Sobre el encuentro con Jodorowsky narrado en el cuento Carné de baile, también hay alusiones en el testimonio 2, de Perla Avilés, en Los detectives salvajes. En ambos textos se nombra la discrepancia entre Bolaño (Belano) y Jodorowsky sobre Parra y Neruda. (All-male panel...)
- En Los detectives salvajes he identificado cuatro veces su famosa muletilla-llave-de-giro: tres veces en la entrada del diario de García Madero, del 3 de noviembre ("Lo que ocurrió después es brumoso", "Lo que sucedió a continuación fue atropellado") y en la del 30 de diciembre ("Lo que sucedió a continuación es difícil de recordar"). En el testimonio 1, de Luis Sebastián Rosado ("Lo que siguió a continuación es confuso").
- La pregunta de una mesera a un joven para proferirle sexo oral "¿quieres que te haga un guagüis?" aparece en la entrada del 10 de noviembre del diario de García Madero en Los detectives salvajes y en el cuento Últimos atardeceres en la tierra, formulada como "¿te hago un guagüis?".
domingo, 20 de septiembre de 2026
Carné de baile, Roberto Bolaño
1. Mi madre nos leía a Neruda en Quilpué, en Cauquenes, en Los Ángeles. 2. Un único libro: Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Editorial Losada Buenos Aires, 1961. En la portada un dibujo de Neruda y un aviso de que aquélla era la edición conmemorativa de un millón de ejemplares. ¿En 1961 se había vendido un millón de ejemplares de los Veinte poemas o se trataba de la totalidad de la obra publicada de Neruda? Me temo que lo primero, aunque ambas posibilidades son inquietantes, y ya inexistentes. 3. En la segunda página del libro está escrito el nombre de mi madre. María Victoria Ávalos Flores. Una observación tal vez superficial, contra todos los indicios, me hace concluir que no fue ella quien escribió su nombre allí. Tampoco es la letra de mi padre, ni de nadie que yo conozca. ¿De quién, entonces? Tras observar cuidadosamente esa firma desdibujada por los años tengo que admitir, si bien con reservas, que es la de mi madre. 4. En 1961, en 1962, mi madre tenía menos años de los que yo tengo ahora, no llegaba a los treintaicinco, y trabajaba en un hospital. Era joven y animosa. 5. Los Veinte poemas, mis Veinte poemas, han recorrido un largo camino. Primero por diversos pueblos del sur de Chile, después por varias casas de México DF, después por tres ciudades de España. 6. El libro, por supuesto, no era mío. Primero fue de mi madre. Ésta se lo regaló a mi hermana y cuando mi hermana se fue de Gerona rumbo a México me lo regaló a mí. Entre los libros que me dejó mi hermana mis favoritos eran los de ciencia ficción y la obra completa, hasta ese momento, de Manuel Puig, que yo mismo le había regalado y que entonces releí. 7. Neruda ya no me gustaba. ¡Y menos aún los Veinte poemas de amor! 8. En 1968 mi familia se fue a vivir a México DF. Dos años después, en 1970, conocí a Alejandro Jodorowski, que para mí encarnaba al artista de prestigio. Lo busqué a la salida de un teatro (dirigía una versión de Zaratustra, con Isela Vega), le dije que quería que me enseñara a dirigir películas y desde entonces me convertí en asiduo visitante de su casa. Creo que no fui buen alumno. Jodorowski me preguntó cuánto gastaba en tabaco cada semana. Le dije que bastante, pues desde siempre he fumado como un carretero. Jodorowski me dijo que dejara de fumar y que ese dinero lo invirtiera en pagar unas clases de meditación zen con Ejo Takata. De acuerdo, dije. Durante unos días estuve con Ejo Takata, pero a la tercera sesión decidí que eso no era lo mío. 9. Abandoné a Ejo Takata en plena sesión de meditación zen. Cuando quise dejar la fila el japonés se abalanzó sobre mí blandiendo un bastón de madera, el mismo con el que golpeaba a los alumnos que así se lo pedían. Es decir, Ejo ofrecía el bastón, los alumnos decían sí o no y en caso de ser la respuesta afirmativa Ejo les descerrajaba unos planazos que atronaban el espacio en penumbra impregnado de incienso. 10. A mí, sin embargo, no me ofreció la posibilidad de denegar los golpes. Su ataque fue fulminante y estentóreo. Yo estaba junto a una chica, cerca de la puerta, y Ejo estaba al fondo de la habitación. Supuse que tenía los ojos cerrados y creí que no me iba a escuchar cuando me marchara. Pero el pinche japonés me escuchó y se abalanzó sobre mí gritando el equivalente zen de banzai. 11. Mi padre fue campeón de boxeo amateur en la categoría de los pesos pesados. Su invicto reinado se circunscribió al sur de Chile. A mí nunca me gustó boxear, pero aprendí desde chico; siempre hubo un par de guantes de boxeo en mi casa, ya fuera en Chile o en México. 12. Cuando el maestro Ejo Takata se abalanzó gritando sobre mí probablemente no pretendía hacerme daño, tampoco esperaba que yo automáticamente me defendiera. Los planazos de su bastón servían generalmente para desentumecer los nervios agarrotados de sus discípulos. Pero yo no tenía los nervios agarrotados, yo sólo quería largarme de allí de una vez por todas. 13. Si crees que te atacan, te defiendes, ésa es una ley natural, sobre todo a los diecisiete años, sobre todo en el DF. Ejo Takata era nerudiano en la ingenuidad. 14. Según Jodorowski, él había introducido a Ejo Takata en México. Durante una época Takata buscaba drogadictos por las selvas de Oaxaca, la mayoría norteamericanos, que no habían podido regresar después de un viaje alucinógeno. 15. Por lo demás, la experiencia con Takata no hizo que dejara de fumar. 16. Una de las cosas que me gustaba de Jodorowski era que hablaba de los intelectuales chilenos (generalmente en contra) y me incluía a mí. Eso me proporcionaba una gran confianza, aunque por descontado yo no tenía la más mínima intención de ser como aquellos intelectuales. 17. Una tarde, no sé por qué, nos pusimos a hablar de poesía chilena. Él dijo que el más grande era Nicanor Parra. Acto seguido, se puso a recitar un poema de Nicanor, y luego otro, y luego finalmente otro. Jodorowski recitaba bien, pero los poemas no me impresionaron. Yo era por entonces un joven hipersensible, además de ridículo y muy orgulloso, y afirmé que el mejor poeta de Chile, sin duda alguna, era Pablo Neruda. Los demás, añadí, son unos enanos. La discusión debió durar media hora. Jodorowski esgrimió argumentos de Gurdjieff, Krishnamurti y Madame Blavatski, luego habló de Kierkegaard y Wittgenstein, luego de Topor, Arrabal y él mismo. Recuerdo que dijo que Nicanor, de paso para alguna parte, se había alojado en su casa. En esa afirmación entreví un orgullo pueril que desde entonces nunca he dejado de percibir en la mayoría de los escritores. 18. En alguno de sus escritos Bataille dice que las lágrimas son la última forma de comunicación. Yo me puse a llorar, pero no de una manera normal y formal, es decir dejando que mis lágrimas se deslizaran suavemente por las mejillas, sino de una manera salvaje, a borbotones, más o menos como llora Alicia en el País de las Maravillas, inundándolo todo. 19. Cuando salí de casa de Jodorowski supe que nunca más iba a volver allí y eso me dolió tanto como sus palabras y seguí llorando por la calle. También supe, pero esto de una forma más oscura, que no volvería a tener un maestro tan simpático, un ladrón de guante blanco, el estafador perfecto. 20. Pero lo que más me extrañó de mi actitud fue la defensa más bien miserable y poco argumentada, pero defensa al fin y al cabo, que hice de Pablo Neruda, de quien sólo había leído los Veinte poemas de amor (que por entonces me parecían involuntariamente humorísticos) y el Crepusculario, cuyo poema “Farewell” encarnaba el colmo de los colmos de la cursilería, pero por el cual siento una inquebrantable fidelidad. 21. En 1971 leí a Vallejo, a Huidobro, a Martín Adán, a Borges, a Oquendo de Amat, a Pablo de Rokha, a Gilberto Owen, a López Velarde, a Oliverio Girondo. Incluso leí a Nicanor Parra. ¡Incluso leí a Pablo Neruda! 22. Los poetas mexicanos de entonces que eran mis amigos y con quienes compartía la bohemia y las lecturas, se dividían básicamente entre vallejianos y nerudianos. Yo era parriano en el vacío, sin la menor duda. 23. Pero hay que matar a los padres, el poeta es un huérfano nato. 24. En 1973 volví a Chile en un largo viaje por tierra y por mar que se dilató al arbitrio de la hospitalidad. Conocí a revolucionarios de distinto pelaje. El torbellino de fuego en el que Centroamérica no tardaría en verse envuelta ya se avizoraba en los ojos de mis amigos, que hablaban de la muerte como quien cuenta una película. 25. Llegué a Chile en agosto de 1973. Quería participar en la construcción del socialismo. El primer libro de poemas que compré fue Obra gruesa, de Parra. El segundo, Artefactos, también de Parra. 26. Tenía menos de un mes para disfrutar de la construcción del socialismo. Por supuesto, yo entonces no lo sabía. Era parriano en la ingenuidad. 27. Asistí a una exposición y vi a varios poetas chilenos, fue espantoso. 28. El once de septiembre me presenté como voluntario en la única célula operativa del barrio en donde yo vivía. El jefe era un obrero comunista, gordito y perplejo, pero dispuesto a luchar. Su mujer parecía más valiente que él. Todos nos amontonamos en el pequeño comedor de suelo de madera. Mientras el jefe de la célula hablaba me fijé en los libros que tenía sobre el aparador. Eran pocos, la mayoría novelas de vaqueros como las que leía mi padre. 29. El once de septiembre fue para mí, además de un espectáculo sangriento, un espectáculo humorístico. 30. Vigilé una calle vacía. Olvidé mi contraseña. Mis compañeros tenían quince años o eran jubilados o desempleados. 31. Cuando murió Neruda yo ya estaba en Mulchén, con mis tíos y tías, con mis primos. En noviembre, mientras viajaba de Los Ángeles a Concepción, me detuvieron en un control de carretera y me metieron preso. Fui el único al que bajaron del autobús. Pensé que me iban a matar allí mismo. Desde el calabozo oí la conversación que sostuvo el jefe del retén, un carabinero jovencito y con cara de hijo de puta (un hijo de puta revolviéndose en el interior de un saco de harina), con sus jefes de Concepción. Decía que había capturado a un terrorista mexicano. Luego se retractó y dijo: terrorista extranjero. Mencionó mi acento, mis dólares, la marca de mi camisa y de mis pantalones. 32. Mis bisabuelos, los Flores y los Graña, intentaron vanamente domar la Araucanía (aunque no fueron capaces ni de domarse a sí mismos), por lo que es probable que fueran nerudianos en la desmesura; mi abuelo Roberto Ávalos Martí fue coronel y estuvo destinado en varias plazas del sur hasta una jubilación temprana y oscura, lo que me hace pensar que fue nerudiano en el blanco y en el azul; mis abuelos paternos llegaron de Galicia y Cataluña, dejaron sus vidas en la provincia de Bío-Bío y fueron nerudianos en el paisaje y en la laboriosa lentitud. 33. Durante algunos días estuve encerrado en Concepción y luego me soltaron. No me torturaron, como temía, ni siquiera me robaron. Pero tampoco me dieron nada para comer ni para taparme por las noches, por lo que tuve que vivir de la buena voluntad de los presos que compartían su comida conmigo. De madrugada escuchaba cómo torturaban a otros, sin poder dormir, sin nada que leer, salvo una revista en inglés que alguien había olvidado allí y en la que lo único interesante era un artículo sobre una casa que en otro tiempo perteneció al poeta Dylan Thomas. 34. Me sacaron del atolladero dos detectives, ex compañeros míos en el Liceo de Hombres de Los Ángeles, y mi amigo Fernando Fernández, que tenía un año más que yo, veintiuno, pero cuya sangre fría era sin duda equiparable a la imagen ideal del inglés que los chilenos desesperada y vanamente intentaron tener de sí mismos. 35. En enero de 1974 me marché de Chile. Nunca más he vuelto. 36. ¿Fueron valientes los chilenos de mi generación? Sí, fueron valientes. 37. En México me contaron la historia de una muchacha del MIR a la que torturaron introduciéndole ratas vivas por la vagina. Esta muchacha pudo exiliarse y llegó al DF. Vivía allí, pero cada día estaba más triste y un día se murió de tanta tristeza. Eso me dijeron. Yo no la conocí personalmente. 38. No es una historia extraordinaria. Sabemos de campesinas guatemaltecas sometidas a vejaciones sin nombre. Lo increíble de esta historia es su ubicuidad. En París me contaron que una vez llegó allí una chilena a la que habían torturado de la misma manera. Esta chilena también era del MIR, tenía la misma edad que la chilena de México y había muerto, como aquella, de tristeza. 39. Tiempo después supe la historia de una chilena de Estocolmo, joven y militante del MIR o ex militante del MIR, torturada en noviembre de 1973 con el sistema de las ratas y que había muerto, para asombro de los médicos que la cuidaban, de tristeza, de morbus melancholicus. 40. ¿Se puede morir de tristeza? Sí, se puede morir de tristeza, se puede morir de hambre (aunque es doloroso), se puede morir incluso de spleen. 41. ¿Esta chilena desconocida, reincidente en la tortura y en la muerte, era la misma o se trataba de tres mujeres distintas, si bien correligionarias en el mismo partido y de una belleza similar? Según un amigo, se trataba de la misma mujer que, como en el poema de Vallejo “Masa”, al morir se iba multiplicando sin dejar por ello de morir. (En realidad, en el poema de Vallejo el muerto no se multiplica, quienes se multiplicaban son los suplicantes, los que no quieren que muera.) 42. Hubo una vez una poeta belga llamada Sophie Podolski. Nació en 1953 y se suicidó en 1974. Sólo publicó un libro, llamado Le Pays où tout est permis (Montfaucon Research Center, 1972, 280 páginas facsímiles). 43. Germain Nouveau (1852-1920), que fue amigo de Rimbaud, pasó los últimos años de su vida como vagabundo y como mendigo. Se hacía llamar Humilis (en 1910 publicó Les poèmes d’Humilis) y vivía en las puertas de las iglesias. 44. Todo es posible. Eso todo poeta debería saberlo. 45. Una vez me preguntaron cuáles eran los jóvenes poetas chilenos que a mí me gustaban. Tal vez no emplearan las palabras “jóvenes” sino “actuales”. Dije que me gustaba Rodrigo Lira, aunque éste ya no pueda ser actual (pero sí joven, más joven que todos nosotros) puesto que está muerto. 46. Parejas de baile de la joven poesía chilena: los nerudianos en la geometría con los huidobrianos en la crueldad, los mistralianos en el humor con los rokhianos en la humildad, los parrianos en el hueso con los linheanos en el ojo. 47. Lo confieso: no puedo leer el libro de memorias de Neruda sin sentirme mal, fatal. Qué cúmulo de contradicciones. Qué esfuerzos para ocultar y embellecer aquello que tiene el rostro desfigurado. Qué falta de generosidad y qué poco sentido del humor. 48. Hubo una época felizmente ya pasada de mi vida en que veía por el pasillo de mi casa a Adolf Hitler. Hitler no hacía nada más que caminar pasillo arriba y pasillo abajo y cuando pasaba por la puerta abierta de mi dormitorio ni siquiera me miraba. Al principio pensaba que era (¿qué otra cosa podría ser?) el demonio y que mi locura era irreversible. 49. Quince días después Hitler se esfumó y yo pensé que el siguiente en aparecer sería Stalin. Pero Stalin no apareció. 50. Fue Neruda el que se instaló en mi pasillo. No quince días, como Hitler, sino tres, un tiempo considerablemente más corto, señal de que la depresión amenguaba. 51. En contrapartida, Neruda hacía ruidos (Hitler era silencioso como un trozo de hielo a la deriva), se quejaba, murmuraba palabras incomprensibles, sus manos se alargaban, sus pulmones sorbían el aire del pasillo (de ese frío pasillo europeo) con fruición, sus gestos de dolor y sus modales de mendigo de la primera noche fueron cambiando de tal manera que al final el fantasma parecía recompuesto, otro, un poeta cortesano, digno y solemne. 52. A la tercera y última noche, al pasar por delante de mi puerta, se detuvo y me miró (Hitler nunca me había mirado) y, esto es lo más extraordinario, intentó hablar, no pudo, manoteó su impotencia y finalmente, antes de desaparecer con las primeras luces del día, me sonrió (¿como diciéndome que toda comunicación es imposible pero que, sin embargo, se debe hacer el intento?). 53. Conocí hace tiempo a tres hermanos argentinos que murieron intentando hacer la revolución en países diferentes de Latinoamérica. Los dos mayores se traicionaron mutuamente y de paso traicionaron al menor. Éste no cometió traición alguna, y murió dicen, llamándolos, aunque lo más probable es que muriera en silencio. 54. Los hijos del león español, decía Rubén Darío, un optimista nato. Los hijos de Walt Whitman, de José Martí, de Violeta Parra; desollados, olvidados, en fosas comunes, en el fondo del mar, sus huesos mezclados en un destino troyano que espanta a los supervivientes. 55. Pienso es ellos estos días en que los veteranos de las Brigadas Internacionales visitan España, viejitos que bajan de los autocares con el puño en alto. Fueron 40.000 y hoy vuelven a España 350 o algo así. 56. Pienso en Beltrán Morales, pienso en Rodrigo Lira pienso en Mario Santiago, pienso en Reinaldo Arenas. Pienso en los poetas muertos en el potro de la tortura, en los muertos de sida, de sobredosis, en todos lo que creyeron en el paraíso latinoamericano. Pienso en esas obras que acaso permitan a la izquierda salir del foso de la vergüenza y la inoperancia. 57. Pienso en nuestras vanas cabezas puntiagudas y en la muerte abominable de Isaac Babel. 58. Cuando sea mayor quiero ser nerudiano en la sinergia. 59. Preguntas para antes de dormir. ¿Por qué a Neruda no le gustaba Kafka? ¿Por qué a Neruda no le gustaba Rilke? ¿Por qué a Neruda no le gustaba De Rokha? 60. ¿Barbuse le gustaba? Todo hace pensar que sí. Y Shólojov. Y Alberti. Y Octavio Paz. Extraña compañía para viajar por el Purgatorio. 61. Pero también le gustaba Éluard, que escribía poemas de amor. 62. Si Neruda hubiera sido cocainómano, heroinómano, si lo hubiera matado un cascote en el Madrid sitiado del 36, si hubiera sido amante de Lorca y se hubiera suicidado tras la muerte de éste, otra sería la historia. ¡Si Neruda fuera el desconocido que en el fondo verdaderamente es! 63. ¿En el sótano de lo que llamamos “Obra de Neruda” acecha Ugolino dispuesto a devorar a sus hijos? 64. ¡Sin ningún remordimiento! ¡Inocentemente! ¡Sólo porque tiene hambre y ningún deseo de morirse! 65. No tuvo hijos, pero el pueblo lo quería. 66. ¿Como a la Cruz, hemos de volver a Neruda con las rodillas sangrantes, los pulmones agujereados, los ojos llenos de lágrimas? 67. Cuando nuestros nombres ya nada signifiquen, su nombre seguirá brillando, seguirá planeando sobre una literatura imaginaria llamada literatura chilena. 68. Todos los poetas, entonces, vivirán en comunas artísticas llamadas cárceles o manicomios. 69. Nuestra casa imaginaria, nuestra casa común.
Poemas de Roberto Bolaño a su hijo Lautaro
Lautaro, nuestra familiaridad
Llegará el día en que no hagamos
tantas cosas como ahora hacemos juntos
Dormir abrazados
Cagar el uno al lado del otro sin vergüenza alguna
Jugar con la comida a lo largo del pasillo
de nuestra casa en la calle Aurora
Este pasillo débilmente iluminado
que sin duda conduce al infinito
Lautaro, nuestras pesadillas
A veces te despiertas gritando y te abrazas
a tu madre o a mí con la fuerza y la lucidez
que sólo un niño menor de dos años puede tener
A veces mis sueños están llenos de gritos en la ciudad fantasma
y los rostros perdidos me hacen preguntas
que jamás sabré contestar
Tú te despiertas y sales corriendo de tu habitación
y tus pies descalzos resuenan
en la larga noche de invierno de Europa
Yo regreso a los lugares del crimen
sitios duros y brillantes
tanto que al despertar me parece mentira que aún esté vivo
Lautaro, nuestras sombras
Hay días en que todo lo imitas y así puedo verte
repitiendo mis gestos
mis palabras
(tú, que no sabes decir más que mamá y
papá, sí y no)
en una jerga extraña
el lenguaje de los seres pequeños
del otro lado de la cortina
y a veces olvido
cuál es mi sombra y cuál es
tu sombra
quién contempla el retrato de los Arnolfini
quién enciende la televisión
Lautaro, las facciones de León
Hay días en que veo en tu rostro
el rostro de mi padre, el cual según dicen,
se parecía a su padre
La mirada de León Bolaño aparece en tus
ojos entrecerrados
sobre todo cuando salimos a pasear
y la gente te saluda con ademanes cordiales
Otras veces pienso que no es así: esa quijada
de luchador, ese pelo rubio cenizo,
la disposición para la fiesta y el caos sólo remiten
a rescoldos de mi propia nostalgia
No obstante te pareces a él: sobre todo
estos días de enero
cuando salimos a pasear tomados de la mano
en medio de una luz frágil y persistente
Lee a los viejos poetas
Lee a los viejos poetas, hijo mío
y no te arrepentirás
Entre las telarañas y las maderas podridas
de barcos varados en el Purgatorio
allí están ellos
¡cantando!
¡ridículos y heroicos!
Los viejos poetas
Palpitantes en sus ofrendas
Nómades abiertos en canal y ofrecidos
a la Nada
(pero ellos no viven en la Nada
sino en los Sueños)
Lee a los viejos poetas
y cuida sus libros
Es uno de los pocos consejos
que te puede dar tu padre
Otras lluvias
Y otros calores infernales -Así pues, la consigna es ésta: Resistid queridos libritos
Atravesad los días como caballeros medievales
Y cuidad de mi hijo En los años venideros
Biblioteca
Libros que compro Entre las extrañas lluvias
Y el calor De 1992
Y que ya he leído O que nunca leeré Libros para que lea mi hijo La biblioteca de Lautaro Que deberá resistir
Biblioteca y Lee a los viejos poetas fueron escritos inmediatamente después de salir del Hospital Valle Hebrón, en Barcelona, en el verano de 1992, o tal vez cuando aún estaba allí, con los viejos de hígados destrozados, con los enfermos de sida y con las muchachas que ingresaron por una sobredosis de heroína y a partir de entonces -el pabellón estaba lleno de predicadores de todo pelaje- reencontraron a Dios.
Son dos poemas muy sencillos, bastante torpes en la ejecución y con voluntad de claridad en el significado. El destinatario original del mensaje es mi hijo Lautaro -estas palabras, en el fondo, también son para él. Ambos poemas recogen no sólo buenos deseos y buenos consejos. Desesperado con la perspectiva de no volver a ver a mi hijo, ¿a quién encargar de su cuidado sino a los libros? Es así de simple: un poeta pide a los libros que amó y que le inquietaron, protección para su hijo en los años venideros. En el otro poema, por el contrario, el poeta pide a su hijo que cuide de los libros en el futuro. Es decir que los lea. Protección mutua. Como el lema de una banda de gángsters invicta.
Blanes, enero de 1993
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Consejos sobre el arte de escribir cuentos, (do)decálogo de Roberto Bolaño
Como ya tengo cuarentaicuatro años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos. 1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte. 2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si se ve con energía suficiente, escríbalos de nueve en nueve o de quince en quince. 3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, y además lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes: una doble imagen que produce melancolía. 4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo y a Monterroso*. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral. 5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura. 6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así. 7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval! 8) Lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges. 9) La verdad de la verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra. 10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas. 11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas. 12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.**
* En algunas ediciones de este decálogo cita a García Márquez, en la edición de Anagrama el colombiano fue obliterado.
** Lo anterior no resta que la genealogía bolañesca suela ser un lamentable all-male panel.
jueves, 3 de septiembre de 2026
Últimos atardeceres en la tierra (2001), by Roberto Bolaño
La situación es ésta: B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco. Parten muv temprano, a las seis de la mañana Esa noche, B duerme en casa de su padre. No tiene sueños o si los tiene los olvida nada más abrir los ojos. Oye a su padre en el baño. Mira por la ventana, aún está oscuro. B no enciende la luz y se viste. Cuando sale de su habitación su padre está sentado a la mesa, leyendo un periódico de- portivo del día anterior y el desayuno está hecho. Café y huevos a la ranchera. B saluda a su padre y entra en el baño.
El coche del padre de B es un Ford Mustang del 70. A las seis y media de la mañana suben al coche y comienzan a salir de la Ciudad. La ciudad es México Distrito Federal, y el año en que B y su padre abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el año de 1975. El viaje es, en líneas generales, plácido. Al salir del DF, ambos, padre e hijo, tienen frío, pero cuando abandonan el valle y comienzan a bajar en dirección a las tierras calientes del estado de Guerrero, el calor se impone y tienen que quitarse los suéters y abrir las ventanillas. El paisaje, al principio, ocupa toda la atención de B, que tiende a la melancolía, pero al cabo de las horas las montañas y los bosques se hacen monótonos y B prefiere dedicarse leer un libro de poesía.
Antes de llegar a Acapulco el padre de B detiene el coche delante de un tenderete de la carretera. En el tenderete ofrecen iguanas. ¿Las probamos?, dice el padre de B. Las iguanas están vivas y apenas se mueven cuando el padre de B se acerca a mirarlas. B lo observa apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin esperar respuesta, el padre de B pide una ración de iguana para él y para su hijo. Sólo entonces B se mueve. Se acerca al comedor al aire libre, cuatro mesas y un toldo que el viento escaso apenas agita, y se sienta en la mesa más alejada de la carretera. Para beber, el padre de B pide cervezas. Los dos llevan las camisas arremangadas y desabotonadas. Los dos llevan camisas de colores claros. El hombre que los atiende, por el contrario, lleva una camiseta negra de manga larga y el calor no parece afectarlo.
¿Van a Acapulco?, dice el hombre. El padre de B asiente. Ellos son los únicos clientes del tenderete. Por la carretera brillante los coches pasan y no se detienen. El padre de B se levanta y se dirige hacia la parte de atrás. Por un momento B cree que su padre va a orinar, pero pronto se da cuenta de que se ha metido en la cocina para observar cómo cocinan la iguana. El hombre lo sigue en silencio. B los oye hablar. Primero habla su padre, después la voz del hombre y por último una voz de mujer a la que B no ha visto. B tiene la frente perlada de sudor. Sus gafas están mojadas y sucias. Se las quita y las limpia con el borde de la camisa. Cuando vuelve a ponerse las gafas observa a su padre que lo está mirando desde la cocina. En realidad, sólo ve la cara de su padre y parte de su hombro, el resto queda oculto por una cortina roja con lunares negros, una cortina que a B, por momentos, le parece que no sólo separa la cocina del comedor sino un tiempo de otro tiempo.
Entonces B desvía la mirada y vuelve a su libro, que permanece abierto sobre la mesa. Es un libro de poesía. Una antología de surrealistas franceses traducida al español por Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Desde hace dos días B está leyendo este libro. Le gusta. Le gustan las fotos de los poetas. La foto de Unik, la de Desnos, la de Artaud, la de Crevel. El libro es voluminoso y está forrado con un plástico transparente. No es B quien lo ha forrado (B nunca forra sus libros) sino un amigo particularmente puntilloso. Así que B desvía la mirada, abre su libro al azar y encuentra a Gui Rosey, la foto de Gui Rosey, sus poemas, y cuando vuelve a levantar la mirada la cabeza de su padre ya no está.
El calor es sofocante. De buena gana B volvería al DF, pero no va a volver, al menos no ahora, eso lo sabe. Poco después su padre está sentado junto a él y ambos comen iguana con salsa picante y beben más cerveza. El hombre de la camiseta negra ha encendido una radio de transistores y ahora una música vagamente tropical se mezcla con el ruido del bosque y con el ruido de los coches que pasan por la carretera. La iguana sabe a pollo. Es más chiclosa que el pollo, dice B no muy convencido. Es sabrosa, dice su padre y pide otra ración. Toman café de olla. Los platos de iguana se los ha servido el hombre de la camiseta negra, pero el café lo trae la mujer de la cocina. Es joven, casi tan joven como B, y va vestida con shorts blancos y una blusa amarilla con estampado de flores blancas, unas flores que B no reconoce y que tal vez no existen. Cuando están tomando café, B se siente descompuesto, pero no dice nada. Fuma y mira el toldo que apenas se mueve, como si un delgado hilo de agua permaneciera allí desde la última tormenta. Pero eso no puede ser, piensa B. ¿Qué miras?, dice su padre. El toldo, dice B. Es como una vena. Esto último B no lo dice, sólo lo piensa.
Al atardecer llegan a Acapulco. Durante un rato vagan por las avenidas cercanas al mar. Las ventanillas del coche están bajadas y la brisa les revuelve el pelo. Se detienen en un bar y entran a beber. Esta vez el padre de B pide tequila. B se lo piensa un momento. También pide tequila. El bar es moderno y tiene aire acondicionado. El padre de B conversa con el camarero, le pregunta por hoteles cercanos a la playa. Cuando vuelven al Mustang ya se ven algunas estrellas y el padre de B parece, por primera vez en lo que va de día, cansado. Sin embargo aún recorren un par de hoteles que, por un motivo u otro, no les satisfacen, antes de dar con el elegido. El hotel se llama La Brisa y es pequeño, tiene piscina y está a cuatro pasos de la playa. Al padre de B le gusta el hotel. A B también le gusta. Como es temporada baja, está casi vacío y los precios resultan asequibles. La habitación que les asignan tiene dos camas individuales y un pequeño baño con ducha; la única ventana da al patio del hotel, en donde está la piscina, y no al mar como era el deseo del padre de B. La ventilación, no tardan en descubrirlo, no funciona. Pero la habitación es bastante fresca y no protestan. Así que se instalan, deshacen cada uno su maleta, meten la ropa en los armarios, B deja sus libros sobre el velador, se cambian de camisa, el padre de B se da una ducha de agua fría, B sólo se lava la cara y cuando han terminado salen a cenar.
En la recepción del hotel encuentran a un tipo bajito y con dientes de conejo. Es joven y parece simpático, les recomienda un restaurante cercano al hotel. El padre de B le pregunta por algún sitio animado. B entiende a lo que se refiere su padre. El recepcionista no lo entiende. Un sitio con acción, dice el padre de B. Un lugar donde se puedan encontrar muchachas, dice B. Ah, dice el recepcionista. Durante un instante B y su padre permanecen inmóviles, sin hablar. El recepcionista se agacha, desaparece debajo del mostrador y luego vuelve a aparecer con una tarjeta que le tiende al padre de B. Este la mira, pregunta si el establecimiento es de confianza, y después extrae de la billetera un billete que el recepcionista coge al vuelo.
Pero esa noche, después de cenar, vuelven directos al hotel.
Al día siguiente B despierta muy temprano. Sin hacer ruido se ducha, se lava los dientes, se pone el traje de baño y abandona la habitación. En el comedor del hotel no hay nadie, por lo que B decide desayunar afuera. La calle del hotel baja perpendicularmente hacia la playa. Allí sólo hay un adolescente que alquila tablas. B le pregunta el precio por una hora. El adolescente dice una cifra que a B le parece razonable, así que alquila una tabla y se mete en el mar. Enfrente de la playa hay una pequeña isla y hacia allí dirige B su embarcación. Al principio le cuesta un poco, pero no tarda en dominarla. El mar, a esa hora, es cristalino y antes de llegar a la isla B cree ver peces rojos bajo su tabla, peces de unos cincuenta centímetros de longitud que se dirigen hacia la playa mientras él rema hacia la isla.
El trayecto entre la playa y la isla dura exactamente quince minutos. B no lo sabe, pues no tiene reloj, y el tiempo se le alarga. La travesía entre la playa y la isla le parece que dura una eternidad. Y justo antes de llegar unas olas imprevistas dificultan su aproximación a la playa, una playa que puede apreciar de arena muy distinta a la playa del hotel, pues en aquélla la arena, tal vez por la hora (aunque B no lo cree así), era de un color de tonos dorados y marrones y la de la isla es una arena blanca, refulgente, tanto que hace daño mirarla mucho rato.
Entonces B deja de remar y se queda quieto, a merced del oleaje, y las olas comienzan a alejarlo paulatinamente de la isla. Cuando por fin reacciona, la tabla ha retrocedido y está otra vez a medio camino. Después de calcular las distancias, B opta por regresar. Esta vez la singladura transcurre plácidamente. Al llegar a la playa, el muchacho que alquila las tablas se le acerca y le pregunta si ha tenido algún problema. Ninguno, dice B. Una hora más tarde, sin haber desayunado, B regresa al hotel y encuentra a su padre sentado en el comedor, con una taza de café y un plato en donde aún quedan restos de tostadas y huevos.
Las horas siguientes son confusas. Vagabundean, observan a la gente desde el interior del coche, a veces bajan y se toman un refresco o un helado. Esa tarde, en la playa, mientras su padre duerme estirado en una tumbona, B lee otra vez los poemas de Gui Rosey y la breve historia de su vida o de su muerte.
Un dia un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y el oeste están ocupados por los alemanes. El sur está bajo la égida de Pétain. El consulado norteamericano dilata la decisión día tras día. En el grupo de surrealistas está Breton, está Tristán Tzara, está Péret, pero también hay otros que son menos importantes. A este grupo pertenece Gui Rosey . Su foto es la foto de un Poeta menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. El grupo de surrealistas se reúne cada tarde en un café cerca del puerto. Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un día, sin embargo (un atardecer, intuye B), Rosey desaparece. Al principio, nadie lo echa de menos. Es un poeta menor y los poetas menores pasan inadvertidos. Al cabo de los días, no obstante, comienzan a buscarlo. En la pensión en donde vivía no saben nada de él, sus maletas, sus libros, están allí, nadie los ha tocado, Por lo que resulta impensable que Rosey se haya marchado sin pagar, una práctica común, por otra parte, en ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo buscan. Recorren hospitales y retenes de la gendarmería. Nadie sabe nada de él. Un día llegan los visados y la mayoría de ellos coge un barco y salen para los Estados Unidos. Los que se quedan, aquellos que no van a tener visado nunca, pronto olvidan a Rosey, olvidan su desaparición ocupados en ponerse a salvo a sí mismos en unos años en donde las desapariciones masivas y los crímenes masivos son una constante.
De noche, después de cenar en el hotel, el padre de B propone ir a visitar un lugar en donde haya acción. B mira a su padre. Es rubio (B es moreno), tiene los ojos grises y aún es fuerte. Parece feliz y dispuesto a pasarlo bien. ¿Acción de qué tipo? dice B, que sabe perfectamente a lo que se refiere su padre. La de siempre, dice el padre de B. Trago y mujeres. Durante un rato B permanece en silencio, como si cavilara una respuesta. Su padre lo mira. Se diría que en esa mirada hay expectación, pero en real¡dad sólo hay cariño. Finalmente B dice que no tiene ganas de hacer el amor con nadie. No se trata de ir a echar un polvo, dice su padre, sino de ir y mirar y tomar y departir con los amigos. ¿Con qué amigos, dice B, si aquí no conocemos a nadie? Uno siempre hace amigos en los picaderos, dice su padre. La palabra picadero hace que B piense en caballos. Cuando tenía siete años su padre le compró un caballo. ¿De dónde era mi caballo?, dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se sobresalta. ¿Qué caballo?, dice. El que me compraste cuando yo era chico, dice B, en Chile. Ah, el Zafarrancho, dice su padre y sonríe. Era un caballo chilote, de Chiloé, dice, y tras pensar un instante vuelve a hablar de los burdeles. Por su manera de evocarlos, se diría que habla de salas de baile, piensa B. Pero luego ambos se quedan callados.
Esa noche no van a ninguna parte.
Mientras su padre duerme, B se va a leer a la terraza del hotel, junto a la piscina. No hay nadie más que él. La terraza está limpia y vacía. Desde su mesa B puede observar una parte de la recepción, en donde el recepcionista de la noche anterior lee algo o hace cuentas, de pie sobre el mostrador. B lee a los surrealistas franceses, lee a Gui Rosey. Y la verdad es que Rosey no le parece interesante. Le gusta Desnos, le gusta Eluard, mucho más que Rosey, aunque al final siempre vuelve a los poemas de éste y a contemplar su fotografía, una foto de estudio en donde Rosey aparece como un ser sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata oscura que parece estrangularlo.
Seguramente se suicidó, piensa B. Supo que no iba a obtener jamás el visado para los Estados Unidos o para México y decidió acabar sus días allí. Imagina o trata de imaginar una ciudad costera del sur de Francia. B aún no ha estado nunca en Europa. Ha recorrido casi toda Latinoamérica, pero en Europa aún no ha puesto los pies. Así que su imagen de una ciudad mediterránea está condicionada directamente por su imagen de Acapulco. Calor, un hotel pequeño y barato, playas de arenas doradas y playas de arenas blancas. Y ruidos lejanos de música. B no sabe que falta en su imagen un ruido o un rumor determinante: el de las jarcias de las pequeñas embarcaciones que suelen amarrar en todas las ciudades costeras. Sobre todo en las pequeñas: el ruido de las jarcias en la noche, aunque el mar esté liso como un plato de sopa.
De pronto alguien más entra en la terraza. Es una silueta femenina que toma asiento en la mesa más retirada, en una esquina, junto a dos grandes jarrones de pie. Al poco rato, el recepcionista se acerca a la mujer con una bebida. Después, en lugar de regresar a la recepción, el recepcionista se aproxima a B, que está sentado al borde de la piscina y le pregunta qué tal lo están pasando su padre y él. Muy bien, dice B. ¿Les gusta Acapulco?, pregunta el recepcionista. Mucho, dice B. ¿Qué tal el San Diego?, pregunta el recepcionista. B no entiende la pregunta. ¿El San Diego? Por un instante cree que le está preguntando por el hotel, pero de inmediato recuerda que el hotel no se llama así. ¿Qué San Diego?, dice B. El recepcionista sonríe. El club de putas, dice. Entonces B recuerda la tarjeta que el recepcionista le dio a su padre. Aún no hemos ido, dice. Es un sitio de confianza, dice el recepcionista. B mueve la cabeza en un gesto que podría ser interpretado de muchas maneras. Está en la avenida Constituyentes, dice el recepcionista. En esa misma avenida hay otro club, el Ramada, que no es de fiar. El Ramada, dice B, mientras observa la silueta femenina inmóvil en el rincón de la terraza, en medio de los enormes jarrones cuya sombra se alarga y adelgaza hasta perderse debajo de las mesas vecinas, el vaso con la bebida en la mesa, aparentemente intacto. Al Ramada es mejor que no vayan, dice el recepcionista. ¿Por qué?, dice B por decir algo, en realidad él no tiene intención de ir a ninguno de los dos clubes. No es de confianza, dice el recepcionista y sus dientes de conejo, blanquísimos, brillan en la semipenurnbra que se ha apoderado repentinamente de toda la terraza, como si alguien desde la recepción hubiera apagado la mitad de las luces.
Cuando el recepcionista se va, B vuelve a abrir el libro de poesía, pero las palabras ya son ilegibles, así que deja el libro abierto sobre la mesa y cierra los ojos y no oye el rumor de las jarcias sino un ruido atmosférico, de enormes capas de aire caliente que descienden sobre el hotel y sobre los árboles que rodean el hotel. Tiene ganas de meterse en la piscina. Por un instante cree que podría hacerlo.
Entonces la mujer del rincón se levanta y comienza a caminar en dirección a las escalinatas que unen la terraza con la recepción, aunque a medio camino se detiene, como si se sintiera mal, una mano apoyada en un cantero en donde ya no hay flores sino maleza. B la observa. La mujer lleva un vestido claro, holgado, de tela ligera, con un amplio escote que deja desnudos sus hombros. B cree que la mujer seguirá su camino, pero ella no se mueve, la mano fija en el cantero, la mirada baja, y entonces B se levanta, con el libro en la mano, y se acerca. Su primera sorpresa se produce al observar su rostro. La mujer debe tener, calcula B, unos sesenta años, aunque él, de lejos, no le hubiera echado más de treinta. Es norteamericana y cuando B se le aproxima levanta la vista y le sonríe. Buenas noches, dice ella un tanto incongruentemente. ¿Le sucede algo?, dice B. La mujer no entiende sus palabras y B tiene que repetírselas, pero esta vez en inglés. Sólo estoy pensando en algo, dice la mujer sin dejar de sonreírle. B reflexiona durante unos segundos en lo que la mujer le acaba de decir. Pensando en algo. Y de pronto percibe en esa declaración una amenaza. Algo que se acerca por el lado del mar. Algo que avanza arrastrado por las nubes oscuras que cruzan invisibles la bahía de Acapulco. Pero no se mueve ni hace el más mínimo ademán de romper el encanto en el que se siente sujeto. y entonces la mujer mira el libro que cuelga de la mano izquierda de B y le pregunta qué es lo que lee y B dice: poesía. Leo poemas. Y la mujer lo mira a los ojos, siempre con la misma sonrisa en la cara (una sonrisa que es reluciente y ajada al mismo tiempo, piensa B cada vez más nervioso) y le dice que a ella, en otro tiempo, le gustaba la poesía. ¿Qué poetas?, dice B sin mover un sólo músculo. Ahora ya no los recuerdo, dice la mujer y parece sumirse nuevamente en la contemplación de algo que sólo ella puede vislumbrar. Sin embargo B cree que está haciendo un esfuerzo por redordar y espera en silencio . Al cabo de un rato vuelve a posar en él su mirada y dice: Longfellow. Acto seguido recita un texto con una rima pegajosa que a B le parece similar a una ronda infantil, algo, en cualquier caso, muy lejano a los poetas que él lee. ¿Conoce usted a Longfellow? dice la mujer. B niega con la cabeza, aunque la verdad es que ha leído a Longfellow. Me lo enseñaron en la escuela, dice la mujer con la misma sonrisa invariable Y luego añade: ¿no cree que hace demasiado calor? Hace rnucho calor, susurra B. Puede que se esté acercando una tormenta, dice la mujer. Parece muy segura de sus palabras. En ese momento B levanta la mirada: no ve ninguna estrella. Lo que sí ve son algunas luces del hotel encendidas. Y en la ventana de su habitación ve una silueta que los está mirando y que lo sobresalta como si de ¡mproviso se hubiera desatado la lluvia tropical.
Al Principio no comprende nada.
Su padre está allí, al otro lado de los cristales, enfundado en una bata azul, una bata que ha traído desde su casa y que B no conoce, en cualquier caso no es un albornoz del hotel, y los está mirando fijamente, aunque cuancio B lo descubre se echa para atrás, retrocede corno picado por una serpiente (levanta una mano en un tímido saludo) y desaparece tras las cortinas.
La canción de Hiawatha, dice la mujer. B la mira. La canción de Hiawatha, dice la mujer, el poema de Longfellow. Ah, sí, dice B.
Después la mujer le da las buenas noches y desaparece gradualmente: primero sube la escalinata hasta la recepción, allí se detiene unos instantes, cruza unas palabras con alguien a quien B no puede ver y finalmente se pierde, silenciosa, por el lobby del hotel, su figura delgada enmarcada por las sucesivas ventanas hasta que dobla por el pasillo de la escalera interior.
Media hora más tarde B entra en su habitación y encuentra a su padre dormido. Durante unos segundos, antes de dirigirse al baño a lavarse los dientes, B lo contempla (muy erguido, como dispuesto a sostener una pelea) desde los pies de la cama. Buenas noches, papá, dice. Su padre no hace la menor señal de haberlo escuchado.
Al segundo día de estancia en Acapulco, B y su padre van a ver a los clavadistas. Tienen dos opciones: mirar el espectáculo desde una plataforma al aire libre o entrar al restaurante-bar del hotel que domina La Quebrada. El padre de B pregunta los precios. La primera persona a la que interroga no lo sabe. El padre de B insiste. Por fin, un viejo ex clavadista que está allí sin hacer nada, le dice dos cifras. Instalarse en el mirador del hotel es seis veces más caro que hacerlo en la plataforma al aire libre. El padre de B no lo duda: vamos al bar, dice, estaremos más cómodos. B lo sigue. En el bar sus vestimentas desentonan con las del resto, turistas norteamericanos o mexicanos con prendas claramente veraniegas. La ropa de B y de su padre es la típica ropa de los habitantes del DF, una ropa que parece salida de un sueño interminable. Los camareros se dan cuenta. Saben que esa gente da poca propina y no los atienden con la prontitud necesaria. El espectáculo, para colmo, no se ve nada bien desde donde se han sentado. Hubiéramos hecho mejor en quedarnos en la plataforma, dice el padre de B. Aunque esto tampoco está mal, añade. B asiente. Finalizada la sesión de saltos y tras haberse bebido dos jaiboles cada uno, salen al aire libre y comienzan a hacer planes para el resto del día. En la plataforma casi no queda nadie, pero el padre de B distingue, sentado en un contrafuerte, al viejo ex clavadista y se le acerca.
El ex clavadista es bajo y tiene las espaldas muy anchas. Está leyendo una novela de vaqueros y no levanta la mirada hasta que B y su padre están a su lado. Entonces los reconoce y les pregunta qué les ha parecido el espectáculo. No ha estado mal, dice el padre de B, aunque en los deportes de precisión es necesaria una experiencia mayor para hacerse una idea cabal. ¿El caballero ha sido deportista? El padre de B lo estudia durante unos segundos y luego dice: algo hemos hecho en la vida. El ex clavadista se pone de pie con un movimiento enérgico, como si de pronto estuviera otra vez en el borde de los acantilados. Debe tener, piensa B, unos cincuenta años, por lo tanto no es mucho mayor que su padre, aunque la piel de la cara, con arrugas que parecen heridas, le proporciona un aire de persona más vieja. ¿Los caballeros están de vacaciones?, dice el ex clavadista. El padre de B asiente con una sonrisa. ¿Y cuál es el deporte que el caballero ha practicado, si se puede saber? El boxeo, dice el padre de B. Ah, caray, dice el ex clavadista, pues sería en peso pesado, ¿no? El padre de B sonríe ampliamente y dice que sí.
Sin saber como, de pronto B se encuentra caminando con su padre y con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado aparcado el Mustang y luego los tres se montan en el coche y B oye como si estuviera escuchando la radio las instrucciones que el ex clavadista le da a su padre. El coche durante un rato se desliza por la avenida Miguel Alemán, pero luego gira hacia el interior y pronto el paisije de hoteles y restaurantes dedicados al turismo se transforma en un paisaje urbano ligeramente tropical. El coche, sin embargo, sigue subiendo, alejándose de la herradura dorada de Acapulco, internándose por calles mal asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a una especie de restaurante o más bien casa de comidas corridas (aunque para ser un establecimiento de comidas corridas es demasiado grande, piensa B) en cuya acera polvorienta se detiene. El ex clavadista y su padre bajan de inmediato. Durante todo el trayecto no han parado de hablar y en la acera, mientras lo esperan y hacen gestos incomprensibles, siguen con su plática. B tarda un momento en descender del coche. Vamos a comer, dice su padre. Es verdad, dice B.
El interior del local es oscuro y sólo una cuarta parte está ocupada por mesas. El resto parece una pista de baile, con un estrado para la orquesta, enmarcada por una larga barra de madera basta. Al entrar B no puede ver nada por el contraste de la luz. Luego observa a un hombre, que se parece al ex clavadista, acercarse a éste y a su padre y tras escuchar atentamente una presentación que B no comprende, darle la mano a su padre y segundos después tendérsela a él. B extiende la mano y aprieta la del desconocido. Este dice un nombre y estrecha la mano de B con fuerza. El gesto es amistoso, pero el apretón resulta más bien violento. El hombre no sonríe. B decide no sonreír. El padre de B y el ex clavadista ya están sentados a la mesa. B se sienta junto a ellos. El tipo que se parece al ex clavadista y que resulta ser su hermano menor se mantiene de pie, atento a las instrucciones. Aquí, el caballero, dice el ex clavadista, fue campeón de los pesos pesados de su país. ¿Extranjeros?, dice el hombre. Chilenos, dice el padre de B. ¿Hay huachinango?, dice el ex clavadista. Hay, dice el hombre. Pues ponnos uno, un huachinango a la guerrerense, dice el ex clavadista. Y cervezas para todos, dice el padre de B, para usted también. Agradecido, murmura el hombre mientras saca tina libretita del bolsillo y apunta con dificultad un pedido que, a juicio de B, resulta un juego de niños memorizar.
Con las cervezas, el hermano del ex clavadista les trae una botana de galletitas saladas y tres vasos no muy grandes de ostiones. Son frescos, dice el ex clavadista mientras les pone chile a los tres. Qué curioso, ¿verdad? Que esto se llame chile y que su país se llame Chile, dice el ex clavadista mientras señala el frasco lleno de salsa picante de color rojo intenso. En efecto, no deja de ser curioso, concede el padre de B. A los chilenos, añade, esto siempre nos ha picado la curiosidad. B mira a su padre con una incredulidad apenas perceptible. El resto de la conversación, hasta que llega el huachinango, gira en torno a temas de boxeo y de clavadismo.
Después B y su padre se van del establecimiento. El tiempo ha pasado deprisa, sin que ellos se den cuenta, y cuando suben al Mustang ya son las siete de la tarde. El ex clavadista se sube con ellos. Por un momento, B piensa que no se lo van a poder quitar de encima nunca, pero cuando llegan al centro de Acapulco el ex clavadista se baja delante de un local de billares. Cuando se quedan solos, el padre de B comenta favorablemente el trato y los precios que han pagado por el huachinango. Si lo hubiéramos comido aquí, dice señalando los hoteles del paseo costero, nos habría salido por un ojo de la cara. Al llegar a su habitación, B se pone el traje de baño y se va a la playa. Nada durante un rato y luego intenta leer aprovechando la escasa luz del crepúsculo. Lee a los poetas surrealistas y no entiende nada. Un hombre pacífico y solitario, al borde de la muerte. Imágenes, heridas. Eso es lo único que ve. Y de hecho las imágenes poco a poco se van diluyendo, como el sol poniente, y sólo quedan las heridas. Un poeta menor desaparece mientras espera un visado para el Nuevo Mundo. Un poeta menor desaparece sin dejar rastros mientras desespera varado en un pueblo cualquiera del Mediterráneo francés. No hay investigación. No hay cadáver. Cuando B intenta leer a Daumal la noche ya ha caído sobre la playa, cierra el libro y vuelve lentamente al hotel.
Después de cenar, su padre le propone salir a divertirse. B rechaza la invitación. Le sugiere a su padre que vaya solo, que él no está para divertirse, que prefiere quedarse en la habitación y ver una película en la tele. Parece mentira, dice su padre, que a tu edad te estés comportando como un viejo. B observa a su padre, que se ha duchado y se está poniendo ropa limpia, y se ríe.
Antes de que su padre se marche B le dice que se cuide. Su padre lo mira desde la puerta y le dice que sólo va a tomarse un par de tragos. Cuídate tú, dice y cierra suavemente.
Al quedarse solo B se quita los zapatos, busca sus cigarrillos, enciende la tele y vuelve a tumbarse en la cama. Sin darse cuenta, se queda dormido. Sueña que vive (o que está de visita) en la ciudad de los titanes. En su sueño sólo hay un deambular permanente por calles enormes y oscuras que recuerda de otros sueños. Y hay también una actitud suya que en la vigilia él sabe que no tiene. Una actitud delante de los edificios cuyas voluminosas sombras parecen chocar entre sí, y que no es precisamente una actitud de valor sino más bien de indiferencia.
Al cabo de un rato, justo cuando la teleserie se ha acabado, B se despierta de golpe, como impelido por una llamada, se levanta, apaga la tele y se asoma a la ventana. En la terraza, semioculta en el mismo rincón de la noche anterior, está la norteamericana delante de un vaso de alcohol o de zumo de frutas. B la observa sin curiosidad y luego se aparta de la ventana, se sienta en la cama, abre su libro de poetas surrealistas y trata de leer. Pero no puede. Así que trata de pensar y para tal efecto se tiende en la cama otra vez, cierra los ojos, deja los brazos estirados. Por un instante cree que no tardará en quedarse dormido. Incluso puede ver, sesgada, una calle de la ciudad de los sueños. No tarda, sin embargo, en comprender que sólo está recordando el sueño y entonces abre los ojos y se queda durante un rato contemplando el cielo raso de la habitación. Luego apaga la luz de la mesilla de noche y vuelve a acercarse a la ventana. La norteamericana sigue allí, inmóvil, y las sombras de los jarrones se alargan hasta tocar las sombras de las mesas vecinas. El agua de la piscina recoge los reflejos de la recepción que permanece, al contrario que la terraza, con todas las luces encendidas. De pronto un coche se detiene a pocos metros de la entrada del hotel. B cree que se trata del Mustang de su padre. Pero durante un tiempo excesivamente largo nadie aparece por la puerta del hotel y B piensa que se ha equivocado. Justo en ese momento distingue la silueta de su padre que sube las escalinatas. Primero la cabeza, luego los hombros anchos, después el resto del cuerpo hasta acabar en los zapatos, unos mocasines de color blanco que a B le disgustan profundamente pero que en ese momento le producen algo similar a la ternura. Su padre entra en el hotel como si bailara, piensa. Su padre hace su entrada como si viniera de un velorio, irreflexivamente feliz de seguir vivo. Pero lo más curioso es que, tras asomarse durante un instante a la recepción, su padre retrocede y toma el camino de la terraza: desciende las escaleras, rodea la piscina y va a sentarse en una mesa cercana a la de la norteamericana. Y cuando por fin aparece el tipo de la recepción con una copa, tras pagarle y sin esperar siquiera a que el recepcionista haya desaparecido del todo su padre se levanta y se acerca, con la copa en la mano, hasta la mesa de la norteamericana y durante un rato se queda allí, de pie, hablando, gesticulando, bebiendo, hasta que la mujer hace un gesto y su padre toma asiento a su lado.
Es demasiado vieja para él, piensa B. Luego vuelve a la cama, se acuesta, no tarda en darse cuenta de que todo el sueño que tenía acumulado se ha evaporado. Pero no quiere encender la luz (aunque tiene ganas de leer), no quiere que su padre pueda creer, ni por un segundo, que él lo está espiando. Durante mucho rato, B se dedica a pensar. Piensa en mujeres, piensa en viajes. Finalmente se duerme.
Durante la noche, en dos ocasiones, se despierta sobresaltado y la cama de su padre está vacía. A la tercera vez ya está amaneciendo y ve la espalda de su padre que duerme profundamente. Entonces enciende la luz y durante un rato, sin salir de la cama, se dedica a fumar y a leer.
Esa mañana B vuelve a la playa y alquila otra vez una tabla. Esta vez no tiene ningún problema para llegar a la isla de enfrente. Allí toma un zumo de mango y se baña durante un rato en un mar en donde no hay nadie. Luego vuelve a la playa del hotel, le entrega la tabla al adolescente que lo mira con una sonrisa y regresa dando un largo rodeo. En el restaurante del hotel encuentra a su padre tomando café. Se sienta a su lado. Su padre está recién afeitado y su piel despide un olor a colonia barata que a B le gusta. En la mejilla derecha exhibe un arañazo desde la oreja hasta el mentón. B piensa preguntarle qué ocurrió anoche, pero finalmente decide no hacerlo.
El resto del día transcurre como entre brumas. En algún momento B y su padre se marchan a una playa cercana al aeropuerto. La playa es enorme y en los lindes abundan las cabañas con techos de cañizo en donde los pescadores guardan sus artes. El mar está revuelto: durante un rato B y su padre contemplan las olas que se estrellan contra la bahía de Puerto Marqués. Un pescador que está cerca les dice que no es un buen día para bañarse. Es verdad, dice B. Su padre, sin embargo, se mete en el agua. B se sienta en la arena, con las rodillas levantadas y lo observa internarse al encuentro de las olas. El pescador se lleva una mano de visera a la frente y dice algo que B no entiende. Durante un momento la cabeza de su padre, los brazos de su padre que nada hacia dentro desaparecen de su campo visual. junto al pescador hay ahora dos niños. Todos miran hacia el mar, de pie, menos B que sigue sentado. En el cielo aparece, de forma por demás silenciosa, un avión de pasajeros. B deja de mirar el mar y contempla el avión hasta que éste desaparece detrás de una suave colina llena de vegetación. B recuerda un despertar, justo un año atrás, en el aeropuerto de Acapulco. El venía de Chile, solo, y el avión hizo escala en Acapulco. Cuando B abrió los ojos, recuerda, vio una luz anaranjada, con tonalidades rosas y azules, como una vieja película cuyos colores estuvieran desapareciendo, y entonces supo que estaba en México y que estaba, de alguna manera, salvado. Esto ocurrió en 1974 y B aún no había cumplido los veintiún años. Ahora tiene veintidós y su padre debe andar por los cuarentainueve. B cierra los ojos. El viento hace ininteligibles las voces de alarma del pescador y de los niños. La arena está fría. Cuando abre los ojos ve a su padre que sale del mar. B cierra otra vez los ojos y los vuelve a abrir sólo cuando una mano grande y mojada se posa sobre su hombro y la voz de su padre lo invita a comer huevos de caguama.
Hay cosas que se pueden contar y hay cosas que no se pueden contar, piensa B, abatido. A partir de este momento él sabe que se está aproximando el desastre.
Las cuarentaiocho horas siguientes, no obstante, transcurren envueltas en una suerte de placidez que el padre de B identifica con "el concepto de las vacaciones" (y B no sabe si su padre se está riendo de él o lo dice en serio). Van a la playa cada día, comen en el hotel o en un restaurante de la avenida López Mateos que tiene precios económicos, una tarde ambos alquilan una embarcación, un bote de plástico, minúsculo, y recorren el perfil de la costa cercana a su hotel, navegando junto a los vendedores de baratijas que se desplazan en tablas o en botes de ínfimo calado, como funambulistas o marineros muertos, llevando sus mercaderías de playa en playa. Al regreso, incluso, sufren un percance.
El bote, que el padre de B lleva demasiado próximo a los roqueríos, vuelca. El incidente, por supuesto, no tiene mayor importancia. Ambos saben nadar bastante bien y el bote está hecho para volcar, no cuesta nada darle la vuelta y subirse a él otra vez. Y eso es lo que hacen B y su padre. En ningún momento ha habido el menor peligro, piensa B. Pero entonces, cuando ambos han vuelto a subir al bote, el padre de B se da cuenta de que ha perdido la billetera y lo anuncia. Dice, tocándose el corazón: "mi billetera", Y sin dudarlo un segundo se sumerge de cabeza en el agua. A B le da un ataque de risa, pero luego, tirado en el bote, observa el agua y no ve señal alguna de su padre y durante un instante se lo imagina buceando o, aún peor, cayendo a plomo, pero con los ojos abiertos, por una fosa profunda, fosa en cuya superficie se balancea su bote y él mismo, a mitad de camino ya de la risa y de la alarma. Entonces B se yergue y tras mirar hacia el otro lado del bote y no ver señales de su padre, procede a sumergirse a su vez y sucede lo siguiente: mientras B desciende, con los ojos abiertos, su padre asciende (y podría decirse que casi se tocan) con los ojos abiertos y la billetera en la mano derecha; al cruzarse ambos se miran, pero no pueden corregir, al menos no de manera instantánea, sus trayectorias, de modo que el padre de B sigue subiendo silenciosamente y B sigue bajando silenciosamente.
Para los tiburones, para la mayoría de los peces (excepto para los peces voladores), el infierno es la superficie del mar. Para B (para la mayoría de los jóvenes de veintidós años), el infierno a veces es el fondo del mar. Mientras baja recorriendo en sentido inverso la estela que ha dejado su padre, piensa que precisamente ahora hay más motivos que nunca para reírse. En el fondo del mar no encuentra arena, como su imaginación de algún modo esperaba, sino sólo rocas, rocas que se sostienen unas en otras, como si aquel lugar de la costa fuera una montaña sumergida y él estuviera en la parte alta, apenas iniciado el descenso. Después sube y desde abajo contempla el bote que por momentos parece levitar y por momentos parece a punto de hundirse, con su padre sentado en el centro exacto, intentando fumar un cigarrillo mojado.
Y luego se acaba el paréntesis, se acaban las cuarentaiocho horas de gracia en las cuales B y su padre han recorrido algunos bares de Acapulco, han dormido tirados en la playa, han comido e incluso se han reído, y comienza un período gélido, un período aparentemente normal pero dominado por unos dioses helados (dioses que, por otra parte, no interfieren en nada con el calor reinante en Acapulco), unas horas que en otro tiempo, tal vez cuando era adolescente, B llamaría aburrimiento, pero que ahora de ninguna manera llamaría así, sino más bien desastre, un desastre peculiar, un desastre que por encima de todo aleja a B de su padre, el precio que tienen que pagar por existir.
Todo comienza con la aparición del ex clavadista. B se da cuenta de inmediato que viene a buscar a su padre y no al, llamémosle así, conjunto familiar que conforman ambos. El padre de B invita al ex clavadista a tomarse una copa en la terraza del hotel. El ex clavadista dice que conoce un lugar mejor. El padre de B lo mira y sonríe y luego dice órale. Cuando ganan la calle comienza a atardecer y por un segundo B siente una punzada inexplicable y cree que tal vez hubiera sido mejor quedarse en el hotel, dejar que su padre se divirtiera solo. Pero ya es demasiado tarde. El Mustang sube por la avenida Constituyentes y el padre de B saca de un bolsillo la tarjeta que días atrás le diera el recepcionista. El picadero se llama San Diego, dice. El ex clavadista arguye que ese lugar es demasiado caro. Tengo dinero, dice el padre de B, vivo en México desde 1968 y ésta es la primera vez que me doy unas vacaciones. B, que va sentado junto a su padre, busca el rostro del ex clavadista en el espejo retrovisor y no lo encuentra. Así que primero van al San Diego y durante un rato beben y bailan con chicas a las que por cada baile hay que entregar un boleto que previamente compran en la barra. El padre de B, al principio, sólo compra tres boletos. Este sistema, le dice al ex clavadista, tiene algo de irreal. Pero luego se entusiasma y compra un fajo entero. B también baila. Su primera pareja es una muchacha delgada y de rasgos aindiados. La segunda es una mujer de grandes pechos que parece preocupada o enfurruñada por algo que B jamás podrá comprender. La tercera es gorda y feliz y al poco rato de estar bailando le confiesa al oído que está drogada. ¿Qué has tomado?, dice B. Hongos alucinantes, dice la mujer y B se ríe. Su padre, mientras tanto, baila con la muchacha que parece india y B los observa de tanto en tanto. En realidad, todas las muchachas parecen indias. La que baila con el padre de B tiene una bonita sonrisa. Hablan (de hecho hablan sin parar) aunque B no oye lo que dicen. Después su padre desaparece y B se acerca a la barra junto al ex clavadista. Ellos también se ponen a hablar. De los tiempos pasados. Del valor. De las quebradas en donde rompe el mar. De mujeres. Temas que a B no le interesan o que, al menos, no le interesan en ese momento. Y sin embargo hablan.
Al cabo de media hora su padre vuelve a la barra. Su pelo rubio está mojado y recién peinado (el padre de B se peina para atrás) y tiene la cara enrojecida. Sonríe sin decir nada y B lo observa sin decir nada. Hora de comer, dice. B y el ex clavadista lo siguen hasta el Mustang. Cenan mariscos variados en un local oblongo como un ataúd. Mientras comen, el padre de B mira a B como buscando una respuesta. B sostiene su mirada. Telepáticamente le dice: no hay respuesta porque la pregunta no es válida. La pregunta es imbécil. Después, sin saber cómo, B sigue a su padre y al ex clavadista (que hablan todo el rato de boxeo) hasta un local en los suburbios de Acapulco. El edificio es de ladrillo y madera, carece de ventanas y en el interior hay un juke-box con canciones de Lucha Villa y Lola Beltrán. De pronto B siente náuseas. Sólo entonces, mientras se separa de su padre y busca un lavabo o el patio trasero o la salida a la calle, se da cuenta de que ha bebido demasiado. También se da cuenta de algo más: unas manos aparentemente hospitalarias no le han permitido salir a la calle. Temen que me escape, piensa B. Luego vomita varias veces en un patio abierto en donde se acumulan cajas de cerveza y en donde hay un perro atado, y tras aliviarse se pone a contemplar las estrellas. No tarda en aparecer junto a él una mujer. Su sombra se recorta más oscura que la noche. Su vestido, sin embargo, es blanco y eso hace que B la pueda distinguir. ¿Te hago un guagüis?, dice. Tiene una voz joven y aguardentosa. B se la queda mirando sin entender. La puta se arrodilla a su lado y le abre la bragueta. Entonces B comprende y la deja, hacer. Cuando acaba siente frío. La puta se levanta y B la abraza. juntos contemplan la noche. Cuando B dice que quiere volver a la mesa de su padre, la mujer no lo sigue. Vamos, dice B, tirando de su mano, pero ella se resiste. Entonces B se da cuenta de que no ha visto apenas su rostro. Es mejor así. Sólo la he abrazado, piensa, ni siquiera sé cómo es. Antes de volver a entrar se da vuelta y ve que la puta se acerca al perro y lo acaricia.
En el interior, su padre está sentado a una mesa junto al ex clavadista y otros dos tipos. B se le acerca por la espalda y le susurra unas palabras al oído. Vámonos. Su padre está jugando a las cartas. Voy ganando, dice, no puedo irme. Nos van a robar todo el dinero, piensa B. Luego contempla a las mujeres que a su vez lo contemplan a él y a su padre con una conmiseración palpable. Ellas saben lo que nos va a pasar, piensa B. ¿Estás borracho?, le pregunta su padre mientras pide una carta. No, dice B, ya no. ¿Estás drogado?, dice su padre. No, dice B. Entonces su padre sonríe y pide un tequila y B se levanta y va hacia la barra y desde allí observa con ojos de loco el escenario del crimen. En ese momento B sabe que aquél es el último viaje que hará con su padre. Abre los ojos, cierra los ojos. Las putas lo miran con curiosidad, una le ofrece un trago que B rechaza con un gesto. A veces, cuando tiene los ojos cerrados, puede ver a su padre con una pistola en cada mano saliendo de una puerta que está en un lugar en donde jamás debía estar una puerta. Sin embargo su padre aparece por allí, de prisa, con los ojos grises brillantes y el pelo despeinado. Nunca más volverán a viajar juntos, piensa B. Eso es todo. Lucha Villa canta en el juke-box y B piensa en Gui Rosey, poeta menor desaparecido en el sur de Francia. Su padre reparte las cartas, se ríe, cuenta historias y escucha historias que rivalizan en sordidez. B recuerda cuando volvió de Chile, en 1974, y fue a verlo a su casa. Su padre se había roto un pie y estaba leyendo en la cama un periódico deportivo. Le preguntó cómo le había ido y B le contó sus aventuras. Sucintamente: las guerras floridas latinoamericanas. Estuvieron a punto de matarme, dijo. Su padre lo miró y se sonrió. ¿Cuántas veces?, dijo. Por lo menos dos, respondió B. Ahora su padre se ríe a carcajadas y B trata de pensar con claridad. Gui Rosey se suicidó, piensa, o lo mataron, piensa. Su cadáver está en el fondo del mar.
Un tequila, dice B. Una mujer le pone un vaso lleno hasta la mitad. No se emborrache otra vez, joven, dice. No, ya estoy bien, dice B perfectamente lúcido. No tardan otras dos mujeres en acercarse a él. ¿Qué quieren tomar?, dice B. Su papá de usted es muy simpático, dice una de ellas, la más joven, de pelo largo y negro, tal vez la misma que me lo chupó hace un rato, piensa B. Y recuerda (o trata de recordar) escenas en apariencia inconexas: la primera vez que fumó en su presencia, a los catorce años, un Viceroy, una mañana en que los dos esperaban la llegada de un tren de carga en el interior del camión de su padre y hacía mucho frío; armas de fuego, cuchillos; historias familiares. Las putas beben tequila con coca-cola. ¿Cuánto rato estuve afuera vomitando?, piensa B. Parecía moto, dice una de las putas, ¿quiere un poquito? ¿Un poquito de qué?, dice B temblando pero con la piel fría como un témpano. Un poquito de mota, dice la mujer, de unos treinta años, el pelo largo como su compañera, pero teñido de rubio. ¿Golden Acapulco?, dice B dando un trago de tequila mientras las dos mujeres se le acercan un poco más y le acarician la espalda y las piernas. Simón, para tranquilizarse, dice la rubia. B asiente con la cabeza y lo siguiente que recuerda es una nube de humo que lo separa de su padre. Usted quiere mucho a su papá, dice una de las mujeres. Pues no tanto, dice B. ¿Cómo no?, dice la morena. La que atiende la barra se ríe. A través del humo, B observa que su padre da vuelta la cabeza y durante un instante lo mira. Me está mirando con una seriedad de muerte, piensa. ¿Te gusta Acapulco?, dice la rubia. El local, sólo en ese momento lo percibe, está semivacío. En tina mesa hay dos tipos que beben en silencio y en la otra están su padre, el ex clavadista y los dos desconocidos jugando a las cartas. Todas las demás mesas están desocupadas.
La puerta del patio se abre y aparece una mujer con un vestido blanco. Es la que me lo chupó, piensa B. La mujer aparenta unos veinticinco años, aunque seguramente tiene muchos menos, tal vez dieciséis o diecisiete. Tiene el pelo largo, como casi todas, y lleva zapatos con tacones muy altos. Cuando cruza el local (se dirige al lavabo), B estudia con detenimiento sus zapatos: son blancos y están sucios de barro en los lados. Su padre también levanta la mirada y la estudia durante un momento. B mira a la puta, que abre la puerta del baño, y luego mira a su padre. Entonces cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir la puta ya no está y su padre ha vuelto a concentrarse en el juego. Lo mejor sería que se llevara a su papá de este lugar, le dice una de las mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo, dice. La mujer le mete la mano por debajo de la camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B. ¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?, dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me largaría. B sonríe y la mira a los ojos por primera vez: vente con nosotros, le dice mientras bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca, dice la mujer. B recuerda entonces una ocasión, antes de que él se marchara para Chile, en que su padre le dijo "tú eres un artista y yo soy un trabajador". ¿Qué quiso decir con eso?, piensa. La puerta del baño se abre y la puta vestida de blanco vuelve a aparecer, esta vez con los zapatos impolutos, y atraviesa el local hasta la mesa en donde juegan a las cartas y allí se queda, de pie, junto a uno de los desconocidos. ¿Por qué tenemos que irnos?, dice B. La mujer lo mira de reojo y no le contesta. Hay cosas que se pueden contar, piensa B, y hay cosas que no se pueden contar. Cierra los ojos.
.......... Como en sueños, regresa al patio trasero del bar. La mujer teñida de rubio lo lleva de la mano. Esto ya lo he hecho, piensa B, estoy borracho, no saldré jamás de aquí. Algunos gestos se repiten: la mujer se sienta en una silla desvencijada y le abre la bragueta, la noche parece flotar como un gas letal a la altura de las cajas de cerveza vacías. Pero faltan algunas cosas: el perro ya no está, por ejemplo, y hacia el este ya no cuelga la luna sino algunos filamentos de claridad que adelantan el amanecer. Cuando acaban, atraído tal vez por los gemidos de B, aparece el perro. No muerde, dice la mujer mientras el perro se detiene a pocos metros de ellos y enseña los dientes. La mujer se levanta y se alisa el vestido. El lomo del perro está erizado y por el hocico le cae una baba transparente. Quieto, Púas, quieto, Púas, repite la mujer. Nos va a morder, piensa B mientras retroceden hasta la puerta. Lo que sigue es caótico: en la mesa donde juega su padre todos se han puesto de pie. Uno de los desconocidos grita a todo pulmón. B no tarda en darse cuenta de que está insultando a su padre. Por precaución, se acerca a la barra y pide una botella de cerveza que bebe a grandes sorbos, ahogándose, antes de aproximarse. Su padre parece tranquilo, piensa B. Junto a él hay una buena cantidad de billetes que coge uno por uno y luego se guarda en el bolsillo. De aquí no vas a salir con ese dinero, grita el desconocido. B mira al ex clavadista. Busca en su rostro por quién va a tomar partido. Probablemente por el desconocido, piensa B. La cerveza le resbala por el cuello y sólo entonces se da cuenta de que está ardiendo.
El padre de B termina de contar su dinero y mira a los tres hombres que tiene enfrente y a la mujer vestida de blanco. Bueno, caballeros, nosotros nos vamos, dice. Hijo, ponte a mi lado, dice. B arroja al suelo lo que queda de cerveza y empuña la botella cogiéndola del cuello. ¿Qué haces, hijo?, dice el padre de B. En su voz B percibe un cierto tono de reproche. Vamos a salir tranquilamente, dice el padre de B y luego se da vuelta y les pregunta a las mujeres cuánto se les debe. La de la barra mira un papel y dice una cifra bastante alta. La rubia, que está de pie a medio camino entre la mesa y la barra, dice otra cifra. El padre de B suma, saca el dinero y se lo tiende a la rubia: lo tuyo y las consumiciones, dice. Luego añade un par de billetes más: la propina. Ahora vamos a salir, piensa B. Los dos desconocidos se plantan interfiriendo el paso. B no quiere mirarla, pero la mira: la mujer de blanco se ha sentado en una de las sillas vacías y revisa con las yemas de los dedos las cartas esparcidas en la mesa. No me estorbes, susurra su padre y B tarda en comprender que le está hablando a él. El ex clavadista se mete las manos en los bolsillos. El desconocido vuelve a insultar al padre de B, lo insta a volver a la mesa, a volver a jugar. Ya no se juega más, dice el padre de B. Durante un instante, mientras contempla a la mujer vestida de blanco (que le parece, por primera vez, muy hermosa), B piensa en Gui Rosey que desaparece del planeta sin dejar rastro, dócil como un cordero mientras los himnos nazis suben al cielo color sangre, y se ve a sí mismo como Gui Rosey, un Gui Rosey enterrado en algún baldío de Acapulco, desaparecido para siempre, pero entonces oye a su padre, que le está recriminando algo al ex clavadista, y se da cuenta de que, al contrario que Gui Rosey, él no está solo.
Después su padre camina un poco encorvado hacia la salida y B le concede espacio suficiente para que se mueva a sus anchas. Mañana nos iremos, mañana volveremos al DF, piensa B con alegría. Comienzan a pelear.