martes, 2 de febrero de 2021

Lionel, by Arelis Uribe (Original version in Spanish plus author's translation)


 


Lionel

Lionel aprendió a nadar solo, tirando el cuerpo a los ríos de la Araucanía. Estudió internado en el liceo y se tituló de contador en un pueblo donde la única empresa era un supermercado chico. Migró a Santiago para entrar al Ejército. Al final, se convirtió en guardia y trabaja de lunes a sábado en la farmacia de un mall. Arrienda una pieza en un cité de Mapocho. Algunas noches fuma parado en el borde del puente, tirando las colillas a la corriente del río.

Arelis Uribe Caro, 29 años, Providencia.


Lionel

Lionel learned to swim by himself, diving his body into the Araucanía's rivers, in South Chile. He attended a boarding public school and was formed as an accountant in a town where the only company was a small grocery store. Migrated to Santiago, to join the army. In the end, he became a security guard and works from Monday to Saturday at a drugstore in the mall. He rents a room in a ghetto around the Mapocho area. Some nights he stands on the bridge and smokes, darting the butts to the rippling river.

We're gonna tell this story, and we're gonna tell it right

 


Conjugación del voceo chileno

 


lunes, 1 de febrero de 2021

Elena Garro: El día que fuimos perros

 El día que fuimos perros no fue un día cualquiera, aunque empezó como todos los días. Despertamos a las seis de la mañana y supimos que era un día con dos días adentro. Echada boca arriba, Eva abrió los ojos y, sin cambiar de postura, miró a un día y miró al otro. Hacía ya rato que yo los había abierto y que, para no ver la inmensidad de la casa vacía, la miraba a ella. ¿Por qué no nos habíamos ido a México? Todavía no lo sé. Pedimos quedarnos y nadie se opuso a nuestro deseo. La víspera, el corredor se llenó de maletas: todos huían del calor de agosto. Muy temprano las maletas se fueron en un carricoche de caballos; sobre la mesa quedaron las tazas de café con leche a medio beber y la avena cuajada en los platos. Cayeron sobre las losas del corredor los consejos y las recomendaciones. Eva y yo los miramos desdeñosas. Eramos dueñas de los patios, los jardines y los cuartos. Cuando tomamos posesión de la casa, nos cayó encima un gran peso. ¿Qué podíamos hacer con los arcos, las ventanas, las puertas y los muebles? El día se volvió sólido, el cielo violeta se cargó de papelones oscuros y el miedo se instaló en los pilares y las plantas. En silencio deambulamos por la casa y vimos nuestros pelos convertirse en harapos. No teníamos nada que hacer, ni nadie a quien preguntarle qué hacer. En la cocina, los sirvientes se acurrucaron alrededor del brasero, para comer y dormitar. No se tendieron las camas; nadie regó los helechos, ni levantó las tazas sucias de la mesa del comedor. Al oscurecer, los cantos de los criados nos llegaron cargados de crímenes y penas y la casa se hundió en ese día, como una piedra en una barranca muy honda.

Despertamos decididas a no repetir la víspera. El nuevo día brillaba doble e intacto. Eva miró los dos días paralelos que brillaban como dos rayas escritas en el agua. Después contempló el muro, en donde estaba Cristo con su túnica blanca. Pasó luego los ojos al otro cuadro, que mostraba la imagen de Buda envuelto en su túnica naranja, pensativo, en medio de un paisaje amarillento. Entre los dos cuadros que vigilaban su cabecera, Eva había colocado un recorte de periódico con una fotografía en la que una señora de boina se paseaba en una lancha. «La Kroupuskaia en el Neva» decía al pie de la fotografía.

—Me gustan los rusos —dijo Eva y en seguida palmoteó para llamar a los criados. Nadie acudió a su llamado. Nos miramos sin sorpresa. Eva palmoteaba desde uno de los días y sus palmadas no llegaban al día de la cocina.

—Vamos a husmear —me dijo.

Y saltó a mi cama para mirarme de cerca. El pelo rubio le cubría la frente. De mi cama saltó al suelo, se puso un dedo en los labios y penetró con cautela por el día que avanzaba paralelo al otro. Yo la seguí. Nadie. El día estaba solo y era tan temible como el otro. Los árboles quietos, el cielo redondo, verde como una pradera tierna, sin nadie también, sin un caballo, sin un jinete, abandonado. Del pozo salía el calor de agosto, que había provocado la huida a México. Echado junto a un árbol estaba Toni. Ya le habían puesto la cadena. Nos miró atento y vimos que él estaba en nuestro día.

—Es bueno Toni —dijo Eva y le acarició la boca abierta.

Después se echó juntó a él y yo me eché del otro lado.

—¿Ya desayunaste, Toni?

Toni no contestó, sólo nos miró con tristeza. Eva se levantó y desapareció entre las plantas. Volvió corriendo y se echó otra vez junto a Toni.

—Ya les dije que preparen comida para tres perros y ninguna gente.

Yo no pregunté nada. Junto a Toni la casa había perdido peso. Por el suelo del día caminaban dos hormigas una lombriz se asomó por un agujerito, la toqué con la punta de un dedo y se volvió un anillo rojo. Había pedazos de hojas, trocitos de ramas, piedras minúsculas y la tierra negra olía a agua de magnolia. El otro día estaba a un lado. Toni, Eva y yo mirábamos sin miedo sus torres gigantescas y sus vientos fijos de color morado.

—Tú ¿cómo vas a llamarte? Busca tu nombre de perro, yo estoy buscando el mío.

—¿Soy perro?

—Sí, somos perros.

Acepté y me acerqué más a Toni, que movió la cabeza disgustado. Recordé que él no se iría al cielo: yo correría su misma suerte. «Los animales no van al cielo». Nuestro Señor Jesucristo no había puesto en el cielo un lugar para perros. El señor Buda tampoco había puesto un lugar en el Nirvana para perros. En la casa era muy importante ser bueno para ganar el cielo. No podíamos ahorrar, ni matar animales; éramos vegetarianos y los domingos tirábamos el domingo por el balcón, para que lo recogiera alguien y aprendiéramos a no guardar nada. Vivíamos al día. La gente del pueblo husmeaba por los balcones de la casa: «Son españoles», decían y nos miraban de soslayo. Nosotros no sabíamos que no éramos de allí, porque allí estábamos ganando el cielo, cualquiera de los dos: el blanco y azul o el naranja y amarillo. Ahora en ninguno de los dos había lugar para nosotros tres. Los alquimistas, los griegos, los anarquistas, los románticos, los ocultistas, los franciscanos y los romanos ocupaban los anaqueles de la biblioteca y las conversaciones de la mesa. Tenían un lugar aparte los Evangelios, los Vedas y los poetas. Para los perros no había más lugar que el pie del árbol. ¿Y después? Después estaríamos tirados en cualquier llano.

—Ya encontré mi nombre.

—¿Ya?

Eva se enderezó curiosa.

—Sí, Cristo.

Eva me miró con envidia.

—¿Cristo? Es buen nombre de perro.

Eva acomodó la cabeza sobre las patas delanteras y cerró los ojos.

—También yo encontré el mío —dijo enderezándose de pronto.

—¿Cuál?

—¡Buda!

—Es muy buen nombre de perro.

Y el Buda se echó junto al Toni y empezó a gruñir de gusto.

Nadie vino a visitar el día de Toni, del Cristo y del Buda. La casa estaba lejos, metida en su otro día. Las campanadas del reloj de la iglesia no indicaban nada. El suelo empezó a volverse muy caliente: las lombrices entraron en sus agujeros, los pinacates buscaron los lugares húmedos debajo de las piedras, las hormigas cortaron hojas de acacia que les servían de sombrillas verdes. En el lugar de los perros había sed. El Buda ladró con impaciencia para pedir agua, el Toni lo imitó y en seguida el Cristo se unió a los ladridos. Por un caminito lejano aparecieron los pies de Rutilio calzados con huaraches. Traía tres jarros llenos de agua. Indiferente le puso un jarro a Toni, miró al Cristo y al Buda y les colocó su Jarro muy cerca del hocico. Rutilio acarició las cabezas de los perros y ellos, agradecidos, movieron los rabos. Fue difícil beber agua con la lengua. Más tarde el criado viejo trajo la comida en una olla y la sirvió en una cazuela grande. El arroz de los perros tenía huesos y carne. El Cristo y el Buda se miraron atónitos: ¿los perros no son vegetarianos? El Toni levantó el labio superior, gruñó feroz desde sus colmillos blancos y cogió con presteza los pedazos de carne. El Cristo y el Buda metieron el hocico en la cazuela y comieron el arroz mojado como engrudo. Toni terminó y soñoliento miró a sus compañeros que comían a lengüetadas. Después, también ellos se recostaron sobre sus patas delanteras. El sol quemaba, el suelo quemaba y la comida de los perros pesaba como una bolsa de piedras. Se quedaron dormidos en su día, apartados del día de la casa. Los despertó un cohete que venía del otro día. Siguió un gran silencio. Alertas, escucharon la otra tarde. Estalló otro cohete y los tres perros echaron a correr en dirección al ruido. El Toni no pudo avanzar en la carrera, porque la cadena lo retuvo junto al árbol. El Cristo y el Buda saltaron por encima de las matas rumbo al portón.

—¿Dónde van, mocosas desgraciadas? —les gritó Rutilio desde el otro día.

Los perros llegaron al zaguán; les fue difícil abrir el portón, los cerrojos estaban muy altos. Al fin, salieron a la calle iluminada por el sol de las cuatro de la tarde. La calle brillaba esplendorosa como una imagen fija. Las piedras relucían en el polvo. No había nadie. Nadie, sino los dos hombres bañados en sangre, abrazados en su lucha. El Buda se sentó en el filo de la acera y los miró con los ojos muy abiertos. El Cristo se acomodó muy cerca del Buda y también los miro con asombro. Los hombres se quejaban en el otro día: «¡Ya vas a ver!…». «¡Ajay, hijo de la chingada!…». Sus voces sofocadas venían desde muy lejos. Uno detuvo la mano del que llevaba la pistola y con la mano libre le tatuó el pecho con su cuchillo. Estaba abrazado al cuerpo del otro y, como si las fuerzas no le alcanzaran, se deslizaba hacia el suelo en el abrazo. El hombre de la pistola aguantaba firme, de pie en la tarde esplendorosa. Su camisa y sus pantalones blancos se llenaban de sangre. Con un movimiento liberó su mano presa y puso la pistola en mitad de la frente de su enemigo arrodillado. Un ruido seco partió en dos a la otra tarde, y abrió un agujero pequeñito en la frente del hombre arrodillado. El hombre cayó boca arriba y miró al cielo con fijeza.

—¡Cabrón! —exclamó el hombre de pie sobre las piedras, mientras sus piernas seguían lloviendo sangre. Luego también él levantó los ojos para mirar al mismo cielo, y al cabo de un rato los volvió hacia los perros, que a dos metros de distancia, sentados en el borde de la acera, lo miraban boquiabiertos.

Todo quedó quieto. La otra tarde se volvió tan alta, que abajo la calle quedó afuera de ella. A lo lejos aparecieron varios hombres con fusiles. Venían, como todos los hombres, de blanco, con los sombreros de palma sobre la cabeza. Caminaban con lentitud. El golpe de sus huaraches resonaba desde muy lejos. En la calle no había árboles para amortiguar el nudo de los pasos; sólo muros blancos, contra los cuales retumbaban cada vez más cerca las pisadas como redoble de tambores en día de fiesta. El estruendo se detuvo de golpe cuando llegaron junto al hombre herido.

—¿Tú lo mataste?

—Yo mismo, pregúntenle a las niñas.

Los hombres miraron a los perros.

—¿Ustedes lo vieron?

—¡Guau!, ¡guau! —contestó el Buda.

—¡Guau!, ¡guau! —respondió el Cristo.

—Pues llévenselo.

Se llevaron al hombre y de él no quedaron más rastros que la sangre sobre las piedras de la calle. Iba escribiendo su final, los perros leyeron su destino de sangre y se volvieron a mirar al muerto.

Pasó un tiempo, el portón de la casa seguía abierto, y los perros absortos, sentados en el borde de la acera, seguían mirando al muerto. Una mosca se asomó a la herida de su frente, después se limpió las patas y se fue a los cabellos. Al cabo de un instante volvió a la frente, miró la herida y se limpió las patas otra vez. Cuando la mosca volvió a la herida, llegó una mujer y se tiró sobre el muerto. Pero a él no le importó ni la mosca ni la mujer. Impávido siguió mirando al cielo. Vinieron otras gentes y se inclinaron a mirar sus ojos. Empezó a oscurecer y el Buda y el Cristo siguieron allí, sin moverse y sin ladrar. Parecían unos perros callejeros y nadie se ocupaba de ellos.

—¡Eva! ¡Leli! —gritaron desde muy arriba. Los perros se sobresaltaron.

—¡Ya van a ver cuando lleguen sus padre! ¡Ya van a ver!

Rutilio los metió a la casa. Colocó una silla en el corredor, muy cerca de la pared y se sentó solemne a ver a los perros, que echados a sus pies lo miraban atentos. Candelaria trajo un quinqué encendido y pavoneándose se volvió a la cocina. Al poco rato los cantos inundaron la casa de tristeza.

—¡Por su culpa yo no puedo ir a cantar!… ¡Maldosas! —se quejó Rutilio.

El Cristo y el Buda lo escucharon desde el otro día. Rutilio, su silla, el quinqué y el muerto, estaban en el día paralelo, separado del otro por una raya invisible.

—Ya van a ver, vendrán las brujas a chuparle la sangre. Dicen que les gusta mucho la sangre de los «güeros». Le voy a decir a Candelaria que deje las cenizas encendidas, para que ellas se calienten las canillas. Del brasero irán a su cama a deleitarse. ¡Eso merecen por canijas!

El fogón con las cenizas encendidas, Candelaria, Rutilio, los cantos y las brujas, pasaban delante de los ojos de los perros, como figuras proyectadas en un tiempo ajeno. Las palabras de Rutilio circulaban por el corredor sin fondo de la casa y no los tocaban. En el suelo del día de los perros, había cochinillas que se iban a dormir. El sueño de las cochinillas era contagioso y el Cristo y el Buda, acurrucados sobre sus patas delanteras, cabecearon.

—¡Vengan a cenar!

Los sentaron en el suelo de la cocina, en el círculo de criados que bebía alcohol, y les dieron un plato de frijoles con longaniza. Los perros se caían de sueño. Antes de ayer todavía cenaban avena con leche, el gusto de la longaniza le produjo náuseas.

—¡Llévatelas a la cama, parecen borrachas!

Los pusieron en la misma cama, apagaron el quinqué y se fueron. Los perros se durmieron en el otro día, al pie del árbol, con la cadena al cuello, cerca de las hormigas de sombrilla verde y las lombrices rojas. Al cabo de un rato despertaron sobresaltados. El día paralelo estaba allí, sentado en la mitad del cuarto. Los muros respiraban ceniza ardiente, por las rendijas las brujas espiaban las venas azules de sus sienes. Estaba todo muy oscuro. En una de las camas estaba el muerto con la frente abierta; a su lado, de pie, el hombre tatuado chorreaba sangre. Muy lejos, en el fondo del jardín, dormían los criados y la ciudad de México, con sus padres y con sus hermanos, quién sabe dónde estaba. En cambio, el otro día estaba allí, muy cerca de ellas, sin un ladrido, con sus muertos fijos, en la tarde fija, con la mosca enorme asomándose a la herida enorme y limpiándose las patas. En el sueño, sin darnos cuenta, pasamos de un día al otro y perdimos el día en que fuimos perros.

—No te asustes, somos perros…

Pero Eva sabía que ya no era verdad. Habíamos descubierto que el cielo de los hombres no era, el mismo que el Cielo de los perros. Los perros no compartían el crimen con nosotros.

jueves, 28 de enero de 2021

jueves, 21 de enero de 2021

Mantenga la calma y proteja los derechos humanos”: La desconocida escuela que enseña a Carabineros a no torturar


Desde 2012 existe el Departamento de Derechos Humanos de Carabineros, que en 2019 se transformó en Dirección. Un equipo que lleva a los policías al Museo de la Memoria, enseña dónde, cómo y cuándo es legítimo golpear a civiles sin cometer tortura y gradúa a Fuerzas Especiales como Instructores en Derechos Humanos. Es una escuela policial de la democracia. Una periodista los siguió por cuatro años. Esto encontró.

Estoy con treinta carabineros en el Museo de la Memoria. La mayoría son hombres y aunque andan de civil, igual parecen uniformados: el mismo corte de pelo, los mismos anteojos de sol, los mismos pantalones plegados.

Es sábado 22 de octubre de 2016, 11 horas. Llegan al museo en bus, traídos por el Departamento de Derechos Humanos de Carabineros, una suerte de escuela de la democracia que intenta sensibilizar a una policía ambivalente.

La ambivalencia surge al googlear “carabineros”. En los resultados, aparecen carabineros que ayudan a perritos a cruzar inundaciones, que asisten partos, que tocan en una banda llamada De Police, que se disfrazan de tortugas ninjas y hacen piruetas en sus motos, que coquetean en Tinder, que protagonizan memes. Carabineros brillantes, que se mezclan en un mismo cuerpo con otros que agarran a lumazos a estudiantes, que encierran en una radiopatrulla a un indigente que muere por calor y asfixia, que disparan contra niños mapuche, que tiran al aire y matan a Manuel Gutiérrez de 16 años, que asesinan a Catrillanca. La misma institución de Ingrid Olderock, quien entrenaba perros para violar a detenidas en dictadura. La misma institución de los carabineros que secuestraron y degollaron a Santiago Nattino, José Manuel Parada y Manuel Guerrero.

Lo que pretende el Departamento es erradicar ese segundo tipo de resultados.

Un año antes de la visita al Museo de la Memoria, voy por primera vez al Departamento de Derechos Humanos. Es miércoles 17 de junio de 2015, 10 horas. La oficina se ubica en el Paseo Bulnes, en ese barrio donde los edificios aún tienen los hoyos de bala del 11 de septiembre del 73. En la puerta, se ve un cartel:

DEPARTAMENTO DE DERECHOS HUMANOS
kükañtuam ta che txokin
Human Rights Department


La puerta la abre Marcelo Balbontín, periodista, experto en derechos humanos y enlace de esta historia. Al entrar, se ven informes del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), un póster del Museo de la Memoria y un paraguas con la frase «Tous les êtres humains naissent libres & égaux». Todos los seres humanos nacen libres e iguales.

El paraguas pertenece al director del departamento, el coronel Rodney Weber, un abogado de la Universidad de Chile que lleva más de 30 años en Carabineros. Sentado en su oficina —de cuya puerta cuelgan poemas de Neruda— y tomando un té, Weber explica que su labor es cambiar sensibilidades. “El carabinero que se ríe de un travesti es un cobarde, ¡un cobarde!”, dice.

Y luego, mientras acomoda las colleras de su camisa, explica que la asepsia es imposible, que siempre hay un margen de daño. ¿Los balines en cuerpos de niños mapuche son un margen?, pregunto. Y él: Yo no llevaría a mi hijo donde se están pescando a piedrazo limpio. Y yo: Eso aparece en los informes del INDH. Y él: Los informes relatan denuncias, pero pocas veces reconocen los méritos. Y yo: ¿Tienen una relación de amor y odio con el INDH? Y él: No, es de amor y amor.

La oficina de Balbontín también tiene decoración humanista. Hay una copia de la declaración de independencia gringa y tres tazones: uno de Naciones Unidas, otro de la Cruz Roja y otro con el escudo de Carabineros junto a la frase «Keep calm and protect human rights». Mantenga la calma y proteja los derechos humanos.

Balbontín explica que el tazón es un souvenir: algo que inventaron para promocionar al Departamento. Luego, con paciencia y modales de médico, explica que en esa oficina de nueve personas se dedican a cuatro labores: colaborar con las causas pendientes de violaciones a los derechos humanos “del período 73-90”; proteger los derechos de los carabineros en la misma institución; ser contraparte de entidades fiscalizadoras de derechos humanos, y enseñar a cada carabinero la aplicación de los DDHH a la función policial.

Quedamos en que acompañaré una de esas clases. Al despedirnos, Balbontín me regala una caja. Cuando la abro encuentro el tazón.

***


El Departamento de Derechos Humanos se creó en 2012, como respuesta a la violencia policial del 2011. Desde entonces, la tarea de sensibilizar y educar se divide en dos ramas: la formación de Instructores en Derechos Humanos —líderes y formadores entre sus pares— y la transversalización del enfoque de DDHH en la labor policial. Hasta ahora se han formado 252 instructores y se ha capacitado a 39.364 policías, en clases, charlas, talleres y cursos breves.

“Como si fueran computadoras —dice Balbontín— aquí les damos actualizar”.

Es viernes 7 de agosto de 2015, 14 horas. Dos meses después de nuestro primer encuentro. Balbontín va por Cerrillos a dar una clase de dos horas al Cenpecar, el Centro Nacional de Perfeccionamiento de Carabineros. Mientras conduce, cuenta que crearon un curso de guía de Museo de la Memoria para visitas policiales y que, periódicamente, carabineros de todas las edades van al museo. ¿Puedo acompañar una visita?, pregunto y Balbontín dice sí. Y agrego: ¿Cómo les dices a esos carabineros jovencitos que la institución a la que ingresaron violó los derechos humanos? Y él: Así, no te podís hacer el loco.

En la sala hay dieciocho carabineros y una carabinera esperando a Balbontín. Vienen de comisarías de Recoleta, Quinta Normal, Estación Central y San Bernardo. Tienen entre veinte y cincuenta años. Son del mando bajo: carabineros, suboficiales. La mayoría no tiene formación en derechos humanos.

La clase arranca con un power point y un video. Balbontín hace preguntas que nadie responde, como: ¿Qué son los derechos humanos? Y se sonríe cuando el curso dice que los derechos humanos protegen a los delincuentes y no a los carabineros. Dice: El único derecho que los carabineros no pueden ejercer es el de asociación política y sindical, por “la naturaleza militar de carabineros”. Se esfuerza en aclarar que el Estado es el único con la potestad de proteger o violar los derechos humanos. Cita el caso de la jueza Karen Atala y el de los conscriptos de Antuco. Nombra brevemente lo que sucedió “en el período 73-90”. Dice que los derechos humanos no tienen color político. Proyecta una lámina con dos imágenes: una con un policía golpeando a un capucha y otra con un capucha golpeando a un policía. Dice: En la primera se violan los derechos humanos, en la segunda se comete un delito. Es imposible que un civil viole los derechos humanos de un carabinero. El Estado viola los derechos de un carabinero cuando no le entrega los implementos necesarios para cumplir su labor. Recuerden: Los derechos humanos los viola siempre el Estado. Dice: Ustedes son la principal institución que vela por los derechos humanos en el país.

Luego explica que hay grupos vulnerables que necesitan especial cuidado: las mujeres, los niños, los migrantes, las personas discapacitadas, los pueblos originarios y la población LGBTIQ. Y cuando Balbontín dice gays y trans, la clase estalla en risas. Cobardes, diría el coronel Weber. Un carabinero cincuentón señala que los travestis son yeta. Otro responde: lo único que aleja la yeta es que aparezca un carabinero colorín.

Después, Balbontín dice lo que también indican los manuales: que el Estado ha otorgado a los carabineros con un poder especial llamado “la fuerza”. Coerción legal, monopolio de la violencia. Cómo se usa la fuerza es un estándar internacional. “En la práctica —dice Balbontín— con qué le pegó, dónde le pego y cuántas veces le pego”. Muestra una tabla. Explica la proporcionalidad: el equilibrio entre la fuerza policial y la resistencia civil. Dice que el bastón se usa para golpear partes blandas. Que el último recurso es el arma de servicio. Que nunca se dispara al aire porque las balas caen.



Según el coronel Weber, el secreto está en el “training americano”: el entrenamiento permanente.

Es miércoles 27 de enero de 2016, 11 horas. Cinco meses después de la visita al Cenpecar. Carabineros de distintas edades y tamaños ocupan el patio de la Esucar, la Escuela de Suboficiales de Carabineros. Aprenden a esposar: cómo se toma el brazo, cuánto debe apretar la argolla. Aprenden que se dice “infractor” o “sujeto sometido a control”, jamás “flaite” o “mechero”, porque son adjetivos denigrantes.

Uno de los profes es Nelson Bersezio, un capitán de Fuerzas Especiales que además es Instructor en Derechos Humanos. Con gritos y sosteniendo su arma, enseña el ingreso a morada habitada. Luego, se compra un café y mientras lo bebe, cuenta que siempre quiso ser carabinero, que le gusta el corte de pelo, que tiene familia en la institución. Que casi pierde un ojo en un enfrentamiento en Puerto Aysén. Que siempre hay adrenalina. Que desde joven sintió el despertar de los derechos humanos en él. Que si la institución fuera como en dictadura, él la abandonaría. Que la política no es parte de su vida. Que de todas las épocas de Carabineros, elige el presente.

Seis meses después de su jornada de instructor en el Esucar, el 28 de julio de 2016, el capitán Bersezio detendrá a un periodista en una manifestación. Lo acusará de agresión a Carabineros. La justicia desestimará el caso por falta de pruebas. La prensa hablará de montaje.

***


Es martes 5 de abril de 2016, 11 horas. Amnistía Internacional organiza una conferencia de prensa para denunciar que Carabineros es “juez y parte”: comete abusos que luego son investigados y sancionados por la justicia militar. Rodrigo Bustos, abogado y jefe de la Unidad Jurídica Judicial del INDH, está presente. Consultado sobre el Departamento de Derechos Humanos, dice que valora su existencia, pero que su labor no es suficiente, ya que persisten los casos de maltrato y tortura. Agrega: El problema es la cultura militar de Carabineros.

Ese mismo 5 de abril, la oficina del coronel Rodney Weber la ocupa la comandante Karina Soza, otra abogada de la Universidad de Chile con estudios de posgrado en Francia. Es la nueva jefa del Departamento de Derechos Humanos y cuenta que una vez la enviaron a trabajar a una comisaría y el mayor la recibió diciendo que él había pedido a un hombre. También dice que si Carabineros realiza más de diez millones de procedimientos al año, dos o tres denuncias en ese universo son algo aislado.

***

Para ser Instructor en Derechos Humanos —como el capitán Bersezio— hay que postular y luego asistir a un curso de 120 horas, en las que se estudia teoría y práctica de la función policial con enfoque de derechos humanos. O cómo ser carabinero sin violar ni torturar. Leen manuales, practican tiro, asisten a charlas de organismos como la Cruz Roja, el INDH o el Movilh.

Es viernes 21 de octubre de 2016, 12 horas. Un grupo de policías aspirantes a Instructores se entrena en la Escuela de Oficiales de Carabineros, en Providencia. Usan un tatami judoca, se esposan entre ellos, se apuntan con sus pistolas, interactúan con “Derechín”, un oso de peluche vestido de carabinero.

Llevan aquí una semana. Al día siguiente tienen agendado un paseo final de curso, que yo también acompañaré: la visita al Museo de la Memoria.


Es sábado 22 de octubre de 2016, 11 horas. Treinta carabineros llegan en bus al Museo de la Memoria. El suboficial Pedro Gómez Insunza y el mayor Daniel Soto Muñoz guían la visita. Arrancan en la explanada de la entrada, leyendo los derechos humanos inscritos en piedra. Luego entran a una sala oscura y subterránea que evoca los rostros de los detenidos desaparecidos. Después ingresan al museo, caminan en silencio, observan las fotos de la época y se detienen en el armamento. Comentan en voz baja la forma de los cinturones. Se fijan en el modelo de los carros lanza agua.

En un momento los guías se detienen y explican que hay un carabinero ejecutado: Guillermo Eugenio Schmidt Godoy, militante de izquierda. El curso se conmueve. Siguen. Encuentran los catres electrificados. Miran los dibujos de los niños de las poblaciones, que retratan a los carabineros como una amenaza aterradora. Caminan en bloque y en silencio, siempre en silencio. Hacia el final, pasan por el segmento del museo dedicado al plebiscito. Una pantalla reproduce imágenes y la canción de propaganda del No: “Chile, la alegría ya viene”. Un carabinero canoso la corea.

El recorrido termina en ese espacio del museo que simula tener velas encendidas, para honrar a todas las víctimas de la dictadura. El suboficial Gómez, solemne, les da la palabra. Uno dice que no sabía de los carabineros desaparecidos. Otro, que le dolió ver los dibujos de niños que mostraban a los carabineros como algo oscuro. Otro se pone a llorar. Luego aplauden, se toman una foto y se suben al bus de vuelta. En el camino, un carabinero comenta que durante el recorrido, pese a andar de franco, siempre tuvo a mano su arma de servicio.


Pasan meses, años. Ahora es lunes 24 de junio de 2019, 14 horas. Otra vez el Cenpecar. Balbontín aún es profesor de derechos humanos, la comandante Karina Soza ahora es coronel y el Departamento ahora es Dirección de Derechos Humanos.

La clase de hoy no se diferencia mucho a la de agosto de 2015. También hay veinte carabineros, también son más hombres que mujeres, también vienen de comunas pobres como Cerro Navia o Conchalí, también son del mando bajo. Y Balbontín usa el mismo video, la misma lámina del capucha y el policía, el mismo ejemplo de Karen Atala y los conscriptos de Antuco, la misma frase “dónde le pego, cómo le pego y cuántas veces le pego”. Otra vez el curso se ríe de la comunidad LGBTIQ. Una carabinera de labios rojos y tomate firme dice: “A mí no me gusta revisar travestis”.

Esta vez, Balbontín muestra un video en el que un carabinero dispara de frente contra un conductor de Uber. “Bien —dice la carabinera que no quiere revisar travestis— yo igual le disparo y en la cabeza”. Balbontín analiza el caso y según la tabla, no existe abuso. Dice que todo carabinero tiene un revólver de cinco tiros con recarga o una pistola de quince tiros. Dice: Se dispara solo para detener una amenaza de muerte. Qué es amenaza, queda a criterio de cada policía. Dice: Se dispara a la primera, al centro y de frente, jamás por la espalda. Dice: Ustedes son como jedis, usan la fuerza.

***


Otra cosa que se mantiene es que en junio de 2019 Rodrigo Bustos aún es jefe de la Unidad Jurídica Judicial del INDH. Su opinión sobre la ahora Dirección de Derechos Humanos tampoco ha cambiado. Dice: No hay ninguna otra institución del Estado que capacite a ese nivel. “No obstante, uno sigue observando situaciones de discriminación, uso excesivo de la fuerza y tortura”.

Según el INDH, el número total de casos registrados por violencia policial es de 181 en 2015; 222 en 2016; 264 en 2017; 367 en 2018, y 139, en lo que va de 2019. Un documento del mismo INDH muestra cientos de denuncias posteriores al 2012, que hablan de un estudiante golpeado hasta quedar inconsciente en Concepción, un grupo de colegialas desnudadas en Rancagua, un detenido agredido con un perro policial en un calabozo de Viña del Mar, un pescador golpeado en la entrepierna en Lebu, manifestantes vejadas sexualmente en Freirina, vecinos detenidos arbitrariamente en Ñuñoa, un joven desaparecido en Alto Hospicio, campesinos con heridas de perdigón en la cara en los potreros de Collipulli, mapuches golpeados y hostigados con preguntas tipo: “¿Dónde están las armas?” en Cañete, una querella por impacto de bomba lacrimógena en la cara en Puerto Montt.

Bustos dice que los cursos no bastan, que se necesita más vínculo entre los protocolos y la formación, menos autonomía de Carabineros y más control civil a las policías. Dice: Carabineros puede humanizarse, pero toma tiempo.

***

La clase en el Cenpecar termina y los carabineros barren y ordenan la sala. Cuando salimos, Balbontín pregunta qué me pareció la clase y yo digo que muy parecida a la primera, la del 2015. Le confieso que me impresiona la forma en que se les permite el uso del arma de servicio, que es fuerte. Sí, dice Balbontín, pero así es.


Nota de la redacción: Desde la dirección del Museo de de la Memoria, Francisco Estévez, informó este jueves 11 de julio a The Clinic que “como institución, nos resulta clave aclarar los criterios que tiene actualmente el Museo con relación a las visitas de personal de Fuerzas Armadas, Carabineros, Investigaciones y Gendarmería. Desde 2017, prevalece la instrucción de que ninguna persona, uniformada o no, puede entrar portando armas. A partir de mayo de ese año, todas las visitas de Fuerzas de Orden y Seguridad Pública se realizan con uniforme y sin el porte de armas, las que se dejan en sus respectivas unidades”.