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jueves, 24 de septiembre de 2026

Larga vida y ancho amor a la crónica

Soy periodista, entré a la escritura por la puerta de la no-ficción. Primero columnas de opinión, que pensé como mini-ensayos que mezclaban filosofía política con autobiografía y cultura pop. Después, crónica, que es cuando el periodismo conoce a la literatura. Una crónica es un reportaje contado con maestría. En la universidad, descubrí la crónica leyendo A Sangre Fría en clases de redacción, las historias de Martín Caparrós en la clase de Antropología y las vivencias maricuecas de Lemebel en la especialización de Cultura. Luego, seguir a ciegas pero con esperanza las huellas hacia el patíbulo de Julius Fučík (que no dejó de escribir hasta el día en que los nazis lo colgaron de la horca), la matanza del seguro obrero según el patasdeperro de Carlos Droguett, la bomba atómica polifónica y coral de John Hersey, el náufrago colombiano y Miguel Littin clandestino en Chile según García Márquez, las desgarradoras cartas a sus amigos montoneros, a su hija montonera asesinada, que escribió Rodolfo Walsh, las historias radiofónicas recolectadas por el gringo Paul Auster. Un inspirador y hediondo a testosterona panel de hombres. Hasta que Svetlana Aléxievich gana el Premio Nobel. Y aprendo que crónica también es arder en preguntas para tu abuela.

Mis maestros directos: Juan Pablo Meneses. En 2014 participé de un taller de crónica con él en la Biblioteca Nacional. Ahí conocí a Paulina Flores y a Cristóbal Gaete. Éramos tan jóvenes, éramos doce años atrás. Meneses me muestra el trabajo de Gabriela Wiener, de Alma Guillermo Prieto, de Leila Guerriero. Y ellas me llevan a Hebe Uhart, a Mariana Enríquez. Tomo un taller con la argentina Josefina Licitra en Santiago y en el delirio escritural postulo a un taller de la Fundación Para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, la escuela donde todos los periodistas jóvenes latinoamericanos queremos estudiar. Me aceptan, me voy a Nicaragua a un taller con Alberto Salcedo Ramos. En Managua llueve largo y con calor, no hay transporte público de noche, aprendo nuevas formas de transpirar. En una semana me voy a reportear a la selva sobre una escuela de rehabilitación para machistas, historia que nunca logro concluir; me compro la poesía completa de Rubén Darío y un libro de Gioconda Belli, que ella me firma en persona sin yo tener idea de la autoraza guerrillera que tenía en frente. El viaje lo corona una cena en casa del cuiquísmo Sergio Ramírez, donde termino tomándome una selfie con Ernesto Cardenal.

Como cronista, en ese entonces, escribo incendiarias columnas, que se publican en Noesnalaferia, un blog inventado por periodistas de la Chile. Cumplo mi sueño de colaborar en The Clinic, una revista donde escribe gente que me gusta leer. Me publican entrevistas y notas breves. Más tarde, trabajo un año en una crónica sobre una dueña de casa que trabaja cazando concursos de Facebook, texto que obtiene un premio latinoamericano y con el que estoy bastante satisfecha. Luego me voy a Arica y a la selva peruana a perseguir otra historia que si bien termino nunca logro publicar. Lo bueno es que en Perú descubro al Inca Garcilazo de la Vega y a Poma de Ayala Felipe Guaman.

Conclusiones: Periodismo y crónica no son lo mismo. Como son distintos escribir que ser poeta. Escribir bien lo puede hacer cualquiera, la poesía, gentecita, eso se entrena leyendo, se cultiva escribiendo, se cosecha batallando. Cuando la poesía te cuenta una historia larga basada en datos duros, eso es la crónica, eso es literatura de no ficción. Eso es La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Los Fusileros, de Juan Cristóbal Peña. Chicas muertas, de Selva Almada. El empampado Riquelme, de Francisco Mouat. 

García Márquez dijo que la crónica es un cuento que pasó de verdad. John Lee Anderson, que escribir crónica es como componer una sinfonía fantástica. Leila Guerriero, que una crónica es un documental hecho con palabras. Federico Bianchini, que el cronista trabaja con el lenguaje para que el lector no vea letras sobre el papel sino personajes actuando. Y alguien que podría ser Gay Talese, que la crónica se alimenta de las corrientes subterráneas de la ficción. Es decir, tomar todas las estrategias narrativas que hemos conversado en el taller y aplicarlas para relatar una anécdota factual.

En la bibliografía de hoy encuentran dos ejemplos para entrar a la crónica. La implacable primera persona propia y la delicada primera persona del otro. Una es heredera del gringo Hunter S. Thompson y éste, de los beats. Toda la obra de Gabriela Wiener es así, literatura del yo. El segundo caso es el de Svetlana Alexévich, que enseña a escuchar cómo habla la gente y a encontrar en tu aldea el espejo de la violencia universal.

jueves, 6 de agosto de 2026

Basura, columna by Gabriela Cabezón Cámara

Tiradas a la basura, desgarradas, en pelotas: en la montaña asquerosa, un cuerpo como una cosa, como una cosa ya rota y que no sirve para nada, los restos del predador, la carne que le sobró de su festín asesino. Horas antes o después a la chica la buscaron la familia, los amigos, al final la policía y casi siempre la encuentra el que hace de la basura su trabajo cotidiano: un cartonero, el chofer de un camión recolector, alguien que anda por ahí. Después viene la ambulancia, le cambia la bolsa a blanca, se la llevan a la morgue y un auto lleva a los padres a ver si la chica es suya. Afuera espera la prensa: las cámaras y micrófonos buscando mostrarle al mundo el dolor más lacerante, la frase más torturada, la cara más arrugada por la angustia que la arrasa.

Tiradas a la basura en la bolsa de consorcio: igual que se tira un forro, la cáscara del zapallo, los papeles que no sirven y los huesos del asado entre tantas otras cosas. Tiradas como si nada, como objetos de consumo que ya fueron consumidos. Agarrarlas, asustarlas, verlas rogar, desnudarlas, humillarlas, violarlas, después matarlas, meterlas en una bolsa, tirarlas a la montaña de restos de la ciudad. Ya terminó el predador. Seguirán la policía, los abogados, los jueces y las cámaras de TV: sigue la carnicería en una especie de show que explica los femicidios.

Si la chica usaba short. Si tenía más de un novio. Si puso fotos en Facebook con boquita pecadora. Si salía mucho de noche. Si volvía a la mañana y tenía olor a whisky. Si estudiaba o no estudiaba. Si trabajaba de día o repartía tarjetas en la puerta de un boliche. Si era virgen. Si le gustaba enfiestarse. Si fumaba marihuana o sólo tomaba agua. Si tenía buenas notas o había repetido de año. Lo que dicen los amigos. Lo que piensan los vecinos. Lo que recomienda el cura que dirige la parroquia. Lo que supone un psiquiatra que va a la televisión. Lo que dice el movilero. Lo que supone la prensa. La idea que todos dicen sin terminar de decir: si la chica usaba mini y le gustaba bailar y si llevaba adelante su propia vida sexual según lo que le gustaba, era una trola y las trolas se la buscan y la encuentran.

La construyen poco a poco como si fuera culpable: digamé, comunicador y digan sus audiovidentes, si una mujer joven tiene más de un novio o, peor, ninguno, y vuelve en pedo a las seis y salió en vestido corto, ¿Se está buscando la muerte? ¿Piensa que se la merece? ¿Usted cree que debería volver antes de las doce? ¿Vestirse con una burka e ir a misa los domingos? ¿Usted quiere que le pida permiso a algún buen señor para salir cuando quiere? ¿Que deje de salir sola? ¿Que piense lo que se pone porque si a un hijo de puta le parece algo indecente por ahí la hace pelota? Le pregunto más cortito: ¿Piensa que una chica es propiedad de algún muchacho y que si no tiene dueño pueden matarla tranquilos? ¿De verdad se siente bien eligiendo como elige la foto más provocativa para decir sin decir “la piba era una atorranta", “los padres no la cuidaban”, “su vida no tenía rumbo”? Empieza una denigración, algo que está en la cultura, no digo que lo inventa usted, pero podría revisar la máquina de prejuicios que le salta cuando habla y cuando hablan los demás.

Entre otras cosas se nota la puntuación del mercado: hay cuerpos que valen más y hay cuerpos que valen menos. Casta, rica y estudiosa vale más que pobre y trola pero todas valen menos que el cuerpo del matador que es la manifestación extrema de este estado de las cosas: buena parte del planeta cree, a veces sin saberlo, que cosas somos nosotras. Pobres cosas, poca cosa, algo que se usa y se tira, nada de bienes suntuarios, muñecas que se descartan como globos ya pinchados. Es como canibalismo. Es una bestialidad. Piensen un poco, señores, piensen también las señoras y sientan un poco más: somos sus madres, sus hijas, sus hermanas, sus esposas, sus amigas, sus amantes, sus novias.

Somos más de la mitad del mundo que hacemos juntos. No insumos a descartar.

jueves, 16 de julio de 2026

Es absolutamente falso, by Gabriela Mistral

Publicado en revista Mapocho, N°43, 1988

Es absolutamente falso que mi padre fuese blanco puro. Mi abuela, su madre, tenía un tipo europeo puro; su marido, mi abuelo, era menos que mestizo de tipo, era bastante indígena. La afirmación no es antojadiza. En dos retratos borrosos que tengo de él, la fisonomía es cabalmente mongólica, los Godoyes del Valle del Huasco tienen, sin saberlo, tipo igual. Digo sin saberlo porque el mestizo de Chile no sabe nunca que lo es. Quienes han visto las fotos de mi padre y que saben alguna cosa de tipos raciales no descartan ni por un momento que mi padre era un hombre de sangre mezclada.

Fue por un tiempo también director del colegio católico de Santiago San Carlos Borromeo. Dibujaba muy bien y hacía versos de una índole medio clásica, medio romántica según el gusto de la época.

El original de esos versos los conserva mi hermana.

Todas las gentes del Valle me dieron el amor de él, porque todos lo quisieron por el encanto particular que había en su conversación y por la camaradería que daba, a quien se le acercase lo mismo a los más ricos que a los pobrecitos del Valle. En mi abuela, Isabel Villanueva, a quien los curas llamaban «la teóloga» había esta misma atracción que le daba un lenguaje gracioso, criollo y tierno.

No hay tal. Me mandaron a la casa de una tía de mi madre, doña Ángela Rojas a quien mi hermana pagaba por mí una pequeña pensión. Esto duró menos de un año, porque fui expulsada de la escuela primaria superior de Vicuña a la cual había regresado.

El dato es erróneo. Dirigía esa escuela primaria superior doña Adelaida Olivares maestra ciega de casi toda su vida y madrina mía de confirmación. Era persona sobradamente religiosa y cuando en el comienzo hubo entre ella y yo la relación afectuosa que es natural entre madrina y ahijada. Pero cuando mi familia me cambió de apoderado poniéndome a vivir en la casa de una familia Palacios de religión protestante, la directora se sintió muy molesta y me retiró todo su cariño. Vino entonces un incidente tragicómico. Yo repartía el papel de la escuela a las alumnas, el gobierno daba en aquel tiempo los útiles escolares. Era yo más que tímida; no tenía carácter alguno y las alumnas me cogían cuanto papel se les antojaba con lo cual la provisión se acabó a los ocho meses o antes. Cuando la directora preguntó a la clase la razón de la falta de papel mis compañeras declararon que yo era la culpable pues ellas no habían recibido sino la justa ración. La directora, aconsejada por una hermana nuestra ahí mismo, salió sin más hacia mi casa y encontró el cuerpo del delito, es decir, halló en mi cuarto una cantidad copiosísima no sólo de papel, sino de todos los útiles escolares fiscales. Habría bastado pensar que mi hermana era tan maestra de escuela como ella y que yo tomaba de ella cuanto necesitaba. Pero había algo más: el visitador de escuelas del Valle de Elqui me tenía un cariño como de abuelo (don Mariano Araya) y cada domingo iba yo a saludar a su familia y él me abría su almacén de útiles y me daba además de papel en resmas, pizarras, etc.

Yo no supe defenderme; la gritería de las muchachas y la acusación para mí espantosa de la maestra madrina me aplanó y me hizo perder el sentido. Cuando doña Adelaida regresó con el trofeo del robo su hermana hizo con el caso una lección de moral que yo oía medio viva medio muerta. El escándalo había durado toda la tarde, despacharon las clases y todas salieron sin que nadie se diese cuenta del bulto de una niña sentada en su banco, que no podía levantarse. Al ir a barrer la sala la sirvienta que vivía en la escuela me encontró con las piernas trabadas me llevó a su cuarto, me frotó el cuerpo y me dio una bebida caliente hasta que yo pude hablar faltaba algo todavía: las compañeras que se iban por mi calle me esperaban, aunque ya era la tarde caída en la plaza de Vicuña, la linda plaza con su toldo de rosas y de multiflor, era todavía primavera allí me recibieron con una lluvia de insultos y de piedras diciéndome que nunca más irían por la calle con (la) ladrona. Esta tragedia ridícula hizo tal daño en mí como yo no sabría decirlo. Mi madre vino a dar explicaciones a la maestra ciega acerca de mi rapiña y la directora que ejercía un ascendiente muy grande sobre las personas porque era mujer inteligente y bastante culta para su época logró convencer a su comadre de que aunque yo fuese inocente habría que retirarme de esa escuela sin llevarme a otra alguna porque yo no tenía dotes intelectuales de ningún género y sólo podría aplicarme a los quehaceres domésticos.

No se decidió de mí y sólo mi padre al volver por un tiempo a la casa sintió como una injuria el hecho de su comadre ciega y fue a ajustarle cuentas con una gran rudeza a Vicuña. Yo me quedé sin clases porque mi hermana me había hecho terminar la escuela sin decir lo que nunca se ha dicho de ella y es que lo que ella sabía me lo enseñó perfectamente. Fue toda su vida una maestra de índole espiritual con una abnegación que en su madurez tocó los lindes de la santidad yo la tengo pintada en «La maestra rural» pero como es natural no podía alabar así a una hermana y la disfracé al final del poema. La maestra que he pintado allí me la dio ella a lo largo de mi infancia con sólo haberla visto vivir.

Mi famoso «rencor» tiene cierta base de verdad no he perdonado a veces y no he olvidado nunca ninguna de las injusticias recibidas y particularmente no olvidé esta que me magulló toda la adolescencia y que tuvo una repercusión enorme en mi vida de futura (profesora).

Dos veces volví a Vicuña la maestra madrina buscó reconciliarse conmigo sin lograrlo porque no acepté a verla. Pero las cosas tienen caminos maravillosos y la mano de Dios anda metida en todas ellas. Hace tres años, después de 15 de ausencia del Valle de Elqui llegué a Vicuña en visita oficial. Estaba muy enferma doña Adelaida y una de sus exalumnas que la servía de enfermera, me mandó preguntar si yo aceptaba ir a visitarla. Yo consulté con mi alma y ésta no había perdonado todavía. Dos días más tarde del recado la maestra murió. Yo salí a la calle al azar: sola, cosa que nunca me ocurre sin finalidad, a vagabundear como de niña y queriendo caminar la calle Maipú hasta San Isidro. A poco andar vi venir un cortejo que era muy numeroso y no entendía nada cuando el cortejo me rodeó en forma de no poder seguir, pregunté quién era el muerto. Cuando lo supe yo ya había dado vuelta e iba dentro de él como una sonámbula. Llegamos a la iglesia, la pequeña ciudad conocía la vieja historia. Una niña se levantó y me pasó el ramo de flores que llevaba diciéndome que ella prefería que fuese yo quien las pusiese las primeras sobre el ataúd. Yo las puse y le di a doña Adelaida la oración a los muertos. Volví a mi casa no poco turbada de los manejos menudos del Señor que son tan extraños como los grandes.

Dije que el hecho de mi expulsión tuvo muchas consecuencias. Cuando ingresé a la escuela anexa a la Normal de La Serena me encontré allí con que una exalumna de doña Adelaida había informado a mis nuevos profesores de mi vicio de robar y había recomendado que se guardaran los objetos de más o menos valor. Durante varios años -no recuerdo el dato con precisión- mi madre y mi hermana quisieron hacer de mí una buena ama de casa. Yo era tan callada que jamás tuve porfía ni discusión alguna con ellas en mi infancia. Pero en mi ímpetu de rebelión que es de los más vigorosos que haya tenido en mi vida, que yo no aprendería ni a lavar la ropa ni hacer la comida y ni siquiera creo que ayudaba a arreglar la habitación. Yo supe que si obedecía a esa voluntad de volverme criatura ama auxiliar de una casa en que bastaban mi madre y mi hermana yo estaba perdida no sé para qué porque sería tonto pensar que yo creyese en mí, la maestra madrina me había convencido de que yo era una niña necia. Mi rebelión era una cosa confusa siendo en todo caso una rebelión en forma sin rezongo, sin hablar y sencillamente no obedecí.

Mi hermana se había casado con un hombre que tenía algunos bienes y un tiempo vivimos mi madre y yo cómodamente allegados a su casa. Mi cuñado tuvo una larga enfermedad y un mal pleito de un hijo y lo perdió todo. Entonces mi madre supo que yo debía trabajar y decidió ella sola que yo siguiese la profesión de mi padre y de mi hermana la de una de mis dos tías monjas y la de casi todos nuestros amigos. Yo temblé cuando a los 14 años ella y su amiga doña Antonia Molina me llevaron delante de un visitador de escuelas y le pidieron para mí una ayudantía de escuela rural. Yo tenía 14 años, me mandaron a la Compañía Baja, donde el mar me daba muchos ratos felices, lo mismo que mi olivar que costeaba mi casa y que es el más grande que he visto en Chile y la jefe que me tocó y a quien le caí mal por mi carácter huraño y mi silencio que no se rompía con nada me hizo tan poco feliz como es costumbre cuando la maestra es casi vieja y la ayudante es una muchacha. No se quejaba de lo que debía quejarse: de una ignorancia, porque en aquellos tiempos se pedía poco a una ayudante rural y porque además mi lección era la que enseñaba la (cartilla). Desde esta escuela di un salto verdaderamente mortal por buenos oficios del abogado don Juan Guillermo Zabala (aparecen los vascos en mi vida) me llevaron como secretaria-inspectora al Liceo de Niñas de La Serena. Yo sabía muy poca cosa de redacción oficial y tal vez de redacción tout court aunque ya escribiese en los periódicos. Los humildes diarios de provincia reciben y publican casi todo.

Dirigía el liceo una extraordinaria mujer alemana de quien la crueldad no me empañó nunca los ojos para ver de quien se trataba de una mujeraza al lado de la cual las profesoras criollas de su personal eran una (pobre) [ilegible] con excepción [ilegible]. Esta señora gobernaba el colegio según las normas alemanas que eran de todo el gusto de los chilenos por aquel tiempo. Su liceo era medio cuartel medio taller y con lo segundo digo algo parecido a una alabanza. El personal la obedecía con un respeto que iba más allá de lo racional y se pasaba a lo mitológico.

Las pobres mujeres le temblaban sin metáfora, nuestra vida dependía de sus gestos, su mirada y sus gritos. Pero era a pesar de su tremendo desequilibrio una mujer superior. Cuatro cosas me dijo entre sus ofensas que nunca he olvidado porque apuntaban derechamente a mi carácter y en especial a mis defectos y a mis lastimosas limitaciones. Yo era para ella una especie de sirvienta mantenida muy al margen de su vida. Pero un día me llamó a su dormitorio porque estaba enferma y como yo me azorase de que la curiosa mujer [ilegible] poco protestante y algo pagana tuviese una gran [ilegible] virgen de Murillo a su cabecera, me dijo sin [ilegible] ni sonreír. Yo soy lo contrario de Ud., yo no creo en nada pero vivo en una ciudad de beatos y suelo ir a la iglesia y tengo esta virgen por condescenderme con la ciudad. Aunque los chilenos sean gente inferior a mi raza yo soy una empleada pública de Chile. En cambio Ud. cree en todo, cree de más y tiene una apariencia de incrédula para su gente, lo cual le hará mucho daño.

Una vez me llamó a su salón y yo me quedé embobada mirando dos grandes cuadros que eran grabados de Goethe y de Schiller. Ella me dijo más o menos esto. Los escritores se dividen sólo en estos dos tipos los de Goethe son los sensatos y los que llegan a grandes posiciones; los alocados se parecen a Schiller sin que valgan nunca lo que él tampoco y como no lo alcanzan no llegan nunca a nada.

Otra vez -creo que la única en mi año con ella- me llamó para decirme una cosa agradable: «Está bien la letra que le han puesto a la música que le di destinada al colegio. Usted sirve para muy pocas cosas, tal vez para una sola, su mala suerte está en que eso para lo cual sirve es algo que no le importa a nadie».

Otra vez cuando me pidió la renuncia y temió que yo no le firmase el pliego ya escrito me dijo: «Hay gentes que nacen para mandar y yo soy de esas; es inútil luchar contra mí y los de mi raza hemos nacido para eso, y las otras no tienen sino obedecer».

Ud. se refiere a una nota oficial de ella que me declara necia. No la conozco. Es muy probable que exista, aunque esta mujer no haría nada innecesario y sobraba acusarme de idiota puesto que ya había firmado la renuncia.

Me dejó cesante sin ningún escrúpulo porque carecía enteramente de ellos. Dios me ha tenido una gran piedad, una asistencia maravillosa que me hace avergonzarme de algunos versos míos en que hablé de su abandono. Unos días después de lo que cuento encontré en el tren al gobernador de Coquimbo que era un viejo poeta González y González y cuando pasábamos frente a La Cantera me mostró la escuelita detrás de las dunas y me la ofreció. Mi madre tenía su pan a salvo.

Es inexacto su dato de que mi mamá vivió allí todo el tiempo conmigo; no había carne ni había pan todos los días en la aldea y ella fue siempre muy enferma, me acompañó un poco y después se fue con mi hermana. De mis tres aldeas, La Cantera es aquella en que yo viví más acompañada. Me cuidaba una sirvienta buena, de las preciosas criadas nuestras que son tal cosa cuando tienen sangre india; y los niños, los hombres y los viejos de mi escuela nocturna -apenas había asistencia diurna porque la pobre gente trabajaba-.

Se pusieron a hacerme la vida. Por turno me traían un caballo cada domingo para que yo paseara siempre con uno de ellos. Me llevaban una especie de diezmo escolar en camotes, en pepinos, en melones, en papas, etc. Yo hacía con ellos el desgrane del maíz contándoles cuentos rusos y les oía los suyos. Ha sido ese tal vez mi mayor contacto con los campesinos después del mayor del Valle de Elqui.

Un viejo analfabeto, al fin enseñé a leer tocaba muy bien la guitarra y ese iba a darme fiesta con todos, en las noches. Alguna vez que le besé la cara y el cuello a un alumno huérfano y sordo que tenía, los demás se sintieron ofendidos y fueron más allá a lavarse porque había unos tres que se echaban agua florida. Yo les daba la clase en el cuarto de comer en torno de una mesa. Tenía yo de dieciocho a diecinueve años. Nunca les vi una falta de delicadeza o de pudor ni les vi un mal chiste lo cual es raro en un pueblo tan picante como el nuestro. El bello criterio escolar iba a suprimir la escuela por su poca asistencia diurna y sin tomar en cuenta para nada esta escuela nocturna que para mí resultaba tan válida.

Entonces me fui a Cerrillos en el Departamento de Ovalle. Mis biografías no han anotado nunca este nombre. Allí sí tuve soledad y soledades y mi madre muy delicada de salud no pudo estar conmigo; pese a las lenguas de fuego mi madre no pudo vivir conmigo en mis años de trabajo escolar porque su cuerpo sólo se avenía con el clima de La Serena. Lo ensayó varias veces en vano. Mi hermana le dio su compañía y yo su sustento.

Cuando jubilé me fui en seguida con ella a La Serena para quedar con ella hasta su postrimería. Renuncié al cargo que me ofreció Ginebra con este fin y el Ministro don Jorge Matte me obligó a irme cuando Ginebra no aceptó la designación de Pedro Prado que yo indiqué sin consultarlo al interesado. Yo había tenido en Santiago unos meses antes una extraña visita nocturna de la policía a mi casa de la población Huemul durante mi ausencia y el robo de mis archivadores de cartas cuando visitaba a algunas personas de la oposición, como don Manuel Rivas Vicuña, el diligente policía hacía seguir estos dos hechos, que constató en varias ocasiones mi vecino don Luis Popalaire más otros menos visibles hicieron que mi propia viejecita y mi hermana me aconsejasen aceptar el nombramiento de Ginebra e irme de Chile.

Cuento lo anterior en respuesta a la maledicencia de cierta potencia pedagógica sobre mi condición de mala hija que no vivió con los suyos.

Volvamos atrás cuando yo fui echada del Liceo de La Serena mi madre y mi hermana pensaron en sacrificarme en bien mío y hacerme regresar a la Escuela Normal pues las tres habíamos visto claramente que yo no haría carrera en la enseñanza a menos de conseguir la papeleta consabida, que las gentes llaman título, palabra que quiere decir «nombre» pero que no nombra nada.

Yo acepté e hicimos el triple esfuerzo de preparar exámenes, de obtener la fianza del caso, y de comprar el equipo de ropa. El día que mi madre fue a dejarme a la Escuela Normal la subdirectora, una gruesa señora; nos recibió en la puerta y sin oírnos y sin dar explicación alguna que le valiese y me valiese me declaró que yo no había sido admitida. Pedimos hablar con la directora y la obesa señora lo rehusó porque la directora era una norteamericana que no hablaba español. En esto la subdirectora no mentía, el ministerio contrataba para sus criollos algunos profesores que ignoraban la lengua. En mis andanzas por el mundo recibí una vez una invitación a su casa de esta pedagoga yanqui es lástima que no tuviese tiempo de ir para conocer a la buena mujer que me echó de la Normal chilena sin saber por qué y sin haberme visto. Pasaron muchos años y cual fatalismo del mestizo yo no averigüé por qué había sido eliminada. Cuando era profesora de Los Andes unos ocho o diez años después, recibí la versión que dio a mi jefe de mi rechazo aquella subdirectora estupenda. Ella contó a doña Fidelia Valdés que en consejo de profesores de la Normal de La Serena el capellán y profesor don Luis Ignacio Munizaga, había exigido al personal que por solidaridad con él se me eliminase pues yo escribía unas composiciones paganas y podría volverme en caudillo de las alumnas. El ilustre sacerdote (que más tarde será un hombre bastante desgraciado) fue bien lúcido cuando dijo que yo era una pagana. Todo poeta, cualquier poeta es eso o no es cosa alguna. Puede ser un cristiano de aspiración y puede ser un místico si tiene una corporalidad pobre o si va para viejo -a los dieciocho años- era mi edad no es sino un pagano. Cuento el incidente para decir a mis compatriotas que no me quedé sin Escuela Normal por fuerza no por gusto y gana; la vieja chilenidad me la quitó me dejó sin ella, me la quitó a pesar de lo dadivosa que he sido para dársela a unas tres mil mujeres más o menos.

La pérdida hoy no me duele; pero todos los maestros y los profesores que me negarían la sal y el agua en los veinte años de mi magisterio chileno y a los que tengo contados en otra parte, saben muy bien de cuánto me costó vivir una carrera docente sin la papeleta, el cartel y la rúbrica aquella.

La razón que Ud. da para mi salida del liceo no fue sino una de sus causas menores.

Este incidente de la matrícula está muy exagerado, yo no recibí sino muy pocas niñas pobrecitas porque eran poquísimas las que se atrevían a llegar a un liceo hecho y mantenido para la clase pudiente.

Pude matricular a éstas, gracias a una estratagema: la directora me había ordenado aceptar a las que llevasen una carta de recomendación de los miembros de la junta de vigilancia del colegio y siempre que se tratara de buena familia cuando las muchachas me parecían buenas alumnas por su certificado, yo pedía esa famosa carta al Sr. Marcial Ribera Alcayaga, miembro de la unta y pariente de mi madre. Esta fue toda mi malicia y la directora no pudo echar a las candidatas recibidas semioficialmente.

En la semana anterior a mi renuncia la directora que tanto dudaba de que yo me suicidase, poniendo aquella firma en mi propia dimisión, ordenó a su personal que no me dirigiese la palabra. Nos reuníamos sólo a la hora de almuerzo y a excepción hecha de doña Fidelia Valdés mis colegas cumplieron celosamente la orden, tanto, que no me respondían cuando yo les hablaba entre plato y plato. En Chile por aquellos años el extranjero tenía apabullado al nacional y éste vivía en muchas reparticiones públicas servilismo tristísimo.

Cara M. Rosa, le digo con la franqueza ruda con que hablo a los propios, que me cuesta un mundo entrar en un comentario amoroso de mí misma. A pesar de la publicidad cruda y no poco repugnante a que han llegado los biógrafos respecto de los escritores, nunca entenderé y nunca aceptaré que no se nos deje a nosotros, lo mismo que a todo ser humano, el derecho a guardar de nuestros amores cuando nos hemos puesto y que por alguna razón no dejamos allí razones de pudor, que tanto cuentan para la mujer como para el hombre. Pero se han hecho disparates tan descomunales a este respecto, que esta vez tengo que hablar y no por mí sino por la honra de un hombre muerto.

Romelio Ureta no era nada parecido, ni siquiera era próximo a un tunante cuando yo le conocí. Nos encontramos en la aldea de El Molle cuando yo tenía sólo catorce años y él dieciocho. Era un mozo nada optimista ni ligero y menos un joven de zandungas había en él mucha compostura, hasta cierta gravedad de carácter bastante decoro. Por tener decoro se mató nos comprometimos a esa edad. Él no podía casarse conmigo contando con un sueldo tan pequeño como el que tenía y se fue a trabajar unas minas no recuerdo donde. Volvió después de una ausencia larga y me pidió cuentas a propósito de murmuraciones tontas que le habían llegado sobre algún devaneo mío. Yo vivía desde que él se fue con mi vida puesta en él, no me defendí la mitad por aquella timidez que me dejó muda aceptando mi culpa en la escuela de Vicuña y la mitad creo que la otra mitad por esa excesiva dignidad que me han llamado soberbia muchas veces. La queja me pareció tan injusta que pensé entonces, como pienso hoy mismo que no debía responderse y menos hacer una defensa. Por eso rompimos y las novelerías necias tejidas en torno de este punto no son sino cosa de charlatanes. Este hombre siguió su vida y era natural que la viviese como casi todos los hombres chilenos que no sobresalen en la temperancia. Iba a casarse y llevaba a la vez una conducta ligera que no había sido nunca la suya; se divertía demasiado y su novia parece que no lograba retenerlo.

Mucho después de unos cinco años de separación nuestra yo lo encontré casualmente en Coquimbo; hablamos bastante tiempo; negó la noticia de su matrimonio y nos despedimos reconciliados casi sin palabras, tan cordiales como antes y con la impresión de un vínculo reanimado y definitivo. Cuantos lo han denigrado, hablando de un robo común y hasta de una estafa, no han dicho que su hermano, que era casi su padre; pues lo había criado por ser ambos huérfanos era en ese tiempo el jefe de los ferrocarriles en su zona a cualquiera podría ocurrírsele que Romelio Ureta cogió aquel dinero pensando en restituirlo de inmediato o contando con que su hermano, ausente por unos días se lo prestaría. Este señor era persona de situación holgada y lo quería mucho. No creo que nadie piense en arruinar su carrera por la suma infeliz que él cogió de una repartición fiscal. Parece que vino un arqueo impensado de caja: el hermano andaba en Ovalle o en otro punto de la provincia y no pudieron comunicarse de ningún modo. Romelio Ureta era hombre tan pundonoroso como para matarse, antes de sufrir vivo una vergüenza. A esta altura del tiempo y de la costumbre funcionaria, el hecho no se entiende, pues la probidad escasea más que la moneda de oro. Yo lo comprendo de haberle conocido a él y al viejo Chile. Doy cuantiosos detalles porque me irrita que se remuevan los huesos de un muerto con una falta tal de inteligencia y de consideración, más que eso me indigna el que por escribir una gacetilla sobre mí -no es el caso suyo- y por cobrarla en un periódico y también por alimentar la glotonería del público se revuelva una sepultura.

Han creado un semblante enteramente falso con la pretensión de demostrarme solidaridad o con la ocurrencia de defenderme, yo no he sido una víctima de él en ningún aspecto; todos los seres somos cual más cual menos, víctimas de nuestro temperamento nací como otros con una capacidad exacerbada para el sufrimiento y tal vez sin ninguna tragedia en mi vida habría padecido lo mismo según el caso de Leopardi y de otros.

Me repugna por otra parte lo cinematográfico aplicado a los vivos, después que me muera, ya pueden hacer su gusto los noveleros a toda su anchura; pero como estoy viva tengo el derecho mínimo de lavar un nombre querido. He callado bastante a este respecto porque soy harto rica de silencio. Mi paciencia se ha ido gastando y esta vez quiero hablar, por tratarse de una crónica escrita por una mujer y que debe salir limpia de un error tan grave sobre un hombre que se allega a la calumnia. Usted, estoy segura, estará muy contenta de que su compañera cuida de la honradez de su trabajo.

martes, 24 de octubre de 2023

"Es absolutamente falso", short story by Gabriela Mistral

Es absolutamente falso que mi padre fuese blanco puro. Mi abuela, su madre, tenía un tipo europeo puro; su marido, mi abuelo, era menos que mestizo de tipo, era bastante indígena. La afirmación no es antojadiza. En dos retratos borrosos que tengo de él, la fisonomía es cabalmente mongólica, los Godoyes del Valle del Huasco tienen, sin saberlo, tipo igual. Digo sin saberlo porque el mestizo de Chile no sabe nunca que lo es. Quienes han visto las fotos de mi padre y que saben alguna cosa de tipos raciales no descartan ni por un momento que mi padre era un hombre de sangre mezclada.

Fue por un tiempo también director del colegio católico de Santiago San Carlos Borromeo. Dibujaba muy bien y hacía versos de una índole medio clásica, medio romántica según el gusto de la época.

El original de esos versos los conserva mi hermana.

Todas las gentes del Valle me dieron el amor de él, porque todos lo quisieron por el encanto particular que había en su conversación y por la camaradería que daba, a quien se le acercase lo mismo a los más ricos que a los pobrecitos del Valle. En mi abuela, Isabel Villanueva, a quien los curas llamaban «la teóloga» había esta misma atracción que le daba un lenguaje gracioso, criollo y tierno.

No hay tal. Me mandaron a la casa de una tía de mi madre, doña Ángela Rojas a quien mi hermana pagaba por mí una pequeña pensión. Esto duró menos de un año, porque fui expulsada de la escuela primaria superior de Vicuña a la cual había regresado.

El dato es erróneo. Dirigía esa escuela primaria superior doña Adelaida Olivares maestra ciega de casi toda su vida y madrina mía de confirmación. Era persona sobradamente religiosa y cuando en el comienzo hubo entre ella y yo la relación afectuosa que es natural entre madrina y ahijada. Pero cuando mi familia me cambió de apoderado poniéndome a vivir en la casa de una familia Palacios de religión protestante, la directora se sintió muy molesta y me retiró todo su cariño. Vino entonces un incidente tragicómico. Yo repartía el papel de la escuela a las alumnas, el gobierno daba en aquel tiempo los útiles escolares. Era yo más que tímida; no tenía carácter alguno y las alumnas me cogían cuanto papel se les antojaba con lo cual la provisión se acabó a los ocho meses o antes. Cuando la directora preguntó a la clase la razón de la falta de papel mis compañeras declararon que yo era la culpable pues ellas no habían recibido sino la justa ración. La directora, aconsejada por una hermana nuestra ahí mismo, salió sin más hacia mi casa y encontró el cuerpo del delito, es decir, halló en mi cuarto una cantidad copiosísima no sólo de papel, sino de todos los útiles escolares fiscales. Habría bastado pensar que mi hermana era tan maestra de escuela como ella y que yo tomaba de ella cuanto necesitaba. Pero había algo más: el visitador de escuelas del Valle de Elqui me tenía un cariño como de abuelo (don Mariano Araya) y cada domingo iba yo a saludar a su familia y él me abría su almacén de útiles y me daba además de papel en resmas, pizarras, etc.

Yo no supe defenderme; la gritería de las muchachas y la acusación para mí espantosa de la maestra madrina me aplanó y me hizo perder el sentido. Cuando doña Adelaida regresó con el trofeo del robo su hermana hizo con el caso una lección de moral que yo oía medio viva medio muerta. El escándalo había durado toda la tarde, despacharon las clases y todas salieron sin que nadie se diese cuenta del bulto de una niña sentada en su banco, que no podía levantarse. Al ir a barrer la sala la sirvienta que vivía en la escuela me encontró con las piernas trabadas me llevó a su cuarto, me frotó el cuerpo y me dio una bebida caliente hasta que yo pude hablar faltaba algo todavía: las compañeras que se iban por mi calle me esperaban, aunque ya era la tarde caída en la plaza de Vicuña, la linda plaza con su toldo de rosas y de multiflor, era todavía primavera allí me recibieron con una lluvia de insultos y de piedras diciéndome que nunca más irían por la calle con (la) ladrona. Esta tragedia ridícula hizo tal daño en mí como yo no sabría decirlo. Mi madre vino a dar explicaciones a la maestra ciega acerca de mi rapiña y la directora que ejercía un ascendiente muy grande sobre las personas porque era mujer inteligente y bastante culta para su época logró convencer a su comadre de que aunque yo fuese inocente habría que retirarme de esa escuela sin llevarme a otra alguna porque yo no tenía dotes intelectuales de ningún género y sólo podría aplicarme a los quehaceres domésticos.

No se decidió de mí y sólo mi padre al volver por un tiempo a la casa sintió como una injuria el hecho de su comadre ciega y fue a ajustarle cuentas con una gran rudeza a Vicuña. Yo me quedé sin clases porque mi hermana me había hecho terminar la escuela sin decir lo que nunca se ha dicho de ella y es que lo que ella sabía me lo enseñó perfectamente. Fue toda su vida una maestra de índole espiritual con una abnegación que en su madurez tocó los lindes de la santidad yo la tengo pintada en «La maestra rural» pero como es natural no podía alabar así a una hermana y la disfracé al final del poema. La maestra que he pintado allí me la dio ella a lo largo de mi infancia con sólo haberla visto vivir.

Mi famoso «rencor» tiene cierta base de verdad no he perdonado a veces y no he olvidado nunca ninguna de las injusticias recibidas y particularmente no olvidé esta que me magulló toda la adolescencia y que tuvo una repercusión enorme en mi vida de futura (profesora).

Dos veces volví a Vicuña la maestra madrina buscó reconciliarse conmigo sin lograrlo porque no acepté a verla. Pero las cosas tienen caminos maravillosos y la mano de Dios anda metida en todas ellas. Hace tres años, después de 15 de ausencia del Valle de Elqui llegué a Vicuña en visita oficial. Estaba muy enferma doña Adelaida y una de sus exalumnas que la servía de enfermera, me mandó preguntar si yo aceptaba ir a visitarla. Yo consulté con mi alma y ésta no había perdonado todavía. Dos días más tarde del recado la maestra murió. Yo salí a la calle al azar: sola, cosa que nunca me ocurre sin finalidad, a vagabundear como de niña y queriendo caminar la calle Maipú hasta San Isidro. A poco andar vi venir un cortejo que era muy numeroso y no entendía nada cuando el cortejo me rodeó en forma de no poder seguir, pregunté quién era el muerto. Cuando lo supe yo ya había dado vuelta e iba dentro de él como una sonámbula. Llegamos a la iglesia, la pequeña ciudad conocía la vieja historia. Una niña se levantó y me pasó el ramo de flores que llevaba diciéndome que ella prefería que fuese yo quien las pusiese las primeras sobre el ataúd. Yo las puse y le di a doña Adelaida la oración a los muertos. Volví a mi casa no poco turbada de los manejos menudos del Señor que son tan extraños como los grandes.

Dije que el hecho de mi expulsión tuvo muchas consecuencias. Cuando ingresé a la escuela anexa a la Normal de La Serena me encontré allí con que una exalumna de doña Adelaida había informado a mis nuevos profesores de mi vicio de robar y había recomendado que se guardaran los objetos de más o menos valor. Durante varios años -no recuerdo el dato con precisión- mi madre y mi hermana quisieron hacer de mí una buena ama de casa. Yo era tan callada que jamás tuve porfía ni discusión alguna con ellas en mi infancia. Pero en mi ímpetu de rebelión que es de los más vigorosos que haya tenido en mi vida, que yo no aprendería ni a lavar la ropa ni hacer la comida y ni siquiera creo que ayudaba a arreglar la habitación. Yo supe que si obedecía a esa voluntad de volverme criatura ama auxiliar de una casa en que bastaban mi madre y mi hermana yo estaba perdida no sé para qué porque sería tonto pensar que yo creyese en mí, la maestra madrina me había convencido de que yo era una niña necia. Mi rebelión era una cosa confusa siendo en todo caso una rebelión en forma sin rezongo, sin hablar y sencillamente no obedecí.

Mi hermana se había casado con un hombre que tenía algunos bienes y un tiempo vivimos mi madre y yo cómodamente allegados a su casa. Mi cuñado tuvo una larga enfermedad y un mal pleito de un hijo y lo perdió todo. Entonces mi madre supo que yo debía trabajar y decidió ella sola que yo siguiese la profesión de mi padre y de mi hermana la de una de mis dos tías monjas y la de casi todos nuestros amigos. Yo temblé cuando a los 14 años ella y su amiga doña Antonia Molina me llevaron delante de un visitador de escuelas y le pidieron para mí una ayudantía de escuela rural. Yo tenía 14 años, me mandaron a la Compañía Baja, donde el mar me daba muchos ratos felices, lo mismo que mi olivar que costeaba mi casa y que es el más grande que he visto en Chile y la jefe que me tocó y a quien le caí mal por mi carácter huraño y mi silencio que no se rompía con nada me hizo tan poco feliz como es costumbre cuando la maestra es casi vieja y la ayudante es una muchacha. No se quejaba de lo que debía quejarse: de una ignorancia, porque en aquellos tiempos se pedía poco a una ayudante rural y porque además mi lección era la que enseñaba la (cartilla). Desde esta escuela di un salto verdaderamente mortal por buenos oficios del abogado don Juan Guillermo Zabala (aparecen los vascos en mi vida) me llevaron como secretaria-inspectora al Liceo de Niñas de La Serena. Yo sabía muy poca cosa de redacción oficial y tal vez de redacción tout court aunque ya escribiese en los periódicos. Los humildes diarios de provincia reciben y publican casi todo.

Dirigía el liceo una extraordinaria mujer alemana de quien la crueldad no me empañó nunca los ojos para ver de quien se trataba de una mujeraza al lado de la cual las profesoras criollas de su personal eran una (pobre) [ilegible] con excepción [ilegible]. Esta señora gobernaba el colegio según las normas alemanas que eran de todo el gusto de los chilenos por aquel tiempo. Su liceo era medio cuartel medio taller y con lo segundo digo algo parecido a una alabanza. El personal la obedecía con un respeto que iba más allá de lo racional y se pasaba a lo mitológico.

Las pobres mujeres le temblaban sin metáfora, nuestra vida dependía de sus gestos, su mirada y sus gritos. Pero era a pesar de su tremendo desequilibrio una mujer superior. Cuatro cosas me dijo entre sus ofensas que nunca he olvidado porque apuntaban derechamente a mi carácter y en especial a mis defectos y a mis lastimosas limitaciones. Yo era para ella una especie de sirvienta mantenida muy al margen de su vida. Pero un día me llamó a su dormitorio porque estaba enferma y como yo me azorase de que la curiosa mujer [ilegible] poco protestante y algo pagana tuviese una gran [ilegible] virgen de Murillo a su cabecera, me dijo sin [ilegible] ni sonreír. Yo soy lo contrario de Ud., yo no creo en nada pero vivo en una ciudad de beatos y suelo ir a la iglesia y tengo esta virgen por condescenderme con la ciudad. Aunque los chilenos sean gente inferior a mi raza yo soy una empleada pública de Chile. En cambio Ud. cree en todo, cree de más y tiene una apariencia de incrédula para su gente, lo cual le hará mucho daño.

Una vez me llamó a su salón y yo me quedé embobada mirando dos grandes cuadros que eran grabados de Goethe y de Schiller. Ella me dijo más o menos esto. Los escritores se dividen sólo en estos dos tipos los de Goethe son los sensatos y los que llegan a grandes posiciones; los alocados se parecen a Schiller sin que valgan nunca lo que él tampoco y como no lo alcanzan no llegan nunca a nada.

Otra vez -creo que la única en mi año con ella- me llamó para decirme una cosa agradable: «Está bien la letra que le han puesto a la música que le di destinada al colegio. Usted sirve para muy pocas cosas, tal vez para una sola, su mala suerte está en que eso para lo cual sirve es algo que no le importa a nadie».

Otra vez cuando me pidió la renuncia y temió que yo no le firmase el pliego ya escrito me dijo: «Hay gentes que nacen para mandar y yo soy de esas; es inútil luchar contra mí y los de mi raza hemos nacido para eso, y las otras no tienen sino obedecer».

Ud. se refiere a una nota oficial de ella que me declara necia. No la conozco. Es muy probable que exista, aunque esta mujer no haría nada innecesario y sobraba acusarme de idiota puesto que ya había firmado la renuncia.

Me dejó cesante sin ningún escrúpulo porque carecía enteramente de ellos. Dios me ha tenido una gran piedad, una asistencia maravillosa que me hace avergonzarme de algunos versos míos en que hablé de su abandono. Unos días después de lo que cuento encontré en el tren al gobernador de Coquimbo que era un viejo poeta González y González y cuando pasábamos frente a La Cantera me mostró la escuelita detrás de las dunas y me la ofreció. Mi madre tenía su pan a salvo.

Es inexacto su dato de que mi mamá vivió allí todo el tiempo conmigo; no había carne ni había pan todos los días en la aldea y ella fue siempre muy enferma, me acompañó un poco y después se fue con mi hermana. De mis tres aldeas, La Cantera es aquella en que yo viví más acompañada. Me cuidaba una sirvienta buena, de las preciosas criadas nuestras que son tal cosa cuando tienen sangre india; y los niños, los hombres y los viejos de mi escuela nocturna -apenas había asistencia diurna porque la pobre gente trabajaba-.

Se pusieron a hacerme la vida. Por turno me traían un caballo cada domingo para que yo paseara siempre con uno de ellos. Me llevaban una especie de diezmo escolar en camotes, en pepinos, en melones, en papas, etc. Yo hacía con ellos el desgrane del maíz contándoles cuentos rusos y les oía los suyos. Ha sido ese tal vez mi mayor contacto con los campesinos después del mayor del Valle de Elqui.

Un viejo analfabeto, al fin enseñé a leer tocaba muy bien la guitarra y ese iba a darme fiesta con todos, en las noches. Alguna vez que le besé la cara y el cuello a un alumno huérfano y sordo que tenía, los demás se sintieron ofendidos y fueron más allá a lavarse porque había unos tres que se echaban agua florida. Yo les daba la clase en el cuarto de comer en torno de una mesa. Tenía yo de dieciocho a diecinueve años. Nunca les vi una falta de delicadeza o de pudor ni les vi un mal chiste lo cual es raro en un pueblo tan picante como el nuestro. El bello criterio escolar iba a suprimir la escuela por su poca asistencia diurna y sin tomar en cuenta para nada esta escuela nocturna que para mí resultaba tan válida.

Entonces me fui a Cerrillos en el Departamento de Ovalle. Mis biografías no han anotado nunca este nombre. Allí sí tuve soledad y soledades y mi madre muy delicada de salud no pudo estar conmigo; pese a las lenguas de fuego mi madre no pudo vivir conmigo en mis años de trabajo escolar porque su cuerpo sólo se avenía con el clima de La Serena. Lo ensayó varias veces en vano. Mi hermana le dio su compañía y yo su sustento.

Cuando jubilé me fui en seguida con ella a La Serena para quedar con ella hasta su postrimería. Renuncié al cargo que me ofreció Ginebra con este fin y el Ministro don Jorge Matte me obligó a irme cuando Ginebra no aceptó la designación de Pedro Prado que yo indiqué sin consultarlo al interesado. Yo había tenido en Santiago unos meses antes una extraña visita nocturna de la policía a mi casa de la población Huemul durante mi ausencia y el robo de mis archivadores de cartas cuando visitaba a algunas personas de la oposición, como don Manuel Rivas Vicuña, el diligente policía hacía seguir estos dos hechos, que constató en varias ocasiones mi vecino don Luis Popalaire más otros menos visibles hicieron que mi propia viejecita y mi hermana me aconsejasen aceptar el nombramiento de Ginebra e irme de Chile.

Cuento lo anterior en respuesta a la maledicencia de cierta potencia pedagógica sobre mi condición de mala hija que no vivió con los suyos.

Volvamos atrás cuando yo fui echada del Liceo de La Serena mi madre y mi hermana pensaron en sacrificarme en bien mío y hacerme regresar a la Escuela Normal pues las tres habíamos visto claramente que yo no haría carrera en la enseñanza a menos de conseguir la papeleta consabida, que las gentes llaman título, palabra que quiere decir «nombre» pero que no nombra nada.

Yo acepté e hicimos el triple esfuerzo de preparar exámenes, de obtener la fianza del caso, y de comprar el equipo de ropa. El día que mi madre fue a dejarme a la Escuela Normal la subdirectora, una gruesa señora; nos recibió en la puerta y sin oírnos y sin dar explicación alguna que le valiese y me valiese me declaró que yo no había sido admitida. Pedimos hablar con la directora y la obesa señora lo rehusó porque la directora era una norteamericana que no hablaba español. En esto la subdirectora no mentía, el ministerio contrataba para sus criollos algunos profesores que ignoraban la lengua. En mis andanzas por el mundo recibí una vez una invitación a su casa de esta pedagoga yanqui es lástima que no tuviese tiempo de ir para conocer a la buena mujer que me echó de la Normal chilena sin saber por qué y sin haberme visto. Pasaron muchos años y cual fatalismo del mestizo yo no averigüé por qué había sido eliminada. Cuando era profesora de Los Andes unos ocho o diez años después, recibí la versión que dio a mi jefe de mi rechazo aquella subdirectora estupenda. Ella contó a doña Fidelia Valdés que en consejo de profesores de la Normal de La Serena el capellán y profesor don Luis Ignacio Munizaga, había exigido al personal que por solidaridad con él se me eliminase pues yo escribía unas composiciones paganas y podría volverme en caudillo de las alumnas. El ilustre sacerdote (que más tarde será un hombre bastante desgraciado) fue bien lúcido cuando dijo que yo era una pagana. Todo poeta, cualquier poeta es eso o no es cosa alguna. Puede ser un cristiano de aspiración y puede ser un místico si tiene una corporalidad pobre o si va para viejo -a los dieciocho años- era mi edad no es sino un pagano. Cuento el incidente para decir a mis compatriotas que no me quedé sin Escuela Normal por fuerza no por gusto y gana; la vieja chilenidad me la quitó me dejó sin ella, me la quitó a pesar de lo dadivosa que he sido para dársela a unas tres mil mujeres más o menos.

La pérdida hoy no me duele; pero todos los maestros y los profesores que me negarían la sal y el agua en los veinte años de mi magisterio chileno y a los que tengo contados en otra parte, saben muy bien de cuánto me costó vivir una carrera docente sin la papeleta, el cartel y la rúbrica aquella.

La razón que Ud. da para mi salida del liceo no fue sino una de sus causas menores.

Este incidente de la matrícula está muy exagerado, yo no recibí sino muy pocas niñas pobrecitas porque eran poquísimas las que se atrevían a llegar a un liceo hecho y mantenido para la clase pudiente.

Pude matricular a éstas, gracias a una estratagema: la directora me había ordenado aceptar a las que llevasen una carta de recomendación de los miembros de la junta de vigilancia del colegio y siempre que se tratara de buena familia cuando las muchachas me parecían buenas alumnas por su certificado, yo pedía esa famosa carta al Sr. Marcial Ribera Alcayaga, miembro de la unta y pariente de mi madre. Esta fue toda mi malicia y la directora no pudo echar a las candidatas recibidas semioficialmente.

En la semana anterior a mi renuncia la directora que tanto dudaba de que yo me suicidase, poniendo aquella firma en mi propia dimisión, ordenó a su personal que no me dirigiese la palabra. Nos reuníamos sólo a la hora de almuerzo y a excepción hecha de doña Fidelia Valdés mis colegas cumplieron celosamente la orden, tanto, que no me respondían cuando yo les hablaba entre plato y plato. En Chile por aquellos años el extranjero tenía apabullado al nacional y éste vivía en muchas reparticiones públicas servilismo tristísimo.

Cara M. Rosa, le digo con la franqueza ruda con que hablo a los propios, que me cuesta un mundo entrar en un comentario amoroso de mí misma. A pesar de la publicidad cruda y no poco repugnante a que han llegado los biógrafos respecto de los escritores, nunca entenderé y nunca aceptaré que no se nos deje a nosotros, lo mismo que a todo ser humano, el derecho a guardar de nuestros amores cuando nos hemos puesto y que por alguna razón no dejamos allí razones de pudor, que tanto cuentan para la mujer como para el hombre. Pero se han hecho disparates tan descomunales a este respecto, que esta vez tengo que hablar y no por mí sino por la honra de un hombre muerto.

Romelio Ureta no era nada parecido, ni siquiera era próximo a un tunante cuando yo le conocí. Nos encontramos en la aldea de El Molle cuando yo tenía sólo catorce años y él dieciocho. Era un mozo nada optimista ni ligero y menos un joven de zandungas había en él mucha compostura, hasta cierta gravedad de carácter bastante decoro. Por tener decoro se mató nos comprometimos a esa edad. Él no podía casarse conmigo contando con un sueldo tan pequeño como el que tenía y se fue a trabajar unas minas no recuerdo donde. Volvió después de una ausencia larga y me pidió cuentas a propósito de murmuraciones tontas que le habían llegado sobre algún devaneo mío. Yo vivía desde que él se fue con mi vida puesta en él, no me defendí la mitad por aquella timidez que me dejó muda aceptando mi culpa en la escuela de Vicuña y la mitad creo que la otra mitad por esa excesiva dignidad que me han llamado soberbia muchas veces. La queja me pareció tan injusta que pensé entonces, como pienso hoy mismo que no debía responderse y menos hacer una defensa. Por eso rompimos y las novelerías necias tejidas en torno de este punto no son sino cosa de charlatanes. Este hombre siguió su vida y era natural que la viviese como casi todos los hombres chilenos que no sobresalen en la temperancia. Iba a casarse y llevaba a la vez una conducta ligera que no había sido nunca la suya; se divertía demasiado y su novia parece que no lograba retenerlo.

Mucho después de unos cinco años de separación nuestra yo lo encontré casualmente en Coquimbo; hablamos bastante tiempo; negó la noticia de su matrimonio y nos despedimos reconciliados casi sin palabras, tan cordiales como antes y con la impresión de un vínculo reanimado y definitivo. Cuantos lo han denigrado, hablando de un robo común y hasta de una estafa, no han dicho que su hermano, que era casi su padre; pues lo había criado por ser ambos huérfanos era en ese tiempo el jefe de los ferrocarriles en su zona a cualquiera podría ocurrírsele que Romelio Ureta cogió aquel dinero pensando en restituirlo de inmediato o contando con que su hermano, ausente por unos días se lo prestaría. Este señor era persona de situación holgada y lo quería mucho. No creo que nadie piense en arruinar su carrera por la suma infeliz que él cogió de una repartición fiscal. Parece que vino un arqueo impensado de caja: el hermano andaba en Ovalle o en otro punto de la provincia y no pudieron comunicarse de ningún modo. Romelio Ureta era hombre tan pundonoroso como para matarse, antes de sufrir vivo una vergüenza. A esta altura del tiempo y de la costumbre funcionaria, el hecho no se entiende, pues la probidad escasea más que la moneda de oro. Yo lo comprendo de haberle conocido a él y al viejo Chile. Doy cuantiosos detalles porque me irrita que se remuevan los huesos de un muerto con una falta tal de inteligencia y de consideración, más que eso me indigna el que por escribir una gacetilla sobre mí -no es el caso suyo- y por cobrarla en un periódico y también por alimentar la glotonería del público se revuelva una sepultura.

Han creado un semblante enteramente falso con la pretensión de demostrarme solidaridad o con la ocurrencia de defenderme, yo no he sido una víctima de él en ningún aspecto; todos los seres somos cual más cual menos, víctimas de nuestro temperamento nací como otros con una capacidad exacerbada para el sufrimiento y tal vez sin ninguna tragedia en mi vida habría padecido lo mismo según el caso de Leopardi y de otros.

Me repugna por otra parte lo cinematográfico aplicado a los vivos, después que me muera, ya pueden hacer su gusto los noveleros a toda su anchura; pero como estoy viva tengo el derecho mínimo de lavar un nombre querido. He callado bastante a este respecto porque soy harto rica de silencio. Mi paciencia se ha ido gastando y esta vez quiero hablar, por tratarse de una crónica escrita por una mujer y que debe salir limpia de un error tan grave sobre un hombre que se allega a la calumnia. Usted, estoy segura, estará muy contenta de que su compañera cuida de la honradez de su trabajo.

viernes, 19 de mayo de 2023

La señorita Luisa y su curso de 12 mil habitantes


Luisa Tamayo estudió en las extintas Escuelas Normalistas y dejó su Santiago natal para enseñar a leer en la escuela rural de Codegua, un pueblo que no aparecía en el mapa y de donde llegó a ser regidora. Después del ‘73, fue perseguida por militante y educadora. Luisa se salvó de la dictadura; la educación no.

Luisa Tamayo (78) hace clases en el mismo pueblo desde los años 50. Donde quiera que va, la saludan con un “¡Señorita Luisa! ¿Se acuerda de mí? Yo fui alumno suyo”. En 1976 esa anécdota llegó al extremo. Dormía con su marido y la puerta sonó con golpes fuertes. Eran los militares. Con la vista vendada y junto a otros secuestrados, los llevaron a un terreno baldío. Los golpearon y les aplicaron electricidad. “Me preguntaban cosas, de mi marido, de mí. Fue terrible. Me aplicaron corriente en las manos. Me hacían tomar unos alambres con corriente y yo los soltaba altiro y el militar me retaba qué se imagina, tómelos de nuevo. Entonces yo le digo ¿por qué me trata tan mal si usted no me conoce? Y él me dice, no te vengas a hacer la linda, porque yo te conozco. Y cuando habla, yo le conozco la voz. Ése había sido alumno mío”.

Luisa ha dedicado más de 50 de sus 78 años a enseñar a leer a los estudiantes de Codegua, un pueblo chico y algo olvidado en la Sexta Región. Con sus 12 mil habitantes, no destaca por sus méritos escolares. Es la única escuela pública para varones en Codegua y Luisa Tamayo se esmeraba para que estos pequeños aprendieran cosas que sus padres campesinos nunca pudieron.

Luisa se formó en las ya extintas Escuelas Normalistas, que poseían un método de formación de profesores cuyos ejes están vigentes en países como Finlandia: una profunda vocación de ingreso, complementada con clases teóricas y prácticas desde los primeros años de formación. En la Escuela Normal de Luisa, la pedagogía se impartía en seis años a jornada completa, con práctica observada desde el primer nivel. Era educación pública, gratuita y de calidad, en palabras de Luisa, características que hoy ella ya no reconoce en Chile.

Aunque está jubilada, en el 2012 la invitaron a nivelar a niños de primero a sexto año que no sabían leer. Como profesora especializada en alfabetización, que incluso desarrolló su propio silabario, la situación era terrible y ejemplificadora de las carencias de un modelo educativo que progresivamente se ha instalado en las aulas chilenas. Los profesores, piensa ella, no enseñan porque en realidad ellos mismos reciben una pésima formación. Para Luisa, giros como la municipalización, el lucro y el cierre de las Escuelas Normalistas en pos de que cualquier institución pueda impartir la pedagogía, han mermado el sistema educativo, lo que se puede reconocer en un gesto tan sencillo como que niños de diez años no tengan idea de cómo se hace una letra manuscrita.

Como buena profesora, Luisa no es adinerada. Nunca lo ha sido, sus padres también fueron profesores. En su casa de niña en Santiago Centro, se comía lo que había y siempre se hablaba de política, de arte, y de educación. Su niñez la pasó dibujando y jugando a ser profesora con su hermana gemela, Odilia. Fueron nueve hermanos en total y la necesidad obligó a la mamá de Luisa a dejar de trabajar y convertir su casa en un colegio de nueve alumnos. De los nueve hermanos, siete se convirtieron en profesores.

Luisa entró a la Escuela Normal de Recoleta con su gemela. Egresó a los 21 años y le costó encontrar trabajo. “Un día me encontré con una profesora de la Escuela Normal y me dice, mijita, ¿todavía no empiezas a trabajar? No, le respondo, es que no he encontrado dónde. Me ofrecen algo en Codegua, pero no sé dónde queda, no he podido encontrarlo en el mapa. Y ella se larga a reír y me dice, pero si yo soy de Codegua, mijita”.

PUEBLO CHICO


Era el año 58 y Luisa se instaló en una pensión. Quería tener un perfil bajo, no quería pololear ni hacer vida social, quería dedicarse a enseñar. No había pasado un año y la profesora ya estaba involucrada en la formación de centros culturales y en una escuela para alfabetizar a los apoderados de su colegio. Pero pueblo chico, infierno grande, Luisa encontró su primer enemigo: un latifundista que no veía con buenos ojos que sus peones aprendieran a leer. Entonces trató de sacarla del camino de diferentes formas.

-Yo no sabía, pero incluso le pagó a jóvenes para que me sedujeran, porque en esa época, si una no estaba casada y se embarazaba, perdía el trabajo- recuerda Luisa.

Entre los muchos jóvenes que se le acercaron, la abordó Ismael Mena, huaso de campo, siete años menor que ella y que no terminó el colegio. “Yo sé que usted no quiere pololear, por eso yo me quiero casar con usted”, le dijo. Después de cortejarla por un tiempo, comenzaron a pololear y en menos de un año Luisa e Ismael se casaron. Tuvieron tres hijos y un matrimonio que duró hasta la muerte de Ismael, hace un par de años. Sin sospecharlo, la honesta admiración y afición de Ismael por Luisa sacó del camino a los huasos que perseguían a la profesora por la plata del latifundista.

En sus más de 40 años de casados, se apoyaron mutuamente. Luisa le enseñaba y celebraba la naturaleza inquieta de Ismael, que reparaba la casa y aprendía oficios con facilidad. Él la estimuló siempre, incluso cuando Luisa, durante la primera campaña presidencial de Allende, dejó atrás su hermetismo político y se lanzó como regidora de Codegua. Fue electa con la primera mayoría y desde entonces no sólo estuvo a cargo de enseñar a leer en la escuela pública, ahora estaba dentro del grupo que podía decidir sobre cuestiones más profundas. Se pavimentaron calles, se creó alumbrado público y se propuso la iniciativa que más la enorgullece: promover que Codegua se separara de Graneros y fuera una comuna independiente. El año 70 fue reelecta. El dueño del fundo se indignó todavía más. “Este pueblo se volvió puro comunismo”, dijo antes de abandonar el pueblo para siempre.

Ésa era la Luisa de 1973, profesora de escuela pública, regidora por el partido comunista y con fama de preocuparse por Codegua. Aunque el latifundista nunca más la molestó, en el año del golpe aparecieron nuevos problemas en su vida.

El mismo año 73 detuvieron a Ismael. Ella, por miedo a represalias mayores, prefirió entregarse. Dejó a sus hijos con su suegra e ingresó a una prisión custodiada por monjas en Rancagua. Como eran convictas políticas y no comunes, la relación con las monjas era más horizontal y menos violenta. “A los tres meses me dijeron que me iban a liberar. Me llevaron a la intendencia y estuve allí por horas, sin comer y con un milico haciéndome burla porque no aparecían mis papeles, lo que significaba que yo iba a desaparecer. Buscaron por horas y finalmente llega el milico y me dice, Señora Luisa, sus papeles no aparecen, pero le vamos a dar la libertad por una sola razón: sabemos de muy buena fuente que usted está embarazada. Pero la embarazada, en realidad, era mi hermana gemela”. Ese futuro sobrino, sin saberlo, salvó a Luisa de la desaparición.

Luisa bajó el perfil, pero la dictadura encontró nuevas formas de hacerse presente. “Después de salir de la cárcel, también me sacaron de la escuela. Tomaron a un profesor que trabajaba en una escuela particular y le dieron a él mi lugar en la escuela pública. Fue tan humillante. Tenía que ir a pie al colegio privado, ocho kilómetros de ida y ocho de vuelta, todos los días durante seis años. Menos mal que era buena para caminar”.

Mientras Luisa padecía la dictadura en lo cotidiano, Pinochet tomaba decisiones que repercutían a nivel nacional. La municipalización, que profundiza la brecha entre colegios de comunas ricas y pobres; el incentivo a la privatización de la educación superior, que tiene como consecuencia una enorme cantidad de universitarios endeudados, entre otros antecedentes, que explotaron en las demandas estudiantiles de 2006 y 2011.

Los años en que Luisa enseñó a leer a los hijos de los peones en la escuela pública de Codegua coinciden con el período en que los gobiernos chilenos tuvieron una política de Estado cuya meta era la alfabetización de las clases más pobres del país. Luisa recuerda: “siempre trabajé con cursos numerosos, con muy buenos resultados. La prueba está en que muchos de los niños que yo enseñé siguieron en la universidad. Ahora no se conocen niños que sigan estudiando acá en Codegua. No hay”. Hoy, Luisa y el modelo educativo que la formó están jubilados. Ella lo hizo voluntariamente; con la educación, en cambio, fue una cuestión forzosa.

The Clinic, 24 de Junio de 2014

El colombiano que ama locamente a Chile


César Dionisio es fanático de Chile. Es colombiano, pero desde chico que vive como chileno exiliado en su propio país. Su pasión empezó en el colegio, cuando le enseñaron historia de Latinoamérica y la de Chile -ésa que quieren cambiar en los libros- le pareció tan interesante como la Roma de Augusto. Desde entonces que soñó con viajar y conocer el Chile de Pinochet.


“Leí en ciencias sociales lo que pasó entre el 73 y el 90 y me llamó demasiado la atención, los desaparecidos, la economía, la política, la gente organizada para resistir”. En esa historia, César se identificó con los perdedores del golpe. Porque siempre, no importa la disciplina o el país, César apoya al equipo que juega de rojo. También en el fútbol. “A mis diez años, cuando veía partidos en la tele, siempre apoyaba a Chile. Cuando ganaban, era feliz; cuando perdían, lo que era la mayoría del tiempo, sufría”.

En años sin Google, César leía diarios colombianos buscando a jugadores chilenos. Así supo que muchos cambiaban su camiseta roja por la blanca de Colo Colo. “De a poco entendí la rivalidad con los otros equipos y le agarré fobia al azul. Cuando salía a jugar a la pelota, mis amiguitos decían ‘yo soy de Nacional’, ‘yo de Millonarios’, ‘yo de América’ y yo decía que era del Colo Colo de Chile. Era raro, sin haberlos visto jamás en vivo, yo vivía como un niño chileno de once años, pero desde lejos”.

“POR FIN ME COMÍ UN COMPLETO”


La banda sonora del exilio de César la protagonizan Los Prisioneros. Los conoció a los cinco años, por un casete que había en su casa. A los 18 se encontró con Víctor Jara y Violeta Parra, a los 20 con Inti Illimani e Illapu. “Yo pensaba qué bacán la música, qué letra tan social, qué buena onda, y luego descubrí que muchas de esas canciones venían de Chile. Como que todos los caminos me guiaban allá”.

César quería estar en Chile, pero no tenía plata para viajar. Su consuelo era leer el papel digital de La Tercera todas las mañanas, ver a Los Prisioneros cuando estuvieron en Bogotá el 2002 o ir a La Fuente Chilena, el asilo gastronómico de los chilenos en Colombia. Allí ahogaba sus penas en chicha, con sus amigos chilenos que lo hacían sentir más cerca de su patria adoptiva. Allí también conoció a Eugenio, un chileno que tenía un grupito folclórico del que César fue el vocalista por casi un año. Con chupalla y poncho, al ritmo de “Chile, Chile lindo”, cantaba en eventos importantes, incluso una vez se presentaron ante el canciller chileno en Colombia. La alianza musical terminó por un cahuín de platas que incluía a la mamá de Eugenio y una demanda por pensión alimenticia. Un final bien a la chilena.

En el mapa metafísico de César, todas las rutas desembocan en Chile. No importa lo que haga, Chile se le aparece. En el 2005 recibió la señal definitiva. Su tía, que también vivía en Bogotá, se fue a vivir a Viña del Mar. “Junté plata y me fui. Llegué el 26 de diciembre, fue el mejor regalo de navidad de mi vida y el clímax de esta especie de película que ha sido mi camino a Chile… Cuando subí al avión, la musicalización de esa escena era Tren al Sur de Los Prisioneros: no ves que estoy contento, no ves que voy feliz, viajando en este… avión”, cuenta.

Una vez en Chile, el chileno exiliado le dio paso al colombiano turista: estuvo en el Reloj de Flores, posó frente a Salvador Allende en La Moneda y se tomó fotos en el Metro. “Hice lo típico y por fin me comí un completo. Después fui a La Victoria y a la tumba de Víctor Jara, que para un turista normal no tiene ningún atractivo, pero para mí fue increíble porque sé lo que significan. Incluso cada 16 de septiembre pongo una foto de Jara en mi perfil para homenajearlo”.

Con techo donde llegar, viajar fue más fácil. Volvió en el 2009, con pasaporte colombiano pero con más calle chilena. Ya no le cobraban de más en los taxis porque le hablaba a los choferes como chileno y andaba por las calles capitalinas usando su polera de Colo Colo. De ese viaje, se trajo su recuerdo favorito: la serie Los ‘80. “Le dije a mi familia que teníamos que verla y ahora están súper metidos, dicen ‘ay, qué va a pasar en el próximo capítulo’. Además nos parecemos a ellos, también somos tres hijos y mi hermano chico es como Félix, es muy divertido, porque en el capítulo del bigote, a mi hermano también se le estaba notando. Y ahora le decimos, ‘buena, Félix’”.

“Y VA A CAER”

En Los ‘80 César vio escenas de marchas y movilizaciones, que compara con las que hubo durante el 2011. “Cuando veo a los estudiantes, pienso en Los ‘80, en esas escenas de organización social reclamando la democracia. Que nuevamente cientos de miles se movilicen, ahora por una mejor educación y calidad de vida, es bonito e inspirador. Acá en Colombia también hubo un pequeño movimiento estudiantil, en sus marchas izaban banderas chilenas, reconociendo la motivación que ustedes les entregan”.

César conoce a los protagonistas del conflicto y aunque Adimark no lo considera en sus encuestas, opina igual que el 70% de los chilenos que desaprueban al presidente. “Me carga Piñera, escucharlo ya es una experiencia desagradable, por su discurso neoliberal y xenófobo y por esa arrogancia típica de la derecha chilena. Se cumple la ley de que entre más inapropiada es una persona para desempeñar un cargo, más se sostiene. Lo digo también por Hinzpeter y Labbé. Es espantoso que gente así esté gobernando”.

Comprometido con las demandas estudiantiles, viajó de nuevo a Chile para marchar durante el período más candente del movimiento. “Los resultados me van a beneficiar, porque si tengo un hijo chileno quiero que tenga educación gratuita y de calidad”. Por eso gritó “y va caer, y va caer la educación de Pinochet”, aguantó lacrimógenas y corrió por su vida.

¿Qué piensa tu familia de tu fanatismo chileno?
-Lo único que les preocupa es que los pasajes de avión son muy caros. Aunque igual aprenden porque les enseño sobre la idiosincrasia de los chilenos. De hecho, a veces sé más que los chilenos de su propio país. Para las presidenciales, yo sabía más de MEO, Arrate y Piñera que mi tía que vive en Chile. Como que ella no estaba ni ahí, se dedicaba al trabajo, a su hija y a comprar su marraqueta.

¿Y si te vienes a Chile para siempre?
-Sí, me gustaría, pero no tengo prisa. Primero tengo que terminar mi carrera, tengo 26 años y llevo nueve estudiando derecho. Después saldría de Colombia. Igual quiero seguir estudiando, no sé si en Europa o Brasil, pero me tinca Chile porque tendría harto terreno ganado. El problema es que cuesta mucha plata, eso sí que lo sé, que allá en Chile la educación no es gratis.

The Clinic, 2 de Abril de 2012

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Las enseñanzas del kimche: Una historia sobre educación intercultural, por Arelis Uribe


En los colegios públicos de La Araucanía, más de la mitad de los estudiantes son mapuche. Sin embargo, pocos establecimientos se hacen cargo de esa diversidad cultural. El kimche –o sabio– Hernán Marinao trabaja en un liceo de Puerto Saavedra y al repasar su biografía, cuenta cómo, luego de décadas, recién comienza a buscarse en serio la interculturalidad: el equilibrio entre la sociedad winka y el mundo mapuche.

“Mi nombre es Hernán Marinao. Originalmente, mi apellido es “Mari Nawel”. Mari significa diez. Nawel, jaguar. Yo soy diez jaguares, pero como estoy reconocido por un solo apellido, soy Marinao Marinao. Entonces, soy veinte jaguares.

Nací en el año 78, en la costa de la novena región. Con mis ocho hermanos vivíamos en la ruka que construyó mi abuelo. La ruka fue la casa donde vivió, durmió y guardó los cereales. En esa ruka yo me crié.

Crecí con apego a mi abuela. Gracias a ella, mi primera lengua es el mapudungun. Mi abuela me enseñó cómo comportarme en una ruka, cuáles son las oraciones, cuándo ir a buscar el agua al pozo, cómo cocinar la papa asada en el rescoldo. Cada día, nos preguntaba: ¿qué hiciste hoy, tuviste respeto con la naturaleza? Siempre en una conversación, de esa forma aprende nuestra gente.

A los ocho años, entré a la escuela. Yo sentía que no necesitaba ir a la escuela porque ya sabía todo lo que me había enseñado mi abuela. Caminaba siete kilómetros todos los días. Veía el amanecer, los pájaros, el bosque. En la escuela me confundí, porque me enseñaban a escribir y podía jugar con otros niños, pero también me prohibían hablar mapudungun. La enseñanza media la estudié en el Liceo Reino de Suecia, en ese tiempo, Liceo C-19, de Puerto Saavedra. Ahí no me prohibían hablar mapudungun, pero tampoco enseñaban la cultura mapuche. Entonces yo trataba de mostrarla. Armé un grupo con mis compañeros y hacíamos danza para los actos del colegio. Así, sin darme cuenta, terminé cuarto medio y me fui a la universidad.

En la Universidad Católica de Temuco descubrí la diversidad de las personas y de la educación. Me encontré con compañeros mapuche y conversábamos en mapudungun. Estábamos en un programa de ingreso especial para estudiar pedagogía intercultural. La condición era aprobar cuatro ramos. A mí jamás me gustó matemática, y lo reprobé. Justo cuando me di cuenta de que la educación era importante no pude continuar.

Era el año 2000, volví a mi comunidad, pensando en trabajar en el campo. Le conté a una profesora del Liceo de Saavedra que había quedado fuera de la carrera. Ella había observado que yo era destacado por promover la cultura mapuche en el colegio. Me dijo: necesito un inspector, además te ofrezco la misión de representar el tema mapuche en el liceo. Fue bonito. Formé un grupo y enseñé a los estudiantes la danza del choique o ñandú. Ensayábamos después de clases y se sumaban otros chicos. Nos presentábamos en los actos del colegio. Lo mantuvimos durante cinco años, hasta que la profesora se fue del liceo. Ahí sentí un vacío. Alrededor del noventa por ciento de nuestros estudiantes son mapuche y vienen al colegio y su mundo no está. A veces necesitan manifestarse de su cultura y no hay nadie para enseñarles. Están como enjaulados, sin saber dónde ir.

El año pasado hubo personas que se dieron cuenta de esto y armaron un proyecto para que el Liceo Reino de Suecia sea intercultural. La comunidad educativa dijo, ¿quién podría apoyar? Yo estaba en un rinconcito y alguien me señaló: él puede ser. Por mis conocimientos, me nombraron kimche o sabio del colegio. Entonces empezamos a experimentar. Es complejo definir qué es lo intercultural, pero siento que es ser como yo. Yo cuido mi cultura y aprendo de la otra. Hoy no existe ese equilibrio. En la educación tradicional, la sociedad chilena es absorbente e imponente, y no acepta la cultura mapuche.

Después, en el colegio se preguntaron, “¿cómo manifestamos lo intercultural?”. Ahí surgió la idea de la ruka. “¿Y quién va a construir la ruka?”, dijeron. Entonces me miraron, “¿tú sabes armar una ruka?”. Sí, contesté. “¿Y cómo aprendiste?”. Aprendí cuando niño, ayudando a levantar ruka a otras personas. “¿Podrías construirla tú?”. Sí, puedo. “¿Y necesitas un plano?”. No. Está todo aquí, en mi cabeza.

Desde los 15 años que no fabricaba una ruka. Me fui al tiempo en que ayudaba en las construcciones y me acordé muy bien. Caminé por el patio del liceo y empecé a evaluar las dimensiones, la cantidad de palos, de varillas. Me salieron exactas las medidas. Ya está, dije, empecemos.

Primero, se entierran en círculo los troncos de temo, una madera que vive en el fango y resiste la humedad. Los pilares que sostienen el techo son de ciprés –antiguamente se usaba boldo– una madera bastante dura. Las varillas son de eucalipto. Después viene el tejido de totora, sujetado con una enredadera. Todos los materiales los encontramos en la tierra de las comunidades.

Trabajamos rápido, para que no nos encontrara el invierno. De hecho, tocaron dos aguaceros antes de construir. Me sentía como un gran ingeniero al que se le viene abajo su edificación. Rogué siempre a nuestro gran poder y en un mes y tres semanas logramos levantar esta ruka, que tiene quince metros de largo por seis de ancho.

Convocamos a todo el colegio para que participara, porque estábamos construyendo nuestra casa. Los niños chicos eran los más alegres. Tocaban la madera, me venían a ayudar. Vieron cómo nace una ruka desde el inicio, igual como yo cuando era niño.

Al terminar la ruka, empezaron a llegar los estudiantes. Los atendí, con un fogón, un mate y un tukún, una conversación. Les dije: las dos cosas fundamentales para vivir la ruka son el ekún, el respeto, por las cosas, las personas y uno mismo; y el alkutún, el poder de escuchar. Otra cosa –les expliqué– aquí, cuando toca el timbre del recreo, no se corre para salir. Toca el timbre, termina nuestra conversación y el que está al lado mío pasa a despedirse de mano, uno por uno, como mapuche, diciendo peukallal, adiós.

Con la ruka lista, celebramos masivamente el Wetripantu, el regreso del sol o año nuevo. Llegaron todas las comunidades de alrededor y muchos invitados. También las machis y los lonkos, las autoridades políticas y religiosas del pueblo mapuche. Me puso muy contento que nuestros estudiantes vieran una verdadera ceremonia mapuche en su escuela. Días antes, vino el lonko más antiguo a conversar conmigo, me dijo: necesito que usted sea el lonko en la ceremonia y en el colegio. Es un enorme orgullo, no le pude decir que no. El lonko es el jefe de una comunidad, quien dirige a las machis en las ceremonias. A lo mejor aquí en el colegio no se ve como importante, pero en mi cultura sí. Es una gran responsabilidad, un honor. Ahora, para mi pueblo, yo soy el jefe de esta comunidad educativa, yo soy el lonko.

Como constructor de la ruka, hoy siento que he cumplido y debo entregarla. Quedará a cargo de los directivos del liceo, ellos enfocarán cómo la van a utilizar. Si me invitan a seguir participando, lo voy a hacer. Lo que me interesa es que se cumpla el objetivo: lograr que aquí se enseñe mi cultura, tal como a mí me la enseñó mi abuela”.

https://www.eldesconcierto.cl/nacional/2016/03/28/las-ensenanzas-del-kimche-una-historia-sobre-educacion-intercultural.html

viernes, 8 de julio de 2022

Cuanto mayor es la belleza, más profunda es la mancha, by Gabriela Wiener

Serguéi Pankéyev está llorando por primera vez delante de su médico. Su nariz crece y enrojece violentamente con los espasmos del llanto. Es muy simple, para él su nariz es como un montón de lobos blancos que lo miran estáticos desde el árbol que está frente a su ventana. Sigmund Freud se peina la barba mientras Pankéyev, entre sollozos, vuelve a mencionar su nariz, el oscuro y deforme centro de su rostro. Hoy no espera profundizar en la visión de su padre penetrando salvajemente a su madre, no quiere saber nada más acerca de la vez en que su hermana se bajó el calzón y le dijo «come de aquí» o de todo lo que soñó hacerle a su institutriz inglesa antes de que ésta lo descubriera mirándola y lo amenazara con cortarle un trozo del pene. Serguéi sólo quiere que los lobos quietos y blancos, posados como palomas en las ramas, desaparezcan, pero éstos se empeñan en gritarle que es como una maldita foto de Cindy Sherman, que su cara es el circo de la mujer gallina y su nariz, sobre todo su nariz, un zurullo; pobre ruso adinerado.

Sufro trastorno dismórfico corporal, la misma enfermedad que sufría Pankéyev y que en vano trató de curar Freud. Como el aristócrata ruso, me preocupo obsesivamente por algo que considero un defecto en mis características físicas. Lo más perturbador de una enfermedad así es que ese defecto puede ser real o imaginario. No está claro quién o qué determina lo que es evidencia o producto de la fabulación. Es algo así como si entre los monstruos de nuestras pesadillas, en medio de los niños de dos caras, de los bebés que nacen con sus hermanos en el vientre y los gatos con seis patas, estuvieras tú.

El mal existe, como la deformidad y la putrefacción. Nadie podrá despreciarme mejor que yo. Ésa es mi conquista.

La voz interior es siempre un recuento de catástrofes y barroquismos: mis dientes torcidos, mis rodillas negras, mis brazos gordos, mis pechos caídos, mis ojos pequeños clavados en dos bolsas de ojeras negras, mi nariz brillante y granujienta, mis pelos negros de bruja, mis gafas, mi incipiente joroba y mi incipiente papada, mis cicatrices, mis axilas peludas y abultadas, mi piel manchada, pecosa y lunareja, mis pequeñas manos negras con las uñas carcomidas, mi falta de cintura y curvas traseras, mi culo plano, mis cinco kilos de sobrepeso, los pelos hirsutos de mi pubis, el pelo de mi ano, los pezones grandes y marrones, mi abdomen descolgado y estriado. El tono de mi voz, mi aliento, el olor de mi vagina, mi sangre, mi fetidez. Y aún me falta hacerme vieja. Y descomponerme.

En una época me dibujaba, construía collages con fotografías recortadas, unía partes de mi imperfecto cuerpo con recortes de cuerpos de modelos increíbles. En uno de mis autorretratos tengo un rubí en el pezón y mi cuerpo es el de una heroína de cómic erótico de los setenta. Soy una muñeca recortable y tricéfala a la que le he cortado el cuerpo y le he dejado los vestidos.

Todos los acomplejados somos unos formalistas. Nietzsche lo dijo así: «El hombre se mira en el espejo de las cosas, considera bello todo lo que le devuelve su imagen. Lo feo se entiende como señal y síntoma de degeneración». Por lo general se da por descontado que en el mundo hay feos, pero las personas no se imaginan que pueden estar en ese grupo. En el peor de los casos es cuestión de gustos o de puntos de vista, o la belleza es subjetiva o depende de la época o de lo que entienda la cultura occidental. Nadie quiere ser simpático. Ninguna mujer quiere ser sólo agradable. Hay pocas cosas tan en desuso como la belleza interior. Algunas veces me he aplicado al ejercicio de juzgar estéticamente a otros como una gran entendida. Todos sabemos que para la gente realmente hermosa éste no es un tema de conversación —los guapos de verdad ni se dan cuenta de lo guapos que son—, pero para la gente fea tampoco, para ellos no es un tema: es el único tema. De hecho, alguien que no habla del físico de los demás, aunque no sea una persona guapa, sólo por la abstención ya puede considerarse un poco guapo. En cambio, a alguien regular, e incluso a alguien semiguapo, lo afea bastante hablar de la belleza o la fealdad de los otros. portada Weiner

¿Estoy loca? Creo que poca gente se siente atraída por mí a primera vista, tan poca que cuando ocurre me sorprende, y esto puede ser muy molesto en un mundo donde casi la mitad de la población tiene una anécdota acerca de un amor fulminante. Y claro, cuando me conocen sí, ven mis cualidades, también físicas, como mis pechos grandes, mi cabellera negra y brillante, mis boca pequeña y dibujada con ese punto de exotismo e indefensión; sobre todo desnuda parezco una nativa amazónica recién capturada, eso da morbo, morbo colonial, sí, eso dicen mis amantes o mis amigos, que a veces son genios feos: considero que si mis amantes o mis amigos son feos, también es un problema mío, me afean más. Me pasa lo mismo con lo que escribo. Lo que escribo siempre me afea. No hablaré aquí del odio que le tengo a las escritoras que además de escribir bien son portentos femeninos. Tengo a una enterrada en mi jardín. La belleza mata. Para Bataille, desear la belleza es ensuciarla, «no por ella misma, sino por la alegría que se saborea en la certeza de profanarla. […] Cuanto mayor es la belleza, más profunda es la mancha».

Umberto Eco, un feo clarísimo, en su Historia de la fealdad citaba a Marco Aurelio —apodado «el sabio» y no «el hermoso»— para certificar la belleza de lo imperfecto, «como las grietas en la corteza del pan». Otra que se consideraba fea era Alejandra Pizarnik, la poeta argentina suicida. Pizarnik escribió: «Te deseas otra. La otra que eres se desea otra». Es la frase que escogí para que me defina en Facebook. Nunca unas palabras (sacadas de su contexto) me habían explicado mejor.

Amar a un hombre bello y, lo que es peor, ser amada por uno, no es exclusivo de las mujeres bellas. En la película Pasión de amor del director Ettore Scola, un apuesto capitán del ejército italiano enviado a vigilar la frontera conoce a Lady Fosca (Valeria D’Obici), la prima de uno de sus superiores, que tiene la particularidad de ser fea y un poco deforme. Enfermiza, histérica, con su huesudo y anémico rostro, sus orejas de ratón y esa larga nariz, Fosca se enamora del guapo capitán. La bella y la bestia al revés.

Ella no sólo es fea: también sufre por ser fea. Y no hay nada que desee más una fea que belleza. Su narcisismo es como la sed que no puede ser saciada y su mundo interior un lugar a oscuras, por eso desea a quien técnicamente no puede desearla. Y lo asedia. Es capaz de humillarse por él, su entrega es desesperada y salvaje, su anhelo la enaltece, diríase que hasta la embellece. El suyo es un amor subversivo; algunos ineptos lo llamarían suicida. En realidad, Fosca se desea otra. No ama tanto al hombre como la belleza de ese hombre y sueña con hacerla suya porque de esta manera acaso conseguirá verse un poco menos fea. El hombre bello es el espejo en que ella se mira. Pero la amante fea es el espejo moral del hombre bello. La dolorosa situación de la dama resulta magnética para un hombre piadoso y profundamente halagado. Casi tanto como las telarañas que la deforme teje a su alrededor. Así que el apuesto capitán la ayuda, la acompaña, la cuida, le da a Fosca el afecto, la atención y las miradas que el mundo le ha negado. Hasta conocerla, el capitán sólo había sido un hombre bello, ahora es un ser trágicamente grandioso.

Ser un hilo de conversación, un tema, un post para el escarnio público.

En la foto que alguien colgó en un blog anónimo yo estaba sentada en el suelo comiéndome un plátano. A continuación hay 395 comentarios en los que me llaman fea o en los que se explayan sobre todos los hombres que supuestamente me tiré estando casada y lo puta que soy en general. Lo de puta nunca me ha dolido particularmente, no perdamos el tiempo en eso. Pero lo otro, lo otro, esa evidencia…

Alguna vez yo también me odié de esa manera.

Si la dismorfia corporal es una enfermedad mental, ¿me lo estoy imaginando todo? ¿Soy fea? ¿Soy en realidad bella? Y si me lo estoy imaginando, ¿por qué hay gente hablando de eso, escribiendo sobre mi fealdad? ¿Por qué es un tema? ¿Por qué me ama entonces un hombre bello? ¿Debería ser bella? ¿Querrían que fuera bella para así justificar su dolor, su apetito, su virulencia? ¿Tiene, en ese caso, más que ver con mi impureza moral que con la física? ¿No con que era linda como decían mamá y papá? ¿Será la mezcla de ambas cosas? ¿Estoy loca si me hago estas preguntas? ¿Nadie más se las hace?

Hay un dibujo, una pequeña viñeta, que hice a partir de una frase que me dijo un día alguien que me ama a pesar de mis trastornos, de mis complejos, o precisamente por ellos. Dijo: «Me hubiera gustado conocerte de niña y decirte que eras la niña más bella del mundo». En mi dibujo, él viaja al pasado, me encuentra, me sienta en sus rodillas y, como él es el hombre más bello que yo he visto nunca, me dice esa frase al oído y yo lo creo y nunca más se me olvida. Así, en esa historia alternativa de mi vida, yo creceré sin el trastorno y no me haré más preguntas.

miércoles, 29 de junio de 2022

"El amigo chino", Leila Guerriero

El cartel flota en la noche de Buenos Aires como el ala de una mariposa seca: Supermercado Express, letras rojas sobre fondo verde. En la vereda, una pizarra anuncia que se aceptan tarjetas de crédito y débito. Tomates y naranjas brillan lustrosos frente a los carritos de metal que se usan para llevar pedidos a domicilio. Desde adentro, detrás de su pequeño mostrador, Ale, el dueño del supermercado, me ve y me saluda con un gesto. No lo dice, pero es como si lo dijera. Durante dos meses, en cada uno de nuestros encuentros, cada vez que lo llamaba por su nombre, Ale se daba vuelta y decía, decepcionado: «Ah, Leila».

Ale es chino, y sabe muchas cosas de mí. Cuando estoy en casa, cuando salgo de viaje, cuándo se termina mi dinero y cuándo no hay más comida en mi heladera. Técnicamente, y desde hace cinco años, Ale es el hombre que me alimenta. Lo veo más que a cualquiera de mis amigos, hablo con él dos o tres veces por semana, sabe que me gusta el queso estacionado y que no como nada que tenga ajo. Cuando hago un pedido por teléfono y olvido algo —pan, leche— me lo recuerda:

—¿Hoy no pan, hoy no leche?

Si le pido cuatrocientos gramos de jamón crudo se alarma:

—Muy caro. ¿Tanto quiere?

Conoce mi nombre, mi número de documento, mi profesión, el nombre del periódico donde trabajo, la dirección exacta de mi casa y la cantidad de gaseosa y pasta dental que consumo por semana.

En cambio yo (después de entrevistarlo una docena de veces, de citarlo en bares y hablar a hurtadillas en su lugar de trabajo para responder una pregunta simple: por qué vino de su China milenaria a estas jóvenes pampas del sur) todavía no sé —nunca sabré— nada de él.

***

La primera vez que lo vi fuera del supermercado fue en una confitería, luces dicroicas, plantas colgantes. El mozo trajo un jugo de naranja y nos miró con sorna, pero Ale, que desconoce el idioma mudo del desprecio, agradeció.

—Mucha gracia.

Después, dibujó la China sobre una servilleta de papel.

—Acá provincia Guandong. Acá provincia Fujian, mi provincia. Antes viene más gente de Guandong. Ahora viene más gente de Fujian, paisano mío.

Hace cinco años, Ale no se llamaba Ale sino Huang, pero dejó ese nombre con todas las cosas que dejó en la República Popular China, en su aldea de Fujian, ciento veinte mil kilómetros cuadrados —la mitad de la superficie de la provincia de Buenos Aires— donde se agolpan treinta y cinco millones de habitantes —el equivalente a los de toda la Argentina. Ale nació muy budista en aquel país donde se festejan el Festival de la Primavera y la Fiesta de las Linternas, donde la edad da prestigio y el tiempo se cuenta por ciclos lunares regulados por la naturaleza, y se mudó en el año 2000 a Buenos Aires, Argentina, donde los viejos son resaca, el tiempo se paga caro y la mayor fiesta del año es el nacimiento de un dios improbable en el que él no cree. A cambio, es el joven dueño de un supermercado que permanece abierto de lunes a sábado de 9 a 22, domingos de 9 a 13 y de 17 a 22, sin feriados nacionales ni días de guardar.

—¿Por qué viniste, Ale?
—Para conocer mundo –dijo Ale, cuando le pregunté.
—¿Conocés otras partes de China?
—Una vez fui Pekín, con abelo. Vi palacio, y eso de paredes largas… cómo dice…
—La muralla china.
—Sí. Mú rá yá. Mucho año, mil y pico, era de rey. Lindo Pekín, pero ciudad grande. Mi ciudad, chica, entre campo y ciudad. A veces mejor vive campo, otra mejor vive ciudad. Depende carácter.
—¿Y cuando vivías en China qué hacías?
—Primero, secundaria. Después aprende tres años como técnico, y después aprende dibujar dibujo. Y cocinero. Después, mi paisano está acá y yo viene. Pero dos años antes de llegar a Argentina, mi mamá fue Bolivia, a trabajar en negocio de venta de pollo parrilla. Yo tiene 18 año cuando mamá fue Bolivia.
—¿Por qué se fue tu mamá a Bolivia?
—Tiene pariente allá. Allá tiene mucho paisano que dicen que afuera de mi país es lindo, tiene mucha cosa, y yo dije voy a salir para ver, yo también quiere salir de país para conocer mundo. Y ahí me fui, salí a mundo.

Algo azul destella sobre la mesa: el celular. Ale atiende y habla en chino. Después pregunta:

—¿Puede ser basta por hoy? Llama mamá, dice que vino señor que debe plata.

Mientras caminamos de regreso me dice que tiene una hermana menor, que en la China los hijos obedecen a sus padres y los padres a los abuelos y todos obedecen al que tenga más edad. Y que tiene un hijo de dos meses que se llama Sergio.

—No tiene nombre chino, toravía.

Yo ni siquiera sabía que Ale tuviera una mujer.

***

La China es un país desmesurado.

Nueve millones y medio de kilómetros cuadrados, mil trecientos millones de habitantes, dieciocho mil kilómetros de costa, cinco mil cuatrocientas islas y cuatro milenios de civilización que alcanzaron para que brotaran el papel, la imprenta, la brújula, la pólvora, Mao, la Revolución Cultural, Tian’anmen y el tren que llega del aeropuerto de Shangai hasta el centro —treinta y cinco kilómetros— en siete minutos. Cincuenta mil hijos de esa China viven en Buenos Aires donde llegaron en mayor número hace diez años, muchos para abrir supermercados alrededor de los que se tejieron las peores famas: competencia desleal, explotación de los empleados, suciedad.

El supermercado de Ale es luminoso, tiene unos seis metros de ancho por catorce de fondo con los habituales sectores de té y fideos, aceites y conservas, vinos, lácteos, fiambrería, carnicería, productos de limpieza y una verdulería al frente. En este negocio, que era de una de sus primas, Ale empezó atendiendo las cajas registradoras, tomó pedidos por teléfono, acomodó mercadería, y finalmente lo compró. Ahora se prepara para un futuro de esplendor: sabe que es buen negociante.

Es martes, casi de noche, y este hijo de la China está en su negocio floreciente, escribiendo carteles que ofertan galletas a tres por uno.

—Hola, Ale.
—Ah, Leila —se decepciona—. Diculpa, ahora no puede habla, tiene mucho trabajo.
—¿Y no querés que hablemos acá, mientras trabajás?
—Bueno, no hay probrema.

Su única hermana —una muchacha con una margarita azul dibujada en cada uña— mira con sorna desde la caja registradora. En la otra caja hay un primo recién llegado: Xin. Un chico frágil que casi no habla español, con el aspecto de un pájaro lastimado y el pelo como una lluvia de pesadumbre. Parece inanimado, recién salido de una bañera de agua tibia. Le recuerdo a Ale la primera vez que me habló: fue hace cuatro años. Ale atendía la caja, me estaba dando el vuelto, y de pronto dijo en un español de manual:

—¿Ushté toma-rá vá-cá-rá-ció-nés?

En aquel momento le dije que sí, que en abril, pero él no entendió. Sólo le habían enseñado a preguntar.

—Ah, sí, sí. Yo tomaba clase con profesora cateyano. Ahora no puede, no tiene tiempo, trabaja, puro trabaja.
—¿No extrañás la China?
—Cuando primero venir Argentina, sí, extraño China. Ahora, extraño meno. Pero extraño mi abela, mi abelo. A mí me gusta acá. No pone triste que China lejos. Pone triste a veces por pelear con pariente, pelea con papá, mamá, este cosa medio triste. Otro no. Problema de trabajo, pero eso no pone triste. Ahora, hace do mese, vino papá. Técnico elétrico papá, todavía no trabaja porque no sabe idioma.
—¿Tu papá no pudo venir antes?
—No, porque tiene mi abelo enfermo. Año pasado abelo murió y yo no puede volver. Eso feo. Mi abela vive ahora con uno otro tío.
—¿Y vos vas a volver a China?
—Algún día me vuelvo por mi país. Ahora no. Pero mejor vivir acá. Acá persona muy amable. Más educados que campo. Yo en China, vivo en campo. Acá ciudad, gente más educada.
—Pero la gente dice cosas horribles de los chinos acá.
—No sé. Puede ser porque antes vino chino todo de edad grande. Y chino antiguo habla muy fuerte y acá gente habla muy suave, habla muy chiquito. Y alguno paisano no sabe eso, y la gente acá piensa que chino está enojado o trata mal, pero no, es manera hablar. Acá gente cree que chino come cualquiera cosa. Un vez taxista me dice: «Salió en diario que chino come gato».
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Dije: «Yo no como gato, pero en todo mundo hay gente epeshial».
—¿Esto era como lo imaginabas?
—No. Es ciudá, y cuando yo viene acá imagina que Argentina era… así, como caballo caminando… este ariba. Cómo se llama este… caballo caminando…
Se pone pálido, aprieta la boca en un coágulo rosa, preso en su idioma, yo en el mío.
—¿Te imaginabas que acá había caballos?
—No, no. Como caballo, como caminando caballo ariba…
—¿Gaucho?
—No, no. Dibuja una línea ondulada.
—Este, camina ariba.
—¿Montañas? —le pregunto, modulando cada sílaba como si Ale en vez de un hombre que cruzó el océano, que maneja un comercio y es padre de una persona pequeña, fuera sordo. O un poco idiota.
—¿Pampa?
—No.

Al fin, el dice: «Verde» y yo grito: «¡Pasto!». Ale imaginaba un país cubierto de pasto: lo que pisan los caballos.

—Esto es más famoso de Argentina: pato. Perdona mi cateyano. Hay cosa que yo sé, pero no sabe cómo se habla. ¿Cómo se llama eto? ¿Oreja?
—No, ceja.
—Ah, ceja. ¿Ve? Si no habla, olvida.

Finalmente Ale dice que ese fin de semana no podremos encontrarnos porque viajará a la ciudad de Rosario, para visitar a la familia de su mujer, Clarita. De modo que hago cuentas: a su aldea, Pekín y Buenos Aires hay que sumar Rosario. Ale, que se fue de China para conocer el mundo, conoce cuatro ciudades del globo.

No entiendo.

Entonces llamo al señor Han.

***

En una de las zonas caras del barrio de Belgrano está la residencia del cónsul chino. Allí funciona la oficina del agregado cultural, el señor Han Mengtang, un hombre que hace diez años vive en distintos países de Sudamérica como funcionario chino.

—Claro, no se entiende porque es diferente, usted lo ve como occidental —me había explicado por teléfono—. En Occidente, aunque no tenga dinero, la gente viaja. En Oriente, la gente primero echa una buena base económica, y entonces viaja. A los cincuenta, cuando ya los hijos están grandes, dejan supermercados y se van de viaje.

En el consulado no hay banderas ni escudos, pero los números del portero eléctrico están en chino, sin traducción. Toco uno cualquiera y alguien dice algo y suena una chicharra. La puerta se abre. Tres segundos —literales— después el señor Han sale del ascensor trajeado, sonriente, y me invita a sentarme en ese hall desangelado.

—Oriente es muy distinto de Occidente. El budismo chino piensa que la vida es un círculo, viene aquí y luego en el futuro tiene otra vida. El occidental piensa en el presente, no en el futuro. Para el chino, en el presente tiene que hacer bien, porque si uno hace maldades en esta vida, en el futuro tiene que pagar. Pasar bien el presente es importante, pero el objetivo es tener mejor vida en el futuro. En Occidente, lo más importante es el individuo. En China el Confusionismo dice: primero Cielo, sigue Tierra, después el Rey, después los padres y los maestros, y el individuo al final. Individuo es lo último.

Transcurrida una exacta media hora, y varias explicaciones después, el señor Han echa una mirada a su reloj, me regala un libro —China 2004— y se despide, todo sonrisas, no sin antes recomendarme que vaya a la China cuanto antes.

***

Es sábado por la tarde y Ale trabaja. El supermercado está vacío y suena música china tradicional. Las latas de porotos y el papel higiénico flotan en ese lamento melifluo y sopranísimo. Cuando hay clientes, Ale pone cumbia.

—Gente no gusta música china. Asusta. Si pone fuerte, entra poco gente.

Se ha despertado de la siesta hace una hora. Hay pocas cosas que le gusten tanto como dormir: se acuesta a las diez y media de la noche y se despierta a las nueve y media de la mañana, pero no sale de su cama hasta mediodía: desde allí atiende a los proveedores por teléfono.

—Acá aire mejor. Porque se llama Buenos Aire. En mi país, no tan bueno el aire, mucho auto. Antes no, antes meno auto. Antes, cuando yo chico, dormía al aire en una silla, y puedo ver estrella a la noche, muy claro. Ahora no. Y Argentina, cuando vino, veía bien estrella. Ahora, poco poco. Cielo me parece más sucio que ante.

Una puerta comunica el supermercado con la vivienda, que está en el primer piso. En esa casa viven él, su mujer y su hijo, su hermana menor, su madre, su padre y tres primos. Ser muchos bajo un mismo techo es gran orgullo para las familias chinas, signo de prosperidad. En China hay calles que se llaman así: Cinco generaciones bajo un mismo techo.

—En China todo mundo vivir junto. Viven papá, mamá, hijos, primos. Acá no, acá parece que si tiene 18 años ya salió de la casa.
—¿Y a vos cómo te gusta más?
—Vivir todo junto. Porque tiene más tiempo para hacer otra cosa. Yo, después de trabajo, muy cansado. Y volver a casa y si mamá hace cocina, no es tan cansado para vos. A mí me gusta esto. Porque mi señora lava, mi mamá cocina, yo trabajo. Pero acá en Argentina todo mundo vive con su señora, su señor.
—¿Y vos no te irías a vivir solo, con tu mujer y tu hijo?
—No, no. Mejor todo mundo junto. Igual en China diferente ahora. En ciudad grande, Shangai, gente más libre, igual que acá: quiere salir de casa y vivir junto con novia, novio. Pero para mí mejor este mejor.

Entonces la madre de Ale, a quien llaman Marta, aparece desde alguna parte, chasquea la lengua, cambia la música y grita: «¡Juaaanshhhiiitooo!», llamando a uno de los tres empleados peruanos que trabajan aquí desde hace años y que se refieren a la señora Marta y su familia como «los chinos». Juan (cito) aparece sin apuro y escucha lo que la señora tiene para decir, que es más bien poco: apenas unos gestos que indican que limpie el piso donde se ha volcado algo. Ale me mira y sonríe. Me explica que ella no grita porque esté enojada sino porque viene de una provincia china donde todo el mundo grita, pero los gritos de la señora Marta son espeluznantes y por primera vez me pregunto si Ale no me está mintiendo.

***

Ni Ale, ni la familia de Ale —ni sus primos ni su hermana, ni su madre— se dejan ver por el barrio. Trabajan casi todo el día y sus salidas son pueblerinas: visitan a otros parientes, van a restaurantes chinos de la zona.

La vida de Ale no tiene sobresaltos, aunque en el invierno de 2003 estuvieron a punto de matarlo. Era noche de martes y estaba con su madre cuando escucharon ruidos en la escalera. Antes de poder asustarse, dos tipos se les tiraron encima. Les pegaron, los amordazaron, los amenazaron con armas y les robaron todo: televisor, plata, ropa. Lo hicieron con saña: rompieron una mesa a golpes, mataron el gato al grito de «chino comegato». Al día siguiente, ni Ale ni su madre aparecieron, pero el supermercado abrió en tiempo y forma. Después de ese episodio sellaron la casa por el frente con una plancha de hierro de color morado.

—Reja, yo no miro, no pienso —dice Ale, mientras recorre las estanterías tomando notas de los productos que faltan—. Yo no tiene miedo. Mamá tiene. Tiempo tiene que pasar. Hasta que mamá olvida.

De pronto su hermana se acerca, dice algo, me lanza una mirada torcida y vuelve a la caja.

—Perdón —dice Ale— mejor cambia horario, ahora mucho trabajo.

Miro alrededor: el supermercado está vacío.

Entiendo que, cuando esto termine, Ale volverá a ser el hombre que me vende la comida. Que está esperando con ansias el momento en que eso suceda.

***

—Dame mi bolsa, chino de mierda, dame mi bolsa, la puta que te parió.

El tipo está borracho y muy explícito. Son las tres de la tarde, y bajo esa camisa floreada puede haber cualquier cosa: un arma, o nada. Estoy acurrucada entre los canastos de plástico rojo con el logo de Coca-Cola. Mi grabador rueda y Ale mira al fulano, impasible.

—Te dejé acá una bolsa con mercadería antes de entrar a tu supermercado, chino de mierda, dame la bolsa.

El tipo tiene olor agrio. Cebolla, sudor, cigarros. Grita. No hay bolsa. El tipo lo sabe, yo lo sé, hasta los guardias de seguridad del supermercado —dos rusos que no hablan una palabra de español— lo saben. Pero nadie hace nada. El tipo huele como huelen las peores cosas. Ale tiene cara de haber visto esto muchas veces.

—¿Qué borsa, amigo?–le pregunta.
—La bolsa, hijo de puta, la bolsa que te dejé acá llena de mercadería, no me vas a estafar, chino de mierda.
—No dejó borsa, amigo.

Todo el supermercado está quieto, mirando al tipo y a Ale, que lo mira impávido. No ha interrumpido lo que estaba haciendo: pasando la tarjeta de débito de una clienta por la máquina correspondiente.

—La bolsa que te dejé antes de entrar, llena de mercadería, chino poronga.
—Qué borsa, amigo. No dejó borsa.

El ruso de seguridad se acerca por detrás y el hombre se harta. Se va. La clienta guarda su tarjeta y sale del supermercado: corriendo.

—¿No te da miedo que pueda pasar algo?
—No. No hay problema. Tiene policía, tiene guardia.
—¿Y tu mujer qué dice?
—Mi mujer no tiene miedo, pero queja mucho, porque yo no tiene tiempo para ella.

Me pregunto qué será de mí —de nosotros— después de esto: después de esta intromisión en la vida del hombre que me alimenta.

***

Un periodista argentino que vive en Brasil y estudia chino me envía un mail con curiosidades varias: “Algunas monedas chinas son redondas por fuera y tienen un cuadrado hueco por dentro. Esto es un principio taoista: ser rígido en lo moral, y flexible, redondo —sin puntas— para recibir lo que viene de afuera”. En el mismo mail me explica cómo decir “amigo chino”. Repito la frase hasta aprenderla. Es fin de semana y corro al supermercado. Veo a Ale lidiando con unas cajas. Lo llamo. Se da vuelta y dice, hastiado: «Ah, Leila». Yo digo algo que suena así:

—Chúnguo panguió.

Me mira desconcertado. Probablemente, he dicho una barbaridad. Hay idiomas así, en los que la entonación transforma un saludo en insulto, y por lo que sé el chino es uno de ellos: el sonido i, por ejemplo, quiere decir uno o varios cientos, dependiendo del tono y la intención.

—¿Cómo? –dice Ale, acercándose, y me apuro a explicarle que quise decir “amigo chino” en chino. Se diga como se diga.

Ale toma un papel, un lápiz, y dice: «no, no chúnguo».

—Escribe así: Zhong Guo Peng You.

Nos reímos. Después, porque le toca apilar cajas, le pregunto si no se aburre.

—¿Te aburrís?
—¿Qué é eso?

Intento explicarle, pero lo hago mal, y desde aquel día Ale cree que aburrirse es estar apurado. Ahora, cada vez que lo llamo por teléfono y tiene mucho trabajo, me dice: «Ahora no, diculpa, aburido, aburido».

***

Clarita es dos años mayor que Ale.

Se casaron hace un año, y ella lo cela con ahínco, con dedicación. Desaprueba hondamente nuestros encuentros, aunque suceden a la vista de todos, entre desodorantes, pasta dental y cebollas. Clarita es china y vivía en Rosario hasta que conoció a Ale y se casaron en una ceremonia rara: Ale dice que fue en un restaurante.

A fines de 2004 Clarita parió a Sergio, el primogénito y, como después del parto las mujeres chinas permanecen un mes en cama recuperando energías, ella era, para mí, una incógnita. Hasta que un día la puerta que comunica el supermercado con la casa se abrió, y un aroma a menta y leche cuajada expulsó a una mujer suave como un fantasma con un bebé en los brazos. Usaba un pijama, una conjunto de blusa cerrada hasta el cuello y babuchas atadas debajo de la rodilla: ropa de nena. No me miró; fue directo hasta donde estaba su cuñada. El bebé, en sus brazos, crujía como una rama de chocolate pálido, con el pelo disparado hacia el techo con la ferocidad involuntaria de las ramas de los árboles. Se dijeron algo al oído, Clarita se volvió, me miró, después atravesó la puerta que lleva hasta su casa y se desvaneció. Escuché el gemido del bebé —el hijo del hombre chino— y el olor a menta y leche desapareció con él.

Supe que tenía que irme. Supe, también, que a Ale y a mí nos quedaba poco tiempo.

***

—Pase, pase, asienta toma por favor.

El señor Xu Ao Feng, de 55 años, es chino, vino de Shangai a los 34 y es presidente de la Fundación de Ciencias y Cultura China, donde desde 1991 se enseña feng shui, Tai Chi Chuan, acupuntura, medicina china e idioma chino. El señor Feng tiene una forma de hablar admirable para un profesor de idiomas: enredada.

—Oriente y Occidente son cultura muy diferentes que van por caminar muy diferentes, y muy dificil de integlar. Entonces con tanto mil año de historia cada Occidente, cada Oriente, todo con su camina caminando, todo tiene resultado. Su amigo chino tiene una mente difelente. Por ejemplo, la lógicamente de un chino muy difelente. Occidente le gusta ciencia. Siempre las cosas tiene números: usted va a médico, manda examen, y dice cuánto tiene de esto, cuánto tiene de otro. Chino no. Chino trabaja energía, meridiano de cuerpo. Occidental pregunta: «¿Energía? Eso no existe». Jajaja. Jajaja.

Pero eso existe. Su amigo chino viene de plovincia que hay mucha gente y ese plovincia tiene histolia que le gusta vivir afuera. No solo en Argentina, en todo mundo hay gente de Fujian. Es gente que trabaja en mar, en barco, entonces más posibilidad para irse a correr el mundo.

—Pero, señor Feng, cruzar el planeta en avión y establecerse en otro lugar no es conocer mundo.
—Ah, sí, jaja. Jaja. Cierto. No conoce. Jajaja. Jajaja. Pero si usted va afuera y ve algo mejor que su tierra, se queda afuera, ¿no? Su amigo viene por eso, porque acá mejor que su tierra, ¿viste? Y ese provincia Fujian son muy trabajadores, son de campo, entonces trabaja mucho. Eso por un lado bueno, y por otro lado no tanto. Porque nadie puede competir, ellos son muy forte y nadie puede competir. Negocio de ellos se tiene más horas abierto. Por cuatro botellas de agua ya van y lleva a domicilio. ¿Qué negocio puede así? Ellos pueden. La cosas tienen lado bueno y malo. Para otro supermercado, sentir mal, porque no puede competencia. Por otro lado, muy bueno servicio para pueblo argentino. Las cosas no es perfeto. Ello ponen supermercado porque paisano de ello tiene supermercado. Y ello no sabe idioma. Idioma importante. Usted sabe idioma, sabe mucho de cultura. Por ejemplo, argentino habla con mucho verbo. Habla muy largo. Chino habla corto. Chino no dice: «hoy hablo», «mañana voy hablar». No. Chino dice: «hoy hablar, ayer hablar, mañana hablar». No hay tiempo, no hay persona. Pero muy complicado ser chino, porque tiene que saber dos cultura: Oriente y Occidente.

Después el señor Feng me lleva a visitar su enorme y silente salón de té. Le pregunto por qué a los chinos les gusta tanto el karaoke (Ale adora el karaoke) y me dice:

—¿Y usted no le gusta baile? Lo mimo.

Me despide en la escalera, divertido, como si estuviera guardándose el mejor de los secretos.

***

Ale tiene 25 años. Su cuerpo es fibroso, pálido, como de harina y luna, y tiene olor a almizcle. El pelo negro, los labios apretados —rosas—, las uñas largas que le dan a sus manos un aspecto anfibio. Los dedos ahusados, la piel delicada. No tiene cicatrices. Usa lentes y cuando no entiende algo mira sobre los vidrios, alzando la cabeza, y pregunta: «¿Cómo dice?». Es muy alto y camina rápido, con un gesto entre alerta y divertido.

La última vez que hablé con él era martes. Estaba en su mostrador, detrás de los canastos de plástico, y susurró que había ido al médico por un resfrío.

—Médico chino, bario chino. Médico acá no gusta. Muy fuerte.

En el barrio chino de Belgrano, en Buenos Aires, hay médicos chinos y supermercados que venden todo lo que los chinos no venden en sus supermercados para occidentales porque nadie lo compraría: fideos de veinte grosores distintos, anguilas vivas, pescado seco.

—Acá Argentina comida menos variada. En China tiene mercado. Acá no tiene mercado. Sólo tiene súper-mercado. Mercado mejor, más fresco, más variedá. A mí me gusta trabajo súper-mercado. Sale bien. Quiero ser mayorista.
—¿Y después?
—Y después no sabe. Cuando soy más grande, 50, 60 años, entonces me voy de viaje. O que mi hijo me cuiden bien, no sé cuál de las dos mejor. Quiero ir a Japón, Corea. Pero ahora no puede salir, porque mamá no sabe idioma y papá tampoco, y no sabe hacer negocio. Si yo me voy, mamá tiene que cerrar negocio porque no sabe maneja. Y ahora tengo mujer, hijo.
—¿En tu infancia querías viajar?
—¿Qué es infancia?
—Cuando sos chico. Primero viene la infancia hasta los 12 años más o menos, después una cosa que se llama adolescencia, hasta los 17 o 18, y después sos adulto. Algo así.
—Ah, sí. Infancia. Sí. Mucho amigo chiquito. Juntábamo y cantábamo canción. Yo infancia campo, cerca de río, abelo, abela. Mucho juega.
—Tenés buenos recuerdos.
—¿Qué es recuerdo?
—Una imagen que te queda… guardada. En la memoria.
—¿Cómo buen día, buenas noches?
—No. Por ejemplo cuando me contás «Cuando yo era chico, estaba con mis amigos y fuimos al río…».
—Ah, sí, sí, eso, recuerdo: tengo guardado mi abelo que me llevó a Pekín y día que vimos palacio grande. Tengo guardado a mi abela. Tengo guardado una vez que salí para mi cumpleaños con amigos a la playa, y quedamos ahí, charlando, cantando.
—Un buen recuerdo.
—Sí. Muy buen guardado. Bueno. Diculpa. Tengo que trabajar.
Ale se perdió entre las góndolas. Su madre y su hermana hicieron una reverencia respetuosa, seca, pura dignidad.
Después llamé al señor Han.

***

El señor Han me atendió por teléfono, enérgico y amable. Hablamos sobre historia china, sobre la guerra del opio, sobre Mao, y de pronto me dijo que la provincia de Fujian formaba parte de la vía marítima de la ruta de la Seda. Que en la región de la que vino Ale estaban los puertos de esa ruta que comunicaba la China con Europa, transitada por aventureros y comerciantes desde el siglo III antes de Cristo hasta el siglo XVI después del ídem, y que Ale era hijo de ese pueblo de inquietos, de personas con marcada tendencia a la aventura.

—El viaje forma parte de la vida de esa gente —dijo el señor Han— porque están separados del resto de la China por cadenas montañosas, y en cambio tienen el mar, y salir a negociar por el mar es fácil. Esa gente siempre se va.

Me despidió amable y volvió a rogarme que fuera a la China, pronto.

Colgué el teléfono. Por un momento Ale dejó de parecerme un padre de familia preocupado por la subsistencia de su mujer y de su hijo —de su hermana y de sus primos— y fue un bucanero loco, alguien esperando pacientemente la oportunidad para aferrarse a la cintura blanca de su Clarita y llevarla, ahora sí, a ver el mundo.

Me asomé al balcón. El cartel del supermercado latía como una inmensa branquia. Los tomates titilaban como linternas rojas y Ale —inmerso en su mundo de tres ciudades— volvía a ser, como siempre, un desconocido. El hombre que me vende la comida.