Ha pasado con las rosas lo que con muchas otras plantas, que en un principio fueron plebeyas por su excesivo número y por los sitios donde se les colocara.Flora y fauna
Nadie creyera que las rosas, hoy princesas atildadas de follaje hayan sido hechas para embellecer los caminos. Y fue así sin embargo.
Había andado Dios por la Tierra disfrazado de romero todo un caluroso día, y al volver al cielo se le oyó decir:
—¡Son muy desolados esos caminos de la pobre Tierra! El sol los castiga y he visto por ellos viajeros que enloquecían de fiebre y cabezas de bestias agobiadas. Se quejaban las bestias en su ingrato lenguaje, y los hombres blasfemaban. ¡Además, qué feos son con sus tapias terrosas y desmoronadas!
Y los caminos son sagrados, porque unen a los pueblos remotos y porque el hombre va por ellos, en el afán de la vida, henchido de esperanzas si mercader, con el alma extasiada, si peregrino.
Bueno será que hagamos tolderías frescas para esos senderos y visiones hermosas: sombra y motivos de alegría.
E hizo los sauces que bendicen con sus brazos inclinados; los álamos larguísimos, que proyectan sombra hasta muy lejos, y las rosas de guías trepadoras, gala de las pardas murallas.
Eran los rosales por aquel tiempo pomposos y abarcadores; el cultivo, y la reproducción repetida hasta lo infinito, han atrofiado la antigua exuberancia.
Y los mercaderes, y los peregrinos, sonrieron cuando los álamos, como un desfile de vírgenes, los miraron pasar, y cuando sacudieron el polvo de sus sandalias bajo los frescos sauces.
Su sonrisa fue emoción al descubrir el tapiz verde de las murallas, regado de manchas rojas, blancas y amarillas, que eran como una carne perfumada. Las bestias mismas relincharon de placer. Eleváronse de los caminos, rompiendo la paz del campo, cantos de un extraño misticismo por el prodigio.
Pero sucedió que el hombre, esta vez como siempre, abusó de las cosas puestas para su alegría y confiadas a su amor.
La altura defendió a los álamos; las ramas lacias del sauce no tenían atractivo; en cambio, las rosas si que lo tenían, olorosas como un frasco oriental e indefensas como una niña en la montaña.
Al mes de vida en los caminos, los rosales estaban bárbaramente mutilados y con tres o cuatro rosas heridas.
Las rosas eran mujeres, y no callaron su martirio. La queja fue llevada al Señor. Así hablaron temblando de ira y más rojas que su hermana, la amapola:
—Ingratos son los hombres, Señor; no merecen tus gracias. De tus manos salimos hace poco tiempo, íntegras y bellas; henos ya mutiladas y míseras.
Quisimos ser gratas al hombre y para ello realizábamos prodigios: abríamos la corola ampliamente, para dar más aroma: fatigábamos los tallos a fuerza de chuparles savia para estar fresquísimas. Nuestra belleza nos fue fatal.
Pasó un pastor. Nos inclinamos para ver los copos redondos que le seguían. Dijo el truhán:
-«Parecen un arrebol, y saludan, doblándose, como las reinas de los cuentos».
Y nos arrancó dos gemelas con un gran tallo.
Tras él venía un labriego. Abrió los ojos asombrados, gritando:
-«¡Prodigio! La tapia se ha vestido de percal multicolor, ni más ni menos que una vieja alegre!»
Y luego:
-«Para la Añuca y su muñeca».
Y sacó seis, de una sola guía, arrastrando la rama entera.
Pasó un viejo peregrino. Miraba de extraño modo: frente y ojos parecían dar luz.
Exclamó:
«¡Alabado sea Dios en sus criaturas cándidas! ¡Señor, para ir glorificándote en ella!»
Y se llevó nuestra más bella hermana.
Pasó un pilluelo:
«¡Qué comodidad! –dijo– ¡Flores en el caminito mismo!»Flora y fauna
Y se alejó con una brazada, cantando por el sendero.
Señor, la vida así no es posible. En días más, las tapias quedarán como antes: nosotras habremos desaparecido.
—¿Y qué queréis?
—¡Defensa! Los hombres escudan sus huertas con púas de espino y zarzas. Algo así puedes realizar en nosotras.
Sonrió con tristeza el buen Dios, porque había querido hacer la belleza fácil y benévola, y repuso:
—¡Sea! Veo que en muchas cosas tendré que hacer lo mismo. Los hombres me harán poner en mis hechuras hostilidad y daño.
En los rosales se hincharon las cortezas y fueron formándose levantamientos agudos: las espinas.
Y el hombre, injusto siempre, ha dicho después que Dios va borrando la bondad de su creación.
domingo, 29 de marzo de 2026
Por qué las rosas tienen espinas
viernes, 19 de diciembre de 2025
Manuel Rojas, by Francisco Farías Mansilla
“No heredé nada de mi padre, ni siquiera su oficio; heredé, eso sí, su condición.”
Hijo de Ladrón (1951)
“Trabajar no me hacía mejor ni peor; me permitía, a lo sumo, no sentir vergüenza de estar vivo.”
Mejor que el vino (1958)
“Aprendí pronto que la ley no estaba hecha para nosotros, y que obedecerla no nos volvía mejores, solo más invisibles.”
Sombras contra el muro (1964)
“Nunca quise ser fuerte; quise entender, que es más difícil y deja menos cicatrices visibles.”
La oscura vida radiante (1971)
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En la tetralogía de Manuel Rojas, la masculinidad se construye sin padre fuerte, sin épica del trabajo, sin fe en la ley y sin culto a la fuerza, dando lugar a una figura masculina errante, reflexiva, ética y profundamente marcada por la clase. Aniceto Hevia no encarna al hombre exitoso del proyecto moderno, sino al sujeto que resiste desde los márgenes, haciendo de la conciencia y la palabra su forma de dignidad.
miércoles, 18 de junio de 2025
miércoles, 23 de abril de 2025
CUANDO YO NO ERA POETA, poem by Jorge Teillier
Cuando yo no era poeta
por broma dije que lo era.
Yo no había escrito ningún verso
pero admiraba el sombrero alón
del poeta del pueblo.
Una mañana me encontré en la calle con mi vecina.
Ella me preguntó si de verdad era poeta.
Ella tenía catorce años.
Esa vez llevaba un ramo de ilusiones.
Después una anémona en el pelo.
La tercera vez un gladiolo entre los labios.
La cuarta vez no llevaba ninguna flor,
yo le pregunte el significado de eso a las flores de la plaza
que no supieron responderme.
Ella había traducido para mí poemas de Ferdinand von Saar.
Yo no le dí nada a cambio.
No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.
Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44.
Eso me daba insomnio.
Me encerré mucho tiempo en mi pieza.
Cuando salí la hallé en la plaza y no me saludó.
Volví a mi casa y escribí mi primer poema.
Jorge Octavio Teillier Sandoval fue un poeta chileno 🇨🇱
(Lautaro, 24 de junio de 1935 - Viña del Mar, 22 de abril de 1996)
domingo, 3 de diciembre de 2023
Rododendro, short story by Chilean author Hernán del Solar
Las ciudades aprenden una canción y la cantan. De improviso, la olvidan.
Pero en mí hay una palabra apenas. Es como la canción que han aprendido las ciudades, porque vino de repente y se quedó conmigo. Sin embargo, no quiere irse. Ha envejecido como yo y me acompaña. Si estoy solo, aparece y me cuenta su historia. Siempre es la misma: una sola palabra.
Cierto es que estoy viejo y entonces me suceden cosas inverosímiles. Por ejemplo, construyo barcos y los meto en botellas de tamaños diferentes. Es un trabajo duro que se apodera de mis manos; pero lo demás queda libre. Puedo silbar, reconstruir el pasado, pensar en lo que viene o se va. Seguramente —mientras construía una goleta—se acercó aquella palabra por primera vez, saltó de mi memoria a los
labios y fue mi compañera.
Ahora la digo:
—Rododendro.
Conozco su significado, como el de otras que olvido y recuerdo y vuelvo a olvidar. Pero su significado nada importa desde que está conmigo. Antes representaba a un arbusto, bien lo sé. Ahora su imagen es distinta, sin olor ni forma.
Abro la ventana, a veces, y si el día es hermoso me digo con alegría:
—Rododendro.
Suena el reloj, la hora: Rododendro. No ocurre nada: rododendro. Y eso me indica que la soledad tiene sus palabras secretas y las enseña cuidadosamente a los solitarios.
Aquí es oportuno no olvidar mi soledad. La tengo vestida de ruidos distantes y figuras pasajeras. Cuando está desnuda, dormimos los dos. Y es una buena cosa dormir. Soy viejo. Pero escribir así no conduce a nada. He contado que construyo
barcos y que una palabra precisa me vino a ver una mañana y no se fue más. Ya es tiempo de decir que he hecho con esta palabra Empezaré por confesarlo brevemente: la he convertido en pez.
Ha sido, claro está, un trabajo lento. Tal vez no pueda describirlo con exactitud si no recuerdo cosas más antiguas. Porque la palabra no fue lo primero: antes hubo los barcos y también —como principio— el deseo de construirlos dentro de una botella. Entonces comenzaba a envejecer y pensaba a menudo en la soledad de más tarde. Iba todas las mañanas a mi oficina y encendíamos la luz desde temprano.
Mirábamos por la ventana y hacía frío a veces. Escribíamos en los grandes libros de cuentas. De repente alguno dejaba la pluma, restregaba sus manos y decía que no deseaba trabajar, que las mujeres son hermosas, que durante las vacaciones iría a los lagos del Sur.
Se habla rápidamente y no vale la pena recordar nada. Pero alguien dijo un día:
—Cuando esté viejo compraré un sillón y leeré todos los libros de que oigo hablar. No me aburriré como ahora.
Yo hojeaba entonces un folleto en que había barcos y nombres de ciudades. Lo guardé en mi bolsillo y anoté en seguida, como de costumbre, cifras pequeñas y grandes en mi libro. Es el trabajo. Se empieza a las ocho de la mañana, y cuando uno se levanta, abre los brazos y quiere descansar, ha acabado la tarde. Ahí está el sombrero, sale uno a la calle y camina.
“Algo he de hacer cuando esté viejo” —pensé vagamente, en mi casa, cuando regresaba del comedor hacia mi cuarto. Y saqué del bolsillo el folleto de la Compañía de Vapores. Cerré mi puerta, dejé de oír voces ajenas y un piano que suena siempre. Los barcos son bellos y las ciudades que se desconocen tienen nombres que gustan: Liverpool, Amsterdam, Barcelona. Después vino el sueño.
Pero hay noches que hablan. No son como las otras y se obstinan en contar lo que saben. Basta quererlo, y se abren los ojos en la oscuridad, se escucha a aquel que va por la calle, al que tose en la pieza vecina. Y se oye hablar a la noche.
Entonces, me dijo:
—¿Qué harás cuando estés viejo? Los barcos son bonitos desde la antigüedad. El que compra un sillón y lee, pierde la vista, se queja. Hay trabajos que divierten y el pensamiento hace lo que quiere entretanto. Viajar es difícil cuando no hay dinero. ¿Mujeres? ¿Alegría? ¿Liverpool? Los años caen sobre el cuerpo y el deseo desaparece.
Así habló, desordenada, la noche, repitiéndose hasta que dejé de oírla. Y al despertar creí no haber dormido; pero todo lo había olvidado y esto le ocurre al que duerme. No obstante, recordé algo de súbito, cuando vi sobre la mesa el folleto de los barcos. “¿Qué harás cuando estés viejo?”
Lo supe de repente y lo tuve en la memoria hasta el día necesario.
Fue un día de agosto y cuando entonces sucedió ya lo conocía. También había pensado en esto muchas veces. Estuvimos todos reunidos y el jefe de la oficina levantó una copa, señalándome. Yo oía sonar mi corazón y respiraba apenas. Me miraban y yo no quería ver a nadie, cabizbajo, con las manos caídas, escuchando.
—Es un ejemplo de lealtad —decía el jefe— y su nombre va a quedar entre nosotros. Ha envejecido en el trabajo de esta casa.
La señorita mecanógrafa olía a felicidad. Siempre he adivinado la dicha junto a su perfume, y ahora sonaba mi corazón y yo apretaba los puños pensando en lo que había de responder al jefe.
—Nos deja —decía— y su descanso es merecido porque de invierno a invierno ha estado entregándonos su vida con la constancia de la hormiga y de la abeja…
El contador me miraba y asentía sonriendo levemente. Y aquel que aspiraba a leer todos los libros comía con lentitud un trozo de sardina con pan.
—Levanto mi copa —decía— y les pido a todos que me acompañen porque…
No habló más el jefe y todos aguardaron. Entonces, dije lo que ya no recuerdo.
Me abrazó la mecanógrafa, estreché las manos que me tendían, y flaqueaban mis piernas cuando salí.
Era libre. Tenía algún dinero para envejecer y morir en alguna parte. ¿Dónde? Exactamente, donde he vivido muchos años. Una casa de huéspedes, con su puerta angosta, su escalera que cruje, y mi cuarto al fondo de un pasillo.
—Señora —le dije esa tarde—, desde ahora estaremos juntos. En tantos años, puede asegurarse que somos amigos. No dejaré su casa.
—¿No trabajará más? —preguntó la patrona—. ¡Bien ganado el descanso que le corresponde! Nunca le he visto faltar a su trabajo. Pero, ¿no teme aburrirse?
Sonreí con alegría porque ahora era dueño de mi secreto y en adelante podría disfrutarlo sin prisa.
—Trabajaré —le dije—. Mis manos no sabrían estar ociosas.
Y crucé el pasillo, abrí la puerta de mi cuarto, miré hacia la calle desde mi ventana, sentí el aire de la tarde como nunca lo sintiera. Libre, absolutamente libre, y con una ambición para hacer dichosas a mis manos en largas horas de soledad. Empecé a construir barcos. Los primeros se rompían de pronto, cuando los tenía en la botella. Había sido penoso construirlos, tan pequeños y frágiles; y se rompían de pronto, en la botella, cuando tendía una vela blanca, cuando alzaba un mástil.
Meneaba la cabeza, todo lo abandonaba, y al otro día trabajaba de nuevo, animoso, callado, pensando en tantas cosas que se olvidan, que se recuerdan, que no sirven de nada; pero que gustan cuando se fabrica un bergantín minúsculo.
Después mis manos conocieron el oficio. Eran diestras y manejaban alegremente los instrumentos, cortaban la madera, pulían los costados de la nave, pintaban los finos palos, introducían en la botella cada pieza del barco tan limpiamente que todo no era sino un juego feliz.
—Son lindos, es cierto —me dijo una mañana la patrona—; pero ya no hay dónde ponerlos. ¿Por qué no los vende? Muchos querrían comprarlos.
—¿Venderlos?
Entonces cerré mi puerta a todos. Cada día limpié mi cuarto sin ayuda de nadie. Y expliqué:
—Hay tanta cosa frágil, que prefiero asear yo mismo. Si alguna se rompiera, sufriría. A los viejos se les perdona, ¿verdad?
Estuve tranquilo entre mis barcos. Eran numerosos y míos, por todas partes, en sus botellas transparentes. Los miraba durante la noche, cuando iba a dormirme, y les ponía nombres venturosos.
Algunos representaban de modo perfecto la historia secreta de mi felicidad. Otros tenían el color y la forma de la desdicha; mirándolos, pensaba en la dolorosa aventura que persigue a alguien cada día.
Conversaba con ellos. Les preguntaba qué eran, de dónde llegaban. Me respondían de alguna manera, de proa a popa, quietos y hermosos. Después empezaba a desvestirme, apagaba la luz, y eso es la noche. Por la mañana, apenas despierto, veía andar el sol desde la ventana a una botella. Alargaba su dedo amarillo y lo detenía en una arboladura. Después lo paseaba por los mástiles vecinos, y pronto
resplandecían las jarcias de todas las naves.
No me movía. Era dueño de mi tiempo y podía mirar las botellas, distraerme de súbito y recordar la oficina oscura en que encendíamos la luz temprano, o pensar en otra cosa que sucedió y estaba perdida. Todo esto es curioso. Uno está lleno de palabras y poco a poco se reúnen a contar un día de la niñez, una risa que sonó en la tarde olvidada, ahora presente y dichosa de nuevo.
O bien escapa alguna y queda como el abejorro zumbando alrededor. Ha venido de repente y nada. Es puro sonido hasta que se va.
Una vez entró de la calle una palabra inglesa, que alguien, agitando una mano, gritó como despedida. La palabra se posó en el muro, o entre los aparejos de una carabela, y al otro día echó a volar por mi memoria. Después se marchó. Pero cuando vino ésta, en vano quise olvidarla.
Rododendro.
Es lenta y tenaz. Oigo el sonido de sus élitros y la pierdo de improviso. ¿Se ha marchado? Entonces vuela desde el rincón y gira en torno de mi cabeza. La digo en alta voz. La canto con una música que sólo a ella le pertenece, mientras pulo con el vidrio una proa esbelta. La dejo reposar. Y en cualquier momento —corren los días— la tengo a mi lado. Siempre ha estado aquí y asoma de repente. Es el rumor, tal vez, que hace la soledad para que yo sepa que me acompaña.
—Está bien —le digo—, no te irás. Pero vamos a vivir de otra manera: juntos y mirándonos.
Me voy por la ciudad en busca de un trozo de madera. No debe ser sino como lo deseo y he de andar mucho para encontrarlo. Aquí está, por fin. Lo tomo cuidadosamente, lo envuelvo en un pañuelo de colores, lo guardo y me alejo.
En mi cuarto, cierro la puerta, me siento a la ventana y lo miro.
Rododendro.
Sonrío larga, largamente. Nadie piensa que un solitario sonríe con un trozo de madera en la mano, mientras sube por la escalera un olor a cocina, y una palabra está latiendo en la sangre, en la vida, en los labios que no la pronuncian porque sonríen nada más.
Rododendro.
Eso es: rododendro.
Abandono los barcos y no me ocupo del sol, por las mañanas, cuando los acaricia. En las noches no les digo venturosos nombres.
Están solos en la botella verde, en la botella amarilla, en la botella blanca, por todas partes.
Yo trabajo pensando en el pez. Vienen los días, se van. No importa. ¿Acaso tengo prisa? Quiero construir la forma exacta: un cuerpo largo, los ojos redondos, sorprendidos, y la ondulación de las aletas. ¿Pez martillo? ¿Pez espada? ¿Pez volador?
Rododendro.
Lo llamé así desde antes de nacer. Y ahora está vivo en su botella ancha como una redoma. Me mira su ojo inmóvil. Camino por el cuarto y me detengo. Me mira siempre allí donde estoy. Es la primera vez que me sucede: está mirándome desde la botella y dentro de mí.
—Estamos solos —me dice—. Estaremos solos hasta después.
Entonces pienso que estas palabras no son suyas. Las va diciendo una voz en mí, secretamente; son mis propias palabras y nada importan. Podría decir otras, si me esforzara. Pero oigo hablar de pronto. Me mira su ojo inmóvil y escucho. “Solos hasta después”.
Me acerco a contemplarlo y callo. Está en la redoma y súbitamente sé que me habla. Es él, y su voz viene desde mi vida. Pienso ahora que los hombres aman a las mujeres, que los barcos atraviesan el mar y entran en los grandes puertos. Hay el ruido del mundo. Alguien comienza a cantar porque es feliz. Y otro dice: “Nos
hemos querido siempre”. Y aquel está bebiendo con sus amigos, conoce la risa, entra en los teatros. Todos los teléfonos hablan. Y los automóviles salen de la ciudad, corren por los caminos: es el verano. Están las voces en los parques, unidas, y las manos se estrechan, los labios se buscan, los cuerpos saben ser dichosos.
¿Dónde?
Rododendro, en su botella, todo lo ha perdido. Estamos solos y nos parecemos: olvidados en la pieza de los barcos.
—Calla —le digo—. Si tuviéramos imaginación, cerraríamos los ojos para ver cosas más bellas.
Rododendro entorna su ojo inmóvil. No. Son los míos, que se cierran un rato.
Comienzo a odiarle. Entonces me llaman a comer y bajo la escalera.
—¿Ha trabajado mucho? —pregunta la patrona.
Muevo la cabeza, sin mirarla, y sé que todos sonríen.
Somos siempre los mismos: la patrona y yo, en los extremos de la mesa; el boticario que huele a tabaco y habla en voz baja; los estudiantes bulliciosos; Alicia, que trabaja en la tienda de un francés y canta canciones de la ciudad.
Comemos y charlamos. Es decir, yo escucho, sonrío, y miro por la ventana abierta la sombra de un árbol en la noche. Está el verano en el patio oscuro y una rama se agita débilmente. El rumor de la casa vecina viene hasta la ventana y se aleja. Es una vida que no nos pertenece.
—Nunca le veo salir a caminar un poco —me dice el boticario—.
Es saludable. Para vivir largos años hay que comer sin prisa, dormir profundamente, algunas horas, y pasear todos los días.
—Las noches se han hecho para algo —declara, sonriendo, un estudiante.
—Hasta que llega una noche y nos dice: “me han hecho para que duermas” —murmura el boticario sin levantar los ojos, ahogando después un lento suspiro entre el bigote que blanqueaba. Ríen los estudiantes. La patrona amenaza con un dedo corto, grueso, de uña roja. Alicia se encoge de hombros y mira, como yo, por
la ventana.
Nos levantamos con lentitud y dejamos que los estudiantes se alejen. Cuando comienzo a subir la escalera, el boticario me dice:
—Es un buen consejo: camine todas las mañanas.
Vuelvo atrás y me siento en un sillón, a su lado.
—¿No juega ajedrez? —me pregunta.
No sé nada. No conozco los juegos. He vivido de otra manera y ya es tarde.
—Estoy contenta de verle aquí, con nosotros —me dice la patrona, que comienza a tejer para un invierno desconocido y ya exigente.
—Sube a su cuarto apenas come y ya no se le ve hasta el otro día —murmura el boticario—. Hay que tener presente a la salud. Los hombres que han vivido mucho…
Yo veo, por un espejo —al fondo de la sala— cómo Alicia está ovillada en un sillón y lee una revista. Tiene en la mano un lápiz. A menudo alza los ojos y piensa. Después escribe rápidamente y se diría que es feliz. Poco a poco, cuando se ha movido, una pierna baja por el sillón. Aparece la rodilla. Es redonda.
—Necesito una palabra de cuatro letras —nos pide con ansia.
La patrona busca entre sus recuerdos.
—Amor —responde con una risa breve.
El boticario inclina la cabeza, murmura entre dientes y ríe despacio, con timidez
—No me sirve —exclama Alicia.
—¿Por qué ha reído? —pregunta la patrona al boticario—. Tenía cuatro letras.
—He reído porque una mujer no encuentra nunca otra palabra —dice el boticario.
—¿Y cuál es la que encuentra el hombre?
—Trabajo, por ejemplo —contesta el boticario, removiéndose, inquieto, en su silla.
—No tiene cuatro letras —murmura Alicia, burlona.
Entonces hablamos de las palabras que preferimos. Alicia abandona la revista, el lápiz, y cubre su rodilla con gesto rápido.
—Digamos la palabra que nos gusta— propone.
Todos buscamos un instante por entre los muebles, junto a la lámpara, en el suelo.
—Primavera —dice la patrona.
—Trabajo —murmura, obstinándose, el boticario.
—Felicidad —ha dicho Alicia.
Y todos esperan mi palabra.
—Rododendro —voy diciendo lentamente, y escucho en mí el latido de un secreto que se traiciona.
—Bella palabra. Extraña tal vez, pero bella —declara la patrona, mirándome fijamente, deseosa averiguar si no he mentido.
—No es extraña. Rododendro es un arbusto que da flores rosadas, en los parques —explica el boticario.
Le observo con asombro y empiezo a reír, meneando negativamente la cabeza.
—Rododendro es un pez —digo con energía.
—¿Un pez?
—Y un pez que habla —aseguro sin mirar a nadie.
Fui hasta entonces un hombre tranquilo y bondadoso para el boticario; me hablaba, acogedor, y era animadora su cortesía; pero ahora se levanta y no le reconozco la voz dura, violenta:
—Se burla de nosotros. Los peces no hablan. Rododendro es…
No le escucho. Comienzo a subir la escalera y crujen los peldaños.
Siento, conmigo, el perfume Alicia. ¿Dónde ha estado otra vez? Ha vivido a mi lado y lo recuerdo.
Entonces me abrazó la mecanógrafa y después fui libre: eso es.
—No le ha comprendido —murmura Alicia—. Hay hombres que no saben reír. Rododendro parece un pez y no una planta.
—Es un pez —repito— que habla a quien lo escucha.
Y subimos hasta mi puerta. Sonríe, ruega que bajemos, me habla del verano y de la alegría.
—Entremos —le digo—. Va a verlo como yo. Es un pez de madera; pero vive.
Alicia ríe con júbilo y calla de pronto, ante a los barcos.
—¡Qué hermosos! —me dice—. ¡Cuántos hay! Oí hablar de ellos y nunca me atreví a pedirle que me dejara subir.
Cierro la puerta y me acerco a la botella que es como una redoma, señalándola. Después me aparto, porque ella se aproxima. Y la veo inclinarse delante de mí, para mirar a Rododendro que nos vigila con su ojo quieto.
Tiene los hombros desnudos y la nuca blanca. Unos cabellos pequeñitos caen hacia los lados, y el perfume entra en mí suavemente.
Va a erguirse de nuevo, y será todo.
Cerrando los párpados, la beso. Cuando se vuelve y está hablándome, la beso en la boca. Su perfume baja por mi garganta y se anuda en mi pecho con lentitud, estremeciéndome.
La oigo reír y no sé qué palabras diría ahora. Aprieto los puños caídos; escucho una puerta que han cerrado, lejos; miro a Alicia que no se va.
—Es la palabra de cuatro letras que buscaba: ¡beso! —me dice entre la risa.
Entonces desaparece. Estoy solo de nuevo y tal vez pudiera llorar vuelto hacia el muro. Pero cierro la puerta y me quedo escuchando. Nada. La noche y los barcos, por todas partes, en sus botellas transparentes. Más allá, Rododendro, que ha juntado su ojo oscuro. Es hora de dormir. Somos viejos.
*
"Rododendro" pertenece al volumen de cuentos La noche de enfrente, de Hernán del Solar, 1952.
Hernán del Solar (Santiago, 1901 - 1985) Premio Nacional de Literatura 1968
Escritor y periodista chileno que destacó en su faceta de crítico literario y como autor de cuentos infantiles. Estudió en el Colegio de La Salle y asumió siendo muy joven un cargo directivo en la Editorial Zig-Zag; posteriormente colaboró como crítico en Atenea, Pro Arte, El Debate, La Nación y El Mercurio, entre otras publicaciones. Ejerció además la cátedra de redacción en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Como traductor, dio a conocer a escritores como Aldous Huxley o Nikos Kazantzakis. Pero fue en el ámbito de la crítica donde más
sobresalió, con obras como Índice de la poesía chilena contemporánea (1937), La poesía chilena en la primera mitad del siglo XX (1953), Breve estudio y antología de los Premios Nacionales de Literatura (1965) y Premios Nacionales de Literatura (1975). Desde 1947 publicó casi una cincuentena de cuentos infantiles en
Zig-Zag y Rapa Nui; de ahí que se le conociera como "El Andersen chileno".
lunes, 9 de octubre de 2023
"Todos los pasos", short story by Federico Zurita H.
No puedo llevarte, dice mi padre, voy en la dirección contraria.
Camino entonces, chuteando mi pelota y pienso, a fin de cuentas la
ciudad de Puerto Azola no es tan grande. Él se aleja en el auto del
laboratorio bioquímico donde trabaja o en el auto de su jefe o en el de
su amigo o en el de su otro amigo. Nunca tuvo uno propio. Mi madre me
dice que me cuide y no le quito la vista hasta que doblo en la esquina.
El Panchulo, que va a mi lado, piensa que somos cuicos. Tu papá tiene
muchos autos y nunca te lleva a la cancha, me dice. Yo quiero pegarle un
puntete, pero sólo le pregunto a qué cresta va a la cancha si nunca
juega. Es que el Panchulo es Panchula y le gusta la pichula, por eso no
juega, dice el Mauri desde atrás. El Panchulo le pega al Mauri, pero
éste le contesta y lo deja llorando. Me da pena y se me quitan las ganas
de pegarle un puntete. Le digo al Mauri que lo deje tranquilo y me
contesta que a mí también me gusta la pichula. ¿Será cierto?, me
pregunto, pero lo niego. El Mauri corre con mi pelota, pero no me
importa. Es difícil caminar y chutear a la vez. El Panchulo se seca las
lágrimas y se arregla el pelo. Lo hace porque ve aquel auto a lo lejos.
El auto se detiene, y mi amigo me dice, ¿quieres venir? Niego con la
cabeza. El Panchulo se sube. Yo sigo caminando junto al Negro, cada uno
con su boogie bajo el brazo. Ojalá estén buenas las olas, dice el Negro.
Ojalá no esté llena la playa, digo yo. Ojalá no llegue el Mauri a
quebrarse con su tabla, dice el Negro. Luego agrega, yo prefiero el
Bodyboard al surf, por eso me compré un boogie y no una tabla. El
conchesumare del Mauri tiene tabla sólo para lucirla, concluye. Me quedo
en silencio porque me doy cuenta de que hace tiempo que no tengo nada
que decir del Mauri. El Negro abre su lata de Bilz sin detener el paso
camino al cine o a la fisa o al partido del Deportivo Puerto Azola que
por fin está en primera división. Dice que la Jeannette es una maraca y
que anda con el Mauri por puro que tiene moto, y en Puerto Azola
cualquiera tiene moto. Yo también abro una lata, es Pap. Caminar y beber
es más fácil que caminar y chutear, pienso. El Negro se queda atrás. La
Jeannette lo llama y va corriendo. Yo sigo solo. Caminar y mirarle el
culo a la Carola es más entretenido, pienso. La sigo al colegio o al
supermercado El Arcoíris o al cine o a la playa, no estoy seguro. Sólo
la sigo. Ella apura el paso y yo también. Ella lo apura más y yo
también. Ella lo apura por tercera vez y yo me quedo atrás. Cuando se da
cuenta de que ya casi me pierde, camina más lento y la alcanzo. Le
agarro el culo y le gusta. Pero en la cuadra siguiente dobla a la
izquierda. Yo sigo derecho y cuando el Negro reaparece solo le pregunto,
dónde está la Jeannette. Es una maraca, responde. No quiere que lo vea
llorando. La Carola me vuelve a alcanzar. Yo la dejo caminar a mi lado y
pienso en su culo. ¿Vas a la protesta?, me dice. Yo no entiendo de qué
habla. Ella me explica. Es la primera protesta en años, agrega. Luego se
va. Yo la miro alejarse. Me gusta, pienso, pero me va a hacer llorar,
como la Jeannette al Negro. El Negro abre la primera lata de su sixpack.
Yo abro la primera del mío. ¿No será mucha cerveza?, le digo. No seai
maricón, me responde, hay que llegar entonado, no veis que va a estar
lleno de minas. Se te tienen que acabar de aquí al Rockymar o a la
Sunset o a la playa o al gimnasio del colegio Santa Beatriz o donde sea
que vamos, ordena mientras comenzamos a caminar en zigzag. El Negro me
pregunta si vamos en zigzag o en círculos, porque Puerto Azola es
pequeño como para tener que caminar tanto. Hay que seguir caminando, le
respondo en el momento en que un auto se detiene junto a nosotros. Es el
Mauri con la música a todo volumen. Este conchesumare, murmura el
Negro. ¿Los llevo a la fiesta?, dice el Mauri. El Negro se adelanta y al
instante se detiene. ¿Tú vas también?, dice el Negro. Niego con la
cabeza. El Negro se sube al auto del Mauri y se van. Cuando aún puedo
verlos alejarse, el Mauri grita, anda a chuparle el pico al Panchulo.
Camino un poco y escucho el estruendo del golpe. Camino otro poco y veo
el auto apachurrado contra una palmera. El Negro está muerto. Al Mauri
no le pasa nada. Tampoco va preso porque es menor de edad y es hijo de
militar. En Puerto Azola está lleno de menores al volante que son hijos
de militar. En Puerto Azola los funerales son a pie. La Carola camina al
lado mío hacia el cementerio en medio de una inmensa procesión. Vino
toda la comunidad del colegio. Le pregunto por la Jeannette. Me dice que
no va a venir, que fue a ver al Mauri a la clínica. Nos salimos de la
procesión y doblamos por un pasaje. No sé dónde vamos, pero le vuelvo a
tocar el culo. Y esta vez también las tetas. Hay otro funeral con
cientos de personas y gritos. Es el muerto de la protesta, dice la
Carola. Yo me asusto y la Carola se pierde en la multitud. Camino solo
en la dirección contraria a la procesión y entre la masa de gente veo,
por fin, nuevamente a la Carola. Me hace una seña con la mano y se
vuelve a perder. No la sigo. Me voy con un sixpack rumbo al río o a la
playa o a la isla, pero no a la parte del Rockymar. Voy solo. La ciudad
está en silencio después de los funerales masivos. Hasta el mar se queda
mudo por mucho tiempo. Tengo ganas de llorar, pero me aguanto y sigo
caminando. Hace frío o calor o frío otra vez. A lo lejos el silencio es
interrumpido por el Mauri y sus amigos que le sacan la cresta a alguien.
Es el Panchulo. Yo sigo caminando y finjo que no veo. No le cuento a
nadie y lloro mientras acelero. Pese a que voy rápido, mi madre me grita
que apure el paso, que el camión de la mudanza ya se va y nosotros
también. Yo me seco los ojos, acelero y veo cómo el camión se va
haciendo pequeño hasta que es sólo un punto al final del camino. Avanzo
en esa dirección y cuando creo que el final del camino está cerca, éste
se me arranca. El desierto se va tornando amarillo y luego de un verde
opaco y seco, hasta que, mientras camino ya en la capital, comienza a
llover. No te puedo llevar, me dice mi padre, voy en la dirección
contraria, al laboratorio bioquímico. A mí no me importa. Me cubro con
un paraguas por primera vez y piso las pozas con mis primeras botas. Mi
madre me dice que me cuide y no le quito la vista hasta que llego a la
esquina y doblo. Voy al cine o a Fantasilandia o a la galería donde
venden poleras con estampados de Siouxsie and the Banshees pero no les
quedan y compro una de Sex pistols, que no me gustan tanto. En el camino
me encuentro una protesta. Tengo miedo, pero no se me nota porque mi
polera es de Sex Pistols. Le digo al Braulio que mejor nos vamos. Él me
dice que no sea maricón y me explica que tenemos todo el derecho de
protestar. Sigo caminando, pero ya no en la dirección contraria de la
masa de gente. Voy en la misma dirección, y acompaño a mi madre a votar.
Vamos a decir que no al militar. Apenas comienzo a enterarme del porqué
en el camino. Mi madre celebra mientras vamos a votar por segunda vez,
ahora por el candidato que nos permitió decirle que no al militar. Mi
madre vuelve a celebrar. Ya no habrá más protestas, me dice el Braulio
cuando vamos camino al primer día de universidad. Es Ingeniería. Tengo
clase de cálculo o álgebra o Química. Pienso, mi padre, que sabe más que
yo de estas cosas, podría enseñarme, pero va en la dirección contraria.
Tengo clases de física o mecánica o termodinámica o actuación o
movimiento o voz o historia del teatro o dramaturgia, no sé cuál es
primero, pero ahora es en otro campus. Llevo mi polera de Sex pistols y
mientras me acerco a la Escuela de Teatro, unos tipos con poleras de
Víctor Jara o el Che Guevara o Silvio Rodríguez me miran feo. No
importa, porque la Sandra, que lleva una polera de Bauhaus, camina al
lado mío y me toma la mano. Vamos a clases o al teatro o a una fiesta
Acid o a otra en el Club Panteón o a otra en su cama. Luego me suelta y
camino tomado de la mano de la Maricarmen o de la Andrea o de la
Magdalena. Mi madre me alcanza a decir que me cuide y a mí me da
vergüenza. Sé a qué se refiere, pero no quiero que la Maricarmen o la
Andrea o la Magdalena se den cuenta. Yo nunca le dije a mi madre que se
cuide, pienso mientras camino a verla a la clínica o a su funeral o a su
tumba. Mi padre camina al lado mío, pero no dice nada. Me adelanto. No
tengo el más mínimo interés de ver cómo comienza a zigzaguear. Yo
zigzagueo por mi cuenta. El Mario me acompaña a la biblioteca o al
teatro o al Bar Danés, zigzaguea conmigo, mientras me dice que está
escribiendo una obra de teatro y se toma un pencazo largo de ron. Yo
camino a la universidad o al teatro o a una fiesta al Club Panteón o al
teatro o a la casa del Mario o al teatro o a ensayo del montaje de
egreso a representar a un personaje que camina a todos lados sin poder
subirse jamás a un auto o micro o camión. La Mariana detiene su auto
junto a mí y me dice si quiero que me lleve. Le digo que sí, pero cambio
de opinión. Ella se baja y camina al lado mío. Por qué no quieres
subirte a mi auto, me dice. Si quiero, le respondo, pero no lo voy a
hacer. No doy más explicaciones. Ella camina a mi lado un rato, me toma
de la mano, me enseña su escote y sus piernas. Pero mientras la manoseo,
se aburre y se va. Me encamino a la protesta. Le enrostro al Braulio
que alguna vez haya dicho que no habría más protestas. Cómo iba yo a
saber que todo sería como si el militar aún estuviera a cargo, se
excusa. Caminamos juntos, nos apuramos juntos, zigzagueamos. Dejo de
zigzaguear pero no de avanzar. Voy al estreno de mi primera obra después
de salir de la universidad o a la última función o al estreno de esa
otra obra que por fin terminó de escribir el Mario y que dirige él mismo
o a la primera obra escrita por mí y que dirige alguien con más
trayectoria que yo. Veo a mi padre pasar en un auto del laboratorio de
bioquímica donde hace sus investigaciones, o es de su jefe o de su
amigo. Me grita que no me puede llevar al teatro porque va en la
dirección contraria. Camino apurado a pagar el arriendo o a comprar
muebles nuevos o utensilios para la cocina. Camino a visitar a mi padre.
Camino junto a él, pero zigzaguea. Le digo que vamos en línea recta,
pero insiste en zigzaguear. Yo prefiero seguir derecho. Él zigzaguea y,
mientras toma otro camino, apenas escucho que me grita, voy en la
dirección contraria, no te puedo acompañar. El Mario me pide que me
detenga. No le hago caso y sigo dando pasos. Me dice que ya no puede
seguir, que no es posible vivir así, que no va a escribir un diálogo
más. Camina de espaldas porque yo no me detengo. Tengo cuentas que
pagar, explica. Yo sigo adelante. Él se detiene. Ya no me ve de frente.
Me ve de lado. Me ve la espalda. Voy a dejar el teatro, voy a seguir
otro camino, concluye, y se va en la dirección contraria. Le digo, sin
mirarlo, que le dé saludos a mi padre. Escucho como se aleja a mi
espalda. No lo veo, sólo lo escucho. La Renata me toma de la mano. He
visto todas tus obras, me dice, mientras caminamos a su restaurante
preferido o a una celebración de amigos o a su casa o a nuestra fiesta
de matrimonio o a nuestro departamento. Caminamos los dos solos o con
amigos o con una guagua en brazos a quien llamamos Raimundo o con el
Raimundo de la mano o con el Raimundo un poco más atrás porque no nos
quiere dar la mano. Camino solo mientras la Renata y el Raimundo se
quedan detenidos. No sé cuánto tiempo se quedan ahí, porque no miro
hacia atrás. No sé cuándo toman la dirección contraria. Un tipo se
acerca, camina junto a mí y me mira. Eres tú, me dice. Soy yo, le
respondo, acelerando el paso. Y yo soy yo, agrega. Es el Mauri, me doy
cuenta de pronto. Me quiere detener con un abrazo, pero no lo logra. Me
cuenta que trabaja en la exportadora de aceitunas de su suegro, con
oficina en Puerto Azola pero que todos los meses viaja a la capital. Me
pregunta a qué me dedico. Soy actor, le digo. ¿En qué teleserie actúas?,
pregunta. Hago teatro, respondo. ¿Y con qué pagas las cuentas?, dice.
Yo no le respondo. Me ofrece trabajo, me cuenta que el Panchulo es
travesti y puta, y que la Jeannette es maraca. Pienso en detenerme, pero
no lo hago. Quiero preguntarle si sabe qué ha sido de la Carola, pero
me quedo en silencio. Se despide y se sube a su auto. Antes de partir me
pregunta si me lleva a algún lado. Niego con la cabeza. Me alejo y
escucho que me grita, anda a chuparle el pico al Panchulo, actorcito de
cuarta. Camino al teatro o a la casa de mi padre o a la casa de mi hijo o
al bar. Camino sin compañía un largo trecho. Camino al lado de la
Susana, pero no caminamos juntos. Camino tanto rato a su lado que no me
doy cuenta cuando ya estamos caminando juntos. Me toma la mano y me la
suelta y me la vuelve a tomar. Caminamos así. Veo a mi padre paralizado
al borde de la vereda. Tiene una llave de auto en la mano, pero no hay
ningún auto donde introducirla. La Susana me aconseja que le hable, que
ella va a observar de cerca, que no me va a dejar solo. Me acerco a mi
padre y lo envuelvo con mi brazo derecho. Él se deja abrazar. Caminamos
así, sin zigzaguear. Dónde vas, me pregunta, siguiendo mi paso. A buscar
al Raimundo para llevarlo a la cancha, le digo. Si tuviera un auto te
podría llevar, me dice, pero no tengo. Podemos caminar, le digo, yo te
enseño cuál es la dirección.
This story was awarded first prize at the—currently disappeared—Paula Magazine short story contest, in the year 2014.
jueves, 15 de junio de 2023
Ella estuvo entre nosotros, poem by Jorge Teillier
Ella estuvo entre nosotros
lo que el sol atrapado por un niño en un espejo
Pero sus manos alejan los malos sueños
como las manos de la lluvia
las pesadillas de las aldeas.
Sus manos que podían dar de comer
a la noche convertida en paloma.
Era bella como encontrar
nidos de perdices en los trigales.
Bella como el delantal gastado de una madre
y las palabras que siempre hemos querido escuchar.
Cierto: estuvo entre nosotros
lo que el sol en el espejo
con que un niño juega en el tejado.
Pero nunca dejaremos de buscar sus huellas
en los patios cubiertos por la primera helada.
Sus huellas perdidas
tras una puerta herrumbrosa
cubierta de azaleas.
viernes, 22 de abril de 2022
NUNCA SALÍ DEL HORROROSO CHILE, poem by Enrique Lihn
(De "A partir de Manhattan", 1979)
Nunca salí del horroroso Chile
mis viajes que no son imaginarios
tardíos sí - momentos de un momento -
no me desarraigaron del eriazo
remoto y presuntuoso
Nunca salí del habla que el Liceo Alemán
me inflingió en sus dos patios como en un regimiento
mordiendo en ella el polvo de un exilio imposible
Otras lenguas me inspiran un sagrado rencor:
el miedo de perder con la lengua materna
toda la realidad. Nunca salí de nada.
miércoles, 9 de septiembre de 2020
El gallinero, Diego Maquieira
Nos educaron para atrás padre
Bien preparados, sin imaginación
Y malos para la cama.
No nos quedó otra que sentar cabeza
Y ahora todas las cabezas ocupan un asiento, de cerdo.
Nos metieron mucho
Concilio de Trento
Mucho catecismo litúrgico
Y muchas manos a la obra, la misma
Qué en esos años
Repudiaba el orgasmo
Siendo que esta pasta
Era la única experiencia física
Que escapaba a la carne.
Y tanto le debíamos a los
Reyes Católicos
Que acabamos con la tradición
Y nos quedamos sin sueños
Nos quedamos pegados
Pero bien constituidos;
Matrimonios bien constituidos
Familias bien constituidas.
Y así, entonces, nos hicimos grandes:
Aristocracia sin monarquía
Burguesía sin aristocracia
Clase media sin burguesía
Pobres sin clase media
Y pueblo sin revolución
martes, 31 de marzo de 2020
CUANDO TODOS SE VAYAN, Jorge Teillier
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.
Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.





