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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Consejos sobre el arte de escribir cuentos, (do)decálogo de Roberto Bolaño

Como ya tengo cuarentaicuatro años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos. 1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte. 2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si se ve con energía suficiente, escríbalos de nueve en nueve o de quince en quince. 3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, y además lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes: una doble imagen que produce melancolía. 4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo y a Monterroso*. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral. 5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura. 6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así. 7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval! 8) Lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges. 9) La verdad de la verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra. 10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas. 11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas. 12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.** 

 
* En algunas ediciones de este decálogo cita a García Márquez, en la edición de Anagrama el colombiano fue obliterado.
** Lo anterior no resta que la genealogía bolañesca suela ser un lamentable all-male panel. 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Últimos atardeceres en la tierra (2001), by Roberto Bolaño

La situación es ésta: B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco. Parten muv temprano, a las seis de la mañana Esa noche, B duerme en casa de su padre. No tiene sueños o si los tiene los olvida nada más abrir los ojos. Oye a su padre en el baño. Mira por la ventana, aún está oscuro. B no enciende la luz y se viste. Cuando sale de su habitación su padre está sentado a la mesa, leyendo un periódico de- portivo del día anterior y el desayuno está hecho. Café y huevos a la ranchera. B saluda a su padre y entra en el baño.

El coche del padre de B es un Ford Mustang del 70. A las seis y media de la mañana suben al coche y comienzan a salir de la Ciudad. La ciudad es México Distrito Federal, y el año en que B y su padre abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el año de 1975. El viaje es, en líneas generales, plácido. Al salir del DF, ambos, padre e hijo, tienen frío, pero cuando abandonan el valle y comienzan a bajar en dirección a las tierras calientes del estado de Guerrero, el calor se impone y tienen que quitarse los suéters y abrir las ventanillas. El paisaje, al principio, ocupa toda la atención de B, que tiende a la melancolía, pero al cabo de las horas las montañas y los bosques se hacen monótonos y B prefiere dedicarse leer un libro de poesía.

Antes de llegar a Acapulco el padre de B detiene el coche delante de un tenderete de la carretera. En el tenderete ofrecen iguanas. ¿Las probamos?, dice el padre de B. Las iguanas están vivas y apenas se mueven cuando el padre de B se acerca a mirarlas. B lo observa apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin esperar respuesta, el padre de B pide una ración de iguana para él y para su hijo. Sólo entonces B se mueve. Se acerca al comedor al aire libre, cuatro mesas y un toldo que el viento escaso apenas agita, y se sienta en la mesa más alejada de la carretera. Para beber, el padre de B pide cervezas. Los dos llevan las camisas arremangadas y desabotonadas. Los dos llevan camisas de colores claros. El hombre que los atiende, por el contrario, lleva una camiseta negra de manga larga y el calor no parece afectarlo.

¿Van a Acapulco?, dice el hombre. El padre de B asiente. Ellos son los únicos clientes del tenderete. Por la carretera brillante los coches pasan y no se detienen. El padre de B se levanta y se dirige hacia la parte de atrás. Por un momento B cree que su padre va a orinar, pero pronto se da cuenta de que se ha metido en la cocina para observar cómo cocinan la iguana. El hombre lo sigue en silencio. B los oye hablar. Primero habla su padre, después la voz del hombre y por último una voz de mujer a la que B no ha visto. B tiene la frente perlada de sudor. Sus gafas están mojadas y sucias. Se las quita y las limpia con el borde de la camisa. Cuando vuelve a ponerse las gafas observa a su padre que lo está mirando desde la cocina. En realidad, sólo ve la cara de su padre y parte de su hombro, el resto queda oculto por una cortina roja con lunares negros, una cortina que a B, por momentos, le parece que no sólo separa la cocina del comedor sino un tiempo de otro tiempo.

Entonces B desvía la mirada y vuelve a su libro, que permanece abierto sobre la mesa. Es un libro de poesía. Una antología de surrealistas franceses traducida al español por Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Desde hace dos días B está leyendo este libro. Le gusta. Le gustan las fotos de los poetas. La foto de Unik, la de Desnos, la de Artaud, la de Crevel. El libro es voluminoso y está forrado con un plástico transparente. No es B quien lo ha forrado (B nunca forra sus libros) sino un amigo particularmente puntilloso. Así que B desvía la mirada, abre su libro al azar y encuentra a Gui Rosey, la foto de Gui Rosey, sus poemas, y cuando vuelve a levantar la mirada la cabeza de su padre ya no está.

El calor es sofocante. De buena gana B volvería al DF, pero no va a volver, al menos no ahora, eso lo sabe. Poco después su padre está sentado junto a él y ambos comen iguana con salsa picante y beben más cerveza. El hombre de la camiseta negra ha encendido una radio de transistores y ahora una música vagamente tropical se mezcla con el ruido del bosque y con el ruido de los coches que pasan por la carretera. La iguana sabe a pollo. Es más chiclosa que el pollo, dice B no muy convencido. Es sabrosa, dice su padre y pide otra ración. Toman café de olla. Los platos de iguana se los ha servido el hombre de la camiseta negra, pero el café lo trae la mujer de la cocina. Es joven, casi tan joven como B, y va vestida con shorts blancos y una blusa amarilla con estampado de flores blancas, unas flores que B no reconoce y que tal vez no existen. Cuando están tomando café, B se siente descompuesto, pero no dice nada. Fuma y mira el toldo que apenas se mueve, como si un delgado hilo de agua permaneciera allí desde la última tormenta. Pero eso no puede ser, piensa B. ¿Qué miras?, dice su padre. El toldo, dice B. Es como una vena. Esto último B no lo dice, sólo lo piensa.

Al atardecer llegan a Acapulco. Durante un rato vagan por las avenidas cercanas al mar. Las ventanillas del coche están bajadas y la brisa les revuelve el pelo. Se detienen en un bar y entran a beber. Esta vez el padre de B pide tequila. B se lo piensa un momento. También pide tequila. El bar es moderno y tiene aire acondicionado. El padre de B conversa con el camarero, le pregunta por hoteles cercanos a la playa. Cuando vuelven al Mustang ya se ven algunas estrellas y el padre de B parece, por primera vez en lo que va de día, cansado. Sin embargo aún recorren un par de hoteles que, por un motivo u otro, no les satisfacen, antes de dar con el elegido. El hotel se llama La Brisa y es pequeño, tiene piscina y está a cuatro pasos de la playa. Al padre de B le gusta el hotel. A B también le gusta. Como es temporada baja, está casi vacío y los precios resultan asequibles. La habitación que les asignan tiene dos camas individuales y un pequeño baño con ducha; la única ventana da al patio del hotel, en donde está la piscina, y no al mar como era el deseo del padre de B. La ventilación, no tardan en descubrirlo, no funciona. Pero la habitación es bastante fresca y no protestan. Así que se instalan, deshacen cada uno su maleta, meten la ropa en los armarios, B deja sus libros sobre el velador, se cambian de camisa, el padre de B se da una ducha de agua fría, B sólo se lava la cara y cuando han terminado salen a cenar.

En la recepción del hotel encuentran a un tipo bajito y con dientes de conejo. Es joven y parece simpático, les recomienda un restaurante cercano al hotel. El padre de B le pregunta por algún sitio animado. B entiende a lo que se refiere su padre. El recepcionista no lo entiende. Un sitio con acción, dice el padre de B. Un lugar donde se puedan encontrar muchachas, dice B. Ah, dice el recepcionista. Durante un instante B y su padre permanecen inmóviles, sin hablar. El recepcionista se agacha, desaparece debajo del mostrador y luego vuelve a aparecer con una tarjeta que le tiende al padre de B. Este la mira, pregunta si el establecimiento es de confianza, y después extrae de la billetera un billete que el recepcionista coge al vuelo.

Pero esa noche, después de cenar, vuelven directos al hotel.

Al día siguiente B despierta muy temprano. Sin hacer ruido se ducha, se lava los dientes, se pone el traje de baño y abandona la habitación. En el comedor del hotel no hay nadie, por lo que B decide desayunar afuera. La calle del hotel baja perpendicularmente hacia la playa. Allí sólo hay un adolescente que alquila tablas. B le pregunta el precio por una hora. El adolescente dice una cifra que a B le parece razonable, así que alquila una tabla y se mete en el mar. Enfrente de la playa hay una pequeña isla y hacia allí dirige B su embarcación. Al principio le cuesta un poco, pero no tarda en dominarla. El mar, a esa hora, es cristalino y antes de llegar a la isla B cree ver peces rojos bajo su tabla, peces de unos cincuenta centímetros de longitud que se dirigen hacia la playa mientras él rema hacia la isla.

El trayecto entre la playa y la isla dura exactamente quince minutos. B no lo sabe, pues no tiene reloj, y el tiempo se le alarga. La travesía entre la playa y la isla le parece que dura una eternidad. Y justo antes de llegar unas olas imprevistas dificultan su aproximación a la playa, una playa que puede apreciar de arena muy distinta a la playa del hotel, pues en aquélla la arena, tal vez por la hora (aunque B no lo cree así), era de un color de tonos dorados y marrones y la de la isla es una arena blanca, refulgente, tanto que hace daño mirarla mucho rato.

Entonces B deja de remar y se queda quieto, a merced del oleaje, y las olas comienzan a alejarlo paulatinamente de la isla. Cuando por fin reacciona, la tabla ha retrocedido y está otra vez a medio camino. Después de calcular las distancias, B opta por regresar. Esta vez la singladura transcurre plácidamente. Al llegar a la playa, el muchacho que alquila las tablas se le acerca y le pregunta si ha tenido algún problema. Ninguno, dice B. Una hora más tarde, sin haber desayunado, B regresa al hotel y encuentra a su padre sentado en el comedor, con una taza de café y un plato en donde aún quedan restos de tostadas y huevos.

Las horas siguientes son confusas. Vagabundean, observan a la gente desde el interior del coche, a veces bajan y se toman un refresco o un helado. Esa tarde, en la playa, mientras su padre duerme estirado en una tumbona, B lee otra vez los poemas de Gui Rosey y la breve historia de su vida o de su muerte.

Un dia un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y el oeste están ocupados por los alemanes. El sur está bajo la égida de Pétain. El consulado norteamericano dilata la decisión día tras día. En el grupo de surrealistas está Breton, está Tristán Tzara, está Péret, pero también hay otros que son menos importantes. A este grupo pertenece Gui Rosey . Su foto es la foto de un Poeta menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. El grupo de surrealistas se reúne cada tarde en un café cerca del puerto. Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un día, sin embargo (un atardecer, intuye B), Rosey desaparece. Al principio, nadie lo echa de menos. Es un poeta menor y los poetas menores pasan inadvertidos. Al cabo de los días, no obstante, comienzan a buscarlo. En la pensión en donde vivía no saben nada de él, sus maletas, sus libros, están allí, nadie los ha tocado, Por lo que resulta impensable que Rosey se haya marchado sin pagar, una práctica común, por otra parte, en ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo buscan. Recorren hospitales y retenes de la gendarmería. Nadie sabe nada de él. Un día llegan los visados y la mayoría de ellos coge un barco y salen para los Estados Unidos. Los que se quedan, aquellos que no van a tener visado nunca, pronto olvidan a Rosey, olvidan su desaparición ocupados en ponerse a salvo a sí mismos en unos años en donde las desapariciones masivas y los crímenes masivos son una constante.

De noche, después de cenar en el hotel, el padre de B propone ir a visitar un lugar en donde haya acción. B mira a su padre. Es rubio (B es moreno), tiene los ojos grises y aún es fuerte. Parece feliz y dispuesto a pasarlo bien. ¿Acción de qué tipo? dice B, que sabe perfectamente a lo que se refiere su padre. La de siempre, dice el padre de B. Trago y mujeres. Durante un rato B permanece en silencio, como si cavilara una respuesta. Su padre lo mira. Se diría que en esa mirada hay expectación, pero en real¡dad sólo hay cariño. Finalmente B dice que no tiene ganas de hacer el amor con nadie. No se trata de ir a echar un polvo, dice su padre, sino de ir y mirar y tomar y departir con los amigos. ¿Con qué amigos, dice B, si aquí no conocemos a nadie? Uno siempre hace amigos en los picaderos, dice su padre. La palabra picadero hace que B piense en caballos. Cuando tenía siete años su padre le compró un caballo. ¿De dónde era mi caballo?, dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se sobresalta. ¿Qué caballo?, dice. El que me compraste cuando yo era chico, dice B, en Chile. Ah, el Zafarrancho, dice su padre y sonríe. Era un caballo chilote, de Chiloé, dice, y tras pensar un instante vuelve a hablar de los burdeles. Por su manera de evocarlos, se diría que habla de salas de baile, piensa B. Pero luego ambos se quedan callados.

Esa noche no van a ninguna parte.

Mientras su padre duerme, B se va a leer a la terraza del hotel, junto a la piscina. No hay nadie más que él. La terraza está limpia y vacía. Desde su mesa B puede observar una parte de la recepción, en donde el recepcionista de la noche anterior lee algo o hace cuentas, de pie sobre el mostrador. B lee a los surrealistas franceses, lee a Gui Rosey. Y la verdad es que Rosey no le parece interesante. Le gusta Desnos, le gusta Eluard, mucho más que Rosey, aunque al final siempre vuelve a los poemas de éste y a contemplar su fotografía, una foto de estudio en donde Rosey aparece como un ser sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata oscura que parece estrangularlo.

Seguramente se suicidó, piensa B. Supo que no iba a obtener jamás el visado para los Estados Unidos o para México y decidió acabar sus días allí. Imagina o trata de imaginar una ciudad costera del sur de Francia. B aún no ha estado nunca en Europa. Ha recorrido casi toda Latinoamérica, pero en Europa aún no ha puesto los pies. Así que su imagen de una ciudad mediterránea está condicionada directamente por su imagen de Acapulco. Calor, un hotel pequeño y barato, playas de arenas doradas y playas de arenas blancas. Y ruidos lejanos de música. B no sabe que falta en su imagen un ruido o un rumor determinante: el de las jarcias de las pequeñas embarcaciones que suelen amarrar en todas las ciudades costeras. Sobre todo en las pequeñas: el ruido de las jarcias en la noche, aunque el mar esté liso como un plato de sopa.

De pronto alguien más entra en la terraza. Es una silueta femenina que toma asiento en la mesa más retirada, en una esquina, junto a dos grandes jarrones de pie. Al poco rato, el recepcionista se acerca a la mujer con una bebida. Después, en lugar de regresar a la recepción, el recepcionista se aproxima a B, que está sentado al borde de la piscina y le pregunta qué tal lo están pasando su padre y él. Muy bien, dice B. ¿Les gusta Acapulco?, pregunta el recepcionista. Mucho, dice B. ¿Qué tal el San Diego?, pregunta el recepcionista. B no entiende la pregunta. ¿El San Diego? Por un instante cree que le está preguntando por el hotel, pero de inmediato recuerda que el hotel no se llama así. ¿Qué San Diego?, dice B. El recepcionista sonríe. El club de putas, dice. Entonces B recuerda la tarjeta que el recepcionista le dio a su padre. Aún no hemos ido, dice. Es un sitio de confianza, dice el recepcionista. B mueve la cabeza en un gesto que podría ser interpretado de muchas maneras. Está en la avenida Constituyentes, dice el recepcionista. En esa misma avenida hay otro club, el Ramada, que no es de fiar. El Ramada, dice B, mientras observa la silueta femenina inmóvil en el rincón de la terraza, en medio de los enormes jarrones cuya sombra se alarga y adelgaza hasta perderse debajo de las mesas vecinas, el vaso con la bebida en la mesa, aparentemente intacto. Al Ramada es mejor que no vayan, dice el recepcionista. ¿Por qué?, dice B por decir algo, en realidad él no tiene intención de ir a ninguno de los dos clubes. No es de confianza, dice el recepcionista y sus dientes de conejo, blanquísimos, brillan en la semipenurnbra que se ha apoderado repentinamente de toda la terraza, como si alguien desde la recepción hubiera apagado la mitad de las luces.

Cuando el recepcionista se va, B vuelve a abrir el libro de poesía, pero las palabras ya son ilegibles, así que deja el libro abierto sobre la mesa y cierra los ojos y no oye el rumor de las jarcias sino un ruido atmosférico, de enormes capas de aire caliente que descienden sobre el hotel y sobre los árboles que rodean el hotel. Tiene ganas de meterse en la piscina. Por un instante cree que podría hacerlo.

Entonces la mujer del rincón se levanta y comienza a caminar en dirección a las escalinatas que unen la terraza con la recepción, aunque a medio camino se detiene, como si se sintiera mal, una mano apoyada en un cantero en donde ya no hay flores sino maleza. B la observa. La mujer lleva un vestido claro, holgado, de tela ligera, con un amplio escote que deja desnudos sus hombros. B cree que la mujer seguirá su camino, pero ella no se mueve, la mano fija en el cantero, la mirada baja, y entonces B se levanta, con el libro en la mano, y se acerca. Su primera sorpresa se produce al observar su rostro. La mujer debe tener, calcula B, unos sesenta años, aunque él, de lejos, no le hubiera echado más de treinta. Es norteamericana y cuando B se le aproxima levanta la vista y le sonríe. Buenas noches, dice ella un tanto incongruentemente. ¿Le sucede algo?, dice B. La mujer no entiende sus palabras y B tiene que repetírselas, pero esta vez en inglés. Sólo estoy pensando en algo, dice la mujer sin dejar de sonreírle. B reflexiona durante unos segundos en lo que la mujer le acaba de decir. Pensando en algo. Y de pronto percibe en esa declaración una amenaza. Algo que se acerca por el lado del mar. Algo que avanza arrastrado por las nubes oscuras que cruzan invisibles la bahía de Acapulco. Pero no se mueve ni hace el más mínimo ademán de romper el encanto en el que se siente sujeto. y entonces la mujer mira el libro que cuelga de la mano izquierda de B y le pregunta qué es lo que lee y B dice: poesía. Leo poemas. Y la mujer lo mira a los ojos, siempre con la misma sonrisa en la cara (una sonrisa que es reluciente y ajada al mismo tiempo, piensa B cada vez más nervioso) y le dice que a ella, en otro tiempo, le gustaba la poesía. ¿Qué poetas?, dice B sin mover un sólo músculo. Ahora ya no los recuerdo, dice la mujer y parece sumirse nuevamente en la contemplación de algo que sólo ella puede vislumbrar. Sin embargo B cree que está haciendo un esfuerzo por redordar y espera en silencio . Al cabo de un rato vuelve a posar en él su mirada y dice: Longfellow. Acto seguido recita un texto con una rima pegajosa que a B le parece similar a una ronda infantil, algo, en cualquier caso, muy lejano a los poetas que él lee. ¿Conoce usted a Longfellow? dice la mujer. B niega con la cabeza, aunque la verdad es que ha leído a Longfellow. Me lo enseñaron en la escuela, dice la mujer con la misma sonrisa invariable Y luego añade: ¿no cree que hace demasiado calor? Hace rnucho calor, susurra B. Puede que se esté acercando una tormenta, dice la mujer. Parece muy segura de sus palabras. En ese momento B levanta la mirada: no ve ninguna estrella. Lo que sí ve son algunas luces del hotel encendidas. Y en la ventana de su habitación ve una silueta que los está mirando y que lo sobresalta como si de ¡mproviso se hubiera desatado la lluvia tropical.

Al Principio no comprende nada.

Su padre está allí, al otro lado de los cristales, enfundado en una bata azul, una bata que ha traído desde su casa y que B no conoce, en cualquier caso no es un albornoz del hotel, y los está mirando fijamente, aunque cuancio B lo descubre se echa para atrás, retrocede corno picado por una serpiente (levanta una mano en un tímido saludo) y desaparece tras las cortinas.

La canción de Hiawatha, dice la mujer. B la mira. La canción de Hiawatha, dice la mujer, el poema de Longfellow. Ah, sí, dice B.

Después la mujer le da las buenas noches y desaparece gradualmente: primero sube la escalinata hasta la recepción, allí se detiene unos instantes, cruza unas palabras con alguien a quien B no puede ver y finalmente se pierde, silenciosa, por el lobby del hotel, su figura delgada enmarcada por las sucesivas ventanas hasta que dobla por el pasillo de la escalera interior.

Media hora más tarde B entra en su habitación y encuentra a su padre dormido. Durante unos segundos, antes de dirigirse al baño a lavarse los dientes, B lo contempla (muy erguido, como dispuesto a sostener una pelea) desde los pies de la cama. Buenas noches, papá, dice. Su padre no hace la menor señal de haberlo escuchado.

Al segundo día de estancia en Acapulco, B y su padre van a ver a los clavadistas. Tienen dos opciones: mirar el espectáculo desde una plataforma al aire libre o entrar al restaurante-bar del hotel que domina La Quebrada. El padre de B pregunta los precios. La primera persona a la que interroga no lo sabe. El padre de B insiste. Por fin, un viejo ex clavadista que está allí sin hacer nada, le dice dos cifras. Instalarse en el mirador del hotel es seis veces más caro que hacerlo en la plataforma al aire libre. El padre de B no lo duda: vamos al bar, dice, estaremos más cómodos. B lo sigue. En el bar sus vestimentas desentonan con las del resto, turistas norteamericanos o mexicanos con prendas claramente veraniegas. La ropa de B y de su padre es la típica ropa de los habitantes del DF, una ropa que parece salida de un sueño interminable. Los camareros se dan cuenta. Saben que esa gente da poca propina y no los atienden con la prontitud necesaria. El espectáculo, para colmo, no se ve nada bien desde donde se han sentado. Hubiéramos hecho mejor en quedarnos en la plataforma, dice el padre de B. Aunque esto tampoco está mal, añade. B asiente. Finalizada la sesión de saltos y tras haberse bebido dos jaiboles cada uno, salen al aire libre y comienzan a hacer planes para el resto del día. En la plataforma casi no queda nadie, pero el padre de B distingue, sentado en un contrafuerte, al viejo ex clavadista y se le acerca.

El ex clavadista es bajo y tiene las espaldas muy anchas. Está leyendo una novela de vaqueros y no levanta la mirada hasta que B y su padre están a su lado. Entonces los reconoce y les pregunta qué les ha parecido el espectáculo. No ha estado mal, dice el padre de B, aunque en los deportes de precisión es necesaria una experiencia mayor para hacerse una idea cabal. ¿El caballero ha sido deportista? El padre de B lo estudia durante unos segundos y luego dice: algo hemos hecho en la vida. El ex clavadista se pone de pie con un movimiento enérgico, como si de pronto estuviera otra vez en el borde de los acantilados. Debe tener, piensa B, unos cincuenta años, por lo tanto no es mucho mayor que su padre, aunque la piel de la cara, con arrugas que parecen heridas, le proporciona un aire de persona más vieja. ¿Los caballeros están de vacaciones?, dice el ex clavadista. El padre de B asiente con una sonrisa. ¿Y cuál es el deporte que el caballero ha practicado, si se puede saber? El boxeo, dice el padre de B. Ah, caray, dice el ex clavadista, pues sería en peso pesado, ¿no? El padre de B sonríe ampliamente y dice que sí.

Sin saber como, de pronto B se encuentra caminando con su padre y con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado aparcado el Mustang y luego los tres se montan en el coche y B oye como si estuviera escuchando la radio las instrucciones que el ex clavadista le da a su padre. El coche durante un rato se desliza por la avenida Miguel Alemán, pero luego gira hacia el interior y pronto el paisije de hoteles y restaurantes dedicados al turismo se transforma en un paisaje urbano ligeramente tropical. El coche, sin embargo, sigue subiendo, alejándose de la herradura dorada de Acapulco, internándose por calles mal asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a una especie de restaurante o más bien casa de comidas corridas (aunque para ser un establecimiento de comidas corridas es demasiado grande, piensa B) en cuya acera polvorienta se detiene. El ex clavadista y su padre bajan de inmediato. Durante todo el trayecto no han parado de hablar y en la acera, mientras lo esperan y hacen gestos incomprensibles, siguen con su plática. B tarda un momento en descender del coche. Vamos a comer, dice su padre. Es verdad, dice B.

El interior del local es oscuro y sólo una cuarta parte está ocupada por mesas. El resto parece una pista de baile, con un estrado para la orquesta, enmarcada por una larga barra de madera basta. Al entrar B no puede ver nada por el contraste de la luz. Luego observa a un hombre, que se parece al ex clavadista, acercarse a éste y a su padre y tras escuchar atentamente una presentación que B no comprende, darle la mano a su padre y segundos después tendérsela a él. B extiende la mano y aprieta la del desconocido. Este dice un nombre y estrecha la mano de B con fuerza. El gesto es amistoso, pero el apretón resulta más bien violento. El hombre no sonríe. B decide no sonreír. El padre de B y el ex clavadista ya están sentados a la mesa. B se sienta junto a ellos. El tipo que se parece al ex clavadista y que resulta ser su hermano menor se mantiene de pie, atento a las instrucciones. Aquí, el caballero, dice el ex clavadista, fue campeón de los pesos pesados de su país. ¿Extranjeros?, dice el hombre. Chilenos, dice el padre de B. ¿Hay huachinango?, dice el ex clavadista. Hay, dice el hombre. Pues ponnos uno, un huachinango a la guerrerense, dice el ex clavadista. Y cervezas para todos, dice el padre de B, para usted también. Agradecido, murmura el hombre mientras saca tina libretita del bolsillo y apunta con dificultad un pedido que, a juicio de B, resulta un juego de niños memorizar.

Con las cervezas, el hermano del ex clavadista les trae una botana de galletitas saladas y tres vasos no muy grandes de ostiones. Son frescos, dice el ex clavadista mientras les pone chile a los tres. Qué curioso, ¿verdad? Que esto se llame chile y que su país se llame Chile, dice el ex clavadista mientras señala el frasco lleno de salsa picante de color rojo intenso. En efecto, no deja de ser curioso, concede el padre de B. A los chilenos, añade, esto siempre nos ha picado la curiosidad. B mira a su padre con una incredulidad apenas perceptible. El resto de la conversación, hasta que llega el huachinango, gira en torno a temas de boxeo y de clavadismo.

Después B y su padre se van del establecimiento. El tiempo ha pasado deprisa, sin que ellos se den cuenta, y cuando suben al Mustang ya son las siete de la tarde. El ex clavadista se sube con ellos. Por un momento, B piensa que no se lo van a poder quitar de encima nunca, pero cuando llegan al centro de Acapulco el ex clavadista se baja delante de un local de billares. Cuando se quedan solos, el padre de B comenta favorablemente el trato y los precios que han pagado por el huachinango. Si lo hubiéramos comido aquí, dice señalando los hoteles del paseo costero, nos habría salido por un ojo de la cara. Al llegar a su habitación, B se pone el traje de baño y se va a la playa. Nada durante un rato y luego intenta leer aprovechando la escasa luz del crepúsculo. Lee a los poetas surrealistas y no entiende nada. Un hombre pacífico y solitario, al borde de la muerte. Imágenes, heridas. Eso es lo único que ve. Y de hecho las imágenes poco a poco se van diluyendo, como el sol poniente, y sólo quedan las heridas. Un poeta menor desaparece mientras espera un visado para el Nuevo Mundo. Un poeta menor desaparece sin dejar rastros mientras desespera varado en un pueblo cualquiera del Mediterráneo francés. No hay investigación. No hay cadáver. Cuando B intenta leer a Daumal la noche ya ha caído sobre la playa, cierra el libro y vuelve lentamente al hotel.

Después de cenar, su padre le propone salir a divertirse. B rechaza la invitación. Le sugiere a su padre que vaya solo, que él no está para divertirse, que prefiere quedarse en la habitación y ver una película en la tele. Parece mentira, dice su padre, que a tu edad te estés comportando como un viejo. B observa a su padre, que se ha duchado y se está poniendo ropa limpia, y se ríe.

Antes de que su padre se marche B le dice que se cuide. Su padre lo mira desde la puerta y le dice que sólo va a tomarse un par de tragos. Cuídate tú, dice y cierra suavemente.

Al quedarse solo B se quita los zapatos, busca sus cigarrillos, enciende la tele y vuelve a tumbarse en la cama. Sin darse cuenta, se queda dormido. Sueña que vive (o que está de visita) en la ciudad de los titanes. En su sueño sólo hay un deambular permanente por calles enormes y oscuras que recuerda de otros sueños. Y hay también una actitud suya que en la vigilia él sabe que no tiene. Una actitud delante de los edificios cuyas voluminosas sombras parecen chocar entre sí, y que no es precisamente una actitud de valor sino más bien de indiferencia.

Al cabo de un rato, justo cuando la teleserie se ha acabado, B se despierta de golpe, como impelido por una llamada, se levanta, apaga la tele y se asoma a la ventana. En la terraza, semioculta en el mismo rincón de la noche anterior, está la norteamericana delante de un vaso de alcohol o de zumo de frutas. B la observa sin curiosidad y luego se aparta de la ventana, se sienta en la cama, abre su libro de poetas surrealistas y trata de leer. Pero no puede. Así que trata de pensar y para tal efecto se tiende en la cama otra vez, cierra los ojos, deja los brazos estirados. Por un instante cree que no tardará en quedarse dormido. Incluso puede ver, sesgada, una calle de la ciudad de los sueños. No tarda, sin embargo, en comprender que sólo está recordando el sueño y entonces abre los ojos y se queda durante un rato contemplando el cielo raso de la habitación. Luego apaga la luz de la mesilla de noche y vuelve a acercarse a la ventana. La norteamericana sigue allí, inmóvil, y las sombras de los jarrones se alargan hasta tocar las sombras de las mesas vecinas. El agua de la piscina recoge los reflejos de la recepción que permanece, al contrario que la terraza, con todas las luces encendidas. De pronto un coche se detiene a pocos metros de la entrada del hotel. B cree que se trata del Mustang de su padre. Pero durante un tiempo excesivamente largo nadie aparece por la puerta del hotel y B piensa que se ha equivocado. Justo en ese momento distingue la silueta de su padre que sube las escalinatas. Primero la cabeza, luego los hombros anchos, después el resto del cuerpo hasta acabar en los zapatos, unos mocasines de color blanco que a B le disgustan profundamente pero que en ese momento le producen algo similar a la ternura. Su padre entra en el hotel como si bailara, piensa. Su padre hace su entrada como si viniera de un velorio, irreflexivamente feliz de seguir vivo. Pero lo más curioso es que, tras asomarse durante un instante a la recepción, su padre retrocede y toma el camino de la terraza: desciende las escaleras, rodea la piscina y va a sentarse en una mesa cercana a la de la norteamericana. Y cuando por fin aparece el tipo de la recepción con una copa, tras pagarle y sin esperar siquiera a que el recepcionista haya desaparecido del todo su padre se levanta y se acerca, con la copa en la mano, hasta la mesa de la norteamericana y durante un rato se queda allí, de pie, hablando, gesticulando, bebiendo, hasta que la mujer hace un gesto y su padre toma asiento a su lado.

Es demasiado vieja para él, piensa B. Luego vuelve a la cama, se acuesta, no tarda en darse cuenta de que todo el sueño que tenía acumulado se ha evaporado. Pero no quiere encender la luz (aunque tiene ganas de leer), no quiere que su padre pueda creer, ni por un segundo, que él lo está espiando. Durante mucho rato, B se dedica a pensar. Piensa en mujeres, piensa en viajes. Finalmente se duerme.

Durante la noche, en dos ocasiones, se despierta sobresaltado y la cama de su padre está vacía. A la tercera vez ya está amaneciendo y ve la espalda de su padre que duerme profundamente. Entonces enciende la luz y durante un rato, sin salir de la cama, se dedica a fumar y a leer.

Esa mañana B vuelve a la playa y alquila otra vez una tabla. Esta vez no tiene ningún problema para llegar a la isla de enfrente. Allí toma un zumo de mango y se baña durante un rato en un mar en donde no hay nadie. Luego vuelve a la playa del hotel, le entrega la tabla al adolescente que lo mira con una sonrisa y regresa dando un largo rodeo. En el restaurante del hotel encuentra a su padre tomando café. Se sienta a su lado. Su padre está recién afeitado y su piel despide un olor a colonia barata que a B le gusta. En la mejilla derecha exhibe un arañazo desde la oreja hasta el mentón. B piensa preguntarle qué ocurrió anoche, pero finalmente decide no hacerlo.

El resto del día transcurre como entre brumas. En algún momento B y su padre se marchan a una playa cercana al aeropuerto. La playa es enorme y en los lindes abundan las cabañas con techos de cañizo en donde los pescadores guardan sus artes. El mar está revuelto: durante un rato B y su padre contemplan las olas que se estrellan contra la bahía de Puerto Marqués. Un pescador que está cerca les dice que no es un buen día para bañarse. Es verdad, dice B. Su padre, sin embargo, se mete en el agua. B se sienta en la arena, con las rodillas levantadas y lo observa internarse al encuentro de las olas. El pescador se lleva una mano de visera a la frente y dice algo que B no entiende. Durante un momento la cabeza de su padre, los brazos de su padre que nada hacia dentro desaparecen de su campo visual. junto al pescador hay ahora dos niños. Todos miran hacia el mar, de pie, menos B que sigue sentado. En el cielo aparece, de forma por demás silenciosa, un avión de pasajeros. B deja de mirar el mar y contempla el avión hasta que éste desaparece detrás de una suave colina llena de vegetación. B recuerda un despertar, justo un año atrás, en el aeropuerto de Acapulco. El venía de Chile, solo, y el avión hizo escala en Acapulco. Cuando B abrió los ojos, recuerda, vio una luz anaranjada, con tonalidades rosas y azules, como una vieja película cuyos colores estuvieran desapareciendo, y entonces supo que estaba en México y que estaba, de alguna manera, salvado. Esto ocurrió en 1974 y B aún no había cumplido los veintiún años. Ahora tiene veintidós y su padre debe andar por los cuarentainueve. B cierra los ojos. El viento hace ininteligibles las voces de alarma del pescador y de los niños. La arena está fría. Cuando abre los ojos ve a su padre que sale del mar. B cierra otra vez los ojos y los vuelve a abrir sólo cuando una mano grande y mojada se posa sobre su hombro y la voz de su padre lo invita a comer huevos de caguama.

Hay cosas que se pueden contar y hay cosas que no se pueden contar, piensa B, abatido. A partir de este momento él sabe que se está aproximando el desastre.

Las cuarentaiocho horas siguientes, no obstante, transcurren envueltas en una suerte de placidez que el padre de B identifica con "el concepto de las vacaciones" (y B no sabe si su padre se está riendo de él o lo dice en serio). Van a la playa cada día, comen en el hotel o en un restaurante de la avenida López Mateos que tiene precios económicos, una tarde ambos alquilan una embarcación, un bote de plástico, minúsculo, y recorren el perfil de la costa cercana a su hotel, navegando junto a los vendedores de baratijas que se desplazan en tablas o en botes de ínfimo calado, como funambulistas o marineros muertos, llevando sus mercaderías de playa en playa. Al regreso, incluso, sufren un percance.

El bote, que el padre de B lleva demasiado próximo a los roqueríos, vuelca. El incidente, por supuesto, no tiene mayor importancia. Ambos saben nadar bastante bien y el bote está hecho para volcar, no cuesta nada darle la vuelta y subirse a él otra vez. Y eso es lo que hacen B y su padre. En ningún momento ha habido el menor peligro, piensa B. Pero entonces, cuando ambos han vuelto a subir al bote, el padre de B se da cuenta de que ha perdido la billetera y lo anuncia. Dice, tocándose el corazón: "mi billetera", Y sin dudarlo un segundo se sumerge de cabeza en el agua. A B le da un ataque de risa, pero luego, tirado en el bote, observa el agua y no ve señal alguna de su padre y durante un instante se lo imagina buceando o, aún peor, cayendo a plomo, pero con los ojos abiertos, por una fosa profunda, fosa en cuya superficie se balancea su bote y él mismo, a mitad de camino ya de la risa y de la alarma. Entonces B se yergue y tras mirar hacia el otro lado del bote y no ver señales de su padre, procede a sumergirse a su vez y sucede lo siguiente: mientras B desciende, con los ojos abiertos, su padre asciende (y podría decirse que casi se tocan) con los ojos abiertos y la billetera en la mano derecha; al cruzarse ambos se miran, pero no pueden corregir, al menos no de manera instantánea, sus trayectorias, de modo que el padre de B sigue subiendo silenciosamente y B sigue bajando silenciosamente.

Para los tiburones, para la mayoría de los peces (excepto para los peces voladores), el infierno es la superficie del mar. Para B (para la mayoría de los jóvenes de veintidós años), el infierno a veces es el fondo del mar. Mientras baja recorriendo en sentido inverso la estela que ha dejado su padre, piensa que precisamente ahora hay más motivos que nunca para reírse. En el fondo del mar no encuentra arena, como su imaginación de algún modo esperaba, sino sólo rocas, rocas que se sostienen unas en otras, como si aquel lugar de la costa fuera una montaña sumergida y él estuviera en la parte alta, apenas iniciado el descenso. Después sube y desde abajo contempla el bote que por momentos parece levitar y por momentos parece a punto de hundirse, con su padre sentado en el centro exacto, intentando fumar un cigarrillo mojado.

Y luego se acaba el paréntesis, se acaban las cuarentaiocho horas de gracia en las cuales B y su padre han recorrido algunos bares de Acapulco, han dormido tirados en la playa, han comido e incluso se han reído, y comienza un período gélido, un período aparentemente normal pero dominado por unos dioses helados (dioses que, por otra parte, no interfieren en nada con el calor reinante en Acapulco), unas horas que en otro tiempo, tal vez cuando era adolescente, B llamaría aburrimiento, pero que ahora de ninguna manera llamaría así, sino más bien desastre, un desastre peculiar, un desastre que por encima de todo aleja a B de su padre, el precio que tienen que pagar por existir.

Todo comienza con la aparición del ex clavadista. B se da cuenta de inmediato que viene a buscar a su padre y no al, llamémosle así, conjunto familiar que conforman ambos. El padre de B invita al ex clavadista a tomarse una copa en la terraza del hotel. El ex clavadista dice que conoce un lugar mejor. El padre de B lo mira y sonríe y luego dice órale. Cuando ganan la calle comienza a atardecer y por un segundo B siente una punzada inexplicable y cree que tal vez hubiera sido mejor quedarse en el hotel, dejar que su padre se divirtiera solo. Pero ya es demasiado tarde. El Mustang sube por la avenida Constituyentes y el padre de B saca de un bolsillo la tarjeta que días atrás le diera el recepcionista. El picadero se llama San Diego, dice. El ex clavadista arguye que ese lugar es demasiado caro. Tengo dinero, dice el padre de B, vivo en México desde 1968 y ésta es la primera vez que me doy unas vacaciones. B, que va sentado junto a su padre, busca el rostro del ex clavadista en el espejo retrovisor y no lo encuentra. Así que primero van al San Diego y durante un rato beben y bailan con chicas a las que por cada baile hay que entregar un boleto que previamente compran en la barra. El padre de B, al principio, sólo compra tres boletos. Este sistema, le dice al ex clavadista, tiene algo de irreal. Pero luego se entusiasma y compra un fajo entero. B también baila. Su primera pareja es una muchacha delgada y de rasgos aindiados. La segunda es una mujer de grandes pechos que parece preocupada o enfurruñada por algo que B jamás podrá comprender. La tercera es gorda y feliz y al poco rato de estar bailando le confiesa al oído que está drogada. ¿Qué has tomado?, dice B. Hongos alucinantes, dice la mujer y B se ríe. Su padre, mientras tanto, baila con la muchacha que parece india y B los observa de tanto en tanto. En realidad, todas las muchachas parecen indias. La que baila con el padre de B tiene una bonita sonrisa. Hablan (de hecho hablan sin parar) aunque B no oye lo que dicen. Después su padre desaparece y B se acerca a la barra junto al ex clavadista. Ellos también se ponen a hablar. De los tiempos pasados. Del valor. De las quebradas en donde rompe el mar. De mujeres. Temas que a B no le interesan o que, al menos, no le interesan en ese momento. Y sin embargo hablan.

Al cabo de media hora su padre vuelve a la barra. Su pelo rubio está mojado y recién peinado (el padre de B se peina para atrás) y tiene la cara enrojecida. Sonríe sin decir nada y B lo observa sin decir nada. Hora de comer, dice. B y el ex clavadista lo siguen hasta el Mustang. Cenan mariscos variados en un local oblongo como un ataúd. Mientras comen, el padre de B mira a B como buscando una respuesta. B sostiene su mirada. Telepáticamente le dice: no hay respuesta porque la pregunta no es válida. La pregunta es imbécil. Después, sin saber cómo, B sigue a su padre y al ex clavadista (que hablan todo el rato de boxeo) hasta un local en los suburbios de Acapulco. El edificio es de ladrillo y madera, carece de ventanas y en el interior hay un juke-box con canciones de Lucha Villa y Lola Beltrán. De pronto B siente náuseas. Sólo entonces, mientras se separa de su padre y busca un lavabo o el patio trasero o la salida a la calle, se da cuenta de que ha bebido demasiado. También se da cuenta de algo más: unas manos aparentemente hospitalarias no le han permitido salir a la calle. Temen que me escape, piensa B. Luego vomita varias veces en un patio abierto en donde se acumulan cajas de cerveza y en donde hay un perro atado, y tras aliviarse se pone a contemplar las estrellas. No tarda en aparecer junto a él una mujer. Su sombra se recorta más oscura que la noche. Su vestido, sin embargo, es blanco y eso hace que B la pueda distinguir. ¿Te hago un guagüis?, dice. Tiene una voz joven y aguardentosa. B se la queda mirando sin entender. La puta se arrodilla a su lado y le abre la bragueta. Entonces B comprende y la deja, hacer. Cuando acaba siente frío. La puta se levanta y B la abraza. juntos contemplan la noche. Cuando B dice que quiere volver a la mesa de su padre, la mujer no lo sigue. Vamos, dice B, tirando de su mano, pero ella se resiste. Entonces B se da cuenta de que no ha visto apenas su rostro. Es mejor así. Sólo la he abrazado, piensa, ni siquiera sé cómo es. Antes de volver a entrar se da vuelta y ve que la puta se acerca al perro y lo acaricia.

En el interior, su padre está sentado a una mesa junto al ex clavadista y otros dos tipos. B se le acerca por la espalda y le susurra unas palabras al oído. Vámonos. Su padre está jugando a las cartas. Voy ganando, dice, no puedo irme. Nos van a robar todo el dinero, piensa B. Luego contempla a las mujeres que a su vez lo contemplan a él y a su padre con una conmiseración palpable. Ellas saben lo que nos va a pasar, piensa B. ¿Estás borracho?, le pregunta su padre mientras pide una carta. No, dice B, ya no. ¿Estás drogado?, dice su padre. No, dice B. Entonces su padre sonríe y pide un tequila y B se levanta y va hacia la barra y desde allí observa con ojos de loco el escenario del crimen. En ese momento B sabe que aquél es el último viaje que hará con su padre. Abre los ojos, cierra los ojos. Las putas lo miran con curiosidad, una le ofrece un trago que B rechaza con un gesto. A veces, cuando tiene los ojos cerrados, puede ver a su padre con una pistola en cada mano saliendo de una puerta que está en un lugar en donde jamás debía estar una puerta. Sin embargo su padre aparece por allí, de prisa, con los ojos grises brillantes y el pelo despeinado. Nunca más volverán a viajar juntos, piensa B. Eso es todo. Lucha Villa canta en el juke-box y B piensa en Gui Rosey, poeta menor desaparecido en el sur de Francia. Su padre reparte las cartas, se ríe, cuenta historias y escucha historias que rivalizan en sordidez. B recuerda cuando volvió de Chile, en 1974, y fue a verlo a su casa. Su padre se había roto un pie y estaba leyendo en la cama un periódico deportivo. Le preguntó cómo le había ido y B le contó sus aventuras. Sucintamente: las guerras floridas latinoamericanas. Estuvieron a punto de matarme, dijo. Su padre lo miró y se sonrió. ¿Cuántas veces?, dijo. Por lo menos dos, respondió B. Ahora su padre se ríe a carcajadas y B trata de pensar con claridad. Gui Rosey se suicidó, piensa, o lo mataron, piensa. Su cadáver está en el fondo del mar.

Un tequila, dice B. Una mujer le pone un vaso lleno hasta la mitad. No se emborrache otra vez, joven, dice. No, ya estoy bien, dice B perfectamente lúcido. No tardan otras dos mujeres en acercarse a él. ¿Qué quieren tomar?, dice B. Su papá de usted es muy simpático, dice una de ellas, la más joven, de pelo largo y negro, tal vez la misma que me lo chupó hace un rato, piensa B. Y recuerda (o trata de recordar) escenas en apariencia inconexas: la primera vez que fumó en su presencia, a los catorce años, un Viceroy, una mañana en que los dos esperaban la llegada de un tren de carga en el interior del camión de su padre y hacía mucho frío; armas de fuego, cuchillos; historias familiares. Las putas beben tequila con coca-cola. ¿Cuánto rato estuve afuera vomitando?, piensa B. Parecía moto, dice una de las putas, ¿quiere un poquito? ¿Un poquito de qué?, dice B temblando pero con la piel fría como un témpano. Un poquito de mota, dice la mujer, de unos treinta años, el pelo largo como su compañera, pero teñido de rubio. ¿Golden Acapulco?, dice B dando un trago de tequila mientras las dos mujeres se le acercan un poco más y le acarician la espalda y las piernas. Simón, para tranquilizarse, dice la rubia. B asiente con la cabeza y lo siguiente que recuerda es una nube de humo que lo separa de su padre. Usted quiere mucho a su papá, dice una de las mujeres. Pues no tanto, dice B. ¿Cómo no?, dice la morena. La que atiende la barra se ríe. A través del humo, B observa que su padre da vuelta la cabeza y durante un instante lo mira. Me está mirando con una seriedad de muerte, piensa. ¿Te gusta Acapulco?, dice la rubia. El local, sólo en ese momento lo percibe, está semivacío. En tina mesa hay dos tipos que beben en silencio y en la otra están su padre, el ex clavadista y los dos desconocidos jugando a las cartas. Todas las demás mesas están desocupadas.

La puerta del patio se abre y aparece una mujer con un vestido blanco. Es la que me lo chupó, piensa B. La mujer aparenta unos veinticinco años, aunque seguramente tiene muchos menos, tal vez dieciséis o diecisiete. Tiene el pelo largo, como casi todas, y lleva zapatos con tacones muy altos. Cuando cruza el local (se dirige al lavabo), B estudia con detenimiento sus zapatos: son blancos y están sucios de barro en los lados. Su padre también levanta la mirada y la estudia durante un momento. B mira a la puta, que abre la puerta del baño, y luego mira a su padre. Entonces cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir la puta ya no está y su padre ha vuelto a concentrarse en el juego. Lo mejor sería que se llevara a su papá de este lugar, le dice una de las mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo, dice. La mujer le mete la mano por debajo de la camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B. ¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?, dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me largaría. B sonríe y la mira a los ojos por primera vez: vente con nosotros, le dice mientras bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca, dice la mujer. B recuerda entonces una ocasión, antes de que él se marchara para Chile, en que su padre le dijo "tú eres un artista y yo soy un trabajador". ¿Qué quiso decir con eso?, piensa. La puerta del baño se abre y la puta vestida de blanco vuelve a aparecer, esta vez con los zapatos impolutos, y atraviesa el local hasta la mesa en donde juegan a las cartas y allí se queda, de pie, junto a uno de los desconocidos. ¿Por qué tenemos que irnos?, dice B. La mujer lo mira de reojo y no le contesta. Hay cosas que se pueden contar, piensa B, y hay cosas que no se pueden contar. Cierra los ojos.
.......... Como en sueños, regresa al patio trasero del bar. La mujer teñida de rubio lo lleva de la mano. Esto ya lo he hecho, piensa B, estoy borracho, no saldré jamás de aquí. Algunos gestos se repiten: la mujer se sienta en una silla desvencijada y le abre la bragueta, la noche parece flotar como un gas letal a la altura de las cajas de cerveza vacías. Pero faltan algunas cosas: el perro ya no está, por ejemplo, y hacia el este ya no cuelga la luna sino algunos filamentos de claridad que adelantan el amanecer. Cuando acaban, atraído tal vez por los gemidos de B, aparece el perro. No muerde, dice la mujer mientras el perro se detiene a pocos metros de ellos y enseña los dientes. La mujer se levanta y se alisa el vestido. El lomo del perro está erizado y por el hocico le cae una baba transparente. Quieto, Púas, quieto, Púas, repite la mujer. Nos va a morder, piensa B mientras retroceden hasta la puerta. Lo que sigue es caótico: en la mesa donde juega su padre todos se han puesto de pie. Uno de los desconocidos grita a todo pulmón. B no tarda en darse cuenta de que está insultando a su padre. Por precaución, se acerca a la barra y pide una botella de cerveza que bebe a grandes sorbos, ahogándose, antes de aproximarse. Su padre parece tranquilo, piensa B. Junto a él hay una buena cantidad de billetes que coge uno por uno y luego se guarda en el bolsillo. De aquí no vas a salir con ese dinero, grita el desconocido. B mira al ex clavadista. Busca en su rostro por quién va a tomar partido. Probablemente por el desconocido, piensa B. La cerveza le resbala por el cuello y sólo entonces se da cuenta de que está ardiendo.

El padre de B termina de contar su dinero y mira a los tres hombres que tiene enfrente y a la mujer vestida de blanco. Bueno, caballeros, nosotros nos vamos, dice. Hijo, ponte a mi lado, dice. B arroja al suelo lo que queda de cerveza y empuña la botella cogiéndola del cuello. ¿Qué haces, hijo?, dice el padre de B. En su voz B percibe un cierto tono de reproche. Vamos a salir tranquilamente, dice el padre de B y luego se da vuelta y les pregunta a las mujeres cuánto se les debe. La de la barra mira un papel y dice una cifra bastante alta. La rubia, que está de pie a medio camino entre la mesa y la barra, dice otra cifra. El padre de B suma, saca el dinero y se lo tiende a la rubia: lo tuyo y las consumiciones, dice. Luego añade un par de billetes más: la propina. Ahora vamos a salir, piensa B. Los dos desconocidos se plantan interfiriendo el paso. B no quiere mirarla, pero la mira: la mujer de blanco se ha sentado en una de las sillas vacías y revisa con las yemas de los dedos las cartas esparcidas en la mesa. No me estorbes, susurra su padre y B tarda en comprender que le está hablando a él. El ex clavadista se mete las manos en los bolsillos. El desconocido vuelve a insultar al padre de B, lo insta a volver a la mesa, a volver a jugar. Ya no se juega más, dice el padre de B. Durante un instante, mientras contempla a la mujer vestida de blanco (que le parece, por primera vez, muy hermosa), B piensa en Gui Rosey que desaparece del planeta sin dejar rastro, dócil como un cordero mientras los himnos nazis suben al cielo color sangre, y se ve a sí mismo como Gui Rosey, un Gui Rosey enterrado en algún baldío de Acapulco, desaparecido para siempre, pero entonces oye a su padre, que le está recriminando algo al ex clavadista, y se da cuenta de que, al contrario que Gui Rosey, él no está solo.

Después su padre camina un poco encorvado hacia la salida y B le concede espacio suficiente para que se mueva a sus anchas. Mañana nos iremos, mañana volveremos al DF, piensa B con alegría. Comienzan a pelear.

domingo, 29 de marzo de 2026

Por qué las rosas tienen espinas

 Ha pasado con las rosas lo que con muchas otras plantas, que en un principio fueron plebeyas por su excesivo número y por los sitios donde se les colocara.Flora y fauna

Nadie creyera que las rosas, hoy princesas atildadas de follaje hayan sido hechas para embellecer los caminos. Y fue así sin embargo.

Había andado Dios por la Tierra disfrazado de romero todo un caluroso día, y al volver al cielo se le oyó decir:

—¡Son muy desolados esos caminos de la pobre Tierra! El sol los castiga y he visto por ellos viajeros que enloquecían de fiebre y cabezas de bestias agobiadas. Se quejaban las bestias en su ingrato lenguaje, y los hombres blasfemaban. ¡Además, qué feos son con sus tapias terrosas y desmoronadas!

Y los caminos son sagrados, porque unen a los pueblos remotos y porque el hombre va por ellos, en el afán de la vida, henchido de esperanzas si mercader, con el alma extasiada, si peregrino.

Bueno será que hagamos tolderías frescas para esos senderos y visiones hermosas: sombra y motivos de alegría.

E hizo los sauces que bendicen con sus brazos inclinados; los álamos larguísimos, que proyectan sombra hasta muy lejos, y las rosas de guías trepadoras, gala de las pardas murallas.

Eran los rosales por aquel tiempo pomposos y abarcadores; el cultivo, y la reproducción repetida hasta lo infinito, han atrofiado la antigua exuberancia.

Y los mercaderes, y los peregrinos, sonrieron cuando los álamos, como un desfile de vírgenes, los miraron pasar, y cuando sacudieron el polvo de sus sandalias bajo los frescos sauces.

Su sonrisa fue emoción al descubrir el tapiz verde de las murallas, regado de manchas rojas, blancas y amarillas, que eran como una carne perfumada. Las bestias mismas relincharon de placer. Eleváronse de los caminos, rompiendo la paz del campo, cantos de un extraño misticismo por el prodigio.

Pero sucedió que el hombre, esta vez como siempre, abusó de las cosas puestas para su alegría y confiadas a su amor.

La altura defendió a los álamos; las ramas lacias del sauce no tenían atractivo; en cambio, las rosas si que lo tenían, olorosas como un frasco oriental e indefensas como una niña en la montaña.

Al mes de vida en los caminos, los rosales estaban bárbaramente mutilados y con tres o cuatro rosas heridas.

Las rosas eran mujeres, y no callaron su martirio. La queja fue llevada al Señor. Así hablaron temblando de ira y más rojas que su hermana, la amapola:

—Ingratos son los hombres, Señor; no merecen tus gracias. De tus manos salimos hace poco tiempo, íntegras y bellas; henos ya mutiladas y míseras.

Quisimos ser gratas al hombre y para ello realizábamos prodigios: abríamos la corola ampliamente, para dar más aroma: fatigábamos los tallos a fuerza de chuparles savia para estar fresquísimas. Nuestra belleza nos fue fatal.

Pasó un pastor. Nos inclinamos para ver los copos redondos que le seguían. Dijo el truhán:

-«Parecen un arrebol, y saludan, doblándose, como las reinas de los cuentos».

Y nos arrancó dos gemelas con un gran tallo.

Tras él venía un labriego. Abrió los ojos asombrados, gritando:

-«¡Prodigio! La tapia se ha vestido de percal multicolor, ni más ni menos que una vieja alegre!»

Y luego:

-«Para la Añuca y su muñeca».

Y sacó seis, de una sola guía, arrastrando la rama entera.

Pasó un viejo peregrino. Miraba de extraño modo: frente y ojos parecían dar luz.

Exclamó:

«¡Alabado sea Dios en sus criaturas cándidas! ¡Señor, para ir glorificándote en ella!»

Y se llevó nuestra más bella hermana.

Pasó un pilluelo:

«¡Qué comodidad! –dijo– ¡Flores en el caminito mismo!»Flora y fauna

Y se alejó con una brazada, cantando por el sendero.

Señor, la vida así no es posible. En días más, las tapias quedarán como antes: nosotras habremos desaparecido.

—¿Y qué queréis?

—¡Defensa! Los hombres escudan sus huertas con púas de espino y zarzas. Algo así puedes realizar en nosotras.

Sonrió con tristeza el buen Dios, porque había querido hacer la belleza fácil y benévola, y repuso:

—¡Sea! Veo que en muchas cosas tendré que hacer lo mismo. Los hombres me harán poner en mis hechuras hostilidad y daño.

En los rosales se hincharon las cortezas y fueron formándose levantamientos agudos: las espinas.

Y el hombre, injusto siempre, ha dicho después que Dios va borrando la bondad de su creación.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Manuel Rojas, by Francisco Farías Mansilla

“No heredé nada de mi padre, ni siquiera su oficio; heredé, eso sí, su condición.”
Hijo de Ladrón (1951)
“Trabajar no me hacía mejor ni peor; me permitía, a lo sumo, no sentir vergüenza de estar vivo.”
Mejor que el vino (1958)
“Aprendí pronto que la ley no estaba hecha para nosotros, y que obedecerla no nos volvía mejores, solo más invisibles.”
Sombras contra el muro (1964)
“Nunca quise ser fuerte; quise entender, que es más difícil y deja menos cicatrices visibles.”
La oscura vida radiante (1971)
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En la tetralogía de Manuel Rojas, la masculinidad se construye sin padre fuerte, sin épica del trabajo, sin fe en la ley y sin culto a la fuerza, dando lugar a una figura masculina errante, reflexiva, ética y profundamente marcada por la clase. Aniceto Hevia no encarna al hombre exitoso del proyecto moderno, sino al sujeto que resiste desde los márgenes, haciendo de la conciencia y la palabra su forma de dignidad.

miércoles, 23 de abril de 2025

CUANDO YO NO ERA POETA, poem by Jorge Teillier

Cuando yo no era poeta
por broma dije que lo era.
Yo no había escrito ningún verso
pero admiraba el sombrero alón
del poeta del pueblo.
Una mañana me encontré en la calle con mi vecina.
Ella me preguntó si de verdad era poeta.
Ella tenía catorce años.
Esa vez llevaba un ramo de ilusiones.
Después una anémona en el pelo.
La tercera vez un gladiolo entre los labios.
La cuarta vez no llevaba ninguna flor,
yo le pregunte el significado de eso a las flores de la plaza
que no supieron responderme.
Ella había traducido para mí poemas de Ferdinand von Saar.
Yo no le dí nada a cambio.
No quería desprenderme ni de una hoja de cuaderno.
Sus ojos disparaban balas de amor calibre 44.
Eso me daba insomnio.
Me encerré mucho tiempo en mi pieza.
Cuando salí la hallé en la plaza y no me saludó.
Volví a mi casa y escribí mi primer poema.

Jorge Octavio Teillier Sandoval fue un poeta chileno 🇨🇱
(Lautaro, 24 de junio de 1935 - Viña del Mar, 22 de abril de 1996)

domingo, 3 de diciembre de 2023

Rododendro, short story by Chilean author Hernán del Solar

Las ciudades aprenden una canción y la cantan. De improviso, la olvidan.
Pero en mí hay una palabra apenas. Es como la canción que han aprendido las ciudades, porque vino de repente y se quedó conmigo. Sin embargo, no quiere irse. Ha envejecido como yo y me acompaña. Si estoy solo, aparece y me cuenta su historia. Siempre es la misma: una sola palabra.
Cierto es que estoy viejo y entonces me suceden cosas inverosímiles. Por ejemplo, construyo barcos y los meto en botellas de tamaños diferentes. Es un trabajo duro que se apodera de mis manos; pero lo demás queda libre. Puedo silbar, reconstruir el pasado, pensar en lo que viene o se va. Seguramente —mientras construía una goleta—se acercó aquella palabra por primera vez, saltó de mi memoria a los
labios y fue mi compañera.
Ahora la digo:
—Rododendro.
Conozco su significado, como el de otras que olvido y recuerdo y vuelvo a olvidar. Pero su significado nada importa desde que está conmigo. Antes representaba a un arbusto, bien lo sé. Ahora su imagen es distinta, sin olor ni forma.
Abro la ventana, a veces, y si el día es hermoso me digo con alegría:
—Rododendro.
Suena el reloj, la hora: Rododendro. No ocurre nada: rododendro. Y eso me indica que la soledad tiene sus palabras secretas y las enseña cuidadosamente a los solitarios.
Aquí es oportuno no olvidar mi soledad. La tengo vestida de ruidos distantes y figuras pasajeras. Cuando está desnuda, dormimos los dos. Y es una buena cosa dormir. Soy viejo. Pero escribir así no conduce a nada. He contado que construyo
barcos y que una palabra precisa me vino a ver una mañana y no se fue más. Ya es tiempo de decir que he hecho con esta palabra Empezaré por confesarlo brevemente: la he convertido en pez.
Ha sido, claro está, un trabajo lento. Tal vez no pueda describirlo con exactitud si no recuerdo cosas más antiguas. Porque la palabra no fue lo primero: antes hubo los barcos y también —como principio— el deseo de construirlos dentro de una botella. Entonces comenzaba a envejecer y pensaba a menudo en la soledad de más tarde. Iba todas las mañanas a mi oficina y encendíamos la luz desde temprano.
Mirábamos por la ventana y hacía frío a veces. Escribíamos en los grandes libros de cuentas. De repente alguno dejaba la pluma, restregaba sus manos y decía que no deseaba trabajar, que las mujeres son hermosas, que durante las vacaciones iría a los lagos del Sur.
Se habla rápidamente y no vale la pena recordar nada. Pero alguien dijo un día:
—Cuando esté viejo compraré un sillón y leeré todos los libros de que oigo hablar. No me aburriré como ahora.
Yo hojeaba entonces un folleto en que había barcos y nombres de ciudades. Lo guardé en mi bolsillo y anoté en seguida, como de costumbre, cifras pequeñas y grandes en mi libro. Es el trabajo. Se empieza a las ocho de la mañana, y cuando uno se levanta, abre los brazos y quiere descansar, ha acabado la tarde. Ahí está el sombrero, sale uno a la calle y camina.
“Algo he de hacer cuando esté viejo” —pensé vagamente, en mi casa, cuando regresaba del comedor hacia mi cuarto. Y saqué del bolsillo el folleto de la Compañía de Vapores. Cerré mi puerta, dejé de oír voces ajenas y un piano que suena siempre. Los barcos son bellos y las ciudades que se desconocen tienen nombres que gustan: Liverpool, Amsterdam, Barcelona. Después vino el sueño.
Pero hay noches que hablan. No son como las otras y se obstinan en contar lo que saben. Basta quererlo, y se abren los ojos en la oscuridad, se escucha a aquel que va por la calle, al que tose en la pieza vecina. Y se oye hablar a la noche.
Entonces, me dijo:
—¿Qué harás cuando estés viejo? Los barcos son bonitos desde la antigüedad. El que compra un sillón y lee, pierde la vista, se queja. Hay trabajos que divierten y el pensamiento hace lo que quiere entretanto. Viajar es difícil cuando no hay dinero. ¿Mujeres? ¿Alegría? ¿Liverpool? Los años caen sobre el cuerpo y el deseo desaparece.
Así habló, desordenada, la noche, repitiéndose hasta que dejé de oírla. Y al despertar creí no haber dormido; pero todo lo había olvidado y esto le ocurre al que duerme. No obstante, recordé algo de súbito, cuando vi sobre la mesa el folleto de los barcos. “¿Qué harás cuando estés viejo?”
Lo supe de repente y lo tuve en la memoria hasta el día necesario.
Fue un día de agosto y cuando entonces sucedió ya lo conocía. También había pensado en esto muchas veces. Estuvimos todos reunidos y el jefe de la oficina levantó una copa, señalándome. Yo oía sonar mi corazón y respiraba apenas. Me miraban y yo no quería ver a nadie, cabizbajo, con las manos caídas, escuchando.
—Es un ejemplo de lealtad —decía el jefe— y su nombre va a quedar entre nosotros. Ha envejecido en el trabajo de esta casa.
La señorita mecanógrafa olía a felicidad. Siempre he adivinado la dicha junto a su perfume, y ahora sonaba mi corazón y yo apretaba los puños pensando en lo que había de responder al jefe.
—Nos deja —decía— y su descanso es merecido porque de invierno a invierno ha estado entregándonos su vida con la constancia de la hormiga y de la abeja…
El contador me miraba y asentía sonriendo levemente. Y aquel que aspiraba a leer todos los libros comía con lentitud un trozo de sardina con pan.
—Levanto mi copa —decía— y les pido a todos que me acompañen porque…
No habló más el jefe y todos aguardaron. Entonces, dije lo que ya no recuerdo.
Me abrazó la mecanógrafa, estreché las manos que me tendían, y flaqueaban mis piernas cuando salí.
Era libre. Tenía algún dinero para envejecer y morir en alguna parte. ¿Dónde? Exactamente, donde he vivido muchos años. Una casa de huéspedes, con su puerta angosta, su escalera que cruje, y mi cuarto al fondo de un pasillo.
—Señora —le dije esa tarde—, desde ahora estaremos juntos. En tantos años, puede asegurarse que somos amigos. No dejaré su casa.
—¿No trabajará más? —preguntó la patrona—. ¡Bien ganado el descanso que le corresponde! Nunca le he visto faltar a su trabajo. Pero, ¿no teme aburrirse?
Sonreí con alegría porque ahora era dueño de mi secreto y en adelante podría disfrutarlo sin prisa.
—Trabajaré —le dije—. Mis manos no sabrían estar ociosas.
Y crucé el pasillo, abrí la puerta de mi cuarto, miré hacia la calle desde mi ventana, sentí el aire de la tarde como nunca lo sintiera. Libre, absolutamente libre, y con una ambición para hacer dichosas a mis manos en largas horas de soledad. Empecé a construir barcos. Los primeros se rompían de pronto, cuando los tenía en la botella. Había sido penoso construirlos, tan pequeños y frágiles; y se rompían de pronto, en la botella, cuando tendía una vela blanca, cuando alzaba un mástil.
Meneaba la cabeza, todo lo abandonaba, y al otro día trabajaba de nuevo, animoso, callado, pensando en tantas cosas que se olvidan, que se recuerdan, que no sirven de nada; pero que gustan cuando se fabrica un bergantín minúsculo.
Después mis manos conocieron el oficio. Eran diestras y manejaban alegremente los instrumentos, cortaban la madera, pulían los costados de la nave, pintaban los finos palos, introducían en la botella cada pieza del barco tan limpiamente que todo no era sino un juego feliz.
—Son lindos, es cierto —me dijo una mañana la patrona—; pero ya no hay dónde ponerlos. ¿Por qué no los vende? Muchos querrían comprarlos.
—¿Venderlos?
Entonces cerré mi puerta a todos. Cada día limpié mi cuarto sin ayuda de nadie. Y expliqué:
—Hay tanta cosa frágil, que prefiero asear yo mismo. Si alguna se rompiera, sufriría. A los viejos se les perdona, ¿verdad?
Estuve tranquilo entre mis barcos. Eran numerosos y míos, por todas partes, en sus botellas transparentes. Los miraba durante la noche, cuando iba a dormirme, y les ponía nombres venturosos.
Algunos representaban de modo perfecto la historia secreta de mi felicidad. Otros tenían el color y la forma de la desdicha; mirándolos, pensaba en la dolorosa aventura que persigue a alguien cada día.
Conversaba con ellos. Les preguntaba qué eran, de dónde llegaban. Me respondían de alguna manera, de proa a popa, quietos y hermosos. Después empezaba a desvestirme, apagaba la luz, y eso es la noche. Por la mañana, apenas despierto, veía andar el sol desde la ventana a una botella. Alargaba su dedo amarillo y lo detenía en una arboladura. Después lo paseaba por los mástiles vecinos, y pronto
resplandecían las jarcias de todas las naves.
No me movía. Era dueño de mi tiempo y podía mirar las botellas, distraerme de súbito y recordar la oficina oscura en que encendíamos la luz temprano, o pensar en otra cosa que sucedió y estaba perdida. Todo esto es curioso. Uno está lleno de palabras y poco a poco se reúnen a contar un día de la niñez, una risa que sonó en la tarde olvidada, ahora presente y dichosa de nuevo.
O bien escapa alguna y queda como el abejorro zumbando alrededor. Ha venido de repente y nada. Es puro sonido hasta que se va.
Una vez entró de la calle una palabra inglesa, que alguien, agitando una mano, gritó como despedida. La palabra se posó en el muro, o entre los aparejos de una carabela, y al otro día echó a volar por mi memoria. Después se marchó. Pero cuando vino ésta, en vano quise olvidarla.
Rododendro.
Es lenta y tenaz. Oigo el sonido de sus élitros y la pierdo de improviso. ¿Se ha marchado? Entonces vuela desde el rincón y gira en torno de mi cabeza. La digo en alta voz. La canto con una música que sólo a ella le pertenece, mientras pulo con el vidrio una proa esbelta. La dejo reposar. Y en cualquier momento —corren los días— la tengo a mi lado. Siempre ha estado aquí y asoma de repente. Es el rumor, tal vez, que hace la soledad para que yo sepa que me acompaña.
—Está bien —le digo—, no te irás. Pero vamos a vivir de otra manera: juntos y mirándonos.
Me voy por la ciudad en busca de un trozo de madera. No debe ser sino como lo deseo y he de andar mucho para encontrarlo. Aquí está, por fin. Lo tomo cuidadosamente, lo envuelvo en un pañuelo de colores, lo guardo y me alejo.
En mi cuarto, cierro la puerta, me siento a la ventana y lo miro.
Rododendro.
Sonrío larga, largamente. Nadie piensa que un solitario sonríe con un trozo de madera en la mano, mientras sube por la escalera un olor a cocina, y una palabra está latiendo en la sangre, en la vida, en los labios que no la pronuncian porque sonríen nada más.
Rododendro.
Eso es: rododendro.
Abandono los barcos y no me ocupo del sol, por las mañanas, cuando los acaricia. En las noches no les digo venturosos nombres.
Están solos en la botella verde, en la botella amarilla, en la botella blanca, por todas partes.
Yo trabajo pensando en el pez. Vienen los días, se van. No importa. ¿Acaso tengo prisa? Quiero construir la forma exacta: un cuerpo largo, los ojos redondos, sorprendidos, y la ondulación de las aletas. ¿Pez martillo? ¿Pez espada? ¿Pez volador?
Rododendro.
Lo llamé así desde antes de nacer. Y ahora está vivo en su botella ancha como una redoma. Me mira su ojo inmóvil. Camino por el cuarto y me detengo. Me mira siempre allí donde estoy. Es la primera vez que me sucede: está mirándome desde la botella y dentro de mí.
—Estamos solos —me dice—. Estaremos solos hasta después.
Entonces pienso que estas palabras no son suyas. Las va diciendo una voz en mí, secretamente; son mis propias palabras y nada importan. Podría decir otras, si me esforzara. Pero oigo hablar de pronto. Me mira su ojo inmóvil y escucho. “Solos hasta después”.
Me acerco a contemplarlo y callo. Está en la redoma y súbitamente sé que me habla. Es él, y su voz viene desde mi vida. Pienso ahora que los hombres aman a las mujeres, que los barcos atraviesan el mar y entran en los grandes puertos. Hay el ruido del mundo. Alguien comienza a cantar porque es feliz. Y otro dice: “Nos
hemos querido siempre”. Y aquel está bebiendo con sus amigos, conoce la risa, entra en los teatros. Todos los teléfonos hablan. Y los automóviles salen de la ciudad, corren por los caminos: es el verano. Están las voces en los parques, unidas, y las manos se estrechan, los labios se buscan, los cuerpos saben ser dichosos.
¿Dónde?
Rododendro, en su botella, todo lo ha perdido. Estamos solos y nos parecemos: olvidados en la pieza de los barcos.
—Calla —le digo—. Si tuviéramos imaginación, cerraríamos los ojos para ver cosas más bellas.
Rododendro entorna su ojo inmóvil. No. Son los míos, que se cierran un rato.
Comienzo a odiarle. Entonces me llaman a comer y bajo la escalera.
—¿Ha trabajado mucho? —pregunta la patrona.
Muevo la cabeza, sin mirarla, y sé que todos sonríen.
Somos siempre los mismos: la patrona y yo, en los extremos de la mesa; el boticario que huele a tabaco y habla en voz baja; los estudiantes bulliciosos; Alicia, que trabaja en la tienda de un francés y canta canciones de la ciudad.
Comemos y charlamos. Es decir, yo escucho, sonrío, y miro por la ventana abierta la sombra de un árbol en la noche. Está el verano en el patio oscuro y una rama se agita débilmente. El rumor de la casa vecina viene hasta la ventana y se aleja. Es una vida que no nos pertenece.
—Nunca le veo salir a caminar un poco —me dice el boticario—.
Es saludable. Para vivir largos años hay que comer sin prisa, dormir profundamente, algunas horas, y pasear todos los días.
—Las noches se han hecho para algo —declara, sonriendo, un estudiante.
—Hasta que llega una noche y nos dice: “me han hecho para que duermas” —murmura el boticario sin levantar los ojos, ahogando después un lento suspiro entre el bigote que blanqueaba. Ríen los estudiantes. La patrona amenaza con un dedo corto, grueso, de uña roja. Alicia se encoge de hombros y mira, como yo, por
la ventana.
Nos levantamos con lentitud y dejamos que los estudiantes se alejen. Cuando comienzo a subir la escalera, el boticario me dice:
—Es un buen consejo: camine todas las mañanas.
Vuelvo atrás y me siento en un sillón, a su lado.
—¿No juega ajedrez? —me pregunta.
No sé nada. No conozco los juegos. He vivido de otra manera y ya es tarde.
—Estoy contenta de verle aquí, con nosotros —me dice la patrona, que comienza a tejer para un invierno desconocido y ya exigente.
—Sube a su cuarto apenas come y ya no se le ve hasta el otro día —murmura el boticario—. Hay que tener presente a la salud. Los hombres que han vivido mucho…
Yo veo, por un espejo —al fondo de la sala— cómo Alicia está ovillada en un sillón y lee una revista. Tiene en la mano un lápiz. A menudo alza los ojos y piensa. Después escribe rápidamente y se diría que es feliz. Poco a poco, cuando se ha movido, una pierna baja por el sillón. Aparece la rodilla. Es redonda.
—Necesito una palabra de cuatro letras —nos pide con ansia.
La patrona busca entre sus recuerdos.
—Amor —responde con una risa breve.
El boticario inclina la cabeza, murmura entre dientes y ríe despacio, con timidez
—No me sirve —exclama Alicia.
—¿Por qué ha reído? —pregunta la patrona al boticario—. Tenía cuatro letras.
—He reído porque una mujer no encuentra nunca otra palabra —dice el boticario.
—¿Y cuál es la que encuentra el hombre?
—Trabajo, por ejemplo —contesta el boticario, removiéndose, inquieto, en su silla.
—No tiene cuatro letras —murmura Alicia, burlona.
Entonces hablamos de las palabras que preferimos. Alicia abandona la revista, el lápiz, y cubre su rodilla con gesto rápido.
—Digamos la palabra que nos gusta— propone.
Todos buscamos un instante por entre los muebles, junto a la lámpara, en el suelo.
—Primavera —dice la patrona.
—Trabajo —murmura, obstinándose, el boticario.
—Felicidad —ha dicho Alicia.
Y todos esperan mi palabra.
—Rododendro —voy diciendo lentamente, y escucho en mí el latido de un secreto que se traiciona.
—Bella palabra. Extraña tal vez, pero bella —declara la patrona, mirándome fijamente, deseosa averiguar si no he mentido.
—No es extraña. Rododendro es un arbusto que da flores rosadas, en los parques —explica el boticario.
Le observo con asombro y empiezo a reír, meneando negativamente la cabeza.
—Rododendro es un pez —digo con energía.
—¿Un pez?
—Y un pez que habla —aseguro sin mirar a nadie.
Fui hasta entonces un hombre tranquilo y bondadoso para el boticario; me hablaba, acogedor, y era animadora su cortesía; pero ahora se levanta y no le reconozco la voz dura, violenta:
—Se burla de nosotros. Los peces no hablan. Rododendro es…
No le escucho. Comienzo a subir la escalera y crujen los peldaños.
Siento, conmigo, el perfume Alicia. ¿Dónde ha estado otra vez? Ha vivido a mi lado y lo recuerdo.
Entonces me abrazó la mecanógrafa y después fui libre: eso es.
—No le ha comprendido —murmura Alicia—. Hay hombres que no saben reír. Rododendro parece un pez y no una planta.
—Es un pez —repito— que habla a quien lo escucha.
Y subimos hasta mi puerta. Sonríe, ruega que bajemos, me habla del verano y de la alegría.
—Entremos —le digo—. Va a verlo como yo. Es un pez de madera; pero vive.
Alicia ríe con júbilo y calla de pronto, ante a los barcos.
—¡Qué hermosos! —me dice—. ¡Cuántos hay! Oí hablar de ellos y nunca me atreví a pedirle que me dejara subir.
Cierro la puerta y me acerco a la botella que es como una redoma, señalándola. Después me aparto, porque ella se aproxima. Y la veo inclinarse delante de mí, para mirar a Rododendro que nos vigila con su ojo quieto.
Tiene los hombros desnudos y la nuca blanca. Unos cabellos pequeñitos caen hacia los lados, y el perfume entra en mí suavemente.
Va a erguirse de nuevo, y será todo.
Cerrando los párpados, la beso. Cuando se vuelve y está hablándome, la beso en la boca. Su perfume baja por mi garganta y se anuda en mi pecho con lentitud, estremeciéndome.
La oigo reír y no sé qué palabras diría ahora. Aprieto los puños caídos; escucho una puerta que han cerrado, lejos; miro a Alicia que no se va.
—Es la palabra de cuatro letras que buscaba: ¡beso! —me dice entre la risa.
Entonces desaparece. Estoy solo de nuevo y tal vez pudiera llorar vuelto hacia el muro. Pero cierro la puerta y me quedo escuchando. Nada. La noche y los barcos, por todas partes, en sus botellas transparentes. Más allá, Rododendro, que ha juntado su ojo oscuro. Es hora de dormir. Somos viejos.

*

"Rododendro" pertenece al volumen de cuentos La noche de enfrente, de Hernán del Solar, 1952.

Hernán del Solar (Santiago, 1901 - 1985) Premio Nacional de Literatura 1968
Escritor y periodista chileno que destacó en su faceta de crítico literario y como autor de cuentos infantiles. Estudió en el Colegio de La Salle y asumió siendo muy joven un cargo directivo en la Editorial Zig-Zag; posteriormente colaboró como crítico en Atenea, Pro Arte, El Debate, La Nación y El Mercurio, entre otras publicaciones. Ejerció además la cátedra de redacción en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Como traductor, dio a conocer a escritores como Aldous Huxley o Nikos Kazantzakis. Pero fue en el ámbito de la crítica donde más
sobresalió, con obras como Índice de la poesía chilena contemporánea (1937), La poesía chilena en la primera mitad del siglo XX (1953), Breve estudio y antología de los Premios Nacionales de Literatura (1965) y Premios Nacionales de Literatura (1975). Desde 1947 publicó casi una cincuentena de cuentos infantiles en
Zig-Zag y Rapa Nui; de ahí que se le conociera como "El Andersen chileno".

lunes, 9 de octubre de 2023

"Todos los pasos", short story by Federico Zurita H.

 

No puedo llevarte, dice mi padre, voy en la dirección contraria. Camino entonces, chuteando mi pelota y pienso, a fin de cuentas la ciudad de Puerto Azola no es tan grande. Él se aleja en el auto del laboratorio bioquímico donde trabaja o en el auto de su jefe o en el de su amigo o en el de su otro amigo. Nunca tuvo uno propio. Mi madre me dice que me cuide y no le quito la vista hasta que doblo en la esquina. El Panchulo, que va a mi lado, piensa que somos cuicos. Tu papá tiene muchos autos y nunca te lleva a la cancha, me dice. Yo quiero pegarle un puntete, pero sólo le pregunto a qué cresta va a la cancha si nunca juega. Es que el Panchulo es Panchula y le gusta la pichula, por eso no juega, dice el Mauri desde atrás. El Panchulo le pega al Mauri, pero éste le contesta y lo deja llorando. Me da pena y se me quitan las ganas de pegarle un puntete. Le digo al Mauri que lo deje tranquilo y me contesta que a mí también me gusta la pichula. ¿Será cierto?, me pregunto, pero lo niego. El Mauri corre con mi pelota, pero no me importa. Es difícil caminar y chutear a la vez. El Panchulo se seca las lágrimas y se arregla el pelo. Lo hace porque ve aquel auto a lo lejos. El auto se detiene, y mi amigo me dice, ¿quieres venir? Niego con la cabeza. El Panchulo se sube. Yo sigo caminando junto al Negro, cada uno con su boogie bajo el brazo. Ojalá estén buenas las olas, dice el Negro. Ojalá no esté llena la playa, digo yo. Ojalá no llegue el Mauri a quebrarse con su tabla, dice el Negro. Luego agrega, yo prefiero el Bodyboard al surf, por eso me compré un boogie y no una tabla. El conchesumare del Mauri tiene tabla sólo para lucirla, concluye. Me quedo en silencio porque me doy cuenta de que hace tiempo que no tengo nada que decir del Mauri. El Negro abre su lata de Bilz sin detener el paso camino al cine o a la fisa o al partido del Deportivo Puerto Azola que por fin está en primera división. Dice que la Jeannette es una maraca y que anda con el Mauri por puro que tiene moto, y en Puerto Azola cualquiera tiene moto. Yo también abro una lata, es Pap. Caminar y beber es más fácil que caminar y chutear, pienso. El Negro se queda atrás. La Jeannette lo llama y va corriendo. Yo sigo solo. Caminar y mirarle el culo a la Carola es más entretenido, pienso. La sigo al colegio o al supermercado El Arcoíris o al cine o a la playa, no estoy seguro. Sólo la sigo. Ella apura el paso y yo también. Ella lo apura más y yo también. Ella lo apura por tercera vez y yo me quedo atrás. Cuando se da cuenta de que ya casi me pierde, camina más lento y la alcanzo. Le agarro el culo y le gusta. Pero en la cuadra siguiente dobla a la izquierda. Yo sigo derecho y cuando el Negro reaparece solo le pregunto, dónde está la Jeannette. Es una maraca, responde. No quiere que lo vea llorando. La Carola me vuelve a alcanzar. Yo la dejo caminar a mi lado y pienso en su culo. ¿Vas a la protesta?, me dice. Yo no entiendo de qué habla. Ella me explica. Es la primera protesta en años, agrega. Luego se va. Yo la miro alejarse. Me gusta, pienso, pero me va a hacer llorar, como la Jeannette al Negro. El Negro abre la primera lata de su sixpack. Yo abro la primera del mío. ¿No será mucha cerveza?, le digo. No seai maricón, me responde, hay que llegar entonado, no veis que va a estar lleno de minas. Se te tienen que acabar de aquí al Rockymar o a la Sunset o a la playa o al gimnasio del colegio Santa Beatriz o donde sea que vamos, ordena mientras comenzamos a caminar en zigzag. El Negro me pregunta si vamos en zigzag o en círculos, porque Puerto Azola es pequeño como para tener que caminar tanto. Hay que seguir caminando, le respondo en el momento en que un auto se detiene junto a nosotros. Es el Mauri con la música a todo volumen. Este conchesumare, murmura el Negro. ¿Los llevo a la fiesta?, dice el Mauri. El Negro se adelanta y al instante se detiene. ¿Tú vas también?, dice el Negro. Niego con la cabeza. El Negro se sube al auto del Mauri y se van. Cuando aún puedo verlos alejarse, el Mauri grita, anda a chuparle el pico al Panchulo. Camino un poco y escucho el estruendo del golpe. Camino otro poco y veo el auto apachurrado contra una palmera. El Negro está muerto. Al Mauri no le pasa nada. Tampoco va preso porque es menor de edad y es hijo de militar. En Puerto Azola está lleno de menores al volante que son hijos de militar. En Puerto Azola los funerales son a pie. La Carola camina al lado mío hacia el cementerio en medio de una inmensa procesión. Vino toda la comunidad del colegio. Le pregunto por la Jeannette. Me dice que no va a venir, que fue a ver al Mauri a la clínica. Nos salimos de la procesión y doblamos por un pasaje. No sé dónde vamos, pero le vuelvo a tocar el culo. Y esta vez también las tetas. Hay otro funeral con cientos de personas y gritos. Es el muerto de la protesta, dice la Carola. Yo me asusto y la Carola se pierde en la multitud. Camino solo en la dirección contraria a la procesión y entre la masa de gente veo, por fin, nuevamente a la Carola. Me hace una seña con la mano y se vuelve a perder. No la sigo. Me voy con un sixpack rumbo al río o a la playa o a la isla, pero no a la parte del Rockymar. Voy solo. La ciudad está en silencio después de los funerales masivos. Hasta el mar se queda mudo por mucho tiempo. Tengo ganas de llorar, pero me aguanto y sigo caminando. Hace frío o calor o frío otra vez. A lo lejos el silencio es interrumpido por el Mauri y sus amigos que le sacan la cresta a alguien. Es el Panchulo. Yo sigo caminando y finjo que no veo. No le cuento a nadie y lloro mientras acelero. Pese a que voy rápido, mi madre me grita que apure el paso, que el camión de la mudanza ya se va y nosotros también. Yo me seco los ojos, acelero y veo cómo el camión se va haciendo pequeño hasta que es sólo un punto al final del camino. Avanzo en esa dirección y cuando creo que el final del camino está cerca, éste se me arranca. El desierto se va tornando amarillo y luego de un verde opaco y seco, hasta que, mientras camino ya en la capital, comienza a llover. No te puedo llevar, me dice mi padre, voy en la dirección contraria, al laboratorio bioquímico. A mí no me importa. Me cubro con un paraguas por primera vez y piso las pozas con mis primeras botas. Mi madre me dice que me cuide y no le quito la vista hasta que llego a la esquina y doblo. Voy al cine o a Fantasilandia o a la galería donde venden poleras con estampados de Siouxsie and the Banshees pero no les quedan y compro una de Sex pistols, que no me gustan tanto. En el camino me encuentro una protesta. Tengo miedo, pero no se me nota porque mi polera es de Sex Pistols. Le digo al Braulio que mejor nos vamos. Él me dice que no sea maricón y me explica que tenemos todo el derecho de protestar. Sigo caminando, pero ya no en la dirección contraria de la masa de gente. Voy en la misma dirección, y acompaño a mi madre a votar. Vamos a decir que no al militar. Apenas comienzo a enterarme del porqué en el camino. Mi madre celebra mientras vamos a votar por segunda vez, ahora por el candidato que nos permitió decirle que no al militar. Mi madre vuelve a celebrar. Ya no habrá más protestas, me dice el Braulio cuando vamos camino al primer día de universidad. Es Ingeniería. Tengo clase de cálculo o álgebra o Química. Pienso, mi padre, que sabe más que yo de estas cosas, podría enseñarme, pero va en la dirección contraria. Tengo clases de física o mecánica o termodinámica o actuación o movimiento o voz o historia del teatro o dramaturgia, no sé cuál es primero, pero ahora es en otro campus. Llevo mi polera de Sex pistols y mientras me acerco a la Escuela de Teatro, unos tipos con poleras de Víctor Jara o el Che Guevara o Silvio Rodríguez me miran feo. No importa, porque la Sandra, que lleva una polera de Bauhaus, camina al lado mío y me toma la mano. Vamos a clases o al teatro o a una fiesta Acid o a otra en el Club Panteón o a otra en su cama. Luego me suelta y camino tomado de la mano de la Maricarmen o de la Andrea o de la Magdalena. Mi madre me alcanza a decir que me cuide y a mí me da vergüenza. Sé a qué se refiere, pero no quiero que la Maricarmen o la Andrea o la Magdalena se den cuenta. Yo nunca le dije a mi madre que se cuide, pienso mientras camino a verla a la clínica o a su funeral o a su tumba. Mi padre camina al lado mío, pero no dice nada. Me adelanto. No tengo el más mínimo interés de ver cómo comienza a zigzaguear. Yo zigzagueo por mi cuenta. El Mario me acompaña a la biblioteca o al teatro o al Bar Danés, zigzaguea conmigo, mientras me dice que está escribiendo una obra de teatro y se toma un pencazo largo de ron. Yo camino a la universidad o al teatro o a una fiesta al Club Panteón o al teatro o a la casa del Mario o al teatro o a ensayo del montaje de egreso a representar a un personaje que camina a todos lados sin poder subirse jamás a un auto o micro o camión. La Mariana detiene su auto junto a mí y me dice si quiero que me lleve. Le digo que sí, pero cambio de opinión. Ella se baja y camina al lado mío. Por qué no quieres subirte a mi auto, me dice. Si quiero, le respondo, pero no lo voy a hacer. No doy más explicaciones. Ella camina a mi lado un rato, me toma de la mano, me enseña su escote y sus piernas. Pero mientras la manoseo, se aburre y se va. Me encamino a la protesta. Le enrostro al Braulio que alguna vez haya dicho que no habría más protestas. Cómo iba yo a saber que todo sería como si el militar aún estuviera a cargo, se excusa. Caminamos juntos, nos apuramos juntos, zigzagueamos. Dejo de zigzaguear pero no de avanzar. Voy al estreno de mi primera obra después de salir de la universidad o a la última función o al estreno de esa otra obra que por fin terminó de escribir el Mario y que dirige él mismo o a la primera obra escrita por mí y que dirige alguien con más trayectoria que yo. Veo a mi padre pasar en un auto del laboratorio de bioquímica donde hace sus investigaciones, o es de su jefe o de su amigo. Me grita que no me puede llevar al teatro porque va en la dirección contraria. Camino apurado a pagar el arriendo o a comprar muebles nuevos o utensilios para la cocina. Camino a visitar a mi padre. Camino junto a él, pero zigzaguea. Le digo que vamos en línea recta, pero insiste en zigzaguear. Yo prefiero seguir derecho. Él zigzaguea y, mientras toma otro camino, apenas escucho que me grita, voy en la dirección contraria, no te puedo acompañar. El Mario me pide que me detenga. No le hago caso y sigo dando pasos. Me dice que ya no puede seguir, que no es posible vivir así, que no va a escribir un diálogo más. Camina de espaldas porque yo no me detengo. Tengo cuentas que pagar, explica. Yo sigo adelante. Él se detiene. Ya no me ve de frente. Me ve de lado. Me ve la espalda. Voy a dejar el teatro, voy a seguir otro camino, concluye, y se va en la dirección contraria. Le digo, sin mirarlo, que le dé saludos a mi padre. Escucho como se aleja a mi espalda. No lo veo, sólo lo escucho. La Renata me toma de la mano. He visto todas tus obras, me dice, mientras caminamos a su restaurante preferido o a una celebración de amigos o a su casa o a nuestra fiesta de matrimonio o a nuestro departamento. Caminamos los dos solos o con amigos o con una guagua en brazos a quien llamamos Raimundo o con el Raimundo de la mano o con el Raimundo un poco más atrás porque no nos quiere dar la mano. Camino solo mientras la Renata y el Raimundo se quedan detenidos. No sé cuánto tiempo se quedan ahí, porque no miro hacia atrás. No sé cuándo toman la dirección contraria. Un tipo se acerca, camina junto a mí y me mira. Eres tú, me dice. Soy yo, le respondo, acelerando el paso. Y yo soy yo, agrega. Es el Mauri, me doy cuenta de pronto. Me quiere detener con un abrazo, pero no lo logra. Me cuenta que trabaja en la exportadora de aceitunas de su suegro, con oficina en Puerto Azola pero que todos los meses viaja a la capital. Me pregunta a qué me dedico. Soy actor, le digo. ¿En qué teleserie actúas?, pregunta. Hago teatro, respondo. ¿Y con qué pagas las cuentas?, dice. Yo no le respondo. Me ofrece trabajo, me cuenta que el Panchulo es travesti y puta, y que la Jeannette es maraca. Pienso en detenerme, pero no lo hago. Quiero preguntarle si sabe qué ha sido de la Carola, pero me quedo en silencio. Se despide y se sube a su auto. Antes de partir me pregunta si me lleva a algún lado. Niego con la cabeza. Me alejo y escucho que me grita, anda a chuparle el pico al Panchulo, actorcito de cuarta. Camino al teatro o a la casa de mi padre o a la casa de mi hijo o al bar. Camino sin compañía un largo trecho. Camino al lado de la Susana, pero no caminamos juntos. Camino tanto rato a su lado que no me doy cuenta cuando ya estamos caminando juntos. Me toma la mano y me la suelta y me la vuelve a tomar. Caminamos así. Veo a mi padre paralizado al borde de la vereda. Tiene una llave de auto en la mano, pero no hay ningún auto donde introducirla. La Susana me aconseja que le hable, que ella va a observar de cerca, que no me va a dejar solo. Me acerco a mi padre y lo envuelvo con mi brazo derecho. Él se deja abrazar. Caminamos así, sin zigzaguear. Dónde vas, me pregunta, siguiendo mi paso. A buscar al Raimundo para llevarlo a la cancha, le digo. Si tuviera un auto te podría llevar, me dice, pero no tengo. Podemos caminar, le digo, yo te enseño cuál es la dirección.

This story was awarded first prize at the—disappeared—Revista Paula short story contest, year 2014.