“No heredé nada de mi padre, ni siquiera su oficio; heredé, eso sí, su condición.”
Hijo de Ladrón (1951)
“Trabajar no me hacía mejor ni peor; me permitía, a lo sumo, no sentir vergüenza de estar vivo.”
Mejor que el vino (1958)
“Aprendí pronto que la ley no estaba hecha para nosotros, y que obedecerla no nos volvía mejores, solo más invisibles.”
Sombras contra el muro (1964)
“Nunca quise ser fuerte; quise entender, que es más difícil y deja menos cicatrices visibles.”
La oscura vida radiante (1971)
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En la tetralogía de Manuel Rojas, la masculinidad se construye sin padre fuerte, sin épica del trabajo, sin fe en la ley y sin culto a la fuerza, dando lugar a una figura masculina errante, reflexiva, ética y profundamente marcada por la clase. Aniceto Hevia no encarna al hombre exitoso del proyecto moderno, sino al sujeto que resiste desde los márgenes, haciendo de la conciencia y la palabra su forma de dignidad.
viernes, 19 de diciembre de 2025
Manuel Rojas, by Francisco Farías Mansilla
lunes, 29 de julio de 2024
Página 202 de Mala Onda, de Alberto Fuguet
Decido mirarla fijo. Mirarla a los ojos, como me lo enseñó mi madre. Ella no responde, no acusa recibo, pero me consta que se sabe observada. Me impresiona su fuerza de voluntad. No es que crea que me ama o alguna ingenuidad por el estilo; más bien me sorprende eso de que haya logrado sacarme, así de raíz, de su sistema. Dicho y hecho. No es que haya sido importante para ella alguna vez. Lo dudo. Aunque igual sueño que lo fui. Uno tiene esa prerrogativa: creer que porque uno sintió algo, ese algo de alguna manera logró colarse y depositarse en el sistema digestivo del otro. Por ejemplo, se me ocurre –estoy seguro- que cada vez que ella come pan con palta se acuerda de mí. Quizás no sea verdad. Quizás sí. Nunca lo voy a saber. Incluso si me lo jurara, igual puede ser un invento, una mentira. Uno nunca está del todo seguro. La seguridad surge tan sólo de lo que uno cree, creo. Y yo creo, yo siento, estoy seguro de que eso de no acusar recibo, de no mirarme, de hacerse la indiferente, es la señal más irrefutable de que aún le importo. O, por lo menos, de que me odia pero que, alguna vez, en alguna época pasada cuando todo era mucho pero mucho más fácil, ella me tuvo en cuenta.
El pasado, creo, es mucho más difícil de ocultar que el presente. Por eso, todos en el living en tonos pasteles de la Rosita Barros pueden poner sus manos al fuego de la chimenea y asegurar: “Si, es cierto, es evidente, entre ellos dos hubo, y quizás todavía hay, algo”. En veinte años más, pienso, cuando ella esté casada con el McClure o alguien parecido y averigüe por causalidad sobre mi paradero, de mi vida y mis probables fracasos, estoy seguro de que esos ojos que tiene se llenarán de curiosidad y de nostalgia y hasta de envidia. Y dirá: “Hice lo correcto. No era mi tipo”
Y lo más triste del asunto es que va a tener razón: no soy su tipo. Al menos, ya no lo soy. Porque de que lo fui, lo fui. Pero algo pasó. Y este es el resultado, supongo.
lunes, 9 de octubre de 2023
"Todos los pasos", short story by Federico Zurita H.
No puedo llevarte, dice mi padre, voy en la dirección contraria.
Camino entonces, chuteando mi pelota y pienso, a fin de cuentas la
ciudad de Puerto Azola no es tan grande. Él se aleja en el auto del
laboratorio bioquímico donde trabaja o en el auto de su jefe o en el de
su amigo o en el de su otro amigo. Nunca tuvo uno propio. Mi madre me
dice que me cuide y no le quito la vista hasta que doblo en la esquina.
El Panchulo, que va a mi lado, piensa que somos cuicos. Tu papá tiene
muchos autos y nunca te lleva a la cancha, me dice. Yo quiero pegarle un
puntete, pero sólo le pregunto a qué cresta va a la cancha si nunca
juega. Es que el Panchulo es Panchula y le gusta la pichula, por eso no
juega, dice el Mauri desde atrás. El Panchulo le pega al Mauri, pero
éste le contesta y lo deja llorando. Me da pena y se me quitan las ganas
de pegarle un puntete. Le digo al Mauri que lo deje tranquilo y me
contesta que a mí también me gusta la pichula. ¿Será cierto?, me
pregunto, pero lo niego. El Mauri corre con mi pelota, pero no me
importa. Es difícil caminar y chutear a la vez. El Panchulo se seca las
lágrimas y se arregla el pelo. Lo hace porque ve aquel auto a lo lejos.
El auto se detiene, y mi amigo me dice, ¿quieres venir? Niego con la
cabeza. El Panchulo se sube. Yo sigo caminando junto al Negro, cada uno
con su boogie bajo el brazo. Ojalá estén buenas las olas, dice el Negro.
Ojalá no esté llena la playa, digo yo. Ojalá no llegue el Mauri a
quebrarse con su tabla, dice el Negro. Luego agrega, yo prefiero el
Bodyboard al surf, por eso me compré un boogie y no una tabla. El
conchesumare del Mauri tiene tabla sólo para lucirla, concluye. Me quedo
en silencio porque me doy cuenta de que hace tiempo que no tengo nada
que decir del Mauri. El Negro abre su lata de Bilz sin detener el paso
camino al cine o a la fisa o al partido del Deportivo Puerto Azola que
por fin está en primera división. Dice que la Jeannette es una maraca y
que anda con el Mauri por puro que tiene moto, y en Puerto Azola
cualquiera tiene moto. Yo también abro una lata, es Pap. Caminar y beber
es más fácil que caminar y chutear, pienso. El Negro se queda atrás. La
Jeannette lo llama y va corriendo. Yo sigo solo. Caminar y mirarle el
culo a la Carola es más entretenido, pienso. La sigo al colegio o al
supermercado El Arcoíris o al cine o a la playa, no estoy seguro. Sólo
la sigo. Ella apura el paso y yo también. Ella lo apura más y yo
también. Ella lo apura por tercera vez y yo me quedo atrás. Cuando se da
cuenta de que ya casi me pierde, camina más lento y la alcanzo. Le
agarro el culo y le gusta. Pero en la cuadra siguiente dobla a la
izquierda. Yo sigo derecho y cuando el Negro reaparece solo le pregunto,
dónde está la Jeannette. Es una maraca, responde. No quiere que lo vea
llorando. La Carola me vuelve a alcanzar. Yo la dejo caminar a mi lado y
pienso en su culo. ¿Vas a la protesta?, me dice. Yo no entiendo de qué
habla. Ella me explica. Es la primera protesta en años, agrega. Luego se
va. Yo la miro alejarse. Me gusta, pienso, pero me va a hacer llorar,
como la Jeannette al Negro. El Negro abre la primera lata de su sixpack.
Yo abro la primera del mío. ¿No será mucha cerveza?, le digo. No seai
maricón, me responde, hay que llegar entonado, no veis que va a estar
lleno de minas. Se te tienen que acabar de aquí al Rockymar o a la
Sunset o a la playa o al gimnasio del colegio Santa Beatriz o donde sea
que vamos, ordena mientras comenzamos a caminar en zigzag. El Negro me
pregunta si vamos en zigzag o en círculos, porque Puerto Azola es
pequeño como para tener que caminar tanto. Hay que seguir caminando, le
respondo en el momento en que un auto se detiene junto a nosotros. Es el
Mauri con la música a todo volumen. Este conchesumare, murmura el
Negro. ¿Los llevo a la fiesta?, dice el Mauri. El Negro se adelanta y al
instante se detiene. ¿Tú vas también?, dice el Negro. Niego con la
cabeza. El Negro se sube al auto del Mauri y se van. Cuando aún puedo
verlos alejarse, el Mauri grita, anda a chuparle el pico al Panchulo.
Camino un poco y escucho el estruendo del golpe. Camino otro poco y veo
el auto apachurrado contra una palmera. El Negro está muerto. Al Mauri
no le pasa nada. Tampoco va preso porque es menor de edad y es hijo de
militar. En Puerto Azola está lleno de menores al volante que son hijos
de militar. En Puerto Azola los funerales son a pie. La Carola camina al
lado mío hacia el cementerio en medio de una inmensa procesión. Vino
toda la comunidad del colegio. Le pregunto por la Jeannette. Me dice que
no va a venir, que fue a ver al Mauri a la clínica. Nos salimos de la
procesión y doblamos por un pasaje. No sé dónde vamos, pero le vuelvo a
tocar el culo. Y esta vez también las tetas. Hay otro funeral con
cientos de personas y gritos. Es el muerto de la protesta, dice la
Carola. Yo me asusto y la Carola se pierde en la multitud. Camino solo
en la dirección contraria a la procesión y entre la masa de gente veo,
por fin, nuevamente a la Carola. Me hace una seña con la mano y se
vuelve a perder. No la sigo. Me voy con un sixpack rumbo al río o a la
playa o a la isla, pero no a la parte del Rockymar. Voy solo. La ciudad
está en silencio después de los funerales masivos. Hasta el mar se queda
mudo por mucho tiempo. Tengo ganas de llorar, pero me aguanto y sigo
caminando. Hace frío o calor o frío otra vez. A lo lejos el silencio es
interrumpido por el Mauri y sus amigos que le sacan la cresta a alguien.
Es el Panchulo. Yo sigo caminando y finjo que no veo. No le cuento a
nadie y lloro mientras acelero. Pese a que voy rápido, mi madre me grita
que apure el paso, que el camión de la mudanza ya se va y nosotros
también. Yo me seco los ojos, acelero y veo cómo el camión se va
haciendo pequeño hasta que es sólo un punto al final del camino. Avanzo
en esa dirección y cuando creo que el final del camino está cerca, éste
se me arranca. El desierto se va tornando amarillo y luego de un verde
opaco y seco, hasta que, mientras camino ya en la capital, comienza a
llover. No te puedo llevar, me dice mi padre, voy en la dirección
contraria, al laboratorio bioquímico. A mí no me importa. Me cubro con
un paraguas por primera vez y piso las pozas con mis primeras botas. Mi
madre me dice que me cuide y no le quito la vista hasta que llego a la
esquina y doblo. Voy al cine o a Fantasilandia o a la galería donde
venden poleras con estampados de Siouxsie and the Banshees pero no les
quedan y compro una de Sex pistols, que no me gustan tanto. En el camino
me encuentro una protesta. Tengo miedo, pero no se me nota porque mi
polera es de Sex Pistols. Le digo al Braulio que mejor nos vamos. Él me
dice que no sea maricón y me explica que tenemos todo el derecho de
protestar. Sigo caminando, pero ya no en la dirección contraria de la
masa de gente. Voy en la misma dirección, y acompaño a mi madre a votar.
Vamos a decir que no al militar. Apenas comienzo a enterarme del porqué
en el camino. Mi madre celebra mientras vamos a votar por segunda vez,
ahora por el candidato que nos permitió decirle que no al militar. Mi
madre vuelve a celebrar. Ya no habrá más protestas, me dice el Braulio
cuando vamos camino al primer día de universidad. Es Ingeniería. Tengo
clase de cálculo o álgebra o Química. Pienso, mi padre, que sabe más que
yo de estas cosas, podría enseñarme, pero va en la dirección contraria.
Tengo clases de física o mecánica o termodinámica o actuación o
movimiento o voz o historia del teatro o dramaturgia, no sé cuál es
primero, pero ahora es en otro campus. Llevo mi polera de Sex pistols y
mientras me acerco a la Escuela de Teatro, unos tipos con poleras de
Víctor Jara o el Che Guevara o Silvio Rodríguez me miran feo. No
importa, porque la Sandra, que lleva una polera de Bauhaus, camina al
lado mío y me toma la mano. Vamos a clases o al teatro o a una fiesta
Acid o a otra en el Club Panteón o a otra en su cama. Luego me suelta y
camino tomado de la mano de la Maricarmen o de la Andrea o de la
Magdalena. Mi madre me alcanza a decir que me cuide y a mí me da
vergüenza. Sé a qué se refiere, pero no quiero que la Maricarmen o la
Andrea o la Magdalena se den cuenta. Yo nunca le dije a mi madre que se
cuide, pienso mientras camino a verla a la clínica o a su funeral o a su
tumba. Mi padre camina al lado mío, pero no dice nada. Me adelanto. No
tengo el más mínimo interés de ver cómo comienza a zigzaguear. Yo
zigzagueo por mi cuenta. El Mario me acompaña a la biblioteca o al
teatro o al Bar Danés, zigzaguea conmigo, mientras me dice que está
escribiendo una obra de teatro y se toma un pencazo largo de ron. Yo
camino a la universidad o al teatro o a una fiesta al Club Panteón o al
teatro o a la casa del Mario o al teatro o a ensayo del montaje de
egreso a representar a un personaje que camina a todos lados sin poder
subirse jamás a un auto o micro o camión. La Mariana detiene su auto
junto a mí y me dice si quiero que me lleve. Le digo que sí, pero cambio
de opinión. Ella se baja y camina al lado mío. Por qué no quieres
subirte a mi auto, me dice. Si quiero, le respondo, pero no lo voy a
hacer. No doy más explicaciones. Ella camina a mi lado un rato, me toma
de la mano, me enseña su escote y sus piernas. Pero mientras la manoseo,
se aburre y se va. Me encamino a la protesta. Le enrostro al Braulio
que alguna vez haya dicho que no habría más protestas. Cómo iba yo a
saber que todo sería como si el militar aún estuviera a cargo, se
excusa. Caminamos juntos, nos apuramos juntos, zigzagueamos. Dejo de
zigzaguear pero no de avanzar. Voy al estreno de mi primera obra después
de salir de la universidad o a la última función o al estreno de esa
otra obra que por fin terminó de escribir el Mario y que dirige él mismo
o a la primera obra escrita por mí y que dirige alguien con más
trayectoria que yo. Veo a mi padre pasar en un auto del laboratorio de
bioquímica donde hace sus investigaciones, o es de su jefe o de su
amigo. Me grita que no me puede llevar al teatro porque va en la
dirección contraria. Camino apurado a pagar el arriendo o a comprar
muebles nuevos o utensilios para la cocina. Camino a visitar a mi padre.
Camino junto a él, pero zigzaguea. Le digo que vamos en línea recta,
pero insiste en zigzaguear. Yo prefiero seguir derecho. Él zigzaguea y,
mientras toma otro camino, apenas escucho que me grita, voy en la
dirección contraria, no te puedo acompañar. El Mario me pide que me
detenga. No le hago caso y sigo dando pasos. Me dice que ya no puede
seguir, que no es posible vivir así, que no va a escribir un diálogo
más. Camina de espaldas porque yo no me detengo. Tengo cuentas que
pagar, explica. Yo sigo adelante. Él se detiene. Ya no me ve de frente.
Me ve de lado. Me ve la espalda. Voy a dejar el teatro, voy a seguir
otro camino, concluye, y se va en la dirección contraria. Le digo, sin
mirarlo, que le dé saludos a mi padre. Escucho como se aleja a mi
espalda. No lo veo, sólo lo escucho. La Renata me toma de la mano. He
visto todas tus obras, me dice, mientras caminamos a su restaurante
preferido o a una celebración de amigos o a su casa o a nuestra fiesta
de matrimonio o a nuestro departamento. Caminamos los dos solos o con
amigos o con una guagua en brazos a quien llamamos Raimundo o con el
Raimundo de la mano o con el Raimundo un poco más atrás porque no nos
quiere dar la mano. Camino solo mientras la Renata y el Raimundo se
quedan detenidos. No sé cuánto tiempo se quedan ahí, porque no miro
hacia atrás. No sé cuándo toman la dirección contraria. Un tipo se
acerca, camina junto a mí y me mira. Eres tú, me dice. Soy yo, le
respondo, acelerando el paso. Y yo soy yo, agrega. Es el Mauri, me doy
cuenta de pronto. Me quiere detener con un abrazo, pero no lo logra. Me
cuenta que trabaja en la exportadora de aceitunas de su suegro, con
oficina en Puerto Azola pero que todos los meses viaja a la capital. Me
pregunta a qué me dedico. Soy actor, le digo. ¿En qué teleserie actúas?,
pregunta. Hago teatro, respondo. ¿Y con qué pagas las cuentas?, dice.
Yo no le respondo. Me ofrece trabajo, me cuenta que el Panchulo es
travesti y puta, y que la Jeannette es maraca. Pienso en detenerme, pero
no lo hago. Quiero preguntarle si sabe qué ha sido de la Carola, pero
me quedo en silencio. Se despide y se sube a su auto. Antes de partir me
pregunta si me lleva a algún lado. Niego con la cabeza. Me alejo y
escucho que me grita, anda a chuparle el pico al Panchulo, actorcito de
cuarta. Camino al teatro o a la casa de mi padre o a la casa de mi hijo o
al bar. Camino sin compañía un largo trecho. Camino al lado de la
Susana, pero no caminamos juntos. Camino tanto rato a su lado que no me
doy cuenta cuando ya estamos caminando juntos. Me toma la mano y me la
suelta y me la vuelve a tomar. Caminamos así. Veo a mi padre paralizado
al borde de la vereda. Tiene una llave de auto en la mano, pero no hay
ningún auto donde introducirla. La Susana me aconseja que le hable, que
ella va a observar de cerca, que no me va a dejar solo. Me acerco a mi
padre y lo envuelvo con mi brazo derecho. Él se deja abrazar. Caminamos
así, sin zigzaguear. Dónde vas, me pregunta, siguiendo mi paso. A buscar
al Raimundo para llevarlo a la cancha, le digo. Si tuviera un auto te
podría llevar, me dice, pero no tengo. Podemos caminar, le digo, yo te
enseño cuál es la dirección.
This story was awarded first prize at the—currently disappeared—Paula Magazine short story contest, in the year 2014.
martes, 5 de mayo de 2020
Un jodido día perfecto sobre la tierra, Patricio Pron
Axolotl | Ajolote, Julio Cortázar
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
viernes, 20 de marzo de 2020
Clase, Guillermo Calderón
¿Te cuento la mía?
Mi papá era normal, mi mamá era normal, mis hermanos eran normales.
Crecí en una casa.
Comí arroz con huevo.
Tomé jugo en polvo rojo cancerígeno.
Hubo juguetes que nunca tuve.
Pedí un piano, no me lo compraron.
Pedí una hermana, la tuvieron.
Pedí conocer la nieve, me llevaron al cajón del Maipo.
Aquí viene la parte triste.
En mi casa no había libros.
Solo cariño.
Mis padres tenían un corazón grande y la mirada simple.
No tenían libros.
A veces llovía y llegaba el otoño, pero todo lo que sentíamos se quedaba ahogado aquí porque sabíamos pocas palabras.
Partí tarde.
Todos esos ministros crecieron mirando dinosaurios.
Los criaron para ser dueños.
Los llevaron a llorar a conciertos.
A museos de arte llenos de cuadros colgados.
Al mar.
A visitar a los abuelos, que tenían más libros.
Les hablaban en francés o en inglés.
Les silbaban canciones de películas.
Les enseñaban a callarse.
Yo podría haber volado.
Si hubiera crecido como esa corte yo habría llegado.
Pero ahora estoy tan lejos.
Yo tenía mucho potencial.
Cuando dibujaba a mi familia le ponía uñas.
Pero partí tarde.
Cuando yo iba en los números ellos iban en las letras.
Cuando yo decía no ellos decían yes.
Cuando yo tenía ideales ellos tenían cumpleaños.
Y cuando yo tuve problemas ellos estaban enamorados.
No sé si sabes, pero los que nos educamos solos y atrasados tenemos que pasar por etapas para convertirnos en hombres.
Tenemos que pasar etapas con problemas.
Tenemos que pasar por una etapa en la que no podemos estudiar porque queremos jugar en la calle con los amigos.
Y otra etapa en la que no podemos estudiar porque nos enamoramos de una niña que vive lejos.
O no podemos estudiar porque pasamos una etapa perdidos o embriagados.
Pero felices.
Mirando las estrellas.
Una etapa en la que no queremos que el sistema nos trague.
Una etapa de vagar por el sur con amigos que no valen la pena.
Una etapa de no ir a clases y caminar.
Una etapa de leer libros argentinos.
Y esas etapas son las que tenemos que superar para descubrir quienes somos.
Y no lo descubrimos nunca.
Pero descubrimos que nuestra juventud no ha sido fascinante.
Y mientras tanto los hijos de los ricos estaban estudiando.
Mientras nosotros nos acostábamos con nuestras compañeras de curso ellos estaban aprendiendo a ser dueños del mundo.
A ser maravillosos.
A tener una vida fascinante.
Mientras nosotros perdíamos el tiempo en vivir ellos aprendían la ciencia y la industria.
Y los trasplantes de corazón.
Y a nosotros, los verdaderos, nos dejaron las humanidades y las letras, que creo que a veces nos hacen un poco felices.
Por eso llegué tarde.
¿Y sabes lo que pienso?
Pienso que yo lo habría hecho mejor.
Yo podría haber solucionado problemas graves.
Yo podría haber plantado bosques.
Yo podría haber construido pirámides.
Yo podría haber logrado que todos fuéramos iguales.
Pero eso nunca se va a saber, porque siempre voy a ser un profesor indignado, siempre sabiendo que no pude desarrollar mi potencial.
Porque yo tenía mucho potencial.
Pero en mi casa no había libros.
domingo, 23 de junio de 2019
Manifiesto (Hablo por mi diferencia), Pedro Lemebel
No soy Ginsberg expulsado de Cuba
No soy un marica disfrazado de poeta
No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor
Hay que ser ácido para soportarlo
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina
Es un padre que te odia
Porque al hijo se le dobla la patita
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro
Envejecidas de limpieza
Acunándote de enfermo
Por malas costumbres
Por mala suerte
Como la dictadura
Peor que la dictadura
Porque la dictadura pasa
Y viene la democracia
Y detrasito el socialismo
¿Y entonces?
¿Qué harán con nosotros compañero?
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos
con destino a un sidario cubano?
Nos meterán en algún tren de ninguna parte
Como en el barco del general Ibáñez
Donde aprendimos a nadar
Pero ninguno llegó a la costa
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas
Por eso las casas de caramba
Le brindaron una lágrima negra
A los colizas comidos por las jaibas
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos
no recuerda
Por eso compañero le pregunto
¿Existe aún el tren siberiano
de la propaganda reaccionaria?
Ese tren que pasa por sus pupilas
Cuando mi voz se pone demasiado dulce
¿Y usted?
¿Qué hará con ese recuerdo de niños
Pajeándonos y otras cosas
En las vacaciones de Cartagena?
¿El futuro será en blanco y negro?
¿El tiempo en noche y día laboral
sin ambigüedades?
¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
¿Van a dejarnos bordar de pájaros
las banderas de la patria libre?
El fusil se lo dejo a usted
Que tiene la sangre fría
Y no es miedo
El miedo se me fue pasando
De atajar cuchillos
En los sótanos sexuales donde anduve
Y no se sienta agredido
Si le hablo de estas cosas
Y le miro el bulto
No soy hipócrita
¿Acaso las tetas de una mujer
no lo hacen bajar la vista?
¿No cree usted
que solos en la sierra
algo se nos iba a ocurrir?
Aunque después me odie
Por corromper su moral revolucionaria
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?
Y no hablo de meterlo y sacarlo
Y sacarlo y meterlo solamente
Hablo de ternura compañero
Usted no sabe
Cómo cuesta encontrar el amor
En estas condiciones
Usted no sabe
Qué es cargar con esta lepra
La gente guarda las distancias
La gente comprende y dice:
Es marica pero escribe bien
Es marica pero es buen amigo
Súper-buena-onda
Yo no soy buena onda
Yo acepto al mundo
Sin pedirle esa buena onda
Pero igual se ríen
Tengo cicatrices de risas en la espalda
Usted cree que pienso con el poto
Y que al primer parrillazo de la CNI
Lo iba a soltar todo
No sabe que la hombría
Nunca la aprendí en los cuarteles
Mi hombría me la enseñó la noche
Detrás de un poste
Esa hombría de la que usted se jacta
Se la metieron en el regimiento
Un milico asesino
De esos que aún están en el poder
Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza
Mi hombría espera paciente
Que los machos se hagan viejos
Porque a esta altura del partido
La izquierda tranza su culo lacio
En el parlamento
Mi hombría fue difícil
Por eso a este tren no me subo
Sin saber dónde va
Yo no voy a cambiar por el marxismo
Que me rechazó tantas veces
No necesito cambiar
Soy más subversivo que usted
No voy a cambiar solamente
Porque los pobres y los ricos
A otro perro con ese hueso
Tampoco porque el capitalismo es injusto
En Nueva York los maricas se besan en la calle
Pero esa parte se la dejo a usted
Que tanto le interesa
Que la revolución no se pudra del todo
A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alíta rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.
Decálogo del perfecto cuentista, Horacio Quiroga (1879-1937)
2. Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
3. Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
4. Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
5. No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
6. Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
7. No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
8. Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
9. No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
10. No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.