lunes, 23 de noviembre de 2020

La cazadora de Facebook

Marjorie es dueña de casa y trabaja en Facebook. No en Silicon Valley, sino en Buin, sentada frente a su computador: participa en concursos de Internet y así mantiene a su familia. Su historia fue finalista del IV concurso de crónicas “Las Nuevas Plumas” y se publica en exclusiva en The Clinic.

Conocí a una mala mujer por internet. O eso pensaba yo.

Lo primero que tengo que explicar es por qué la conocí. O cómo. Yo era community manager en una agencia que me pagaba dos sueldos mínimos por trabajar 45 horas semanales. Estudié periodismo, una carrera que se estaba viniendo abajo, hasta que apareció internet. De esta revolución digital y sus nuevos cargos en inglés, a mí me tocó ser community manager. El community manager es el vocero de una marca en internet. Es un rubro hipócrita. Soy vegetariana y mi cliente es la faenadora más grande de Chile, ésa que transformó a Freirina en una cerdópolis, un pueblo con más chanchos que personas. Miguel, que se sienta a mi lado, es ciclista furioso, de ésos que van a las marchas y jamás se comprarían un auto. Su trabajo es escribir en el Facebook de la automotora más grande de Japón. Detrás de mí está Daniela, una feminista que maneja la cuenta de un producto de limpieza. Su tarea es conversar con las mujeres sobre lo maravillosa que se ve la cocina cuando está limpia.

Según mi Linkedin, soy experta en redes sociales y marketing digital. En la práctica, paso todo el día en Facebook. Soy una persona que se hace pasar por una marca, para que esa marca hable como si fuera una persona. Entonces, la faenadora saluda y pregunta qué tal, cómo va la semana, cómo están los niños. Y los humanos responden, todo bien, esperando el fin de semana, los niños en el colegio.

La tarea principal del community manager, o CM, es preparar concursos. Eres Don Francisco en internet: conversas, haces reír a la gente y, si te siguen el juego, les regalas un refrigerador o un mes de papas fritas. Sabes que los pobres hacen lo que sea por un premio. Nuestros clientes quieren que gente linda participe en sus concursos, gente linda como la que sale en sus comerciales. Pero sucede lo contrario. Son señoras gordas y morenas las que más persiguen premios. Señoras que son una plaga a la que llamamos “cazaconcursos”. Señoras como Marjorie, la mujer que conocí por internet.

***

Mi primera tarea de community manager fue hablar en nombre de una marca de ron. Miguel, el CM de los autos japoneses, me enseñó todo lo que debía saber: escribe tres mensajes al día y una vez a la semana regala un premio. Nunca me previno de las mujeres como Marjorie.

Tuvimos una reunión con el cliente, nos pidió un concurso en el que las personas grabaran un video cantando el jingle del ron. Le advertimos que sería difícil, ¿quién querría filmarse cantando una canción tonta sobre el Caribe para ganar unas botellas de ron chileno? Pero el cliente siempre tiene la razón. El concurso fue un fracaso: la marca de ron tenía 18 mil fans y llegaron sólo dos videos. Uno era el de una mujer llamada Cwendolyn y el otro de una tal Marjorie. Los nombres dicen mucho, en especial en Chile, donde sólo los gringos y los pobres se llaman en inglés.

Corto dos trozos de papel y anoto sus nombres. Le pido a Miguel que escoja. Me entrega a la ganadora: Marjorie. Le doy play a su video. Aparece en el living de una casa chica. La escalera y la puerta de entrada caben en el encuadre. Tiene los ojos maquillados muy negros y un par de aros grandes y agitanados. Su cara es redonda y rosada, como si hace siglos un alemán hubiera salpicado sus genes en ese contorno mapuche.

Las manos levantadas escarban el pelo largo y teñido rubio, en un gesto que busca desesperadamente ser sensual. Canta y mueve el escote de su blusa negra, mirando directo a la cámara. Busco en el Facebook de Marjorie sus datos personales para avisarle que es la ganadora. En su muro encuentro algo que nunca imaginé: todos los mensajes son de concursos. Todos. “Gana este lindo reloj de Atavío”. “Comparte esta imagen y gana seis botellas para pasar un momento relax”. “CONCURSO, dale #megusta y estarás participando por productos Daily”. Me siento estafada, Marjorie me es infiel. Le muestro la pantalla a Miguel. Él se ríe. “Te presento a las cazaconcursos”, dice, y empieza su cátedra.

- Las cazaconcursos son mujeres que pasan todo el día en las redes sociales buscando concursos. Son legión y son un problema. Sólo persiguen los premios, no se comprometen con las marcas y lo acaparan todo. Son viejas ociosas que escriben con faltas de ortografía y ganan casi siempre haciendo trampa. Mejor bloquéala y no le des el premio. Métete al grupo de community managers y busca la lista negra de cazadoras, ahí aparecen todas.

Me marea tanta información. Cazadoras de premios, un grupo secreto de community managers, listas negras. Me siento en El código Da Vinci. Miguel me envía una invitación para sumarme al exclusivo grupo “Soy un CM en Chile”. Acepto.

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“Soy un CM en Chile: aportando para hacer crecer las redes sociales responsablemente”. Son más de 700 miembros y sólo se puede ser parte del grupo con la invitación de otro integrante. A mí me invitó Miguel, el CM veterano que me apadrina y me explica cómo funciona esta hermandad.

- Se creó para colaborar, pero eso se perdió. Hay un caso emblemático, cuando el CM del diario La Hora, sin querer, tuiteó “fui a hacer caca”. Este error escatológico pudo pasar desapercibido, si no fuera porque otro community manager tomó un pantallazo de la frase y lo difundió en internet. Supuestamente, con la sana intención de que los demás aprendiéramos de las caídas ajenas.

Aunque los CM son un rubro competitivo y cruel, los une un enemigo común. Entre las publicaciones sobre marketing, videos virales y errores de publicación, aparece esto:

- Y cuando nacieron los community managers, dios también creó a las cazaconcursos. ¡La cagó! 25 premios y una sola ganadora. Abajo, una imagen que reúne mensajes de distintas marcas felicitando a una misma persona: Marjorie.

Los community managers comentan:
Pía: ella es la reina de las cazaconcursos.
Ale: Que horror!!! Ella, Yasna Orellana, Cwendolyn, Pini Guti entre otras llevan años haciendo lo mismo.
Daniel: Que paso con la lista negra de los CM'S ¿?
David: Me ha tocado verla en concursos también!
Nicolás: si en tu concurso no participó Marjorie, replantea tu estrategia.

Un par de mensajes después, alguien comparte la preciada lista negra. Leo la nómina de cazadoras vetadas, entre ellas, Cwendolyn, Elizabeth y Marjorie. Tres mujeres chilenas con nombre en inglés.

***

Nadie puede esconderse de Google. Escribo el nombre completo de Marjorie y encuentro su perfil de Facebook, de Twitter, de Youtube, de Pinterest, de Instagram. Esta mujer tiene más cuentas que yo, que soy la experta. Miro sus videos, está el del ron y otros donde se ven niños cantando jingles de otras marcas. Google me dice que vive en Buin, zona rural de Santiago, y que estudió, como los más pobres de Chile, en un liceo técnico de su misma comuna. Sigo a Marjorie en Twitter y le mando un mensaje: “hola, ¿me das follow back para enviarte un dm?”. En menos de cinco minutos recibo una notificación en mi celular: Marjorie ha comenzado a seguirte.

***

Soy periodista y te quiero entrevistar. Una verdad a medias, porque no trabajo escribiendo en ningún diario. “¿Y qué gano yo con esto?”, lanza sin rodeos. Le explico que nada, que los periodistas no le pagan a sus entrevistados. Se hace la difícil, pero al final acepta. Me pide que hablemos por Skype. Obviamente, Marjorie también tiene cuenta ahí. La llamo y me contesta el mismo encuadre del video de ron. Se ve joven y guapa, pero no quiero simpatizar con ella, las cazadoras son el enemigo, la encarnación del egoísmo.

Le pido que se presente. Ella se resume en cuatro frases: tengo 28 años, soy casada, elegí ser dueña de casa para criar a mis dos hijos y me gustan mucho las redes sociales y los concursos. Me impresiona que tenga hijos, que esté casada, que se vea tan adulta y que tengamos la misma edad. Le pregunto cómo empezó con los concursos.

- Le pedí a mi marido que me dejara el computador para no aburrirme. Pensé que podía haber un trabajo por internet y tener un ingreso extra para la casa. Cuando me metí a Facebook, vi los concursos y empecé. En el 2010, gané mi primer premio, una radio en Nestlé, me acuerdo. Ahí le agarré el gustito.

Desde entonces, Marjorie ha acoplado los concursos a su vida. Su rutina de lunes a viernes me recuerda a la de mi mamá: se levanta a las seis de la mañana, viste a su hijo de seis años para el colegio, hace la limpieza de la casa, cocina el almuerzo, prepara la leche de su niña de dos años y, cuando se desocupa, como a las dos de la tarde, se acerca al computador.

- Una mitad del día soy dueña de casa, la otra mitad reviso concursos.

Con el tiempo desarrolló toda una metodología. Se suma a las comunidades de cada marca que encuentra en Facebook, Twitter, Instagram y Youtube. Participa en más de cien concursos al día. A ese ritmo, gana veinte premios al mes. Cada vez que la felicitan porque ganó, anota la marca y la fecha en un cuaderno. Así no se le olvida ningún premio.

- Hay veces en que no gano nada y eso es terrible para mí, porque le dedico tanto tiempo al tema del concurso. Otras semanas he ganado cinco veces. No son premios grandes, pero igual ayudan.

Marjorie me explica que los concursos le han traído muchos beneficios, porque ha ganado cosas para la casa que no podría haber conseguido de otra forma. Pienso en mi abuela, que además de dueña de casa, era costurera. Con ese trabajo adicional, le daba a mi mamá y a mis tíos cosas que mi abuelo no era capaz de comprar. Marjorie, por su parte, ha ganado mercadería, productos para el baño, cenas familiares y seguros de vida. El mejor premio que recuerda se lo dio la multitienda Falabella.

- Tuve que sacarme una foto con mi mueble favorito en el Falabella más cercano. Tuve problemas hasta con el guardia, porque adentro de la tienda no se podían sacar fotos. La tomé rápido, la subí y gané. Me dieron una gift card de $200 mil. Me compré un plasma gigante con la plata.

A mi abuelo no le gustaba que su mujer trabajara, pero lo necesitaba. Le pregunto a Marjorie qué opina su esposo.

- Puros problemas. Me dice, “ay, ya estai metida en Facebook”, que lo dejo de lado a él y que le dedico demasiado tiempo a algo que no me da mucho. Pero él sí ha visto beneficios, porque esto no es hobbie, esto es un ingreso.

Un ingreso importante. Marjorie me cuenta que su marido está sin trabajo hace cinco meses. Desde entonces, el único sustento de su familia han sido los concursos.

***

Toda la vida de Marjorie gira entorno a Buin. Su familia es de Buin, estudió en el liceo de Buin y en la plaza del pueblo conoció a su actual marido. Ella tenía 13 años y él, 17. Ya llevan 15 años juntos. En Buin.

- Él ha sido el único.

En el Facebook de Marjorie hay varias fotos de la pareja. Me cuenta que las pocas veces que han discutido, ha sido por los concursos. La mayor pelea fue cuando le hackeron su Facebook. Ese día, Marjorie escribió su clave y no pudo entrar a su cuenta. Después de muchos intentos, se metió a mirar su perfil desde la cuenta de otra persona y descubrió que le habían cambiado las fotos, le habían borrado mensajes y le habían escrito “cosas horribles” en su muro. Su marido le dio un ultimátum.

- Me dijo, “corta el leseo y hazte un Facebook personal”.

Entonces, como Bruce Wayne, Marjorie tuvo que dividir su identidad: un Facebook personal y otro para los concursos.

- La envidia tiene que haber sido. Como vieron que yo ganaba mucho. Lo que pasa es que en este mundo de los concursos no soy solamente yo. Hay muchas.

Sé que son muchas, las he visto en la lista secreta. Le pregunto qué sabe de las otras cazadoras. Me cuenta que la mayoría de las mujeres que tiene en el Facebook de los concursos son “ludópatas, o sea, que les gustan los concursos”. Son más de cien dueñas de casa y las conoció a todas por internet.

- Con este tema una se hace amigas, conversa de la vida, de los problemas, de los concursos. Es como un trabajo que nosotras manejamos, si hasta nos decimos colegas.

Otro problema, me explica Marjorie, es que las marcas la bloquean. A veces ni siquiera ha ganado y la vetan. Tanteo el terreno antes de responder. Es entendible, le digo, no es la idea que gane siempre la misma persona. Ella asiente. Analizo los peligros y me aventuro un poco más. Le confieso que lo sé porque soy community manager. Marjorie sigue apacible, en silencio. Doy el salto final. Le revelo que, incluso, hay una lista negra con el nombre de las cazaconcursos más famosas. Entonces, cuando creo que mantengo a Marjorie quieta bajo la mira, ella voltea la perspectiva y me atrapa con una pregunta.

- ¿Estoy en la lista negra de los community managers?

Paso de cazadora a cazada.

***

Una niña llora. Marjorie se aleja del computador y va a buscarla. Se sienta frente a la pantalla con su hija sobre el regazo y le pide que me salude. La niña mueve la mano y me sonríe. Marjorie la besa y le hace cariño. La pequeña se acurruca en sus brazos y deja de llorar.

Marjorie se merece la verdad: sí, le digo, estás en la lista negra. ¿Y quién ve esa lista? Me pregunta preocupada, ¿ustedes o las empresas también? Le explico que sólo los CM. Ella no hace más preguntas y abraza nuevamente a su hija. Yo también termino las preguntas. Me despido y le doy las gracias por la entrevista. Marjorie sonríe y me dice “no, gracias a ti”. Cierro Skype.

***

Sigo los pasos de Marjorie y esa semana participo en mi primer concurso. Me vendría bien complementar mis dos sueldos mínimos. “Que gane la mejor”, me dice Marjorie por Twitter. Entiendo su indirecta. Finalmente, nos gana una cazadora novata. Marjorie pierde una de sus cien apuestas diarias, yo doy por finiquitada mi incipiente carrera de cazadora. Decido no participar más, pero al día siguiente recibo una solicitud de amistad de Marjorie. Ahora somos amigas en su Facebook de concursos. Soy una colega más.

viernes, 20 de noviembre de 2020

Prompt: I want to be famous for

I want my foot to be famous marching for justice in the burned Santiago
I want my voice to be famous choring revolutionary chants
I want my heart to be famous in the heat of a barricade
I want my face to be famous under my capucha as a bandit
I want my people to be famous for fighting against dictatorial rules
I want freedom and solidarity to be famous here, there, everywhere

 

 

martes, 17 de noviembre de 2020

Santiago is 2 hours ahead of New York

Santiago, Chile is 2 hours ahead of New York, NY

6:46 PM Tuesday, in Santiago, Chile is
4:46 PM Tuesday, in New York, NY

lunes, 16 de noviembre de 2020

In Chile, the military is killing people once again, by Arelis Uribe, translated by Leah Susman

In Chile, the military is killing people once again. The last time the Chilean military unleashed war with tanks and helicopters was to destroy its own presidential palace, La Moneda, on September 11, 1973. This began a military dictatorship that lasted 17 years, in which Chileans were notoriously raped, tortured, assassinated, and left as missing persons, who were the bravest and most revolutionary of their time.

It is Tuesday, October 22, 2019 (nearly half a century later), and today, in Chile, there are more deaths— murders by the bullets of our own military’s machine guns.

It all started on Friday, October 11, when the Piñera administration (the first right-wing president to be democratically-elected) announced an increase in the price of public transit fares. The new monthly rate is equivalent to 20 percent of the monthly income for a Chilean working at the minimum wage. 

Then, a miracle happened. One morning, a group of students occupied the entrance of a subway station. They invited passengers to enter without paying. Students of 14, 15, and 16 years old held the door wide open for fare evasion. And the people accepted. This began a dance—a game of chess between authorities and civilians. From then onward began a spiral of violence that is escalating day by day.

President Piñera's first response was to authorize police entry into metro stations and subway cars to go after the protesting students. A teenage girl was attacked and found bleeding on the floor, bullets lodged between her legs. Then, Piñera decreed a state of emergency: he suspended the right to assembly and public transport throughout all of Santiago. For the first time in decades, a military representative addressed the masses on television: Javier Iturriaga, the Chief of National Defense. Yet, the people’s response was to take to the streets anyway. And in Chilean cities beyond the capital, the masses were clinging pots and pans together as a protest chant. Students, mothers, grandparents, children, and toddlers; the Chilean family was united in plazas and avenues. 

It was the government’s move, so Piñera and Iturriaga announced a toque de queda, a curfew, stipulating the arrest of anyone found on the streets. The people responded with insurrection: they occupied the streets in defiance. In the daytime, with song and dance. In the nighttime, they torched buses and subway stations. Today, Chile has the scent of revolution and the odor of dictatorship.

But perhaps it all started before, when the mayor of Santiago, Felipe Alessandri, responded to the national student movement by inserting special forces in public school classrooms. Or, when the owners of the Chilean public pension system received profits that they did not share with the workers—the true owners of those funds. Or, when there were no longer specialists in public hospitals. Or, when the human rights violations in the face of Augusto Pinochet’s military dictatorship were left unpunished. Or, when we did not change the constitution that Pinochet wrote, which continues to the present and is the legal framework that the military continues to follow.

There is no official information on how many people have died. There are only videos on social media. One video shows soldiers lifting the body of a young man into a truck. Another shows the police dragging live, bleeding bodies along the street. In another, a woman records a video: she explains that the police arrested her, took her to a police station, removed her clothing, and doused her in water. At the police station, she saw other people, including children, naked and wet.

I do not live in Chile. I am away from my country. My friends and my family tell me what is happening through text message. They send me joy. I watch their videos during the day, protesting in the plazas, singing with their children. They are celebrating that the people have risen, and they are calling for justice and an end to the state’s abuse. One part is carnival. The revolution that we have all been waiting for has arrived. 

But at the same time, the President has appeared on television, announcing “we are at war.” And every day, there are more machine guns, tanks, and helicopters in the street. We are afraid because the wound from the dictatorship feels dangerously fresh and dangerously alive. Because we know what the military is capable of.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Por qué me duele el machismo de izquierda

Soy mujer, soy de izquierda y soy feminista. Escribo esta columna para hablarle a ciertos varones, también de izquierda, que se resisten comprender el feminismo.

Lo que nos hace de izquierda es el convencimiento tenaz de que todas las personas somos iguales. Igualdad no como semejanza, sino como abolición de jerarquías. Me hice de izquierda cuando entré a la U y conocí compañeras con papás que trabajando las mismas cuarenta horas a la semana que mi mamá, ganaban cinco veces su sueldo. Me hice de izquierda porque siempre supe que mi mamá no ganaba poco por ser floja, sino porque la distribución de la riqueza en Chile es un chorreo que nunca rebasó en las cúpulas. Me hice de izquierda porque en este país hasta el pasto es monopolio de las comunas ricas. Sigo siendo de izquierda porque me da vergüenza que los servicios públicos sean subsidios para la gente pobre y no un derecho universal, un espacio de mezcla. Soy de izquierda porque me duele que haya una clase que engorda cada día a costa del trabajo de millones de personas que viven en casas minúsculas. Y me revienta que esa clase se las ingenie, gobierno tras gobierno, para mantener su dominio.

El marxismo clásico le da una bajada teórica a esa rabia. Considera política la división de poder entre clases y denuncia que el Estado es un instrumento al servicio de la clase económica dominante. Lo que vengo a pedirles hoy día es que agarren toda esa sensibilidad que asegura, con el puño en alto y enrojecido, que no es válido que alguien ostente privilegios por sobre otra persona, que aboga por sueldos justos, que sabe que la pobreza no es una condición individual, sino el resultado colectivo de una estructura con forma de embudo; que llenen su corazón de resentimiento y entiendan esto: el género, al igual que la clase, es un sistema político que divide el poder.

Entonces hablemos de desigualdad y pobreza. La izquierda despotrica contra “los poderosos”, sepan que el 92% de los gerentes de las empresas más ricas de Chile son hombres. Hablemos de representación política. El Congreso está lleno de apellidos aristocráticos y también de hombres: sólo el 16% son mujeres. Hablemos de educación. Sabemos que las condiciones del profesorado son terribles, sepan que el 70% son mujeres. Hablemos de derechos laborales. Por realizar el mismo trabajo, las chilenas ganan en promedio un 36% menos que sus pares hombres.

¿De verdad creen que esto es algo inherente? ¿Que las mujeres viven peor porque son menos capaces o porque no se esfuerzan lo suficiente? Sostener eso es lo mismo que decir que los pobres son pobres porque son flojos, es obviar la evidencia grosera de que existe una estructura injusta, que deja a un lado a un grupo que ostenta privilegios y al otro, una gran mayoría que se ahoga en desventajas.

El feminismo es una respuesta a esta diferencia. Se rebela ante el machismo, que naturaliza la supremacía de los varones en lo político, económico y sexual. Busca la emancipación con perspectiva de género. Porque quiéranlo o no, el machismo es sinónimo de fascismo, ocupa al Estado para reproducirse y es otro espejismo para acumular capital.

Una esperaría que los hombres de izquierda o progres, por su afinidad política, entendieran esto. Pero no, muchos tienden a ser igual de conservadores y machistas que la derecha. Entonces no ven la gravedad de los paneles de hombres, de los celos que matan, del humor sexista, de evaluar a las mujeres permanentemente por su aspecto físico. No ven cómo el micromachismo alimenta la estructura. Porque antes que ser de izquierda, los supera el hecho de ser hombres.

Aquí viene la noticia incómoda: ustedes, varones de izquierda, por ser hombres, ostentan privilegios. Y no lo ven, porque el privilegio es invisible para quien lo tiene. La vida es muchísimo más fácil siendo cuico, también es ridículamente más fácil siendo hombre. Así como el cuico no entiende qué significa vivir con 250 lucas al mes, a ustedes siempre les va a costar entender qué significa que antes que persona siempre te consideren objeto.

Afortunadamente, también hay hombres de izquierda cuestionando el machismo. Pienso en Boric, que durante un homenaje a Lemebel en el parlamento dijo una frase que debería ser nuestro fondo de pantalla: cualquier izquierda que se precie de moderna, debe ser una izquierda feminista. Una izquierda a la que le duela la brecha de clase, y también la de género. Pelear por las dos, porque ambas aniquilan a la vez. Como dice Virgine Despentes: “hace falta ser idiota o asquerosamente deshonesto para pensar que una forma de opresión es insoportable y juzgar que la otra está llena de poesía”.

Yo no quiero vivir en una utopía de izquierda donde me subestimen, donde me echen la culpa si me violan, donde gane menos plata por realizar el mismo trabajo, donde releguen mis derechos a un segundo plano, donde me juzguen si me gusta el sexo. No quiero ser apéndice del mundo. Quiero ser parte de un proyecto de izquierda que en serio libere a las personas de las relaciones de dominación. Y en esa lucha el feminismo es sustancial. ¿Para cuándo la emancipación masculina? ¿Cuándo se van a integrar a esta revolución que ya empezó hace siglos? Acá les estamos esperando.

sábado, 14 de noviembre de 2020

"El sexo y la clase": Discurso de lanzamiento de Quiltras, de Arelis Uribe

Uno: la clase

Empecé a leer en serio cuando salí de cuarto medio. Antes, leía lo que me decían en el colegio. Agarré muy pocos libros por curiosidad. Pero a los 18 años participé en un taller de columnistas de la Zona de Contacto y como todo taller, me recomendaron muchas lecturas. De periodistas que habían escrito para la Zona, de escritores chilenos y de autores gringos. Me acuerdo que leí los libros de Alberto Fuguet, de Hernán Rodríguez Matte. También, las columnas de Guillermo Tupper o de Claudia Aldana. Leí a mucha gente de apellidos raros que escribían sobre Providencia, Ñuñoa o Las Condes, que habitaban barrios que yo no conocía.

Mis compañeros de taller también eran así, cuicos. O al menos tenían más plata que yo o estudiaban en universidades privadas o en la Católica (que es igual) o sus papás eran profesionales o tenían apellidos raros o sus familias eran dueñas de viñedos y adoraban a Pinochet.

Como en Chile los pobres estudian y viven y se casan con otros pobres y los cuicos lo mismo pero con otros cuicos, ir a los talleres de la Zona de Contacto fue el primer roce de clases que viví. Siempre supe que era pobre, pero entonces la constatación fue total.

Después entré a estudiar a la Usach y se me disparó el marxismo.

El punto es que los libros que conocí en los talleres de la Zona hablaban de experiencias universales (el amor, el miedo, la familia) desde la perspectiva particular de ser cuico.

Nunca leí libros que hablaran de la Gran Avenida o de familias viviendo en departamentos de 50 metros cuadrados o de salas de clases con los vidrios rotos. Y jamás, hasta que conocí a Lemebel o a Bolaño, se me ocurrió que la literatura pudiera ser eso.

El arte es cuico. Estudiar arte es un lujo burgués. Pagar una entrada al teatro es carísimo. Un libro en promedio vale diez lucas (aunque, aviso, hoy Quiltras va a costar la mitad). En Chile producir y acceder a la belleza es un privilegio reservado para quienes pueden financiarlo.

Ese es el primer lugar desde el que se posiciona Quiltras. En Chile, los quiltros son los perros pobres, que no tienen casa propia ni origen conocido o cuyo origen se descifra por su aspecto físico, que es evidentemente mestizo o (tal como la palabra “quiltras”), indígena.

Escribí de los mismos temas de siempre: el amor, la amistad, el miedo, la violencia. Pero desde el particular opuesto de la tradición cuica. Porque la primera bandera que levanté en mi vida fue ésa. Como le leí a alguien en Facebook: “quienes crecemos con poco nos obsesionamos con el resentimiento de clase”. Durante mucho tiempo me obsesioné con eso, con explicar todos los problemas del mundo según la dialéctica marxista.


Dos: el sexo

“Siempre estuve metida en política, pero nunca había sido política conmigo misma”, dijo una vez la Javi Contreras. Estábamos en su casa, fumando pitos y hablando de feminismo.

Después de Foucault, sabemos que lo personal es político. Que el mundo es adultocentrista e invisibiliza a los niños y niñas. Que el mundo es machista y explota a las mujeres y anula lo gay, lo trans, lo femenino. Que eso de la lucha de clases es sólo una forma de entender la división del poder, una que despolitiza los espacios domésticos. Que el sexo y el género son otra relación de poder.

Esto lo entendí cuando entré al Observatorio Contra el Acoso Callejero, en abril de 2014. Ahí le puse nombre teórico a una intuición práctica. Descubrí que esa incomodidad de salir a la calle cada día y que haya tipos que te tocan la bocina o te ofrecen sexo al oído es violencia, es dominación. También descubrí que rebelarse ante esa violencia se llama feminismo.

El feminismo me arruinó la vida. Antes me reía de cosas que ahora ni cagando. Disfrutaba cualquier producto cultural sin cuestionamientos. Ahora veo problemas en todos lados. Ya no puedo ver una película y no incomodarme con las masculinidades que resuelven todo a combos, con que las mujeres se usen como adornos, con que todas las cosas sean un panel de hombres.

Las mujeres crecemos escuchando historias protagonizadas por hombres. Y me gustan algunas de esas historias. Me identifico con ellas. Ser hombre es igual de particular que ser mujer. Lo que pasa es que el discurso de los hombres es tan predominante, que creemos que es universal por naturaleza. Pienso que un hombre puede identificarse con mis historias protagonizadas por mujeres, igual como yo me he emocionado toda la vida consumiendo historias que únicamente están protagonizadas por ellos.

Hay una autora queer que se llama Alison Bechdel. Su lucidez sobre el feminismo me fascina, pero me duele que sus pensamientos sean de los 80 y todavía tengan sentido. En su obra Dykes to watch out for, una profesora de literatura dice: “leer una obra de alguien que no es hombre, hétero ni blanco no mata a nadie”. En otro comic dos amigas van al cine y una le dice a la otra que no ve ninguna película que no cumpla tres reglas básicas:

¿Hay al menos dos mujeres con nombre en la película? ¿Hablan entre ellas? ¿De algo que no sea un hombre?

Ese es el segundo posicionamiento de Quiltras. Quería escribir un libro protagonizado por mujeres. Quería publicar una obra cuyo título estuviera en plural y femenino, en este mundo donde cada vez que se pluraliza, lo femenino desaparece. Quería y quiero ser una autora que muestre la particularidad de ser mujer como una experiencia universal.


Tres: la escritura

A mí no me gusta escribir. No lo disfruto. Me complico, me cuesta, me duele todo. Porque escribir bien es tan difícil como las matemáticas avanzadas. Es armar puzzles. Jon Lee Anderson dijo una vez que escribir es como componer una sinfonía fantástica. Roberto Bolaño, que es un deporte de resistencia. Leila Guerriero, que prefiere haber escrito que escribir. Y alguien que no sé quién es, que escribir es una mierda, pero que haber escrito es lo mejor que te puede pasar.

Así me siento hoy. Pienso que mi voz de autora no es excepcional, no inventé ninguna nueva forma de narrar y mis metáforas y comparaciones no son poéticas. Escribir no es algo que practico desde chica; es una decisión que tomé cuando ya estaba vieja. Es difícil, se me escurren las palabras, no las sé coordinar. Sé que el trabajo que he desarrollado no proviene de un don innato para narrar, sino de una pulsión dictadora, obsesiva, que me empuja a escribir de la mejor manera que puedo.

Escribir me parece espantoso, pero leer es tan placentero como comer, dormir o tirar. La literatura es la filosofía en movimiento. A veces leo a Ernest Hemingway, a Svetlana Aléxievich, a Virgine Despentes, a Anne Carson, a Carlos Droguett, a Amélie Nothomb o a Julián Herbert y tengo que parar porque no puedo soportar el nivel de las cosas que escriben. No puedo creer la lucidez, la sabiduría, la sencillez para decir verdades tan máximas con palabras tan comunes. Subrayo esas frases con lápiz mina, para volver rápido a ellas cuando las necesite, y aprieto los libros contra mí, porque me desborda tanta belleza.

Me gusta la literatura que habla de las gestas cotidianas, en la que los autores escriben como hablan, con la voz limpia, con los verbos desnudos, sin pretenciones ni trucos para parecer más hábiles o mejores escritores. Me gusta fijarme en la estructura y la costura de los textos. También pienso en eso que dijo Peter Sloterdijk: los libros son voluminosas cartas para los amigos. Cuando escribo, le cuento cosas a mis amigas. Me gusta la literatura que es confesional, íntima y sin mayor aspiración que narrar una historia o mostrar un mundo.

Nunca se llega a escribir la obra perfecta y sé que cuando lea Quiltras en unos años más voy a querer reemplazar comas por puntos o voy a arrepentirme de haber sembrado tantos adverbios. No importa. Todavía estoy aprendiendo. Ya solté el libro hace tiempo. Lo único que espero al publicar se resume en la primera estrofa de “American Pie” (en la versión de Madonna, que me gusta más), que dice:

A long, long time ago
I can still remember
how that music used to make me smile
And I knew if I had my chance
that I could make those people dance
and maybe they’d be happy for a while

Ojalá pudiera hacerle sentir a alguien eso que yo siento con los libros que me gustan más.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Promise that I can be again

 
maeve f
November 3, 2020

I’m fearful of permanence,
and Whereas is permission to change my mind.
It’s proof that I once was
and promise that I can be again