Las ciudades aprenden una canción y la cantan. De improviso, la olvidan.
Pero en mí hay una palabra apenas. Es como la canción que han aprendido las ciudades, porque vino de repente y se quedó conmigo. Sin embargo, no quiere irse. Ha envejecido como yo y me acompaña. Si estoy solo, aparece y me cuenta su historia. Siempre es la misma: una sola palabra.
Cierto es que estoy viejo y entonces me suceden cosas inverosímiles. Por ejemplo, construyo barcos y los meto en botellas de tamaños diferentes. Es un trabajo duro que se apodera de mis manos; pero lo demás queda libre. Puedo silbar, reconstruir el pasado, pensar en lo que viene o se va. Seguramente —mientras construía una goleta—se acercó aquella palabra por primera vez, saltó de mi memoria a los
labios y fue mi compañera.
Ahora la digo:
—Rododendro.
Conozco su significado, como el de otras que olvido y recuerdo y vuelvo a olvidar. Pero su significado nada importa desde que está conmigo. Antes representaba a un arbusto, bien lo sé. Ahora su imagen es distinta, sin olor ni forma.
Abro la ventana, a veces, y si el día es hermoso me digo con alegría:
—Rododendro.
Suena el reloj, la hora: Rododendro. No ocurre nada: rododendro. Y eso me indica que la soledad tiene sus palabras secretas y las enseña cuidadosamente a los solitarios.
Aquí es oportuno no olvidar mi soledad. La tengo vestida de ruidos distantes y figuras pasajeras. Cuando está desnuda, dormimos los dos. Y es una buena cosa dormir. Soy viejo. Pero escribir así no conduce a nada. He contado que construyo
barcos y que una palabra precisa me vino a ver una mañana y no se fue más. Ya es tiempo de decir que he hecho con esta palabra Empezaré por confesarlo brevemente: la he convertido en pez.
Ha sido, claro está, un trabajo lento. Tal vez no pueda describirlo con exactitud si no recuerdo cosas más antiguas. Porque la palabra no fue lo primero: antes hubo los barcos y también —como principio— el deseo de construirlos dentro de una botella. Entonces comenzaba a envejecer y pensaba a menudo en la soledad de más tarde. Iba todas las mañanas a mi oficina y encendíamos la luz desde temprano.
Mirábamos por la ventana y hacía frío a veces. Escribíamos en los grandes libros de cuentas. De repente alguno dejaba la pluma, restregaba sus manos y decía que no deseaba trabajar, que las mujeres son hermosas, que durante las vacaciones iría a los lagos del Sur.
Se habla rápidamente y no vale la pena recordar nada. Pero alguien dijo un día:
—Cuando esté viejo compraré un sillón y leeré todos los libros de que oigo hablar. No me aburriré como ahora.
Yo hojeaba entonces un folleto en que había barcos y nombres de ciudades. Lo guardé en mi bolsillo y anoté en seguida, como de costumbre, cifras pequeñas y grandes en mi libro. Es el trabajo. Se empieza a las ocho de la mañana, y cuando uno se levanta, abre los brazos y quiere descansar, ha acabado la tarde. Ahí está el sombrero, sale uno a la calle y camina.
“Algo he de hacer cuando esté viejo” —pensé vagamente, en mi casa, cuando regresaba del comedor hacia mi cuarto. Y saqué del bolsillo el folleto de la Compañía de Vapores. Cerré mi puerta, dejé de oír voces ajenas y un piano que suena siempre. Los barcos son bellos y las ciudades que se desconocen tienen nombres que gustan: Liverpool, Amsterdam, Barcelona. Después vino el sueño.
Pero hay noches que hablan. No son como las otras y se obstinan en contar lo que saben. Basta quererlo, y se abren los ojos en la oscuridad, se escucha a aquel que va por la calle, al que tose en la pieza vecina. Y se oye hablar a la noche.
Entonces, me dijo:
—¿Qué harás cuando estés viejo? Los barcos son bonitos desde la antigüedad. El que compra un sillón y lee, pierde la vista, se queja. Hay trabajos que divierten y el pensamiento hace lo que quiere entretanto. Viajar es difícil cuando no hay dinero. ¿Mujeres? ¿Alegría? ¿Liverpool? Los años caen sobre el cuerpo y el deseo desaparece.
Así habló, desordenada, la noche, repitiéndose hasta que dejé de oírla. Y al despertar creí no haber dormido; pero todo lo había olvidado y esto le ocurre al que duerme. No obstante, recordé algo de súbito, cuando vi sobre la mesa el folleto de los barcos. “¿Qué harás cuando estés viejo?”
Lo supe de repente y lo tuve en la memoria hasta el día necesario.
Fue un día de agosto y cuando entonces sucedió ya lo conocía. También había pensado en esto muchas veces. Estuvimos todos reunidos y el jefe de la oficina levantó una copa, señalándome. Yo oía sonar mi corazón y respiraba apenas. Me miraban y yo no quería ver a nadie, cabizbajo, con las manos caídas, escuchando.
—Es un ejemplo de lealtad —decía el jefe— y su nombre va a quedar entre nosotros. Ha envejecido en el trabajo de esta casa.
La señorita mecanógrafa olía a felicidad. Siempre he adivinado la dicha junto a su perfume, y ahora sonaba mi corazón y yo apretaba los puños pensando en lo que había de responder al jefe.
—Nos deja —decía— y su descanso es merecido porque de invierno a invierno ha estado entregándonos su vida con la constancia de la hormiga y de la abeja…
El contador me miraba y asentía sonriendo levemente. Y aquel que aspiraba a leer todos los libros comía con lentitud un trozo de sardina con pan.
—Levanto mi copa —decía— y les pido a todos que me acompañen porque…
No habló más el jefe y todos aguardaron. Entonces, dije lo que ya no recuerdo.
Me abrazó la mecanógrafa, estreché las manos que me tendían, y flaqueaban mis piernas cuando salí.
Era libre. Tenía algún dinero para envejecer y morir en alguna parte. ¿Dónde? Exactamente, donde he vivido muchos años. Una casa de huéspedes, con su puerta angosta, su escalera que cruje, y mi cuarto al fondo de un pasillo.
—Señora —le dije esa tarde—, desde ahora estaremos juntos. En tantos años, puede asegurarse que somos amigos. No dejaré su casa.
—¿No trabajará más? —preguntó la patrona—. ¡Bien ganado el descanso que le corresponde! Nunca le he visto faltar a su trabajo. Pero, ¿no teme aburrirse?
Sonreí con alegría porque ahora era dueño de mi secreto y en adelante podría disfrutarlo sin prisa.
—Trabajaré —le dije—. Mis manos no sabrían estar ociosas.
Y crucé el pasillo, abrí la puerta de mi cuarto, miré hacia la calle desde mi ventana, sentí el aire de la tarde como nunca lo sintiera. Libre, absolutamente libre, y con una ambición para hacer dichosas a mis manos en largas horas de soledad. Empecé a construir barcos. Los primeros se rompían de pronto, cuando los tenía en la botella. Había sido penoso construirlos, tan pequeños y frágiles; y se rompían de pronto, en la botella, cuando tendía una vela blanca, cuando alzaba un mástil.
Meneaba la cabeza, todo lo abandonaba, y al otro día trabajaba de nuevo, animoso, callado, pensando en tantas cosas que se olvidan, que se recuerdan, que no sirven de nada; pero que gustan cuando se fabrica un bergantín minúsculo.
Después mis manos conocieron el oficio. Eran diestras y manejaban alegremente los instrumentos, cortaban la madera, pulían los costados de la nave, pintaban los finos palos, introducían en la botella cada pieza del barco tan limpiamente que todo no era sino un juego feliz.
—Son lindos, es cierto —me dijo una mañana la patrona—; pero ya no hay dónde ponerlos. ¿Por qué no los vende? Muchos querrían comprarlos.
—¿Venderlos?
Entonces cerré mi puerta a todos. Cada día limpié mi cuarto sin ayuda de nadie. Y expliqué:
—Hay tanta cosa frágil, que prefiero asear yo mismo. Si alguna se rompiera, sufriría. A los viejos se les perdona, ¿verdad?
Estuve tranquilo entre mis barcos. Eran numerosos y míos, por todas partes, en sus botellas transparentes. Los miraba durante la noche, cuando iba a dormirme, y les ponía nombres venturosos.
Algunos representaban de modo perfecto la historia secreta de mi felicidad. Otros tenían el color y la forma de la desdicha; mirándolos, pensaba en la dolorosa aventura que persigue a alguien cada día.
Conversaba con ellos. Les preguntaba qué eran, de dónde llegaban. Me respondían de alguna manera, de proa a popa, quietos y hermosos. Después empezaba a desvestirme, apagaba la luz, y eso es la noche. Por la mañana, apenas despierto, veía andar el sol desde la ventana a una botella. Alargaba su dedo amarillo y lo detenía en una arboladura. Después lo paseaba por los mástiles vecinos, y pronto
resplandecían las jarcias de todas las naves.
No me movía. Era dueño de mi tiempo y podía mirar las botellas, distraerme de súbito y recordar la oficina oscura en que encendíamos la luz temprano, o pensar en otra cosa que sucedió y estaba perdida. Todo esto es curioso. Uno está lleno de palabras y poco a poco se reúnen a contar un día de la niñez, una risa que sonó en la tarde olvidada, ahora presente y dichosa de nuevo.
O bien escapa alguna y queda como el abejorro zumbando alrededor. Ha venido de repente y nada. Es puro sonido hasta que se va.
Una vez entró de la calle una palabra inglesa, que alguien, agitando una mano, gritó como despedida. La palabra se posó en el muro, o entre los aparejos de una carabela, y al otro día echó a volar por mi memoria. Después se marchó. Pero cuando vino ésta, en vano quise olvidarla.
Rododendro.
Es lenta y tenaz. Oigo el sonido de sus élitros y la pierdo de improviso. ¿Se ha marchado? Entonces vuela desde el rincón y gira en torno de mi cabeza. La digo en alta voz. La canto con una música que sólo a ella le pertenece, mientras pulo con el vidrio una proa esbelta. La dejo reposar. Y en cualquier momento —corren los días— la tengo a mi lado. Siempre ha estado aquí y asoma de repente. Es el rumor, tal vez, que hace la soledad para que yo sepa que me acompaña.
—Está bien —le digo—, no te irás. Pero vamos a vivir de otra manera: juntos y mirándonos.
Me voy por la ciudad en busca de un trozo de madera. No debe ser sino como lo deseo y he de andar mucho para encontrarlo. Aquí está, por fin. Lo tomo cuidadosamente, lo envuelvo en un pañuelo de colores, lo guardo y me alejo.
En mi cuarto, cierro la puerta, me siento a la ventana y lo miro.
Rododendro.
Sonrío larga, largamente. Nadie piensa que un solitario sonríe con un trozo de madera en la mano, mientras sube por la escalera un olor a cocina, y una palabra está latiendo en la sangre, en la vida, en los labios que no la pronuncian porque sonríen nada más.
Rododendro.
Eso es: rododendro.
Abandono los barcos y no me ocupo del sol, por las mañanas, cuando los acaricia. En las noches no les digo venturosos nombres.
Están solos en la botella verde, en la botella amarilla, en la botella blanca, por todas partes.
Yo trabajo pensando en el pez. Vienen los días, se van. No importa. ¿Acaso tengo prisa? Quiero construir la forma exacta: un cuerpo largo, los ojos redondos, sorprendidos, y la ondulación de las aletas. ¿Pez martillo? ¿Pez espada? ¿Pez volador?
Rododendro.
Lo llamé así desde antes de nacer. Y ahora está vivo en su botella ancha como una redoma. Me mira su ojo inmóvil. Camino por el cuarto y me detengo. Me mira siempre allí donde estoy. Es la primera vez que me sucede: está mirándome desde la botella y dentro de mí.
—Estamos solos —me dice—. Estaremos solos hasta después.
Entonces pienso que estas palabras no son suyas. Las va diciendo una voz en mí, secretamente; son mis propias palabras y nada importan. Podría decir otras, si me esforzara. Pero oigo hablar de pronto. Me mira su ojo inmóvil y escucho. “Solos hasta después”.
Me acerco a contemplarlo y callo. Está en la redoma y súbitamente sé que me habla. Es él, y su voz viene desde mi vida. Pienso ahora que los hombres aman a las mujeres, que los barcos atraviesan el mar y entran en los grandes puertos. Hay el ruido del mundo. Alguien comienza a cantar porque es feliz. Y otro dice: “Nos
hemos querido siempre”. Y aquel está bebiendo con sus amigos, conoce la risa, entra en los teatros. Todos los teléfonos hablan. Y los automóviles salen de la ciudad, corren por los caminos: es el verano. Están las voces en los parques, unidas, y las manos se estrechan, los labios se buscan, los cuerpos saben ser dichosos.
¿Dónde?
Rododendro, en su botella, todo lo ha perdido. Estamos solos y nos parecemos: olvidados en la pieza de los barcos.
—Calla —le digo—. Si tuviéramos imaginación, cerraríamos los ojos para ver cosas más bellas.
Rododendro entorna su ojo inmóvil. No. Son los míos, que se cierran un rato.
Comienzo a odiarle. Entonces me llaman a comer y bajo la escalera.
—¿Ha trabajado mucho? —pregunta la patrona.
Muevo la cabeza, sin mirarla, y sé que todos sonríen.
Somos siempre los mismos: la patrona y yo, en los extremos de la mesa; el boticario que huele a tabaco y habla en voz baja; los estudiantes bulliciosos; Alicia, que trabaja en la tienda de un francés y canta canciones de la ciudad.
Comemos y charlamos. Es decir, yo escucho, sonrío, y miro por la ventana abierta la sombra de un árbol en la noche. Está el verano en el patio oscuro y una rama se agita débilmente. El rumor de la casa vecina viene hasta la ventana y se aleja. Es una vida que no nos pertenece.
—Nunca le veo salir a caminar un poco —me dice el boticario—.
Es saludable. Para vivir largos años hay que comer sin prisa, dormir profundamente, algunas horas, y pasear todos los días.
—Las noches se han hecho para algo —declara, sonriendo, un estudiante.
—Hasta que llega una noche y nos dice: “me han hecho para que duermas” —murmura el boticario sin levantar los ojos, ahogando después un lento suspiro entre el bigote que blanqueaba. Ríen los estudiantes. La patrona amenaza con un dedo corto, grueso, de uña roja. Alicia se encoge de hombros y mira, como yo, por
la ventana.
Nos levantamos con lentitud y dejamos que los estudiantes se alejen. Cuando comienzo a subir la escalera, el boticario me dice:
—Es un buen consejo: camine todas las mañanas.
Vuelvo atrás y me siento en un sillón, a su lado.
—¿No juega ajedrez? —me pregunta.
No sé nada. No conozco los juegos. He vivido de otra manera y ya es tarde.
—Estoy contenta de verle aquí, con nosotros —me dice la patrona, que comienza a tejer para un invierno desconocido y ya exigente.
—Sube a su cuarto apenas come y ya no se le ve hasta el otro día —murmura el boticario—. Hay que tener presente a la salud. Los hombres que han vivido mucho…
Yo veo, por un espejo —al fondo de la sala— cómo Alicia está ovillada en un sillón y lee una revista. Tiene en la mano un lápiz. A menudo alza los ojos y piensa. Después escribe rápidamente y se diría que es feliz. Poco a poco, cuando se ha movido, una pierna baja por el sillón. Aparece la rodilla. Es redonda.
—Necesito una palabra de cuatro letras —nos pide con ansia.
La patrona busca entre sus recuerdos.
—Amor —responde con una risa breve.
El boticario inclina la cabeza, murmura entre dientes y ríe despacio, con timidez
—No me sirve —exclama Alicia.
—¿Por qué ha reído? —pregunta la patrona al boticario—. Tenía cuatro letras.
—He reído porque una mujer no encuentra nunca otra palabra —dice el boticario.
—¿Y cuál es la que encuentra el hombre?
—Trabajo, por ejemplo —contesta el boticario, removiéndose, inquieto, en su silla.
—No tiene cuatro letras —murmura Alicia, burlona.
Entonces hablamos de las palabras que preferimos. Alicia abandona la revista, el lápiz, y cubre su rodilla con gesto rápido.
—Digamos la palabra que nos gusta— propone.
Todos buscamos un instante por entre los muebles, junto a la lámpara, en el suelo.
—Primavera —dice la patrona.
—Trabajo —murmura, obstinándose, el boticario.
—Felicidad —ha dicho Alicia.
Y todos esperan mi palabra.
—Rododendro —voy diciendo lentamente, y escucho en mí el latido de un secreto que se traiciona.
—Bella palabra. Extraña tal vez, pero bella —declara la patrona, mirándome fijamente, deseosa averiguar si no he mentido.
—No es extraña. Rododendro es un arbusto que da flores rosadas, en los parques —explica el boticario.
Le observo con asombro y empiezo a reír, meneando negativamente la cabeza.
—Rododendro es un pez —digo con energía.
—¿Un pez?
—Y un pez que habla —aseguro sin mirar a nadie.
Fui hasta entonces un hombre tranquilo y bondadoso para el boticario; me hablaba, acogedor, y era animadora su cortesía; pero ahora se levanta y no le reconozco la voz dura, violenta:
—Se burla de nosotros. Los peces no hablan. Rododendro es…
No le escucho. Comienzo a subir la escalera y crujen los peldaños.
Siento, conmigo, el perfume Alicia. ¿Dónde ha estado otra vez? Ha vivido a mi lado y lo recuerdo.
Entonces me abrazó la mecanógrafa y después fui libre: eso es.
—No le ha comprendido —murmura Alicia—. Hay hombres que no saben reír. Rododendro parece un pez y no una planta.
—Es un pez —repito— que habla a quien lo escucha.
Y subimos hasta mi puerta. Sonríe, ruega que bajemos, me habla del verano y de la alegría.
—Entremos —le digo—. Va a verlo como yo. Es un pez de madera; pero vive.
Alicia ríe con júbilo y calla de pronto, ante a los barcos.
—¡Qué hermosos! —me dice—. ¡Cuántos hay! Oí hablar de ellos y nunca me atreví a pedirle que me dejara subir.
Cierro la puerta y me acerco a la botella que es como una redoma, señalándola. Después me aparto, porque ella se aproxima. Y la veo inclinarse delante de mí, para mirar a Rododendro que nos vigila con su ojo quieto.
Tiene los hombros desnudos y la nuca blanca. Unos cabellos pequeñitos caen hacia los lados, y el perfume entra en mí suavemente.
Va a erguirse de nuevo, y será todo.
Cerrando los párpados, la beso. Cuando se vuelve y está hablándome, la beso en la boca. Su perfume baja por mi garganta y se anuda en mi pecho con lentitud, estremeciéndome.
La oigo reír y no sé qué palabras diría ahora. Aprieto los puños caídos; escucho una puerta que han cerrado, lejos; miro a Alicia que no se va.
—Es la palabra de cuatro letras que buscaba: ¡beso! —me dice entre la risa.
Entonces desaparece. Estoy solo de nuevo y tal vez pudiera llorar vuelto hacia el muro. Pero cierro la puerta y me quedo escuchando. Nada. La noche y los barcos, por todas partes, en sus botellas transparentes. Más allá, Rododendro, que ha juntado su ojo oscuro. Es hora de dormir. Somos viejos.
*
"Rododendro" pertenece al volumen de cuentos La noche de enfrente, de Hernán del Solar, 1952.
Hernán del Solar (Santiago, 1901 - 1985) Premio Nacional de Literatura 1968
Escritor y periodista chileno que destacó en su faceta de crítico literario y como autor de cuentos infantiles. Estudió en el Colegio de La Salle y asumió siendo muy joven un cargo directivo en la Editorial Zig-Zag; posteriormente colaboró como crítico en Atenea, Pro Arte, El Debate, La Nación y El Mercurio, entre otras publicaciones. Ejerció además la cátedra de redacción en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Como traductor, dio a conocer a escritores como Aldous Huxley o Nikos Kazantzakis. Pero fue en el ámbito de la crítica donde más
sobresalió, con obras como Índice de la poesía chilena contemporánea (1937), La poesía chilena en la primera mitad del siglo XX (1953), Breve estudio y antología de los Premios Nacionales de Literatura (1965) y Premios Nacionales de Literatura (1975). Desde 1947 publicó casi una cincuentena de cuentos infantiles en
Zig-Zag y Rapa Nui; de ahí que se le conociera como "El Andersen chileno".
domingo, 3 de diciembre de 2023
Rododendro, short story by Chilean author Hernán del Solar
sábado, 18 de noviembre de 2023
DECÁLOGO DE LA MAESTRA, por Gabriela Mistral
I. Ama, si no puedes amar mucho, no enseñes a niños.
II. Simplifica, saber es simplificar sin restar esencia.
III. Insiste, repite como la naturaleza repite las especies, hasta alcanzar la perfección.
IV. Enseña, con intención de hermosura, porque la hermosura es madre.
V. Maestro, sé fervoroso. Para encender lámparas has de llevar fuego en el corazón
VI. Vivifica tu clase. Cada lección ha de ser viva como un ser.
VII. Cultívate, para dar, hay que tener mucho.
VIII. Acuérdate de que tu oficio no es mercancía sino que es servicio divino.
IX. Antes de dictar tu lección cotidiana, mira a tu corazón y ve si está puro.
X. Piensa en que Dios te ha puesto a crear el mundo del mañana.
Decálogo del artista, Gabriela Mistral
I. Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.
II. No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando a su semejanza.
III. No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el natural alimento del alma.
IV. No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino ejercicio divino.
V. No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas, porque la Belleza es virgen, y la que está en las ferias no es Ella.
VI. Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el primero.
VII. Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el corazón de los hombres.
VIII. Darás tu obra como se da un hijo: restando sangre de tu corazón.
IX. No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista.
X. De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño, e inferior a ese sueño maravilloso de Dios, que es la Naturaleza.
lunes, 13 de noviembre de 2023
Kurt Vonnegut's eight rules for writing (found on Twitter)
1. Use the time of a total stranger in such a way that he or she will not feel the time was wasted.
2. Give the reader at least one character he or she can root for.
3. Every character should want something, even if it is only a glass of water.
4. Every sentence must do one of two things—reveal character or advance the action.
5. Start as close to the end as possible.
6.
Be a sadist. No matter how sweet and innocent your leading characters,
make awful things happen to them-in order that the reader may see what
they are made of.
7. Write to please just one person. If you
open a window and make love to the world, so to speak, your story will
get pneumonia.
8. Give your readers as much information as
possible as soon as possible. To hell with suspense. Readers should have
such complete understanding of what is going on, where and why, that
they could finish the story themselves, should cockroaches eat the last
few pages.
martes, 24 de octubre de 2023
"Es absolutamente falso", short story by Gabriela Mistral
Es absolutamente falso que mi padre fuese blanco puro. Mi abuela, su madre, tenía un tipo europeo puro; su marido, mi abuelo, era menos que mestizo de tipo, era bastante indígena. La afirmación no es antojadiza. En dos retratos borrosos que tengo de él, la fisonomía es cabalmente mongólica, los Godoyes del Valle del Huasco tienen, sin saberlo, tipo igual. Digo sin saberlo porque el mestizo de Chile no sabe nunca que lo es. Quienes han visto las fotos de mi padre y que saben alguna cosa de tipos raciales no descartan ni por un momento que mi padre era un hombre de sangre mezclada.
Fue por un tiempo también director del colegio católico de Santiago San Carlos Borromeo. Dibujaba muy bien y hacía versos de una índole medio clásica, medio romántica según el gusto de la época.
El original de esos versos los conserva mi hermana.
Todas las gentes del Valle me dieron el amor de él, porque todos lo quisieron por el encanto particular que había en su conversación y por la camaradería que daba, a quien se le acercase lo mismo a los más ricos que a los pobrecitos del Valle. En mi abuela, Isabel Villanueva, a quien los curas llamaban «la teóloga» había esta misma atracción que le daba un lenguaje gracioso, criollo y tierno.
No hay tal. Me mandaron a la casa de una tía de mi madre, doña Ángela Rojas a quien mi hermana pagaba por mí una pequeña pensión. Esto duró menos de un año, porque fui expulsada de la escuela primaria superior de Vicuña a la cual había regresado.
El dato es erróneo. Dirigía esa escuela primaria superior doña Adelaida Olivares maestra ciega de casi toda su vida y madrina mía de confirmación. Era persona sobradamente religiosa y cuando en el comienzo hubo entre ella y yo la relación afectuosa que es natural entre madrina y ahijada. Pero cuando mi familia me cambió de apoderado poniéndome a vivir en la casa de una familia Palacios de religión protestante, la directora se sintió muy molesta y me retiró todo su cariño. Vino entonces un incidente tragicómico. Yo repartía el papel de la escuela a las alumnas, el gobierno daba en aquel tiempo los útiles escolares. Era yo más que tímida; no tenía carácter alguno y las alumnas me cogían cuanto papel se les antojaba con lo cual la provisión se acabó a los ocho meses o antes. Cuando la directora preguntó a la clase la razón de la falta de papel mis compañeras declararon que yo era la culpable pues ellas no habían recibido sino la justa ración. La directora, aconsejada por una hermana nuestra ahí mismo, salió sin más hacia mi casa y encontró el cuerpo del delito, es decir, halló en mi cuarto una cantidad copiosísima no sólo de papel, sino de todos los útiles escolares fiscales. Habría bastado pensar que mi hermana era tan maestra de escuela como ella y que yo tomaba de ella cuanto necesitaba. Pero había algo más: el visitador de escuelas del Valle de Elqui me tenía un cariño como de abuelo (don Mariano Araya) y cada domingo iba yo a saludar a su familia y él me abría su almacén de útiles y me daba además de papel en resmas, pizarras, etc.
Yo no supe defenderme; la gritería de las muchachas y la acusación para mí espantosa de la maestra madrina me aplanó y me hizo perder el sentido. Cuando doña Adelaida regresó con el trofeo del robo su hermana hizo con el caso una lección de moral que yo oía medio viva medio muerta. El escándalo había durado toda la tarde, despacharon las clases y todas salieron sin que nadie se diese cuenta del bulto de una niña sentada en su banco, que no podía levantarse. Al ir a barrer la sala la sirvienta que vivía en la escuela me encontró con las piernas trabadas me llevó a su cuarto, me frotó el cuerpo y me dio una bebida caliente hasta que yo pude hablar faltaba algo todavía: las compañeras que se iban por mi calle me esperaban, aunque ya era la tarde caída en la plaza de Vicuña, la linda plaza con su toldo de rosas y de multiflor, era todavía primavera allí me recibieron con una lluvia de insultos y de piedras diciéndome que nunca más irían por la calle con (la) ladrona. Esta tragedia ridícula hizo tal daño en mí como yo no sabría decirlo. Mi madre vino a dar explicaciones a la maestra ciega acerca de mi rapiña y la directora que ejercía un ascendiente muy grande sobre las personas porque era mujer inteligente y bastante culta para su época logró convencer a su comadre de que aunque yo fuese inocente habría que retirarme de esa escuela sin llevarme a otra alguna porque yo no tenía dotes intelectuales de ningún género y sólo podría aplicarme a los quehaceres domésticos.
No se decidió de mí y sólo mi padre al volver por un tiempo a la casa sintió como una injuria el hecho de su comadre ciega y fue a ajustarle cuentas con una gran rudeza a Vicuña. Yo me quedé sin clases porque mi hermana me había hecho terminar la escuela sin decir lo que nunca se ha dicho de ella y es que lo que ella sabía me lo enseñó perfectamente. Fue toda su vida una maestra de índole espiritual con una abnegación que en su madurez tocó los lindes de la santidad yo la tengo pintada en «La maestra rural» pero como es natural no podía alabar así a una hermana y la disfracé al final del poema. La maestra que he pintado allí me la dio ella a lo largo de mi infancia con sólo haberla visto vivir.
Mi famoso «rencor» tiene cierta base de verdad no he perdonado a veces y no he olvidado nunca ninguna de las injusticias recibidas y particularmente no olvidé esta que me magulló toda la adolescencia y que tuvo una repercusión enorme en mi vida de futura (profesora).
Dos veces volví a Vicuña la maestra madrina buscó reconciliarse conmigo sin lograrlo porque no acepté a verla. Pero las cosas tienen caminos maravillosos y la mano de Dios anda metida en todas ellas. Hace tres años, después de 15 de ausencia del Valle de Elqui llegué a Vicuña en visita oficial. Estaba muy enferma doña Adelaida y una de sus exalumnas que la servía de enfermera, me mandó preguntar si yo aceptaba ir a visitarla. Yo consulté con mi alma y ésta no había perdonado todavía. Dos días más tarde del recado la maestra murió. Yo salí a la calle al azar: sola, cosa que nunca me ocurre sin finalidad, a vagabundear como de niña y queriendo caminar la calle Maipú hasta San Isidro. A poco andar vi venir un cortejo que era muy numeroso y no entendía nada cuando el cortejo me rodeó en forma de no poder seguir, pregunté quién era el muerto. Cuando lo supe yo ya había dado vuelta e iba dentro de él como una sonámbula. Llegamos a la iglesia, la pequeña ciudad conocía la vieja historia. Una niña se levantó y me pasó el ramo de flores que llevaba diciéndome que ella prefería que fuese yo quien las pusiese las primeras sobre el ataúd. Yo las puse y le di a doña Adelaida la oración a los muertos. Volví a mi casa no poco turbada de los manejos menudos del Señor que son tan extraños como los grandes.
Dije que el hecho de mi expulsión tuvo muchas consecuencias. Cuando ingresé a la escuela anexa a la Normal de La Serena me encontré allí con que una exalumna de doña Adelaida había informado a mis nuevos profesores de mi vicio de robar y había recomendado que se guardaran los objetos de más o menos valor. Durante varios años -no recuerdo el dato con precisión- mi madre y mi hermana quisieron hacer de mí una buena ama de casa. Yo era tan callada que jamás tuve porfía ni discusión alguna con ellas en mi infancia. Pero en mi ímpetu de rebelión que es de los más vigorosos que haya tenido en mi vida, que yo no aprendería ni a lavar la ropa ni hacer la comida y ni siquiera creo que ayudaba a arreglar la habitación. Yo supe que si obedecía a esa voluntad de volverme criatura ama auxiliar de una casa en que bastaban mi madre y mi hermana yo estaba perdida no sé para qué porque sería tonto pensar que yo creyese en mí, la maestra madrina me había convencido de que yo era una niña necia. Mi rebelión era una cosa confusa siendo en todo caso una rebelión en forma sin rezongo, sin hablar y sencillamente no obedecí.
Mi hermana se había casado con un hombre que tenía algunos bienes y un tiempo vivimos mi madre y yo cómodamente allegados a su casa. Mi cuñado tuvo una larga enfermedad y un mal pleito de un hijo y lo perdió todo. Entonces mi madre supo que yo debía trabajar y decidió ella sola que yo siguiese la profesión de mi padre y de mi hermana la de una de mis dos tías monjas y la de casi todos nuestros amigos. Yo temblé cuando a los 14 años ella y su amiga doña Antonia Molina me llevaron delante de un visitador de escuelas y le pidieron para mí una ayudantía de escuela rural. Yo tenía 14 años, me mandaron a la Compañía Baja, donde el mar me daba muchos ratos felices, lo mismo que mi olivar que costeaba mi casa y que es el más grande que he visto en Chile y la jefe que me tocó y a quien le caí mal por mi carácter huraño y mi silencio que no se rompía con nada me hizo tan poco feliz como es costumbre cuando la maestra es casi vieja y la ayudante es una muchacha. No se quejaba de lo que debía quejarse: de una ignorancia, porque en aquellos tiempos se pedía poco a una ayudante rural y porque además mi lección era la que enseñaba la (cartilla). Desde esta escuela di un salto verdaderamente mortal por buenos oficios del abogado don Juan Guillermo Zabala (aparecen los vascos en mi vida) me llevaron como secretaria-inspectora al Liceo de Niñas de La Serena. Yo sabía muy poca cosa de redacción oficial y tal vez de redacción tout court aunque ya escribiese en los periódicos. Los humildes diarios de provincia reciben y publican casi todo.
Dirigía el liceo una extraordinaria mujer alemana de quien la crueldad no me empañó nunca los ojos para ver de quien se trataba de una mujeraza al lado de la cual las profesoras criollas de su personal eran una (pobre) [ilegible] con excepción [ilegible]. Esta señora gobernaba el colegio según las normas alemanas que eran de todo el gusto de los chilenos por aquel tiempo. Su liceo era medio cuartel medio taller y con lo segundo digo algo parecido a una alabanza. El personal la obedecía con un respeto que iba más allá de lo racional y se pasaba a lo mitológico.
Las pobres mujeres le temblaban sin metáfora, nuestra vida dependía de sus gestos, su mirada y sus gritos. Pero era a pesar de su tremendo desequilibrio una mujer superior. Cuatro cosas me dijo entre sus ofensas que nunca he olvidado porque apuntaban derechamente a mi carácter y en especial a mis defectos y a mis lastimosas limitaciones. Yo era para ella una especie de sirvienta mantenida muy al margen de su vida. Pero un día me llamó a su dormitorio porque estaba enferma y como yo me azorase de que la curiosa mujer [ilegible] poco protestante y algo pagana tuviese una gran [ilegible] virgen de Murillo a su cabecera, me dijo sin [ilegible] ni sonreír. Yo soy lo contrario de Ud., yo no creo en nada pero vivo en una ciudad de beatos y suelo ir a la iglesia y tengo esta virgen por condescenderme con la ciudad. Aunque los chilenos sean gente inferior a mi raza yo soy una empleada pública de Chile. En cambio Ud. cree en todo, cree de más y tiene una apariencia de incrédula para su gente, lo cual le hará mucho daño.
Una vez me llamó a su salón y yo me quedé embobada mirando dos grandes cuadros que eran grabados de Goethe y de Schiller. Ella me dijo más o menos esto. Los escritores se dividen sólo en estos dos tipos los de Goethe son los sensatos y los que llegan a grandes posiciones; los alocados se parecen a Schiller sin que valgan nunca lo que él tampoco y como no lo alcanzan no llegan nunca a nada.
Otra vez -creo que la única en mi año con ella- me llamó para decirme una cosa agradable: «Está bien la letra que le han puesto a la música que le di destinada al colegio. Usted sirve para muy pocas cosas, tal vez para una sola, su mala suerte está en que eso para lo cual sirve es algo que no le importa a nadie».
Otra vez cuando me pidió la renuncia y temió que yo no le firmase el pliego ya escrito me dijo: «Hay gentes que nacen para mandar y yo soy de esas; es inútil luchar contra mí y los de mi raza hemos nacido para eso, y las otras no tienen sino obedecer».
Ud. se refiere a una nota oficial de ella que me declara necia. No la conozco. Es muy probable que exista, aunque esta mujer no haría nada innecesario y sobraba acusarme de idiota puesto que ya había firmado la renuncia.
Me dejó cesante sin ningún escrúpulo porque carecía enteramente de ellos. Dios me ha tenido una gran piedad, una asistencia maravillosa que me hace avergonzarme de algunos versos míos en que hablé de su abandono. Unos días después de lo que cuento encontré en el tren al gobernador de Coquimbo que era un viejo poeta González y González y cuando pasábamos frente a La Cantera me mostró la escuelita detrás de las dunas y me la ofreció. Mi madre tenía su pan a salvo.
Es inexacto su dato de que mi mamá vivió allí todo el tiempo conmigo; no había carne ni había pan todos los días en la aldea y ella fue siempre muy enferma, me acompañó un poco y después se fue con mi hermana. De mis tres aldeas, La Cantera es aquella en que yo viví más acompañada. Me cuidaba una sirvienta buena, de las preciosas criadas nuestras que son tal cosa cuando tienen sangre india; y los niños, los hombres y los viejos de mi escuela nocturna -apenas había asistencia diurna porque la pobre gente trabajaba-.
Se pusieron a hacerme la vida. Por turno me traían un caballo cada domingo para que yo paseara siempre con uno de ellos. Me llevaban una especie de diezmo escolar en camotes, en pepinos, en melones, en papas, etc. Yo hacía con ellos el desgrane del maíz contándoles cuentos rusos y les oía los suyos. Ha sido ese tal vez mi mayor contacto con los campesinos después del mayor del Valle de Elqui.
Un viejo analfabeto, al fin enseñé a leer tocaba muy bien la guitarra y ese iba a darme fiesta con todos, en las noches. Alguna vez que le besé la cara y el cuello a un alumno huérfano y sordo que tenía, los demás se sintieron ofendidos y fueron más allá a lavarse porque había unos tres que se echaban agua florida. Yo les daba la clase en el cuarto de comer en torno de una mesa. Tenía yo de dieciocho a diecinueve años. Nunca les vi una falta de delicadeza o de pudor ni les vi un mal chiste lo cual es raro en un pueblo tan picante como el nuestro. El bello criterio escolar iba a suprimir la escuela por su poca asistencia diurna y sin tomar en cuenta para nada esta escuela nocturna que para mí resultaba tan válida.
Entonces me fui a Cerrillos en el Departamento de Ovalle. Mis biografías no han anotado nunca este nombre. Allí sí tuve soledad y soledades y mi madre muy delicada de salud no pudo estar conmigo; pese a las lenguas de fuego mi madre no pudo vivir conmigo en mis años de trabajo escolar porque su cuerpo sólo se avenía con el clima de La Serena. Lo ensayó varias veces en vano. Mi hermana le dio su compañía y yo su sustento.
Cuando jubilé me fui en seguida con ella a La Serena para quedar con ella hasta su postrimería. Renuncié al cargo que me ofreció Ginebra con este fin y el Ministro don Jorge Matte me obligó a irme cuando Ginebra no aceptó la designación de Pedro Prado que yo indiqué sin consultarlo al interesado. Yo había tenido en Santiago unos meses antes una extraña visita nocturna de la policía a mi casa de la población Huemul durante mi ausencia y el robo de mis archivadores de cartas cuando visitaba a algunas personas de la oposición, como don Manuel Rivas Vicuña, el diligente policía hacía seguir estos dos hechos, que constató en varias ocasiones mi vecino don Luis Popalaire más otros menos visibles hicieron que mi propia viejecita y mi hermana me aconsejasen aceptar el nombramiento de Ginebra e irme de Chile.
Cuento lo anterior en respuesta a la maledicencia de cierta potencia pedagógica sobre mi condición de mala hija que no vivió con los suyos.
Volvamos atrás cuando yo fui echada del Liceo de La Serena mi madre y mi hermana pensaron en sacrificarme en bien mío y hacerme regresar a la Escuela Normal pues las tres habíamos visto claramente que yo no haría carrera en la enseñanza a menos de conseguir la papeleta consabida, que las gentes llaman título, palabra que quiere decir «nombre» pero que no nombra nada.
Yo acepté e hicimos el triple esfuerzo de preparar exámenes, de obtener la fianza del caso, y de comprar el equipo de ropa. El día que mi madre fue a dejarme a la Escuela Normal la subdirectora, una gruesa señora; nos recibió en la puerta y sin oírnos y sin dar explicación alguna que le valiese y me valiese me declaró que yo no había sido admitida. Pedimos hablar con la directora y la obesa señora lo rehusó porque la directora era una norteamericana que no hablaba español. En esto la subdirectora no mentía, el ministerio contrataba para sus criollos algunos profesores que ignoraban la lengua. En mis andanzas por el mundo recibí una vez una invitación a su casa de esta pedagoga yanqui es lástima que no tuviese tiempo de ir para conocer a la buena mujer que me echó de la Normal chilena sin saber por qué y sin haberme visto. Pasaron muchos años y cual fatalismo del mestizo yo no averigüé por qué había sido eliminada. Cuando era profesora de Los Andes unos ocho o diez años después, recibí la versión que dio a mi jefe de mi rechazo aquella subdirectora estupenda. Ella contó a doña Fidelia Valdés que en consejo de profesores de la Normal de La Serena el capellán y profesor don Luis Ignacio Munizaga, había exigido al personal que por solidaridad con él se me eliminase pues yo escribía unas composiciones paganas y podría volverme en caudillo de las alumnas. El ilustre sacerdote (que más tarde será un hombre bastante desgraciado) fue bien lúcido cuando dijo que yo era una pagana. Todo poeta, cualquier poeta es eso o no es cosa alguna. Puede ser un cristiano de aspiración y puede ser un místico si tiene una corporalidad pobre o si va para viejo -a los dieciocho años- era mi edad no es sino un pagano. Cuento el incidente para decir a mis compatriotas que no me quedé sin Escuela Normal por fuerza no por gusto y gana; la vieja chilenidad me la quitó me dejó sin ella, me la quitó a pesar de lo dadivosa que he sido para dársela a unas tres mil mujeres más o menos.
La pérdida hoy no me duele; pero todos los maestros y los profesores que me negarían la sal y el agua en los veinte años de mi magisterio chileno y a los que tengo contados en otra parte, saben muy bien de cuánto me costó vivir una carrera docente sin la papeleta, el cartel y la rúbrica aquella.
La razón que Ud. da para mi salida del liceo no fue sino una de sus causas menores.
Este incidente de la matrícula está muy exagerado, yo no recibí sino muy pocas niñas pobrecitas porque eran poquísimas las que se atrevían a llegar a un liceo hecho y mantenido para la clase pudiente.
Pude matricular a éstas, gracias a una estratagema: la directora me había ordenado aceptar a las que llevasen una carta de recomendación de los miembros de la junta de vigilancia del colegio y siempre que se tratara de buena familia cuando las muchachas me parecían buenas alumnas por su certificado, yo pedía esa famosa carta al Sr. Marcial Ribera Alcayaga, miembro de la unta y pariente de mi madre. Esta fue toda mi malicia y la directora no pudo echar a las candidatas recibidas semioficialmente.
En la semana anterior a mi renuncia la directora que tanto dudaba de que yo me suicidase, poniendo aquella firma en mi propia dimisión, ordenó a su personal que no me dirigiese la palabra. Nos reuníamos sólo a la hora de almuerzo y a excepción hecha de doña Fidelia Valdés mis colegas cumplieron celosamente la orden, tanto, que no me respondían cuando yo les hablaba entre plato y plato. En Chile por aquellos años el extranjero tenía apabullado al nacional y éste vivía en muchas reparticiones públicas servilismo tristísimo.
Cara M. Rosa, le digo con la franqueza ruda con que hablo a los propios, que me cuesta un mundo entrar en un comentario amoroso de mí misma. A pesar de la publicidad cruda y no poco repugnante a que han llegado los biógrafos respecto de los escritores, nunca entenderé y nunca aceptaré que no se nos deje a nosotros, lo mismo que a todo ser humano, el derecho a guardar de nuestros amores cuando nos hemos puesto y que por alguna razón no dejamos allí razones de pudor, que tanto cuentan para la mujer como para el hombre. Pero se han hecho disparates tan descomunales a este respecto, que esta vez tengo que hablar y no por mí sino por la honra de un hombre muerto.
Romelio Ureta no era nada parecido, ni siquiera era próximo a un tunante cuando yo le conocí. Nos encontramos en la aldea de El Molle cuando yo tenía sólo catorce años y él dieciocho. Era un mozo nada optimista ni ligero y menos un joven de zandungas había en él mucha compostura, hasta cierta gravedad de carácter bastante decoro. Por tener decoro se mató nos comprometimos a esa edad. Él no podía casarse conmigo contando con un sueldo tan pequeño como el que tenía y se fue a trabajar unas minas no recuerdo donde. Volvió después de una ausencia larga y me pidió cuentas a propósito de murmuraciones tontas que le habían llegado sobre algún devaneo mío. Yo vivía desde que él se fue con mi vida puesta en él, no me defendí la mitad por aquella timidez que me dejó muda aceptando mi culpa en la escuela de Vicuña y la mitad creo que la otra mitad por esa excesiva dignidad que me han llamado soberbia muchas veces. La queja me pareció tan injusta que pensé entonces, como pienso hoy mismo que no debía responderse y menos hacer una defensa. Por eso rompimos y las novelerías necias tejidas en torno de este punto no son sino cosa de charlatanes. Este hombre siguió su vida y era natural que la viviese como casi todos los hombres chilenos que no sobresalen en la temperancia. Iba a casarse y llevaba a la vez una conducta ligera que no había sido nunca la suya; se divertía demasiado y su novia parece que no lograba retenerlo.
Mucho después de unos cinco años de separación nuestra yo lo encontré casualmente en Coquimbo; hablamos bastante tiempo; negó la noticia de su matrimonio y nos despedimos reconciliados casi sin palabras, tan cordiales como antes y con la impresión de un vínculo reanimado y definitivo. Cuantos lo han denigrado, hablando de un robo común y hasta de una estafa, no han dicho que su hermano, que era casi su padre; pues lo había criado por ser ambos huérfanos era en ese tiempo el jefe de los ferrocarriles en su zona a cualquiera podría ocurrírsele que Romelio Ureta cogió aquel dinero pensando en restituirlo de inmediato o contando con que su hermano, ausente por unos días se lo prestaría. Este señor era persona de situación holgada y lo quería mucho. No creo que nadie piense en arruinar su carrera por la suma infeliz que él cogió de una repartición fiscal. Parece que vino un arqueo impensado de caja: el hermano andaba en Ovalle o en otro punto de la provincia y no pudieron comunicarse de ningún modo. Romelio Ureta era hombre tan pundonoroso como para matarse, antes de sufrir vivo una vergüenza. A esta altura del tiempo y de la costumbre funcionaria, el hecho no se entiende, pues la probidad escasea más que la moneda de oro. Yo lo comprendo de haberle conocido a él y al viejo Chile. Doy cuantiosos detalles porque me irrita que se remuevan los huesos de un muerto con una falta tal de inteligencia y de consideración, más que eso me indigna el que por escribir una gacetilla sobre mí -no es el caso suyo- y por cobrarla en un periódico y también por alimentar la glotonería del público se revuelva una sepultura.
Han creado un semblante enteramente falso con la pretensión de demostrarme solidaridad o con la ocurrencia de defenderme, yo no he sido una víctima de él en ningún aspecto; todos los seres somos cual más cual menos, víctimas de nuestro temperamento nací como otros con una capacidad exacerbada para el sufrimiento y tal vez sin ninguna tragedia en mi vida habría padecido lo mismo según el caso de Leopardi y de otros.
Me repugna por otra parte lo cinematográfico aplicado a los vivos, después que me muera, ya pueden hacer su gusto los noveleros a toda su anchura; pero como estoy viva tengo el derecho mínimo de lavar un nombre querido. He callado bastante a este respecto porque soy harto rica de silencio. Mi paciencia se ha ido gastando y esta vez quiero hablar, por tratarse de una crónica escrita por una mujer y que debe salir limpia de un error tan grave sobre un hombre que se allega a la calumnia. Usted, estoy segura, estará muy contenta de que su compañera cuida de la honradez de su trabajo.
lunes, 16 de octubre de 2023
Buba, short story by Roberto Bolaño (from "Putas asesinas", Anagrama 2001)
La ciudad de la sensatez. La ciudad del sentido común. Así
llamaban a Barcelona sus habitantes. A mí me gustaba. Era una ciudad
bonita y yo creo que me acostumbré a ella desde el segundo día (decir el
primer día sería una exageración), pero los resultados no acompañaban
al club y la gente como que te empezaba a mirar raro, eso siempre pasa,
hablo por experiencia, al principio los aficionados te piden autógrafos,
te esperan en las puertas del hotel para saludarte, no te dejan en paz
de tan cariñosos que son, pero luego enhebras una racha de mala suerte
con otra y ahí mismo te empiezan a torcer el gesto, que si eres un
flojo, que si te pasas las noches en las discotecas, que si te vas de
putas, ustedes ya me entienden, la gente empieza a interesarse por lo
que cobras, se especula, se sacan cuentas, y nunca falta el gracioso que
públicamente te llama ladrón o algo mil veces peor.
En fin,
estas cosas pasan en todas partes, a mí personalmente ya me había
sucedido algo parecido, pero entonces mi condición era la de nacional,
jugador de la casa, y ahora mi condición era la de extranjero, y la
prensa y los aficionados siempre esperan un plus extra de los
extranjeros, para eso los han traído, ¿no?
Yo, por ejemplo, como
todo el mundo sabe, soy extremo izquierdo. Cuando jugaba en
Latinoamérica (en Chile y después en Argentina) marcaba una media de
diez goles cada temporada. Aquí por el contrario, mi debut fue
asqueroso, al tercer partido me lesionaron, tuvieron que operarme de
ligamentos y mi recuperación, que en teoría tenía que ser rápida, fue
lenta y trabajosa, para qué les voy a contar. De golpe volví a sentirme
más solo que la una. Ésa es la verdad.
Gastaba una fortuna en
llamadas a Santiago y lo único que conseguía era preocupar a mi mamá y a
mi papá, que no entendían nada. Así que un día decidí irme de putas. No
lo voy a negar. Ésa es la verdad. En realidad lo único que hice fue
seguir el consejo que un día me dio Cerrone, el arquero argentino.
Cerrone me dijo: "chico, si no tienes nada mejor que hacer y los
problemas te están matando, consulta a las putas". Qué buena persona era
Cerrone. Por aquella época yo debía de tener diecinueve años a lo más y
acababa de llegar al Gimnasia y Esgrima.
Cerrone ya andaba por
los treinta y cinco o por los cuarenta, su edad era un misterio, y entre
los veteranos era el único que todavía estaba soltero. Algunos decían
que Cerrone era raro. Eso me retrajo al principio en mi trato con él. Yo
era un muchacho más bien tirado a tímido y pensaba que si conocía a un
homosexual éste iba a querer acostarse conmigo al tiro. En fin, puede
que lo fuera, puede que no lo fuera, lo único cierto es que una tarde en
que yo estaba más deprimido que nunca, me cogió aparte, era la primera
vez que hablábamos, podría decirse, y me dijo que esa noche me iba a
llevar a conocer algunas muchachas de Buenos Aires. Nunca me olvidaré de
esa salida.
El departamento estaba en el centro y mientras
Cerrone se quedaba en el living tomando unas copas y viendo un programa
nocturno en la tele, yo me acosté por primera vez con una argentina y la
depresión comenzó a amainar. A la mañana siguiente, mientras volvía a
mi casa, supe que todo mejoraría y que mi carrera en el fútbol argentino
aún me iba a deparar muchas tardes de gloria. Las depresiones eran
inevitables, me dije, pero Cerrone me había dado el remedio para
atenuarlas.
Y eso fue lo que hice en mi primer club europeo: salí
de putas y así fui capeando la lesión, el periodo de recuperación, la
soledad. ¿Que si me acostumbré? Puede que sí, puede que no, no soy quién
para emitir un juicio tan rotundo. Allí las putas son unos verdaderos
bombones, las putas de categoría, quiero decir, además de ser en líneas
generales unas chicas bastantes inteligentes y preparadas, así que
aficionarse a ellas, lo que se dice aficionarse, pues tampoco es tan
difícil.
En resumen, que me dio por salir de noche, incluso los
domingos, cuando había partido y lo que se esperaba de nosotros, los
lesionados, era que estuviéramos allí, en las gradas, convertidos en
hinchas de lujo. Pero así uno no se cura de las lesiones y yo prefería
pasarme las tardes de los domingos en alguna sala de masaje, con mi
whisky y una o dos amigas a cada lado, hablando de cosas más serias. Al
principio, por supuesto, nadie se dio cuenta. No era yo el único que
estaba lesionado, debíamos de ser unos seis o siete los que estábamos en
el dique seco, la mala racha parecía cebarse con nuestro club. Pero
luego, claro, nunca falta el periodista culiado que te ve salir de una
discoteca a las cuatro de la mañana y ahí se acabó el asunto. En
Barcelona, que parece tan grande y tan civilizada, las noticias vuelan.
Quiero decir: las noticias futbolísticas.
Una mañana me llamó el
entrenador y me dijo que se había enterado de que estaba llevando un
ritmo de vida impropio de un deportista y que eso se tenía que acabar.
Yo, por supuesto, le dije que sí, que sólo había sido una canita al
aire, y seguí con mis asuntos, porque, a ver, ¿qué otra cosa podía hacer
mientras duraba la lesión y el equipo bajaba en la tabla que daba pena
abrir el periódico los lunes para repasar las clasificaciones?
Además,
como es lógico, yo pensaba que lo que me había servido en Argentina me
tenía por fuerza que servir en España, y lo peor era que tenía razón: me
servía. Pero entonces entraron los burócratas del club y me dijeron:
"oiga, Acevedo, esto tiene que acabar, usted está resultando un mal
ejemplo para la juventud y una pésima inversión de nuestra sociedad, en
donde sólo trabajan hombres serios, así que a partir de ahora se
acabaron las salidas nocturnas, usted verá". Y luego, sin decir agua va,
me encontré de golpe con una multa que podía pagar, claro, pero que
puestos a perder dinero hubiera preferido enviarlo a Chile, no sé, a mi
tío Julio, por ejemplo, para que se lo gastara arreglando su casa. Pero
estas cosas pasan y hay que aguantarse. Así que me aguanté y me hice el
firme propósito de salir menos, digamos una vez cada quince días, pero
entonces llegó Buba y los del club decidieron que lo mejor para mí era
que dejara el hotel y que compartiera el departamento que habían puesto a
disposición de Buba, un departamento bastante coqueto, con dos
habitaciones y una terraza pequeñita pero con una buena vista, justo al
lado de nuestros campos de entrenamiento. Y eso fue lo que tuve que
hacer. Así que cogí mis maletas y me fui con un administrativo del club
al departamento y como no estaba Buba, pues escogí yo mismo el
dormitorio que quería para mí y saqué mis cosas y las metí en el closet y
entonces el administrativo me dio mis llaves y se marchó y yo me puse a
dormir la siesta.
Eran las cinco de la tarde, aproximadamente, y
antes me había echado entre pecho y espalda una fideuà, un plato típico
de Barcelona que ya había probado y que me encanta, aunque no es un
plato fácil de digerir, y cuando me dejé caer en mi nueva cama me entró
un sopor tan grande que sólo tuve fuerzas para sacarme los zapatos y ya
estaba dormido. Tuve entonces un sueño rarísimo. Soñé que estaba en
Santiago otra vez, en mi barrio de La Cisterna, y que estaba recorriendo
con mi padre la plaza esa en donde estuvo la estatua del Che, la
primera estatua del Che que hubo en América, exceptuando Cuba, y eso era
lo que me iba contando mi padre en medio del sueño, la historia de la
estatua y de todos los atentados que sufrió la estatua hasta que
llegaron los milicos y la volaron definitivamente, y mientras
caminábamos yo miraba hacia todas partes y era como si camináramos por
en medio de la selva, y mi padre decía por aquí debe estar la estatua,
pero no se veía nada, las hierbas eran altas y los árboles apenas
dejaban pasar unos rayitos de sol, suficientes para ver, para darnos
cuenta de que era de día, y nosotros íbamos por un sendero de tierra y
de piedras, pero a los lados hasta lianas había, y no se veía nada, sólo
sombras, hasta que de pronto llegábamos como a una especie de claro, un
claro rodeado de selva, y mi padre entonces se detenía y me ponía una
mano en el hombro y con la otra señalaba algo que se levantaba en medio
del claro, un pedestal de cemento de color gris clarito, y sobre el
pedestal no había nada, ni rastros de la estatua del Che, pero eso mi
padre y yo lo sabíamos y lo esperábamos, al Che lo habían quitado de
allí hacía mucho tiempo, eso no nos sorprendía, lo importante era que
estábamos juntos mi viejo y yo y que habíamos encontrado el lugar exacto
en donde antes se levantaba la estatua, pero mientras contemplábamos el
claro sin movernos, como embebidos en nuestro hallazgo, yo me fijé en
que bajo el pedestal, al otro lado, había algo, una cosa oscura que se
movía, y me solté de la mano de mi padre (me tenía cogido de la mano) y
empecé a rodear lentamente el pedestal.
Entonces lo vi: al otro
lado había un negro en pelotas haciendo unos dibujos en la tierra y yo
supe al tiro que ese negro era Buba, mi compañero de club y mi compañero
de departamento, aunque, sí quieren que les diga la verdad yo a Buba
sólo lo había visto en un par de fotos, yo y todos los demás compañeros,
y nadie se hace una idea cabal de una persona sí sólo la ha visto en la
prensa y además de pasada. Pero era Buba, de eso no me cupo la menor
duda. Y entonces yo pensé: rechuchas, debo de estar soñando, no estoy en
Chile no estoy en La Cisterna, mi padre no me ha traído a ninguna plaza
y este huevón calato no es Buba, el mediopunta africano recién
contratado por nuestro club.
Justo cuando acababa de pensar lo
anterior el negro levantó la mirada y me sonrió, dejó el palito con el
que estaba haciendo unos dibujos en la tierra amarilla (ésa sí una
tierra completamente chilena) y de un salto se puso de pie y me tendió
la mano, ¿tu eres Acevedo?, dijo, "me alegro de conocerte, flaco", eso
dijo. Y yo pensé; tal vez estamos de gira. ¿Pero de gira por dónde?
¿Estábamos
haciendo una gira por Chile? Imposible. Y entonces nos dimos la mano y
Buba me la estrechó muy fuerte y no me la soltó, y mientras me
estrechaba la mano yo miré el suelo y vi los dibujos en la tierra,
garabatos no más, qué otra cosa iba a ser, pero como que le encontré el
hilo a la cuestión, no sé si me explico, los garabatos tenían sentido,
es decir, no eran garabatos, eran otra cosa. Y entonces yo me quise
agachar y ver los dibujos más de cerca, pero la mano de Buba que
estrechaba mi mano me lo impidió, y cuando quise soltarme (ya no para
ver los dibujos sino más bien para alejarme de él, para tomar mis
distancias, porque sentí algo parecido al miedo) no pude hacerlo, la
mano de Buba, su brazo, parecían los de una estatua, una estatua recién
hecha, y mi mano había quedado empotrada en ese material que por
momentos parecía barro y por momentos parecía lava ardiente.
Creo
que fue entonces cuando me desperté. Sentí ruidos en la cocina y luego
pasos que iban desde el living hasta la otra habitación y yo me desperté
con el brazo acalambrado (me había quedado dormido en una mala postura,
algo que por aquellos días, antes de salir de la lesión, me solía
pasar) y me quedé esperando, la puerta de mi dormitorio estaba abierta,
así que él tenía que haberme visto, pero por más que esperé Buba no
apareció en el umbral. Sentí sus pasos, carraspeé, tosí, me levanté, oí
que alguien abría la puerta de la calle y luego, casi sin hacer ruido,
la volvía a cerrar.
El resto del día lo pasé solo, sentado
delante de la tele, cada vez más nervioso. Revisé (yo no soy curioso,
pero no pude evitarlo) su cuarto: en los cajones del closer había puesto
la ropa, ropas deportiva y algo de ropa de vestir y algunos trajes
africanos que a mí me parecieron como disfraces pero que en el fondo
eran bonitos. En el baño estaban sus útiles de aseo, una navaja (yo me
afeito con máquinas desechables y hacía tiempo que no veía una navaja),
una loción, un perfume inglés o comprado en Inglaterra, en la tina una
esponja de color tierra muy grande.
A las nueve de la noche
apareció Buba en nuestra nueva casa. A mí me dolían los ojos de tanto
ver la tele y él, según me dijo, venía de una sesión con la prensa
deportiva de la ciudad. Al principio nos costó un poco hacernos amigos,
aunque a veces, cuando me detengo a reflexionar, llego a la amarga
conclusión de que amigos, lo que se dice amigos, no lo fuimos nunca.
Pero otras veces, ahora mismo sin ir más lejos, creo que sí, que fuimos
bastante amigos y que, en todo caso, si Buba tuvo un amigo en el club,
ése fui yo.
Nuestra vida en común, por lo demás, no fue difícil.
Dos veces a la semana venía una señora a hacernos la limpieza del
departamento y el resto del tiempo cada uno limpiaba lo que ensuciaba,
lavaba sus propios platos, hacía la cama, en fin, lo de siempre. Por las
noches a veces yo me iba por ahí con Herrera, un muchacho de la cantera
que había subido al primer equipo y que terminó siendo titular
indiscutible de la selección española, y a veces se nos unía Buba, pero
pocas porque a Buba no le gustaba la vida nocturna.
Cuando me
quedaba en casa veía la tele y Buba se encerraba en su cuarto y se ponía
a escuchar música. Música africana. Al principio las cintas debuta no
me resultaban nada agradables. La primera vez que las escuche, al
segundo día de estar compartiendo el departamento, incluso me
sobresaltaron. Yo estaba viendo un documental sobre el Amazonas,
haciendo tiempo para la hora en que iba a empezar una película de Van
Damme, cuando de repente sentí como si en la habitación de Buba
estuvieran matando al alguien. Pónganse en mi lugar. La situación era
extraordinaria, capaz de alterarle los nervios al más valiente. ¿Qué
hice? Pues me levanté, estaba de espaldas a la puerta de Buba, y me puse
en guardia, claro, hasta que comprendí que aquello era una cinta, que
los gritos provenían del radiocasette. Después los ruidos se apagaron,
solo se oía algo así como un tambor, y luego los gemidos de una persona,
el llanto de una persona, que poco a poco fue subiendo de volumen.
Hasta ahí aguanté.
Recuerdo que me acerqué a la puerta, que llamé
con los nudillos y que nadie me respondió. En ese momento pensé que las
lágrimas y los gemidos eran de Buba y no de la cinta. Pero entonces oí
la voz de Buba que me preguntaba qué quería y no supe qué contestarle.
Todo resultaba bastante embarazoso. Le dije que bajara el volumen. Se lo
dije con una voz que traté con toda mi voluntad de que me saliera
normal. Durante un rato Buba se mantuvo en silencio. Después la música
(en realidad: el sonido de los tambores, tal vez una especie de flauta
también) se apagó y la voz de Buba dijo que se iba a dormir. Buenas
noches, dije yo y volví al sillón pero durante un rato estuve viendo el
documental sobre los indios del Amazonas sin sonido.
El resto, la
cotidianidad, como se suele decir, era apacible. Buba acababa de llegar
y aún no había jugado ni un partido como titular. El club, en aquel
tiempo, tenía un superávit de jugadores que para qué les voy a contar.
Estaba Antoine García, el líbero francés. Estaba Delève, el delantero
belga, Neuhuys el defensa central holandés, Jovanovic, delantero
yugoslavo, el argentino Percutti y el uruguayo Buzatti, mediocampistas,
además de los españoles, entre los que teníamos a cuatro jugadores de la
selección nacional. Pero las cosas nos iban mal y después de diez
jornadas desastrosas estábamos a mitad de la tabla, más bien tirando
para abajo que para arriba.
La verdad, a Buba no sé por qué no lo
ficharon. Supongo que lo hicieron para acallar las críticas casa vez
más acerbas de nuestros propios aficionados, pero al menos en teoría fue
una cagada completa. Lo que todo el mundo esperaba era un fichaje de
urgencia para cubrir mi lugar, es decir lo que todo el mundo esperaba
era que ficharan a un extremo, no a un mediocampista porque en esa la
posición ya estaba Percutti, pero los directivos suelen ser bastante
imbéciles en todas partes y cogieron lo primero que tuvieron a mano y
entonces apareció Buba. Muchos pensaron que el plan era hacerlo jugar un
tiempo con el segundo equipo, un segundo equipo que por aquellas fechas
estaba hundido en la Segunda División B, pero el representante de Buba
dijo que de eso nada, que el contrato era bien claro al respecto: o Buba
jugaba con el primer equipo o no jugaba.
Así que allí estábamos
los dos, en nuestro departamento cerca del campo de entrenamiento, él
calentando banquillo todos los domingos y yo reponiéndome de mi lesión y
sumido en una melancolía que para qué les cuento. Y los dos éramos los
más jóvenes, como ya les he dicho, y si no lo he dicho lo digo ahora,
aunque sobre eso también se especuló un rato. Yo entonces tenía
veintidós años y eso estaba claro. De Buba decían que tenía diecinueve, y
por descontado no faltó el periodista gracioso que dijo que nuestros
directivos habían sido engañados, que en el país de Buba los
certificados de nacimiento eran a la carta, que en realidad Buba no sólo
parecía tener más edad sino que, en efecto, la tenía, y que en
resumidas cuentas el fichaje había sido un timo.
La verdad es que
yo no sabía a qué carta quedarme. En el día a día, por lo demás, vivir
con Buba no era nada pesado. A veces, por las noches, se encerraba en su
dormitorio y ponía su música de gritos y de gemidos, pero uno a todo se
acostumbra. A mí también me gustaba ver la tele con el sonido muy alto,
hasta altas horas de la madrugada, y Buba, que yo sepa, nunca se quejó
por eso. A l principio la comunicación no era muy fluida, por cuestiones
de idioma, y más bien nos comunicábamos con gestos. Pero luego Buba
aprendió algo de castellano y algunas mañanas, mientras desayunábamos,
incluso hasta hablábamos de películas, que siempre ha sido uno de mis
temas favoritos, aunque la verdad es que Buba no era muy conversador y
tampoco le interesaba demasiado el cine.
En realidad, ahora que
lo pienso, Buba era bastante callado. Y no es que fuera tímido ni que
temiera meter la pata, Herrera, que sabía hablar inglés, una vez me dijo
que lo que le pasaba era que no tenía nada que decir. El loco Herrera.
Qué simpático que era Herrera. Y un buen amigo, además. Cuántas veces
salimos todos juntos. Herrera, Pepito Vila, que también era canterano,
Buba y yo. Pero Buba siempre en silencio, mirándolo todo como si
estuviera y no estuviera, y aunque a veces Herrera lo cogía por su
cuenta y se largaba a hablar en inglés con él, un inglés fluido en de
Herrera, el negro siempre se iba por las ramas, como si le diera pereza
explicar cosas de su infancia y de su patria, menos aún de su familia,
al grado de que Herrera estaba convencido de que a Buba algo malo le
tenía que haber ocurrido cuando era niño, por su reiterada negativa a
referir el más mínimo detalle íntimo, como si hubieran arrasado su
aldea, decía Herrera, que era y es de izquierdas, como si hubiera
presenciado en vivo y en directo la muerte de sus padres y hermanos y
pretendiera borrar de su cabeza todos esos años, algo bastante lógico si
las presunciones de Herrera hubieran sido ciertas, pero en realidad, y
eso yo siempre lo supe, lo intuí, Herrera se equivocaba, Buba hablaba
poco porque él era así, y eso era lo que importaba, más allá de una
infancia o adolescencia atroz o agradable: la vida de Buba estaba
rodeada de misterio porque Buba era así, eso era todo.
En todo
caso lo único cierto es que por aquellas fechas el equipo estaba mal y
Herrera y Buba parecían condenados a calentar banquillo hasta el final
de la temporada, y yo estaba lesionado y cualquier equipo de provincias
era capaz de ganarnos en nuestro propio campo. Fue entonces, cuando peor
íbamos, cuando nada parecía capaz de empeorar el hundimiento del club,
cuando se lesionó Percutti y el míster no tuvo más remedio que alinear a
Buba. Lo recuerdo como si fuera ayer. Teníamos que jugar un sábado y en
el entrenamiento del jueves, en un choque fortuito con Palau, un
defensa central, Percutti se jodió la rodilla. Así que nuestro
entrenador puso a Buba en su lugar en el entrenamiento del viernes y
para Herrera y para mí quedó claro que saldría de titular el sábado.
Cuando
se lo dijimos, por la tarde, en el hotel en donde nos habían
concentrado (pues aunque jugábamos en casa y con un rival en teoría
débil el club había decidido que cada partido era de importancia vital),
Buba nos miró como si nos calibrara por primera vez y luego se encerró
en el lavabo con una excusa cualquiera. Durante un rato Herrera y yo
estuvimos viendo la tele y decidiendo a qué hora nos pensábamos arrimar a
la timba que Buzatti había montado en su cuarto. Con Buba, por
supuesto, no contábamos.
Al poco rato oímos una música salvaje
que salía del lavabo A Herrera ya le había contado de los gustos
musicales de Buba, de las veces que se encerraba en nuestro departamento
con su radiocasette infernal, pero él nunca lo había escuchado en
directo.
Durante un rato permanecimos atentos a los gemidos y a
los tambores, después Herrera, que francamente era un muchacho culto,
dijo que aquello era de un tal Mango no sé cuánto, un músico de Sierra
Leona o Liberia, uno de los mayores exponentes de la música étnica, y
nos desentendimos del asunto. Entonces la puerta se abrió y Buba salió
del baño, se sentó a nuestro lado, en silencio, como si a él también le
interesara la tele, y yo le noté un olor un poco raro, un olor a sudor,
pero no era sudor, un olor a rancio pero que tampoco resultaba ser un
olor a rancio. Olía a humedad, a setas y hongos. Olía raro.
Yo,
lo confieso, me puse nervioso y sé que Herrera también se puso nervioso,
los dos estábamos nerviosos, los dos teníamos ganas de irnos de allí,
de salir corriendo hacia la habitación de Buzatti, en donde seguro
íbamos a encontrar a unos seis o siete compañeros jugando a las cartas,
al póquer descubierto o al once, un juego civilizado. Pero lo cierto es
que ninguno de los dos nos movimos, como si el olor y la presencia de
Buba a nuestro lado nos hubiera dejado sin ánimo para nada. No era
miedo. No tenía nada que ver con el miedo. Era algo mucho más rápido.
Como si el aire que nos rodeara se hubiera condensado y nosotros nos
hubiéramos licuado. Bueno, eso fue al menos lo que sentí. Y luego Buba
se puso a hablar y nos dijo que necesitaba sangre. La sangre de Herrera y
la mía.
Creo que Herrera se rió, no mucho, solo un poquito. Y
luego alguien apagó la televisión, no recuerdo quién, tal vez Herrera,
tal vez yo. Y Buba dijo que lo podía conseguir, que sólo necesitaba las
gotas de sangre y nuestro silencio. ¿Qué es lo que puedes conseguir?
dijo Herrera. El partido, dije yo. No sé cómo lo supe, pero lo cierto es
que lo supe desde el primer momento. El partido, sí, dijo buba. Y
entonces Herrera y yo nos reímos y tal vez nos miramos, Herrera estaba
sentado en un sillón y yo a los pies de mi cama y Buba esperaba sentado
humildemente en la cabecera de su cama.
Creo que Herrera hizo
unas preguntas. Yo también hice un a pregunta. Buba respondió con
cifras. Levantó su mano izquierda y nos mostró tres dedos, el medio, el
anular y el meñique. Dijo que no perdíamos nada con probar. El pulgar y
el índice los tenía cruzados, como si formaran un lazo o una horca en
donde un animal diminuto se asfixiaba.
Predijo que Herrera iba a
jugar. Habló de responsabilidad con los colores de la camiseta y también
habló de oportunidad. Su castellano seguía siendo deficiente.
Lo
siguiente que recuerdo es que Buba volvió a entrar en el lavabo y que
cuando salió llevaba un vaso y su navaja de afeitar. No nos vamos a
pinchar con eso, dijo Herrera. La navaja es buena, dijo Buba. Con tu
navaja no, dijo Herrera. ¿Por qué no?, dijo Buba. Porque no nos sale de
los cojones, dijo Herrera. ¿O no? Me miraba a mí. No, dije yo. Yo me
pincho con mi propia máquina de afeitar. Recuerdo que cuando me levanté
para ir al baño las piernas me temblaban. No encontré mi maquinilla,
probablemente la había olvidado en el departamento, así que cogí la que
el hotel ponía a disposición de los clientes. Herrera aún no había
vuelto y Buba parecía dormido, sentado en la cabecera de su cama, aunque
cuando cerré la puerta levantó la cabeza y me miró sin decir nada.
Permanecimos
en silencio hasta que alguien llamó a la puerta. Fui a abrir. Era
Herrera. Nos sentamos los dos en mi cama. Buba se sentó enfrente, en la
suya, y sostuvo el vaso en medio de las dos camas. Luego, con un gesto
rápido, levantó uno de los dedos de la mano que sostenía el vaso y se
hizo un corte limpio. Ahora tú, le dijo a Herrera, que cumplió el trance
armado con un pequeño alfiler de corbata, el único objeto punzocortante
que había encontrado. Después me tocó mi turno. Cuando quisimos ir al
baño a lavarnos las manos Buba nos adelantó. ¡Déjame entrar, Buba!, le
grité a través de la puerta. Por única respuesta oímos otra vez la
música que unos minutos antes Herrera había calificado de manera un
tanto apresurada (o eso me parecía ahora) como música étnica.
Esa
noche tardé en irme a dormir. Estuve un rato en la habitación de
Buzatti y luego me fui al bar del hotel, en donde ya no quedaba ningún
jugador despierto. Pedí un whisky y me lo tomé en una mesa desde la que
se apreciaban con nitidez las luces de Barcelona. Al cabo de un rato
sentí que alguien se sentaba a mi lado. Me sobresalté. Era el
entrenador, que tampoco podía dormir. Me preguntó qué hacía despierto a
esas horas. Le dije que estaba nervioso. Pero si tú mañana no juegas,
Acevedo, dijo él. Peor todavía, dije yo.
El entrenador miró la
ciudad, asintiendo, y se frotó las manos. ¿Qué estás bebiendo?,
preguntó. Lo mismo que usted, dije. Ah, vaya, dijo él, eso es bueno para
los nervios. Después el entrenador se puso a hablar de su hijo y de su
familia, que vivían en Inglaterra, pero sobre todo de su hijo, y luego
los dos nos levantamos y dejamos nuestros vasos vacíos en la barra.
Al
entrar en mi habitación Buba dormía plácidamente en su cama.
Normalmente no hubiera encendido la luz, pero esta vez lo hice. Buba ni
se movió. Fui al lavabo: todo estaba en orden. Me puse el pijama y me
acosté y apagué la luz. Durante unos minutos estuve escuchando la
respiración acompasada de Buba. No recuerdo en qué momento me quedé
dormido.
Al día siguiente ganamos por tres a cero. El primer gol
lo marcó Herrera. Era el primero que marcaba aquella temporada. Los
otros dos los hizo Buba. La prensa deportiva, un poco reticente, hablaba
de cambio sustancial en nuestro juego y destacaba el gran partido
realizado por Buba. Yo vi el partido. Yo sé lo que realmente ocurrió. En
realidad, Buba no jugó bien. El que jugó bien fue Herrera y Delève y
Buzatti. La línea medular del equipo. En realidad, Buba estuvo como
ausente durante buena parte del partido. Pero marcó dos goles y eso era
suficiente.
Ahora tal vez debería decir algo acerca de los goles.
El primero (que fue el segundo del encuentro) se produjo tras un córner
que sirvió Palau. Buba, en medio del barullo, metió la pierna y marcó.
El segundo fue extraño: el equipo rival ya había aceptado la derrota,
corría el minuto 85, todos los jugadores estaban cansados, los nuestros
probablemente más, el tono del partido era francamente conservador, y
entonces alguien le pasó la pelota a Buba, con la esperanza, digo yo, de
que la devolviese o la retrasara, pero Buba corrió por su banda, mucho
más rápido de lo que había estado en el resto del partido, se acercó a
unos cuatro metros del área grande y cuando todos esperaban que centrara
soltó un tiro que sorprendió a los dos defensas que tenía delante y al
arquero, un tiro con un chanfle como yo no había visto nunca, un disparo
endemoniado propio sólo de los jugadores brasileños, que se coló por la
escuadra derecha de la portería contraria y que puso a todos los
espectadores de pie.
Esa noche, después de celebrar la victoria,
hablé con él. Le pregunté por la magia, por el hechizo, por la sangre en
el vaso. Buba me miró y se puso serio. Acerca tu oreja, dijo.
Estábamos
en una discoteca y apenas nos oíamos. Buba me susurró unas palabras que
al principio no entendí. Probablemente yo ya estaba borracho. Luego
alejó su boca de mi oreja y me sonrió. Tú pronto podrás marcar goles
mejores, dijo. De acuerdo, perfecto, dije yo.
A partir de
entonces todo se encarriló. El siguiente partido lo ganamos cuatro a
dos, y eso que jugábamos en campo contrario. Herrera marcó un gol de
cabeza, Delève uno de penalti, y Buba marcó los otros dos, que fueron
rarísimos, o eso me pareció a mí, que conocía la historia y que antes
del viaje, al que no fui, participé junto con Herrera en la ceremonia de
los dedos cortados y del vaso y de la sangre.
Tres semanas
después me convocaron y reaparecí en la segunda parte, en el minuto 75.
Jugábamos en la casa del líder y ganamos uno a cero. El gol lo marqué yo
en el minuto 88. El pase me lo dio Buba o eso fue lo que pensó todo el
mundo, aunque yo tengo algunas dudas. Sólo sé que Buba se escapó por la
banda derecha y yo eché a correr por la izquierda. Había cuatro
defensas, uno detrás de Buba, dos en el medio y uno a unos tres metros
de donde corría yo. Entonces ocurrió algo que aún no sé explicarme.
Los
defensas centrales parecieron clavarse en sus posiciones. Yo seguí
corriendo con el lateral derecho de ellos pegado a mis talones. Buba se
acercó al área con el lateral izquierdo que tampoco se le despegaba.
Entonces hizo una finta y centró. Yo me metí en el área sin ninguna
posibilidad de darle a la pelota, pero entre que los centrales estaban
como despistados o como repentinamente mareados y el efecto rarísimo que
cogió el balón, lo cierto es que milagrosamente me vi dentro del área,
con la pelota controlada y el portero de ellos que salía y el lateral
derecho pegado a mi hombro izquierdo sin saber si hacerme una falta o
no, y entonces simplemente chuté y marqué el gol y ganamos.
El
domingo siguiente fui titular indiscutible. Y a partir de entonces
empecé a marcar más goles que nunca en mi vida. Y Herrera también tuvo
una racha goleadora. Y todo el mundo adoraba a Buba. Y también nos
adoraban a Herrera y a mí. De la noche a la mañana nos convertimos en
los reyes de la ciudad. Todo nos sonreía. El club inició una ascensión
imparable. Ganábamos y ganábamos.
Y nuestro rito de la sangre
siguió repitiéndose indefectiblemente antes de cada partido. De hecho, a
partir de la primera vez, Herrera y yo nos compramos navajas de afeitar
parecidas a la que tenía Buba y cada vez que íbamos a jugar fuera lo
primero que metíamos en nuestro equipaje eran las navajas, y cuando
jugábamos en casa nos reuníamos la noche anterior en nuestro
departamento (porque ya no nos concentraban en los partidos como
locales) y realizábamos la sesión y Buba recogía su sangre y la nuestra
en un vaso y luego se encerraba en el baño y mientras escuchábamos la
música que salía de allí Herrera se ponía a hablar de libros o de obras
de teatro que había visto y yo me quedaba callado y asentía a todo,
hasta que Buba reaparecía y nosotros lo mirábamos como preguntándole si
todo estaba en orden y Buba entonces nos sonreía y se metía en la cocina
a buscar el estropajo y el cubo de agua y volvía luego al baño, en
donde se estaba por lo menos un cuarto de hora arreglándolo todo, y
cuando nosotros entrábamos en el baño todo estaba igual que antes, y a
veces, cuando me iba con Herrera a una discoteca y Buba no venía (porque
a Buba no le gustaban demasiado las discotecas), Herrera se ponía a
hablar conmigo y me preguntaba qué creía yo que hacía Buba con nuestra
sangre en el baño, porque lo cierto es que cuando Buba desocupaba el
baño ya no había rastros de sangre por ningún lado, el vaso que la había
contenido estaba reluciente, el suelo limpio, vaya, el baño parecía
como cuando venía la señora a hacernos la limpieza, y yo le decía a
Herrera que no sabía, que no tenía idea de lo que hacía Buba cuando se
encerraba allí, y Herrera me miraba y decía: si yo viviera con él me
daría miedo, y yo miraba a Herrera como diciéndole: ¿lo dices en serio o
estás de broma?, y Herrera decía: estoy de guasa, Buba es nuestro
amigo, gracias a él ahora estoy en la selección, gracias a él nuestro
club va a ser campeón, gracias a él la gloria nos sonríe, y eso era
verdad.
Por lo demás, yo nunca le tuve miedo a Buba. A veces.
Mientras veíamos la tele en nuestro departamento antes de irnos a
dormir, me lo quedaba mirando con el rabillo del ojo y pensaba en lo
extraño que era todo. Pero no pensaba mucho rato en esto. El fútbol es
extraño.
Finalmente aquel año que empezamos tan mal fuimos
campeones de Liga y paseamos por el centro de Barcelona entre una
multitud enfervorecida y hablamos desde el balcón del ayuntamiento a
otra multitud enfervorecida que coreaba nuestros nombres y ofrecimos el
título a la virgen de Montserrat, del monasterio de Montserrat, una
virgen negra como Buba, esto parece mentira pero es verdad, y dimos
entrevistas hasta que ya no pudimos hablar. Las vacaciones las pasé en
Chile. Buba se fue a África. Herrera se marchó al Caribe con su novia.
Nos
encontramos en la pretemporada, en el centro deportivo del este de
Holanda, cerca de una ciudad fea y gris que me hizo tener los peores
presentimientos.
Todos estaban allí, menos Buba. No sé qué
problema había tenido en su país de origen. Herrera parecía agotado
aunque exhibía un bronceado de deportista de élite. Me dijo que había
pensado en casarse. Yo le expliqué mis vacaciones en Chile, pero, como
ustedes saben, cuando en Europa es verano en Chile es invierno, así que
mis vacaciones no habían sido muy lucidas. La familia estaba bien. Poco
más. La tardanza de Buba nos intranquilizó. No queríamos reconocerlo,
pero estábamos intranquilos. De repente sentimos, tanto Herrera como yo,
que sin él estábamos perdidos. Por el contrario, nuestro entrenador
contribuyó a quitarle hierro a la impuntualidad de Buba.
Una
mañana, después de un vuelo que hizo escalas en Roma y Frankfurt, el
negro se reintegró en el equipo. Loa partidos de pretemporada, sin
embargo, fueron pésimos. Nos ganó un equipo de la Tercera División
holandesa. Empatamos con el equipo de aficionados de la ciudad donde
residíamos. Ni Herrera ni yo nos atrevíamos a pedirle a Buba el rito de
la sangre, aunque nuestras navajas estaban listas.
De hecho, y
esto tardé en comprenderlo, parecía como si tuviéramos miedo de pedirle a
Buba un poco de su magia. Por supuesto seguíamos siendo amigos y en
alguna ocasión fuimos juntos a una discoteca holandesa, pero de sangre
no hablábamos sino de los chismes que circulan en pretemporada, los
jugadores que cambiaban de equipo, los nuevos fichajes, la Liga de
Campeones que íbamos a jugar ese año, los contratos que se acababan o
que tenían que ser mejorados. También hablábamos de películas y de las
vacaciones que ya habían terminado y Herrera, sólo Herrera, hablaba de
libros, entre otras cosas porque era el único que leía.
Después
volvimos a la ciudad y yo volví a encontrarme solo con Buba y con
nuestra cotidianidad en aquel departamento enfrente de los campos de
entrenamiento, y luego empezó la Liga, en primer partido, y la noche
antes apareció Herrera por nuestra casa y encaró la situación. Le dijo a
Buba que qué pasaba. ¿No iba a haber magia ese año? Y Buba sonrió y
dijo que no era magia. Y Herrera dijo qué coño es entonces. Y Buba se
encogió de hombros y dijo que era algo que sólo él entendía. Y luego
hizo un gesto como quitándole importancia al asunto. Y Herrera dijo que
él quería más, que él creía en Buba, fuera lo que fuera lo que éste
hacía. Y Buba dijo que estaba cansado y cuando dijo eso yo lo miré a la
cara y no me pareció en modo alguno un tipo de diecinueve o veinte años
sino un jugador de más de treinta que ya le ha exigido demasiado a su
cuerpo. Y Herrera, contra lo que yo esperaba, aceptó las palabras de
Buba con una actitud admirable. Dijo: "pues no se hable más del asunto,
os invito a cenar". Así era Herrera. Buen tipo.
De tal manera que
salimos a cenar a uno de los mejores restaurantes de la ciudad, y un
fotógrafo de prensa que había allí nos hizo una foto, es esa que tengo
colgada en el comedor, con Herrera y Buba y yo sonriendo, bien vestidos,
delante de una mesa exquisita, si me permiten la expresión (pero es que
otra no hay), dispuestos a comernos el mundo aunque en nuestro fuero
interno teníamos bastantes dudas (sobre todo Herrera y yo) de que
efectivamente fuéramos a comernos nada. Y mientras estuvimos allí no se
dijo nada de magia ni de sangre: hablamos de películas, de viajes, pero
no de viajes de trabajo sino de viajes de placer, y de poco más.
Y
cuando salimos del restaurante, no sin antes haberle firmado autógrafos
a los camareros y al cocinero y a los pinches de cocina, nos pusimos a
caminar durante un rato por las calles vacías de la ciudad, esa ciudad
tan bonita, la ciudad de la sensatez y del sentido común como la
llamaban algunos exaltados, pero que también era la ciudad del
resplandor en donde uno se sentía bien consigo mismo y para mí ahora es
la ciudad de mi juventud, bueno, como decía, nos pusimos a caminar por
calles de Barcelona, porque un deportista sabe que después de una cena
copiosa lo mejor es estirar las piernas, y entonces, cuando ya
llevábamos un rato dando vueltas y viendo los edificios iluminados (obra
de grandes arquitectos que Herrera nombraba como si los hubiera
conocido personalmente), Buba dijo con una sonrisa más bien triste que
si queríamos podíamos volver a repetir la experiencia del año pasado.
Ésa
fue la palabra que empleó. Experiencia. Herrera y yo nos quedamos
callados. Luego volvimos al parking, nos subimos a mi coche y enfilamos
hasta nuestro departamento sin decir una sola palabra. Yo me hice el
corte con mi navaja. Herrera empleó un cuchillo de la cocina. Cuando
Buba salió del baño nos miró y por primera vez, mientras iba a buscar el
estropajo y el cubo de agua a la cocina, no dejó la puerta cerrada.
Recuerdo que Herrera se levantó pero acto seguido volvió a sentarse.
Luego Buba se encerró en el baño y cuando salió todo estaba como antes.
Yo propuse celebrarlo tomándonos un último whisky. Herrera aceptó. Buba
dijo que no con la cabeza. Ninguno tenía ganas de hablar, supongo,
porque el único que dijo algo fue Buba. Dijo: "esto no es necesario, ya
somos ricos". Eso fue todo. Después Herrera y yo nos bebimos nuestros
whiskys de un solo trago y nos fuimos todos a dormir.
Al día
siguiente empezamos la Liga ganando seis a cero. Buba marcó tres goles,
Herrera uno, yo dos. Fue una temporada gloriosa, a mí me parece mentira
que la gente se acuerde, porque ya ha pasado mucho tiempo, pero si lo
pienso bien, si hago funcionar la memoria, me resulta lógico (perdonen
la vanidad) que todavía no haya caído en el olvido la segunda y última
temporada que jugué con Buba en Europa. Ustedes vieron los partidos por
televisión. Si hubieran vivido en Barcelona se vuelven locos. Ganamos la
Liga con más de quince puntos de ventaja y fuimos campeones de Europa
sin haber perdido ni un solo partido, sólo el Milán nos empató en San
Siro y el Bayern sacó el otro empate en su casa. El resto, puras
victorias.
Buba se convirtió en la estrella del momento, goleador
en la Liga Española y en la Liga de Campeones, su cotización subió por
encima de las nubes. A mitad de temporada su agente intentó renegociar
la ficha a más del triple de su monto anual y el club se vio obligado a
venderlo a la Juve a principios de la pretemporada siguiente. Herrera
también se convirtió en un jugador ambicionado por muchos clubes. Pero
como era canterano, es decir casi se había criado en las categorías
inferiores de nuestro club, no quiso irse, aunque a mí me consta que
tuvo ofertas del Manchester, en donde hubiera ganado más. A mí también
me llovieron las ofertas, pero después de dejar marchar a Buba el club
no podía darse el lujo de desprenderse de mí y me arreglaron la ficha y
me quedé.
Para entonces ya había conocido a una catalana, que no
tardaría en ser mi esposa, y yo creo que esto influyó en mi decisión de
no marcharme. No me arrepiento de haberlo hecho. Aquella temporada
volvimos a ser campeones de la Liga Española, pero en la Liga de
Campeones nos enfrentamos en semifinales con el equipo de Buba y fuimos
eliminados.
En Italia nos metieron tres a cero y uno de los goles
lo marcó Buba, uno de los goles más bonitos que he visto en mi vida, un
gol de falta, o de tiro libre para ustedes, muchachos, desde una
distancia de más de veinte metros, lo que los brasileños llaman una hoja
muerta, una hoja de otoño. Una pelota que parece va a salir y que de
repente cae como una hoja muerta, algo que dicen que sabía hacer Didí,
algo que yo nunca le había visto hacer a Buba, y recuerdo que después
del gol Herrera me miró, yo estaba en la barrera y Herrera estaba detrás
marcando a un italiano, y cuando nuestro arquero iba a buscar la pelota
al fondo de la portería herrera me miró y se sonrió como diciendo
“vaya, vaya”, y yo también me sonreí. Fue el primer gol de los italianos
y a partir de ahí Buba se eclipsó. Lo sacaron en el minuto 50. Antes de
dejar la cancha nos abrazó a Herrera y a mí. Cuando acabó el partido
estuvimos un rato con él en los túneles del vestuario.
En el
partido de vuelta, en nuestro campo, los italianos nos empataron a cero.
Fue uno de los partidos más raros que he jugado en mi vida. Todo
pareció transcurrir como a cámara lenta y al final los italianos nos
eliminaron. Pero en líneas generales fue una temporada como para no
olvidar. Volvimos a ganar la Liga, a Herrera y a mí nos convocaron para
jugar el Mundial con nuestras respectivas selecciones, las noticias que
teníamos de Buba eran magníficas. Él también ganó la Liga italiana (el
famoso Scudetto) y la Liga de Campeones por segundo año consecutivo. Era
el jugador del momento. A veces lo llamábamos por teléfono y hablábamos
durante un rato de banalidades.
Poco antes de que nos
marcháramos a unas vacaciones que iban a ser más cortas de lo usual
(aquel año los internacionales nos concentramos para el Mundial casi sin
tiempo para nada), la noticia salió en la primera página de los
periódicos deportivos. Buba había muerto en un accidente automovilístico
camino del aeropuerto de Turín.
Nos quedamos helados. Poco más
es lo que puedo decir. Con la mano en el pecho: nos quedamos helados y
ya está. El Mundial fue asqueroso. A Chile la eliminaron en octavos,
pero no ganamos ni un solo partido. España ni siquiera pasó a octavos,
aunque ellos sí que ganaron un partido. Mi actuación, ustedes se
acordarán, fue funesta. Así que mejor no hablar. ¿El país de Buba? No,
ellos fueron eliminados en la fase previa por Camerún o Nigeria, no me
acuerdo. Buba no hubiera podido ir al Mundial ni vivo ni muerto. Como
jugador, quiero decir.
Luego pasó el tiempo y vivieron otras
ligas y otros mundiales y otros amigos. En Barcelona permanecí aún seis
años. En España, diez. Por supuesto que todavía alcancé a vivir muchas
noches de gloria, pero nada es comparable. Me retiré del fútbol jugando
en el Colo-Colo, pero ya no de extremo izquierdo, la vida de un extremo
izquierdo es corta, sino de mediocampista. Luego me dediqué a mi tienda
de deportes. Hubiera podido ser entrenador, hice el curso, pero la
verdad es que ya estaba harto. Herrera todavía jugó un par de años más.
Luego se retiró en olor de multitudes. Fue internacional más de cien
veces (yo sólo lo fui en cuarenta y tres ocasiones) y cuando dejó el
fútbol la hinchada de Barcelona le tributó un homenaje como se han visto
pocos. Ahora tiene no sé cuántas empresas en su ciudad y la vida, como
es obvio, le va bien.
Durante muchos años estuvimos sin vernos.
Hasta hace poco, que se hizo un programa de televisión, de esos más bien
nostálgicos, sobre el equipo que había ganado por primera vez la Liga
de Campeones. A mí me llegó la invitación y aunque ahora ya no me gusta
viajar, acepté porque era una ocasión para reunirme con los viejos
amigos. La ciudad, qué otra cosa voy a decir, sigue igual de bonita. Nos
alojaron en un hotel de primera y mi mujer al poco rato ya había
partido a ver a sus familiares y amistades. Yo preferí echarme en la
cama y dormir un rato, pero la verdad es que al cabo de un cuarto de
hora me di cuenta de que no iba a poder dormir.
Después me vino a
buscar un muchacho de la productora y me llevó a los estudios de
televisión. En la sala de maquillaje coincidí con Pepito Vila. Estaba
completamente calvo y me costó reconocerlo. Después apareció Delève y
aquello fue el acabose. Qué viejos estaban todos. La moral me subió un
poco cuando, antes de entrar en el plató, ví a Herrera. A él sí que lo
hubiera reconocido en cualquier parte. Nos dimos un abrazo y cruzamos
una pocas palabras, las suficientes como para que yo supiera que aquella
noche, pasara lo que pasara, cenábamos juntos.
El programa fue
largo y prolijo. Se habló de la Copa, de lo que había significado para
el club, de Buba, de aquel primer año de Buba en Europa, pero también se
habló de Buzatti y de Delève, de Palau y Pepito Vila, de mí y sobre
todo de Herrera y de su larga carrera deportiva, un ejemplo para la
juventud. Éramos siete ex jugadores y tres periodistas y dos aficionados
de relumbrón, un actor de cine y una cantante brasileña, que al final
resultó ser la más fanática seguidora que yo haya visto jamás. Se
llamaba Liza Do Elisa, no creo que fuera su nombre verdadero, pero lo
cierto es que cuando el programa se acabó (yo apenas dije cuatro
tonterías, sentía un nudo en el estómago) la Liza Do Elisa se vino a
cenar con nosotros, con Herrera y conmigo y con Pepito Vila y con uno de
los periodistas, no sé, tal vez fuera amiga de este último, el caso es
que de pronto me encontré en un restaurante en penumbra cenando con toda
esta gente y luego en una discoteca aún más oscura salvo la pista de
baile en donde yo estaba bailando unas veces solo y otras veces con la
Liza Do Elisa y finalmente, a las tantas de la mañana, en un bar del
puerto, bebiéndome un carajillo en una mesa algo sucia en donde sólo
estaba Herrera y la cantante brasileña.
No recuerdo quién de los
dos sacó el tema. Tal vez la Liza Do Elisa estuviera hablando de magia,
puede ser, tal vez Herrera quería hablar de eso y la provocó, magia
negra y magia blanca, decía la brasileña, o eso creí entender, y luego
se puso a contar historias, hechos reales que le habían sucedido en la
infancia o durante su juventud, cuanto tuvo que abrirse un camino en el
mundo del espectáculo. Recuerdo que la miré y pensé que era una mujer de
armas tomar: hablaba igual, con la misma energía y agresividad que
durante el programa de televisión. Le había costado subir y permanecía
en guardia, como si en cualquier momento la fueran a atacar. Era una
mujer hermosa, de unos treintaicinco años, con una buena delantera. Se
notaba que no había tenido una vida fácil. Pero esto no le interesaba a
Herrera, lo comprendí en el acto. Herrera quería hablar de magia, de
vudú, de ritos candomblé, de negros, en suma. Y la Liza Do Elisa no hizo
de rogar.
Así que yo me acabé el carajillo y aguanté mecha y
como el tema, sinceramente, me aburría un poco, pedí un whisky y luego
otro whisky y cuando ya empezaba a entrar la luz del día por las
ventanas del bar Herrera dijo que él tenía una historia parecida a las
historias que le había contado Liza Do Elisa y que se la iba a contar a
ver qué le parecía a ella. Y entonces yo cerré los ojos, como si tuviera
sueño, aunque no tenía nada de sueño, y escuché que Herrera contaba la
historia de Buba y de él y mía, pero sin decir que Buba era Buba ni él y
yo nosotros sino unos jugadores franceses que había conocido hacía
tiempo, y Liza Do Elisa se calló (me parece que era la primera vez que
callaba en toda la noche) hasta que Herrera llegó al final, a la muerte
de Buba, y sólo entonces Liza Do Elisa abrió la boca y dijo que sí, que
eso era posible, y Herrera preguntó por la sangre que los tres jugadores
vertían en el vaso y Liza Do Elisa dijo que aquello era parte de la
ceremonia, y luego Herrera preguntó por la música que salía del baño en
donde se encerraba el negro y Liza Do Elisa dijo que aquello también era
parte de la ceremonia, y luego Herrera preguntó por el destino de la
sangre que el negro se llevaba al baño y por el estropajo y el cubo de
agua con lejía y también quiso saber qué creía Liza Do Elisa que hacía
en el baño, y a todas las preguntas la brasileña respondió que aquello
era parte de la ceremonia, hasta que Herrera se anduvo enojando y dijo
que obviamente todo era parte de la ceremonia pero que él quería saber
en qué consistía la ceremonia. Y entonces Liza Do Elisa le dijo que a
ella no le levantara la voz, mucho menos si quería follarla, textual,
empleó esas palabras, a lo que Herrera respondió con una risotada que me
hizo recordar emocionado al Herrera de la Liga de Campeones y de las
dos Ligas que ganamos juntos, quiero decir, de las dos que ganamos con
Buba y de las cinco que ganamos en total, y después de reírse dijo que
no era su intención ofenderla (la Liza Do Elisa se ofendía por cualquier
detalle) y repitió la pregunta.
Y entonces la brasileña puso
cara de meditar y luego miró a Herrera y me miró a mí (pero a Herrera lo
miro con mucha más intensidad) y dijo que a ciencia cierta no lo sabía.
Que tal vez bebía la sangre o tal vez la arrojaba al inodoro, que tal
vez orinaba o defecaba en la sangre o que tal vez no hacía ninguna de
esas cosas, que tal vez se desnudaba y se empapaba con la sangre y
después se duchaba, pero que todo eso sólo eran suposiciones. Y luego
los tres nos quedamos callados hasta que Liza Do Elisa volvió a abrir la
boca para decir que, fuera lo que fuera, lo cierto es que aquel tipo
sufría y quería mucho.
Y luego Herrera le preguntó si ella creía
que la magia de aquel negro que jugaba en el equipo francés era
efectiva. No, dijo Liza Do Elisa. Estaba loco. ¿Cómo iba a ser efectiva?
Y Herrera dijo: ¿y por qué sus compañeros empezaron a jugar mejor?
Porque eran buenos jugadores, dijo la brasileña. Y entonces yo metí la
cuchara y le pregunté qué había querido decir con que sufría mucho,
¿sufrir cómo?, le dije, y ella respondió que con todo el cuerpo y más
que con el cuerpo con toda la mente.
- ¿Qué quieres decir, Liza? -dije yo.
- Que estaba loco, -dijo la brasileña.
El
bar había bajado la persiana metálica. En una pared distinguí varias
fotos de nuestro equipo. La brasileña nos preguntó (no sólo a Herrera, a
mí también) si estábamos hablando de Buba. Herrera no movió ni un solo
músculo de la cara. Yo tal vez asentí. La Liza Do Elisa se persignó. Me
levanté y fui a echar una ojeada a las fotos. Allí estaba nuestro once:
Herrera, de pie, con los brazos cruzados, junto a Miquel Serra, el
arquero, y Palau, y debajo de ellos, en cuclillas, Buba y yo. Yo estoy
sonriendo, como si no me preocupara nada, y Buba está serio y mira
directamente a la cámara.
Fui al baño y cuando volví Herrera
estaba junto a la barra, pagando, y la brasileña también se había
levantado y se alisaba el vestido, un vestido granate muy ajustado,
junto a la mesa. Antes de marcharnos el encargado del bar o tal vez era
el dueño, el tipo que nos había soportado hasta el amanecer, me pidió
que estampara mi firma en otra de las fotos que adornaban la pared. Allí
estaba yo solo, era una de las primeras fotos que me tomaron cuando
llegué a la ciudad. Le pregunté su nombre. Dijo que se llamaba Narcís.
Se la dediqué con afecto.
Ya clareaba cuando salimos. Como en los
viejos tiempos, caminamos durante un rato por las calles de Barcelona.
Noté sin sorpresa que Herrera llevaba a la brasileña cogida por la
cintura. Después nos metimos en un taxi y me acompañaron hasta mi hotel.