A esa edad suena música en la cabeza, todo el tiempo, como si transmitiera una radio en la nuca, bajo el cráneo. Esa música un día empieza a bajar de volumen o sencillamente se detiene. Cuando eso pasa, uno deja de ser adolescente. Pero no era el caso, ni de cerca, de la época en que hablábamos con los muertos. Entonces la música estaba a todo volumen y sonaba como Slayer, Reign in Blood.
Empezamos con la copa en casa de la Polaca, encerradas en su pieza. Teníamos que hacerlo en secreto porque Mara, la hermana de la Polaca, le tenía miedo a los fantasmas y a los espíritus, le tenía miedo a todo, bah, era una pendeja estúpida. Y teníamos que hacerlo de día, por la hermana en cuestión y porque la Polaca tenía mucha familia, todos se acostaban temprano, y lo de la copa no le gustaba a ninguno porque eran recontracatólicos, de ir a misa y rezar el rosario. La única con onda de esa familia era la Polaca, y ella había conseguido una tabla ouija tremenda, que venía como oferta especial con unos suplementos sobre magia, brujería y hechos inexplicables que se llamaban El mundo de lo oculto, que se vendían en kioscos de revistas y se podían encuadernar. La ouija ya la habían regalado varias veces con los fascículos, pero siempre se agotaba antes de que cualquiera de nosotras pudiera juntar el dinero para comprarla. Hasta que la Polaca se tomó las cosas en serio, ahorró, y ahí estábamos con nuestra preciosa tabla, que tenía los números y las letras en gris, fondo rojo y unos dibujos muy satánicos y místicos todo alrededor del círculo central. Siempre nos juntábamos cinco: yo, Julita, la Pinocha (le decíamos así porque era de madera, la más bestia en la escuela, no porque tuviera nariz grande), la Polaca y Nadia. Las cinco fumábamos, así que a veces la copa parecía flotar en humo cuando jugábamos, y le dejábamos la habitación apestando a la Polaca y su hermana. Para colmo cuando empezamos con la copa era invierno, así que no podíamos abrir las ventanas porque nos cagábamos de frío.
Así, encerradas entre humo y con la copa totalmente enloquecida nos encontró Dalila, la madre de la Polaca, y nos sacó a patadas. Yo pude recuperar la tabla —y me la quedé desde entonces— y Julita evitó que se partiera la copa, lo cual hubiera sido un desastre para la pobre Polaca y su familia, porque el muerto con el que estábamos hablando justo en ese momento parecía malísimo, hasta había dicho que no era un muerto-espíritu, nos había dicho que era un ángel caído. Igual, a esa altura, ya sabíamos que los espíritus eran muy mentirosos y mañosos, y no nos asustaban más con trucos berretas, como que adivinaran cumpleaños o segundos nombres de abuelos. Las cinco nos juramos con sangre —pinchándonos el dedo con una aguja— que ninguna movía la copa, y yo confiaba en que era así. Yo no la movía, nunca la moví, y creo de verdad que mis amigas tampoco. Al principio, a la copa siempre le costaba arrancar, pero cuando tomaba envión parecía que había un imán que la unía a nuestros dedos, ni la teníamos que tocar, jamás la empujábamos, ni siquiera apoyábamos un poco el dedo; se deslizaba sobre los dibujos místicos y las letras tan rápido que a veces ni hacíamos tiempo de anotar las respuestas a las preguntas (una de nosotras, siempre, era la que tomaba nota) en el cuaderno especial que teníamos para eso.
Cuando nos descubrió la loca de la madre de la Polaca (que nos acusó de satánicas y putas, y habló con nuestros padres: fue un garronazo) tuvimos que parar un poco con el juego, porque se hacía difícil encontrar otro lugar donde seguir. En mi casa, imposible: mi mamá estaba enferma en esa época, y no quería a nadie en casa, apenas nos aguantaba a la abuela y a mí; directamente me mataba si traía compañeras de la escuela. En lo de Julita no daba porque el departamento donde vivía con sus abuelos y su hermanito tenía un solo ambiente, lo dividían con un ropero para que hubiera dos piezas, digamos, pero era ese espacio solo, sin intimidad para nada, después quedaban solamente la cocina y el baño, y un balconcito lleno de plantas de aloe vera y coronas de Cristo, imposible por donde se lo mirara. Lo de Nadia era imposible también porque quedaba en la villa: las otras cuatro no vivíamos en barrios muy copados, pero nuestros padres no nos iban a dejar ni en pedo pasar la noche en la villa, para ellos era demasiado. Nos podríamos haber escapado sin decirles, pero la verdad es que también nos daba un poco de miedo ir. Nadia, además, no nos mentía: nos contaba que era muy brava la villa, y que ella se quería rajar lo antes que pudiera, porque estaba harta de escuchar los tiros a la noche y los gritos de los guachos repasados, y de que la gente tuviera miedo de visitarla.
Quedaba nomás lo de la Pinocha. El único problema con su casa era que quedaba muy lejos, había que tomar dos colectivos, y convencer a nuestros viejos de que nos dejaran ir hasta allá, a la loma del orto. Pero lo logramos. Los padres de la Pinocha no daban bola, así que en su casa no corríamos el riesgo de que nos sacaran a patadas hablando de Dios. Y la Pinocha tenía su propia habitación, porque sus hermanos ya se habían ido de la casa.
Por fin una noche de verano las cuatro conseguimos el permiso y nos fuimos hasta lo de la Pinocha. Era lejos de verdad, la calle donde quedaba su casa no estaba asfaltada y había zanja al lado de la vereda. Tardamos como dos horas en llegar. Pero cuando llegamos, enseguida nos dimos cuenta de que era la mejor idea del mundo haberse mandado hasta allá. La pieza de la Pinocha era muy grande, había una cama matrimonial y cuchetas: nos podíamos acomodar las cinco para dormir sin problema. Era una casa fea porque todavía estaba en construcción, con el revoque sin pintar, las bombitas colgando de los feos cables negros, sin lámparas, el piso de cemento nomás, sin azulejos ni madera ni nada. Pero era muy grande, tenía terraza y fondo con parrilla, y era mucho mejor que cualquiera de nuestras casas. Vivir tan lejos no estaba bueno, pero si era para tener una casa así, aunque estuviera incompleta, valía la pena. Allá afuera, lejos de la ciudad, el cielo de la noche se veía azul marino, había luciérnagas y el olor era diferente, una mezcla de pasto quemado y río. La casa de la Pinocha tenía todo rejas alrededor, eso sí, y también la cuidaba un perro negro grandote, creo que un rottweiler, con el que no se podía jugar porque era bravo. Vivir lejos parecía un poco peligroso, pero la Pinocha nunca se quejaba.
A lo mejor porque el lugar era tan diferente, porque esa noche nos sentíamos distintas en la casa de la Pinocha, con los padres que escuchaban a Los Redondos y tomaban cerveza, mientras el perro le ladraba a las sombras, a lo mejor por eso Julita blanqueó y se animó a decirnos con qué muertos quería hablar ella.
Julita quería hablar con su mamá y su papá.
Estuvo buenísimo que Julita finalmente abriera la boca sobre sus viejos, porque nosotras no nos animábamos a preguntarle. En la escuela se hablaba mucho del tema, pero nadie se lo había dicho nunca en la cara, y nosotras saltábamos para defenderla si alguien decía una pelotudez. La cuestión era que todos sabían que los viejos de Julita no se habían muerto en un accidente: los viejos de Julita habían desaparecido. Estaban desaparecidos. Eran desaparecidos. Nosotras no sabíamos bien cómo se decía. Julita decía que se los habían llevado, porque así hablaban sus abuelos. Se los habían llevado y por suerte habían dejado a los chicos en la pieza (no se habían fijado en la pieza, capaz: igual, Julita y su hermano no se acordaban de nada, ni de esa noche ni de sus padres tampoco).
Julita los quería encontrar con la tabla, o preguntarle a algún otro espíritu si los había visto. Además de tener ganas de hablar con ellos, quería saber dónde estaban los cuerpos. Porque eso tenía locos a sus abuelos, su abuela lloraba todos los días por no tener dónde llevar una flor. Pero además Julita era muy tremenda: decía que si encontrábamos los cuerpos, si nos daban la data y era posta, teníamos que ir a la tele o a los diarios, y nos hacíamos más que famosas, nos iba a querer todo el mundo.
A mí por lo menos me pareció refuerte esa parte de sangre fría de Julita, pero pensé que estaba bien, cosa de ella. Lo que sí, nos dijo, teníamos que empezar a pensar en otros desaparecidos conocidos, para que nos ayudaran. En un libro sobre el método de la tabla habíamos leído que ayudaba concentrarse en un muerto conocido, recordar su olor, su ropa, sus gestos, el color de su pelo, hacer una imagen mental, entonces era más fácil que el muerto de verdad viniera. Porque a veces venían muchos espíritus falsos que mentían y te quemaban la cabeza. Era difícil distinguir.
La Polaca dijo que el novio de su tía estaba desaparecido, se lo habían llevado durante el Mundial. Todas nos sorprendimos porque la familia de la Polaca era recareta. Ella nos aclaró que casi nunca hablaban del tema, pero a ella se lo había contado la tía, medio borracha, después de un asado en su casa, cuando los hombres hablaban con nostalgia de Kempes y el Campeonato del Mundo, y ella se sulfuró, se tomó un trago de vino tinto y le contó a la Polaca sobre su novio y lo asustada que había estado ella. Nadia aportó a un amigo de su papá, que cuando ella era chica venía a comer seguido los domingos y un día no había venido más. Ella no había registrado mucho la falta de ese amigo, sobre todo porque él solía ir mucho a la cancha con su viejo, y a ella no la llevaban a los partidos. Sus hermanos registraron más que ya no venía, le preguntaron al viejo, y al viejo no le dio para mentirles, para decirles que se habían peleado o algo así. Les dijo a los chicos que se lo habían llevado, lo mismo que decían los abuelos de Julita. Después, los hermanos le contaron a Nadia. En ese momento, ni los chicos ni Nadia tenían idea de adónde se lo habían llevado, o de si llevarse a alguien era común, si era bueno o era malo. Pero ahora ya todas sabíamos de esas cosas, después de la película La noche de los lápices (que nos hacía llorar a los gritos, la alquilábamos como una vez por mes) y el Nunca más —que la Pinocha había traído a la escuela, porque en su casa se lo dejaban leer— y lo que contaban las revistas y la televisión. Yo aporté a mi vecino del fondo, un vecino que había estado ahí poco tiempo, menos de un año, que salía poco a la calle pero nosotros lo podíamos ver paseando por el fondo (la casa tenía un parquecito atrás). No me lo acordaba mucho, era como un sueño, tampoco se la pasaba en el patio: pero una noche lo vinieron a buscar y mi vieja se lo contaba a todo el mundo, decía que por poco, por culpa de ese hijo de puta, casi nos llevan también a nosotras. A lo mejor porque ella lo repetía tanto a mí se me quedó grabado el vecino, y no me quedé tranquila hasta que otra familia se mudó a esa casa, y me di cuenta de que él no iba a volver más.
La Pinocha no tenía a ninguno que aportar, pero llegamos a la conclusión de que con todos los muertos desaparecidos que ya teníamos era suficiente. Esa noche jugamos hasta las cuatro de la mañana, a esa hora ya empezamos a bostezar y a tener la garganta rasposa de tanto fumar, y lo más fantástico fue que los padres de la Pinocha ni vinieron a tocar la puerta para mandarnos a la cama. Me parece, no estoy segura porque la ouija consumía mi atención, que estuvieron mirando tele o escuchando música hasta la madrugada también.
Después de esa primera noche, conseguimos permiso para ir a lo de la Pinocha dos veces más, en el mismo mes. Era increíble, pero los padres o responsables de todas habían hablado por teléfono con los viejos de la Pinocha, y por algún motivo la charla los dejó recontratranquilos. El problema era otro: nos costaba hablar con los muertos que queríamos. Daban muchas vueltas, les costaba decidirse por el sí o por el no, y siempre llegaban al mismo lugar: nos contaban dónde habían estado secuestrados y ahí se quedaban, no nos podían decir si los habían matado ahí o si los llevaron a algún otro lugar, nada. Daban vueltas después y se iban. Era frustrante. Creo que hablamos con mi vecino, pero después de escribir POZO DE ARANA se fue. Era él, seguro: nos dijo su nombre, lo buscamos en el Nunca más y ahí estaba, en la lista. Nos cagamos en las patas: era el primer muerto posta posta con el que hablábamos. Pero de los padres de Julita, nada.
Fue la cuarta noche en lo de la Pinocha cuando pasó lo que pasó. Habíamos logrado comunicarnos con uno que conocía al novio de la tía de la Polaca, habían estudiado juntos, decía. El muerto con el que hablamos se llamaba Andrés, y nos dijo que no se lo habían llevado ni había desaparecido: él mismo se había escapado a México, y ahí se murió después, en un accidente de coche, nada que ver. Bueno, este Andrés tenía rebuena onda, y le preguntamos por qué todos los muertos se iban cuando les preguntamos adónde estaban sus cuerpos. Nos dijo que algunos se iban porque no sabían dónde estaban, entonces se ponían nerviosos, incómodos. Pero otros no contestaban porque alguien les molestaba. Una de nosotras. Quisimos saber por qué, y nos dijo que no sabía el motivo, pero que era así, una de nosotras estaba de más.
Después, el espíritu se fue.
Nos quedamos pensando un toque en eso, pero decidimos no darle importancia. Al principio, en nuestros primeros juegos con la tabla, siempre le preguntábamos al espíritu que venía si alguien molestaba. Pero después dejamos de hacerlo porque a los espíritus les encantaba molestar con eso, y jugaban con nosotras, primero decían Nadia, después decían no, con Nadia está todo bien, la que molesta es Julita, y así nos podían tener toda la noche poniendo y sacando el dedo de la copa, y hasta yéndonos de la habitación, porque los guachos no tenían límites en sus pedidos.
Lo de Andrés nos impresionó tanto, igual, que decidimos repasar la conversación anotada en el cuaderno, mientras destapábamos una cerveza.
Entonces tocaron a la puerta de la pieza. Nos sobresaltamos un poco, porque los padres de la Pinocha nunca molestaban.
—¿Quién es? —dijo la Pinocha, y la voz le salió un poco tembleque. Todas teníamos un poco de cagazo, la verdad.
—Leo, ¿puedo pasar?
—¡Dale, boludo! —La Pinocha se levantó de un salto y abrió la puerta. Leo era su hermano mayor, que vivía en el centro y visitaba a los viejos nomás los fines de semana, porque trabajaba todos los días. Y tampoco venía todos los fines de semana, porque a veces estaba demasiado cansado. Nosotras lo conocíamos porque antes, cuando éramos más chicas, en primero y segundo año, a veces él iba a buscar a la Pinocha a la escuela, cuando los viejos no podían. Después empezamos a usar el colectivo, ya estábamos grandes. Una lástima, porque dejamos de ver a Leo, que estaba fuertísimo, un morocho de ojos verdes con cara de asesino, para morirse. Esa noche, en la casa de la Pinocha, estaba tan lindo como siempre. Todas suspiramos un poco y tratamos de esconder la tabla, nomás para que él no pensara que éramos raras. Pero no le importó.
—¿Jugando a la copa? Es jodido eso, a mí me da miedo, revalientes las pendejas —dijo. Y después la miró a su hermana—: Pendeja, ¿me ayudás a bajar de la camioneta unas cosas que les traje a los viejos? Mamá ya se fue a acostar y el viejo está con dolor de espalda…
—Qué ganas de joder que tenés, ¡es retarde!
—Y bueno, me pude venir recién a esta hora, qué querés, se me hizo tarde. Copate, que si dejo las cosas en la camioneta me las pueden afanar.
La Pinocha dijo bueno con mala onda, y nos pidió que esperemos. Nos quedamos sentadas en el suelo alrededor de la tabla, hablando en voz baja de lo lindo que era Leo, que ya debía tener como veintitrés años, era mucho más grande que nosotras. La Pinocha tardaba, nos extrañó. A la media hora, Julita propuso ir a ver qué pasaba.
Y entonces todo pasó muy rápido, casi al mismo tiempo. La copa se movió sola. Nunca habíamos visto una cosa así. Sola solita, ninguna de nosotras tenía el dedo encima, ni cerca. Se movió y escribió muy rápido, «ya está». ¿Ya está? ¿Qué cosa ya está? Enseguida, un grito desde la calle, desde la puerta: la voz de la Pinocha. Salimos corriendo a ver qué pasaba, y la vimos abrazada a la madre, llorando, las dos sentadas en el sillón al lado de la mesita del teléfono. En ese momento no entendimos nada, pero después, cuando se tranquilizó un poco la cosa —un poco—, reconstruimos más o menos.
La Pinocha había seguido a su hermano hasta la vuelta de la casa. Ella no entendía por qué había dejado la camioneta ahí, si había lugar por todos lados, pero él no le contestó. Se había puesto distinto cuando salieron de la casa, se había puesto mala onda, no le hablaba. Cuando llegaron a la esquina, él le dijo que esperara y, según la Pinocha, desapareció. Estaba oscuro, así que podía ser que hubiera caminado unos pasos y ya se perdiera de vista, pero según ella había desaparecido. Esperó un rato a ver si volvía, pero como tampoco estaba la camioneta, le dio miedo. Volvió a la casa y encontró a los viejos despiertos, en la cama. Les contó que había venido Leo, que estaba superraro, que le había pedido bajar algunas cosas de la camioneta. Los viejos la miraron como si estuviera loca. «Leo no vino, nena, ¿de qué estás hablando? Mañana trabaja temprano». La Pinocha empezó a temblar de miedo y decir «era Leo, era Leo», y entonces su papá se calentó, le gritó si estaba drogada o qué. La mamá, más tranquila, le dijo: «Hagamos una cosa: lo llamamos a Leo a la casa. Debe estar durmiendo ahí». Ella también dudaba un poco ahora, porque veía que la Pinocha estaba muy segura y muy alterada. Llamó, y después de un rato largo Leo la atendió, puteando, porque estaba en el quinto sueño. La madre le dijo «después te explico» o algo así, y se puso a tranquilizar a la Pinocha, que tuvo tremendo ataque de nervios.
Hasta la ambulancia vino, porque la Pinocha no paraba de gritar que «esa cosa» la había tocado (el brazo sobre los hombros, como en un abrazo que a ella le dio más frío que calor), y que había venido porque ella era «la que molestaba».
Julita me dijo, al oído, «es que a ella no le desapareció nadie». Le dije que se callara la boca, pobre Pinocha. Yo también tenía mucho miedo. Si no era Leo, ¿quién era? Porque esa persona que había venido a buscar a la Pinocha era tal cual su hermano, como un gemelo idéntico, ella no había dudado ni un segundo. ¿Quién era? Yo no quería acordarme de sus ojos. No quería volver a jugar a la copa ni volver a lo de la Pinocha.
Nunca volvimos a juntarnos. La Pinocha quedó mal y los padres nos acusaban —pobres, tenían que acusar a alguien— y decían que le habíamos hecho una broma pesada, que la había dejado medio loca. Pero todas sabíamos que no era así, que la habían venido a buscar porque, como nos dijo el muerto Andrés, ella molestaba. Y así se terminó la época en que hablábamos con los muertos.
viernes, 24 de octubre de 2025
Cuando hablábamos con los muertos, Mariana Enríquez
miércoles, 11 de septiembre de 2024
Martín Fierro's foreword, by José Hernández
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN DE EL GAUCHO MARTÍN FIERRO (1872)
Señor D. José Zoilo Miguens.
Querido amigo:
Al fin me he decidido a que mi pobre Martín Fierro, que me ha ayudado algunos
momentos a alejar el fastidio de la vida del hotel, salga a conocer el mundo, y allá va
acogido al amparo de su nombre. No le niegue su protección, usted que conoce bien
todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esa clase desheredada de
nuestro país.
Es un pobre gaucho, con todas las imperfecciones de forma que el arte tiene todavía
entre ellos, y con toda la falta de enlace en sus ideas, en las que no existe siempre una
sucesión lógica, descubriéndose frecuentemente entre ellas apenas una relación oculta y
remota.
Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un tipo que
personificara el carácter de nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de
pensar y de expresarse que les es peculiar, dotándolo con todos los juegos de su
imaginación llena de imágenes y de colorido, con todos los arranques de su altivez,
inmoderados hasta el crimen, y con todos los impulsos y arrebatos, hijos de una
naturaleza que la educación no ha pulido y suavizado.
Cuantos conozcan con propiedad el original podrán juzgar si hay o no semejanza en
la copia.
Quizá la empresa habría sido para mí más fácil, y de mejor éxito, si sólo me hubiera
propuesto hacer reír a costa de su ignorancia, como se halla autorizado por el uso en
este género de composiciones; pero mi objeto ha sido dibujar a grandes rasgos, aunque
fielmente, sus costumbres, sus trabajos, sus hábitos de vida, su índole, sus vicios y sus
virtudes; ese conjunto que constituye el cuadro de su fisonomía moral, y los accidentes
de su existencia llena de peligros, de inquietudes, de inseguridad, de aventuras y de
agitaciones constantes. Y he deseado todo esto, empeñándome en imitar ese estilo
abundante en metáforas, que el gaucho usa sin conocer y sin valorar, y su empleo
constante de comparaciones tan extrañas como frecuentes; en copiar sus reflexiones con
el sello de la originalidad que las distingue y el tinte sombrío de que jamás carecen,
revelándose en ellas esa especie de filosofía propia que, sin estudiar, aprende en la
misma naturaleza; en respetar la superstición y sus preocupaciones, nacidas y
fomentadas por su misma ignorancia; en dibujar el orden de sus impresiones y de sus
afectos, que él encubre y disimula estudiosamente; sus desencantos, producidos por su
misma condición social, y esa indolencia que le es habitual, hasta llegar a constituir una
de las condiciones de su espíritu; en retratar, en fin, lo más fielmente que me fuera
posible, con todas sus especialidades propias, ese tipo original de nuestras pampas, tan
poco conocido por lo mismo que es difícil estudiarlo, tan erróneamente juzgado muchas
veces, y que, al paso que avanzan las conquistas de la civilización, va perdiéndose casi
por completo.
Sin duda que todo esto ha sido demasiado desear para tan pocas páginas, pero no se
me puede hacer un cargo por el deseo, sino por no haberlo conseguido.
Una palabra más, destinada a disculpar sus defectos. Páselos usted por alto porque
quizá no lo sean todos los que a primera vista puedan parecerlo, pues no pocos se
encuentran allí como copia o imitación de los que lo son realmente.
Por lo demás, espero, mi amigo, que usted lo juzgará con benignidad, siquiera sea
porque Martín Fierro no va de la ciudad a referir a sus compañeros lo que ha visto y
2
admirado en un 25 de Mayo u otra función semejante, referencias algunas de las cuales,
como el Fausto y varias otras, son de mucho mérito ciertamente, sino que cuenta sus
trabajos, sus desgracias, los azares de su vida de gaucho, y usted no desconoce que el
asunto es más difícil de lo que muchos se imaginarán.
Y con lo dicho basta para preámbulo, pues ni Martín Fierro exige más, ni usted
gusta mucho de ellos, ni son de la predilección del público, ni se avienen con el carácter
de
Su verdadero amigo,
JOSÉ HERNÁNDEZ
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN DE
LA VUELTA DE MARTÍN FIERRO (1879)
Cuatro palabras de conversación con los lectores
Entrego a la benevolencia pública, con el título La vuelta de Martín Fierro, la
segunda parte de una obra que ha tenido una acogida tan generosa, que en seis años se
han repetido once ediciones, con un total de cuarenta y ocho mil ejemplares.
Esto no es vanidad de autor, porque no rindo tributo a esa falsa diosa; ni bombo de
editor, porque no lo he sido nunca de mis humildes producciones.
Es un recuerdo oportuno y necesario para explicar por qué el primer tiraje del
presente libro consta de veinte mil ejemplares, divididos en cinco secciones o ediciones
de a cuatro mil números cada una; y agregaré que confío en que el acreditado
Establecimiento Tipográfico del señor Coni hará una impresión esmerada, como la
tienen todos los libros que salen de sus talleres.
Lleva también diez ilustraciones incorporadas en el texto, y creo que en los
dominios de la literatura es la primera vez que una obra sale de las prensas nacionales
con esta mejora.
Así se empieza.
Las láminas han sido dibujadas y calcadas en la piedra por don Carlos Clerice,
artista compatriota que llegará a ser notable en su ramo, porque es joven, tiene escuela,
sentimiento artístico y amor al trabajo.
El grabado ha sido ejecutado por el señor Supot,
que posee el arte nuevo y poco generalizado todavía entre nosotros de fijar en láminas
metálicas lo que la habilidad del litógrafo ha calcado en la piedra, creando o imaginando
posiciones que interpreten con claridad y sentimiento la escena descrita en el verso.
No se ha omitido, pues, ningún sacrificio a fin de hacer una publicación en las más
aventajadas condiciones artísticas.
En cuanto a su parte literaria, sólo diré que no se debe perder de vista al juzgar los
defectos del libro que es copia fiel de una original que los tiene, y repetiré que muchos
defectos están allí con el objeto de hacer más evidente y clara la imitación de los que lo
son en realidad.
Un libro destinado a despertar la inteligencia y el amor a la lectura en una población
casi primitiva, a servir de provechoso recreo, después de las fatigosas tareas, a millares
de personas que jamás han leído, debe ajustarse estrictamente a los usos y costumbres
de esos mismos lectores, rendir sus ideas e interpretar sus sentimientos en su mismo
lenguaje, en sus frases más usuales, en su forma más general, aunque sea incorrecta; con
sus imágenes de mayor relieve y con sus giros más característicos, a fin de que el libro
se identifique con ellos de una manera tan estrecha e íntima, que su lectura no sea sino
una continuación natural de su existencia.
Sólo así pasan sin violencia del trabajo al
libro; y sólo así esa lectura puede serles amena, interesante y útil.
¡Ojalá hubiera un libro que gozara del dichoso privilegio de circular incesantemente
de mano en mano en esta inmensa población diseminada en nuestras vastas campañas, y
que bajo una forma que lo hiciera agradable, que asegurara su popularidad, sirviera de
ameno pasatiempo a sus lectores!, pero:
Enseñando que el trabajo honrado es la fuente principal de toda mejora y bienestar.
Enalteciendo las virtudes morales que nacen de la ley natural y que sirven de base a
todas las virtudes sociales.
Inculcando en los hombres el sentimiento de veneración hacia su Creador,
inclinándolos a obrar bien.
Afeando las supersticiones ridículas y generalizadas que nacen de una deplorable
ignorancia.
Tendiendo a regularizar y dulcificar las costumbres, enseñando por medios
hábilmente escondidos la moderación y el aprecio de sí mismo, el respeto a los demás,
estimulando la fortaleza por el espectáculo del infortunio acerbo, aconsejando la
perseverancia en el bien y la resignación en los trabajos.
Recordando a los Padres los deberes que la naturaleza les impone para con sus hijos,
poniendo ante sus ojos los males que produce su olvido, induciéndolos por ese medio a
que mediten y calculen por sí mismos todos los beneficios de su cumplimiento.
Enseñando a los hijos cómo deben respetar y honrar a los autores de sus días.
Fomentando en el esposo el amor a su esposa, recordando a ésta los santos deberes
de su estado; encareciendo la felicidad del hogar, enseñando a todos a tratarse con
respeto recíproco, robusteciendo por todos estos medios los vínculos de la familia y de
la sociabilidad.
Afirmando en los ciudadanos el amor a la libertad, sin apartarse del respeto que es
debido a los superiores y magistrados.
Enseñando a hombres con escasas nociones morales que deben ser humanos y
clementes, caritativos con el huérfano y con el desvalido, fieles a la amistad, gratos a los
favores recibidos, enemigos de la holgazanería y del vicio, conformes con los cambios
de fortuna, amantes de la libertad, tolerantes, justos y prudentes siempre.
Un libro que todo esto, más que esto o parte de esto enseñara sin decirlo, sin revelar
su pretensión, sin dejarla conocer siquiera, sería indudablemente un buen libro, y por
cierto que levantaría el nivel moral e intelectual de sus lectores, aunque dijera naides
por nadie, resertor por desertor, mesmo por mismo u otros barbarismos semejantes,
cuya enmienda le está reservada a la escuela, llamada a llenar un vacío que el poema
debe respetar, y a corregir vicios y defectos de fraseología, que son también elementos
de que se debe apoderar el arte para combatir y extirpar males morales más
fundamentales y trascendentes, examinándolos bajo el punto de vista de una filosofía
más elevada y pura.
El progreso de la locución no es la base del progreso social, y un
libro que se propusiera tan elevados fines debería prescindir por completo de las
delicadas formas de la cultura de la frase, subordinándose a las imperiosas exigencias de
sus propósitos moralizadores, que serían en tal caso el éxito buscado.
Los personajes colocados en escena deberían hablar en su lenguaje peculiar y
propio, con su originalidad, su gracia y sus defectos naturales, porque, despojados de
ese ropaje, lo serían igualmente de su carácter típico, que es lo único que los hace
simpáticos, conservando la imitación y la verosimilitud en el fondo y en la forma.
Entra también en esta parte la elección del prisma a través del cual le es permitido a
cada uno estudiar sus tiempos. Y aceptando esos defectos como un elemento, se idealiza
también, se piensa, se inclina a los demás a que piensen igualmente, y se agrupan, se
preparan y conservan pequeños monumentos de arte para los que han de estudiarnos
mañana y levantar el grande monumento de la historia de nuestra civilización.
El
gaucho no conoce ni siquiera los elementos de su propio idioma, y sería una
impropiedad, cuando menos, y una falta de verdad muy censurable, que quien no ha
abierto jamás un libro siga la reglas de arte de Blair, Hermosilla o la Academia.
El gaucho no aprende a cantar. Su único maestro es la espléndida naturaleza que en
variados y majestuosos panoramas se extiende delante de sus ojos.
Canta porque hay en
él cierto impulso moral, algo de métrico, de rítmico que domina en su organización, y
que lo lleva hasta el extraordinario extremo de que todos sus refranes, sus dichos
agudos, sus proverbios comunes son expresados en dos versos octosílabos perfectamente medidos, acentuados con inflexible regularidad, llenos de armonía, de
sentimiento y de profunda intención.
Eso mismo hace muy difícil, si no de todo punto imposible, distinguir y separar
cuáles son los pensamientos originales del autor y cuáles los que son recogidos de las
fuentes populares.
No tengo noticia que exista ni que haya existido una raza de hombre aproximado a
la naturaleza, cuya sabiduría proverbial llene todas las condiciones rítmicas de nuestros
proverbios gauchos.
Qué singular es y qué digno de observación, el oír a nuestros paisanos más incultos
expresar en dos versos claros y sencillos máximas y pensamientos morales que las
naciones más antiguas, la India y la Persia, conservaban como un tesoro inestimable de
su sabiduría proverbial; que los griegos escuchaban con veneración en boca de sus
sabios más profundos, de Sócrates, fundador de la moral, de Platón y de Aristóteles; que
entre los latinos difundió gloriosamente el afamado Séneca; que los hombres del Norte
les dieron lugar preferente en su robusta y enérgica literatura; que la civilización
moderna repite por medio de sus moralistas más esclarecidos, y que se hallan
consagrados fundamentalmente en los códigos religiosos de todos los grandes
reformadores de la humanidad.
Indudablemente que hay cierta semejanza íntima, cierta identidad misteriosa entre
todas las razas del globo que sólo estudian en el gran libro de la naturaleza, pues que de
él deducen y vienen deduciendo desde hace más de tres mil años la misma enseñanza,
las mismas virtudes naturales, expresadas en prosa por todos los hombres del globo, y
en verso por los gauchos que habitan las vastas y fértiles comarcas que se extienden a
las dos márgenes del Plata.
El corazón humano y la moral son los mismos en todos los
siglos.
Las civilizaciones difieren esencialmente. «Jamás se hará -dice el doctor don V.
F. López en su prólogo a Las neurosis- un profesor o un catedrático europeo de un
bracma». Así debe ser: pero no ofrecería la misma dificultad el hacer de un gaucho un
bracma lleno de sabiduría, si es que los bracmas hacen consistir toda su ciencia en su
sabiduría proverbial, según los pinta el sabio conservador de la Biblioteca Nacional de
París en La sabiduría popular de las naciones, que difundió en el Nuevo Mundo el
americano Pazos Kanki.
Saturados de ese espíritu gaucho hay entre nosotros algunos poetas de formas muy
cultas y correctas, y no ha de escasear el género porque es una producción legítima y
espontánea del país, y que en verdad no se manifiesta únicamente en el terreno florido
de la literatura.
Concluyo aquí, dejando a la consideración de los benévolos lectores lo que yo no
puedo decir sin extender demasiado este prefacio, poco necesario en las humildes coplas
de un hijo del desierto.
¡Sea el público indulgente con él! y acepte esta humilde producción que le
dedicamos como que es nuestro mejor y más antiguo amigo.
La originalidad de un libro debe empezar en el prólogo.
Nadie se sorprenda, por tanto, ni de la forma ni de los objetos que éste abraza. Y
debemos terminarlo haciendo público nuestro agradecimiento hacia los distinguidos
escritores que acaban de honrarnos con su fallo, como el señor don José Tomás Guido,
en una bellísima carta que acogieron deferentes La Tribuna y La Prensa, y que
reprodujeron en sus columnas varios periódicos de la República; el Dr. don Adolfo
Saldias, en un meditado trabajo sobre el tipo histórico y social del gaucho; el doctor don
Miguel Navarro Viola, en la última entrega de la Biblioteca Popular, estimulándonos
con honrosos términos a continuar en la tarea empezada.
Diversos periódicos de la ciudad y campaña como El Heraldo, del Azul; La Patria,
de Dolores; El Oeste, de Mercedes, y otros, han adquirido también justos títulos a
nuestra gratitud, que consideramos como una deuda sagrada.
Terminamos esta breve reseña con La Capital, del Rosario, que ha anunciado La
vuelta de Martín Fierro haciendo concebir esperanzas que Dios sabe si van a ser
satisfechas.
Ciérrase este prólogo diciendo que se llama este libro La vuelta de Martín Fierro
porque ese título le dio el público antes, mucho antes de haber pensado yo en escribirlo;
y allá va a correr tierras con mi bendición paternal.
JOSÉ HERNÁNDEZ
lunes, 29 de julio de 2024
Escribir es elegir palabras, Martín Caparrós
Escribir es elegir palabras, quedarse con las que suman (y dicen algo de verdad) y borrar lo que sobra.
jueves, 8 de febrero de 2024
La voz narrativa de mi tío argentino en wasap
lunes, 3 de octubre de 2022
Hago el amor con la poesía - Alejandra Pizarnik
Mis poemas los hago con mucha paciencia. Un poeta no tiene apuro, no debe. Un verso, una línea, la escribo palabra a palabra. Cada palabra la anoto en una tarjeta distinta, por ejemplo “La viajera marca su intensidad con desobediencia”. Tengo, pues, siete trajetas, bastantes grandes. Las ubico en mi cama y comienza el trabajo. Voy moviendo las tarjetas como peones de un damero de ajedrez. “La desobediencia de la viajera es su intensidad”. Con los pies voy tapando las palabras, puede aparecer: “Marca la intensidad, desobedece la viajera” o todavía “Viajera sin maletas; con intensidad guarda su desobediencia” y acaso lo prefiero, resulta: “La intensidad apura a la viajera, será desobediente” y así y así estoy horas y horas y es importante cada espacio, cada viaje de la viajera desobediente. Fumo mucho, desobedezco. Ahora las tarjetas se han ensuciado de tanto taparlas y descubrirlas. Cada vez. Mi cuerpo se revuelve, hago el amor con la poesía, músculo a músculo, tarjeta a tarjeta.
Fragmento de una carta de Alejandra Pizarnik a León Ostrov
Carta de Julio Cortázar a Alejandra Pizarnik
“Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.
Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.
"Voces", poem by Antonio Porcha
Dos cosas no iguales son la mayor desigualdad. Todas las cosas no iguales son la menor desigualdad.
Hieres y volverás a herir, porque hieres y te apartas. No acompañas la herida.
Cuando no me ves perdido quisieras verme perdido, para salvarme. Eres igual a tu dios. Necesitas salvar.
Estoy en el ayer, en el hoy. ¿Y en el mañana? En un mañana estuve.
Me ha sucedido una pequeña tontería. Y el mundo se ha hecho otro y el universo se ha hecho otro. Qué gran tontería, el mundo y el mismo universo.
Creías que destruir era lo mismo que unir. Y has destruido lo que separa. Y has destruido todo, porque no hay nada sin lo que separa.
A veces una palabra que parece demás no está demás, porque acompaña.
Creen que moverse es vivir. Y se mueven, no para vivir. Se mueven para creer que viven.
Cuando para acercarte a alguien te alejas de alguien, sólo te alejas de alguien.
El hombre es uno, el río es uno, el astro es uno.
Uno, uno, uno. Hay un infinito de uno. ¡Ya no hay ni un dos!
Si me reprocharas cuando me equivoco y cuando no me equivoco y no solamente cuando me equivoco, me lastimarían menos tus reproches.
Y si cuanto encuentras en cuanto buscas, siempre, en vano encuentras. En vano buscas.
miércoles, 29 de junio de 2022
"El amigo chino", Leila Guerriero
El cartel flota en la noche de Buenos Aires como el ala de una mariposa seca: Supermercado Express, letras rojas sobre fondo verde. En la vereda, una pizarra anuncia que se aceptan tarjetas de crédito y débito. Tomates y naranjas brillan lustrosos frente a los carritos de metal que se usan para llevar pedidos a domicilio. Desde adentro, detrás de su pequeño mostrador, Ale, el dueño del supermercado, me ve y me saluda con un gesto. No lo dice, pero es como si lo dijera. Durante dos meses, en cada uno de nuestros encuentros, cada vez que lo llamaba por su nombre, Ale se daba vuelta y decía, decepcionado: «Ah, Leila».
Ale es chino, y sabe muchas cosas de mí. Cuando estoy en casa, cuando salgo de viaje, cuándo se termina mi dinero y cuándo no hay más comida en mi heladera. Técnicamente, y desde hace cinco años, Ale es el hombre que me alimenta. Lo veo más que a cualquiera de mis amigos, hablo con él dos o tres veces por semana, sabe que me gusta el queso estacionado y que no como nada que tenga ajo. Cuando hago un pedido por teléfono y olvido algo —pan, leche— me lo recuerda:
—¿Hoy no pan, hoy no leche?
Si le pido cuatrocientos gramos de jamón crudo se alarma:
—Muy caro. ¿Tanto quiere?
Conoce mi nombre, mi número de documento, mi profesión, el nombre del periódico donde trabajo, la dirección exacta de mi casa y la cantidad de gaseosa y pasta dental que consumo por semana.
En cambio yo (después de entrevistarlo una docena de veces, de citarlo en bares y hablar a hurtadillas en su lugar de trabajo para responder una pregunta simple: por qué vino de su China milenaria a estas jóvenes pampas del sur) todavía no sé —nunca sabré— nada de él.
***
La primera vez que lo vi fuera del supermercado fue en una confitería, luces dicroicas, plantas colgantes. El mozo trajo un jugo de naranja y nos miró con sorna, pero Ale, que desconoce el idioma mudo del desprecio, agradeció.
—Mucha gracia.
Después, dibujó la China sobre una servilleta de papel.
—Acá provincia Guandong. Acá provincia Fujian, mi provincia. Antes viene más gente de Guandong. Ahora viene más gente de Fujian, paisano mío.
Hace cinco años, Ale no se llamaba Ale sino Huang, pero dejó ese nombre con todas las cosas que dejó en la República Popular China, en su aldea de Fujian, ciento veinte mil kilómetros cuadrados —la mitad de la superficie de la provincia de Buenos Aires— donde se agolpan treinta y cinco millones de habitantes —el equivalente a los de toda la Argentina. Ale nació muy budista en aquel país donde se festejan el Festival de la Primavera y la Fiesta de las Linternas, donde la edad da prestigio y el tiempo se cuenta por ciclos lunares regulados por la naturaleza, y se mudó en el año 2000 a Buenos Aires, Argentina, donde los viejos son resaca, el tiempo se paga caro y la mayor fiesta del año es el nacimiento de un dios improbable en el que él no cree. A cambio, es el joven dueño de un supermercado que permanece abierto de lunes a sábado de 9 a 22, domingos de 9 a 13 y de 17 a 22, sin feriados nacionales ni días de guardar.
—¿Por qué viniste, Ale?
—Para conocer mundo –dijo Ale, cuando le pregunté.
—¿Conocés otras partes de China?
—Una vez fui Pekín, con abelo. Vi palacio, y eso de paredes largas… cómo dice…
—La muralla china.
—Sí. Mú rá yá. Mucho año, mil y pico, era de rey. Lindo Pekín, pero ciudad grande. Mi ciudad, chica, entre campo y ciudad. A veces mejor vive campo, otra mejor vive ciudad. Depende carácter.
—¿Y cuando vivías en China qué hacías?
—Primero, secundaria. Después aprende tres años como técnico, y después aprende dibujar dibujo. Y cocinero. Después, mi paisano está acá y yo viene. Pero dos años antes de llegar a Argentina, mi mamá fue Bolivia, a trabajar en negocio de venta de pollo parrilla. Yo tiene 18 año cuando mamá fue Bolivia.
—¿Por qué se fue tu mamá a Bolivia?
—Tiene pariente allá. Allá tiene mucho paisano que dicen que afuera de mi país es lindo, tiene mucha cosa, y yo dije voy a salir para ver, yo también quiere salir de país para conocer mundo. Y ahí me fui, salí a mundo.
Algo azul destella sobre la mesa: el celular. Ale atiende y habla en chino. Después pregunta:
—¿Puede ser basta por hoy? Llama mamá, dice que vino señor que debe plata.
Mientras caminamos de regreso me dice que tiene una hermana menor, que en la China los hijos obedecen a sus padres y los padres a los abuelos y todos obedecen al que tenga más edad. Y que tiene un hijo de dos meses que se llama Sergio.
—No tiene nombre chino, toravía.
Yo ni siquiera sabía que Ale tuviera una mujer.
***
La China es un país desmesurado.
Nueve millones y medio de kilómetros cuadrados, mil trecientos millones de habitantes, dieciocho mil kilómetros de costa, cinco mil cuatrocientas islas y cuatro milenios de civilización que alcanzaron para que brotaran el papel, la imprenta, la brújula, la pólvora, Mao, la Revolución Cultural, Tian’anmen y el tren que llega del aeropuerto de Shangai hasta el centro —treinta y cinco kilómetros— en siete minutos. Cincuenta mil hijos de esa China viven en Buenos Aires donde llegaron en mayor número hace diez años, muchos para abrir supermercados alrededor de los que se tejieron las peores famas: competencia desleal, explotación de los empleados, suciedad.
El supermercado de Ale es luminoso, tiene unos seis metros de ancho por catorce de fondo con los habituales sectores de té y fideos, aceites y conservas, vinos, lácteos, fiambrería, carnicería, productos de limpieza y una verdulería al frente. En este negocio, que era de una de sus primas, Ale empezó atendiendo las cajas registradoras, tomó pedidos por teléfono, acomodó mercadería, y finalmente lo compró. Ahora se prepara para un futuro de esplendor: sabe que es buen negociante.
Es martes, casi de noche, y este hijo de la China está en su negocio floreciente, escribiendo carteles que ofertan galletas a tres por uno.
—Hola, Ale.
—Ah, Leila —se decepciona—. Diculpa, ahora no puede habla, tiene mucho trabajo.
—¿Y no querés que hablemos acá, mientras trabajás?
—Bueno, no hay probrema.
Su única hermana —una muchacha con una margarita azul dibujada en cada uña— mira con sorna desde la caja registradora. En la otra caja hay un primo recién llegado: Xin. Un chico frágil que casi no habla español, con el aspecto de un pájaro lastimado y el pelo como una lluvia de pesadumbre. Parece inanimado, recién salido de una bañera de agua tibia. Le recuerdo a Ale la primera vez que me habló: fue hace cuatro años. Ale atendía la caja, me estaba dando el vuelto, y de pronto dijo en un español de manual:
—¿Ushté toma-rá vá-cá-rá-ció-nés?
En aquel momento le dije que sí, que en abril, pero él no entendió. Sólo le habían enseñado a preguntar.
—Ah, sí, sí. Yo tomaba clase con profesora cateyano. Ahora no puede, no tiene tiempo, trabaja, puro trabaja.
—¿No extrañás la China?
—Cuando primero venir Argentina, sí, extraño China. Ahora, extraño meno. Pero extraño mi abela, mi abelo. A mí me gusta acá. No pone triste que China lejos. Pone triste a veces por pelear con pariente, pelea con papá, mamá, este cosa medio triste. Otro no. Problema de trabajo, pero eso no pone triste. Ahora, hace do mese, vino papá. Técnico elétrico papá, todavía no trabaja porque no sabe idioma.
—¿Tu papá no pudo venir antes?
—No, porque tiene mi abelo enfermo. Año pasado abelo murió y yo no puede volver. Eso feo. Mi abela vive ahora con uno otro tío.
—¿Y vos vas a volver a China?
—Algún día me vuelvo por mi país. Ahora no. Pero mejor vivir acá. Acá persona muy amable. Más educados que campo. Yo en China, vivo en campo. Acá ciudad, gente más educada.
—Pero la gente dice cosas horribles de los chinos acá.
—No sé. Puede ser porque antes vino chino todo de edad grande. Y chino antiguo habla muy fuerte y acá gente habla muy suave, habla muy chiquito. Y alguno paisano no sabe eso, y la gente acá piensa que chino está enojado o trata mal, pero no, es manera hablar. Acá gente cree que chino come cualquiera cosa. Un vez taxista me dice: «Salió en diario que chino come gato».
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Dije: «Yo no como gato, pero en todo mundo hay gente epeshial».
—¿Esto era como lo imaginabas?
—No. Es ciudá, y cuando yo viene acá imagina que Argentina era… así, como caballo caminando… este ariba. Cómo se llama este… caballo caminando…
Se pone pálido, aprieta la boca en un coágulo rosa, preso en su idioma, yo en el mío.
—¿Te imaginabas que acá había caballos?
—No, no. Como caballo, como caminando caballo ariba…
—¿Gaucho?
—No, no. Dibuja una línea ondulada.
—Este, camina ariba.
—¿Montañas? —le pregunto, modulando cada sílaba como si Ale en vez de un hombre que cruzó el océano, que maneja un comercio y es padre de una persona pequeña, fuera sordo. O un poco idiota.
—¿Pampa?
—No.
Al fin, el dice: «Verde» y yo grito: «¡Pasto!». Ale imaginaba un país cubierto de pasto: lo que pisan los caballos.
—Esto es más famoso de Argentina: pato. Perdona mi cateyano. Hay cosa que yo sé, pero no sabe cómo se habla. ¿Cómo se llama eto? ¿Oreja?
—No, ceja.
—Ah, ceja. ¿Ve? Si no habla, olvida.
Finalmente Ale dice que ese fin de semana no podremos encontrarnos porque viajará a la ciudad de Rosario, para visitar a la familia de su mujer, Clarita. De modo que hago cuentas: a su aldea, Pekín y Buenos Aires hay que sumar Rosario. Ale, que se fue de China para conocer el mundo, conoce cuatro ciudades del globo.
No entiendo.
Entonces llamo al señor Han.
***
En una de las zonas caras del barrio de Belgrano está la residencia del cónsul chino. Allí funciona la oficina del agregado cultural, el señor Han Mengtang, un hombre que hace diez años vive en distintos países de Sudamérica como funcionario chino.
—Claro, no se entiende porque es diferente, usted lo ve como occidental —me había explicado por teléfono—. En Occidente, aunque no tenga dinero, la gente viaja. En Oriente, la gente primero echa una buena base económica, y entonces viaja. A los cincuenta, cuando ya los hijos están grandes, dejan supermercados y se van de viaje.
En el consulado no hay banderas ni escudos, pero los números del portero eléctrico están en chino, sin traducción. Toco uno cualquiera y alguien dice algo y suena una chicharra. La puerta se abre. Tres segundos —literales— después el señor Han sale del ascensor trajeado, sonriente, y me invita a sentarme en ese hall desangelado.
—Oriente es muy distinto de Occidente. El budismo chino piensa que la vida es un círculo, viene aquí y luego en el futuro tiene otra vida. El occidental piensa en el presente, no en el futuro. Para el chino, en el presente tiene que hacer bien, porque si uno hace maldades en esta vida, en el futuro tiene que pagar. Pasar bien el presente es importante, pero el objetivo es tener mejor vida en el futuro. En Occidente, lo más importante es el individuo. En China el Confusionismo dice: primero Cielo, sigue Tierra, después el Rey, después los padres y los maestros, y el individuo al final. Individuo es lo último.
Transcurrida una exacta media hora, y varias explicaciones después, el señor Han echa una mirada a su reloj, me regala un libro —China 2004— y se despide, todo sonrisas, no sin antes recomendarme que vaya a la China cuanto antes.
***
Es sábado por la tarde y Ale trabaja. El supermercado está vacío y suena música china tradicional. Las latas de porotos y el papel higiénico flotan en ese lamento melifluo y sopranísimo. Cuando hay clientes, Ale pone cumbia.
—Gente no gusta música china. Asusta. Si pone fuerte, entra poco gente.
Se ha despertado de la siesta hace una hora. Hay pocas cosas que le gusten tanto como dormir: se acuesta a las diez y media de la noche y se despierta a las nueve y media de la mañana, pero no sale de su cama hasta mediodía: desde allí atiende a los proveedores por teléfono.
—Acá aire mejor. Porque se llama Buenos Aire. En mi país, no tan bueno el aire, mucho auto. Antes no, antes meno auto. Antes, cuando yo chico, dormía al aire en una silla, y puedo ver estrella a la noche, muy claro. Ahora no. Y Argentina, cuando vino, veía bien estrella. Ahora, poco poco. Cielo me parece más sucio que ante.
Una puerta comunica el supermercado con la vivienda, que está en el primer piso. En esa casa viven él, su mujer y su hijo, su hermana menor, su madre, su padre y tres primos. Ser muchos bajo un mismo techo es gran orgullo para las familias chinas, signo de prosperidad. En China hay calles que se llaman así: Cinco generaciones bajo un mismo techo.
—En China todo mundo vivir junto. Viven papá, mamá, hijos, primos. Acá no, acá parece que si tiene 18 años ya salió de la casa.
—¿Y a vos cómo te gusta más?
—Vivir todo junto. Porque tiene más tiempo para hacer otra cosa. Yo, después de trabajo, muy cansado. Y volver a casa y si mamá hace cocina, no es tan cansado para vos. A mí me gusta esto. Porque mi señora lava, mi mamá cocina, yo trabajo. Pero acá en Argentina todo mundo vive con su señora, su señor.
—¿Y vos no te irías a vivir solo, con tu mujer y tu hijo?
—No, no. Mejor todo mundo junto. Igual en China diferente ahora. En ciudad grande, Shangai, gente más libre, igual que acá: quiere salir de casa y vivir junto con novia, novio. Pero para mí mejor este mejor.
Entonces la madre de Ale, a quien llaman Marta, aparece desde alguna parte, chasquea la lengua, cambia la música y grita: «¡Juaaanshhhiiitooo!», llamando a uno de los tres empleados peruanos que trabajan aquí desde hace años y que se refieren a la señora Marta y su familia como «los chinos». Juan (cito) aparece sin apuro y escucha lo que la señora tiene para decir, que es más bien poco: apenas unos gestos que indican que limpie el piso donde se ha volcado algo. Ale me mira y sonríe. Me explica que ella no grita porque esté enojada sino porque viene de una provincia china donde todo el mundo grita, pero los gritos de la señora Marta son espeluznantes y por primera vez me pregunto si Ale no me está mintiendo.
***
Ni Ale, ni la familia de Ale —ni sus primos ni su hermana, ni su madre— se dejan ver por el barrio. Trabajan casi todo el día y sus salidas son pueblerinas: visitan a otros parientes, van a restaurantes chinos de la zona.
La vida de Ale no tiene sobresaltos, aunque en el invierno de 2003 estuvieron a punto de matarlo. Era noche de martes y estaba con su madre cuando escucharon ruidos en la escalera. Antes de poder asustarse, dos tipos se les tiraron encima. Les pegaron, los amordazaron, los amenazaron con armas y les robaron todo: televisor, plata, ropa. Lo hicieron con saña: rompieron una mesa a golpes, mataron el gato al grito de «chino comegato». Al día siguiente, ni Ale ni su madre aparecieron, pero el supermercado abrió en tiempo y forma. Después de ese episodio sellaron la casa por el frente con una plancha de hierro de color morado.
—Reja, yo no miro, no pienso —dice Ale, mientras recorre las estanterías tomando notas de los productos que faltan—. Yo no tiene miedo. Mamá tiene. Tiempo tiene que pasar. Hasta que mamá olvida.
De pronto su hermana se acerca, dice algo, me lanza una mirada torcida y vuelve a la caja.
—Perdón —dice Ale— mejor cambia horario, ahora mucho trabajo.
Miro alrededor: el supermercado está vacío.
Entiendo que, cuando esto termine, Ale volverá a ser el hombre que me vende la comida. Que está esperando con ansias el momento en que eso suceda.
***
—Dame mi bolsa, chino de mierda, dame mi bolsa, la puta que te parió.
El tipo está borracho y muy explícito. Son las tres de la tarde, y bajo esa camisa floreada puede haber cualquier cosa: un arma, o nada. Estoy acurrucada entre los canastos de plástico rojo con el logo de Coca-Cola. Mi grabador rueda y Ale mira al fulano, impasible.
—Te dejé acá una bolsa con mercadería antes de entrar a tu supermercado, chino de mierda, dame la bolsa.
El tipo tiene olor agrio. Cebolla, sudor, cigarros. Grita. No hay bolsa. El tipo lo sabe, yo lo sé, hasta los guardias de seguridad del supermercado —dos rusos que no hablan una palabra de español— lo saben. Pero nadie hace nada. El tipo huele como huelen las peores cosas. Ale tiene cara de haber visto esto muchas veces.
—¿Qué borsa, amigo?–le pregunta.
—La bolsa, hijo de puta, la bolsa que te dejé acá llena de mercadería, no me vas a estafar, chino de mierda.
—No dejó borsa, amigo.
Todo el supermercado está quieto, mirando al tipo y a Ale, que lo mira impávido. No ha interrumpido lo que estaba haciendo: pasando la tarjeta de débito de una clienta por la máquina correspondiente.
—La bolsa que te dejé antes de entrar, llena de mercadería, chino poronga.
—Qué borsa, amigo. No dejó borsa.
El ruso de seguridad se acerca por detrás y el hombre se harta. Se va. La clienta guarda su tarjeta y sale del supermercado: corriendo.
—¿No te da miedo que pueda pasar algo?
—No. No hay problema. Tiene policía, tiene guardia.
—¿Y tu mujer qué dice?
—Mi mujer no tiene miedo, pero queja mucho, porque yo no tiene tiempo para ella.
Me pregunto qué será de mí —de nosotros— después de esto: después de esta intromisión en la vida del hombre que me alimenta.
***
Un periodista argentino que vive en Brasil y estudia chino me envía un mail con curiosidades varias: “Algunas monedas chinas son redondas por fuera y tienen un cuadrado hueco por dentro. Esto es un principio taoista: ser rígido en lo moral, y flexible, redondo —sin puntas— para recibir lo que viene de afuera”. En el mismo mail me explica cómo decir “amigo chino”. Repito la frase hasta aprenderla. Es fin de semana y corro al supermercado. Veo a Ale lidiando con unas cajas. Lo llamo. Se da vuelta y dice, hastiado: «Ah, Leila». Yo digo algo que suena así:
—Chúnguo panguió.
Me mira desconcertado. Probablemente, he dicho una barbaridad. Hay idiomas así, en los que la entonación transforma un saludo en insulto, y por lo que sé el chino es uno de ellos: el sonido i, por ejemplo, quiere decir uno o varios cientos, dependiendo del tono y la intención.
—¿Cómo? –dice Ale, acercándose, y me apuro a explicarle que quise decir “amigo chino” en chino. Se diga como se diga.
Ale toma un papel, un lápiz, y dice: «no, no chúnguo».
—Escribe así: Zhong Guo Peng You.
Nos reímos. Después, porque le toca apilar cajas, le pregunto si no se aburre.
—¿Te aburrís?
—¿Qué é eso?
Intento explicarle, pero lo hago mal, y desde aquel día Ale cree que aburrirse es estar apurado. Ahora, cada vez que lo llamo por teléfono y tiene mucho trabajo, me dice: «Ahora no, diculpa, aburido, aburido».
***
Clarita es dos años mayor que Ale.
Se casaron hace un año, y ella lo cela con ahínco, con dedicación. Desaprueba hondamente nuestros encuentros, aunque suceden a la vista de todos, entre desodorantes, pasta dental y cebollas. Clarita es china y vivía en Rosario hasta que conoció a Ale y se casaron en una ceremonia rara: Ale dice que fue en un restaurante.
A fines de 2004 Clarita parió a Sergio, el primogénito y, como después del parto las mujeres chinas permanecen un mes en cama recuperando energías, ella era, para mí, una incógnita. Hasta que un día la puerta que comunica el supermercado con la casa se abrió, y un aroma a menta y leche cuajada expulsó a una mujer suave como un fantasma con un bebé en los brazos. Usaba un pijama, una conjunto de blusa cerrada hasta el cuello y babuchas atadas debajo de la rodilla: ropa de nena. No me miró; fue directo hasta donde estaba su cuñada. El bebé, en sus brazos, crujía como una rama de chocolate pálido, con el pelo disparado hacia el techo con la ferocidad involuntaria de las ramas de los árboles. Se dijeron algo al oído, Clarita se volvió, me miró, después atravesó la puerta que lleva hasta su casa y se desvaneció. Escuché el gemido del bebé —el hijo del hombre chino— y el olor a menta y leche desapareció con él.
Supe que tenía que irme. Supe, también, que a Ale y a mí nos quedaba poco tiempo.
***
—Pase, pase, asienta toma por favor.
El señor Xu Ao Feng, de 55 años, es chino, vino de Shangai a los 34 y es presidente de la Fundación de Ciencias y Cultura China, donde desde 1991 se enseña feng shui, Tai Chi Chuan, acupuntura, medicina china e idioma chino. El señor Feng tiene una forma de hablar admirable para un profesor de idiomas: enredada.
—Oriente y Occidente son cultura muy diferentes que van por caminar muy diferentes, y muy dificil de integlar. Entonces con tanto mil año de historia cada Occidente, cada Oriente, todo con su camina caminando, todo tiene resultado. Su amigo chino tiene una mente difelente. Por ejemplo, la lógicamente de un chino muy difelente. Occidente le gusta ciencia. Siempre las cosas tiene números: usted va a médico, manda examen, y dice cuánto tiene de esto, cuánto tiene de otro. Chino no. Chino trabaja energía, meridiano de cuerpo. Occidental pregunta: «¿Energía? Eso no existe». Jajaja. Jajaja.
Pero eso existe. Su amigo chino viene de plovincia que hay mucha gente y ese plovincia tiene histolia que le gusta vivir afuera. No solo en Argentina, en todo mundo hay gente de Fujian. Es gente que trabaja en mar, en barco, entonces más posibilidad para irse a correr el mundo.
—Pero, señor Feng, cruzar el planeta en avión y establecerse en otro lugar no es conocer mundo.
—Ah, sí, jaja. Jaja. Cierto. No conoce. Jajaja. Jajaja. Pero si usted va afuera y ve algo mejor que su tierra, se queda afuera, ¿no? Su amigo viene por eso, porque acá mejor que su tierra, ¿viste? Y ese provincia Fujian son muy trabajadores, son de campo, entonces trabaja mucho. Eso por un lado bueno, y por otro lado no tanto. Porque nadie puede competir, ellos son muy forte y nadie puede competir. Negocio de ellos se tiene más horas abierto. Por cuatro botellas de agua ya van y lleva a domicilio. ¿Qué negocio puede así? Ellos pueden. La cosas tienen lado bueno y malo. Para otro supermercado, sentir mal, porque no puede competencia. Por otro lado, muy bueno servicio para pueblo argentino. Las cosas no es perfeto. Ello ponen supermercado porque paisano de ello tiene supermercado. Y ello no sabe idioma. Idioma importante. Usted sabe idioma, sabe mucho de cultura. Por ejemplo, argentino habla con mucho verbo. Habla muy largo. Chino habla corto. Chino no dice: «hoy hablo», «mañana voy hablar». No. Chino dice: «hoy hablar, ayer hablar, mañana hablar». No hay tiempo, no hay persona. Pero muy complicado ser chino, porque tiene que saber dos cultura: Oriente y Occidente.
Después el señor Feng me lleva a visitar su enorme y silente salón de té. Le pregunto por qué a los chinos les gusta tanto el karaoke (Ale adora el karaoke) y me dice:
—¿Y usted no le gusta baile? Lo mimo.
Me despide en la escalera, divertido, como si estuviera guardándose el mejor de los secretos.
***
Ale tiene 25 años. Su cuerpo es fibroso, pálido, como de harina y luna, y tiene olor a almizcle. El pelo negro, los labios apretados —rosas—, las uñas largas que le dan a sus manos un aspecto anfibio. Los dedos ahusados, la piel delicada. No tiene cicatrices. Usa lentes y cuando no entiende algo mira sobre los vidrios, alzando la cabeza, y pregunta: «¿Cómo dice?». Es muy alto y camina rápido, con un gesto entre alerta y divertido.
La última vez que hablé con él era martes. Estaba en su mostrador, detrás de los canastos de plástico, y susurró que había ido al médico por un resfrío.
—Médico chino, bario chino. Médico acá no gusta. Muy fuerte.
En el barrio chino de Belgrano, en Buenos Aires, hay médicos chinos y supermercados que venden todo lo que los chinos no venden en sus supermercados para occidentales porque nadie lo compraría: fideos de veinte grosores distintos, anguilas vivas, pescado seco.
—Acá Argentina comida menos variada. En China tiene mercado. Acá no tiene mercado. Sólo tiene súper-mercado. Mercado mejor, más fresco, más variedá. A mí me gusta trabajo súper-mercado. Sale bien. Quiero ser mayorista.
—¿Y después?
—Y después no sabe. Cuando soy más grande, 50, 60 años, entonces me voy de viaje. O que mi hijo me cuiden bien, no sé cuál de las dos mejor. Quiero ir a Japón, Corea. Pero ahora no puede salir, porque mamá no sabe idioma y papá tampoco, y no sabe hacer negocio. Si yo me voy, mamá tiene que cerrar negocio porque no sabe maneja. Y ahora tengo mujer, hijo.
—¿En tu infancia querías viajar?
—¿Qué es infancia?
—Cuando sos chico. Primero viene la infancia hasta los 12 años más o menos, después una cosa que se llama adolescencia, hasta los 17 o 18, y después sos adulto. Algo así.
—Ah, sí. Infancia. Sí. Mucho amigo chiquito. Juntábamo y cantábamo canción. Yo infancia campo, cerca de río, abelo, abela. Mucho juega.
—Tenés buenos recuerdos.
—¿Qué es recuerdo?
—Una imagen que te queda… guardada. En la memoria.
—¿Cómo buen día, buenas noches?
—No. Por ejemplo cuando me contás «Cuando yo era chico, estaba con mis amigos y fuimos al río…».
—Ah, sí, sí, eso, recuerdo: tengo guardado mi abelo que me llevó a Pekín y día que vimos palacio grande. Tengo guardado a mi abela. Tengo guardado una vez que salí para mi cumpleaños con amigos a la playa, y quedamos ahí, charlando, cantando.
—Un buen recuerdo.
—Sí. Muy buen guardado. Bueno. Diculpa. Tengo que trabajar.
Ale se perdió entre las góndolas. Su madre y su hermana hicieron una reverencia respetuosa, seca, pura dignidad.
Después llamé al señor Han.
***
El señor Han me atendió por teléfono, enérgico y amable. Hablamos sobre historia china, sobre la guerra del opio, sobre Mao, y de pronto me dijo que la provincia de Fujian formaba parte de la vía marítima de la ruta de la Seda. Que en la región de la que vino Ale estaban los puertos de esa ruta que comunicaba la China con Europa, transitada por aventureros y comerciantes desde el siglo III antes de Cristo hasta el siglo XVI después del ídem, y que Ale era hijo de ese pueblo de inquietos, de personas con marcada tendencia a la aventura.
—El viaje forma parte de la vida de esa gente —dijo el señor Han— porque están separados del resto de la China por cadenas montañosas, y en cambio tienen el mar, y salir a negociar por el mar es fácil. Esa gente siempre se va.
Me despidió amable y volvió a rogarme que fuera a la China, pronto.
Colgué el teléfono. Por un momento Ale dejó de parecerme un padre de familia preocupado por la subsistencia de su mujer y de su hijo —de su hermana y de sus primos— y fue un bucanero loco, alguien esperando pacientemente la oportunidad para aferrarse a la cintura blanca de su Clarita y llevarla, ahora sí, a ver el mundo.
Me asomé al balcón. El cartel del supermercado latía como una inmensa branquia. Los tomates titilaban como linternas rojas y Ale —inmerso en su mundo de tres ciudades— volvía a ser, como siempre, un desconocido. El hombre que me vende la comida.
miércoles, 9 de junio de 2021
Leila Guerriero: el taller
Ellos vienen, y vienen otra vez, y vuelven a venir.
A veces les digo que miren fotos -de Alessandra Sanguinetti o de Sergio Larraín-, o les leo un poema y les digo escuchen, escuchen la economía pavorosa de estos versos, y ellos escuchan y me miran y se quedan mudos, y yo me pregunto si estarán extasiados o preguntándose si no me he vuelto loca hablándoles de esas cosas en un taller de periodismo.
A veces les traigo una foto, una foto cualquiera, una foto que encontré en el mercado de pulgas o por ahí, y que me llamó la atención vaya uno a saber por qué, y les digo escriban sobre esta foto, y ellos se van y escriben y vuelven el lunes siguiente y traen unos textos magnéticos, espesos, inesperados.
A veces miramos el trozo de una película, y entonces les digo fíjense la voz en off, el fundido a negro, la introducción de los personajes, el manejo de la polifonía, la estructura circular, y ellos ven y escuchan y a veces se quedan mudos, y yo vuelvo a preguntarme si estarán extasiados o preguntándose si no me he vuelto loca.
A veces les leo cosas. Cositas. Algo que encontré en un diario, un poema antiguo, el arranque de una novela o de una carta, y les digo miren, miren, escuchen la eficacia de esta enumeración, vean cómo la frase se detiene al borde del abismo, a punto de romperse, y no se cae, y no se rompe. Les digo esas cosas porque es como si los llamara para ver aparecer la tierra nueva, un barco, un pájaro magnífico, y ellos vienen, y ven.
A veces, después de que leen sus textos en voz alta, se produce un silencio como una inspiración, y puedo ver sus cerebros trabajando, preguntándose: qué tengo que decir, qué es lo que honestamente pienso. A veces, por un segundo, cuando terminan de leer sus textos en voz alta, creo que van a aplaudir o a llorar, o a saltar sobre las sillas. Pero después nunca pasa nada.
Hacemos chistes internos, hablamos de cosas que sólo entendemos nosotros: eso quiere decir que tenemos una historia.
Algunos vienen desde hace mucho. Meses, años. Pero yo sé poco de sus vidas. Sé lo que dejan ver. Nunca he preguntado y ellos no preguntan. Así es como somos. Así es como hacemos las cosas.
Cuando se despiden, en la puerta de mi casa, me pregunto dónde van, de dónde vienen, quiénes son esos fantasmas suaves.
Sé que piensan de mí cosas que no son verdad.
Tienen voces diversas, estilos diferentes: un ritmo largo, sincopado, que inunda los oídos con una música compleja; una elegante amargura construida con frases como tajos. Algunos guardan un universo y todavía no se dan cuenta. A veces alguien trae un texto que, de tan bueno, da envidia, y entonces yo le digo: "Me da envidia".
Celebramos cuando a alguien le ha ido bien en el trabajo, cuando ha publicado algo que le gusta, cuando se ha ganado un premio. No celebramos cumpleaños, bodas, hijos: celebramos lo que proviene de nuestra caza y de nuestra recolección.
Todos tienen trabajos, ocupaciones, familias, días de trajín, pero llegan acá, a la sala de mi casa, y se sientan, y leen, y escuchan, y dan sus opiniones con espíritu de príncipes honestos: sin herir.
A veces se suma algún integrante nuevo y entonces hay que deselectrificar el campo, quitar la tension, decir está bien, tranquilos, es uno de los nuestros, pero, cada vez, puedo sentir cómo se tensan sus columnas, cómo se preguntan: ¿estará bien entre nosotros? Casi siempre está bien.
A veces, en lo que escriben destella una frase como un rayo de luz o de verdad, y entonces la recortarmos, la exhibimos, la apreciamos entre todos como si fuera lo que es: una hermosa criatura, un ser poderoso que ha llegado a la Tierra.
Quizás es cierto: quizás nada puede enseñarse. Pero ellos escriben, vienen, leen, se van, vuelven a escribir. Después de todo, no hacemos cosas diferentes a las que se han hecho toda la vida: salimos a cazar, traemos nuestras presas, las exhibimos, nos aguantamos cuando las piezas no son tan buenas.
Cuando todo termina no siempre hay sonrisas. Pero nos miramos las caras y sabemos que hicimos lo que había que hacer.
Federico Bianchini, sobre la crónica
Le pillé una entrevista a Federico Bianchini,
ganador del Nuevas Plumas y editor de Anfibia, y decía algo muy bello
sobre la crónica que quiero copiar acá, para no olvidarlo.
"Hay historia cuando la lectura fluye y uno no se para a pensar en
alguna palabra que sale de registro o cómo estará vestido un personaje.
Ni tampoco qué fue, exactamente, lo que pasó en la escena que acaba de
leer. Aunque parezca un contrasentido, el cronista trabaja con
detenimiento sobre las palabras para que, frente al lector, éstas
desaparezcan. El lector no debe ver letras sobre una hoja, sino
personajes actuando. Escuchar esas voces que discuten entre sus ojos y
el papel, para terminar recreando una historia".
viernes, 9 de abril de 2021
Florilegio de entrevistas de Cecilia Pavón
Cecilia Pavón en Columbia University
http://laiccolumbia.reclaim.hosting/journal-graduate-research/entrevista-cecilia-pavon/
Cecilia Pavón (Mendoza, 1973) es escritora, traductora, editora, artista
y parte de la colectividad Belleza y Felicidad. Formada en Letras en la
Universidad de Buenos Aires, ha vivido en la ciudad desde 1992. Sus
publicaciones incluyen los libros: A Hotel With My Name (Scrambler Books, 2015), Belleza y Felicidad (Sand Paper Press, 2015), Un hotel con mi nombre (Mansalva, 2012), Los sueños no tienen copyright (Blatt & Ríos, 2010), 27 poemas con nombres de persona (Triana, 2010), Once sur (Blatt & Ríos, 2013), Caramelos de anís (Belleza y Felicidad 2004) los blogs Cecilia Pavón y Once sur (oncesur.blogspot.com). Ha traducido Proximidad del amor de Tracey Emin (Mansalva, 2012), Verano del odio de Chris Kraus, con Claudio Iglesias, (Eterna Cadencia, 2014), entre
muchos más.
Creo que la intuición es muy importante en la traducción, que todo lo
que rodea el acto de traducir influye en el trabajo final. Como decía
antes, las afinidades electivas, el por qué uno decide o no traducir
algo, ya está marcando cómo quedará la traducción. No es lo mismo
traducir un poeta porque uno se enamoró de su obra que traducirlo por
encargo, creo que lo afectivo también juega un rol principal en la
traducción.
Pienso que las tecnologías están relacionadas con la visión del mundo de
una época, eso no se puede negar. Vivimos en la era de las redes
sociales, quizá toda la literatura de Belleza y Felicidad era, un poco
intuitivamente, una forma de adaptar el lenguaje a esas formas de la
tecnología que estaban en ciernes. (En 1999, en Argentina todavía no
había cámaras de fotos digitales por ejemplo, ni banda ancha). Pero
también pienso que la poesía es algo antiguo que va adaptándose a
cualquier formato a lo largo de los siglos o milenios, en ese sentido
podría decirse que el formato en que se publica un poema es azaroso
porque lo que transmite la poesía es mucho más antiguo, casi atávico o
biológico. Pienso a la poesía como una necesidad biológica antes que
cultural.
Cecilia Pavón: "Escribo en primera persona para reírme de mí misma"
https://www.eternacadencia.com.ar/blog/contenidos-originales/entrevistas/item/cecilia-pavon-escribo-en-primera-persona-para-reirme-de-mi-misma.html
Siempre pienso que el yo o la primera persona son solo una excusa
para transmitir un estado afectivo, una percepción del mundo a partir
del afecto, un universo concebido y experimentado antes que nada desde
la emoción, quizás porque vengo de la poesía, para mí lo más importante
en la escritura es siempre la emoción. Y el humor, que es una de las
emociones centrales de la vida, no sé si lo logro pero al menos lo
intento que el yo sea siempre un chiste sobre el yo, digamos que escribo
en primera persona para reírme de mí misma, de las cosas que me pasan.
Yo diría que mi ideal es lograr que la vida real deje su gravedad de
vida real y se transforme en poema. No sé si lo logro, pero lo intento.
La ficción para mí tiene que ver con lo que está pasando aquí y
ahora, con reconfirmar que el mundo existe, que no es un sueño y que, al
mismo tiempo, también puede ser cualquier cosa distinta, como si todo
lo que pasa en la realidad tuviera la potencialidad de tener un final
abierto, algo así... Percibir el presente pero intuyendo el futuro que
hay en él.
Belleza y Felicidad fue como escribir un poema pero en tres
dimensiones y fuera de la página, en ese sentido fue un lugar muy
literario. Como mucha gente dijo, la mezcla de poesía y artes visuales
en un espacio era y sigue siendo algo bastante raro. En general, las
disciplinas se manejan más bien por carriles separados. Belleza y Felicidad fue una especie de sueño, capricho, o de alucinación, tres cosas que para mí tiene que tener la literatura sí o sí.
Cecilia Pavón: “Una editorial independiente es una forma de crítica literaria más potente que la de los diarios”
https://loqueleimos.com/2015/11/cecilia-pavon/
Yo fui al taller de Arturo Carrera cuando tenía veinte años y recién
empezaba a escribir y me sirvió mucho, no sé si en términos de
“formación” sino de experiencia de vida. A todos los que vienen a mi
taller en realidad les digo que no les puedo enseñar a escribir sino que
se trata solo de un espacio para experimentar y compartir, también es
una especie de terapia donde hablamos de nuestra vida sentimental, o de
política y de cómo todo se relaciona con la poesía. No sé, no tengo muy
claro el método que uso ni nada, creo en lo espontáneo y en la
improvisación y en transmitir autores, creo que después todo se da solo.
En los cuentos me siento como un personaje de una obra de teatro que
exagera en todo y a la vez trata de decir la verdad… porque la
literatura para mí siempre es en un punto exageración, un acto de
deformación de la realidad. En los cuentos trato de buscar un concepto y
desarrollar todo en torno a eso, no creo en contar algo o en el
verosímil o en la psicología del personaje, los cuentos que me gustan
son más bien los que tienen una idea, como los de Borges.
Ese cuento habla de la lucha entre distintos paradigmas del arte, el que
sostiene ese chico alemán, basado en la música clásica y otro, más
americano diría yo, basado en la experiencia cotidiana. Obviamente esa
afirmación es irónica, bueno, todo ese cuento es irónico, fui a un
festival de poesía en Alemania y la gente me pareció solemne y
grandilocuente, gente joven que se había olvidado de la subcultura y el
rock y hablaba de Schubert… y pensé: “Este continente está mal”.
Sí, siempre me gustó el rock y los primeros poemas que escuché eran
canciones de Charly García, Virus, Soda Stereo, cuando tenía diez u once
años. A los doce me acuerdo que escuchaba todo el día sin parar un
disco de Charly García, Piano Bar, estaba fascinada, creo que había más poesía ahí que en muchos poetas. Es una cosa generacional, me parece.
miércoles, 31 de marzo de 2021
martes, 23 de marzo de 2021
Theses on the Short Story, Ricardo Piglia
I
In one of his notebooks, Chekhov recorded the following anecdote: ‘A man in Monte Carlo goes to the casino, wins a million, returns home, commits suicide.’ The classic form of the short story is condensed within the nucleus of that future, unwritten story. Contrary to the predictable and conventional (gamble–lose–commit suicide), the intrigue is presented as a paradox. The anecdote disconnects the story of the gambling and the story of the suicide. That rupture is the key to defining the double character of the story’s form. First thesis: a short story always tells two stories.
II
The classic short story—Poe, Quiroga—narrates Story One (the tale of the gambling) in the foreground, and constructs Story Two (the tale of the suicide) in secret. The art of the short story writer consists in knowing how to encode Story Two in the interstices of Story One. A visible story hides a secret tale, narrated in an elliptical and fragmentary manner. The effect of surprise is produced when the end of the secret story appears on the surface.
III
Each of the two stories is told in a different manner. Working with two stories means working with two different systems of causality. The same events enter simultaneously into two antagonistic narrative logics. The essential elements of the story have a dual function, and are employed in different ways in each of the two stories. The points where they intersect are the foundations of the story’s construction.
IV
Near the beginning of Borges’s ‘Death and the Compass’, a shopkeeper decides to publish a book. This book is there because it is indispensable to the framework of the secret story. How to arrange things so that a gangster like Red Scharlach is well informed about complex Jewish traditions, and capable of laying a mystical and philosophical trap for Lönnrot? The author, Borges, gets hold of this book for him so that he can educate himself. At the same time he uses Story One in order to dissimulate that function: the book seems to be there in connection with the assassination of Yarmolinsky, the reflection of an ironic causality. ‘One of those shopkeepers who have found out that there are buyers for every book came out with a popular edition of the History of the Sect of the Hasidim.’footnote2 What is superfluous in one story is fundamental in the other. The shopkeeper’s book is an example (like the volume of The 1001 Nights in ‘The South’, or the scar in ‘The Form of the Sword’) of the ambiguous substance that makes the microscopic narrative machinery of the story work.
V
The short story is a tale that encloses a secret tale. This is not a matter of a hidden meaning which depends on interpretation: the enigma is nothing other than a story which is told in an enigmatic way. The strategy of the tale is placed at the service of that coded narration. How to tell a story while another is being told? This question synthesizes the technical problems of the short story. Second thesis: the secret story is the key to the form of the short story.
VI
The modern version of the short story that descends from Chekhov, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, the Joyce of Dubliners, abandons the surprise ending and the closed structure; it works the tension between the two stories without ever resolving it. The secret story is told in ever more elusive fashion. The classic short story à la Poe told a story while announcing that there was another; the modern short story tells two stories as if they were one. Hemingway’s ‘iceberg theory’ is the first synthesis of that process of transformation: the most important thing is never recounted. The secret story is constructed out of what is not said, out of implication and allusion.
VII
‘Big Two-Hearted River’, one of Hemingway’s foundational tales, encodes Story Two (the effects of the war on Nick Adams) to such an extent that the short story seems to be a trivial description of a fishing trip. Hemingway puts all his skill into the hermetic narration of the secret story. He employs the art of ellipsis with such mastery that he succeeds in making us notice the absence of the other story. What would Hemingway have done with Chekhov’s anecdote? Recount with precise details the game and the atmosphere in which the gambling takes place, and the technique the gambler uses to place his bets, and the kind of drink he has. Never saying that the man is going to commit suicide, but writing the story as if the reader already knew this.
VIII
Kafka tells the secret story clearly and simply, and narrates the visible story stealthily, to the point of turning it into something enigmatic and dark. This inversion is the basis of the ‘Kafkaesque’. Kafka would place the story of the suicide from Chekhov’s anecdote in the foreground, recounting it as if it were entirely natural. The terrible part of the story would be centred around the gambling, which would be narrated in an elliptical, menacing way.
IX
For Borges, Story One is a genre and Story Two is always the same. In order to attenuate or conceal the monotony of this secret story, Borges resorts to the narrative variants that genres offer him. All of Borges’s short stories are constructed through this procedure. Borges would tell the visible story, the short story, in Chekhov’s anecdote in accordance with the stereotypes (lightly parodied) of a tradition or a genre. A game of knucklebones between some gauchos on the run (say) at the back of a storeroom, in the prairies of Entre Ríos, told by an old cavalryman who served under Urquiza, a friend of Hilario Ascasubi.footnote3 The tale of the suicide would be a story constructed out of duplicity and the condensation of a man’s life into a single scene or act that would define his destiny.
X
The basic variation that Borges introduced into the history of the short story consisted in making the coded construction of Story Two the theme of the tale. Borges recounts the manoeuvres of someone who is perversely building a secret plot with the materials of a visible story. In ‘Death and the Compass’, Story Two is a deliberate construction of Scharlach’s. The same is true of Azevedo Bandeira in ‘The Dead Man’ and Nolan in ‘Theme of the Traitor and the Hero’. Borges (like Poe, like Kafka) knew how to transform into an anecdote the problems of the form of narration.
XI
The short story is constructed so as to make appear artificially something that had been hidden. It reproduces the constantly renewed search for a unique experience that would allow us to see, beneath the opaque surface of life, a secret truth. ‘The instantaneous vision which makes us discover the unknown, not in a faraway terra incognita, but rather in the very heart of the immediate’, said Rimbaud. This profane illumination has become the form of the short story.
1 Horacio Quiroga (1878–1937): Uruguayan short story writer, poet and playwright.
2 ‘Death and the Compass’ (1942) opens with the murder of a Talmudic scholar, Marcelo Yarmolinsky, in a hotel room. An enigmatic note left at the crime scene prompts detective Erik Lönnrot to suspect a connection with Jewish mysticism. A second murder and a third take place, with similar notes left at the scene. Lönnrot deduces there will be a fourth—thus completing the four letters of the tetragrammaton, the name of Jehovah—and, connecting the previous crime scenes on a map, projects its location. But once there he discovers that he has been entrapped by the gangster Red Scharlach, who committed the murders and planted esoteric clues precisely to lure Lönnrot to his doom.
3 Justo José de Urquiza (1801–70): Argentine soldier and politician, leading figure in the opposition to the caudillo Juan Manuel de Rosas during the long Argentine Civil War; president of the country from 1854–60. Hilario Ascasubi (1807–75): Argentine poet, early exponent of ‘gaucho literature’.
https://newleftreview.org/issues/ii70/articles/ricardo-piglia-theses-on-the-short-story
jueves, 4 de marzo de 2021
El chico sucio, Mariana Enríquez (cuento)
Mi familia cree que estoy loca porque elegí vivir en la casa familiar de Constitución, la casa de mis abuelos paternos, una mole de piedra y puertas de hierro pintadas de verde sobre la calle Virreyes, con detalles art déco y antiguos mosaicos en el suelo, tan gastados que, si se me ocurriera encerar los pisos, podría inaugurar una pista de patinaje. Pero yo siempre estuve enamorada de esta casa y, de chica, cuando se la alquilaron a un buffet de abogados, recuerdo mi malhumor, cuánto extrañaba estas habitaciones de ventanas altas y el patio interno que parecía un jardín secreto, mi frustración porque, cuando pasaba por la puerta, ya no podía entrar libremente. No extrañaba tanto a mi abuelo, un hombre callado que apenas sonreía y nunca jugaba. Ni siquiera lloré cuando murió. Lloré mucho más cuando, después de su muerte, perdimos la casa, al menos por unos años.
Después de los abogados llegó un equipo de odontólogos y, finalmente, fue alquilada a una revista de viajes que cerró en menos de dos años. La casa era hermosa y cómoda y estaba en notables buenas condiciones teniendo en cuenta su antigüedad; pero ya nadie, o muy pocos, querían establecerse en el barrio. La revista de viajes lo hizo sólo porque el alquiler, para entonces, era muy barato. Pero ni eso los salvó de la rápida bancarrota y ciertamente no ayudó que robaran en las oficinas: se llevaron todas las computadoras, un horno a microondas, hasta una pesada fotocopiadora.
Constitución es el barrio de la estación de trenes que vienen del sur a la ciudad. Fue, en el siglo XIX, una zona donde vivía la aristocracia porteña, por eso existen estas casas, como la de mi familia —y hay muchas más mansiones convertidas en hoteles o asilos de ancianos o en derrumbe del otro lado de la estación, en Barracas—. En 1887 las familias aristocráticas huyeron hacia el norte de la ciudad escapando de la fiebre amarilla. Pocas volvieron, casi ninguna. Con los años, familias de comerciantes ricos, como la de mi abuelo, pudieron comprar las casas de piedra con gárgolas y llamadores de bronce. Pero el barrio quedó marcado por la huida, el abandono, la condición de indeseado.
Y está cada vez peor.
Pero si uno sabe moverse, si entiende las dinámicas, los horarios, no es peligroso. O es menos peligroso. Yo sé que los viernes por la noche, si me acerco a la plaza Garay, puedo quedar atrapada en alguna pelea entre varios contrincantes posibles: los mininarcos de la calle Ceballos que defienden su territorio de otros ocupantes y persiguen a sus perpetuos deudores; los adictos que, descerebrados, se ofenden por cualquier cosa y reaccionan atacando con botellas; las travestis borrachas y cansadas que también defienden su baldosa. Sé que, si vuelvo a mi casa caminando por la avenida, estoy más expuesta a un robo que si regreso por la calle Solís, y eso a pesar de que la avenida está muy iluminada y Solís es oscura porque tiene pocas lámparas y muchas están rotas: hay que conocer el barrio para aprender estas estrategias. Dos veces me robaron en la avenida, las dos, chicos que pasaron corriendo y me arrancaron el bolso y me tiraron al suelo. La primera vez hice la denuncia a la policía; la segunda vez ya sabía que era inútil, que la policía les tenía permitido robar en la avenida, con límite en el puente de la autopista —tres cuadras liberadas—, como intercambio de los favores que los adolescentes hacían para ellos. Hay algunas claves para poder moverse con tranquilidad en este barrio y yo las manejo perfectamente, aunque, claro, lo impredecible siempre puede suceder. Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos aunque sean delincuentes —especialmente si son delincuentes—, de caminar con la cabeza alta, prestando atención.
Me gusta el barrio. Nadie entiende por qué. Yo sí: me hace sentir precisa y audaz, despierta. No quedan muchos lugares como Constitución en la ciudad, que, salvo por las villas de la periferia, está más rica, más amable, intensa y enorme, pero fácil para vivir. Constitución no es fácil y es hermoso, con todos esos rincones que alguna vez fueron lujosos, como templos abandonados y vueltos a ocupar por infieles que ni siquiera saben que, entre estas paredes, alguna vez se escucharon alabanzas a viejos dioses.
También vive mucha gente en la calle. No tanta como en la plaza Congreso, a unos dos kilómetros de mi puerta; ahí hay un verdadero campamento, justo frente a los edificios legislativos, prolijamente ignorado pero al mismo tiempo tan visible que, cada noche, hay cuadrillas de voluntarios que le dan de comer a la gente, chequean la salud de los chicos, reparten frazadas en invierno y agua fresca en verano. En Constitución la gente de la calle está más abandonada, pocas veces llega ayuda. Frente a mi casa, en una esquina que alguna vez fue una despensa y ahora es un edificio tapiado para que nadie pueda ocuparlo, las puertas y ventanas bloqueadas con ladrillos, vive una mujer joven con su hijo. Está embarazada, de unos pocos meses, aunque nunca se sabe con las madres adictas del barrio, tan delgadas. El hijo debe tener unos cinco años, no va a la escuela y se pasa el día en el subterráneo, pidiendo dinero a cambio de estampitas de San Expedito. Lo sé porque una noche, cuando volvía a casa desde el centro, lo vi en el vagón. Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerles la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento. Los pasajeros contienen la pena y el asco: el chico está sucio y apesta, pero nunca vi a nadie lo suficientemente compasivo como para sacarlo del subte, llevárselo a su casa, darle un baño, llamar a asistentes sociales. La gente le da la mano y le compra la estampita. Él tiene el ceño siempre fruncido y, cuando habla, la voz cascada; suele estar resfriado y a veces fuma con otros chicos del subte o del barrio de Constitución.
Una noche, caminamos juntos desde la estación de subte hasta mi casa. No me habló pero nos acompañamos. Le pregunté algunas tonterías, su edad, su nombre; no me contestó. No era un chico dulce ni tierno. Cuando llegué a la puerta de mi casa, sin embargo, me saludó.
—Chau, vecina —me dijo.
—Chau, vecino —le contesté.
El chico sucio y su madre duermen sobre tres colchones tan gastados que, apilados, tienen el mismo alto que un somier común. La madre guarda la poca ropa en varias bolsas de basura negras y tiene una mochila llena de otras cosas que nunca alcanzo a distinguir. Ella no se mueve de la esquina y desde ahí pide plata con una voz lúgubre y monótona. La madre no me gusta. No sólo por su irresponsabilidad, porque fuma paco y la ceniza le quema la panza de embarazada o porque jamás la vi tratar con amabilidad a su hijo, el chico sucio. Hay algo más que no me gusta. Se lo decía a mi amiga Lala mientras ella me cortaba el pelo en su casa, el último lunes feriado. Lala es peluquera, pero hace rato que no trabaja en un salón: no le gustan los jefes, dice. Gana más dinero y tiene más tranquilidad en su departamento. Como peluquería, el departamento de Lala tiene algunos problemas. El agua caliente, por ejemplo, que llega de manera intermitente porque el calefón le funciona pésimo y a veces, cuando me está lavando el pelo después de la tintura, recibo un chorro de agua fría sobre la cabeza que me hace gritar. Ella pone los ojos en blanco y explica que todos los plomeros la engañan, le cobran de más, nunca vuelven. Le creo.
—Esa mujer es un monstruo, chiquita —grita mientras casi me quema el cuero cabelludo con su antiguo secador de pelo. También me hace doler cuando acomoda las mechas con sus dedos anchos. Hace años que Lala decidió ser mujer y brasileña, pero había nacido varón y uruguayo. Ahora es la mejor peluquera travesti del barrio y ya no se prostituye; fingir el acento portugués le resultaba muy útil para seducir hombres cuando era puta en la calle, pero ahora no tiene sentido. Igual, está tan acostumbrada que a veces habla por teléfono en portugués o, cuando se enoja, levanta los brazos hacia el techo y le reclama venganza o piedad a la Pomba Gira, su exú personal, para quien tiene un pequeño altar en el rincón de la sala donde corta el pelo, justo al lado de la computadora, que está encendida en chat perpetuo.
—A vos también te parece un monstruo, entonces.
—Me da escalofríos, mami. Está como maldecida, yo no sé.
—¿Por qué lo decís?
—Yo no digo nada. Pero acá en el barrio dicen que hace cualquier cosa por plata, que hasta va a reuniones de brujos.
—Ay, Lala, qué brujos. Acá no hay brujos, no te creas cualquier cosa.
Me dio un tirón de pelo que me pareció intencionado, pero pidió perdón. Fue intencionado.
—Qué sabrás vos de lo que pasa en serio por acá, mamita. Vos vivís acá, pero sos de otro mundo.
Tiene un poco de razón, aunque me molesta escucharlo así, me molesta que ella, tan sinceramente, me ubique en mi lugar, la mujer de clase media que cree ser desafiante porque decidió vivir en el barrio más peligroso de Buenos Aires. Suspiro.
—Tenés razón, Lala. Pero quiero decir, vive frente a mi casa y está siempre ahí, sobre los colchones. Ni se mueve.
—Vos trabajás muchas horas, no sabés qué hace. Tampoco la controlás a la noche. La gente en este barrio, mami, es muy… ¿cómo se dice? Ni te das cuenta y te atacaron.
—¿Sigilosa?
—Eso. Tenés un vocabulario que da envidia, ¿o no, Sarita? Es fina ella.
Sarita está esperando que Lala termine con mi pelo desde hace unos quince minutos, pero no le molesta esperar. Hojea las revistas. Sarita es una travesti joven, que se prostituye en la calle Solís, y es muy hermosa.
—Contale, Sarita, contale lo que me contaste a mí.
Pero Sarita frunce los labios como una diva de cine mudo y no tiene ganas de contarme nada. Mejor. No quiero escuchar las historias de terror del barrio, que son todas inverosímiles y creíbles al mismo tiempo y que no me dan miedo; al menos, de día. Por la noche, cuando trato de terminar trabajos atrasados y me quedo despierta y en silencio para poder concentrarme, a veces recuerdo las historias que se cuentan en voz baja. Y compruebo que la puerta de calle esté bien cerrada y también la del balcón. Y a veces me quedo mirando la calle, sobre todo la esquina donde duermen el chico sucio y su madre, totalmente quietos, como muertos sin nombre.
Una noche, después de cenar, sonó el timbre. Raro: casi nadie me visita a esa hora. Salvo Lala, alguna noche que se siente sola y nos quedamos juntas escuchando rancheras tristes y tomando whisky. Cuando miré por la ventana a ver quién era —nadie abre la puerta directamente en este barrio si suena el timbre cerca de la medianoche— vi que ahí estaba el chico sucio. Corrí a buscar las llaves y lo dejé pasar. Había llorado, se le notaba en los surcos claros que las lágrimas habían marcado en su cara mugrienta. Entró corriendo, pero se detuvo antes de llegar a la puerta del comedor, como si necesitara mi permiso. O como si tuviera miedo de seguir adelante.
—¿Qué te pasó? —le pregunté.
—Mi mamá no volvió —dijo.
Tenía la voz menos áspera pero no sonaba como un chico de cinco años.
—¿Te dejó solo?
Sí, con la cabeza.
—¿Tenés miedo?
—Tengo hambre —me contestó. Tenía miedo también, pero ya estaba lo suficientemente endurecido como para no reconocerlo frente a un extraño que, además, tenía casa, una casa linda y enorme, justo enfrente de su intemperie.
—Bueno —le dije—. Pasá.
Estaba descalzo. La última vez que lo había visto, llevaba puestas unas zapatillas bastante nuevas. ¿Se las habría quitado por el calor? ¿O alguien se las habría robado durante la noche? No quise preguntarle. Lo hice sentarse en una silla de la cocina y metí en el horno un poco de arroz con pollo. Para la espera, unté queso en un rico pan casero. Comió mirándome a los ojos, muy serio, con tranquilidad. Tenía hambre pero no estaba famélico.
—¿Adónde fue tu mamá?
Se encogió de hombros.
—¿Se va seguido?
Otra vez se encogió de hombros. Tuve ganas de sacudirlo y enseguida me avergoncé. Necesitaba que lo ayudase; no tenía por qué saciar mi curiosidad morbosa. Y, sin embargo, algo en su silencio me enojaba. Quería que fuera un chico amable y encantador, no este chico hosco y sucio que comía el arroz con pollo lentamente, saboreando cada bocado, y eructaba después de terminar su vaso de Coca-Cola que sí bebió con avidez, y pidió más. No tenía nada para servirle de postre, pero sabía que la heladería de la avenida iba a estar abierta, en verano atendía hasta después de la medianoche. Le pregunté si quería ir y me dijo que sí, con una sonrisa que le cambiaba la cara por completo; tenía los dientes chiquitos y uno, de abajo, se le estaba por caer. Me daba un poco de miedo salir tan tarde y encima hacia la avenida, pero la heladería solía ser territorio neutral, casi nunca había robos ahí, tampoco peleas.
No llevé cartera y guardé un poco de plata en el bolsillo del pantalón. En la calle, el chico sucio me dio la mano y no lo hizo con la indiferencia con que saludaba a los compradores de estampitas en el subte. Se aferró bien fuerte: a lo mejor todavía estaba asustado. Cruzamos la calle: el colchón sobre el que dormía con su madre seguía vacío. Tampoco estaba la mochila: o ella se la había llevado o alguien la había robado cuando la encontró ahí, sin su dueño.
Teníamos que caminar tres cuadras hasta la heladería y elegí la calle Ceballos, una calle extraña, que podía ser silenciosa y tranquila algunas noches. Las travestis menos esculturales, las más gorditas o las más viejas elegían esa calle para trabajar. Lamenté no tener zapatillas para calzar al chico sucio: en las veredas solía haber restos de vidrios, de botellas rotas, y no quería que se lastimara. Él caminaba descalzo con gran seguridad, estaba acostumbrado. Esa noche, las tres cuadras estaban casi vacías de travestis pero estaban llenas de altares. Recordé lo que se celebraba: era 8 de enero, el día del Gauchito Gil. Un santo popular de la provincia de Corrientes que se venera en todo el país y especialmente en los barrios pobres —aunque hay altares por toda la ciudad, incluso en los cementerios—. Antonio Gil, se cuenta, fue asesinado por desertor a fines del siglo XIX: lo mató un policía; lo colgó de un árbol y lo degolló. Pero, antes de morir, el gaucho desertor le dijo: “Si querés que tu hijo se cure, tenés que rezar por mí.” El policía lo hizo porque su hijo estaba muy enfermo. Y el chico se curó. Entonces, el policía bajó a Antonio Gil del árbol, le dio sepultura y, en el lugar donde se había desangrado, se fue levantando un santuario, que existe hasta hoy y que todos los veranos recibe a miles de personas.
Me encontré contándole la historia del gaucho milagroso al chico sucio y paramos frente a uno de los altares. Ahí estaba el santo de yeso, con la camisa celeste y el pañuelo rojo al cuello —una vincha roja también— y una cruz en la espalda, también roja. Había varias telas rojas y alguna bandera chica roja: el color de la sangre, el recuerdo de la injusticia y el degüello. Pero nada era macabro o siniestro. El gaucho trae suerte, cura, ayuda y no pide mucho a cambio, apenas que se le hagan estos homenajes y, a veces, un poquito de alcohol. O la peregrinación al santuario de Mercedes, en Corrientes, con un calor de cincuenta grados y los devotos que llegan a pie, en buses, a caballo, de todas partes, hasta desde la Patagonia. Las velas alrededor lo hacían parpadear en la semioscuridad. Le encendí una de las que se habían apagado y con la llama prendí un cigarrillo. El chico sucio parecía inquieto.
—Ya vamos a la heladería —le dije. Pero no era eso.
—El gaucho es bueno —dijo—. Pero el otro no.
Lo dijo en voz baja, mirando las velas.
—Qué otro —le pregunté.
—El esqueleto —me dijo—. Allá atrás hay esqueletos.
En el barrio, “allá atrás” es una referencia al otro lado de la estación, pasando los andenes, ahí donde las vías y sus terraplenes se pierden hacia el sur. Ahí suelen aparecer altares para santos menos amables que el Gauchito Gil. Sé que Lala lleva hasta el terraplén —siempre de día porque puede ser peligroso— sus ofrendas para la Pomba Gira, sus platos coloridos y sus pollos comprados en el supermercado porque no se anima a matar una gallina. Y ella me contó que hay montones de San La Muerte “allá atrás”, el santito esqueleto con sus velas rojas y negras.
—Pero no es un santo malo —le dije al chico sucio, que me miró con los ojos muy abiertos, como si le estuviera diciendo una locura—. Es un santo que puede hacer mal si le piden, pero la mayoría de la gente no le pide cosas feas: le pide protección. ¿Tu mamá te lleva allá atrás? —le pregunté.
—Sí, pero a veces voy solo —contestó. Y después me tironeó del brazo para que siguiéramos hasta la heladería.
Hacía mucho calor. La vereda de la heladería estaba pegajosa, tantos helados debían haber chorreado; pensé en los pies descalzos del chico sucio, ahora con toda esta nueva mugre. Él entró corriendo y pidió, con su voz vieja, uno grande de dulce de leche granizado y chocolate. Yo no pedí nada. El calor me quitaba el hambre y no sabía qué debía hacer con el chico si su madre no aparecía. ¿Llevarlo a la comisaría? ¿A un hospital? ¿Hacer que se quedara en casa hasta que ella volviera? ¿Existía algo así como servicios sociales en esta ciudad? Existía, sí, un número para llamar durante el invierno, para avisar si alguna persona que vivía en la calle estaba pasando demasiado frío. Pero yo no sabía de mucho más. Me daba cuenta, mientras el chico sucio se lamía los dedos chorreados, de lo poco que me importaba la gente, de lo naturales que me resultaban esas vidas desdichadas.
Cuando se terminó el helado, el chico sucio se levantó del banco en el que nos habíamos sentado y salió caminando para la esquina donde vivía con su madre, sin prestarme demasiada atención. Lo seguí. La calle estaba muy oscura, se había cortado la luz; solía pasar las noches de mucho calor. Lo veía bien, de todos modos, por las luces de los autos; también lo iluminaban, a él y a sus pies ya completamente negros, las velas de los altares improvisados. Llegamos a la esquina sin que volviera a darme la mano ni me dirigiera la palabra.
Su madre estaba sobre el colchón. Como todos los adictos, no tenía noción de la temperatura y llevaba un buzo abrigado y la capucha puesta, como si lloviera. La panza, enorme, estaba desnuda, la remera demasiado corta no podía cubrirla. El chico sucio la saludó y se sentó en el colchón. No dijo nada.
Ella estaba furiosa. Se me acercó rugiendo, no hay otra forma de describir el sonido, me recordó a mi perra cuando se rompió la cadera y estaba enloquecida de dolor pero había dejado de quejarse y solamente gruñía.
—¿Adónde te lo llevaste, hija de puta? ¿Qué le querés hacer, eh, eh? ¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo!
Estaba tan cerca que le veía cada uno de los dientes, cómo le sangraban las encías, los labios quemados por la pipa, el olor a alquitrán en el aliento.
—Le compré un helado —le grité, y retrocedí cuando vi que tenía una botella rota en la mano, con la que pensaba atacarme.
—¡Rajá o te corto, hija de puta!
El chico sucio miraba el suelo, como si no estuviera pasando nada, como si no nos conociera, ni a su madre ni a mí. Me enojé con él. Qué desagradecido el pendejo, pensé, y salí corriendo. Entré en mi casa lo más rápido que pude, aunque las manos me temblaban y me costó encontrar la llave. Encendí todas las luces, en mi cuadra no se había cortado la electricidad, por suerte: tenía miedo de que la madre mandara a alguien a buscarme, a pegarme, no sabía qué podía pasarle por la cabeza, no sabía qué amigos tenía en la cuadra, no sabía nada de ella. Después de un rato, subí al primer piso y la espié desde el balcón. Estaba acostada, boca arriba, fumando un cigarrillo. El chico sucio parecía dormir a su lado. Me fui a la cama con un libro y un vaso de agua, pero no pude leer ni prestarle atención a la tele; el calor parecía más intenso con el ventilador encendido, que sólo revolvía aire caliente y atenuaba los ruidos de la calle.
A la mañana, me obligué a desayunar antes de salir a trabajar. El calor ya era sofocante y el sol apenas terminaba de salir. Cuando cerré la puerta, lo primero que noté fue la ausencia del colchón en la esquina de enfrente. No quedaba nada del chico sucio y su madre, no habían dejado atrás ni una bolsa ni una mancha ni una colilla de cigarrillo. Nada. Como si nunca hubiesen estado ahí.
El cuerpo apareció una semana después de la desaparición del chico sucio y su madre. Cuando volví de trabajar, con los pies hinchados por el calor y soñando con la frescura de mi casa de techos altos y ambientes grandes que ni el verano más infernal podía calentar del todo, encontré la cuadra enloquecida, con tres patrulleros de la policía, la cinta amarilla que aísla las zonas donde ocurrió un delito y cantidad de gente amontonada justo fuera del perímetro. No me costó reconocer a Lala, con sus zapatos de taco blancos y su rodete dorado; estaba tan nerviosa que se había olvidado de ponerse las pestañas postizas del ojo izquierdo y su cara parecía asimétrica, casi paralizada de un lado.
—¿Qué pasó?
—Encontraron a una criatura.
—¿Muerta?
—Qué te parece. ¡Degollada! ¿Tenés cable, amor mío?
A Lala le habían cortado la conexión por falta de pago hacía meses. Nos metimos en mi casa, nos acostamos en la cama a ver televisión, con el ventilador de techo dando giros peligrosos de tan rápidos y la ventana del balcón abierta por si escuchábamos algo desde la calle que valiera la pena. Sobre la cama, en una bandeja, puse una jarra helada de jugo de naranja y Lala reinó sobre el control remoto. Era extraño ver nuestro barrio en la pantalla, escuchar por la ventana a los periodistas que corrían, asomarnos y encontrar las camionetas de los diferentes canales. Era extraña la decisión de esperar los detalles del crimen por televisión, pero las dos conocíamos bien la dinámica del barrio: nadie iba a hablar, no con la verdad, al menos durante los primeros días. Primero, el silencio, por si alguno de los involucrados en el crimen merecía lealtad. Aunque fuera el horrible crimen de un chico. Primero, la boca callada. En unas semanas empezarían las historias. Todavía no. Ahora era el momento de la tele.
Temprano, alrededor de las ocho de la noche, cuando Lala y yo empezamos una larga velada que arrancó con jugo de naranja, siguió con pizza y cerveza y terminó con whisky —abrí una botella que me había regalado mi padre—, la información era escueta: en el estacionamiento en desuso de la calle Solís había aparecido un chico muerto. Degollado. Habían colocado la cabeza a un costado del cuerpo.
A las diez, se sabía que la cabeza estaba pelada hasta el hueso y que no se había encontrado pelo en la zona. También, que los párpados estaban cosidos y la lengua mordida, no se sabía si por el propio chico muerto o —y esto le arrancó un grito a Lala— por los dientes de otra persona.
Los programas de noticias siguieron con la información hasta la trasnoche, renovando periodistas, cubriendo en vivo desde la calle. Los policías, como de costumbre, no decían nada ante las cámaras, pero suministraban información constantemente a la prensa.
Para la medianoche, nadie había reclamado el cuerpo. También se sabía que había sido torturado: el torso estaba cubierto de quemaduras de cigarrillos. Sospechaban un ataque sexual, que se confirmó alrededor de las dos de la mañana, cuando se filtró un primer informe de los peritos forenses.
Y, a esa hora, nadie reclamaba el cuerpo. Ni un familiar. Ni madre ni padre ni hermanos ni tíos ni primos ni vecinos ni conocidos. Nadie.
El chico decapitado, decía la televisión, tenía entre cinco y siete años, era difícil calcularlo porque, en vida, había estado mal alimentado.
—Me gustaría verlo —le dije a Lala.
—No seas loca, ¡cómo van a mostrar a un chico decapitado! ¿Para qué lo querés ver? Qué macabra que sos. Siempre fuiste mostrita, la condesa morbosa en el palacio de la calle Virreyes.
—Es que, Lala, me parece que lo conozco.
—¿A quién conocés, a la criatura?
Le dije que sí y me puse a llorar. Estaba borracha, pero también estaba segura de que el chico sucio era ahora el chico decapitado. Le conté a Lala el encuentro, esa noche que me había tocado el timbre. ¡Por qué no lo cuidé, por qué no averigüé cómo sacárselo a la madre, por qué al menos no le di un baño! Si tengo una bañadera antigua, hermosa, grande, que apenas uso, en la que me doy duchas rápidas sola, que muy de vez en cuando disfruto con un baño de inmersión, ¿por qué, al menos, no quitarle la mugre? Y, no sé, comprarle un patito y esos palitos para hacer burbujas y que jugara. Tranquilamente podría haberlo bañado y después nos íbamos a tomar el helado. Y sí, era tarde, pero en la ciudad hay hipermercados que no cierran nunca y venden zapatillas, y le podría haber comprado un par, ¿cómo lo dejé andar descalzo, de noche, por estas calles oscuras? No tendría que haberlo dejado volver con su madre. Cuando ella me amenazó con la botella, tendría que haber llamado a la policía para que la metieran presa y quedarme yo con el chico o ayudar a que entrara en adopción con una familia que lo quisiera. Pero no. Me enojé con él por malagradecido, porque no me defendió ¡de su madre! ¡Me enojé con un chico aterrorizado, hijo de una madre adicta, un chico de cinco años que vive en la calle!
¡Que vivía en la calle porque ahora está muerto, degollado!
Lala me ayudó a vomitar en el inodoro y después fue a comprar pastillas para mi dolor de cabeza. Yo vomitaba de borracha y de asustada y también porque estaba segura de que era él, el chico sucio, violado y degollado en un estacionamiento quién sabe por qué.
—Por qué le hicieron esto, Lala —le pregunté, acurrucada en sus brazos fuertes, otra vez en la cama, las dos fumando lentamente nuestros cigarrillos de la madrugada.
—Mi princesa, yo no sé si es tu chico el que mataron, pero, cuando sea la hora, vamos a la fiscalía, así te quedás tranquila.
—¿Me acompañás?
—Por supuesto.
—Pero por qué, Lala, por qué hicieron una cosa así.
Lala apagó el cigarrillo en un plato que estaba al lado de la cama y se sirvió otro vaso de whisky. Lo mezcló con Coca-Cola y revolvió el hielo con un dedo.
—Yo no creo que sea tu chico. A este que mataron… Se ensañaron. Es un mensaje para alguien.
—¿Es una venganza narco?
—Nomás los narcos matan así.
Nos quedamos calladas. Tuve miedo. ¿Había narcos así en Constitución? ¿Como los que me sorprendían cuando leía sobre México, diez cadáveres sin cabeza colgando de un puente, seis cabezas arrojadas desde un auto a la escalinata de una legislatura, una fosa común con setenta y tres muertos, algunos decapitados, otros sin brazos? Lala fumó en silencio y puso el despertador. Decidí faltar a la oficina para ir directo a la fiscalía y contar todo lo que sabía sobre el chico sucio.
Por la mañana, todavía con dolor de cabeza, preparé café para las dos, para Lala y para mí. Ella pidió usar el baño, escuché la ducha y supe que iba a pasar al menos una hora ahí dentro. Encendí otra vez el televisor: el diario no tenía información nueva. Tampoco iba a encontrarla en internet, que, sobre todo, sería un caldero de rumores y locura.
El noticiero de la mañana decía que había aparecido una mujer a reclamar al chico decapitado. Una mujer llamada Nora, que había llegado a la morgue con un bebé recién nacido en brazos y algunos familiares. Cuando escuché lo de “bebé recién nacido”, el corazón me dio un golpe en el pecho. Era definitivamente el chico sucio, entonces. La madre no había ido a buscar el cuerpo antes porque —qué casualidad más espantosa— la noche del crimen había sido la noche del parto. Tenía sentido. El chico sucio había quedado solo mientras su madre paría y entonces…
¿Entonces qué? Si era un mensaje, si era una venganza, no podía estar dirigido a esa pobre mujer que había dormido frente a mi casa tantas noches, esa chica adicta que debía tener poco más de veinte años. A lo mejor, el padre: eso, el padre. ¿Quién sería el padre del chico sucio?
Pero entonces las cámaras enloquecieron, los camarógrafos corrían, los cronistas se quedaban sin aliento, todos se arrojaban sobre la mujer que salía de la fiscalía y gritaban: “Nora, Nora, ¿quién cree que le hizo esto a Nachito?”
—Se llamaba Nacho —susurré.
Y de pronto ahí estaba, en pantalla, Nora, un primer plano de su llanto y sus gritos. Y no era la madre del chico sucio. Era una mujer completamente diferente. Una mujer de unos treinta años, ya canosa, morena y muy gorda, los kilos que había ganado en el embarazo, seguramente. Casi lo contrario de la madre del chico sucio.
No se entendía lo que gritaba. Se caía. Alguien la sostenía por detrás; una hermana, seguramente. Cambié de canal, pero todos tenían a esta mujer gritando hasta que un policía se interpuso entre los micrófonos y los gritos y apareció un patrullero para llevársela. Había muchas novedades. Se las conté a Lala sentada en el inodoro, mientras ella se afeitaba, arreglaba su maquillaje, se recogía el pelo en un prolijo rodete.
—Se llama Ignacio. Nachito. Y la familia lo había denunciado desaparecido el domingo, pero cuando vieron por televisión lo que pasaba, no pensaron que era su hijo porque este chico, Nachito, desapareció en Castelar. Son de Castelar.
—¡Pero es lejísimo eso! ¿Cómo terminó acá? Ay, princesa, qué espanto todo esto. Yo levanté todos mis turnos, ya decidí. No se puede cortar el pelo después de esto.
—Tiene el ombligo cosido, también.
—¿Quién, la criatura?
—Sí. Parece que le arrancaron las orejas.
—Reina, en este barrio nadie duerme más, yo te digo. Acá seremos delincuentes, pero esto es satánico.
—Eso están diciendo. Que es satánico. No, satánico no. Dicen que fue un sacrificio, una ofrenda a San La Muerte.
—¡Salve Pomba Gira, salve María Padilha!
—Anoche te conté que el chico me dijo de San La Muerte. No es él, Lala, pero él sabía. —Lala se arrodilló frente a mí y me clavó sus enormes ojos oscuros.
—Usted, princesa, no va a decir nada de esto. Nada. Ni a la fiscal ni a nadie. Anoche yo estaba loca de dejarla ir a ver a la jueza. Nada de nada, nosotras somos una tumba, con perdón de la palabra.
La escuché. Tenía razón. Yo no tenía nada que decir, nada que contar. Apenas una caminata nocturna con un chico de la calle que había desaparecido, como solían desaparecer los chicos de la calle. Sus padres se mudan de barrio y se los llevan con ellos. Se unen a una bandita de ladrones niños o de limpiavidrios en la avenida o de mulas de droga; cuando los usan para vender droga, tienen que cambiarlos de barrio seguido. Hacen campamento en una estación de subte. Los chicos de la calle no se quedan nunca en un solo lugar; pueden durar un tiempo, pero siempre se van. También se escapan de sus padres. O se van porque aparece un tío lejano que se compadece y se los lleva a su casa, lejos, en el sur, una casa sobre una calle de tierra, a compartir una habitación con cinco hermanos, pero, al menos, a estar bajo techo. No era raro, para nada, que madre e hijo hubiesen desaparecido de un día para el otro. El estacionamiento donde había aparecido el chico decapitado no quedaba en el recorrido que el chico sucio y yo habíamos hecho esa noche. ¿Y lo de San La Muerte? Casualidad. Lala decía que el barrio estaba lleno de devotos de San La Muerte, todos los inmigrantes paraguayos y la gente de Corrientes eran fieles del santito, pero eso no los convertía en asesinos; ella era devota de la Pomba Gira, que tiene el aspecto de una mujer demonio, con cuernos y tridente, ¿y eso la convertía en una asesina satánica?
Claro que no.
—Quiero que te quedes unos días conmigo, Lala.
—Pero claro, princesa, yo misma me preparo mis aposentos.
A Lala le encantaba mi casa. Le gustaba poner música bien alto y bajar las escaleras lentamente, con su turbante y un cigarrillo, una mujer fatal negra, “soy la Joséphine Baker”, decía, y después se lamentaba por ser la única travesti de Constitución que tenía la remota idea de quién era Joséphine Baker, no tenés noción de lo brutas que son estas chicas nuevas, ignorantes y huecas como una cañería. Cada vez vienen peor. Está todo perdido.
Me costaba caminar por el barrio con la seguridad de antes del crimen. El asesinato de Nachito había ejercido un efecto casi narcótico en esa zona de Constitución. De noche no se escuchaban peleas, los dealers se habían mudado unas cuadras más al sur. Había demasiada policía custodiando el lugar donde se había encontrado el cuerpo. Que, decían los diarios y los investigadores, no había sido la escena del crimen. Alguien lo había depositado, ya muerto, en el viejo estacionamiento.
En la esquina donde solían dormir el chico sucio y su madre, los vecinos hicieron un altar para el Degolladito, como lo llamaban. Y pusieron una foto que decía “Justicia para Nachito”. A pesar de las aparentes buenas intenciones, los investigadores no se creían del todo la conmoción del barrio. Al contrario: pensaban que estaban encubriendo a alguien. Por eso la fiscal había ordenado interrogar a muchos vecinos.
A mí también me llamaron a declarar. No le avisé a Lala para que no se desesperara. A ella no le había llegado la notificación. Fue una entrevista muy corta y no dije nada que pudiera servirles.
Esa noche había dormido profundamente.
No, no escuché nada.
Hay varios chicos de la calle en el barrio, sí.
Me mostraron la foto de Nachito. Negué haberlo visto. No mentía. Era completamente distinto a los chicos del barrio: un gordito con hoyuelos y pelo bien peinado. Jamás había visto a un chico así (¡y sonriente!) por Constitución.
No, nunca vi altares de magia negra en la calle ni en ninguna casa. Solamente del Gauchito Gil. Por la calle Ceballos.
¿Si sabía que el Gauchito Gil había muerto degollado? Sí, todo el país conoce el mito. Yo no creo que tenga que ver con el Gauchito, ¿ustedes sí?
No, claro, no tienen que contestarme nada. Bueno, como sea, yo no creo, pero no sé nada sobre rituales.
Trabajo como diseñadora gráfica. Para un diario. Para el suplemento Moda & Mujer. ¿Por qué vivo en Constitución? Es la casa de mi familia y es una casa hermosa, la pueden ver cuando vayan para el barrio.
Claro que les aviso si escucho de algo, por supuesto. Sí, me cuesta dormir, como a todos. Tenemos mucho miedo.
Estaba claro que no sospechaban de mí, pero tenían que hablar con los vecinos. Volví a casa en colectivo para evitar las cinco cuadras que debía caminar si usaba el subterráneo. Desde el crimen, prefería no usar el subterráneo porque no quería encontrarme con el chico sucio. Y, al mismo tiempo, quería volver a verlo de una manera obsesiva, enfermiza. A pesar de las fotos, a pesar de las pruebas —incluso de las fotos del cadáver, que un diario había publicado para falso escándalo y horror del público, que agotó varias ediciones con el chico decapitado en portada—, yo seguía creyendo que el chico sucio era el muerto.
O que sería el próximo muerto. No era una idea racional. Se lo dije a Lala en la peluquería la tarde que decidí volver a teñirme las puntas de rosa, un trabajo de horas. Ahora nadie hojeaba revistas ni se pintaba las uñas ni mandaba mensajes de texto cuando tenía que esperar su turno en la peluquería de Lala. Ahora nada más se hablaba del Degolladito. El tiempo de silencio prudencial se había terminado, pero yo todavía no había oído que nadie nombrara a un sospechoso más que de manera general. Sarita contaba que, en su pueblo, en el Chaco, había pasado algo similar, pero con una nena.
—La encontraron con la cabeza al costado, también, y muy violada, pobre almita, toda cagadita alrededor estaba.
—Sarita, por favor te pido —dijo Lala.
—Pero si fue así, ¿qué querés que cuente? Éstas son cosas de brujos.
—La policía cree que son narcos —dije yo.
—Está lleno de narcos brujos —dijo Sarita—. Allá en el Chaco no sabés lo que es. Hacen rituales para pedir protección. Por eso le cortaron la cabeza y la pusieron del lado izquierdo. Creen que si hacen estas ofrendas, no los agarra la policía porque las cabezas tienen poder. No son narcos nada más, también están en la venta de mujeres.
—Pero ¿te parece que habrá acá, en Constitución?
—Están en todos lados —dijo Sarita.
Soñé con el chico sucio. Yo salía al balcón y él estaba en medio de la calle. Yo le hacía señas con la mano para que se moviera porque venía un camión muy rápido. Pero el chico sucio seguía mirando para arriba, mirándome a mí y al balcón, sonriendo, los dientes mugrientos y chiquitos. Y el camión lo atropellaba y yo no podía evitar ver cómo la rueda le reventaba el vientre como si fuese una pelota de fútbol y arrastraba los intestinos hasta la esquina. En el medio de la calle quedaba la cabeza del chico sucio, todavía sonriente y con los ojos abiertos.
Me desperté transpirada, temblando. Desde la calle llegaba una cumbia soñolienta. De a poco, volvían algunos sonidos del barrio, las peleas de borrachos, la música, las motos con el caño de escape suelto para que hiciera ruido, un favorito de los adolescentes. La investigación estaba bajo secreto de sumario, una manera de decir que la desorientación era total. Visité varias veces a mi madre y cuando me pidió que me mudara con ella, un tiempo al menos, le dije que no. Me acusó de loca y discutimos a los gritos, como nunca antes.
Esa noche volvía tarde porque, después de la oficina, había ido a la fiesta de cumpleaños de una compañera de trabajo. Era una de las últimas noches del verano. Volví en colectivo y me bajé antes, para caminar por el barrio, sola. Ya sabía moverme de vuelta. Si uno sabe moverse, Constitución es bastante fácil. Iba fumando. Entonces la vi.
La madre del chico sucio era delgada, siempre había sido delgada, incluso durante el embarazo. De atrás, nadie hubiera adivinado su panza. Es el físico típico de las adictas: las caderas siguen siendo estrechas como si se resistieran a dejar lugar para el bebé, el cuerpo no produce grasa, los muslos no se ensanchan; a los nueve meses, las piernas son dos palitos endebles que sostienen una pelota de básquet, una mujer que se tragó una pelota de básquet. Ahora, sin la panza, la madre del chico sucio parecía más que nunca una adolescente, apoyada contra un árbol, tratando de encender su pipa de paco bajo la luz de la lámpara, sin importarle la policía —que rondaba mucho más el barrio después del crimen del Degolladito— ni los otros adictos ni nada.
Me le acerqué despacio y, cuando me vio, hubo un inmediato reconocimiento en sus ojos. ¡Inmediato!
Los ojos se achicaron, se achinaron: quiso salir corriendo, pero algo la paró. Un mareo, quizá. Esos segundos de duda me alcanzaron para impedirle el paso, pararme frente a ella, obligarla a hablar. La empujé contra el árbol y la sostuve ahí. No tenía la fuerza suficiente para resistirse.
—Dónde está tu hijo.
—Qué hijo. Soltame.
Las dos hablábamos bajo.
—Tu hijo. Sabés bien de lo que te hablo.
La madre del chico sucio abrió la boca y me dio náuseas su aliento a hambre, dulce y podrido como una fruta al sol, mezclado con el olor médico de la droga y esa peste a quemado; los adictos huelen a goma ardiente, a fábrica tóxica, a agua contaminada, a muerte química.
—Yo no tengo hijos.
La apreté más contra el árbol, la agarré del cuello. No sé si sentía dolor, pero le clavé las uñas. Igual, no iba a recordarme dentro de unas horas. Yo tampoco le tenía miedo a la policía. Además, no iban a preocuparse demasiado por una pelea entre mujeres.
—Me vas a decir la verdad. Hasta hace poco estabas embarazada.
La madre del chico sucio quiso quemarme con el encendedor, pero alcancé a verle la intención, la mano delgada que quería acercar la llama a mi pelo, quería incendiarme, la hija de puta. Le apreté la muñeca tan fuerte que el encendedor cayó a la vereda. Dejó de resistirse.
—¡YO NO TENGO HIJOS! —me gritó, y el grito de su voz demasiado gruesa, enferma, me despertó. ¿Qué estaba haciendo? ¿Ahorcando a una adolescente moribunda frente a mi casa? A lo mejor mi madre tenía razón. A lo mejor tenía que mudarme. A lo mejor, como me había dicho, tenía una fijación con la casa porque me permitía vivir aislada, porque ahí no me visitaba nadie, porque estaba deprimida y me inventaba historias románticas sobre un barrio que, la verdad, era una mierda, una mierda, una mierda. Eso gritó mi madre y yo juré no volver a hablarle pero ahora, con el cuello de la joven adicta entre las manos, pensé que podía tener algo de razón.
Que no era la princesa en el castillo, sino la loca encerrada en la torre.
La chica adicta se soltó de mis manos y empezó a correr, despacio: estaba medio ahogada. Pero cuando llegó a mitad de cuadra, justo donde la iluminaba el farol principal, se dio vuelta. Se reía y la luz dejaba ver que le sangraban las encías.
—¡Yo se los di! —me gritó.
El grito fue para mí, me miraba a los ojos, con ese horrible reconocimiento. Y después se acarició el vientre vacío con las dos manos y dijo, bien claro y alto:
—Y a éste también se los di. Se los prometí a los dos.
La corrí, pero era rápida. O se había vuelto rápida de pronto, no sé. Cruzó la plaza Garay como un gato y logré seguirla, pero cuando el tráfico se largó en la avenida, ella consiguió cruzar entre los autos y yo no. Ya no podía respirar. Me temblaban las piernas. Alguien se acercó a preguntarme si la chica me había robado y dije que sí, con la esperanza de que la persiguieran. Pero no: solamente me preguntaron si estaba bien, si quería tomar un taxi, qué me habían robado.
Un taxi, sí, dije. Paré uno y le pedí que me llevara a mi casa, a solamente cinco cuadras. El chofer no se quejó. Estaba acostumbrado a este tipo de viajes breves en este barrio. O a lo mejor no tenía ganas de rezongar. Era tarde. Debía ser su último viaje antes de volver a su casa.
Cuando cerré la puerta no sentí el alivio de las habitaciones frescas, de la escalera de madera, del patio interno, de los azulejos antiguos, de los techos altos. Encendí la luz y la lámpara parpadeó: se va a quemar, pensé, voy a quedar a oscuras, pero finalmente se estabilizó. Aunque daba una luz amarillenta, antigua, de baja tensión. Me senté en el piso, con la espalda contra la puerta. Esperaba los golpes suaves de la mano pegajosa del chico sucio o el ruido de su cabeza rodando por la escalera. Esperaba al chico sucio que iba a pedirme, otra vez, que lo dejara pasar.


