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domingo, 4 de junio de 2023

Defensa del lenguaje inclusivo, short essay by Arelis Uribe

Yo también encuentro horribles las arrobas y las equis en una palabra para volverla neutral. También me agota decir todos y todas, amigos y amigas, niños y niñas. Hace un tiempo, no sólo lo encontraba feo, también lo encontraba inútil. ¿Para qué tanta vuelta si el “nosotros”, si el “todos” ya es inclusivo, ya es neutral?

Hasta que descubrí la trampa: el español y el genérico masculino no son neutrales, tienen la mano cargada hacia el privilegio y la supremacía de lo masculino por sobre lo femenino, como todo en el mundo.

Siempre me hizo ruido que en mi curso hubiera más mujeres que hombres y sin embargo en la mañana la profe saludara “buenos días, niños”. Siempre me extrañó que si un único hombre llegaba a un grupo compuesto por una o mil mujeres, toda la comunicación se tuviera que masculinizar. Encontraba raro que no pasara al revés, que la presencia de una mujer nunca mereciera el mismo trato.

Me di cuenta de algo obvio, que de tan obvio parece natural, pero no lo es. El español tiene género, es macho, es un lenguaje que beneficia a los varones. El español disfraza lo masculino de genérico, de neutral, de aséptico. Lo femenino aparece como excepción, como apéndice del idioma, como fuera de la norma. Es el mito de Adán y Eva en la palabra.

Las mujeres somos la mitad de la población, la mitad más uno. Y sin embargo el mundo es androcentrista y la mayoría de la narrativa y la mitología universal la protagonizan hombres. Cualquier mascota de marca es varón porque eso es lo neutral, desde Hellmins hasta Teletín. También los protagonistas de los videojuegos, desde Pacman a Link. Los próceres, desde Lautaro a O’Higgins y tan antagónicos como el Che y Pinochet. Y en la música, en la tele, en los libros, en el cine. Qué pena me dio notar que Volver al futuro, mi película favorita cuando chica, estaba protagonizada por dos hombres. A tal punto que en la I y la II la polola de Marty cambia de actriz y da exactamente lo mismo. ¿Así de irrelevante somos? Y en Star Wars, ¿es Leia la única mujer en la Galaxia? Y hasta Jesús, Buda y Mahoma. Donde busquen van a encontrar que lo femenino está subrepresentado o caricaturizado dentro de lo rosado, lo maternal, lo emocional. En el lenguaje pasa lo mismo. No sé cómo evolucionó el español, pero es un hecho que relega lo femenino a un segundo plano. Constatar eso me dejó mal. Me hizo cambiar de perspectiva y entender qué hay detrás de esas horribles arrobas en las palabras.

Hace un tiempo, los 31 minutos hicieron un video para el gobierno, en el que Tulio ridiculizaba el lenguaje inclusivo. Decía compatriotas y compatriotos, espectáculos y espectáculas, verano y verana. Cuando lo vi me dio una tristeza enorme. Porque yo uso lenguaje inclusivo, porque me gustan los 31 minutos. Después pensé, qué se puede esperar de un grupo de talentosos, sí, pero poco empáticos que incluyeron un personaje femenino en su programa sólo porque los obligaron y en venganza la bautizaron Patana.

Cuando se vive en el privilegio es difícil reconocer y validar las reivindicaciones del resto. Me dolió que el video se riera del esfuerzo de la gente por lograr que este lenguaje macho y tozudo se tuerza sólo un poco y le dé un espacio chiquito que sea a lo femenino. Porque es tan patriarcal el español, que la única forma de hacerlo igualitario es estrangulándolo y esforzándose en que escupa un poco de paridad, porque de buenas a primeras, a puro uso y costumbre, deja lo femenino regelado. Si nos vamos a reír de algo, que sea de eso, de lo torpe y conservador del idioma, que nos obliga a llenar de arrobas y equis y estrellitas feas las oraciones y los párrafos. Pero si nos vamos a reír de una reivindicación histórica, como es el derecho de las mujeres, de lo femenino, de lo disidente a lo hegemónico masculino a aparecer, a ser reconocido, entonces no, entonces me da rabia, me duele y me enojo y escribo esto para explicar y exigir un pedacito de comprensión.

Esto del todos y todas no es maña, es una lucha, un problema político. El filósofo francés Jacques Rancière dice que la política es la preocupación por verificar la igualdad en el tratamiento de un daño. Tal cual lo que pasa aquí. Hay un daño, el lenguaje masculinizado es lesivo, nos hiere porque nos oculta, porque eclipsa lo femenino. Nos suprime. El trato de la lengua no es igualitario, por eso nos preocupamos por verificar esa brecha, esa falta de equidad. La denunciamos y queremos superarla, que deje de doler, de aplastar.

Hay distintas formas de aplicar ese lenguaje inclusivo. Yo, honestamente, encuentro espantoso lo de las arrobas, pero lo defiendo y lo entiendo. Una vez leía una entrevista de la escritora Yadira Calvo y decía: “Lenguaje inclusivo no es usar, ellos y ellas, muchachas y muchachos y poner arrobas”, entonces invitaba a buscar otras formas. “Podemos usar abstractos cuando se presta, en vez de niños decir niñez”. Yo prefiero esa escuela. Tengo una colección de palabras que me acompañan de forma casi imperceptible en esta lucha. Digo "cada", en vez de todos o todas —es más corto incluso— y me refiero a la gente, las personas, la humanidad. Es bonito encontrar esos términos que son realmente neutrales y que al usarlos evocan eso: inclusión. Lo femenino y masculino conviven como iguales.

A mí no me molestaría ser nombrada dentro del género masculino, si a los varones no les importara generalizarse alternativamente en el femenino. Qué hermoso sería que este español bruto y esta cultura patriarcal lo permitieran. Que habláramos como Lemebel, que en una misma crónica narraba desde una voz de mujer, de loca, y en el párrafo siguiente desde un Pedro. Y disfrutaba las mezclas. Cuánto gozó cuando un amante le dijo al oído “eres mío, niña”. Maravilla de frase. Sería bello que las palabras femeninas y masculinas, en su diferencia, tuvieran la misma densidad y pudiéramos usarlas indeterminadamente. Que decirle “madre” o “monja” a un futbolero no tuviera esa carga tan negativa. Que el “erís niñita” no pasara por ofensa. Que en una sala de clases, al menos primara el criterio literal de la mayoría y se pudiera saludar “buenos días a todas”, si las niñas superaran en número a los niños.

Una amiga decía en Twitter: “No dejan de impresionarme las resistencias que genera el uso del lenguaje inclusivo. El derecho a ser nombradas, a existir”. Eso es, de eso se trata. Quienes arrobamos, quienes escarbamos y atesoramos términos genéricos, quienes generalizamos con letras “e”, quienes replicamos un sustantivo femenino al lado de uno masculino, no pedimos nada más —y nada menos— que ingresar al universo de las palabras. Que nos respeten el derecho justo a inscribirnos en la realidad.


Noesnalaferia, 9 de abril de 2015

Nota 1: esta columna (con otro título) fue finalista del premio periodismo
de excelencia 2015, de la universidad alberto hurtado, en la categoría
“opinión”.

Nota 2: escribí esto antes de que Disney estrenara los episodios nuevos de Star
Wars, protagonizados por mujeres, afros y latinos.

viernes, 19 de mayo de 2023

El colombiano que ama locamente a Chile


César Dionisio es fanático de Chile. Es colombiano, pero desde chico que vive como chileno exiliado en su propio país. Su pasión empezó en el colegio, cuando le enseñaron historia de Latinoamérica y la de Chile -ésa que quieren cambiar en los libros- le pareció tan interesante como la Roma de Augusto. Desde entonces que soñó con viajar y conocer el Chile de Pinochet.


“Leí en ciencias sociales lo que pasó entre el 73 y el 90 y me llamó demasiado la atención, los desaparecidos, la economía, la política, la gente organizada para resistir”. En esa historia, César se identificó con los perdedores del golpe. Porque siempre, no importa la disciplina o el país, César apoya al equipo que juega de rojo. También en el fútbol. “A mis diez años, cuando veía partidos en la tele, siempre apoyaba a Chile. Cuando ganaban, era feliz; cuando perdían, lo que era la mayoría del tiempo, sufría”.

En años sin Google, César leía diarios colombianos buscando a jugadores chilenos. Así supo que muchos cambiaban su camiseta roja por la blanca de Colo Colo. “De a poco entendí la rivalidad con los otros equipos y le agarré fobia al azul. Cuando salía a jugar a la pelota, mis amiguitos decían ‘yo soy de Nacional’, ‘yo de Millonarios’, ‘yo de América’ y yo decía que era del Colo Colo de Chile. Era raro, sin haberlos visto jamás en vivo, yo vivía como un niño chileno de once años, pero desde lejos”.

“POR FIN ME COMÍ UN COMPLETO”


La banda sonora del exilio de César la protagonizan Los Prisioneros. Los conoció a los cinco años, por un casete que había en su casa. A los 18 se encontró con Víctor Jara y Violeta Parra, a los 20 con Inti Illimani e Illapu. “Yo pensaba qué bacán la música, qué letra tan social, qué buena onda, y luego descubrí que muchas de esas canciones venían de Chile. Como que todos los caminos me guiaban allá”.

César quería estar en Chile, pero no tenía plata para viajar. Su consuelo era leer el papel digital de La Tercera todas las mañanas, ver a Los Prisioneros cuando estuvieron en Bogotá el 2002 o ir a La Fuente Chilena, el asilo gastronómico de los chilenos en Colombia. Allí ahogaba sus penas en chicha, con sus amigos chilenos que lo hacían sentir más cerca de su patria adoptiva. Allí también conoció a Eugenio, un chileno que tenía un grupito folclórico del que César fue el vocalista por casi un año. Con chupalla y poncho, al ritmo de “Chile, Chile lindo”, cantaba en eventos importantes, incluso una vez se presentaron ante el canciller chileno en Colombia. La alianza musical terminó por un cahuín de platas que incluía a la mamá de Eugenio y una demanda por pensión alimenticia. Un final bien a la chilena.

En el mapa metafísico de César, todas las rutas desembocan en Chile. No importa lo que haga, Chile se le aparece. En el 2005 recibió la señal definitiva. Su tía, que también vivía en Bogotá, se fue a vivir a Viña del Mar. “Junté plata y me fui. Llegué el 26 de diciembre, fue el mejor regalo de navidad de mi vida y el clímax de esta especie de película que ha sido mi camino a Chile… Cuando subí al avión, la musicalización de esa escena era Tren al Sur de Los Prisioneros: no ves que estoy contento, no ves que voy feliz, viajando en este… avión”, cuenta.

Una vez en Chile, el chileno exiliado le dio paso al colombiano turista: estuvo en el Reloj de Flores, posó frente a Salvador Allende en La Moneda y se tomó fotos en el Metro. “Hice lo típico y por fin me comí un completo. Después fui a La Victoria y a la tumba de Víctor Jara, que para un turista normal no tiene ningún atractivo, pero para mí fue increíble porque sé lo que significan. Incluso cada 16 de septiembre pongo una foto de Jara en mi perfil para homenajearlo”.

Con techo donde llegar, viajar fue más fácil. Volvió en el 2009, con pasaporte colombiano pero con más calle chilena. Ya no le cobraban de más en los taxis porque le hablaba a los choferes como chileno y andaba por las calles capitalinas usando su polera de Colo Colo. De ese viaje, se trajo su recuerdo favorito: la serie Los ‘80. “Le dije a mi familia que teníamos que verla y ahora están súper metidos, dicen ‘ay, qué va a pasar en el próximo capítulo’. Además nos parecemos a ellos, también somos tres hijos y mi hermano chico es como Félix, es muy divertido, porque en el capítulo del bigote, a mi hermano también se le estaba notando. Y ahora le decimos, ‘buena, Félix’”.

“Y VA A CAER”

En Los ‘80 César vio escenas de marchas y movilizaciones, que compara con las que hubo durante el 2011. “Cuando veo a los estudiantes, pienso en Los ‘80, en esas escenas de organización social reclamando la democracia. Que nuevamente cientos de miles se movilicen, ahora por una mejor educación y calidad de vida, es bonito e inspirador. Acá en Colombia también hubo un pequeño movimiento estudiantil, en sus marchas izaban banderas chilenas, reconociendo la motivación que ustedes les entregan”.

César conoce a los protagonistas del conflicto y aunque Adimark no lo considera en sus encuestas, opina igual que el 70% de los chilenos que desaprueban al presidente. “Me carga Piñera, escucharlo ya es una experiencia desagradable, por su discurso neoliberal y xenófobo y por esa arrogancia típica de la derecha chilena. Se cumple la ley de que entre más inapropiada es una persona para desempeñar un cargo, más se sostiene. Lo digo también por Hinzpeter y Labbé. Es espantoso que gente así esté gobernando”.

Comprometido con las demandas estudiantiles, viajó de nuevo a Chile para marchar durante el período más candente del movimiento. “Los resultados me van a beneficiar, porque si tengo un hijo chileno quiero que tenga educación gratuita y de calidad”. Por eso gritó “y va caer, y va caer la educación de Pinochet”, aguantó lacrimógenas y corrió por su vida.

¿Qué piensa tu familia de tu fanatismo chileno?
-Lo único que les preocupa es que los pasajes de avión son muy caros. Aunque igual aprenden porque les enseño sobre la idiosincrasia de los chilenos. De hecho, a veces sé más que los chilenos de su propio país. Para las presidenciales, yo sabía más de MEO, Arrate y Piñera que mi tía que vive en Chile. Como que ella no estaba ni ahí, se dedicaba al trabajo, a su hija y a comprar su marraqueta.

¿Y si te vienes a Chile para siempre?
-Sí, me gustaría, pero no tengo prisa. Primero tengo que terminar mi carrera, tengo 26 años y llevo nueve estudiando derecho. Después saldría de Colombia. Igual quiero seguir estudiando, no sé si en Europa o Brasil, pero me tinca Chile porque tendría harto terreno ganado. El problema es que cuesta mucha plata, eso sí que lo sé, que allá en Chile la educación no es gratis.

The Clinic, 2 de Abril de 2012

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Las enseñanzas del kimche: Una historia sobre educación intercultural, por Arelis Uribe


En los colegios públicos de La Araucanía, más de la mitad de los estudiantes son mapuche. Sin embargo, pocos establecimientos se hacen cargo de esa diversidad cultural. El kimche –o sabio– Hernán Marinao trabaja en un liceo de Puerto Saavedra y al repasar su biografía, cuenta cómo, luego de décadas, recién comienza a buscarse en serio la interculturalidad: el equilibrio entre la sociedad winka y el mundo mapuche.

“Mi nombre es Hernán Marinao. Originalmente, mi apellido es “Mari Nawel”. Mari significa diez. Nawel, jaguar. Yo soy diez jaguares, pero como estoy reconocido por un solo apellido, soy Marinao Marinao. Entonces, soy veinte jaguares.

Nací en el año 78, en la costa de la novena región. Con mis ocho hermanos vivíamos en la ruka que construyó mi abuelo. La ruka fue la casa donde vivió, durmió y guardó los cereales. En esa ruka yo me crié.

Crecí con apego a mi abuela. Gracias a ella, mi primera lengua es el mapudungun. Mi abuela me enseñó cómo comportarme en una ruka, cuáles son las oraciones, cuándo ir a buscar el agua al pozo, cómo cocinar la papa asada en el rescoldo. Cada día, nos preguntaba: ¿qué hiciste hoy, tuviste respeto con la naturaleza? Siempre en una conversación, de esa forma aprende nuestra gente.

A los ocho años, entré a la escuela. Yo sentía que no necesitaba ir a la escuela porque ya sabía todo lo que me había enseñado mi abuela. Caminaba siete kilómetros todos los días. Veía el amanecer, los pájaros, el bosque. En la escuela me confundí, porque me enseñaban a escribir y podía jugar con otros niños, pero también me prohibían hablar mapudungun. La enseñanza media la estudié en el Liceo Reino de Suecia, en ese tiempo, Liceo C-19, de Puerto Saavedra. Ahí no me prohibían hablar mapudungun, pero tampoco enseñaban la cultura mapuche. Entonces yo trataba de mostrarla. Armé un grupo con mis compañeros y hacíamos danza para los actos del colegio. Así, sin darme cuenta, terminé cuarto medio y me fui a la universidad.

En la Universidad Católica de Temuco descubrí la diversidad de las personas y de la educación. Me encontré con compañeros mapuche y conversábamos en mapudungun. Estábamos en un programa de ingreso especial para estudiar pedagogía intercultural. La condición era aprobar cuatro ramos. A mí jamás me gustó matemática, y lo reprobé. Justo cuando me di cuenta de que la educación era importante no pude continuar.

Era el año 2000, volví a mi comunidad, pensando en trabajar en el campo. Le conté a una profesora del Liceo de Saavedra que había quedado fuera de la carrera. Ella había observado que yo era destacado por promover la cultura mapuche en el colegio. Me dijo: necesito un inspector, además te ofrezco la misión de representar el tema mapuche en el liceo. Fue bonito. Formé un grupo y enseñé a los estudiantes la danza del choique o ñandú. Ensayábamos después de clases y se sumaban otros chicos. Nos presentábamos en los actos del colegio. Lo mantuvimos durante cinco años, hasta que la profesora se fue del liceo. Ahí sentí un vacío. Alrededor del noventa por ciento de nuestros estudiantes son mapuche y vienen al colegio y su mundo no está. A veces necesitan manifestarse de su cultura y no hay nadie para enseñarles. Están como enjaulados, sin saber dónde ir.

El año pasado hubo personas que se dieron cuenta de esto y armaron un proyecto para que el Liceo Reino de Suecia sea intercultural. La comunidad educativa dijo, ¿quién podría apoyar? Yo estaba en un rinconcito y alguien me señaló: él puede ser. Por mis conocimientos, me nombraron kimche o sabio del colegio. Entonces empezamos a experimentar. Es complejo definir qué es lo intercultural, pero siento que es ser como yo. Yo cuido mi cultura y aprendo de la otra. Hoy no existe ese equilibrio. En la educación tradicional, la sociedad chilena es absorbente e imponente, y no acepta la cultura mapuche.

Después, en el colegio se preguntaron, “¿cómo manifestamos lo intercultural?”. Ahí surgió la idea de la ruka. “¿Y quién va a construir la ruka?”, dijeron. Entonces me miraron, “¿tú sabes armar una ruka?”. Sí, contesté. “¿Y cómo aprendiste?”. Aprendí cuando niño, ayudando a levantar ruka a otras personas. “¿Podrías construirla tú?”. Sí, puedo. “¿Y necesitas un plano?”. No. Está todo aquí, en mi cabeza.

Desde los 15 años que no fabricaba una ruka. Me fui al tiempo en que ayudaba en las construcciones y me acordé muy bien. Caminé por el patio del liceo y empecé a evaluar las dimensiones, la cantidad de palos, de varillas. Me salieron exactas las medidas. Ya está, dije, empecemos.

Primero, se entierran en círculo los troncos de temo, una madera que vive en el fango y resiste la humedad. Los pilares que sostienen el techo son de ciprés –antiguamente se usaba boldo– una madera bastante dura. Las varillas son de eucalipto. Después viene el tejido de totora, sujetado con una enredadera. Todos los materiales los encontramos en la tierra de las comunidades.

Trabajamos rápido, para que no nos encontrara el invierno. De hecho, tocaron dos aguaceros antes de construir. Me sentía como un gran ingeniero al que se le viene abajo su edificación. Rogué siempre a nuestro gran poder y en un mes y tres semanas logramos levantar esta ruka, que tiene quince metros de largo por seis de ancho.

Convocamos a todo el colegio para que participara, porque estábamos construyendo nuestra casa. Los niños chicos eran los más alegres. Tocaban la madera, me venían a ayudar. Vieron cómo nace una ruka desde el inicio, igual como yo cuando era niño.

Al terminar la ruka, empezaron a llegar los estudiantes. Los atendí, con un fogón, un mate y un tukún, una conversación. Les dije: las dos cosas fundamentales para vivir la ruka son el ekún, el respeto, por las cosas, las personas y uno mismo; y el alkutún, el poder de escuchar. Otra cosa –les expliqué– aquí, cuando toca el timbre del recreo, no se corre para salir. Toca el timbre, termina nuestra conversación y el que está al lado mío pasa a despedirse de mano, uno por uno, como mapuche, diciendo peukallal, adiós.

Con la ruka lista, celebramos masivamente el Wetripantu, el regreso del sol o año nuevo. Llegaron todas las comunidades de alrededor y muchos invitados. También las machis y los lonkos, las autoridades políticas y religiosas del pueblo mapuche. Me puso muy contento que nuestros estudiantes vieran una verdadera ceremonia mapuche en su escuela. Días antes, vino el lonko más antiguo a conversar conmigo, me dijo: necesito que usted sea el lonko en la ceremonia y en el colegio. Es un enorme orgullo, no le pude decir que no. El lonko es el jefe de una comunidad, quien dirige a las machis en las ceremonias. A lo mejor aquí en el colegio no se ve como importante, pero en mi cultura sí. Es una gran responsabilidad, un honor. Ahora, para mi pueblo, yo soy el jefe de esta comunidad educativa, yo soy el lonko.

Como constructor de la ruka, hoy siento que he cumplido y debo entregarla. Quedará a cargo de los directivos del liceo, ellos enfocarán cómo la van a utilizar. Si me invitan a seguir participando, lo voy a hacer. Lo que me interesa es que se cumpla el objetivo: lograr que aquí se enseñe mi cultura, tal como a mí me la enseñó mi abuela”.

https://www.eldesconcierto.cl/nacional/2016/03/28/las-ensenanzas-del-kimche-una-historia-sobre-educacion-intercultural.html

jueves, 13 de mayo de 2021

"Amar al padre", Margarita Garcia Robayo

Uno 

Lo primero fue la piel de mi papá.
Era blanda y era tibia, y era color marrón claro —como de blanco curtido o de negro desteñido—. Recuerdo que me daban ganas de hundir las yemas de los dedos en su cara y después metérmelas en la boca para ver a qué sabía. Mi papá tenía la misma piel que yo tengo ahora: delgada como el papel de arroz, hipersensible al frío y al calor. Y al sol, sobre todo al sol. De chica me gustaba pensar que mi papá y yo teníamos pieles de vampiros. De chica me levantaba de noche y me metía en el cuarto de ellos con el sigilo de un insecto. Me paraba a su lado y lo miraba dormir, estiraba los dedos para tocar su cara pálida, pero no lo hacía porque temía despertarlo. Entonces tocaba mi propia cara pálida y me lamía los dedos pero no sabían a nada.
A la mañana, antes de irnos al colegio, mis hermanos y yo —medios cuerpos echados sobre la mesa de la cocina—, retozábamos mientras mi mamá revolvía huevos en un sartén. Mi papá entraba recién bañado —oloroso a colonia y al primer cigarrillo— y nos besaba en la frente: uno, dos, tres, cuatro, cinco besos en cinco frentes de cinco niños engendrados por él. Mi secreto era un guiño de ojo que me hacía al final del recorrido: tú y yo somos distintos, pero no se lo cuentes a nadie. Mi papá nos besaba a todos, pero nadie besaba a mi papá. Ni siquiera mi mamá. Aunque besarlo a él era obedecer una orden de ella: vayan a saludar a su papá, o vayan a despedirse de su papá, o su papá cumple años, ¿ya le dieron un beso? Uno no lo besaba así porque sí, en un arrebato. Él era un señor serio y mayor: a mi mamá le llevaba diecinueve años y a mí me llevaba cincuenta y dos. Mi mamá siempre lo trató con la veneración de una sierva, más que de una esposa —incluso caribeña—.
Una vez, estando muy chica, tuve una alucinación. Durante años dudé si era cierto o no y, por suerte, me decidí por lo segundo. Entré al cuarto de mis padres y encontré a mi mamá arrodillada frente a mi papá, que ocupaba su sillón amplio y mullido de cara al televisor, de espaldas a la puerta. Pensé que le estaba rezando y me asusté: solo se le reza a los muertos. Ella me miró con cara de terror, se levantó del piso, gritando. Me agarró fuerte de un brazo, me sacó del cuarto y cerró la puerta. Quedamos las dos solas en medio del hall oscuro y polvoriento, decenas de libros poblando las paredes, lágrimas que me corrían calientes por la cara. Ella se agachó, me tomó por los hombros: «Nunca más entres sin tocar». Tenía la cara sudada, los ojos muy rojos, la respiración de un toro furioso. Tenía un aliento salado y amoníaco.
Ahí, en la fantasía del olor de mi papá en su boca  —o sea mi olor y el de todos mis hermanos y el de ella misma después de haberse llenado tantas veces de él—, debió empezar oficialmente nuestra competencia. Y se encarnizó cuando yo aprendí a leer y mi papá aprendió el vicio de elegirme los libros. Los sacaba de su biblioteca, me los llevaba a la mesita de luz: «Este te va a gustar». A mí me sorprendía que supiera que me iba a gustar un libro en detrimento de otros libros. Aceptaba todos y pedía más: «Ya terminé, dame otro». Él se reía pasito y descansaba su mano pesada y nicotinada, sobre mi cabeza: «Mi niña chiquita sabe leer».
Sabía. Y lo hacía obsesivamente: buscaba en los libros, como en las sopas de letras, mensajes escondidos; subrayaba en vertical, en diagonal, armaba frases a las que atribuía sentidos disparatados: eran cosas que mi papá quería decirme pero no podía.
Mi mamá también sabía leer, pero sobre todo a Corín Tellado. Supe desde muy temprano que las novelas de Corín no te dejaban bien parada delante de mi papá. ¿Qué te dejaba bien parada delante de mi papá? El diccionario. Así fue como aprendí a meter en frases banales la palabra onomatopeya y la palabra tautología y la palabra emancipar. Los grandes se sorprendían, me miraban perplejos. Mi mamá se avergonzaba, escondía la cara entre las manos y sacudía la cabeza. Después me miraba con miedo, como si yo fuera un Gremlin a punto de saltarle al cuello y sacarle un bocado de garganta. Pero a mí no me importaba, porque mi papá, en cambio, se esponjaba como un pavorreal y decía: «Mi niña chiquita sabe hablar».
Me hice una pequeña genio ante sus ojos, una lectora voraz solo de sus libros, me hice una niña vieja para estar más cerca de él. Los demás no me importaban: mi mamá, mis hermanos, la muchacha del servicio, el perro, las paredes, las calles del barrio, el colegio, los carros de la ciudad, el horizonte después el mar, las murallas y el cielo. Todo era un decorado necesario para que él y yo, y nuestro secreto expresado en guiños matutinos, nos mantuviéramos a salvo.

Dos

Yo soy un dibujo enmarcado que cuelga de la pared de una casa grande, donde unos animales raros caminan por los pasillos: la gallina azul del caldo Maggi y un canguro enano que come plátanos. Un hombre que es mi padre, pero con la cara de otro, me mira desde afuera y yo trato de saludarlo, pero no puedo porque soy un dibujo. El hombre se baja la bragueta, se frota y se viene con un chorro potente que se estrella en el dibujo como en un cuadro de Pollock; el hombre se acerca y restriega la mano empegostada sobre su nueva obra: «Mi semilla es tuya».
Yo soy yo y mi papá es él, tal cual. Y me enseña a flotar en un lago color violeta. Mi espalda descansa relajada sobre la superficie, porque sus manos me sostienen por debajo del agua. Mis ojos se fijan en sus ojos, que en el reflejo son los mismos. Él me dice no te muevas, concéntrate, y que me va a sacar las manos de la espalda. Le pido que no me suelte, pero él me suelta y me hundo, me ahogo, me muero y resucito. Salgo del agua disparada como un cohete, llegó al cielo y encuentro un meteorito: lo lanzo al lago violeta, donde mi papá sostiene por la espalda a una niña igual a mí. Todo vuela en pedazos.
Yo soy mi padre, pero soy mujer. Mi padre es mi hijo: un bebé hermoso al que amamanto por el pene.

Lo segundo fueron los sueños.
A los once, doce años, mis sueños eran el banquete de un psicoanalista. A los trece todo cambió. Empezó una noche que me había acostado con dolor de barriga y mi mamá me preparó un té de miel que me hizo dormir. Soñé que paría un sapo gordo y baboso que, mientras lo expulsaba, iba mordisqueando las paredes internas de mi vientre y el dolor no se parecía a ningún dolor previo. El sapo no quería salir, se aferraba con colmillos filosos a mis entrañas —había leído la palabra entraña, por accidente, en una novelita de Corín— y yo pedía auxilio con gritos desesperados y mudos. Me levanté a la madrugada bañada en un líquido oscuro que era mi sangre. Fui al baño del pasillo, me lavé y me cambié y salí de vuelta para encontrarme de frente con mi papá, sobresaltado: ¿Qué pasó? Nada. Oí ruidos. Fui al baño. ¿Qué te pasa, estás bien? Ya estaba limpia, pero me sentía sucia. Pensé que el bulto de papel que me había puesto para contener la sangre se había mojado tanto que goteaba. No fui capaz de mirar el piso, me imaginé parada sobre un charco rojo que avanzaba por las baldosas del pasillo hasta cubrir todo el piso de la casa, y salía a la vereda por debajo de la puerta, y se desbordaba por las calles del barrio en un arroyo incontenible: se llevaba por delante casas, carros, edificios.
Me pareció ver en la cara de mi papá una mueca de asco que me hizo agachar la cabeza, primero de vergüenza, después de rabia. Entonces apareció mi mamá, traía un vaso de leche y una pastilla: me tomó del brazo, me acompañó a la cama. Ya había puesto sábanas nuevas, olorosas a Woolite. Me arropó y no dijo una palabra.

Tres

Lo tercero fueron los besos de otros hombres: besos húmedos, espesos y nada dulces —como mienten las canciones—. Fue una época marcada por la saliva ajena. Un momento de tránsito que debía soportar en pos de un futuro que prometía saciarme de placeres. No sé de dónde había sacado eso, pero estaba convencida.
Mi mundo previo a los besos era algo así: chicas que odiaba, porque lloraban por chicos que eructaban en público y recibían ovaciones; chicos que odiaba porque sufrían en silencio por chicas que los miraban como plastas y se reían de ellos en su cara. Un espejo redondo que me hacía redonda. Y un cielo raso agrietado, mi único amigo: gastaba buena parte del día echada en la cama, boca arriba, mascando chicle, largando gruñidos.
Una noche abandoné el cielo raso y me fui a una fiesta de quince. Ahí, entre esculturas de hielo seco, comenzó mi colección de novios grandes: se llamaba R, tenía veintidós y fumaba. Le pedí que me diera una pitada y se negó. Le pedí que me besara y dijo ¿estás segura? R fue el primero que me preguntó eso que después me preguntarían C, F, D, F de vuelta, J, G, M, H y L. No todos fueron novios, algunos no pasaron de un beso y, después de los dieciocho, algunos no pasaron de una noche. De cualquier forma, todos me preguntaban lo mismo, como un modo de curarse en salud: entre tú y yo hay siete, diez, trece, dieciséis, veintitrés años de diferencia, ¿estás segura de que quieres? Y yo siempre quería. Cuando la luz es verde, los hombres mayores son la mata de lo asertivo. Me gusta lo asertivo. Detesto el balbuceo, la duda, el nervio visible, el «esto nunca me pasó», el «ahora qué hacemos»: son los gérmenes del engaño.
Entonces: me gustaban los novios grandes por asertivos, sí, pero también —¿sobre todo?—, porque a ellos les maravillaba levantarse a una jovencita como yo. ¿Y cómo era yo? Como todas, pero me creía mejor. Todavía sabía decir tautología y, además, había aprendido a decir: segurísima. Mis amigas no entendían: ¿pero cómo son los novios grandes?, preguntaban, entre asqueadas y curiosas. Y yo decía: son como cualquier novio, solo que más afortunados.
Me gustaban los novios grandes porque, tras la sorpresa inicial, cerraban la boca, llamaban al mozo y seguían: ¿qué tomas? A los dieciséis era delicioso besarse con R y con C —y sobre todo con F— pero la vida no se detenía después de cada beso: ellos seguían siendo funcionales, gente que pide cafés, y la cuenta, y que se portan como si eso mismo —besarse por primera vez— les hubiera pasado mil veces, porque les pasó mil veces.
Mis amigas insistían en no entender: yo despreciaba las primeras veces. ¿Qué son las primeras veces? Un trámite necesario. Años después la mayoría coincidiríamos en que el verdadero mito de la primera vez es más que un trámite necesario: un castigo doloroso, un karma irrenunciable, un momento de mierda. Mi verdadera primera vez, a pesar de mis novios mayores, llegó bastante después que la de mis amigas, acostumbradas a revolcarse con muchachitos granulientos. Me acosté con J a los dieciocho: nos separaban ocho años y dos cuadras. Y yo no lo quería de novio, sino de sicario: quería que hiciera el trabajo sucio, que rompiera el himen y allanara el camino para los que vendrían después. Pero J lo hizo mal, fue piadoso, se asustó con mis quejas de dolor y una noche, cuando ya casi lo conseguía, se encogió como un feto y lloró: perdón, yo no puedo, que lo haga otro.
A los pocos días conocí a otro. Se llamaba G, tenía una guitarra y doce años más que yo. Sus besos eran a veces picantes y a veces amargos, porque fumaba cigarrillos sin filtro. Su saliva era pastosa; se dejaba la barba crecida, lo que le daba un aspecto rudo. A G prácticamente lo obligué a violarme en un cuarto de motel que olía a desinfectante. A pesar de las lágrimas que me encharcaron los ojos, vi todo el episodio en el espejo del techo: su cuerpo entre mis piernas retorciéndose como un gusano, la cama enclenque y temblorosa, las sábanas gastadas, salidas en las puntas del colchón. Duró poco, dolió mucho. La sangre que salió no se parecía a la sangre que solía salir de mí. Era otra sangre más oscura, casi negra. Estuve un rato mirándome en el techo: al principio con más repulsión que curiosidad, al final, verdaderamente fascinada por mi nuevo cuerpo roto. Mientras yo me miraba, G agarró su guitarra y cantó Angel, y de los otros cuartos nos gritaron porquerías. En adelante, casi no me tocó: se sentía culposo y se portaba tan considerado que me recordaba a J. Lo dejé por M.

Cuatro

Lo cuarto fueron los cuartos. Y en los cuartos los amantes. Y en los amantes el sexo. El verdadero sexo, no esa tortura de la iniciación. Cuando se descubre el sexo es mejor no describirlo porque se corre el riesgo de caer en las detestables metáforas bélicas. Es así, qué remedio: un orgasmo es lo más parecido a una explosión. Si la máquina de mirar los pensamientos fuese posible, el momento en que ocurre un orgasmo extraordinario estaría, indefectiblemente, asociado al hongo de Hiroshima. El buen sexo adquiriría un matiz de incorrección insoportable.

En una playa casi vacía, al lado de un desierto en el Caribe, un padre y una niña juegan a nada: a corretearse, a tirarse agua, a reírse juntos. El padre la alza por los tobillos, la pone de cabeza, ella se desternilla de la risa. Después la baja y la toma por las manos y da vueltas rápidas, la hace volar como un cometa alrededor de una órbita cuyo eje es él.
Mi amante y yo reposamos los cócteles de media tarde. Él lee, yo miro al padre y a la niña, imagino lo que pasaría si en una de esas vueltas frenéticas, la soltara.
A mi amante le llamo mi amante pero no es tal cosa: ni él ni yo tenemos compromisos; es decir, él tiene hijos, dos, pero casi no los ve porque viven en Berlín. En el día de hoy hicimos esto: nadar, comer, reposar. Después entramos a la choza que es nuestra habitación, y nos desnudamos. Mi amante me dijo que yo era una criatura hermosa y que el sol me sentaba muy bien. Era mentira, el sol me sentaba pésimo, pero él no lo sabía. Después de la siesta fuimos por más cócteles y llegamos acá, a este momento en que el sol se zambulle en el agua como un Redoxón. ¿Te gustan las vulvas lampiñas?, le pregunto. Él se ríe, pero no contesta.
Nunca me había ido sola a ninguna parte con ningún hombre. Este me llevaba once años y me duraría tres días.

Tengo otro amante. Lo conozco en el bar de un hotel, estoy en un viaje de trabajo en un país donde hace frío. Tomo whisky, ya van dos veces que un mesero me pide la identificación. Creo que eso le gusta al que será mi amante. Me mira y se sonríe, alza la copa, hace cosas predecibles y sobre todo innecesarias. Esa noche terminamos en su habitación, pero no tenemos sexo porque no se le para. Dice que nunca le pasa, pero que está nervioso por su hija Jacqueline, que tiene dieciséis recién cumplidos, problemas de drogas y un novio punk. Dice que cuando Jacqueline está angustiada se arranca cachos de pelo. Después dice que lo punk es retro.
Acá un rasgo lamentable de los hombres mayores: en general tienen hijos, en general hablan de ellos con un grado de intensidad que obliga a la atención y, a veces, a la intervención. Te preguntan ¿a ti te parece que una chica de su edad debería comportarse así? Y esperan que contestes.
Yo le pregunto a mi amante fallido si alguna vez se calentó con Jacqueline a los ocho, nueve años. Me mira fijo, inexpresivo y dice Nunca Jamás. Como el país de Peter Pan. Me pregunta si yo me calenté con mi padre a esa edad y le digo no sé, quizá. Él me toma de las manos y me dice, con expresión agravada, que es normal que las niñas se calienten con sus padres, pero que no es normal que los padres se calienten con las niñas. Ya sé eso.

El siguiente hombre no quiso ser mi amante, no le gustaba ese título. A mí me encantaba, era un homenaje a la que entonces era mi escritora preferida. Le dije eso, pero no entendió. Este se llamaba H, me llevaba diecisiete años y, en vez de un amantazgo, me propuso lo siguiente: que le regalara una década, como máximo, de mi radiante juventud y, después, cuando mis prioridades cambiaran y se me diera por querer hijos o mascotas o un pene más nuevo, lo dejara. ¿Y yo que gano?, le dije. Nada, me dijo, tú ya lo tienes todo. Me pareció encantador.

Mi mamá se quejaba de mis relaciones. Era raro porque ella no sabía nada de mis relaciones. Me había ido de la casa hacía un par de años, la veía los domingos con el resto de la familia, o a veces sola, entre semana, para un café. A mi papá solo lo veía los domingos, rodeado de hijos y nietos. No recuerdo una sola conversación con él después de los trece. Recuerdo en cambio que para ese momento me caía mal: en alguna cavidad de mi cerebro le resentía algo, no sé qué. Una cavidad llena de moho.
Un día se me dio por contarle a mi mamá que estaba saliendo con un tipo grande. ¿Qué tan grande?, preguntó. Muy. La verdad era que no estaba saliendo con ningún tipo grande, ni con uno chico, ni con nadie, pero daba igual: quería ver su reacción. Se escandalizó, dijo tres cosas: 1) que los hombres grandes se gastaban rápido, que podían enfermarse… Cáncer, por ejemplo, podía darles cáncer y una jovencita no quería ni podía lidiar con un cáncer; 2) que las mujeres bellas como yo, con el colágeno intacto y el culo en su lugar, tenían que salir con príncipes o salir con nadie, que los viejos no me sentaban, que si me juntaba con viejos me iba a envejecer; y 3) que ni se me ocurriera usarla a ella y a mi papá de excusa.
¿Por qué?
Porque nosotros somos otra cosa. Tenemos otra historia. Todas las historias son únicas.
Esa tarde, cuando nos despedimos, bajó la guardia. Dijo: sal con quien quieras, los hombres no importan tanto. No hablaba por ella, claro, ni de sus hombres —mi papá y mi hermano—, que eran todo en su vida. Hablaba por mí, porque me conocía. Y la verdad es que, vistos desde ahora, hasta mi último hombre —llamado T— ningún otro me había importado demasiado. El sexo tampoco. El sexo era una instancia de la conversación que degeneraba en la conversación misma y entonces empezaba la mejor parte. Con los hombres grandes era así: primero iba el sexo y después lo demás. El sexo era importante para romper el hielo, para establecer un punto de contacto, pero, después de comprobar que todo estaba bien —sus partes y las mías, sus manos en mis partes— el sexo nunca me pareció algo muy trascendental. Es decir: he tenido polvos memorables; en la sarta de mitos sobre los hombres mayores hay uno que es innegable, el de la experiencia. La experiencia es un privilegio. Encontrar unas manos decididas equivale a encontrar la lámpara del genio de los deseos infinitos. Pero mentiría si digo que el sexo es lo que me atrae de los hombres mayores: no es. Ni de los mayores, ni de los menores, ni de la vida en general.

Cinco

Las relaciones. Eso es lo siguiente.
H volvió con más ímpetu y reiteró su propuesta. Se dio cuenta de que una década, a los veinte, es lo mismo que una vida, así que la reformuló: que el amor dure hasta que se acabe. El amor duró tres años.
H no tenía hijos, ni quería tener. Viajaba mucho y en el último año se mudó de país. Eso estaba bien porque evitaba la temible convivencia. Una amiga de esa época —niña de su casa, casada prematuramente— me había dicho: ¿te gusta el caviar? Me encanta el caviar. Piensa que el amor es comer caviar, y cagarlo es la convivencia: pero cagarlo en simultáneo con el otro, en una espiral de mierda que sale de su culo y entra en el tuyo, que sale de tu culo y entra en el de él. Y así, todos los días de la vida.
H y yo reemplazamos la convivencia por los viajes y también era una mierda. Era horrible ir y venir, despedirse cada vez. También era horrible viajar juntos. Él tenía la necesidad irrefrenable de controlar el camino, de decidir itinerarios y de elegir aquello que mis ojos debían mirar. Él había viajado tanto y yo nada. Él podía enseñarme el mundo, su mundo, y su mundo me aburría demasiado.
Eso me generó un tic: llevarle la contraria. Y una consecuencia: parecer más niña de lo que era.

Una vez alquilamos un departamento en una ciudad europea. Y reservamos un auto, y compramos unos pasajes en tren. El plural es un sofisma: todo lo hizo H por internet. Cuando llegamos el dueño del departamento nos miró perplejo y pidió disculpas: el departamento no está preparado. ¿Por qué?
Estábamos en un monoambiente impecable y hermoso, con una gran cama y un ventanal que miraba a una calle empedrada. El hombre balbuceaba: …no sabía que eran padre e hija, perdón, me esperaba a una pareja, pero no se preocupen, ya mismo les consigo una camita adicional.
No era la primera vez que nos pasaba, pero fue la primera que a H lo afectó. Anduvo todo el día de pésimo humor, yo intentaba animarlo con chistes nabokovnianos que empeoraron la situación. Yo intentaba animarlo con chistes del pasado: ¿te gustan las vulvas lampiñas? Se paró y se fue.
De tirar ni hablar.
Recuerdo un momento de la tarde, bellísimo y fugaz: H y yo sentados en una banca frente a un castillo medieval; yo recostaba mi cabeza en su hombro y le contaba una historia que ya olvidé. Recuerdo que, en medio de mi historia, H me apartó por los hombros, se levantó de súbito y me quedó mirando: ¿por qué te vistes así?
Llevaba unas calzas de colores, un vestido negro corte princesa y una cola de caballo.
¿Así cómo?
La estupidez del casero pasó a ser mi culpa. Yo la había provocado: yo y mi disfraz de falsa nymphet, a quien le han robado su chupete. De vuelta en el departamento me saqué el vestido y lo despedacé. Me acosté boca abajo y pensé en todas las cosas que podría decirle a H si me atreviera. Viejo frustrado, viejo de mierda, viejo marica, viejo impotente, viejo fofo, viejo bobo, viejo maniático, viejo, viejo, viejo. Me dolía mucho la cabeza.
Antes de caer dormida pensé en mi cabeza y en la cabeza de H y en las cabezas de todas las personas conocidas y desconocidas: pensé en cabezas como recipientes de palabras no dichas, de actos fallidos, de intenciones sepultadas, de verdaderas intenciones, de rencores inconfesos, de fantasías vergonzantes, de imágenes que no existen más que allí. Me despedí de H en un aeropuerto enorme —cada quien frente a un destino distinto— con las lágrimas más dolorosas de las que tengo recuerdo.

Todos los hombres mayores con los que tuve una relación saltaron de furia o se desplomaron de tristeza cada vez que alguien confundió el parentesco con la muchachita a su lado. ¿Pero qué pretendían? A mí me gustaban los viejos, no quería ser vieja. Sobre todo no podía.

Después de H estuve con L, que tenía un hijo mayor que yo, cuestión que le hacía ruido, pero esa no era la peor parte. La peor parte con L era su tendencia a confundir el llamado aplomo con la falta de alegría. Con L las noches duraban menos, las fiestas no existían, las madrugadas eran un recuerdo difuso de la ya lejana adolescencia. L no bailaba, le parecía una cosa de bárbaros. ¿Pero alguna vez bailaste?, le preguntaba yo, vestida de noche, maquillada de brillos, indignada. No recuerdo. L no oía música porque tenía que pensar. ¿Pensar en qué? En ti. Bah. L no se reía, salvo de Cantinflas. Yo odiaba a Cantinflas. L no sentía ninguna necesidad de hacer esas cosas que despreciaba, solo por complacerme. ¿Por qué estaba conmigo? Porque yo sí era capaz de ponerme a su nivel: de hablar de libros, de política, de la poca autoestima de su hijo. ¿Por qué estaba yo con él? Porque me gustaba demostrarle que podía.
Nuestra relación duró poco, pero gracias a él me convencí de algo que con H había pasado por alto: la juventud prescribe. La juventud como estado de ánimo, eso que el mito asigna arbitrariamente a todo tipo de personas con cierto talante y actitud, se acaba cuando empieza a ser un esfuerzo. Era ridículo pedirle a L que fuéramos a bailar, a emborracharnos y drogarnos hasta el amanecer, porque ante los ojos del mundo —pero sobre todo ante sus ojos y los míos— él no iba a ser el novio mayor, pero cool, que le hace el aguante a la novia chica y fiestera, que se pone a su nivel para complacerla; él iba a ser el viejo ridículo que hace un esfuerzo desmedido por no parecerlo.
Ahora, que hasta yo he envejecido, recuerdo a L con su pelo canoso, su sonrisa tranquila, su aspecto casi lúgubre pero satisfecho y vuelvo a quererlo, a respetarlo e incluso a admirarlo como no supe hacerlo entonces. Poca gente domina el arte de saber envejecer, L hacía parte de esa respetable minoría.
Seis
Si mi primera relación importante fue con mi papá, mi segunda relación importante fue con T: un hombre que me llevaba más de veinte.
Veinte años es todo lo que el bolero permite, después de ahí es corrupción —corrupción: vicio o abuso introducido en las cosas no materiales. Corrupción de las costumbres, corrupción de la moral—.
Dicen que el gusto por los viejos es un vicio adquirido, que en estos terrenos no se improvisa. Una vez consulté a un psicólogo sobre el tema y me dijo que, en general, las niñas edípicas lo han sido siempre y, si mantienen su fijación en edad adulta, es bastante probable que hayan sido abusadas o expuestas en el curso de la infancia a una relación semicarnal con alguien próximo al núcleo familiar.
Puede que sea mi caso. O puede que no, pero no importa.
Puede que T sea el final. O puede que no, pero tampoco importa.
No conozco el final.

En casa tengo una foto brumosa que nos tomaron a T y  a mí el día que nos conocimos. Estamos en un estrechísimo zaguán cartagenero, protegiéndonos de la lluvia. Íbamos camino a una charla que él daría en una Fundación donde yo trabajaba. En la foto se ve que la humedad había dejado una pátina brillosa sobre nuestras caras. En la foto él tenía cuarenta y seis y yo veintitrés; era flaca y altanera: melena hasta la cintura, ceja alzada como quien domina el mundo. T me mira y se sonríe. No hace una hora que me conoce y ya sabe que me tiene. No me tuvo enseguida, pasaron meses, largos meses, pero en esa foto él ya lo sabe.
Esa tarde la lluvia caía pesada y levantaba un olor fangoso que salía de la alcantarilla. La calle estaba inundada y no podíamos avanzar. No había mucho más que hacer que esperar. Yo dije odio la lluvia y T contestó: es solo agua. Aunque después él lo recordaría al revés. Quizá fue al revés.
Total, que llovía como llueve en mi ciudad: en un persistente chaparrón que levanta los vapores del piso. Al cabo de un rato de estar en el zaguán, envueltos en ese calor sofocante, T prendió un tabaquito marca Meharis y me preguntó cosas: libros, películas, vicios, edad. El humo deformando su cara me hacía pensar en un espía soviético a quien le han encomendado una misión de medio pelo en un país tropical. Al final terminamos hablando del que entonces era mi tema favorito: los padres. Así supe que su padre y el mío habían nacido el mismo año y que tuvieron vidas tan distintas: mientras que el mío era un abogado conservador y de provincia, casado por única vez, el de él era un médico español, anarquista y exiliado que tuvo siete esposas. Supe que él también lo odiaba por algo indescifrable y que lo amaba por todo lo demás. Y que se llamaba como él: T.
Con T, mi referencia se estrechó —lo que ahora hace difícil extrapolar preferencias—: ya no me gustaban los hombres mayores, en general, sino T, con particular intensidad. Aun así, a la distancia, podría decir que gracias a T deduje por fin que de los hombres mayores me atraían principalmente dos cosas, y que la una dependía de la otra.
La primera es la comodidad.
Es así: me siento cómoda entre hombres mayores que yo, me siento incómoda entre contemporáneos. ¿Por qué? No estoy segura. Podría sacarme del bolsillo esa dudosa estadística de que algunas mujeres maduramos más rápido que los hombres, podría decir que yo entro ahí: si fui vieja desde niña, si mi madurez le llevaba ventaja a mi propia edad, debí buscarme hombres acordes a las circunstancias. Pero es mentira. Yo no era nada madura, yo era agalluda. Soy. Me importa la edad porque me importa el tiempo: cuántas cosas caben en el tiempo de la gente. Ya sé que nadie lo llena igual, pero suele pasar que entre más tiempo uno vive, más cosas ve, aprende, come, lee, descubre, pierde, y todo eso te hace una persona más compleja.
Acá la segunda razón: a mí lo complejo me atrae. A mí la simpleza me parece estupidísima.
Lo atractivo de lo joven es: la belleza fresca —que no se reparte indiscriminadamente y que, de todas formas, se acaba con el uso— y la inocencia. Supongo que yo fui inocente. Es decir, que a esos hombres grandes que llamaba amantes les gustaba lo mismo que yo despreciaba en otros: para mí la inocencia es casi tan estúpida como la simpleza. La inocencia es un lastre del que los jovencitos y jovencitas deberían despojarse antes que de su acné. Diría entonces que me gustan los hombres grandes, incluso si yo les gusto. Diría que me gustan, también, porque ya perdieron la inocencia y el acné —y la melena en algunos casos, qué le vamos a hacer— y ganaron otras cosas: densidad, cohesión, solidez, espesor. Lo mismo que los caldos cuando hierven.

La charla de T se canceló por lluvia y estuvimos hablando bajo el zaguán hasta que escampó. El piso se había encharcado y estábamos replegados en una esquina, hombro contra hombro, para no mojarnos los zapatos: T tenía alpargatas de tela y yo sandalias. T olía al tabaco que se había fumado y a un perfume desconocido; miraba dentro de su bolso, buscaba algo: sonaban objetos de consistencia metálica. Canicas, pensé. Imaginé que estiraba mis dedos, los hundía en su cara y luego me los chupaba. Imaginé que él me preguntaba ¿a qué saben? Y yo le decía a sal y agua, y él decía ¿a mar? Y yo decía a mar. T sacó una cámara de su bolso y me miró con esa expresión, entre maliciosa y maravillada, que ya yo había visto en otros ojos. Para él, en cambio, era todo nuevo: él nunca había estado, ni imaginado estar, con una mujer tan joven como yo. En ese terreno T era un novato y yo tenía toda la experiencia.
Empezaba a escampar: pasaba por la vereda una señora que se había hecho un sombrero con una bolsa negra. Detrás, una carreta de verduras cubierta por un plástico. Y un perro esquelético. Y detrás una pareja de turistas a quienes T les pidió que nos tomaran una foto.
A ese día todavía le faltaban horas para producir un beso y un par de años para producir algo bastante parecido a un matrimonio. Le faltaban encuentros fortuitos y felices, visitas sorpresivas, hoteles de paso, sexo grandioso, sexo pésimo, mudanzas en conjunto, casas chicas, casas gigantes, hijos proyectados, hijos descartados, hijos reemplazados por un gato. Le faltaban más mudanzas, un jardín con parrilla, amigos en común, peleas horrendas, sexo de reconciliación, sexo sin ganas, temporadas sin sexo, sexo con otros, sexo con nadie más. Le faltaban enemigos, cumpleaños en familia, cumpleaños íntimos, regalos perfectos, regalos malísimos, aniversarios tristes por la ausencia del otro, aniversarios felices por la ausencia del otro, aniversarios olvidados. Le faltaban seis, siete, ocho aniversarios. Y un auto chocado, dos, tres veces. Le faltaban decenas de viajes, mudanzas en singular, encuentros fortuitos y tristes, recuerdos felices para olvidar y el vacío que resulta de sumar todo eso.
Pero, al mismo tiempo, a ese día no le faltaba nada. Tal como lo confirma la evidencia, en ese pequeño rincón brumoso, T y yo vivimos felices para siempre.

Suelo decirme que ni los buenos ni los malos ratos que pasé con T se relacionan con la diferencia de edad, pero sé que es mentira. A ver: si tuviera que atribuir una razón al éxito —es decir continuidad— de mi relación con T y al fracaso —es decir ruptura— de otras, diría que tiene que ver con la conciencia extrema de la diferencia y la poca necesidad de disimularla. Y si tuviera que atribuir una razón al fracaso —es decir ruptura— de mi relación con T y al éxito —es decir continuidad— de otras, diría que tiene que ver exactamente con lo mismo. Lo de la diferencia funciona en los dos sentidos: la excitación del exotismo —una pareja dispar, diga lo que diga, siempre estará cargada de exotismo— puede ser agotadora. La «normalización», en cambio, es paliativa. Hubo momentos en que, para mí, fue demoledor saberme distinta, y saber, sobre todo, que ser distinta era irremediable; lo que durante mucho tiempo me pareció un ejercicio de poder que demostraba una excentricidad caprichosa —miren: salgo con viejos—, ahora lo reconozco como una diferencia genuina frente a una buena porción de contemporáneas. Quiero decir, no soy tan fea, ni tan tonta, ni siquiera tan gorda. O sea, me creería capaz de conseguir un novio joven y apuesto que me situara en el equilibrio de mi hábitat generacional: las fotos de Facebook donde mis amigas se muestran radiantes con sus vestidos de novia, sus maridos mozuelos y, luego, indefectiblemente, sus bebés rosados y carnosos. Las veces que lo intenté —las veces que me dije ok, quiero ser como el resto—, seguí fracasando empeñosamente: hay algo frágil y volátil en la consistencia de la relación que establezco con los hombres menores, que mi torpeza —inexpertis— no permite que cuaje.
A veces pienso que llegaré a los cincuenta con uno de veintipocos y un día en el que me sienta inusualmente generosa, lo miraré condescendiente: tranquilo, ya se te va a pasar. Y le entregaré en ese gesto todo mi amor. O sea, a veces pienso que a mí también se me va a pasar. A mi madre no se le pasó, mi padre ya no está con ella y no solo lo sigue queriendo sino que lo quiere más. Pero nadie dijo que el amor por los hombres mayores se chupara del líquido amniótico: no soy mi madre, ni busco a mi padre, aunque este texto insinúe lo contrario. Probablemente, de una manera muy distinta a la suya, todo lo que quiera es llegar al final con la fantasía de que mi historia es única y que, aunque el mundo esté lleno de muchachitas insolentes que enamoran viejos, ninguna será como yo, ni sus hombres como el mío, quien seguramente ya no vivirá para oír ese relato, salvo en mi recuerdo magnificado.


Fuente: https://revistaorsai.com/amar-al-padre/

viernes, 16 de octubre de 2020

Las enseñanzas del kimche

 En los colegios públicos de La Araucanía, más de la mitad de los estudiantes son mapuche. Sin embargo, pocos establecimientos se hacen cargo de esa diversidad cultural. El kimche –o sabio– Hernán Marinao trabaja en un liceo de Puerto Saavedra y al repasar su biografía, cuenta cómo, luego de décadas, recién comienza a buscarse en serio la interculturalidad: el equilibrio entre la sociedad winka y el mundo mapuche.

“Mi nombre es Hernán Marinao. Originalmente, mi apellido es “Mari Nawel”. Mari significa diez. Nawel, jaguar. Yo soy diez jaguares, pero como estoy reconocido por un solo apellido, soy Marinao Marinao. Entonces, soy veinte jaguares.

Nací en el año 78, en la costa de la novena región. Con mis ocho hermanos vivíamos en la ruka que construyó mi abuelo. La ruka fue la casa donde vivió, durmió y guardó los cereales. En esa ruka yo me crié.

Crecí con apego a mi abuela. Gracias a ella, mi primera lengua es el mapudungun. Mi abuela me enseñó cómo comportarme en una ruka, cuáles son las oraciones, cuándo ir a buscar el agua al pozo, cómo cocinar la papa asada en el rescoldo. Cada día, nos preguntaba: ¿qué hiciste hoy, tuviste respeto con la naturaleza? Siempre en una conversación, de esa forma aprende nuestra gente.

A los ocho años, entré a la escuela. Yo sentía que no necesitaba ir a la escuela porque ya sabía todo lo que me había enseñado mi abuela. Caminaba siete kilómetros todos los días. Veía el amanecer, los pájaros, el bosque. En la escuela me confundí, porque me enseñaban a escribir y podía jugar con otros niños, pero también me prohibían hablar mapudungun. La enseñanza media la estudié en el Liceo Reino de Suecia, en ese tiempo, Liceo C-19, de Puerto Saavedra. Ahí no me prohibían hablar mapudungun, pero tampoco enseñaban la cultura mapuche. Entonces yo trataba de mostrarla. Armé un grupo con mis compañeros y hacíamos danza para los actos del colegio. Así, sin darme cuenta, terminé cuarto medio y me fui a la universidad.

En la Universidad Católica de Temuco descubrí la diversidad de las personas y de la educación. Me encontré con compañeros mapuche y conversábamos en mapudungun. Estábamos en un programa de ingreso especial para estudiar pedagogía intercultural. La condición era aprobar cuatro ramos. A mí jamás me gustó matemática, y lo reprobé. Justo cuando me di cuenta de que la educación era importante no pude continuar.

Era el año 2000, volví a mi comunidad, pensando en trabajar en el campo. Le conté a una profesora del Liceo de Saavedra que había quedado fuera de la carrera. Ella había observado que yo era destacado por promover la cultura mapuche en el colegio. Me dijo: necesito un inspector, además te ofrezco la misión de representar el tema mapuche en el liceo. Fue bonito. Formé un grupo y enseñé a los estudiantes la danza del choique o ñandú. Ensayábamos después de clases y se sumaban otros chicos. Nos presentábamos en los actos del colegio. Lo mantuvimos durante cinco años, hasta que la profesora se fue del liceo. Ahí sentí un vacío. Alrededor del noventa por ciento de nuestros estudiantes son mapuche y vienen al colegio y su mundo no está. A veces necesitan manifestarse de su cultura y no hay nadie para enseñarles. Están como enjaulados, sin saber dónde ir.

El año pasado hubo personas que se dieron cuenta de esto y armaron un proyecto para que el Liceo Reino de Suecia sea intercultural. La comunidad educativa dijo, ¿quién podría apoyar? Yo estaba en un rinconcito y alguien me señaló: él puede ser. Por mis conocimientos, me nombraron kimche o sabio del colegio. Entonces empezamos a experimentar. Es complejo definir qué es lo intercultural, pero siento que es ser como yo. Yo cuido mi cultura y aprendo de la otra. Hoy no existe ese equilibrio. En la educación tradicional, la sociedad chilena es absorbente e imponente, y no acepta la cultura mapuche.

Después, en el colegio se preguntaron, “¿cómo manifestamos lo intercultural?”. Ahí surgió la idea de la ruka. “¿Y quién va a construir la ruka?”, dijeron. Entonces me miraron, “¿tú sabes armar una ruka?”. Sí, contesté. “¿Y cómo aprendiste?”. Aprendí cuando niño, ayudando a levantar ruka a otras personas. “¿Podrías construirla tú?”. Sí, puedo. “¿Y necesitas un plano?”. No. Está todo aquí, en mi cabeza.

Desde los 15 años que no fabricaba una ruka. Me fui al tiempo en que ayudaba en las construcciones y me acordé muy bien. Caminé por el patio del liceo y empecé a evaluar las dimensiones, la cantidad de palos, de varillas. Me salieron exactas las medidas. Ya está, dije, empecemos.

Primero, se entierran en círculo los troncos de temo, una madera que vive en el fango y resiste la humedad. Los pilares que sostienen el techo son de ciprés –antiguamente se usaba boldo– una madera bastante dura. Las varillas son de eucalipto. Después viene el tejido de totora, sujetado con una enredadera. Todos los materiales los encontramos en la tierra de las comunidades.

Trabajamos rápido, para que no nos encontrara el invierno. De hecho, tocaron dos aguaceros antes de construir. Me sentía como un gran ingeniero al que se le viene abajo su edificación. Rogué siempre a nuestro gran poder y en un mes y tres semanas logramos levantar esta ruka, que tiene quince metros de largo por seis de ancho.

Convocamos a todo el colegio para que participara, porque estábamos construyendo nuestra casa. Los niños chicos eran los más alegres. Tocaban la madera, me venían a ayudar. Vieron cómo nace una ruka desde el inicio, igual como yo cuando era niño.

Al terminar la ruka, empezaron a llegar los estudiantes. Los atendí, con un fogón, un mate y un tukún, una conversación. Les dije: las dos cosas fundamentales para vivir la ruka son el ekún, el respeto, por las cosas, las personas y uno mismo; y el alkutún, el poder de escuchar. Otra cosa –les expliqué– aquí, cuando toca el timbre del recreo, no se corre para salir. Toca el timbre, termina nuestra conversación y el que está al lado mío pasa a despedirse de mano, uno por uno, como mapuche, diciendo peukallal, adiós.

Con la ruka lista, celebramos masivamente el Wetripantu, el regreso del sol o año nuevo. Llegaron todas las comunidades de alrededor y muchos invitados. También las machis y los lonkos, las autoridades políticas y religiosas del pueblo mapuche. Me puso muy contento que nuestros estudiantes vieran una verdadera ceremonia mapuche en su escuela. Días antes, vino el lonko más antiguo a conversar conmigo, me dijo: necesito que usted sea el lonko en la ceremonia y en el colegio. Es un enorme orgullo, no le pude decir que no. El lonko es el jefe de una comunidad, quien dirige a las machis en las ceremonias. A lo mejor aquí en el colegio no se ve como importante, pero en mi cultura sí. Es una gran responsabilidad, un honor. Ahora, para mi pueblo, yo soy el jefe de esta comunidad educativa, yo soy el lonko.

Como constructor de la ruka, hoy siento que he cumplido y debo entregarla. Quedará a cargo de los directivos del liceo, ellos enfocarán cómo la van a utilizar. Si me invitan a seguir participando, lo voy a hacer. Lo que me interesa es que se cumpla el objetivo: lograr que aquí se enseñe mi cultura, tal como a mí me la enseñó mi abuela”.