Vivíamos en una de las poblaciones más pobres de una de las ciudades
más feas del país: la Santa Julia, en Talcahuano. Un puerto que a nadie
le gustaba por su cielo encapotado, en donde todo tomaba un tono gris
por el hollín de las industrias y con fama de hediondo por la pesca. Pero
a nosotros no nos molestaba vivir en un lugar que la gente considerara
feo, todo lo contrario, al menos yo me sentía extrañamente orgulloso.
Todos nosotros: Pancho, Julio, Marquito Carrasco y yo, nos sentíamos
fuertes y complacidos. Disfrutábamos con sentarnos a la entrada de la
casa de los Carrasco y contemplar las casuchas que descendían cerro
abajo y el mar que ceñía la cintura de la península, y hacer planes y
comer sandías. Fue a lo que nos dedicamos todo el verano de 1997.
Comimos sandías cada día de esas vacaciones. Pancho y Marquito las
consiguieron con un camionero al que le hicieron dedo en Concepción.
Durante el trayecto, el hombre dijo que hacía mucho que no lo hacían
reír tanto y que podían quedarse lo que quisieran. Esa tarde cargamos
entre todos las catorce sandías hasta la casa de los Carrasco. Y cuando
terminamos, nos sentamos al pie de la escalera, sobreponiendo
medialunas de sandías a nuestros rostros, para lucir unas sonrisas
descaradas ante el paraje ruinoso que teníamos por hogar.
Nos veo claramente, exhibiendo nuestra felicidad con muecas pulposas
de sandía. Riéndonos frente a los rostros cansados y afligidos de
nuestros vecinos. En especial en esa época, cuando por la crisis de la
industria pesquera nadie tenía trabajo y los cesantes solían deambular
por las calles con una expresión de servidumbre y derrota, como si se
tratara de un batallón de soldados vencidos. En realidad, mi padre era
el único militar vencido. Tras quince años en la marina, lo dieron de
baja. Pero aunque ocurrió en el peor momento posible, no fue por la
crisis que no consiguió trabajo. En cierta forma, fue él quien lo decidió.
No quería empezar de nuevo.
Antes de que comenzaran las vacaciones, hubo una especie de pelea
entre mis padres. Digo especie porque, como era lo común entre ellos,
no hubo discusión directa ni siquiera un cruce de palabras. Otro
recuerdo claro en mi memoria. La familia —mis padres, mis dos
hermanas y yo— sentada en torno a la mesa de la cocina. Una fuente de
pan duro en el centro y un té aguado para cada uno. Desde hace días
que la comida escasea en la casa. Mi madre dice que ha calentado el
pan para ablandarlo un poco. Nadie le sigue la conversación. El pan se
quemó, y ahora, además de duro, está negro como el carbón. Tomamos
el té en silencio. De pronto, mi madre se levanta, agarra una de las
marraquetas y la lanza contra la pared gritando. Veo la rabia en el
movimiento de su brazo, como si en vez de pan duro tirase una piedra. Y
el golpe en el suelo de madera suena como una piedra. Mis hermanas y
yo miramos el pan en el suelo. Mi madre se sienta como si nada, pero al
tomar la taza de té le tiemblan las manos. Apenas bebe un trago y
26/144vuelve a pararse, esta vez va a su pieza. La escuchamos sollozar. Mis
hermanas la siguen en el acto y, sentadas junto a ella en el borde de la
cama —puedo verlo desde donde estoy—, se abrazan.
Mi padre, que ha mantenido la mirada en el té durante toda la escena,
sigue sin tomarlo y sin decir nada. Y yo me limito a tomar el mío con él
en la cocina. Me quedo junto a mi padre y no con mi madre y mis
hermanas, aunque no porque esté de su parte. Yo no estoy de parte de
nadie. Por entonces participaba de los problemas familiares tanto como
si viera una película. Una cuya historia desafortunada no podía
afectarme más allá de los segundos en que la contemplaba y que podía
dejar atrás con facilidad. No me preocupaba el silencio de mi padre ni
su rostro vacío al observar el té. Era feliz manteniéndome al margen.
Estaba seguro de que podía arreglármelas por mi cuenta, con mis
amigos.
Por eso me pasaba casi todo el día en la casa de los hermanos Carrasco,
Camilo y Pancho. Teníamos el lugar para nosotros. Su padre trabajaba
como
minero en el norte —era el único papá del grupo que tenía trabajo— y su
madre pasaba todo el día en la casa de la abuela de los Carrasco con su
hija recién nacida. Pancho era el hermano menor y mi mejor amigo. Su
cuello escaso, espalda ancha y piernas cortas le daban un aspecto rígido
que no correspondía en nada con el torrente de energía que liberaba.
Desde chico tenía la habilidad de tramar aventuras y meterse en
problemas. Nada peligroso, solo travesuras infantiles.
Entonces ambos teníamos trece, aunque, por los siete meses que nos
llevábamos, yo pronto lo superaría.
Como vivíamos a un par de cuadras, habíamos pasado prácticamente
cada día de nuestras vidas juntos. Los Carrasco en Pichidegua, que
significa «pequeño ratón», y yo en Malal, «corral». Todas las calles de
la población tenían nombres en mapudungun. Años atrás, con Pancho y
un compañero del liceo mitad mapuche, nos dedicamos a traducir los
nombres de casi todas las calles. Albergábamos la ilusión de descubrir
que aquellos pasajes estrechos de tierra en los que vivíamos tuvieran
nombres importantes —supongo que teníamos una idea heroica del
mapudungun—. Al final eran casi puros nombres de animales comunes
del campo, pero seguimos manteniendo cierto orgullo por nuestras
calles, sobre todo cuando las comparábamos con las de las poblaciones
industriales vecinas, donde los pasajes eran números.
Talcahuano, «cielo tronador», fue el único nombre que confirmó
nuestras ilusiones.
La población Santa Julia nació de una toma en Los Cerros de
Talcahuano, y casi todas las casas fueron construidas por sus dueños
con tablas de madera y planchas de zinc. La de los Carrasco era de las
más grandes y bonitas, con segundo piso, escalera de cemento para la
entrada y panderetas de hormigón que cerraban el patio trasero. La mía
27/144era muy pequeña porque mi padre la construyó en el terreno de la casa
de su mamá, mi abuela. Decidió hacer vivir a su familia en la Santa Julia
y no ocupó una de las viviendas de la Villa Naval, a la que tenía derecho
por ser marino. No es que se avergonzara de ser parte de la Armada, él
como ninguno poseía aquel orgullo típico de los militares, pero decía
que no quería que sus hijos se acostumbraran a ese ambiente y, con eso,
que no quería que ninguno de nosotros terminara también en la
Armada. Además de la casa, mi padre fabricó muchas de las cosas que
teníamos, desde los muebles hasta nuestros juguetes. Le gustaba
trabajar con madera, pero podía ingeniárselas con cualquier basura que
encontrara por ahí: botellas, tapas de aluminio, tarros de leche en
polvo, carriles de hilo. Solía decir que de haber tenido las oportunidades
habría sido ingeniero. Mi madre lo incitaba a que pusiera un taller para
ganar plata extra. Pero él siempre le aclaraba, con tono serio, que ya
tenía un trabajo y que con poder alimentarnos bastaba.
Él ya tenía un trabajo.
Desde niño me acostumbré a que la gente fabulara con el trabajo de mi
padre. Los vecinos, la familia de mi madre, mis profesores y mis
compañeros del liceo lo trataban con mucho respeto. Un respeto que
tenía algo de admiración, pero sobre todo de temor, supongo que por la
dictadura, y que cubría su labor con un halo de expectación y misterio.
Claro que, para su familia, su trabajo no poseía ninguna oscuridad
atrayente. Sabíamos exactamente a lo que se dedicaba.
A veces, cuando era chico y lo acompañaba a la Base Naval, me dejaba
jugando en una bodega llena de torpedos mientras él trabajaba. Yo me
entretenía con un juego simple que podía mantenerme cautivo toda la
mañana: hacer rebotar una pelota de plástico contra la cabeza de los
torpedos. Eso era todo. La bodega con torpedos era lo más cercano al
aspecto bélico y temerario de su trabajo. Que yo supiera, ni siquiera
había estado en alta mar. Entró al servicio en busca de una oportunidad
—algo que hacer— y terminó trabajando en la Base Naval de
Talcahuano. Algunas noches de guardia, la mayoría de las veces como
mesero —«mayordomo», creo que era el título oficial— en el casino de
los uniformados. Pero servir los platos no lo apocaba. Él mismo lavaba
y planchaba su uniforme azul marino, para llevarlo con la misma altivez
que un oficial bajo el delantal blanco de garzón.
Nunca supe por qué lo dieron de baja. Mis hermanas decían que había
sido por un accidente muy tonto en el casino, algo de un altercado con
un capitán. Fuese lo que fuese, lo cierto es que, desde entonces, su
mirada resuelta de militar, que cautivaba a tanta gente, se volvió
indiferente y perdida.
Fue a mediados de enero que Pancho nos anunció su plan. Esa mañana
estábamos Marquito y yo sentados al pie de la escalera. Marquito era el
primo de los Carrasco. Tenía doce, el menor del grupo. También vivía
cerca, en Cahuello («caballo»), y al igual que yo, pasaba todo el día en
la casa de sus primos. En un principio, su mamá lo mandó para que su
28/144hermana lo cuidara mientras ella trabajaba, y luego pasó a ser uno más
de nosotros.
Mientras esperábamos que los hermanos Carrasco se despertaran,
intentábamos traducir la letra de The Headmaster Ritual de los Smiths.
Antes de salir de vacaciones, Pancho y yo robamos dos diccionarios de
inglés del liceo. La idea era traducir las letras de nuestros grupos
favoritos durante el verano. Por esa época estábamos pegados con los
Smiths. En Conchester, como llamábamos a Concepción, había una
disquería y de tanto ver y admirar todo sin comprar nada, el vendedor
nos ofreció grabarnos los álbumes que quisiéramos si le llevábamos los
casetes vírgenes. Pasamos tardes enteras conversando con él. Nos contó
que Morrissey llamó The Smiths a la banda porque era uno de los
apellidos más comunes y vulgares de Inglaterra: creía que era tiempo de
que lo vulgar se mostrara al mundo. Nos brillaban los ojos al escuchar
historias como esa. Queríamos ser como Morrissey y, como él, nos
sentíamos a un mismo tiempo tan vulgares como increíblemente
superiores.
—Lo tengo todo pensado —dijo Pancho tras abrir la puerta de su casa
de un golpe.
Marquito y yo nos giramos y elevamos la vista para verlo. Se golpeaba
la cabeza con el dedo índice repitiendo «está todo aquí». Venía recién
despertando. Tenía el pelo revuelto y los ojos inyectados en sangre. Se
sentó a nuestro lado y miró al frente con esa expresión trastornada que
ponía cada vez que tramaba algo. Con Marquito dejamos los
diccionarios a un lado y esperamos a que nos contara qué era lo que se
traía en mente, pero Pancho no dijo nada. Se limitó a respirar muy
profundo, como si intentara calmar sus pensamientos.
—¿Dónde está el Camilo? —preguntó de pronto.
—¿No estaba contigo, en la pieza, durmiendo? —dije, y volví a tomar el
diccionario. Busqué jealous por «jealous of youth ».
—¿Cómo? —dijo Pancho, confundido. Se levantó de un salto y entró en
la casa.
El viento arremolinó tierra en la calle y yo me cubrí la vista para evitar
que me entrase en los ojos. El viento era algo que nunca se iba de
Talcahuano, no importaba la estación. Pancho volvió a salir de la casa,
esta vez con el pelo mojado y unos trozos de sandía que nos repartió.
—Vamos a robar los instrumentos de la iglesia —dijo, decidido, tras un
par de mascadas—. Yo pido la guitarra.
—¿Y el Camilo? —preguntó Marquito.
29/144—Está en la pieza durmiendo.
—Pensé que el plan era traducir las canciones —dije.
—Ahora vamos a hacer las dos cosas —respondió sin mirarme y escupió
las pepas de la sandía. Pancho siempre quería hacerlo todo al mismo
tiempo.
—¿Qué iglesia? —preguntó Marquito.
—La del papá de la Betsabé —respondió Pancho. Volvió a pararse. Entró
en la casa y puso el primer tema de Meat is Murder en la radio, la
canción que traducíamos. Subió el volumen a todo lo que daba, bailó
moviendo los brazos como si tuviera un ataque de epilepsia y dio un
salto que lo llevó desde dentro al suelo de la calle, delante de nosotros.
La Betsabé era la hija del pastor del ministerio evangélico de
Talcahuano, Bendecidos para Bendecir. Jugábamos con ella de chicos,
hasta que su papá se metió a fondo en lo de la religión y se hizo pastor.
Desde principios del verano que Pancho quería conquistarla. En
realidad, ambos nos habíamos propuesto conquistarla, pero Pancho era
más perseverante que yo, y asistía a las reuniones del ministerio para
verla. En la reunión —así llamaban los evangélicos a las especies de
misas que hacían— del día anterior se le ocurrió lo del robo. Dijo que
fue como una revelación mística. Según él, mientras todos alzaban las
manos al cielo, gritando aleluya y coreando «Él vive, Él vive. De la
muerte resucitó. Él vive, Él vive. Vamos a celebrar», reparó en que la
música de fondo provenía de una banda que tocaba en un pequeño
escenario, a un lado del pedestal del pastor. Vio los instrumentos
flotando en el aire sin los músicos que los tocaban: guitarra, bajo,
batería y teclado. Sintió que Dios se le manifestaba, revelando una
nueva misión, algo así como que Dios quería que se robara los
instrumentos. El año anterior habíamos decidido que Dios no existía o
que si existía no nos interesaba. Pero no era extraño escuchar a Pancho
decir cosas como esa. Había algo de los evangélicos que no dejaba de
encajar con su personalidad: el éxtasis, el delirio impulsado por el
fanatismo. Podías imaginarlo como un cristiano convertido tras años de
pecado, o como un autoproclamado profeta con trances místicos en
medio de la plaza de un pueblo, rodeado de un pequeño grupo de
seguidores, gente como el Marquito y yo.
Cuando Camilo apareció, Pancho todavía no lograba explicarnos del
todo su nuevo plan. Camilo era un año mayor. También era bajo, pero
más flaco. Físicamente no parecía el mayor, como en ninguna de las
otras aptitudes, pero lo compensaba con ser más violento. Solía
agarrarse a combos, sobre todo con Pancho. Vestía solo un pantalón de
buzo, que no se sacaba ni para dormir, y llevaba un trozo de sandía en
la mano para desayunar. Nos saludó alzando las cejas y se sentó en el
suelo, lejos de nosotros tres. Apoyó la cabeza en el muro de la casa con
30/144una actitud malhumorada, como intentando dejar bien claro que no le
interesaba nada de lo que Pancho tramase.
Con Camilo a un costado y nosotros al pie de la escalera estábamos,
finalmente, los cuatro reunidos esa mañana. Puedo vernos como la
pandilla inofensiva que éramos, cada uno desempeñando su papel.
Marquito el del cabro chico, Camilo el del pendenciero, Pancho el del
revoltoso e impulsivo, lleno de ideas locas, y yo como la otra cara de la
moneda y su compañero fiel; mucho más sereno y callado, reflexivo. Ahí
estamos, escuchando a Pancho que, de tan extasiado con sus planes, se
atropella con sus propias palabras y no alcanza a terminar una frase
coherente cuando ya ha lanzado otra, tal como en el oleaje cerro abajo:
una ola no acaba de romper cuando la otra ya está encima. Marquito y
yo lo interrumpimos a cada rato para pedirle que vaya al grano.
Lo más importante es que dejaban los instrumentos en el templo por las
noches. Eso le dijo el bajista de la banda cuando Pancho se acercó a
felicitarlo y a sacar información. En realidad, el templo era un galpón
viejo que tiempo atrás funcionó como gimnasio comunal.
Al principio Camilo se mostró indiferente al plan e intensidad de Pancho,
pero, de pronto, preguntó suspicaz:
—¿Y cómo nos vamos a repartir los instrumentos? La guitarra es mía.
La intervención dio paso a una pelea entre los hermanos que duró, de
manera discontinua, hasta bien entrada la tarde, cuando finalmente
ellos acordaron que Camilo tocaría la batería, Pancho la guitarra,
Marquito el bajo y yo el teclado. Me agradó la idea de tocar el teclado,
parecía un instrumento acorde con mi personalidad. Los tecladistas
solían ser tipos templados y más intelectuales, aunque de poder elegir
me habría quedado con la guitarra.
Al final del día, terminamos todos igual de excitados que Pancho con el
nuevo plan y decidimos que en los próximos días revisaríamos los
detalles. Cuando ya me iba, vi que en la cuneta alguien había escrito con
un trozo de carbón.
«Give up education as a bad mistake.»
Caminando de vuelta a casa, imaginé cómo serían los días siguientes.
Sentí una gran expectación. No sabía en qué podría terminar todo el
asunto del robo, pero pensar en ello me llenaba de energía y confianza.
Sobre todas las incertidumbres y adversidades que podrían
vislumbrarse, se imponía un sentimiento que me alzaba invulnerable.
Nos vi entrando de noche al galpón evangélico y saliendo triunfantes. El
propósito de robar los instrumentos era difuso, no me imaginaba
tocando How soon is now? en el teclado, me veía disfrutando junto a los
Carrasco de unos instrumentos que nunca podríamos pagar.
31/144En la casa me golpeó el olor aséptico de cloro que la invadía desde
hacía unas semanas. Uno nuevo que contrastaba con el familiar olor a
madera humedecida y quemada predominante. Mi madre parecía
obsesionada con la higiene y la limpieza desde que consiguiera trabajo
haciendo el aseo para algunas familias de Concepción.
A excepción de su cuarto, todo estaba en penumbras. Pasaba el rato
junto a mis hermanas. Nunca antes había trabajado fuera de casa y
supuse que celebraban el poder estar juntas algún tiempo, como antes.
Escuchaban un casete mío de Los Tres. Oí como reían y cantaban
«quién es la que viene ahí, tan bonita y tan gentil». Me quedé escondido
tras la cortina a medio correr que hacía de puerta, a oscuras. Era
extraño ver a mi madre alegre. Se veía especialmente joven, casi como
una hermana más. Mi padre no estaba en casa. Las espié durante un
rato, y en cierto momento mi hermana mayor, Carola, miró hacia donde
yo estaba. Pensé que me enfrentaría diciéndome alguna pesadez —hacía
tiempo que intentaba enrostrarme su molestia conmigo, yo no sabía la
razón—, pero hizo como si no me viera. Cantó más fuerte, casi gritando,
y bailó chispeando los dedos y meneándose ridículamente provocativa,
haciendo reír más a mi hermana menor y a mi mamá, que aplaudieron
para que siguiera. Fijé la mirada en Carola, con la seguridad de que ella
sabía que yo la observaba, y por un segundo, al verla desde la
oscuridad, recordé lo mucho que nos divertíamos de chicos. Recordé lo
cercanos que éramos, cuando solo estábamos nosotros dos. Seguí el
camino hasta mi pieza y me tendí de espaldas en la cama y las escuché
cantar y reír hasta muy tarde, cuando mi padre llegó.
La llave giró en la cerradura y a los pocos segundos la casa quedó en
silencio. Caminó por el pasillo sin detenerse. Vi aparecer su perfil
ensombrecido en el umbral de mi puerta. Se quedó parado en la
oscuridad, con la vista alta. Todavía llevaba su peinado de marino,
rapado en la nuca y alisado hacia el lado en la coronilla, y sus mejillas
bien afeitadas y el bigote recortado pulcramente, aunque no tuviera
donde ir. Casi pude sentir el olor a colonia inglesa desde la cama. Pero
era imposible relacionar un aroma tan fresco con su rostro flácido y de
expresión acabada. No me saludó. Tal vez creyó que la pieza estaba
vacía o que yo dormía. Quizá no quiso decir nada. Yo tampoco lo saludé.
Respiró profundo y se dirigió al baño. Salió otra vez de la casa y ya no
volví a escucharlo entrar de nuevo.
La mañana siguiente, Pancho esperaba sentado en la escalinata con una
pila de libros al lado. Se veía aún más inquieto y parecía haber
madrugado o no haber dormido en toda la noche. Con un tono
misterioso me dijo que nos contaría la asombrosa idea que se le había
ocurrido para el asalto cuando estuviéramos todos reunidos. Los libros
eran enciclopedias y diccionarios, robados quién sabe dónde. Marquito
llegó al poco rato con la bolsa de tabaco y comenzó a hacer un cigarro
apenas se sentó en la escalinata. Tenía un talento innato para liar. El
tabaco lo reuníamos de colas de cigarros que recogíamos de la calle y
32/144que guardábamos en papel de diario. De los papelillos también se
encargaba Marquito, se los sacaba a su mamá de la cartera.
—Esta es la última pitiá —sentenció Pancho tras quitarle el cigarro de
las manos a Marquito y aspirarlo profundamente. Nos mostró a todos el
pitillo, luego se lo acercó a la cara, lo miró como dándole un último
adiós y lo lanzó al aire con el dedo gordo y el índice.
—Vamos a tener que hacer algunos sacrificios por el botín.
—¿Y tú nos vai a obligar? —protestó Camilo, que aparecía en el umbral
de la puerta. Pancho le respondió con un suspiro y una sonrisa
condescendiente.
—Nunca dije que iba a ser fácil. Pero si me dejas explicar. —Hizo una
pausa y llenó sus pulmones de aire—. Vamos a dejar los cigarros,
porque vamos a empezar a entrenarnos para el robo. —Volvió a parar y
nos miró abriendo mucho los ojos, excitadísimo—. Porque vamos a
entrenarnos en el antiguo arte de guerra japonés del espionaje y la
guerrilla: el ninjutsu .
—¿Ninjas?
—replicó Camilo riéndose estrepitosamente, una risa forzada—. ¿Querís
que nos disfracemos de ninjas? ¿Como las Tortugas Ninja?
La sonrisa emocionada de Pancho desapareció por un instante.
—Déjame terminar, Camilo —contestó irritado, pero no explicó nada
más. Se quedó callado un rato y luego me preguntó—. ¿Qué pensái tú?
—su mirada suplicaba aprobación.
—Sí, eso, qué opina el cerebrito del grupo.
—No sé..., ¿no se supone que los ninjas son los malos de la película? —
dije dudoso. Los ojos de Pancho se iluminaron y volvió a su sonrisa
confiada.
—¿Y cómo se supone que nos vamos a transformar en ninjas de un día
pa otro? —preguntó Camilo con ironía, dando paso a una nueva
discusión entre los hermanos, que Marquito y yo aprovechamos para
liar y fumar el cigarro que Pancho nos quitó.
Pancho tenía la habilidad de mezclar y complicar siempre las cosas.
Inventaba una idea tras otra, sin concretar ninguna. Aunque eso no
negaba que tuviera una forma maravillosamente auténtica de hacerlo,
fascinante por su irreflexiva espontaneidad. Era como si para Pancho el
mundo fuera un lugar especialmente diseñado para deslumbrarlo a él.
Aún hoy lo recuerdo abstraído en sí mismo, con expresión decidida.
Supongo que en el fondo era algo que Camilo envidiaba, y por eso solía
burlarse de él. Al lado de Pancho, cualquiera parecía un fraude.
33/144Camilo hundió un puño en las costillas a Pancho y dijo: «Bueno, bueno,
¿qué hay que hacer?».
Pancho nos explicó que en realidad no había mucha información sobre
el ninjutsu , así que por mientras leeríamos lo que él había encontrado
en algunas enciclopedias y luego veríamos qué más hacer.
—¿Y por qué no probamos con otra cosa? —preguntó el Marquito—. En
el liceo me hicieron unas clases de kung fu. —Pancho elevó las manos al
cielo como diciendo «por fin».
—Vamos a aprender el arte del ninjutsu , porque los ninjas son más
como nosotros —el tono que usó fue tan ridículamente solemne que
hasta él mismo se largó a reír. Se calmó, saltando en donde estaba un
par de veces, y nos miró con una seriedad cómica, por lo forzada, y
asintió con la cabeza, como si estuviera conforme o convencido de algo,
y luego no pudo resistir más y volvió a reír a carcajadas.
Tras leer lo que me asignó Pancho —unas enciclopedias de tipo facsímil
de diario— creí entender a qué se refería con eso de que los ninjas eran
«más como nosotros».
Toda la información que logramos reunir no llenaba ni tres páginas, eso
sin contar que en su mayoría no se referían directamente a los ninjas,
sino como excusa para hablar sobre los samuráis, reduciendo su
condición al único hecho de ser sus enemigos y opuestos históricos.
Según pude entender, las técnicas y tácticas de combate del ninjutsu
venían a ser una especie de evolución de las de los guerreros samuráis,
y la diferencia primordial radicaba en los ideales que los inspiraban. La
filosofía de los samuráis, como elite militar que gobernó Japón durante
cientos de años, estaba llena de dogmas y valores asociados a la
superioridad, el honor, las obligaciones y la lealtad. Los ninjas, en
cambio, eran un grupo militar de mercenarios que perpetraban el
sabotaje y el espionaje, acciones realizadas siempre desde el anonimato.
En el fondo, las diferencias que los llevaban por veredas opuestas en el
arte de la guerra eran que para ser samurái tenías que provenir
obligatoriamente de una casta, o sea, tener apellido y plata, y para ser
ninja la única condición era que fueras alguien que no tuviera nada que
perder. Eran pobres y por eso aceptaban todo tipo de trabajos, fueran
honorables o no. Supuse que por eso le habían maravillado tanto a
Pancho. Y tenía razón, los ninjas eran más como nosotros.
Esa noche, mientras leía acostado sobre uno de los modos de operación
clásico de los ninjas —penetrar disfrazados en los castillos, ocultarse
hasta el momento oportuno en el cual matar a los guardias y prenderles
fuego a las torres, para luego escapar—, tuve un corto diálogo con la
Andrea, mi hermana menor. A lo mejor llevaba horas en la cama de al
lado mirándome, pero yo estaba absorto en las enciclopedias. Los tres
dormíamos en la misma pieza, una habitación pequeña en la que apenas
cabían el camarote y la cama de una plaza fabricados por mi padre. Mis
34/144hermanas ocupaban el camarote, Carola arriba y Andrea abajo. Yo
gozaba de una estructura cien por ciento para mí.
—Pasado mañana nos vamos donde la abuela —dijo Andrea justo
cuando yo subrayaba en la enciclopedia la oración «huir furtivamente
en el anonimato».
Mi abuela materna vivía en Tirúa, Arauco, a unas cuatro horas de
Talcahuano. Solíamos pasar las vacaciones en su campo. La abuela y
mis tíos sembraban trigo y avena, y el terreno colindaba con las
forestales. De niño disfrutaba pasear por los bosques de eucaliptos junto
a mi mamá y mis hermanas. Siempre terminábamos perdiéndonos entre
los miles de palitroques idénticos y separados por la misma distancia de
manufactura industrial. Claro que en ese momento no pensaba en esos
días de campo, apenas si había escuchado lo que decía mi hermana
menor.
—¡Ya cállate, Andrea! —gritó Carola desde la cama de arriba—. Tan
hocicona que soi.
—¿Cómo? —le dije a Andrea sin apartar mis ojos de la enciclopedia.
—¡Dejen de hablar y apaguen la luz! —protestó Carola otra vez.
—¡Espérate un poco! —le grité. Me exasperaba esa actitud que tenía
conmigo últimamente.
—Que pasado mañana nos vamos a la casa de la abuela —repitió mi
hermana, en voz más baja.
—Ah, qué bueno, mándales saludos a la abuela y a los tíos —respondí
sin mucho interés.
—Te vas a quedar con el papá —dijo hablando aún más bajito y con algo
de indecisión, como si no acabara de decidir si lo que decía era una
afirmación o una pregunta.
—¡Andrea! —volvió a retarla mi hermana mayor.
—Supongo —le respondí sin prestar atención a la nueva interrupción de
Carola.
Dejé la enciclopedia en el suelo y apagué la luz. Mientras me
acostumbraba a la oscuridad de la pieza pude ver que Andrea seguía en
la misma posición de antes, de costado, mirándome. Lo supe por sus
ojos, que brillaban intensamente, y que me recordaron esa clásica
imagen de animalitos ocultos en un bosque tenebroso de las películas de
dibujos animados. Le sonreí pensando que podría verme, pero si me
respondió con algún gesto no pude verlo. Me di media vuelta, cerré los
ojos y comencé a pensar en ninjas otra vez.
35/144—Tu papá era milico, ¿no tiene una pistola o algo así que usemos? —me
preguntó Camilo.
—No sé —contesté incómodo. Aunque era verdad, no sabía. Recordaba
haber jugado con balas sin pólvora de chico.
—¿Cuándo hai visto a un ninja con pistola? —dijo Pancho a su hermano
—. Vamos a usar las armas tradicionales: cuerdas, cadenas y muchas
shuriken .
Las shuriken eran las estrellas ninja. Les dije que yo sabía cómo
fabricarlas. Mi padre me había enseñado a hacer algo parecido con una
tapa de bebida plástica y cinco clavos. Jugábamos a clavarlas en los
árboles cuando podíamos pasar tardes enteras juntos.
Caminábamos hacia la plaza para comenzar nuestro «entrenamiento»
cuando llegó mi mamá con mis hermanas. Cada una traía un bolso
enorme. «¿Se cambian de casa?», bromeó Pancho. Mi mamá lo saludó
muy cariñosa y le preguntó riendo qué tramaba en esta oportunidad.
Otra vez parecía muy joven. Llevaba su pelo negro suelto. Saludó a cada
uno con un beso en la mejilla. A mí me dio un abrazo largo y dijo que se
iban donde la Clara, mi abuela. Mi hermana menor se colgó de mi cuello
y dijo que me extrañaría mucho, pero Carola la tomó por la espalda y la
separó con brusquedad. Yo también quiero despedirme, dijo como
excusa, pero apenas me rozó la mejilla con un beso rápido, y también
brusco. No me miró a los ojos en ningún momento. Le dio unos
golpecitos en la mejilla al Camilo, que siempre había andado detrás de
ella, y les dijo a mi mamá y a mi hermana que se apuraran porque iban
atrasadas.
Faltaban menos de tres semanas para el asalto.
Parte del entrenamiento lo practicamos en la plaza San Francisco de la
Santa Julia. Era ideal, porque tenía unos juegos de madera y metal en
los que podíamos ejercitarnos tranquilos, estaban tan viejos y
desastrados que casi ningún niño los ocupaba. Al final, no conseguimos
más información sobre el ninjutsu , y así, con unos pocos datos y sin
sensei , nos preparamos en lo que por intuición nos parecía primordial.
Se suponía que el ninjutsu significaba «arte de escabullirse», así que por
sobre todo nos esforzamos por aprender a escapar con rapidez y ser
sigilosos en todos los movimientos.
Practicamos equilibrio en la tabla del balancín y trepamos lo que se nos
pusiera al frente, desde los juegos infantiles hasta las panderetas de
algunas casas o los muros de industrias abandonadas. A veces
ocupábamos cuerdas, pero en la mayoría de los casos escalábamos
usando las manos. Para mejorar la velocidad, corríamos cerro abajo,
saltando cualquier obstáculo que pilláramos en el camino. Lo de trepar,
correr y saltar fue la parte fácil. Terminamos llenos de heridas y
36/144moretones, pero nos sobraba energía, sobre todo a Pancho, que, pese a
sus piernas cortas, saltaba más alto que ninguno.
Lo que realmente nos costó fue aprender a ser sigilosos, a desplazarnos
sin hacer ruido. Los ninjas eran tan silenciosos que en algunos castillos
se construyeron pisos especialmente diseñados para rechinar al mínimo
contacto. Se llamaban «pisos de ruiseñor», porque el sonido de alarma
que producían las pisadas era parecido al canto de esos pájaros.
Dividimos el día para ejercitarnos en las dos habilidades: por la mañana
corríamos de un lado a otro y, por la tarde, con el cuerpo más cansado y
menos ansioso, nos dedicamos a acallar nuestras pisadas y
movimientos.
Despejamos la pieza de los Carrasco —durante todo ese tiempo
durmieron en el living — para entrenarnos sobre el piso de madera. Nos
dejábamos puestos los calcetines, el algodón reducía el ruido, y nos
formábamos en fila: el que iba a la cabeza mandaba y se movía por la
habitación con la libertad de meter ruido. El resto debía imitar sus
movimientos, pero sin hacer crujir las tablas. Como en el juego del
monito mayor, aunque levantando las piernas y apoyando la punta de
los pies lentamente y con cuidado. El que hacía ruido perdía. Otro
ejercicio: nos poníamos en cuclillas, sin apoyarnos en nada, y
competíamos por quién aguantaba más tiempo en esa posición que nos
acalambraba las piernas. Casi siempre era yo quien salía victorioso y
Pancho el primero en desistir. Último ejercicio: vendábamos los ojos de
alguno y lo colocábamos al centro de la pieza. Debía atraparnos
mientras nos desplazábamos a su alrededor casi sin respirar, al igual
que en el juego de la gallinita ciega. Por la noche terminábamos
exhaustos, aunque siempre con más energía para la siguiente jornada.
Durante algunas noches, o en los tiempos libres que dejaba el
entrenamiento, me dediqué a buscar una pistola entre las cosas de mi
padre. No sé por qué, pero quería averiguar si tenía una o no. Registré
sus cajones, su ropa, unas maletas viejas, sus cajas de herramientas,
incluso las cosas de mi madre. Lo único que encontré fueron trozos de
madera aquí y allá. Algo extraño en él, ya que era muy ordenado y
meticuloso, por su enseñanza militar. Luego me di cuenta de que había
trozos de madera desperdigados por toda la casa. De diferentes
tamaños y tipos, casi siempre inservibles: rotos, demasiado viejos o
quemados. Pensé que planeaba fabricar algo, o que quizá juntaba
materiales para levantar el taller que mi madre tanto le insistía que
pusiera.
Con el paso de los días siguió acumulándose más madera inútil. Desde
la partida de mi mamá y de mis hermanas que la casa era un desastre,
lo único bueno era que el olor a cloro había desaparecido. También
había pilas de diarios viejos con ofertas de trabajo marcadas con
plumón: «empresa de seguridad requiere contratar guardias de
seguridad...», «obreros para fábrica vibrado...», «trabajo en línea de
proceso de picado y embalaje de materias primas...». La mayoría para
trabajar fuera, en Santiago o más al norte. Mi mamá había comprado
37/144los diarios. Marcaba los anuncios y se los dejaba a mi padre en la mesa,
junto al desayuno. Le decía que en otros lados se podía salir adelante,
que todo el mundo se estaba yendo de Talcahuano. Yo creía que mi
padre los botaba, porque una vez le había gritado a mi mamá que él
nunca se iba a ir de su casa. Pero ahí estaban todos los diarios ahora,
como una última oportunidad, aunque con más resignación que
esperanza.
La basura que acumulaba fue lo único que supe de él por esos días.
Ninguno de los dos pasaba en casa, y apenas lo vi una vez, mientras
entrenábamos en la plaza con los Carrasco. Apareció de repente y se
puso a hurgar en la basura. Llevaba la ropa sucia, el pelo desordenado
y barba de varios días. Los Carrasco no se fijaron en él y yo no me
acerqué. No creo que me viera, parecía realmente perdido. Sacó un par
de tablas y una botella del contenedor, las metió en una bolsa y se fue
caminando con la mirada fija en el suelo. Lo vi alejarse encorvado y
abatido calle arriba. Desapareció al doblar por una esquina y entonces
recordé cuando de niño también lo veía desaparecer, en la esquina de
nuestra casa, para irse al trabajo de madrugada. Yo no pasaba de los
seis años, pero cuando el despertador sonaba a las cinco de la mañana,
me levantaba con él y lo acompañaba a tomar desayuno mientras los
demás dormían. Al terminar, se levantaba de la mesa y yo lo imitaba, le
acercaba su abrigo militar, su maletín, y lo seguía hasta la puerta.
Entonces me daba unas palmaditas en la cabeza de despedida y se iba.
Me quedaba en el umbral de la puerta viendo cómo se alejaba entre la
neblina, y seguía ahí parado aun después de que desapareciera de mi
vista. No quería que se fuera. Y a veces, después de unos minutos, lo
veía regresar apurado y algo molesto, y con sus manos ásperas tomaba
las mías, firme pero tiernamente, para llevarme a trabajar con él.
Con respecto a las acrobacias increíbles que realizaban los ninjas en las
películas y las técnicas de lucha, decidimos, tras varias discusiones —
sobre todo con Camilo—, que no les dedicaríamos gran parte del
entrenamiento. No porque fueran particularmente difíciles, sino porque
no esperábamos utilizarlas con nadie, ya que según Pancho no había
guardias.
Luego de tres semanas llegamos a alcanzar cierta destreza, de seguro
nada en comparación con los ninjas reales. Lo más probable es que
para cualquier sensei nuestro entrenamiento fuera pobre y poco
ortodoxo. Pero estoy seguro de que en el fondo nos acercamos bastante
al espíritu, en el que era fundamental ser práctico, preocuparte por
aquello que podría salvarte la vida.
—LAS TELNICAS CHON INUTLILES, LA INTUILCHON ES TODLO —
decía Pancho cuando ya se aburría de practicar en su pieza.
—TODLO ES UN ARLMA —decía Camilo tirando una patada.
Eran frases de Masaaki Hatsumi, un mítico maestro ninja sobre el que
encontramos un poco más de información.
38/144Lo que sí era un hecho incuestionable es que estábamos preparados
para huir sin ser alcanzados. Éramos más rápidos y ágiles que al
comienzo. De todas formas, y por si nos llegaban a perseguir en autos,
fabricamos unos miguelitos con los clavos que nos sobraron de los
shuriken .
El plan quedó bosquejado, finalmente, de la siguiente manera: teníamos
una hora, entre las tres y las cuatro de la mañana, para entrar al galpón
y sacar los instrumentos. Pancho escalaría el muro del templo y entraría
por una de las ventanas superiores (unas ventanas de metal que por lo
viejas y oxidadas nunca podían cerrarse), a unos tres o cuatro metros
de altura. Ya dentro, y según lo comprobado por él mismo, rompería las
cadenas que cerraban la puerta lateral del templo con un napoleón. Con
la entrada libre empezaba nuestro turno: cargar los instrumentos y salir
lo más rápido y en silencio posible. Huiríamos por la puerta lateral que
daba al cerro El Piñón. Un cerro oscuro con un bosque de melis que nos
llevaría de vuelta por un camino más largo pero seguro. En el bosque
nos repartiríamos el botín. El punto más complejo del plan era trasladar
los instrumentos en un único viaje y sin ruido, sobre todo pensando en la
batería, que de por sí era aparatosa y bulliciosa. Con Pancho dibujamos
en un papel cómo sería: Camilo se amarraría el bombo, con los toms
aún anclados, como una mochila, y se la llevaría tal cual; yo me llevaría
la caja y el timbal amarrados en la espalda y los platos en el pecho;
Marquito cargaría el teclado en la espalda; Pancho se llevaría el bajo y
la guitarra, cruzados atrás y adelante. Camilo se quejó de que a su
hermano le tocara la parte más fácil, y Pancho argumentó que él ya
había tenido bastante trabajo con planearlo todo. Cubriríamos los
instrumentos con los vestidos enormes que usaba la mamá de los
Carrasco de embarazada para apañarlos. Si quedaba tiempo y espacio,
nos llevaríamos algunos cables y atriles. Los amplificadores estaban
descartados, ya nos las arreglaríamos para conseguir unos pequeños.
A todos nos pareció un plan impecable, por lo menos así, dibujado en el
papel, cada uno como un ninja, con instrumentos cruzados a la espalda
por katanas.
El día del robo pesaba sobre nosotros un aire que mezclaba
grandiosidad y peligro. Ya no valía la pena entrenar, y además, al igual
que los deportistas, decidimos que era mejor tener el cuerpo
descansado. Así que lo que hicimos, por la mañana, fue lavar los buzos,
tenderlos al sol y ver la tarde pasar, sentados al pie de la escalera,
comiendo los últimos trozos de sandía que nos quedaban. Camilo le
pidió al Marquito que trajera el tabaco para fumar un cigarro. Confesó
estar demasiado ansioso, y aunque Pancho lo retó por su falta de
compromiso, todos terminamos fumando. Les conté que esa imagen de
los ninjas vestidos de negro era un mito. Usaban el azul marino porque
el negro brillaba en la oscuridad. Marquito dijo que los buzos del liceo
estaban pintados para la misión.
39/144—Igual, son los únicos que tenemos —agregó Pancho, y soltó una
bocanada de humo. Todos asentimos riendo.
Últimos detalles.
Ya que ni el Marquito ni yo tenemos pasamontañas como los Carrasco,
convenimos en usar poleras negras como capuchas. El reloj de la cocina
de los Carrasco marca las 10.30 pm y acabamos de darnos cuenta de
que a su papá le faltan un par de herramientas. No son esenciales para
el atraco, pero no podemos arriesgarnos. Les digo que creo haberlas
visto en la caja de herramientas de mi padre y decidimos que Pancho me
acompañe a buscarlas y que a la vuelta iremos todos a hacer guardia al
templo. Empezaremos con la operación a las 3.00 en punto.
La calle está vacía y durante el camino Pancho no deja de hablar. Está
más excitado que nunca. Me pregunta, una y otra vez, si entiendo lo que
estamos a punto de hacer. «¿Te das cuenta?, ¿te das cuenta?», repite
casi gritando. Camina muy rápido, con determinación, con la vista
perdida, pero luego, por un segundo, me mira directo a los ojos y me
dice que vamos a dar el gran golpe y que después de eso ya nada nos va
a parar, que vamos a ser invencibles. Yo lo miro y le respondo con la
misma seguridad que sí, que me doy cuenta, que vamos a hacerlo, que
ya prácticamente está hecho. Somos invencibles.
Al llegar, la casa está en penumbras y cuando entramos lo primero que
vemos es a mi padre tirado en el sillón. Su posición hace creer que nada
podrá despertarlo. También vemos un charco de bilis en el suelo. Pancho
hace la mímica de beber de una botella y luego ladea la cabeza, saca la
lengua y entorna los ojos tratando de imitar la cara de borracho de mi
padre. Le digo que pase al patio, donde están las herramientas. Sin
Pancho cerca, me acerco a mi padre. Contemplo su cuerpo
desparramado en el sillón, en el viejo sillón de la abuela que él mismo
reparó con un par de clavos y rellenó con lana. Su rostro, a diferencia
de la sala repleta de diarios, trozos de madera y basura, está vaciado de
cualquier expresión. Se ve viejo, viejo e inútil. Mirándolo desde arriba,
iluminado por la escasa luz de la calle que dejan pasar las cortinas,
pienso en lo bajo que ha caído y en lo diferente que soy yo. Y todo aquel
tiempo que estoy mirándolo, todos aquellos pensamientos, todo aquel
silencio revelador, hace que sea aún más increíble, y humillante, que no
me haya dado cuenta de lo que pasaba, y de que fuera Pancho, tras
intentar hacerle una broma con las llaves de tubo que había ido a
buscar, el que gritara que mi padre no respiraba.
Días después, Pancho me dijo que nunca había corrido tan rápido, y que
al final el entrenamiento no había sido un desperdicio. Yo no había
terminado de gritarle que fuera por ayuda, cuando él saltaba fuera de la
casa y corría loma arriba. Claro que para mí nada que tuviera que ver
con el entrenamiento, con el plan, con los ninjas o con el mismo Pancho
tenía sentido.
40/144No fue su respiración, la falta de ella, lo que hizo que me lanzara
encima de mi padre para zamarrearlo e intentar que volviera en sí. Fue
el olor, el olor nauseabundo que despedía. No exactamente a
descomposición, sino a una extraña mezcla entre algo aséptico y
fermentación. Pancho se había equivocado, mi padre sí respiraba. Y no
tuve que acercar mi oreja a su nariz para darme cuenta de que algo
andaba mal. Fue el hedor, el hedor que emanaba de él desde hace tanto
tiempo, y que únicamente pude percibir con los gritos de Pancho, lo que
me llevó a introducir mis dedos temblorosos por su boca para que
vomitara. Porque temblaban, mis manos y mis rodillas. Todo mi cuerpo
temblaba de miedo, mientras con una mano intentaba producirle
arcadas y con la otra le golpeaba el estómago para que botara más de
aquel líquido biliar que nos esperaba desde el principio.
Cloro, mi padre había tomado cloro. Una botella de Coca-Cola de litro y
medio llena del cloro que pasaba vendiendo una furgoneta cada
semana. Había casos de personas muertas por la ingesta de cloro,
aunque se trataba casi siempre de niños que lo tomaban por error. Tal
vez mi padre creyera que aguantaría lo mismo que un niño y que podría
morir. O quizá el cloro fuera lo único que tenía a mano. Al final, no tenía
una pistola. No, no pensó nada de eso. Solo pensó en mi madre. Quería
llamar su atención. Pensó: voy a mandarle un mensaje, voy a tomarme
su trabajo, sus estúpidas aspiraciones. Su ambición. Voy a beberlas y
hacer que me maten con cada trago.
Porque tras las horas de espera en urgencias lo único que me dijo fue
«llama a la Carmen», y luego de que yo intentara explicarle que no se
preocupara, que ella estaba bien, veraneando en la casa de la abuela,
volvió a decirme con aún más severidad:
—Llama a tu madre.
—Sí, papá.
—Llámala.
—Sí, señor.
Y entonces fue como si lo comprendiera todo de una sola vez. No llamé
a nadie, y le dije a la mamá de los Carrasco y a Pancho, que me
acompañaba en el hospital con los demás, que prefería volver por mi
cuenta.
No fui directo a casa. Caminé por el borde costero con mi buzo de ninja,
y mientras lo hacía, imaginé a mi madre lejos, perdida entre los bosques
de eucaliptus y supe que nos había abandonado. Mi madre se había ido,
me había dejado solo en la casa, echado a mi suerte junto a un hombre
moribundo. Todos lo sabían menos yo. Hasta mi hermana chica lo sabía
y había intentado advertirme, pero yo no la escuché.
41/144Llegué al puerto y me senté en las escalinatas a ver cómo se preparaban
unos marinos. Años atrás, solíamos ir con Pancho de madrugada a ver
zarpar los barcos pesqueros. Soñábamos con ser marinos mercantes.
En sus rostros acartonados por el frío, llenos de arrugas, turbados y
preocupados en sus labores de embarque, creíamos reconocer la
expresión de hombres fuertes y rudos. Hombres que no le temían a
nada. Pero entonces, de madrugada y con el mar negro de fondo, lo
único que pude ver reflejado en los rostros de esos marinos fue tristeza.
Una tristeza seca que calaba sus huesos tan profundamente como el frío
de ultramar. Toda mi vida había creído que Talcahuano era un lugar
duro, pero lo cierto es que solo se trataba de un lugar triste. Y entonces
pensé en mi padre en la camilla del hospital, y supe por qué había hecho
lo que hizo. Al fin pude hacerme una idea de él: mi padre era un hombre
desdichado, pero aún podía hacer daño. Herir, aunque no fuera su
intención. Yo debía haberlo sabido antes, pero no fue así.
Cuando mi madre y mis hermanas llegaron, varios días después, la casa
estaba tal como la dejaron. Boté los palos y los diarios, trapeé el vómito.
Limpiar la casa. Eso fue lo primero que hice por mí mismo, para mí. Y
quizá lo hiciera con el deseo de que mi suerte cambiara. Esos primeros
días entré en un estado de anestesia y me convencí de que no me
quedaba otra cosa más que pensar en mí mismo. Fue como si la basura
acumulada por mi padre de pronto me pareciera peligrosa, como si me
acorralara, como si pudiera hundirme con ella sin siquiera darme
cuenta. Toda la basura, y la pobreza, y las tardes con los Carrasco, de
repente se transformaron en una amenaza. No por lo del robo, no es
que temiera que nos convirtiéramos en asaltantes de banco. Lo más
probable es que siguiéramos siendo una banda inofensiva, sentados
para siempre al pie de la escalera, o ya más viejos, en alguna esquina,
ideando planes que nunca llegarían a puerto. Tal vez era justo eso lo que
lo hacía amenazante. Pensé en lo estúpido que había sido todo ese
tiempo, jugando con los Carrasco, jactándonos de lo astutos que
éramos, sin comprender lo que realmente ocurría a nuestro alrededor. Y
entonces, la luz que hacía brillar a Pancho, por ser tan asombrosamente
él mismo, se apagó, dejando la sombra de un muchachito terco, iluso e
insignificante.
El verano terminó rápido, y llegó el invierno con más viento y la lluvia y
el humo de las chimeneas. Cumplí los catorce. Durante un tiempo mi
madre y mis hermanas volvieron a la casa. Ella me explicó su versión de
los hechos y me prometió que las cosas irían mejor, que volveríamos a
empezar todos juntos otra vez, pero yo ya sabía que no podría ser así, y
de todas formas no me importaba. Cuando uno vive experiencias fuertes
se tiene la ilusión de comprender muchas cosas. Yo creí entender cómo
funcionaba la vida. Cuando terminé de limpiar y ordenar la casa quedé
exhausto, y pensé que en adelante debía seguir así: cansarme e
imponerme obligaciones para prosperar en la vida. Creí que eso me
mantendría a salvo. No iba a vagabundear como mi padre ni a
preguntarme, temeroso, qué sería de mí. Iba a resistir, a olfatear las
amenazas en el viento y a construirme una vida propia. Quizá qué
destino me esperaba junto a los Carrasco, no lo conocí. Apenas pude me
42/144marché de Talcahuano, primero a trabajar en el norte con el papá de los
Carrasco —último vínculo que mantuve con Pancho—, luego a Santiago.
Me deshice de mi familia y de los únicos amigos que tuve. Y me endeudé
para estudiar, y trabajé doce horas diarias y gasté dos más en viajes en
micro, e hice todas las cosas que hace la gente para alcanzar cierto
bienestar, y me cansé, me convertí en una persona cansada y viví en
Renca, en Recoleta y en Quilicura, sin saber nunca qué significaban los
nombres de todos esos lugares.
miércoles, 26 de abril de 2023
Talcahuano, short story by Paulina Flores
jueves, 20 de abril de 2023
Ya no, poem by Idea Vilariño
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.
Poema sobre mis Derechos, by June Jordan
Incluso esta noche necesito dar un paseo y aclarar
mi cabeza sobre este poema acerca de por qué no puedo
salir sin cambiar mi ropa mis zapatos
mi postura corporal mi identidad de género mi edad
mi estatus como mujer sola en la noche/
sola en las calles/ estar sola no es la cuestión/
la cuestión es que no puedo hacer lo que quiero
hacer con mi propio cuerpo porque soy del sexo
equivocado de la edad equivocada de la piel equivocada y
supongo que no fue aquí en la ciudad sino allá en la playa/
o lejos en el bosque y quería ir
allí yo sola para pensar sobre Dios/ o pensar
sobre las criaturas o pensar sobre el mundo/ todo ello
al amparo de las estrellas y el silencio:
no pude ir y no pude pensar y no pude
estar allí
sola
tal como necesitaba estar
sola porque no puedo hacer lo que quiero hacer con mi propio
cuerpo y
quién demonios organiza las cosas
así
y en Francia dicen que si el tipo te penetra
pero no eyacula entonces él no me violó
y si después de apuñalarle si después de destrozar
con un martillo su cabeza si incluso después de eso si él
y sus colegas me follan después de eso
entonces es que yo lo consentí y no hubo
violación porque finalmente comprendes finalmente
que me follaron porque había algo equivocado en mí había algo
malo de nuevo en ser yo estando donde estaba/ algo malo
por ser quien soy
exactamente igual que en Sudáfrica
penetrando en Namibia penetrando en
Angola y eso significa, quiero decir, cómo sabes si
Pretoria eyacula cómo será la evidencia la
prueba de la eyaculación del monstruo abusador sobre las Tierras Negras
y si
después de Namibia y si después de Angola y si después de Zimbabwe
y si después de todos mis parientes y las mujeres resisten incluso
a la auto-inmolación de los pueblos y si después de eso
perdemos pese a todo qué dirán los grandes señores, ¿pedirán mi consentimiento?:
¿Me sigues?: somos la gente equivocada
con la piel equivocada en el continente equivocado y por qué
demonios está todo el mundo siendo tan razonable sobre esto
y de acuerdo al Times de esta semana
allá por 1966 la CIA decidió que tenía este problema
y que el problema era un hombre llamado Nkrumah así que
lo mataron y antes de él fue Patrice Lumumba
y antes de él fue mi padre en el campus
en mi escuela de la Ivy League y el miedo de mi padre
de entrar en la cafetería porque dijo que
él era alguien equivocado de la edad equivocada de la piel equivocada de
la identidad de género equivocada y él pagaba mi matrícula y
antes de eso
fue mi padre diciendo que yo era alguien erróneo diciendo que
yo debí haber sido un chico porque él quería uno/ un
chico y yo debería haber tenido una piel más clara y
que yo debería haber tenido el pelo más lacio y que
a mí no me deberían gustar tanto los chicos pero en cambio yo sí debería
haber sido un chico/ un chico y antes de eso
fue mi madre rogando cirugía plástica
para mi nariz y un aparato para mis dientes y diciéndome
que dejara los libros que los dejara en otras
palabras
Son muy familiares para mi los problemas de la CIA
y los problemas de Sudáfrica y los problemas
de la Empresa Exxon y los problemas de la
América blanca en general y los problemas del profesorado
y de los predicadores y del FBI y de las
trabajadoras sociales y de mi Mamá y de mi Papá/ Me son muy
familiares esos problemas porque esos problemas
resultan que soy
yo
Yo soy la historia de la violación
Yo soy la historia del rechazo de quién soy
Yo soy la historia de la reclusión aterrorizada
dentro de mí
Yo soy la historia de las agresiones físicas y las ilimitadas
tropas contra cualquier cosa que quiero hacer con mi mente
y con mi cuerpo y con mi alma y
ya sea salir por la noche
o ya sea el amor que siento o
ya sea la santidad de mi vagina o
la santidad de mis fronteras nacionales
o la santidad de mis líderes o la santidad
de cada uno de los deseos
que conozco de mi personal e idiosincrático
e indiscutiblemente único y singular corazón
Yo he sido violada
porque he sido alguien equivocado el sexo equivocado la edad equivocada
la piel equivocada la nariz equivocada el pelo equivocado
la necesidad equivocada el sueño equivocado la geografía equivocada
la manera de vestir equivocada yo
yo he sido el significado de la violación
yo he sido el problema que todo el mundo quería
eliminar con penetraciones
forzadas con o sin evidencias viscosas y/
pero deja que este poema sea inequívoco
no es consentimiento yo no consiento
a mi madre a mi padre a mi profesorado
al FBI a Sudáfrica a Bedford-Stuy
a Park Avenue a American Airlines a los vagos
problemáticos de las esquinas a los piropeadores furtivos
de los coches
No soy alguien equivocado: Equivocada no es mi nombre
Mi nombre es mío mío mío
y no puedo decirte quién demonios organiza las cosas así
pero puedo decirte que desde ahora mi resistencia
mi sencilla y diaria y nocturna autodeterminación
puede perfectamente costarte la vida
Este poema está extraído de un libro inédito en castellano: Directed by Desire: The Collected Poems of June Jordan (2005).
martes, 14 de febrero de 2023
La jaula de tía Enedina, Adela Fernández
Desde que tenía ocho años me mandaban a llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Mi madre dice que enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía encerrada en el cuarto de trebejos que está en el patio de atrás. Conforme se acostumbraron a que yo le llevara los alimentos, nadie volvió a visitarla, ni siquiera me preguntaban cómo seguía. Yo también le daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le importaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarle comida a los animales y a la tía.
Ahora tengo diecinueve años y nada ha cambiado. A la tía nadie la quiere. A mí
tampoco porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre dice que no soy su hijo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que nadie me quiere. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Es Goyita también la que cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo enloqueció mi tía Enedina.
Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Ese hombre le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia, le dijo que para siempre sería una mujer soltera y que él compadecido de su futuro le regalaba una enorme jaula dorada para que se consolara en su vejez cuidando canarios. El hombre se fue sin darle más detalles.
Tal como lo dijo aquel hombre, el novio no se presentó a la iglesia, y mi tía Enedina enloqueció de soledad. Me cuenta Goyita que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando
voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años, yo no he podido llevarle su canario. En casa a mi no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido
regalarme ninguno, y el día que le robé el suyo a Doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Yo lo tenía escondido en una caja de zapatos, me descubrieron, y a golpes me obligaron a devolvérselo.
La verdad, a mí me da mucha lástima la tía y como nunca he podido traerle su canario, hoy decidí darle caricias. Entré al cuarto... Ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado a otro. Se dio cuenta de que eso para mí era fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montó de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula dorada y se mecía. El balanceo era algo más que triste. Parecía una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.
A tientas, entre tumbos y tropezones, comencé a perseguirla. ¡Qué difícil me fue
atraparla! Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran semejanza con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organza, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo esto a cambio de un canario que por más que me empeñaba, no podía regalarle.
Después de aquello, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas y buscaba mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, me incrustaba sus uñas, me mordía y sus huesos afilados y puntiagudos se encajaban en mi carne, me dañaba. Así que decidí mejor darle un canario, costara lo que costara.
Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella
ríe como un ratón y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del canario. Todos los días le llevo un poco de alpiste, de ese que compra Goyita para su jilguero.
Lo del canario parece imposible. No puedo conseguirlo; ya ha pasado más de un
año. Yo no quiero volver a tocarla y le he propuesto para su jaula el jilguero de Goyita. Ella se ríe como ratón, babea y pega de saltos y mueve negativamente la cabeza. Lo bueno es que se ha conformado con los puñitos de alpiste que diariamente le llevo. Porque me sentí demasiado solo resolví entrar al cuarto de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor han pasado ya dos años. A tía Enedina la he notado más calmada, puedo decir que hasta un poco mansa. Pensé que ya no arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y el haberla notado apacible.
Ya dentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Yo
la necesitaba y esperé largo rato hasta que me acostumbré a la penumbra y fue cuando pude ver dentro de la jaula a dos niñitos, escuálidos, esqueléticos, albinos. Tía Enedina les daba alpiste y los contemplaba tiernamente ahí encaramada sobre la jaula.
Mis hijos flacos y dementes, comían alpiste y trinaban...
jueves, 11 de noviembre de 2021
Mad Girl's Love Song, Poem By Sylvia Plath
"I shut my eyes and all the world drops dead;
I lift my lids and all is born again.
(I think I made you up inside my head.)
The stars go waltzing out in blue and red,
And arbitrary blackness gallops in:
I shut my eyes and all the world drops dead.
I dreamed that you bewitched me into bed
And sung me moon-struck, kissed me quite insane.
(I think I made you up inside my head.)
God topples from the sky, hell's fires fade:
Exit seraphim and Satan's men:
I shut my eyes and all the world drops dead.
I fancied you'd return the way you said,
But I grow old and I forget your name.
(I think I made you up inside my head.)
I should have loved a thunderbird instead;
At least when spring comes they roar back again.
I shut my eyes and all the world drops dead.
(I think I made you up inside my head.)"
«Canción de amor de la joven loca»
Cierro los ojos y el mundo muere;
Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).
Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Y arbitraria ingresa galopando la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.
Soñé que me hechizabas en la cama
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).
Dios cae del cielo, las llamas del infierno se evaporan:
Escapan serafines y soldados de Satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.
Imaginé que volverías como dijiste,
Pero envejezco y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente).
Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
Al menos cuando llega la primavera ruge otra vez.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente).
jueves, 13 de mayo de 2021
"Amar al padre", Margarita Garcia Robayo
Uno
Lo primero fue la piel de mi papá.
Era blanda y era tibia, y era color marrón claro —como de blanco curtido o de negro desteñido—. Recuerdo que me daban ganas de hundir las yemas de los dedos en su cara y después metérmelas en la boca para ver a qué sabía. Mi papá tenía la misma piel que yo tengo ahora: delgada como el papel de arroz, hipersensible al frío y al calor. Y al sol, sobre todo al sol. De chica me gustaba pensar que mi papá y yo teníamos pieles de vampiros. De chica me levantaba de noche y me metía en el cuarto de ellos con el sigilo de un insecto. Me paraba a su lado y lo miraba dormir, estiraba los dedos para tocar su cara pálida, pero no lo hacía porque temía despertarlo. Entonces tocaba mi propia cara pálida y me lamía los dedos pero no sabían a nada.
A la mañana, antes de irnos al colegio, mis hermanos y yo —medios cuerpos echados sobre la mesa de la cocina—, retozábamos mientras mi mamá revolvía huevos en un sartén. Mi papá entraba recién bañado —oloroso a colonia y al primer cigarrillo— y nos besaba en la frente: uno, dos, tres, cuatro, cinco besos en cinco frentes de cinco niños engendrados por él. Mi secreto era un guiño de ojo que me hacía al final del recorrido: tú y yo somos distintos, pero no se lo cuentes a nadie. Mi papá nos besaba a todos, pero nadie besaba a mi papá. Ni siquiera mi mamá. Aunque besarlo a él era obedecer una orden de ella: vayan a saludar a su papá, o vayan a despedirse de su papá, o su papá cumple años, ¿ya le dieron un beso? Uno no lo besaba así porque sí, en un arrebato. Él era un señor serio y mayor: a mi mamá le llevaba diecinueve años y a mí me llevaba cincuenta y dos. Mi mamá siempre lo trató con la veneración de una sierva, más que de una esposa —incluso caribeña—.
Una vez, estando muy chica, tuve una alucinación. Durante años dudé si era cierto o no y, por suerte, me decidí por lo segundo. Entré al cuarto de mis padres y encontré a mi mamá arrodillada frente a mi papá, que ocupaba su sillón amplio y mullido de cara al televisor, de espaldas a la puerta. Pensé que le estaba rezando y me asusté: solo se le reza a los muertos. Ella me miró con cara de terror, se levantó del piso, gritando. Me agarró fuerte de un brazo, me sacó del cuarto y cerró la puerta. Quedamos las dos solas en medio del hall oscuro y polvoriento, decenas de libros poblando las paredes, lágrimas que me corrían calientes por la cara. Ella se agachó, me tomó por los hombros: «Nunca más entres sin tocar». Tenía la cara sudada, los ojos muy rojos, la respiración de un toro furioso. Tenía un aliento salado y amoníaco.
Ahí, en la fantasía del olor de mi papá en su boca —o sea mi olor y el de todos mis hermanos y el de ella misma después de haberse llenado tantas veces de él—, debió empezar oficialmente nuestra competencia. Y se encarnizó cuando yo aprendí a leer y mi papá aprendió el vicio de elegirme los libros. Los sacaba de su biblioteca, me los llevaba a la mesita de luz: «Este te va a gustar». A mí me sorprendía que supiera que me iba a gustar un libro en detrimento de otros libros. Aceptaba todos y pedía más: «Ya terminé, dame otro». Él se reía pasito y descansaba su mano pesada y nicotinada, sobre mi cabeza: «Mi niña chiquita sabe leer».
Sabía. Y lo hacía obsesivamente: buscaba en los libros, como en las sopas de letras, mensajes escondidos; subrayaba en vertical, en diagonal, armaba frases a las que atribuía sentidos disparatados: eran cosas que mi papá quería decirme pero no podía.
Mi mamá también sabía leer, pero sobre todo a Corín Tellado. Supe desde muy temprano que las novelas de Corín no te dejaban bien parada delante de mi papá. ¿Qué te dejaba bien parada delante de mi papá? El diccionario. Así fue como aprendí a meter en frases banales la palabra onomatopeya y la palabra tautología y la palabra emancipar. Los grandes se sorprendían, me miraban perplejos. Mi mamá se avergonzaba, escondía la cara entre las manos y sacudía la cabeza. Después me miraba con miedo, como si yo fuera un Gremlin a punto de saltarle al cuello y sacarle un bocado de garganta. Pero a mí no me importaba, porque mi papá, en cambio, se esponjaba como un pavorreal y decía: «Mi niña chiquita sabe hablar».
Me hice una pequeña genio ante sus ojos, una lectora voraz solo de sus libros, me hice una niña vieja para estar más cerca de él. Los demás no me importaban: mi mamá, mis hermanos, la muchacha del servicio, el perro, las paredes, las calles del barrio, el colegio, los carros de la ciudad, el horizonte después el mar, las murallas y el cielo. Todo era un decorado necesario para que él y yo, y nuestro secreto expresado en guiños matutinos, nos mantuviéramos a salvo.
Dos
Yo soy un dibujo enmarcado que cuelga de la pared de una casa grande, donde unos animales raros caminan por los pasillos: la gallina azul del caldo Maggi y un canguro enano que come plátanos. Un hombre que es mi padre, pero con la cara de otro, me mira desde afuera y yo trato de saludarlo, pero no puedo porque soy un dibujo. El hombre se baja la bragueta, se frota y se viene con un chorro potente que se estrella en el dibujo como en un cuadro de Pollock; el hombre se acerca y restriega la mano empegostada sobre su nueva obra: «Mi semilla es tuya».
Yo soy yo y mi papá es él, tal cual. Y me enseña a flotar en un lago color violeta. Mi espalda descansa relajada sobre la superficie, porque sus manos me sostienen por debajo del agua. Mis ojos se fijan en sus ojos, que en el reflejo son los mismos. Él me dice no te muevas, concéntrate, y que me va a sacar las manos de la espalda. Le pido que no me suelte, pero él me suelta y me hundo, me ahogo, me muero y resucito. Salgo del agua disparada como un cohete, llegó al cielo y encuentro un meteorito: lo lanzo al lago violeta, donde mi papá sostiene por la espalda a una niña igual a mí. Todo vuela en pedazos.
Yo soy mi padre, pero soy mujer. Mi padre es mi hijo: un bebé hermoso al que amamanto por el pene.
Lo segundo fueron los sueños.
A los once, doce años, mis sueños eran el banquete de un psicoanalista. A los trece todo cambió. Empezó una noche que me había acostado con dolor de barriga y mi mamá me preparó un té de miel que me hizo dormir. Soñé que paría un sapo gordo y baboso que, mientras lo expulsaba, iba mordisqueando las paredes internas de mi vientre y el dolor no se parecía a ningún dolor previo. El sapo no quería salir, se aferraba con colmillos filosos a mis entrañas —había leído la palabra entraña, por accidente, en una novelita de Corín— y yo pedía auxilio con gritos desesperados y mudos. Me levanté a la madrugada bañada en un líquido oscuro que era mi sangre. Fui al baño del pasillo, me lavé y me cambié y salí de vuelta para encontrarme de frente con mi papá, sobresaltado: ¿Qué pasó? Nada. Oí ruidos. Fui al baño. ¿Qué te pasa, estás bien? Ya estaba limpia, pero me sentía sucia. Pensé que el bulto de papel que me había puesto para contener la sangre se había mojado tanto que goteaba. No fui capaz de mirar el piso, me imaginé parada sobre un charco rojo que avanzaba por las baldosas del pasillo hasta cubrir todo el piso de la casa, y salía a la vereda por debajo de la puerta, y se desbordaba por las calles del barrio en un arroyo incontenible: se llevaba por delante casas, carros, edificios.
Me pareció ver en la cara de mi papá una mueca de asco que me hizo agachar la cabeza, primero de vergüenza, después de rabia. Entonces apareció mi mamá, traía un vaso de leche y una pastilla: me tomó del brazo, me acompañó a la cama. Ya había puesto sábanas nuevas, olorosas a Woolite. Me arropó y no dijo una palabra.
Tres
Lo tercero fueron los besos de otros hombres: besos húmedos, espesos y nada dulces —como mienten las canciones—. Fue una época marcada por la saliva ajena. Un momento de tránsito que debía soportar en pos de un futuro que prometía saciarme de placeres. No sé de dónde había sacado eso, pero estaba convencida.
Mi mundo previo a los besos era algo así: chicas que odiaba, porque lloraban por chicos que eructaban en público y recibían ovaciones; chicos que odiaba porque sufrían en silencio por chicas que los miraban como plastas y se reían de ellos en su cara. Un espejo redondo que me hacía redonda. Y un cielo raso agrietado, mi único amigo: gastaba buena parte del día echada en la cama, boca arriba, mascando chicle, largando gruñidos.
Una noche abandoné el cielo raso y me fui a una fiesta de quince. Ahí, entre esculturas de hielo seco, comenzó mi colección de novios grandes: se llamaba R, tenía veintidós y fumaba. Le pedí que me diera una pitada y se negó. Le pedí que me besara y dijo ¿estás segura? R fue el primero que me preguntó eso que después me preguntarían C, F, D, F de vuelta, J, G, M, H y L. No todos fueron novios, algunos no pasaron de un beso y, después de los dieciocho, algunos no pasaron de una noche. De cualquier forma, todos me preguntaban lo mismo, como un modo de curarse en salud: entre tú y yo hay siete, diez, trece, dieciséis, veintitrés años de diferencia, ¿estás segura de que quieres? Y yo siempre quería. Cuando la luz es verde, los hombres mayores son la mata de lo asertivo. Me gusta lo asertivo. Detesto el balbuceo, la duda, el nervio visible, el «esto nunca me pasó», el «ahora qué hacemos»: son los gérmenes del engaño.
Entonces: me gustaban los novios grandes por asertivos, sí, pero también —¿sobre todo?—, porque a ellos les maravillaba levantarse a una jovencita como yo. ¿Y cómo era yo? Como todas, pero me creía mejor. Todavía sabía decir tautología y, además, había aprendido a decir: segurísima. Mis amigas no entendían: ¿pero cómo son los novios grandes?, preguntaban, entre asqueadas y curiosas. Y yo decía: son como cualquier novio, solo que más afortunados.
Me gustaban los novios grandes porque, tras la sorpresa inicial, cerraban la boca, llamaban al mozo y seguían: ¿qué tomas? A los dieciséis era delicioso besarse con R y con C —y sobre todo con F— pero la vida no se detenía después de cada beso: ellos seguían siendo funcionales, gente que pide cafés, y la cuenta, y que se portan como si eso mismo —besarse por primera vez— les hubiera pasado mil veces, porque les pasó mil veces.
Mis amigas insistían en no entender: yo despreciaba las primeras veces. ¿Qué son las primeras veces? Un trámite necesario. Años después la mayoría coincidiríamos en que el verdadero mito de la primera vez es más que un trámite necesario: un castigo doloroso, un karma irrenunciable, un momento de mierda. Mi verdadera primera vez, a pesar de mis novios mayores, llegó bastante después que la de mis amigas, acostumbradas a revolcarse con muchachitos granulientos. Me acosté con J a los dieciocho: nos separaban ocho años y dos cuadras. Y yo no lo quería de novio, sino de sicario: quería que hiciera el trabajo sucio, que rompiera el himen y allanara el camino para los que vendrían después. Pero J lo hizo mal, fue piadoso, se asustó con mis quejas de dolor y una noche, cuando ya casi lo conseguía, se encogió como un feto y lloró: perdón, yo no puedo, que lo haga otro.
A los pocos días conocí a otro. Se llamaba G, tenía una guitarra y doce años más que yo. Sus besos eran a veces picantes y a veces amargos, porque fumaba cigarrillos sin filtro. Su saliva era pastosa; se dejaba la barba crecida, lo que le daba un aspecto rudo. A G prácticamente lo obligué a violarme en un cuarto de motel que olía a desinfectante. A pesar de las lágrimas que me encharcaron los ojos, vi todo el episodio en el espejo del techo: su cuerpo entre mis piernas retorciéndose como un gusano, la cama enclenque y temblorosa, las sábanas gastadas, salidas en las puntas del colchón. Duró poco, dolió mucho. La sangre que salió no se parecía a la sangre que solía salir de mí. Era otra sangre más oscura, casi negra. Estuve un rato mirándome en el techo: al principio con más repulsión que curiosidad, al final, verdaderamente fascinada por mi nuevo cuerpo roto. Mientras yo me miraba, G agarró su guitarra y cantó Angel, y de los otros cuartos nos gritaron porquerías. En adelante, casi no me tocó: se sentía culposo y se portaba tan considerado que me recordaba a J. Lo dejé por M.
Cuatro
Lo cuarto fueron los cuartos. Y en los cuartos los amantes. Y en los amantes el sexo. El verdadero sexo, no esa tortura de la iniciación. Cuando se descubre el sexo es mejor no describirlo porque se corre el riesgo de caer en las detestables metáforas bélicas. Es así, qué remedio: un orgasmo es lo más parecido a una explosión. Si la máquina de mirar los pensamientos fuese posible, el momento en que ocurre un orgasmo extraordinario estaría, indefectiblemente, asociado al hongo de Hiroshima. El buen sexo adquiriría un matiz de incorrección insoportable.
En una playa casi vacía, al lado de un desierto en el Caribe, un padre y una niña juegan a nada: a corretearse, a tirarse agua, a reírse juntos. El padre la alza por los tobillos, la pone de cabeza, ella se desternilla de la risa. Después la baja y la toma por las manos y da vueltas rápidas, la hace volar como un cometa alrededor de una órbita cuyo eje es él.
Mi amante y yo reposamos los cócteles de media tarde. Él lee, yo miro al padre y a la niña, imagino lo que pasaría si en una de esas vueltas frenéticas, la soltara.
A mi amante le llamo mi amante pero no es tal cosa: ni él ni yo tenemos compromisos; es decir, él tiene hijos, dos, pero casi no los ve porque viven en Berlín. En el día de hoy hicimos esto: nadar, comer, reposar. Después entramos a la choza que es nuestra habitación, y nos desnudamos. Mi amante me dijo que yo era una criatura hermosa y que el sol me sentaba muy bien. Era mentira, el sol me sentaba pésimo, pero él no lo sabía. Después de la siesta fuimos por más cócteles y llegamos acá, a este momento en que el sol se zambulle en el agua como un Redoxón. ¿Te gustan las vulvas lampiñas?, le pregunto. Él se ríe, pero no contesta.
Nunca me había ido sola a ninguna parte con ningún hombre. Este me llevaba once años y me duraría tres días.
Tengo otro amante. Lo conozco en el bar de un hotel, estoy en un viaje de trabajo en un país donde hace frío. Tomo whisky, ya van dos veces que un mesero me pide la identificación. Creo que eso le gusta al que será mi amante. Me mira y se sonríe, alza la copa, hace cosas predecibles y sobre todo innecesarias. Esa noche terminamos en su habitación, pero no tenemos sexo porque no se le para. Dice que nunca le pasa, pero que está nervioso por su hija Jacqueline, que tiene dieciséis recién cumplidos, problemas de drogas y un novio punk. Dice que cuando Jacqueline está angustiada se arranca cachos de pelo. Después dice que lo punk es retro.
Acá un rasgo lamentable de los hombres mayores: en general tienen hijos, en general hablan de ellos con un grado de intensidad que obliga a la atención y, a veces, a la intervención. Te preguntan ¿a ti te parece que una chica de su edad debería comportarse así? Y esperan que contestes.
Yo le pregunto a mi amante fallido si alguna vez se calentó con Jacqueline a los ocho, nueve años. Me mira fijo, inexpresivo y dice Nunca Jamás. Como el país de Peter Pan. Me pregunta si yo me calenté con mi padre a esa edad y le digo no sé, quizá. Él me toma de las manos y me dice, con expresión agravada, que es normal que las niñas se calienten con sus padres, pero que no es normal que los padres se calienten con las niñas. Ya sé eso.
El siguiente hombre no quiso ser mi amante, no le gustaba ese título. A mí me encantaba, era un homenaje a la que entonces era mi escritora preferida. Le dije eso, pero no entendió. Este se llamaba H, me llevaba diecisiete años y, en vez de un amantazgo, me propuso lo siguiente: que le regalara una década, como máximo, de mi radiante juventud y, después, cuando mis prioridades cambiaran y se me diera por querer hijos o mascotas o un pene más nuevo, lo dejara. ¿Y yo que gano?, le dije. Nada, me dijo, tú ya lo tienes todo. Me pareció encantador.
Mi mamá se quejaba de mis relaciones. Era raro porque ella no sabía nada de mis relaciones. Me había ido de la casa hacía un par de años, la veía los domingos con el resto de la familia, o a veces sola, entre semana, para un café. A mi papá solo lo veía los domingos, rodeado de hijos y nietos. No recuerdo una sola conversación con él después de los trece. Recuerdo en cambio que para ese momento me caía mal: en alguna cavidad de mi cerebro le resentía algo, no sé qué. Una cavidad llena de moho.
Un día se me dio por contarle a mi mamá que estaba saliendo con un tipo grande. ¿Qué tan grande?, preguntó. Muy. La verdad era que no estaba saliendo con ningún tipo grande, ni con uno chico, ni con nadie, pero daba igual: quería ver su reacción. Se escandalizó, dijo tres cosas: 1) que los hombres grandes se gastaban rápido, que podían enfermarse… Cáncer, por ejemplo, podía darles cáncer y una jovencita no quería ni podía lidiar con un cáncer; 2) que las mujeres bellas como yo, con el colágeno intacto y el culo en su lugar, tenían que salir con príncipes o salir con nadie, que los viejos no me sentaban, que si me juntaba con viejos me iba a envejecer; y 3) que ni se me ocurriera usarla a ella y a mi papá de excusa.
¿Por qué?
Porque nosotros somos otra cosa. Tenemos otra historia. Todas las historias son únicas.
Esa tarde, cuando nos despedimos, bajó la guardia. Dijo: sal con quien quieras, los hombres no importan tanto. No hablaba por ella, claro, ni de sus hombres —mi papá y mi hermano—, que eran todo en su vida. Hablaba por mí, porque me conocía. Y la verdad es que, vistos desde ahora, hasta mi último hombre —llamado T— ningún otro me había importado demasiado. El sexo tampoco. El sexo era una instancia de la conversación que degeneraba en la conversación misma y entonces empezaba la mejor parte. Con los hombres grandes era así: primero iba el sexo y después lo demás. El sexo era importante para romper el hielo, para establecer un punto de contacto, pero, después de comprobar que todo estaba bien —sus partes y las mías, sus manos en mis partes— el sexo nunca me pareció algo muy trascendental. Es decir: he tenido polvos memorables; en la sarta de mitos sobre los hombres mayores hay uno que es innegable, el de la experiencia. La experiencia es un privilegio. Encontrar unas manos decididas equivale a encontrar la lámpara del genio de los deseos infinitos. Pero mentiría si digo que el sexo es lo que me atrae de los hombres mayores: no es. Ni de los mayores, ni de los menores, ni de la vida en general.
Cinco
Las relaciones. Eso es lo siguiente.
H volvió con más ímpetu y reiteró su propuesta. Se dio cuenta de que una década, a los veinte, es lo mismo que una vida, así que la reformuló: que el amor dure hasta que se acabe. El amor duró tres años.
H no tenía hijos, ni quería tener. Viajaba mucho y en el último año se mudó de país. Eso estaba bien porque evitaba la temible convivencia. Una amiga de esa época —niña de su casa, casada prematuramente— me había dicho: ¿te gusta el caviar? Me encanta el caviar. Piensa que el amor es comer caviar, y cagarlo es la convivencia: pero cagarlo en simultáneo con el otro, en una espiral de mierda que sale de su culo y entra en el tuyo, que sale de tu culo y entra en el de él. Y así, todos los días de la vida.
H y yo reemplazamos la convivencia por los viajes y también era una mierda. Era horrible ir y venir, despedirse cada vez. También era horrible viajar juntos. Él tenía la necesidad irrefrenable de controlar el camino, de decidir itinerarios y de elegir aquello que mis ojos debían mirar. Él había viajado tanto y yo nada. Él podía enseñarme el mundo, su mundo, y su mundo me aburría demasiado.
Eso me generó un tic: llevarle la contraria. Y una consecuencia: parecer más niña de lo que era.
Una vez alquilamos un departamento en una ciudad europea. Y reservamos un auto, y compramos unos pasajes en tren. El plural es un sofisma: todo lo hizo H por internet. Cuando llegamos el dueño del departamento nos miró perplejo y pidió disculpas: el departamento no está preparado. ¿Por qué?
Estábamos en un monoambiente impecable y hermoso, con una gran cama y un ventanal que miraba a una calle empedrada. El hombre balbuceaba: …no sabía que eran padre e hija, perdón, me esperaba a una pareja, pero no se preocupen, ya mismo les consigo una camita adicional.
No era la primera vez que nos pasaba, pero fue la primera que a H lo afectó. Anduvo todo el día de pésimo humor, yo intentaba animarlo con chistes nabokovnianos que empeoraron la situación. Yo intentaba animarlo con chistes del pasado: ¿te gustan las vulvas lampiñas? Se paró y se fue.
De tirar ni hablar.
Recuerdo un momento de la tarde, bellísimo y fugaz: H y yo sentados en una banca frente a un castillo medieval; yo recostaba mi cabeza en su hombro y le contaba una historia que ya olvidé. Recuerdo que, en medio de mi historia, H me apartó por los hombros, se levantó de súbito y me quedó mirando: ¿por qué te vistes así?
Llevaba unas calzas de colores, un vestido negro corte princesa y una cola de caballo.
¿Así cómo?
La estupidez del casero pasó a ser mi culpa. Yo la había provocado: yo y mi disfraz de falsa nymphet, a quien le han robado su chupete. De vuelta en el departamento me saqué el vestido y lo despedacé. Me acosté boca abajo y pensé en todas las cosas que podría decirle a H si me atreviera. Viejo frustrado, viejo de mierda, viejo marica, viejo impotente, viejo fofo, viejo bobo, viejo maniático, viejo, viejo, viejo. Me dolía mucho la cabeza.
Antes de caer dormida pensé en mi cabeza y en la cabeza de H y en las cabezas de todas las personas conocidas y desconocidas: pensé en cabezas como recipientes de palabras no dichas, de actos fallidos, de intenciones sepultadas, de verdaderas intenciones, de rencores inconfesos, de fantasías vergonzantes, de imágenes que no existen más que allí. Me despedí de H en un aeropuerto enorme —cada quien frente a un destino distinto— con las lágrimas más dolorosas de las que tengo recuerdo.
Todos los hombres mayores con los que tuve una relación saltaron de furia o se desplomaron de tristeza cada vez que alguien confundió el parentesco con la muchachita a su lado. ¿Pero qué pretendían? A mí me gustaban los viejos, no quería ser vieja. Sobre todo no podía.
Después de H estuve con L, que tenía un hijo mayor que yo, cuestión que le hacía ruido, pero esa no era la peor parte. La peor parte con L era su tendencia a confundir el llamado aplomo con la falta de alegría. Con L las noches duraban menos, las fiestas no existían, las madrugadas eran un recuerdo difuso de la ya lejana adolescencia. L no bailaba, le parecía una cosa de bárbaros. ¿Pero alguna vez bailaste?, le preguntaba yo, vestida de noche, maquillada de brillos, indignada. No recuerdo. L no oía música porque tenía que pensar. ¿Pensar en qué? En ti. Bah. L no se reía, salvo de Cantinflas. Yo odiaba a Cantinflas. L no sentía ninguna necesidad de hacer esas cosas que despreciaba, solo por complacerme. ¿Por qué estaba conmigo? Porque yo sí era capaz de ponerme a su nivel: de hablar de libros, de política, de la poca autoestima de su hijo. ¿Por qué estaba yo con él? Porque me gustaba demostrarle que podía.
Nuestra relación duró poco, pero gracias a él me convencí de algo que con H había pasado por alto: la juventud prescribe. La juventud como estado de ánimo, eso que el mito asigna arbitrariamente a todo tipo de personas con cierto talante y actitud, se acaba cuando empieza a ser un esfuerzo. Era ridículo pedirle a L que fuéramos a bailar, a emborracharnos y drogarnos hasta el amanecer, porque ante los ojos del mundo —pero sobre todo ante sus ojos y los míos— él no iba a ser el novio mayor, pero cool, que le hace el aguante a la novia chica y fiestera, que se pone a su nivel para complacerla; él iba a ser el viejo ridículo que hace un esfuerzo desmedido por no parecerlo.
Ahora, que hasta yo he envejecido, recuerdo a L con su pelo canoso, su sonrisa tranquila, su aspecto casi lúgubre pero satisfecho y vuelvo a quererlo, a respetarlo e incluso a admirarlo como no supe hacerlo entonces. Poca gente domina el arte de saber envejecer, L hacía parte de esa respetable minoría.
Seis
Si mi primera relación importante fue con mi papá, mi segunda relación importante fue con T: un hombre que me llevaba más de veinte.
Veinte años es todo lo que el bolero permite, después de ahí es corrupción —corrupción: vicio o abuso introducido en las cosas no materiales. Corrupción de las costumbres, corrupción de la moral—.
Dicen que el gusto por los viejos es un vicio adquirido, que en estos terrenos no se improvisa. Una vez consulté a un psicólogo sobre el tema y me dijo que, en general, las niñas edípicas lo han sido siempre y, si mantienen su fijación en edad adulta, es bastante probable que hayan sido abusadas o expuestas en el curso de la infancia a una relación semicarnal con alguien próximo al núcleo familiar.
Puede que sea mi caso. O puede que no, pero no importa.
Puede que T sea el final. O puede que no, pero tampoco importa.
No conozco el final.
En casa tengo una foto brumosa que nos tomaron a T y a mí el día que nos conocimos. Estamos en un estrechísimo zaguán cartagenero, protegiéndonos de la lluvia. Íbamos camino a una charla que él daría en una Fundación donde yo trabajaba. En la foto se ve que la humedad había dejado una pátina brillosa sobre nuestras caras. En la foto él tenía cuarenta y seis y yo veintitrés; era flaca y altanera: melena hasta la cintura, ceja alzada como quien domina el mundo. T me mira y se sonríe. No hace una hora que me conoce y ya sabe que me tiene. No me tuvo enseguida, pasaron meses, largos meses, pero en esa foto él ya lo sabe.
Esa tarde la lluvia caía pesada y levantaba un olor fangoso que salía de la alcantarilla. La calle estaba inundada y no podíamos avanzar. No había mucho más que hacer que esperar. Yo dije odio la lluvia y T contestó: es solo agua. Aunque después él lo recordaría al revés. Quizá fue al revés.
Total, que llovía como llueve en mi ciudad: en un persistente chaparrón que levanta los vapores del piso. Al cabo de un rato de estar en el zaguán, envueltos en ese calor sofocante, T prendió un tabaquito marca Meharis y me preguntó cosas: libros, películas, vicios, edad. El humo deformando su cara me hacía pensar en un espía soviético a quien le han encomendado una misión de medio pelo en un país tropical. Al final terminamos hablando del que entonces era mi tema favorito: los padres. Así supe que su padre y el mío habían nacido el mismo año y que tuvieron vidas tan distintas: mientras que el mío era un abogado conservador y de provincia, casado por única vez, el de él era un médico español, anarquista y exiliado que tuvo siete esposas. Supe que él también lo odiaba por algo indescifrable y que lo amaba por todo lo demás. Y que se llamaba como él: T.
Con T, mi referencia se estrechó —lo que ahora hace difícil extrapolar preferencias—: ya no me gustaban los hombres mayores, en general, sino T, con particular intensidad. Aun así, a la distancia, podría decir que gracias a T deduje por fin que de los hombres mayores me atraían principalmente dos cosas, y que la una dependía de la otra.
La primera es la comodidad.
Es así: me siento cómoda entre hombres mayores que yo, me siento incómoda entre contemporáneos. ¿Por qué? No estoy segura. Podría sacarme del bolsillo esa dudosa estadística de que algunas mujeres maduramos más rápido que los hombres, podría decir que yo entro ahí: si fui vieja desde niña, si mi madurez le llevaba ventaja a mi propia edad, debí buscarme hombres acordes a las circunstancias. Pero es mentira. Yo no era nada madura, yo era agalluda. Soy. Me importa la edad porque me importa el tiempo: cuántas cosas caben en el tiempo de la gente. Ya sé que nadie lo llena igual, pero suele pasar que entre más tiempo uno vive, más cosas ve, aprende, come, lee, descubre, pierde, y todo eso te hace una persona más compleja.
Acá la segunda razón: a mí lo complejo me atrae. A mí la simpleza me parece estupidísima.
Lo atractivo de lo joven es: la belleza fresca —que no se reparte indiscriminadamente y que, de todas formas, se acaba con el uso— y la inocencia. Supongo que yo fui inocente. Es decir, que a esos hombres grandes que llamaba amantes les gustaba lo mismo que yo despreciaba en otros: para mí la inocencia es casi tan estúpida como la simpleza. La inocencia es un lastre del que los jovencitos y jovencitas deberían despojarse antes que de su acné. Diría entonces que me gustan los hombres grandes, incluso si yo les gusto. Diría que me gustan, también, porque ya perdieron la inocencia y el acné —y la melena en algunos casos, qué le vamos a hacer— y ganaron otras cosas: densidad, cohesión, solidez, espesor. Lo mismo que los caldos cuando hierven.
La charla de T se canceló por lluvia y estuvimos hablando bajo el zaguán hasta que escampó. El piso se había encharcado y estábamos replegados en una esquina, hombro contra hombro, para no mojarnos los zapatos: T tenía alpargatas de tela y yo sandalias. T olía al tabaco que se había fumado y a un perfume desconocido; miraba dentro de su bolso, buscaba algo: sonaban objetos de consistencia metálica. Canicas, pensé. Imaginé que estiraba mis dedos, los hundía en su cara y luego me los chupaba. Imaginé que él me preguntaba ¿a qué saben? Y yo le decía a sal y agua, y él decía ¿a mar? Y yo decía a mar. T sacó una cámara de su bolso y me miró con esa expresión, entre maliciosa y maravillada, que ya yo había visto en otros ojos. Para él, en cambio, era todo nuevo: él nunca había estado, ni imaginado estar, con una mujer tan joven como yo. En ese terreno T era un novato y yo tenía toda la experiencia.
Empezaba a escampar: pasaba por la vereda una señora que se había hecho un sombrero con una bolsa negra. Detrás, una carreta de verduras cubierta por un plástico. Y un perro esquelético. Y detrás una pareja de turistas a quienes T les pidió que nos tomaran una foto.
A ese día todavía le faltaban horas para producir un beso y un par de años para producir algo bastante parecido a un matrimonio. Le faltaban encuentros fortuitos y felices, visitas sorpresivas, hoteles de paso, sexo grandioso, sexo pésimo, mudanzas en conjunto, casas chicas, casas gigantes, hijos proyectados, hijos descartados, hijos reemplazados por un gato. Le faltaban más mudanzas, un jardín con parrilla, amigos en común, peleas horrendas, sexo de reconciliación, sexo sin ganas, temporadas sin sexo, sexo con otros, sexo con nadie más. Le faltaban enemigos, cumpleaños en familia, cumpleaños íntimos, regalos perfectos, regalos malísimos, aniversarios tristes por la ausencia del otro, aniversarios felices por la ausencia del otro, aniversarios olvidados. Le faltaban seis, siete, ocho aniversarios. Y un auto chocado, dos, tres veces. Le faltaban decenas de viajes, mudanzas en singular, encuentros fortuitos y tristes, recuerdos felices para olvidar y el vacío que resulta de sumar todo eso.
Pero, al mismo tiempo, a ese día no le faltaba nada. Tal como lo confirma la evidencia, en ese pequeño rincón brumoso, T y yo vivimos felices para siempre.
Suelo decirme que ni los buenos ni los malos ratos que pasé con T se relacionan con la diferencia de edad, pero sé que es mentira. A ver: si tuviera que atribuir una razón al éxito —es decir continuidad— de mi relación con T y al fracaso —es decir ruptura— de otras, diría que tiene que ver con la conciencia extrema de la diferencia y la poca necesidad de disimularla. Y si tuviera que atribuir una razón al fracaso —es decir ruptura— de mi relación con T y al éxito —es decir continuidad— de otras, diría que tiene que ver exactamente con lo mismo. Lo de la diferencia funciona en los dos sentidos: la excitación del exotismo —una pareja dispar, diga lo que diga, siempre estará cargada de exotismo— puede ser agotadora. La «normalización», en cambio, es paliativa. Hubo momentos en que, para mí, fue demoledor saberme distinta, y saber, sobre todo, que ser distinta era irremediable; lo que durante mucho tiempo me pareció un ejercicio de poder que demostraba una excentricidad caprichosa —miren: salgo con viejos—, ahora lo reconozco como una diferencia genuina frente a una buena porción de contemporáneas. Quiero decir, no soy tan fea, ni tan tonta, ni siquiera tan gorda. O sea, me creería capaz de conseguir un novio joven y apuesto que me situara en el equilibrio de mi hábitat generacional: las fotos de Facebook donde mis amigas se muestran radiantes con sus vestidos de novia, sus maridos mozuelos y, luego, indefectiblemente, sus bebés rosados y carnosos. Las veces que lo intenté —las veces que me dije ok, quiero ser como el resto—, seguí fracasando empeñosamente: hay algo frágil y volátil en la consistencia de la relación que establezco con los hombres menores, que mi torpeza —inexpertis— no permite que cuaje.
A veces pienso que llegaré a los cincuenta con uno de veintipocos y un día en el que me sienta inusualmente generosa, lo miraré condescendiente: tranquilo, ya se te va a pasar. Y le entregaré en ese gesto todo mi amor. O sea, a veces pienso que a mí también se me va a pasar. A mi madre no se le pasó, mi padre ya no está con ella y no solo lo sigue queriendo sino que lo quiere más. Pero nadie dijo que el amor por los hombres mayores se chupara del líquido amniótico: no soy mi madre, ni busco a mi padre, aunque este texto insinúe lo contrario. Probablemente, de una manera muy distinta a la suya, todo lo que quiera es llegar al final con la fantasía de que mi historia es única y que, aunque el mundo esté lleno de muchachitas insolentes que enamoran viejos, ninguna será como yo, ni sus hombres como el mío, quien seguramente ya no vivirá para oír ese relato, salvo en mi recuerdo magnificado.
Fuente: https://revistaorsai.com/amar-al-padre/
viernes, 9 de abril de 2021
Florilegio de entrevistas de Cecilia Pavón
Cecilia Pavón en Columbia University
http://laiccolumbia.reclaim.hosting/journal-graduate-research/entrevista-cecilia-pavon/
Cecilia Pavón (Mendoza, 1973) es escritora, traductora, editora, artista
y parte de la colectividad Belleza y Felicidad. Formada en Letras en la
Universidad de Buenos Aires, ha vivido en la ciudad desde 1992. Sus
publicaciones incluyen los libros: A Hotel With My Name (Scrambler Books, 2015), Belleza y Felicidad (Sand Paper Press, 2015), Un hotel con mi nombre (Mansalva, 2012), Los sueños no tienen copyright (Blatt & Ríos, 2010), 27 poemas con nombres de persona (Triana, 2010), Once sur (Blatt & Ríos, 2013), Caramelos de anís (Belleza y Felicidad 2004) los blogs Cecilia Pavón y Once sur (oncesur.blogspot.com). Ha traducido Proximidad del amor de Tracey Emin (Mansalva, 2012), Verano del odio de Chris Kraus, con Claudio Iglesias, (Eterna Cadencia, 2014), entre
muchos más.
Creo que la intuición es muy importante en la traducción, que todo lo
que rodea el acto de traducir influye en el trabajo final. Como decía
antes, las afinidades electivas, el por qué uno decide o no traducir
algo, ya está marcando cómo quedará la traducción. No es lo mismo
traducir un poeta porque uno se enamoró de su obra que traducirlo por
encargo, creo que lo afectivo también juega un rol principal en la
traducción.
Pienso que las tecnologías están relacionadas con la visión del mundo de
una época, eso no se puede negar. Vivimos en la era de las redes
sociales, quizá toda la literatura de Belleza y Felicidad era, un poco
intuitivamente, una forma de adaptar el lenguaje a esas formas de la
tecnología que estaban en ciernes. (En 1999, en Argentina todavía no
había cámaras de fotos digitales por ejemplo, ni banda ancha). Pero
también pienso que la poesía es algo antiguo que va adaptándose a
cualquier formato a lo largo de los siglos o milenios, en ese sentido
podría decirse que el formato en que se publica un poema es azaroso
porque lo que transmite la poesía es mucho más antiguo, casi atávico o
biológico. Pienso a la poesía como una necesidad biológica antes que
cultural.
Cecilia Pavón: "Escribo en primera persona para reírme de mí misma"
https://www.eternacadencia.com.ar/blog/contenidos-originales/entrevistas/item/cecilia-pavon-escribo-en-primera-persona-para-reirme-de-mi-misma.html
Siempre pienso que el yo o la primera persona son solo una excusa
para transmitir un estado afectivo, una percepción del mundo a partir
del afecto, un universo concebido y experimentado antes que nada desde
la emoción, quizás porque vengo de la poesía, para mí lo más importante
en la escritura es siempre la emoción. Y el humor, que es una de las
emociones centrales de la vida, no sé si lo logro pero al menos lo
intento que el yo sea siempre un chiste sobre el yo, digamos que escribo
en primera persona para reírme de mí misma, de las cosas que me pasan.
Yo diría que mi ideal es lograr que la vida real deje su gravedad de
vida real y se transforme en poema. No sé si lo logro, pero lo intento.
La ficción para mí tiene que ver con lo que está pasando aquí y
ahora, con reconfirmar que el mundo existe, que no es un sueño y que, al
mismo tiempo, también puede ser cualquier cosa distinta, como si todo
lo que pasa en la realidad tuviera la potencialidad de tener un final
abierto, algo así... Percibir el presente pero intuyendo el futuro que
hay en él.
Belleza y Felicidad fue como escribir un poema pero en tres
dimensiones y fuera de la página, en ese sentido fue un lugar muy
literario. Como mucha gente dijo, la mezcla de poesía y artes visuales
en un espacio era y sigue siendo algo bastante raro. En general, las
disciplinas se manejan más bien por carriles separados. Belleza y Felicidad fue una especie de sueño, capricho, o de alucinación, tres cosas que para mí tiene que tener la literatura sí o sí.
Cecilia Pavón: “Una editorial independiente es una forma de crítica literaria más potente que la de los diarios”
https://loqueleimos.com/2015/11/cecilia-pavon/
Yo fui al taller de Arturo Carrera cuando tenía veinte años y recién
empezaba a escribir y me sirvió mucho, no sé si en términos de
“formación” sino de experiencia de vida. A todos los que vienen a mi
taller en realidad les digo que no les puedo enseñar a escribir sino que
se trata solo de un espacio para experimentar y compartir, también es
una especie de terapia donde hablamos de nuestra vida sentimental, o de
política y de cómo todo se relaciona con la poesía. No sé, no tengo muy
claro el método que uso ni nada, creo en lo espontáneo y en la
improvisación y en transmitir autores, creo que después todo se da solo.
En los cuentos me siento como un personaje de una obra de teatro que
exagera en todo y a la vez trata de decir la verdad… porque la
literatura para mí siempre es en un punto exageración, un acto de
deformación de la realidad. En los cuentos trato de buscar un concepto y
desarrollar todo en torno a eso, no creo en contar algo o en el
verosímil o en la psicología del personaje, los cuentos que me gustan
son más bien los que tienen una idea, como los de Borges.
Ese cuento habla de la lucha entre distintos paradigmas del arte, el que
sostiene ese chico alemán, basado en la música clásica y otro, más
americano diría yo, basado en la experiencia cotidiana. Obviamente esa
afirmación es irónica, bueno, todo ese cuento es irónico, fui a un
festival de poesía en Alemania y la gente me pareció solemne y
grandilocuente, gente joven que se había olvidado de la subcultura y el
rock y hablaba de Schubert… y pensé: “Este continente está mal”.
Sí, siempre me gustó el rock y los primeros poemas que escuché eran
canciones de Charly García, Virus, Soda Stereo, cuando tenía diez u once
años. A los doce me acuerdo que escuchaba todo el día sin parar un
disco de Charly García, Piano Bar, estaba fascinada, creo que había más poesía ahí que en muchos poetas. Es una cosa generacional, me parece.