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martes, 8 de septiembre de 2026

Trenzas, short story by María Luisa Bombal

Porque día a día los orgullosos humanos que ahora somos, tendemos a desprendernos de nuestro limbo inicial, es que las mujeres no cuidan ni aprecian ya de sus trenzas.

Positivas, ignoran al desprenderse de estas, ponen atajo a las mágicas corrientes que brotan del corazón mismo de la tierra.

Porque la cabellera de la mujer arranca desde lo más profundo y misterioso; desde allí donde nace y tiembla la primera burbuja; que es desde allí que se desenvuelve, lucha y crece entre muchas y enmarañadas fuerzas, hasta la superficie de lo vegetal, del aire y hasta las frentes privilegiadas que ella eligiera.

¡Las oscuras y lustrosas trenzas de Isolde, princesa de Irlanda, no absorbieron acaso esa primera burbuja en tanto sus labios bebieran la primera gota de aquel filtro encantado!

¿No fue acaso a lo largo de esas trenzas que las raíces de aquel filtro escurriéronse veloces hacia su humano destino? Porque quién ha de dudar jamás de que cabellera alguna gozara de tal rumor de fuentes subterráneas, de un tal suspirar de brisas y de hojas. Rumor y suspirar que en esas noches suyas de amor y luna, Tristán destrenzaba a fin de escuchar extasiado el canto lejano, persistente y secreto… el canto natural de aquella cabellera.

Y sé y debo decirlo, que hasta cuando Isolde dormía, su cabellera seguía alentando entreabierta, ya sea en la almohada del castillo de Tintajel, ya sea en los trigos del destierro… y florecía de flores extrañas que ella arrancara atemorizada a cada amanecer.

Y las rubias trenzas de Melisanda, más largas que su mismo cuerpo delicado.

Trenzas que al inclinarse imprudentes, un atardecer de otoño, descolgáronse torreón abajo, sobre los hombros fuertes del propio hermano del Rey… su marido.

Melisanda, grita Pelleas espantado. Luego estremecido y dejando por fin hablar su corazón… Melisanda murmura… tus trenzas, tus trenzas que al fin puedo tocar, besar, envolverme con ellas.

Por respuesta solo un suspiro desde lo alto del torreón. Las trenzas habían ya confesado sin saberlo, esa verdad tímida y ardiente, que su dueña llevaba tan bien escondida dentro de su corazón.

¡Y por qué no recordar ahora las trenzas de nuestra dulce María de Jorge Isaac! Trenzas segadas y envueltas en el delantal azul con que ella regara su pequeño rincón de jardín.

Trenzas picoteadas de mariposas secas y de recuerdos con las que Efraín durmiera bajo la almohada su larga noche de congoja.

Trenzas muertas, aunque testamento vivo que lo obligara a seguir viviendo, aunque más no fuera para recordarla.

La octava mujer de Barba Azul… ¿la habéis olvidado? y de cómo su extravagante y severo marido al emprender inesperado viaje confiara a su traviesa esposa las llaves y acceso a todas las estancias de la suntuosa y vasta mansión, salvo prohibiéndole el hacer uso de aquella diminuta y mohosa que llevara a la última pieza de un abandonado y desalfombrado corredor.

De más está explicar que durante esa bienvenida ausencia marital, en medio de tanta diversión, amigas reidoras y airosos festejantes, el juego que más la intrigara y tentara, fuera el único juego prohibido. El de introducir en la correspondiente cerradura la misteriosa llavecilla de aquel íntimo cuarto abandonado.

Muy sabido es que tanto en las mujeres como en los gatos, la curiosidad siempre triunfó sobre toda otra pasión. Así pues, cuando al regreso intempestivo de su amo y señor, la esposa desobediente hubo de hacerle temblorosa entrega del manojo de llaves, entre estas aunque maliciosamente disimulada, el temible caballero la descubrió no solo mohosa… sino además tinta en sangre.

«Vos, señora, me habéis traicionado —rugió—, no le queda otro destino que ir a reunirse con sus tristes amigas al final del corredor.»

Dicho esto desenvainó su espada…

¿Y a qué viene este cuento que conocemos desde nuestra más tierna infancia, se estarán preguntando ustedes? En nada tiene que ver con trenza alguna…

¡Sí que la tiene! —respondo con fuerza. No comprenden ustedes que no fue la pequeñísima tregua que el indignado marido concediera a su inconsciente esposa, a fin de que orara por última vez; ni tampoco fueran los ayes ni llamados que Ana aterrorizada lanzara desde la torre pidiendo auxilio para su hermana.

Y ni siquiera el cabalgar desaforado y caprichoso que en esos momentos dos hermanos guerreros emprendían de visita hacia el castillo.

No, nada de todo aquello fue lo que la salvara.

Fueron sus trenzas y nada más que sus trenzas complicadamente peinadas en cien y más sedosas y caprichosas culebras, las que cuando el implacable marido la echara brutalmente a sus pies, a fin de cumplir su cometido, las que trabaron y entrabaron sus dedos criminales, enredándose a sí mismo en desesperada madeja a lo largo del filo de su espada, obstinándose en proteger esa nuca delicada hasta la irrupción providencial de los dos dichos guerreros, también hermanos muy queridos, previamente invitados por nuestra pobre curiosa.

Así pues, no en vano durante dieciocho inocentes y alegres abriles, esa muchacha que fuera luego la insensata castellana y última mujer de Barba Azul, cepillara cantando esa su cabellera, comunicándole vigor y hermosura.

«Era muy pálida así como las mujeres que tienen la cabellera muy larga», describe Balzac, a una de sus enigmáticas heroínas.

Y no era un capricho verbal.

Porque Balzac hubo sin duda alguna de intuir desde siempre esa correspondencia íntima que suele establecerse entre los seres y el hondo misterio de la tierra.

Y aquí estoy para comprobar e ilustrar esa afirmación suya con el extraño acontecimiento presenciado y vivido no muchos años ha, por tantos de nosotros.

¡A qué dar nombres ni lugares! Quienes lo conocen lo saben; los demás, bien pueden adivinarlos.

Dos hermanas.

Final de una larga, brillante, poderosa familia, aunque siempre acosada por escondidas pasiones, muertes inesperadas, suicidios.

La hermana mayor, marchita ya desde muy joven recortose el pelo, vistió poncho de vicuña y a pesar de las afligidas protestas de sus mundanos padres, retirose al inmenso fundo del sur, que ella misma se dedicara a administrar con mano de hierro. Los campesinos refinados no tardaron en llamarla la Amazona. Era terca pero justa. Fea pero de porte atrayente y sonrisa generosa. Solterona… nadie sabe por qué.

La menor, por el contrario, era viuda por su propia voluntad de mujer herida en el orgullo de su corazón. Era bella en extremo aunque igualmente frágil de salud.

También ella vivía sola, pero en la antigua mansión de la familia en la ciudad. Tenía una voz suave, ojos castaños-tranquilos, pero la trenza roja que apretaba en peinado alrededor de su pequeña cabeza, arrojaba violentos fulgores sobre su tez pálida.

Sí, era una mujer dulce y terrible. Se enamoraba y amaba perdidamente.

Todo empezó en el fundo esa noche de otoño, en la cual el guardabosque bajara a la hondonada gritando: «¡Incendio!»

Hacía rato, sin embargo, que con la frente pegada a los cristales de su ventana, la Amazona observaba intrigada aquel precoz purpúreo amanecer, despuntando allá arriba, dentro de los cerros de la propiedad… con su calma de siempre dio órdenes al personal de las casas, pidió su caballo y se encaminó hacia el incendio, en compañía de sus mayordomos.

Entretanto en la ciudad, la hermana menor, devuelta de un baile, yacía sobre la alfombra del salón, presa de un súbito desmayo.

Sus festejantes idos, sus servidores dormidos y ella por primera vez, sumergida, abandonada en la sombra de los candelabros que hubiera empezado a apagar. Cual si mal cómplice, aquella ráfaga de viento helado, ahora soplando y estremeciendo los cortinajes de los altos balcones, entreabriéndolos para ir a instalarse sobre la frente, hombros y pechos descubiertos de la indefensa.

En el fundo del sur la Amazona y su séquito ascendían cuestas, adentrándose en el bosque y sus incendios. Otro soplo, este ardiente y acre, barría en contra de ellos, bandadas de hojas chamuscadas, de pájaros enceguecidos y de nidos inflamados.

Sabiéndose vencida de antemano. ¡Quién lograría y de qué manera retener la furia de esa llamarada!

La Amazona sentada en el tronco de un árbol muerto y caído ha muchos años, resignada estoicamente al espectáculo de la catástrofe, con la tétrica dignidad con que un magnate ultrajado asiste al saqueo y destrucción de sus bienes.

El bosque ardía sin ruido y ante la Amazona impasible los árboles caían uno a uno silenciosamente y ella contemplaba como en sueño encenderse, ennegrecerse y desmoronarse galería por galería las columnas silvestres de aquella catedral familiar… permitiéndose recordar, pensar y sufrir por primera vez…

Ese enorme avellano consumiéndose… ¿no era bajo su avalancha de secos frutos que sus hermanos y niñeras se reunían para saborear el picnic codiciado?

Y tras aquel gigantesco tronco… árbol cuyo nombre olvido, venía a esconderse después de sus fechorías… y aquellas pobrecitas callampas temblorosas, que bajo el cedro arrancaran u hollaran sin piedad… y aquel eucalipto del que se abrazara —jovencita— llorando estúpidamente al comprender y sentir la desilusión primera, esa pena que no confesó nunca, esa pena que la incitara a cortarse el pelo, convertirse en la Amazona y resolverse a no amar de amor nunca… nunca…

Allá en la ciudad, despuntaba el alba, sobre la alfombra del cuerpo inerte de la hermana —la que se atrevió siempre a amar—, hundiéndose por leves espasmos en aquello que llaman la muerte… pero como nadie sabía, no se encontró a nadie que pudiera intervenir a tiempo para rescatar a esa roja trenza que persistía aún tras su loca noche de baile.

Y de pronto allá abajo en el fundo fue el derrumbe final, el éxodo de los valerosos caballos que volvían con el pelaje y crines erizados, salvando ellos a sus jinetes semiasfixiados.

Del inmenso bosque en ruinas, empezaron a brotar enormes lenguas de humo, tantas y tan derechas como árboles se habían erguido en el mismo sitio.

Durante un breve instante, aquel fantasma de bosque osciló y vivió frente a su dueña y servidores que lloraban. Ella no.

Luego escombros, cenizas y silencio.

Cuando en la ciudad, vinieron a cerrar los balcones y levantaron a la muy frágil para extenderla sobre el lecho tratando vanamente de reanimarla, de abrigarla, ya era tarde.

El médico aseguró que había agonizado la noche entera.

Pero el bosque hubo de agonizar y morir junto con ella y su cabellera, cuyas raíces eran las mismas.

Las verdes enredaderas que se enroscan a los árboles, las dulces algas a sus rocas, son cabelleras desmadejadas, son la palabra, el venir y aletear de la naturaleza, son su alegría y melancolía, son su expresión por medio de la cual la naturaleza infiltra confusamente su magia y saber a los seres.

Y es por eso que las mujeres de ahora al desprenderse de sus trenzas han perdido su fuerza adivina y no tienen premoniciones, ni goces absurdos, ni poder magnético.

Y sus sueños no son ahora sino una triste marea que trae y retrae imágenes cansadas o alguna que otra doméstica pesadilla.

Saber vivir
Buenos Aires, 1940

sábado, 5 de septiembre de 2026

Testimonio Autobiográfico, María Luisa Bombal

Nací el 8 de junio de 1910. El primer cónsul alemán en Santiago fue mi bisabuelo y su apellido era Precht. De modo que, por mi madre, venimos de los alemanes de Valparaíso que después, como tú sabes, se fueron a Viña del Mar. Mis ancestros eran hugonotes franceses que emigraron a Alsacia y el tipo que mato a Chejov era pariente nuestro... Amado Alonso siempre me hacía bromas respecto a esto y yo le contestaba "¡Pero qué culpa tengo yo!"... Por el lado de mi padre, los Bombal llegaron a Chile huyendo de la dictadura de Rosas... Muchos años después me impactó la dictadura de Rosas, pero, en la niñez, las historias de su crueldad eran una leyenda para mí (canta) "Ibamos a aunarnos / nos traicionó / y en la victoria / se quedó".

Nací en el Paseo Monterrey, era precioso, ¡lindo!, todo cubierto de madreselvas, los señores se paseaban conversando y veíamos el mar y os barcos que pasaban... ¡Viña era una maravilla!... El otro día, hace como un año, fui y casi me desmayé de asco, todavía está la casa de mi niñez, pero todo pavimentado, con los autos allá arriba y una estación de servicio en la esquina donde vivían los Segnoret. En esa época, Viña era la ciudad jardín, ahora lellaman la ciudad jardín, pero están muy equivocados. Claro que yo no puedo decirlo porque me llaman antipatriota... ¡Ya lo han dicho bastante! Los niños íbamos todos los días a jugar a la playa, como paseo de familia... El Neno Dittborn, Eugenio, era precioso. Una vez lo robamos con mis hermanas y lo escondimos en nuestra casa porque hablaba tan lindo. Nosotros hacíamos castillos de arena y el Neno hablaba, los inauguraba, por eso lo adorábamos... él era más chico que nosotros, debe haber tenido unos cinco años cuando lo robamos, pero lo increíble es que ya adulto todavía se acordaba... ¡Fue una época feliz!

Como a los 8 años, escribí mis primeros poemas que eran muy malos. A la luna, a un canario y unos versos que elogiaban los copihues blancos. Cuando se lo mostré a mi tío Roberto, él dijo: "Ay, esta niñita ¿por qué no escribe sobre los copihues colorados? ¡Qué lata! ¡Copihues blancos! ¡Qué tontería! ¡Qué desabrido!", pero, para mí, hasta ahora, los copihues blancos y la lluvia son la verdadera acogida del sur... Mi padre murió cuando yo tenía nueve años, era su hija predilecta y un tío decía que, si al retrato de mi padre le sacábamos el bigote, era igual a mí. Mi madre nos leía los cuentos de Andersen y de Grimm, los traducía directamente del alemán. Nosotros nos sentábamos y ella nos leía de ediciones alemanas, así que crecimos leyendo todo lo nórdico, todo lo alemán, desde chiquitas... más que lo chileno, todo lo nórdico. De modo que nos educamos dentro de esa línea. En "Washington, ciudad de las ardillas", cuento que mi madre nos enseño que todos los sapos son príncipes y llevan una corona en la cabeza y que, debajo de algunos caracoles, a veces se puede encontrar a una sirenita llorando... (permanece en un silencio melancólico). Todo eso viene de los cuentos de Andersen y Grimm que nos leía mi madre, después, en Estados Unidos, conocí a los descendientes de Grimm... Además, como nos educamos en colegios franceses, también conocíamos lo francés. En Viña, las Monjas Francesas y, después, cuando nos fuimos a Francia, en el Colegio Notre-Dame de l'Assomption, que era un colegio archicatólico, ¡dos misas por la mañana!... Ahora, al llegar a Francia, no sufrimos ninguna sensación de desajuste porque era tan bueno este colegio de las Monjas francesas que no teníamos ni acento. Nos tomaban por francesas, siempre francesas. Pero nosotros manteníamos el castellano en la casa y además en la escuela, que era un internado, había muchas alumnas españolas de familias aristocráticas.

Un libro que me impresionó mucho, yo creo que es el único que me ha inspirado profundamente, lo habré leído a los catorce años porque me lo dio mi primo Antonio Bombal que era muy poeta, muy escritor, pero nunca publicó nada, es Victoria, de Knut Hamsun, noruego. Eso sí que me ha inspirado toda la vida, creo que fue la base. Si yo tengo alguna influencia fue eso, claro que después lo he releído y lo encuentro mucho más materialista que yo, matter of fact. Me impactó tanto porque es la historia de un desencuentro, ellos dos nacieron para amarse, pero, por la situación social, nunca se dicen nada. Como te digo, después lo he vuelto a leer y me parece que es más realista de lo que yo pensaba en esa época. También me impresionó mucho María, de Jorge Isaac (empieza a reír divertida), ¡qué romántico!, ¡con qué amor se miraban! y cuando el pobre Efraín supo de la muerte de María...

¡Ah! Se me había olvidado contarte que de niña en Chile pasaba mis vacaciones en Malleco, en el fundo de los Möller, ¡era tan lindo!, también a los ocho años empecé a estudiar violín con Paco Moreno, quien decía que yo tenía muy buen arco, pero me pilló que tocaba de memoria porque la cabeza nunca me dió para la música, igual que Brígida en El árbol. Después ya no estudié más violín, o era la literatura o la música, no se pueden hacer las dos cosas.

A los diecisiete años, escribí una tragedia de amor y se la mostré a Ricardo Güiraldes, que era muy amigo de mi familia y él, desde entonces me empezó a llamar "colega", ¡imagínate! Algo increible es que en esos años en París, yo iba a la misma iglesia a la que iba quien fue mi marido con sus hijos, que tienen la edad mía... Y, a los dieciocho, entré a la Sorbona donde obtuve un certificado de literatura francesa. Yo quería seguir con la literatura hispánica, pero, para eso, debía ingresar al programa de literatura comparada y ahí exigían el latín... ¡qué lata!... ¡el latín me pareció insoportable! y por eso no soy licenciada en Letras. Ya en el liceo leí a Pascal que también es muy lógico, y cuando yo era joven, ¡era muy lógica!... Fui gran lectora de Paul Valery, aunque ahora hace años que no lo he leído... A Baudelaire y Verlaine sí que los leo siempre, esa música como que me alivia.

Y leí también a Rimbaud. A mí me comparan con Rimbaud y yo me siento halagadísima, pero me comparan en la parte mala (ríe), porque Rimbaud escribió y después ¡plaaf! desapareció; se hizo comerciante el pobrecito... el niño se desapareció, se metió en la marina mercante y de ahí no salió más... ¡un chispazo y fuera!

En la Sorbona, mi profesor Ferdinand Strowski nos hizo escribir un cuento a la manera de Perrault y yo escribí un cuento muy misterioso. Se trataba de un hombre con un sentido alegre de la vida que llegaba silbando a una habitación. Y así estaba, muy contento, cuando empezaba a sentir la presencia de alguien detrás de una cortina, presentía a alguien. Entonces él le hablaba, pero no podía nunca ver a esa presencia que él amaba... "¿Por qué es usted tan trágica?", me preguntó Strowski cuando me entregó el primer premio. No le contesté nada, pero era la imaginación que se adelantaba a lo que yo era.

Cuando uno es joven le atrae lo trágico, ahora tengo una pena inmensa, pero quiero apartarme de lo trágico; es bastante trágico ya no saber qué le va a pasar a uno, qué es lo que va a venir. Yo tengo bastante fe, pero me da mucho susto... Cuando uno no ha sufrido la tragedia, uno se queda admirada como ante una maravilla, igual que en la Biblia. Uno siente que hay algo superior, cualquier personaje es trágico para bien o para mal. La tragedia es un desafío a Dios, hay una comunicación con algo superior que castiga o recompensa. Hay como un mensaje del otro mundo, del más allá. La Margarita de Goethe a mí me producía una profunda tristeza, pero ella no es trágica, sufre un drama romántico, yo diría. El desafío está en Fausto, Margarita me inspira tristeza, es drama del corazón, pero no terror, como la música de Wagner. Thomas Mann me latea, demasiado concepto y teoría sobre las personas. Me lo he leído todo, pero me latea, lo encuenro aburrido. En al Montaña mágica, los personajes son todos inventados para que discutan... En cambio la tragedia, ese desafío a Dios me sobrecoge... La religión ha jugado un papel importante en mi vida, aunque he estado muchos años peleada con El; y así me castigó no más. Pero yo estaba amargada y después, El se puso más generoso conmigo...

En París, también estudié arte dramático con Charles Dullin, lo hacía escondida. Mi mamá se vino y yo me quedé en París con mis tíos, vivía en un pensionado, pero pasaba los fines de semana y las vacaciones con ellos. Tú comprendes que en esa época meterse al teatro era de lo peor... Entonces Dullin utilizaba a sus alumnos de la escuela para salir a escena a hacer papeles menores, por ejemplo, entrar y decir "La comida está servida" (tono teatral) ¿comprendes tú? (ríe) El hijo de don Quijote se llamaba la pieza, todavía me acuerdo del nombre, entonces yo vestida pasaba con una bandeja, unos amigos de la familia estaban entre el público y fueron a decirle a mi tío Pepe. Al otro día mi tío fue y me volvió a ver salir a escena, ¡qué escándalo! Mi tío, muy serio, me llamó y me dijo "María Luisa, te sales del teatro ahora mismo y le escribiré a tu mamá diciéndole que, de ahora en adelante, no nos hacemos más responsables de ti". Así que por eso renuncié al teatro, pero, en el fondo, renuncié porque no era mi vocación.

En esos años estaba Huidobro en París con la chiquilla Amunátegui, no se habían separado todavía, pero no lo conocí porque casi todos los amigos nuestros eran franceses. A quien sí que conocí fue a la Teresa Wilms, la mamá de la Silvia y de la Chepa. La Chepa era una fregada, se peleaba mucho con su mamá, así como yo con mi hija. La Teresa era de la edad de mi madre, de la generación anterior. Don Guillermo, taaan alemán... Era una familia muy rara, imagínate que en una taza de té, el mozo servía vino... (ríe).

Mi tío siempre nos llevaba a conferencias, no me acuerdo cómo se llamaba esa sociedad iban todos los escritores famosos a dar conferencias... Y ahí fue donde conocí a Paul Valery, él leyó un poema en que tenía que silbar y muy serio empezó "Les temps, les temps" y cuando trató de silbar, no podía y nos largamos todos a reír y él también rió... ¡Amoroso! ¡Muy divertido! Ahora yo no alcancé a conocer a André Breton y los escándalos de los surrealista. Todas esas cosas eran ajenas a los estudiantes, ¿comprendes?, totalmente ajenas... no nos importaban un pito, nos importaban los textos ( tono doctoral ) nada más... Todo lo moderno, no. Sólo conocí a Breton y a otros artistas modernos en los Estados Unidos.

Cuando regresé a Chile en 1931, sentí una gran alegría, estaba muy contenta yo. Inmediatamente me conecté con los intelectuales, con Marta Brunet, con Pablo y Barrenechea. De repente, entonces pasé al mundo de los intelectuales, así que no sufrí el cambio porque todos estaban muy unidos con Francia también. Ese año se produjo la caída de Ibañez y desfilé con ellos porque mataron a un médico a las cuatro de la mañana porque había toque de queda... y el pobre iba a atender a un moribundo. Entonces se hizo esta enorme manifestación y desfilamos todos, yo era muy jovencita... Eso fue lo que hizo renunciar a Ibañez porque vio pasar a todo Chile. Ahora yo tenía conciencia sin saber qué significaba una dictadura; pero veía que vivíamos como en la cárcel... la gente vivía muy hostilizada, sobre todo en Viña, como que tuvieron que retirar a los carabineros, eso yo lo vi... Pero mi compromiso era de tipo moral, no político, y en eso coincido con la actitud de Borges. Además, pensaba que la política era cosa de hombres. "¡que se ocupen ellos!, a mí me gusta este árbol, este río, voy a ir a la estancia, voy a ir a un concierto... ¡que se frieguen los hombres!... ellos matan... yo me dedico a otras cosas... " En Chile no vi la pobreza, ahora creo que la vería, y en Argentina tampoco, el mayordomo que se ocupaba en la estancia de cuidar la puerta, nos invitaba a tomar té y en Chile, las empleadas nos trataban muy bien y la gente del campo sacaba a los niños a pasear a caballo.

Partí a la Argentina en 1933 y me fui a vivir a la casa de Pablo Neruda, que estaba casado con Maruca, él era cónsul de Chile. Pablo no iba a ninguna parte sin mí y su mujer, pero ella se aburría tanto, fijate, que en las reuniones sociales pedía permiso y se recostaba. Pablo corría a taparla... Así que yo era la compañera de Pablo y así conocí todo el ambiente artístico, hasta al propio Matos Rodriguez. ¡Uy!, ¡las peleas que teníamos con Matos!... Un día le dije que era un macró, cafiche quiere decir eso en frances; él, muy sorprendido, me preguntó por qué y yo le contesté (ríe) que porque vivía de la Cumparsita, de la che Papusa y de la muchacha del circo... "Pero ¡por qué eres tan agresiva!", replicó... Matos Rodríguez me hizo bastante la corte, era un Don Juan y nunca le faltaba una querida. Una vez me invitó a su fundo en el Uruguay y yo, tan bruta, me metí en el auto cuando veo correr detras de mí a los escritores. Ya estábamos en el muelle cuando veo que se bajan, corren al auto y me sacan de un ala... Ellos me protegían siempre, parece que en el tal fundo hacían una vida bastante desordenada y los escritores corrieron a rescatarme de la Cumparsita (ríe). ¡Estaba la Cumparsita allá en el fundo! Entonces, después de eso, ya se terminaron mis relaciones con Matos; la última vez que lo vi, fue en el teatro, entró con una rubia altanera, me abrazó, gordo y gigantón como era, y yo le dije: "¡Ay, Matos! y ¿quién es esa rubia?", entonces él me miró y comentó muy serio: "Bueno, no has cambiado". Yo era una tandera en ese sentido, en esas cosas, pero en lo literario siempre fui muy seria, con un gran respeto a la literatura y la cultura. Fíjate que Matos me dijo un día: "¡Oh!, gran escritora, hazme una letra de tango. ¡Ah que no puedes!", y yo, aceptando el desafío, empecé a escribir... "Desandando lo andado / yo vuelvo al pasado..." (ríe). ¡Y hasta ahí no más llegué! ¡No pude seguir!

En esa época conocí también a Borges, pero él circulaba en un mundo más cerrado, más intelectual. Nuestro grupo era más literario... Oliverio Girondo, Norah Lange, Federico García Lorca, Conrado Nalé Roxlo, Alfonso Reyes... Georgie era de un grupo más intelectual, pero me hice íntima de Georgie... Todos estos grupos eran muy unidos en el fondo, se respetaban entre ellos, no se veían porque se aburrían... A Victoria Ocampo yo no la visitaba porque me aburría... Además yo también tenía mi grupo de filólogos, pues, Henriquez Ureña, ¡Amado Alonso! Como no tenía máquina de escribir, iba al Instituto Filológico, donde me prestaban una. Yo escribía y pasaba mis cosas al final de la mesa mientras ellos hacían su sesión de filólogos, pero me desesperaba... ¡no podía concentrarme!, porque mientras yo trataba de escribir, ellos discutían las raíces de la palabra "ventana" o decían que "cortina" venía de "cortis"; era como que , para caminar, uno primero tuviera que analizar cómo mueve los pies, oye.

Los escritores de mi grupo eran gente de gran talento, gente vital, no gente de lámpara y vaso de agua, como son los conferencistas (ríe )... me dan ganas de tomar un vaso de vino... Considerábamos que un escritor era un ser de excepción, un ser maravilloso, como persona, como cabeza y como corazón. No nos importaban las faltas que teníamos, y las peleas, no eran peleas, eran discusiones sobre literatura. Ahora, Macedonio Fernández y Alfonsina Storni no circulaban, porque ya estaban muy alto. Alfonsina era profesora y tenía muchas obligaciones. Ya te conté cuando Neruda, como a las cuatro o cinco de la mañana, me hizo que la llamara por teléfono para que viniera al restaurante donde estábamos. Era un lugar bohemio, un ambiente intelectual un poco loco... Y ella me pitó porque me respondió que lo sentía mucho, pero acababa de ponerse el sombrero para salir a hacer clases al liceo... ¡A las cuatro de la mañana! Me pitó, aunque Alfonsina era muy seria. Nosotros admirábamos tanto su poesía...

Ahora en cuanto a nuestra relación con la sociedad, todos teníamos una actitud muy humana, pero no comprometida con la política, lo político "na que ver", como dicen aquí... Nos interesaba la gente, ¿comprendes tú? El señor de la esquina que estaba viviendo una tragedia, el hombre que nos venía a dejar un ramo de flores, la señora que cantaba tangos... escribíamos porque nos gustaba hacerlo y nos pagaban bien, pues era una época floreciente en las letras, tanto para los escritores como para los editores. La posición nuestra era muy natural y no vivíamos la carga del compromiso social. Además, éramos muy correctos, excepto cuando se nos ocurría dirigir el tráfico a las tres de la mañana (ríe ).

Federico García Lorca estrenó sus piezas de teatro en Buenos Aires, y mi marido, Jorge Larco, fue el decorador de todas esas obras... Como un año estuvo en Buenos Aires, después se fue y ésa fue su muerte. Cuando partió, fuimos todos a dejarlo, y cuando el barco se alejaba, gritábamos: "¡Federico! ¡Federico! ¡Federico!" (conmovida). El presentía su muerte, el día que partía estaba muy triste y yo entonces le pregunté: "Pero Federico, ¿que no estás contento de regresar a tu tierra?", y él me respondió: "No, chica, allá van a pasar cosas terribles". Ahora yo no sé si debo contar... esto es íntimo, pero políticamente lo sabía todo, su muerte, claro, no la sabía, pero la presentía. Allí en Buenos Aires, Federico y Neruda se hicieron amigos. Ahora, por Federico, yo conocí a Jorge Larco, en el grupo de pintores, y me casé y ¡así no más me fué! ¡A la semana ya estábamos tirándonos los platos por la cabeza!

Con Borges paseábamos por el riachuelo, él me contaba lo que escribía y yo le contaba lo que escribía. Una tarde le hablé de La amortajada y me dijo que ésa era una novela imposible de escribir porque se mezclaba lo realista y lo sobrenatural, pero no le hice caso y seguí escribiendo... Después nos íbamos al cine porque éramos locos por el cine y, cuando terminaba la película, nos íbamos a un restaurante donde tocaban tangos. Todas las semanas, yo estaba invitada a la casa de Borges por su mamá. Ya te conté la pelea mía con Guillermo de Torre... Un día que llegué a la casa, la mamá de Borges me dijo: "María Luisa, no cruces la puerta porque Guillermo te anda buscando para matarte..." Una noche que estábamos comiendo, Guillermo se puso a despotricar contra los escritores latinoamericanos. Para él, ninguno de nosotros valía un pito...Borges ya estaba publicando su poesía y yo ya había escrito La última niebla . Entonces, ofendidos, le preguntamos quiénes eran, según él, los buenos escritores, y con su acento tan español, respondío: ¡Azorín! ¡Azorín!", Se puso a darnos una larga lección, subió y trajo un libro precioso de Azorín que estaba hasta dedicado. Y, cuando todos se pararon de la mesa, con Borges nos pusimos a corregir el estilo, como si fuera prueba de galera, con comentarios al margen que decían: "Repetición", "Cambiar adjetivo", "mal gusto", "error de sintaxis", Y, por supuesto, que cuando Guillermo abrió el libro, se puso furioso y me quería matar.

Por Jorge Larco, conocí a los pintores más destacados de la época. Al gran pintor uruguayo Jorge Figari, quien vivió esta historia tan linda y tan trágica que yo quería escribir sobre él. "¿Por qué se hizo pintor?", le pregunté un día y me contó que, años atrás, se había producido el asesinato de un político y a dos muchachos que pasaban los habían hecho reos bajo el cargo de asesinato. Figari no era pintor todavía, era juez, él fue a ver a los muchachos a la prisión y se dió cuenta de que había algo político detrás y que estos pobres muchachos eran víctimas. Entonces combatió, tomó partido y defendió a estos dos jóvenes; por razones políticas lo repudiaron, lo hicieron renunciar como juez y todo el mundo se apartó de él, hasta su propia familia. Uno de estos muchachos le decía: "Por favor, no se sacrifique más por nosotros"... Figari, que venía de una familia de fortuna, iba a su fundo con su hijo menor en brazos y, para hacerlo caminar al niño, le ponía una pelota adelante y así llegaban a pie al fundo. Y entonces Figari, que ya estaba aislado de todo, empezó a revisar cajones y baúles en la vieja casona y se encontró con dibujos y acuarelas que había hecho de niño. Empezó a pintar y de ahí nació el gran pintor Figari, de esa tragedia, como una cosa de Dios.

Durante esos años, Victoria Ocampo me pidió una reseña de la pelicula Puerta cerrada, para la revista Sur porque en esa época ningún crítico se iba a dignar comentar un filme del cine nacional. Me la pidió porque todos sabían que a Borges y yo nos encantaba el cine. De modo que me fui a ver Puerta cerrada, que era un melodrama tremendo, con tangos, pero tenía alguna belleza, tenía emoción y Libertad Lamarque estaba fantástica. A mí me conmovió y, desde el punto de vista cinematográfico, este melodramón estaba bien hecho. Y entonces yo, honradamente, escribí una crítica lindísima a favor, la primera que se hacía en Sur a favor del cine criollo y de Libertad, a quien los escritores consideraban cursi. Ellos creían que yo iba a hacer una sátira, porque soy bien buena para reírme, pero mi crítica fue muy positiva y tuvieron que publicarla, puesto que me la habían pedido. A raíz de esa crítica hubo conmoción y se vendieron todos los ejemplares de Sur. Salir en esa revista de intelectuales era muy importante para el cine nacional. Entonces vino el director Luis Saslavsky a pedirme que el próximo guión lo hiciera yo. El grupo de Sur me criticó mucho por haber aceptado, pero a mí siempre me ha gustado la parte romántica del melodrama. Decidí hacer María, de Jorge Isaac, y Luis me guiaba con los términos y expresiones del cine (primer plano, blackout, etc). Ya estaba por terminar el guión cuando el productor me dijo que no iban a poder filmarlo porque los herederos de Isaac ya habían vendido los derechos a Estados Unidos por treinta y ocho mil dolares. Yo me quedé helada hasta que Luis me dijo: "Mire, Bombal, haga su propia María", Y pensé, claro, por qué no, voy a hacer mi historia igual de romántica, de fin de siglo y que pase en la Argentina. Escribí un melodrama también, te voy a decir, pero más romántico, más cultivado, aunque me imponían muchas cosas, que Libertad cantara, por lo menos, tres veces, que siempre tenía que ser buena, porque si no perdía a su público. Pero así y todo, me salió un guión lindo. Y la música de fondo era de Chopin. Así, en 1937, salió La casa del recuerdo, que tuvo un éxito fantástico. La heroína era hija bastarda de un aristócrata y, desde niña, se miraba por encima del muro con el niño del lado. Hasta un duelo metí yo (ríe divertida), ¡a mí me encantan los duelos!... Un día que entran a la iglesia, el amigo del protagonista la llama a ella "hija de una mujerzuela" y él lo reta a duelo... Como en María, él se va lejos por un tiempo y ella se muere porque tenía una enfermedad desconocida, oía campanas..., oía campanas... tenía algo al cerebro, seguro, y ella se desesperaba tanto y se quejaba a su madre de su destino tan injusto... Mis amigos escritores me aconsejaron que sacara mi nombre de la película, pero Luis Saslavsky rehusó y me hizo participar en todo, ahí conocí a Libertad Lamarque y, cuando terminaron de filmar, me sometieron toda la película para que yo la revisara. Y el cine argentino cambió porque, imitando La casa del recuerdo,empezaron a hacer otras películas de fines de siglo y hasta el emperador del Brasil (ríe). Terminé las historias de tango yo y, si no las terminé enteramente, empezó a nacer toda esa cosa romántica.

En Estados Unidos trabajé en doblaje con Ramón Sender y Ciro Alegría en el año cuarenta y tres, antes de que naciera mi hija... Es fregado el doblaje, no es un trabajo creador porque hay que repetir, es ser un obrero, pero es muy bien pagado. A veces uno no sabe que hacer con las cosas más sencillas...Me acuerdo que una vez, un actor español en close-up decía: "Baaasta! ¡Baasta!, la traducción, claro, era "enough" que en inglés se pronuncia con una vocal muy cerrada. Yo no hallaba qué hacer para encontrar un equivalente que mejor correspondiera a la boca tan abierta del actor cuando decía "¡Baasta! y la camara lo mostraba tan de cerca... Con Ciro éramos muy amigos, era un chiquillo muy culto y con gran amor por Chile. Después también hice publicidad en inglés con Cantuarias. Fueron buenas experiencias.

Viví veintinueve años en Estados Unidos, yo digo treinta porque sale más fácil. Pero tú sabes que en ese país los escritores están tan dispersos que no existen los grupos, el único modo de comunicarse con ellos es a través de sus editores. Ahora, cuando fui representante al PEN Club, fue cuando conocí a Sherwood Anderson, a Elskine Caldwell... Fuimos todos a la Casa Blanca y nos recibió Roosevelt. Claro que yo seguí manteniendo contacto con los escritores latinoamericanos y, cuando iban a Estados Unidos, pasaban a verme... De ahí nació mi gran amistad con Gabriela Mistral, éramos grandes amigas y eso que nos veíamos poco. A Gabriela la conocí en Buenos Aires, cuando yo ya había publicado, era admiradora de ella desde chica. Gabriela me leyó a mí cuando estaba en el Brasil y desde allá me enviaba unas cartas muy lindas... Cuando pasó por Buenos Aires, Angélica Ocampo, la hermana de Victoria, me mandó a decir que Gabriela quería verme, así la conocí. Y después la volví a ver en los Estados Unidos, en Los Angeles, en Nueva York, y creo que fui una de las primeras personas que la vio muerta, que le trajo flores... se las puse sobre el pecho, estaba preciosa Gabriela... (emocionada). Su secretaria me avisó que había muerto y que había dejado una carta inconclusa para mí. En Los Angeles, ella estaba pasando una tragedia terrible, los chilenos eran muy injustos con ella... dicen que Gabriela se sentía perseguida... es que la perseguían (indignada)... ¡Yo soy testigo! Y allá en Los Angeles la tuvo que defender México... Los chilenos se portaban pésimo con ella, incluso no le entregaban su correspondencia y la dejaban tirada en el baño... ¡Eso yo lo ví!... Entre los lavatorios donde corría el agua... Allá en su casa, en los alrededores de Los Angeles, la mayordoma, el jardinero y el chofer que tenía le daban pastillas de dormir y hacían fiestocas hasta que ella se dio cuenta y pidió ayuda al cónsul interino de Chile para que le ayudara a echarlos porque tú sabes que allá, por las leyes laborales, etc., no es tan fácil deshacerse de los empleados... Pero, no quiso ayudarla y fue el cónsul de México el que la ayudó... Cuando la ví en su feretro, le comenté a mi marido: "Fíjese que Gabriela estaba aún ahí, no estaba muerta" y él me respondió "Es que en los seres superiores es así" y tenía razón... A diferencia de Neruda que me llamaba "Madame Mérimée" y "abeja de fuego", Gabriela me decía "chiquita", como le decía a todas las escritoras más jóvenes.

Me pides que hablemos de mi obra, pero para mí resulta una laaata, ¡que hablen los críticos!, además, eso está todo en las entrevistas que se han publicado en los periódicos... Bueno, La última niebla está inspirada en haber tenido un amante que no tuve... Mi primera experiencia amorosa fue bastante espantosa, yo lo puse a él como marido, la novela tiene una base autobiográfica bastante trágica y desagradable... La experiencia sexual también; en esa época, las regulaciones eran para que las obedecieran los de la clase media... bastante trágica, pero uno no puede hablar de los secretos del corazón y del alma... Son los secretos que uno no puede estar poniendo en la mesa porque se hace algo público ¿ves tú? La novela está basada en mi primer amor, que terminó a balazo limpio.

Comencé La última niebla mientras Pablo estaba haciendo los poemas de Residencia en la tierra, los dos escribíamos en la cocina de su casa. Recuerdo que un día Pablo me mostró un poema en que tenía la imagen "asustar a una monja con un golpe de oreja", yo la encontré horrorosa, grotesca, y Pablo se enojó mucho. Claro que, en el fondo, eran discusiones amistosas, nos queríamos mucho. Terminé mi novela cuando Pablo ya estaba en España y se la mandé. Yo tenía una carta preciosa en que Pablo me decía: "He hecho una fiesta y ha venido Federico, Aleixandre y todos los amigos y hemos celebrado tu libro". Me decía que yo escribía un mundo que parecía agitado por un agua clara, por un soplo de misterio... (melancólica). Pablo me reprochaba mucho que yo no le diera importancia a lo que había escrito, "Tú no sabes lo que has hecho", me decía, yo no me daba bien cuenta, escribía lo que sentía, pero lo que sí me daba cuenta es que escribía a lo Madame Mérimée, muy lógica. Pero lo demás, yo decía, bueno, es lo que yo siento y nunca creí que iba a tener tanta repercusión, no creí, fíjate. En la novela yo puse la niebla de Santiago porque, mientras ocurría esa tragedia terrible, había mucha niebla en Santiago, pero después yo la poeticé. ¿Ves tú? Era mitad verdad y mitad lo que yo hubiera querido... Después de eso, ya no quise la niebla, de niña siempre me encantó la niebla, ahora la odio, no la puedo soportar.

No me importó para nada el feminismo porque nunca me importó. Sí leía mucho a Virginia Woolf, pero porque sus conceptos los hacía novelas y no daba sermones. Nunca fui amiga de Victoria Ocampo, ella era mi editora y fue generosísima conmigo. No me quería, yo creo, porque yo era tan distinta... Ella era tan solemne, tan gran señora y yo estaba en otra onda, como dicen ahora. Además, no sentía que la mujer estaba subordinada, me parece que cada una siempre ha estado en su sitio, nada más. La última niebla me parece a mí que es un drama sentimental porque son cuestiones pasionales de la mujer, pero no creo que haya existido una imposición del marido. Era una desilusión de ambos. No se comprendían porque el hombre tiene otro carácter. Entonces ella tenía que llenar ese vacío con lo que ella hubiera querido que fuera... Ahora que tú me preguntas, me doy cuenta de que el que se haya casado para no quedarse solterona, sí era una imposición de la sociedad... eso que tú dices es muy serio, yo no lo había pensado...Pero eso sí, quedar solterona en esa época era terrible, ¡Dios nos libre!, era como un estigma... Fíjate que es la primera vez que lo veo y los siento...La mujer solterona quedaba al margen de la vida y de la sociedad. Yo creo que lo social en mi literatura siempre ha sido sólo como un trasfondo y no por ignorancia, porque lo leía todo, sabía todo, pero no lo pensaba. A mí me interesaban las cosas personales, pasionales, el arte, ¿comprendes?; el arte social no existía para mí. ¡Eso! Era un total indefirencia, total. Porque tenía pasión por lo personal, por lo íntimo, por el corazón, por la naturaleza y por el misterio. Todo lo que fuera social, oye, eso, no, pasaba por alto porque no me interesaba, ni me apasionaba, ni me indignaba. No existía para mí, porque yo estaba demasiado agarrada con las tragedias personales, el arte y la poesía.

Claro que siempre el hombre y la mujer han sido muy diferentes. El hombre es intelecto, sabe más, es "the power in the trone" mientras la mujer es puro sentimiento. Yo creo que el amor es lo más importante en la vida de una mujer... La mujer es puro corazón, a diferencia del hombre que es la materia gris...Por eso no se entienden...Y el estilo de la mujer es menos áspero, menos realista; es un estilo más del corazón, diría yo, porque las mujeres somos sentimentales y no materialistas ¿ves tú? Para mí, lo más importante ha sido siempre el ritmo porque, aunque me guste una palabra y sea la palabra precisa la rechazo, ¡fuera! si no entra en el ritmo. Por eso tacho mucho cuando escribo...Siempre busco un ritmo que se parezca a una marea, la oración es una ola que asciende y desciende y luego vuelve a subir... Yo creo que, en el fondo, soy poeta, mi caso es el del poeta que escribe prosa. Yo soy poeta, pero como tengo una educación francesa también soy la lógica personificada.

Escribí La Amortajada porque siempre, fíjate, me aterró la muerte. Me acuerdo que una vez, cuando vivía con Pablo en Buenos Aires, tuve un sueño terrible, soñaba que veía los pies de alguien que estaba acostado, sólo los pies, pero yo sabía que eran los pies de un muerto y desperté espantada, entonces me fui a contarle a Pablo...La muchacha muerta que ella ve en "La Última Niebla" no es la primera mujer de Daniel, los críticos se equivocan en esto, yo quería que fuera la primera vez que la protagonista se enfrentaba con la muerte ¿comprendes tú? Ahora yo no creo que la muerte sea algo definitivo, no, la muerte para mí es un despegarse gradualmente de la vida, poco a poco...y hay una mujer que está contemplando a la amortajada y siente compasión por lo que a la pobrecita le ocurrió en vida y que solo llega a comprender en la muerte. Yo creo que hay dos muertes, la primera, que significa comprender, y una segunda muerte que a los seres humanos nos está vedado comprender. Eso lo he creído siempre (enfática).

Ahora con El Árbol ocurrió algo muy extraño. Fíjate que después de escribir yo El Árbol un día en Buenos Aires, entro a la casa de Nina Anguita y ¡allí estaba el árbol! Entonces yo lo dije: "Nina, por Dios, yo escribí sobre este árbol mucho antes de conocerlo". Había sido la imaginación que se había adelantado a la realidad... Por eso le dediqué el cuento a Nina...¿Te das cuenta lo que es la imaginación?. Después a mi hija le puse Brigitte, por Brígida en el cuento. A mí antes me gustaba mucho la música clásica. Con mi marido en Estados Unidos pasabamos horas escuchando música clásica, y ahora no la puedo oír porque me pone demasiado triste. Mozart siempre me inspiró el juego, la alegría despreocupada de la niñez, porque él nunca dejó también de ser un niño, mientras que Chopin es la pasión, el sentimiento y Beethoven el horror final, el sufrimiento, ese drama que yo no puedo definir.

Mira, la verdad es que Islas Nuevas es un cuento que surgió de manera misteriosa. Cuando yo vivía en la Argentina, yo siempre visitaba una estancia, "La Atalaya", se llamaba, allá en la pampa, y ahí era testigo de un hecho maravilloso. En la estancia había muchas lagunas y misteriosamente el agua bajaba y aparecían todas estas islas nuevas que después también desaparecían misteriosamente. Era sobrecogedor y este hecho sobrecogedor, maravilloso, me inspiró para imaginar a una mujer que era tan misteriosa como la naturaleza que los hombres "no" comprenden ni quieren comprender. Yolanda, ¡pobrecita!...Esa ala como un estigma que la condenaba a la soledad y su cabellera, porque yo siempre he pensado que el pelo de la mujer es como las enredaderas, ¿ves tú?, el pelo las une a la naturaleza, es una prolongacióbn de la naturaleza. Por eso, mi María Griselda hunde su cabellera en el río Malleco y en mi cuento Trenzas digo que los árboles del bosque y el cabello de la hermana en la ciudad poseen las mismas raíces. Ahora, ese cuento está basado en la realidad. Eso ocurrió efectivamente a dos hermanas... Mientras una estaba en la quinta la otra se moría a la misma hora en que se estaba quemando el bosque...Pasó en la Quinta Vergara, allá en Viña.

La verdad es que María Griselda era sólo un esbozo en La Amortajada, ¿te acuerdas tú?, pero el destino o ella quisieron que yo escribiera su historia. Como tú sabes, yo en Estados Unidos inmediatamente presenté mi obra a Farrar Straus y ellos la aprobaron, pero, como son los editores de allá, me llamaron y me dijeron que tenía que convertir La Ultima Niebla y La Amortajada en novelas de, por lo menos, doscientas páginas. En el caso de La Última Niebla, cambié todo y escribí en inglés "House of Mist". Claro que escribía bajo la supervisión de mi marido, que dominaba el inglés a la perfección. Entonces, no hallaba que hacer con La Amortajada y, de repente, un día me dí cuenta de que podía ampliar la historia de María Griselda. Su belleza es también un estigma, los maravilla a todos, pero solo produce la desgracia ¡Tan sola ella siempre!

Me encanta que menciones "Lo Secreto", porque nadie lo ha comprendido... ¡Y nadie escribe sobre ese cuento, cuando es tan importante para mí! Fíjate que cuando yo era chica, me fascinaban las novelas de piratas, cuando llegaba el capitán y daba órdenes, "Tú, trae tal cosa, tú, pásame esta otra" (imita lenguaje de piratas). ¡Eran tan divertidos! ¡Me encantaban! y ¿te acuerda tú que ellos hablan así en el cuento? El capitán arrogante, dándole órdenes al chico, creyéndose dueño del mundo. En "Lo Secreto", yo ex profeso hice de mis personajes unos verdaeros piratas (ríe). Y entonces van navegando los piratas cuando, en una tormenta, caen al fondo del mar y se encuentran en este lugar tan espantoso... Pero es que han perdido a Dios. Nadie ha entendido que se trata de la pérdida de Dios. Esa situación horrible de enfrentar la nada, de perder todo sentido de la existencia por haber perdido a Dios.
 

(Testimonio autobiografico basado en una serie de entrevistas realizadas por Lucia Guerra y Martín Cerda
en 1979. Publicadas por Lucia Guerra," María Luisa Bombal, obras completas",
Editorial Andres Bello, 1996 )

miércoles, 26 de abril de 2023

Talcahuano, short story by Paulina Flores

Vivíamos en una de las poblaciones más pobres de una de las ciudades
más feas del país: la Santa Julia, en Talcahuano. Un puerto que a nadie
le gustaba por su cielo encapotado, en donde todo tomaba un tono gris
por el hollín de las industrias y con fama de hediondo por la pesca. Pero
a nosotros no nos molestaba vivir en un lugar que la gente considerara
feo, todo lo contrario, al menos yo me sentía extrañamente orgulloso.
Todos nosotros: Pancho, Julio, Marquito Carrasco y yo, nos sentíamos
fuertes y complacidos. Disfrutábamos con sentarnos a la entrada de la
casa de los Carrasco y contemplar las casuchas que descendían cerro
abajo y el mar que ceñía la cintura de la península, y hacer planes y
comer sandías. Fue a lo que nos dedicamos todo el verano de 1997.
Comimos sandías cada día de esas vacaciones. Pancho y Marquito las
consiguieron con un camionero al que le hicieron dedo en Concepción.
Durante el trayecto, el hombre dijo que hacía mucho que no lo hacían
reír tanto y que podían quedarse lo que quisieran. Esa tarde cargamos
entre todos las catorce sandías hasta la casa de los Carrasco. Y cuando
terminamos, nos sentamos al pie de la escalera, sobreponiendo
medialunas de sandías a nuestros rostros, para lucir unas sonrisas
descaradas ante el paraje ruinoso que teníamos por hogar.
Nos veo claramente, exhibiendo nuestra felicidad con muecas pulposas
de sandía. Riéndonos frente a los rostros cansados y afligidos de
nuestros vecinos. En especial en esa época, cuando por la crisis de la
industria pesquera nadie tenía trabajo y los cesantes solían deambular
por las calles con una expresión de servidumbre y derrota, como si se
tratara de un batallón de soldados vencidos. En realidad, mi padre era
el único militar vencido. Tras quince años en la marina, lo dieron de
baja. Pero aunque ocurrió en el peor momento posible, no fue por la
crisis que no consiguió trabajo. En cierta forma, fue él quien lo decidió.
No quería empezar de nuevo.
Antes de que comenzaran las vacaciones, hubo una especie de pelea
entre mis padres. Digo especie porque, como era lo común entre ellos,
no hubo discusión directa ni siquiera un cruce de palabras. Otro
recuerdo claro en mi memoria. La familia —mis padres, mis dos
hermanas y yo— sentada en torno a la mesa de la cocina. Una fuente de
pan duro en el centro y un té aguado para cada uno. Desde hace días
que la comida escasea en la casa. Mi madre dice que ha calentado el
pan para ablandarlo un poco. Nadie le sigue la conversación. El pan se
quemó, y ahora, además de duro, está negro como el carbón. Tomamos
el té en silencio. De pronto, mi madre se levanta, agarra una de las
marraquetas y la lanza contra la pared gritando. Veo la rabia en el
movimiento de su brazo, como si en vez de pan duro tirase una piedra. Y
el golpe en el suelo de madera suena como una piedra. Mis hermanas y
yo miramos el pan en el suelo. Mi madre se sienta como si nada, pero al
tomar la taza de té le tiemblan las manos. Apenas bebe un trago y
26/144vuelve a pararse, esta vez va a su pieza. La escuchamos sollozar. Mis
hermanas la siguen en el acto y, sentadas junto a ella en el borde de la
cama —puedo verlo desde donde estoy—, se abrazan.
Mi padre, que ha mantenido la mirada en el té durante toda la escena,
sigue sin tomarlo y sin decir nada. Y yo me limito a tomar el mío con él
en la cocina. Me quedo junto a mi padre y no con mi madre y mis
hermanas, aunque no porque esté de su parte. Yo no estoy de parte de
nadie. Por entonces participaba de los problemas familiares tanto como
si viera una película. Una cuya historia desafortunada no podía
afectarme más allá de los segundos en que la contemplaba y que podía
dejar atrás con facilidad. No me preocupaba el silencio de mi padre ni
su rostro vacío al observar el té. Era feliz manteniéndome al margen.
Estaba seguro de que podía arreglármelas por mi cuenta, con mis
amigos.
Por eso me pasaba casi todo el día en la casa de los hermanos Carrasco,
Camilo y Pancho. Teníamos el lugar para nosotros. Su padre trabajaba
como
minero en el norte —era el único papá del grupo que tenía trabajo— y su
madre pasaba todo el día en la casa de la abuela de los Carrasco con su
hija recién nacida. Pancho era el hermano menor y mi mejor amigo. Su
cuello escaso, espalda ancha y piernas cortas le daban un aspecto rígido
que no correspondía en nada con el torrente de energía que liberaba.
Desde chico tenía la habilidad de tramar aventuras y meterse en
problemas. Nada peligroso, solo travesuras infantiles.
Entonces ambos teníamos trece, aunque, por los siete meses que nos
llevábamos, yo pronto lo superaría.
Como vivíamos a un par de cuadras, habíamos pasado prácticamente
cada día de nuestras vidas juntos. Los Carrasco en Pichidegua, que
significa «pequeño ratón», y yo en Malal, «corral». Todas las calles de
la población tenían nombres en mapudungun. Años atrás, con Pancho y
un compañero del liceo mitad mapuche, nos dedicamos a traducir los
nombres de casi todas las calles. Albergábamos la ilusión de descubrir
que aquellos pasajes estrechos de tierra en los que vivíamos tuvieran
nombres importantes —supongo que teníamos una idea heroica del
mapudungun—. Al final eran casi puros nombres de animales comunes
del campo, pero seguimos manteniendo cierto orgullo por nuestras
calles, sobre todo cuando las comparábamos con las de las poblaciones
industriales vecinas, donde los pasajes eran números.
Talcahuano, «cielo tronador», fue el único nombre que confirmó
nuestras ilusiones.
La población Santa Julia nació de una toma en Los Cerros de
Talcahuano, y casi todas las casas fueron construidas por sus dueños
con tablas de madera y planchas de zinc. La de los Carrasco era de las
más grandes y bonitas, con segundo piso, escalera de cemento para la
entrada y panderetas de hormigón que cerraban el patio trasero. La mía
27/144era muy pequeña porque mi padre la construyó en el terreno de la casa
de su mamá, mi abuela. Decidió hacer vivir a su familia en la Santa Julia
y no ocupó una de las viviendas de la Villa Naval, a la que tenía derecho
por ser marino. No es que se avergonzara de ser parte de la Armada, él
como ninguno poseía aquel orgullo típico de los militares, pero decía
que no quería que sus hijos se acostumbraran a ese ambiente y, con eso,
que no quería que ninguno de nosotros terminara también en la
Armada. Además de la casa, mi padre fabricó muchas de las cosas que
teníamos, desde los muebles hasta nuestros juguetes. Le gustaba
trabajar con madera, pero podía ingeniárselas con cualquier basura que
encontrara por ahí: botellas, tapas de aluminio, tarros de leche en
polvo, carriles de hilo. Solía decir que de haber tenido las oportunidades
habría sido ingeniero. Mi madre lo incitaba a que pusiera un taller para
ganar plata extra. Pero él siempre le aclaraba, con tono serio, que ya
tenía un trabajo y que con poder alimentarnos bastaba.
Él ya tenía un trabajo.
Desde niño me acostumbré a que la gente fabulara con el trabajo de mi
padre. Los vecinos, la familia de mi madre, mis profesores y mis
compañeros del liceo lo trataban con mucho respeto. Un respeto que
tenía algo de admiración, pero sobre todo de temor, supongo que por la
dictadura, y que cubría su labor con un halo de expectación y misterio.
Claro que, para su familia, su trabajo no poseía ninguna oscuridad
atrayente. Sabíamos exactamente a lo que se dedicaba.
A veces, cuando era chico y lo acompañaba a la Base Naval, me dejaba
jugando en una bodega llena de torpedos mientras él trabajaba. Yo me
entretenía con un juego simple que podía mantenerme cautivo toda la
mañana: hacer rebotar una pelota de plástico contra la cabeza de los
torpedos. Eso era todo. La bodega con torpedos era lo más cercano al
aspecto bélico y temerario de su trabajo. Que yo supiera, ni siquiera
había estado en alta mar. Entró al servicio en busca de una oportunidad
—algo que hacer— y terminó trabajando en la Base Naval de
Talcahuano. Algunas noches de guardia, la mayoría de las veces como
mesero —«mayordomo», creo que era el título oficial— en el casino de
los uniformados. Pero servir los platos no lo apocaba. Él mismo lavaba
y planchaba su uniforme azul marino, para llevarlo con la misma altivez
que un oficial bajo el delantal blanco de garzón.
Nunca supe por qué lo dieron de baja. Mis hermanas decían que había
sido por un accidente muy tonto en el casino, algo de un altercado con
un capitán. Fuese lo que fuese, lo cierto es que, desde entonces, su
mirada resuelta de militar, que cautivaba a tanta gente, se volvió
indiferente y perdida.
Fue a mediados de enero que Pancho nos anunció su plan. Esa mañana
estábamos Marquito y yo sentados al pie de la escalera. Marquito era el
primo de los Carrasco. Tenía doce, el menor del grupo. También vivía
cerca, en Cahuello («caballo»), y al igual que yo, pasaba todo el día en
la casa de sus primos. En un principio, su mamá lo mandó para que su
28/144hermana lo cuidara mientras ella trabajaba, y luego pasó a ser uno más
de nosotros.
Mientras esperábamos que los hermanos Carrasco se despertaran,
intentábamos traducir la letra de The Headmaster Ritual de los Smiths.
Antes de salir de vacaciones, Pancho y yo robamos dos diccionarios de
inglés del liceo. La idea era traducir las letras de nuestros grupos
favoritos durante el verano. Por esa época estábamos pegados con los
Smiths. En Conchester, como llamábamos a Concepción, había una
disquería y de tanto ver y admirar todo sin comprar nada, el vendedor
nos ofreció grabarnos los álbumes que quisiéramos si le llevábamos los
casetes vírgenes. Pasamos tardes enteras conversando con él. Nos contó
que Morrissey llamó The Smiths a la banda porque era uno de los
apellidos más comunes y vulgares de Inglaterra: creía que era tiempo de
que lo vulgar se mostrara al mundo. Nos brillaban los ojos al escuchar
historias como esa. Queríamos ser como Morrissey y, como él, nos
sentíamos a un mismo tiempo tan vulgares como increíblemente
superiores.
—Lo tengo todo pensado —dijo Pancho tras abrir la puerta de su casa
de un golpe.
Marquito y yo nos giramos y elevamos la vista para verlo. Se golpeaba
la cabeza con el dedo índice repitiendo «está todo aquí». Venía recién
despertando. Tenía el pelo revuelto y los ojos inyectados en sangre. Se
sentó a nuestro lado y miró al frente con esa expresión trastornada que
ponía cada vez que tramaba algo. Con Marquito dejamos los
diccionarios a un lado y esperamos a que nos contara qué era lo que se
traía en mente, pero Pancho no dijo nada. Se limitó a respirar muy
profundo, como si intentara calmar sus pensamientos.
—¿Dónde está el Camilo? —preguntó de pronto.
—¿No estaba contigo, en la pieza, durmiendo? —dije, y volví a tomar el
diccionario. Busqué jealous por «jealous of youth ».
—¿Cómo? —dijo Pancho, confundido. Se levantó de un salto y entró en
la casa.
El viento arremolinó tierra en la calle y yo me cubrí la vista para evitar
que me entrase en los ojos. El viento era algo que nunca se iba de
Talcahuano, no importaba la estación. Pancho volvió a salir de la casa,
esta vez con el pelo mojado y unos trozos de sandía que nos repartió.
—Vamos a robar los instrumentos de la iglesia —dijo, decidido, tras un
par de mascadas—. Yo pido la guitarra.
—¿Y el Camilo? —preguntó Marquito.
29/144—Está en la pieza durmiendo.
—Pensé que el plan era traducir las canciones —dije.
—Ahora vamos a hacer las dos cosas —respondió sin mirarme y escupió
las pepas de la sandía. Pancho siempre quería hacerlo todo al mismo
tiempo.
—¿Qué iglesia? —preguntó Marquito.
—La del papá de la Betsabé —respondió Pancho. Volvió a pararse. Entró
en la casa y puso el primer tema de Meat is Murder en la radio, la
canción que traducíamos. Subió el volumen a todo lo que daba, bailó
moviendo los brazos como si tuviera un ataque de epilepsia y dio un
salto que lo llevó desde dentro al suelo de la calle, delante de nosotros.
La Betsabé era la hija del pastor del ministerio evangélico de
Talcahuano, Bendecidos para Bendecir. Jugábamos con ella de chicos,
hasta que su papá se metió a fondo en lo de la religión y se hizo pastor.
Desde principios del verano que Pancho quería conquistarla. En
realidad, ambos nos habíamos propuesto conquistarla, pero Pancho era
más perseverante que yo, y asistía a las reuniones del ministerio para
verla. En la reunión —así llamaban los evangélicos a las especies de
misas que hacían— del día anterior se le ocurrió lo del robo. Dijo que
fue como una revelación mística. Según él, mientras todos alzaban las
manos al cielo, gritando aleluya y coreando «Él vive, Él vive. De la
muerte resucitó. Él vive, Él vive. Vamos a celebrar», reparó en que la
música de fondo provenía de una banda que tocaba en un pequeño
escenario, a un lado del pedestal del pastor. Vio los instrumentos
flotando en el aire sin los músicos que los tocaban: guitarra, bajo,
batería y teclado. Sintió que Dios se le manifestaba, revelando una
nueva misión, algo así como que Dios quería que se robara los
instrumentos. El año anterior habíamos decidido que Dios no existía o
que si existía no nos interesaba. Pero no era extraño escuchar a Pancho
decir cosas como esa. Había algo de los evangélicos que no dejaba de
encajar con su personalidad: el éxtasis, el delirio impulsado por el
fanatismo. Podías imaginarlo como un cristiano convertido tras años de
pecado, o como un autoproclamado profeta con trances místicos en
medio de la plaza de un pueblo, rodeado de un pequeño grupo de
seguidores, gente como el Marquito y yo.
Cuando Camilo apareció, Pancho todavía no lograba explicarnos del
todo su nuevo plan. Camilo era un año mayor. También era bajo, pero
más flaco. Físicamente no parecía el mayor, como en ninguna de las
otras aptitudes, pero lo compensaba con ser más violento. Solía
agarrarse a combos, sobre todo con Pancho. Vestía solo un pantalón de
buzo, que no se sacaba ni para dormir, y llevaba un trozo de sandía en
la mano para desayunar. Nos saludó alzando las cejas y se sentó en el
suelo, lejos de nosotros tres. Apoyó la cabeza en el muro de la casa con
30/144una actitud malhumorada, como intentando dejar bien claro que no le
interesaba nada de lo que Pancho tramase.
Con Camilo a un costado y nosotros al pie de la escalera estábamos,
finalmente, los cuatro reunidos esa mañana. Puedo vernos como la
pandilla inofensiva que éramos, cada uno desempeñando su papel.
Marquito el del cabro chico, Camilo el del pendenciero, Pancho el del
revoltoso e impulsivo, lleno de ideas locas, y yo como la otra cara de la
moneda y su compañero fiel; mucho más sereno y callado, reflexivo. Ahí
estamos, escuchando a Pancho que, de tan extasiado con sus planes, se
atropella con sus propias palabras y no alcanza a terminar una frase
coherente cuando ya ha lanzado otra, tal como en el oleaje cerro abajo:
una ola no acaba de romper cuando la otra ya está encima. Marquito y
yo lo interrumpimos a cada rato para pedirle que vaya al grano.
Lo más importante es que dejaban los instrumentos en el templo por las
noches. Eso le dijo el bajista de la banda cuando Pancho se acercó a
felicitarlo y a sacar información. En realidad, el templo era un galpón
viejo que tiempo atrás funcionó como gimnasio comunal.
Al principio Camilo se mostró indiferente al plan e intensidad de Pancho,
pero, de pronto, preguntó suspicaz:
—¿Y cómo nos vamos a repartir los instrumentos? La guitarra es mía.
La intervención dio paso a una pelea entre los hermanos que duró, de
manera discontinua, hasta bien entrada la tarde, cuando finalmente
ellos acordaron que Camilo tocaría la batería, Pancho la guitarra,
Marquito el bajo y yo el teclado. Me agradó la idea de tocar el teclado,
parecía un instrumento acorde con mi personalidad. Los tecladistas
solían ser tipos templados y más intelectuales, aunque de poder elegir
me habría quedado con la guitarra.
Al final del día, terminamos todos igual de excitados que Pancho con el
nuevo plan y decidimos que en los próximos días revisaríamos los
detalles. Cuando ya me iba, vi que en la cuneta alguien había escrito con
un trozo de carbón.
«Give up education as a bad mistake.»
Caminando de vuelta a casa, imaginé cómo serían los días siguientes.
Sentí una gran expectación. No sabía en qué podría terminar todo el
asunto del robo, pero pensar en ello me llenaba de energía y confianza.
Sobre todas las incertidumbres y adversidades que podrían
vislumbrarse, se imponía un sentimiento que me alzaba invulnerable.
Nos vi entrando de noche al galpón evangélico y saliendo triunfantes. El
propósito de robar los instrumentos era difuso, no me imaginaba
tocando How soon is now? en el teclado, me veía disfrutando junto a los
Carrasco de unos instrumentos que nunca podríamos pagar.
31/144En la casa me golpeó el olor aséptico de cloro que la invadía desde
hacía unas semanas. Uno nuevo que contrastaba con el familiar olor a
madera humedecida y quemada predominante. Mi madre parecía
obsesionada con la higiene y la limpieza desde que consiguiera trabajo
haciendo el aseo para algunas familias de Concepción.
A excepción de su cuarto, todo estaba en penumbras. Pasaba el rato
junto a mis hermanas. Nunca antes había trabajado fuera de casa y
supuse que celebraban el poder estar juntas algún tiempo, como antes.
Escuchaban un casete mío de Los Tres. Oí como reían y cantaban
«quién es la que viene ahí, tan bonita y tan gentil». Me quedé escondido
tras la cortina a medio correr que hacía de puerta, a oscuras. Era
extraño ver a mi madre alegre. Se veía especialmente joven, casi como
una hermana más. Mi padre no estaba en casa. Las espié durante un
rato, y en cierto momento mi hermana mayor, Carola, miró hacia donde
yo estaba. Pensé que me enfrentaría diciéndome alguna pesadez —hacía
tiempo que intentaba enrostrarme su molestia conmigo, yo no sabía la
razón—, pero hizo como si no me viera. Cantó más fuerte, casi gritando,
y bailó chispeando los dedos y meneándose ridículamente provocativa,
haciendo reír más a mi hermana menor y a mi mamá, que aplaudieron
para que siguiera. Fijé la mirada en Carola, con la seguridad de que ella
sabía que yo la observaba, y por un segundo, al verla desde la
oscuridad, recordé lo mucho que nos divertíamos de chicos. Recordé lo
cercanos que éramos, cuando solo estábamos nosotros dos. Seguí el
camino hasta mi pieza y me tendí de espaldas en la cama y las escuché
cantar y reír hasta muy tarde, cuando mi padre llegó.
La llave giró en la cerradura y a los pocos segundos la casa quedó en
silencio. Caminó por el pasillo sin detenerse. Vi aparecer su perfil
ensombrecido en el umbral de mi puerta. Se quedó parado en la
oscuridad, con la vista alta. Todavía llevaba su peinado de marino,
rapado en la nuca y alisado hacia el lado en la coronilla, y sus mejillas
bien afeitadas y el bigote recortado pulcramente, aunque no tuviera
donde ir. Casi pude sentir el olor a colonia inglesa desde la cama. Pero
era imposible relacionar un aroma tan fresco con su rostro flácido y de
expresión acabada. No me saludó. Tal vez creyó que la pieza estaba
vacía o que yo dormía. Quizá no quiso decir nada. Yo tampoco lo saludé.
Respiró profundo y se dirigió al baño. Salió otra vez de la casa y ya no
volví a escucharlo entrar de nuevo.
La mañana siguiente, Pancho esperaba sentado en la escalinata con una
pila de libros al lado. Se veía aún más inquieto y parecía haber
madrugado o no haber dormido en toda la noche. Con un tono
misterioso me dijo que nos contaría la asombrosa idea que se le había
ocurrido para el asalto cuando estuviéramos todos reunidos. Los libros
eran enciclopedias y diccionarios, robados quién sabe dónde. Marquito
llegó al poco rato con la bolsa de tabaco y comenzó a hacer un cigarro
apenas se sentó en la escalinata. Tenía un talento innato para liar. El
tabaco lo reuníamos de colas de cigarros que recogíamos de la calle y
32/144que guardábamos en papel de diario. De los papelillos también se
encargaba Marquito, se los sacaba a su mamá de la cartera.
—Esta es la última pitiá —sentenció Pancho tras quitarle el cigarro de
las manos a Marquito y aspirarlo profundamente. Nos mostró a todos el
pitillo, luego se lo acercó a la cara, lo miró como dándole un último
adiós y lo lanzó al aire con el dedo gordo y el índice.
—Vamos a tener que hacer algunos sacrificios por el botín.
—¿Y tú nos vai a obligar? —protestó Camilo, que aparecía en el umbral
de la puerta. Pancho le respondió con un suspiro y una sonrisa
condescendiente.
—Nunca dije que iba a ser fácil. Pero si me dejas explicar. —Hizo una
pausa y llenó sus pulmones de aire—. Vamos a dejar los cigarros,
porque vamos a empezar a entrenarnos para el robo. —Volvió a parar y
nos miró abriendo mucho los ojos, excitadísimo—. Porque vamos a
entrenarnos en el antiguo arte de guerra japonés del espionaje y la
guerrilla: el ninjutsu .
—¿Ninjas?
—replicó Camilo riéndose estrepitosamente, una risa forzada—. ¿Querís
que nos disfracemos de ninjas? ¿Como las Tortugas Ninja?
La sonrisa emocionada de Pancho desapareció por un instante.
—Déjame terminar, Camilo —contestó irritado, pero no explicó nada
más. Se quedó callado un rato y luego me preguntó—. ¿Qué pensái tú?
—su mirada suplicaba aprobación.
—Sí, eso, qué opina el cerebrito del grupo.
—No sé..., ¿no se supone que los ninjas son los malos de la película? —
dije dudoso. Los ojos de Pancho se iluminaron y volvió a su sonrisa
confiada.
—¿Y cómo se supone que nos vamos a transformar en ninjas de un día
pa otro? —preguntó Camilo con ironía, dando paso a una nueva
discusión entre los hermanos, que Marquito y yo aprovechamos para
liar y fumar el cigarro que Pancho nos quitó.
Pancho tenía la habilidad de mezclar y complicar siempre las cosas.
Inventaba una idea tras otra, sin concretar ninguna. Aunque eso no
negaba que tuviera una forma maravillosamente auténtica de hacerlo,
fascinante por su irreflexiva espontaneidad. Era como si para Pancho el
mundo fuera un lugar especialmente diseñado para deslumbrarlo a él.
Aún hoy lo recuerdo abstraído en sí mismo, con expresión decidida.
Supongo que en el fondo era algo que Camilo envidiaba, y por eso solía
burlarse de él. Al lado de Pancho, cualquiera parecía un fraude.
33/144Camilo hundió un puño en las costillas a Pancho y dijo: «Bueno, bueno,
¿qué hay que hacer?».
Pancho nos explicó que en realidad no había mucha información sobre
el ninjutsu , así que por mientras leeríamos lo que él había encontrado
en algunas enciclopedias y luego veríamos qué más hacer.
—¿Y por qué no probamos con otra cosa? —preguntó el Marquito—. En
el liceo me hicieron unas clases de kung fu. —Pancho elevó las manos al
cielo como diciendo «por fin».
—Vamos a aprender el arte del ninjutsu , porque los ninjas son más
como nosotros —el tono que usó fue tan ridículamente solemne que
hasta él mismo se largó a reír. Se calmó, saltando en donde estaba un
par de veces, y nos miró con una seriedad cómica, por lo forzada, y
asintió con la cabeza, como si estuviera conforme o convencido de algo,
y luego no pudo resistir más y volvió a reír a carcajadas.
Tras leer lo que me asignó Pancho —unas enciclopedias de tipo facsímil
de diario— creí entender a qué se refería con eso de que los ninjas eran
«más como nosotros».
Toda la información que logramos reunir no llenaba ni tres páginas, eso
sin contar que en su mayoría no se referían directamente a los ninjas,
sino como excusa para hablar sobre los samuráis, reduciendo su
condición al único hecho de ser sus enemigos y opuestos históricos.
Según pude entender, las técnicas y tácticas de combate del ninjutsu
venían a ser una especie de evolución de las de los guerreros samuráis,
y la diferencia primordial radicaba en los ideales que los inspiraban. La
filosofía de los samuráis, como elite militar que gobernó Japón durante
cientos de años, estaba llena de dogmas y valores asociados a la
superioridad, el honor, las obligaciones y la lealtad. Los ninjas, en
cambio, eran un grupo militar de mercenarios que perpetraban el
sabotaje y el espionaje, acciones realizadas siempre desde el anonimato.
En el fondo, las diferencias que los llevaban por veredas opuestas en el
arte de la guerra eran que para ser samurái tenías que provenir
obligatoriamente de una casta, o sea, tener apellido y plata, y para ser
ninja la única condición era que fueras alguien que no tuviera nada que
perder. Eran pobres y por eso aceptaban todo tipo de trabajos, fueran
honorables o no. Supuse que por eso le habían maravillado tanto a
Pancho. Y tenía razón, los ninjas eran más como nosotros.
Esa noche, mientras leía acostado sobre uno de los modos de operación
clásico de los ninjas —penetrar disfrazados en los castillos, ocultarse
hasta el momento oportuno en el cual matar a los guardias y prenderles
fuego a las torres, para luego escapar—, tuve un corto diálogo con la
Andrea, mi hermana menor. A lo mejor llevaba horas en la cama de al
lado mirándome, pero yo estaba absorto en las enciclopedias. Los tres
dormíamos en la misma pieza, una habitación pequeña en la que apenas
cabían el camarote y la cama de una plaza fabricados por mi padre. Mis
34/144hermanas ocupaban el camarote, Carola arriba y Andrea abajo. Yo
gozaba de una estructura cien por ciento para mí.
—Pasado mañana nos vamos donde la abuela —dijo Andrea justo
cuando yo subrayaba en la enciclopedia la oración «huir furtivamente
en el anonimato».
Mi abuela materna vivía en Tirúa, Arauco, a unas cuatro horas de
Talcahuano. Solíamos pasar las vacaciones en su campo. La abuela y
mis tíos sembraban trigo y avena, y el terreno colindaba con las
forestales. De niño disfrutaba pasear por los bosques de eucaliptos junto
a mi mamá y mis hermanas. Siempre terminábamos perdiéndonos entre
los miles de palitroques idénticos y separados por la misma distancia de
manufactura industrial. Claro que en ese momento no pensaba en esos
días de campo, apenas si había escuchado lo que decía mi hermana
menor.
—¡Ya cállate, Andrea! —gritó Carola desde la cama de arriba—. Tan
hocicona que soi.
—¿Cómo? —le dije a Andrea sin apartar mis ojos de la enciclopedia.
—¡Dejen de hablar y apaguen la luz! —protestó Carola otra vez.
—¡Espérate un poco! —le grité. Me exasperaba esa actitud que tenía
conmigo últimamente.
—Que pasado mañana nos vamos a la casa de la abuela —repitió mi
hermana, en voz más baja.
—Ah, qué bueno, mándales saludos a la abuela y a los tíos —respondí
sin mucho interés.
—Te vas a quedar con el papá —dijo hablando aún más bajito y con algo
de indecisión, como si no acabara de decidir si lo que decía era una
afirmación o una pregunta.
—¡Andrea! —volvió a retarla mi hermana mayor.
—Supongo —le respondí sin prestar atención a la nueva interrupción de
Carola.
Dejé la enciclopedia en el suelo y apagué la luz. Mientras me
acostumbraba a la oscuridad de la pieza pude ver que Andrea seguía en
la misma posición de antes, de costado, mirándome. Lo supe por sus
ojos, que brillaban intensamente, y que me recordaron esa clásica
imagen de animalitos ocultos en un bosque tenebroso de las películas de
dibujos animados. Le sonreí pensando que podría verme, pero si me
respondió con algún gesto no pude verlo. Me di media vuelta, cerré los
ojos y comencé a pensar en ninjas otra vez.
35/144—Tu papá era milico, ¿no tiene una pistola o algo así que usemos? —me
preguntó Camilo.
—No sé —contesté incómodo. Aunque era verdad, no sabía. Recordaba
haber jugado con balas sin pólvora de chico.
—¿Cuándo hai visto a un ninja con pistola? —dijo Pancho a su hermano
—. Vamos a usar las armas tradicionales: cuerdas, cadenas y muchas
shuriken .
Las shuriken eran las estrellas ninja. Les dije que yo sabía cómo
fabricarlas. Mi padre me había enseñado a hacer algo parecido con una
tapa de bebida plástica y cinco clavos. Jugábamos a clavarlas en los
árboles cuando podíamos pasar tardes enteras juntos.
Caminábamos hacia la plaza para comenzar nuestro «entrenamiento»
cuando llegó mi mamá con mis hermanas. Cada una traía un bolso
enorme. «¿Se cambian de casa?», bromeó Pancho. Mi mamá lo saludó
muy cariñosa y le preguntó riendo qué tramaba en esta oportunidad.
Otra vez parecía muy joven. Llevaba su pelo negro suelto. Saludó a cada
uno con un beso en la mejilla. A mí me dio un abrazo largo y dijo que se
iban donde la Clara, mi abuela. Mi hermana menor se colgó de mi cuello
y dijo que me extrañaría mucho, pero Carola la tomó por la espalda y la
separó con brusquedad. Yo también quiero despedirme, dijo como
excusa, pero apenas me rozó la mejilla con un beso rápido, y también
brusco. No me miró a los ojos en ningún momento. Le dio unos
golpecitos en la mejilla al Camilo, que siempre había andado detrás de
ella, y les dijo a mi mamá y a mi hermana que se apuraran porque iban
atrasadas.
Faltaban menos de tres semanas para el asalto.
Parte del entrenamiento lo practicamos en la plaza San Francisco de la
Santa Julia. Era ideal, porque tenía unos juegos de madera y metal en
los que podíamos ejercitarnos tranquilos, estaban tan viejos y
desastrados que casi ningún niño los ocupaba. Al final, no conseguimos
más información sobre el ninjutsu , y así, con unos pocos datos y sin
sensei , nos preparamos en lo que por intuición nos parecía primordial.
Se suponía que el ninjutsu significaba «arte de escabullirse», así que por
sobre todo nos esforzamos por aprender a escapar con rapidez y ser
sigilosos en todos los movimientos.
Practicamos equilibrio en la tabla del balancín y trepamos lo que se nos
pusiera al frente, desde los juegos infantiles hasta las panderetas de
algunas casas o los muros de industrias abandonadas. A veces
ocupábamos cuerdas, pero en la mayoría de los casos escalábamos
usando las manos. Para mejorar la velocidad, corríamos cerro abajo,
saltando cualquier obstáculo que pilláramos en el camino. Lo de trepar,
correr y saltar fue la parte fácil. Terminamos llenos de heridas y
36/144moretones, pero nos sobraba energía, sobre todo a Pancho, que, pese a
sus piernas cortas, saltaba más alto que ninguno.
Lo que realmente nos costó fue aprender a ser sigilosos, a desplazarnos
sin hacer ruido. Los ninjas eran tan silenciosos que en algunos castillos
se construyeron pisos especialmente diseñados para rechinar al mínimo
contacto. Se llamaban «pisos de ruiseñor», porque el sonido de alarma
que producían las pisadas era parecido al canto de esos pájaros.
Dividimos el día para ejercitarnos en las dos habilidades: por la mañana
corríamos de un lado a otro y, por la tarde, con el cuerpo más cansado y
menos ansioso, nos dedicamos a acallar nuestras pisadas y
movimientos.
Despejamos la pieza de los Carrasco —durante todo ese tiempo
durmieron en el living — para entrenarnos sobre el piso de madera. Nos
dejábamos puestos los calcetines, el algodón reducía el ruido, y nos
formábamos en fila: el que iba a la cabeza mandaba y se movía por la
habitación con la libertad de meter ruido. El resto debía imitar sus
movimientos, pero sin hacer crujir las tablas. Como en el juego del
monito mayor, aunque levantando las piernas y apoyando la punta de
los pies lentamente y con cuidado. El que hacía ruido perdía. Otro
ejercicio: nos poníamos en cuclillas, sin apoyarnos en nada, y
competíamos por quién aguantaba más tiempo en esa posición que nos
acalambraba las piernas. Casi siempre era yo quien salía victorioso y
Pancho el primero en desistir. Último ejercicio: vendábamos los ojos de
alguno y lo colocábamos al centro de la pieza. Debía atraparnos
mientras nos desplazábamos a su alrededor casi sin respirar, al igual
que en el juego de la gallinita ciega. Por la noche terminábamos
exhaustos, aunque siempre con más energía para la siguiente jornada.
Durante algunas noches, o en los tiempos libres que dejaba el
entrenamiento, me dediqué a buscar una pistola entre las cosas de mi
padre. No sé por qué, pero quería averiguar si tenía una o no. Registré
sus cajones, su ropa, unas maletas viejas, sus cajas de herramientas,
incluso las cosas de mi madre. Lo único que encontré fueron trozos de
madera aquí y allá. Algo extraño en él, ya que era muy ordenado y
meticuloso, por su enseñanza militar. Luego me di cuenta de que había
trozos de madera desperdigados por toda la casa. De diferentes
tamaños y tipos, casi siempre inservibles: rotos, demasiado viejos o
quemados. Pensé que planeaba fabricar algo, o que quizá juntaba
materiales para levantar el taller que mi madre tanto le insistía que
pusiera.
Con el paso de los días siguió acumulándose más madera inútil. Desde
la partida de mi mamá y de mis hermanas que la casa era un desastre,
lo único bueno era que el olor a cloro había desaparecido. También
había pilas de diarios viejos con ofertas de trabajo marcadas con
plumón: «empresa de seguridad requiere contratar guardias de
seguridad...», «obreros para fábrica vibrado...», «trabajo en línea de
proceso de picado y embalaje de materias primas...». La mayoría para
trabajar fuera, en Santiago o más al norte. Mi mamá había comprado
37/144los diarios. Marcaba los anuncios y se los dejaba a mi padre en la mesa,
junto al desayuno. Le decía que en otros lados se podía salir adelante,
que todo el mundo se estaba yendo de Talcahuano. Yo creía que mi
padre los botaba, porque una vez le había gritado a mi mamá que él
nunca se iba a ir de su casa. Pero ahí estaban todos los diarios ahora,
como una última oportunidad, aunque con más resignación que
esperanza.
La basura que acumulaba fue lo único que supe de él por esos días.
Ninguno de los dos pasaba en casa, y apenas lo vi una vez, mientras
entrenábamos en la plaza con los Carrasco. Apareció de repente y se
puso a hurgar en la basura. Llevaba la ropa sucia, el pelo desordenado
y barba de varios días. Los Carrasco no se fijaron en él y yo no me
acerqué. No creo que me viera, parecía realmente perdido. Sacó un par
de tablas y una botella del contenedor, las metió en una bolsa y se fue
caminando con la mirada fija en el suelo. Lo vi alejarse encorvado y
abatido calle arriba. Desapareció al doblar por una esquina y entonces
recordé cuando de niño también lo veía desaparecer, en la esquina de
nuestra casa, para irse al trabajo de madrugada. Yo no pasaba de los
seis años, pero cuando el despertador sonaba a las cinco de la mañana,
me levantaba con él y lo acompañaba a tomar desayuno mientras los
demás dormían. Al terminar, se levantaba de la mesa y yo lo imitaba, le
acercaba su abrigo militar, su maletín, y lo seguía hasta la puerta.
Entonces me daba unas palmaditas en la cabeza de despedida y se iba.
Me quedaba en el umbral de la puerta viendo cómo se alejaba entre la
neblina, y seguía ahí parado aun después de que desapareciera de mi
vista. No quería que se fuera. Y a veces, después de unos minutos, lo
veía regresar apurado y algo molesto, y con sus manos ásperas tomaba
las mías, firme pero tiernamente, para llevarme a trabajar con él.
Con respecto a las acrobacias increíbles que realizaban los ninjas en las
películas y las técnicas de lucha, decidimos, tras varias discusiones —
sobre todo con Camilo—, que no les dedicaríamos gran parte del
entrenamiento. No porque fueran particularmente difíciles, sino porque
no esperábamos utilizarlas con nadie, ya que según Pancho no había
guardias.
Luego de tres semanas llegamos a alcanzar cierta destreza, de seguro
nada en comparación con los ninjas reales. Lo más probable es que
para cualquier sensei nuestro entrenamiento fuera pobre y poco
ortodoxo. Pero estoy seguro de que en el fondo nos acercamos bastante
al espíritu, en el que era fundamental ser práctico, preocuparte por
aquello que podría salvarte la vida.
—LAS TELNICAS CHON INUTLILES, LA INTUILCHON ES TODLO —
decía Pancho cuando ya se aburría de practicar en su pieza.
—TODLO ES UN ARLMA —decía Camilo tirando una patada.
Eran frases de Masaaki Hatsumi, un mítico maestro ninja sobre el que
encontramos un poco más de información.
38/144Lo que sí era un hecho incuestionable es que estábamos preparados
para huir sin ser alcanzados. Éramos más rápidos y ágiles que al
comienzo. De todas formas, y por si nos llegaban a perseguir en autos,
fabricamos unos miguelitos con los clavos que nos sobraron de los
shuriken .
El plan quedó bosquejado, finalmente, de la siguiente manera: teníamos
una hora, entre las tres y las cuatro de la mañana, para entrar al galpón
y sacar los instrumentos. Pancho escalaría el muro del templo y entraría
por una de las ventanas superiores (unas ventanas de metal que por lo
viejas y oxidadas nunca podían cerrarse), a unos tres o cuatro metros
de altura. Ya dentro, y según lo comprobado por él mismo, rompería las
cadenas que cerraban la puerta lateral del templo con un napoleón. Con
la entrada libre empezaba nuestro turno: cargar los instrumentos y salir
lo más rápido y en silencio posible. Huiríamos por la puerta lateral que
daba al cerro El Piñón. Un cerro oscuro con un bosque de melis que nos
llevaría de vuelta por un camino más largo pero seguro. En el bosque
nos repartiríamos el botín. El punto más complejo del plan era trasladar
los instrumentos en un único viaje y sin ruido, sobre todo pensando en la
batería, que de por sí era aparatosa y bulliciosa. Con Pancho dibujamos
en un papel cómo sería: Camilo se amarraría el bombo, con los toms
aún anclados, como una mochila, y se la llevaría tal cual; yo me llevaría
la caja y el timbal amarrados en la espalda y los platos en el pecho;
Marquito cargaría el teclado en la espalda; Pancho se llevaría el bajo y
la guitarra, cruzados atrás y adelante. Camilo se quejó de que a su
hermano le tocara la parte más fácil, y Pancho argumentó que él ya
había tenido bastante trabajo con planearlo todo. Cubriríamos los
instrumentos con los vestidos enormes que usaba la mamá de los
Carrasco de embarazada para apañarlos. Si quedaba tiempo y espacio,
nos llevaríamos algunos cables y atriles. Los amplificadores estaban
descartados, ya nos las arreglaríamos para conseguir unos pequeños.
A todos nos pareció un plan impecable, por lo menos así, dibujado en el
papel, cada uno como un ninja, con instrumentos cruzados a la espalda
por katanas.
El día del robo pesaba sobre nosotros un aire que mezclaba
grandiosidad y peligro. Ya no valía la pena entrenar, y además, al igual
que los deportistas, decidimos que era mejor tener el cuerpo
descansado. Así que lo que hicimos, por la mañana, fue lavar los buzos,
tenderlos al sol y ver la tarde pasar, sentados al pie de la escalera,
comiendo los últimos trozos de sandía que nos quedaban. Camilo le
pidió al Marquito que trajera el tabaco para fumar un cigarro. Confesó
estar demasiado ansioso, y aunque Pancho lo retó por su falta de
compromiso, todos terminamos fumando. Les conté que esa imagen de
los ninjas vestidos de negro era un mito. Usaban el azul marino porque
el negro brillaba en la oscuridad. Marquito dijo que los buzos del liceo
estaban pintados para la misión.
39/144—Igual, son los únicos que tenemos —agregó Pancho, y soltó una
bocanada de humo. Todos asentimos riendo.
Últimos detalles.
Ya que ni el Marquito ni yo tenemos pasamontañas como los Carrasco,
convenimos en usar poleras negras como capuchas. El reloj de la cocina
de los Carrasco marca las 10.30 pm y acabamos de darnos cuenta de
que a su papá le faltan un par de herramientas. No son esenciales para
el atraco, pero no podemos arriesgarnos. Les digo que creo haberlas
visto en la caja de herramientas de mi padre y decidimos que Pancho me
acompañe a buscarlas y que a la vuelta iremos todos a hacer guardia al
templo. Empezaremos con la operación a las 3.00 en punto.
La calle está vacía y durante el camino Pancho no deja de hablar. Está
más excitado que nunca. Me pregunta, una y otra vez, si entiendo lo que
estamos a punto de hacer. «¿Te das cuenta?, ¿te das cuenta?», repite
casi gritando. Camina muy rápido, con determinación, con la vista
perdida, pero luego, por un segundo, me mira directo a los ojos y me
dice que vamos a dar el gran golpe y que después de eso ya nada nos va
a parar, que vamos a ser invencibles. Yo lo miro y le respondo con la
misma seguridad que sí, que me doy cuenta, que vamos a hacerlo, que
ya prácticamente está hecho. Somos invencibles.
Al llegar, la casa está en penumbras y cuando entramos lo primero que
vemos es a mi padre tirado en el sillón. Su posición hace creer que nada
podrá despertarlo. También vemos un charco de bilis en el suelo. Pancho
hace la mímica de beber de una botella y luego ladea la cabeza, saca la
lengua y entorna los ojos tratando de imitar la cara de borracho de mi
padre. Le digo que pase al patio, donde están las herramientas. Sin
Pancho cerca, me acerco a mi padre. Contemplo su cuerpo
desparramado en el sillón, en el viejo sillón de la abuela que él mismo
reparó con un par de clavos y rellenó con lana. Su rostro, a diferencia
de la sala repleta de diarios, trozos de madera y basura, está vaciado de
cualquier expresión. Se ve viejo, viejo e inútil. Mirándolo desde arriba,
iluminado por la escasa luz de la calle que dejan pasar las cortinas,
pienso en lo bajo que ha caído y en lo diferente que soy yo. Y todo aquel
tiempo que estoy mirándolo, todos aquellos pensamientos, todo aquel
silencio revelador, hace que sea aún más increíble, y humillante, que no
me haya dado cuenta de lo que pasaba, y de que fuera Pancho, tras
intentar hacerle una broma con las llaves de tubo que había ido a
buscar, el que gritara que mi padre no respiraba.
Días después, Pancho me dijo que nunca había corrido tan rápido, y que
al final el entrenamiento no había sido un desperdicio. Yo no había
terminado de gritarle que fuera por ayuda, cuando él saltaba fuera de la
casa y corría loma arriba. Claro que para mí nada que tuviera que ver
con el entrenamiento, con el plan, con los ninjas o con el mismo Pancho
tenía sentido.
40/144No fue su respiración, la falta de ella, lo que hizo que me lanzara
encima de mi padre para zamarrearlo e intentar que volviera en sí. Fue
el olor, el olor nauseabundo que despedía. No exactamente a
descomposición, sino a una extraña mezcla entre algo aséptico y
fermentación. Pancho se había equivocado, mi padre sí respiraba. Y no
tuve que acercar mi oreja a su nariz para darme cuenta de que algo
andaba mal. Fue el hedor, el hedor que emanaba de él desde hace tanto
tiempo, y que únicamente pude percibir con los gritos de Pancho, lo que
me llevó a introducir mis dedos temblorosos por su boca para que
vomitara. Porque temblaban, mis manos y mis rodillas. Todo mi cuerpo
temblaba de miedo, mientras con una mano intentaba producirle
arcadas y con la otra le golpeaba el estómago para que botara más de
aquel líquido biliar que nos esperaba desde el principio.
Cloro, mi padre había tomado cloro. Una botella de Coca-Cola de litro y
medio llena del cloro que pasaba vendiendo una furgoneta cada
semana. Había casos de personas muertas por la ingesta de cloro,
aunque se trataba casi siempre de niños que lo tomaban por error. Tal
vez mi padre creyera que aguantaría lo mismo que un niño y que podría
morir. O quizá el cloro fuera lo único que tenía a mano. Al final, no tenía
una pistola. No, no pensó nada de eso. Solo pensó en mi madre. Quería
llamar su atención. Pensó: voy a mandarle un mensaje, voy a tomarme
su trabajo, sus estúpidas aspiraciones. Su ambición. Voy a beberlas y
hacer que me maten con cada trago.
Porque tras las horas de espera en urgencias lo único que me dijo fue
«llama a la Carmen», y luego de que yo intentara explicarle que no se
preocupara, que ella estaba bien, veraneando en la casa de la abuela,
volvió a decirme con aún más severidad:
—Llama a tu madre.
—Sí, papá.
—Llámala.
—Sí, señor.
Y entonces fue como si lo comprendiera todo de una sola vez. No llamé
a nadie, y le dije a la mamá de los Carrasco y a Pancho, que me
acompañaba en el hospital con los demás, que prefería volver por mi
cuenta.
No fui directo a casa. Caminé por el borde costero con mi buzo de ninja,
y mientras lo hacía, imaginé a mi madre lejos, perdida entre los bosques
de eucaliptus y supe que nos había abandonado. Mi madre se había ido,
me había dejado solo en la casa, echado a mi suerte junto a un hombre
moribundo. Todos lo sabían menos yo. Hasta mi hermana chica lo sabía
y había intentado advertirme, pero yo no la escuché.
41/144Llegué al puerto y me senté en las escalinatas a ver cómo se preparaban
unos marinos. Años atrás, solíamos ir con Pancho de madrugada a ver
zarpar los barcos pesqueros. Soñábamos con ser marinos mercantes.
En sus rostros acartonados por el frío, llenos de arrugas, turbados y
preocupados en sus labores de embarque, creíamos reconocer la
expresión de hombres fuertes y rudos. Hombres que no le temían a
nada. Pero entonces, de madrugada y con el mar negro de fondo, lo
único que pude ver reflejado en los rostros de esos marinos fue tristeza.
Una tristeza seca que calaba sus huesos tan profundamente como el frío
de ultramar. Toda mi vida había creído que Talcahuano era un lugar
duro, pero lo cierto es que solo se trataba de un lugar triste. Y entonces
pensé en mi padre en la camilla del hospital, y supe por qué había hecho
lo que hizo. Al fin pude hacerme una idea de él: mi padre era un hombre
desdichado, pero aún podía hacer daño. Herir, aunque no fuera su
intención. Yo debía haberlo sabido antes, pero no fue así.
Cuando mi madre y mis hermanas llegaron, varios días después, la casa
estaba tal como la dejaron. Boté los palos y los diarios, trapeé el vómito.
Limpiar la casa. Eso fue lo primero que hice por mí mismo, para mí. Y
quizá lo hiciera con el deseo de que mi suerte cambiara. Esos primeros
días entré en un estado de anestesia y me convencí de que no me
quedaba otra cosa más que pensar en mí mismo. Fue como si la basura
acumulada por mi padre de pronto me pareciera peligrosa, como si me
acorralara, como si pudiera hundirme con ella sin siquiera darme
cuenta. Toda la basura, y la pobreza, y las tardes con los Carrasco, de
repente se transformaron en una amenaza. No por lo del robo, no es
que temiera que nos convirtiéramos en asaltantes de banco. Lo más
probable es que siguiéramos siendo una banda inofensiva, sentados
para siempre al pie de la escalera, o ya más viejos, en alguna esquina,
ideando planes que nunca llegarían a puerto. Tal vez era justo eso lo que
lo hacía amenazante. Pensé en lo estúpido que había sido todo ese
tiempo, jugando con los Carrasco, jactándonos de lo astutos que
éramos, sin comprender lo que realmente ocurría a nuestro alrededor. Y
entonces, la luz que hacía brillar a Pancho, por ser tan asombrosamente
él mismo, se apagó, dejando la sombra de un muchachito terco, iluso e
insignificante.
El verano terminó rápido, y llegó el invierno con más viento y la lluvia y
el humo de las chimeneas. Cumplí los catorce. Durante un tiempo mi
madre y mis hermanas volvieron a la casa. Ella me explicó su versión de
los hechos y me prometió que las cosas irían mejor, que volveríamos a
empezar todos juntos otra vez, pero yo ya sabía que no podría ser así, y
de todas formas no me importaba. Cuando uno vive experiencias fuertes
se tiene la ilusión de comprender muchas cosas. Yo creí entender cómo
funcionaba la vida. Cuando terminé de limpiar y ordenar la casa quedé
exhausto, y pensé que en adelante debía seguir así: cansarme e
imponerme obligaciones para prosperar en la vida. Creí que eso me
mantendría a salvo. No iba a vagabundear como mi padre ni a
preguntarme, temeroso, qué sería de mí. Iba a resistir, a olfatear las
amenazas en el viento y a construirme una vida propia. Quizá qué
destino me esperaba junto a los Carrasco, no lo conocí. Apenas pude me
42/144marché de Talcahuano, primero a trabajar en el norte con el papá de los
Carrasco —último vínculo que mantuve con Pancho—, luego a Santiago.
Me deshice de mi familia y de los únicos amigos que tuve. Y me endeudé
para estudiar, y trabajé doce horas diarias y gasté dos más en viajes en
micro, e hice todas las cosas que hace la gente para alcanzar cierto
bienestar, y me cansé, me convertí en una persona cansada y viví en
Renca, en Recoleta y en Quilicura, sin saber nunca qué significaban los
nombres de todos esos lugares.