lunes, 2 de febrero de 2015

Una Espina en el avión

Lan me cambió el asiento a primera clase y viajé de Temuco a Santiago sentada en la misma fila que Alberto Espina. Me tocó ventana y a él pasillo, al medio se sentó su acompañante, un ingeniero comercial cuarentón, rubio y con un reloj enorme, que -me fijé- usaba los calcetines al revés. Iban leyendo el diario. Espina The Clinic y el otro hojeaba La Tercera. “Puta que escriben bien estos hueones, tienen la mejor pluma”, decía el senador. Gracias, pensaba yo. El ingeniero leía el diario abriendo mucho los brazos, traspasando mi espacio aéreo, con esa actitud de dueño del mundo, de patrón de fundo, que no le pide permiso ni disculpas a nadie. Se fueron todo el camino conversando, yo hacía como que leía, pero iba parando la oreja y tomando notas mentales de todo. Que cómo se te ocurre irte de un partido y formar uno nuevo cuando el presidente está a pocos meses de renunciar. Que Lavín, pobrecito, si es tan bueno, es cosa de mirarle la cara, ese hueón es un santo, si toda la plata que ha donado a la Teletón a través de la Universidad del Desarrollo. Que Huenchumilla, a ese indio lo tienen como si fuera un héroe, las viejas se toman fotos con él. Que Labbé, que lo tienen hasta el pico, que le han dado como caja, el pago de Chile nomás, perrito. Que lo que pasa es que en Chile los directores son de derecha, pero todos los periodistas son de izquierda, mi hija que trabajaba en La Tercera online me contó que cuando Piñera estuvo mal en las encuestas los hueones celebraban, imagínate, daban saltos, hueón, lo que hay que hacer es juntar a cinco empresarios y hacemos un diario de verdad, hueón, y le volamos la raja a estos conchasumadres. Que la gorda, que la reforma al binominal, la educativa, la tributaria. Yo miraba por la ventana, disfrutando las luces de la ciudad que, de noche, parecen un collar de piedritas finas y brillantes, mientras intentaba memorizar las frases de Espina y lo miraba de reojo, sorprendida de lo completamente blanco que está. El aeromozo interrumpió la conversación al llegar con su carrito. Nos preguntó si queríamos comer. Espina: no, viejito, un vaso de agua nomás. El ingeniero: yo también quiero un vaso de agua solamente. Yo: deme todo lo que hay. El aeromozo me pasó mi comida y le entregó los vasos de agua a los compinches. "Gracias, si nosotros salimos re baratos”, dijo Espina y los dos se rieron con ganas. Sí, conchatumadre, pensé yo, comiéndome mi pote de fruta tropical, apretándome la lengua para no decirle nada. 

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