Estoy tomando un taller literario con Simonetti. Va a ser el último taller en el que participo. Yo creo que ya no puedo escribir mejor que ahora y que definitivamente la narrativa fue un coqueteo con el que logré escribir cosas la raja, de las que me enorgullezco, pero igual me gusta mucho el periodismo. Me gusta, específicamente, el periodismo de opinión. Aún no defino si voy a ser cronista, columnista, feminista, cuentista o ensayista. Quizá una mezcla de todo.
En fin, en el taller de cuentos que estoy tomando leí dos veces y leí cosas que no eran las mejores, sabiendo que eran malas o que no me convencían del todo, porque 1) no quería exponer mis textos favoritos a que fueran destrozados y 2) sé perfectamente por qué me gustan esos textos y no quiero cambiarles nada. Lo que aprendí, al final, fueron dos cosas, una técnica: que la primera persona no se manda reflexiones tan brígidas como a veces mis personajes se mandan y otra más del ejercicio de escribir: que esos textos que eran malos los escribí sin tanta alma, sin necesidad, sin la angustia de tener una idea persiguiéndome y obligándome a pensar en ella 24/7, como si estuviera enamorada; como sí me pasó con Quiltras, Ciudad desconocida o Leonel. Entonces recojo ese consejo de Hemingway: escribir por obligación o sin sentirlo realmente es la mayor traición a una misma. Y no me quiero traicionar más.