Autobiografía de Artl
He cursado las escuelas primarias hasta el tercer grado. Luego me echaron por inútil.
Fuí alumno de la Escuela de Mecánicos de la Armada.
Me echaron por inútil.
De los 15 a los 20 años practiqué todos los oficios. Me echaron por inútil de todas partes.
A los 22 años escribí El juguete rabioso, novela. Durante cuatro años fue rechazada por todas las editoriales.
Luego encontré un editor inexperto.
Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir desechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos. Pero la gente nos agradecería más esto último.
El hombre en general me da asco, y tengo como única virtud el no creer en mi posible valor literario sino cinco minutos por día.
La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese idiota chiste de Rilke: si usted piensa que puede vivir sin escribir; no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie.
(...)
En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.
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En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.