jueves, 28 de julio de 2022

Cuando éramos niños, poem by Mario Benedetti (When We Were Kids)

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en los cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.

ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

 

When We Were Kids

When we were kids,
the old ones were about thirty.
A puddle was an ocean,
death plain and simple
did not exist.

Then when boys,
the old people were forty.
A pond was an ocean,
death only
a word.

When we got married,
the elders were in their fifties.
A lake was an ocean,
death was death
of the others.

Now veterans,
We already caught up to the truth.
The ocean is finally the ocean,
but death begins to be
ours.

viernes, 8 de julio de 2022

Cuanto mayor es la belleza, más profunda es la mancha, by Gabriela Wiener

Serguéi Pankéyev está llorando por primera vez delante de su médico. Su nariz crece y enrojece violentamente con los espasmos del llanto. Es muy simple, para él su nariz es como un montón de lobos blancos que lo miran estáticos desde el árbol que está frente a su ventana. Sigmund Freud se peina la barba mientras Pankéyev, entre sollozos, vuelve a mencionar su nariz, el oscuro y deforme centro de su rostro. Hoy no espera profundizar en la visión de su padre penetrando salvajemente a su madre, no quiere saber nada más acerca de la vez en que su hermana se bajó el calzón y le dijo «come de aquí» o de todo lo que soñó hacerle a su institutriz inglesa antes de que ésta lo descubriera mirándola y lo amenazara con cortarle un trozo del pene. Serguéi sólo quiere que los lobos quietos y blancos, posados como palomas en las ramas, desaparezcan, pero éstos se empeñan en gritarle que es como una maldita foto de Cindy Sherman, que su cara es el circo de la mujer gallina y su nariz, sobre todo su nariz, un zurullo; pobre ruso adinerado.

Sufro trastorno dismórfico corporal, la misma enfermedad que sufría Pankéyev y que en vano trató de curar Freud. Como el aristócrata ruso, me preocupo obsesivamente por algo que considero un defecto en mis características físicas. Lo más perturbador de una enfermedad así es que ese defecto puede ser real o imaginario. No está claro quién o qué determina lo que es evidencia o producto de la fabulación. Es algo así como si entre los monstruos de nuestras pesadillas, en medio de los niños de dos caras, de los bebés que nacen con sus hermanos en el vientre y los gatos con seis patas, estuvieras tú.

El mal existe, como la deformidad y la putrefacción. Nadie podrá despreciarme mejor que yo. Ésa es mi conquista.

La voz interior es siempre un recuento de catástrofes y barroquismos: mis dientes torcidos, mis rodillas negras, mis brazos gordos, mis pechos caídos, mis ojos pequeños clavados en dos bolsas de ojeras negras, mi nariz brillante y granujienta, mis pelos negros de bruja, mis gafas, mi incipiente joroba y mi incipiente papada, mis cicatrices, mis axilas peludas y abultadas, mi piel manchada, pecosa y lunareja, mis pequeñas manos negras con las uñas carcomidas, mi falta de cintura y curvas traseras, mi culo plano, mis cinco kilos de sobrepeso, los pelos hirsutos de mi pubis, el pelo de mi ano, los pezones grandes y marrones, mi abdomen descolgado y estriado. El tono de mi voz, mi aliento, el olor de mi vagina, mi sangre, mi fetidez. Y aún me falta hacerme vieja. Y descomponerme.

En una época me dibujaba, construía collages con fotografías recortadas, unía partes de mi imperfecto cuerpo con recortes de cuerpos de modelos increíbles. En uno de mis autorretratos tengo un rubí en el pezón y mi cuerpo es el de una heroína de cómic erótico de los setenta. Soy una muñeca recortable y tricéfala a la que le he cortado el cuerpo y le he dejado los vestidos.

Todos los acomplejados somos unos formalistas. Nietzsche lo dijo así: «El hombre se mira en el espejo de las cosas, considera bello todo lo que le devuelve su imagen. Lo feo se entiende como señal y síntoma de degeneración». Por lo general se da por descontado que en el mundo hay feos, pero las personas no se imaginan que pueden estar en ese grupo. En el peor de los casos es cuestión de gustos o de puntos de vista, o la belleza es subjetiva o depende de la época o de lo que entienda la cultura occidental. Nadie quiere ser simpático. Ninguna mujer quiere ser sólo agradable. Hay pocas cosas tan en desuso como la belleza interior. Algunas veces me he aplicado al ejercicio de juzgar estéticamente a otros como una gran entendida. Todos sabemos que para la gente realmente hermosa éste no es un tema de conversación —los guapos de verdad ni se dan cuenta de lo guapos que son—, pero para la gente fea tampoco, para ellos no es un tema: es el único tema. De hecho, alguien que no habla del físico de los demás, aunque no sea una persona guapa, sólo por la abstención ya puede considerarse un poco guapo. En cambio, a alguien regular, e incluso a alguien semiguapo, lo afea bastante hablar de la belleza o la fealdad de los otros. portada Weiner

¿Estoy loca? Creo que poca gente se siente atraída por mí a primera vista, tan poca que cuando ocurre me sorprende, y esto puede ser muy molesto en un mundo donde casi la mitad de la población tiene una anécdota acerca de un amor fulminante. Y claro, cuando me conocen sí, ven mis cualidades, también físicas, como mis pechos grandes, mi cabellera negra y brillante, mis boca pequeña y dibujada con ese punto de exotismo e indefensión; sobre todo desnuda parezco una nativa amazónica recién capturada, eso da morbo, morbo colonial, sí, eso dicen mis amantes o mis amigos, que a veces son genios feos: considero que si mis amantes o mis amigos son feos, también es un problema mío, me afean más. Me pasa lo mismo con lo que escribo. Lo que escribo siempre me afea. No hablaré aquí del odio que le tengo a las escritoras que además de escribir bien son portentos femeninos. Tengo a una enterrada en mi jardín. La belleza mata. Para Bataille, desear la belleza es ensuciarla, «no por ella misma, sino por la alegría que se saborea en la certeza de profanarla. […] Cuanto mayor es la belleza, más profunda es la mancha».

Umberto Eco, un feo clarísimo, en su Historia de la fealdad citaba a Marco Aurelio —apodado «el sabio» y no «el hermoso»— para certificar la belleza de lo imperfecto, «como las grietas en la corteza del pan». Otra que se consideraba fea era Alejandra Pizarnik, la poeta argentina suicida. Pizarnik escribió: «Te deseas otra. La otra que eres se desea otra». Es la frase que escogí para que me defina en Facebook. Nunca unas palabras (sacadas de su contexto) me habían explicado mejor.

Amar a un hombre bello y, lo que es peor, ser amada por uno, no es exclusivo de las mujeres bellas. En la película Pasión de amor del director Ettore Scola, un apuesto capitán del ejército italiano enviado a vigilar la frontera conoce a Lady Fosca (Valeria D’Obici), la prima de uno de sus superiores, que tiene la particularidad de ser fea y un poco deforme. Enfermiza, histérica, con su huesudo y anémico rostro, sus orejas de ratón y esa larga nariz, Fosca se enamora del guapo capitán. La bella y la bestia al revés.

Ella no sólo es fea: también sufre por ser fea. Y no hay nada que desee más una fea que belleza. Su narcisismo es como la sed que no puede ser saciada y su mundo interior un lugar a oscuras, por eso desea a quien técnicamente no puede desearla. Y lo asedia. Es capaz de humillarse por él, su entrega es desesperada y salvaje, su anhelo la enaltece, diríase que hasta la embellece. El suyo es un amor subversivo; algunos ineptos lo llamarían suicida. En realidad, Fosca se desea otra. No ama tanto al hombre como la belleza de ese hombre y sueña con hacerla suya porque de esta manera acaso conseguirá verse un poco menos fea. El hombre bello es el espejo en que ella se mira. Pero la amante fea es el espejo moral del hombre bello. La dolorosa situación de la dama resulta magnética para un hombre piadoso y profundamente halagado. Casi tanto como las telarañas que la deforme teje a su alrededor. Así que el apuesto capitán la ayuda, la acompaña, la cuida, le da a Fosca el afecto, la atención y las miradas que el mundo le ha negado. Hasta conocerla, el capitán sólo había sido un hombre bello, ahora es un ser trágicamente grandioso.

Ser un hilo de conversación, un tema, un post para el escarnio público.

En la foto que alguien colgó en un blog anónimo yo estaba sentada en el suelo comiéndome un plátano. A continuación hay 395 comentarios en los que me llaman fea o en los que se explayan sobre todos los hombres que supuestamente me tiré estando casada y lo puta que soy en general. Lo de puta nunca me ha dolido particularmente, no perdamos el tiempo en eso. Pero lo otro, lo otro, esa evidencia…

Alguna vez yo también me odié de esa manera.

Si la dismorfia corporal es una enfermedad mental, ¿me lo estoy imaginando todo? ¿Soy fea? ¿Soy en realidad bella? Y si me lo estoy imaginando, ¿por qué hay gente hablando de eso, escribiendo sobre mi fealdad? ¿Por qué es un tema? ¿Por qué me ama entonces un hombre bello? ¿Debería ser bella? ¿Querrían que fuera bella para así justificar su dolor, su apetito, su virulencia? ¿Tiene, en ese caso, más que ver con mi impureza moral que con la física? ¿No con que era linda como decían mamá y papá? ¿Será la mezcla de ambas cosas? ¿Estoy loca si me hago estas preguntas? ¿Nadie más se las hace?

Hay un dibujo, una pequeña viñeta, que hice a partir de una frase que me dijo un día alguien que me ama a pesar de mis trastornos, de mis complejos, o precisamente por ellos. Dijo: «Me hubiera gustado conocerte de niña y decirte que eras la niña más bella del mundo». En mi dibujo, él viaja al pasado, me encuentra, me sienta en sus rodillas y, como él es el hombre más bello que yo he visto nunca, me dice esa frase al oído y yo lo creo y nunca más se me olvida. Así, en esa historia alternativa de mi vida, yo creceré sin el trastorno y no me haré más preguntas.

jueves, 7 de julio de 2022

My Parents Fold Like Luggage, poem by José Olivares translated from English by Arelis Uribe

My Parents Fold Like Luggage

my parents fold like luggage
into the trunk of a Toyota Tercel.
stars glitter against a black sky.
from the sky, the Tercel is a small

bug traveling north. from the sky
borders do not exist. the Tercel stops
in front of a man in green. stars glitter
like broken glass. the night so heavy

it chokes. in the trunk, it is starless.
my parents protect this moment. this now.
what folds them into the trunk of a Tercel.
the belief that the folding will end.

it doesn’t. dollars fold into bills. my parents
near breaking. broke. they protect what might
unfold them to discover they are six:
a family. if the man in green opens the trunk,

the road folds back. this moment & everything
that follows disappears into the ink of a police report.
why doesn’t he open the trunk? my parents say
god blessed us. maybe they are right,

but i think about that night & wonder where
god was—a million miles away in the stars,
in the shared breath between my parents, maybe
everywhere. maybe nowhere. from the sky,

the man in green is so small it is impossible
to see him wave. from the sky, it is impossible
to hear whether my parents cheer or pray
as the car steals north.


Mis padres plegados como valijas


mis padres plegados como valijas
en la maletera de un Toyota Tercel.
las estrellas brillan contra el cielo negro.
desde el cielo, el Tercel parece una pequeña

mariquita viajando al norte. desde el cielo
no existen las fronteras. el Tercel se detiene
frente a un hombre de verde. las estrellas brillan
como vidrio trizado. la noche tan pesada

se ahoga. en la maletera no hay estrellas.
mis padres abrazan este momento. este ahora.
que los pliega en la maletera de un Tercel.
la certeza de que plegarse terminará.

pero no. billetes plegados como facturas. mis padres
cerca de la ruina. arruinados. abrazan lo que podría
desplegarlos para descubrir que son seis:
una familia. si el hombre de verde abre la maletera,

el camino se repliega. este instante & todo
lo que viene desaparece en la tinta de un informe policial.
¿por qué no abre la maletera? mis padres dicen
nos bendijo dios. quizá tienen razón,

pero pienso en esa noche & me pregunto dónde
estaba dios—a un millón de millas en las estrellas,
en el aliento compartido entre mis padres, quizá
en todos lados. quizá en ninguno. desde el cielo,

el hombre de verde es tan pequeño que es imposible
verlo despedirse. desde el cielo, es imposible
escuchar si mis padres celebran o rezan
mientras el auto escurre al norte.

miércoles, 29 de junio de 2022

"El amigo chino", Leila Guerriero

El cartel flota en la noche de Buenos Aires como el ala de una mariposa seca: Supermercado Express, letras rojas sobre fondo verde. En la vereda, una pizarra anuncia que se aceptan tarjetas de crédito y débito. Tomates y naranjas brillan lustrosos frente a los carritos de metal que se usan para llevar pedidos a domicilio. Desde adentro, detrás de su pequeño mostrador, Ale, el dueño del supermercado, me ve y me saluda con un gesto. No lo dice, pero es como si lo dijera. Durante dos meses, en cada uno de nuestros encuentros, cada vez que lo llamaba por su nombre, Ale se daba vuelta y decía, decepcionado: «Ah, Leila».

Ale es chino, y sabe muchas cosas de mí. Cuando estoy en casa, cuando salgo de viaje, cuándo se termina mi dinero y cuándo no hay más comida en mi heladera. Técnicamente, y desde hace cinco años, Ale es el hombre que me alimenta. Lo veo más que a cualquiera de mis amigos, hablo con él dos o tres veces por semana, sabe que me gusta el queso estacionado y que no como nada que tenga ajo. Cuando hago un pedido por teléfono y olvido algo —pan, leche— me lo recuerda:

—¿Hoy no pan, hoy no leche?

Si le pido cuatrocientos gramos de jamón crudo se alarma:

—Muy caro. ¿Tanto quiere?

Conoce mi nombre, mi número de documento, mi profesión, el nombre del periódico donde trabajo, la dirección exacta de mi casa y la cantidad de gaseosa y pasta dental que consumo por semana.

En cambio yo (después de entrevistarlo una docena de veces, de citarlo en bares y hablar a hurtadillas en su lugar de trabajo para responder una pregunta simple: por qué vino de su China milenaria a estas jóvenes pampas del sur) todavía no sé —nunca sabré— nada de él.

***

La primera vez que lo vi fuera del supermercado fue en una confitería, luces dicroicas, plantas colgantes. El mozo trajo un jugo de naranja y nos miró con sorna, pero Ale, que desconoce el idioma mudo del desprecio, agradeció.

—Mucha gracia.

Después, dibujó la China sobre una servilleta de papel.

—Acá provincia Guandong. Acá provincia Fujian, mi provincia. Antes viene más gente de Guandong. Ahora viene más gente de Fujian, paisano mío.

Hace cinco años, Ale no se llamaba Ale sino Huang, pero dejó ese nombre con todas las cosas que dejó en la República Popular China, en su aldea de Fujian, ciento veinte mil kilómetros cuadrados —la mitad de la superficie de la provincia de Buenos Aires— donde se agolpan treinta y cinco millones de habitantes —el equivalente a los de toda la Argentina. Ale nació muy budista en aquel país donde se festejan el Festival de la Primavera y la Fiesta de las Linternas, donde la edad da prestigio y el tiempo se cuenta por ciclos lunares regulados por la naturaleza, y se mudó en el año 2000 a Buenos Aires, Argentina, donde los viejos son resaca, el tiempo se paga caro y la mayor fiesta del año es el nacimiento de un dios improbable en el que él no cree. A cambio, es el joven dueño de un supermercado que permanece abierto de lunes a sábado de 9 a 22, domingos de 9 a 13 y de 17 a 22, sin feriados nacionales ni días de guardar.

—¿Por qué viniste, Ale?
—Para conocer mundo –dijo Ale, cuando le pregunté.
—¿Conocés otras partes de China?
—Una vez fui Pekín, con abelo. Vi palacio, y eso de paredes largas… cómo dice…
—La muralla china.
—Sí. Mú rá yá. Mucho año, mil y pico, era de rey. Lindo Pekín, pero ciudad grande. Mi ciudad, chica, entre campo y ciudad. A veces mejor vive campo, otra mejor vive ciudad. Depende carácter.
—¿Y cuando vivías en China qué hacías?
—Primero, secundaria. Después aprende tres años como técnico, y después aprende dibujar dibujo. Y cocinero. Después, mi paisano está acá y yo viene. Pero dos años antes de llegar a Argentina, mi mamá fue Bolivia, a trabajar en negocio de venta de pollo parrilla. Yo tiene 18 año cuando mamá fue Bolivia.
—¿Por qué se fue tu mamá a Bolivia?
—Tiene pariente allá. Allá tiene mucho paisano que dicen que afuera de mi país es lindo, tiene mucha cosa, y yo dije voy a salir para ver, yo también quiere salir de país para conocer mundo. Y ahí me fui, salí a mundo.

Algo azul destella sobre la mesa: el celular. Ale atiende y habla en chino. Después pregunta:

—¿Puede ser basta por hoy? Llama mamá, dice que vino señor que debe plata.

Mientras caminamos de regreso me dice que tiene una hermana menor, que en la China los hijos obedecen a sus padres y los padres a los abuelos y todos obedecen al que tenga más edad. Y que tiene un hijo de dos meses que se llama Sergio.

—No tiene nombre chino, toravía.

Yo ni siquiera sabía que Ale tuviera una mujer.

***

La China es un país desmesurado.

Nueve millones y medio de kilómetros cuadrados, mil trecientos millones de habitantes, dieciocho mil kilómetros de costa, cinco mil cuatrocientas islas y cuatro milenios de civilización que alcanzaron para que brotaran el papel, la imprenta, la brújula, la pólvora, Mao, la Revolución Cultural, Tian’anmen y el tren que llega del aeropuerto de Shangai hasta el centro —treinta y cinco kilómetros— en siete minutos. Cincuenta mil hijos de esa China viven en Buenos Aires donde llegaron en mayor número hace diez años, muchos para abrir supermercados alrededor de los que se tejieron las peores famas: competencia desleal, explotación de los empleados, suciedad.

El supermercado de Ale es luminoso, tiene unos seis metros de ancho por catorce de fondo con los habituales sectores de té y fideos, aceites y conservas, vinos, lácteos, fiambrería, carnicería, productos de limpieza y una verdulería al frente. En este negocio, que era de una de sus primas, Ale empezó atendiendo las cajas registradoras, tomó pedidos por teléfono, acomodó mercadería, y finalmente lo compró. Ahora se prepara para un futuro de esplendor: sabe que es buen negociante.

Es martes, casi de noche, y este hijo de la China está en su negocio floreciente, escribiendo carteles que ofertan galletas a tres por uno.

—Hola, Ale.
—Ah, Leila —se decepciona—. Diculpa, ahora no puede habla, tiene mucho trabajo.
—¿Y no querés que hablemos acá, mientras trabajás?
—Bueno, no hay probrema.

Su única hermana —una muchacha con una margarita azul dibujada en cada uña— mira con sorna desde la caja registradora. En la otra caja hay un primo recién llegado: Xin. Un chico frágil que casi no habla español, con el aspecto de un pájaro lastimado y el pelo como una lluvia de pesadumbre. Parece inanimado, recién salido de una bañera de agua tibia. Le recuerdo a Ale la primera vez que me habló: fue hace cuatro años. Ale atendía la caja, me estaba dando el vuelto, y de pronto dijo en un español de manual:

—¿Ushté toma-rá vá-cá-rá-ció-nés?

En aquel momento le dije que sí, que en abril, pero él no entendió. Sólo le habían enseñado a preguntar.

—Ah, sí, sí. Yo tomaba clase con profesora cateyano. Ahora no puede, no tiene tiempo, trabaja, puro trabaja.
—¿No extrañás la China?
—Cuando primero venir Argentina, sí, extraño China. Ahora, extraño meno. Pero extraño mi abela, mi abelo. A mí me gusta acá. No pone triste que China lejos. Pone triste a veces por pelear con pariente, pelea con papá, mamá, este cosa medio triste. Otro no. Problema de trabajo, pero eso no pone triste. Ahora, hace do mese, vino papá. Técnico elétrico papá, todavía no trabaja porque no sabe idioma.
—¿Tu papá no pudo venir antes?
—No, porque tiene mi abelo enfermo. Año pasado abelo murió y yo no puede volver. Eso feo. Mi abela vive ahora con uno otro tío.
—¿Y vos vas a volver a China?
—Algún día me vuelvo por mi país. Ahora no. Pero mejor vivir acá. Acá persona muy amable. Más educados que campo. Yo en China, vivo en campo. Acá ciudad, gente más educada.
—Pero la gente dice cosas horribles de los chinos acá.
—No sé. Puede ser porque antes vino chino todo de edad grande. Y chino antiguo habla muy fuerte y acá gente habla muy suave, habla muy chiquito. Y alguno paisano no sabe eso, y la gente acá piensa que chino está enojado o trata mal, pero no, es manera hablar. Acá gente cree que chino come cualquiera cosa. Un vez taxista me dice: «Salió en diario que chino come gato».
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Dije: «Yo no como gato, pero en todo mundo hay gente epeshial».
—¿Esto era como lo imaginabas?
—No. Es ciudá, y cuando yo viene acá imagina que Argentina era… así, como caballo caminando… este ariba. Cómo se llama este… caballo caminando…
Se pone pálido, aprieta la boca en un coágulo rosa, preso en su idioma, yo en el mío.
—¿Te imaginabas que acá había caballos?
—No, no. Como caballo, como caminando caballo ariba…
—¿Gaucho?
—No, no. Dibuja una línea ondulada.
—Este, camina ariba.
—¿Montañas? —le pregunto, modulando cada sílaba como si Ale en vez de un hombre que cruzó el océano, que maneja un comercio y es padre de una persona pequeña, fuera sordo. O un poco idiota.
—¿Pampa?
—No.

Al fin, el dice: «Verde» y yo grito: «¡Pasto!». Ale imaginaba un país cubierto de pasto: lo que pisan los caballos.

—Esto es más famoso de Argentina: pato. Perdona mi cateyano. Hay cosa que yo sé, pero no sabe cómo se habla. ¿Cómo se llama eto? ¿Oreja?
—No, ceja.
—Ah, ceja. ¿Ve? Si no habla, olvida.

Finalmente Ale dice que ese fin de semana no podremos encontrarnos porque viajará a la ciudad de Rosario, para visitar a la familia de su mujer, Clarita. De modo que hago cuentas: a su aldea, Pekín y Buenos Aires hay que sumar Rosario. Ale, que se fue de China para conocer el mundo, conoce cuatro ciudades del globo.

No entiendo.

Entonces llamo al señor Han.

***

En una de las zonas caras del barrio de Belgrano está la residencia del cónsul chino. Allí funciona la oficina del agregado cultural, el señor Han Mengtang, un hombre que hace diez años vive en distintos países de Sudamérica como funcionario chino.

—Claro, no se entiende porque es diferente, usted lo ve como occidental —me había explicado por teléfono—. En Occidente, aunque no tenga dinero, la gente viaja. En Oriente, la gente primero echa una buena base económica, y entonces viaja. A los cincuenta, cuando ya los hijos están grandes, dejan supermercados y se van de viaje.

En el consulado no hay banderas ni escudos, pero los números del portero eléctrico están en chino, sin traducción. Toco uno cualquiera y alguien dice algo y suena una chicharra. La puerta se abre. Tres segundos —literales— después el señor Han sale del ascensor trajeado, sonriente, y me invita a sentarme en ese hall desangelado.

—Oriente es muy distinto de Occidente. El budismo chino piensa que la vida es un círculo, viene aquí y luego en el futuro tiene otra vida. El occidental piensa en el presente, no en el futuro. Para el chino, en el presente tiene que hacer bien, porque si uno hace maldades en esta vida, en el futuro tiene que pagar. Pasar bien el presente es importante, pero el objetivo es tener mejor vida en el futuro. En Occidente, lo más importante es el individuo. En China el Confusionismo dice: primero Cielo, sigue Tierra, después el Rey, después los padres y los maestros, y el individuo al final. Individuo es lo último.

Transcurrida una exacta media hora, y varias explicaciones después, el señor Han echa una mirada a su reloj, me regala un libro —China 2004— y se despide, todo sonrisas, no sin antes recomendarme que vaya a la China cuanto antes.

***

Es sábado por la tarde y Ale trabaja. El supermercado está vacío y suena música china tradicional. Las latas de porotos y el papel higiénico flotan en ese lamento melifluo y sopranísimo. Cuando hay clientes, Ale pone cumbia.

—Gente no gusta música china. Asusta. Si pone fuerte, entra poco gente.

Se ha despertado de la siesta hace una hora. Hay pocas cosas que le gusten tanto como dormir: se acuesta a las diez y media de la noche y se despierta a las nueve y media de la mañana, pero no sale de su cama hasta mediodía: desde allí atiende a los proveedores por teléfono.

—Acá aire mejor. Porque se llama Buenos Aire. En mi país, no tan bueno el aire, mucho auto. Antes no, antes meno auto. Antes, cuando yo chico, dormía al aire en una silla, y puedo ver estrella a la noche, muy claro. Ahora no. Y Argentina, cuando vino, veía bien estrella. Ahora, poco poco. Cielo me parece más sucio que ante.

Una puerta comunica el supermercado con la vivienda, que está en el primer piso. En esa casa viven él, su mujer y su hijo, su hermana menor, su madre, su padre y tres primos. Ser muchos bajo un mismo techo es gran orgullo para las familias chinas, signo de prosperidad. En China hay calles que se llaman así: Cinco generaciones bajo un mismo techo.

—En China todo mundo vivir junto. Viven papá, mamá, hijos, primos. Acá no, acá parece que si tiene 18 años ya salió de la casa.
—¿Y a vos cómo te gusta más?
—Vivir todo junto. Porque tiene más tiempo para hacer otra cosa. Yo, después de trabajo, muy cansado. Y volver a casa y si mamá hace cocina, no es tan cansado para vos. A mí me gusta esto. Porque mi señora lava, mi mamá cocina, yo trabajo. Pero acá en Argentina todo mundo vive con su señora, su señor.
—¿Y vos no te irías a vivir solo, con tu mujer y tu hijo?
—No, no. Mejor todo mundo junto. Igual en China diferente ahora. En ciudad grande, Shangai, gente más libre, igual que acá: quiere salir de casa y vivir junto con novia, novio. Pero para mí mejor este mejor.

Entonces la madre de Ale, a quien llaman Marta, aparece desde alguna parte, chasquea la lengua, cambia la música y grita: «¡Juaaanshhhiiitooo!», llamando a uno de los tres empleados peruanos que trabajan aquí desde hace años y que se refieren a la señora Marta y su familia como «los chinos». Juan (cito) aparece sin apuro y escucha lo que la señora tiene para decir, que es más bien poco: apenas unos gestos que indican que limpie el piso donde se ha volcado algo. Ale me mira y sonríe. Me explica que ella no grita porque esté enojada sino porque viene de una provincia china donde todo el mundo grita, pero los gritos de la señora Marta son espeluznantes y por primera vez me pregunto si Ale no me está mintiendo.

***

Ni Ale, ni la familia de Ale —ni sus primos ni su hermana, ni su madre— se dejan ver por el barrio. Trabajan casi todo el día y sus salidas son pueblerinas: visitan a otros parientes, van a restaurantes chinos de la zona.

La vida de Ale no tiene sobresaltos, aunque en el invierno de 2003 estuvieron a punto de matarlo. Era noche de martes y estaba con su madre cuando escucharon ruidos en la escalera. Antes de poder asustarse, dos tipos se les tiraron encima. Les pegaron, los amordazaron, los amenazaron con armas y les robaron todo: televisor, plata, ropa. Lo hicieron con saña: rompieron una mesa a golpes, mataron el gato al grito de «chino comegato». Al día siguiente, ni Ale ni su madre aparecieron, pero el supermercado abrió en tiempo y forma. Después de ese episodio sellaron la casa por el frente con una plancha de hierro de color morado.

—Reja, yo no miro, no pienso —dice Ale, mientras recorre las estanterías tomando notas de los productos que faltan—. Yo no tiene miedo. Mamá tiene. Tiempo tiene que pasar. Hasta que mamá olvida.

De pronto su hermana se acerca, dice algo, me lanza una mirada torcida y vuelve a la caja.

—Perdón —dice Ale— mejor cambia horario, ahora mucho trabajo.

Miro alrededor: el supermercado está vacío.

Entiendo que, cuando esto termine, Ale volverá a ser el hombre que me vende la comida. Que está esperando con ansias el momento en que eso suceda.

***

—Dame mi bolsa, chino de mierda, dame mi bolsa, la puta que te parió.

El tipo está borracho y muy explícito. Son las tres de la tarde, y bajo esa camisa floreada puede haber cualquier cosa: un arma, o nada. Estoy acurrucada entre los canastos de plástico rojo con el logo de Coca-Cola. Mi grabador rueda y Ale mira al fulano, impasible.

—Te dejé acá una bolsa con mercadería antes de entrar a tu supermercado, chino de mierda, dame la bolsa.

El tipo tiene olor agrio. Cebolla, sudor, cigarros. Grita. No hay bolsa. El tipo lo sabe, yo lo sé, hasta los guardias de seguridad del supermercado —dos rusos que no hablan una palabra de español— lo saben. Pero nadie hace nada. El tipo huele como huelen las peores cosas. Ale tiene cara de haber visto esto muchas veces.

—¿Qué borsa, amigo?–le pregunta.
—La bolsa, hijo de puta, la bolsa que te dejé acá llena de mercadería, no me vas a estafar, chino de mierda.
—No dejó borsa, amigo.

Todo el supermercado está quieto, mirando al tipo y a Ale, que lo mira impávido. No ha interrumpido lo que estaba haciendo: pasando la tarjeta de débito de una clienta por la máquina correspondiente.

—La bolsa que te dejé antes de entrar, llena de mercadería, chino poronga.
—Qué borsa, amigo. No dejó borsa.

El ruso de seguridad se acerca por detrás y el hombre se harta. Se va. La clienta guarda su tarjeta y sale del supermercado: corriendo.

—¿No te da miedo que pueda pasar algo?
—No. No hay problema. Tiene policía, tiene guardia.
—¿Y tu mujer qué dice?
—Mi mujer no tiene miedo, pero queja mucho, porque yo no tiene tiempo para ella.

Me pregunto qué será de mí —de nosotros— después de esto: después de esta intromisión en la vida del hombre que me alimenta.

***

Un periodista argentino que vive en Brasil y estudia chino me envía un mail con curiosidades varias: “Algunas monedas chinas son redondas por fuera y tienen un cuadrado hueco por dentro. Esto es un principio taoista: ser rígido en lo moral, y flexible, redondo —sin puntas— para recibir lo que viene de afuera”. En el mismo mail me explica cómo decir “amigo chino”. Repito la frase hasta aprenderla. Es fin de semana y corro al supermercado. Veo a Ale lidiando con unas cajas. Lo llamo. Se da vuelta y dice, hastiado: «Ah, Leila». Yo digo algo que suena así:

—Chúnguo panguió.

Me mira desconcertado. Probablemente, he dicho una barbaridad. Hay idiomas así, en los que la entonación transforma un saludo en insulto, y por lo que sé el chino es uno de ellos: el sonido i, por ejemplo, quiere decir uno o varios cientos, dependiendo del tono y la intención.

—¿Cómo? –dice Ale, acercándose, y me apuro a explicarle que quise decir “amigo chino” en chino. Se diga como se diga.

Ale toma un papel, un lápiz, y dice: «no, no chúnguo».

—Escribe así: Zhong Guo Peng You.

Nos reímos. Después, porque le toca apilar cajas, le pregunto si no se aburre.

—¿Te aburrís?
—¿Qué é eso?

Intento explicarle, pero lo hago mal, y desde aquel día Ale cree que aburrirse es estar apurado. Ahora, cada vez que lo llamo por teléfono y tiene mucho trabajo, me dice: «Ahora no, diculpa, aburido, aburido».

***

Clarita es dos años mayor que Ale.

Se casaron hace un año, y ella lo cela con ahínco, con dedicación. Desaprueba hondamente nuestros encuentros, aunque suceden a la vista de todos, entre desodorantes, pasta dental y cebollas. Clarita es china y vivía en Rosario hasta que conoció a Ale y se casaron en una ceremonia rara: Ale dice que fue en un restaurante.

A fines de 2004 Clarita parió a Sergio, el primogénito y, como después del parto las mujeres chinas permanecen un mes en cama recuperando energías, ella era, para mí, una incógnita. Hasta que un día la puerta que comunica el supermercado con la casa se abrió, y un aroma a menta y leche cuajada expulsó a una mujer suave como un fantasma con un bebé en los brazos. Usaba un pijama, una conjunto de blusa cerrada hasta el cuello y babuchas atadas debajo de la rodilla: ropa de nena. No me miró; fue directo hasta donde estaba su cuñada. El bebé, en sus brazos, crujía como una rama de chocolate pálido, con el pelo disparado hacia el techo con la ferocidad involuntaria de las ramas de los árboles. Se dijeron algo al oído, Clarita se volvió, me miró, después atravesó la puerta que lleva hasta su casa y se desvaneció. Escuché el gemido del bebé —el hijo del hombre chino— y el olor a menta y leche desapareció con él.

Supe que tenía que irme. Supe, también, que a Ale y a mí nos quedaba poco tiempo.

***

—Pase, pase, asienta toma por favor.

El señor Xu Ao Feng, de 55 años, es chino, vino de Shangai a los 34 y es presidente de la Fundación de Ciencias y Cultura China, donde desde 1991 se enseña feng shui, Tai Chi Chuan, acupuntura, medicina china e idioma chino. El señor Feng tiene una forma de hablar admirable para un profesor de idiomas: enredada.

—Oriente y Occidente son cultura muy diferentes que van por caminar muy diferentes, y muy dificil de integlar. Entonces con tanto mil año de historia cada Occidente, cada Oriente, todo con su camina caminando, todo tiene resultado. Su amigo chino tiene una mente difelente. Por ejemplo, la lógicamente de un chino muy difelente. Occidente le gusta ciencia. Siempre las cosas tiene números: usted va a médico, manda examen, y dice cuánto tiene de esto, cuánto tiene de otro. Chino no. Chino trabaja energía, meridiano de cuerpo. Occidental pregunta: «¿Energía? Eso no existe». Jajaja. Jajaja.

Pero eso existe. Su amigo chino viene de plovincia que hay mucha gente y ese plovincia tiene histolia que le gusta vivir afuera. No solo en Argentina, en todo mundo hay gente de Fujian. Es gente que trabaja en mar, en barco, entonces más posibilidad para irse a correr el mundo.

—Pero, señor Feng, cruzar el planeta en avión y establecerse en otro lugar no es conocer mundo.
—Ah, sí, jaja. Jaja. Cierto. No conoce. Jajaja. Jajaja. Pero si usted va afuera y ve algo mejor que su tierra, se queda afuera, ¿no? Su amigo viene por eso, porque acá mejor que su tierra, ¿viste? Y ese provincia Fujian son muy trabajadores, son de campo, entonces trabaja mucho. Eso por un lado bueno, y por otro lado no tanto. Porque nadie puede competir, ellos son muy forte y nadie puede competir. Negocio de ellos se tiene más horas abierto. Por cuatro botellas de agua ya van y lleva a domicilio. ¿Qué negocio puede así? Ellos pueden. La cosas tienen lado bueno y malo. Para otro supermercado, sentir mal, porque no puede competencia. Por otro lado, muy bueno servicio para pueblo argentino. Las cosas no es perfeto. Ello ponen supermercado porque paisano de ello tiene supermercado. Y ello no sabe idioma. Idioma importante. Usted sabe idioma, sabe mucho de cultura. Por ejemplo, argentino habla con mucho verbo. Habla muy largo. Chino habla corto. Chino no dice: «hoy hablo», «mañana voy hablar». No. Chino dice: «hoy hablar, ayer hablar, mañana hablar». No hay tiempo, no hay persona. Pero muy complicado ser chino, porque tiene que saber dos cultura: Oriente y Occidente.

Después el señor Feng me lleva a visitar su enorme y silente salón de té. Le pregunto por qué a los chinos les gusta tanto el karaoke (Ale adora el karaoke) y me dice:

—¿Y usted no le gusta baile? Lo mimo.

Me despide en la escalera, divertido, como si estuviera guardándose el mejor de los secretos.

***

Ale tiene 25 años. Su cuerpo es fibroso, pálido, como de harina y luna, y tiene olor a almizcle. El pelo negro, los labios apretados —rosas—, las uñas largas que le dan a sus manos un aspecto anfibio. Los dedos ahusados, la piel delicada. No tiene cicatrices. Usa lentes y cuando no entiende algo mira sobre los vidrios, alzando la cabeza, y pregunta: «¿Cómo dice?». Es muy alto y camina rápido, con un gesto entre alerta y divertido.

La última vez que hablé con él era martes. Estaba en su mostrador, detrás de los canastos de plástico, y susurró que había ido al médico por un resfrío.

—Médico chino, bario chino. Médico acá no gusta. Muy fuerte.

En el barrio chino de Belgrano, en Buenos Aires, hay médicos chinos y supermercados que venden todo lo que los chinos no venden en sus supermercados para occidentales porque nadie lo compraría: fideos de veinte grosores distintos, anguilas vivas, pescado seco.

—Acá Argentina comida menos variada. En China tiene mercado. Acá no tiene mercado. Sólo tiene súper-mercado. Mercado mejor, más fresco, más variedá. A mí me gusta trabajo súper-mercado. Sale bien. Quiero ser mayorista.
—¿Y después?
—Y después no sabe. Cuando soy más grande, 50, 60 años, entonces me voy de viaje. O que mi hijo me cuiden bien, no sé cuál de las dos mejor. Quiero ir a Japón, Corea. Pero ahora no puede salir, porque mamá no sabe idioma y papá tampoco, y no sabe hacer negocio. Si yo me voy, mamá tiene que cerrar negocio porque no sabe maneja. Y ahora tengo mujer, hijo.
—¿En tu infancia querías viajar?
—¿Qué es infancia?
—Cuando sos chico. Primero viene la infancia hasta los 12 años más o menos, después una cosa que se llama adolescencia, hasta los 17 o 18, y después sos adulto. Algo así.
—Ah, sí. Infancia. Sí. Mucho amigo chiquito. Juntábamo y cantábamo canción. Yo infancia campo, cerca de río, abelo, abela. Mucho juega.
—Tenés buenos recuerdos.
—¿Qué es recuerdo?
—Una imagen que te queda… guardada. En la memoria.
—¿Cómo buen día, buenas noches?
—No. Por ejemplo cuando me contás «Cuando yo era chico, estaba con mis amigos y fuimos al río…».
—Ah, sí, sí, eso, recuerdo: tengo guardado mi abelo que me llevó a Pekín y día que vimos palacio grande. Tengo guardado a mi abela. Tengo guardado una vez que salí para mi cumpleaños con amigos a la playa, y quedamos ahí, charlando, cantando.
—Un buen recuerdo.
—Sí. Muy buen guardado. Bueno. Diculpa. Tengo que trabajar.
Ale se perdió entre las góndolas. Su madre y su hermana hicieron una reverencia respetuosa, seca, pura dignidad.
Después llamé al señor Han.

***

El señor Han me atendió por teléfono, enérgico y amable. Hablamos sobre historia china, sobre la guerra del opio, sobre Mao, y de pronto me dijo que la provincia de Fujian formaba parte de la vía marítima de la ruta de la Seda. Que en la región de la que vino Ale estaban los puertos de esa ruta que comunicaba la China con Europa, transitada por aventureros y comerciantes desde el siglo III antes de Cristo hasta el siglo XVI después del ídem, y que Ale era hijo de ese pueblo de inquietos, de personas con marcada tendencia a la aventura.

—El viaje forma parte de la vida de esa gente —dijo el señor Han— porque están separados del resto de la China por cadenas montañosas, y en cambio tienen el mar, y salir a negociar por el mar es fácil. Esa gente siempre se va.

Me despidió amable y volvió a rogarme que fuera a la China, pronto.

Colgué el teléfono. Por un momento Ale dejó de parecerme un padre de familia preocupado por la subsistencia de su mujer y de su hijo —de su hermana y de sus primos— y fue un bucanero loco, alguien esperando pacientemente la oportunidad para aferrarse a la cintura blanca de su Clarita y llevarla, ahora sí, a ver el mundo.

Me asomé al balcón. El cartel del supermercado latía como una inmensa branquia. Los tomates titilaban como linternas rojas y Ale —inmerso en su mundo de tres ciudades— volvía a ser, como siempre, un desconocido. El hombre que me vende la comida.

Second Attempt Crossing, poem by Javier Zamora

For Chino

In the middle of that desert that didn’t look like sand
and sand only,
in the middle of those acacias, whiptails, and coyotes, someone yelled
“¡La Migra!” and everyone ran.
In that dried creek where 40 of us slept, we turned to each other
and you flew from my side in the dirt.

Black-throated sparrows and dawn
hitting the tops of mesquites,
beautifully. Against the herd of legs,

you sprinted back toward me,
I jumped on your shoulders,
and we ran from the white trucks. It was then the gun
ready to press its index.

I said, “freeze, Chino, ¡pará por favor!”

So I wouldn’t touch their legs that kicked you,
you pushed me under your chest,
and I’ve never thanked you.

Beautiful Chino — 

the only name I know to call you by — 
farewell your tattooed chest:
the M, the S, the 13. Farewell
the phone number you gave me
when you went east to Virginia,
and I went west to San Francisco.

You called twice a month,
then your cousin said the gang you ran from
in San Salvador
found you in Alexandria. Farewell
your brown arms that shielded me then,
that shield me now, from La Migra.

I Tried to Be a Good Mexican Son, poem by José Olivarez translated from English by Arelis Uribe

I Tried to Be a Good Mexican Son

i even went to college. but i studied African American studies which is not
The Law or The Medicine or The Business. my mom still loved me.
so i invented her sadness & asked her to hold it like a bouquet of fake flowers.
she laughed through it all. i didn’t understand. wasn’t immigration a burden?
what about the life you left, i ask my mom. she planted flowers
only house on the block with flowers. foreclosure came like a cold wind.
it took her flowers. but that was a season. new house, bigger garden.
mijo, go get some tomates from the yard, is something my mom really says.
i tried to be a good Mexican son. went to a good college & learned depression
isn’t just for white people. i tried to be a good Mexican son, but not that hard.
sometimes, my mom’s texts get dusty before i answer. even worse, i never share
the Jesus Christ memes she sends me on Facebook. if there is hell,
i’m going express. i hope they have wifi. i hope i remember to share
my mom’s Jesus Christ memes. maybe god believes in second chances.
but i doubt it. i tried to be a good Mexican son. i came home for the holidays
still a disapointment. no million-dolar job or grandkids.
Spanish deteriorating. English getting more vulgar.
i tried to be a good Mexican son, but i kept fucking
it up. my mom still loved me. even when i couldn’t understand her blessings.
she makes me kiss her on the cheek before i leave the house. she tells me
to quiet down when she’s watching her novelas. she asks me if i’m okay.
she tells me i'm getting so skinny & i need to eat more frijoles. she has
the pot ready. i try to be a good Mexican son, but all i know how to do
is sit down for a good second & leave before a bad one.


Intenté ser un buen hijo mexicano

incluso fui a la universidad. pero estudié African American Studies que no es
La Ley o La Medicina o Los Negocios. mi mamá me amó igual.
entonces le inventé tristeza & le pedí sostenerla como un racimo de flores plásticas.
se rió todo el tiempo. yo no entendí. ¿no era la migración una carga?
qué con la vida que dejaste, le pregunto a mi mamá. ella plantó flores
la única casa de la cuadra con flores. el embargo vino como un viento helado.
se llevó sus flores. pero fue una temporada. casa nueva, jardín más grande.
mijo, go get some tomates from the yard es algo que mi mamá de verdad dice.
intenté ser un buen hijo mexicano. fui a una buena universidad & aprendí que depresión no es algo que sufran solo los blancos. intenté ser un buen hijo mexicano, pero no demasiado. a veces, los mensajes de mi mamá
se llenan de polvo antes de que responda. peor, nunca comparto
los memes de Jesús que me envía por Facebook. si hay infierno,
voy express. ojalá tengan wifi. ojalá me acuerde de compartir
los memes de Jesús de mi mamá. quizá dios cree en las segundas oportunidades.
pero lo dudo. intenté ser un buen hijo mexicano. fui de visita para las fiestas
todavía una decepción. ni trabajo del millón de dólares ni nietitos.
español deteriorándose. inglés cada vez más vulgar.
intenté ser un buen hijo mexicano, pero sigo cagándola.
mi mamá me quiso igual. incluso cuando no pude entender sus bendiciones.
me hace besar su mejilla antes de irme de casa. me dice
que baje la voz mientras ve su telenovela. me pregunta si estoy bien.
me dice que estoy muy flaquito & que necesito comer más frijoles. tiene
la olla lista. intento ser un buen hijo mexicano, pero lo único que sé hacer
es sentarme por un buen momento & partir antes de un mal rato.

"Warriache," by Daniela Catrileo, translated from Spanish by Jacob Edelstein

Santiago, San Bernardo, and back to Santiago, that's the trip. I open my eyes and listen: the music, at least, keeps me from running away. I'm crossing the city from one end to the other to celebrate my friend Yajaira's thirtieth birthday. She's my best friend, or at least the one I've known the longest. Neither one of us now lives where we were born, but every so often we go back to pick up pieces of what we abandoned, and visit family while we're there. We reappear to let each another know how the years have been treating us, now that we aren't isolated little girls at the poor Catholic school where we met.

I show up late, as always. I'm a little embarrassed. Her party is a kind of intimate dinner, at least that's what she tells me on the phone. How very her, I think. The house is just like the ones next to it, save for the shape of its fence bars. The colors don't vary much: blandness that feels distinctly middle class. I feel like this condo could be in any part of Chile, housing people who believe themselves to be of that class. I'm not sure when they began to spring up in this graveyard. When I left, we were still girls raised in projects, semidetached but disparate houses, handmade extensions and multicourts without nets. When I left, there were still hills and vineyards where we could camouflage ourselves, get drunk in peace, and lay out on our backs under the sun.

Through the window, I see the guests and don't recognize anyone except for Yajaira's parents, who look older. I feel strange. Just seeing them makes me realize how much time has passed since we lived in this place we put so much effort into hating. I'd like to skip the introductions. Maybe if I'd gotten here earlier, I wouldn't have to make an entrance in front of everyone. It doesn't matter; I head into the house. There's a knot in my stomach and I'm trying to play it cool. It's not that I feel obligated to be here, I'd just rather it was like the parties when we were teenagers, where everything was so dark you didn't have to introduce yourself. [End Page 344]

The first to greet me is Yajaira's mother, María. She hasn't changed. She says a ton of superficial, insufferable things. I've never liked her very much, probably because I know Yajaira so well. She's one of those people you respect only because someone you love respects them. Though that doesn't mean you should. I admit it's hard for me. I was there for the neglect, the separations, the screaming. Those days are etched into my memory. I'm not someone who forgets easily. Still, I can admire her strength from a distance; it's what allows her to stay here. We all drag along more ghosts than even she imagines: knots that not only entangle our hearts, but bind our tongues forever. That's why, in front of her, I prefer to stay silent.

I try to seem normal. María informs me that she no longer lives in the projects, but rather, she lives in a condo now. She speaks in a derogatory tone that I know and abhor. On the outside, I nod with a smile. Inside, I repeat, like a mantra, that she is my best friend's mother, that she has never not been this, that she will never change. Behave, I tell myself. If I keep smiling silently, she won't ask so many questions or realize I came alone. As she continues with her monologue of success, she offers me heaps of canapés. I awkwardly avoid making eye contact. Little by little, her figure begins to blur. It must be a defense mechanism. I can't clearly see her mouth moving anymore. I rub my eyes, but they've already gone...