Mentí: escribo porque las letras siempre han habitado en mi familia
Ayer, Víctor me preguntó por qué escribo, por qué envié un texto para postular al taller de columnistas de la Zona hace diez años. Siempre me victimizo: en mi casa no había libros, soy la primera profesional de mi familia. Pero es mentira. Parcialmente. En mi casa sí había libros, pocos, pero había. Sí vi, en mi infancia, leer a mi mamá. De curiosa leí a Cortázar y a Horacio Quiroga en la básica, siendo muy chica. Porque esos libros estaban en mi casa y, después de leerlos, los comentaba con mi mamá. Había libros de Benedetti, de García Márquez. No recuerdo a mi mamá comprando nuevos libros, pero sí leyendo revistas o repasando tomos viejos. Mi papá también era de letras, mi mamá siempre decía que él era un poeta. Cuando tenía una libreta nueva o una agenda (tipo Pascualina), ella me decía "dile a tu papá que te escriba algo". Y él escribía, con una letra manuscrita preciosa, usaba palabras que yo no conocía y siempre se refería a espacios, escenografías y contextos que nos rodeaban y nos hacían sentir algo parecido a la felicidad de ser familia. De alguna forma, las letras siempre me han rodeado, en una posición aventajada, como algo deseable y bueno. Ya no lo puedo seguir negando.
Tampoco soy la primera profesional de la familia. Mi mamá no es universitaria, pero casi estudia en la UTEM, su puntaje le alcanzó. Sucedió que su padre, mi abuelo, era (es) un viejo de mierda machista y autoritario. En su concepción reducida del mundo, sólo los hombres debían ir a la Universidad y si a mi madre no le daba el puntaje para la carrera que soñaba -periodismo- entonces no estudiaba nada, menos carreras "de hombres". Entonces, de los cuatro hermanos, los dos hombres estudiaron ingeniería en la Usach y las dos mujeres no pasaron por la educación superior. Algo que a mi madre siempre le ha dolido y le ha penado, pero que a la vez instaló en mi casa la idea de que la educación superior era algo posible, alcanzable y deseable; y al mismo tiempo, que la educación pública era la única que valía la pena. La universidad nunca fue algo ajeno.
Otra confesión: mi papá es universitario. Y lo digo con vergüenza, porque me sube el pelo y me aleja del paria que me he construido ser. Cuando salió del colegio, de un liceo técnico, dio la prueba y el puntaje le alcanzó para estudiar contabilidad en la Universidad de Concepción. Se fue allá, pero no terminó la carrera. Años más tarde, cuando yo tenía unos ocho años, él trabajaba en la Universidad Central, ahí ingresó al sistema vespertino y terminó de estudiar para ser Contador Auditor. Así, la universidad, la educación, la formación no son algo ajeno a mi historia, siempre me han acompañado. Soy una farsa.
Siempre escribí, sobre todo cartas. Con mis primeros pololos teníamos una especie de contienda por quién escribía las cartas más largas. Le escribía cartas a mi mamá, a mi papá, a todo el mundo. Cartas largas. También me acuerdo que, cuando tenía diez años, escribí un cuento. No sé por qué. Era sobre una chinita que se perdía en el bosque y se enfrentaba a una araña que la quería comer. Aunque después nunca escribí otro cuento, igual llevaba mi diario de vida, igual devoraba los libros que me daban para leer en el colegio y toda revista que cayera en mis manos. Amaba la revista Fibra y amé, cuando la conocí, la revista Wikén y su desaparecida sección final: la Zona de Contacto. Me acuerdo de ese día, cuando decidí postular al taller de columnistas: en mi casa no se leía ni se compraba el diario, pero ahí estaba El Mercurio y me topé con la Zona y su aviso: buscamos columnistas. Nunca había escrito una columna, no sabía lo que era. Esa noche googlié a los autores de los artículos de la Zona. Llegué al blog de Copano y de otra gente que, de alguna forma, era exitosa o tenía resuelto qué hacer con su vida. Eso me "insipiró" a escribir esa columna donde hablo de la gente que es exitosa y popular, gente que el resto del mundo observamos como espectadores. Esa fue la columna que me llevó a El Mercurio, la columna que me cambió la vida.
Sí, es cierto, las letras siempre habitaron mi espacio, pero al mismo tiempo sí fui paria. Igual viví en Gran Avenida, en un departamento enano, que mi mamá arrendaba por cien lucas. Igual mi casa era fea y mi mamá tenía de pareja a un borracho machista. Igual no salíamos de vacaciones. Igual tenía que vender dulces en el recreo para tener plata y era la nana que hacía el aseo y cuidaba a mis hermanos chicos. Nadie me dijo nunca que fuera capaz de hacer algo bien, salvo dejar el living bien enceradito.
No sabía qué hacer cuando salí de cuarto medio. La comunicación para el desarrollo me salvó. Me hizo bien ir a los talleres literarios en El Mercurio, aunque Agustín Edwards es un hijo de puta y su diario de mierda es lo más facho que hay, igual las pautas me abrieron la perspectiva, me mostraron que podía hacer algo, que tenía un talento que pulir, un posible oficio. Ir a los talleres de la Zona definieron una identidad que no existía.
El Mercurio me salvó de la pobreza. Alguien debería escribir sobre esto.
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