A Patricia Lutz
a su encanto personal
a su talento que es poesía y adivinar,
y a su infinita paciencia
para con este autor
...Y aún cuando con los ojos vendados me pasearan por el mundo entero tratando de perderme por sus caminos, con los ojos vendados me bastaría respirar hondo, tan sólo una vez, para saber que me encuentro en Viña del Mar.
—Pero, cómo, ¿por qué?— se me pregunta.
—Porque nadie que haya nacido y vivido sus primeros años en Viña del Mar dejaría de reconocer al instante ese aire oloroso, mezcla de jardines recién regados y de cálidas neblinas, más la fragancia amarga de los pinos en los cerros de la Quinta Vergara, unida al aliento azul y frío del mar.
—Un perfume único— diríamos...
—En todo caso, inconfundible... para nosotros— contesto.
—Bien, sí, tal vez— se me responde. Pero, aparte de su perfume y siempre con los ojos vendados, ¿en qué se reconocería Ud., además, en Viña el Mar?
La pregunta me parece interesante, un desafío.
—Con los ojos vendados —contesto después de una pausa— uno también puede escuchar, oír. Y ahora mismo desde una ausencia de tantos años, yo escucho... oigo.
—¿Y qué oye?
—Oigo el silencio de Viña del Mar en un día tibio de invierno. Silencio desgarrado a ratos por gritos gozosos de niños a caza de los tímidos, destructivos caracoles, escondidos tras las enredaderas de geranios siempre en flor...
—¿A caza... de caracoles?
—Claro —río—, los jardineros no tienen tiempo que perder en tales guerrillas. Éramos los niños los encargados; soldados, he de confesar, a menudo mercenarios. ¡Una chaucha por el ciento de caracoles que se nos solía ofrecer! Un balde lleno de pobres bichos condenados a morir escaldados. Escaldados, Uds. saben lo que es...
—Sí, ¡oh sí! —se me interrumpe precipitadamente—; pero díganos: ¿qué otra cosa oye Ud., así de tan lejos y después de tantos años?
—Bueno... algo insignificante. Algo así como el goteo de mil pies muy livianos en una marcha como de duendes... es la garúa azotando al asfalto de avenidas y calles tranquilas donde taciturnos faroles se empiezan a encender uno a uno.
—El silencio, los niños, los caracoles, la lluvia..., pero ¿y el mar?; ¿que no existe?, ¿que no se le oye?
—Ah, el mar... por supuesto, ahí está —contesto con inconsciente frivolidad—, pero si he de hablar con franqueza, durante el invierno los viñamarinos lo echamos totalmente al olvido. Despechado por cierto, se levanta de pronto en temibles temporales, y amenaza, y grita ronco, llevándose cuanto puede alcanzar por sus orillas. Y así y todo no es mucho lo que puede impresionarnos.
—Durante el invierno. Pero, ¿y en verano?
—En el verano... oh, es muy distinto... Y súbitamente arrastrada por la pasión del recuerdo hablo y explico de nuestro mar en verano.
De cómo apenas lo buscamos él vuelve a ser nuestro mejor amigo. De cómo ya de muy niños, allá en la playa Miramar, él nos permitía corretear cerca y a lo largo de sus orillas jugando a mojar y remojar nuestros pies desnudos en el venir de sus primeras horas. Venir brusco y bravo durante el cual él encontraba, sin embargo, la manera de salpicarnos hasta la frente su helado beso de buenos días.
De cómo en cambio, nosotros, ya entrada la mañana, sin su permiso ni respeto alguno, solíamos aventurarnos paso adelante en su dominio. Las niñas, faldas alzadas, caminando hasta hundir la rodilla y muslo inseguro en sus aguas ahora vivas de sal y sol. Los niños, ellos dejándonos allí varadas —es la palabra— y prosiguiendo orgullosos la marcha hasta donde pudiéramos divisarlos, sumir cintura, luego medio pecho, para continuar internándose, los muy inconscientes...
—Es que ellos tal vez sabrían nadar —se me insinúa con leve sonrisa.
—¿Nadar? No, por cierto, ni ellos ni nosotras —reacciono brusco—. Si no éramos más que una banda de infelices chiquilines.
—Y entonces, ¿cómo hacían para volver de semejante travesía?
—Las niñas —replico— nada más sencillo, caminando tomadas de la mano y siguiendo tranquilas la huella que nuestros inquietos pies supieran recordar bajo el agua en la arena. Ni un solo desliz, ni el menor malhadado enterrarse de nuestros pasos. Viaje feliz en el ascender cordial de la marea hasta alcanzar la playa mucho antes que nuestros valientes exploradores... y sin haber necesitado de su compañía ni el apoyo galante de su brazo —concluyo, echándome de pronto a reír junto con mis interlocutores de lo infantil de mi despecho y desahogo final.
—Pero ellos —me preguntan gozando aún de aquella pausa de espontánea e inocente hilaridad—, ellos, los arrogantes exploradores, ¿cuándo y cómo volvieron?, si es que volvieron...
—Volvieron. Sí que volvieron. O mejor dicho, llegaron, los trajeron...
Y libre ya de todo resentimiento, les cuento de cómo en tanto nosotras los esperábamos triunfantes, nuestros héroes, allá en su elemento, decidieron detenerse... cosa de un respiro.
Fue este punto de la hazaña que, comprendiendo sus intenciones de reanudar la marcha en busca obstinada de algún peligro cierto y seguro, nuestro amigo Mar se dignara al fin acusar recibo del atropello y enviar al encuentro de los invasores una de sus olas predilectas. Una de aquellas que él permite dormir apacibles y largo en lo recóndito de su ser, y que despertando alertas a su llamado, acuden sigilosas desde lo hondo.
Y levantando apenas el lomo poderoso por sobre la superficie de sus aguas, avanzan lentas a fin de empujar calladas y por la espalda al náufrago perdido, al nadador cansado.
Misión: los niños.
Destino: Playa Miramar, a la que los devolviera, dejándolos tendidos por las arenas, tiritando de susto y muertos de rabia y de vergüenza.
Pausa larga.
—A pesar de todo actuó noblemente su mar— declaran mis oyentes.
—Es que tiene corazón y es de verdad amigo...
Empiezo a contarles del castillo que intentara hablarles minutos antes.
Era un castillo de arena.
Castillo que, escarmentados con lo de los socavones, empezamos a construir playa arriba y a vista de la hilera multicolor de nuestras carpas de familia.
Castillo, pese al pasado, hecho de las duras arenas mojadas y de las grises piedras alisadas, que bajábamos por turno a recoger a lo largo de las orillas de nuestro atrabiliario pero siempre generoso mar. Material éste con que él nos permitía llenar a gusto los baldes de lata que cargáramos trabajosamente de vuelta a La Obra.
Bien, aquel castillo construido con tanto amor y empeño, aquel hermoso castillo con sus dos imponentes cuerpos de edificio, sus almenas ornadas de conchillas, sus puentes, torres y torreones y sobre el que flameaba al tope la banderita chilena de papel que entusiasmado nos regalara de yapa uno de los fotógrafos de la playa... Bien, aquel castillo único, recién terminado y alrededor del cual empezaban a apiñarse chicos y grandes, todos estupefactos, lelos, maravillados... he aquí una ola, que memoria de viñamarino alguno recordara haber subido así de veloz a semejante hora, irrumpe salvaje y derecho hacia él y arrollándolo todo a su paso alcanza hasta las misma carpas, entra en ellas para salir y retirarse con igual tanto desenfado como viniera... llevándose y sembrando tras sí, al azar, quitasoles, zapatos, carteras, sombreros de paja y hasta la banderita del castillo... nuestro castillo, ahora tan sólo un informe montón de piedras y arena.
Breve, atribulado silencio.
—Pero, díganos: ¿qué hacían Uds. toda la mañana?
—Verán— replico.
Y haciendo memoria, les cuento de cómo apenas llegados a las carpas y luego de habernos descalzado y desvestido para vestir y calzar nuestras cómodas, descuidadas prendas de playa, salíamos corriendo escapados en dirección a las rocas.
Aquellas altas y empinadas rocas, verdadero bastión de aventuras y acechanzas.
¡Con qué bélico entusiasmo emprendíamos su asalto y escalar! Buscando asideros y apoyos para pies y manos en las erizadas peñas y sus escondidos huecos, subíamos, escudriñándolo todo entremedio, hasta alcanzar la cúspide.
Allí, las gaviotas, su grito errabundo, el aliento de la brisa, el acariciar del sol, y nosotros observando desde lo alto y sin que él lo supiera al amigo traidor.
Y mirándolo y admirándolo en toda su inmensidad y esplendor, extendiendo más allá del horizonte aquellas sus aguas azul-frío, ya refulgentes, ya apagadas... misteriosas.
Sí, era de verdad un espectáculo nuestro mar... y entretenido, además. Porque ya fuese a que jugase a jugar o a no jugar, él...
Hasta que súbitamente y junto con el cañonazo de las doce viniendo a revolver el aire y las gaviotas, recordáramos a tiempo no estar en buenos términos con él y dándole precipitadamente la espalda emprendíamos aquel alarmado regreso.
Saltando entre las rocas hasta encontrar cierta determinada y estrecha pendiente, tapizada verde y amarillo de aquel resbaladizo musgo marino llamado luche, nos deslizábamos como montaña rusa hacia abajo. Y una vez tocado playa corríamos acezando de vuelta a las carpas, frente a las cuales Amelia y Rosa, nuestras respectivas niñeras, esperaban sentadas un poco adelante en la arena, conversando y tejiendo de memoria... aunque, tal como lo presumiéramos, ya no sólo inquietas sino bastante irritadas.
—¡De nuevo en las rocas! ¿Que no se los habíamos prohibido? ¡Y no, no lo nieguen...!, que desde aquí mismo los divisamos allá arriba en la punta, hechos unos locos. ¡Un día de éstos se quiebran una pierna!
—¡O se rompen la cabeza! se lo diré a la señora...
A la hora en que ya sea por grupos o en parejas, tomados del brazo o caminando aparte, los elegantes de Santiago así como los distinguidos rezagados de Viña del Mar, iban y venían a lo largo de la playa, cruzándose y saludándose, recruzándose y sonriéndose, pero todos ellos visiblemente disfrutando del aire y del sol... y de aquella tan exclusiva como placentera vida social.
Telón de fondo: palmeras, coches victoria, cocheros amables y caballos relucientes trayendo o esperando a sus felices veraneantes.
Detenidos a la vera de esta procesión de refinada magnificencia y discreta ostentación, los niños aguardábamos pacientes, no por cierto a los tiranos que dejáramos atrás, sino al desfile ante nos de las muchachas de moda y primer baile.
Y entre ellas, por sobre todo ver, con nuestros propios ojos, ver a la más rubia y graciosa, a la más transparente y azul, a la de la nerviosa risa de cristal y de porte alado, a la que muy pronto después fue la primera reina de belleza oficialmente consagrada en nuestra historia de Chile.
Pila, Pilar, o, para ser más exactos: Felicitas Subercaseaux. Quisiera decirte: ¡Cuán pequeño tu título y cetro en nuestro recuerdo, comparado a nuestro verte pasar! Verte pasar era milagro y emoción. Era el pasar de algo inasible, muy querido y muy frágil. Ráfaga de alegría mezclada a eso que uno siente cuando va a llorar...
Razón por la cual, perturbados, comprendiendo apenas lo que nos pasaba dentro, emprendíamos súbita y atropellada carrera hacia el fin del paseo y hasta el último banco en donde aquel viejo señor alemán, siempre solo, acogía gustoso nuestra visita regalándonos helados y barquillos que, alineados junto a él, cual bandada de pajarillos sobre un alambre, saboreábamos a gusto, escuchando apenas sus consejos y raras ocurrencias.
—Niños —nos advertía—, en las horas de bajamar quedan al descubierto, en las rompientes, pintados lechos de delicadas anémonas, pero, ¡ay del que huelle esa alfombra ardiente que devora...!
Un silencio, luego.
—Niños, ¿sabían Uds. que existe una ahogada muy blanca y enteramente desnuda que todos los pescadores de Chile tratan en vano de recoger en sus redes?
—Tal vez una sirena... insinúa tímidamente una de las niñas.
—¡Inocente! ¡Cabeza de chorlito! —reta severo nuestro viejo amigo—. Nada más que una gaviota desmayada que llevan y traen las corrientes del Pacífico —agrega frívolamente.
Reír de todos. Luego calma y el seguir saboreando helados hasta nueva declaración del amigo.
—Niños, Uds. no lo creerán, pero yo conozco las escondidas vetas, las venas comunicantes por donde el océano infiltra sus mareas en la tierra para subir hasta las pupilas de ciertas mujeres que nos miran de pronto con ojos profundamente verdes. ¡Y cuidado hijos! Desconfiar de ellas, que son brujas...
—Pero si mamá tiene los ojos verdes y no es bruja —protesta uno de los niños.
—He dicho que esas mujeres que miran de pronto con ojos demasiado verdes —replica golpeado nuestro viejo señor—. ¿Que no se les ha enseñado a escuchar?
Apenas si empezábamos a disculparnos, cuando he aquí nuestra Amelia y Rosita cayendo jadeantes, y esta vez francamente enojadas, sobre la reunión.
—¡Si ya es el colmo! Arrancarse con tal descaro...
—¡Y nosotras buscándolos como tontas!
Acto seguido, sin miramientos ni explicaciones, fue el tomarnos de un ala para seguir rápida marcha a casa, quejándose y retándonos “todo el camino”.
—¡Y ahora de nuevo atrasados para el almuerzo!
—Y claro, porque a los preciosos se les antoja ir a sentarse con el viejo loco.
Y sacarle tanto helado y barquillos.
—¿Que no les da vergüenza? Pobre caballero. Se lo diré a la señora.
A este momento yo aquí, en Nueva York, siento y caigo en cuenta que me he extraviado en detalles pueriles y ajenos al propósito de la entrevista. Y ante todo que he hablado mal y que no he hecho del todo justicia a nuestro mar.
Porque de noche, ¡oh, sí, nuestro mar es otro ser!
Y entonces, voz y ánimo cambiado, recuerdo y cuento ahora de cómo desde mi casa, allá en el fondo de la calle Montaña, la noche entera percibíamos nítidamente el nacer, alzarse y desplomarse de cada ola, y hasta el suspiro de la espuma que ésta desparramara por las arenas. Un breve silencio hecho de luna, y de nuevo el murmullo del nacer, alzarse y desplomarse de la próxima ola, y de la siguiente, y de la otra...
El mar en verano, el corazón mismo de Viña. Un corazón cuyos latidos podíamos contar.
Luego, más tarde, en medio de la noche, era el pitido orgulloso del expreso de Santiago a Valparaíso, rayo luminoso cortado por entre pueblos y jardines... el temblar de las grandes casas dormidas a ambos lados de la línea...
Sí, oigo todavía ese pasar fantasma del “Nocturno”, marcando para los que no dormíamos la hora exacta de nuestro insomnio y tristeza.
—Tristeza, ¿habla Ud. de tristeza cuando empezaba a convencernos de que pudiera aún existir un pequeño rincón de paraíso?
Esta reacción de parte de mis interlocutores, reacción que no esperaba y que siendo sincera, me conmueve y sobrecoge a la vez.
¿Existe, existe ese rincón del paraíso —me pregunto súbitamente alarmada—, o es que sin darme cuenta, por mero placer poético, he estado propagando una ficción?
Y a mi memoria acuden presurosos mis últimos recuerdos de Viña del Mar.
El casino con sus jardines bien trazados, su golf miniatura, sus iluminaciones, sus salas de juego y de baile, sus comedores y bares y orquestas... y al borde del mar, una que otra mansión convertida en lujoso restaurant.
Y el Hotel O'Higgins, moderno, cosmopolita, eficiente.
Y la plaza, aquel pequeño parque umbrío, despojado de su misterio... ¡pavimentada! Desaparecido el viejo estanque con sus cisnes. Uno de ellos era negro.
Y desaparecida en Miramar la playa en que de niños ahondamos socavones y levantábamos castillos de arena.
Las altas rocas que solíamos escalar, desaparecidas, tragadas ellas también por el mar que avanza ahora triunfante hasta la rambla.
Rambla defensora, y a su largo, ancha vereda práctica, moderna y... desierta.
¡De ayer el Paseo Miramar y su pasear de moda al mediodía! ¡De ayer sus coches tirados por briositos y bien cuidados caballos, trayendo y esperando a sus veraneantes junto a las palmeras!
Pila, Pilar, Felicitas Subercaseaux paseando su belleza e inquietud por otras playas y otros mundos.
Y muerto ya hace mucho, me dijeron, el viejo y solitario señor alemán que nos regalara de helados y barquillos, mientras contándonos de cosas que ahora comprendo no fueran locura sino... poesía.
¿Existe, existe aún ese rincón de paraíso? me pregunto más y más angustiada, mientras afluyen a mi memoria las últimas noticias oídas aquí en Nueva York.
Edificios-departamentos, grandes garajes-modelos y la marea agresiva del turismo...
A este punto de la entrevista no sólo me atemoriza ya la idea de un desmentido al pequeño mundo que acabo de describir, sino la del derrumbe de otro mundo dentro de mi propio corazón.
Fue un silencio, si largo para mis interlocutores, infinito para mí.
Nueva York, 1959
domingo, 18 de octubre de 2026
Breviario de Playa de Miramar, María Luisa Bombal
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