viernes, 11 de junio de 2021

EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR , Alejandro Zambra

 Del libro Tema libre (2018)

El primer ser humano argentino que tuvo alguna influencia en mi vida fue un rubio de veinte años y un metro noventa, al parecer muy bueno para el volley playa, que en el verano de 1991 se comió a mi polola. Fue en el club de yates de El Quisco, en presencia casual de unos compañeros míos del colegio, que luego describieron los hechos, con lujo de detalles, en el diario mural. Ahí empezó mi calvario, pero ahora pienso que fue bueno. Fue bueno, por supuesto, saber. Siempre es mejor saber. Y también fue bueno ocupar tan temprano, a los quince años, y de forma tan pública, el lugar de cornudo. Uno de los momentos más importantes en la vida es cuando nos enteramos de que nos pusieron el gorro. Es necesario pasar por eso, haber estado ahí.

Aprendí mucho esos días –esas semanas, esos meses–, cuando todos se burlaban de mí o me compadecían, que al fin y al cabo es lo mismo. Hubo dos o tres amigos fieles que no mencionaban el tema en mi presencia y que si se burlaban lo hacían con discreción. Y qué importantes son la discreción y el compañerismo. El Hugo Puebla, por ejemplo, para consolarme, me contó el chiste del tipo que vuelve a casa con la cara ensangrentada, cojeando, su mujer le pregunta qué te pasó y él responde que le pegaron entre varios porque lo confundieron con argentino –y por qué no te defendiste, pregunta ella, y él le responde: porque me encanta que les peguen a esos conchas de su madre. Cuando imaginaba a ese argentino metiéndole mano a mi polola me acordaba de ese chiste y me lo contaba a mí mismo de nuevo y lo alargaba indefinidamente, y era un deleite, un antídoto, un soberbio desahogo.

Esos tristes hechos provocaron en mí un prejuicio grande contra los argentinos, contra el volley playa e incluso contra el verano. Por fortuna al año siguiente, en Guanaqueros, conocí a Natalia, una maravillosa porteña menor de edad, lo que en todo caso no era un problema, porque yo también era menor de edad, incluso ella era algunos meses mayor que yo. Nuestro noviazgo –ella lo conceptualizó como un noviazgo– duró, en lo presencial, solamente una semana, pero seguimos un rato por correspondencia. Por entonces estaba de moda El amor después del amor, el disco de Fito Páez. Yo no soportaba –ni soporto– la voz de Páez, pensaba que se reía de la gente, que era una parodia, que nadie que cantara así podía pretender que lo tomaran en serio, pero igual «Tumbas de la gloria» me emocionaba un poco y también me gustaban otras tres o cuatro canciones del casete –cuando ella me preguntó, por supuesto le dije que me gustaba entero, que era un discazo, y entonces sacó un fascinante aparato que permitía que ambos conectáramos simultáneamente nuestros audífonos a su walkman.

El casete sonaba y sonaba, porque el walkman era autoreverse. La canción que menos me gustaba era justo la que le daba título al disco. Me parecía –y me sigue pareciendo– espantosa, pero qué remedio, a ella le gustaba, y la aprendimos de memoria, y hasta analizamos la letra: «El amor después / del amor tal vez / se parezca a este rasho de sol.» En realidad no había mucho que analizar, la canción era simplemente mala, pero Natalia me explicaba que había otra etapa en las parejas, una etapa en que dejaban de amarse y empezaba algo que no era amor pero que era el amor después del amor, y yo me imaginaba a un matrimonio de ancianos cantándola y tratando de tirar y me partía de la risa.

La Nati –no le gustaba que le dijeran así, sus amigas decían Nata, como esa lámina asquerosa que cubre la leche caliente– volvió a Buenos Aires y comenzamos a cartearnos al tiro. Yo le escribía cartas largas y dramáticas en que le hablaba de Santiago, de mi familia, de mi barrio, y ella me contestaba con perfectas redacción y ortografía (yo valoraba mucho eso) y hasta con unos dibujos muy bien hechos y algún detalle como perfume, o mechones de su pelo medio rubio, o pedazos de uñas pintadas, e incluso, pero solo una vez, cinco gotitas de sangre. Le pedía que me describiera Buenos Aires y ella respondía, con gracia, que Buenos Aires era como todas las ciudades del mundo, pero un poco más hermosa y bastante más fea. Para bien y para mal, mi educación sentimental les debe bastante a esas cartas, que de pronto ella, muy razonablemente, dejó de contestar, aunque yo seguí escribiéndole durante un tiempo, porque en esos años mi rasgo principal era la persistencia.

Al verano siguiente mis padres armaron unas vacaciones en Frutillar e invitaron a Luciano, un viejo amigo trasandino. Alojábamos en dos cabañas, una muy grande donde dormían mis padres, mis tres hermanas y la Mirtita, que era la hija de Luciano, y en la otra nos quedábamos él y yo, aunque yo dormía poco, porque estaba deprimido, aunque en ese tiempo no lo sabía y tardé una eternidad en darme cuenta, estuve deprimido tantos años, mi adolescencia entera y la primera parte de mi juventud, y si lo hubiera sabido todo habría sido tan distinto, pienso, por la rechucha.

El día anterior al viaje le había encargado a mi mami, que trabajaba en el centro, que me comprara una antología del poeta Jorge Teillier, y ella se había confundido y me había comprado un libro de cuentos de Jaime Collyer, así que no me quedaba más remedio que leerlo. En la cama de al lado Luciano fumaba, tomaba whisky, miraba el Festival de Viña, se rascaba violentamente la mejilla izquierda y más encima me conversaba –«seguí leyendo, no me contestés», me decía, pero luego lanzaba alguna observación que se convertía en pregunta, y yo en efecto, obedientemente, no le contestaba, pero él igual esperaba una respuesta, y entonces yo decía una frase corta y eso a él le bastaba, me lo agradecía, hasta que se quedaba dormido con el vaso perfectamente equilibrado en el pecho, como si todos los días de su vida se hubiera dormido con un vaso de whisky a medio terminar en el pecho. Luciano era gordo, de tez rojiza y casi completamente calvo, como creo que son todos los argentinos a contar de cierta edad. Y aunque después me porté tan mal con él, debo decir que en ese momento me pareció una persona agradable.

Entonces mi padre andaba obsesionado con la pesca con mosca, y cuando no estaba pescando se dedicaba a ensayar en el césped sus lanzamientos, trataba obsesivamente de perfeccionar la técnica (había algo inquietante en la imagen, una cierta proximidad con la locura, por supuesto). Luciano era, en teoría, su socio, su amigote, pero se aburría casi de inmediato, así que a veces, en realidad casi siempre, se iba con mi mamá y las niñas al lago, o jugaba conmigo a la pelota o me acompañaba en mis caminatas. Un día pasamos por una escuálida feria, en la Plaza de Armas, donde vendían algunos libros de la editorial Planeta. Todos los argentinos que conocí luego son grandes lectores, se diría que se pasan todo el tiempo leyendo, aunque también parece que se dedicaran exclusivamente a tomar mate o a ver el fútbol o a escribir columnas de opinión. A Luciano, en cambio, no le gustaba leer: miraba los libros de lejos, con desconfianza, como proyectando un futuro aburrimiento, y esbozaba una semisonrisa prudente, como en una celebración callada de la no lectura. A mí me gustaba leer más que nada poesía, era raro que leyera novelas, pero ese verano tenía ganas de leer novelas, y elegí tres, más o menos al azar. Luciano insistió en pagar mis libros, cosa que quiero ahora agradecer públicamente, y se disponía a pagar la novela que con desgano o más bien dicho con falso entusiasmo había elegido, pero a último minuto se arrepintió. «A quién quiero engañar, boludo, si no la voy a leer nunca», me dijo, con total y contagiosa alegría.

Esa noche salí buscando diversión, pero en la discoteca bailaban una música funesta, así que me volví enseguida, dispuesto a terminar el libro de Collyer, que me estaba gustando. Pensé que Luciano seguiría en la otra cabaña jugando con mis papás al carioca o al poto sucio o al dominó, pero ya estaba instalado en su cama dándole al whisky y devorando uno de esos extraordinarios kúchenes de cerezas que horneaba la dueña de las cabañas. Comí yo también un trozo y probé el whisky. Fue mi debut oficial en el whisky. Ya había paladeado unos conchitos cuando me levantaba a sacarle a Luciano el vaso del pecho, pero esta vez él me sirvió, con temblorosa solemnidad, una dosis doble o triple, y hasta me preguntó con cuántos hielos lo quería (cinco). Era un J&B rasposo, medio terrible, pero estuve a la altura.

A la noche siguiente ya derechamente nos pusimos a tomar, y a la cuarta o quinta jornada de complicidad masculina, como él no hacía más que hablarme de mujeres que le gustaban, le conté la historia de su compatriota Natalia. En un punto me pidió que se la describiera físicamente. La verdad es que yo nunca había estado en situación de describirla, Nati era tan hermosa que había decidido no contarle a nadie sobre ella, porque sabía que nadie me creería, y además porque pensaba que no era necesario describir a una argentina, que ya estaba todo implícito en la palabra argentina, o que solo había que describirla si se salía de la norma, es decir, si la argentina no era despampanante. Igual traté de describirla, y creo que fui, en algún grado, persuasivo.

«¿Y, te la vacunaste?», me preguntó Luciano. A mí me dio risa la expresión. Y bueno, loco, no me la había vacunado, pero mentí, le dije que sí. No me di cuenta de que Luciano pensaba que yo solapada o descaradamente hablaba de su hija Mirtita, que era dos años menor que yo, rubiecita, delgada y bastante linda, pero no me gustaba, su belleza era medio rutinaria. Me costaba creer que Luciano pensara que hablaba de su hija. Lancé una risita nerviosa que él consideró una risotota cínica, y ahí quedó la cagada, porque se abalanzó sobre mí y no me quedó otra que aplicar mi rudimentario método de defensa personal, que básicamente consistía en pegarle un rodillazo en los cocos, y mientras se retorcía en el suelo me gritó que siempre había tenido ganas de vacunarse a mi mamá.

Me pareció tonto, me pareció que Luciano era como un niño, que estaba compitiendo, y recordé un diálogo inge nioso en el colegio, cuando González Barría le dijo a González Martínez la frase «me voy a culiar a tu hermana» y González Martínez respondió triunfalmente «no tengo hermana», pero González Barría contraatacó muy rápido con esta abominable salida: «Anoche, con tu mamá, te hicimos una.» Bueno, es horrenda la historia, pero a mí no dejaba de hacerme gracia la rapidez de González Barría, y había sido tanto el ingenio que González Martínez ni si quiera se enojó, y hasta se palmotearon la espalda mutuamente, y al acordarme de todo eso casi me vino un verdadero ataque de risa, pero no era el momento adecuado para esas evocaciones, pues mientras yo más reía mi roomie más gritaba, y lo que sigue es confuso, porque ahora estaban todos, incluso las niñas y mis padres, en la habitación, gritando, era un verdadero desastre/quilombo, y no recuerdo cómo terminó la noche, pero al otro día el grupo se disolvió y los chilenos dormimos en una cabaña y los argentinos en otra, y mis tres hermanas me culparon, y solo mi madre me defendió y mi papá me dijo que era el último verano que yo pasaba con la familia, lo que absolutamente desde todo punto de vista era para mí una buena noticia.

Tres años después mis padres se separaron. Fue terrible. O durante un tiempo me pareció terrible. En diversos momentos de la infancia, mi padre nos llamaba a mis hermanas y a mí, se ponía muy serio y nos decía que con mi mamá habían decidido separarse y teníamos que elegir si nos íbamos con él o nos quedábamos con ella. Era una broma muy cruel, pero casi una tradición familiar, que él disfrutaba a sus anchas, porque siempre conseguía que termináramos creyéndole, era muy dramático y elocuente, y mi mamá después lo retaba, pero él se reía muchísimo, quizás estaba drogado o algo. Por eso, tantos años después, cuando me comunicaron la noticia de la verdadera separación, pensé que era broma, y tuvieron que explicarme muchas veces que no, que ahora sí era cierto. Lloré un poco, dos dedos de lágrimas. Dos dedos de lágrimas con cinco hielos. Más tarde, más calmado, cuando no había otra opción que aceptarlo, pensé que era tardío. Pensé algo ambiguo. Algo como: ah, están vivos. Me parecía innecesario. Tenían que quedarse juntos y ya. Pero ellos querían existir y tomar decisiones y cambiar lo todo. Insistían en existir.

A los pocos meses me enteré, de la peor manera, de que mi mamá tenía un pololo. Es difícil ser el hijo de una mujer tan llena de talentos y de pechos. Maldigo el día en que me destetaron, a los veinticinco meses de edad, hasta entonces estaba todo tan bien, ahí empezó toda esta porquería. Y una tarde esa mujer tan fabulosa y tan llena de lunares en las piernas me invita a tomar once. ¡A tomar once en nuestra propia casa! Sospechoso. Ven mañana a tomar once, me dijo, me llamó. ¡Por teléfono! Se consiguió el número de mi polola (chilena), pidió hablar conmigo, mi vieja estaba nerviosa, yo la conozco. Como a qué hora, le pregunté, haciéndome el tentativo. Era a las seis, siempre era a las seis. Yo sabía la respuesta, pero igual me dolió la guata cuando me dijo: a las seis. Ese día me desperté a las diez y tanto y decidí quedarme en pijama, atrincherado, leyendo a Antonio Cisneros y tomando desesperadas cocacolas. Como a las cinco y media lo sentí llegar. Y quizás aquí viene una nueva lección. Quizás todos deberíamos alguna vez ver a nuestra madre darse besos y manosearse y frotarse con alguien que no es el papá de uno (ni uno). Pero igual fue demasiado fuerte verla con ese. Con Luciano, che, sí. Más gordo, más rojo, más pelado. Yo no podía creerlo. Ese hombre me había agredido, era un alcohólico, un adicto al kuchen de cerezas, un roncador profesional, y encima no leía. ¡No leía! ¡Un argentino que no leía, por qué, mamá! Y ni siquiera tomaba mate, pasaba el día a puros cafecitos.

Traté de inhalar y exhalar y todo eso, pero qué confusión al mirarlos por la ventana de mi pieza: mis hermanas con sus sibilinos novios, mi madre tomada de un regordete y venoso y rojizo brazo argentino, y vamos fumando y tomando pichunchos bajo el mismo parrón donde de niños correteábamos a nuestros perros y gatos y conejos, ahora enterrados, todos, junto a las buganvilias del jardín. Me acerqué. Me sentía muy fuera de este mundo, pero tenía que encarar a Luciano. Ni a mis hermanas ni a los sibilinos los miré. Pero miré a mi mamá con amor callado: seguía en silencio, su carita temblaba. Y después miré a Luciano a los ojos y le dije con toda la rabia, con todo el corazón, con el odio vivo, y una lágrima turbia y caliente y nerudiana en la mejilla, el que entonces me pareció el garabato final, el insulto más serio, terrible, hiriente e irrevocable, la peor palabrota propinada jamás: argentino.

Inmediatamente decidí irme lo más lejos que pude: a la casa de mi papá. Pobre hombre solo, mi padre, qué falta de imaginación: lo único que hacía era hablarme de fútbol chileno, que es un deporte que juegan casi puros argentinos, con uno que otro chileno de colado, generalmente en la banca. En vez de odiar a los argentinos mi papá los quería. Qué lejos estaba del hombre valiente que aterrorizaba a sus hijos con las periódicas alarmas de separación.

Al tiempo supe que mi mamá se iba a Buenos Aires. Me llamó para despedirse, pero yo no quise hablar con ella. Luego me arrepentí, pero era muy tarde. Y empezamos a escribirnos. Me mandaba unas cartas hermosas pero sin perfume ni mechones de cabello ni uñas ni gotas de sangre. Me daba consejos sobre las dosis de los medicamentos, sabía mucho de eso. Y siempre me pedía que usara la plaquita para el bruxismo. Y me invitaba a Buenos Aires, me decía que podía estudiar allá (pero yo no quería estudiar, nunca he querido estudiar). Yo le contestaba mensajes cada vez menos parcos. Me dejaba querer.

Poco a poco se fue sabiendo la historia de mi mamá y Luciano. Una historia de amor larga, radiante, internacional. Seria. Una historia seria. Se conocieron en los sesenta y cualquiera se enamora a fondo con tanta buena música. Efectivamente alguna vez Luciano había cortejado a mi mamá. Y ella lo había dejado para emprender su vida chilena convencional. Y empezó a tener hijos, mis hermanas, yo, perdió un poquito la línea con tantas transformaciones, pero siguió estupenda, enérgica, inteligente y divertida. Luciano también se casó y se convirtió en el papá de Mirtita, pero sufriendo. Él todo lo hizo sufriendo. Mi mamá olvidaba, él no. Y después, por algo que parecía azar pero que de azar no tenía una gota, Luciano y mi papá se conocieron y se hicieron amigos. Realmente amigos. Y era una manera de llegar a ella. Pero no era un plan maquiavélico, nunca intentó nada en esos años. Los conflictos entre mi padre y Luciano surgieron mucho después, digamos que por culpa mía, cuando le conté a mi papá que su amigo siempre había querido coger con mi mami. Eso los distanció. Tampoco es que mis padres terminaran por eso. Igual, cuando Luciano supo de la separación esperó un plazo prudente antes de presentar sus credenciales.

Ya entendía la historia, pero igual me costaba aceptar el amor de Luciano y mi mamá. Supongo que todo cambió una madrugada en que iba yo curado como tagua en el auto de mi papá y me salió la famosa canción y me acordé de Nati, de Nata, y me puse a cantar a voz en cuello, con evangélico entusiasmo, esa letra lamentable del amor después del amor. En la esencia de las almas. En la ausencia del amor. Para mí que es el amor después del amor. Y nadie puede, nadie debe, vivir (¡vivir!) sin amor. Mi mami y Luciano, el amor después del amor se parece a este rayo de sol.

¿Cuánto se habrá demorado Fito Páez en escribir esa letra? ¿Cinco minutos? ¿Diez segundos? ¿O nunca la escribió y cuando había que llenar la música le dijeron «algo tenés que cantar, flaco», y él dijo lo primero que se le vino a la cabeza? Tiene otras canciones buenas, pero esa... Una llave por otra llave y esa llave es amor. Y puede que la canción sea muy mala pero dice una verdad del porte de un buque, pensé en el auto aquella noche. Y recuerdo que cuando pensé eso acababa de comerme un completo delicioso, pero no consigo recordar si fue en una Shell o una Copec. Y después vomité en el manubrio, creo.

Esa misma semana traté de vender todos los libros que tenía en casa, pero no eran muchos, no me alcanzaba para el pasaje. Cuando mi mamá supo que yo de verdad quería ir convenció a Luciano para que me lo pagara. Conversé con harta gente en el avión, fueron todos muy amables. Al verme mi mamá abrió los brazos como haciendo yoga y se echó a llorar y me explicaba todo. En sus frases había un tinte fronterizo, de pronto sonaba casi como argentina. Me fijé en que duplicaba el complemento directo en casos como yo lo vi a tu padre desnudo y sentí asco o yo la encontré a la perra pero me mordió. En su habla la preeminencia del pretérito perfecto simple por sobre la forma compuesta era absoluta. En cuanto a mi relación con Luciano, poco a poco nos fuimos acercando, y ahora no sé qué sería de mí sin su compañía, sin su comprensión.

Me fui quedando con ellos, hasta que me propusieron que viviera permanentemente acá. Y no fueron ellos quienes me convencieron, yo mismo decidí convertirme en argentino.

Ser argentino tiene muchas ventajas. Para qué hablar de música o de fútbol (ahora sí que me gusta). Ser argentino te permite algo muy valioso: no ser chileno. ¿Qué más se puede pedir? Acá hay educación gratuita. Y no importan los apellidos, somos todos inmigrantes. Y a nadie le parece escandaloso que cambies de opinión a cada rato. Y nadie cree en Dios, por lo tanto nadie cree en el Diablo. Y a mí no me gustan los hombres (creo), pero me reconforta saber que si me empiezan a gustar hasta me podría casar con algún chabón.

Me gusta este país, me quedaría acá para siempre. En cada esquina descubro que es cierto lo que decía la Natalia, Nati, Nata querida: dondequiera que estés, sí, Buenos Aires es como todas las ciudades del mundo pero un poco más hermosa y bastante más fea. Y claro que quiero a mi papá. De vez en cuando lo llamo, está mejor, lo pasa bien en Chile. Pero también lo quiero a Luciano, le hago el aguante. Los domingos vamos a la cancha y después a lo de Mazzini a tomar unas birras. A veces le digo te estás garchando a mi vieja, pelado, te voy a romper el orto, y él se ríe, es un groso.

miércoles, 9 de junio de 2021

Alguien que oye voces a través de las voces

Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces. Se mete en la cama y de pronto esas voces lo obligan a levantarse, a buscar una hoja de papel y escribir tres o cuatro líneas, o tan sólo un par de adjetivos o el nombre de una planta. Esas características, y unas cuantas más, hacen que su vida mantenga una notable semejanza con la de los dementes, lo que para nada lo angustia; agradece, por el contrario, a las Musas el haberle transmitido esas voces sin las cuales se sentiría perdido. Con ellas va trazando el mapa de su vida. Sabe que cuando ya no pueda hacerlo le llegará la muerte, no la definitiva sino la muerte en vida, el silencio, la hibernación, la parálisis, lo que es infinitamente peor. Sergio Pitol

Leila Guerriero: el taller

 Ellos vienen, y vienen otra vez, y vuelven a venir.

A veces les digo que miren fotos -de Alessandra Sanguinetti o de Sergio Larraín-, o les leo un poema y les digo escuchen, escuchen la economía pavorosa de estos versos, y ellos escuchan y me miran y se quedan mudos, y yo me pregunto si estarán extasiados o preguntándose si no me he vuelto loca hablándoles de esas cosas en un taller de periodismo.

A veces les traigo una foto, una foto cualquiera, una foto que encontré en el mercado de pulgas o por ahí, y que me llamó la atención vaya uno a saber por qué, y les digo escriban sobre esta foto, y ellos se van y escriben y vuelven el lunes siguiente y traen unos textos magnéticos, espesos, inesperados.

A veces miramos el trozo de una película, y entonces les digo fíjense la voz en off, el fundido a negro, la introducción de los personajes, el manejo de la polifonía, la estructura circular, y ellos ven y escuchan y a veces se quedan mudos, y yo vuelvo a preguntarme si estarán extasiados o preguntándose si no me he vuelto loca.

A veces les leo cosas. Cositas. Algo que encontré en un diario, un poema antiguo, el arranque de una novela o de una carta, y les digo miren, miren, escuchen la eficacia de esta enumeración, vean cómo la frase se detiene al borde del abismo, a punto de romperse, y no se cae, y no se rompe. Les digo esas cosas porque es como si los llamara para ver aparecer la tierra nueva, un barco, un pájaro magnífico, y ellos vienen, y ven.

A veces, después de que leen sus textos en voz alta, se produce un silencio como una inspiración, y puedo ver sus cerebros trabajando, preguntándose: qué tengo que decir, qué es lo que honestamente pienso. A veces, por un segundo, cuando terminan de leer sus textos en voz alta, creo que van a aplaudir o a llorar, o a saltar sobre las sillas. Pero después nunca pasa nada.

Hacemos chistes internos, hablamos de cosas que sólo entendemos nosotros: eso quiere decir que tenemos una historia.

Algunos vienen desde hace mucho. Meses, años. Pero yo sé poco de sus vidas. Sé lo que dejan ver. Nunca he preguntado y ellos no preguntan. Así es como somos. Así es como hacemos las cosas.

Cuando se despiden, en la puerta de mi casa, me pregunto dónde van, de dónde vienen, quiénes son esos fantasmas suaves.

Sé que piensan de mí cosas que no son verdad.

Tienen voces diversas, estilos diferentes: un ritmo largo, sincopado, que inunda los oídos con una música compleja; una elegante amargura construida con frases como tajos. Algunos guardan un universo y todavía no se dan cuenta. A veces alguien trae un texto que, de tan bueno, da envidia, y entonces yo le digo: "Me da envidia".

Celebramos cuando a alguien le ha ido bien en el trabajo, cuando ha publicado algo que le gusta, cuando se ha ganado un premio. No celebramos cumpleaños, bodas, hijos: celebramos lo que proviene de nuestra caza y de nuestra recolección.

Todos tienen trabajos, ocupaciones, familias, días de trajín, pero llegan acá, a la sala de mi casa, y se sientan, y leen, y escuchan, y dan sus opiniones con espíritu de príncipes honestos: sin herir.

A veces se suma algún integrante nuevo y entonces hay que deselectrificar el campo, quitar la tension, decir está bien, tranquilos, es uno de los nuestros, pero, cada vez, puedo sentir cómo se tensan sus columnas, cómo se preguntan: ¿estará bien entre nosotros? Casi siempre está bien.

A veces, en lo que escriben destella una frase como un rayo de luz o de verdad, y entonces la recortarmos, la exhibimos, la apreciamos entre todos como si fuera lo que es: una hermosa criatura, un ser poderoso que ha llegado a la Tierra.

Quizás es cierto: quizás nada puede enseñarse. Pero ellos escriben, vienen, leen, se van, vuelven a escribir. Después de todo, no hacemos cosas diferentes a las que se han hecho toda la vida: salimos a cazar, traemos nuestras presas, las exhibimos, nos aguantamos cuando las piezas no son tan buenas.

Cuando todo termina no siempre hay sonrisas. Pero nos miramos las caras y sabemos que hicimos lo que había que hacer.

Federico Bianchini, sobre la crónica

 Le pillé una entrevista a Federico Bianchini, ganador del Nuevas Plumas y editor de Anfibia, y decía algo muy bello sobre la crónica que quiero copiar acá, para no olvidarlo.

"Hay historia cuando la lectura fluye y uno no se para a pensar en alguna palabra que sale de registro o cómo estará vestido un personaje. Ni tampoco qué fue, exactamente, lo que pasó en la escena que acaba de leer. Aunque parezca un contrasentido, el cronista trabaja con detenimiento sobre las palabras para que, frente al lector, éstas desaparezcan. El lector no debe ver letras sobre una hoja, sino personajes actuando. Escuchar esas voces que discuten entre sus ojos y el papel, para terminar recreando una historia".

martes, 1 de junio de 2021

Caracteres, palabras, libros

Las Heridas tiene 65 páginas de word, 18.287 palabras, 101.055 caracteres.
Quiltras CL tiene 52 páginas de word, 17.815 palabras, 96.845 caracteres.
Quiltras SP (sin Gaby) tiene 23.540 palabras y 127.644 caracteres.
Telepunga: 21.384 palabras, 117.710 caracteres con espacios.

jueves, 20 de mayo de 2021

Apuntes de "Reportaje al pie de la horca", de Julius Fucik

"La celda 267 canta. Si canté toda mi vida, no sé por qué habría de dejar de cantar ahora, precisamente al final, cuando la vida es más intensa. ¿Y el padrecito Pesek? ¡Oh, es un caso excepcional! Canta con el corazón. No tiene ni oído ni memoria musical ni voz, pero adora el canto con tan bello y abnegado amor y encuentra en él tanta alegría que casi no percibo cuando se desliza de una tonalidad a otra e insiste testarudamente en un do aunque el oído reclame un la. Y así, cantamos cuando la nostalgia trata de invadirnos; cantamos cuando el día es alegre; con nuestro canto acompañamos al camarada que se marcha y a quien quizá no volveremos a ver nunca más; cantando recibimos las buenas noticias del frente oriental; cantamos en busca de consuelo y cantamos de alegría, tal y como los hombres han cantado siempre y como seguirán cantando mientras existan".


"No hay vida sin canto, como no hay vida sin sol. Por consiguiente, nosotros necesitamos doblemente el canto, ya que el sol no llega hasta aquí. La 267 es una celda orientada hacia el norte. Sólo en los meses de verano, y durante algunos instantes, el sol dibuja, antes de ocultarse, la sombra de los barrotes en la pared. Durante esos instantes, el padre, puesto de pie y apoyado en el camastro, sigue con sus ojos esa fugaz visita del sol... Y ésa es la mirada más triste que se pueda encontrar aquí".

"Un cobarde pierde algo más que su vida. Él ha perdido. Es un desertor del ejército glorioso y merece el desprecio del más ruin de sus enemigos. Y aunque viviese, no viviría ya, porque se ha excluido de la
colectividad. Más tarde intentó corregir algunas cosas, pero jamás pudo ganar la confianza de los compañeros. Esto es más terrible en la prisión que en cualquier otra parte".

"Sólo pido una cosa: los que sobrevivís a esta época no olvidéis. No olvidéis ni a los buenos ni a los malos. Reunid con paciencia los testimonios de los que han caído por sí y por vosotros. Un día, el hoy pertenecerá al pasado y se hablará de una gran época y de los héroes anónimos que han hecho historia. Quisiera que todo el mundo supiese que no ha habido héroes anónimos. Eran personas con su nombre, su rostro, sus deseos y sus esperanzas y el dolor del último de los últimos no ha sido menor que el del primero, cuyo nombre perdura. Yo quisiera que todos ellos estuviesen cerca de vosotros, como miembros de vuestra familia, como vosotros mismos".

Todas las noches canto para ella una canción que le gustaba: se habla allí sobre la hierba azulada de la estepa, llena de leyendas de combates guerrilleros; sobre la cosaca que, al lado de los hombres, luchaba valerosamente por conquistar la libertad hasta que en un combate: “yey podniatsia s zemli nieprislos”. “Vot, moi druzok boievoi". ¡Cuánta fuerza encierra esta fina criatura de trazos firmemente esculpidos y con grandes ojos de niña, llenos de ternura! La lucha y las continuas separaciones han hecho de nosotros dos amantes eternos, que no sólo una, sino cien veces en la vida han vivido los momentos ardorosos de las primeras caricias y de los primeros abrazos. Y sin embargo, nuestros corazones latían siempre al unísono y nuestro aliento era el mismo en las horas de felicidad y en las horas de angustia, excitación y tristeza. Durante años hemos trabajado juntos y nos hemos ayudado como sólo los camaradas saben hacerlo. Durante años ella fue mi primer lector y crítico y me era difícil escribir sin sentir sobre mí su cariñosa mirada; durante años hemos participado, uno al lado del otro, en frecuentes luchas y durante años hemos vagado, cogidos de la mano, por los lugares preferidos. Hemos conocido muchas dificultades y hemos vivido muchas y grandes alegrías, porque nosotros éramos ricos, ricos como son los pobres. Con esa riqueza que está en el interior".

"Pero eran búsquedas en un bosque intrincado. Oíamos una voz, la seguíamos y cuando estábamos a punto de darle alcance se hacía oír exactamente en el lado opuesto. La dura pérdida enseñó a todo el Partido a ser más prudente, más vigilante. Dos miembros del aparato central del Partido que quisieran encontrarse tenían que aparecer completamente diáfanos a través del sinfín de obstáculos y sondeos mutuos de los interesados y de los encargados de establecer el contacto. Era tanto más complicado, porque yo ignoraba quién estaba al otro lado y el otro desconocía a quién estaba buscando".

Librazo. Julius Fucik escribe con una sensibilidad que a una se le aprieta la guata. Perfecto en su estructura, exquisito en su prosa y admirable en su moral. Un manual de humanismo muy bien escrito. Una crónica a la altura de las de Gabriel García Márquez y Juan Cristóbal Peña. Lo recomiendo al infinito.

jueves, 13 de mayo de 2021

"Amar al padre", Margarita Garcia Robayo

Uno 

Lo primero fue la piel de mi papá.
Era blanda y era tibia, y era color marrón claro —como de blanco curtido o de negro desteñido—. Recuerdo que me daban ganas de hundir las yemas de los dedos en su cara y después metérmelas en la boca para ver a qué sabía. Mi papá tenía la misma piel que yo tengo ahora: delgada como el papel de arroz, hipersensible al frío y al calor. Y al sol, sobre todo al sol. De chica me gustaba pensar que mi papá y yo teníamos pieles de vampiros. De chica me levantaba de noche y me metía en el cuarto de ellos con el sigilo de un insecto. Me paraba a su lado y lo miraba dormir, estiraba los dedos para tocar su cara pálida, pero no lo hacía porque temía despertarlo. Entonces tocaba mi propia cara pálida y me lamía los dedos pero no sabían a nada.
A la mañana, antes de irnos al colegio, mis hermanos y yo —medios cuerpos echados sobre la mesa de la cocina—, retozábamos mientras mi mamá revolvía huevos en un sartén. Mi papá entraba recién bañado —oloroso a colonia y al primer cigarrillo— y nos besaba en la frente: uno, dos, tres, cuatro, cinco besos en cinco frentes de cinco niños engendrados por él. Mi secreto era un guiño de ojo que me hacía al final del recorrido: tú y yo somos distintos, pero no se lo cuentes a nadie. Mi papá nos besaba a todos, pero nadie besaba a mi papá. Ni siquiera mi mamá. Aunque besarlo a él era obedecer una orden de ella: vayan a saludar a su papá, o vayan a despedirse de su papá, o su papá cumple años, ¿ya le dieron un beso? Uno no lo besaba así porque sí, en un arrebato. Él era un señor serio y mayor: a mi mamá le llevaba diecinueve años y a mí me llevaba cincuenta y dos. Mi mamá siempre lo trató con la veneración de una sierva, más que de una esposa —incluso caribeña—.
Una vez, estando muy chica, tuve una alucinación. Durante años dudé si era cierto o no y, por suerte, me decidí por lo segundo. Entré al cuarto de mis padres y encontré a mi mamá arrodillada frente a mi papá, que ocupaba su sillón amplio y mullido de cara al televisor, de espaldas a la puerta. Pensé que le estaba rezando y me asusté: solo se le reza a los muertos. Ella me miró con cara de terror, se levantó del piso, gritando. Me agarró fuerte de un brazo, me sacó del cuarto y cerró la puerta. Quedamos las dos solas en medio del hall oscuro y polvoriento, decenas de libros poblando las paredes, lágrimas que me corrían calientes por la cara. Ella se agachó, me tomó por los hombros: «Nunca más entres sin tocar». Tenía la cara sudada, los ojos muy rojos, la respiración de un toro furioso. Tenía un aliento salado y amoníaco.
Ahí, en la fantasía del olor de mi papá en su boca  —o sea mi olor y el de todos mis hermanos y el de ella misma después de haberse llenado tantas veces de él—, debió empezar oficialmente nuestra competencia. Y se encarnizó cuando yo aprendí a leer y mi papá aprendió el vicio de elegirme los libros. Los sacaba de su biblioteca, me los llevaba a la mesita de luz: «Este te va a gustar». A mí me sorprendía que supiera que me iba a gustar un libro en detrimento de otros libros. Aceptaba todos y pedía más: «Ya terminé, dame otro». Él se reía pasito y descansaba su mano pesada y nicotinada, sobre mi cabeza: «Mi niña chiquita sabe leer».
Sabía. Y lo hacía obsesivamente: buscaba en los libros, como en las sopas de letras, mensajes escondidos; subrayaba en vertical, en diagonal, armaba frases a las que atribuía sentidos disparatados: eran cosas que mi papá quería decirme pero no podía.
Mi mamá también sabía leer, pero sobre todo a Corín Tellado. Supe desde muy temprano que las novelas de Corín no te dejaban bien parada delante de mi papá. ¿Qué te dejaba bien parada delante de mi papá? El diccionario. Así fue como aprendí a meter en frases banales la palabra onomatopeya y la palabra tautología y la palabra emancipar. Los grandes se sorprendían, me miraban perplejos. Mi mamá se avergonzaba, escondía la cara entre las manos y sacudía la cabeza. Después me miraba con miedo, como si yo fuera un Gremlin a punto de saltarle al cuello y sacarle un bocado de garganta. Pero a mí no me importaba, porque mi papá, en cambio, se esponjaba como un pavorreal y decía: «Mi niña chiquita sabe hablar».
Me hice una pequeña genio ante sus ojos, una lectora voraz solo de sus libros, me hice una niña vieja para estar más cerca de él. Los demás no me importaban: mi mamá, mis hermanos, la muchacha del servicio, el perro, las paredes, las calles del barrio, el colegio, los carros de la ciudad, el horizonte después el mar, las murallas y el cielo. Todo era un decorado necesario para que él y yo, y nuestro secreto expresado en guiños matutinos, nos mantuviéramos a salvo.

Dos

Yo soy un dibujo enmarcado que cuelga de la pared de una casa grande, donde unos animales raros caminan por los pasillos: la gallina azul del caldo Maggi y un canguro enano que come plátanos. Un hombre que es mi padre, pero con la cara de otro, me mira desde afuera y yo trato de saludarlo, pero no puedo porque soy un dibujo. El hombre se baja la bragueta, se frota y se viene con un chorro potente que se estrella en el dibujo como en un cuadro de Pollock; el hombre se acerca y restriega la mano empegostada sobre su nueva obra: «Mi semilla es tuya».
Yo soy yo y mi papá es él, tal cual. Y me enseña a flotar en un lago color violeta. Mi espalda descansa relajada sobre la superficie, porque sus manos me sostienen por debajo del agua. Mis ojos se fijan en sus ojos, que en el reflejo son los mismos. Él me dice no te muevas, concéntrate, y que me va a sacar las manos de la espalda. Le pido que no me suelte, pero él me suelta y me hundo, me ahogo, me muero y resucito. Salgo del agua disparada como un cohete, llegó al cielo y encuentro un meteorito: lo lanzo al lago violeta, donde mi papá sostiene por la espalda a una niña igual a mí. Todo vuela en pedazos.
Yo soy mi padre, pero soy mujer. Mi padre es mi hijo: un bebé hermoso al que amamanto por el pene.

Lo segundo fueron los sueños.
A los once, doce años, mis sueños eran el banquete de un psicoanalista. A los trece todo cambió. Empezó una noche que me había acostado con dolor de barriga y mi mamá me preparó un té de miel que me hizo dormir. Soñé que paría un sapo gordo y baboso que, mientras lo expulsaba, iba mordisqueando las paredes internas de mi vientre y el dolor no se parecía a ningún dolor previo. El sapo no quería salir, se aferraba con colmillos filosos a mis entrañas —había leído la palabra entraña, por accidente, en una novelita de Corín— y yo pedía auxilio con gritos desesperados y mudos. Me levanté a la madrugada bañada en un líquido oscuro que era mi sangre. Fui al baño del pasillo, me lavé y me cambié y salí de vuelta para encontrarme de frente con mi papá, sobresaltado: ¿Qué pasó? Nada. Oí ruidos. Fui al baño. ¿Qué te pasa, estás bien? Ya estaba limpia, pero me sentía sucia. Pensé que el bulto de papel que me había puesto para contener la sangre se había mojado tanto que goteaba. No fui capaz de mirar el piso, me imaginé parada sobre un charco rojo que avanzaba por las baldosas del pasillo hasta cubrir todo el piso de la casa, y salía a la vereda por debajo de la puerta, y se desbordaba por las calles del barrio en un arroyo incontenible: se llevaba por delante casas, carros, edificios.
Me pareció ver en la cara de mi papá una mueca de asco que me hizo agachar la cabeza, primero de vergüenza, después de rabia. Entonces apareció mi mamá, traía un vaso de leche y una pastilla: me tomó del brazo, me acompañó a la cama. Ya había puesto sábanas nuevas, olorosas a Woolite. Me arropó y no dijo una palabra.

Tres

Lo tercero fueron los besos de otros hombres: besos húmedos, espesos y nada dulces —como mienten las canciones—. Fue una época marcada por la saliva ajena. Un momento de tránsito que debía soportar en pos de un futuro que prometía saciarme de placeres. No sé de dónde había sacado eso, pero estaba convencida.
Mi mundo previo a los besos era algo así: chicas que odiaba, porque lloraban por chicos que eructaban en público y recibían ovaciones; chicos que odiaba porque sufrían en silencio por chicas que los miraban como plastas y se reían de ellos en su cara. Un espejo redondo que me hacía redonda. Y un cielo raso agrietado, mi único amigo: gastaba buena parte del día echada en la cama, boca arriba, mascando chicle, largando gruñidos.
Una noche abandoné el cielo raso y me fui a una fiesta de quince. Ahí, entre esculturas de hielo seco, comenzó mi colección de novios grandes: se llamaba R, tenía veintidós y fumaba. Le pedí que me diera una pitada y se negó. Le pedí que me besara y dijo ¿estás segura? R fue el primero que me preguntó eso que después me preguntarían C, F, D, F de vuelta, J, G, M, H y L. No todos fueron novios, algunos no pasaron de un beso y, después de los dieciocho, algunos no pasaron de una noche. De cualquier forma, todos me preguntaban lo mismo, como un modo de curarse en salud: entre tú y yo hay siete, diez, trece, dieciséis, veintitrés años de diferencia, ¿estás segura de que quieres? Y yo siempre quería. Cuando la luz es verde, los hombres mayores son la mata de lo asertivo. Me gusta lo asertivo. Detesto el balbuceo, la duda, el nervio visible, el «esto nunca me pasó», el «ahora qué hacemos»: son los gérmenes del engaño.
Entonces: me gustaban los novios grandes por asertivos, sí, pero también —¿sobre todo?—, porque a ellos les maravillaba levantarse a una jovencita como yo. ¿Y cómo era yo? Como todas, pero me creía mejor. Todavía sabía decir tautología y, además, había aprendido a decir: segurísima. Mis amigas no entendían: ¿pero cómo son los novios grandes?, preguntaban, entre asqueadas y curiosas. Y yo decía: son como cualquier novio, solo que más afortunados.
Me gustaban los novios grandes porque, tras la sorpresa inicial, cerraban la boca, llamaban al mozo y seguían: ¿qué tomas? A los dieciséis era delicioso besarse con R y con C —y sobre todo con F— pero la vida no se detenía después de cada beso: ellos seguían siendo funcionales, gente que pide cafés, y la cuenta, y que se portan como si eso mismo —besarse por primera vez— les hubiera pasado mil veces, porque les pasó mil veces.
Mis amigas insistían en no entender: yo despreciaba las primeras veces. ¿Qué son las primeras veces? Un trámite necesario. Años después la mayoría coincidiríamos en que el verdadero mito de la primera vez es más que un trámite necesario: un castigo doloroso, un karma irrenunciable, un momento de mierda. Mi verdadera primera vez, a pesar de mis novios mayores, llegó bastante después que la de mis amigas, acostumbradas a revolcarse con muchachitos granulientos. Me acosté con J a los dieciocho: nos separaban ocho años y dos cuadras. Y yo no lo quería de novio, sino de sicario: quería que hiciera el trabajo sucio, que rompiera el himen y allanara el camino para los que vendrían después. Pero J lo hizo mal, fue piadoso, se asustó con mis quejas de dolor y una noche, cuando ya casi lo conseguía, se encogió como un feto y lloró: perdón, yo no puedo, que lo haga otro.
A los pocos días conocí a otro. Se llamaba G, tenía una guitarra y doce años más que yo. Sus besos eran a veces picantes y a veces amargos, porque fumaba cigarrillos sin filtro. Su saliva era pastosa; se dejaba la barba crecida, lo que le daba un aspecto rudo. A G prácticamente lo obligué a violarme en un cuarto de motel que olía a desinfectante. A pesar de las lágrimas que me encharcaron los ojos, vi todo el episodio en el espejo del techo: su cuerpo entre mis piernas retorciéndose como un gusano, la cama enclenque y temblorosa, las sábanas gastadas, salidas en las puntas del colchón. Duró poco, dolió mucho. La sangre que salió no se parecía a la sangre que solía salir de mí. Era otra sangre más oscura, casi negra. Estuve un rato mirándome en el techo: al principio con más repulsión que curiosidad, al final, verdaderamente fascinada por mi nuevo cuerpo roto. Mientras yo me miraba, G agarró su guitarra y cantó Angel, y de los otros cuartos nos gritaron porquerías. En adelante, casi no me tocó: se sentía culposo y se portaba tan considerado que me recordaba a J. Lo dejé por M.

Cuatro

Lo cuarto fueron los cuartos. Y en los cuartos los amantes. Y en los amantes el sexo. El verdadero sexo, no esa tortura de la iniciación. Cuando se descubre el sexo es mejor no describirlo porque se corre el riesgo de caer en las detestables metáforas bélicas. Es así, qué remedio: un orgasmo es lo más parecido a una explosión. Si la máquina de mirar los pensamientos fuese posible, el momento en que ocurre un orgasmo extraordinario estaría, indefectiblemente, asociado al hongo de Hiroshima. El buen sexo adquiriría un matiz de incorrección insoportable.

En una playa casi vacía, al lado de un desierto en el Caribe, un padre y una niña juegan a nada: a corretearse, a tirarse agua, a reírse juntos. El padre la alza por los tobillos, la pone de cabeza, ella se desternilla de la risa. Después la baja y la toma por las manos y da vueltas rápidas, la hace volar como un cometa alrededor de una órbita cuyo eje es él.
Mi amante y yo reposamos los cócteles de media tarde. Él lee, yo miro al padre y a la niña, imagino lo que pasaría si en una de esas vueltas frenéticas, la soltara.
A mi amante le llamo mi amante pero no es tal cosa: ni él ni yo tenemos compromisos; es decir, él tiene hijos, dos, pero casi no los ve porque viven en Berlín. En el día de hoy hicimos esto: nadar, comer, reposar. Después entramos a la choza que es nuestra habitación, y nos desnudamos. Mi amante me dijo que yo era una criatura hermosa y que el sol me sentaba muy bien. Era mentira, el sol me sentaba pésimo, pero él no lo sabía. Después de la siesta fuimos por más cócteles y llegamos acá, a este momento en que el sol se zambulle en el agua como un Redoxón. ¿Te gustan las vulvas lampiñas?, le pregunto. Él se ríe, pero no contesta.
Nunca me había ido sola a ninguna parte con ningún hombre. Este me llevaba once años y me duraría tres días.

Tengo otro amante. Lo conozco en el bar de un hotel, estoy en un viaje de trabajo en un país donde hace frío. Tomo whisky, ya van dos veces que un mesero me pide la identificación. Creo que eso le gusta al que será mi amante. Me mira y se sonríe, alza la copa, hace cosas predecibles y sobre todo innecesarias. Esa noche terminamos en su habitación, pero no tenemos sexo porque no se le para. Dice que nunca le pasa, pero que está nervioso por su hija Jacqueline, que tiene dieciséis recién cumplidos, problemas de drogas y un novio punk. Dice que cuando Jacqueline está angustiada se arranca cachos de pelo. Después dice que lo punk es retro.
Acá un rasgo lamentable de los hombres mayores: en general tienen hijos, en general hablan de ellos con un grado de intensidad que obliga a la atención y, a veces, a la intervención. Te preguntan ¿a ti te parece que una chica de su edad debería comportarse así? Y esperan que contestes.
Yo le pregunto a mi amante fallido si alguna vez se calentó con Jacqueline a los ocho, nueve años. Me mira fijo, inexpresivo y dice Nunca Jamás. Como el país de Peter Pan. Me pregunta si yo me calenté con mi padre a esa edad y le digo no sé, quizá. Él me toma de las manos y me dice, con expresión agravada, que es normal que las niñas se calienten con sus padres, pero que no es normal que los padres se calienten con las niñas. Ya sé eso.

El siguiente hombre no quiso ser mi amante, no le gustaba ese título. A mí me encantaba, era un homenaje a la que entonces era mi escritora preferida. Le dije eso, pero no entendió. Este se llamaba H, me llevaba diecisiete años y, en vez de un amantazgo, me propuso lo siguiente: que le regalara una década, como máximo, de mi radiante juventud y, después, cuando mis prioridades cambiaran y se me diera por querer hijos o mascotas o un pene más nuevo, lo dejara. ¿Y yo que gano?, le dije. Nada, me dijo, tú ya lo tienes todo. Me pareció encantador.

Mi mamá se quejaba de mis relaciones. Era raro porque ella no sabía nada de mis relaciones. Me había ido de la casa hacía un par de años, la veía los domingos con el resto de la familia, o a veces sola, entre semana, para un café. A mi papá solo lo veía los domingos, rodeado de hijos y nietos. No recuerdo una sola conversación con él después de los trece. Recuerdo en cambio que para ese momento me caía mal: en alguna cavidad de mi cerebro le resentía algo, no sé qué. Una cavidad llena de moho.
Un día se me dio por contarle a mi mamá que estaba saliendo con un tipo grande. ¿Qué tan grande?, preguntó. Muy. La verdad era que no estaba saliendo con ningún tipo grande, ni con uno chico, ni con nadie, pero daba igual: quería ver su reacción. Se escandalizó, dijo tres cosas: 1) que los hombres grandes se gastaban rápido, que podían enfermarse… Cáncer, por ejemplo, podía darles cáncer y una jovencita no quería ni podía lidiar con un cáncer; 2) que las mujeres bellas como yo, con el colágeno intacto y el culo en su lugar, tenían que salir con príncipes o salir con nadie, que los viejos no me sentaban, que si me juntaba con viejos me iba a envejecer; y 3) que ni se me ocurriera usarla a ella y a mi papá de excusa.
¿Por qué?
Porque nosotros somos otra cosa. Tenemos otra historia. Todas las historias son únicas.
Esa tarde, cuando nos despedimos, bajó la guardia. Dijo: sal con quien quieras, los hombres no importan tanto. No hablaba por ella, claro, ni de sus hombres —mi papá y mi hermano—, que eran todo en su vida. Hablaba por mí, porque me conocía. Y la verdad es que, vistos desde ahora, hasta mi último hombre —llamado T— ningún otro me había importado demasiado. El sexo tampoco. El sexo era una instancia de la conversación que degeneraba en la conversación misma y entonces empezaba la mejor parte. Con los hombres grandes era así: primero iba el sexo y después lo demás. El sexo era importante para romper el hielo, para establecer un punto de contacto, pero, después de comprobar que todo estaba bien —sus partes y las mías, sus manos en mis partes— el sexo nunca me pareció algo muy trascendental. Es decir: he tenido polvos memorables; en la sarta de mitos sobre los hombres mayores hay uno que es innegable, el de la experiencia. La experiencia es un privilegio. Encontrar unas manos decididas equivale a encontrar la lámpara del genio de los deseos infinitos. Pero mentiría si digo que el sexo es lo que me atrae de los hombres mayores: no es. Ni de los mayores, ni de los menores, ni de la vida en general.

Cinco

Las relaciones. Eso es lo siguiente.
H volvió con más ímpetu y reiteró su propuesta. Se dio cuenta de que una década, a los veinte, es lo mismo que una vida, así que la reformuló: que el amor dure hasta que se acabe. El amor duró tres años.
H no tenía hijos, ni quería tener. Viajaba mucho y en el último año se mudó de país. Eso estaba bien porque evitaba la temible convivencia. Una amiga de esa época —niña de su casa, casada prematuramente— me había dicho: ¿te gusta el caviar? Me encanta el caviar. Piensa que el amor es comer caviar, y cagarlo es la convivencia: pero cagarlo en simultáneo con el otro, en una espiral de mierda que sale de su culo y entra en el tuyo, que sale de tu culo y entra en el de él. Y así, todos los días de la vida.
H y yo reemplazamos la convivencia por los viajes y también era una mierda. Era horrible ir y venir, despedirse cada vez. También era horrible viajar juntos. Él tenía la necesidad irrefrenable de controlar el camino, de decidir itinerarios y de elegir aquello que mis ojos debían mirar. Él había viajado tanto y yo nada. Él podía enseñarme el mundo, su mundo, y su mundo me aburría demasiado.
Eso me generó un tic: llevarle la contraria. Y una consecuencia: parecer más niña de lo que era.

Una vez alquilamos un departamento en una ciudad europea. Y reservamos un auto, y compramos unos pasajes en tren. El plural es un sofisma: todo lo hizo H por internet. Cuando llegamos el dueño del departamento nos miró perplejo y pidió disculpas: el departamento no está preparado. ¿Por qué?
Estábamos en un monoambiente impecable y hermoso, con una gran cama y un ventanal que miraba a una calle empedrada. El hombre balbuceaba: …no sabía que eran padre e hija, perdón, me esperaba a una pareja, pero no se preocupen, ya mismo les consigo una camita adicional.
No era la primera vez que nos pasaba, pero fue la primera que a H lo afectó. Anduvo todo el día de pésimo humor, yo intentaba animarlo con chistes nabokovnianos que empeoraron la situación. Yo intentaba animarlo con chistes del pasado: ¿te gustan las vulvas lampiñas? Se paró y se fue.
De tirar ni hablar.
Recuerdo un momento de la tarde, bellísimo y fugaz: H y yo sentados en una banca frente a un castillo medieval; yo recostaba mi cabeza en su hombro y le contaba una historia que ya olvidé. Recuerdo que, en medio de mi historia, H me apartó por los hombros, se levantó de súbito y me quedó mirando: ¿por qué te vistes así?
Llevaba unas calzas de colores, un vestido negro corte princesa y una cola de caballo.
¿Así cómo?
La estupidez del casero pasó a ser mi culpa. Yo la había provocado: yo y mi disfraz de falsa nymphet, a quien le han robado su chupete. De vuelta en el departamento me saqué el vestido y lo despedacé. Me acosté boca abajo y pensé en todas las cosas que podría decirle a H si me atreviera. Viejo frustrado, viejo de mierda, viejo marica, viejo impotente, viejo fofo, viejo bobo, viejo maniático, viejo, viejo, viejo. Me dolía mucho la cabeza.
Antes de caer dormida pensé en mi cabeza y en la cabeza de H y en las cabezas de todas las personas conocidas y desconocidas: pensé en cabezas como recipientes de palabras no dichas, de actos fallidos, de intenciones sepultadas, de verdaderas intenciones, de rencores inconfesos, de fantasías vergonzantes, de imágenes que no existen más que allí. Me despedí de H en un aeropuerto enorme —cada quien frente a un destino distinto— con las lágrimas más dolorosas de las que tengo recuerdo.

Todos los hombres mayores con los que tuve una relación saltaron de furia o se desplomaron de tristeza cada vez que alguien confundió el parentesco con la muchachita a su lado. ¿Pero qué pretendían? A mí me gustaban los viejos, no quería ser vieja. Sobre todo no podía.

Después de H estuve con L, que tenía un hijo mayor que yo, cuestión que le hacía ruido, pero esa no era la peor parte. La peor parte con L era su tendencia a confundir el llamado aplomo con la falta de alegría. Con L las noches duraban menos, las fiestas no existían, las madrugadas eran un recuerdo difuso de la ya lejana adolescencia. L no bailaba, le parecía una cosa de bárbaros. ¿Pero alguna vez bailaste?, le preguntaba yo, vestida de noche, maquillada de brillos, indignada. No recuerdo. L no oía música porque tenía que pensar. ¿Pensar en qué? En ti. Bah. L no se reía, salvo de Cantinflas. Yo odiaba a Cantinflas. L no sentía ninguna necesidad de hacer esas cosas que despreciaba, solo por complacerme. ¿Por qué estaba conmigo? Porque yo sí era capaz de ponerme a su nivel: de hablar de libros, de política, de la poca autoestima de su hijo. ¿Por qué estaba yo con él? Porque me gustaba demostrarle que podía.
Nuestra relación duró poco, pero gracias a él me convencí de algo que con H había pasado por alto: la juventud prescribe. La juventud como estado de ánimo, eso que el mito asigna arbitrariamente a todo tipo de personas con cierto talante y actitud, se acaba cuando empieza a ser un esfuerzo. Era ridículo pedirle a L que fuéramos a bailar, a emborracharnos y drogarnos hasta el amanecer, porque ante los ojos del mundo —pero sobre todo ante sus ojos y los míos— él no iba a ser el novio mayor, pero cool, que le hace el aguante a la novia chica y fiestera, que se pone a su nivel para complacerla; él iba a ser el viejo ridículo que hace un esfuerzo desmedido por no parecerlo.
Ahora, que hasta yo he envejecido, recuerdo a L con su pelo canoso, su sonrisa tranquila, su aspecto casi lúgubre pero satisfecho y vuelvo a quererlo, a respetarlo e incluso a admirarlo como no supe hacerlo entonces. Poca gente domina el arte de saber envejecer, L hacía parte de esa respetable minoría.
Seis
Si mi primera relación importante fue con mi papá, mi segunda relación importante fue con T: un hombre que me llevaba más de veinte.
Veinte años es todo lo que el bolero permite, después de ahí es corrupción —corrupción: vicio o abuso introducido en las cosas no materiales. Corrupción de las costumbres, corrupción de la moral—.
Dicen que el gusto por los viejos es un vicio adquirido, que en estos terrenos no se improvisa. Una vez consulté a un psicólogo sobre el tema y me dijo que, en general, las niñas edípicas lo han sido siempre y, si mantienen su fijación en edad adulta, es bastante probable que hayan sido abusadas o expuestas en el curso de la infancia a una relación semicarnal con alguien próximo al núcleo familiar.
Puede que sea mi caso. O puede que no, pero no importa.
Puede que T sea el final. O puede que no, pero tampoco importa.
No conozco el final.

En casa tengo una foto brumosa que nos tomaron a T y  a mí el día que nos conocimos. Estamos en un estrechísimo zaguán cartagenero, protegiéndonos de la lluvia. Íbamos camino a una charla que él daría en una Fundación donde yo trabajaba. En la foto se ve que la humedad había dejado una pátina brillosa sobre nuestras caras. En la foto él tenía cuarenta y seis y yo veintitrés; era flaca y altanera: melena hasta la cintura, ceja alzada como quien domina el mundo. T me mira y se sonríe. No hace una hora que me conoce y ya sabe que me tiene. No me tuvo enseguida, pasaron meses, largos meses, pero en esa foto él ya lo sabe.
Esa tarde la lluvia caía pesada y levantaba un olor fangoso que salía de la alcantarilla. La calle estaba inundada y no podíamos avanzar. No había mucho más que hacer que esperar. Yo dije odio la lluvia y T contestó: es solo agua. Aunque después él lo recordaría al revés. Quizá fue al revés.
Total, que llovía como llueve en mi ciudad: en un persistente chaparrón que levanta los vapores del piso. Al cabo de un rato de estar en el zaguán, envueltos en ese calor sofocante, T prendió un tabaquito marca Meharis y me preguntó cosas: libros, películas, vicios, edad. El humo deformando su cara me hacía pensar en un espía soviético a quien le han encomendado una misión de medio pelo en un país tropical. Al final terminamos hablando del que entonces era mi tema favorito: los padres. Así supe que su padre y el mío habían nacido el mismo año y que tuvieron vidas tan distintas: mientras que el mío era un abogado conservador y de provincia, casado por única vez, el de él era un médico español, anarquista y exiliado que tuvo siete esposas. Supe que él también lo odiaba por algo indescifrable y que lo amaba por todo lo demás. Y que se llamaba como él: T.
Con T, mi referencia se estrechó —lo que ahora hace difícil extrapolar preferencias—: ya no me gustaban los hombres mayores, en general, sino T, con particular intensidad. Aun así, a la distancia, podría decir que gracias a T deduje por fin que de los hombres mayores me atraían principalmente dos cosas, y que la una dependía de la otra.
La primera es la comodidad.
Es así: me siento cómoda entre hombres mayores que yo, me siento incómoda entre contemporáneos. ¿Por qué? No estoy segura. Podría sacarme del bolsillo esa dudosa estadística de que algunas mujeres maduramos más rápido que los hombres, podría decir que yo entro ahí: si fui vieja desde niña, si mi madurez le llevaba ventaja a mi propia edad, debí buscarme hombres acordes a las circunstancias. Pero es mentira. Yo no era nada madura, yo era agalluda. Soy. Me importa la edad porque me importa el tiempo: cuántas cosas caben en el tiempo de la gente. Ya sé que nadie lo llena igual, pero suele pasar que entre más tiempo uno vive, más cosas ve, aprende, come, lee, descubre, pierde, y todo eso te hace una persona más compleja.
Acá la segunda razón: a mí lo complejo me atrae. A mí la simpleza me parece estupidísima.
Lo atractivo de lo joven es: la belleza fresca —que no se reparte indiscriminadamente y que, de todas formas, se acaba con el uso— y la inocencia. Supongo que yo fui inocente. Es decir, que a esos hombres grandes que llamaba amantes les gustaba lo mismo que yo despreciaba en otros: para mí la inocencia es casi tan estúpida como la simpleza. La inocencia es un lastre del que los jovencitos y jovencitas deberían despojarse antes que de su acné. Diría entonces que me gustan los hombres grandes, incluso si yo les gusto. Diría que me gustan, también, porque ya perdieron la inocencia y el acné —y la melena en algunos casos, qué le vamos a hacer— y ganaron otras cosas: densidad, cohesión, solidez, espesor. Lo mismo que los caldos cuando hierven.

La charla de T se canceló por lluvia y estuvimos hablando bajo el zaguán hasta que escampó. El piso se había encharcado y estábamos replegados en una esquina, hombro contra hombro, para no mojarnos los zapatos: T tenía alpargatas de tela y yo sandalias. T olía al tabaco que se había fumado y a un perfume desconocido; miraba dentro de su bolso, buscaba algo: sonaban objetos de consistencia metálica. Canicas, pensé. Imaginé que estiraba mis dedos, los hundía en su cara y luego me los chupaba. Imaginé que él me preguntaba ¿a qué saben? Y yo le decía a sal y agua, y él decía ¿a mar? Y yo decía a mar. T sacó una cámara de su bolso y me miró con esa expresión, entre maliciosa y maravillada, que ya yo había visto en otros ojos. Para él, en cambio, era todo nuevo: él nunca había estado, ni imaginado estar, con una mujer tan joven como yo. En ese terreno T era un novato y yo tenía toda la experiencia.
Empezaba a escampar: pasaba por la vereda una señora que se había hecho un sombrero con una bolsa negra. Detrás, una carreta de verduras cubierta por un plástico. Y un perro esquelético. Y detrás una pareja de turistas a quienes T les pidió que nos tomaran una foto.
A ese día todavía le faltaban horas para producir un beso y un par de años para producir algo bastante parecido a un matrimonio. Le faltaban encuentros fortuitos y felices, visitas sorpresivas, hoteles de paso, sexo grandioso, sexo pésimo, mudanzas en conjunto, casas chicas, casas gigantes, hijos proyectados, hijos descartados, hijos reemplazados por un gato. Le faltaban más mudanzas, un jardín con parrilla, amigos en común, peleas horrendas, sexo de reconciliación, sexo sin ganas, temporadas sin sexo, sexo con otros, sexo con nadie más. Le faltaban enemigos, cumpleaños en familia, cumpleaños íntimos, regalos perfectos, regalos malísimos, aniversarios tristes por la ausencia del otro, aniversarios felices por la ausencia del otro, aniversarios olvidados. Le faltaban seis, siete, ocho aniversarios. Y un auto chocado, dos, tres veces. Le faltaban decenas de viajes, mudanzas en singular, encuentros fortuitos y tristes, recuerdos felices para olvidar y el vacío que resulta de sumar todo eso.
Pero, al mismo tiempo, a ese día no le faltaba nada. Tal como lo confirma la evidencia, en ese pequeño rincón brumoso, T y yo vivimos felices para siempre.

Suelo decirme que ni los buenos ni los malos ratos que pasé con T se relacionan con la diferencia de edad, pero sé que es mentira. A ver: si tuviera que atribuir una razón al éxito —es decir continuidad— de mi relación con T y al fracaso —es decir ruptura— de otras, diría que tiene que ver con la conciencia extrema de la diferencia y la poca necesidad de disimularla. Y si tuviera que atribuir una razón al fracaso —es decir ruptura— de mi relación con T y al éxito —es decir continuidad— de otras, diría que tiene que ver exactamente con lo mismo. Lo de la diferencia funciona en los dos sentidos: la excitación del exotismo —una pareja dispar, diga lo que diga, siempre estará cargada de exotismo— puede ser agotadora. La «normalización», en cambio, es paliativa. Hubo momentos en que, para mí, fue demoledor saberme distinta, y saber, sobre todo, que ser distinta era irremediable; lo que durante mucho tiempo me pareció un ejercicio de poder que demostraba una excentricidad caprichosa —miren: salgo con viejos—, ahora lo reconozco como una diferencia genuina frente a una buena porción de contemporáneas. Quiero decir, no soy tan fea, ni tan tonta, ni siquiera tan gorda. O sea, me creería capaz de conseguir un novio joven y apuesto que me situara en el equilibrio de mi hábitat generacional: las fotos de Facebook donde mis amigas se muestran radiantes con sus vestidos de novia, sus maridos mozuelos y, luego, indefectiblemente, sus bebés rosados y carnosos. Las veces que lo intenté —las veces que me dije ok, quiero ser como el resto—, seguí fracasando empeñosamente: hay algo frágil y volátil en la consistencia de la relación que establezco con los hombres menores, que mi torpeza —inexpertis— no permite que cuaje.
A veces pienso que llegaré a los cincuenta con uno de veintipocos y un día en el que me sienta inusualmente generosa, lo miraré condescendiente: tranquilo, ya se te va a pasar. Y le entregaré en ese gesto todo mi amor. O sea, a veces pienso que a mí también se me va a pasar. A mi madre no se le pasó, mi padre ya no está con ella y no solo lo sigue queriendo sino que lo quiere más. Pero nadie dijo que el amor por los hombres mayores se chupara del líquido amniótico: no soy mi madre, ni busco a mi padre, aunque este texto insinúe lo contrario. Probablemente, de una manera muy distinta a la suya, todo lo que quiera es llegar al final con la fantasía de que mi historia es única y que, aunque el mundo esté lleno de muchachitas insolentes que enamoran viejos, ninguna será como yo, ni sus hombres como el mío, quien seguramente ya no vivirá para oír ese relato, salvo en mi recuerdo magnificado.


Fuente: https://revistaorsai.com/amar-al-padre/