lunes, 11 de mayo de 2015

El feminismo es revolución

"Si el feminismo es revolución, y si no se convierte una en revolucionaria por la ciencia, sino por la indignación, nos parecía evidente entonces que a las feministas correspondiese el lenguaje del arrojo y no la inexpresividad de la mesura, puesto que en este último caso nos encontraríamos frente a un grupo oprimido que (a primera vista) renunciaría a emplear el lenguaje de su rebeldía, para compartir, con todo respeto, el lenguaje del orden".
 Julieta Kirkwood 

martes, 3 de febrero de 2015

Escribir es tan difícil como componer una sinfonía fantástica

¿Un maestro del periodismo como tú se angustia con las entregas de sus textos?

Es que escribir es tan difícil como componer una sinfonía clásica. Cada instrumento tiene su propósito, así como cada personaje debe tenerlo en un relato. El lenguaje escrito tiene una música interior. Por intuición, sé cuando hay cosas que no sintonizan y ahí está el desafío: poner tu creatividad para que todo suene de forma armónica. Es algo que está más allá del periodismo.

http://www.paula.cl/entrevista/las-aventuras-de-un-reportero-estrella/

En mis recuerdos el maestro decía sinfonía "fantástica". Suena mejor.

lunes, 2 de febrero de 2015

Una Espina en el avión

Lan me cambió el asiento a primera clase y viajé de Temuco a Santiago sentada en la misma fila que Alberto Espina. Me tocó ventana y a él pasillo, al medio se sentó su acompañante, un ingeniero comercial cuarentón, rubio y con un reloj enorme, que -me fijé- usaba los calcetines al revés. Iban leyendo el diario. Espina The Clinic y el otro hojeaba La Tercera. “Puta que escriben bien estos hueones, tienen la mejor pluma”, decía el senador. Gracias, pensaba yo. El ingeniero leía el diario abriendo mucho los brazos, traspasando mi espacio aéreo, con esa actitud de dueño del mundo, de patrón de fundo, que no le pide permiso ni disculpas a nadie. Se fueron todo el camino conversando, yo hacía como que leía, pero iba parando la oreja y tomando notas mentales de todo. Que cómo se te ocurre irte de un partido y formar uno nuevo cuando el presidente está a pocos meses de renunciar. Que Lavín, pobrecito, si es tan bueno, es cosa de mirarle la cara, ese hueón es un santo, si toda la plata que ha donado a la Teletón a través de la Universidad del Desarrollo. Que Huenchumilla, a ese indio lo tienen como si fuera un héroe, las viejas se toman fotos con él. Que Labbé, que lo tienen hasta el pico, que le han dado como caja, el pago de Chile nomás, perrito. Que lo que pasa es que en Chile los directores son de derecha, pero todos los periodistas son de izquierda, mi hija que trabajaba en La Tercera online me contó que cuando Piñera estuvo mal en las encuestas los hueones celebraban, imagínate, daban saltos, hueón, lo que hay que hacer es juntar a cinco empresarios y hacemos un diario de verdad, hueón, y le volamos la raja a estos conchasumadres. Que la gorda, que la reforma al binominal, la educativa, la tributaria. Yo miraba por la ventana, disfrutando las luces de la ciudad que, de noche, parecen un collar de piedritas finas y brillantes, mientras intentaba memorizar las frases de Espina y lo miraba de reojo, sorprendida de lo completamente blanco que está. El aeromozo interrumpió la conversación al llegar con su carrito. Nos preguntó si queríamos comer. Espina: no, viejito, un vaso de agua nomás. El ingeniero: yo también quiero un vaso de agua solamente. Yo: deme todo lo que hay. El aeromozo me pasó mi comida y le entregó los vasos de agua a los compinches. "Gracias, si nosotros salimos re baratos”, dijo Espina y los dos se rieron con ganas. Sí, conchatumadre, pensé yo, comiéndome mi pote de fruta tropical, apretándome la lengua para no decirle nada. 

sábado, 6 de diciembre de 2014

La vil condición humana de buscar el reconocimiento de los pares

Envié "Quiltras" al concurso de cuentos de la Revista Paula sin ninguna fe. Al mes, me llamaron para decirme que quedé finalista. No sé qué pensar de eso. No sé si realmente refleja algo -¿talento, pasta, suerte?- si significa que debo seguir escribiendo o qué.

Hay días en que creo que sí, que algo bueno puede salir de todas las horas que le dedico a la escritura, sentada sola en el living de mi casa mientras tomo litros y litros de té. Otras veces, leo a Zambra o a nuevos escritores y escritoras que se me aparecen -como Romina Paula, grosa- y quiero abortar misión porque es imposible escribir así, porque escribo como un simio al lado de ellos y ellas. Me duele escribir, me hace sufrir, me quiero matar cuando no escribo lo suficientemente bien.

Aunque he recibido piropos -ja, elogios, querrás decir- bonitos, como el que me dio una escritora con el que hice un taller de cuentos este 2014. Le envié un mail con el borrador de cuento que trabajaba en su taller, y me respondió esto.

"Arelis. te mando el cuento revisado, para que no se me vaya. Me gusta mucho mucho. El tono especialmente, o la voz. Que es mucho. Solo creo que hay que trabajar el final. Hoy lo vemos. Mientras tanto algunos comentarios sigue escribiendo. Mándalo a algún concurso cuando esté OK. Cariños".

Le hice caso, participé en un concurso, pero no con el que trabajé en su taller. Cuando supe de la nominación, le escribí para contarle. Ésta fue su respuesta.

"¡¡No sabes cómo me alegro!! Creo que eres talentosa y punto. Entre las otras finalistas está María Paz Rodríguez, editora. Háblale de mi parte. Tu cuento bien podría ser publicado en Ebooks Patagonia que ella dirige. Arelis, me interesa cómo puedas seguir en la literatura. Por favor no te pierdas. ¡Salud!".

Cuando me achaco, me gusta leer comentarios como éste. Supongo que la vil condición humana es buscar permanentemente el reconocimiento de los pares. En especial, de personas que admiramos y respetamos. Al final todo es cuestión de gustos y lo que yo hago puede que le guste a alguna gente y otra lo encuentre una reverenda mierda. Esa incertidumbre de inseguridad es lo que me revienta, lo que me tortura a la hora de escribir. La imposibilidad de saber a ciencia cierta si lo que hago es bueno o no.


lunes, 18 de agosto de 2014

Nada es original

“Nada es original. Roba de cualquier sitio que te llene de inspiración o alimente tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones intrascendentes, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, ríos, luces y sombras. Selecciona para robar solamente aquellas cosas que le hablen directamente a tu alma. Si lo haces, tu trabajo (y tu robo) será auténtico. La autenticidad es invaluable; la originalidad no existe. Y no te preocupes en ocultar tu robo – celébralo si hace falta. En cualquier caso recuerda siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: “De lo que se trata no es de dónde tomas las cosas, sino de a dónde las llevas”.

Dicen que lo dijo Jim Jarmush. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Mentí: escribo porque las letras siempre han habitado en mi familia

Mentí: escribo porque las letras siempre han habitado en mi familia

Ayer, Víctor me preguntó por qué escribo, por qué envié un texto para postular al taller de columnistas de la Zona hace diez años. Siempre me victimizo: en mi casa no había libros, soy la primera profesional de mi familia. Pero es mentira. Parcialmente. En mi casa sí había libros, pocos, pero había. Sí vi, en mi infancia, leer a mi mamá. De curiosa leí a Cortázar y a Horacio Quiroga en la básica, siendo muy chica. Porque esos libros estaban en mi casa y, después de leerlos, los comentaba con mi mamá. Había libros de Benedetti, de García Márquez. No recuerdo a mi mamá comprando nuevos libros, pero sí leyendo revistas o repasando tomos viejos. Mi papá también era de letras, mi mamá siempre decía que él era un poeta. Cuando tenía una libreta nueva o una agenda (tipo Pascualina), ella me decía "dile a tu papá que te escriba algo". Y él escribía, con una letra manuscrita preciosa, usaba palabras que yo no conocía y siempre se refería a espacios, escenografías y contextos que nos rodeaban y nos hacían sentir algo parecido a la felicidad de ser familia. De alguna forma, las letras siempre me han rodeado, en una posición aventajada, como algo deseable y bueno. Ya no lo puedo seguir negando.

Tampoco soy la primera profesional de la familia. Mi mamá no es universitaria, pero casi estudia en la UTEM, su puntaje le alcanzó. Sucedió que su padre, mi abuelo, era (es) un viejo de mierda machista y autoritario. En su concepción reducida del mundo, sólo los hombres debían ir a la Universidad y si a mi madre no le daba el puntaje para la carrera que soñaba -periodismo- entonces no estudiaba nada, menos carreras "de hombres". Entonces, de los cuatro hermanos, los dos hombres estudiaron ingeniería en la Usach y las dos mujeres no pasaron por la educación superior. Algo que a mi madre siempre le ha dolido y le ha penado, pero que a la vez instaló en mi casa la idea de que la educación superior era algo posible, alcanzable y deseable; y al mismo tiempo, que la educación pública era la única que valía la pena. La universidad nunca fue algo ajeno.

Otra confesión: mi papá es universitario. Y lo digo con vergüenza, porque me sube el pelo y me aleja del paria que me he construido ser. Cuando salió del colegio, de un liceo técnico, dio la prueba y el puntaje le alcanzó para estudiar contabilidad en la Universidad de Concepción. Se fue allá, pero no terminó la carrera. Años más tarde, cuando yo tenía unos ocho años, él trabajaba en la Universidad Central, ahí ingresó al sistema vespertino y terminó de estudiar para ser Contador Auditor. Así, la universidad, la educación, la formación no son algo ajeno a mi historia, siempre me han acompañado. Soy una farsa.

Siempre escribí, sobre todo cartas. Con mis primeros pololos teníamos una especie de contienda por quién escribía las cartas más largas. Le escribía cartas a mi mamá, a mi papá, a todo el mundo. Cartas largas. También me acuerdo que, cuando tenía diez años, escribí un cuento. No sé por qué. Era sobre una chinita que se perdía en el bosque y se enfrentaba a una araña que la quería comer. Aunque después nunca escribí otro cuento, igual llevaba mi diario de vida, igual devoraba los libros que me daban para leer en el colegio y toda revista que cayera en mis manos. Amaba la revista Fibra y amé, cuando la conocí, la revista Wikén y su desaparecida sección final: la Zona de Contacto. Me acuerdo de ese día, cuando decidí postular al taller de columnistas: en mi casa no se leía ni se compraba el diario, pero ahí estaba El Mercurio y me topé con la Zona y su aviso: buscamos columnistas. Nunca había escrito una columna, no sabía lo que era. Esa noche googlié a los autores de los artículos de la Zona. Llegué al blog de Copano y de otra gente que, de alguna forma, era exitosa o tenía resuelto qué hacer con su vida. Eso me "insipiró" a escribir esa columna donde hablo de la gente que es exitosa y popular, gente que el resto del mundo observamos como espectadores. Esa fue la columna que me llevó a El Mercurio, la columna que me cambió la vida.

Sí, es cierto, las letras siempre habitaron mi espacio, pero al mismo tiempo sí fui paria. Igual viví en Gran Avenida, en un departamento enano, que mi mamá arrendaba por cien lucas. Igual mi casa era fea y mi mamá tenía de pareja a un borracho machista. Igual no salíamos de vacaciones. Igual tenía que vender dulces en el recreo para tener plata y era la nana que hacía el aseo y cuidaba a mis hermanos chicos. Nadie me dijo nunca que fuera capaz de hacer algo bien, salvo dejar el living bien enceradito.

No sabía qué hacer cuando salí de cuarto medio. La comunicación para el desarrollo me salvó. Me hizo bien ir a los talleres literarios en El Mercurio, aunque Agustín Edwards es un hijo de puta y su diario de mierda es lo más facho que hay, igual las pautas me abrieron la perspectiva, me mostraron que podía hacer algo, que tenía un talento que pulir, un posible oficio. Ir a los talleres de la Zona definieron una identidad que no existía.

El Mercurio me salvó de la pobreza. Alguien debería escribir sobre esto.

martes, 1 de julio de 2014

Nunca se llega a escribir la obra perfecta

Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse). Enrique Vila-Matas