lunes, 18 de agosto de 2014

Nada es original

“Nada es original. Roba de cualquier sitio que te llene de inspiración o alimente tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones intrascendentes, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, ríos, luces y sombras. Selecciona para robar solamente aquellas cosas que le hablen directamente a tu alma. Si lo haces, tu trabajo (y tu robo) será auténtico. La autenticidad es invaluable; la originalidad no existe. Y no te preocupes en ocultar tu robo – celébralo si hace falta. En cualquier caso recuerda siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: “De lo que se trata no es de dónde tomas las cosas, sino de a dónde las llevas”.

Dicen que lo dijo Jim Jarmush. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Mentí: escribo porque las letras siempre han habitado en mi familia

Mentí: escribo porque las letras siempre han habitado en mi familia

Ayer, Víctor me preguntó por qué escribo, por qué envié un texto para postular al taller de columnistas de la Zona hace diez años. Siempre me victimizo: en mi casa no había libros, soy la primera profesional de mi familia. Pero es mentira. Parcialmente. En mi casa sí había libros, pocos, pero había. Sí vi, en mi infancia, leer a mi mamá. De curiosa leí a Cortázar y a Horacio Quiroga en la básica, siendo muy chica. Porque esos libros estaban en mi casa y, después de leerlos, los comentaba con mi mamá. Había libros de Benedetti, de García Márquez. No recuerdo a mi mamá comprando nuevos libros, pero sí leyendo revistas o repasando tomos viejos. Mi papá también era de letras, mi mamá siempre decía que él era un poeta. Cuando tenía una libreta nueva o una agenda (tipo Pascualina), ella me decía "dile a tu papá que te escriba algo". Y él escribía, con una letra manuscrita preciosa, usaba palabras que yo no conocía y siempre se refería a espacios, escenografías y contextos que nos rodeaban y nos hacían sentir algo parecido a la felicidad de ser familia. De alguna forma, las letras siempre me han rodeado, en una posición aventajada, como algo deseable y bueno. Ya no lo puedo seguir negando.

Tampoco soy la primera profesional de la familia. Mi mamá no es universitaria, pero casi estudia en la UTEM, su puntaje le alcanzó. Sucedió que su padre, mi abuelo, era (es) un viejo de mierda machista y autoritario. En su concepción reducida del mundo, sólo los hombres debían ir a la Universidad y si a mi madre no le daba el puntaje para la carrera que soñaba -periodismo- entonces no estudiaba nada, menos carreras "de hombres". Entonces, de los cuatro hermanos, los dos hombres estudiaron ingeniería en la Usach y las dos mujeres no pasaron por la educación superior. Algo que a mi madre siempre le ha dolido y le ha penado, pero que a la vez instaló en mi casa la idea de que la educación superior era algo posible, alcanzable y deseable; y al mismo tiempo, que la educación pública era la única que valía la pena. La universidad nunca fue algo ajeno.

Otra confesión: mi papá es universitario. Y lo digo con vergüenza, porque me sube el pelo y me aleja del paria que me he construido ser. Cuando salió del colegio, de un liceo técnico, dio la prueba y el puntaje le alcanzó para estudiar contabilidad en la Universidad de Concepción. Se fue allá, pero no terminó la carrera. Años más tarde, cuando yo tenía unos ocho años, él trabajaba en la Universidad Central, ahí ingresó al sistema vespertino y terminó de estudiar para ser Contador Auditor. Así, la universidad, la educación, la formación no son algo ajeno a mi historia, siempre me han acompañado. Soy una farsa.

Siempre escribí, sobre todo cartas. Con mis primeros pololos teníamos una especie de contienda por quién escribía las cartas más largas. Le escribía cartas a mi mamá, a mi papá, a todo el mundo. Cartas largas. También me acuerdo que, cuando tenía diez años, escribí un cuento. No sé por qué. Era sobre una chinita que se perdía en el bosque y se enfrentaba a una araña que la quería comer. Aunque después nunca escribí otro cuento, igual llevaba mi diario de vida, igual devoraba los libros que me daban para leer en el colegio y toda revista que cayera en mis manos. Amaba la revista Fibra y amé, cuando la conocí, la revista Wikén y su desaparecida sección final: la Zona de Contacto. Me acuerdo de ese día, cuando decidí postular al taller de columnistas: en mi casa no se leía ni se compraba el diario, pero ahí estaba El Mercurio y me topé con la Zona y su aviso: buscamos columnistas. Nunca había escrito una columna, no sabía lo que era. Esa noche googlié a los autores de los artículos de la Zona. Llegué al blog de Copano y de otra gente que, de alguna forma, era exitosa o tenía resuelto qué hacer con su vida. Eso me "insipiró" a escribir esa columna donde hablo de la gente que es exitosa y popular, gente que el resto del mundo observamos como espectadores. Esa fue la columna que me llevó a El Mercurio, la columna que me cambió la vida.

Sí, es cierto, las letras siempre habitaron mi espacio, pero al mismo tiempo sí fui paria. Igual viví en Gran Avenida, en un departamento enano, que mi mamá arrendaba por cien lucas. Igual mi casa era fea y mi mamá tenía de pareja a un borracho machista. Igual no salíamos de vacaciones. Igual tenía que vender dulces en el recreo para tener plata y era la nana que hacía el aseo y cuidaba a mis hermanos chicos. Nadie me dijo nunca que fuera capaz de hacer algo bien, salvo dejar el living bien enceradito.

No sabía qué hacer cuando salí de cuarto medio. La comunicación para el desarrollo me salvó. Me hizo bien ir a los talleres literarios en El Mercurio, aunque Agustín Edwards es un hijo de puta y su diario de mierda es lo más facho que hay, igual las pautas me abrieron la perspectiva, me mostraron que podía hacer algo, que tenía un talento que pulir, un posible oficio. Ir a los talleres de la Zona definieron una identidad que no existía.

El Mercurio me salvó de la pobreza. Alguien debería escribir sobre esto.

martes, 1 de julio de 2014

Nunca se llega a escribir la obra perfecta

Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse). Enrique Vila-Matas

miércoles, 28 de mayo de 2014

Humberto Maturana y el aborto

“Si uno quiere defender la vida ni siquiera debería tomar antibióticos, porque las bacterias son seres vivos. Hablar de la defensa de la vida,en general, es una mentira, porque los seres vivos vivimos de comernos a otros seres vivos. ¡Todos! Yo creo que lo que uno debe defender, si se quiere defender algo, es al ser humano en su vida íntegra. Y un embrión no es un ser humano. El ser humano surge en el momento en que se establece la relación amorosa entre la madre y ese ser que está creciendo en ella. Si esa relación na se establece, no hay ser humano”.

“Considero que el aborto es una medida extrema, que las mujeres adoptan porque es necesario para sus vidas. Para mí, es una acción legítima que ella o la familia decidan perder un bebé que no desean. Es un embrión destinado a sufrir la negación, porque no se le quiere. Y se hace más daño teniendo un hijo a la fuerza que no teniéndolo. Ahora, decir que el aborto es legítimo no me inhabilita para señalar que, en el fondo, es un acto sagrado, porque es una vida por otra vida. No estoy recomendando el aborto; lo que sí me parece es que las personas tienen que tener los conocimientos y el entendimiento para decidir consciente y responsablemente. Y quien debe decidir, por supuesto, es la mujer, porque se trata de su vida y de su cuerpo”.

http://www.sentidoscomunes.cl/humberto-maturana-el-aborto-es-legitimo-2/ 

Nicanor Parra: jóvenes, escriban

"Jóvenes, escriban lo que quieran, en el estilo que les parezca mejor. Ha pasado demasiada sangre bajo los puentes para seguir creyendo -creo yo- que sólo se puede seguir un camino".

martes, 27 de mayo de 2014

Escribe como si te fueran a matar mañana

Le preguntan a Juan Radrigán si piensa en sus lectores cuando escribe, y él dice:

"No me pregunto si le va a gustar o no, porque si fuera así, entonces no podría escribir. Y la escritura tiene que ser sin trabas. Por eso yo le digo a mis alumnos que escriban como si los fueran a matar mañana, o sea, sin temor a nada y con completa libertad. Si los fueran realmente a matar ¿qué van a perder? y es así como creo yo que se tiene que escribir".

Escribe como si te fueran a fusilar mañana, sin miedo a dar explicaciones después, sin miedo al qué dirán porque siempre alguien dirá algo malo. Escribe como si fuera el último día de tu vida, escupiendo todo, sin guardarte ningún pensamiento. Cuando escribas, desgárrate, sácate las tripas en el papel, entrégalo todo como si no hubiera otro momento para hacerlo. Escribir sólo vale la pena cuando se hace desde el desangramiento. Si no hay rock, si no hay épica, entonces no hay nada que decir, no hay razón para escribir. El que tiene miedo que se dedique a otra cosa.

Sólo me he desgarrado dos veces.

Aquí (Cuarto Medio).

Y aquí (Carta a un facho pobre).

Eso sería lo más verdadero, hasta ahora. Todavía puedo desgarrarme mucho más.

sábado, 17 de mayo de 2014

Díganme que escribo bien

Hace diez años que salí del colegio, del mismo colegio de Cuarto Medio. Es curioso que cuando se cumple una década, ese colegio empieza a salir en la tele. Me ha servido para reflexionar caleta sobre las diferencias entre las arolas del 2004 y la del 2014. En diez años han pasado ene cosas.

Si alguien ve Cuarto Medio, puede ver a la legua que se trata de un colegio en el que estudian jóvenes con la pobreza material y cultural en contra, pero con harta garra y agallas. Yo era matea y lo matea me llevó a la universidad y ahora a hacer un magíster. Yo creo que ése es mi único mérito, lo demás es conspiración del contexto: tener un papá que, aunque separado de mi mamá, siempre me apoyó con plata; tener una mamá que todos los días me dijo que tenía que ir a la universidad; tener antecedentes en la familia de lo distinta que era la vida entre tener un título universitario y no tenerlo.

Además de todo eso, lo que me "salvó" -odio cómo suena eso- fue El Mercurio. Es raro decirlo, pero es cierto. Cuando salí de cuarto medio y el puntaje no me alcanzó para una carrera y una universidad que me convencieran, hice preu un año completo. Mi mamá me tenía paciencia, pero mi papá siempre fue como frío -hasta ahora lo es- con todo lo que respecta a mis logros, metas o proyectos. En paralelo, mi vida era más bien fome: mi mamá trabajaba todo el día y mi única utilidad era hacer el aseo en mi casa y cuidar a mis hermanos chicos. Siempre fui matea y me sacaba buenas notas, pero nunca me destacaron un talento particular, salvo limpiar bien la cocina.

En eso estaba cuando escribí un texto para postular a los talleres de la Zona de Contacto. Cuando quedé y cuando el editor me dijo que escribía bien y que por eso estaba allí me di cuenta de que servía para algo. Ir a esos talleres y sentirme valorada por un editor fue un salvavidas, una mano amiga, un puente a otra cosa y todas esas metáforas cursis y repetidas. Por fin alguien me decía que servía para algo específico. Desde ese momento, a mediados del 2005, me obsesioné con una única idea: quiero escribir bien. Quiero que cuando alguien piense en mí, piense en alguien que escribe bien. La idea me acompaña siempre, la pienso todos los días. Si hay algo que deseo que la gente piense sobre mí es eso: que escribo la raja, que tengo una muy buena pluma.

Hasta ahora, me he esmerado en pulir ese estilo, trato de leer mucho y de escribir más. La práctica hace al maestro, dicen. Pero me falta. Siempre que pienso que llegué a un buen nivel me doy cuenta de que todavía necesito seguir aprendiendo. Pero los elogios me mantienen viva. No hay nada que me haga más feliz que leer comentarios como "excelente redacción. Te agradezco la buena pluma, cada vez más difícil de encontrar en los blogs" o "Tienes una gran pluma y te digo que soy una lectora compulsiva de columnas". De verdad, la persona que me diga que escribo bien se gana toda mi simpatía, aprecio y afecto.

Mi talón de quiles es que me digan que escribo bien. Díganmelo y me entregaré como una gatita sumisa.