Mostrando entradas con la etiqueta bolaño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bolaño. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Vasos comunicantes en la obra de Roberto Bolaño

 Leyendo y releyendo a Bolañito, me he percatado de que:

- Lupe, joven prostituta del DF, aparece en un poema de Los Perros Románticos y en Los detectives salvajes. Con idéntica anécdota: sobre un Cadillac, en la calle, sufriendo por un hijo muerto que perdió por no cumplirle la promesa de cambiar de vida a la Virgen de Guadalupe.
- La anécdota autobiográfica del joven Bolaño-Belano detenido en Chile para el golpe del 73 aparece detallada en el testimonio 4, de Auxilio Lcaouture, en Los Detectives Salvajes; en el cuento Detectives (de Llamadas telefónicas), en el cuento Últimos atardeceres en la tierra (de Putas asesinas), y en varias de sus entrevistas.
- Sobre el encuentro con Jodorowsky narrado en el cuento Carné de baile, también hay alusiones en el testimonio 2, de Perla Avilés, en Los detectives salvajes. En ambos textos se nombra la discrepancia entre Bolaño (Belano) y Jodorowsky sobre Parra y Neruda. (All-male panel...)
- En Los detectives salvajes he identificado cuatro veces su famosa muletilla-llave-de-giro: tres veces en la entrada del diario de García Madero, del 3 de noviembre ("Lo que ocurrió después es brumoso", "Lo que sucedió a continuación fue atropellado") y en la del 30 de diciembre ("Lo que sucedió a continuación es difícil de recordar"). En el testimonio 1, de Luis Sebastián Rosado ("Lo que siguió a continuación es confuso").
- La pregunta de una mesera a un joven para proferirle sexo oral "¿quieres que te haga un guagüis?" aparece en la entrada del 10 de noviembre del diario de García Madero en Los detectives salvajes y en el cuento Últimos atardeceres en la tierra, formulada como "¿te hago un guagüis?".

domingo, 20 de septiembre de 2026

Carné de baile, Roberto Bolaño

1. Mi madre nos leía a Neruda en Quilpué, en Cauquenes, en Los Ángeles. 2. Un único libro: Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Editorial Losada Buenos Aires, 1961. En la portada un dibujo de Neruda y un aviso de que aquélla era la edición conmemorativa de un millón de ejemplares. ¿En 1961 se había vendido un millón de ejemplares de los Veinte poemas o se trataba de la totalidad de la obra publicada de Neruda? Me temo que lo primero, aunque ambas posibilidades son inquietantes, y ya inexistentes. 3. En la segunda página del libro está escrito el nombre de mi madre. María Victoria Ávalos Flores. Una observación tal vez superficial, contra todos los indicios, me hace concluir que no fue ella quien escribió su nombre allí. Tampoco es la letra de mi padre, ni de nadie que yo conozca. ¿De quién, entonces?  Tras observar cuidadosamente esa firma desdibujada por los años tengo que admitir, si bien con reservas, que es la de mi madre. 4. En 1961, en 1962, mi madre tenía menos años de los que yo tengo ahora, no llegaba a los treintaicinco, y trabajaba en un hospital. Era joven y animosa. 5. Los Veinte poemas, mis Veinte poemas, han recorrido un largo camino. Primero por diversos pueblos del sur de Chile, después por varias casas de México DF, después por tres ciudades de España.  6. El libro, por supuesto, no era mío.  Primero fue de mi madre.  Ésta se lo regaló a mi hermana y cuando mi hermana se fue de Gerona rumbo a México me lo regaló a mí.  Entre los libros que me dejó mi hermana mis favoritos eran los de ciencia ficción y la obra completa, hasta ese momento, de Manuel Puig, que yo mismo le había regalado y que entonces releí. 7. Neruda ya no me gustaba. ¡Y menos aún los Veinte poemas de amor! 8.  En 1968 mi familia se fue a vivir a México DF. Dos años después, en 1970, conocí a Alejandro Jodorowski, que para mí encarnaba al artista de prestigio. Lo busqué a la salida de un teatro (dirigía una versión de Zaratustra, con Isela Vega), le dije que quería que me enseñara a dirigir películas y desde entonces me convertí en asiduo visitante de su casa.  Creo que no fui buen alumno. Jodorowski me preguntó cuánto gastaba en tabaco cada semana. Le dije que bastante, pues desde siempre he fumado como un carretero. Jodorowski me dijo que dejara de fumar y que ese dinero lo invirtiera en pagar unas clases de meditación zen con Ejo Takata. De acuerdo, dije. Durante unos días estuve con Ejo Takata, pero a la tercera sesión decidí que eso no era lo mío. 9. Abandoné a Ejo Takata en plena sesión de meditación zen. Cuando quise dejar la fila el japonés se abalanzó sobre mí blandiendo un bastón de madera, el mismo con el que golpeaba a los alumnos que así se lo pedían. Es decir, Ejo ofrecía el bastón, los alumnos decían sí o no y en caso de ser la respuesta afirmativa Ejo les descerrajaba unos planazos que atronaban el espacio en penumbra impregnado de incienso. 10. A mí, sin embargo, no me ofreció la posibilidad de denegar los golpes. Su ataque fue fulminante y estentóreo. Yo estaba junto a una chica, cerca de la puerta, y Ejo estaba al fondo de la habitación. Supuse que tenía los ojos cerrados y creí que no me iba a escuchar cuando me marchara. Pero el pinche japonés me escuchó y se abalanzó sobre mí gritando el equivalente zen de banzai. 11. Mi padre fue campeón de boxeo amateur en la categoría de los pesos pesados. Su invicto reinado se circunscribió al sur de Chile. A mí nunca me gustó boxear, pero aprendí desde chico; siempre hubo un par de guantes de boxeo en mi casa, ya fuera en Chile o en México. 12. Cuando el maestro Ejo Takata se abalanzó gritando sobre mí probablemente no pretendía hacerme daño, tampoco esperaba que yo automáticamente me defendiera. Los planazos de su bastón servían generalmente para desentumecer los nervios agarrotados de sus discípulos. Pero yo no tenía los nervios agarrotados, yo sólo quería largarme de allí de una vez por todas. 13. Si crees que te atacan, te defiendes, ésa es una ley natural, sobre todo a los diecisiete años, sobre todo en el DF.  Ejo Takata era nerudiano en la ingenuidad. 14. Según Jodorowski, él había introducido a Ejo Takata en México. Durante una época Takata buscaba drogadictos por las selvas de Oaxaca, la mayoría norteamericanos, que no habían podido regresar después de un viaje alucinógeno. 15. Por lo demás, la experiencia con Takata no hizo que dejara de fumar. 16. Una de las cosas que me gustaba de Jodorowski era que hablaba de los intelectuales chilenos (generalmente en contra) y me incluía a mí. Eso me proporcionaba una gran confianza, aunque por descontado yo no tenía la más mínima intención de ser como aquellos intelectuales. 17. Una tarde, no sé por qué, nos pusimos a hablar de poesía chilena. Él dijo que el más grande era Nicanor Parra. Acto seguido, se puso a recitar un poema de Nicanor, y luego otro, y luego finalmente otro. Jodorowski recitaba bien, pero los poemas no me impresionaron. Yo era por entonces un joven hipersensible, además de ridículo y muy orgulloso, y afirmé que el mejor poeta de Chile, sin duda alguna, era Pablo Neruda. Los demás, añadí, son unos enanos. La discusión debió durar media hora.  Jodorowski esgrimió argumentos de Gurdjieff, Krishnamurti y Madame Blavatski, luego habló de Kierkegaard y Wittgenstein, luego de Topor, Arrabal y él mismo. Recuerdo que dijo que Nicanor, de paso para alguna parte, se había alojado en su casa. En esa afirmación entreví un orgullo pueril que desde entonces nunca he dejado de percibir en la mayoría de los escritores. 18. En alguno de sus escritos Bataille dice que las lágrimas son la última forma de comunicación. Yo me puse a llorar, pero no de una manera normal y formal, es decir dejando que mis lágrimas se deslizaran suavemente por las mejillas, sino de una manera salvaje, a borbotones, más o menos como llora Alicia en el País de las Maravillas, inundándolo todo. 19. Cuando salí de casa de Jodorowski supe que nunca más iba a volver allí y eso me dolió tanto como sus palabras y seguí llorando por la calle. También supe, pero esto de una forma más oscura, que no volvería a tener un maestro tan simpático, un ladrón de guante blanco, el estafador perfecto. 20. Pero lo que más me extrañó de mi actitud fue la defensa más bien miserable y poco argumentada, pero defensa al fin y al cabo, que hice de Pablo Neruda, de quien sólo había leído los Veinte poemas de amor (que por entonces me parecían involuntariamente humorísticos) y el Crepusculario, cuyo poema “Farewell” encarnaba el colmo de los colmos de la cursilería, pero por el cual siento una inquebrantable fidelidad. 21. En 1971 leí a Vallejo, a Huidobro, a Martín Adán, a Borges, a Oquendo de Amat, a Pablo de Rokha, a Gilberto Owen, a López Velarde, a Oliverio Girondo. Incluso leí a Nicanor Parra. ¡Incluso leí a Pablo Neruda! 22. Los poetas mexicanos de entonces que eran mis amigos y con quienes compartía la bohemia y las lecturas, se dividían básicamente entre vallejianos y nerudianos. Yo era parriano en el vacío, sin la menor duda. 23. Pero hay que matar a los padres, el poeta es un huérfano nato.  24. En 1973 volví a Chile en un largo viaje por tierra y por mar que se dilató al arbitrio de la hospitalidad. Conocí a revolucionarios de distinto pelaje. El torbellino de fuego en el que Centroamérica no tardaría en verse envuelta ya se avizoraba en los ojos de mis amigos, que hablaban de la muerte como quien cuenta una película. 25. Llegué a Chile en agosto de 1973. Quería participar en la construcción del socialismo. El primer libro de poemas que compré fue Obra gruesa, de Parra. El segundo, Artefactos, también de Parra. 26. Tenía menos de un mes para disfrutar de la construcción del socialismo. Por supuesto, yo entonces no lo sabía. Era parriano en la ingenuidad. 27. Asistí a una exposición y vi a varios poetas chilenos, fue espantoso. 28. El once de septiembre me presenté como voluntario en la única célula operativa del barrio en donde yo vivía. El jefe era un obrero comunista, gordito y perplejo, pero dispuesto a luchar. Su mujer parecía más valiente que él. Todos nos amontonamos en el pequeño comedor de suelo de madera. Mientras el jefe de la célula hablaba me fijé en los libros que tenía sobre el aparador. Eran pocos, la mayoría novelas de vaqueros como las que leía mi padre. 29. El once de septiembre fue para mí, además de un espectáculo sangriento, un espectáculo humorístico. 30. Vigilé una calle vacía. Olvidé mi contraseña. Mis compañeros tenían quince años o eran jubilados o desempleados. 31. Cuando murió Neruda yo ya estaba en Mulchén, con mis tíos y tías, con mis primos. En noviembre, mientras viajaba de Los Ángeles a Concepción, me detuvieron en un control de carretera y me metieron preso. Fui el único al que bajaron del autobús.  Pensé que me iban a matar allí mismo. Desde el calabozo oí la conversación que sostuvo el jefe del retén, un carabinero jovencito y con cara de hijo de puta (un hijo de puta revolviéndose en el interior de un saco de harina), con sus jefes de Concepción.  Decía que había capturado a un terrorista mexicano. Luego se retractó y dijo: terrorista extranjero.  Mencionó mi acento, mis dólares, la marca de mi camisa y de mis pantalones. 32. Mis bisabuelos, los Flores y los Graña, intentaron vanamente domar la Araucanía (aunque no fueron capaces ni de domarse a sí mismos), por lo que es probable que fueran nerudianos en la desmesura; mi abuelo Roberto Ávalos Martí fue coronel y estuvo destinado en varias plazas del sur hasta una jubilación temprana y oscura, lo que me hace pensar que fue nerudiano en el blanco y en el azul; mis abuelos paternos llegaron de Galicia y Cataluña, dejaron sus vidas en la provincia de Bío-Bío y fueron nerudianos en el paisaje y en la laboriosa lentitud. 33. Durante algunos días estuve encerrado en Concepción y luego me soltaron. No me torturaron, como temía, ni siquiera me robaron.  Pero tampoco me dieron nada para comer ni para taparme por las noches, por lo que tuve que vivir de la buena voluntad de los presos que compartían su comida conmigo. De madrugada escuchaba cómo torturaban a otros, sin poder dormir, sin nada que leer, salvo una revista en inglés que alguien había olvidado allí y en la que lo único interesante era un artículo sobre una casa que en otro tiempo perteneció al poeta Dylan Thomas. 34. Me sacaron del atolladero dos detectives, ex compañeros míos en el Liceo de Hombres de Los Ángeles, y mi amigo Fernando Fernández, que tenía un año más que yo, veintiuno, pero cuya sangre fría era sin duda equiparable a la imagen ideal del inglés que los chilenos desesperada y vanamente intentaron tener de sí mismos. 35. En enero de 1974 me marché de Chile.  Nunca más he vuelto. 36. ¿Fueron valientes los chilenos de mi generación?  Sí, fueron valientes. 37. En México me contaron la historia de una muchacha del MIR a la que torturaron introduciéndole ratas vivas por la vagina. Esta muchacha pudo exiliarse y llegó al DF.  Vivía allí, pero cada día estaba más triste y un día se murió de tanta tristeza. Eso me dijeron. Yo no la conocí personalmente. 38. No es una historia extraordinaria. Sabemos de campesinas guatemaltecas sometidas a vejaciones sin nombre. Lo increíble de esta historia es su ubicuidad. En París me contaron que una vez llegó allí una chilena a la que habían torturado de la misma manera. Esta chilena también era del MIR, tenía la misma edad que la chilena de México y había muerto, como aquella, de tristeza. 39. Tiempo después supe la historia de una chilena de Estocolmo, joven y militante del MIR o ex militante del MIR, torturada en noviembre de 1973 con el sistema de las ratas y que había muerto, para asombro de los médicos que la cuidaban, de tristeza, de morbus melancholicus. 40. ¿Se puede morir de tristeza?  Sí, se puede morir de tristeza, se puede morir de hambre (aunque es doloroso), se puede morir incluso de spleen. 41. ¿Esta chilena desconocida, reincidente en la tortura y en la muerte, era la misma o se trataba de tres mujeres distintas, si bien correligionarias en el mismo partido y de una belleza similar? Según un amigo, se trataba de la misma mujer que, como en el poema de Vallejo “Masa”, al morir se iba multiplicando sin dejar por ello de morir.  (En realidad, en el poema de Vallejo el muerto no se multiplica, quienes se multiplicaban son los suplicantes, los que no quieren que muera.) 42. Hubo una vez una poeta belga llamada Sophie Podolski.  Nació en 1953 y se suicidó en 1974.  Sólo publicó un libro, llamado Le Pays où tout est permis (Montfaucon Research Center, 1972, 280 páginas facsímiles). 43. Germain Nouveau (1852-1920), que fue amigo de Rimbaud, pasó los últimos años de su vida como vagabundo y como mendigo. Se hacía llamar Humilis (en 1910 publicó Les poèmes d’Humilis) y vivía en las puertas de las iglesias. 44. Todo es posible.  Eso todo poeta debería saberlo.  45. Una vez me preguntaron cuáles eran los jóvenes poetas chilenos que a mí me gustaban. Tal vez no emplearan las palabras “jóvenes” sino “actuales”. Dije que me gustaba Rodrigo Lira, aunque éste ya no pueda ser actual (pero sí joven, más joven que todos nosotros) puesto que está muerto. 46. Parejas de baile de la joven poesía chilena: los nerudianos en la geometría con los huidobrianos en la crueldad, los mistralianos en el humor con los rokhianos en la humildad, los parrianos en el hueso con los linheanos en el ojo. 47. Lo confieso: no puedo leer el libro de memorias de Neruda sin sentirme mal, fatal. Qué cúmulo de contradicciones. Qué esfuerzos para ocultar y embellecer aquello que tiene el rostro desfigurado. Qué falta de generosidad y qué poco sentido del humor. 48. Hubo una época felizmente ya pasada de mi vida en que veía por el pasillo de mi casa a Adolf Hitler. Hitler no hacía nada más que caminar pasillo arriba y pasillo abajo y cuando pasaba por la puerta abierta de mi dormitorio ni siquiera me miraba.  Al principio pensaba que era (¿qué otra cosa podría ser?) el demonio y que mi locura era irreversible. 49. Quince días después Hitler se esfumó y yo pensé que el siguiente en aparecer sería Stalin. Pero Stalin no apareció. 50. Fue Neruda el que se instaló en mi pasillo. No quince días, como Hitler, sino tres, un tiempo considerablemente más corto, señal de que la depresión amenguaba. 51. En contrapartida, Neruda hacía ruidos (Hitler era silencioso como un trozo de hielo a la deriva), se quejaba, murmuraba palabras incomprensibles, sus manos se alargaban, sus pulmones sorbían el aire del pasillo (de ese frío pasillo europeo) con fruición, sus gestos de dolor y sus modales de mendigo de la primera noche fueron cambiando de tal manera que al final el fantasma parecía recompuesto, otro, un poeta cortesano, digno y solemne. 52. A la tercera y última noche, al pasar por delante de mi puerta, se detuvo y me miró (Hitler nunca me había mirado) y, esto es lo más extraordinario, intentó hablar, no pudo, manoteó su impotencia y finalmente, antes de desaparecer con las primeras luces del día, me sonrió (¿como diciéndome que toda comunicación es imposible pero que, sin embargo, se debe hacer el intento?). 53. Conocí hace tiempo a tres hermanos argentinos que murieron intentando hacer la revolución en países diferentes de Latinoamérica.  Los dos mayores se traicionaron mutuamente y de paso traicionaron al menor. Éste no cometió traición alguna, y murió dicen, llamándolos, aunque lo más probable es que muriera en silencio. 54. Los hijos del león español, decía Rubén Darío, un optimista nato. Los hijos de Walt Whitman, de José Martí, de Violeta Parra; desollados, olvidados, en fosas comunes, en el fondo del mar, sus huesos mezclados en un destino troyano que espanta a los supervivientes. 55. Pienso es ellos estos días en que los veteranos de las Brigadas Internacionales visitan España, viejitos que bajan de los autocares con el puño en alto. Fueron 40.000 y hoy vuelven a España 350 o algo así. 56. Pienso en Beltrán Morales, pienso en Rodrigo Lira pienso en Mario Santiago, pienso en Reinaldo Arenas. Pienso en los poetas muertos en el potro de la tortura, en los muertos de sida, de sobredosis, en todos lo que creyeron en el paraíso latinoamericano. Pienso en esas obras que acaso permitan a la izquierda salir del foso de la vergüenza y la inoperancia. 57. Pienso en nuestras vanas cabezas puntiagudas y en la muerte abominable de Isaac Babel. 58. Cuando sea mayor quiero ser nerudiano en la sinergia. 59. Preguntas para antes de dormir.  ¿Por qué a Neruda no le gustaba Kafka? ¿Por qué a Neruda no le gustaba Rilke? ¿Por qué a Neruda no le gustaba De Rokha? 60. ¿Barbuse le gustaba? Todo hace pensar que sí. Y Shólojov. Y Alberti. Y Octavio Paz. Extraña compañía para viajar por el Purgatorio. 61. Pero también le gustaba Éluard, que escribía poemas de amor. 62. Si Neruda hubiera sido cocainómano, heroinómano, si lo hubiera matado un cascote en el Madrid sitiado del 36, si hubiera sido amante de Lorca y se hubiera suicidado tras la muerte de éste, otra sería la historia. ¡Si Neruda fuera el desconocido que en el fondo verdaderamente es! 63. ¿En el sótano de lo que llamamos “Obra de Neruda” acecha Ugolino dispuesto a devorar a sus hijos? 64. ¡Sin ningún remordimiento! ¡Inocentemente! ¡Sólo porque tiene hambre y ningún deseo de morirse! 65. No tuvo hijos, pero el pueblo lo quería. 66. ¿Como a la Cruz, hemos de volver a Neruda con las rodillas sangrantes, los pulmones agujereados, los ojos llenos de lágrimas? 67. Cuando nuestros nombres ya nada signifiquen, su nombre seguirá brillando, seguirá planeando sobre una literatura imaginaria llamada literatura chilena. 68. Todos los poetas, entonces, vivirán en comunas artísticas llamadas cárceles o manicomios. 69. Nuestra casa imaginaria, nuestra casa común.

Poemas de Roberto Bolaño a su hijo Lautaro

Lautaro, nuestra familiaridad

Llegará el día en que no hagamos
tantas cosas como ahora hacemos juntos
Dormir abrazados
Cagar el uno al lado del otro sin vergüenza alguna
Jugar con la comida a lo largo del pasillo
de nuestra casa en la calle Aurora
Este pasillo débilmente iluminado
que sin duda conduce al infinito


Lautaro, nuestras pesadillas

A veces te despiertas gritando y te abrazas
a tu madre o a mí con la fuerza y la lucidez
que sólo un niño menor de dos años puede tener
A veces mis sueños están llenos de gritos en la ciudad fantasma
y los rostros perdidos me hacen preguntas
que jamás sabré contestar
Tú te despiertas y sales corriendo de tu habitación
y tus pies descalzos resuenan
en la larga noche de invierno de Europa
Yo regreso a los lugares del crimen
sitios duros y brillantes
tanto que al despertar me parece mentira que aún esté vivo

Lautaro, nuestras sombras

Hay días en que todo lo imitas y así puedo verte
repitiendo mis gestos
mis palabras
(tú, que no sabes decir más que mamá y 
papá, sí y no)
en una jerga extraña
el lenguaje de los seres pequeños
del otro lado de la cortina
y a veces olvido
cuál es mi sombra y cuál es
tu sombra
quién contempla el retrato de los Arnolfini
quién enciende la televisión


Lautaro, las facciones de León

Hay días en que veo en tu rostro
el rostro de mi padre, el cual según dicen,
se parecía a su padre
La mirada de León Bolaño aparece en tus
ojos entrecerrados
sobre todo cuando salimos a pasear
y la gente te saluda con ademanes cordiales
Otras veces pienso que no es así: esa quijada
de luchador, ese pelo rubio cenizo,
la disposición para la fiesta y el caos sólo remiten
a rescoldos de mi propia nostalgia
No obstante te pareces a él: sobre todo
estos días de enero
cuando salimos a pasear tomados de la mano
en medio de una luz frágil y persistente


Lee a los viejos poetas
Lee a los viejos poetas, hijo mío
y no te arrepentirás
Entre las telarañas y las maderas podridas
de barcos varados en el Purgatorio
allí están ellos
¡cantando!
¡ridículos y heroicos!
Los viejos poetas
Palpitantes en sus ofrendas
Nómades abiertos en canal y ofrecidos
a la Nada
(pero ellos no viven en la Nada
sino en los Sueños)
Lee a los viejos poetas
y cuida sus libros
Es uno de los pocos consejos
que te puede dar tu padre
Otras lluvias
Y otros calores infernales -Así pues, la consigna es ésta: Resistid queridos libritos
Atravesad los días como caballeros medievales
Y cuidad de mi hijo En los años venideros

Biblioteca
Libros que compro Entre las extrañas lluvias
Y el calor De 1992
Y que ya he leído O que nunca leeré Libros para que lea mi hijo La biblioteca de Lautaro Que deberá resistir

Biblioteca y Lee a los viejos poetas fueron escritos inmediatamente después de salir del Hospital Valle Hebrón, en Barcelona, en el verano de 1992, o tal vez cuando aún estaba allí, con los viejos de hígados destrozados, con los enfermos de sida y con las muchachas que ingresaron por una sobredosis de heroína y a partir de entonces -el pabellón estaba lleno de predicadores de todo pelaje- reencontraron a Dios.
Son dos poemas muy sencillos, bastante torpes en la ejecución y con voluntad de claridad en el significado. El destinatario original del mensaje es mi hijo Lautaro -estas palabras, en el fondo, también son para él. Ambos poemas recogen no sólo buenos deseos y buenos consejos. Desesperado con la perspectiva de no volver a ver a mi hijo, ¿a quién encargar de su cuidado sino a los libros? Es así de simple: un poeta pide a los libros que amó y que le inquietaron, protección para su hijo en los años venideros. En el otro poema, por el contrario, el poeta pide a su hijo que cuide de los libros en el futuro. Es decir que los lea. Protección mutua. Como el lema de una banda de gángsters invicta.

Blanes, enero de 1993

lunes, 3 de agosto de 2026

“Experimento Bolaño”: La historia de su casa de infancia en Quilpué que busca convertirse en patrimonio

 


A casi 20 años de su muerte, el colectivo Monumentos Incómodos acaba de presentar una solicitud al Ministerio de las Culturas para declarar Monumento Histórico el antiguo inmueble ubicado en el barrio El Retiro de Quilpué, en la V Región, donde el escritor chileno y autor de Los detectives salvajes vivió entre 1960 y 1964. Allí estudió en la escuela pública donde trabajaba su madre, vio entrenar a la selección brasileña de fútbol en pleno Mundial del 62, trabajó cortando boletos de micro y aprendió a montar a caballo con su padre, episodio que después narró en uno de sus relatos más célebres. Nunca volvió a la llamada Ciudad del Sol en sus visitas al país en 1998 y 1999, aseguran amigos y cercanos, pero sí estuvo en su radar hacia el abrupto final de su vida, cuando Bolaño barajó la idea de volver a Chile.

Se reunieron una noche en el bar del hotel. Estaban los dos de paso por Bruselas, invitados junto a otros autores a participar de unas jornadas dedicadas a la literatura chilena post dictadura que organizaban universidades belgas y la embajada de Chile en dicho país. Era enero del 2002 y el poeta Jaime Quezada se reencontraba tras un par de años con su viejo amigo de juventud, Roberto Bolaño. No imaginó, recalca hasta hoy, que se trataría del último encuentro entre ambos.

“Roberto venía de su Blanes catalán y yo de mi Santiago de Chile. Pero tan pronto concluyó por la mañana su ponencia (en verdad, más que una ponencia una lesa y provocativa intervención oral sobre su mala experiencia con la literatura chilena: de los Coloane a los Donoso), desapareció por la tarde por arte de magia o de birlibirloque. Nadie lo vio más”, contó Quezada a El Universal de México, en 2015.

“La noche anterior, sin embargo, habíamos estado conversando largamente en el bar del hotel (‘entre nos’ -me dijo-, estoy barajando la idea de irme a Chile, deberías averiguarme cuánto cuesta vivir en Quilpué), mientras yo bebía mi doble vaso de ginebra y él un fresco de maracuyá morada, saliendo a ratos al lobby para fumar su nunca último cigarrillo. Fue también mi último y final encuentro con un Roberto Bolaños Ávalos que, después de todo, seguía llevando en su memoria aquel Quilpué de los tiempos de su infancia”, añadió el también autor de Bolaño antes de Bolaño (2007).

En su libro, Quezada ahondó en su amistad con el autor Los detectives salvajes, a quien conoció en México a comienzos de los 70. Allí vivió junto a su familia durante dos años, y luego lo recibió en su casa en Santiago, en la comuna de La Cisterna, a dos semanas del Golpe de Estado, cuando Bolaño volvió con la idea de sumarse al proyecto de la Unidad Popular y fue detenido ocho días en una comisaría en Concepción. Fueron yuntas y cómplices hasta el final de su vida.

Un año después de ese último encuentro en Bruselas, el 15 de julio de 2003, Roberto Bolaño falleció en la espera de un trasplante de hígado en Barcelona. Su abrupta y temprana muerte, a los 50 años, y la publicación, solo meses más tarde, de su póstuma novela 2666, convirtieron rápidamente su nombre en un mito de la literatura contemporánea a la par de una figura tan respetada como resistida al interior del panorama literario local.

“Nunca hice averiguaciones por aquello de ‘cuánto costaría vivir en Quilpué’”, cuenta hoy Quezada a The Clinic: “Y aunque Roberto lo decía desde el alma, me pareció una graciosa quimera que bien revelaba ese país de la infancia que iba en él. Más bien imaginación, ficción, presencia del lejano lugar que fue, literatura íntima y emocional presente en ese ‘entre nos’. Las veces que Roberto vino a Chile no habló nunca de Quilpué ni fue a Quilpué. Sí a Los Ángeles, sí a Mulchén, y tal vez para no perder la magia sagrada de una casa-lugar donde fue feliz: la infancia. Acaso una intuitiva manera de inmortalidad más allá de su prematura muerte”.

NIÑO ROBERTO

Llegaban, cada tanto, sudorosos jóvenes mochileros, peregrinos literatos y hippies nostálgicos con alguno de sus libros enrollado entre las manos. No siempre daban con la dirección exacta pero sí con la misma referencia: una antigua casa amarilla con portón negro justo en la esquina de las calles San Enrique e Independencia, en el apacible y residencial barrio El Retiro, en la comuna de Quilpué. Los vecinos y quienes lo conocieron de niño solían decir que ahí había crecido Roberto Bolaño.

Cuando se conmemoraban diez años de su muerte, la municipalidad de la misma localidad de la V Región y la junta de vecinos del sector inauguraron una placa recordatoria en el frontis del antiguo inmueble ubicado en el Nº1890 de la calle San Enrique. En el grabado se lee lo siguiente: “En esta casa vivió, entre los años 1959 y 1964, el destacado escritor chileno Roberto Bolaño Ávalos. La comunidad de El Retiro se enorgullece de recordarlo a 10 años de su sensible fallecimiento. Quilpué, julio de 2013”.

En el terreno, que alguna vez fue una quinta, hoy hay varias construcciones interiores y un patio amplio. Casi no hay movimiento detrás de esas cortinas.

Roberto Bolaño nació el 18 de abril de 1953 en una clínica del Seguro Social, a cuadras de la avenida Recoleta de Santiago, donde además vivían sus abuelos paternos. Hijo mayor del camionero y boxeador profesional León Bolaño y de la profesora de primaria Victoria Ávalos, el niño Roberto tuvo una infancia nómada y movediza desde sus primeros meses de vida. “Yo viví en el cerro Los Placeres de Valparaíso, luego en Quilpué; en Viña; en Cauquenes, una zona llena de alcohólicos y espiritistas, (…) Biobío es la tierra de mis mayores, como diría Serrat, y el lugar donde llegó al menos la parte paterna de mi familia, a Mulchén, viví en Los Ángeles”, contó el propio Bolaño en el 2000.

A Quilpué llegó a vivir con 7 años. Creció con las radionovelas que su mamá y su abuela escuchaban por las tardes, jugando a los vaqueros en el patio de la casa y el olor del pan saliendo del horno de barro que su padre había construido.

Fue inscrito en la escuela pública Nº98, en la calle Granada, donde trabajaba su madre. “Roberto ya sabía leer desde los tres años, no nos dimos ni cuenta de cómo aprendió”, contaba esta última años atrás. De pequeño, su hijo se formó como lector y comenzó poco a poco a poblar su habitación de libros y revistas, que luego compartía con sus compañeros de curso. En el libro de notas del Cuarto año A, el alumno Roberto Bolaño destacaba más, sin embargo, en asignaturas como Artes Plásticas (promedio 7) y Caligrafía (6), que en Castellano (5) o Matemáticas (4).

“Roberto ya despuntaba como líder en el ámbito intelectual, leía más que todos los demás y no paraba de dirigir la orquesta”, comenta el director Ricardo House, autor del documental La batalla futura, filme biográfico sobre Bolaño que reconstruye distintos episodios de su vida a partir de la ruta de los lugares donde vivió. Incluido, por cierto, Quilpué. “Allí Roberto fue un niño feliz. Correteaba con sus amigos entre las vacas y era libre”, agrega House.

Otra de sus pasiones desde muy pequeño fue el fútbol, y una de sus más grandes anécdotas tuvo precisamente lugar durante ese periodo, en 1962, para el Mundial que se realizó en Chile. Tenía 9 años y Roberto Bolaño y sus amigos del barrio se enteraron de que la selección brasileña -la de Garrincha, Didí, Pelé y Zagalo- entrenaba muy cerca de su casa, en el club Retiro. “Vivía a 50 metros de donde estaba alojada la selección brasileña y vi varios partidos en el estadio Sausalito”, reveló Bolaño en una entrevista a Qué Pasa en el año 2000. La anécdota no quedaba ahí: “Recuerdo que Vavá me tiró un penal y se lo atajé. Y para mí es la mayor hazaña que he hecho”.

“Ese hecho tenía revolucionados a todos los niños del barrio. Y existen registros que lo atestiguan en las crónicas fotográficas de la época”, asegura House.

Ya más grande, Roberto comenzó a ayudar a su papá con los repartos arriba del camión y consiguió un trabajo cortando boletos de micro en la línea de buses de la ruta Quilpué-Valparaíso. Compartían también el amor por los caballos, heredado de padre a hijo. “Le regalé un caballo que traje de Magallanes. Fue una odisea, imagínate, paisano. En Quilpué teníamos una quinta y a Roberto le gustaba montar. El caballo era su regalón”, contó León Bolaño en 2007.

Roberto lo bautizó Poncho Roto, y años más tarde lo revivió en la ficción con otro nombre, Zafarrancho, en su cuento Últimos atardeceres en la Tierra de 1999. El relato narra un viaje que hicieron padre e hijo a Acapulco y retrata el ocaso de la relación entre ambos. “Cuando tenía siete años su padre le compró un caballo. ‘¿De dónde era mi caballo?’, dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se sobresalta. ‘¿Qué caballo?’, dice. ‘El que me compraste cuando yo era chico’, dice B, ‘en Chile’. ‘Ah, el Zafarrancho’, dice su padre y sonríe. ‘Era un caballo chilote, de Chiloé’”.

Tras su paso por Quilpué, Bolaño y su familia se radican en Los Ángeles, tierra natal de su padre. El resto de la historia es conocido: su huella se pierde de Chile en 1967, cuando tenía 12 años y partió a México junto a sus padres y su hermana Ximena. El matrimonio se separa y el hijo mayor se embarca en una frenética senda de poeta que lo lleva al infrarrealismo y a un camino de creación y vanguardia que adoptó como forma de vida hasta su último día.

Su paso por Quilpué quedó reducido a unas cuantas anécdotas reveladas en entrevistas o encriptadas en su obra. Ricardo House recuerda su paso por la zona hace ya más de diez años.

“Estuvimos un par de días rodando allá y los amigos de Bolaño y el presidente de los vecinos fueron amabilísimos. Se emocionaban hasta las lágrimas al leer en los periódicos que su vecino y compañero de escuela era famoso, mundialmente conocido. Parecía ser lo mejor que les pudo pasar en mucho tiempo”, comenta el cineasta. “El Retiro es un barrio que hace honor a su nombre; conocido por una enorme fábrica de fideos que ahora está en decadencia y por Bolaño. No está mal que un escritor logre que una localidad o región exista”.
“EXPERIMENTO BOLAÑO”

La ciudad española de Gerona fue la primera en homenajear a Bolaño con una calle que actualmente lleva su nombre, en 2011. Luego vino otra otorgada por el Ayuntamiento de Barcelona en 2015 y que recuerda el paso del autor de Putas asesinas y Amuleto por un humilde piso en el número 45 de la calle Tallers, en el barrio de Raval. Su casa en Quilpué, en tanto, hasta la que aún llegan curiosos lectores y viudos fanáticos de su obra, aspira ahora a convertirse en patrimonio y en un espacio de memoria, preservación y difusión de su obra como parte de una iniciativa presentada por el colectivo Monumentos Incómodos.

Integrado por especialistas de diversas áreas -abogados, arquitectos, historiadores, periodistas y artistas visuales-, el grupo se conformó en pleno estallido social y a solo días del 18 de octubre de 2019, cuando se hizo evidente el descontento popular y la intervención y remoción de ciertos monumentos públicos.

“Llamamos Monumentos Incómodos a aquellos símbolos urbanos, tales como estatuas, nombres de calle, plazas u otros elementos conmemorativos y de homenaje en el espacio público que generan sentimientos de segregación, injusticia y odio en comunidades cuyos derechos han sido violentados sistemáticamente, producto de la colonización, racismo, xenofobia, patriarcado, homofobia, entre otros, y que representan una visión única de la historia de forma tangible, en que formas de abusos y discriminación no eran sancionadas ni menos reconocidas”, se lee en el sitio web de la agrupación, que además apoya e impulsa solicitudes y declaratorias patrimoniales, como la que en marzo pasado se le otorgó a la casa de la casa de Elena Caffarena, que acaba de ser declarada Monumento Histórico por el Consejo de Monumentos Nacionales. La gestión la lideró su nieta, la historiadora Ximena Jiles, apoyada de 300 adherentes, entre las que estaban Michelle Bachelet y Elisa Loncón, además de agrupaciones feministas.

Esta semana, Monumentos Incómodos presentó una solicitud formal para declarar como Monumento Histórico la casa en Quilpué donde Roberto Bolaño creció. “La vivienda ha sido descrita por el poeta Jaime Quezada como ‘seguramente la residencia más emblemática e importante en la vida de Roberto en Chile (…). Es necesario un reconocimiento patrimonial al más universal de los novelistas chilenos, la identificación de un hito material a través del cual se pueda reconocer al intelectual y desde ahí se puedan reconocer sus propios compatriotas por generaciones”, se lee en la carta dirigida a la ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Julieta Brodsky.

El periodista Roberto Manríquez, uno de los impulsores de la propuesta, cuenta que hace algunos meses visitaron la casa y que conocieron a sus propietarios.

“Nosotros hablamos con el nieto de la dueña, ella aún vive allí. Viven ahí hace 70 años, es dueña de todo el terreno y lo que cuenta es que su esposo era el mejor amigo de León Bolaño, el padre de Roberto. Él trabajaba en la aduana y León era camionero, ahí se hicieron amigos. Fruto de esa amistad, le arrendaron la casa de adelante a él y a su familia”, cuenta Manríquez. “Sigue habiendo un vínculo emocional ahí porque se trata de las mismas personas que conocieron a Roberto de niño. La familia, a través del nieto, ha expresado su intención de querer seguir siendo los propietarios pero están de acuerdo en que la casa se preserve además como un espacio de memoria”.

Lo más complejo, considera Manríquez, es pensar en un proceso de patrimonialización que sea coherente con el pensamiento de Bolaño: “Él estaba muy lejos de esas nociones patrimoniales o patriotas. Es interesante cuando él dice: ‘Mi patria es donde están mis hijos’, entonces se vuelve una encrucijada esta idea de proteger y preservar la que fue su casa. Él puso en disputa la idea de ser de un lugar determinado, y esa es la premisa que enfrentamos a la hora de patrimonializar ese lugar. Es un experimento patrimonializar a Bolaño, tiene sus riesgos y debemos movernos según su lógica, sus propias claves; él se hubiese resistido, por ejemplo, a un concepto patrimonial como el del Litoral de los Poetas o al tratamiento que hay con la Mistral en el norte, que está mucho mejor. En cualquiera de los dos casos, seguramente lo hubiese encontrado chovinista y hubiese detestado la idea. Lo más lógico sería que el espacio fuese uno en que se estudiara y leyera y discutiera acerca de su obra”, opina.

“Nuestro punto de vista tiene que ver con observar mínimamente un lugar que abrió en un niño o en un joven una imaginación universal. Eso me parece fascinante: acercarnos a este espacio en donde él creció no para constituir un arraigo localista o nacionalista, sino para pensar el mundo o para sentirse él al mismo tiempo muy universal. Quilpué es, de alguna manera, una interioridad que mira al mundo, a propósito de estar al lado de Valparaíso. Sigue siendo una interioridad pero no ensimismada, sino una que logra verse y sentirse parte del mundo. Bolaño rompió esa antigua noción en Chile de la isla encerrada entre el mar y la cordillera. Esa tensión hace de Quilpué un lugar exquisito, y de esa casa en particular, un lugar muy especial”.

De aprobarse la declaratoria, que ya cuenta con el apoyo del Instituto de Estética de la UC, la casa de Quilpué pasaría a tener tuición del Estado, que no es propiedad, explican desde el colectivo. “Cualquier intervención debe ser consultada previamente con los dueños, como sucede con las declaratorias de los barrios patrimoniales. Estos espacios por lo general tienden a tener mayores facilidades para optar a fondos públicos nacionales e internacionales, y en caso de que los dueños quieran venderla, el primer postor es el Estado”, comenta Ivette Quezada.
NO RETORNO

Volvió 25 años después y su nombre ya resonaba en Chile. En 1998, Roberto Bolaño aceptó participar como jurado en el concurso de cuentos de la revista Paula y arribó a Santiago junto a su entonces esposa Carolina López y su hijo mayor, Lautaro. Fue recibido como visita ilustre: dio numerosas entrevistas y conferencias tras el lanzamiento de su primera novela publicada en Chile, La pista de hielo, que ya había sido publicada en España en 1993 y por la que obtuvo el premio de Narrativa Ciudad Alcalá de Henares. De lentes, chaqueta de cuero y una estela de humo, Bolaño hizo de las suyas en su regreso a un país donde se sintió a ratos incómodo y ajeno.

“Es muy duro ser escritor en un país donde no te consideran de los suyos. He sido escritor siempre en lugares que no son mi país, y aquí mismo no me considerarían chileno”, declaró durante su visita.

Meses más tarde y ya de vuelta en España, publicó un implacable texto en la desaparecida revista Ajoblanco titulado El pasillo sin salida aparente. Con desbordada ironía, su relato comenzaba con una bullada cena en casa de Diamela Eltit; a partir de ese incómodo recuerdo, Bolaño hizo un descarnado retrato, hizo rodar cabezas y barrió con toda la Nueva Narrativa Chilena. También describió la espeluznante anécdota de la escritora Mariana Callejas, esposa del agente de la DINA Michael Townley, al igual que ella, y sus excéntricos talleres literarios en la misma casa donde se cometían torturas.

“Es extraño volver a Chile, el país pasillo, pero si uno lo piensa dos y hasta tres veces, es extraño volver a cualquier parte”, decía el texto: “Las calles, en realidad, parecían las mismas de siempre. Los rostros de los chilenos también. Eso puede conducir al más mortal de los aburrimientos o la locura. Así que esta vez, para variar, me lo tomé con calma y decidí esperar los acontecimientos sentados en un sillón, que es el mejor sitio para evitar que un pasillo te sorprenda. (…) Los escritores chilenos, los que lo son y los que quieren serlo, no tienen remedio”.

Al año siguiente Bolaño regresó a Chile en calidad de rockstar y persona non grata, invitado por la Feria del Libro de Santiago. En 1999 ganó también el premio Rómulo Gallegos y el manuscrito de Los detectives salvajes había llegado a manos del editor de Anagrama Jorge Herralde y estaba a punto de llegar a librerías. Un sector de la prensa local insistió en ignorarlo: ¿A quién le ha ganado este Bolaño?, decía un titular.

La agente literaria Jovana Skarmeta llevó su agenda durante su segunda visita al país, en 1999, y recuerda el tenso ambiente que había alrededor del autor radicado en Blanes. “Yo creo que de no haber conocido a Pedro Lemebel y a Nicanor Parra, Bolaño se hubiese sentido muy solo en Chile. Con ellos se hizo muy amigo”, cuenta.

“La agenda estaba llena de cosas; entrevistas, encuentros familiares, y estaba quedándose en el departamento de Alexandra Edwards y de Marcial Cortés Monroy, en Providencia. Él era muy respetuoso con la agenda, cumplía en todo, pero a veces tenía sus salidas. Era medio estresante todo por esos días, y un día me dijo: ¿oye, y lo de Antonio Skármeta, a qué hora es?, me preguntó. Sabía que teníamos agendado algo con El show de los libros, y me insiste: ¿y va a estar él? Le dije que no, que no iba a estar, porque no siempre iba a las grabaciones. Y me dijo: ‘ah, entonces yo tampoco voy a estar’. Y no fuimos”, revela.

Sí asistió, en cambio, a la entrevista con Cristián Warnken en La belleza de pensar. Este último lo recibió con una cita de Gabriela Mistral: “País de la ausencia/ extraño país/ más ligero que ángel/y seña sutil (…) en país sin nombre/ me voy a morir”. Habló de Lihn, de sus cruces con Baudelaire y arremetió contra la escena literaria local: “La literatura es un oficio bastante miserable, practicado por gente que está convencida de que es algo magnífico. Puedo estar con veinte escritores de mi generación y todos creen que van a perdurar. Además de ser una muestra evidente de soberbia, es un acto absolutamente ignorante”, dijo entonces.

Bolaño dio también su propia lectura del verso de Mistral: “Cuando dice el país sin edad o la edad de siempre, yo creo que se refiere al país de la infancia y eso en alguna medida lo veo como algo muy cercano y como algo nada adverso, la infancia detenida. Tal vez si uno permanece en el sitio, en el lugar de la infancia, las posibilidades de ver cómo se corrompe tu infancia son mayores. En el fondo, siempre vamos a saber cómo se corrompe nuestra infancia, estemos en un sitio u otro”.

Meses después de su convulso paso por Chile, el autor publicó Nocturno de Chile, que originalmente se llamaría “Tormenta de mierda” y donde imprime su mirada del mundillo literario. En el relato aparecen personajes reales pasados por el filtro de Bolaño, como Sebastián Urrutia Lacroix, un cura Opus Dei que además es crítico, y María Canales, una agente de la Dina que organiza fiestas en su casa. 

Al año siguiente, Jovana Skarmeta volvió a llamar a Roberto Bolaño para invitarlo nuevamente a la Filsa. “Me dijo no, no puedo. Decía que le encantaría pero que no, siempre con su humor. Me escribió algo así como: los aviones se caen a veces. Hablan de que hubo una tercera visita que fue más piola, pero yo no creo que exista”, opina.

“Me parece que sí hubo una tercera. Vino, aunque de muy bajo perfil y se entrevistó con alguna gente, no conmigo. Durante ese periodo él tuvo la idea de volver a Chile, de instalarse nuevamente acá. Entiendo que, aunque la desechó rápidamente, al menos lo barajó”, asegura el escritor chileno y amigo de Bolaño, Roberto Brodsky.

“La conexión de Bolaño con Chile estuvo siempre. Es cosa de ver su obra: está cruzada por el tema chileno y siempre lo estuvo. Después de que él vino por primera vez a Chile en 1998, despertó en él la posibilidad y la idea de volver. Lo consideró, tanteó alternativas y de hecho se dio cuenta rápidamente de que eso era bastante difícil. Renunció a la idea y no sé qué lo llevó a hacerlo, o qué lo llevó a pensarlo siquiera. Me consta que acá encontró un ambiente muy cálido, muy acogedor, muy amistoso, pero que cambió de un año para otro en su segunda venida a Chile. Fue muy dura y complicada para él por lo que escribió tras su primera visita. Tuvo total desavenencia y rechazo de gran parte de la tribu literaria. Hubiese sido una locura volver en ese momento”, sostiene el también autor de Veneno, donde repasó su historia junto al autor de 2666.

Jaime Quezada revela otro antecedente: “En carta de Victoria Ávalos, la madre de Roberto, fechada en septiembre de 1995, en Figueres, Girona, España, me dice: ‘Roberto te escribirá para agradecer los libros que le enviaste. Él está bien, esperando cosas y (entre nos) barajando la idea de irse a Chile; en fin, que haga lo mejor para su futuro literario y para su hijito”.

El documentalista Ricardo House coincide: “Sin duda Bolaño masticaba la posibilidad de una vuelta a Chile. Su matrimonio no iba bien y lo pensó más de alguna vez. Pero como dice su amigo Ignacio Echevarría, era muy difícil sobre todo por el vínculo afectivo tan profundo que tenía con sus hijos”.

Bolaño nunca más volvió a Quilpué. En sus dos visitas a Chile sí viajó a Isla Negra, estuvo en Las Cruces con Nicanor Parra e incluso en Mulchén, en la tierra de sus abuelos, pero nunca más volvió a ese otro escenario de su infancia.

Hasta ahora, el colectivo Monumentos Incómodos no ha tomado contacto con la familia ni los representantes legales de los derechos de Roberto Bolaño para ponerlos al tanto de la iniciativa de patrimonializar su casa en Quilpué. “No ha llegado aún ese momento, pero sabemos que tendremos que hacerlo y que no será sencillo”, aseguran. El primer paso ya lo dieron al presentar la solicitud actualmente en manos de la ministra de las Culturas.

Roberto Brodsky valora la iniciativa y advierte: “Son excelentes esta y otras propuestas que se han querido hacer con Bolaño. Llevarlo mucho más al cine y a otras manifestaciones, lo mismo ahora con la gestión en torno a su casa. La idea me parece estupenda, pero el obstáculo es siempre el mismo”, dice.

“El antecedente que uno tiene de esto es lo que pasó con la UDP, cuando la cátedra Bolaño tuvo que cambiar de nombre y tuvo que hacerse una cátedra en homenaje a Bolaño. Cada vez que se ha tratado de hacer algo con él y con su nombre, todo intento ha sido frustrado porque hay mucho recelo en el resguardo de sus derechos, que están manejados por su viuda y la agencia (de Andrew Wylie). Por muy buenas intenciones que haya, el terreno de Bolaño está súper minado”, concluye.