martes, 5 de mayo de 2020

"La Karen", Romina Reyes

1
 

Jara estaba frente a su computador bebiendo los restos sucios de una sopa china. En el líquido amarillento flotaban las verduras deshidratadas que habían logrado escaparse de las garras plásticas del tenedor. Cuando me vio me pidió un cigarro. “Lo estoy dejando”, le dije. “Da igual”, dijo él. Saqué unos Marlboro Light y nos fuimos a una ventana. Jara golpeó varias veces su cigarrillo contra el vidrio para condensar el tabaco. Yo nunca supe las ventajas reales de aquello, pero igual lo hacía. Como un mono, todo lo repetía igual que un mono.

Hablamos de la mañana, de las horas. El tiempo siempre nos ocupaba como si fuera una carencia o un deseo constante. Hablamos del día, del clima y entonces Jara me preguntó por la Karen. Yo lancé mi cigarro al vacío y miré un segundo a la calle para comprobar que no le cayera a nadie en la cabeza. Le dije que estábamos acabados y que seguíamos acabados.

—¿No te da pena?
—Estas cosas ya no me dan pena.
—Es cierto —dijo Jara, aplastando el cigarro contra el muro—, a mí tampoco.

Mi escritorio tenía de todo menos lápices. Me di una vuelta por la oficina para recoger algunos del suelo. Jara le llamaba a eso delincuencia, yo le llamaba necesidad. Si alguna vez me sacas mis cosas, me dijo Jara, te pego. Yo le pregunté si ese era un motivo realmente importante como para ponerse a pelear. Él me dijo que el motivo era lo que menos importaba.

La tarde se pasó en una luz que bajaba por las ventanas y se reflejaba en la pantalla del computador. Agarré un papel y escribí “Karen”, luego lo taché. Pensaba en la noche y me dije que podría ser, pero luego que mejor no. Entonces Jara me dijo que tomáramos un café.

La oficina tenía una cocina que era más bien un cuarto estrecho y blanco con agua potable y un microondas. Jara llenó el hervidor y yo saqué las cucharas. Puse las tazas sobre la mesa, la de Jara tenía la cabeza calva de un francés, la mía tenía un par de gatos gordos. Fue un regalo de la Karen. En realidad, me la prestó una vez que fui a su casa. En verdad, me la robé la última vez que estuve ahí. Los gatos eran horribles, pero fue lo primero que encontré. Cuando me la llevé, la taza todavía tenía una bolsa de te adentro y un cigarro empapado en el concho. Boté la bolsa y me quedé con el cigarro. No sé si la Karen se dio cuenta, no sé si alguna vez la extrañó. Cuando le conté a Jara me dijo que eso era triste.

—En el fondo, la gente es triste.

Salimos con medio día y media noche a cuestas. Yo tenía sed de cerveza, quería hundirme en el trago y ahogar a la Karen en la garganta. Le dije a Jara que fuéramos a tomar algo, pero él dijo que no podía, que tenía un cumpleaños, que no podía faltar.

—¿Y la Karen? —me preguntó.
—No sé si sea adecuado —le respondí.

Nos despedimos en el paradero de la 206, aunque ahora no esperé ninguna mirada tras mis pasos. Era viernes, y siempre me deprimían los viernes. Sobre todo ahora, que no estaba la Karen. No sé si lo triste era el día o acaso la perspectiva de llegar a mi departamento que nunca se terminaba de amoblar. En mi ventana todavía estaban las cortinas de la Karen, y en la ducha aún flotaban sus pelos. También tenía el cepillo de dientes que saqué de su cartera y que puse en el vaso del baño, el vaso del baño de una casa que tenía más cepillos que personas, o cuyas personas nunca se decidían a permanecer.

Caminé un rato por el centro, en figuras que me parecían círculos pero que eran más bien líneas rectas que se repetían sin cesar. Me metí al Portal Fernández Concha y pedí un completo que comí de pie. Le saqué el exceso de mayonesa con una servilleta de esas que uno no sabe si son de plástico o de papel. No me gusta la mayonesa, la encuentro vomitiva y demasiado amarilla. Tampoco me gusta el color amarillo. La Karen se burlaba de mi rechazo a algo tan simple, pero yo creía que en realidad era complicado. Una vez me regaló una mayonesa envuelta en una bolsa de regalo estampada con perros jugando cartas. También había una cajetilla de cigarros y unos condones, así que lo terminé agradeciendo.

Caminar lento entre gente que corre puede ser suicida. La Karen me lo advirtió una vez, pero no le hice caso. Además, ella es de las que corren. Me metí a jugar unas fichas en las máquinas de Merced para olvidarme. Cuando chico jugaba como condenado, pero con lo viejo le perdí el gusto. Ahora no me alcanza la plata para una consola o quizá es que siempre pienso en cosas mejores que comprar, como una revista o un libro o una golosina.

Aquel lugar tenía un gusto a pantalla, un olor a cigarros. Me sentí un poco ridículo y viejo a la vez, pero recogí mi orgullo de las máquinas. Busqué las de pelea, le gané unas fichas a un niño que ni siquiera me saludó. Todo era muy frío y pensar eso me dio nostalgia.

Me acordé de la playa, de los veranos. Para mí la playa no era el mar ni las palmeras, sino las noches en los juegos mientras las primas se probaban aros en las ferias artesanales. Casi sentí el mar y la arena en los calzoncillos. Todas las noches asaltábamos a los viejos para comprar miserables fichas oxidadas. Era fácil entonces dar patadas y golpes apretando botones. Seguía siendo fácil ahora. Yo nunca había estado en una pelea, aunque siempre pensé que me podría defender bien. Jara me dijo una vez que lo mejor que se podía en esa situación era reventar una botella en la cabeza del otro, que difícilmente alguien se levanta con eso.

—¿Y qué haces después?
—Después corres.
 
Pero ahí no corrí. Me enfrenté a seis contrincantes, mezcla de marcianos, máquinas y superhombres. Pasé varias etapas, pero perdí. Siempre llega un momento en que se pierde. Quizá ahí hay que correr.

***

La ambulancia estaba estacionada frente al edificio. La sirena no sonaba, pero la luz roja seguía dando vueltas y alarmaba a los gatos. Parecía la escena de un accidente, solo que sin muertos ni ausencias de luz. Fumé un cigarro mientras miraba la escena pausada. Sentí que no tenía sabor a nada, que los cigarros light eran tan absurdos como todos los productos light. La Karen siempre tomó Coca normal, no le temía al azúcar ni a la diabetes. Creo que la respetaba un poco por eso. Al rato me aburrí de la escena detenida o quizá me aburrí de fingir que me interesaba, así que pedí permiso y entré a mi departamento.

La casa estaba vacía. Quedaban sobras de comida en un pote de microondas. Lo metí a calentar y encendí la tele. Le hice espacio a mis cosas en la mesa del living, que estaba llena de todo tipo de objetos desde ropa hasta alimentos. Al final, la mesa del living no era una mesa de comedor, sino sólo una mesa que llenaba de cosas que no cabían en otros lugares.

Comí frente a la pantalla una mezcla de puré y salsa rara que había hecho el fin de semana mezclando todos los trozos de verdura que pude encontrar. Eran las diez y ya había comido, ya había fumado. Busqué en mi celular el número de la Karen y lo pensé una última vez, pero me dije que no era una buena idea y ahí murió el pensamiento. Pensé que lo mejor era acostarme, aunque también lo más aburrido. Apagué la luz y me metí a la cama. Traté de masturbarme pero no lo logré. Entonces apreté los los ojos para forzar el sueño. Poco a poco llegó y me fui en una ola. Desperté a ratos asustado de nada. Ahí se acababa todo, pensé. Al menos, aquí me acabo yo. Entonces, sonó el teléfono.


2


La Karen vivía en una casa ubicada en el Santiago antiguo o lo que quedaba de él. Calles largas y secas con casas sin antejardín. La verdad es que nunca fuimos realmente a su casa, ya que la gente que va, se queda y permanece. Nosotros apenas pasábamos a dejar o a buscar algo. Ella entraba, yo la esperaba en el living y ojeaba sus libros tratando de descifrar algún significado oculto en ellos. La Karen tenía un solo estante con dos filas ordenadas según un criterio que nunca consulté pero sospechaba que tenía que ver con el color o la dureza de las tapas.

Una de aquellas veces me decidí por un libro y lo metí en mi pantalón. Al principio lo hacía solo para comprobar cuánto tiempo se demoraba ella en notar su ausencia. El resultado era que nunca lo notaba, o nunca lo decía, lo que era aún peor. Con el tiempo lo convertí en una costumbre hasta que el tiempo se terminó.

Fue un día, a pocos de los últimos o quizá ya en esos que le robé un libro. En realidad, lo tomé prestado. La verdad es que nunca tuve intención de devolverlo, pero me ganaron las circunstancias. Era un libro gordo y azul que nunca quise leer, o quizá hubiese leído de todas formas pero no ahí, no con ella. Un día la Karen me llamó y me dijo que le devolviera sus cosas, “y por favor, devuélveme el libro”, dijo. Y dijo “libro” como si pudiera subrayar la palabra con la lengua. Esa noche lo puse bajo mi almohada y antes de entregárselo, le rayé la última página con un mensaje patético. Ahora creo que es patético, pero entonces me pareció inteligente, quizá doloroso, vengativo. Pasó el tiempo y nunca me comentó nada. Quizá nunca lo vio. Tal vez lo vio, pero no quiso comentarlo. De todas maneras no hablábamos tanto, pero hablábamos de vez en cuando. Yo creo que nunca lo quiso comentar, y esa era la peor opción.


***

 
Paré a mear unas cinco veces antes de llegar. Me compré una caja de vino y cigarros para el camino. La noche no me asustaba y me gustaba caminarla. De todas maneras no era tan tarde y tampoco tan noche. Cuando golpee su puerta, aún era una buena idea. La Karen salió a abrir con una sonrisa pintada en el rostro. Detrás de ella reconocí a Olivos. Fue como si todas sus palabras se materializaran de pronto en alguien que no era ni tan parecido ni tan diferente a mí. Olivos me dio la mano y me pasó un vaso de plástico. En el living reconocí algunos sillones y también a algunas personas. Aquella fiesta me recordaba las reuniones familiares de las que siempre te quieres ir o que son el peor panorama que puedes tener. El momento en que fue una buena idea se desvanecía, pero traté de acostumbrarme.

Noté que la Karen estaba usando una corona de plástico con gemas artificiales color azul que le había regalado yo. Quise decírselo, en verdad era lo único que se me ocurría decirle, pero ella se escurría entre la gente. Y entre los besos y las manos que se le pegaban a la cintura, era inalcanzable. Olivos se mantenía cerca y callado y a veces creía que me miraba, pero no estaba seguro. La Karen también me miraba de repente o eso creía yo. Pero entonces vi aparecer a Jara con la consistencia de un fantasma. Me distraje. Él me miró entre sorprendido y enojado. A esa hora, a mí nada me sorprendía. Jara me pidió un cigarro, yo me saqué la cajetilla del bolsillo. Sin ningún motivo nos levantamos y salimos a fumar al patio como si no viéramos que todo el mundo lanzaba las cenizas sobre la alfombra. Yo pensé que la Karen podía estar siguiéndome con la mirada, pero era sólo una idea.

Jara me contó lo que hizo desde que salimos de la oficina hasta entonces, un relato común de un hombre que se entretiene cambiando una camisa por una polera. Hablaba solo, como si omitiera el hecho de que estábamos ahí, los dos, donde nunca habíamos estado.

—No deberías haber venido —dijo, consumiendo la mitad del cigarro de una bocanada.
—No es mi culpa.
—Olivos te va a sacar la cresta.
—No creo —dije yo.

Entonces Jara me puso una mano en la espalda y me miró, y me miró tan intenso que creí que ese momento iba a acabar en un beso o algo parecido. Entonces comenzó un relato, un relato breve pero lleno de frases significativas que transitaban en esos buenos años que siempre son años que ya pasaron, o años que ya no existen, o años habitados por personas desaparecidas que mantienen el nombre y la cara pero ya no siguen ahí. Y esas personas o esas caras o esos nombres desaparecidos pasan por lugares y por historias y por momentos lejanos que de una manera u otra llegaban a esta noche y se definían aquí, se definían ahora.

—¿Entonces? —le dije a Jara.
—Entonces, hueón —dijo él con una prepotencia repentina— que si Olivos te quiere sacar la chucha, yo también lo tengo que hacer.

Sus palabras quedaron atrapadas en mi oído. Sentí un deseo algo extraño, un poco de calor. Yo podría haber besado a Jara en ese momento, pero entonces él se levantó. Nos quedamos un rato más afuera, pensando en las palabras o quizá sólo con la cabeza vacía. Muy probablemente borrachos y seguramente con frío. Después de un rato me dieron ganas de mear y le dije eso a Jara, o quizá no le dije nada. Le pregunté qué iba a hacer él. Me dijo “entrar, supongo”. Y caminamos hasta la puerta.

Los libros seguían en el mismo lugar, aunque ya no estaban ordenados por los colores sino por un criterio que sospechaba era el tamaño o la cantidad de páginas. Yo estaba buscando un libro gordo y azul que parecía haberse esfumado. Me pregunté si Olivos lo habría visto, si él acaso le sacaría los libros como yo. Qué habría pensado si lo hubiera visto. Quise saber si valdría la pena, si acaso ese era un buen motivo.

Encontré el libro lejos del estante, bajo una lámpara. Estaba lleno de polvo. Era evidente que aún no lo leía, que ni siquiera lo había abierto. Ubiqué la última página y encontré mi letra, mi letra triste y llorosa. “Julio durmió abrazado a este libro” decía. Me di un golpe automático en el pecho, como un penitente azotándose en una misa. Traté de cubrir el libro con el cuerpo de manera inútil. Le arranqué la página. Luego lo devolví a su lugar. Y le robé otro libro.

Las manecillas del reloj había vuelto a ubicarse a la derecha y se movían aceleradas. Eran casi las 5 y yo no entendía cómo había llegado ese momento. Olivos estaba sentado en un sillón con la cabeza colgando como si fuera una roca pesada. Aún quedaba gente y quizá ya nadie se iba a ir. Jara iba y venía de todos lados y a todas partes. Se mantenía lejos, me hablaba lo suficiente y me pedía cigarros. Y la Karen, la Karen circulaba, bailaba, se caía.

Decidí irme, dije que me iba a ir. La Karen me dirigió la palabra por primera vez en la noche y me dijo que ya era tarde, que me podía quedar si quería, que no había problema.

—No es tan tarde —le dije—. De hecho, es temprano.
Me acerqué a ella y le besé la mejilla. Olía a vino tinto con cerveza. Ella me abrazó.
—No hablamos en toda la noche —me dijo al oído.
—No te vi.
—Mentira.
—A veces miento —le dije yo. Y me solté de su cuerpo.

Olivos me abrió la puerta. Fue la primera vez que lo tuve cerca y me di cuenta que la Karen sí tenía razón, que al final sí éramos del mismo porte y hasta nos parecíamos un poco. Le estiré la mano y él la recibió. Quizá ese fue el error, o quizá ahí comenzó todo o ahí acabó de terminarse. Olivos me tomó la mano y cerró sus dedos sobre ella. Se acercó a mí y me habló a milímetros de distancia. Su boca estaba tan cerca que casi podía saborear su saliva que me salpicaba a la cara en cada palabra. De sus labios secos salía la Karen y salía yo y su lengua nos juntaba y nos enredaba de tal forma que parecía real.

Yo traté de alejarme, pero Olivos no me soltaba. Entonces lo empujé.

La Karen se acercó y su boca se abrió en un diámetro insospechado, pero no escuché nada porque entonces vi que Jara venía también, caminando en cámara lenta, con una solemnidad de luces bajas y pelo sucio. Y Jara traía la misma botella de hace unas horas, sólo que completamente vacía. Jara levantó la botella por sobre la cabeza de Olivos, y por un segundo sonreí, pero fue sólo un segundo.

Y quizá esto es impreciso, pero podría asegurar que antes de que me llegara un puño a la nariz y de que la Karen gritara y de que la noche vibrara, vi en la cara de Jara un dejo de resignación, una gota de pena, aunque esto es impreciso. Vi su cara y su cuello y sus hombros resignados, hasta la botella que se quebraba en mi pelo resignada y los vidrios amarillentos que caían en mi ropa caían resignados y todo se volvió una lluvia que no recuerdo con claridad.

Un jodido día perfecto sobre la tierra, Patricio Pron

Si pudieras, piensas, les darías el premio a los autores de esos relatos, a todos, para que entrase algo de dignidad y de alegría en su vida y para que buscasen ayuda: un psicólogo, pastillas, lo que fuera. Sin embargo, tú estás allí para evaluar los relatos desde un punto de vista técnico, y, desde ese punto de vista, los relatos están mal, tienen problemas graves de sintaxis o estilísticos –los escritores de relatos para concursos parecen ignorar que la literatura puede y quizá debe sonar como una conversación y no como el monólogo de un William Shakespeare estreñido en el cuarto de baño– o, lo que es peor, terminan mal, en el sentido de que sus autores intentan dar a las situaciones que narran una solución genérica, ya fantástica, ya realista, que se adhiere a una convención y arruina sus textos, cuyo mérito principal era salirse, al menos parcialmente, de lo convencional y ya visto. Sabes también que, incluso si les dieras el premio, lo más probable es que sus autores se lo gastaran en móviles o en un coche usado o en ropa, en algo superfluo y que tapase la cicatriz, una tirita sobre el muñón abierto.

Axolotl | Ajolote, Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Your elusive creative genius | Elizabeth Gilbert

domingo, 3 de mayo de 2020

One Last Poem For Richard by Sandra Cisneros

December 24th and we’re through again.
This time for good I know because I didn’t
throw you out — and anyway we waved.
No shoes. No angry doors.
We folded clothes and went
our separate ways.
You left behind that flannel shirt
of yours I liked but remembered to take
your toothbrush. Where are you tonight?

Richard, it’s Christmas Eve again
and old ghosts come back home.
I’m sitting by the Christmas tree
wondering where did we go wrong.

Okay, we didn’t work, and all
memories to tell you the truth aren’t good.
But sometimes there were good times.
Love was good. I loved your crooked sleep
beside me and never dreamed afraid.

There should be stars for great wars
like ours. There ought to be awards
and plenty of champagne for the survivors.

After all the years of degradations,
the several holidays of failure,
there should be something
to commemorate the pain.

Someday we’ll forget that great Brazil disaster.
Till then, Richard, I wish you well.
I wish you love affairs and plenty of hot water,
and women kinder than I treated you.
I forget the reason, but I loved you once,
remember?

Maybe in this season, drunk
and sentimental, I’m willing to admit
a part of me, crazed and kamikaze,
ripe for anarchy, loves still.

martes, 7 de abril de 2020

RELATO DE SERGIO STEPANSKY

¡Juego mi vida!
¡Bien poco valía!
¡La llevo perdida
sin remedio!

Erik Fjordsson


Juego mi vida, cambio mi vida,
de todos modos
la llevo perdida...

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo...

La juego contra uno o contra todos,
la juego contra el cero o contra el infinito,
la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,
en una encrucijada, en una barricada, en un motín;
la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,
a todo lo ancho y a todo lo hondo
—en la periferia, en el medio,
y en el sub-fondo...—

Juego mi vida, cambio mi vida,
la llevo perdida
sin remedio.
Y la juego, o la cambio por el más infantil espejismo,
la dono en usufructo, o la regalo...:
o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:
todo, todo me da lo mismo:
lo eximio y lo rüin, lo trivial, lo perfecto, lo malo...

Todo, todo me da lo mismo:
todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo
donde se anudan serpentinos mis sesos.

Cambio mi vida por lámparas viejas
o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:
—por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:
por los colgajos que se guinda en las orejas
la simiesca mulata,
la terracota rubia;
la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea rubia:
cambio mi vida por una anilla de hojalata
o por la espada de Sigmundo,
o por el mundo
que tenía en los dedos Carlomagno: —para echar a rodar la bola...

Cambio mi vida por la cándida aureola
del idiota o del santo;
                                        la cambio por el collar
que le pintaron al gordo Capeto;
o por la ducha rígida que llovió en la nuca
a Carlos de Inglaterra;
                                        la cambio por un romance, la cambio por un soneto;
por once gatos de Angora,
por una copla, por una saeta,
por un cantar;
por una baraja incompleta;
por una faca, por una pipa, por una sambuca...

o por esa muñeca que llora
como cualquier poeta.

Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de crepúsculos
(con arreboles);
                              por un gorila de Borneo;
por dos panteras de Sumatra;
por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra—
o por su naricilla que está en algún Museo;
cambio mi vida por lámparas viejas,
o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas...

¡o por dos huequecillos minúsculos
—en las sienes— por donde se me fugue, en grises podres,
la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres...!

Juego mi vida, cambio mi vida.
De todos modos
la llevo perdida...