lunes, 14 de abril de 2014

Quiero escribir un cuento

Quiero escribir un cuento. Ahora sí, ahora en serio. Tengo una idea sencilla: dos mujeres con diez años de diferencia se conocen en clases de yoga. Una es estudiante de un liceo emblemático, vive en Ñuñoa, tiene familia italiana, tiene esa piel de cuica que adelantan sus dientes perfectos, sus papás son académicos de una universidad pública. La otra estudió literatura, se crió en la Gran Avenida, fue a un colegio cuyo nombre no dice nada, nada salvo que anuncia el arribismo y la crueldad de bautizar un colegio con nombre en Inglés en una comuna donde nadie es bilingüe. Es morena y tiene los dientes chuecos. Pero algo pasa que las dos enganchan, pese a sus diferencias que a veces no existen más que en la vergüenza y el resentimiento de ser pobre. Entonces se quieren un tiempo, hablan de libros, caminan por el Parque Bustamante en la madrugada, fuman marihuana y se besan, van en bicicleta al Persa Biobío y compran sopaipillas en un carrito de la calle. Después, algo pasa y el cariño se quiebra sin que ellas lo quieran. O contra su voluntad. Como es que la mayoría de los cariños se terminan. Esa es la historia, lo que no sé es quién es mi narrador. Pienso que podría ser la adulta pobre, a veces creo que podrían hablar las dos, otras que la voz fuera un narrador omnisciente. Pero no sé, en eso no tengo expertiz. Entonces ahí me pierdo y no sé cómo escribir y termino no escribiendo nada. Como la mayoría de las veces.

sábado, 1 de marzo de 2014

Escribiendo como lo hacen todos puro se hace girar la rueda

Hoy fui a una especie de taller o charla de guión de cuentos cortos. Lo organizaba Plagio, los del Santiago en 100 palabras, y fui porque hace rato que siento la necesidad de aprender estructura para escribir. Tengo una deuda ahí.

Tenía miedo de que el taller fuera un espacio de encuentro de "escritores" frustrados, que se reúnen en grupos literarios que más parecen grupos de autoayuda. Y aunque un par de personas hicieron comentarios que me parecieron bobos o ingenuos, las dos horas que duró la clase anduvieron bastante bien.

El taller lo impartía Patricio Jara, del que nunca había escuchado, pero que agradezco haber conocido. Era simpático y enseñó la estructura y algunas técnicas del cuento breve a partir de la exposición de muy buenos ejemplos. Este periodista y escritor tiene buen gusto de lector y pudo transmitir eso en el encuentro. Descubrí nuevos narradores y leí hartos cuentos que agradezco haber encontrado. En ese sentido fue pura ganancia. Lo otro es que sus "tips" o consejos también me parecieron útiles. Cosas como la diferencia entre trama y argumento o la importancia de decidir el tipo de voz, el tiempo de la narración, etc, que van más allá de la teoría, sino que ayudan a organizar el producto final. Súper bacán.

Los comentarios que me parecieron ingenuos fueron cosas como "¿nos puedes dar tips de lo que el jurado quiere leer? Llevo siete años participando y nunca he ganado nada". Loco, por qué vai a escribir pensando que querís ganar un premio. Eso Bolaño nomás lo hizo, y porque era un monstruo. El profe respondió, algo que comparto, que el ejercicio de la escritura es por diversión, por la necesidad de contar algo, para poner en otro lenguaje una idea que te persigue. Si escribes algo y no recibes premios por eso y decides tirar la toalla, qué charcha eres. Qué poco honesto con la literatura es escribir para ganar premios. 

Lo otro que no compartí es que varia gente dijo cosas como "yo escribo porque me desahogo, porque es un ejercicio catártico, porque me encuentro con mi yo" y otras cosas como de Marcela Serrano. Pucha, yo pienso todo lo contrario. Sí, lo paso bien escribiendo -ahora mismo me siento la raja- pero en realidad no sé si lo disfruto tanto. En verdad sufro, sudo, me duele la cabeza, me agarro la frente a dos manos calculando y escogiendo las palabras que mejor digan lo que quiero expresar. Es un ejercicio doloroso, como de entrenamiento del gimnasio. Hay que entrenar para que salga bien, caerse y pifiarse, pero con el tiempo se refina. Al menos eso creo. Al menos eso noto cuando leo cosas feas que escribí hace diez años. Aún así, falta mucho. Es tan perfectible como disciplina que no entiendo a esas señoras que dicen que lo hacen por hobbie. Para mí escribir no es como leer o ver una película. Lo primero me adolece, lo segundo me relaja.

Capaz que yo esté mal y esté sufriendo por las puras. En fin, eso fue el taller. Quedé pensando que me gustaría hacer uno en serio. Así como con Zambra o con este mismo chiquillo Jara. Después de todo, mi objetivo es ése: escribir cada vez mejor, aportarle al periodismo con un poco de literatura, salir de la plantilla fome del comunicado de prensa. Escribiendo como lo hacen todos  puro se hace girar la rueda y no pasa nada nuevo. Y eso, en cualquier disciplina, es muy fome. 

jueves, 20 de febrero de 2014

He leído una cantidad vergozosa de libros

Me registré en gooreads.com y me di cuenta de que he leído una cantidad vergonzosa de libros. Cuando chica leí el mismo cuento una y otra vez, que es El Gato con Botas, entonces hasta como los diez años sólo había leído un maldito libro. Descontando a Papelucho, La Tortilla Corredora y otros enanos de la editorial Zig-Zag. Aunque se puede considerar a Anthony Brown como una excepción, él fue el primer ilustrador que me gustó en la vida y que descubrí como a los 7 años cuando en vez de salir a recreo fui a la biblioteca de mi colegio a mirar libros porque en mi casa no había. En fin. Hoy me di cuenta de que desperdicié toda la adolescencia leyendo libros malos que me daba mi profe de lenguaje, como Sobredosis de Fuguet, los mamones de José Luis Rosasco y todos esos misóginos de Cuauhtemoc Sánchez. Así se me pasó la vida hasta los 18, leyendo entremedio una que otra cosa buena, como a Aldous Huxley, pero con un alto índice de lecturas malas, influenciadas por el gusto de best seller que había en mi casa. Entonces de Luis Rosasco me pasaba a Isabel Allende o Paulo Coelho y esa clase de tragedias. Menos mal a los 18 estuve en esos talleres de la Zona de Contacto y conocí gente que me recomendó libros que al menos yo no tenía idea que existían y resultaron buenos. Ahí conocí a Kerouac, Bukowski o Irving. Me leí los cuentos que la Zona había publicado también, que no eran la raja, pero al menos tenían buenas frases y no eran textos de autoayuda camuflados. En la U la curva siguió en ascenso, porque ahí aparecieron puros compañeros ñoños con los que comentábamos libros, películas y todas esas cosas que debí haber experimentado a los 15 y no a los 20. Además, coincidió que me puse a pololear con Paredes y cuando fui a su casa casi me caí de poto cuando vi todos los libros que tenían. Nunca había visto una casa con tantos libros y me quería morir de lo ignorante. Lo bueno es que era una fuente inagotable de exploración. Ahí leí a Saramago, a Orwell y a Quino. Lo otro es que la Usach estaba al lado, al lado, al lado de la Biblioteca de Santiago, entonces igual iba harto a echar mano allí. Los libros que me dieron para leer en la U tampoco fueron malos. Leí a Capote, más de Bukowski, a Miller (que odié en verdad), a Greene, a José Donoso y a Radrigán. Buena igual po, leer literatura entremedio de libros fomes de Teoría de la Comunicación. En paralelo, también me compraba libros como en abstinencia, como para ponerme al día de todo lo que me faltaba. Una sensación que todavía no se me pasa. Para más remate, como soy enferma de ñoña, todo el semestre que me fui a Argentina en el 2010 no leí nada de literatura -sólo los Detectives Salvajes (mi libro favorito, por lejos), Las Venas Abiertas de América Latina (hay que hacerlo algún día) y Rayuela (otro bacanoso adolescente)- y puro me dediqué a estudiar en serio la bibliografía de los ramos. Igual quedé seca en Perón y en historia de Argentina, pero na que ver po. El placer por sobre el deber debería ser mi lema, pero no es. Después en el 2012 y 2013 fue lo mismo mientras hice el magíster. Puro leí Foucault, Ranciére, Mouffe, Arendt, Platón y esos textos cabezones pero buenos de los que una aprende pero que no son literatura ni relatos bonitos. Igual entremedio leí a Paul Auster, Joseph Conrad y Zambra; y un profe de filosofía para un ramo me recomendó leer a Pablo De Rokha y a Margueritte Duras, pero sigue siendo insuficiente. En fin, entré a ese sitio goodreads.com y cuando me puse a llenar la lista de libros que ya leí, por la cresta me dije, qué pocos libros que he leído esto es vergonzoso. Son un poco más de cien, como 130, en diez años más o menos. Y de ahí diez son unos horrendos que mi profe de lenguaje de la media me hizo leer. Nada po, estoy con depresión por lo horriblemente ignorante que soy y porque parece que nunca voy a leer esos otros 50 libros que tengo por leer y que marqué en la paginita. Si he leído 130 en 10 años, es como un libro al mes, así que esos 50 libros los terminaré en unos cuatro años más. Caleta po. La vida es demasiado corta para tanto libro bueno por la chucha.

domingo, 13 de octubre de 2013

Mucho Nietzsche, mucho bajón teórico

El primer año del magíster me hizo mucho daño. Mucho Nietzsche y mucho bajón teórico. El futuro era inexorablemente negro para mí. Ahora que tengo que hacer la tesis, me he vuelto a empapar de los temas de comunicación que me interesaban cuando estaba en pregrado. Algo así como la comunicación y las cosas buenas que pueden salir de ahí. Quiero aclarar que este ejercicio emocional y profesional no es tan ahueonao como la campaña del piensa positivo. Lo que pasa es que si creo en algo es en Foucault y en la microfísica del poder. El poder ni cagando es un caballero con terno y corbata intocable, el poder son relaciones sociales, convenciones, de las que podemos desentendernos. La comunicación allí, como medios, tiene un rol importante. Creo que el mundo se construye con ideas, si hay que dar la batalla por la hegemonía de lo que pensamos, entonces quiero hacer el esfuerzo de imponer o darle espacio a lo que yo creo, a mi ideología, si querís decirle de alguna manera. Entonces, soy periodista, soy comunicadora política y soy internauta. Si hay algo que he hecho estos últimos diez años es estar en internet. Tengo un blog hace más tiempo del que puedo recordar, me hice un Youtube antes de que Google comprara la plataforma y trabajé profesionalmente más de dos años generando campañas en internet para marcas culiadas que me caen mal. En resumen, si hay que dar la pelea política, hay que darla en los medios, en esos medios que conozco, me identifican y me han formado, es decir, en la comunicación política de internet. Eso nomás les quería contar. Creo que ya estoy encontrándole sentido o utilidad a haber hecho un magíster. Ahora, lo doloroso, es que no creo que haya alguien que me quiera dar trabajo por pensar las cosas que les he contado. Seré una filósofa cesante, muy pobre, pero feliz.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Algo anda mal en mí

Dicen que el periodista y guerrillero argentino Rodolfo Walsh -asesinado por la dictadura antiperonista-, se levantó un día, leyó La Nación y encontró bacán todo lo que decía el diario. Vivaracho el tipo, lo primero que pensó fue “algo anda mal en mí, que ando coincidiendo con un diario de derecha”.

Pájaros y caligrafía

Hay dos cosas que me sorprenden del mundo. Una, que no importa con qué escribas, sea un lápiz, una ramita de árbol o con tu dedo en un vidrio empañado; la forma de la letra que surja de tu mano siempre será igual. La caligrafía viene de la cabeza y no de la mano que empuña. Dos, que los bosques de las ciudades se construyen, los árboles llegan porque una persona los plantó allí; con la arboleda instalada, llegan los pájaros, sin que nadie los tenga que comprar para colocarlos en la ciudad. Los pajaritos se plantan solos, para mí, ésa es la definición misma de libertad.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Ernesto Cardenal, Epigramas

Se me apareció Ernesto Cardenal, como se me han ido apareciendo otras cosas, como el Abbey Road en cassette pirata botado en la calle y los libros de Anthony Brown en la biblioteca de mi colegio flaite.

Yo soy una chiquilla muy ignorante, que no sabe muchas cosas, entonces digamos que nunca he sido culta, lo que sé es porque se me aparece. Luego de la aparición, viene la afección. Porque hay cosas que se aparecen para que una las quiera. Esta semana se me apareció Ernesto Cardenal.

Estaba en la casa de los papás de Víctor, que es la primera casa que conocí que tuviera libros y muertos, como diría Alejandro Zambra. Agarré de la biblioteca una edición de esos libros chicos como de feria artesanal y era Ernesto Cardenal, que físicamente es un retrato del Che Guevara si hubiera llegado a viejo.Eran sus epigramas, sus poemas picaos a piropos para chiquillas latinoamericanas.

De todos los poemas, me gustaron tres: uno que es como de la rabia política y el despecho amoroso (la mayoría son así, pero ahora lo pego acá abajo y me van a entender), otro que decía algo que yo había pensado, pero no tan bonito, que es que en vez de matar a los subversivos y enterrarlos para siempre, lo que hicieron los dictadores latinoamericanos fue enterrar una semilla. Imagen más linda por la chucha. El otro no me acuerdo cuál es, pero también era bonito.

Un bacán Ernesto Cardenal. Regálenme libros de él.