Este segundo hijo tuyo, esposa mía
Esta segunda esperanza
Esta cosa viva que crece pese a todo allí dentro
Vivirá por el poder sin límites
De este tenaz, exiliado amor.
Este segundo hijo tuyo, grávida mía
No morirá a la quinta jornada
Ni habrá que enterrarlo en un pequeño ataúd blanco
Ni caminar llorando otra vez por entre tumbas recién abiertas.
Este segundo hijo vivirá y correrá bajo el sol.
Este segundo hijo tuyo
Esta palpitación que pertenece al futuro, vivirá
Porque habrá compartido antes de nacer
Tu fe y la mía
La ternura de un indomable, cotidiano
Sobresaltado amor.
Tenacidad de lluvia o de musgo
Que renace con la primera llovizna
Este segundo hijo vivirá y correrá bajo el sol.
Y aunque no lo quieran los tiranos
Y suenen cerca las sirenas
Aunque las cárceles y los estadios
Los teatros, las escuelas
Se llenen de caras conocidas, todo sirva de cárcel
Y veamos tras las rejas amigos
Con los que un día uno cruzó una palabra, un saludo
Gritó al mismo tiempo una consigna
Se abrazó en días de júbilo o de luto.
Por esos rostros amigos
Que ahora sólo viven en la memoria
Esa cosa de tu vientre vivirá.
Ese segundo hijo tuyo, esposa mía
Sabrá algún día que nació en tiempos de excepción
Cuando la tortura era una política de Estado
Y el Estado de Sitio un todopoderoso Señor.
Sabrá que su madre lo llevaba dentro del vientre
Y que con él entraban ideas prohibidas
Con la tinta todavía fresca
A lugares donde el control no quería
La vida de las ideas.
Amada mía: tu segundo hijo vivirá
La muerte será vencida una vez mis por la vida
Y el hijo de este amor correrá bajo el sol.
jueves, 21 de mayo de 2020
Asamblea en la universidad, Hernán Miranda (poema)
No es la Humanidad entera lo que se ha reunido aquíen la Sale de Sesiones.
Mas todos los problemas de la Tierra es posible
que tengan su lugar en la Tabla del día de hoy.
Tendrían que ver a los vehementes jóvenes
y a las vehementes muchachas,
que ocupan todas las butacas
y se agolpan en las puertas de acceso
y rodean por todos lados a la Presidencia
sentados en el suelo.
Ah y los oradores que hablan desde la testera
o desde el fondo o d e un flanco de la sala
y la chiquilla de lentes a mi lado
que mueve la cabeza en direcciones contrapuestas
como una buena espectadora de tenis de mesa.
Ah y todos los cigarrillos encendidos
que echan tanto humo como una verdadera usina.
Habrá que destacar que el joven Marx se encuentra presente
en un rincón de la sala.
Marx escucha atentamente a los oradores
y hace rápidas anotaciones
y continúa escuchando atentamente.
Tengo que informar además que el joven Cristo
no ha aparecido por acá.
Pero yo sé que hará su entrada unos instantes más
y se unirá al desfile de protesta.
Tenga cuidado con los carros lanza-agua de la policía,
con los gases lacrimógenos,
con los duros bastones de la policía, Cristo.
Mas todos los problemas de la Tierra es posible
que tengan su lugar en la Tabla del día de hoy.
Tendrían que ver a los vehementes jóvenes
y a las vehementes muchachas,
que ocupan todas las butacas
y se agolpan en las puertas de acceso
y rodean por todos lados a la Presidencia
sentados en el suelo.
Ah y los oradores que hablan desde la testera
o desde el fondo o d e un flanco de la sala
y la chiquilla de lentes a mi lado
que mueve la cabeza en direcciones contrapuestas
como una buena espectadora de tenis de mesa.
Ah y todos los cigarrillos encendidos
que echan tanto humo como una verdadera usina.
Habrá que destacar que el joven Marx se encuentra presente
en un rincón de la sala.
Marx escucha atentamente a los oradores
y hace rápidas anotaciones
y continúa escuchando atentamente.
Tengo que informar además que el joven Cristo
no ha aparecido por acá.
Pero yo sé que hará su entrada unos instantes más
y se unirá al desfile de protesta.
Tenga cuidado con los carros lanza-agua de la policía,
con los gases lacrimógenos,
con los duros bastones de la policía, Cristo.
martes, 19 de mayo de 2020
A nadie daré una droga mortal, Hernán Miranda Casanova
Aquí estoy solo con mis pócimas, mis escalpelos,
mis uñas rotas, mis salpicaduras.
Aquí con mi intranquila conciencia.
Aquí con mi mundo perturbado.
Aquí, con mi cadáver desnudo sobre el mármol
y el tiempo que aquí debería ser abolido.
Somos los mismos. Los que tuvimos un día
la capacidad de asombrarse.
Cartílagos solo hay, solo huesos.
Debo suturar desgarros que yo no produje.
Debo hacer coincidir las piezas de un cráneo.
Soy demasiado humano para vivir en paz.
Pero quién se sonreirá por ti algún día.
Pero quién repetirá después las cosas que tú dijiste.
Pero quién cometerá tus mismos errores.
Pero quién asumirá tu desencanto.
Morirse pero contemplar tu propio funeral.
Pero huir y ser testigo de tu fuga.
Pero perderse y participar en tu propia búsqueda
Pero se trata de estar aquí y en otras partes.
Pero yo soy un cirujano fiel a su juramento
y seguiré cortando tendones, removiendo las vísceras
sin lograr ver en ellas el futuro
y a nadie daré una droga mortal.
mis uñas rotas, mis salpicaduras.
Aquí con mi intranquila conciencia.
Aquí con mi mundo perturbado.
Aquí, con mi cadáver desnudo sobre el mármol
y el tiempo que aquí debería ser abolido.
Somos los mismos. Los que tuvimos un día
la capacidad de asombrarse.
Cartílagos solo hay, solo huesos.
Debo suturar desgarros que yo no produje.
Debo hacer coincidir las piezas de un cráneo.
Soy demasiado humano para vivir en paz.
Pero quién se sonreirá por ti algún día.
Pero quién repetirá después las cosas que tú dijiste.
Pero quién cometerá tus mismos errores.
Pero quién asumirá tu desencanto.
Morirse pero contemplar tu propio funeral.
Pero huir y ser testigo de tu fuga.
Pero perderse y participar en tu propia búsqueda
Pero se trata de estar aquí y en otras partes.
Pero yo soy un cirujano fiel a su juramento
y seguiré cortando tendones, removiendo las vísceras
sin lograr ver en ellas el futuro
y a nadie daré una droga mortal.
En mi pueblo natal, en el tiempo (Hernán Miranda)
En mi pueblo natal, en el tiempo
de las carreras locas a campo traviesa
detrás de mariposas o locomotoras a vapor,
había además otras cosas que hacer.
Había que abrir bien los ojos para confeccionar
un buen inventarlo de las cosas de ese mundo
Había que preguntarlo todo sin dar ni pedir cuartel.
Había que pasar
frente a las bodegas de granos y forrajes
y volver a pasar
hasta llenarse los pulmones del olor a heno seco
para toda la vida.
de las carreras locas a campo traviesa
detrás de mariposas o locomotoras a vapor,
había además otras cosas que hacer.
Había que abrir bien los ojos para confeccionar
un buen inventarlo de las cosas de ese mundo
Había que preguntarlo todo sin dar ni pedir cuartel.
Había que pasar
frente a las bodegas de granos y forrajes
y volver a pasar
hasta llenarse los pulmones del olor a heno seco
para toda la vida.
Florilegio y apuntes de "De este anodino tiempo diurno", de Hernán Miranda
Se nace solo para amar
se nace solo para amar
Se echa a la gente al mundo
a amarse con quien puede
y cómo pueda.
¿Vamos a llegar antes de haber partido?
Loros en desordenado tropel
hablando el lenguaje
ininteligible del amor, eran éstos.
Y éste podría ser entonces un poema intimista
de un loro prometiendo a su lora
cien años de amor, ni un día de olvido.
- escucho cantar en una lengua que no es la mía.
"no se puede perder a un amigo
sin derramar una lágrima".
El viento prefiere los espacios abiertos.
Ruego
"A los que aman
que no dejen de amar
A los olvidadizos
que no olviden".
Y al final:
Once de los textos que integran este libro fueron distinguidos con el segundo premio en el Primer Concurso Nacional de Poesía, realizado por el diario “El Mercurio” de Santiago en 1988.
Hernán Miranda nació en Quillota, Valparaíso, en 1941. Estudió Literatura y Periodismo en la Universidad de Chile. En 1972 integró el taller de escritores de la UC. Su obra incluye los siguientes títulos:
Arte de Vaticinar, 1970.
La Moneda y otros poemas (colección premio casa de las americas, 1976)
Versos para quien conmigo va (1986)
Trabajos en la vía (1987)
se nace solo para amar
Se echa a la gente al mundo
a amarse con quien puede
y cómo pueda.
¿Vamos a llegar antes de haber partido?
Loros en desordenado tropel
hablando el lenguaje
ininteligible del amor, eran éstos.
Y éste podría ser entonces un poema intimista
de un loro prometiendo a su lora
cien años de amor, ni un día de olvido.
- escucho cantar en una lengua que no es la mía.
"no se puede perder a un amigo
sin derramar una lágrima".
El viento prefiere los espacios abiertos.
Ruego
"A los que aman
que no dejen de amar
A los olvidadizos
que no olviden".
Y al final:
Once de los textos que integran este libro fueron distinguidos con el segundo premio en el Primer Concurso Nacional de Poesía, realizado por el diario “El Mercurio” de Santiago en 1988.
Hernán Miranda nació en Quillota, Valparaíso, en 1941. Estudió Literatura y Periodismo en la Universidad de Chile. En 1972 integró el taller de escritores de la UC. Su obra incluye los siguientes títulos:
Arte de Vaticinar, 1970.
La Moneda y otros poemas (colección premio casa de las americas, 1976)
Versos para quien conmigo va (1986)
Trabajos en la vía (1987)
jueves, 14 de mayo de 2020
Gansos, Juan Pablo Roncone
Llegué a la isla para conocer a mi padre.
Lourdes era delgada y pálida. Tenía los ojos cafés y el pelo negro. Se encargaba de cuidar a mi padre. La contrató un tío que no conozco.
La isla me empujaba a escribir. Las mañanas lentas se arrastraban por el pasto seco, entre los árboles y los animales. Las noches no cambiaban mucho. Tenía tiempo para salir a caminar, fumar y pensar en la vida que había dejado en Santiago: Fernanda y el hijo que esperaba.
Sonó el teléfono. Estaba en mi departamento, recostado dentro de la tina, relajado, sintiendo el vapor del agua caliente en la cara. Fernanda abrió la puerta. Se instaló frente a la tina. La observé con detención: llevaba el pelo recogido, tomado con un cintillo rojo. Se veía bonita, pero ya no me importaba; la separación era inminente y hacíamos todo lo posible por evitarnos.
—Es para ti —dijo, con el auricular en la mano.
—¿No ves que estoy dentro de la tina?
—Parece que es importante.
Salí de la tina. Tomé la toalla y me sequé. Sostuve el auricular entre el hombro y la oreja mientras caminaba hacia el living. Fernanda se quedó en el umbral. Contesté. Era una mujer que se presentó como Lourdes. Dijo: Su padre se está muriendo. Y luego: Su padre quiere verlo antes de morir.
Acababa de cumplir veintinueve años. No quería seguir haciendo clases. En secreto, deseaba ser escritor. Pero nunca estaba conforme con mis cuentos; pensaba que no eran lo suficientemente buenos. No obstante, era porfiado: día por medio me sentaba frente al computador e intentaba escribir algo.
Mi padre nos abandonó a mamá y a mí cuando cumplí tres años. Se fue a vivir a la isla, su tierra natal. Mi madre nunca lo buscó ni lo mandó llamar, porque era un hombre violento, que solía golpearnos cuando llegaba borracho.
Escuché la voz de Lourdes en la oscuridad de mi departamento, con el auricular en una mano y con la otra sosteniendo la toalla que goteaba. Hablaba despacio. Me explicó minuciosamente el estado de salud de mi padre: vomitaba sangre, apenas abría la boca, no defecaba. Un médico de Puerto Montt lo había desahuciado. Me dijo qué debía hacer para llegar a la isla. Le respondí que no era seguro que fuera. Ella insistió: «Sólo quiere verlo, su presencia lo calmará».
Prometí llamarla después de pensarlo. Colgué. Fernanda había salido a fumar al balcón.
—Las embarazadas no fuman —le dije mientras sacaba una Coca-Cola del refrigerador.
Me miró. Luego cerró el ventanal para que el humo no se colara dentro.
Las circunstancias favorecían el viaje: era enero y estaba de vacaciones. En Santiago nadie me extrañaría.
Las decisiones importantes se toman rápido. Eso decía mi madre cuando enfrentábamos un problema económico en casa. Así que no me demoré mucho en pensarlo: decidí viajar a la isla.
Tomé un avión a Puerto Montt. Mi único equipaje era una maleta pequeña de cuero que saqué del clóset de Fernanda. Fue un viaje tranquilo; leí una novela policial y escuché el primer acto de I Puritani. Llegué a Puerto Montt cerca del mediodía y me subí a un taxi que en menos de dos horas me dejó en Calbuco.
Pregunté por el mercado y no me costó dar con Lourdes.
Nos dimos la mano; su mano era suave y sus dedos eran largos.
Caminamos hasta el muelle. Subimos a una lancha. Para cruzar desde Calbuco a la isla había que navegar cuarenta y cinco minutos.
—Su padre ya apenas habla —dijo Lourdes.
—¿Le ha hablado de mí?
—Sí.
El mar se veía calmo.
Una anciana pequeña y arrugada estaba sentada a mi lado. Sostenía un saco de papas. Lourdes iba afirmada al borde de la lancha: su figura, recortada contra el mar y la isla, parecía concentrar toda la luz de la mañana.
Cuando llegamos, ella me ayudó a bajar. La isla parecía más grande de lo que era: imponente, maciza. Un hombre enjuto esperaba a la vieja de las papas. Pusieron el saco sobre una carreta que arrastraba un buey y tomaron otro camino.
Lourdes y yo subimos un cerrito rodeado de arrayanes.
Llegamos al terreno de mi padre. El paisaje, al menos en verano, tenía algo desolador: el pasto seco, la maleza cortada, la columna de árboles amarillentos y la leña amontonada. Detrás de los matorrales había una reja construida con gruesos troncos amarrados.
—Éste es Juan, mi hijo. Tiene diez años —dijo Lourdes, y señaló a un niño que venía a recibirnos junto a dos quiltros.
La casa de mi padre tenía tres pisos. Era una construcción enorme, rodeada de manzanos y caca de gansos.
—Juan y yo ocupamos una pieza del primer piso. Don Carlos está en el último. Debe de estar durmiendo ahora, así que venga como a las seis.
Me condujeron a una casa pequeña en la que me alojaría. Se encontraba a unos cincuenta metros de la casa grande, al lado del gallinero. Juan cargó mi maleta. Lourdes me mostró la casita por dentro: un cuarto y una cocina. Eso era todo. El baño, que estaba a pasos del pozo, era común para ambas casas.
Lourdes me entregó la llave y se fueron.
Vacié la maleta y ordené la poca ropa que había llevado.
Me asomé por la ventana: entre las ramas de los árboles podía ver el tercer piso de la casa de mi padre. Ahí está el desgraciado, pensé.
Silencié el celular: no me interesaba hablar con Fernanda. Estaba nervioso. La idea de conocer a un tipo que había odiado durante tanto tiempo me provocaba sensaciones encontradas: angustia, alivio.
Esperé, echado en la cama, las tres horas que faltaban para que fuesen las seis de la tarde. Encendí un cigarrillo y forcé lo más que pude mi memoria: recordaba pocas imágenes relacionadas con mi padre, sólo sensaciones inconexas, acciones interrumpidas por enormes manchas blancas. En ninguna de esas imágenes pude ver su rostro. Sólo percibía su presencia.
Mi reloj marcó las seis. No me moví. Me dije que no era el momento, que necesitaba descansar, reflexionar.
Cuando Lourdes tocó la puerta no abrí.
Luego me tomé una pastilla y media para dormir y me tapé con una frazada de lana. Y la puerta de la casita permaneció cerrada hasta la mañana siguiente, cuando salí a caminar, muy temprano.
La isla era grande. Tenía forma de mano: varios esteros y pequeños
muelles la iban hundiendo en su centro.
Anduve casi toda la mañana por la orilla del mar. Me gustó lo que vi: pequeñas olas chocaban contra las piedras, el cielo estaba despejado y limpio, las lanchas parecían juguetes dormidos. Durante mi caminata sólo me topé con dos hombres que cargaban leña.
Antes de subir el cerro de los arrayanes vi a Juan que se acercaba.
—Mi mamá lo espera a almorzar en la casa —dijo.
Juan era espigado, tenía los ojos grandes de su madre, y el pelo muy fino.
Uno de los quiltros se entretenía mordiéndose la cola.
Subí el cerro. Golpeé la puerta con fuerza. Sabía que era imposible que mi padre se levantara, bajara tres pisos y abriera.
—¿Qué le pasó ayer? —dijo Lourdes—. Lo fuimos a buscar.
—Me quedé dormido.
—Ahora está despierto don Carlos.
—No —dije—, ahora no. No quiero conocerlo ahora.
—Como usted diga.
—¿Preguntó por mí?
—No, apenas abre los ojos. No sabe que usted está aquí. Hace una semana que no habla.
Los gansos andaban por todos lados. Había olor a ajo.
—¿Va a venir a almorzar entonces?
—¿Mi padre dónde come?
—Arriba, pues, dónde más. Yo le doy por un tubo.
—Avíseme cuando esté listo el almuerzo —dije, y me encaminé hacia la casita.
Entré y me tendí encima de la frazada. Saqué mi cuaderno de notas. Intenté escribir alguna impresión de la isla, pero no conseguí nada. Una hora después apareció Juan. Está servido el almuerzo, dijo.
El piso de la casa de mi padre olía a cera. Me senté a un costado, frente a Lourdes, y el niño se sentó en la cabecera. Comimos en silencio. No pude borrarme la idea de que estaba cometiendo una imprudencia, violando ciertas normas implícitas: odiaba y temía a mi padre, y sin embargo comía en su casa.
A las dos de la tarde volví a la casita.
Lourdes tenía treinta y dos años, pero representaba al menos cuarenta. Era de una belleza solapada, madura, esa belleza indescriptible de las mujeres que han llevado una vida no ajena al sufrimiento. Creo que desde el primer día, desde la primera vez que no enfrenté a mi padre, ella comprendió que me costaría dar el paso y que no debía presionarme.
Después no se habló más de mi padre.
El quinto día decidí intimar con Lourdes. Entré en la casa y la ayudé con el almuerzo. Era extraño estar con ella, a dos pisos de mi padre. Después, cuando nos hicimos amigos y pasaba casi todo el día en la casa, esa extrañeza mermó.
En la noche los gansos se acurrucaban bajo el suelo de la casita, entre los poyos que sostenían los tablones del piso. Los oía moverse y arroparse. Bastaba cualquier ruido, mover una silla o salir al baño, y los gansos despertaban y alegaban durante horas. Si no quería que hicieran ruido debía permanecer en silencio y quieto, lo que era imposible. En la noche me gustaba leer y escribir. Alumbraba mis papeles con una vela larga y blanca. En la casita no había luz. Sólo en la casa de mi padre tenían electricidad, y la obtenían de un generador ubicado junto al pozo.
Cuando le conté a Lourdes lo de los gansos ella sonrió y me dijo que los gansos son los mejores cuidadores, incluso mejores que los perros para avisar si viene algún extraño.
—Y no sólo cuidan. Se reproducen rápido.
—¿Cuántos hay acá?
—Unos treinta. Es que para comerlos cuesta un mundo. Hay que alimentarlos con grano durante un tiempo para que no se llenen de pasto. Es la única forma de que no salgan amargos.
Lourdes era buena cocinera. Y se encargaba de que la casa funcionara: recogía los huevos del gallinero, cambiaba de pasto a los corderos cuando los sacaba, juntaba las manzanas que iban cayendo, hacía el aseo de ambas casas, cortaba y almacenaba la leña. Sin embargo, no era la típica isleña; tampoco su hijo. Si bien se vestían y andaban como la mayoría de los isleños, hablaban sin jerga, no se saltaban las frases, no participaban en las fiestas con los vecinos ni ocupaban el trueque como modo de subsistencia. El abuelo de Lourdes había sido un alemán que llegó a la isla escapando de la policía por un delito tributario. Era, me dijo Lourdes, un hombre inteligente y sensible que terminó en la isla por pura casualidad.
Me gustaba observar a Juan. Nunca había vivido con un niño y prefería observarlo a intentar conversar con él: temía aburrirlo o incomodarlo más de la cuenta.
Acostumbraba a tenderme en el pasto a leer algo mientras el niño se entretenía con los perros, hacía dibujos o me contaba alguna historia.
Una mañana desaparecieron dos corderos.
Estuvimos todo el día buscándolos. Bajamos a la orilla, llegamos al estero norte, preguntamos a los vecinos cercanos —un par de hectáreas al sur— y a los de la salmonera. Lourdes dijo que los corderos nunca se separaban del grupo ni se perdían.
No pudimos encontrarlos.
Lourdes me pidió que le enseñara a nadar a su hijo.
—El agua es fría —dijo—, pero quiero que aprenda.
—No hay problema.
—Aquí los pescadores no saben nadar. Pescador que cae al agua es hombre muerto.
En la isla el futuro de los niños consistía en dedicarse a la pesca o al transporte de personas o carga. Las mujeres mariscaban, sembraban
papas que luego vendían en Calbuco, criaban corderos, chanchos, gallinas y,
las que tenían más dinero, una que otra vaca. Lourdes soñaba con sacar a Juan de la isla. Su objetivo, quizá su única aspiración en la vida, era que el niño terminara de estudiar en Puerto Montt, donde había más posibilidades de aspirar a una educación buena.
El padre de Juan tenía un negocio de abarrotes en Puluqui, una isla vecina. Se habían separado hacía cinco años: él la engañaba y desaparecía durante semanas. Lourdes decía que era un borracho que aún la molestaba. Nunca le pregunté por ese hombre. Me era difícil entender cómo ella podía haberse involucrado con un tipo de esas características. La descripción del padre de Juan me bastaba para relacionarlo con mi padre, y detestarlo.
Una mañana pensé que había llegado el momento de conocer a mi padre. Llevaba doce días en la isla. Me vestí rápido —no me bañaba desde que había llegado—, pero los gansos se habían levantado antes que yo: cuando abrí la puerta encontré a un montón haciendo escándalo. Crucé el gallinero. Los corderos pastaban cerca del baño.
Entré a la casa de mi padre. Caminé por el pasillo. Lourdes me miró de reojo desde la cocina. Subí la primera escalera. Me detuve. Observé por la ventana. Pensé: «No quiero dejar la isla. No todavía». Me dije que aún no le enseñaba a nadar a Juan. Retrocedí un par de pasos. Bajé la escalera. Cuando pasé por el pasillo y vi que Lourdes me esperaba me sentí ridículo. Dijo:
—No se preocupe. Tenemos comida para un buen tiempo.
—Gracias. Todavía no voy a subir —dije apenas, y volví a mi casa.
Comencé las clases con Juan. Lourdes estiró una toalla sobre las piedras y se sentó. Juan y yo entramos al agua. Estaba realmente fría. Tomé al niño de la cintura. Le dije que moviera los brazos y las piernas a medida que yo avanzaba. En ningún momento lo solté. Estuvimos quince minutos dentro del agua.
Lourdes y yo fuimos convirtiéndonos en confesores mutuos de nuestras pequeñas miserias. Ella me hablaba largo rato sobre sus deseos para el futuro de Juan, sobre los problemas con el papá del niño y la angustia que le daba pensar que cuando muriera mi padre tendría que volver a trabajar vendiendo papas y chicha de manzana. Hasta ahora recibía el dinero que mi tío le depositaba, y que ella iba a buscar al banco de Calbuco todos los sábados. Pocas veces me contaba cosas de mi padre. Nunca le pregunté qué tipo de persona era. Sólo le hacía preguntas vagas: «¿Está mejor?, ¿sigue escupiendo sangre?».
Yo le hablaba de Fernanda y su embarazo. Solía desahogarme. Le decía que mi vida era un completo fracaso: no me gustaba hacer clases, no estaba conforme con lo que escribía. Y sobre todo, no quería ser padre: un hijo era lo peor que me podía suceder.
Extrañaba pocas cosas de Santiago: los largos baños con agua caliente, el litro diario de Coca-Cola y el ruido de la gente y la ciudad.
Entramos uno detrás del otro para no chocar. El gallinero era muy angosto. Una caseta con un pasillo de tierra y pequeñas bandejas donde descansaban las gallinas. El techo era bajo y el pasillo formaba dos curvas. Esa mañana, Lourdes sacó los huevos, aún cálidos, y los puso en un canastito que yo sostenía.
—Esta gallina está enferma —dijo, y se detuvo en el pasillo, inclinándose un poco.
La luz dentro del gallinero era escasa y parecía siempre anaranjada.
Lourdes se estiró —sentí cómo se removió el aire encerrado—, giró y se quedó mirando por una de las ventanillas. Yo avancé un paso y quedé dos o tres centímetros detrás de ella; afuera se veía el mar y la casa de mi padre. También se veían los gansos y la leña amontonada.
—Está lindo el día —dije.
—Sí.
Vi su cuello pálido y sus orejas rosadas y perfectas.
Estábamos tan cerca que hubiese bastado un pequeño impulso para tocarla.
Sentí su aroma y el ritmo apaciguado de su respiración.
Esperé a que ella dijera algo porque yo no sabía qué decir.
Pero ninguno de los dos habló. Simplemente nos quedamos ahí, muy cerca y en silencio, contemplando la hermosa mañana.
Luego de un rato decidimos que ya era hora de ir a despertar a Juan para tomar desayuno.
Lourdes me propuso hacer un pequeño paseo por la isla. Caminamos varios kilómetros para llegar a la iglesia y al cementerio. Había preparado pan con queso y jugo para el viaje. La caminata fue agotadora. Hacía mucho calor. Las tumbas del cementerio tenían guirnaldas de color amarillo, verde y azul amarradas a las cruces. Nunca había visto un cementerio así. Me paseé entre las tumbas tomando jugo de manzana. La iglesia estaba cerrada. Tocamos las puertas laterales varias veces, pero nadie abrió. Lourdes lo lamentó. Llevaba algunos aparatos que utilizaba con mi padre para bendecirlos. Ella y Juan vivían la religión fervientemente; yo ni siquiera creía en Dios.
Cuando llegamos a casa ya estaba por esconderse el sol. Antes de guardar los corderos los contamos: faltaban tres animales. Lourdes se puso nerviosa y entró a la casa. Era muy tarde para buscarlos.
Juan se sentó un rato conmigo, a la salida del gallinero, a ver el atardecer. El mar estaba tranquilo y apacible. Ningún barco entorpecía el ritmo del agua.
—Es mi papá —dijo Juan.
—¿Cómo?
—Mi papá es el que se lleva los corderos. Debe de andar en la isla. Siempre hace cosas para molestar a mi mamá. Después se le pasa y desaparece un tiempo.
Esa noche tuve una pesadilla. Soñé que era niño y que en vez de vivir en Santiago junto a mi madre —como en mi infancia—, vivía en la isla con un hombre que sólo veía de espaldas. Un hombre alto y fuerte que me enseñaba a nadar como yo le enseñaba a Juan. Nunca me mostraba su cara y yo no quería verla; sólo podía sentir sus manos ásperas que me aferraban para que yo aprendiera a flotar. Pero de pronto dejé de estar en el mar y me encontré sobre el pasto, viendo a los gansos ir y venir. Y sentí un leve susurro, un soplido que me recorrió el oído, el borde del oído, como una música triste. Giré la cabeza y vi al hombre de frente: tenía mi cuerpo y mi cara y sangraba por la nariz.
Desperté angustiado. Saqué el celular, que estaba dentro de un calcetín, guardado en la maleta, y lo cargué en el generador del estanque. Tenía varias llamadas perdidas de Fernanda.
Las noches en la isla eran despejadas y las estrellas parecían trazar un mapa luminoso, en contraste absoluto con la oscuridad espesa de la vegetación. Y yo me quedaba mucho rato mirándolas, cosa que nunca hice en Santiago, cuando vivía con Fernanda y el tiempo era otra cosa, algo en lo que las estrellas no tenían importancia.
Escribí dos cuentos en la isla. El primero era policial. El segundo narraba la historia de un niño que aprende a nadar. Era un cuento largo, dividido en varios fragmentos. Cuando lo terminé de leer por segunda vez me sentí inexplicablemente alegre. Imaginé por primera vez que quizá mi hijo sería parecido a Juan.
Lourdes me enseñó a usar el hacha. Por las tardes cortaba leña con Juan, la subíamos a la carretilla y la guardábamos en una bodega pequeña, al fondo del baño.
Llevaba treinta días en la isla. Una mañana, después de practicar casi todos los días, Juan aprendió a nadar.
Sus manos estaban agarradas de las mías con fuerza y seguridad. Movía las piernas y los brazos ágilmente. Cuando lo solté no se hundió. Estaba flotando.
Esa noche decidimos celebrar. Nos juntamos en la casita para que mi padre no sintiera ruido y pudiera dormir tranquilo. Lourdes preparó salmón. Después de comer jugamos cartas hasta tarde. Los acompañé hasta la casa de mi padre. Luego, antes de llegar a mi casita, me paré arriba de una roca y oriné mirando el mar.
Seguía arrastrando el tiempo, lo hacía durar, lo llevaba al límite.
Eran días felices: vivía ocioso, irresponsable y libre, escribiendo, nadando con Juan, haciendo tareas domésticas y conversando con Lourdes todas las tardes.
Lourdes me atraía. De eso no tenía dudas. Me gustaba verla caminar por el terreno de mi padre, concentrada en sus faenas, siempre muy apurada.
Uno de los quiltros tomaba agua de un balde. Juan se arregló el gorro. Dijo:
—En la mañana encontramos a don Carlos tirado en el pasillo del primer piso.
—¿Qué? —pregunté asombrado.
—Se levantó para verlo —respondió Lourdes, que venía llegando al pozo—. No sé cómo lo hizo.
—¿Cómo sabes que me quería ver? ¿Le dijiste que estoy acá?
—No. Pero de que sabe, sabe. No se habría levantado si no supiera.
Bajé a la playa con mi cuaderno y me senté a respirar la mañana. Vi los barquitos y las lanchas, a lo lejos, que se dirigían a otras islas.
Entre los arrayanes apareció la figura de Juan que se hacía cada vez más nítida a medida que bajaba el cerro. Venía corriendo hacia mí.
—¿Qué sucede?
—Mi papá está en la casa peleando con mi mamá —dijo—. Lo pilló con los corderos.
Subimos el cerrito.
Cruzamos la cerca de madera.
Estaba nervioso y asustado. Tomé el palo que usaba Juan para apoyarse y manejar a los corderos. Frente a la casa había tres hombres. Uno de ellos era el que discutía a gritos con Lourdes. Era un hombre macizo, de rasgos angulosos. Cuando me vio soltó una risita.
—Así que éste es el tipo —dijo, y se acercó moviendo las manos.
Lo encaré, le pregunté qué quería. Los otros dos hombres rieron. Me dijo que quería de vuelta a su mujer. Me dio un empujón. Caí al suelo. Lourdes comenzó a gritar. Me levanté como pude y, antes de que me golpeara de nuevo, le pegué con el palo en la cabeza. Fue un golpe fuerte y eficaz: el padre de Juan se derrumbó. Yo sostenía el palo en alto y no sabía si volver a pegarle. Trató de levantarse, pero resbaló. Sangraba mucho. Sin que me diese cuenta, uno de los hombres que lo acompañaban me agarró por atrás y me quitó el palo. El otro se abalanzó sobre mí y entre los dos comenzaron a golpearme. Volví a caer al suelo. Me dieron patadas en el estómago y un par de puñetes en la cara. Me sangraba la ceja. El papá de Juan aún no se levantaba. Lourdes intentó defenderme, pero uno de los hombres la amenazó con el palo. De pronto Juan salió de la casa con un rifle. Nadie se había dado cuenta de que había desaparecido. Y ahora hacía fuego: dos disparos al cielo. Los hombres se detuvieron. Miraron al niño. Juan les dijo que se marcharan. Recogieron al padre de Juan y se fueron cargándolo. Lourdes salió hasta la cerca y les gritó algo que no logré escuchar.
Lourdes y Juan me levantaron apenas y me llevaron a la casita. Me sacaron la camisa y me recostaron en la cama. Tenía heridas por todos lados. La sábana estaba salpicada de sangre. Lourdes fue a buscar el botiquín. Me curó con paciencia y cariño, Juan la ayudó a pasarme agua oxigenada por la ceja y el hombro. No comprendía cómo había sido capaz de pegarle a ese hombre.
Aquella noche no pude dormir. No sólo por los dolores. La imagen de Juan, un niño de diez años, me acosaba: rifle en mano había enfrentado a su padre.
La mañana siguiente me levanté tarde. Tenía moretones en los brazos. El dolor era intenso. Saqué el celular de la mochila, salí y lo cargué en la torre. Tenía más llamadas perdidas de Fernanda. Por primera vez tuve miedo de que hubiese pasado algo con el embarazo, y decidí llamarla. Antes de marcar el número Juan me detuvo frente al pozo.
—¿Cómo amaneció?
—Bien, ya estoy bien. ¿Volverá tu padre?
—Sí, pero en un par de meses. No se preocupe, nosotros sabemos manejarlo.
Caminé hacia la casita.
Espanté a los gansos para que me dejaran entrar. Me senté en una silla de mimbre y marqué el número de mi departamento. Contestó Fernanda, nerviosa. Me preguntó qué hacía en la isla tanto tiempo, lejos de todo. No supe responder. Dijo que me extrañaba. Dijo que lo había pasado mal. Que estaba enferma. Que había estado a punto de perder la guagua por problemas de presión arterial. Que tenía que permanecer en cama los cuatro meses que le quedaban. Dijo que a veces pensaba que era mejor abortar.
Yo casi no hablé.
Antes de colgar le prometí que volvería a Santiago para cuidarla mientras estuviera enferma. No lo pensé mucho. Sólo lo dije.
Esa tarde fue la más lenta de todas las tardes que viví en la isla.
Estuve mucho rato pensando.
Durante la once no comí.
En la noche les anuncié mi partida.
—Mañana, antes del mediodía, sale una lancha a Calbuco —dije.
—¿Y don Carlos? —preguntó Lourdes.
—Espero que muera tranquilo.
Lourdes agachó la cabeza. Miré sus manos, sus dedos largos y blancos jugando con las migas de pan.
Les hablé de Fernanda. Les dije que estaba enferma y que tenía que volver a Santiago, no por ella, sino para cuidar a mi hijo.
Sentí en el aire la tristeza de Lourdes: una línea que dividía el espacio. Quise decirle que no quería irme, que quería quedarme con ellos. Pero no fui capaz de hacerlo.
Me despedí rápidamente.
Juan me abrazó. Creo que se puso a llorar.
Lourdes me dio la mano y yo la apreté con fuerza.
Subí a la lancha que esperaba.
Un hombre encendió el motor y la lancha comenzó a moverse.
Vi a Lourdes acariciando a uno de los quiltros y a Juan con el agua hasta las rodillas haciéndome señas con la mano.
La isla se veía más chica a medida que nos alejábamos.
El cielo estaba despejado.
Nunca más supe de mi padre, ni de Lourdes, ni de Juan.
Nunca más volví a la isla.
***
Lourdes era delgada y pálida. Tenía los ojos cafés y el pelo negro. Se encargaba de cuidar a mi padre. La contrató un tío que no conozco.
***
La isla me empujaba a escribir. Las mañanas lentas se arrastraban por el pasto seco, entre los árboles y los animales. Las noches no cambiaban mucho. Tenía tiempo para salir a caminar, fumar y pensar en la vida que había dejado en Santiago: Fernanda y el hijo que esperaba.
***
Sonó el teléfono. Estaba en mi departamento, recostado dentro de la tina, relajado, sintiendo el vapor del agua caliente en la cara. Fernanda abrió la puerta. Se instaló frente a la tina. La observé con detención: llevaba el pelo recogido, tomado con un cintillo rojo. Se veía bonita, pero ya no me importaba; la separación era inminente y hacíamos todo lo posible por evitarnos.
—Es para ti —dijo, con el auricular en la mano.
—¿No ves que estoy dentro de la tina?
—Parece que es importante.
Salí de la tina. Tomé la toalla y me sequé. Sostuve el auricular entre el hombro y la oreja mientras caminaba hacia el living. Fernanda se quedó en el umbral. Contesté. Era una mujer que se presentó como Lourdes. Dijo: Su padre se está muriendo. Y luego: Su padre quiere verlo antes de morir.
***
Acababa de cumplir veintinueve años. No quería seguir haciendo clases. En secreto, deseaba ser escritor. Pero nunca estaba conforme con mis cuentos; pensaba que no eran lo suficientemente buenos. No obstante, era porfiado: día por medio me sentaba frente al computador e intentaba escribir algo.
***
Mi padre nos abandonó a mamá y a mí cuando cumplí tres años. Se fue a vivir a la isla, su tierra natal. Mi madre nunca lo buscó ni lo mandó llamar, porque era un hombre violento, que solía golpearnos cuando llegaba borracho.
***
Escuché la voz de Lourdes en la oscuridad de mi departamento, con el auricular en una mano y con la otra sosteniendo la toalla que goteaba. Hablaba despacio. Me explicó minuciosamente el estado de salud de mi padre: vomitaba sangre, apenas abría la boca, no defecaba. Un médico de Puerto Montt lo había desahuciado. Me dijo qué debía hacer para llegar a la isla. Le respondí que no era seguro que fuera. Ella insistió: «Sólo quiere verlo, su presencia lo calmará».
Prometí llamarla después de pensarlo. Colgué. Fernanda había salido a fumar al balcón.
—Las embarazadas no fuman —le dije mientras sacaba una Coca-Cola del refrigerador.
Me miró. Luego cerró el ventanal para que el humo no se colara dentro.
***
Las circunstancias favorecían el viaje: era enero y estaba de vacaciones. En Santiago nadie me extrañaría.
Las decisiones importantes se toman rápido. Eso decía mi madre cuando enfrentábamos un problema económico en casa. Así que no me demoré mucho en pensarlo: decidí viajar a la isla.
***
Tomé un avión a Puerto Montt. Mi único equipaje era una maleta pequeña de cuero que saqué del clóset de Fernanda. Fue un viaje tranquilo; leí una novela policial y escuché el primer acto de I Puritani. Llegué a Puerto Montt cerca del mediodía y me subí a un taxi que en menos de dos horas me dejó en Calbuco.
Pregunté por el mercado y no me costó dar con Lourdes.
Nos dimos la mano; su mano era suave y sus dedos eran largos.
Caminamos hasta el muelle. Subimos a una lancha. Para cruzar desde Calbuco a la isla había que navegar cuarenta y cinco minutos.
—Su padre ya apenas habla —dijo Lourdes.
—¿Le ha hablado de mí?
—Sí.
El mar se veía calmo.
Una anciana pequeña y arrugada estaba sentada a mi lado. Sostenía un saco de papas. Lourdes iba afirmada al borde de la lancha: su figura, recortada contra el mar y la isla, parecía concentrar toda la luz de la mañana.
Cuando llegamos, ella me ayudó a bajar. La isla parecía más grande de lo que era: imponente, maciza. Un hombre enjuto esperaba a la vieja de las papas. Pusieron el saco sobre una carreta que arrastraba un buey y tomaron otro camino.
Lourdes y yo subimos un cerrito rodeado de arrayanes.
Llegamos al terreno de mi padre. El paisaje, al menos en verano, tenía algo desolador: el pasto seco, la maleza cortada, la columna de árboles amarillentos y la leña amontonada. Detrás de los matorrales había una reja construida con gruesos troncos amarrados.
—Éste es Juan, mi hijo. Tiene diez años —dijo Lourdes, y señaló a un niño que venía a recibirnos junto a dos quiltros.
La casa de mi padre tenía tres pisos. Era una construcción enorme, rodeada de manzanos y caca de gansos.
—Juan y yo ocupamos una pieza del primer piso. Don Carlos está en el último. Debe de estar durmiendo ahora, así que venga como a las seis.
Me condujeron a una casa pequeña en la que me alojaría. Se encontraba a unos cincuenta metros de la casa grande, al lado del gallinero. Juan cargó mi maleta. Lourdes me mostró la casita por dentro: un cuarto y una cocina. Eso era todo. El baño, que estaba a pasos del pozo, era común para ambas casas.
Lourdes me entregó la llave y se fueron.
Vacié la maleta y ordené la poca ropa que había llevado.
Me asomé por la ventana: entre las ramas de los árboles podía ver el tercer piso de la casa de mi padre. Ahí está el desgraciado, pensé.
Silencié el celular: no me interesaba hablar con Fernanda. Estaba nervioso. La idea de conocer a un tipo que había odiado durante tanto tiempo me provocaba sensaciones encontradas: angustia, alivio.
Esperé, echado en la cama, las tres horas que faltaban para que fuesen las seis de la tarde. Encendí un cigarrillo y forcé lo más que pude mi memoria: recordaba pocas imágenes relacionadas con mi padre, sólo sensaciones inconexas, acciones interrumpidas por enormes manchas blancas. En ninguna de esas imágenes pude ver su rostro. Sólo percibía su presencia.
Mi reloj marcó las seis. No me moví. Me dije que no era el momento, que necesitaba descansar, reflexionar.
Cuando Lourdes tocó la puerta no abrí.
Luego me tomé una pastilla y media para dormir y me tapé con una frazada de lana. Y la puerta de la casita permaneció cerrada hasta la mañana siguiente, cuando salí a caminar, muy temprano.
La isla era grande. Tenía forma de mano: varios esteros y pequeños
muelles la iban hundiendo en su centro.
Anduve casi toda la mañana por la orilla del mar. Me gustó lo que vi: pequeñas olas chocaban contra las piedras, el cielo estaba despejado y limpio, las lanchas parecían juguetes dormidos. Durante mi caminata sólo me topé con dos hombres que cargaban leña.
Antes de subir el cerro de los arrayanes vi a Juan que se acercaba.
—Mi mamá lo espera a almorzar en la casa —dijo.
Juan era espigado, tenía los ojos grandes de su madre, y el pelo muy fino.
Uno de los quiltros se entretenía mordiéndose la cola.
Subí el cerro. Golpeé la puerta con fuerza. Sabía que era imposible que mi padre se levantara, bajara tres pisos y abriera.
—¿Qué le pasó ayer? —dijo Lourdes—. Lo fuimos a buscar.
—Me quedé dormido.
—Ahora está despierto don Carlos.
—No —dije—, ahora no. No quiero conocerlo ahora.
—Como usted diga.
—¿Preguntó por mí?
—No, apenas abre los ojos. No sabe que usted está aquí. Hace una semana que no habla.
Los gansos andaban por todos lados. Había olor a ajo.
—¿Va a venir a almorzar entonces?
—¿Mi padre dónde come?
—Arriba, pues, dónde más. Yo le doy por un tubo.
—Avíseme cuando esté listo el almuerzo —dije, y me encaminé hacia la casita.
Entré y me tendí encima de la frazada. Saqué mi cuaderno de notas. Intenté escribir alguna impresión de la isla, pero no conseguí nada. Una hora después apareció Juan. Está servido el almuerzo, dijo.
El piso de la casa de mi padre olía a cera. Me senté a un costado, frente a Lourdes, y el niño se sentó en la cabecera. Comimos en silencio. No pude borrarme la idea de que estaba cometiendo una imprudencia, violando ciertas normas implícitas: odiaba y temía a mi padre, y sin embargo comía en su casa.
A las dos de la tarde volví a la casita.
***
Lourdes tenía treinta y dos años, pero representaba al menos cuarenta. Era de una belleza solapada, madura, esa belleza indescriptible de las mujeres que han llevado una vida no ajena al sufrimiento. Creo que desde el primer día, desde la primera vez que no enfrenté a mi padre, ella comprendió que me costaría dar el paso y que no debía presionarme.
Después no se habló más de mi padre.
***
El quinto día decidí intimar con Lourdes. Entré en la casa y la ayudé con el almuerzo. Era extraño estar con ella, a dos pisos de mi padre. Después, cuando nos hicimos amigos y pasaba casi todo el día en la casa, esa extrañeza mermó.
***
En la noche los gansos se acurrucaban bajo el suelo de la casita, entre los poyos que sostenían los tablones del piso. Los oía moverse y arroparse. Bastaba cualquier ruido, mover una silla o salir al baño, y los gansos despertaban y alegaban durante horas. Si no quería que hicieran ruido debía permanecer en silencio y quieto, lo que era imposible. En la noche me gustaba leer y escribir. Alumbraba mis papeles con una vela larga y blanca. En la casita no había luz. Sólo en la casa de mi padre tenían electricidad, y la obtenían de un generador ubicado junto al pozo.
Cuando le conté a Lourdes lo de los gansos ella sonrió y me dijo que los gansos son los mejores cuidadores, incluso mejores que los perros para avisar si viene algún extraño.
—Y no sólo cuidan. Se reproducen rápido.
—¿Cuántos hay acá?
—Unos treinta. Es que para comerlos cuesta un mundo. Hay que alimentarlos con grano durante un tiempo para que no se llenen de pasto. Es la única forma de que no salgan amargos.
Lourdes era buena cocinera. Y se encargaba de que la casa funcionara: recogía los huevos del gallinero, cambiaba de pasto a los corderos cuando los sacaba, juntaba las manzanas que iban cayendo, hacía el aseo de ambas casas, cortaba y almacenaba la leña. Sin embargo, no era la típica isleña; tampoco su hijo. Si bien se vestían y andaban como la mayoría de los isleños, hablaban sin jerga, no se saltaban las frases, no participaban en las fiestas con los vecinos ni ocupaban el trueque como modo de subsistencia. El abuelo de Lourdes había sido un alemán que llegó a la isla escapando de la policía por un delito tributario. Era, me dijo Lourdes, un hombre inteligente y sensible que terminó en la isla por pura casualidad.
***
Me gustaba observar a Juan. Nunca había vivido con un niño y prefería observarlo a intentar conversar con él: temía aburrirlo o incomodarlo más de la cuenta.
Acostumbraba a tenderme en el pasto a leer algo mientras el niño se entretenía con los perros, hacía dibujos o me contaba alguna historia.
***
Una mañana desaparecieron dos corderos.
Estuvimos todo el día buscándolos. Bajamos a la orilla, llegamos al estero norte, preguntamos a los vecinos cercanos —un par de hectáreas al sur— y a los de la salmonera. Lourdes dijo que los corderos nunca se separaban del grupo ni se perdían.
No pudimos encontrarlos.
***
Lourdes me pidió que le enseñara a nadar a su hijo.
—El agua es fría —dijo—, pero quiero que aprenda.
—No hay problema.
—Aquí los pescadores no saben nadar. Pescador que cae al agua es hombre muerto.
En la isla el futuro de los niños consistía en dedicarse a la pesca o al transporte de personas o carga. Las mujeres mariscaban, sembraban
papas que luego vendían en Calbuco, criaban corderos, chanchos, gallinas y,
las que tenían más dinero, una que otra vaca. Lourdes soñaba con sacar a Juan de la isla. Su objetivo, quizá su única aspiración en la vida, era que el niño terminara de estudiar en Puerto Montt, donde había más posibilidades de aspirar a una educación buena.
El padre de Juan tenía un negocio de abarrotes en Puluqui, una isla vecina. Se habían separado hacía cinco años: él la engañaba y desaparecía durante semanas. Lourdes decía que era un borracho que aún la molestaba. Nunca le pregunté por ese hombre. Me era difícil entender cómo ella podía haberse involucrado con un tipo de esas características. La descripción del padre de Juan me bastaba para relacionarlo con mi padre, y detestarlo.
***
Una mañana pensé que había llegado el momento de conocer a mi padre. Llevaba doce días en la isla. Me vestí rápido —no me bañaba desde que había llegado—, pero los gansos se habían levantado antes que yo: cuando abrí la puerta encontré a un montón haciendo escándalo. Crucé el gallinero. Los corderos pastaban cerca del baño.
Entré a la casa de mi padre. Caminé por el pasillo. Lourdes me miró de reojo desde la cocina. Subí la primera escalera. Me detuve. Observé por la ventana. Pensé: «No quiero dejar la isla. No todavía». Me dije que aún no le enseñaba a nadar a Juan. Retrocedí un par de pasos. Bajé la escalera. Cuando pasé por el pasillo y vi que Lourdes me esperaba me sentí ridículo. Dijo:
—No se preocupe. Tenemos comida para un buen tiempo.
—Gracias. Todavía no voy a subir —dije apenas, y volví a mi casa.
***
Comencé las clases con Juan. Lourdes estiró una toalla sobre las piedras y se sentó. Juan y yo entramos al agua. Estaba realmente fría. Tomé al niño de la cintura. Le dije que moviera los brazos y las piernas a medida que yo avanzaba. En ningún momento lo solté. Estuvimos quince minutos dentro del agua.
***
Lourdes y yo fuimos convirtiéndonos en confesores mutuos de nuestras pequeñas miserias. Ella me hablaba largo rato sobre sus deseos para el futuro de Juan, sobre los problemas con el papá del niño y la angustia que le daba pensar que cuando muriera mi padre tendría que volver a trabajar vendiendo papas y chicha de manzana. Hasta ahora recibía el dinero que mi tío le depositaba, y que ella iba a buscar al banco de Calbuco todos los sábados. Pocas veces me contaba cosas de mi padre. Nunca le pregunté qué tipo de persona era. Sólo le hacía preguntas vagas: «¿Está mejor?, ¿sigue escupiendo sangre?».
Yo le hablaba de Fernanda y su embarazo. Solía desahogarme. Le decía que mi vida era un completo fracaso: no me gustaba hacer clases, no estaba conforme con lo que escribía. Y sobre todo, no quería ser padre: un hijo era lo peor que me podía suceder.
***
Extrañaba pocas cosas de Santiago: los largos baños con agua caliente, el litro diario de Coca-Cola y el ruido de la gente y la ciudad.
***
Entramos uno detrás del otro para no chocar. El gallinero era muy angosto. Una caseta con un pasillo de tierra y pequeñas bandejas donde descansaban las gallinas. El techo era bajo y el pasillo formaba dos curvas. Esa mañana, Lourdes sacó los huevos, aún cálidos, y los puso en un canastito que yo sostenía.
—Esta gallina está enferma —dijo, y se detuvo en el pasillo, inclinándose un poco.
La luz dentro del gallinero era escasa y parecía siempre anaranjada.
Lourdes se estiró —sentí cómo se removió el aire encerrado—, giró y se quedó mirando por una de las ventanillas. Yo avancé un paso y quedé dos o tres centímetros detrás de ella; afuera se veía el mar y la casa de mi padre. También se veían los gansos y la leña amontonada.
—Está lindo el día —dije.
—Sí.
Vi su cuello pálido y sus orejas rosadas y perfectas.
Estábamos tan cerca que hubiese bastado un pequeño impulso para tocarla.
Sentí su aroma y el ritmo apaciguado de su respiración.
Esperé a que ella dijera algo porque yo no sabía qué decir.
Pero ninguno de los dos habló. Simplemente nos quedamos ahí, muy cerca y en silencio, contemplando la hermosa mañana.
Luego de un rato decidimos que ya era hora de ir a despertar a Juan para tomar desayuno.
***
Cuando llegamos a casa ya estaba por esconderse el sol. Antes de guardar los corderos los contamos: faltaban tres animales. Lourdes se puso nerviosa y entró a la casa. Era muy tarde para buscarlos.
Juan se sentó un rato conmigo, a la salida del gallinero, a ver el atardecer. El mar estaba tranquilo y apacible. Ningún barco entorpecía el ritmo del agua.
—Es mi papá —dijo Juan.
—¿Cómo?
—Mi papá es el que se lleva los corderos. Debe de andar en la isla. Siempre hace cosas para molestar a mi mamá. Después se le pasa y desaparece un tiempo.
Esa noche tuve una pesadilla. Soñé que era niño y que en vez de vivir en Santiago junto a mi madre —como en mi infancia—, vivía en la isla con un hombre que sólo veía de espaldas. Un hombre alto y fuerte que me enseñaba a nadar como yo le enseñaba a Juan. Nunca me mostraba su cara y yo no quería verla; sólo podía sentir sus manos ásperas que me aferraban para que yo aprendiera a flotar. Pero de pronto dejé de estar en el mar y me encontré sobre el pasto, viendo a los gansos ir y venir. Y sentí un leve susurro, un soplido que me recorrió el oído, el borde del oído, como una música triste. Giré la cabeza y vi al hombre de frente: tenía mi cuerpo y mi cara y sangraba por la nariz.
Desperté angustiado. Saqué el celular, que estaba dentro de un calcetín, guardado en la maleta, y lo cargué en el generador del estanque. Tenía varias llamadas perdidas de Fernanda.
***
Las noches en la isla eran despejadas y las estrellas parecían trazar un mapa luminoso, en contraste absoluto con la oscuridad espesa de la vegetación. Y yo me quedaba mucho rato mirándolas, cosa que nunca hice en Santiago, cuando vivía con Fernanda y el tiempo era otra cosa, algo en lo que las estrellas no tenían importancia.
***
Escribí dos cuentos en la isla. El primero era policial. El segundo narraba la historia de un niño que aprende a nadar. Era un cuento largo, dividido en varios fragmentos. Cuando lo terminé de leer por segunda vez me sentí inexplicablemente alegre. Imaginé por primera vez que quizá mi hijo sería parecido a Juan.
***
Lourdes me enseñó a usar el hacha. Por las tardes cortaba leña con Juan, la subíamos a la carretilla y la guardábamos en una bodega pequeña, al fondo del baño.
***
Llevaba treinta días en la isla. Una mañana, después de practicar casi todos los días, Juan aprendió a nadar.
Sus manos estaban agarradas de las mías con fuerza y seguridad. Movía las piernas y los brazos ágilmente. Cuando lo solté no se hundió. Estaba flotando.
Esa noche decidimos celebrar. Nos juntamos en la casita para que mi padre no sintiera ruido y pudiera dormir tranquilo. Lourdes preparó salmón. Después de comer jugamos cartas hasta tarde. Los acompañé hasta la casa de mi padre. Luego, antes de llegar a mi casita, me paré arriba de una roca y oriné mirando el mar.
***
Seguía arrastrando el tiempo, lo hacía durar, lo llevaba al límite.
Eran días felices: vivía ocioso, irresponsable y libre, escribiendo, nadando con Juan, haciendo tareas domésticas y conversando con Lourdes todas las tardes.
***
Lourdes me atraía. De eso no tenía dudas. Me gustaba verla caminar por el terreno de mi padre, concentrada en sus faenas, siempre muy apurada.
***
Uno de los quiltros tomaba agua de un balde. Juan se arregló el gorro. Dijo:
—En la mañana encontramos a don Carlos tirado en el pasillo del primer piso.
—¿Qué? —pregunté asombrado.
—Se levantó para verlo —respondió Lourdes, que venía llegando al pozo—. No sé cómo lo hizo.
—¿Cómo sabes que me quería ver? ¿Le dijiste que estoy acá?
—No. Pero de que sabe, sabe. No se habría levantado si no supiera.
***
Bajé a la playa con mi cuaderno y me senté a respirar la mañana. Vi los barquitos y las lanchas, a lo lejos, que se dirigían a otras islas.
Entre los arrayanes apareció la figura de Juan que se hacía cada vez más nítida a medida que bajaba el cerro. Venía corriendo hacia mí.
—¿Qué sucede?
—Mi papá está en la casa peleando con mi mamá —dijo—. Lo pilló con los corderos.
Subimos el cerrito.
Cruzamos la cerca de madera.
Estaba nervioso y asustado. Tomé el palo que usaba Juan para apoyarse y manejar a los corderos. Frente a la casa había tres hombres. Uno de ellos era el que discutía a gritos con Lourdes. Era un hombre macizo, de rasgos angulosos. Cuando me vio soltó una risita.
—Así que éste es el tipo —dijo, y se acercó moviendo las manos.
Lo encaré, le pregunté qué quería. Los otros dos hombres rieron. Me dijo que quería de vuelta a su mujer. Me dio un empujón. Caí al suelo. Lourdes comenzó a gritar. Me levanté como pude y, antes de que me golpeara de nuevo, le pegué con el palo en la cabeza. Fue un golpe fuerte y eficaz: el padre de Juan se derrumbó. Yo sostenía el palo en alto y no sabía si volver a pegarle. Trató de levantarse, pero resbaló. Sangraba mucho. Sin que me diese cuenta, uno de los hombres que lo acompañaban me agarró por atrás y me quitó el palo. El otro se abalanzó sobre mí y entre los dos comenzaron a golpearme. Volví a caer al suelo. Me dieron patadas en el estómago y un par de puñetes en la cara. Me sangraba la ceja. El papá de Juan aún no se levantaba. Lourdes intentó defenderme, pero uno de los hombres la amenazó con el palo. De pronto Juan salió de la casa con un rifle. Nadie se había dado cuenta de que había desaparecido. Y ahora hacía fuego: dos disparos al cielo. Los hombres se detuvieron. Miraron al niño. Juan les dijo que se marcharan. Recogieron al padre de Juan y se fueron cargándolo. Lourdes salió hasta la cerca y les gritó algo que no logré escuchar.
Lourdes y Juan me levantaron apenas y me llevaron a la casita. Me sacaron la camisa y me recostaron en la cama. Tenía heridas por todos lados. La sábana estaba salpicada de sangre. Lourdes fue a buscar el botiquín. Me curó con paciencia y cariño, Juan la ayudó a pasarme agua oxigenada por la ceja y el hombro. No comprendía cómo había sido capaz de pegarle a ese hombre.
Aquella noche no pude dormir. No sólo por los dolores. La imagen de Juan, un niño de diez años, me acosaba: rifle en mano había enfrentado a su padre.
***
La mañana siguiente me levanté tarde. Tenía moretones en los brazos. El dolor era intenso. Saqué el celular de la mochila, salí y lo cargué en la torre. Tenía más llamadas perdidas de Fernanda. Por primera vez tuve miedo de que hubiese pasado algo con el embarazo, y decidí llamarla. Antes de marcar el número Juan me detuvo frente al pozo.
—¿Cómo amaneció?
—Bien, ya estoy bien. ¿Volverá tu padre?
—Sí, pero en un par de meses. No se preocupe, nosotros sabemos manejarlo.
Caminé hacia la casita.
Espanté a los gansos para que me dejaran entrar. Me senté en una silla de mimbre y marqué el número de mi departamento. Contestó Fernanda, nerviosa. Me preguntó qué hacía en la isla tanto tiempo, lejos de todo. No supe responder. Dijo que me extrañaba. Dijo que lo había pasado mal. Que estaba enferma. Que había estado a punto de perder la guagua por problemas de presión arterial. Que tenía que permanecer en cama los cuatro meses que le quedaban. Dijo que a veces pensaba que era mejor abortar.
Yo casi no hablé.
Antes de colgar le prometí que volvería a Santiago para cuidarla mientras estuviera enferma. No lo pensé mucho. Sólo lo dije.
***
Esa tarde fue la más lenta de todas las tardes que viví en la isla.
Estuve mucho rato pensando.
Durante la once no comí.
En la noche les anuncié mi partida.
—Mañana, antes del mediodía, sale una lancha a Calbuco —dije.
—¿Y don Carlos? —preguntó Lourdes.
—Espero que muera tranquilo.
Lourdes agachó la cabeza. Miré sus manos, sus dedos largos y blancos jugando con las migas de pan.
Les hablé de Fernanda. Les dije que estaba enferma y que tenía que volver a Santiago, no por ella, sino para cuidar a mi hijo.
Sentí en el aire la tristeza de Lourdes: una línea que dividía el espacio. Quise decirle que no quería irme, que quería quedarme con ellos. Pero no fui capaz de hacerlo.
***
Me despedí rápidamente.
Juan me abrazó. Creo que se puso a llorar.
Lourdes me dio la mano y yo la apreté con fuerza.
Subí a la lancha que esperaba.
Un hombre encendió el motor y la lancha comenzó a moverse.
Vi a Lourdes acariciando a uno de los quiltros y a Juan con el agua hasta las rodillas haciéndome señas con la mano.
La isla se veía más chica a medida que nos alejábamos.
El cielo estaba despejado.
Nunca más supe de mi padre, ni de Lourdes, ni de Juan.
Nunca más volví a la isla.
miércoles, 6 de mayo de 2020
Nos quitaron los abrazos (o diario de la cuarentena en Nueva York)
Miércoles 18 de marzo de 2020:
me quedé entre los muertos por
media hora
No hay cuarentena oficial en Nueva
York, pero el lunes 16 de marzo empecé a contar los días. La última
vez que tomé el tren a la ciudad fue el jueves 12 de marzo. Tuve
clases de improvisación musical. Amo esa clase. Es mi único ramo en
inglés, el profe es latino y me deja auditarla. Una vez me quedé
conversando con él después de clases. Le pregunté: Do
you speak spanish, Gustavo?
Y él dijo sí y empezó a hablar un español arrastrado de una
infancia lejana. Me contó que era hijo de mexicanos nacido en
Estados Unidos. “En la escuela nos pegaban si hablábamos español”,
dijo. Y me acordé de los mapuches de la Araucanía. Le prometí un
fanzine y todavía no puedo entregárselo, porque la clase siguiente
a esa conversación la tuvimos por zoom. Salí de casa para tener la
clase online desde la universidad. Es que no puedo estar encerrada,
es antinatural. En la clase de Gustavo hacemos sonidos con el cuerpo
en el espacio. Lo primero que nos enseñó fue a escuchar. Dijo:
Listen.
En improvisación musical lo primero es escuchar. Listen.
Lo más bello que he aprendido hasta ahora. En la primera sesión nos
dio de tarea grabar un silencio de nueve minutos. Fui al cementerio
cerca de mi casa, que más que cementerio parece parque de ardillas
curiosas. Me quedé entre los muertos por media hora. Aun así, al
escuchar el audio después, había ruido. El tren a lo lejos, mis
pies sobre el maicillo. Luego, en clases, le dimos play a nuestras
grabaciones al mismo tiempo y escuchamos los silencios combinados.
Bonito. En fin, ahora hay un virus en el aire, originado en China
(porque alguien comió un murciélago o algo así) y como viajamos
tanto, el virus se propagó. Uno o dos doctores que lo descubrieron
ya están muertos. Es un asesino. Es como una plaga de saltamontes de
la biblia: pasa por tu lado, lo respiras y se acabó. Todo esto lo
leí en internet o me lo contó alguien. También he leído un par de
noticias. Todo lo que absorbo sé que es en parte mentira. Es verdad
que esto está pasando, pero las descripciones que hacemos los
humanos del fenómeno no es lo real. Lo cierto es que la vida comenzó
a detenerse en etapas. Primero cancelaron todos los viajes
financiados por NYU. Justo me gané una residencia para estudiar a
Violeta Parra en París por todo julio y no podré ir. Me daban los
pasajes, la estadía y una oficina. Prefiero ni pensarlo, hay cosas
peores. Luego, nos impusieron clases remotas. Nunca más vi a Gustavo
ni a nadie de la universidad. Después cerraron las facultades, el
teatro, el gimnasio, la piscina, la biblioteca. Me da pena, también
culpa. Incluso en la catástrofe disfruto vivir aquí. Cuando llegué
a Nueva York me armé una agenda, una lista de lugares que visitar e
intenté ir a uno cada semana. Tom’s Restaurant, Central Park,
MoMa, New Jersey, la niña valiente de bronce, High Line, barrio
chino, barrio italiano, barrio coreano, Museo de Brooklyn, Museo de
Nueva York, Prospect Park. Me gané una beca para estudiar literatura
por dos años en la New York University. No me vine pensando en la
ciudad, me vine pensando en el tiempo. Luego la ciudad floreció ante
mí. Ahora la amo. Ayer empecé a ver Madmen otra vez, solo para ver
las referencias. Y qué, soy desquiciada, ya anoté en mi mente ir a
Madison Avenue en Manhattan (aún no la conozco) y descubrí que
Peggy Olson, MI PEGGY OLSON, esa mujer maravilla, vive en Brooklyn.
Luego se cambia a Manhattan —“a la ciudad”, dice Joan—. I'm
from Brooklyn, le dice Peggy
al cerdo adorable de Pete Campbell en el primer capítulo. Y pensé:
yo también.
Sábado
21 de marzo de 2020:
en el aire hay un virus que te puede
matar
Hoy salió el sol después de varios
días y aunque afuera los rayos calientan y el cielo está celeste,
hay que encerrarse y ver la vida por la ventana. En el aire hay un
virus que te puede matar. Pero como me creo inmortal, porque ya he
vencido tres veces a la muerte (cáncer a los dos años, atropello a
los tres y pleuroneumonia a los seis) y porque crecí en un barrio
pobre y peligroso, padezco la tozudez de creer que nada puede
herirme, que nadie excepto yo sabe cómo sortear la muerte. Hace días
solo se habla del covid-19, que ha matado a tanta gente como si fuera
Charles Manson o un adolescente desquiciado de la highschool gringa.
Caemos como moscas y la única forma de sortear este resfriado mortal
es quedarse en casa, lavarse las manos seguido mientras se canta el
cumpleaños feliz y evitar cualquier contacto social. Esta enfermedad
es enemiga del amor, nos quita los abrazos, los besos, la piel. En
fin, salí porque soy porfiada y porque me suscribí al #692692, un
sistema de alerta a través del celular. Cada día me llegan mensajes
del gobierno para informarme el estado de las cosas en Nueva York. Y
la idea recurrente es la misma: quédate en casa, mantén la
distancia social. No nos impiden salir, pero nos ruegan que no lo
hagamos. En la semana miré bicicletas en Craiglist y encontré una
roja antigua que me gustó. Eso salí a hacer, a buscar mi bicicleta.
Quería que estuviera a pocos minutos a pie desde casa para no tomar
el tren. Soy tozuda pero no estúpida. No voy a subirme al subway
nunca más. Me voy a quedar en Brooklyn hasta que esta locura del
virus se acabe, pero en el intertanto, quizá visite en bici a mis
amigos que viven en Bushwick, en el mismo barrio que yo, para
decirles hola por la ventana y no enloquecer de ostracismo. Fui a pie
por la bicicleta, en el camino descubrí un parque nuevo. El chico
que me vendió la bici era un puertorriqueño blanco que hablaba buen
inglés. Me costó 20 dólares. La dejé en reparación en una tienda
de bicis en Broadway, a diez minutos a pie desde mi casa, y me
cobraron otros 50 dólares. No está mal. Caminé bastante bajo el
sol, como una hora. Cuando llegué a casa después de todo el
periplo, empecé a sentirme mal, como la mierda, realmente pésimo.
Me toqué la frente y la tenía caliente. Me tiré en la cama y me
sentí agotada en extremo. Martine tenía la música muy fuerte en su
habitación (que colinda con la mía) y le envié un mensaje de
texto: Would you please keep
the volume down? I don't feel very well.
Y le bajó. Me miré las manos: me temblaban. Conchatumadre, dije, me
dio la hueá. Tos, fiebre y respiración entrecortada son los
principales síntomas de este resfrío de muerte. Pregunté por el
chat de la casa a Martine y Nadia si tenían termómetro y ellas
dijeron no. Les dije que quizá tenía el virus, que no salieran de
sus habitaciones. Quizá exageré, no sé, pero era una medida de
precaución. Entonces Martine escribió: OK, quédate encerrada y no
te nos acerques. Me mató. No me preguntó cómo me sentía o si
necesitaba algo, solo me dijo que no saliera de mi habitación y me
muriera allí sola. O así lo sentí yo.
Domingo 22 de marzo de 2020:
vamos a morir pero podremos
emborracharnos
Recibí un mensaje del gobierno de
Nueva York, decía que cerrarán todas las tiendas, excepto las
esenciales, como bancos, farmacias y licorerías. Vamos a morir, pero
podremos emborracharnos. Hoy es domingo y es mi séptimo día de
cuarentena. Séptimo día, como la creación. Me bañé anoche, me
masajeé el pelo con aceite de coco, me lo trencé y me dormí.
Quería despertar temprano hoy, ayer se me hizo demasiado largo
pensando que me había contagiado. Desperté en la mañana
sintiéndome sana, sin fiebre, sin tos, pero con miedo. Ordené mi
pieza, revisé el mail, almorcé viendo Madmen. Cuando estaba en el
living comiendo, tomé un sorbo de sidra y me atoré. Comencé a
toser. Martine se desesperó y me gritó desde su pieza: Are
you OK? Y yo: sí, sí,
tragué muy rápido. No sé decir atorarse en inglés, entonces dije:
It's the cider, I swallowed
too fast. Creo que se
asustaron. También tengo miedo, aunque después de comer salí a la
calle igual, porque estoy loca, porque siento que el encierro es lo
que realmente me va a matar. Fui al banco. Caminé 20 minutos por
Broadway hasta un Bank of America. En el camino vi mascarillas y
guantes tirados en el suelo junto a la basura tradicional (que va de
comida china a toallas higiénicas). Entré al cajero y mientras
estuve allí compartí espacio con cuatro personas. Uno de ellos se
me paró cerca y yo di un paso al costado. En la calle evadí y me
distancié de toda persona. Mujeres, hombres, niños, guaguas. Usaban
mascarillas, caminaban o salían con bolsas desde tiendas o
farmacias. Me voy a volver loca. Hacía frío. Luego, de vuelta, pasé
por un deli y me compré un paquete de papas fritas. Esas marca Utz,
cuyo logo es el dibujo azul de una niña parecida a la indiecita de
Leche Sur. Antes de entrar a casa me desvié al parque. Había gente,
unas seis personas. Hacían ejercicio o escuchaban música en alguna
banca. Me senté entre los árboles por diez minutos y partí a casa.
Necesitaba estar sola y dejar a las chicas también descansar de mí.
En la esquina de Chauncey Street vi tres mujeres paseando un perro.
Aún me parece demasiado. Cuando entré al edificio, me quité los
zapatos un piso antes para hacer menos ruido, para que Martine y
Nadia no se dieran cuenta de que yo había salido o al menos no se
percataran de mi regreso. Cuando abrí la puerta, encontré todo en
silencio. Desde la mañana Nadia, en su habitación, había estado
demasiado silenciosa. No la escuché nunca. Entré a mi pieza, revisé
el celular sobre la cama y encontré sus mensajes. Decían que iban
camino a Long Island a estar con su familia por algunas semanas. Se
fueron. Por la chucha, cabras culiás. Me sentí horrible, poco
querida, cero cuidada. Sentí que se fueron porque no quieren que las
contagie, aunque igual entiendo, es tiempo para estar en familia. El
hecho es que estoy sola. Y eso me da tanto miedo como esperanza. Una
parte de mí quiere poner música a todo volumen y limpiar este
chiquero como si fuera mi casa. Otra parte sabe que estar sola en un
departamento en Brooklyn suena a privilegio, pero en realidad es una
versión horrible de la soledad.
Sábado 28 de marzo de 2020:
este hedor a soledad que va pegado a
mi alma
Pasé la primera semana sola en casa y
cambié del odio al amor, a disfrutar el silencio como nunca antes.
Primero, limpié y ordené toda la casa para sentirla propia. Después
comencé a explorar los límites. Descubrí que la ventana de la
cocina da a una escalera de incendios, que da al techo. Me subí. Vi
los patios de las casas vecinas y los edificios de Manhattan a lo
lejos. Escuché el rugido de los árboles y vi a los pájaros tomar
agua. Me sentí en el campo. Algún día quiero tener una casa en el
bosque. Estoy en eso. Mi hermana mayor se fue de vacaciones a la
Araucanía y encontró un terreno. Hace años me gané un premio por
mi primer libro y despilfarré muy poco, ahorré la mayoría. Con eso
me vine a Estados Unidos y pretendo comprar un pedacito de bosque en
el sur. Si la vida me alcanza, ahí voy a volver. Pienso mucho en los
ciclos estos días, en cómo el cuerpo siente lo mismo cada vez que
pasa por este lado del sol. Hace tres años también estaba viviendo
sola, en ese departamento enorme que alguna vez fue mío y de mi ex y
que ya no existe. Le envío mensajes mentales a la Arelis del pasado,
le envío fuerzas para resistir lo viene. Empecé a ver otra serie
filmada en Nueva York: High Fidelity. Es sobre música, Brooklyn y
desamor. La veo y pienso: qué ganas de un primer beso, de un abrazo.
Estoy en cuarentena y hace una semana que no toco a nadie. Aunque en
realidad siento la piel fría hace años. En un ramo de la maestría
me dieron a leer a esta cubana, Isel Rivero, y me encontré en ella.
Escribe Isel:
“Amantes, no son suficientemente
fuertes mis brazos para estrecharles y retenerles...”
(Su pecho erguido, los puños
cerrados...)
“Este olor a soledad, este hedor
que va pegado a mi alma...
Las paredes, las paredes me
estorban...”
Ay, Violeta Parra sabe que lo que
escribo es verdad.
Lunes 30 de marzo de
2020:
la gente es muy estúpida o muy
valiente
Cuando empezaba a ponerse bueno, todo
se fue a la mierda. Desperté a las seis de la mañana hoy por ruidos
en el living, en la cocina, en la puerta. Salí a mirar y era Nadia y
Martine. Volvieron. ¿Por qué no me avisaron?, pregunté y Martine
dijo algo sobre la mañana. Volví a acostarme, pero no pude dormir
porque Martine golpeó mi puerta para preguntarme por el desodorante
ambiental. Le dije dónde estaba y me volví a acostar. “Moviste
demasiadas cosas”, dijo Martine. Y la ignoré porque es verdad. En
la mañana me levanté y fui a la cocina. Encontré la ventana que da
al techo cerrada, con la reja de protección y el seguro. Me sentí
presa. Sentí unas ganas terribles de vivir sola, de tener mi casa,
pero falta tanto que no debo desesperar. Hoy es mi día 15 de
cuarentena, en dos días llega abril y el cambio me da cierta
esperanza. Afuera siempre es mejor, me dijo la Feña cuando le
pregunté cómo era vivir en otro país. Afuera siempre es mejor. Me
encerré en mi pieza para no invadir a las chicas. En la tarde salí.
Fui a ver la tienda donde dejé reparando mi bicicleta y estaba
cerrado. Cagué con la bici hasta el final de la cuarentena. Después
fui al correo. Tengo dos mil fanzines que vender. El otro día
descubrí que el servicio postal sigue funcionando, decidí ofrecer
los zines por correo. Mi amigo Joel me compró cuatro, veinte
dólares. Soy tan rata que ese monto me movilizó y armé envíos
gratuitos para escritoras que amo. Lina Meruane en New York, Legna
Rodríguez Iglesias en Miami. Una amiga chilena me compró tres
envíos más. En total envié siete cartas, como cartas corrientes,
porque amo lo público y gastar poco dinero. Salí con mascarilla y
abrigada, aún hace frío acá. Mientras caminaba por la calle, sentí
que la vida seguía completamente normal. Pensé: la gente es muy
estúpida o muy valiente. Después de hacer el envío, me senté en
el parque. Siempre respeté la distancia social: no toqué a nadie,
nadie me tocó. Me pregunto si eso será suficiente para no enfermar.
Necesitaba aire, había empezado a disfrutar la soledad y justo
volvieron mis compañeras de casa. Tengo ganas de llorar. Cuando
regresé a casa traté de hacer mi día. Me senté en la cocina a
leer en el computador y a comer algo. Entonces noté que las chicas
armaban bolsas con ropa y mercadería. Are
you leaving again?,
pregunté. Y ellas: Yes.
Justo cuando me estaba acostumbrando a su presencia se volvieron a
ir. Vida culiá.
Sábado 4 de abril de 2020:
celebramos el cumpleaños de mamá
por whatsapp
Soñé que hacía el amor con una
mujer. No sé quién era, no existe en la realidad. Soñé que
estábamos sentadas una al lado de la otra, conversando en una
habitación. Ella me daba un beso y yo respondía con otro más
largo. Me cubría el cuello con sus brazos y yo lanzaba mi cuerpo
hacia ella. Nos besábamos intensamente. Entonces yo habría las
piernas y la montaba. Movía mis caderas. Escuchaba mis gemidos y los
suyos. Luego desperté. Caliente como nunca. Me apreté entre las
piernas un rato y me dormí otra vez. Hoy es mi día 20, en este
encierro 2020. Es cuatro de abril, cumpleaños de mi madre. Cumplió
57, mi padre murió a los 56. Mi madre era dos años más joven que
mi padre pero ahora ella es más vieja que él. Qué delirio, la vida
está dada vuelta. Sigo en el encierro, cocinando papas fritas,
tomando mezcal mientras hago videollamadas y subiéndome al techo. Es
increíble cómo gracias a internet igual estoy llena de gente, estoy
rodeada. Mi hermana preparó una torta que dividieron en tres casas:
de mi hermana, mi madre y mi abuela (son vecinas en Las Acacias). Yo
les miré comer por internet. Quemaría todos mis libros por un
abrazo. Hoy leí que un conductor de buses de Nueva York murió dos
semanas después de que una mujer le tosiera en la cara. Mi amiga
Paulina trabaja en el Hospital de Talagante y vio morir a un hombre
por el virus. El ministro de salud de Chile apareció en la
televisión hablando de la pandemia y tosió. He visto videos de
personas en las cárceles exigiendo mascarillas y jabón. Me dijeron
que en Chile tienes que pedir por internet un salvoconducto a
carabineros para salir máximo dos veces a la semana. Evito leer las
noticias porque los titulares sobre New York son oscuros, hablan de
fosas comunes y de más de 5 mil muertes. Tengo mucho miedo de morir,
pero tiene algo de bonito saber que no soy la única que se siente
así.
Martes 7 de abril de 2020:
sobreviví al cáncer, no me va a
matar un resfrío
Hoy me escribió Nadia, dijo que tiene
el virus. Quiero llorar a mares, es demasiado lo que pasa. Estuve el
lunes 30 de marzo con ella, cuando pasó veloz por casa a buscar sus
cosas para volver a Long Island. Han pasado ocho días, se supone que
hasta en catorce pueden presentarse síntomas. Estoy cagada de miedo.
Lo ideal es no exponerse, pero incluso en el mínimo contacto existe
la posibilidad de contagio. Como hoy, cuando mi dealer me rozó la
mano al pasarme los pitos o como ayer, cuando caminé por Bushwick
Avenue y toqué el pomo de una puerta y después me rasqué la cara o
me acomodé la mascarilla (que ya boté). Tengo susto. No creo que
muera, sobreviví al cáncer, no me va a matar un resfrío. No quiero
estar sola y no poder cuidarme. A eso le tengo miedo. A la soledad.
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